domingo, octubre 30, 2016

"el librero"

Lo veía desde hace varios meses, pero aún no me animaba a leerlo. Cuando por fin me animé a recorrer sus páginas, una sensación se impuso al final de la travesía, una sensación bajo el ropaje de pregunta: ¿por qué no leí antes este libro? Es decir, en lugar de una novedad editorial, debí abordar esta publicación. Pero bueno, la idea es que las reseñas tampoco deben estar sujetas a la inmediatez de la salida de un libro. O para tenerlo más claro: las reseñas no deben parecerse a una carrera de caballos.
Me refiero a la novela El librero (Demipage, 2013) del francés Régis de Sá Moreira. Del autor no puedo decir mucho, y especulo que esta novela debe ser el primer título de su producción que se traduce al español. Más allá de este dato, nos encontramos con una novela que bien podríamos calificar de “deliciosa”, que bajo un lenguaje sencillo (aunque ello no la libra de muletillas tipo “y giró sobre sus talones”) y exento de innecesarios relieves narrativos, nos muestra a un innominado librero en su día a día, a quien, en líneas generales, le importa más leer y releer los libros que tiene en lugar de desesperarse por las ventas. Podríamos pensar que nos toparemos con una historia sin hilo argumentar, o una suerte de lectura simbólica de la visión romántica de la nobleza del oficio librero. Pues bien, ambas características se dan en estas páginas, pero no por ello se adolece de drama. A saber, la familia del librero, a la que este no ve en muchos años y con los que se comunica enviándoles sobres en los que coloca páginas arrancadas de libros, sumemos también su añoranza por las tres mujeres más importantes de su vida.
Hablamos de un hombre solitario que se justifica existencialmente en su comunión con los libros que lee y que recomienda a sus lectores que visitan su librería. De Sá Moreira, sabedor de las limitaciones que supone una narración que dependa del idealismo, en este caso del librero, humaniza a su personaje precisamente en la interacción de este con los lectores y no lectores que ingresan a su librería. En ese contacto, que va más de allá del interés por un título determinado, somos testigos del oído y mirada del autor. Su protagonista deja de ser el personaje romántico para convertirse en uno al que le resulta imposible no proyectar su quebrado estado emocional, que camufla con inteligencia libresca, humor e ironía, y, más de una vez, con “algo” de intolerancia hacia el interés común, para lo que tiene una respuesta, toda una declaración de principios, que vemos en más de una párrafo: “no vendo basura”.
Por otro lado, la lectura de la presente novela también me hizo pensar precisamente en esa especie en extinción que viene aquejando al mundo del libro, y no solo me refiero al contexto peruano, puesto que se trata de una suerte de tendencia que cada día adquiere fuerza, a manera de metáfora del triunfo de la ignorancia. Desde hace varias semanas, la discusión viene centrándose en la crisis de las librerías y editoriales independientes, en el poco apoyo del Estado en el fomento de la lectura, etc., pero esta discusión debería ampliarse al eje/lazo fundamental entre el libro y el lector: el librero. Obviamente, no pedimos que los libreros hispanoamericanos sean como el librero de esta novela (aunque la experiencia me ha permitido conocer a más de uno con estos rasgos), pero sí que empiecen a mostrar en la conducta y en el verbo esa cualidad pequeña, pero significativa, que diferencia a un librero de un vendedor de libros, cualidad que no es otra cosa que la lectura como nutriente del oficio. Eso tiene que ser un librero: un honesto lector formador de lectores.

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Publicado en El Virrey de Lima

550

Me levanté temprano y salí a correr. Mi idea era trotar hasta la Videna y de allí regresarme, bajo el mismo ritmo de trote. En esas estaba cuando en la Av. San Juan, límite de San Luis con La Victoria, alguien me llamaba. Era pues la voz de un pata, algo aguardientosa. Me detuve para saber quién me llamaba pero nada, ninguna de las personas a mi alrededor era dueña de esa voz, entonces, decidí seguir corriendo, pero me llamaban otra vez, ahora con más insistencia. Pulsé Pause a mi selección de canciones en Spotify y esta vez, en lugar de mirar a la calle, miré hacia las ventanas.
Efectivamente, me llamaban desde una ventana, de la ventana de un hostal de nombre Sagitario. El pata, con las legañas que delataban su noche algo inquieta, me seguía llamando y soltando algunas preguntas al vuelo tipo “¿qué ha sido de tu vida, loco?”. Bueno, lo de “Loco”, el chaplín con el que me conocían durante la adolescencia y parte de mi juventud poscolegio. Entonces, hice un filtro al vuelo en mi memoria, y luego de siete segundos en los que me hacía el huevón, supe que se trataba de “Chempén”. No era mi pata, pero a diferencia de mis otros patas con los que paraba más, este nunca ha estado “guardado”, y lo sé gracias a los entonces tíos del barrio y (más tíos ahora) que hoy en día matan el aburrimiento haciendo taxi.
“Chempén” me hace una seña con la mano y le espero.
Sale del hostal con un buzo y un polo, ni siquiera se ha lavado la cara. Las legañas amarilloverdes delatan su apuro. “Chempén” me dice que ese es su hostal y que este fin de semana lo está atendiendo porque los patas que suelen estar han viajado al interior a visitar a sus familias. En realidad, no le pregunto nada, pero “Chempén” es un reguero de respuestas que no dependen de mi curiosidad. Días atrás, y no sé en qué libro o artículo, leí que las personas que emiten disculpas y explicaciones sin verse confrontadas, lo hacen impelidas por una suerte de justificación ante los demás, como si fuesen víctimas de un señalamiento. En realidad, me bastaba ver (al vuelo) el rostro de este pata de tardes peloteras para saber que algo de suerte ha tenido en la vida, el hecho mismo de que no haya estado “guardado” es de por sí un milagro.
Hablamos de todo y de nada. Yo tenía que seguir mi camino hacia la Videna. Pero le dije que cuando pueda se dé una vuelta por el barrio, a ver si nos topamos con las otras puntas. “Chempén” asiente y me dijo que me pasará la voz cuando vaya por el barrio. Me pregunta por mi número de cel, pero no se lo doy, no es necesario, “ya que trabajo en casa y soy fácil de ubicar”.
No sé qué vida haya llevado en estos años, tampoco me interesa saber de dónde ha obtenido el dinero para ser dueño de un hostal con ese nombre que me causa gracia, pero lo que sí es evidente es que, al igual que en las lejanas tardes peloteras, sigue en pie su declarada guerra contra el jabón. 
Un apretón de manos y seguí trotando hacia la Videna.

sábado, octubre 29, 2016

549

Me instalé en mi lugar estratégico de la Hemeroteca en la BNP. Desde allí podía ver todos los movimientos, además, la puerta de entrada estaba cerca, cosa que me permitía una salida rápida ante la primera vibración del celular.
Desde hacía varios días pensaba revisar todos los ejemplares que pudiera de la revista Hablemos de cine, pero antes de ello, me puse en onda con las ediciones de Monos y Monadas. Tenía conmigo un cuaderno espiralado de hojas blancas, en el que anotaba algo de info que iba a encontrando, pero no pude contener la risa al ver una portada de MM, en la que aparecía la caricatura del ex presidente Morales Bermudez. Pues bien, lo que no me esperaba era que esa portada sería la primera de una serie de portadas sobre MB, cada una más risible que la anterior. Revisé la revista con la idea de hacerlo a lo mucho veinte minutos, pero no, ya sé a lo que me expongo cuando soy presa de una curiosidad caprichosa, puesto que pasé más de una hora, conteniendo la risa, ahora con mayor razón, debido a que no era el único en la sala como sí otros días.
Minutos después, mientras leía (y releía) los ejemplares de Hablemos de cine, encontré una reseña lapidaria de Juan Bullita a Ganarás el pan (1965) de Armando Robles Godoy. Bullita, también personaje entrañable en Sueños bárbaros de Nuñez Carvallo, no tuvo piedad de esta primera película de RG. Poco más de tres páginas en las que destroza esta ópera prima, pero no me topé con el destrozo del sabihondo, sino ante lo que podríamos también llamar un “destrozo iluminador”, escanciado de humor e ironía, muy en onda con las reseñas de cine que hacía Andrés Caicedo, de quien Bullita fue muy amigo, por cierto. 
Después de horas de lectura y apuntes, chequeé mi celular. En uno de los mails se me consultó si podía participar para fines de noviembre en un conversatorio sobre Bob Dylan en la Casa de la Literatura. No se trata de un conversatorio organizado por la misma Caslit, sino por el centro de estudiantes de Literatura de una universidad local, cosa que me halaga y me compromete de manera especial, porque ellos hacen este tipo de eventos por el solo gusto de hacerlos, y por ese solo gusto trataré de estar a la altura, es decir, me voy a preparar sobre Dylan, leyendo toda la bibliografía que ha inspirado. Obviamente, nunca leeré toda la bibliografía que aborda la figura y obra de este artista, pero en esa imposibilidad descansa el secreto, ese gusto. Hasta las imposibilidades hay que hacerlas bien.

