domingo, febrero 28, 2016


viernes, febrero 26, 2016

425

Me dirigía a una reunión en el centro cuando me sorprende la lluvia.
Era una lluvia de verano, pero de noche, y en short, polo y sandalias, puedes llegar a sufrir las consecuencias después.
Las consecuencias las sufrí porque amanecí algo ronco y con un ligero dolor de cabeza.
Mi reunión al aire libre acabó cerca de las diez de la noche. A veces cuesta cumplir, pero luego uno se anima, ya que el compromiso va más allá de los súbitos desánimos.
Acabada la reunión, regreso a casa. El regreso se vuelve muy pesado, el tráfico que se forma en la intersección de Wilson con Paseo Colón impide la circulación de los buses y autos particulares. Tomar un taxi se pintaba como una alternativa inservible, el taxi debía pasar también por ese tráfico causado por el By Pass que se construye en el cruce de 28 de Julio con Wilson.
No me hago problemas. No me dejo guiar por la estupidez colectiva, manifestada en la espera en los paraderos. Ese tráfico no se soluciona rápido y si eso ocurre, sería en un par de horas. Así es que camino, sigo directo por lo que queda de Wilson y empalmo por la Arequipa. Cerca del parque Washington, compro una botella de agua mineral sin gas y tomo asiento en una de las bancas. Frente a mí, el Centro Cultural de España. 
Imposible no tener en cuenta su biblioteca, de la que sé que volverá a abrir en los próximos días. Viene a memoria una secuencia de imágenes, frecuentes, y decirlo es quedarme corto, desde fines del 2000 hasta las fecha, un secuencia infinita de situaciones y excesos. Hubo una época en que vivía en esa biblioteca, llegaba al mediodía y salía a las seis de la tarde, listo, preparado para perderme en la intensidad y el peligro por conocer de las calles del centro, ajá, en esas épocas decíamos así, el centro, no Centro Histórico.

miércoles, febrero 24, 2016

"que levante mi mano quien crea en la telequinesis"

Se está volviendo costumbre llegar a nuestros autores favoritos por la vía no oficial. Más bien, accedemos a ellos por caminos paralelos que poco o nada tienen que ver con los que sí cobijan a los que escuchamos desde el colegio o la universidad. Estos autores aún no forman parte de ese gran imaginario de autores que tranquilamente pueden ser ubicados por el conocedor  y el sujeto informado.
En cuanto a referencia cultural, estos autores se ubican a años luz de un Hemingway, Sartre, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Norman Mailer, etc., que pueden ser localizados de nombre sin necesidad que se les haya leído. Hablamos de una suerte de posteridad de mármol, de paganismo nacionalista, de religión posera, como gustes llamarlo.
Estos autores se cuelan en nuestra mente gracias a un pequeño esfuerzo del lector, la mayoría de las veces tejiendo puentes, buscando conexiones temáticas, como en esos días de inicios del nuevo siglo, días en los que buscaba ensayos y novelas sobre las guerras acaecidas en el Siglo XX, encontrando en un puesto de libros de Camaná “Matadero Cinco”. A partir de esta lectura, comenzó una búsqueda casi insaciable de los libros de Vonnegut, que a medida que iban pasando los años supe que no era tan secreto como pensaba, sino que gozaba de un envidiable reconocimiento entre un público lector y medianamente informado. Vonnegut fue un artista talentoso, como narrador, quizá uno de los más importantes de la segunda mitad del XX; como intelectual, uno que hablaba de lo que le venía en gana, pero siempre valiéndose del humor, la ironía y el punto de vista disidente.
Vonnegut no es de los autores que ingresarán al imaginario del gran público. No será reconocido por los hombres y mujeres de a pie, pero tampoco será el autor de sectas secretas como sí lo pueden ser Schwob y B. Traven, a saber. La galaxia Vonnegut es inestable, ingresa, sale, a lo mejor se establece en uno por temporadas y cuando menos lo piensas desaparece. Por eso su poética es dueña de una resonancia, por eso nos sigue mensajeando desde el más allá.
Este escritor gringo murió en 2007. Su muerte fue lamentada por no pocas plumas de nivel en el mundo entero. A partir de entonces se empezó un rescate de su obra, ya sea en reediciones y libros póstumos. El volumen que nos reúne ahora es una selección de los discursos de graduación que leyó a lo largo de su vida, una selección, por demás exquisita y edificante en todo el sentido de la palabra. No, Vonnegut no habla de la esperanza, ni de las más altas aspiraciones a las que debe llegar el ser humano.
Tengamos en cuenta que los discursos de graduación vienen siendo asumidos como todo un género literario. Son los alumnos que se gradúan los que eligen al escritor/intelectual/artista/científico que les leerá el discurso final antes de dejar la universidad. Es pues una tradición en la academia gringa, en la que, si nos ceñimos a los escritores, han leído discursos de graduación Foster Wallace, John Updike, Philip Roth, Vollmann, Doctorow y demás plumas medulares de la literatura norteamericana. 
El título escogido para esta publicación no pudo ser mejor, es genial, a secas: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud (Malpaso, 2014). Como se sugirió líneas arriba, en estos nueve discursos no estamos ante un Vonnegut que pontifica, sino ante uno que mezcla impresiones y experiencias naturales, es decir, en ningún momento habla desde la altura del exitoso y del sabio, sino que comparte sus dudas, temores y luchas con los alumnos que viven a lo mejor el día más dichoso de sus vidas. El autor conecta con ellos, y obviamente, también con el lector, a razón de la fineza irónica de su mirada y la sencillez/simplicidad de sus conceptos, hablando tranquilamente de la bomba atómica, Alfred Nobel, Philip Roth, Al Qaeda, Bush… a tópicos terrenales como el uso de los sombreros, los exámenes, las drogas, la música, el baile… Sentimos a un Vonnegut risueño, que gusta de lo que nos dice, pero que en ningún momento nos toma el pelo, sino que nos respeta, por eso nos habla así, por eso el lector, y de la misma manera que lo hicieron los alumnos que lo escucharon, tiene ganas de aplaudir por muy buen rato.

martes, febrero 23, 2016

424

Cerca de las siete de la noche se me antoja un jugo de granadilla. Me alisto y me dirijo a la intersección de Javier Prado con Aviación. Camino un par de cuadras en diagonal hacia el local al que voy desde hace más de siete años y del que aún no sé su nombre. 
A esa hora prendo mi celular, lo tuve apagado todo el fin de semana. Al prenderlo veo muchas llamadas perdidas, solo algunas valen la pena, pero de todas maneras me enfoco en las que me generan cierta sorpresa, ya que con esas personas no tengo mucho contacto, la mayoría en meses, y solo en un caso en más de año y medio, si es que los cálculos no me fallan. 
En el televisor del local, vía CMD, pasan Campeones, una suerte de campeonato de fútbol siete en el que intervienen ex jugadores del fútbol profesional peruano. Por cierto, más de una vez he pensado en asistir a una de estas jornadas, que se llevan a cabo en el Estadio Municipal de Miraflores. Jugaban la U con Municipal. Por el lado crema ubicaba a varios jugadores, por el lado edil a ninguno, aunque quién sabe. Disfrutaba de mi jugo de granadilla y una hamburguesa con queso que acababa de pedir. 
El partido iba con ventaja crema, ventaja de un gol. El juego era intenso, pases con dientes apretados, desesperación y harta impotencia. Sin ser la gran cosa, sin ver a grandes jugadores que jamás lograron algo con la selección, la estaba pasando bien. Por un momento me olvidé del tema político del día, y por lo que escuchaba de la narración, habría también otro partido de fútbol siete después de ese. 
Todo iba bien, pasándola. Pero “El puma”, haciendo justicia a su cualidad de matón, no tuvo mejor idea que agredir al árbitro que acababa de expulsarlo. 
Así es, agredió al árbitro. Bueno, no me sorprende su actitud. Nunca dejará de ser lo que es, el limitado para el juego y el criterio. 
Lo que me jodió es que esa agresión obligó a que los árbitros suspendan el partido, bueno, quedaba la transmisión, por ende, del siguiente partido, pero CMD decidió cortar su programación y en una cambiaron a un especial de olas brasileñas. 
Ese es el “Puma”. E imaginar que un idiota dijo que después de Lolo, “El Puma” era el ídolo más grande de la U.

