miércoles, abril 13, 2016

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Me despierto y reviso mi Inbox.
Varias puntas me dicen que un mototaxista ñañense quiere atropellarme ni bien me vea por las calles. Como si las huevas, estaré caminando por ahí, degustando de marcianos, de fresa y coco, a sol nomás, para aguantar en algo este calor que aún no se quiere largar. Con un brazo me basta y sobra para poner en vereda al “Niño aguaruna”, la pequeña bestia de la narrativa peruana.
Me sirvo un jugo y también café con leche. Ese será mi desayuno el día de hoy, quizá una tostada con mermelada. Leo al vuelo los periódicos. Para tener una idea más amplia de la situación política, son diarios de diferentes matices políticos, de derecha, izquierdas, mixtos, lo que fuere. La somera lectura de los diarios refuerza la impresión que más de uno tiene de la prensa peruana: su pésimo nivel. Esta impresión también se alimenta con la llamada prensa independiente, de esa que cacarea superioridad ética.
Sigo leyendo los diarios y también me dispongo a acabar la última novela de Bayly, que está muy divertida. Termino la novela faltando un cuarto de hora para las 11. Entonces me acomodo y prendo la tv para ver lo que queda del clásico.
Gol de la “Pulga”.
Mi mañana amenaza con irse a la mierda. Pero tampoco me esperaba gran cosa. A los íntimos nos cuesta coger ritmo, parecía que estaban en un partido de entrenamiento, las ganas de ganar el clásico murieron en el momento que un huevón hizo estallar una bombarda en Matute. Y vaya novedad, quedó en evidencia que Mosquera es demasiado pecho frío para un equipo tan caliente como Alianza. Hay cosas que no están bien. Un entrenador que necesita de un deshueve y un asistente como Jayo que ha cumplido su función: dividir al grupo. Lo viene haciendo desde que llegó al club, ese es su primer objetivo, hacer inmanejable el vestuario para que la dirigencia, en su desesperación, lo nombre entrenador.
Me olvido del clásico. 
Y me concentro en descargar todos los álbumes de Buddy Rich, ese jazz frenético que va en onda con la lectura de Pero hermoso, de Geoff Dyer. Recomendación de "Dante Kid". Este quizá sea uno de los libros más hermosos que haya leído sobre Jazz, aunque su riqueza descanse en su indefinición genérica, porque eso es la literatura, el placer de la lectura sin perder el tiempo en detectar el género en que se inscriba determinado texto. Así es pues, la lectura es eso, el goce sensorial.

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