miércoles, noviembre 30, 2016

alejandra basualdo - "para dominar el silencio"

En mi época de librero pude conocer a mucha gente, como a la artista chilena Alejandra Basualdo.
Viajera y lectora, cuyo talento para la pintura va acorde con su calidad como persona. Podría decir que, a su modo, Alejandra es una peruana más, puesto que conoce muchos lugares del interior del país. Su conexión con la realidad peruana es pues una marca registrada.
Pero Alejandra es también una viajera del mundo. Así es, viajera, lejana de las mentiras burguesas del turismo. En su andar por el mundo, ha llegado a exponer en muchos lugares y en estos días expone por primera vez en Perú, en una exposición llamada Para dominar el silencio, en la sala Víctor Humareda del Museo de la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Apunten su nombre, Alejandra Basualdo dará que hablar.
Ahora, y muy en lo personal, me siento honrado de que un texto mío aparezca en esta exposición de Alejandra. Un texto que ocupa toda una pared.
No, no es que vaya a dedicarme a la curaduría. Nada que ver. Y si así fuera, se trata de un debut y despedida, pero con estilo.


Basta una primera mirada a la presente obra plástica de Alejandra Basualdo para darnos cuenta de que estamos ante una artista que domina como pocos la técnica. En realidad, cualquier persona, con pujanza y compromiso, lo puede hacer.
Obviamente, este dominio técnico no es lo que distingue a Basualdo, sino su mirada y su férrea sensibilidad que nos hace creer en algo de lo que, hoy en día, no podemos ser testigos: la experiencia plástica, esa experiencia que nos lleva a la Verdad (en mayúscula), es decir, esa experiencia que nos hace partícipes de una conexión, ya sea por medio de la contemplación, en este caso mentirosa por la aparente quietud que despierta su plástica, contemplación que a paso firme se revela en un peligroso encuentro sensorial con la cruda esencia de la aparente levedad de las cosas.
Basualdo no se viene con remilgos estilísticos. En la aparente sencillez de sus trazos, es posible detectar su discurso plástico, un discurso que se patentiza en la coherencia que exhibe en esta muestra. Y seamos francos, no todos los artistas están en condiciones de mostrar una coherencia plástica, para lograrlo, hace falta respirar y sudar colores, tal y como nuestra artista lo hace, por medio de colores secos: grises, sepias y naranjas oscuros, colores apagados individualmente, pero que en el trazo y concepto de la artista, se elevan a la perdurabilidad de la vida que genera la desengañada contemplación y la turbulencia del recuerdo, ese recuerdo que viaja en la intimidad y proyectada en la aridez de la tierra, pero de no de cualquier tierra, sino de la tierra que proviene la autora. Tierra como metáfora de la vida, vida en su comienzo, viraje y final.
En cada uno de estos trabajos es posible detectar, en principio, una refocilación por la nada, apostando por el desierto como geografía a invadir; pero hablamos de un desierto peculiar, un desierto que no es tal, puesto que en la mirada de Basualdo se vuelve un crisol de posibilidades en los que sus colores recurrentes lo nutren de vida, haciendo de este el camino por el que la artista no solo lee su vida, sino también las vidas de quienes lo presenciamos.
Suele decirse y escribirse sobre la odiosidad de las comparaciones, pero no es nuestra intención la provocación. En absoluto. La comparación es menester para entender la propuesta de Basualdo, en especial, en tiempos en los que los artistas plásticos se decantan por el efectismo y la No-Transmisión, o sea, elijen la involuntaria desconexión con el potencial espectador, sea este conocedor, curioso, o simplemente alguien que pasaba y se topa con una muestra. En este sentido, Basualdo ejerce una saludable y subversiva diferencia, es su obra la que nos habla por ella y en ese diálogo visual no hay espacio para la indiferencia, menos guarida para el golpe sensorial que nos proyecta su poética plástica, haciendo de los improbables espectadores seres más golpeados de lo que creíamos estar. 

Gabriel Ruiz Ortega. 

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martes, noviembre 29, 2016

Entrevista a Laura Sandoval Borràs (Hoja de Lata Editorial)

Llama mi atención la colección Mecanoclastia de la editorial. De esta he leído un librazo: Días de fuga de Bill Ayers. ¿Qué los animó a publicar esta suerte de crónica generacional? Esta es pues una apuesta editorial, en todo sentido.

Para ser sinceros, Días de fuga, de Bill Ayers es el libro que Daniel, mi compañero en la editorial, tuvo claro que quería publicar antes incluso de que existiera Hoja de Lata. Podemos decir que es el libro 0 de nuestra editorial, y que ya estaba en la lista de deseos antes que ningún otro título. Un librazo, como bien dices, del que ambos nos sentimos muy orgullosos de haber publicado, a pesar de ser conscientes de que no iba a resultar especialmente sencillo darlo a conocer. Una apuesta editorial con todas las letras, como la mayoría de nuestros títulos no obstante.



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564

Tras una caminata por un desértico Miraflores (me resisto a creer que transite poca gente a cuenta del cierre de Larcomar, lo que revelaría una metáfora de la frivolidad, que en sí a nadie sorprendería), luego de haber conversado con mi amigo Luis en el café de la librería del FCE, que estuvo hace unos días en la Feria del Libro de Trujillo presentando su última novela, decidí regresar a casa, pero mis planes inmediatos cambian, porque recibo la llamada de DK, que trabaja cerca y entonces quedo para encontrarme con él y así se ponga el día con el sanguchón que me debía. Le digo que lo esperaré en el café de la librería en la que estuve hasta hacía un rato.
Mientras lo esperaba, pedí un capuccino y me puse a revisar lo que podría, y tiene la pinta, de ser un delicioso libro de ensayo: Música prosaica (Cuatro piezas sobre traducción) de Marcelo Cohen. Pero como DK demoraba, entonces la revisión se transformó en una lectura atenta que se alimentaba con mi droga social, que ahora cambiaba de nombres, en espressos y americanos.
Yo era el único en la cafetería de la librería y aprovechaba ese relativo silencio para seguir leyendo el ensayo de Cohen, deseando que DK no se apareciera y así disfrutar un poco más la lectura. Si regresaba a casa, tendría que ser dentro de varias horas, con un tránsito más acorde a mi ánimo, porque si algo me he prometido, es que mi ánimo no tiene que verse alterado por el espectáculo surreal de las horas punta, que me alteren pues otras huevadas, no la bestialidad de los conductores limeños.
Cuando DK entró a la librería, lo hizo hablando por el celular. Me pasó el cel y me puse a hablar con Jeremy, que me comunicó que acababa de quedar finalista en la presente edición del Copé de Cuento. Entonces lo felicité y me alegré, porque de a pocos y a paso firme viene demostrando talento en este circuito que bien podríamos calificar de drenatrolista. A este paso, sin crítica, ni criterio, ni independencia, todos nuestros escritores serán calificados de maravillosos, ajenos a la falencia literaria y con derecho a reclamar posteridad sin demostrar nada. 
Al respecto, y lo que sí me preocupa, y ya lo señalé en un post pasado, es el auge por la brevedad que viene imponiéndose en nuestra narrativa, al menos, es lo que ha pautado este año nuestra producción literaria. No me refiero a la calidad, sino que subrayo una opción que no solo proviene de un mandato editorial mayor o menor, sino una opción creativa de los mismos autores. Caminar sobre senderos seguros termina matando la propuesta, limita el grado de resonancia del nervio creador.