lunes, febrero 22, 2016

423

Noche de domingo. Vería dos películas en Fox Classics. Pasé toda la tarde leyendo un par de libros, uno de ensayo y el otro de novela. De corrido, deteniéndome solo para el Alianza-Vallejo. 
Al menos, ahora sé a qué juega Alianza. 
Seguí en la lectura, pero dos puntas me pasaron el dato de una entrevista que le estaban haciendo a Barnechea, el candidato presidencial de AP. 
No me cae mal Barnechea. Tampoco me deslumbra. Entre tanta escoria tras el sillón presidencial, él es el más versado y limpio, el que tiene las ideas claras. 
Mientras lo escuchaba, pensaba en algunas cosas, ejemplo, en la mezquindad ideológica que impide que no se reconozca la labor de un intelectual a razón de su inclinación política e ideológica. 
Lo sabemos, la izquierda ha tomado por asalto, un asalto sin esfuerzo valgan verdades, el circuito académico peruano. 
¿A cuenta de qué lo digo? La razón: no consideran a Barnechea un intelectual de referencia cuando los hechos (sus libros) demuestran que es mucho más que los títulos de los que se alucinan los privilegiados del pensamiento y la moral. Su pecado es que es víctima del estereotipo y de su ubicación en el centro político. Eso es. 
Aquí puedes tener las manos manchadas de sangre y no pasa nada por el solo hecho de ser de izquierda. Puedes ser una bestia que escriba y todos tus correligionarios sepan que eres una bestia que escribe y no pasa nada porque eres de izquierda. Puedes ser racista y no pasa porque eres de izquierda. Puedes beneficiarte del dinero de Chávez y no pasa nada porque eres de izquierda… Y la cantaleta seguiría. 
Estas taras las puedo entender. 
Barnechea, como dije, no me deslumbra como persona, tengo la impresión de que es un patán y pedante, pero esta impresión personal no sirve de nada porque esta vida está llena de patanes y pedantes con los que almorzamos y hacemos vida social. Este tío es lo mejor que tenemos. Ya mucho tecnócrata en Palacio, necesitamos un intelectual, alguien que haya leído.

domingo, febrero 21, 2016

422

Luego de la conversa con Leonardo en El Virrey de Lima, me quedé conversando con algunas puntas.
Me dirigía a casa, pero recordé que a la misma hora de la conversa, había otra presentación en Torrico, en un bar en donde los Zepita Boys presentarían Los buguis de “Jeremy”. Caminé hacia ese bar. Faltaban diez minutos para las diez de la noche, aunque la presentación estaba anunciada para las 7 y 30, sabía que comenzaría tarde puesto que era una actividad organizada por Richi Lakra de Poetas del Asfalto. Todo lo que organiza Richi comienza tarde y esta vez no fue la excepción.
Llegué y, efectivamente, la presentación no había comenzado. Rodolfo, uno de los presentadores, no pudo ir, y no se tuvo mejor idea que yo ocupe su lugar para hablar de Los buguis. Antes de hablar, “El caminante” manifestó su talento para la imitación, acto que fue celebrado por las puntas que ocupaban las mesas. En le mesa de presentación, noté que “Mr. Chela” estaba algo delicado de salud, temblaba, y le pregunté al respecto, y me respondió que no había razón para preocuparse, puesto que sentía frío. Preferí no comentar nada. Cómo se puede sentir frío con una temperatura de mierda como esta, pensé.
“Mr. Chela” leyó un texto de la putamadre. “El caminante” celebraba con otra imitación, si comenzó con una de Lakra, ahora imitaba Ciro, el legendario mesero del Don Lucho. Me dieron el micrófono y destaqué las bondades literarias de “Jeremy”. En mi disertación noté que “Mr. Chela” ya estaba durmiendo, acto que fue nuevamente inmortalizado por Ángel en su celular. Al terminar, llegó “Cachetada nocturna”, que tomó asiento entre “Paganini” y Marco.
Cuando “Jeremy” tomó la palabra, hizo lo de siempre, no hablar de sí mismo, sino de los otros, de esos “otros” a los que debe mucho su formación como escritor, extendiendo su admiración por esas novelas del XIX que aún le siguen transmitiendo resonancias.
En lo personal, tenía muchísima hambre. No sé por qué, me vino el hambre, esas ganas de tragar, porque eso era lo que sentía, comer muchísimo. Desde hace varios días “Cachetada” hablaba de un lugar llamado Los tres continentes, ubicado a media cuadra de Alfonso Ugarte. Le dije que nos llevara allí porque lo quiero conocer y ver si en verdad justificaba lo que se decía de la comida que vendían. “El caminante” quiso desanimar al grupo, se le había antojado un pye de fresa del Tanta, más un capuccino helado. Miré al “Caminante” y le pedí que dejara sus exquisiteces culinarias para después, puesto que en esos momentos se me antojaba comer bastante, con harta grasa acompañada de todas las témperas posibles.
Sin embargo, “Mr. Chela” seguía durmiendo. No había forma de despertarlo. Ángel propuso que preguntemos si en el bar había una manguera y así despertarlo con fuego plateado. Pero no había manguera. Ante ello, como contagié de hambre al grupo, “Paganini” y Marco decidieron cargar a “Mr. Chela”. Buscaron un tubo y se quitaron los pasadores de sus calzados. “Mr. Chela” quedó atado de manos y pies. “Paganini” y Marco sostenían el tubo, cada extremo sostenido por sus hombros.
“Paganini” y Marco comandaban la incursión hacia Los tres continentes. “Cachetada” y “El caminante” iban detrás, quizá planeando una futura incursión en un punto lejano de San Juan de Lurigancho. Ángel iba tomando fotos de los maleantes y tracas que cruzaban por nuestro camino.
Luego de una media vuelta en U, llegamos a Los tres continentes. Lo primero que pensé fue en lo muy grande que era el lugar. No estaba del todo lleno, pero sí había gente que llenaría tres restaurantes juntos. No pasaron muchos segundos para darme cuenta de que allí no se comía, sino se tragaba.
Antes de ocupar las mesas, qué hacíamos con “Mr. Chela”. No podíamos hacer nada si no lo ubicábamos en un lugar idóneo.
Pregunté por el dueño, un adiposo sujeto con cadenas de oro. Este me sugirió que llevara al “colgado” a la zona de carnes. Fuimos a la zona de carnes, que como tal, estaba llena carnes y aprovechamos un espacio libre para dejar a “Mr. Chela”, como un animal a ser sacrificado. Los extremos del tubo se sostenían desde los bordes de dos lavaderos de granito.
Hicimos nuestros pedidos. “El caminante” se acordó de ser “El Caminante” y pidió un platón de frejoles con lonjas de chancho, “Cachetada” una leche de tigre levanta muertos, Marco un pollo a la parrilla y los demás lomo saltado. No lo niego, todos los pedidos eran una bestialidad, un canto poético al acto sublime de tragar. Además, no era muy caro.
Me imaginé Los tres continentes en días de partidos de fútbol. Había una pantalla gigante en una de las esquinas. Y sí, cuando juegue la selección veré sus partidos en Los tres continentes.
A la mitad de la comilona, se me acercó un mozo, muy preocupado.
“Joven, el “colgado” ha despertado, está loco, está hablando palabras que no entiendo”, dijo.
“¿Qué está diciendo?”, pregunté. 
“Soy Pessoa, soy Pessoa, eso es lo que dice”.