viernes, octubre 28, 2016

548

Hace unos días, mientras conversaba con un amigo sobre algunos posts sonados del blog, me dijo que el texto que pienso escribir, si bien iba a ser del todo justo, pero que este no iba a tener las suficientes adhesiones como sí los que de alguna manera forjaron tendencia en las últimas semanas. Obviamente, este amigo lo dijo en toda buena onda, y pensando en frío lo que me decía, pues tenía razón.
Si algo ha demostrado de lo que es capaz el escritor promedio peruano, o llamado intelectual, es su gran capacidad para la indignación y crítica selectivas. Me costó aceptar lo que mi amigo indicaba, y no por ingenuidad de mi parte, porque si algo he aprendido en estos años es que cada creador e intelectual de este país sí tiene un precio y que no duda en honrar ese precio por medio de una práctica común en la comunidad intelectual local: el lustrabotismo silente.
Con mi amigo nos reunimos regularmente en un café de San Borja y hablamos prácticamente de todo. Claro, son inevitables los puntos de desencuentro, pero más allá de eso, siempre he sacado ideas que desarrollo en su medida en varios artículos que escribo. Del tema que próximamente pienso escribir no fue idea suya, pero sí me interesaba saber su opinión al respecto. Lo que señaló sobre la poca popularidad que vaya a tener el post, de la poca adhesión de los escritores e intelectuales hacia el mismo, era pues una realidad por demás cantada. Me lo dijo no con la idea de que dejara el post en el terreno de las meras ideas, sino para que lo haga sabiendo que su mayor fuerza yacerá en la argumentación del mismo. Además, tanto él como yo somos creyentes de ciertas causas que debemos cuidar sin importar si son o no populares.
Cuando iba a explicarle la estructura de mi artículo, mi pata me interrumpió para preguntarme si “Cachetada nocturna” existía o era solo un invento mío. Le dije que sí, que “Cachetada” existe y que viene haciendo escándalo a razón del Nobel de Literatura que se le otorgó a un “huevonazo como Bob Dylan”, cuando debió concederse ese premio a “un autor inmensamente más talentoso” como (así es, ¿lo imaginan, no?) él. 
Mi pata no creyó lo que le contaba de “Cachetada”, pero al final la realidad de ciertos personajes es mucho más fuerte que los caprichos de la imaginación.

miércoles, octubre 26, 2016

aislados

Uno de los documentales que más ha llamado mi atención en los últimos meses: The Wolfpack (2015) de la directora norteamericana Crystal Moselle.
Estamos ante la primera película de la directora, conocida en el circuito independiente estadounidense por sus documentales que exploran las peculiaridades y obsesiones de gente que, de algún modo, anda desconectada de la realidad. Lo suyo es simple: con cámara en mano, se adentraba en las calles a la caza de lo que ella suele llamar “La sensibilidad insólita”. A la par de su labor cinematográfica, ha venido construyendo un lugar en el espectro del activismo político.
Su frecuente recorrido por las calles la llevó al detalle, a ese encuentro que se convertiría en su primer documental de larga duración. En el 2010, mientras caminaba sin rumbo por los barrios aledaños de New York, se topó con una situación por demás llamativa, que a los ojos de los demás transeúntes bien pudo significar la puesta en escena de un Reality de bajo presupuesto. Aunque para Moselle no…
 Ella se encontró ante una representación real de la vida. Se acercó a los seis jóvenes, que por su aspecto y vestimenta, no pasaban desapercibidos para nadie. Tenían el cabello largo y algunos exhibían las uñas pintadas. Eran los hermanos Angulo (Mukunda, Narayana, Govinda, Bhagavan, Krisna y Jagadesh). Quiso seguirlos y filmarlos, pero cambió de idea y se animó a conversar con ellos. Al final, esa fue la mejor opción que Mosele pudo tomar. Los hermanos Angulo quedaron prendidos del atractivo de Moselle y no titubearon en transmitirle su admiración por ello. Esa tarde comenzaron a caminar, yendo hacia todos lados. Moselle se sintió parte de los Angulo, como los Angulo de ella. Razón no les faltaba. Estaban unidos por una pasión excluyente en sus vidas: el cine.
Moselle sabía que tenía un material único en manos y se abocó a la estructura de lo que cuatro años después sería el documental que motiva estas líneas. No fue fácil para la directora ingresar a la vida de esta familia, había que contar y relatar la historia de la inserción de los hermanos Angulo a la vida civil, o, mejor dicho, de cómo ellos tuvieron que rebelarse contra el cuidado tiránico de su padre Óscar Angulo.
Óscar Angulo, cusqueño que trabajaba como guía turístico en Machu Picchu, conoció en 1989 a Susanne, joven norteamericana que se había propuesto recorrer Latinoamérica, ávida de nuevos conocimientos y aventuras límite. El peruano y la gringa se enamoraron y no pasó mucho para que decidieran formar una familia. Viajaron a New York, suerte de pascana hacia el objetivo de la pareja, Escandinavia. El plan era pasar un año en New York, pero la falta de dinero y las inevitables trabas burocráticas de inmigración, les impidió cumplir lo que habían planificado. Luego de un año de tratativas y demoras, Angulo, sospechando que el plan de viaje a Escandinavia demoraría más de lo que pensaba, decidió criar a sus hijos lejos de los peligros y la alienación del mundo occidental. Lo que quería para su familia era vivir en un contacto real con la naturaleza, por ello, no tuvo mejor idea que criar a sus hijos en un departamento de asistencia social, impidiéndoles todo contacto con el mundo exterior. Por su parte, Susanne se encargaría de la educación escolar en casa de sus hijos, recibiendo por ello un pago del estado.
Moselle ingresa al hogar de los Angulo y nos resulta evidente la desconexión de estos con la realidad, pero hablamos de una desconexión ontológica, porque pese a haber pasado parte de una vida (la emocionalmente formativa), estos han tenido un acceso a la misma por medio de las películas, programas de televisión y noticieros. Debido a esta decisión del padre de la familia, los hermanos Angulo solo podían asumir el mundo, o integrarse a él, por medio de la puesta en escena de las películas que veían (no es gratuito que en la portada promocional del documental, los hermanos aparezcan vestidos como los personajes de Reservoir Dogs).
Al respecto, no hay mucho por discutir, la decisión de Óscar Angulo para con sus hijos fue, por decir lo menos, despreciable, y Moselle se encarga de que aparezca tal cual cuando a este le toca intervenir en la película. Sin duda, esta película es la factura que Angulo debe pagar por haberle quitado años esenciales a sus hijos. Pensemos en dos secuencias: cuando los hermanos conocen la playa y cuando relatan los minutos que vivieron cuando un escuadrón antiterrorista ingresa a su departamento a la búsqueda de armas de fuego.
Por otra parte, y pensando más allá de este buen documental, haríamos bien en reflexionar y discutir sobre las historias reales que merecen y esperan ser contadas. Bien The Wolfpack podría ser un documental, y lo es a causa de su taxonomía genérica, pero sin esta tranquilamente podría pasar como una película de ficción, quizá una bajo la estructura del documental, del mismo modo un híbrido, tendencia y recurso muy presente en los proyectos creativos actuales. Moselle, aparte de dirigir este documental que recomendamos, tuvo la sensibilidad suficiente para ver una historia, o intuir que había una en ella, cuando vio a los hermanos Angulo caminar por la calle.
Basta ver el presente trabajo para darnos cuenta de que no hubo mucho dinero en su hechura, lo que nos permite abrigar esperanzas de lo que podría hacerse al respecto en contextos (como el peruano, sin ir más lejos) en los que se sufre más de la cuenta por conseguir dinero y así dar vida a proyectos que no solo se solacen en cortometrajes. Historias como esta, sobre los hermanos Angulo, las tenemos en Perú. A saber, basta con recorrer las ciudades del interior del país y toparnos con personas que se han liberado de encierros, ya sea a cuenta de regímenes de dictadura familiar, como el que acabamos de consignar, o en lo que últimamente viene ocurriendo con las tratas de personas. Si un mensaje nos deja Moselle en esta película es que las historias están en la calle y que sus protagonistas quieren contar sus historias. Para que estas historias se plasmen en registro, no hace falta mucho dinero, solo ingenio y compromiso, es decir, ver con atención el ejemplo Moselle.