lunes, noviembre 28, 2016

563

Me despierto temprano y cometo el error de sintonizar Canal N. Mario Ghibellini entrevista a Marisa Glave. Veo y escucho la entrevista sin verla ni escucharla, pero sí presto atención cuando se le pregunta a Glave qué opina de la muerte de Castro. En este sentido, Glave hace alarde de una mescolanza de lugares comunes y tibiezas conceptuales que me arrojan una triste realidad: a esta lideresa de izquierda le falta leer un montón, forjar un discurso fuerte que motive un intercambio de ideas basadas en principios y no en creencias ideológicas canalizadas en una periclitada sabiduría oral.
Pero bueno, dejo ahí la entrevista, no voy a dinamitar mi mañana con semejantes actos de soberbia. Y es una pena decirlo, porque Glave me cae bien, pero cuando defiende lo indefendible, y encima haciéndolo con altanería, uno pone en duda si esos grandes principios que dice defender descansan en la responsabilidad intelectual y en las parcelas de la ética.
Me concentro en lo mío, que es lo me importa en estas horas. Abro los archivos que estoy trabajando, pero creo uno nuevo, en donde escribiré la reseña de Cuba Stone de Sinay, Joselo y Gamboa. No adelantaré nada de esta reseña, quiero plasmar a mano las primeras impresiones que me dejó esta lectura, luego ordenaré estas impresiones y las pasaré a la pantalla.
Ahora, desde hace algunos días algunos lectores me preguntan qué ha pasado con la plantilla del blog, cosa que me alegra, porque eso quiere decir que también miran mi perfil y la barra de enlaces. Y en realidad no sé qué responder, no sé a razón de qué mi perfil y la barra de enlaces aparecen al final de la página. Quise solucionar ese problema, que en verdad es una cuestión de estética visual, pero poco o nada puedo hacer, ya que la plantilla del blog y su codificación pertenecen a la protohistoria de los blogs. El hecho que lleve muchos años con este blog, no quiere decir que sea un experto en webs, lo mío siempre ha sido lo básico, y en lo básico he hecho lo que he podido, que no es poco, dicho sea.
Por otra parte, el viernes en la noche, golpe de nueve, mientras caminaba por las calles del centro, más de una punta me llama y me escribe al Inbox. Los mensajes y las cuatro llamadas me anunciaban a los ganadores del Premio Copé, tanto en Cuento y Ensayo.
Bueno, no nos vamos a sorprender, la irresponsabilidad con la se maneja la información en Petroperú es muy conocida por todos. Y la manera como esta se anuncia en las redes, antes de su pronunciamiento oficial, es parte de una criollada que ya vemos que se está haciendo costumbre. Pero más allá de estas peculiaridades locales, me alegra saber que un par de lectores que conozco lograron menciones en Cuento, como el buen narrador Carlos Zambrano, a quien felicito. Del mismo modo felicito a Diego Trelles por obtener el Copé de Ensayo, con lo que parece ser un trabajo que dará nuevos aires a lo que suele premiarse en los terrenos copistas. El tema de su ensayo me interesa y lo leeré cuando se publique. Además, ya le hice llegar mis felicitaciones por medio de su siamés “Kevin Arnold” Víctor Ruiz. Solo por esta vez, dejaré de llamar a Trelles “Chiboliné du France” o “ChDF”. Y le pido, en buena onda, que deje de odiarme y que no me indisponga con mis amigos. No me gusta la idea de ser la obsesión de alguien a quien medio mundo en Lima llama “Chibolín” y en París “Chiboliné du France” o “ChDF”. 
Eso.

domingo, noviembre 27, 2016

562

Una taza de café para comenzar lo que se supone tiene que ser un buen día y, de esta manera, analizar lo que han sido estas últimas semanas, que califico de peculiares, tanto en el ámbito personal como social. En lo personal porque he tomado decisiones correctas, aunque no por ello difíciles, en pos de aquello que se llama equilibrio interior y coherencia con uno mismo. En lo social, el espectáculo sobre el afecto y el rechazo a razón de la muerte de Fidel Castro.
De Castro ya dije lo que tuve que decir y no me voy a retractar al respecto, pero ese solo espectáculo de adhesiones del que vengo siendo testigo desde la medianoche del sábado, me hace pensar en el daño que le hacen a las personas los fanatismos, muy en especial los religiosos y políticos. Muestras de ceguera que hemos visto en estas últimas semanas, primero con Trump (¿o me van a decir que el voto protestante no fue determinante para que este troglodita gane las elecciones en USA?) y ahora con Castro.
Los fanatismos religiosos y políticos son dos pestes que siempre he combatido e intentado que no me contagie, quizá el único fanatismo que me ha contagiado ha sido el de la música, ni siquiera el fanatismo literario me ha carcomido la visión del mundo, pero con la música he sentido otro contacto, que se ha reforzado con mi estado irracional, que para buena suerte mía, se ha carcomido con estilo y consecuenia dentro de mi ilimitada fijación setentera. Por eso, me siento agradecido por no ser parte de ese fanatismo colectivo que motiva la muerte de una persona, fanatismo político en supremo grado, que impide ver que hay gobernantes sátrapas, ya sea de izquierda y derecha.  
Reviso algunos correos y descargo algunos archivos que tendré que editar, uno de ellos es kilométrico, pero normal, le entro con todo, aunque barajo la idea de imprimirlo para trabajarlo a lápiz. Antes de salir de mi cuenta, un amigo me dice que ayer compró Trilogía de la memoria, entonces le digo que es lo mejor que ha podido hacer, puesto que se trata de un libro necesario, que en lo personal no me canso de frecuentar. No importa quién se lo haya vendido, así haya sido el ideólogo de los Stupibabies, el popular "Libros robados". Cuando uno se sumerge en estas páginas, hay que ser una soberana bestia para revenderlo. Regalarlo sí, a una persona especial, como testimonio de la nobleza del genuino lector. Me alegra que mi amigo tenga en su poder ese libro, sé que estará en buenas manos, porque su anterior dueño lo robó de Ibero pensando que se trataba de un título que le faltaba y que venía buscando con anhelo: el tercer tomo de las memorias de Chopra. Sin embargo, cuando "Libros robados" llegó a la página 15, casi le da un ataque cerebral, sufrió un pánico ayahuasquero. Esa es la razón por la que desde hace meses andaba como loquito tratando de rematarlo por ahí.

sábado, noviembre 26, 2016

castro: el poder sobre la libertad

Me despierto algo tarde, aunque cuando me acosté ya me había enterado de la muerte de Fidel Castro. Supuse lo que vendría en las próximas horas, pero no imaginé, ingenuidad de parte, en lo que se iban a convertir las redes sociales, en un gran mural de estupidez y lugares comunes, con protagonistas jóvenes y tíos, exaltando las virtudes del dictador cubano.
Lo que veo demuestra una vez más lo que pienso: la ideología sin letra, no es nada. La ideología sin discurso es menos que boñiga. La ideología sin coherencia, lo que es: posería, que en casos como este, no conoce barreras cronológicas.
Como a muchos, de muy joven fui fanático de la Revolución Cubana. ¿A quién no con todo lo que se ha dicho y escrito de esta? ¿Cómo no me iba a llamar la atención el aura de leyenda de sus líderes, esos barbudos machos y mujeriegos que recorrían Latinoamérica llevando el mensaje revolucionario con el noble objetivo de independizarnos del imperialismo gringo?
Por eso, doy gracias, en primer lugar, a Castro. Si no fuera por esa inicial admiración juvenil, porque solo lo que admiro lo consumo en su totalidad, no me hubiera sumergido en las aguas del marxismo y en los recovecos de aquella gesta revolucionaria que construyó una inicial legitimidad gracias al apoyo popular.
Así es, con cuaderno de notas y botellas de agua, pasé parte de mi juventud leyendo, aparte de lo habitual, historia y política, siempre bajo la admiración que tenía hacia Castro. Una admiración que me hizo estudiar lo que muchos aprendían en los bares o en los parques, o en lo inimaginable pero real, sin exagerar: por medio del resumen oral de separatas sobre marxismo y Revolución Cubana de, a lo mucho, 5 páginas.
Fui testigo de ello, así es que nadie me va a venir con poserías revolucionarias, ni baratas vinculaciones ideológicas.
Sin duda, Castro fue uno de los más grandes líderes políticos y sociales del Siglo XX. Pero lo fue hasta el momento que atentó contra el derecho esencial de aquellos a los que profesaba defender: la libertad de los cubanos.
A Castro no le interesó respetar la libertad de los cubanos. A Castro lo sedujo el poder. El poder es la metáfora erótica del despotismo. Y lo cuidó para sí a costa de un pueblo al que privó de libertad. 
Justificar su dictadura, aparte de soberbio acto de ignorancia, es un reflejo de degradación moral, degradación moral alimentada por la ceguera ideológica, de la que debemos estar libres para apreciar en su justa medida lo que nos deja un personaje como Fidel Castro.

