jueves, junio 23, 2016

"la quinta esquina"

Muy pocas veces me veo en la situación de controlar la euforia que me despierta un libro que al acabarlo me genera una doble sensación: la primera, que te has sentido identificado y has sido partícipe en las páginas recorridas. Por tramos, has optado por una lenta lectura, y no es para menos, no estabas solo consumiendo palabras, sino también saboreándolas, es decir, fuiste presa de un hechizo que renueva la pasión, el gusto, por la lectura. Lo dicho no es poca cosa en tiempos en los que se pretende hacer de la experiencia de la lectura una suerte de licuadora sensorial. Y lo segundo, te pones de pie para celebrar (a la mierda el control de la euforia) porque has descubierto una joyita narrativa a la que tranquilamente puedes calificar como “pequeña” obra maestra, todo un canto sublime a la memoria y al devenir existencial.
Desde Stoner, de John Williams, no leía una novela no solo brutal, sino epifánica, que nos refuerza la fe en la novela como género, en sus posibilidades aún vigentes y muy lejos de la crisis que más de uno pretende adjudicarla por medio del mestizaje de registros llamados no solo a enriquecerla, sino también a rescatarla. Tamaña tontería queda por los suelos cuando nos sumergimos en La quinta esquina (Libros del Asteroide, 2015) de Izraíl Métter.
No podía ser de otra manera. Izraíl Métter (1909 – 1996) fue todo un hijo de la tradición a la que pertenece, esa tradición que, para los entendidos, alberga la sustancia y proyección del cuento y de la novela como géneros literarios. Así es, nos referimos a la narrativa rusa, una tradición de la que conocemos sus columnas, mas pocos, por no decir contados, epígonos, lo que nos debe llevar a una tarea de placentero rastreo de sus nombres que han escrito a la sombra de los árboles mayores que plasmaron en experiencia literaria la vida y el contexto social e histórico, teniendo como escenario la presencia de la tierra, presencia que no solo nos ayudaría entender lo conocido y por conocer de esta tradición, porque también es un factor axial en manifestaciones artísticas como el cine, la música y el teatro. Hasta el momento, sabemos, o en todo caso tenemos nociones, de la novelística norteamericana más allá de sus autores referentes, hasta podríamos hacer una provechosa cartografía de la misma con lo publicado en los últimos cincuenta años. Por este motivo, nos encontramos ante una deuda monumental con la narrativa rusa, deuda que tiene que ser cumplida por lectores, críticos y editores.
No hay que pensarlo mucho. LQE es un incuestionable motivo de celebración. No solo hablamos de una cima literaria, sino también del descubrimiento de un autor que en vida lo tuvo todo para pasar desapercibido y que en base a pujanza supo forjar una obra que a la fecha motiva no solo interpretaciones literarias, sino que también ha servido de estímulo para los registros históricos, sociológicos y antropológicos. Bien lo señaló Mario Vargas Llosa sobre la ventaja de la novela para retratar periodos históricos, en especial de aquellos signados por la represión de las libertades individuales y colectivas. La novela, para estos fines, es la trastienda de la gran escenificación que nos presentan los discursos ajenos de la ficción.
Métter, pese a las limitaciones impuestas por la Rusia comunista, sacó adelante una obra saludada en la clandestinidad y tardíamente reconocida cuando el comunismo soviético entró en crisis debido a la Perestroika. Durante los años de censura, Métter escribía en clave, en franca proyección hacia un pasado que también se podía interpretar en un presente, y de esta manera sorteó a los celadores de las libertades de expresión. Esta suerte de escritura en clave le permitió relatar uno de los periodos más dramáticos en la historia del siglo XX, haciendo uso de la memoria, pero no de una memoria social, ni mucho menos de una que denuncia, sino de la memoria íntima, esa que repasa las cotidianas vicisitudes que nos reflejan la gesta permanente de los desarraigados.
El desarraigo nos permite entender al alter ego de Métter, Boria, un hombre bueno que quiso servir en la educación superior, pero a la que no pudo acceder a razón de sus orígenes sociales ligados al mercantilismo, característica opuesta la política igualitaria del régimen soviético. Sin embargo, Boria no cejó en sus intenciones y se convirtió en un gran autodidacta, en un eficiente profesor de matemáticas. Pero ante todo, en un hombre generoso más allá de su personalidad hosca, visto por los demás como alguien amargado por la vida. Empero, esa amargura no solo se debe a las limitaciones del régimen que le han impedido desarrollarse, sino a la falta de un amor que no es correspondido, tal y como lo esperaba de Katia, que hace con Boria lo que le viene en gana a lo largo de su vida, ilusionándolo y dejándolo en ascuas. Sin más, Boria vendría a ser la metáfora del desamor, la presencia andante de la desazón, que canaliza su experiencia por medio de recuerdos sueltos, en otras palabras, haciendo uso de un ejercicio de memoria libre de la linealidad, en la que impera su estado de ánimo, pautado por la tranquilidad y exaltación emocional. De esta manera ingresamos a los pasillos de una dictadura que terminó por destruir el alma y la moral de todo un pueblo, de allí pues el título de la novela, en lazo conceptual con los métodos de tortura de los agentes de Stalin. Boria es un personaje que describe, en pocos momentos juzga, pero basta y sobra su descripción de su vida íntima y de los personajes que conoció, caudal de testimonios que le ofrece a Zinaída Borísovna, la viuda de su amigo de infancia Sasha Beliavski, que a diferencia suya, sí pudo acceder a los favores del sistema a razón de su condición social. Las palabras de Boria no son solo suyas, sino las palabras contenidas de una generación que vivió bajo la férula de Stalin, generación castrada de libertades.
LQE nos ofrece el fresco de toda una época, Métter no podía ser ajeno al mandato del legado de sus maestros rusos. En esta intención por recrear una época se hace patente la presencia específica de Tolstói, en la intención de ser político sin serlo. En realidad, suponemos que ningún escritor ruso que se respete no puede escribir sin la sombra de Tolstói, sin embargo, no nos quedemos en este aliento, subrayemos la fuerza de la novela: el estilo.
Leer LQE puede ser una experiencia extraña y a la vez placentera. Leerla es volar, pero se vuela en sus páginas sin olvidar, reteniendo datos, personajes, diálogos, descripciones. La conexión entre el texto y el lector es inmediata. Al respecto no hay secreto por descubrir: la influencia yace en el escritor ruso del estilo por excelencia: Aleksandr Pushkin. Solo un reparo con LQE: nos hubiese gustado cien páginas más. Pero es un reparo personal, con lo leído basta y sobra, y no tengo más que recomendar esta sobredosis de perdurable literatura. 

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Publicado en El Virrey de Lima

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