jueves, marzo 31, 2016


447

Me levanto tarde.
“Jeremy”, de los ZB, se compró una motocicleta. Ese hecho le ha motivado a escribir un relato titulado “Mototaxi maldito”. Si ese relato se termina, creo que sumará en el curso de la narrativa peruana actual, la rescatará de su apatía.
Voy a la cocina y me sirvo café. Una nota sobre la mesa de la sala: mi padre ha sacado a pasear a Onur y mi mamá ha salido con mi tía Fara. También me sirvo agua. El sol quema y cuanto antes debo ir donde la señora Blanca, mi peluquera. Felizmente, su local queda a cuadra y media de mi casa.
Tomo un duchazo.
Salgo a la peluquería.
Camino despacio para no transpirar mucho.
En una de las casas, en lo que sería el quinto piso, construyen una terraza, la están pintando de blanco, que contrasta con su natural color mostaza. No digo nada, pero de una de las ventanas del tercer piso, asoma su cabeza Ramiro.
El cruce de miradas es inevitable. Ramiro me observa con cólera y no niego que sentí miedo. En cualquier momento saca un fierro y me plomea en la calle. Razón no le falta. Ante todo, Ramiro es resentido.
Ocurrió hace más de 12 años.
Jugábamos fulbito en la cancha del parque Lincoln.
Yo era el arquero y mi equipo iba ganando. Estábamos apostando, 20 soles por cabeza. Ramiro no jugaba, pero su equipo estaba perdiendo, de tanto en tanto entraba a jugar, pero cuando lo hacía, aumentábamos el marcador. No era para menos. Ramiro no sabía jugar, pero lo hacía para agradar a su mujer, que siempre iba a verlo jugar, porque era el único momento en que podía reclamarle la plata para sus dos pequeños hijos.
Terminó el partido y me reí de la broma que hizo un pata de mi equipo. Como Ramiro estaba empinchado por haber perdido la apuesta, creyó que me estaba burlando de él. Entonces se me acercó y nos agarramos a trompadas. Yo le saqué la mierda. Pero al momento de que se lo llevaban, el huevón juraba que me buscaría al día siguiente. Algunos patas se preocuparon por su amenaza, también yo.
Hice un plan de contingencia ante esta situación.
Pero ese plan no me duró ni un día.
A la mañana siguiente, mientras compraba los diarios en el quiosco, mi primo Omar se me acercó y me preguntó si no sabía lo que había pasado una hora antes. No tenía la más mínima idea y se lo dije. Ramiro acababa de ser apresado por la policía, que lo fue a buscar a su casa, y como supe horas después, a razón de un robo a mano armada en un grifo de San Borja. Es lo que las voces decían, algo a lo que ya estamos acostumbrados, porque muchos de los patas de la cuadra y alrededores están guardados por los motivos más distintos, y en algunos casos algo cómicos, por huevones.
No veía a Ramiro hasta hace algunas horas. Ramiro me miraba y yo también hacía lo mismo. Su rostro adusto comienza a cambiar y se dibuja en él una sonrisa. Levanta la mano y me saluda. Yo también, levanto la mano y le saludo. 
Al llegar a la peluquería, la señora Blanca se queja del calor. Y yo le cuento la historia de Ramiro.

446

Cerca del mediodía me dirijo rumbo al Virrey de Lima. Había quedado con Carola en que conversaríamos, no por razones de la librería, sino porque desde hace semanas que no nos vemos.
El camino se me hace lento. Mis pasos son más lentos que de costumbre, a razón del calor. Además, no suelo salir de casa durante el día. Pero siempre es bueno hacer una excepción.
Mientras conversábamos, miraba la librería. Y no es porque haga actividades en esta librería, pero bien puedo decir que es la más bonita del país.
Carola se fue a almorzar con un amigo de La República y me quedé un rato con Dajo y Dio, de los mejores libreros que hay en Latinoamérica.
Al rato me retiro de la librería y barajo una idea que me viene persiguiendo desde hace varios días. ¿Es hora de jubilar a mi Motorola de la prehistoria?
Miles de personas en el Jirón de La Unión. El calor que quema en su punto más alto.
Sé que hay una sucursal de Movistar allí. La veo e ingreso.
Antes de cualquier gestión, que por desinformado corro el riesgo de quedarme durante horas en una insoportable espera, les pregunto a las dos señoritas de recepción cuánto tiempo me tomaría solicitar un cambio de equipo. Ellas se muestran amables, pero no me fío de las buenas respuestas, me dicen que en menos de 20 minutos, pero sé que son capaces de cualquier respuesta que uno quiere escuchar solo para engancharte y de esta forma comerte todo el trámite. Por ello, hice la pregunta tres veces, en intervalos de 3 segundos, y en mayor firmeza en cada emisión. Una de ellas, la de más edad, me dijo que sí, que la gestión no me demandaría más de 20 minutos.
Me pidió que la siguiera y la seguí.
La seguí hasta en segundo piso. Y me llevo donde un pata, un gordo blanco, que de lento no tenía nada.
Salí con un nuevo equipo móvil.
No pienso darle más uso de lo que estaba acostumbrado con el otro aparato. Sin más, comencé a desinstalar muchas aplicaciones.
Llamo a casa y le digo a mi madre que estaré con ella en media hora. 
En el bus del Metropolitano es inevitable escuchar las preferencias electorales de los pasajeros. Por salud mental, prefiero no escuchar de política y no ser parte del cruce de preferencias. Pero noo deja de joder, sí, que más de uno prefiera votar por la rata naranja, pero tampoco es que las otras preferencias sean de las ideales. Como ya señalé, lo que sea que ocurra el 10 de abril, volveremos a votar contra la rata naranja, así tengamos que hacerlo con una bolsa de papel en la boca.

martes, marzo 29, 2016


445

Suena el despertador.
Tomo una ducha.
Sacaré a dar una vuelta al falso pekinés.
Pero antes respondo algunos correos electrónicos. También algunos mensajes de Inbox.
En Face pueden verse muchas cosas. Más de una vez lo he dicho, algunos de mis textos despiertan un debate, como también las más encendidas cóleras. Bueno, a ello estoy acostumbrado y más de una vez he sido tolerante, porque de eso va este asunto, dices lo que quieres y tienes que escuchar lo que no quieres.
Siempre y cuando, eso, no se aproveche de la coyuntura para dar rienda suelta a la falsa valentía que ofrece el Face, una falsa valentía que se pinta objetividad, con un tono moral de guachimán de buenas costumbres, más un forzado toquecito de calle, tal y como veo en un tal Aquino, pataza de “Chalina suicida”, el creador de cuentas falsas que no ha dudado en largarse ni bien quedó al descubierto. Pero bueno, miro con gracia a Aquino. Pobre tipo, por más que lo intenta, sus textos carecen de legitimidad, aburridos, que exhiben una ignorancia camuflada de taxonomías, y lo que es peor, detalle que en otra persona con algo de amor propio haría que se quede callada: hacedor de reseñas delivery. Eso es lo que hace el pataza de “Chalina”: reseñas delivery. Pero bueno, eso se le va a quitar, tarde o temprano, y me encargaré de ello. ¿Reseñas Delivery? Así es, hay que ser un sinvergüenza para hacer esas huevadas y criticarme como bueno.
El texto de la reseña es claro. No hay nada que explicar. Podemos estar o no de acuerdo con las ideas vertidas allí, pero el rebote que ha tenido la reseña, la catarsis que ha motivado, es una prueba tajante de su verdad, una verdad en silencio que ahora no lo es. 
Le saco la correa a Onur. El falso pekinés se pierde corriendo por el parque. No voy detrás de él, no hay perros ni perras a la vista. Prendo un cigarrito. Cuando lo termine, me acercaré a Onur para ponerle la correa. No han pasado ni treinta segundos y de los arbustos salen tres perritas que lo rodean y que no demoran en seducirlo. Onur se echa en el pasto y estira el cuerpo, entregado a los afectos de las perras.

