domingo, mayo 29, 2016

"canciones de amor a quemarropa"

No nos debe sorprender: la tradición narrativa norteamericana es una inacabable cantera de escritores. Ya sea en sus periodos de racha y en los de vacas flacas, no deja de ofrecernos voces que con el tiempo adquieren una resonancia, una resonancia, ajá, un tributo a los escritores medulares que han colocado con obras magistrales las piedras angulares de su tradición. Al respecto podemos barajar muchas especulaciones, por un lado, la riqueza de su señalada tradición; también su industria editorial, tan extendida por el territorio que permite a más de un escritor en ciernes la posibilidad de dedicarse en serio al ejercicio de la escritura de ficción, obviamente, para ser publicado, hay que demostrar un talento que supere una media de calidad. Esta exigencia ha permitido que más de una voz se dedique a la literatura sin la necesidad de publicar un libro, gracias a la existencia de las revistas literarias, pensemos en The New Yorker, el ejemplo por antonomasia. (Prueba de la presencia e importancia de la industria editorial, la vemos en la excelente novela Los viernes en Enrico´s de Don Carpenter, que para más señas, fue terminada por el ex librero y eximio narrador Jonathan Lethem. Como lo señalamos en su momento en este espacio, en esta novela ingresábamos a la trastienda del mundo literario y en esa trastienda se testimoniaba, cómo no, de la exigencia editorial de las revistas literarias, que ofrecían la posibilidad de vivir de escribir a más de uno sin necesidad de publicar un libro). A ello sumemos el factor de la tierra, la inmensidad de su territorio, que en este punto, comparte más de un lazo en común con la tradición literaria rusa. La tierra, pues, como crisol de cruces culturales que devienen en híbridas manifestaciones a las que no es ajena la creación literaria.
Si Bolaño se preguntaba si había escritores malos en Argentina, creo que deberíamos llevar esa misma inquietud a lo que se escribe en narrativa en Estados Unidos. Esta sana inquietud se refuerza con las primeras novelas de autores que se perfilan como los llamados a coger la posta de los ya consagrados Franzen, Lethem, Chabon, Foster Wallace y Vollmann. Se nos viene a la memoria esa delicia de novela de Christopher R. Beha, Qué fue de Sophie Wilder, que lo ubicó como uno de los narradores más atendibles de la narrativa gringa última. Pero Beha no es el único que goza de esta preferencia, sino ahora también otro autor que ha ingresado al panorama literario de su país con la pierna en alto, con una novela que bien podemos de calificar de epifánica en sensibilidad. Nos referimos pues a la primera novela de Nickolas Butler, Canciones de amor a quemarropa (Libros del Asteroide, 2014).
Hablamos de una novela generacional, pero por encima de todo, de una novela sobre la amistad y lo que esta depara con sus innatas cuotas de solidaridad, cariño y resentimiento. Imposible no pensar en novelas pautadas por una banda sonora, tan presente en atmósfera, que la hermanan con La fortaleza de la soledad de Lethem, Wonder Boys de Chabon y Alta fidelidad de Hornby. En distintos niveles, estas novelas tienen a la amistad como la cimiente argumentativa. Pero Butler va un poco más allá, explora por medio de sus personajes Henry, Kip, Ronny y Lee, los límites de la amistad por medio silencios y gestos, que parte en el mejor escenario de los reencuentros emocionales, sea en un velorio, pero que Butler contextualiza en una boda, en la de Kip. El reencuentro de estos amigos de Wisconsin es el punto de partida para lo que será un tachonado cielo de admiración y rencor. Se quieren, sí, pero el tiempo ha germinado un odio escanciado de envidia al darse cuenta de que están untados de insatisfacción por lo hecho en sus vidas. Por ello, recuerdan, en inicio, lo que quieren recordar, pero luego no demoran en mostrar la faceta escondida, esa que no desean proyectar en “público”. De a pocos, y en este sentido hay que reconocer el pulso firme de Butler porque sabe bien cómo administrar sus recursos narrativos, desplegando información a cuenta gotas, siendo esta solo la única forma de mantener en vilo al lector hasta el golpe final, porque si algo presenciamos en esta novela, es un golpe letal y calculado a lo largo sus más de trescientas páginas. Presenciamos una paulatina explosión, explosión emocional que redime y justifica a estos cuatro personajes, con los que el lector se sentirá más que identificado, aunque sea con uno de ellos. 
No lo podemos pasar por alto, la lectura de CAQ nos confirma nuestra sospecha sobre el magisterio recurrente en la narrativa gringa. Hacemos hincapié indicando la renuencia de sus narradores por la digresión, una renuencia que se patentiza en la mayoría, y no solo pensamos en los nuevos, sino que esta apuesta por la linealidad la podemos ver en sus escritores fundacionales. Claro, tenemos excelentes excepciones como Gaddis, Foster Wallace, Pynchon, Barth…, pero la mirada mayor nos indica el reinado de la linealidad. Y de esta escuela Butler ha sabido sacar provecho, sin caer en el facilismo o en el apuro por cerrar la novela. Sumemos también un detalle de lo que podría ser su manera de cuidar su sensibilidad creativa, una cualidad que debemos resaltar en beneficio de su oído y mirada, sin duda, cualidad adiestrada a cuenta de los trabajos realizados, trabajos, la mayoría, que no requieren de mucho esfuerzo intelectual. Por algo en su hoja de vida se consigna estos trabajos, siendo una buena señal de actitud con el oficio de la escritura, de creer en la importancia de la conexión con la realidad, es decir, mientras la responsabilidad laboral sea menor, las armas sensitivas e intelectuales quedan en total consagración para la creación. Butler escogió esta opción, válida, y hay que celebrar porque el resultado es un novelón.

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