sábado, febrero 20, 2016


viernes, febrero 19, 2016

421

Me acuesto a las seis de la mañana. He estado escribiendo toda la madrugada, disfrutando de las oleadas de aire que entraban por mi ventana. Mientras escribo, cuando me doy un alto para reacomodar mis notas escritas a mano, me pongo a revisar algunos documentales por Youtube. Algo extraño viene pasando, y trato de guiarme en la extrañeza que me viene siguiendo desde hace algunos días, ese apego desmedido por querer saber todo lo que en política internacional acaecía en la década del 70 del siglo pasado, una década “generosa” en conspiraciones y espionaje, temas que siempre me han entusiasmado pese a sentirme alguien ajeno y amputado para escribir desde la ficción sobre esos tópicos, tropezándome así con la realidad de que no podré ser el escritor de género que quería ser desde muy joven. 
Hago memoria. Pienso en las películas vistas y libros leídos, pero no, no se debía a una película o libro, aunque iba por allí, solo debía reducir los puntos temáticos de mi duda. 
Decido no seguir escribiendo y se me antoja recorrer un toque en la red, tengo varias páginas marcadas para ver, páginas que por sueño u olvido no reviso cuando se supone que debo revisar, porque me gusta y también porque la chamba me lo demanda. 
Tengo una fijación con la década del 70. Pero esa fijación se ha reforzado más desde hace unos días y, como me gusta ir a los hechos centrales de todo, hago un ejercicio de memoria, eso es lo que me ocurre, que me vuelvo voluble de lo inane, apegado a la intrascendencia, dependiente del dato inútil. 
¿Será la falta de sueño? 
A lo mejor. 
La respuesta no demora. Más bien, la imagen. La imagen que me ubica caminando una noche por Uruguay. Como siempre, me detengo para ver qué libros se venden en las noches. Me detuve a revisar algunos títulos, entre los que veo una edición añeja de El caso Bourne de Ludlum. Más que suficiente para recrear en mi mente esa década, de cómo pudo ser. Gran novela de Ludlum, de la que vuelvo a releer algunas páginas en casa.

jueves, febrero 18, 2016

"pizzería kamikaze y otros relatos"

Si queremos leer algo que no solo sea nuevo, sino también original y con la suficiente epifanía como para convertirte en hincha de un autor, pues haríamos bien en, por lo menos, darle una oportunidad al narrador israelí Etgar Keret. 
No es la primera vez que escucho de Keret, algunos amigos me hablaban como si fuera una suerte de autor secreto apto para conocedores, cuando lo cierto es que Keret no tiene nada de secreto, ni su poética es hermética como para catalogarlo así. Por el contrario, Keret es un autor muy popular en Israel. No solo es narrador, también se desempeña como guionista del televisión y director de cine. Como guionista y director no es nada malo, se encuentra entre los más prometedores de la nueva hornada de su país, pero es gracias a su faceta de escritor, de hacedor de historias que dialogan con el absurdo de la cotidianidad y sus respectivas dosis oníricas, lo que diferencia, en principio, a Keret, convirtiéndolo en una voz por demás radiactiva. 
Pizzería Kamikaze y otros relatos (Sexto Piso, 2014) vendría a ser una respuesta a cierta linealidad narrativa y realista que se nos pretende imponer desde hace un par de décadas. Basta ver los catálogos de los grandes sellos editoriales, los criterios de festivales y congresos literarios para sustentar la impresión de que sí existe un discurso mayor que proclama a la linealidad narrativa y el realismo como los senderos que direccionan a la narrativa contemporánea. Estamos pues ante una respuesta involuntaria, una respuesta que es asumida así por los lecto-conocedores que son los que ponen en justa medida la balanza impresionista.  
Pero esta publicación, lo que es, y ante todo, lo que sugiere y enseña: la libertad del acto de narrar. En base a esa libertad, Keret hace lo que quiere, y para bien, con sus lectores. Como bien se indicó líneas atrás, los relatos del autor se nutren de lo absurdo y del componente onírico, solo así podemos explicarnos la realidad de la irrealidad en relatos como “La historia del conductor de autobús que quería ser Dios”, “El deschavete de Nimrod”, “El coctel del infierno”, “Útero” y el homónimo que titula la publicación, que sin problema deberíamos catalogar de novela corta, y no necesariamente a su extensión, sino a la variedad temática que confluyen en el texto, que tranquilamente lo ubican como una perlita narrativa que es todo un tributo a la libertad narrativa de contar. Ajá: novela corta rotulada de cuento que va sobre un mundo paralelo habitado solo por suicidas, cada suicida más loco, tierno y salvaje, ninguno parecido, pero con los suficientes méritos morales para quedarse en nuestra memoria. Lo mismo podríamos decir de los personajes de los otros relatos, de esos finales que tienen los componentes de la tragedia, pero una tragedia festiva que a más de uno lo hace pensar, para inmediatamente reírse de esos personajes, primero, y luego reírse de uno mismo. Los personajes de Keret vendrían a ser patas de la adolescencia a los que todavía frecuentamos y que conocen nuestra virtudes, aunque más nuestras taras. 
Así es, estas historias parecen jaladas de los cabellos. Inverosímiles. Por más bien escritas que estén, por más pensado que sea su andamiaje estructural, se hace necesario un aliento distinto que las eleve y, por ende, que conecten con el lector, y que no solo se justifiquen en la curiosidad y variedad temática, pues bien, ese aliento proviene de la mirada irónica y humorística de Keret. Por medio de esta mirada es que los relatos sobrepasan la mera curiosidad, además, su poética adquiere un vigor que, como un tronco, permite el nacimiento de ramas, cada cual más distinta que la otra, cada una con un mundo propio, inverosímil, sí, y también perdurable.

