domingo, junio 05, 2016

capitán británico

Recorremos los anaqueles y mesas de exhibición de nuestra librería. Los muy buenos títulos saltan a la vista, a veces hay que aguzar más la mirada o, en otras ocasiones, dejarnos llevar hasta ser parte de ese momento signado por la magia que, casi siempre, depara el azar. Entonces nos unimos al capricho del azar, preparándose uno para el fogonazo.
Y fogonazo es lo que sentimos cuando encontramos sin buscar un libro ya leído, disfrutado y del que se ha aprendido. Un libro que en su momento nos descubrió a uno de los narradores más importantes de la narrativa inglesa de la segunda mitad del siglo anterior. Nos referimos pues al Loro de Flaubert (Anagrama - Edición limitada, 2015) de Julian Barnes.
Entonces, no lo pensamos mucho, cogemos el libro, primero y fugazmente, para contemplar la tapa dura y el fino acabado de su diagramación, muy acorde al criterio empleado para lo que es: una edición limitada. Y luego, nos concentramos en los intensos parpadeos que nos brindan estas páginas que en conjunto son vendidas como novela, cuando en realidad es un híbrido de ficción y realidad (no ficción) en pos de un objetivo pensado por Barnes: un artefacto literario/narrativo, que le supuso la consagración al quedar finalista del Premio Booker de 1984.
Pero esta “novela” (entre comillas, por mientras) no fue un éxito por haber quedado finalista de este prestigioso premio británico. Son muchas las novelas finalistas/ganadoras de importantes premios en el mundo entero, pero son contadas las capaces de motivar una epifanía que las independice del aura del premio. A la fecha, resulta difícil que un autor logre lo siguiente: no solo alzarse con un premio narrativo de importancia, sino que ese título ganador consiga críticas positivas, esas críticas avaladas por el oficialismo de los celadores literarios, cosa muy distinta del favor (en verdad, el que debería contar) de los lectores, como también que el libro premiado o finalista se convierta más temprano que tarde en un hacedor, o en todo caso, un vitamínico de poéticas no necesariamente en ciernes, que suman también en las de los llamados escritores experimentados, con trayectoria. Pues bien, al respecto no hay que quemar mucho cerebro: con El loro de Flaubert, Barnes cubrió cada uno de estos niveles de radiación, que le aseguran a manera de lectura necesaria para entender el sendero posmoderno que también ha pautado a la narrativa de finales del XX e inicios del XXI. Por cierto, este artefacto literario también contribuyó a que nos interesemos por una nueva camada de narradores ingleses que empezaron a leerse recién a mediados de la década del noventa, narradores que de jóvenes les quedaba algo, pero que irrumpieron en el panorama/imaginario de los lectores en español en esos años, narradores a los que leímos por primera vez y que nos abrieron un panorama más literario y no tan efectista, tal y como se creía que era la narrativa en inglés de la época, mal representada por American Psycho de Bret Easton Ellis.
ELF abrió las puertas de acceso a poéticas narrativas como las de Hanif Kureishi, Martin Amis, Graham Swift, Salman Rushdie, William Boyd, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro, Jonathan Coe, incluso Nick Hornby e Irvine Welsh, a saber. No hablamos, eso sí, de compañeros generacionales, pero sí de una realidad que más de un lector debe agradecer, ya que este artefacto de Barnes permitió que nos interesáramos más por una tradición narrativa que por guerritas editoriales no se podía conocer a fondo; además, en esta difusión jugó un papel clave la revista Granta, que en 1983 lanzó su edición de Granta. Best Young of Young British Novelists. O sea, la mesa estaba servida para que los lectores en español pudieran conocer a esta pléyade de plumas, pero se necesitaba de una legitimidad literaria y esa legitimidad vino por cuenta del libro de Barnes.
¿Por qué ELF es un clásico contemporáneo? Ya señalamos, en principio, que obedeció a razón del espíritu híbrido del que se nutre el artefacto, apelando al intercambio de registros ficcionales y no ficcionales (articulismo, ensayismo, crónica y biografía), estrategia narrativa, dicho sea, que brindó más luces sobre la tendencia metaliteraria que sedujo a más de uno a mediados de los noventa. El manejo verbal, los lazos narrativos tejidos por Barnes, haciendo fácil y ágil lo difícil, sin duda, en otras plumas menos diestras, fue lo que llamó poderosamente la atención tanto de críticos y escritores, escritores en el mundo entero que no dudaron en ubicarlo como una voz ineludible. Por otro lado, la trama, un andamiaje argumental que orbita sobre la figura de Flaubert, pautado seguimiento realizado por el médico Geoffrey Braithwaite (personaje a recordar), que, como se infiere, es un rendido apasionado de la obra y vida del insigne narrador decimonónico. Braithwaite lo conoce todo de su escritor fetiche, pero conocer todo de él no le es suficiente, anhela saber más. Bajo la idea de que en los detalles puede encontrarse la luz que le permita entender la razón de por qué lo admira tanto yace el nervio narrativo. Es decir, estamos ante la curiosidad admirativa del lector, un lector furioso por saberlo todo, como también calmado cuando rememora las páginas de su ídolo literario. La constante relectura del francés lo potencia como un radar concentrado en referencias flaubertianas, y gracias a ese radar se entera de la existencia de otro Loulou, el loro que adquiere protagonismo en el relato “Un corazón sencillo”. Este descubrimiento enciende aún más la ya indicada curiosidad de Braithwaite, siendo este hecho su fin y, vaya que sí, su nuevo comienzo, un punto de salida a los avatares que viene sufriendo, arrastrando, desde hace un tiempo. Braithwaite es pues un hombre destrozado, casi traumado, por ello, la investigación sobre este nuevo loro es el acicate de la llama discursiva que le permite a Barnes ramificar y en este ramificación somos partícipes de un cóctel de registros y géneros, cóctel que nos ayuda a entender a Braithwaite por medio de Flaubert.
Podría pensarse que este artefacto ocasionaría alguna dificultad durante la lectura. Pero no es así. Quien mejor sabía de este peligro era el propio Barnes, que no por nada es hijo de una tradición literaria rica en humor e ironía. Ajá, por allí se sostiene la novela, con humor e ironía, el aliento que en comunión con la tersura narrativa acaba beneficiando al lector, que de proponérselo, corre con la novela, quizá como una pasiva esponja consagrada a una asesina experiencia literaria.
La lectura/relectura de esta obra de Barnes resulta necesaria en un contexto editorial en el que más de un cantamañanas vende el registro del híbrido, y también la experimentación maquillada como “rareza”, como si fuera algo nuevo, el modelo a seguir, el sendero ideal para el vitalismo literario del Siglo XXI (a ese punto llega la osadía de la ignorancia). Esta mentira monumental la deberíamos destruir por medio de la lectura. Lógico, Barnes no fue el primero, este juego de espejos literarios lo vemos desde El Quijote, el Tristram Shandy, por ejemplo, pero estos cantamañanas no necesitan retroceder tanto en la tradición de la novela, sin mucho esfuerzo basta y sobra con este libro publicado hace poco más de treinta años.
Querido lector. No te quemes pensando: El loro de Flaubert es una obra maestra.

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