lima

Minutos después de la conversa con Hernán Migoya en “EVL”, conversa en la que el autor español dejó para la posteridad más de un concepto a tomar en cuenta, pero bueno, como decía, minutos después de esta conversa, y aún con la cabeza algo alterada a cuenta de las cuatro chelas que me tomé, a sugerencia de un pata, antes de llegar a la librería, cosa que aprovechaba en matar algunas situaciones límite de los últimos días, y en olvidarme en algo la sensación de dolor que sigo sufriendo en el hombro izquierdo, me puse a pensar en algunas ideas que salieron en la misma conversa, como una idea que joderá a varios, en cuanto al sentido de pertenencia que más de uno tiene de Lima como espacio para sus ficciones, hecho que solo queda en su solo enunciado, o cuando es puesta en el terruño literario, sus resultados no suelen ser del todo logrados.
Si una cualidad, entre varias, nos deja La flor de la limeña es la presencia de la actualidad de Lima como espacio cambiante, peligroso y también sumamente provocativo. En otras palabras, la novela que ha intentado retratar a la ciudad de Lima, desde sus niveles sociológicos y antropológicos, descontando sus virtudes literarias y las naturales falencias de toda novela (en este caso contadas), es precisamente esta de Migoya.
Ocurre que viene ocurriendo algo por demás extraño en nuestra narrativa, a cuenta de lo que suponemos deberían retratar esta ciudad que lo tiene todo para convertirse en un gran personaje que fácilmente sostendría más de un proyecto de novela. Es decir, se viene descuidando a la ciudad, encausándola a un estado accesorio, como si no mereciera trabajarse más desde la experiencia de la escritura literaria, cuando lo cierto es que su configuración tendría que ser tan importante como la configuración de los personajes. 
Pues yo no le entro en vainas, huevadas conmigo no van. La novela que mejor ha retratado a la Lima de los últimos años, la ha escrito un español.

viernes, noviembre 25, 2016

apertura

El pasado martes 22 estuve en la Casa de la Literatura, en el marco de La semana de la Literatura que organiza el Celit de la Unmsm, es decir, en un evento organizado por los mismos alumnos de la universidad y eso es algo que me deja muy contento, porque de su profesorado, en realidad no espero nada, peor cuando hay un cuarentón chancho argollero de gorrita, y que camina en dos patas (y encima habla), dando vueltas por una de sus maestrías. El fin de los tiempos, le dicen, aunque yo tengo suficientes esperanzas para que las cosas cambien, confío en las nuevas generaciones.
Tenía que hablar de Bob Dylan, sobre la polémica desatada alrededor del Nobel de Literatura que se le otorgó, y no lo hice solo, puesto que aparte del moderador, estuve también acompañado del profesor Marcos Mondoñedo, un capo en teoría literaria y un polémico nato. Que Mondoñedo es un capo, lo sabía desde hace un tiempo, pero de su lado polémico no, eso lo supe medio minuto antes de ubicarme en la mesa de debate, cuando una guapa asistente me advirtió de su tendencia por la polémica y la discusión, entonces, caminé relajado al estrado, sintiendo la mirada del moderador y Mondoñedo. En una, y sin tanto melindro, supe cómo calmar el ansia polémica del teórico, si es que la hubiese tenido.
¿Había que polemizar por un Nobel de Literatura, ahora a la luz de las semanas, que no merecía Dylan, aunque sí? Comencé la charla, destacando lo que siempre me ha gustado de Dylan, en cómo fue que empecé a escuchar su música, o mejor dicho, sus letras, y ese reconocimiento de sus letras se debió a una clase sobre Poesía Peruana en San Marcos, a mediados de los noventa, tiempo de revolución silente ante una dictadura que poco a poco se quitaba la careta maquillada. Mondoñedo, por su parte, y abusando en algo del léxico académico, disertó de la tradición del Nobel de Literatura, lo que como premio genera, los discursos que podría motivar en la academia.
La charla se encausó por senderos distintos, pero cada quien en su postura, sin altanerías de por medio. Sin embargo, el profesor hizo un señalamiento importante, se adelantó a lo que pensaba decir en mi última intervención. Dijo que este Nobel debe motivar a la academia (la universidad) a una apertura hacia lo que se viene escribiendo, que no necesariamente viene ligado a la pureza de los registros ya conocidos. En líneas generales, eso fue lo que entendí, y en base a lo que entendí (algo que sintonizaba conmigo), fue que reforcé ese concepto de apertura. 
En este sentido, podría tomarse lo de Dylan como una metáfora de la apertura, pasar de la informalidad de la charla de café a la discusión seria en los terruños universitarios. Así, espacios de tradición como San Marcos comenzarían a sacudirse de su mirada anquilosada que desde hace rato les viene pasando la factura. Como bien lo dijo Gould, “si no cambias el agua del recipiente, el agua se pudre”.

561

Mientras me servía la cena, un amigo lector, de esos que recorren todas las librerías, me llama para hacerme saber su inquietud, que en principio no tomé en cuenta, porque iba pensando en qué ingredientes usar para prepararme un sanguchito, que sería mi cena y así controlar en algo la voracidad de comida que ha signado mi vida en los últimos meses. He estado tragando/morfando como una genuina bestia.
Este amigo lector me hace notar una característica que ha venido notando en las últimas novelas peruanas, al respecto le pido que sea más específico, y este, en silencio durante algunos segundos, me dice que desde el 2014 viene percibiendo una preferencia de no pocos narradores, jóvenes en su mayoría (aunque no sé cuán jóvenes podemos llamar a gente que bordea los 40 años), que tienen una preferencia por las novelas cortas. Entonces, mi amigo me transmite su impresión en forma de pregunta: ¿acaso sea un mandato editorial que no solo se ajusta a las llamadas editoriales grandes?
Corto el pan ciabatta y coloco en la sartén un generoso pedazo de carne. Y en otra sartén echo las papas. También corto tomate, infaltable en casi todas mis comidas. Entonces, con los insumos en preparación puedo pensar tranquilamente la pregunta de mi amigo lector. Prendo un pucho y le digo lo siguiente: lo que pasa, cachorro, es que hay una fiebre por la brevedad.
Pienso en lo que le acabo de decir y al respecto barajo algunas ideas que podría usar en algunos posts. O sea, el problema no es el auge por la brevedad, quizá su falta de sustancia, pero si fuera así hay mucho tema por deconstruir, porque es cierto lo que este pata me dice, pero no generalizaría, no sentenciaría como él. Le digo entonces que pensaré lo que me acaba de decir, y lo más probable es que escriba algo al respecto.  
Sustancia. Lo que sí ha quedado sustancioso ha sido mi sanguchito, y ha quedado bien pese a que no puedo mover el brazo izquierdo a razón de un accidente casero ocurrido en la tarde, nada del otro mundo, pero nunca es tarde como para aprender a cargar algunas cosas.

