miércoles, agosto 10, 2016

la pequeña bestia

El 15 de junio de 1981 la prensa parisina sorprendió a la sociedad europea con una espeluznante noticia: entre la maleza del bosque Bois de Boulogne, los empleados de limpieza de la comuna encontraron una maleta, en cuyo interior estaban los restos ensangrentados del cuerpo de una mujer joven.
A estos restos le faltaban no pocas porciones de piel y carne.
Mientras los telediarios daban cuenta del suceso, la policía ya estaba embarcada, desde el día anterior, en la búsqueda de las primeras pesquisas de lo que en principio se suponía un descuartizamiento. Gracias a la llamada realizada por un taxista, que prestó su servicio en la noche del 14 de junio, los investigadores no demoraron en realizar el identikit de un ciudadano oriental. El taxista relató que le pareció sumamente extraño que alguien con equipaje le haya indicado que lo lleve al Bois de Boulogne, en lugar de una estación de tren o de bus. La policía cruzó información con los testigos que también vieron al sospechoso abordar el taxi. Es así que en la misma noche del 15 un fuerte contingente policial irrumpe en el departamento del japonés Issei Sagawa (Tokyo, 1949), estudiante de Literatura de La Sorbonne.
El sospechoso no mostró resistencia alguna. Cuando los oficiales comenzaron a revisar el departamento, hallaron dentro de la refrigeradora carne humana envuelta en bolsas de plástico. Revisaron un poco más y descubrieron un rifle debajo del sillón, más una grabadora con un cassette que confirmó lo que se temía: Sagawa no solo había asesinado a la holandesa Renée Hartevelt, quien al igual que él, estudiaba Literatura en La Sorbonne, sino que también tuvo relaciones sexuales con ella estando muerta, para después comerse gran parte de sus nalgas, muslos y senos.
Era el primer caso de canibalismo, de forma oficial, para la policía francesa. Sin embargo, lo que se pensaba debía tener un fin judicial, devino en una discutida resolución, a razón de que el gobierno japonés presionó a su par francés con el argumento de que el caníbal debía ser juzgado en su país de origen. No era para menos, el padre del criminal, Akira Sagawa, empresario multimillonario e influyente personaje en la vida política asiática, no dudó en contratar a los más prestigiosos abogados parisinos, que tenían la consigna de obtener, a como dé lugar y cueste lo que cueste, una solución política al caso de su vástago.
Desde que nació a los siete meses, Issei Sagawa vivió en una auténtica cuna de oro. Era débil y presa de muchas enfermedades (un resfrío mal llevado le podía resultar mortal) y por esa razón fue tremendamente sobreprotegido. Su infancia fue guiada por institutrices que le enseñaron a leer, a tocar el piano y la guitarra, a contemplar el arte, le enseñaron idiomas (inglés, francés, alemán, italiano y algo de español), etc… Recién en la adolescencia vivió su primera experiencia con el mundo exterior, y como era bajito, enclenque y con evidentes complejos de fealdad, fue el recurrente punto de burla de sus compañeros de colegio. Cuando los insultos sobrepasaban su resistencia anímica, solía hacer lo siguiente: se tiraba al suelo, cerraba los ojos y gritaba tapándose la boca con las manos. Tal y como lo confesaría años después, para el humillado adolescente esta postura era un mecanismo psicológico de defensa, que lo abstraía de la realidad hacia la infancia en la que fue feliz, puesto que hasta los diez años había sido amamantado ¡antes de cada comida!, lo que le llevó a afirmar que su gusto por la carne humana nació del irrefrenable impulso y placer que sentía mordiendo los pezones de sus institutrices.
De joven estudia Literatura en la Universidad de Tokyo. Sagawa tenía talento para el ensayo y la crítica, destacando por su conocimiento de la literatura alemana, de la que Thomas Mann, Rilke, Gunther Grass, Hölderlin (Hiperión era su biblia) y Kafka eran sus escritores favoritos. En esta etapa estudiantil también desarrolla un creciente apego por las mujeres occidentales, siendo Grace Kelly su ícono. Las paredes de su cuarto estaban tapadas con imágenes de damas caucásicas, exuberantes y, en especial, muy altas. Su sueño: no solo era tener relaciones sexuales con alguien así, sino que anhelaba morder y comer a este tipo de mujeres.