lunes, marzo 28, 2016

"cinco esquinas"

Primero: lo bueno.
Cinco esquinas, la última novela de Mario Vargas Llosa, no es una obra maestra. No todo lo que escriba nuestro Nobel de Literatura lo tiene que ser. Y quien mejor lo sabe es precisamente Vargas Llosa, prueba de ello lo vemos en estas páginas con poco colesterol y con mucho nutriente narrativo. Uno termina de leer esta novela y lo primero que siente es que ha sido partícipe de una clase maestra de cómo narrar, de cómo hacer que una historia funcione y cuaje. Vargas Llosa apela a su conocimiento de la tradición narrativa y a su dominio de la misma. No es para menos, en Cinco esquinas todo fluye, la mayoría de los recursos usados, sean estos en la configuración de sus personajes y en la estructuración de su andamiaje, quedan al servicio del lector, que la disfruta, aunque no necesariamente le tenga que gustar lo que lea. Pues bien, este viaje en la experiencia de la lectura, solo lo consigue un grande.
Claro, podemos hablar del argumento, en las dos historias que sostienen la novela, del mismo modo de los personajes secundarios que canalizan la trama, personajes secundarios que, dicho sea, oxigenan el curso de la narración. No estamos pues ante un Vargas Llosa solemne a la hora de narrar, tal y como lo vimos en El héroe discreto, sino ante una voz más relajada que en esta ocasión tuvo la mirada puesta en el divertimento, sin renunciar a su actitud de denuncia, presente en prácticamente toda su poética.
Eso es lo que busca y consigue Vargas Llosa: divertir, divertir en el buen sentido del término, sin caer en liviandades conceptuales y en apuros por cerrar cada una de las tramas que nos ofrece en esta ocasión. Pero lo más importante de la presente empresa narrativa del Nobel, más allá de la intención de divertir: Vargas Llosa nos recrea una época, un contexto oscuro para la historia peruana última (a la vez rico en brindar posibilidades temáticas, que por alguna extraña razón, no se han estado abordando en el curso de la narrativa peruana de los últimos veinticinco años). Bien lo señalan los que saben, desde Barthes a Kermode: si queremos retratar una época, hagamos uso de los géneros. Los buenos se valen de uno, los exitosos de varios, pero solo los perdurables hacen uso de casi todos y eso es lo que realiza Vargas Llosa, nos entrega un cóctel molotov narrativo, inclusivo en expresiones genéricas, escondidas y no ubicables gracias al despliegue técnico. A saber, el capítulo “Un remolino”.
Obviamente, esta novela exhibe falencias, tiene su ripio, sus agujeros negros, como la relación lésbica entre Chabela y Marisa (específicamente, el primer capítulo), el apuro por configurar un personaje que pudo ser inolvidable como Juan Peineta y no pocos deslices de oralidad. Sin embargo, ¿hablamos de óbices que entorpecen la lectura? ¿Acaso son motivos de fuerza mayor para calificarla de mala? Ante estas caídas, triunfa el oficio, accedemos a resultados que solo las novelas llamadas a quedar generan: el gusto por ellas o su eventual disgusto.
Segundo, lo malo.
Ajá, lo malo: el irrespeto de la cucaracha.
Pero lo malo no viene asociado a la novela como tal. Sino a la recepción que esta ha tenido entre los escritores (peruanos) que se lanzan a descalificarla sin antes lavarse la cabeza con Nopucid para tener las ideas claras y exentas de sentimientos menores, opinando con una cabeza infestada por los piojitos del efectismo y las liendres de la posería opinativa.
Con mucha pena he sido testigo que más de uno ha hablado como bueno de Cinco esquinas, escueleando sin legitimidad y pidiendo la jubilación de Vargas Llosa. Han querido matar al padre, pero no se dan cuenta de lo siguiente: el papacito de la narrativa peruana se los ha almorzado a ritmo de entrenamiento con el capítulo más flojo de su novela, “El sueño de Marisa”, cuyas páginas laxas son dinamita y nervio en comparación a todos los libros que han escrito a la fecha, libros que con ayudita del relacionismo intentan vendernos como el presente/futuro de la narrativa peruana en lo que va del siglo. Ya pues, señores, respiren, pisen pelota, levanten la mitra y den el pase al compañero mejor ubicado. 
Parece broma de mal gusto. Pero no: ha ocurrido. La broma de mal gusto es realidad. Pero esta broma de mal gusto tiene cura, felizmente: señores, pónganse a leer. Eso, pónganse a leer y, por favor, no más papelones. Suficiente tenemos con la selección de Gareca.

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Publicado en El Virrey de Lima

fraude

Ante la realidad electoral, los apuros opinativos de nuestra supuesta reserva moral intelectual se imponen como el natural consuelo que nos impide constatar que este país es más chicha de lo que creíamos. No pues, damas y caballeros, no hemos sido ni medianamente modernos, nuestra formación democrática es una falacia, la cultura democrática que ostentamos es solo un discurso consuelabestias que nos ayuda a no creer que pertenecemos a un país sumido en la elementalidad del análisis y la reflexión.
Hablamos del fraude que se cocina en el JNE, de los favoritismos a las ratas naranjas, de las demoras sospechosas que nos recuerdan a la época hiperconchuda del fujimontesinismo, en donde cada noticia no se comunicaba si es que el contexto no era el adecuado, de lo contrario no servía como curtina de humo.
El cruce de palabras entre los candidatos, sus estrategias destinadas a pintarlos como los más de la campaña, en vez de escuchar propuestas y planes de gobierno, cosa que veo imposible, aunque no se pierde nada con especular sobre una posible seguidilla de debates en los que se discuta proyectos; detalles que deberían ser inanes pero que adquieren protagonismo en esta desalmada carrera por el botín, sin percatarse que el fraude se viene cocinando, potaje que debería ser señalado desde ya, pero que las preferencias ideológicas, los sentimientos menores y demás cojudeces no dejan que nos fijemos en su fuerza oculta, que por oculta, pasa piola.
Así es: el voto electrónico.
El voto electrónico es el medio por el que se va a legalizar el retorno de la rata naranja. No soy experto en informática, pero es tan fácil alterar resultados (miremos lo que se hizo en Venezuela), en especial en democracias como esta, que son un mal chiste que todo el mundo celebra para no parecer menos. 
La mafia la viene haciendo linda. Mientras tanto, los seres pensantes de la sociedad peruana, haciendo cálculos y vaticinando el futuro de la segunda vuelta.