jueves, noviembre 24, 2016


defensas

Sorprende la doble moral, o involuntaria estupidez estratégica, de la clase letrada local. Muchos de estos seres defendían hasta hace no poco a Nadine Heredia, en especial un tipo conocido como acosador de mujeres.
Ayer, mientras desayunaba, veía cómo los otrora promotores humalistas despertaban de su idiotez para hundirse todavía más ella, defendiendo a esta ex Primera Dama, argumentando que no tenía impedimento de salida del país y que, en tal hecho, era un sinsentido llamarla prófuga.
Legalmente nada le impide dejar el país, eso, lo sabemos.
Por ello, no deja de sorprender la doble moral. Estos defensores, que salen de sus cavernas cada vez que la superioridad moral de la izquierda es cuestionada, aducen razones legales que justifican la salida de Heredia del país para ocupar un cargo en la FAO. Si uno no fuera como ellos y si uno fuera un ingenuo que creyera en la buena voluntad de los intelectuales peruanos, podríamos estar de acuerdo, no habría nada que objetar a la señora Humala. Pero no es así, cuando a la intelectualidad local le conviene, piensa y razona con el culo, porque lo que está visto, y no voy a insultarme la inteligencia, es que estamos ante un acto de criollada, que a diferencia que vemos a diario en el país, el de ahora viene siendo defendido por la llamada clase letrada local, el bastión moral de este país de sátrapas y sinverguenzas. Solo una pregunta: ¿Acaso Nadine Heredia está calificada para ejercer un cargo en la FAO? U otra: ¿Han averiguado quién es el mandamás de la FAO? Y de yapa: ¿Sabe nuestra clase letrada lo que está ocurriendo en Brasil y sus posibles implicancias en la política peruana? 
Entonces, por qué hacerse los huevones ante lo evidente. Por favor, damas y caballeros de la República Letrada, a dejar de lado el consumo de orégano, primero, y luego, apliquen lo que no: la coherencia intelectual.

miércoles, noviembre 23, 2016

560

Me despierto y levanto temprano. El anís de anoche me tumbó y no pude responder un mensaje importante. Entonces respondo ese mensaje. Si las cosas siguen así, descubriré que la solución a mi insomnio siempre la tuve a la mano, el anís, como sedante natural, sin importar lo mucho que haya descansado en la tarde.
Como sea. Me frío un churrasco, me preparo café y recibo al panadero que me deja los diez panes de rigor. A los cinco minutos llega el señor que me trae los periódicos. Compro tres, ninguno relacionado a los deportes, sino a las noticias serias. Con el café humeante tomo asiento en el sillón de la sala y comienzo a revisar los diarios de atrás hacia adelante. A medida que me acercaba a las primeras páginas, una realidad se me presentaba, ya no una especulación sobre lo que podía ocurrir, sino un hecho criollo, que como tal exhibía sus colores “legales” pero que en verdad seguía siendo una muestra de criollada tan cara de nuestra idiosincrasia. Así es: la fuga de Nadine.
Bien dicen lo que saben, en política no existen las casualidades y este nombramiento de Nadine en la FAO no es más que una estrategia de la ex primera dama para librarse de las investigaciones por lavado de activos. Leo lo que tengo que leer y averiguo en la red un poco del mandamás de este organismo de la ONU. No hay nada más que decir. La corrupción zurda protegiéndose de las investigaciones. Lo de Brasil parece que generará un tsunami del que más de un corrupto político local está rogando para que no lo arrastre. 
Nadine ya fugó. Veré lo que dicen sus defensores. Que no se hagan los locos nomás.

martes, noviembre 22, 2016

radiactivo

Este 2016 llega a su fin en materia literaria y al respecto no hay mucho que decir sobre lo que será la mayor publicación del año, la misma que llena un vacío editorial que durante mucho tiempo venía siendo reclamado por los lectores y amantes de la tradición literaria peruana. Nos referimos a los cinco tomos que conforman la Obra Completa (Sur Librería Anticuaria – Real Academia de la Lengua) de César Moro.
No podemos dejar de ser justos, semejante monumento de edición se lo debemos al editor, crítico, traductor y poeta Ricardo Silva-Santisteban, que en calidad de editor ya debe ser considerado el principal hacedor de libros literarios del Perú, fácil de los últimos cuarenta años. Silva-Santisteban cumple con las actuales y futuras generaciones de interesados en la obra de Moro, quienes ahora sí podrán trabajar, estudiar y difundir la obra de este escritor considerado como un autor de culto.
En este sentido, la realidad de esta publicación es también el cierre de un periplo por difundir a Moro, el mismo que se acentuó en las dos últimas décadas. Hablamos de años de interés, en principio silencioso, que pude percibir en los estudiantes de Literatura de San Marcos a mediados de los noventa, que hechizados por la poesía de Moro, como también por su vida, fueron tras toda la información disponible que pudiera encontrarse del escritor. En esos años, tres poetas peruanos se imponían como nuevos satélites, como gurús de una generación que se formaba bajo la sombra del fujimorismo, teniendo como desfogue el nihilismo drogo. Había necesidad pues de irracionalidad y manifestaciones lúdicas ancladas en la cotidianidad. Por ello, no es extraño que hayan sido tres poetas peruanos los que abandonaron su condición de culto hasta convertirse de inmediato en polos culturales, en recurrencia pop. Pensemos en Luis Hernández, Jorge Eduardo Eielson y César Moro, en ese orden. Con Hernández el camino fue más fácil, sin duda, la leyenda sobre su vida ayudó en su difusión; con Eielson el trabajo fue constante, siendo a la fecha uno de los poetas más influyentes en el imaginario poético peruano. ¿Pero qué pasaba con Moro? ¿Por qué su poesía resultaba tan adictiva si solo se conocía una parte de la misma, teniendo en cuenta que también estaba escrita en francés? ¿En verdad quién era ese poeta del que habla Vargas Llosa en El pez en el agua? Había que descubrir más de Moro, cuya leyenda vital había resistido el olvido del tiempo.
La vigencia de Moro es pues un triunfo a la persistencia de esos jóvenes noventeros. Lo sabemos: sin interés, no hay culto, mucho menos difusión. Y ese interés no decayó en los años siguientes, por el contrario, se vio reforzado. Sino, hagamos memoria lo que Moro ha venido significando en los últimos lustros, prácticamente hablamos de un Best Seller poético.
Moro jala.
Moro radiactivo.
Todas las ediciones preparadas por RSS se han agotado en cuestión de meses a cuenta del “hambre” existente sobre la obra escrita de este escritor. Los cinco tomos de esta OC: los tres primeros dedicados a la integridad de su poesía, el cuarto La poesía surrealista y otras traducciones y el quinto tomo Los anteojos de azufre.
La presente edición nos arroja una gratificante impresión, y por ello también desconcertante: Moro fue un escritor productivo que no solo se ciñó al ejercicio de la poesía, también hizo prosa y traducciones, a la par de esto, también se desempeñó como gestor cultural y artista plástico.
Los dos últimos tomos nos brindan una imagen de Moro que tendría que conocerse más. Imagen de una actualidad pop que deberíamos subrayar: la del artista esforzado y comprometido. Esforzado en el trabajo que llevó adelante para dar a conocer la poesía surrealista (y de paso, la suya, no lo vamos a negar, ni menos vamos a pecar de ingenuos), y comprometido en cuanto a su actitud vital, de la que podemos tener indicios en su poesía, pero muy poco en cuanto a postura ética y moral, no al nivel que podíamos esperar, mas sí intuir. No podíamos acceder a este Moro por medio de la poesía, sino en la prosa, el canal de su pensamiento ajeno a la imagen y sensibilidad vistas en su poesía.
En el último tomo, Los anteojos de azufre, es el que más llama mi atención, por tratarse de una faceta de Moro que conocía muy poco. En sus 347 páginas accedemos al Moro cerebral, dueño de un estilo del que brotan también la ironía y el espíritu confrontacional. Moro, pues, como actor incómodo que arremete no solo contra el circuito literario, sino también contra la plástica indigenista que se hacía en el Perú de entonces. Moro embistiendo a una vaca sagrada, el poeta chileno Vicente Huidobro. Un Moro muy distinto, pero a la vez cercano. En la actitud que nos refleja su prosa, hallamos a un artista que no apelaba a la estrategia diplomática, vemos a un hombre en constante alerta. Es que no Moro no fue un creador acomodaticio.

