lunes, julio 04, 2016

487

Un domingo en el que participé de una inevitable reunión familiar. Tenía la idea de no ir, pero la voz de mi madre tiene el poder de generar milagros. Entonces me alisté y fui hacia la impostergable reunión familiar, que como tal, terminas reuniéndote con tíos y tías a los que no veías en años, en donde el jolgorio va de la mano con las anécdotas que quieres esquivar.
Como tengo capacidad de adaptarme a las situaciones sociales adversas, me reuní con mi salvación, Gianella, mi bella sobrina de 14 años, a la fecha, mucho más alta que la media de mujeres peruanas. Nos pusimos a hablar de lo que siempre hablamos y me hacía la idea de que estaba en un lugar al paso, en el que pronto una voz salvadora me diría que ya es hora de irnos. Mientras tanto, seguía el Cristal/Alianza por el celular, siendo testigo de la mejora del equipo y del buen momento de algunos blanquiazules. Así pasaba mi tiempo. Por si acaso, llevé conmigo un libro de los ensayos que Steiner publicó en el New Yorker, pero no tuve tiempo ni para picar algunas frases.
Para mi buena suerte, la reunión no duró más lo que pintaba, al menos, esa es la sensación que tuve, aunque horas después caí en la cuenta de que yo había llegado horas después del gran almuerzo familiar y la presentación de los mariachis que se portaron con una inacabable sesión de rancheras.
Durante el regreso, un profundo sueño se apoderó de mí. Raro, porque no suelo tener sueño ni sensación de siesta, pero ahora sí, con inusitada pesadez, seguramente por los platos criollos del almuerzo, entonces me puse a cabecear en el taxi. El profundo sueño se adueñó de mí y así quería quedar, pero la voz de mi hermano me despierta, esa voz que truena, el frenazo del taxista y la tranquilidad de saber que ya estaba de regreso en casa, tratando de alejar esa sensación de pérdida de tiempo que me significó el almuerzo familiar.
Al rato me conecto al Face y el inefable “Niño aguaruna” me dice que ha puesto en su muro el artículo que escribí sobre el reseñismo. Total, no me hago paltas de las críticas que el texto pueda generar, pero me gusta que las cosas se hagan con estilo e inteligencia, algo de lo que no tienen idea mis hinchas, tan pendientes de mí, tan atentos a mis aciertos y exabruptos, como un par que comentaron para atacarme, hablando como buenos de la obra de otros cuando lo cierto es que la obra de estos engendros ha pasado desapercibida no por desatención crítica, sino porque eran libros escritos con el culo. El primero, autor un gracioso poemario que desdice su autoproclamación como gran lector; el segundo, autor de un pésimo cuentario que vendría a ser el fiel reflejo de su fealdad y evidentes complejos. ¿Qué se puede hacer con estas cucarachitas? Nada, que sigan soltando su mierdita cada vez que puedan. De cuando en cuando es bueno darles de comer, pero eso sí, muchachos, no me pidan cambiar lo imposible: no soy bombero para andar salvándolos de lo quemado que están literariamente. Más bien, comiencen a leer de verdad y a escribir como si el acto fuera una comunión, esa es la clave, háganlo y verán. 
Ahora, lo que haré en esta madrugada, volver a ver una obra maestra, la mejor película de Chuck Norris, en Fox Classics: Código de silencio.

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