domingo, marzo 27, 2016

444

Un domingo algo complicado.
En la madrugada, justo antes de meterme al sobre, me acuerdo que debía terminar mi reseña de Cinco esquinas de Marito.
El texto fluyó, a no ser por ese involuntario error de presionar la tecla equivocada, que mandó al tacho lo que había avanzado.
¿Comenzar de nuevo? Sí
No queda otra. Tenía las notas a la mano y comencé a reelaborar la reseña. Igual, las ideas centrales seguían intactas y la empresa se pintaba sin complicaciones. Sin embargo, nuevas ideas se presentaban en la reescritura y la reseña que pensé que sería, no lo fue, más bien cambió hacia un tono que me gustó, me gustó porque iba acorde con mi sensación que aún tenía de la lectura de la novela.
Cerca de las cinco, busco una película de Jarmusch, The Limits of Control, de la que algunas escenas se me han presentado en estos días, quizá debido a mi predilección por el café espresso. Los detalles inanes son los que me hacen regresar a muchas películas y ciertos libros.
A razón de esos detalles inanes llegué a las seis de la mañana sin la más mínima sensación de sueño.
El sueño me vendría, fácil, a eso de las nueve. Tenía el suficiente tiempo para hacer las compras del desayuno. Salí a hacer las compras, con Onur. Mientas nos dirigíamos a las tiendas, se me ocurrió hacer una caminata con el falso pekinés al Minimarket del grifo de Canadá con Arriola. Sería la primera caminata de Onur fuera de Apolo. Pensé en principio en que Onur no resistiría, pero la mejor manera de comprobarlo era precisamente haciendo esa caminata.
Onur es un espectáculo. No creo que se deba a sus tiernos ocho meses de vida. Este perrito busca pelea a todos los perros, incluyendo los grandes, y las perras, sin importar su tamaño se lanzan sobre él para lamerle el cuello y la panza. Fue una caminata lenta, con un sol que sin duda quemaría más. Teníamos sed. Llegamos al Minimarket y compré lo necesario para el desayuno, también me abastecí de cigarros y agua mineral. Las empleadas me dijeron que estaba prohibido entrar con mascotas al establecimiento, pero a los segundos comenzaron a hacerle cariñitos a Onur. Al salir abrí una de las botellas de agua minera e hice un cuenco con mi mano para vertir agua. El perro bebió como si nunca hubiese hecho. 
Regresamos en calma, pero cada vez que aparecía un perro, sin importar el tamaño de este, Onur se lanzaba tras él. Sin duda, mi falso pekinés es un perro peligroso.

sábado, marzo 26, 2016

Dick adaptado

No son muchos años, pero bastan para aseverar que estamos siendo testigos del extraordinario momento que vienen atravesando las series de televisión. No es más que la mejor etapa en la historia de las series de televisión, prácticamente, somos partícipes del regreso de las novelas de folletín, atractivos capítulos por entregas que tenían en vilo a la burguesía europea del XIX. Sobre este fenómeno se viene escribiendo mucho, y valgan verdades, permitiéndonos licencias especulativas: las series de televisión, como parte de la cultura de masas, han enriquecido y oxigenado la ensayística que se viene escribiendo en lo que va de este siglo, tanto en ejecución de escritura como en amplitud de contenido. Idea por demás polémica, que prometemos desarrollar en otra ocasión.
Sabemos de las series que conforman y dan sentido a los que más de un entendido llama Edad de Oro de las series, las cuales han contribuido, entre otras cosas que antes no eran parte esencial de la agenda, a dotar de valor excluyente a los equipos de guionistas. A la fecha, es imposible no especular sobre el éxito de una serie si no tenemos presente a sus equipos de guionistas. Por ello, no nos parece exagerado catalogarlos como los nuevos escritores del Siglo XXI, los que tarde o temprano van a enriquecer el panorama de la narrativa que se viene escribiendo en el mundo entero, empezando con poner orden temático y estructural a toda esta orgía de registros que con mucha facilidad se viene catalogando de híbrido. Lo que temáticamente parece imposible, los guionistas lo vuelven factible, verosímil y ejecutable.
De las muchas series que se esperaban con expectativa, nuestra atención estuvo puesta en la adaptación de una novela de Philip K. Dick. La expectativa estaba más que justificada con El hombre en el castillo. El equipo de guionistas de Amazon sí la iba a sudar. No se trataba de una empresa nada menor.
Si hay un autor cuyas obras han venido gozando no solo de aceptación crítica, sino también del gusto del público, ese es Dick. Hay pues una plasticidad en la poética de Dick que facilita la adaptación audiovisual de sus relatos y novelas. No nos referimos a que esta poética exhiba una facilidad, en absoluto, sino a la epifanía que esta genera en quienes anhelan hacer algo a partir de ella. Es decir, no podemos ubicar a Dick como un fino escritor de estilo. Lo suyo no era la belleza verbal. Lo que sigue haciendo grande a Dick es la bomba atómica que son sus conceptos e ideas, bomba atómica que encontraba un terreno fértil en el género de la ciencia ficción, en todas las variantes de esta.
De sus novelas mayores, El hombre en el castillo, de hecho.
Hasta podríamos recomendarla como una excelente puerta de entrada a quienes aún no la conozcan, junto a la clásica ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que inspiró la filmación de Blade Runner (1982) de Ridley Scott, que no solo le significó al director la consolidación, sino que el interés por la obra de Dick creció más de lo que ninguno pudo imaginar. Este no es un dato menor, sin BR, sin el éxito de esta, la obra de Dick no hubiera llegado a un público mayor que no deja de crecer.
No es la primera vez que se ha intentado adaptar al cine esta novela ucrónica. El hombre en el castillo es una versión al revés de las secuelas que trajo el acontecimiento más traumático que acaeció en el Siglo XX: La Segunda Guerra Mundial. Dick especula sobre una realidad en la que los alemanes y japoneses ganan la guerra y se reparten el territorio estadounidense. La zona atlántica para los alemanes y la del pacífico para los japoneses. Basta esta referencia para tener una idea de lo complicada que sería su adaptación a la gran pantalla, de todo el material conceptual que tendría que atomizarse, un arduo trabajo que ni siquiera garantizaba el éxito del producto final. Cada página de la novela es una explosión de ideas y conceptos, ni hablar del desfile inacabable de personajes, o sea, por muy capo que sea un cineasta, le iba a resultar extenuante respetar el espíritu de la novela.
Por ello, el espacio natural para que la novela gozara de una adaptación óptima, era el sendero de la serie, la que, por lo menos, le depararía la garantía de respetar las ideas de esta. Gracias al formato de la serie es que accedemos a una historia que no defrauda a la novela que la inspira, pero con los suficientes méritos para abrirse camino sola, sin dependencia de su (gran) sombra literaria. Líneas arriba consignamos la duda que nos generaría una adaptación, que por lo dicho hasta aquí, no solo se ajustaba al cine o la serie. No era suficiente conocer el espíritu de la novela, sino también el mundo del autor. Por esta razón, más de un fanático de Dick respiró tranquilo y vio con buenos ojos que uno de los productores de la serie fuera Ridley Scott. La presencia de Scott era una garantía en la producción de esta serie que tendría la valla muy alta al adaptar una de las novelas más complejas y esenciales de Dick.
Para muchos, los resultados finales son irregulares. Para otros, la serie cumplió con entretener y con eso basta. Sean cuales sean los dictámenes de los conocedores, no debemos negar que la serie intentó estar a la altura de la novela que la inspira. Sus directores, David Semel y Daniel Percival, responsables de esta empresa exitosa, empresa monstruosa y llamada a acomplejar a cualquiera, salieron bien librados con la ayuda medular de un eficiente equipo de guionistas, apostando por la sencillez lineal y escogiendo actores como Rufus Sewel que encarna a John Smith, el Obergruppenfuhrer, personaje que sostiene prácticamente toda la trama. 
Se anuncia una segunda temporada. Y estoy seguro de algo: desde el más allá, Dick exige que ya no, otra temporada más no.