martes, febrero 16, 2016

420

Cerca del mediodía me dirigía al Virrey de Lima. Me encontraba en el Metropolitano, con algo de sueño, el cual camuflaba gracias a los lentes oscuros. Llevaba una mochila de peso ligero, en donde había puesto lo necesario que debo llevar cada vez que salgo a la calle, en especial en verano, siendo el objeto más preciado el bloqueador. 
Antes de llegar al cruce de Colmena con Lampa, mi padre me llama al celular y me dice que el JNE ha fallado en contra de Julio Guzmán, el outsider que ya se había ubicado en el segundo lugar en las encuestas presidenciales. Mi padre me dijo que tuviera cuidado, porque no sería nada extraño pensar que ocurrieran protestas en el centro. Le dije que no creía que fuera a pasar eso, “pero de todas maneras”, retruca, “no hay que confiarse”. 
Bajé en la Estación Jr. De la Unión. Caminé despacio a la librería, bebiendo una cremolada de fresa, la bebía lentamente, pensando en lo que tendría que decir sobre las charlas que vendrán en las próximas semanas, como también en la organización de algunos talleres. Ajá, talleres, pero no de escritura, sino de lectura, enfocados en la historia de los estilos de los autores, una historia personal que nos permita entender lo que a fin de cuentas es la obra y su respectiva epifanía. 
El calor hace que me compre una Cusqueña en lata, la más helada que haya en la tienda. Ya no lo pienso, es un convencimiento: fue un error haber quedado en que la reunión fuera en la mañana. Debía estar en mi casa, avanzando los textos y corrigiendo un libro que acabo de terminar. Pero ante todo, cuidándome del calor. Eso, de ese calor que tiene al borde de la autodestrucción. 
Llego a la librería y converso con Carola. Quedamos en lo que haríamos los próximos días y me alegra que con mucho esfuerzo las metas se vayan cumpliendo de a pocos. Le cuento lo de la tacha a Guzmán y la acompaño a la Estación Jr. De la Unión del Metropolitano. En el trayecto sintonizamos en lo siguiente: la ley tiene que ser igual para todos, y de esa manera se espera la respectiva tacha a Acuña, que en lo personal, es la peor maldición que le puede pasar a esta país en caso de llegar al poder. 
Nos despedimos y regreso a la librería, en donde he dejado mi mochila. 
Al regresar converso con Dio y Dajo. No deja de sorprenderme las tantas amistades y conocidos que tenemos en común, de lo pequeño que es el mundo, no solo literario, de las muchísimas personas que conocemos sin necesariamente saber sus nombres. Al menos, eso es lo que me pasa, camino por las calles y de la nada patas y flacas me saludan, se muestran felices de verme y yo no sé qué hacer ante tamaña muestra de cariño y aprecio que siento sinceros. No es que me alucine un Rock Star, ni hablar, pero es bueno saber que dejas una buena impresión en las personas cuando les has recomendado no uno, sino no pocos libros.

lunes, febrero 15, 2016

Jorge Carrión: "En una librería encontramos familiaridad, calidez"

Sorprende, y para bien, que un libro de ensayo tenga éxito en lectoría. Por lo general, esta suerte de éxito la relacionamos con las obras de ficción. Los temas que abordas en Librerías son en esencia duros, es decir, no son “llamativos” hasta para los mismos consumidores de libros. Va pues dirigido a un círculo reducido, pero los hechos han comprobado que ese círculo no es tan pequeño como se pensaba. 

Yo diría que Librerías está conectando con un sentimiento bastante extendido: el del fin de un tipo de cultura del libro. Mucha gente lo lee como una historia de las librerías, como una guía de viaje por las mejores del mundo y, al mismo tiempo, como una despedida. Como una forma de duelo, digamos, prematuro. 

Claro, va más allá de lo que entendemos como ensayo. 

Por eso yo diría que es más que un ensayo: es una genealogía, es una crónica de mis viajes, es una autobiografía de mis lecturas, es en fin una narración. Ensayo narrativo, se podría decir. Las seis ediciones (cuatro españolas, una argentina y una mexicana) permiten que se cumpla el sueño de todo escritor: que su libro circule, que esté en casi todas las librerías de la lengua. 

Seguir la entrevista aquí

419

Cerca de la medianoche me sirvo un taza de café, también saco de la refrigeradora una botella de agua mineral sin gas. Me acabo de acordar que hay algunos textos que debo revisar y que tengo que mandar a primera hora del lunes, lo cual significa un calvario para este servidor que se despierta a las 11 de la mañana, por la sencilla razón de que se acuesta a las 5. 
Lo que menos me gusta es hacer cosas alimenticias en horas dedicadas a la lectura, el cine y otros placeres. 
Corrijo esos textos mientras miro en Film and Arts a un grupo bailarinas, vestidas como en Flashdance, en una suerte de tributo a All That Jazz. 
Acabo de corregir y editar. 
Mando los archivos a la persona que en unas horas verá lo que he hecho con lo que ha escrito. No me imagino la forma de su cara cuando vea las sugerencias que le acabo de dar, siempre resaltado en rojo, y en amarillo para cambiar la frase sin alterar el sentido de la idea. Por momentos he sido duro, pero no me importa, a veces hay que sacar la guadaña y exhibirla más de la cuenta. 
Me dispongo a descansar. Siento un ligero mareo y ardor en los ojos. Sin embargo, no me acosté hasta muy tarde. 
Hace años vi The Machinist, de Brad Anderson. 
No es la gran cosa, pero sí me gustó. Al punto que la puedo calificar de muy buena película. Obvio, cuando digo que no es la gran cosa, no estoy diciendo que sea mala o regular, sencillamente que no es aquello que conocemos como obra maestra. Además, era una película que perdió la oportunidad de ser tal, y no lo fue por dejadez en el desarrollo de determinadas escenas. 
Pero bueno, aquello no es lo que motiva esta entrada, sino el hecho de haberla encontrado en la madrugada en un canal de cable. Me bastó toparme con la película para quebrar el amago de sueño. 
La volví a ver, como tenía que ser. 
Christian Bale da vida a Trevor Reznik, un atribulado maquinista en una fábrica. Reznik es una especie de hombre robot que realiza sus funciones a la par que su mente anda perdida en una sucesión de imágenes que no le dejan en paz, imágenes de un pasado improbable, imágenes que conducen su interacción con las personas del mundo real, como la prostituta que encarna la siempre eficaz Jennifer Jason Leigh, lo mismo con la camarera que interpreta Aitana Sánchéz Gijón (tengamos en cuenta que esta es una producción española y que la película fue filmada en Barcelona) y, en menor medida, con sus compañeros de trabajo en la fábrica. 
Todos están convencidos de que Reznik no está bien, no solo físicamente. (Bale tuvo que bajar más de 50 kilos para esta actuación.) Su principal malestar, para todos, es su estado emocional. Reznik es un hombre destruido a razón de un sentimiento de culpa que lo ha llevado a la locura. 
No hay mucho que pensar. Nuestros actos que dañan a los demás nos llevan a asumirlos, por más que huyamos de ellos, nos persiguen hasta que afrontemos las consecuencias. 