… 

Publicado en El Virrey de Lima

lunes, noviembre 21, 2016

los libros de babelia



En la edición del 28 de octubre del suplemento cultural español Babelia, se publicó una lista que daba cuenta de los 25 libros (de un universo de 100) más importantes de los últimos 25 años. La lista obedece a una encuesta que el suplemento hizo a 50 críticos literarios, libreros y escritores, tanto de España y Latinoamérica.
No sé si para mi buena o mala suerte, no conozco 13 títulos de los 100 que sobrevivieron a lo que, imagino, debió ser una dura selección.
Como era de esperarse, una encuesta de este calibre no aspira a dejar satisfecho a todos los lectores, sino a mostrarnos un panorama que nos permita saber, pero en especial intuir, hacia dónde estamos yendo en cuestión de producción libresca en español. En este sentido, la encuesta de Babelia cumple su función, pero por el hecho de cumplirla no la exime de algunos señalamientos atendibles.
Lo mejor que podríamos hacer es revisar los 100 títulos que arrojó la encuesta, fijarnos en su cuarta parte nos podría llevar a encendidos debates que es preferible evitar, y lo digo en relación a los egos puestos en entredicho cada vez que salen a flote esta suerte de listas.
Imagino que no habrá mucho que discutir en cuanto a los cinco primeros lugares, al menos yo no podría encontrar argumentos atendibles para cuestionar la importancia de 2666 y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, Tu rostro mañana de Javier Marías y Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas. En mi experiencia de lectura de estas novelas, y en lo que he podido ver en no pocos lectores y escritores a lo largo de los años, estamos ante proyectos novelísticos que siguen exudando frescura y epifanía, ejerciendo a la fecha una escuela narrativa, seguramente no en la emulación, pero sí como canteras de referencias a usar y consultar.
Si seguimos repasando la lista, ahora extendiéndonos hasta la novela 25, encontraremos una gratísima sorpresa: la presencia de una novela brutal, que ojalá salga de su injusto estado de novela de culto y llegue de esta manera a más lectores (se exige reedición), como El desierto y su semilla de Jorge Baron Biza. Si para algo también sirven estos listados es que nos pueden brindar títulos en los que contados piensan. El solo hecho de tener esta novela entre las primeros 25 libros, le confiere a la selección una legitimidad inicial, que en lo personal asocio con la justicia literaria. Si había una novela latinoamericana que merecía ser más leída, esta era EDS.
Tampoco pensemos que todo en ese primer grupo es una maravilla, que solo en él están los títulos imprescindibles. No es así, ya que tranquilamente sus lugares pudieron ser ocupados por uno que otro de la lista de los 75 restantes, a saber, El hombre que amaba los perros de Leonardo Padura, Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia, El arte de la fuga de Sergio Pitol, El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro… Sin duda, cualquiera de estos libros de este segundo gran grupo debió generar más de una justa protesta por parte de más de un lector entendido, tratándose de títulos que, a su modo, han permitido configurar el panorama libresco en español en las dos últimas décadas.
Por otro lado, los principales reparos comienzan cuando notamos la exagerada presencia de títulos de escritores españoles (era natural que los españoles hayan sido mayoría, pero no antinatural es que lo hayan sido en un nivel exponencial), sin embargo, esta característica es menor ante la ominosa poca fijación que se ha tenido sobre uno de los campos narrativos que más se ha desarrollado y frecuentado en los últimos tiempos, como la narrativa de No ficción (es cierto, en la lista hay más de un título encausado en ese sendero que podemos calificar de representativo), y omisiones imperdonables, como la ausencia de títulos que no solo han sido celebrados por la crítica, sino que gozan de la legitimidad gracias a los lectores, algunos al vuelo: Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada, Sed de champán de Montero Glez, Fabulosas narraciones por historias de Antonio Orejudo, Librerías de Jorge Carrión, Brilla, mar del Edén de Andrés Ibáñez, Manual de literatura para caníbales de Rafael Reig, Historia argentina de Rodrigo Fresán, Missing de Alberto Fuguet y El pasado de Alan Pauls.
Por ello, siendo Babelia un suplemento cultural importante en el imaginario cultural en español, debió prever el punto débil que exhibía el proceso de la encuesta como tal: el reducido número del jurado. Si se pretendía pasar revista a lo más destacado de la producción libresca iberoamericana de los últimos 25 años, es decir, a partir de 1991, se tuvo que ir con un mayor ejército de conocedores que garantizara lo que esta encuesta enfrentaba: una lucha contra la memoria. 50, entre especialistas y conocedores, para una tarea titánica, no es más que un bloque débil, cuya labor se plasma en una lista de 100 títulos que dista mucho de ser perfectible, porque a una perfectibilidad podía aspirar la encuesta del suplemento, cualidad que lo alejaría de lo que lamentablemente es: una amable encuesta, para los libres del malpensamiento; una encuesta tramposa, para los amantes del malpensamiento.
Están los libros que deben estar, pero lo cierto es que varios (decenas) vienen sobrando.


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viernes, noviembre 18, 2016

resistido pero admirado



Pese a su brevedad, he disfrutado mucho con la relectura de Leer y escribir (2001), de V. S. Naipaul, escritor británico, de origen trinitense-hindú y Premio Nobel de Literatura 2001.
Volví a acercarme a estas páginas con la firme intención de cerciorarme cuánto habían envejecido o cuán vigentes se mantenían.
No es que no guste de la narrativa de Naipaul. Por el contrario, sus novelas me siguen pareciendo fenomenales y, al menos para mí, es uno de los mayores exponentes de la historia de la tradición narrativa de aquello que se llama compleja sencillez.
Para conocer a este genial letraherido, no es necesario adentrarse en La sombra de Naipaul de Theroux. Aunque si deseas hacerlo, adelante, puesto que se trata de un libro no solo muy bien escrito, sino también revelador en lo que puede serlo. Sin embargo, bastaría picar una que otra entrevista en la red para saber que este Nobel sufre de egotitis, como Fernando Vallejo; de patanería, a lo Philip Roth; más una suerte de tendencia a la malhabladuría en cuanto a mujeres.
Es que valgan verdades. Naipaul es un grande entre grandes de la literatura contemporánea. Pero como ser humano me sigue resultando demasiado insoportable. Sin embargo, acepto este prejuicio, durante mucho tiempo creí que ese librito de Naipaul era un catálogo yoísta. Y sé que esta impresión la tenía a razón de lo mucho que aún seguía resistiendo a Naipaul fuera de la parcela de mi admiración: su ficción. No obstante, y pese a los reparos con Leer y escribir, nunca he dejado de reconocer que se trata de una de las radiografías literarias más contundentes sobre la construcción de la biografía literaria: el estilo.
Debido a un par de gestiones que tuve que hacer en los últimos días, salí, no sin antes buscar en mi desordenada biblioteca mi ejemplar de Leer y escribir, su brevedad era ideal para los papeleos que tenía que cerrar horas antes de que empezara el feriado largo.
Pues bien, fue una hora y media de lectura, o mejor dicho, de lectura de intensa felicidad. Más otra hora de relectura lenta y profunda, e igual que durante la hora y media inicial, en intensa felicidad. Como lo demuestra en sus novelas, no esperemos de Naipaul ejemplos de pirotecnia verbal, característica que jamás le interesó como escritor de ficción y menos lo sería en asuntos en los que tendría que hablar de sí mismo.
El autor divide su texto en dos secciones (Leer y escribir y El escritor y la India), en donde impera la honestidad, no solo intelectual, sino también sobre su procedencia de clase. Estamos, pues, ante un registro del nacimiento de una poética, signada por una permanente búsqueda, no en pos del estilo (aspecto que lo tenía muy bien definido desde el momento que quiso ser escritor, es decir, Naipaul se asumía como “tocado” por las divinidades, que no era necesario incidir en lo que otros grandes escritores como él si han incidido, pero estas páginas, felizmente, superan sus altanerías, porque también son la historia de su estilo), sino del tema, del pulso que lo guiaría y justificaría a lo largo de su trayectoria: la oralidad hindú canalizada en el registro occidental. Al respecto, percibo una posible mezquindad, pero no del todo flagrante, ya que en base a esta ha forjado un incorruptible monumento literario (por cierto: no pocos críticos serios califican a Naipaul como el mayor escritor vivo del planeta). Y lo sugiere en más de una oportunidad: que la literatura hindú nace con su obra. En fin, en realidad estos exabruptos no son dañinos. Si nadie dice nada del abusivo magisterio realista de los adláteres de Vargas Llosa, para qué entonces escandalizarnos con Naipaul.
Sus novelas están inscritas en la tradición del siglo de la novela, el XIX. Las páginas dedicadas a este periodo son, por lo menos, una delicia. Y es cierto lo que sustenta: no se puede pretender escribir novelas, sea cual sea la intención de cada autor, si no conoces las obras maestras que afianzaron el género. El resto es moda, escribir en la absoluta nada.

