miércoles, enero 13, 2016

"galveston"

A estas alturas, no nos debe sorprender el magnífico momento que vienen atravesando las series para la televisión. Para muchos, estamos siendo testigos de su Edad de oro, experimentando en la experiencia de la observación lo que los lectores en el XIX con los folletines o novelas por entregas.
En lo personal, me inclino por las series de corte policial, más que nada porque en el policial, en su tradición narrativa que también se proyecta en su sendero visual, notamos la lograda esencia del acto narrativo al contar y novelar: la relación entre los personajes y sus respectivas configuraciones morales. Esta interrelación de configuraciones morales la hemos visto desde las novelas policiales canónicas hasta en la narrativa Pulp que se hizo conocida en revistas como The Black Mask.
Es por ello que una serie como The Wire marcó el hito que marcó, convirtiéndose en una obra maestra, la mejor en la historia de las series de televisión. No es exageración que los estuches de sus temporadas uno las ubique en los anaqueles de la biblioteca al lado de gigantes como Moby Dick, Las ilusiones perdidas, La guerra y la paz, et al. Uno no coloca esos estuches por posería o moda banal, uno los coloca en los anaqueles por tratarse de un irrefutable testimonio del gran arte de narrar mediante la riqueza de sus personajes que nos pueden caer mal, bien, a los que podemos llegar a querer o despreciar. Además, sus creadores, David Simon y Ed Burns, son una suerte de reporteros callejeros, lazarillos modernos de los bajos fondos, es decir, de lo que cuentan, y no solo en el registro audiovisual (tengamos en cuenta que juntos han escrito varios libros), lo hacen con el conocimiento de causa de la materia.
Poco tiempo después de The Wire, apareció la serie True detective. Si la primera estaba inscrita en el policial duro, la de Nic Pizzolatto hacía gala de una escuela de influencia que iba del policial de deducción al policial callejero, aunque eso sí, a modo de distinción, alimentado por la tradición de la novela gótica de entre siglos (XIX – XX). La primera temporada de True Detective obtuvo el rotundo favor del público y la crítica no tuvo otra opción que arrodillarse ante la serie.
Pero lo que poco se sabía, es que Pizzolatto no solo es el creador y guionista de True Detective, es también un literato de carrera y gracias al éxito de su serie comenzó a tomarse en cuenta lo que había hecho como escritor, del que ahora podemos leer su novela Galveston, publicada en 2010 y de reciente traducción al castellano en el 2014 por Salamandra. Maestro en la serie y todo un capo en la parcela de la escritura del policial, pero de ese policial que no se ajusta al tronco de su género, sino que aprovechando su carácter plástico tiene algo de la narrativa de carretera de Kerouac y mucho de la violencia nada contenida de Palahniuk y, muy en especial, de esa visión de hastío que percibimos en los personajes de McCarthy, que no saben adónde van pero sí hacia qué lugar se dirigen.
Lo constatamos en el ejercitado Roy Cady, de quien sabemos lo que tenemos saber: no tiene  oficio conocido, desempeñándose solo como matón. A pesar de que solo se dedica al  ajuste cada vez que recibe la orden de sus eventuales jefes, Cady tiene todo el tiempo para reflexionar, con mayor razón cuando un dolor constante en la espalda es lo que empieza a preocuparle. Cuando decide ir al médico se le informa que tiene un cáncer avanzado de pulmón. Entonces, nuestro protagonista se pregunta qué es lo que ha estado haciendo con su vida, inquietud paradójica por demás, ya que con su vida no tiene mucho que esperar. El último de sus jefes, el mafioso Stan Ptitko, no lo está viendo con buenos ojos y las razones, como todas las razones entre los mafiosos, no tienen que ver necesariamente con el dinero, sino por un no declarado lío de faldas. A Ptitko no le basta con que la mujer de Cady sea ahora su mujer, simplemente se lo quiere sacar de encima y lo hará de la manera en que lo hacen los mafiosos. Pero las cosas le salen mal a Ptitko, sea por apuro o por suerte en favor de Cady, quien consigue librarse de la trampa que se le había tendido. Cady, no ajeno a su destino de encontrarse con mujeres de vida trashumante, huye con la joven prostituta Raquel Arceneaux, que nos recuerda a Iris de Taxi Driver de Scorsese. Si Cady buscaba en algo en qué creer, la prostituta será la metáfora de un posible camino de redención. Total, así como van las cosas en la vida de Cady, cualquier opción por hacer algo, así sea una acción épica o baladí, adquiere un valor para Cady porque no tiene absolutamente nada que perder. 
Como narrador de historias inteligente, Pizzolatto acierta al optar por la primera persona, solo de esta manera somos partícipes de la furia e intención de Cady por llevar a cabo, aunque sea por primera vez, algo bueno y que valga la pena para su vida, sin importar que aquella entrega no le asegure ni un relativo bienestar. Como se señaló, Galveston está inscrita en el género policial, pero en la voz del autor este se vuelve plástico y permeable, haciendo de esta novela una novela idealista, dura y violenta, pero ante todo, perdurable.

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