domingo, febrero 14, 2016


418

Pensaba pasar la noche del sábado en casa, encerrado hasta el lunes y así ahorrarme todas las manifestaciones huachafas que ocurrirían el domingo. Mas recibí una llamada de Jessica, que me dijo que requerían de mi presencia, esa presencia que me lleva a solucionar problemas colectivos. 
Volví a ducharme y me alisté para ir al centro. 
Primero fui donde “Hombre sabio”, conversé un toque con él. De allí me encaminé a solucionar el impase, a escuchar y proponer salidas para el grupo congregado que me esperaba. Escuchaba y hablaba, y cuando se tenía que hablar grueso, hablaba grueso. El cel comenzó a vibrar. Era “El caminante”, que estaba con “Jeremy” en Polvos Azules comprando películas. “El caminante” me mandó un mensaje de texto, preguntándome cuál era la película que me debía para comprármela. No recordaba el título de la película. Le dije que lo llamaría en unos minutos. 
Cuando lo llamé había pasado más de una hora. “El caminante” y “Jeremy” se encontraban en un chifa de Alfonso Ugarte. Eran las 9 de la noche. 
Fui al encuentro de los Zepitas. En el trayecto me topo con Jacqueline, una de las mujeres más corajudas y luchadoras que conozco. Ella se encontraba haciendo unas compras en Metro y me dijo que tenía para rato. Le digo que yo estaba yendo donde unos patas y que volvería a darle el alcance. Se lo dije por cumplir, porque no pensaba regresar. 
Me encuentro con los Zepitas y Ángel, que ya estaban dando cuenta de generosos platos de chifa. Tomo asiento y pido el clásico chaufa especial más una Coca Cola personal. Los Zepitas habían estado de compras y les pido que me enseñen sus adquisiciones. Me alegra, no lo niego, que ahora sepan comprar, que privilegien más el olfato lector, eso se podía deducir de títulos como Submundo, Novela con cocaína y Meridiano de sangre. Los Zepitas ya no son los que conocí, hace tres años, ahora son lectores maduros a quienes les interesa por sobre todas las cosas las lecturas exigentes. A Ángel le hablo de la importancia de Hijo de Jesus de Denis Johnson, libro que le pasé hace un par de semanas y que ya ha terminado de leer. 
Le pregunto a “Jeremy” por “Cachetada Nocturna”, específicamente por la fecha en que será publicada su novela ganadora del Copé. Confiamos en lo que podría significar esta novela para la actualidad de la narrativa peruana, “Cachetada” es la voz. Además, los ojos del mundo literario están atentos a lo que los Zepitas vayan a hacer. 
Los Zepitas se han ganado un culo de enemigos, pero sé que saldrán airosos, talento y lecturas les sobra para regalar, sobre todo a los bebés de “Chalina suicida”, que como buenos miran por encima del hombro lo que vienen haciendo los Zepitas, que en los próximos días darán más de una sorpresa. Conozco a los bebés de “Chalina” y cuando los vea les voy a aconsejar, primero, que empiecen a vivir, que liberen todo ese odio gratuito y envidia, en sí justificada, por medio del sexo, que a todas luces les hace falta. En fin, solo eso con los “Chalina Kids”, suave para empezar.  
Aprovechando que tenía al grupo reunido, a excepción de “Mr. Chela”, a quien Ángel inmortalizó en un video que grabó con su celular la noche del viernes, un video en el que “Mr. Chela” aparece en el más completo estado de gracia, hecho que lo hizo dormir todo el día sábado. 
Nos quedamos conversando más tiempo del que pensaba, porque vino Lérida, amiga del “Caminante”, que me cayó muy bien por su naturalidad y jovialidad. 
Cerca de la medianoche me despido de ellos, que se van en dirección a la Plaza Bolognesi. En cambio yo me dirijo por Alfonso Ugarte hasta Uruguay, en donde no solo me vuelvo a encontrar con Jacqueline, sino también con Valderrama, su esposo. Nos quedamos conversando y los acompaño de regreso a Quilca, en donde me encuentro con “Niño Goyito”, “Chamán” y el popular “ADN”. 
Me llama la atención, no me sorprende ver a centenares de puntas bebiendo en la vereda, pero sí me llama la atención que muchas puntas rockeras se dirijan a Caylloma. ¿Habrá un concierto?, me pregunto. Esa pregunta es la que se mantiene en mi cabeza, mientras bebemos algunas cervezas en el restaurante de la “Señora Cienfuegos”. La pregunta consigue una respuesta lógica al ver a Roldán con su novia. Roldán me dice que sí, que hay tres conciertos en Caylloma. No lo pienso mucho, en un toque me daré una vuelta, al menos entraré a uno de esos conciertos. Después de media hora me dirijo a los lugares de las tocadas. La tocada del Salón Imperial es la que me seduce más. Me dispongo a entrar, pero “Niño Goyito” y “ADN” me pasan la voz. Están discutiendo y quieren que yo sea la voz autorizada a poner en orden sus dudas y crisis existenciales. Pero antes de escucharlos, me interesa saber por qué al popular “ADN” le dicen “ADN”. Me lo imagino, pero quiero saber la versión oficial, su versión.

sábado, febrero 13, 2016

417

A la medianoche dejo de hacer las cosas que estaba haciendo para saludar a mi madre por su cumpleaños. Es una costumbre de siempre, saludarla a la medianoche, sin esperar a la mañana. La abrazo fuerte y luego de abrazarla, Onur se lanza sobre ella. Este perrito le ha traído una alegría a mi madre, en sus caprichos ha sabido ganársela, y esto no es poca cosa, ya que nunca ha sido muy dada a los animales. 
Mi madre me pide que por su cumpleaños deje de fumar y le prometo que no fumaré cerca de ella en lo que queda del día. Nos quedamos conversando un toque en la sala, conversando y planeando lo que haríamos en el curso del día. Ella es feliz en la sencillez de las cosas y en esa sencillez quiere pasar su día, pero eso no es lo que haré con mis padres, así es que le propongo ir a almorzar a La Punta. La Punta le trae muchos recuerdos, puesto que mi abuela y ella vivieron en ese distrito durante más de quince años. 
La idea le gusta, en especial le hace ilusión caminar por la cuadra en donde aún se ubica la casa en donde creció. 
Después de muchos meses que no voy a La Punta y algo muy dentro de mí me dice que no me hará bien hacerlo. Pero bueno, mis temores y deseos quedan de lado si de tratar de complacer a mi madre se trata. 
Mi madre se va a dormir y yo me quedo un toque más en la sala. Me sirvo un poco de café y leo los diarios que no pude leer en el curso del viernes. Mi costumbre: leer los diarios partiendo de la última página. Al llegar a la sección Política, veo a Guzmán ubicado en segundo lugar. Analizo sus palabras y no lo pienso mucho, Guzmán es un experto cantamañanas. Si este era el Outsider que se esperaba para estas elecciones presidenciales, pues seguimos hasta las patas.

viernes, febrero 12, 2016


jueves, febrero 11, 2016

416

Recién hoy pude atenderme donde la señora Blanca. 
La busqué el lunes y no se encontraba. Estaba muy desesperado porque necesitaba de sus servicios. Hacía mucho calor y por un momento barajé la idea de atenderme donde otra mujer. 
Esta señora me conoce como pocas mujeres. No necesito decirle nada, ella sabe su trabajo y lo que tiene que hacer conmigo para que mis días sean llevaderos. Sus servicios se me hacen frecuentes en verano, a razón de una atención cada dos semanas. Sin sus servicios, me es imposible soportar el verano, la incomodidad se impondría al escribir o ver una película, pero ante todo al momento de leer. 
Necesitamos de diferentes mujeres, pero en verano necesito más de la señora Blanca. 
Hace un rato salí con la esperanza de encontrarla. Fui a un cajero BCP y saqué algo de dinero. Me compré agua mineral y fumé un pucho. 
Caminé despacio y por fin pude ver que la puerta de metal de su centro de trabajo estaba abierta. Apuré el paso. 
Para mi suerte, no había clientes. Era el único, el primero del día. 
La señora Blanca me sonríe y me dice que estuvo de viaje visitando a su familia en el norte del país. 
Ocupé el lugar de siempre. Me quité los lentes. Dejé el libro que estaba leyendo. 
Estaba a toda disposición de la señora Blanca. 
No tengo que indicarle nada, ella sabe cómo cortarme el cabello.