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martes, octubre 25, 2016

547

Me despierto temprano y busco un Playlist de Grand Funk Railroad, aunque DK me ha pasado uno de Kevin Ayers, y de Ayers no escucho nada en buen tiempo, pero sí hubo una temporada que recuerdo mucho, cuando lo escuchaba con José Carlos, mientras caminábamos por San Borja, hablando de todo mientras fumábamos marihuana. Nuestras conversas entonces venían pautadas por las letras de Ayers. Caminábamos mucho, siempre de mañana. Hablo pues de una época en que ambos trabajábamos desde casa, antes de que las inevitables responsabilidades se hicieran presentes. Esas caminatas vienen a mi memoria por el Playlist que me envía DK.
Luego, me preparo el desayuno, algo simple, un par de manzanas y café. Ahora sí, comer sano, y olvidar en algo el sabor de la rica salchipapa que comí el domingo en San Miguel, la que por momentos se me antojó como un placer interminable. Entonces, prendo la Laptop y abro el archivo sobre la migración que vengo escribiendo, el cual acabaré en media hora. Este texto me ha traído muchos dolores de cabeza, una pesadez emocional que coqueteaba con el más aplastante aburrimiento. Este texto lo acepté por el tema de la migración, del que puedo decir varias cosas, es decir, puedes presupuestar el tiempo de su escritura, pero poco puedes hacer cuando te invade un contexto distinto al que estás acostumbrado, contexto que debes enfrentar del saque, no dejar que madure. 
El ensayo sobre la migración lo acabo más rápido de lo que pensaba. Entonces, me aboco a los detalles de la presentación de la tercera edición del poemario más conocido de Carlos Germán Belli en Sur. Ojalá más poetas locales fueran como él, mientras más grandes, más sencillez. Pero bueno, sé que es difícil pedir sencillez de grande a los que no pasan del estado cucaracha.

lunes, octubre 24, 2016

"marienbad eléctrico"

En una primera impresión, podría sonar exagerado, pero si pensamos en calma, llegaríamos a una conclusión por demás iluminadora: en la poética de Enrique Vila-Matas yace el camino, seguramente el paradigma, o en todo una caso una vía de asimilación de aprendizaje, de la narrativa escrita en español, para su presente/futuro del presente siglo.
Nos referimos a una poética que ha ido ganando legitimidad, que se ha mantenido fiel a sus postulados desde los inicios de su construcción. No es poca cosa, si es que tenemos en cuenta que no pocas voces forjan trayectoria de acuerdo a cómo se mueven los vientos de las modas y tendencias literarias, de las que la industria sabe sacar provecho en relación al tiempo-espacio histórico en que suceden.
La obra del autor catalán ha sabido distanciarse de esta especie de tentación, adentrándose en los recovecos que depara la búsqueda del estilo conducido y alimentado por el humor, marca de agua que podemos ver en absolutamente todos sus títulos, y no solo me refiero a los de ficción, sino también a los que conforman su obra ensayística, que haríamos bien en prestar mucho más atención porque sin en esta nos resultaría muy difícil apreciar en su justa magnitud aquello que proyecta su poética.
Entre sus no pocos títulos, tenemos un par de satélites que nos ayudan a enfrentar la actualidad de la escritura de Vila-Matas. Uno sobre la apertura en la experiencia de la escritura, Dietario voluble (2008), y otro de corte político, Perder teorías (2010). Hablamos de libros que transitan entre la no ficción y el ensayo, pero que a la vez pasan revista a los troncos de la tradición literaria, no necesariamente ligada a la escrita en español, y que ante todo plasman una postura hacia la escritura y hacia la actitud creativa que descansa en la poesía del espíritu cuestionador. La suma de estas inquietudes la pudimos apreciar en la novela Kassel no invita a la lógica (2014) y ahora, en la entrega que nos reúne, en el extraño e iluminador Marienbad eléctrico (Caja Negra, 2016).
Libro extraño, porque perderíamos el tiempo intentando descubrir la esencia de su registro, que tiene mucho del diario de escritor, el ensayo y cuya estructura es hija de la novela. He aquí la extrañeza como genuina virtud narrativa que se impone como tal, siendo esta la vía idónea por la que canaliza sus conversaciones con la artista francesa Dominique Gonzalez-Foerster, con la que comparte una recíproca inquietud: el desarrollo de sus procesos creativos, que por ser distintos en sus medios, comparten más de un punto común, como el afán de transgresión.
Nos enfrentamos a una transgresión compartida. En lo personal, no conozco la obra de la artista francesa, pero a medida que avanzamos en la lectura, entendemos que esta dialoga con la del autor en dirección a una apuesta por la imaginación, hacia un frente amplio de posibilidades expresivas; sin embargo, este diálogo no descansa en la nada, sino en aquello que conocemos como tradición, en lo que puede hacerse por medio del conocimiento de esta en pos de lo “nuevo”. Vila-Matas parte de los gestos, los conceptos, la poética visual de DGF y así forja un discurso no sobre el proceso de su escritura, sino sobre las moléculas de la complejidad del acto creativo y de la ética que encierra, la ética creativa que diferencia a los “fabricantes” de los artistas. En esta no enunciada ética creativa, se nos presenta un recorrido fascinante por las influencias que han alimentado la obra del autor, que erróneamente muchos han calificado como nueva, cuando lo cierto es que nueva no es, sino más bien innovadora en lo que ya se ha escrito, mostrando matices distintos en esos senderos ya construidos, matices que, como indicamos líneas atrás, ya son parte del sello Vila-Matas.
Pese a su brevedad (quizá ese sea el único reparo, con cincuenta páginas más la reveladora sobredosis era asegurada), ME, en una lectura simbólica, se lee como el manifiesto ético de un autor que ha hecho obra pautada por la coherencia, obra que ha crecido desde el margen hasta ubicarse en la actualidad como lo más honesto en la literatura en castellano, pero no solo hablamos de una honestidad creativa en cuanto a sus propios circuitos, sino que en ME accedemos un magisterio creativo que haríamos bien en seguir como actitud, no importa si las poéticas de los interesados sintonicen o no con el autor.