Publicado en Sur Blog

443

Me despierto algo tarde.
Me sirvo café.
De la calle escucho la conversa de los vecinos. Me acerco a la ventana para ver qué ha pasado. Están todos los vecinos e imagino que se trata de algo importante. Pese a que nos encontramos a media cuadra de la comisaría de Apolo, nadie se fía de esta. Por algo tiene la fama de ser la más corrupta de la capital.
Me remojo la cara, me pongo un short y abro la puerta. No sé por qué, pero cada vez que hay estas reuniones vecinales, al azar, estas se desarrollan en la puerta de mi casa, justo al frente, a menos de dos metros de distancia. Más de una vez he pensado en pedirles que se vayan a discutir unos metros más allá, pero me doy cuenta que no es malo, porque esperan que salga mi padre, que no solo calma los ánimos, sino también brinda soluciones, más aún en estos días en los que los robos a casas se han vuelto recurrentes.
Me abro de la reunión vecinal. Regreso a mi cuarto y cojo la edición 53 de Hablemos de Cine, de 1970. En este número, una entrevista a Pasolini. Me gustan algunas respuestas del italiano, en especial llama mi atención cuando revela que aprendió los secretos técnicos de la filmación en pleno proceso de dirección de sus películas, porque nunca le interesó aprender antes. Esta afirmación revela aquella cualidad de la que pocas veces he hablado, pero que está muy presente muchísimos creadores: la inteligencia e ingenio del entusiasmo. Podría llamarse también curiosidad. Como sea, esta inteligencia la percibo en los creadores menos ortodoxos, lo que no quiere decir que hablemos únicamente de los dedicados a forjar una leyenda, una fama salvaje que seduce mucho a la fanaticada infaltable de los circuitos culturales y artísticos. 
Esa edición de Hablemos de cine me regaló Óscar, un pata que iba a comprar libros a Quilca y Camaná. Le gustaba mucho perderse entre las rumas de títulos que uno podía ver en algunos puestos de libros, pienso en los de Camaná, en esos espacios que aún se resisten a desaparecer y que perviven gracias al afán comercial de sus vendedores. A veces el afán comercial juega a favor del lector, el verdadero que se dedica a buscar, a hurgar, sin tener en cuenta la ignorancia del vendedor, pero en fin, se trata de un juego en el que cada quien cumple su función. De esa manera Óscar consiguió la edición 53 de Hablemos de Cine. Claro, se pueden conseguir muchas cosas, no solo libros, en el Centro de Lima, solo que muy pocos están dispuestos a ensuciarse los dedos.

442

Es Viernes de Resurrección y me invitan a un concierto en Nuclear Bar, ubicado en la tercera cuadra de Quilca, en la recta de las tiendas de vinilos. Hace un tiempo fui a este local y bien puedo decir que, aparte de recibir uno que otro golpe, me despaché a mi gusto haciendo lo mismo con las puntas confundidas y entregadas al ritmo endemoniado de las cuerdas de las guitarras. No me gusta el rock de garaje, aunque durante un tiempo lo escuché con atención, lo que me gustaba más era precisamente el estado salvaje al que se llegaba en estas tocadas.
Hasta el final estuve decidiendo si iba o no a Nuclear Bar. Todo el día estuve leyendo, terminando de hacer las anotaciones de tres libros, y definiendo un artículo sobre la adaptación a serie de una de las mejores novelas de Philip K. Dick. De alguna u otra manera, la obra de Dick me viene llamando la atención desde hace un tiempo, quizá el cúmulo de sus ideas, su manera de pensar, no así su estilo.
Cerca de las siete de la noche, me pongo a ver el partido de Brasil y Uruguay. El de ayer, el partido de Perú y Venezuela, sin comentarios, para dejarlo en el olvido. No esperaba mucho de la selección, pero lo que sí esperaba era una mayor entrega, que los muchachos no sean víctimas del aburguesamiento, como también de la mariconada de cuidarse las piernas, como dejó en evidencia Pizarro, una vez más. O la falta de actitud, como el tal Tapia y el perdido Ascues.
En cambio hoy, me deja satisfecho el partido entre uruguayos y brasileños. Uno se olvida definitivamente de la chanchada de la selección el día de ayer.
Pero la realidad sigue presente, el manto negro que cubre la política peruana actual, graficado en unas elecciones cuyas reglas están hechas para que gane la rata naranja. Que aún haya millones de peruanos que crean en la opción de Fujimori es la más irrefutable muestra de que este país no ha avanzado nada, que su memoria histórica última no es una prioridad en el discurso colectivo, sino lo que importa es la inmediatez de la solución a lo bestia, a los problemas que crecen sin atisbo de solución, como la inseguridad, la desaceleración económica, que tanto ha descuidado Nadine en este gobierno. Nadine, pues, nos está entregando en bandeja a la hija de Fujimori. ¿Ahora quiero ver en dónde meten las narices aquellos babosos que apoyaron y creyeron en el rollo de la aún Primera Dama? Lo sé, no dirán nada, puesto que ahora se dedican a apoyar a la que fue su secretaria. 
Qué rico es este país, carajo.