miércoles, febrero 10, 2016

"intimidad"

Hace dos semanas, luego de la conversa que tuve con Carlos Arámbulo, me quedé un rato más en la librería. Miraba los lomos en los anaqueles, como también las portadas en las mesas de exhibición. De entre los muchos títulos uno llamó mi atención, primero porque lo había leído hacía algunos años y segundo porque la edición de ahora era una edición limitada, en tapa dura, edición que habría de calificar de pulcra y bella en todo sentido. 
Intimidad no es la mejor novela del inglés Hanif Kureishi. O siendo más específico, no está entre las que le otorgaron la fama mundial que con toda justicia ostenta, pienso en El buda de los suburbios y El álbum negro. La poética de este escritor siempre ha estado pautada por el conflicto de la identidad cultural, tengamos en cuenta su origen pakistaní, el cual ha sido plasmado en más de un inolvidable personaje de sus novelas, personajes que no dudaban en poner en entredicho ese origen, aferrándose, a manera de cobijo, en las manifestaciones de la cultura popular, como el cine, la música y la moda. 
Al éxito de sus novelas, sumemos también la relevancia que Kureishi ha adquirido como guionista de cine, televisión y teatro. Bien podríamos definirlo como una máquina de escribir, solo le falta escribir poesía para cerrar el círculo de la escritura creativa. 
Pues bien, de alguna u otra manera, la obra narrativa del inglés ha caído en la irregularidad y esto es algo que muy pocos se atreven a afirmarlo como se debe. Una razón que podría explicar esta tibieza valorativa se asocia al enorme cariño que hasta la fecha se guarda por sus dos primeras novelas consagratorias, que bien vistas, han marcado la sensibilidad de un par de generación de lectores, por lo menos. Sin embargo, Intimidad se diferencia y se aleja de la señalada irregularidad de su obra. Esta pequeña novela exhibe los suficientes méritos para diferenciarse como su novela más personal. 
Nos enfrentamos a la decisión de Jay, un escritor y guionista cinematográfico que decide dejar a su esposa e hijos tras seis años de vida familiar. Para sus allegados, Jay ha dado la imagen de ser un hombre realizado y feliz, pero la convivencia con Susan ha experimentado un desgaste del que ya no quiere seguir formando parte. Jay lo tiene todo planeado, se irá a vivir durante un tiempo donde su amigo Victor. No le cuesta nada apurar la decisión, pero Jay comienza a recordar, a intentar en la memoria encontrar el motivo que le explique la razón de su debacle amorosa. Jay y Susan eran una pareja que tenía las cosas claras, a saber: educar bien a sus hijos sin que nada les falte, cada quien podía tener los amantes que quisiera siempre y cuando no se afecte la armonía hogareña y tenían la total libertad de desarrollarse en sus respectivos oficios. 
Intimidad es pues la metáfora de la memoria personal en su perspectiva amorosa. Es la manifestación de un quiebre de compromiso sentimental que el autor hilvana con maestría, sin exagerar pero cuidándose de la cicatería expresiva. Sin duda, en otra voz más efectista, la cosa hubiera sido un recuento detallado de plantones y encuentros hormonales, un muestrario de pequeñeces espirituales. 
¿Cuánto de autobiografía hay en esta novela?, se preguntará algún seguidor de Kureishi. Posiblemente más de lo que se pueda especular, pero de lo que no habría que tener duda es que Intimidad es una pequeña joyita de la novelística contemporánea.

415

A las 11 de la mañana me despierto sin la natural pesadez del sueño. Salgo al parque a estirarme un poco y al rato me meto a la ducha. A las 12 me siento listo para comenzar un día lleno de ajetreos y actividades, algunas placenteras y otras que inevitablemente tienes que cumplir. Comienzo por las inevitables, que en cuestión de tiempo no va a demandarme más de media hora y prefiero hacerlas con todos los sentidos frescos.
Felizmente, acabo lo que tenía que acabar en el tiempo que pensaba.
Me sirvo café y reviso los diarios.
En la última encuesta electoral, aparece Guzmán en segundo lugar de la intención de voto.
A diferencia de otras etapas electorales, esta no la he seguido con interés. El desinterés no ha tenido que ver en esto, sino una buena dosis de obviedad en el discurso de los candidatos a la presidencia, que percibo sinuosos, poco claros y carentes de elementales cuotas de verdad y buena intención.
Pero algunos amigos me sugirieron que le preste atención a la candidatura de Barnechea. De Barnechea he escuchado comentarios de todo tipo, ninguno de ellos pone en tela de juicio su capacidad intelectual y su evidente nivel cultural. Por allí, creo, que no va el problema con el candidato del PPC.
El problema, ahora que lo analizo desapasionadamente, es su nula conexión con las masas populares. No tiene la identificación con el peruano de a pie.
No es suficiente con haber recorrido el Perú para sentirse conectado con la realidad nacional. Conozco a muchos intelectuales y artistas peruanos que han recorrido este país, se sienten comprometidos, con ganas de cambiar el estado de las cosas, mas su compromiso es percibido desde una distancia por el poblador, que siente las palabras del iluminado y educado hombre de bien como una promesa bienintencionada pero falsa, promesa que es asumida como una pastillita de autoayuda. 
No es solo el caso del tío Barnechea, también ocurre con Mendoza. En realidad, esto es algo con lo que debe cargar esa clase letrada y educada a los que les viene uno que otro chispazo de vocación de servicio. A veces liga para ganar una elección, pero la verdadera personalidad del privilegiado de la vida sale a flote ni bien toma el poder. A saber, Villarán.