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domingo, octubre 23, 2016


sábado, octubre 22, 2016

546

Hay canciones que retumban en mi mente. Cuando me pego con un tema lo agoto hasta el hartazgo. Muchas veces aparecen, o reaparecen de la escondida memoria emocional, de la nada, por medio de la escena de una película, la mayoría de las veces.
Días atrás me referí a Reality Bites, de Stiller, como una película cargada de nostalgia noventera, pero me olvidé indicar que buena parte de esa nostalgia venía a cuenta de su banda sonora, que, sin duda, reforzaba la atmósfera de esos años. Pienso en la escena donde Winona Ryder y Janeane Garofalo cantan una canción de Squeeze, “Tempted”, que de hecho es lo único que se recordará de esta banda británica, mientras se movilizan en auto,  despejando la mente de sus empleos kafkianos. La escena no dura mucho, en realidad no más de 30 segundos, hasta que aparece Stiller conduciendo un convertible y escuchando una canción ruidosa a la vez que habla por un teléfono móvil de entonces.
Se me quedó en la mente la canción y me puse a buscar la banda sonora de la película, seleccionando mis preferidas para escucharlas una y otra vez, luego aplico otra selección, suerte de criba hasta quedarme con dos o una. No es la primera vez que lo hago, pero esta selección solo me dejó, como se podrá intuir, “Tempted”, a lo mejor ya venía predispuesto a escucharla hasta el agotamiento, obnubilado aún por esa escena en apariencia inane pero también llena de libertad, esa libertad que me hizo recordar no pocas actitudes mías antes de mis veinte, en la que me sentía libre mandando a la mierda todo aquello que no me gustaba hacer, quizá esa sea la razón que me ha llevado a tener una imagen de conflictivo, pero un conflictivo en buena onda, esencialmente. 
Cerca de las once de la mañana me desnudo para el duchazo. Pero antes me sirvo café, pero ese solo acto de servirme café, aparte de la adicción que me genera, es también un distractor contra las ansias que tengo por lo dulce, y eso que siempre he sido, y seré, una persona de gustos salados, pero desde hace un par de días me siento un devorador del arroz con leche, del combinado, gustos dulces que aparecen de la nada, como un acto de magia, quizá por medio de una imagen, un video, pero allí está el arroz con leche, el combinado…

viernes, octubre 21, 2016

"bitácora del último de los veleros"

De los narradores peruanos aparecidos en el presente siglo, bien podemos decir que tenemos para todos los gustos y colores. A la fecha tenemos nombres y títulos que a fuerza de propuestas, y como también al galope de campañas “autobombísticas”, nos permiten tener una idea hacia dónde va la narrativa peruana última, de la que se ha venido escribiendo con cierta regularidad. Sin embargo, en lo que se ha escrito de ella es posible detectar una mirada sesgada, porque la mayoría de las veces que nos referimos a la narrativa peruana última, nos abocamos a los narradores limeños.
Por otra parte, sobre la falta de atención hacia la narrativa de provincia, se viene construyendo un discurso por demás hipócrita y demagógico, discurso que nos señala a sus protagonistas como si fueran la reserva moral literaria contra un circuito literario feliz en su involuntaria ley centralista. Lo cierto es que muy buenos, buenos, regulares, malos y mediocres narradores los hay tanto en Lima como en provincias y es tarea de quienes cartografían este espectro narrativo estar atentos a la sensibilidad creativa que se viene gestando, sin importar de dónde provengan sus autores.
De los pocos narradores de provincia que han ido construyendo una obra, en silencio y sin prácticas lustrabotistas, pienso en Luis Fernando Cueto y Orlando Mazeyra. Nos ceñimos a la construcción de una legitimidad que ha partido de sus circuitos de origen, en los que resulta muy difícil sacar adelante una obra que se manifieste en una lectoría signada por la fidelidad, o llámale admiración/reconocimiento.
El libro que nos convoca en esta ocasión pertenece al arequipeño Orlando Mazeyra, quien con Bitácora del último de los veleros (Aletheya, 2016) debe ser ya considerado como una de las voces con mayor proyección de la narrativa peruana actual. Y digámoslo de una vez: el tránsito de Mazeyra a esta realidad no ha sido nada fácil, hasta podemos asegurar que ha conseguido su valía literaria sin deberle nada a nadie. Pues bien, si alguna deuda tuvo, esta fue consigo mismo, porque supo salir airoso de la prueba que le significó su poco logrado primer título, el cuentario Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007). Pero Mazeyra aprovechó lo que debía aprovechar de aquel y desterró para siempre lo que era evidente deshechar. Dentro de las falencias de esa primera entrega, era posible detectar un nervio narrativo cargado de furia, furia que supo elevar en sus también cuentarios La prosperidad reclusa (2009) y Mi familia y otras miserias (2013), que recibieron justos saludos de la crítica.
Ahora Mazeyra irrumpe con un libro que puede ser leído como un cuentario o una novela episódica. En lo personal, prefiero leer BUV en su segunda vía de lectura. Mazeyra no se guarda nada, estamos ante un narrador que funde en estas páginas los tópicos y las obsesiones que recorrió en sus entregas precedentes, pero ahora llevados al límite, en un coqueteo cuasi salvaje entre la ficción y la realidad, por medio de un discurso que encapsula la experiencia literaria y la vital, la actitud del artista adolescente y su crudo presente que lo obliga a madurar. El autor se vale de un narrador protagonista que no le huye a la exposición, pero hablamos de una exposición contraria a las virtudes personales, puesto que por medio de su visión alucinada y gris de su vida, puede hallar la redención personal ante un mundo que simplemente no lo quiere. En este sendero a la autosalvación el narrador protagonista no duda en brindarnos circunstancias nada amigables sobre su familia, menos aún de las personas que lo rodean y que quieren ayudarlo, ni mucho menos sobre las mujeres que ama. En esta galería de miserias emocionales, partiendo por quien las enuncia, encontramos un punto de quiebre con la ficción “yoísta” que también percibimos en algunos títulos de la ficción narrativa peruana de los últimos años, diferenciándose de esta gracias a una voz que se nutre de una oscura tradición poética, que solventa también la actitud del narrador hacia su entorno inmediato y por la que forja más de una declaración de principios que lo salvan de sí mismo, del hastío y, en especial, del suicidio.
Más allá de algunas reincidencias temáticas, peligros que, por lo general, nos presentan las novelas episódicas, Mazeyra nos entrega un libro por demás violento en su oscuridad emocional y que debemos celebrar como una saludable luz literaria en la narrativa peruana última.

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Publicado en El Virrey de Lima

jueves, octubre 20, 2016

545

Me despierto, no sé a qué hora de la mañana, solo sé que me despierto. Estiro el brazo y la cajetilla está vacía. Entonces respiro hondo y me conecto a Spotify, en donde busco algo con el suficiente nervio musical que me permita afrontar esta mañana sin hora. No hay que pensarlo mucho, llevo días con la necesidad de volver a The Fall.
La decisión no pudo ser mejor. La música de The Fall es necesaria para esta clase de desahuevamientos mañaneros. Me pongo en onda, con la ayuda de un jugo de frutas y un café cargado. Un texto sobre la migración es lo que me espera en las próximas horas, más o menos sé cómo acabarlo, y pienso contactarme con el autor del libro en el que se basa este texto sobre la migración.
Busco su número en la memoria del celular su número. El pata, un escritor que no duda en hacerle ascos a los afeites amanerados de más de un escriba local, me responde con voz aguardientosa. Me dice que está en la chamba, de boleto, puesto que el día de ayer se mandó una bombaza en el cóctel del Hay Festival.
Al respecto, días atrás recibí una invitación para asistir a este cóctel, pero no confirmé mi asistencia, no porque no me interesara, sino porque llevo tiempo evitando este tipo de saraos en los que te topas con seres inimaginables que te hablan de lo mismo, de sus pequeños logros sobredimensionados, en pleno uso de sus facultades histriónicas que tienen que manifestarse en su máxima expresión, es decir, quedar bien con todo el mundo.
Mi pata no podía ser ajeno a su voz aguardientosa, y en lo que pude, pude entender a lo que se refería cuando me hablaba de migración, o sea, necesitaba su versión para el texto, que como tal no era una reseña, sino una suerte de crónica impresionista sobre su novela a la que le sobra exceso vital y que de a pocos viene construyendo lectoría. 
Después me puse a revisar algunos artículos en la web, como ese que me pasó Jeremy, en donde Vargas Llosa cuestiona el Nobel a Dylan, pero que no me hizo reír, aunque sí reí con el otro que me pasó, de Sánchez Dragó. Puta que ese tío es un caso.