jueves, marzo 24, 2016

reciprocidad

Algunos, quizá en un acto de ingenuidad, pensábamos que el JNE aplicaría la ley a todos los candidatos presidenciales, por igual y sin escabeches de por medio.
Ya sabemos que desde un principio el JNE ha jugado en pared con los naranjas.
La hija del dictador sigue punteando y en carrera.
No hay que pensarlo mucho.
Es el momento de la reciprocidad.
Ahora le toca a los moralistas hacer un acto de asco, de la misma manera que otros lo hicimos en la segunda vuelta de la elección pasada.
¿O creen que fue fácil votar por el sospechoso violador de derechos humanos que tanto apoyó nuestro ejército zurdo?
Al menos, para este pechito no.
En lo personal, me da igual quién pase a la segunda vuelta con la rata naranja.
Pero ahora existe un detalle: ninguno de los candidatos tiene anticuchos que comprometan la integridad de la vida humana. Hasta donde sé…
Lo que sí sé es que mi voto será a favor de la opción que vaya en contra de la llegada de Keiko a Palacio.
No importa si es Verónika, Alfredo o PPK. Para cualquiera de los tres va mi voto.
Y si hay reciprocidad, una conciencia moral que impida que la rata naranja llegue al poder, los zurdos peruanos deberán ser los primeros en apoyar esa otra alternativa, apoyarla con condicionamientos si gustan. Solo que no vengan con cojudeces morales, que ustedes son los últimos que deberían hablar de moral. 
Listo, peruanas y peruanos.

441

Me levanto temprano. Anoche me acosté, relativamente, a una hora normal. Es jueves santo y la ciudad de Lima exhibe una belleza inusual. Hace calor, la humedad es infaltable, pero corre un viento gratificante. Al respecto, tengo una teoría: a Lima le sienta muy bien el otoño, si hay una estación para disfrutar de Lima, para presenciar en equilibrio sus excesos climáticos, otoño es la voz. Percibo esa belleza por la ventana. Yo, que no soy mucho de salir durante el día, me animaré a hacerlo, al menos para pasear a Onur por el barrio, como quien hace las compras para el desayuno.
Pues bien, desde ayer varias puntas me preguntan por la entrevista que le han hecho a “Jeremy” a razón de su libro de cuentos Los Buguis.
“Jeremy” es mi amigo, o una especie de hijo que no ha heredado mis cualidades, y tanto a los “Zepita Boys” como a él, los he apoyado, porque no solo he visto talento, también actitud creativa y ganas de decir las cosas que otros callan.
A veces aciertan, otras veces fallan y contadas veces resbalan.
No sé si sea la edad, o la inmadurez, o la simple posería de quienes creen que han leído mucho cuando en verdad no, algo que no debería sorprender, porque este mundo está integrado por una variopinta gama de poseros, pero el hecho que tengan una fijación con los “Conejos”, capitaneados por “Perejil” y luego por “Chalina suicida” y “Pecho frío”, es una muestra de la chatura de su visión literaria, de la inmediatez de la impresión primeriza, que se vuelve nociva cuando los señalamientos dejan de ser literarios para convertirse en personales, manifestando la cobardía del matón que no pudiendo contener lo que le quiere decir al tridente conejil, con nombre y apellido, sin apelar al eufemismo y el doble sentido, no tiene mejor estrategia que hacer uso del insulto contra conejos que no van a responderle, tal y como vimos en “Jeremy” cuando, en su cuenta de Face, consigna la respuesta editada de la entrevista que le hicieron por su cuentario.
¿Qué le pasó al “Niño aguaruna”?
Los “Zepita Boys” son creación mía, pero no hay nada que me joda más que la falta de ingenio, inteligencia, para los señalamientos; si quieres señalar, y a blancos tan fáciles como el discurso conejil, hay que hacerlo con estilo y gracia, pues hijo; eso, primero; luego, tener los suficientes huevos para señalar a los que quieres señalar, no contra quienes sabes que no te van a responder. Lectura de urgencia, “Jeremy”: lee ya a Borges. En Borges encontrarás la cura a la abusiva matonería, allí está el condimento que le faltan a tus críticas que haces del grupo que has promocionado como nadie.  
Alisto al falso pekinés, que se ha convertido en todo un suceso cuando recorre las calles del barrio, dejando su marca cada tres metros. Onur sí es un pendejo, con una levantada de pata se baja en una la mentira del discurso conejil y también en una la abusiva matonería de “Jeremy”. Es que Onur es un falso pekinés muy leído, pues.

miércoles, marzo 23, 2016

440

Después de algunos días, ayer caminé por el centro. Era de noche y me dirigía a casa, pero decidí darme una vuelta por el Rímac, específicamente por el parque ubicado al pasar el Puente Trujillo.
Sé que algunos ex compañeros de Quilca se van a ubicar en ese parque. He estado ayudando en calidad de vicepresidente de la nueva asociación de libreros, pero mi ayuda ha sido más que nada en logística, no he estado haciendo los papeleos ni coordinando los trabajos que los libreros que sí estarán en el Rímac.
Había escuchado del avance de los trabajos, mas no los había visto, así es que me dirigí hacia allá. Total, quedaba cerca, además, pasaría por el Chabuca Granda y, como nunca, se me había antojado un dulce, quizá una mazamorra, o una mazamorra con arroz con leche.
El viento corría y sentía su fuerza estrellándose en mi cara. Me gustaba esa frescura, todas clases de manifestaciones de aire son más que bienvenidas. A metros del Chabuca Granda, opto mejor por un helado, dos bolas, una de fresa y la otra de chocolate. Sigo mi camino y ni bien cruzo el puente, puedo ver la instalación de los nuevos stands de los libreros quilquenses.
No lo niego, hay muchos cruces de emociones. No estaré con ese grupo y la verdad no que creo que vuelva a dedicarme al mundo del libro a no ser que tenga una librería tipo Brazenhead, pero estaré con estos héroes hasta el final. Es que eso es lo que son, héroes, que contra todas las adversidades han sabido levantar un espacio para el fomento de la cultura y la promoción del libro en un lugar de mucho tránsito de personas. Estas son las cosas que me reconcilian con la vida, que me hacen ver más allá de la demagogia de la que se valen los oficiales culturosos que hacen carrera bajo el discurso del fomento de la lectura. 
Me saco el sombrero ante estos libreros, que han trabajado muchos días bajo este inclemente sol, un sol cuyos rayos queman más en la tierra. Me quedé un rato conversando con ellos, siendo cómplice del humor y el doble sentido, hasta la llegada de “Tres patines” en un triciclo cachinero, todo un personaje.

lunes, marzo 21, 2016

"la vida sin armadura"