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jueves, noviembre 17, 2016

559

Me levanto temprano, en realidad, llevo más de dos semanas despertándome temprano, que no es lo mismo que levantarse. Sea en la condición que fuere, me pongo a leer, por ejemplo, esa maravilla del quinto tomo de las Obras Completas de Moro, Los anteojos de Azufre. Me sumerjo en esas páginas, no sé cuánto tiempo, pero la lectura la intercalo con Cuba Stone, que se me presenta como un más que sugerente libro de crónicas. Mientras leo, miro de reojo El espíritu de la ciencia ficción de Bolaño, que bajo una extraña razón, no ha despertado el interés que tenía por la publicación, pero sé también que no me estoy acercando a la novela como me gustaría, porque cuando me sumergí en sus páginas fui presa de una gripe por demás asesina.
Cerca de las siete de la mañana, luego de las primeras horas de lectura de rigor, prendo la Laptop y sigo avanzando y editando los futuros textos que serán publicados en Sur Blog. Uno de ellos, de extensión kilométrica sobre un personaje anónimo por demás fascinante.
Al abrir me correo, recibo un mail del profesor Arnao, o “Profe” Arnao, que viene organizando una frejolada para el domingo 20. Me encantan los frejoles, pero sí tengo serias dudas de la frejolada del “Profe”, aunque me imagino que el representante quilquense de Niunamenos, el defensor número One de las mujeres artistas, “Cachetada nocturna”, pueda desmentir o aseverar lo que pienso de los frejoles del “Profe Arnao”. Si hay alguien que sabe de frejoladas, ese es “Cachetada nocturna”, que en compañía del tío “Bigotes”, un ser oscuro y anodino, pero por ello no menos gracioso, sabrán despejar mis dudas sobre esa frejolada a la que no podré asistir, puesto que no sé si vaya a recuperarme a tiempo de esta gripe asesina. 
La gripe se ha reforzado esta mañana, pero no con esa fuerza capaz de tumbar, así que en buen ritmo avanzo en mis cosas, fácil hasta las diez de la mañana, hora de la siesta inmediatamente después de un desayuno generoso.

miércoles, noviembre 16, 2016

memoria inmediata

En realidad no debería sorprendernos la ignorancia y matonería de los representantes del fujimorismo. Recalcar lo obvio, porque no hay mucho que decir sobre cómo trató la congresista naranja Cecilia Chacón al Ministro de Educación Jaime Saavedra, no es más que una pérdida de tiempo.
Pero lo que deberíamos comenzar desde ya, en especial los actuantes políticos y todos aquellos preocupados por la memoria peruana, es llevar a cabo una seguidilla de actos cuyos objetivos sean reactivar la memoria histórica inmediata, ya sea en seminarios, talleres, congresos, et al. Solo así evitaremos lo que sin duda podría ocurrir de aquí a cinco años: la toma del poder del clan Fujimori. Porque el clan naranja ya viene trabajando al respecto, y lo vimos con la actitud de Chacón, actitud que es celebrada por miles de peruanos que han sido criados en la cultura del caballazo, en la criollada ajena a la gracia y que se alimenta de la humillación hacia el otro. 
Nuestros colectivos políticos harían bien en trabajar esta memoria inmediata, no dormirse ni dejar pasar el tiempo que permite que el fujimorismo se haga fuerte. Y claro, estos colectivos tendrían que mostrar más contacto con la realidad, dejar de verla por medio de lo leído y estudiado, y entender, o al menos hacer el respectivo de esfuerzo, a los hombres y mujeres de a pie que sintonizan con el discurso del clan Fujimori. Aún hay tiempo y tenemos que estar preparados para lo que estamos viviendo hoy en día: la consolidación del fascismo del Siglo XXI.

martes, noviembre 15, 2016

558

La tarde se justifica con los 5 tomos de la obra completa de Moro. Pero antes de tener en mi poder esta publicación, seguramente lo mejor que se ha editado en Perú este 2016, pasé un toque por la casa de Alina, que me engrió con un estupendo lonche. De allí, ahora sí, tras los pasos de Moro, pero Erika también me invitó lonche. Mi estómago ya no daba para más, pero lo que más me conmovió fue la muestra de cariño en cuestiones tan sencillas.
Felizmente, llevé una bolsa con asa para los tomos de Moro, colocarlas en la mochila y cargarlas, iba a ser un verdadero problema, con mayor razón cuando el tráfico del día me anunciaba que iba a caminar más de la cuenta. El tráfico, no sé si a razón de la APEC, era una auténtica porquería. Lo que vi reforzó mi idea de nunca conducir un auto en esta ciudad. Seguí caminando, en zigzag, desde Barranco, hasta pasar por algunas callecitas de Miraflores, viendo con furia el sufrimiento de los que tenían que abordar los buses del Metropolitano en las estaciones. Caminé y caminé, fumando y tomando algunas fotos con la cámara del cel. Los tomos de Moro eran muy pesados, sabía que tarde o temprano no resistirían las asas de la bolsa, y seguí caminando hasta que estas se rompieron.
Me puse en la disyuntiva de la hora punta: o esperar en un café a que se calme el tráfico o tomar un taxi, a sabiendas que demoraría más que yendo en un medio de transporte público. Mientras decidía sin decidir, revisaba mi mail, cuando Julieta, una amiga mexicana de paso por Lima, me cuenta que saliendo de su hotel del Centro de Lima fue con su esposo a cambiar dólares, que cambió en la esquina de Camaná con Ocoña. Ahora, no sé si es una exageración del azar, cosa que me parece extraña porque soy de cábalas y creyente del azar, de su magia, Julieta conoció a Zoraya, una morena cambista, con la que se quedó conversando un buen rato, cosa que no me sorprende porque Zoraya es una persona que transmite simpatía. Cuando Julieta le contó a lo que se dedicaba, Zoraya no dudó en nombrarme, entonces ellas comenzaron a hablar de mí. Al final, Zoraya le pidió que me hiciera llegar sus saludos, cosa que cumplió Julieta.
Decidí por el taxi, el tránsito se ponía más fregado de lo que pensé. La gente se apuraba para llegar lo antes posible a sus hogares para ver el Perú – Brasil. Además, me fue suficiente con lo vi en las estaciones del Metropolitano, genuinas y terroríficas filas de pasajeros. 
Al llegar a casa, mi madre me dice que en mi ausencia recibió un bonito regalo de una amiga que reside en Lisboa. Veo el regalo y efectivamente era muy bonito.