miércoles, octubre 19, 2016

544

Nostalgia noventera… Nostalgia noventera es lo que sentí cuando me puse al día con una película que vi gracias a la recomendación de Pamela. Una película que por esas cosas inexplicables de la vida se me había escapado, pero como nunca es tarde, me puse al día con Reality Bites (1994) de Ben Stiller.
La película está muy lejos de ser una obra maestra, pero ha sobrevivido en lo esencial, a cuenta de la sensibilidad de los que vivimos nuestra primera juventud en los años que aparentemente el mundo atravesaba una etapa de recambio, sumiendo a sus jóvenes de entonces, sin importar el contexto del que formaban parte, en una suerte de nihilismo drogo, bajo la idea de que se tenía que avanzar cuando necesariamente no se sabía hacia dónde uno se pudiera dirigir. La idea era progresar, ser alguien, o, al menos, estar encaminado hacia “algo”. Muchos abrigaron destinos prácticos en el mediano plazo, como mucho, otros en cambio se abocaron a buscar sus vidas sin ese mandato del sistema mundial, otros que se dieron su tiempo para ubicarse primeramente ellos mismos.
La película va sobre este segundo grupo, los personajes de Stiller no son más que metáforas de las distintas sensibilidades que van a su propio encuentro, aunque ese encuentro no está enlazado con un sendero idílico, por el contrario, se alimenta de la épica emocional, en un enfrentamiento por no dejarse tragar por la realidad.
Mientras miraba la película, acabando puchos al hilo, y dando cuenta de una botella de vino, secándola del pico, me fue imposible no experimentar una revelación, que bien podría ser un escudo contra las críticas (gratuitas) de la chibolada de la nueva generación, que critican la pasividad de aquellos que frisan la mitad de la base tres y que transitan hacia la cuatro, una crítica burlona que yace en los excesos vitales que signan a la chibolada de hoy, cuando lo cierto es que esa generación hizo mucho más que esta, pensemos pues en la construcción de una memoria colectiva que ya quisiera tener esta chibolada, que viéndola en frío es, sin duda, la más vergonzosa de la historia (si es que nos referimos a la peruana). 
En esa aparente pasividad noventera hubo un idealismo, seguramente con su inevitable cuota de autodestrucción, y, ante todo, parte de esa generación sí se atrevió a enfrentar una circunstancia y esa lucha es lo que refleja Reality Bites.


martes, octubre 18, 2016

543

Día de sol y no hay nada mejor que en un día de sol que escuchar a The Clash.
Me despierto temprano y me pongo a releer el libro de un amigo español que, en verdad, era lo que venía necesitando en estas últimas semanas de lecturas; en su brevedad el libro muestra una epifanía que cumple involuntariamente un noble propósito: creer en las posibilidades de la escritura como tal, sin los cotos de las formas ni las leyes narratológicas.
Claro, de lejos, y bajo la mirada del prejuicio ignorante, se podría pensar que esta propuesta es hija del más absoluto de los entusiasmos, del ocio creativo sin esfuerzo. Para nada. Una propuesta como la del libro, que para ser llevada a buen puerto, requiere de un conocimiento de la tradición que se pretender quebrar. No hay otro camino, esa es la vía cuando se aspira a hacer algo nuevo, aunque lo cierto es que no hay nada nuevo que hacer en cuestiones literarias, solo revisiones de lo que ya se escribió, pero que en esas revisiones, las que se hacen con afán de experimentación seria, lo que debería importar es la forma.
Mi amigo lo consigue, y no lo consigue por ser mi amigo.
Cierro el libro y me sirvo un jugo de naranja. Pienso en si vale la pena o no desayunar, porque solo me separa una hora y media de la hora de almuerzo. Escojo entonces lo más sano, comer algo de fruta, dos melocotones y un plátano.
La limpieza en el estómago no demora en surtir efecto. Me siento el hombre más saludable de la tierra. Ya no siento la pesadez física y emocional que sí ayer. Por ejemplo, anoche, luego de enterarme de lo que la gente es capaz de hacer por dinero, de cómo pierden las perspectivas de la lealtad por unos centavos más, caminé más de la cuenta por las calles del centro, preguntándome por qué no me he emputecido como otros sí, o sea, si es integridad, o inevitable acojudamiento de mi parte, lo que me lleva a alterados estados emocionales de los que sí me debo cuidar porque suelo dejar más de muerto por mi paso. 
Caminé y caminé, hasta que me cansé y paré un taxi. El taxista, un patita de mi edad, pero matado por el trajín del trabajo, era feliz escuchando un hit noventero, un hit que me devolvió a las juergas que nos mandábamos en el Parque Castilla de Lince. “Unbelievable” de EMF. Había que ser parte de esa felicidad, pues.

lunes, octubre 17, 2016

"orgullosamente solos"