lunes, febrero 08, 2016

la cuchara de Martín Adán

Me la venían recomendando, pero no tenía el tiempo necesario, y eso que estoy a pocas cuadras de la Casa de la Literatura Peruana. 
Por fin, ayer domingo 7 tuve el tiempo para ir, pero no niego que lo hice con apuro, puesto que era el último día de la exposición Todo, menos morir. Soledad y genio de Martín Adán. 
Para los que aún no lo saben, este blogger siente una debilidad por la poesía de Adán, lo mismo por su pensamiento literario que plasmó en De lo Barroco en el Perú. 
Claro, se impone el Adán poeta. En cuanto a mí, la tengo muy clara, a saber, este es el orden de mis cinco poetas peruanos favoritos, a los que siempre vuelo, a los que ponen en orden no solo mi mundo interior, sino también mi percepción de la poesía peruana; en orden de jerarquía impresionista: Adán, Vallejo, Eguren, Westphalen e Hinostroza. 
Obvio, más de uno acaba de alarmarse porque he nombrado a Hinostroza. No me hago problemas: a Hinostroza prefiero leerlo antes que hacerme su causa, como sí lo hacen otros poetas, entre tíos y chibolos. 
Pero no me desvío del asunto. 
Hablaba de la exposición sobre Adán en la CASLIT. 
Fui a una hora ideal, hora en la que sol comenzaba a despedirse de una puta vez. Creí que sería una de las pocas personas en la exposición, mas no. Estuve en compañía de patas y flacas que salieron del Cordano a eso de las 5 de la tarde, a lo mejor bien sazonados en chelas heladas. 
Tampoco pensaba estar solo, pero no esperaba tener la compañía de más de diez puntas. Lo bueno, en principio, era que estaban en silencio. 
Comencé mi recorrido por los textos pegados en los muros cerca de la sala de exposición. Uno de ellos, llamó mi atención, decía algo o menos así: “En Perú se lee poco a Adán, su leyenda es más fuerte que su obra”. Luego seguí su línea cronológica que hizo que corrigiera algunos datos erróneos que manejaba en cuanto a la publicación de La mano desasida
Una vez en la sala, me quedé buen rato contemplándola. 
Sin recorrerla en detalle, el diseño de la sala le hacía justicia a la figura de uno de nuestros más grandes poetas peruanos del Siglo XX. El paso entre las zonas de exhibición era muy natural, como si la disposición de las mismas hubiese sido planificada al milímetro. No es poca cosa, hasta en las galerías más pintadas de la ciudad, con tal de exhibir, no se respeta el libre paso del visitante entre los espacios de las salas. 
Pero a diferencia de otras exposiciones, a las que se asiste más en busca de un rótulo cultural, esta sobre Martín Adán sí conectaba con el visitante y el conocedor fetiche. Esta conexión no guardaba ningún secreto, sino una virtud que partía de la elección del buen material textual que sostenía una exhibición que iba de ilustraciones, bibliografía, audiovisuales y fotografía. Por donde posaras la mirada había un texto de Adán, no me importaba si conocías ese texto, lo que valía era que el sustento de la exposición era el verbo del poeta, un verbo escrito, que sostenía también el material de los recortes de prensa que abordaban tanto su leyenda urbana como su muerte. 
A medida que se avanzaba, uno no encontraba nada nuevo, la experiencia era sencillamente un gratísimo reencuentro. Al respecto, en una de las pantallas se podía ver al fisioterapeuta del poeta, que estuvo con él hasta el último momento de su muerte. Sin embargo, no creo que su testimonio sirva de mucho. Si en caso alguna utilidad tuviera lo que dice el fisioterapeuta, la hubiera tenido poco tiempo después de la muerte del poeta. No ahora, que ya nada asombra en el descuido que prodigamos a nuestros artistas y creadores de valía. 
En algunas mesas se podían ver algunos adminículos de uso diario del poeta, como su máquina de escribir y sus lentes, pero llamó poderosamente mi atención su cuchara, una cuchara de cobre que el tiempo ha malgastado, mucho más grande que las cucharas que vemos hoy en día, una cuchara de hospital y que quizá haya sido el elemento que más acompañó a Adán en sus últimos años. 
Sin duda, hablamos de un objeto fetiche, y no es para menos, Adán se ha convertido en una marca, que por un lado veo positivo tratándose también de un poeta de versos herméticos pero a la vez mágicos, pero también negativo porque nos alejamos de su poesía, prefiriendo su leyenda. Un sinsentido, sí. Pero este tipo de contradicción sobre la recepción de imagen y obra que tenemos de un artista, solo es exclusivo de los grandes, de los verdaderos, a quienes admiramos y de quienes no dejamos de aprender, tal y como ocurrió ayer a todos los que fuimos al último día de esta perdurable exposición.

domingo, febrero 07, 2016

414

A las 3 de la madrugada me levanto para un duchazo. El calor y la humedad se tornan insoportables. Cuando llegué a casa me puse a leer la novela póstuma de Don Carpenter, que dejó inconclusa y que Jonathan Lethem terminó. El duchazo fue breve, pero lo suficientemente relajante para poner en orden en el escritorio y la música desperdigaba. Aproveché también en leer y ver las noticias que marcaron el viernes, como las denuncias de plagio contra el chato Acuña. 
No lo niego, aparte de indignación y fastidio, Acuña me genera algo de gracia, pero una gracia nada festiva, sino que la veo así para tratar de entender la postura y verbo timadores con los que no solo se presenta a sus electores, sino con los que también ha usado en toda su vida. Eso: la del provinciano esforzado que ha hecho plata y al que se le tiene que atacar por el hecho de ser provinciano. A lo largo de mi vida he conocido a muchos Acuñas, personajillos que te hablan bien, inclinados a la lástima propia, positivos y chocheras de medio mundo. Cuando menos te lo imaginas, comienzan las cosas extrañas. Cuando se las comentas, estos Acuñas no dudan en hacer suyo el discurso de la lástima, echándole la culpa a terceros y a la envidia de estos. 
Llegado el momento, los presionas. Como estos Acuñas se creen los dueños del mundo, no vacilan en optar por la prepotencia y la amenaza, siempre y cuando su caso no traspase el ámbito amical o diplomático, pero si ese no fuera el caso, vuelven a la estrategia inicial, la de la víctima a la que medio mundo busca apanar. En el mundo cultural he conocido a varios Acuñas, la mayoría ociosos que sabían a quién sobar en el momento adecuado. También los he nombrado una que otra vez en este blog. 
Los Acuñas saben rodearse de lamebotas y pusilánimes, expertos en el arte del lustrabotismo. Son un plaga, los ves ya sea en el mundo de la política, como en el mundillo cultural, y con mayor razón si es que hay dinero de por medio. 
Decido no ir a dormir y me sirvo un café. El sueño y cansancio se han ido. Y veo la defensa de Acuña, escoltado por supuestos defensores de la moral y buenas costumbres, como Luis, Anel y Humberto, sin duda, aún más podridos que el chato.

viernes, febrero 05, 2016


jueves, febrero 04, 2016

413

Ayer me dijo “Hombre sabio” que hoy tenía algunos compromisos ineludibles que atender. Entonces le dije que no se preocupara, que me haría cargo de la otra de tienda de Selecta. Lo malo, sí, era que debía levantarme temprano, ya que se empieza a atender a partir de 11 de la mañana. Era pues un problema que debía solucionar porque me levanto tarde a cuenta de que me acuesto muy tarde, sumado a que me cuesta dormir, el sueño lo tengo muy sensible. 
Programé tres despertadores para levantarme temprano. Por más que intenté descansar lo mínimo, se me hizo imposible, debido a que ayer fui testigo de una de las enseñanzas de vida que uno las recibe sin merecerlo. El miércoles en la tarde tuvimos una edición secreta de “Encuentros en El Virrey de Lima”, en donde sin público, pero con un grupo de filmación, conversé con Teresa, una estupenda poeta peruana que radica en Argentina. Esta filmación se transmitirá para cuando ella presente su poemario en Buenos Aires. No lo pienso mucho, es la entrevista más sentida que he hecho en toda mi vida y me alegra que yo haya sido quien hablase con ella de su poesía y de su vida. Cuando te enteras de las razones que justificaba la entrevista, todo encaja y sientes que eres tú el que ha ganado, porque por más que lo pienses a manera de esbozo literario, esta vez la realidad, y su magia, se imponen. 
Los despertadores sonaron. A las justas había dormido tres horas. Me serví café y sin más me metí a la ducha. 
Tomé un taxi a la librería. 
Al llegar encuentro a “Hombre sabio”, que estaba recogiendo algunas cosas que se le olvidaron anoche. Es decir, la librería ya se encontraba abierta. Me dirijo al depósito y saco los ventiladores. No confío en el techo alto de la librería. Despejé la mesa para acomodar mis discos y la portátil. Lo bueno, es que tengo una tienda al frente y en especial un bar, Don Lucho, de donde pedí que me trajeran una Cusqueña helada. Me serví un vaso de chela, prendí un pucho, cuando suena mi celular. 
El día no podía ser más perfecto: Selecta ya tiene un nuevo local.