Como la naturaleza le había desprovisto del más mínimo atractivo, Sagawa frecuentaba muchos burdeles, compraba afecto, gastaba un dineral en prostitutas, a quienes obligaba a dejarse morder las nalgas y muslos. Y como es entendible en un enfermo como él, no pocas veces se pasaba de la raya con sus mordidas. Las prostitutas lo denunciaban pero los casos eran rápidamente archivados.
Una estudiante alemana de intercambio despertó su obsesión. Por primera vez en su vida tenía ante sí una encarnación de lo que él solía devorar en las películas porno: una mujer caucásica, exuberante y, en especial, muy alta. Sagawa estudiaba sus movimientos, la seguía y averiguaba sus intereses académicos. Ideaba pues un plan cómo hablarle y para lograrlo debía conocer sus gustos académicos.
Lo que terminó animándolo fue que ella era su vecina en el complejo habitacional de la casa de estudios. No pensó violarla, mucho menos comer su carne. Esas pulsiones todavía permanecían latentes en su alma. Pero sí formuló un plan: darle un buen susto y tantear su reacción para lo que podría ser su golpe mayor días después: comérsela. Con la alemana, las pulsiones dejaron de ser una intención latente, había que llevar el asunto a la práctica. Pero primero debía asustarla.
Cierta noche, el pequeño Sagawa alquiló un traje de Batman. Se las ingenió para que su cuerpo esquelético, y de no más de metro cincuenta, no tuviera inconveniente con la anchura de la vestimenta. Pues bien, durante la madrugada, pasando de balcón en balcón, llegó a la habitación de la germana, que dormía boca abajo y desnuda. En puntas de pie el pequeño Batman se acercó a la cama y contempló la monumental desnudez de la mujer. Se le ocurrió lamer sus compactas nalgas, pero cuando su lengua estaba a menos de un centímetro de la piel anhelada, la alemana abrió los ojos y en el acto lo cogió del cuello…
Lo remató a puñetes y con patadas de karate, y no contenta con eso, lo arrastró por los pasillos del edificio, ante la vista y paciencia de los mirones que se despertaron con los gritos de furia de quien juraba, en masticado pero entendible japonés, que el experto en literatura alemana había intentado violarla.
Sagawa es expulsado de la universidad, pero la alemana estaba decidida a llevarlo a los tribunales. Tenía todo para ganar. Sin embargo, el padre de la pequeña bestia compró el silencio de la mujer por un monto que le aseguró la vida. Este padre no demoró en internar a su hijo en una clínica psiquiátrica. Los expertos llegaron a la siguiente conclusión: el liliputiense necesitaba un ambiente de mayor interacción social, según ellos la sociedad japonesa no era la idónea para alguien de refinada sensibilidad e inteligencia cultivada; tenía que conocer a más personas, sentirse libre y no ser presa de sus complejos de inferioridad. Como ya se indicó, Sagawa dominaba, aparte de su idioma natal, el inglés, italiano, alemán, italiano, francés y algo de español. Leía a los autores en sus lenguas natales. Por ello, su solicitud para continuar sus estudios literarios en La Sorbonne fue aprobada en el acto.
En París, el conocedor de la poética de Holderlin enloqueció. No podía leer, ni escribir, ni pensar. Se enamoraba de cada chica que pasaba por su lado. Para variar, continuaba con sus visitas a los burdeles. En más de una ocasión pensó regresar a Japón, en sus primeros once meses lo único que hizo fue entregarse al onanismo y a las putas a tiempo completo.
Sin embargo, en una tarde de sol, vagando por la universidad, Sagawa conoció el amor. Una mujer, caucásica, exuberante y, en especial, muy alta, le habló.
Por primera vez en su vida una mujer le dirigía la palabra. Hasta ese instante, las únicas mujeres que le habían dirigido la palabra habían sido su madre, las institutrices y las prostitutas.
Issei Sagawa ayudó a la holandesa Renée Hartevelt a elegir los cursos de literatura que seguiría en los próximos dos años.
