martes, marzo 08, 2016

supremacía miller

Llevamos algunos años escuchando una idea recurrente que, en lo personal, demoró más de lo que se supone en convertirse en una sentencia. La presencia ineludible de la “Narrativa del yo”.
 Es cierto que el auge de la “Narrativa del yo” viene marcando una pauta temática en no pocas tradiciones narrativas. Además, este registro, a diferencia de otros, ofrece muchas licencias para volver más elástico el proceso de la escritura de ficción, puesto que reina la mirada subjetiva y a través de ella nacen y se refuerzan una gama de variantes discursivas que permiten el diálogo con otros géneros, permitiendo la hechura y solidez de lo que acertadamente llamamos híbrido.
Sin embargo, no estamos hablando de algo nuevo. No debemos pasar por alto lo que críticos como Frank Kermode anunciaron en su momento: la validez del “yo”, por demás excluyente, en la narrativa que se escribiría durante el Siglo XXI. Sin duda, contribuye en ello la cultura de la fragmentación, de la que podemos ser testigos en la escritura de ficción y en el cine, en especial, guiados, la mayoría de las veces, por una mirada que parte de la realidad, el raciocinio, para luego generar licencias y puentes que en otros registros no podrían ocurrir.
Nadie puede negar que este discurso ofrece nuevos aires al estancamiento genérico que venía experimentando la narrativa de ficción en el mundo entero. Al menos, este era un problema que enfrentaban las nuevas voces, que no sintonizaban del todo con las llamadas novelas totales y sus respectivos matices. Como se indicó, narrar desde el yo no es nada nuevo y su importancia a la fecha debe ser atendida, soslayarla no es más que una irrefutable muestra de ignorancia.
Cuando de auges artísticos se habla, más de uno levanta la voz para reclamar paternidad. Por allí se menciona a un noruego que en seis tomos viene contando su vida. No es malo el noruego, por el contrario, es aun autor de muchísimo talento, pero su vida y, específicamente, su prosa están a años luz de otros antecesores. Solo basta ir hacia atrás y corroborar que sí ha habido una tradición silente que ha explorado el “yo” con mayores logros que él y que la propaganda editorial pretende que olvidemos. Pensemos en Marcel Proust y su proyecto A la busca del tiempo perdido.
Pero fue el norteamericano Henry Miller el que hizo del discurso del “yo” una tradición. Más de cincuenta libros en los que no hizo otra cosa que no sea hablar de sí mismo. En sus títulos somos testigos de un sujeto sensible y harto de la vida, pero con los suficientes matices para no repetirse. Pasamos del Miller desesperado al Miller en estado de violencia, del irredento hormonal al sujeto en estado de gracia, en completa paz consigo mismo. No es gratuito este cambio de ejes temáticos. Ya sea por las versiones de sus amigos y la suya propia, Miller era un gran lector que conocía como pocos de literatura, filosofía, historia, etc. Este irreverente era un devorador de libros. Llegó a ser dueño de una oceánica cultura, la misma que le permitió hacer lo que viniera en gana al momento de escribir. Es cierto que sus libros no obedecían a un orden predeterminado, pero en ese desorden había una realidad literaria que ha impedido que su poética envejezca, siendo esa realidad literaria la que ha superado su leyenda de escritor obsceno y pornográfico.
En Henry Miller. Los años en París del pintor y fotógrafo Brassai, libro por demás excelente para los fetichistas del autor, accedemos a un documento de primera mano sobre sus años de formación y encuentro de su estilo en París. Estamos ante una publicación conformada por extractos de cartas de Miller y entrevistas que le hizo el artista plástico. Ambos eran grandes amigos y en más de tramo asistimos a una verdad: Miller no llegaría a ser el escritor que fue si no fuera por dos hechos medulares en su vida: París y su amistad con Brassai.
Línea atrás precisé que con Miller el discurso del “yo” consiguió cimas que reforzaron y cimentaron una tradición. Se hizo referencia a la tradición que conocía y que en base a ese conocimiento forjó el discurso deliberadamente desordenado que ahora todos conocemos. Que sea Miller, por medio de esta publicación, el que nos dé luces: “Me gusta todo lo que fluye: los ríos, el Amazonas, el Misisipí, el Ganges, el esperma, las cloacas, la lava, el acero en fundición… Del mismo modo, me gusta la marea de palabras y de frases…Sólo un torrente de palabras y frases fluyendo en el tiempo puede reflejar en imágenes virulentas lo que he de expresar. Cuando me pongo a escribir, tengo la impresión de que un dique se derrumba… No tengo ninguna ambición de ser un “artista” tal y como usted lo concibe. ¡El arte me importa un bledo! Solo soy un hombre y quiero expresarme totalmente, sin coerciones. ¡Eso es todo! No creo ser un escritor… Como verá, querido Brassai, estoy lejos de ser lo que se llama un “literato”, muy lejos de estar enamorado de la lógica, de la claridad, de la medida, de la forma, del rigor. Puede que mis textos no sean literatura”. 
Todo lo que Miller le dice a Brassai es lo que se hace hoy en día, una apuesta por la libertad de la escritura, el tejido de géneros en pos de la experiencia literaria. Eso. Pero otra cosa muy distinta es que se consiga aunque sea un poco lo que Miller consiguió. Para ello, el camino el largo y tortuoso y se debería empezar con leer precisamente todos los títulos posibles de Miller.

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