Lo primero que debemos hacer al terminar la lectura de Orgullosamente solos (Random House, 2016) del ex poeta, ensayista y crítico José Carlos Yrigoyen, es no perdernos en la bastardía de su registro genérico, sino enfrentarnos al texto en la transmisión de lo que este nos puede ofrecer como experiencia literaria.
Estamos ante la segunda entrega del proyecto narrativo en curso que el autor ha titulado Trilogía de la vida. Si en la primera entrega, Pequeña novela con cenizas (2015), nos encontramos con la voz quebrada y, posteriormente, liberada, de un narrador que nos relataba las desventuras vividas por culpa de su padre desalmado, contraponiendo su narración testimonial al asombro que le generaban la filmografía y actitud del italiano Pier Paolo Pasolini, en esta segunda, Yrigoyen se centra en el asombro que le produce el pasado familiar, aquel ligado a su abuelo materno, el desaparecido periodista y político Carlos Miró Quesada Laos.
Para los entendidos de la historia política peruana, Miró Quesada Laos ha quedado en sus anales como uno de los más férreos promotores del fascismo. Admirador de Mussolini y fanático de Hitler, por un lado; y por otro, enemigo declarado del fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre. Hablamos de un hombre que caracterizó su vida política y social entre las espumas de la polémica. A esto, sumemos que MQL tuvo una doble vida familiar, la oficial, y la oculta, de la que proviene el autor.
Nos enfrentamos a un personaje ideal para cualquier proyecto de ficción, por el que se podría aspirar a un fresco de la historia política peruana de la primera mitad del Siglo XX. Pero antes de continuar, una necesaria digresión: el hecho que un personaje como MQL (y muchos de nuestra historia política) haya permanecido ninguneado en la novelística peruana nos brinda una realidad muy pobre de nuestra tradición en cuanto a novelas históricas con voluntad de crónica generacional. Veamos un detalle: cada página de Orgullosamente solos, en la mirada de un novelista de oficio, significaría veinte páginas de conspiraciones y entretelones que tendrían al diario más poderoso de Perú y al líder del partido político más tradicional en un brutal enfrentamiento en el que no faltaría la sangre, un enfrentamiento bajo un contexto bélico internacional, del que seríamos testigos de un discurso imperial que alimentaría a uno de los representantes de las facciones en pugna.
Por esta razón, Yrigoyen hace bien en alejarse de la ficción para abordar el tema de su abuelo desde la sorpresa y la obsesión, canalizando el proyecto en una decidida confianza de sus virtudes literarias (y tengámoslo en cuenta desde ya: la virtud literaria es también reconocer aquello de lo que como escritor no puedes escribir), enfrentándose a la figura de MQL por medio de la memoria familiar y la indagación personal.
El autor apela a la memoria y la reflexión, con las que pauta esta narración de no ficción, reconociendo en su proceso los rasgos y gestos de aquel hombre que, como ya señalamos, detestó al APRA, ese hombre que conoció a Mussolini y que cenó con los jerarcas de la carnicería nazi, ese mismo hombre del que nos hablan la abuela y la madre del autor. A la par, se hace uso de un discurso interpretativo sobre el sendero político de MQL, un discurso que fluye y que es deudor de la ya conocida veta crítica y ensayística de Yrigoyen, pero que en contados párrafos entorpecen el curso de la lectura, pienso específicamente en los que pasan revista a las gestas electorales en las que participó MQL.
Este proyecto no requería de la ficción y en esta opción somos testigos del humor, rabia, cuestionamiento y ternura que brotan de estas páginas que cumplen su cometido: el lector se identifica y asombra con ellas (a saber: ¿podremos olvidar a Beatriz Eguren?). Pero estas páginas nos brindan otra certeza, esta en cuanto a lo que Yrigoyen ofrece como escritor: escribió de su abuelo llevado por una suerte de mandato anímico e intelectual, y también acicateado por un reconocimiento de su identidad, pero también pudo escribir de cualquier persona, bajo el principio de que todas las personas tienen historias reales que merecen ser contadas.
No me hago problemas en lo siguiente: Orgullosamente solos es un libro consagratorio para su autor, que lo ubica como una voz imprescindible en el imaginario literario peruano actual. Además, es junto a Bombardero de Czar Gutiérrez, lo más “innovador” que le ha podido ocurrir a la narrativa peruana en lo que va del nuevo siglo. Hablamos de proyectos narrativos totalmente distintos, pero rubricados por una epifanía a cuenta de sus internos diálogos estructurales (el primero, una ambiciosa revisión de estructuradas y registros ya explorados, y seamos honestos, un artefacto literario como este no volverá a repetirse; y el libro que nos convoca, una revisión de estructuras de ficción (igual, ya exploradas) puestas al servicio de una verdad emocional, cuyos ecos, a futuro, ubicarán al libro como uno magisterial). Y centrándonos en nuestro peculiar contexto literario, Orgullosamente solos pone punto final a las discusiones abiertas y silentes sobre los caminos que debería seguir la narrativa peruana en relación al pasado inmediato de su tradición. Estamos ante un libro que es pasado, presente y futuro en la aparente sencillez de su brevedad. Sea el registro en que se escriba, en ficción o no ficción, lo que importa es la verdad literaria y este libro de Yrigoyen la exhibe.

… 

Publicado en Revista Lecturas

domingo, octubre 16, 2016

copiar y pegar

Lo percibo desde hace un tiempo y no me hacía problemas al respecto. Pero en vista de lo que ha venido pasando en las últimas semanas, me es necesario hacer algunas aclaraciones sobre los contenidos que el lector puede ver en este blog.
Percibía que mis textos eran copiados y pegados en otras webs y blogs, con mayor razón si los textos tienen tonos polémicos. Varios webmasters me escribían pidiéndome permiso para reproducir los textos del blog, a lo que no me hacía problema alguno, siempre y cuando se indicara que el texto se había extraído de este blog. Otros ni siquiera escriben y se lanzan a reproducir los textos, como si yo fuera un colaborador más.
Como valoro mucho mi tiempo, las cosas son sencillas. Es así: cuando un texto mío (reseña, artículo, ensayo) es publicado primero en otro medio, lo reproduzco en este blog indicando al final el medio en donde salió publicado. Los posts que no indican su procedencia pertenecen íntegramente a este blog. 
En este sentido, poco o nada puedo hacer sobre la manera cómo se reproducen mis textos, o sea, no soy responsable de las imágenes que usen, ni de los títulos que pongan, hasta allí tengo correa, en lo que sí no, y mandaría la moto si en casi fuera así, en una suicida alteración del texto, porque eso es lo que haría quien altere un texto mío sin consulta previa, un suicidio.


sábado, octubre 15, 2016

542

Me disponía a descansar, cuando encuentro, por gracia de la casualidad, Network (1976) de Sidney Lumet. La película, en su comercialización en español, recibió el título de Poder que mata. Sin duda, uno de sus mejores títulos, que para ser sincero, no recordaba bien. Así es que me acomodé, aunque antes me abastecí mi termo con café.
Cuando hervía el agua para el café, recordaba las películas que vi de este director estadounidense, y ese solo acto de recordar, ese poder capaz de hacerte brotar las conmociones que permanecían ocultas y embaladas en los recintos de la memoria emocional, me revelaron que de Lumet he aprendido más de lo que pensé que había aprendido, llevándome a los años en los que más de una vez vi ciclos dedicados a su obra. Lo que más recordaba de esos ciclos, a diferencia de los dedicados a otros autores, es que cada ciclo dedicado a este director era muy distinto del otro, con alguna que otra película referente, insustituible, entre ellos. No era para menos, Lumet fue un maestro, quizá no genial, pero de quien sí te podías dar el lujo de aprender. Es decir, narrativa sencilla, pero muy iluminadora cuando se trataba de contar historias.
Lumet respetaba la configuración básica que debe tener todo relato, así es: la configuración moral de sus personajes. Lumet partía de ese detalle que hoy en día se descuida demasiado en el cine, con directores más preocupados en cuestiones menores como, por ejemplo, los efectos especiales. Pienso en Lumet y pienso en un director muy comercial. Sus películas eran muy vistas y apreciadas, aunque también no eran ajenas a la irregularidad, pero hablamos de una irregularidad entendible, puesto que Lumet era un director muy prolífico, al punto que su última película, la genial Before the Devil Knows You´re Dead, la dirigió a los 83 años. 
Listo el café, volví a esta obra maestra, no para concentrarme en los lineamientos generales de su argumento, uno que manifestaba la natural degradación del mundo de la televisión. Me interesaba recordar ese personaje tan peculiar y a la vez inolvidable como la productora de televisión Diane Christensen, interpretado por Faye Dunaway en un sublime estado de gracia. Mujer diabólica, por donde la mires, y por esa razón suculenta y peligrosa, que no cree en nada con tal de satisfacer su ansia de poder. De todos los personajes de Network, el de Diane es el que está más dispuesto a perennizar un poder y en el cumplimiento de ese deseo no tardará en degradarse. En ella se refleja la metáfora del poder que pudre, en su caso se dinamita el poco acervo moral que le puede quedar luego de su retahíla de deslealtades hacia las personas que confían en ella y que la quieren. Como en todas las películas del director, sus personajes tienen una oportunidad de redención, algunos se acogen a esa oportunidad y otros simplemente la dejan pasar, y Diane tenía esa oportunidad y la manera en que elige, es lo que la convierte en un personaje que difícilmente se borre de la mente de uno. 