lunes, noviembre 14, 2016

henry miller: la biografía salvaje de uno mismo

Volver a Henry Miller no es más que un retorno a la biografía salvaje de uno mismo. Es quizá la experiencia más epifánica que he tenido en mi pasión por la lectura. No quiero caer en el lugar común, pero a veces los lugares comunes se justifican cuando llevas a cabo un ejercicio de memoria y te descubres potenciándote como lector precisamente con los libros de Miller, libros que leías como novelas cuando lo cierto era que no eran novelas, pero cuando los leías no pensabas en el género sino que estabas entregado al placer de la lectura, al menos, para tu sensibilidad de joven rebelde que bordeaba los veinte y quería vivir, bajo el amparo de la experiencia de la palabra, lo que Miller te contaba en los Trópicos, porque a eso aspirabas, con mayor razón si era la primera vez que lo leías, es decir, ser parte del arribo al submundo del yo mediante otra voz y sensibilidad. 
Las cosas, para valorarlas, hay que hallarlas en la esencia de su sencillez: había que tener la suficiente fuerza testicular para escribir lo que Miller escribía, había que tener el ego hecho pedazos para ser capaz de exponer tal y como él exponía todas sus miserias humanas, miserias distribuidas en diferentes niveles de esplendor. Este esplendor, que podríamos tildar también de recuento, fue lo que llamó más mi atención en el inicial acercamiento a Miller. 
¿Había ser humano que haya sufrido más que él?, me pregunté más de una vez. 
A la fecha no recuerdo cómo es que llegué a su obra. Quizá los flashes referenciales se hayan dado en una lejana noche de un perdido día de mediados de 1997, en un bar del Jirón Quilca. 
Cuando llegó el momento en que había que leer a Miller, me puse a buscar en serio sus libros. Tanta referencia al sexo había motivado la libido de un lector que en esos años se encontraba en su plenitud hormonal. Buscaba los libros como si estuviera buscando revistas pornográficas. La búsqueda la llevaba a cabo en un estado de excitación, me encontraba y me sentía caliente cuando me sumergía en los anaqueles de las librerías y en las librerías de viejo, como las que aún persisten en el centro de la ciudad. 
Claro, a quien le toque leer estas líneas la pregunta le viene de cajón. ¿Acaso los libros de Miller eran difíciles de encontrar? Al respecto, el nuevo lector debe saber que en esos años poco o nada se sabía de él. Lo mismo podríamos decir de los narradores y poetas de la Beat Generation, que solo eran conocidos en círculos literarios muy estrechos. Se sabía de ellos, obviamente, eran escritores que habían sido las sombras presentes en las poéticas que se escribieron en Perú a partir de los años sesenta, pero aún no calaban en el lector interesado, en el letraherido que solo lee por placer, sin el interés de hacer una trayectoria literaria. Autores como Miller habían permanecido en el imaginario de los entendidos, aún no traspasaban el coto que les permitiera ser leídos por el gran público lector, sin importar cuán estrecho sea este en realidad. 
Más de una vez había visto los Trópicos, empero me fue casi imposible dar con ellos. No por nada en aquellos últimos días había estado escuchando de Miller. Nada nace de la nada. Todas las cosas son una interminable secuencia. Y esa secuencia era más que obvia. Los vendedores de libros me decían que últimamente estaban comprándose sus libros. Me preguntaban si en verdad era tan bueno como decían. No sabía qué responder. Y sí, me sorprendía no encontrar los libros de ese autor que podía encontrarse en Oveja Negra, en Bruguera, Sudamericana, es decir, en las colecciones populares que en su momento dejabas pasar porque no había tanto apuro por tenerlas, no eran la prioridad, posponías su compra porque en otra ocasión, si en caso te sobraban algunos soles, te los ibas a llevar de todas maneras. 
Conseguí leer los libros de Miller gracias a la fotocopia de Trópico de Cáncer que me proporcionó una amiga estudiante de literatura de San Marcos. Llegué a casa y terminé de leer esa novela que no era novela en el lapso de no más de siete horas. Trópico de Cáncer no era una novela. 
A partir de esta impresión comenzó a germinar mi aprensión contra todo aquel que hablara de Miller valiéndose de los lugares comunes por los que su obra fue censurada en Estados Unidos. Como se supone, se hablaba de este autor valiéndose de la leyenda negra que lo calificó como el “Demonio de la sociedad norteamericana”. Me sorprendió que ni los años transcurridos hicieran que sobreviva el Miller que quedaba e importaba. Si bien es cierto que se trató de una novela calificada de réproba y por la que se le censuró a razón de la temática sexual calificada por los celadores de las buenas costumbres como pornográfica y obscena, no percibí en ella ni una sola pizca de atentado contra las buenas costumbres. En esta impresión no tuvo nada que ver el hecho de que la haya leído como lee todo joven rebelde un libro de un autor que catalogan de maldito. Lo que llamó mi atención, que descubriría muchos años después, con la experiencia que te depara la pericia lectora, fue el hechizo que me generaba su prosa. 
Luego de Trópico de Cáncer, pasé a completar el díptico con el de Capricornio. Pero la inquietud permanecía. Me seguía preguntando a qué se debía la dificultad de encontrar los libros de Miller. La respuesta la tuve en esas semanas de búsqueda. No era para menos, William Burroughs acababa de morir. A razón de su muerte se había originado una fiebre que hizo que durante algunos meses sus libros fueran inubicables y también los de Miller. De alguna manera, eran autores hermanados por la desdicha. En sus últimos años, Burroughs había hecho proselitismo por Miller, seguramente bajo la motivación de querer mantener en el imaginario la presencia de su obra y qué mejor que hacerlo que con la mención de un autor que había sido su paradigma. Los títulos de Burroughs y Miller siempre habían estado a la mano de los lectores, el segundo, obviamente, tenía muchísimos más que el primero, y por ser tantos se perdían o sonaban a cosa rara en los recuerdos inmediatos del vendedor de libros. Con algo de suerte, encontrabas El almuerzo desnudo, mas no así los títulos ajenos a los Trópicos, ocultos en las estanterías de las librerías, fondeados en los anaqueles de los puestos de libros de segunda mano o en costales que almacenaban los títulos que eran catalogados como hueso. Más allá de sus dos libros más conocidos, lo cierto era que no se le leía en mucho tiempo, ni siquiera era un autor al que se le tomara como una referencia de la literatura norteamericana del siglo XX. 
En cierta ocasión, preguntándole por lecturas a un profesor de literatura de San Marcos, este me dijo que debía buscar libros más contemporáneos. Eran pues los años de eclosión y descubrimiento de Raymond Carver, del inicio de la devoción que provocaba el rescate editorial de los libros de Bukowski, el creciente nuevo interés por las voces de la Beat Generation. Demasiados intereses juntos, no había lugar para Miller. Por esa razón, este profesor me sugirió que debía leer lo nuevo, a los herederos de los maestros como Chéjov, es decir, Carver, solo Carver. Para este profesor Miller era una figura caduca. Yo escuchaba y prestaba atención, con mayor razón cuando con estas referencias me sacudía de las lecturas decimonónicas que me seguían retumbando desde la adolescencia. 
De alguna manera empezó a nombrarse a Miller. No había bar en que no escuchara de él y en los artículos de las fugaces revistas noventeras era mencionado, bueno, era nombrado en función de sus dos libros más conocidos. La razón la supe de la forma en que me enteraba de las cosas, por medio de una revista llamada Generación X, la cual coleccionaba y que bien puedo atribuir a uno de mis tantos pecados literarios de juventud, pese a que la revista marcó una época, después de cinco ediciones para luego desaparecer hasta el día de hoy. En uno de sus artículos, se hablaba de la muerte de Allen Ginsberg. Ese número de la revista, si no me equivoco el cuarto, no lo había leído. 
Fue pues la muerte del poeta beat lo que hizo que en paralelo se activara mi interés por Miller. Tengamos en cuenta que la figura de Miller había servido de inspiración a no pocos escritores de tendencia vital de la segunda mitad del siglo XX, siendo los integrantes de la Beat Generation los discípulos más aplicados. 
