martes, agosto 30, 2016

bowie

El pasado 10 de enero falleció uno de los artistas más influyentes en el mundo, aunque para muchos: el mayor de los últimos cuarenta años. David Bowie fue una radiación de registros que descollaron mucho más allá de las parcelas musicales. No era para menos, en Bowie se manifestaba el sello en alto relieve la conceptualización de la experimentación con la que rubricaba cada uno de sus trabajos. Musicalmente, el cambio era el nervio que motivaba su poética, pero bien saben sus seguidores que ese cambio no se debía a los vientos de la moda musical o la tendencia artística en boga, sino más bien a su espíritu camaleónico que tenía el oscuro fin (y vaya que sí en un artista como él) de encontrarse a sí mismo como persona y en esa empresa no dudó en poner en el asador todas sus capacidades expresivas. En la música fue “el más”, pero tampoco fue “el menos” en las otras artes en las que incursionó.
Sobre su música y sus múltiples facetas artísticas se escribirá y, muy en lo personal, soy de la idea de que va a pasar muy buen tiempo para que se escriba una biografía definitiva sobre él. Obviamente, con Bowie la música era insuficiente. Bowie lo era todo: música, poesía, teatro, generación, sexo, aislamiento, política, alegría, tristeza, paz, violencia… Una biografía sobre un ser tan poliédrico como él requiere de un trabajo titánico de documentación e interpretación. Bowie creó y recreó más de una época, forjó una visión del mundo, nos dejó una filosofía de actitud sin escribirla. El proyecto biográfico tomará su tiempo, mientras tanto, qué decir de Bowie, bajo qué enfoque escribir de él sin caer en los recorridos lugares comunes.
El lector haría bien en preguntarse cuál era el factor que lo unía a este bizarro creador. La respuesta a la pregunta no debe limitarse a los razonamientos y esto es algo que sabe al detalle todo aquel que conectó alguna vez con su propuesta.
Hablemos pues de sensibilidad. Es decir, habría que acercarnos a su figura y obra por los senderos de la irracionalidad. Líneas atrás señalamos que Bowie cambiaba para encontrase. Bajo esa actitud camaleónica, nosotros pudimos apreciar/admirar la dimensión de su trabajo, por demás laberíntico. En la variedad, en esa renuncia a la “linealidad” temática y formal, apreciábamos una sensibilidad que en sus caminos experimentales, así gustasen o no, no era ajena a la indiferencia. En sus matices, nos seguíamos encontrando con el mismo Bowie, con la misma alma quebrada y rota, desde su homónimo álbum de 1967 hasta el Blackstar, lanzado al mercado dos días antes de su fallecimiento.
Contar y pensar a Bowie desde la sensibilidad. Esa es la ruta para escribir sobre Bowie, no desde el rigor disciplinario, sino desde la violencia interna emocional, tal y como lo hace el filósofo inglés Simon Critchley en Bowie (Sexto Piso, 2016).
Critchley transmite mucho más de lo que podría ofrecer un sabelotodo. No hay recursos ocultos para esta transmisión de sensaciones sobre la obra y vida de Bowie. Las circunstancias personales del filósofo (no spoiler) lo llevaron a realizar un concentrado repaso sobre su ídolo, haciendo uso de sus recuerdos y el análisis impresionista. Critchley nos sitúa en una perdida noche de 1972, cuando en compañía de su madre se encuentra viendo el popular programa de televisión Top Of The Pops (ver en Youtube las luminarias que pasaron por este programa). Entonces, aparece en la pantalla una figura andrógina, de rostro tieso por encanto y una mirada fija tanto en la nada y en todo lugar. Bowie/Ziggy, llámalo como gustes, cantando “Starman”…
Podríamos pensar que nuestro autor exagera, que su fanatismo por Bowie pudo más. Veamos un ejemplo: en sus palabras, escuchar “Starman” le significó una experiencia que superaba a la sexual, sea por su voz, dominio de escenario o por esa poesía oscura que proyectaban sus letras. Pues bien, en la extrañeza de esa propuesta, Critchley halló una identificación que le permitió superar los setenta, década infestada por los desencuentros ideológicos, en la que también exploró otros registros musicales como el punk y la semilla de lo que años después sería el New Wave.
Pero Critchley siempre volvía a Bowie, a su música y sus letras, y comenzó a llamarle la  atención su postura política, porque sin hacer política, Bowie era mucho más coherente que otros músicos y artistas que sí exhibían un abierto discurso político. En estos “regresos” a la poética del artista, el autor destaca la esencia del extrañamiento que recorre la vida y discografía de su ídolo, de la fidelidad a sus valores sobre la integridad artística y de los ecos que la misma alimentó en otros compañeros, a saber: Lou Reed e Iggy Pop.
Con Critchley recorremos la biografía y discografía del Duque Blanco, enfocándonos en las epifanías de sus letras, en las que una línea, una metáfora, le resultaban suficientes para conectar y desnudar a hombres y mujeres desesperados de sí mismos. En lo dicho y en el silencio de las palabras del Duque hallamos el secreto de su vida y la relación de esta con su trayectoria, tal y como lo manifiesta el filósofo en la radiografía que realiza de las letras de “Lazarus”, tema de su último álbum.
Podríamos sospechar que estamos ante un libro exclusivo para fanáticos de Bowie. Felizmente, no es así. Critchley nos escribe de Bowie para entenderse y, por extensión, para que nosotros nos entendamos. Eso era Bowie: él y todos nosotros.

… 

Publicado en El Virrey de Lima.

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