sábado, junio 25, 2016

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Mientras cruzaba la Plaza Mayor, otra vez un escenario gigante. El viernes último fue igual, pero se entendía a razón del Perú-Colombia. Ahora no sabía a qué se debía el escenario, igual de gigante, pero no tan colorido como el de la semana pasada.
Era poco más de las 5 de la tarde cuando llegué al Virrey de Lima. Me puse a conversar con José Luis, Dajo y Dío, como siempre y cerramos las fechas de las próximas ediciones de “EVL”. Lo que tenía que hacer por el centro ya lo había hecho, entonces, estaba en la librería de paso, haciendo hora, picando fragmentos de libros, esperando a que pasaran las horas y salir a recorrer las calles del centro, esas calles conocidas de las que no sabes sus nombres, pero que allí están, inamovibles, más fuertes y perdurables que uno.
Pero a medida que se acercaba la 7 de la noche, me di cuenta de que entraba más gente de la habitual a la librería, lectores que conocía, pero ellos no me veían porque estaba sentado en el sillón, leyendo detrás del piano. Por un momento, pensé en pararme y saludarlos, pero desistí de la intención. Pero también me pregunté por la presencia de estos lectores, conocedores y entusiastas de poesía peruana. No me quedaba clara la figura, y no había extrañeza en esta percepción. Obviamente, a una librería como esta van lectores, pero los que estaban en ese momento eran lectores de poesía peruana, a una misma hora y en un mismo lugar. Justo, en ese instante de curiosidad, recibo un chat de Face. El cel vibra y desbloqueo el cel. Era “Mr Chela”, que me preguntó si iría al recital de Hora Zero en la Caslit.
Entonces, eso era. Estos lectores de poesía peruana se dirigían al recital de Hora Zero. Averiguo al respecto en Internet la hora y, finalmente, me animé a ir al recital. Además, desde hace mucho que no voy a un recital de poesía. Y caminé hacia la Caslit. Previamente, me compré un café y una cajetilla de cigarros.
En el camino me cruzo con “Mr. Chela”. ¿No se suponía que ibas al recital? Se suponía, pero tengo un deber ineludible en la Plaza San Martín. Vaya nomás, hijo, le dije.
Como me lo imaginaba.
Había gente. Mucha gente.
Es que era Hora Zero. Pimentel, Verástegui, Ruiz Rosas, “El pirata del Mantaro”…
Me quedé fuera del salón en donde se estaba realizando el recital, pero me puse a conversar con Jaime, de LPG. Así la pasé, conversando con él y escuchando el eco de los versos que provenían del salón. Igual que yo, sin poder ingresar, o pasando por los pasadizos, saludé a Edwin, Ybarra, Milagros (directora de la Caslit), “Mero loco”, “Osito Yogui”, “Margarito chato”, Mito, “La chica de humo” y algunas puntas más.
El recital acabó con la lectura de Pimentel.
Como ya no tenía nada que hacer, me disponía a retirarme. Pero distingo la presencia de ND entre los asistentes. Entonces, me abro paso entre la gente para saludarla. Hace tiempo que no la veía y nos dedicamos, aparte de conversar, a ver las fotos literarias de los salones.
Al rato, fuimos a recoger a Ariana. Y los tres caminamos por Camaná. En el trayecto me animé por un pan con jamón del país en el Don Lucho, y un par de chelas.
Pero antes de entrar al bar, dejamos a Ariana en la Plaza San Martín.
Cuando entramos al Don Lucho, me topo con los Zepita Boys. “Mr. Paramonga”, “Mr. Chela”, “Dante Kid”, “El niño aguaruna”, el confundido, enamorado y silencioso “Caminante” y el ya pasado de vueltas “Cachetada nocturna”, que cantaba a viva voz un tema de Village People con el que se identifica, todos ellos apoderados de dos mesas juntas, en las que había más de siete chelas. Los Zepi Kids estaban borrachazos. Saludaron como se debe a su fundador y los dejé en su estado de festiva ebriedad.
ND me contó que pensaba ver un ciclo de sine peruano sobre la violencia política. Tomé nota de más de una película, con la idea de verlas o verlas otra vez en los siguientes días. Nos sirvieron los panes con jamón del país y las chelas heladas. Y seguimos conversando, no por mucho rato, porque ella tenía un taller de fotografía hoy sábado en la mañana y yo debía avanzar muchos textos y acabar la lectura de dos libros de ensayo que debo cerrar a más tardar mañana domingo.
En las dos veces que fui al baño y entre las puntas con las que inevitablemente te cruzas en un bar, fui testigo de un fenómeno que me ha estado pasando en los últimos días. O sea, los que leen el blog saben que no soy adepto de los saraos literarios, pero esta semana se me han juntado algunas actividades en las que me he encontrado con lectores y escritores, también con libreros, periodistas y gente ligada a la promoción cultural. Absolutamente todas estas personas me comentaban del artículo que escribí sobre el incremento del precio de las entradas para la FIL, artículo que fue publicado en La conjura de los libros.
Sabía que un texto así se iba leer y sabía también que generaría polémica. Lo que no imaginé fue su rebote. Lo acepto, me sentí por un rato El búho del Trome. Y me alegra que haya sido a cuenta de una buena causa, además, aún mantengo la esperanza de que Germán Coronado enmiende esa medida que le señaló en el artículo.
Cuando salimos del bar, me topé con Gino, que me entregó su primer poemario, el cual leeré en las siguientes horas. No somos amigos, mas sí lo ubico como un exigente lector y con ese detalle me basta y sobra para revisar este poemario.
Durante los segundos que avanzábamos a la Plaza San Martín, una sensación se apoderaba de mí. ¿Y si Ariana no estaba donde la habíamos dejado? Rogaba para que este pensamiento no fuera más que eso: un pensamiento oscuro. Felizmente, Ariana estaba en el mismo lugar, acompañada de un par de motos que la miraban con envidia. Me despedí de ND y Ariana y las perdí de vista por Belén.
Me disponía a parar un taxi pero vibra mi cel. Era “El niño aguaruna”, su voz ansiosa y feliz, como si estuviese siendo parte de una hazaña. Pero no, me equivoqué, porque no estaba ni feliz ni ansioso de felicidad, más bien, muy preocupado. Los Zepitas se encontraban en el Puente del Ejército, enfrentándose a una pandilla del mercado de Caquetá. No te preocupes, hijo, solo pelea como te enseñé y todo saldrá bien, pero, por si acaso, iré a ver cómo está la situación. 
Y fui hacia el Puente del Ejército, caminando a paso lento y fumando, contemplando el cielo, que pese a la noche, adquiría un tenue color naranja, reforzando las turgencias de las nubes, como un par de piernas de mujer dispuestas en forma de corazón, dispuestas a dominar toda la ciudad.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Ruiz fue un buen post pero ya es tarde . Cobraraán siete soles. Làstima. Coronado se me cayó.

9:01 p.m.  

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