Hay que tener cuidado cuando los escritores escriben de sí mismos. Por lo general, no solo suelen exagerar sus logros, sino también mentir de una manera, por decir lo mínimo, descarada. Para muchos, no hay punto medio, la polarización del testimonio es la pauta a seguir. Quizá esto se deba a que es preferible creer en la leyenda que en la verdad de los hechos. De esta estrategia discursiva han echado mano desde los llamados grandes hasta aquellos que creen que lo son.
Uno de los destinos de todo escritor de trayectoria es, precisamente, escribir una autobiografía. Se arriba a un punto en que sus lectores exigen de él un ajuste de cuentas que les permita escribir sobre sus vicisitudes y así se pueda entender el nutriente del que se alimenta su poética.
El recordado narrador inglés Alan Sillitoe (1928 – 2010) es dueño de una obra narrativa que bien podríamos calificar de influyente. Por muchos años fue considerado el icono narrativo de los movimientos de izquierda en todo el mundo, a razón de ser integrante del movimiento Los jóvenes airados, que apareció en la década del cincuenta, conformado por escritores de la talla de Kingsley Amis, ni más ni menos.
Un necesario paréntesis: no se ha sido del todo justo con la radiación de este movimiento de escritores. Los jóvenes airados inspiraron a muchos grupos/movimientos de artistas e intelectuales, con mayor razón en un contexto en el que los discursos entre la izquierda y el imperialismo estaban en su punto más crítico. En el contexto peruano, no pecaríamos de exagerados si especulamos con la idea de que estos airados ingleses hayan motivado la aparición de grupos de escritores con una clara postura política y de denuncia, pienso pues en el grupo Narración.
Volviendo a Sillitoe.
Cuando leemos sus novelas, llegamos a la conclusión de que fue un hombre que se hizo solo, que provino de una clase obrera muy golpeada por la explotación, siendo este un recorrido vital que canalizó el impacto que generaron novelas monumentales como Sábado por la noche y domingo por la mañana y en los relatos de La soledad del corredor de fondo. Señalamos dos títulos que para cualquier interesado podrían servir de idóneas puertas de entrada a un narrador que podríamos calificar como un aprovechado discípulo de Hemingway en cuanto a la tersura de la escritura. Así es: tersura narrativa más experiencia de clase obrera, dos de los factores que contribuyeron a que los libros de este inglés calaran en más de una generación de escritores y lectores. La poética de Sillitoe, aparte de contundencia narrativa, nunca cayó en el proselitismo ideológico. Había sí un componente ideológico en ella, pero esta se ubicaba en un quinto o sexto lugar, lo primero que resaltaba en esta era su capacidad de conexión con el lector a razón de la experiencia literaria. Mientras otros escritores que sucumbieron a la denuncia ideológica, quedando con justicia en el olvido, la obra de Sillitoe se mantiene lozana y sin envejecer, con mucho por decir.
Por ello, la publicación de La vida sin armadura (Impedimenta, 2014) debería significar un genuino acontecimiento por partida doble: primero, estamos ante el ajuste de personal de Sillitoe consigo mismo, y segundo, somos testigos de lo que tiene que ser una autobiografía en todo el sentido de la palabra, de lo que esperaríamos de una que más temprano que tarde se quedará con nosotros.
El inglés no se guarda nada. Desde las primeras páginas nos advierte que no contará su vida como otros hacen de la suya, sino que lo hará dejando la piel en el asador, sin afeites ni versiones que contribuyan a la leyenda. A él no le interesa quedar como una leyenda de la narrativa inglesa, más bien, asumió su importancia desde mucho antes que sus seguidores lo consideraran como tal.
Sillitoe en una exaltado de gracia, dejando en claro que durante toda su vida fue un resentido, pero no por una cuestión de clase, sino por la dejadez de parte de su padre que jamás se preocupó por él en lo emocional, convirtiéndolo desde la niñez en un ser por demás quebrado. Pero esta autobiografía no está en los cotos del recuento, es también el testimonio del tránsito de una época, un viaje a la semilla urbana que nos permite ingresar a su día y día, pero lo más importante, es un canto a la persistencia, una cachetada a la realidad que lo había ubicado en ruta a un destino que pudo ser cualquiera, menos el de un escritor. Sillitoe nos habla de sus años de formación como escritor, podemos ver a un hombre por demás curioso e inquieto que leía incontrolablemente, a la caza de un estilo que le permitiera expresar toda la mierda existencial que cargaba como si fuera una mochila demasiada pesada. 
Esta autobiografía es cruda por donde la mires. En ninguna página somos víctimas de un efectismo barato, estamos liberados de la gratuidad de la exhibición de atrocidades. La experiencia literaria cala de a pocos y antes que nos demos cuenta, ya somos guiñapos sensoriales, sujetos hechos añicos. Pues bien, esto no lo genera cualquier. Hay que ser un grande para conseguirlo.

439

En la madrugada leía un libro de ensayo de reciente aparición. Me gustaba lo que leía y hacía también algunas anotaciones, no tanto como las que pensé que haría en principio.
Cerca de las tres, cierro el libro. Prendo el televisor y me pongo a recorrer canales de cine. Un par de películas llamaron mi atención, ambas obras maestras. En otra ocasión, hubiera dejado lo que hacía para verlas, no importa si ya estaban avanzadas o comenzadas.
Mientras buscaba, también me topé con el comienzo de una película que no es una obra maestra, a la que, en un aliento buenagentista, valdría decir que exhibe méritos. La primera vez que la vi, hace ya muchos años, me pareció una película cumplidora. No me sentí ni estafado ni sorprendido, tampoco sentí que perdí el tiempo mientras la veía. 
Sin embargo, desde hace año y medio me vengo topando con ella. Ya sea doblada o subtitulada, se me antoja como un trabajo que siento muy personal. El paso de los años ha hecho que Jarhead de Mendes se ubique entre mis películas personales. No sé cuánto tiempo me tome esta fijación, quizá obedezca al apego que tengo por algunas sensaciones, como el calor y color naranja seco que despide la tierra tostada por el sol, o quizá por ese detalle, no menos sensorial, que es la ansiedad que reflejan los soldados en el desierto de Arabia Saudita, a la esperar de entrar a Kuwait y liberar ese país de la invasión iraquí. Si un espíritu la recorre, ese es precisamente el de la ansiedad, por demás jodida e hiriente.