miércoles, febrero 03, 2016


"Lihn. ensayos biográficos"


Quizá este sea uno de los libros que ansiaba leer desde el anuncio de su publicación. 
Por un lado, en el libro se aborda a uno de los más grandes poetas chilenos del Siglo XX. Al respecto, cuando hablamos de la tradición poética chilena, debemos hacerla con respeto y, en cierta medida, con excesiva atención. La razón es muy sencilla: esta tradición aún conserva frescura y fuerza, documentado en un legado de influencia en la poesía escrita en español durante el siglo anterior, como también en una proyección epifánica e invisible en los nuevos poetas iberoamericanos de los últimos quince años. A diferencia de otras tradiciones poéticas, la chilena se resiste a envejecer gracias a sus lectores que sí saben leer a sus poetas referenciales, o de culto, asumiendo el legado de su médula escrita. 
De los poetas chilenos que frecuento, Enrique Lihn es uno de ellos. No lo pienso mucho, es pues el poeta que, en lo personal, más sintoniza conmigo. Además, Lihn es una presencia estratégica en no pocos poetas latinoamericanos, bueno, esas son las ventajas de tener una librería y recibir la visita de poetas de muchísimos lugares del mundo, con los que hablas de poesía y cruzas información de poetas satélites, siendo Lihn uno de los satélites más mencionados. La poesía de Lihn habla y transmite hacia adelante, su poética exhibe un desenfado y frescura sólidos que estimulan y no solo a los poetas jóvenes, sino también a los más trajinados. 
Eso, por un lado, Lihn. 
Por el otro, Roberto Merino. 
Sigo a Merino desde hace varios años, quizá en silencio, un silencio injusto porque he debido promocionarlo más entre los lectores peruanos, pese a que en su momento reseñé su imprescindible Pista resbaladiza. Merino, algunas señas, es poeta, rockero, editor y un atento y crítico observador de la realidad. A la fecha es un maestro de la crónica de opinión. Merino ha hecho del híbrido un lisérgico cóctel de revelaciones en donde todos los tópicos sobrepasan la inmediatez de la publicación periódica para asentarse en una tentativa de trascendencia. De lo que mira, lee, escucha y habla, el chileno dicta cátedra de escritura literaria de alta y contundente calidad. 
En Lihn. Ensayos biográficos (Ediciones UDP, 2016), Merino nos entrega un acercamiento al autor de La pieza oscura, o llámalo también un perfil fragmentado. No estamos ante una biografía exhaustiva que recorre el sendero vital y poético de Lihn, sino ante un texto que nos permite entender a la persona detrás de la obra, a la leyenda que amenaza con imponerse en el imaginario de los lectores. Ese es el peligro que corren los poetas como Lihn, ser presos de sus leyendas, mientras más grande es el poeta, su leyenda es más llamativa. Merino no quiso reforzar la leyenda, por ello se aboca a los pasajes y estaciones vitales más importantes de su vida. Merino nos cuenta que a Lihn le gustaba caminar durante horas por Santiago, casi siempre sin rumbo específico, sencillamente se dejaba llevar por la intuición, también nos relata sobre la especial relación que el poeta tenía con su abuela, sus padres, su hija Andrea, sus mujeres y con otros escritores. Esta cadena de relaciones, pautadas por cambios que iban de la tranquilidad a la exaltación, nos configura un hombre excesivamente volado. Lo suponemos en principio, pero luego arribamos a la certeza, porque los ensayos “Familia”, “Habla”, “Animales” y “Vida doméstica” conforman una galaxia minada de asteroides Lihn y meteoritos Lihn que se estrellan entre sí. Entonces no nos sorprende su forma de ser, y vamos entendiendo de a pocos su rebeldía festiva con la vida. Para comprender lo que digo, sugiero la lectura del ensayo “Peleas”, que entre líneas es mucho más que su truncado duelo con el no menos grande Jorge Teillier. 
Merino no lo cuenta todo, solo sugiere, consignando datos y testimonios de algunas personas que conocieron a Lihn, sus testimonios no son muchos, solo hablan y participan los que sí tienen algo que decir, sin caer en el lugar común y la anécdota idiota, a saber, uno: el muy buen narrador Germán Marín. En cada una de estas páginas nos hechiza una luz, por demás extraña pero mágica. Lihn se erige como una figura inigualable, como uno de esos tocados que aparecen cada cincuenta años, cuyo paso por el mundo marcó definitivamente a más de uno, a Merino, por ejemplo, que está a la altura de este proyecto. Sus ensayos debemos disfrutarlos como pequeñas y peligrosas dosis de literatura y vida, pero eso sí, nos hubiese gustado tres dosis más, es decir, un coqueteo arriesgado de la peligrosa sobredosis Lihn. 

… 

Publicado en EBL

412

En estos días de calor, estoy caminando más de la cuenta. Mi cuerpo se convierte en una melcocha y lo único que deseo es meterme a la ducha todas las veces posibles. En verano, si hago caminatas largas, trato de hacerlas en las noches, pero no voy a negar que las que sin pensar vengo haciendo últimamente están marcadas por el entusiasmo y la buena onda de querer hacer las cosas, y eso es lo que al final cuenta y vale la pena. 
Cerca de las tres de la tarde tuve una reunión con un amigo librero, con quien estaba definiendo algunas cosas que emprenderemos en los próximos días. Lo que me gusta es que se trata de un proyecto que me tendrá escribiendo, aún más de lo vengo haciéndolo. Se trata de una etapa nueva, aunque bien debo llamarla una etapa portátil, en la que voy a tener que reinventarme todas las veces que me dé la gana. Hablábamos y tomábamos chicha helada, que estaba buenaza, cuando recibo una llamada en el cel, llamada de la que sabía, pero que no hacía ruido ya que tengo el cel en vibrador. Cuando vi quién me llamaba, supe que era la llamada más importante de mi vida y en vano traté de devolver la llamada, por más que lo intenté, no pude comunicarme y me quedé pensando en qué hubiera sido de mí si respondía esa llamada de las 3 y 42. 
Regreso caminando al paradero del Metropolitano de Arámburu. Apuro el paso porque debía llegar antes de las 5 de la tarde. No tenía que pensarlo mucho, estaba a nada del inicio de la hora punta. Ahora las horas punta se han convertido en genuinos martirios en esos buses que saunas, en los que más vale mantener la mente en blanco y un forzado buen ánimo si es que se quiere salir vivo en el viaje. A esas horas hay que tener todas las alertas encendidas, puesto que vengo escuchando de muchas grescas en el metropolitano últimamente, y por lo que deduzco, sé que el calor y la humedad son los grandes responsables de que los buses se conviertan en temporales campos de batalla. 
Me bajo en el paradero Lampa y compro una botella de agua mineral. La Plaza San Martín es el gran escenario de los grupos políticos que se reúnen. Si algo nunca le faltará a esta plaza, ese algo será precisamente este grupo humano que veo desde la adolescencia. Decido ir a uno de ellos para cerciorarme si siguen las mismas caras, y claro que siguen, aunque ahora más pajizos y canosos. Permanezco más tiempo del que pensaba y por un momento pienso que una revolución es lo que necesita este país.