viernes, octubre 14, 2016

541

Al despertar, algo sudoroso, seguramente a causa del sueño en el que corría alrededor de un campo de fútbol, en cuyo centro se celebraba un concierto de ballet, cometí el error de prender el celular, guiado por el morbo de ver en qué había quedado la indignación de nuestros preclaros autores con lo del Nobel de Literatura a Dylan.
El morbo, al final, tuvo su recompensa, puesto que no puedo quejar. Me reí rico, lo suficiente para terminar de despertarme y ponerme a leer por una hora, antes de alistarme para ir a la librería.
De lo que vengo leyendo y que acabaré antes del domingo, De dónde venimos los cholos de Marco Avilés, La isla de los condenados de Dagerman y El agujero en la pared de Fonseca. También seleccionaré para ver en Neftlix la homónima serie inglesa que inspiró a The House of Cards. Fácil pasaré curso a algunos episodios mientras esté en la librería.
Como sea, me duché, tomé un ligero desayuno y salí en calma hacia mi destino.
Sin embargo, cuando bajé del Metropolitano, en la estación Jirón de la Unión, en la intersección de Carabaylla con Emancipación, confirmé lo que suponía que veía desde la distancia mientras me acercaba al cruce. Un estrambótico narrador local, borracho, tambaleándose, vociferando, entre lo que se le podía entender, contra el Nobel de Dylan. Ninguneaba a los transeúntes, que lo miraban extraño, y con pena, porque este borracho en la plena esencia de su huachafería, les decía que no habían ganado un importante premio literario local, que para él, su premio era más importante que el Nobel de Dylan. 
Cuidé de que no me mirara y caminé detrás, y en diagonal, de dos flacas periodistas de El Comercio o Caretas (las ubicaba de vista), solo así estuve fuera del ángulo de visión de este tipo, que no paraba de denigrar a Dylan. Obvio, más de uno sabía qué cosa era el Nobel como preio, y seguramente más de uno más ubicaba a Dylan, pero de lo que no tenían la más puta idea era el premio nacional de novela. Felizmente, este borracho se calló cuando una abuelita le dijo: “calla imbéeeeeecil”.

jueves, octubre 13, 2016

540

No le había tomado mucha importancia al Nobel de Literatura. En realidad, me da igual quien lo gane o no. Pero en estos días esa dejadez se acrecentó a razón de que estuve con varios asuntos en la cabeza, entre las que conté la moderación, en realidad, anulación, de más de un comentario por el post de ayer.
Cerca del mediodía me entero que Bob Dylan ha ganado el Nobel de Literatura. No me lo tienen que decir, se supone que escribiré de este poeta-músico, y lo haré con mucho placer, porque si había un autor que merecía este galardón, ese era precisamente Dylan. Además, este Nobel encierra también una metáfora sobre el discurso literario de este siglo, uno que no se verá afectado por los cotos genéricos, sino que fluirá en una sola libertad. Me imagino, pues, que esta noticia le estará arruinando el día a muchos, pero tampoco es para tanto. Las letras de Dylan son poesía, música, transmisión y verdad, o sea, literatura. Lo demás es pura demagogia discursiva, verso contrario alimentado de interesantismo barato que de seguro en un rato veré en las redes sociales, en las que nunca faltan los huevas, que para dárselas de “originales”, lanzan opiniones contrarias al sentido común. 
Siempre vuelvo a Dylan, y hoy lo haré, pero con la misma actitud de ayer, la de hoy y la de también mañana. Nada ha cambiado, con o sin Nobel, Dylan es.

miércoles, octubre 12, 2016

"papito estado" / lasso

Un artículo, titulado Pequeñas escenas de la vida editorial, llamó mi atención. Allí se abordan los problemas que desde hace un tiempo vienen sufriendo las editoriales independientes peruanas para poder subsistir, además, se nos plantea la siguiente solución ante esta atroz situación: "Papito Estado" debe intervenir y jugársela por ellas, porque estas son, se deduce del texto, “la superioridad ética y moral de la cultura en Perú”, las que se preocupan por el desarrollo de la industria del libro y las llamadas a promover la noble afición por la lectura.
Se supone que “Papito Estado” debe brindar todas las facilidades para que se desarrolle una industrial cultural, de la que, por extensión, beneficiaría a la industria de las editoriales independientes, las que, seamos justos, han jugado un rol determinante en el proceso de la literatura peruana del presente siglo. Y si en caso “Papito Estado” no pueda o no quiera ayudar, hay que quejarse de su mezquindad, criticar la inutilidad de su voluntad política, señalar su poca logística para cuidar un mercado editorial que, como tal, es muy sensible. Sin embargo, lo que sí fastidia es que más de una editorial independiente vive de esa queja, actitud que no ha permitido que busquen otras vías de fortalecimiento, pensemos en el hecho de que aún no tengan, y vaya que ya ha pasado un tiempo más que prudencial desde que aparecieron a mediados del decenio anterior, una red de lectores.
Ese es uno de los principales problemas de las editoriales independientes peruanas: no han sabido, y no se han interesado, en formar lectores. Además, muchas de estas no han tenido mejor idea que ejercer una política peculiar: cobrar a los autores que deseaban cumplir el sueño de tener un libro publicado. Claro, cobrarles a los autores no tiene nada de malo, y en cierta medida se podría entender tal situación en la que editor y autor salgan beneficiados mutuamente, sin embargo, para quien esto escribe le resulta una práctica inconcebible.
Ocurre que muchos de nuestros editores independientes no han sabido profesionalizarse editorialmente. Tampoco vamos a negar que sus ánimos iniciales que los llevaron a formar una editorial fueron alimentados por los más puros y nobles propósitos culturales, pero que en su nulo conocimiento de gestión se han encontrado con una dura problemática a la que no le han encontrado soluciones creativas de acuerdo a su realidad. En vez de mejorar, o aprender de gestión editorial, han optado por prácticas dignas del más insulso lloriqueo, prácticas que en estos últimos años se han visto reforzadas a cuenta de los millones que manejaban los gobiernos regionales. Muchísimos se lanzaron tras el botín de sus oficinas de cultura, y muchos fracasaron en este objetivo, pero otros no, lo que no tiene nada malo siempre y cuando los “elegidos” hayan ganado las licitaciones como tiene que ser: de manera transparente.
El artículo en cuestión exhibe algunas verdades, pero oculta otras. Es un artículo que bracea en las corrientes de la criollada, que no muestra ni una sola crítica a las editoriales independientes, porque esta situación que ha colocado, supuestamente, al borde de la desaparición a más de una, es también culpa de ellas mismas. Tendría que ser un zopenco, un vivazo, un charlatán de esquina, un mero impresor, un estafador, un fumador de orégano, un cabecero que se la pinta de pobre, un PHD en Corel, o la combinación de todas estas características juntas, como para echar la culpa de esta crítica situación editorial a “Papito Estado” y a las librerías.
Ahora, lo que sí me sorprende es que el artículo en cuestión lo firme Álvaro Lasso, el fundador de Estruendomudo.
Y la verdad, y disculpen la expresión: no sé si reventar de risa o indignarme.
Conozco editores independientes que trabajan bien, que apuestan por los libros que publican sin pedir ni un solo sol al autor, que asumen la vocación editorial con seriedad y profesionalismo, porque eso es ser editor: una vocación, que no puede verse burlada por este artículo escrito por Lasso, que aboga por la situación de las editoriales peruanas independientes cuando no tiene el requisito esencial para hacerlo: autoridad moral.
Si existe un impresor que se hace llamar editor y que ha cabeceado a muchos autores peruanos, ese es precisamente Lasso. Y en esta costumbre, Lasso no ha conocido fronteras, puesto que ha cabeceado a autores noveles, como también ha intentado hacerlo con consagrados, como Oswaldo Reynoso (al respecto, lean el siguiente artículo, hacia la parte final del mismo), con quien tuvo ponerse a derecho ni bien lo amenazaron con hacer público lo que venía haciendo con el maestro.
Más de uno, seguramente, me preguntará por qué esos autores no denuncian o, en todo caso, publican una queja contra Lasso. La respuesta es sencilla: no lo hacen, ni lo harán, por vergüenza, aunque mi amigo Manuel Aguirre, es de los que no tienen vergüenza. En parte los entiendo, a ningún autor le gustaría que se le asocie como cabeceado, para ellos es mil veces preferible una crítica lapidaria a quejarse públicamente por las prácticas de este señor, además, ellos siempre encontrarán el desfogue por el maltrato en una mesa, más sus respectivos pomos, ya sea en el Juanito, el Piselli o el Don Lucho.
No lo vamos a negar. Lasso ha hecho suya la práctica de la contactología. Y no voy a ser mezquino en lo literario, el catálogo de Estruendomudo está conformado por más de un interesante autor atendible de la narrativa latinoamericana contemporánea. Pero una cosa es con cajón y otra muy distinta con guitarra. Lasso se vale de este catálogo para hacer lo que le viene en gana, proyectando la imagen de editor exitoso, cuando lo cierto es que detrás de ese éxito de su catálogo de autores internacionales se ha maltratado a no pocos autores peruanos. Y de esta actitud es también responsable el periodismo cultural, o periodismo como tal, de este país, que jamás ha cuestionado estas prácticas “lassescas” conocidas por todos.
Lasso no solo se me presenta como un sinvergüenza en el artículo en cuestión, también como dueño de un aberrante doble discurso: le pide a “Papito Estado” que lleve a cabo procesos transparentes en las licitaciones de los proyectos editoriales. Así es: Lasso pide transparencia en las licitaciones de “Papito Estado” cuando existen indicios sobre su poca transparencia en las licitaciones que ha ganado, y vaya que ha ganado con los proyectos editoriales de la Municipalidad de Nuevo Chimbote, el Gobierno Regional de Arequipa y el DCC de Cusco.
En vez de escribir de verdades que se estrellan en su cara, Lasso debió escribir sobre sus secretos empresariales que le permiten ganar las licitaciones que convoca “Papito Estado”. De haber sido así, estaríamos ante un texto generoso, iluminador, edificante, sobre cómo hacer dinero con el discurso de la promoción del libro. Estoy seguro de que decenas de editores peruanos no dejarán de agradecerle, en el curso de cuatro generaciones, por tamaño desprendimiento.
Aunque hay una posibilidad de que en verdad Estruendomudo esté atravesando una severa crisis. Para que esa verdad sea tal, Lasso ha tenido que ser víctima de la envidia de otros editores independientes que quieren ser como él, y que todo lo se dice sobre las licitaciones sea una atroz mentira, puesto que alguien parecido a él, y además con una razón social igual a la suya, sea el que haya ganado las licitaciones estatales. Entonces no tendré otra opción que pedirle disculpas a Lasso, y mis disculpas se honrarán en la coherencia, ya que para la próxima pollada mis amigos y yo compraremos 100 platos de pollito crujiente para salvar a Estruendomudo de la desaparición y, por supuesto, dejaremos de ser malpensados, además, desterraremos lo siguiente de nuestras sucias mentes: que la pollada que organizó días atrás fue para proyectar una tierna imagen de pobrecito. 
Bueno, aquí la dejo. Seguiré leyendo los diarios del fin de semana pasado, que tantas sorpresas me vienen deparando. Quién sabe, a lo mejor encuentre un artículo sobre seguridad ciudadana firmado por “Caracol”.