438

Domingo de sol.
Mis vecinos decidieron hacer una parrillada. Días antes pidieron permiso a los vecinos.
La mayoría optó por darles permiso para que puedan hacer su parrillada.
Eso quería decir lo siguiente: tendría toda la tarde una bomba musical, que no se detendría hasta mucho después de acabarse el último plato de parrillada.
Por un momento pensé en visitar a mi hermano. Refugiarme en su casa hasta que el barrio vuelva a ser un barrio normal.
Pero no, decido quedarme en casa con Onur.
Abro los archivos en Word que venía avanzando. Felizmente, ninguno me presenta ninguna traba, ni en tema ni en estilo. Solo me queda presionar las teclas mientras escucho el Mirage de Camel, que me recordaron su existencia un par de horas antes.
En esas estoy, pasando a limpio los apuntes de mi escritura apurada, casi críptica, que solo yo entiendo. Obvio, se supone que cada quien debe entender su escritura, pero en mi caso no siempre ha sido así. No. Hubo un tiempo en que sí me sentía perdido en mis propias notas, lo que me llevaba a hacer un soberano ejercicio de memoria.
Ahora no es así. Escribo de tal manera que pueda entenderme al momento de escribir en el archivo.
Algunos hablan del trance de la escritura. Pues bien, me encuentro en ese trance, en los instantes eternos que salen de tu cabeza, todas las ideas posibles, incluso las que no pensabas que germinabas en mente.
Eso es lo paja del trance, pero tampoco hay que creerse la gran cosa por ser parte de él.
Bueno, es que hay más de un desubicado que asevera que es lo más maravilloso que existe. No sé si exista alguien a quien le guste escribir de verdad capaz de decirme que escribir es lo más maravilloso que existe.
Continúo en lo mío.
Pero recibo la llamada de “Cachetada”, que también ha sido atacado por avatars. Uno de estos avatars lo llamó envidioso.
Pero “Cachetada” tiene calle. “Cachetada” sabe quién se esconde detrás de la falsa cuenta de Face. Sin asco, pone en evidencia su identidad, su chaplín de reconocimiento: “Chalina suicida”.
“Chalina” desaparece y ya no lo jode más. Pienso en “Chalina”, que no entiende que los señalamientos no son hacia él, menos a su obra, sino a ese discurso pendejo que su grupo desarrolla en paralelo a la obra. No pues, con la obra no hay que meternos y eso lo sabe “Chalina”.
Me desconecto y vuelvo al texto. Uno de ellos me está saliendo de la putamadre. Al cabo de hora y media, busco algo de beber. En la refrigeradora encuentro una botella de jugo de naranja. La salsa dura comienza a sonar en la casa de los vecinos. Me acerco a la ventana. Han sacado la parrilla a la calle. Prendo un cigarro. Sobre la mesa de la sala, los periódicos del día.
En la portada de Perú 21, la cara de Verónica. El diario sugiere que también ha escrito en las agendas de Nadine.
Esto se pone bueno, me digo. Entonces me conecto un toque otra vez al Face, para ver reacciones. Las reacciones son las que me esperaba. No lo niego, hay una guerra sucia en contra de Verónica, pero ante todo ella debería deslindar de Venezuela, dejar de balbucear y sindicar ese gobierno como lo que es: una dictadura. No lo hace, y no creo que lo haga, a cuenta de que ella sabe que el partido de gobierno recibió billetones de la dictadura llanera. Eso es lo que me fastidia: el doble rasero de nuestra izquierda y su alucinada superioridad moral. Pero no quiero hacerme hígado. En un toque retornaré a lo que estaba escribiendo y reviso La República, en el que encuentro un artículo de Vargas Llosa sobre el libro que Leopoldo López Obrador ha escrito en la cárcel.
Sin comentarios al respecto, solo tengo una esperanza: Verónica debe deslindar de esa dictadura. Es lo que debería hacer en la mañana del lunes antes de sus baños de vapor.
¿Y quien se beneficia de este escabeche?, no hay que analizar mucho: la rata naranja, pues.
Me imagino un país capitaneado por la rata naranja. Un país sumido en el desperdicio, es decir, ya legitimado en él, porque en el desperdicio estamos desde hace mucho, asentados en el fango gracias a la actual pareja presidencial.
La pareja presidencial. ¿Qué pensar de ellos? Bueno, de ellos sé qué pensar. Nunca esperé un milagro de una mujer carcomida de arribismo, menos de un marido de quien se tienen sospechas razonables de haber violado derechos humanos.
Este gobierno termina tal y como comenzó.
Pero lo que sí me sorprende es la defensa cerrada que hacen de ellos los guachimanes de las buenas costumbres, los llamados intelectuales que defienden un gobierno con serios indicios de corrupción, intelectuales que mueven masas virtuales, minimizando las denuncias que pesan sobre ellos. Denuncias que no son moco de pavo. Si viviera, ¿qué diría González Prada de Faverón? Me lo imagino, en lo que le diría, pero más en lo que le haría. Faverón es un tipo leído, inteligente, pero su defensa de la corrupción de la pareja presidencial sí le va a perjudicar, tarde o temprano. Eso ocurre cuando se critica y señala personas y no las situaciones que las configuran. Bueno, cada quien labra y dinamita su legitimidad, cada quien sabe cómo se realiza un lento Harakiri. 
Regreso al escritorio. Prendo otro cigarro. Reviso lo avanzado y comienzo a teclear, así hasta tentar el trance, que es pajita, sí, mas no cosa de otro mundo.

sábado, marzo 19, 2016

437

Tenía una reunión en la mañana, en una universidad local. El director del fondo editorial de la casa de estudios quería hablar conmigo.
No tenía problemas al respecto. Escuchar propuestas es también parte de la vida. Pero lo malo era que la reunión era en la mañana, lo cual sí resultaba un problema para mí ya que suelo acostarme tarde y por consiguiente levantarme tarde.
Horas antes, en la noche, hice los arreglos para levantarme a las seis de la mañana. Compré algunas pastillas para dormir, pero estas se perdieron, algo de lo que me di cuenta muy tarde, justo cuando estaba listo para meterme al sobre. Entonces me puse a leer, con la esperanza de que me llegue el sueño a eso de las dos de la madrugada, pero no, el sueño se resistía y cuando este recién hizo su aparición, faltaba media hora para la seis.
Entonces, hice fuerzas y me propuse ir a la reunión, estar allí a la hora indicada. Dormiría en el curso del día.
Salí con apuro y llegué a la universidad mucho antes de lo que había pensado.
Hablé lo que tenía que hablar.
Reforcé las ideas centrales de lo que se pensaba hacer.
Para mi buena suerte, se trataba de un tema que dominaba y sé que no solo presentaré algo importante, sino también algo que quede en la mente y alma del lector, en ese estado reflexivo que vamos perdiendo a razón de este mundo cada vez más veloz y predecible.
La conversa fluyó y todo salió bien. En ello jugó el aire acondicionado.
Lo jodido vino al salir.
El calor. 
Los rayos solares rebotando aún más calientes desde el asfalto.