Obviamente, Hartevelt consideraba a Sagawa un pequeño amigo inteligente. Almorzaban y cenaban juntos. Como ella era muy risueña y sociable, integró a la pequeña bestia en su círculo de amigos, quienes, en principio, creyeron que se trataba de un nuevo estudiante cuando lo cierto era que Sagawa iba por su segundo año en la conocida universidad parisina.
La holandesa lo admiraba. Sagawa recuperó el tiempo perdido en el onanismo y las putas con el único fin de impresionarla cada vez más. Quería que se enamore de él por medio de su inteligencia y volcó todas sus fuerzas intelectivas a destacar académicamente. Sagawa se proyectaba como un académico de consideración, hasta llegó a ser voceado como un posible candidato para hacerse cargo de la cátedra de Literatura Alemana. Fueron meses felices para Sagawa, quien, entre otras cosas, no olvidaría nunca la noche de un viernes que bailó, en una discoteca, con Hartevelt el “You Sexy Thing” de Hot Chocolate.
Esa noche en la discoteca, pautada por la fiebre sensual de la música disco, fue determinante para Sagawa. Amar a Hartevelt, desear a Hartevelt, poseer a Hartevelt, no le eran suficientes. Sagawa nunca pudo explicar lo que le pasó. Hasta esa noche creía que sus pulsiones enfermizas estaban no solo controladas, sino también reprimidas. Esa noche, mientras contemplaba los movimientos de la holandesa en la pista de baile, supo que siempre sería una pequeña bestia con un solo objetivo en la vida.
A la mañana siguiente, despertó muy despejado, con la imagen de la silueta de Hartevelt contoneándose. Releyó muchas páginas de su novela favorita, La montaña mágica, hasta el mediodía.
Y mientras almorzaba sintió la necesidad vital y existencial de comerse a Hartevelt.
Como no quería repetir la nefasta experiencia que le ocurrió con la alemana, el futuro caníbal pensó las cosas al detalle. Compró un rifle, un silenciador y lucubró un motivo para que su amiga accediera ir a su departamento. La jovial muchacha tenía varios empleos: en la biblioteca de la universidad, en una librería y traducía textos en las oficinas de inmigración… La tarde del 11 de junio de 1981, Sagawa la llamó y le ofreció pagarle muy bien por la traducción de un poema de Holderlin, lo que la sorprendió ya que Sagawa sabía alemán, pero no puso reparo puesto que necesitaba el dinero.
Hartevelt llegó a las ocho en punto de la noche. Sagawa había ordenado el escritorio en el que ella traduciría, lo ubicó en dirección a la ventana, porque si iba a dispararle, tenía que hacerlo por detrás.
Ni bien Hertevelt se acomodó, empezó a traducir… Sagawa prendió la grabadora… Cogió el rifle… Apuntó… Y le voló la nuca…
Se la estuvo comiendo dos días…
Los policías escucharon una y otra vez la grabación. No tenían la más mínima duda de que la fiscalía exigiría la pena máxima. Pero la justicia tuvo a bien dictaminar que Sagawa sea sometido a tratamiento psiquiátrico en Japón, con la condición de que nunca más pisara suelo francés.
El padre de Sagawa armó una actuación ante el arribo a Tokyo de su hijo. Los periodistas habían colmado el aeropuerto, estaban ante la noticia del año, el caníbal japonés; sin embargo, la persona que fue recibida por un grupo de médicos y a quien llevaron a un psiquiátrico en las afueras de Tokyio, no fue Issei Sagawa, sino un actor contratado. El verdadero Sagawa fue conducido a un departamento en donde su padre le hizo firmar los documentos pertinentes para el cobro de su herencia y le hizo jurar que no vuelva a frecuentar a su familia en lo que quedara de vida.
La pequeña bestia estuvo algunos años en el más completo olvido, dedicado al proyecto que acrecentó su fama: escribiendo sus memorias caníbales. A la fecha lleva publicado más de veinte libros sobre el asesinato de Hartevelt. Es considerado una celebridad menor y se las pega también de crítico gastronómico, y por si no fuera poco, ha aparecido en películas, como The Bedroom de Hisayasu Sato e inspiró la canción “Too Much Blood” de The Rolling Stone.


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