martes, octubre 11, 2016

539

En la madrugada del lunes terminé y envié un texto que me había tenido muy cabezón en los últimos días. Era pues un ensayo largo sobre uno de los novelistas norteamericanos que más me gustan. Saul Bellow. Conocía bien la obra de este escritor, pero como me había llenado de textos por cumplir, aplazaba su escritura, la aplacé por más de tres meses, pensando que las palabras brotarían solas y que acabaría el ensayo en una sentada endiablada, en plena sensación lisérgica del trance de la escritura.
Por ello, las últimas horas las he pasado con un tenue dolor de cabeza, tenue, sí, en comparación a la explosión que me significó el domingo, en la que tuve que ordenar mis fichas sobre Bellow, fichas en las que había plasmado mis impresiones que databan desde 1996, porque varios libros de este autor los había pedido prestados de la biblioteca del ICPNA. Ese reencuentro con aquella impresión primeriza me dejó más de una sensación, algunas de horror en cuanto a lo que pensaba de Bellow, pero también de las otras, que seguían sintonizando con lo que hasta el día de hoy pienso de la narrativa de este autor que recomiendo leer cada vez que puedo. Me desentendí del ensayo para concentrarme en ese involuntario viaje al pasado, en esas fichas que no solo iban de Bellow, sino de los muchos autores gringos que leí en esa biblioteca, a la que frecuenté cuatro veces por semana durante cinco años seguidos. Después de varias horas me di cuenta de que el ensayo había quedado muy relegado, mi sentada dominguera se vio amenazada con extenderse hasta altas horas de la madrugada del lunes. Además, el editor de la revista en la que se publicará me ha demostrado paciencia y consideración.
Acabé ese ensayo a las 3 de la madrugada, muy satisfecho por ese trance, del que alguna vez le escuché a hablar a Alan Pauls. Pero ese trance me generó un costo, el dolor de cabeza que me ha impedido avanzar con textos que en circunstancias normales escribiría en corto tiempo. Soy mano rápida, pero la mano rápida poco o nada puede hacer con un dolor de cabeza semejante a una resaca brutal. 
Felizmente, las cosas se han ido normalizando en las últimas horas, horas que las he pasado leyendo los diarios del domingo, encontrando en lo que leía más de una sorpresa, ya sea negativa o positiva, entre las primeras, el artículo de Canebo sobre seguridad ciudadana, que comentaré en las próximas horas, después, eso sí, de escribir mi impresión sobre el documental The Wolfpack.

lunes, octubre 10, 2016

538

Día de sol, y espero que el sol mantenga este grado de radiación hasta el sábado, que no se malee y que solo fluya en esta tibieza.
Cerca de las once de la mañana me alisto para ir a la librería, en la que estaré en la tardes hasta este sábado, puesto que Carola y José Luis han salido de vacaciones, a España y Arequipa, respectivamente. Por ello, alisto mis adminículos que usaré en aquellas jornadas que se me antojarán provechosas. Ni bien escojo la Laptop que llevaré, me suministro de las novelas que aprovecharé en leer en lo que serán las benditas horas muertas.
Cuando me dirijo a la librería, con una mochila que pesa más de lo normal, como si estuviera cargando una parte de mi vida en ella, acomodado al lado de una baranda del bus del Metropolitano, recibo la llamada de un tal Jano. Hasta donde sé, y recuerdo, no ubico a ningún Jano, ni como amigo ni conocido, y me quedo en silencio hasta que esta persona me brinde más señas suyas.
Se trataba pues de un autor, próximo a publicar una novela, la segunda en su haber, y que por esas cosas extrañas que solo invade a los propios autores, nadie ha hablado ni celebra su primera novela de corte filosófico. Para él, es inexplicable la incoherencia entre el éxito de esta primera novela en las redes sociales y el mundo real que pasa de largo de ella. Jano es, bajo todo punto de vista, un personaje ribeyriano: papeluchero, feo, desaseado, casposo y grasoso, y en cuestiones literarias sin oficio narrativo. Desde las épocas de Selecta me viene rogando por una reseña, que de hacerla sabrá recompensar mi generosidad. Jano es pues la metáfora del escribidor sin talento, del festivo resentido que habla mal de los más pintados, miembro activo de los que se quejan del ninguneo, pero también intento comprenderlo y le digo que no se desespere, entonces realizo con él una terapia al vuelo, mientras una morena intenta acomodarse a mi lado.
Luego de un intenso minuto de desahuevamiento, Jano entiende por fin. Le hago hincapié en que la verdadera literatura, la que importa, va por otro lado, no solo como ejercicio, también a modo de actitud. El exitoso novelista de Face parece entender lo que le he dicho, mas ese parecer no va más allá de la mera impresión, porque en su emoción me pregunta si puedo presentar su novela en la próxima edición de la feria Ricardo Palma.
No me hice problemas: corté la llamada. 
Este chancho embotellado nunca va a cambiar.