avatar

Sé que algunos textos míos generan algún rebote.
Días atrás, por ejemplo, subí un texto sobre la violencia política. Su desgaste como tema, el lucro intelectual que más de uno hace de él y de los combazos que le propinan algunos bandos que buscan vender su tópico literario de preferencia; de eso va el post.
Llevo años acostumbrado a que me digan de todo.
Y ese post no ha sido la excepción. Aunque para ser sincero, más de uno lee mis cosas y se reservan el derecho de comentar, pero que los leen, los leen.
Un fenómeno muy frecuente de una red social como Facebook es la aparición de cuentas falsas, de avatars que salen a flote cuando se sienten amenazados. Como el mundillo literario limeño se ha vuelto tan predecible, uno puede intuir y saber quién es quién. La mayoría de las veces me quedo callado ante ello, porque los avatars no son mi tema, no son mi preocupación.
Mi texto fue rebotado en varios lados, en la cuenta de “Jeremy”, a saber.
Claro, “Jeremy” sufre de anticonejismo y hasta la fecha no se da cuenta de que es el principal promotor de los conejos.
En ese contexto aparece un avatar, un baboso que aprovecha la valentía virtual para insultarme y dárselas de pendejo.
Lo que no sabe ese pseudopendejo es que yo sé quién es.
Es pues un conejo kid.
Lo penoso del asunto es que sí ubico a los conejos. Los alucinaba leales, frontales, francos, con sus huevadas como cualquier igualado, mas sin llegar a extremos.
Pero ese avatar de batalla, ese tonito suyo de superioridad, capaz de ningunear a Arguedas, a Marito, hablando desde una altura que no reconoce su procedencia, de la postura forzadamente atractiva del feo que se resiste asumirse como tal, de la bacanería de la “gentita” light sanmarquina que ahora pretende, sin obra detrás, cambiar el curso de la narrativa peruana a punta de relacionismo y suculentos beneficios de influencia.
 Si estuviera por Lima, lo busco para conversar. Pero como no se encuentra en Limonta, esperaré su llegada. Y cuando lo vea, lo primero que haré antes de hablarle de hombría, será decirle cómo se puede ser tan idiota para ponerse en evidencia como lo hizo.
Yo sé quién era (ajá, en pasado) ese avatar. Por ahora me callo, pero a la próxima la revolución de la narrativa peruana no la harán ustedes, sino yo, que bien puedo decir que tengo mucho más obra que la suya, y solo con la cuarta parte de lo que he hecho.
Hay tiempo para la joda, el chongo. Lo que sí no tengo tiempo es para la bajeza. 
Buen fin de semana, conejos.

viernes, marzo 18, 2016

436

Llego al librería El Virrey de Lima. Llego a tiempo porque en unos minutos presentaré el tercer número de la revista Espinela. Para ponerme en onda, prendo un Pall Mall rojo y me pongo a conversar con Julio, dramaturgo y también director de Lucerna. Quedamos en la fecha en la que debo presentarle un ensayo más o menos kilométrico sobre uno de los autores gringos que más me gustan. No lo pienso dos veces, acepto, hasta pienso que el límite de palabras es corto para todo lo que tengo que decir del autor. ¿5000 palabras son suficientes?, me pregunto a la vez que miro las agujas del reloj, ya que se acerca el momento de la presentación y todavía debo poner en orden mis ideas, porque hay varias cosas que debo decir de la revista, aunque suela pecar de apurado y en ese apuro se me van varios puntos a abordar. 
A bajo volumen, puede escucharse el Fear of Music (1979) de Talking Heads. No me parece raro que suene Talking Heads en la librería, porque en la librería siempre hay buena música, solo que desde hace meses que no escuchaba el álbum más redondo de esta banda, un álbum que plasmaba la intención de hacer algo nuevo contra la pauta normativa de lo que era el rock pop hasta ese entonces, un álbum que, felizmente por poco tiempo, fue algo resistido, sin embargo, las cosas fueron adquiriendo un nuevo cariz, siendo saludado por el público y también por la crítica. Me pierdo en los sonidos de los tambores y acordes de guitarras y bajos. La noche pinta bien.

jueves, marzo 17, 2016


miércoles, marzo 16, 2016

vp

Desde hace varios días vengo escuchando comentarios, la mayoría contrarios, a la muestra fotográfica No olvido ni perdono a cargo de Estudio Díaz.
Si gustas, la ves aquí.
Para algunos, resulta pajita el diseño de ropa de Pablo Valdez, para otros las fotografías de Rodrigo Díaz. Y para todos, la modelo Giuliana Weston.
No me hago problemas. De lejos, la muestra me parece una soberana estupidez y de cerca una genuina porquería.
Y no, no lo digo por el tratamiento que se hace del tema de la violencia política. Más bien, esos señalamientos, la mayoría de los mismos vienen escanciados por la demagogia, el aprovechamiento de la bulla que suscita el tópico.
La violencia política es un tópico muy delicado y más de un hipócrita del discurso moralista se alucina con la autoridad para hablar de ello, cuando un discurso como este, lo mínimo que requiere de sus estudiosos, es una mínima coherencia, llámale postura moral, y es penoso decirlo porque conozco a muchos que han escrito desde las alturas de la academia sobre la violencia política, cuando en su vida real, su compromiso con ella no pasa más allá de la puerta del ex cine Orrantia.
Esta muestra, ahora en el plano literario local, ha propiciado la arremetida de quienes critican y descalifican a la VP, como si esta fuera el gran lastre de la tradición narrativa peruana de las últimas décadas, impidiendo que esta se sacuda de su peso, por demás aplastante y generador de complejos literarios.
Aciertan cuando señalan que por medio de la VP existe un andamiaje crítico que ha permitido a más de uno forjar una carrera no solo en la academia, sino también en las esferas vitales y frívolas que suceden en paralelo al ejercicio literario, pienso en encuentros, congresos, mesas redondas… En fin, de todo como en botica.
No es para menos, hasta el más inútil ha podido sacar provecho gracias a la VP.
Entonces, si quiero hacerme el original, el bacán, el papacito que marca la pauta sin haber leído más de 30 libros en mi vida, 25 de los cuales de no más de 150 páginas, aprovecho momentáneamente la coyuntura y arremeto contra la VP, cosa que de contrabando meto el registro por el que me he jugado las fichas, dotándole al mismo de novedad, y siendo más ambicioso, contraponiéndolo a la tradición de la VP.
Personalmente, me siento responsable de la aparición de estas rarezas literarias que como buenos hablan contra la VP. En su momento di un impulso ante algo que me gustaba, lo que nunca pensé fue el escabeche que se cocinaría después. Por cierto, a mí me encanta el escabeche, pero uno que esté bien preparado.
Es cierto: la narrativa peruana que aborda la violencia política viene atravesando una crisis. Realidad que ha puesto las pilas a los que viven de ella, persistiendo en la mentira. ¿Se imaginan lo que ocurriría si esta crisis se asienta? En verdad, este tópico jamás desaparecerá, pero desde hace varios años más de un narrador de la VP viene lucrando con el verso del tópico.
Pero si uno, como narrador del yo o de lo que sea, quiero imponerme al tópico dominante, lo primero que haría sería forjar una obra que por sí sola defienda mi postura, sin necesidad de hacer uso del relacionismo. Si el talento no me da para tanto, mejor guardo silencio. Por más bulla que haga, si no hay obra detrás, todo será una farsa. 
Eso es lo que está pasando, y lo bueno es que el show recién empieza.