Si Miller tuvo un nuevo ingreso en el imaginario de los lectores peruanos, o un ingreso con la pierna en alto en quienes lo descubrían, se debió a la muerte de Ginsberg. Ginsberg, a la muerte de Jack Kerouac, se había convertido en el único militante de un discurso que tenía acogida en los jóvenes rebeldes del mundo antes de ser absorbidos por el sistema neoliberal. Una de las cosas que hizo Ginsberg antes de sucumbir en aroma de poesía, fue recordar sus años formativos. Prácticamente no dejaba de mencionar en donde sea los libros de Miller, aprovechando los discursos y recitales que brindaba en el mundo entero. A comparación de Burroughs, Ginsberg destilaba genuina admiración. 
Más de una vez he barajado la idea de que los lectores de entre siglos conocemos más a Miller gracias al autor de “Aullido”. La lógica, para esa edad de ebulliciones hormonales, era acercarse a Miller por el costado, por una tangente, la más conocida por todos. Bien podía o no gustar Miller, y en mi caso me gustó, ya que había algo en su prosa y en su actitud, actitud que no dudaba en mostrarlo como el ser humano más infeliz de la historia. 
Y vaya que Miller era lo que bien podemos catalogar de irrefrenable infeliz. Si tuviéramos que reforzar esta impresión, haríamos lo correcto en llamarlo de la misma manera en que llamamos a ciertas personas hoy en día: un “salado”. A Miller le salía todo mal, absolutamente todo. Era pobre, conflictivo, las mujeres no se fijaban en él, buscó las oportunidades para ser publicado y estas se le cerraban. 
Los motivos de su fracaso pueden llenar tranquilamente más de veinte folios de absolutas desdichas. La literatura, la gran literatura, tiene una cantera irrebatible de autores signados por el fracaso, pero por más que repasemos a los más fracasados, si de este repaso hacemos una lista de solo cinco nombres, en ella tendríamos que consignar a Miller. 
Cuando leíamos a Miller supimos que hubo alguien que las pasó más putas que uno. Y esa lectura creciente de su obra iba reforzando una actitud, quizá una sin la total conciencia de la situación que se vivía, pero que forjaba una seguridad vital en quienes quisimos hacer algo cuando nadie parecía dispuesto a hacer nada. Esta impresión bien puede sonar muy antojadiza, pero en lo que me tocaba ser testigo, en especial luego de las extenuantes marchas, ya sea en el Centro Histórico como en San Marcos, pude ver a no pocos líderes estudiantiles, entre hombres y mujeres, leyendo las ediciones populares de los Trópicos, como si la lectura de ese par de libros fuera una suerte de combustible que reforzaba una actitud ante la inmediatez de la vida. Claro, no se podía comparar las actitudes, pero nunca dejó de parecerme una curiosidad ver a líderes estudiantiles, o escritores de relativa influencia entre los nuevos y aspirantes a escritores, teniendo en su manos los libros del norteamericano. Llamaba mi atención y me llevaba a pensar en qué es lo que había en Miller. Percibíamos algo más que escenas sexuales explícitas, éramos en esencia partícipes de un hechizo que no entendíamos pero que no nos importaba entender porque la lectura de los Trópicos venía relacionada con la experiencia que vivíamos bajo la influencia de la poesía de los poetas malditos o, en todo el caso, el respiro contra el hastío que leíamos en Rimbaud, Verlaine y Baudelaire. 
Si leíamos a Miller para entenderlo, íbamos a fracasar. A Miller había que sentirlo y en esa búsqueda de conexión encontrábamos un remezón. 
¿Qué tipo de remezón? Seguramente uno parecido a la experiencia de la lectura de la poesía, como la de los poetas malditos. Pero ante todo, y esto lo supe mucho tiempo después, lo que sostenía la poética de Miller era la actitud, una fe ciega en un proyecto de escritura que se justificaba en su práctica misma, en la fe ciega en un salvaje ejercicio de memoria. 
Es que era eso: Miller era un salvaje de la memoria. No he logrado encontrar a otro escritor que escriba al nivel de Miller, a otro que haya exprimido tanto la memoria como lo hizo él. Si tuviéramos que hablar de una poética de la memoria en el sentido más enfático del término, teniendo en cuenta que toda obra de ficción es uno de los trajes de la memoria, Miller vendría a ser uno de sus más grandes exponentes. No será el mejor, pero sí el que le dio una valía y una ambición que elevó la memoria a los cielos, haciendo que otros que también escribieron bajo el respiro de la memoria parezcan genuinos enanos o, siendo más suaves, talentosos entusiastas a los que les faltó precisamente memoria y más arrojo para igualar al maestro. 
No es para menos: Miller escribió más de cincuenta libros en los que habló de sí mismo. Una proeza como esta, en lo personal, no se la conozco a nadie. Miller, como se indicó, elevó la memoria. Pero ¿cómo lo consiguió? ¿Acaso era un escritor dotado para hablarnos de lo mismo una y otra vez? No es poca cosa lo que nos legó, decir que a la fecha su poética ejerce un magisterio no es una exageración: la poética de Miller justifica la narrativa que se viene escribiendo hoy en día. 
Miller es la marca de agua que se puede detectar en la novelística contemporánea. Su radiación no ha sido rápida ni expansiva, ha demorado, creo que más de la cuenta, en asentarse en el imaginario de los lectores y escritores. Y está bien que haya sido así, porque de a pocos su obra ha ganado una legitimidad literaria que termina por aplastar el criterio impresionista que lo tuvo durante décadas como un autor que solo sobrevivía por su leyenda de sujeto atraído por el escándalo, guiado bajo una clara actitud de provocación. Esta leyenda fue germinada y reforzada por sus propios lectores, quienes también tenían objetivos literarios, y que no pocos trataron de imitar, dejándolo todo en pos de la hechura de un proyecto literario que moría en las ciénagas del entusiasmo. Al respecto no hay mucho que indagar en los potenciales motivos, puesto que el proyecto de Miller exigía para justificarse una coherencia de vida que al final alimentaba la escritura, algo que casi nadie, me atrevo a aseverar, está dispuesto a concretar. 
Miller es un padre literario pero un padre literario sin hijos. Los que escriben teniendo a Miller como principal paradigma, no conocerán otro camino que la frustración. Así de bestia es su herencia, que caricaturiza a los que traten de ser como él. 
Hablamos pues de un escritor único en todos los sentidos. La impronta de Miller no es una marca de agua, es más bien un sello de alto relieve del que no puede escapar ni el más ducho de los narradores. 
Por lo general, los grandes narradores necesitan de puertas de entrada, o ventanas, para quedar insertados en las coordenadas de la sensibilidad de los lectores. Durante mucho tiempo se ha dicho y se viene diciendo que las puertas de entrada a la obra de este norteamericano irreverente han sido los Trópicos. Una mirada somera podría dar la razón a esa hipótesis, sin embargo, y como los años de lectura no pasan en vano, habría que empezar a subrayar el hecho de que Miller exhibe más de una puerta, que contadas al vuelo, nos llevaría a veinte vías de acceso a su obra. Los Trópicos ejercen un poder de hechizo y fascinación en quienes se acercan por primera vez a su obra. Pero ¿qué ocurre cuando leemos los títulos de La crucifixión rosada (Nexus, Plexus, Sexus), Primavera negra, Nueva York ida y vuelta, El tiempo de los asesinos, El mundo del sexo, Los libros en mi vida, La sonrisa al pie de la escala, La sabiduría del corazón? Uno no solo refuerza la impresión que se tenía de las novelas de los Trópicos, sino que llega a una certeza inexorable: que estamos leyendo a un escritor al que se le debió de reconocer más en vida, ya que si hubo algún escritor del siglo XX que mereció una mayor difusión literaria, sin hacer uso de su leyenda de escritor maldito, ese fue Miller. Si los Trópicos son las puertas de entrada, estas otras obras vendrían a ser la confirmación de su condición de grande. En otras palabras, hablamos de un autor al que se puede acceder por cualquier libro, que a su vez contiene también muchas puertas y ventanas de entrada, no son textos lineales en absoluto. En esta poética, lo último que podemos esperar, es un orden, una estructura pensada. En sus páginas jamás ha habido espacio para el raciocinio. Lo suyo ha sido el sueño, la crítica lúdica, el desenfado y la provocación temática. 
Miller supo que no iba a poder desarrollarse como escritor en New York. New York le hastiaba y le daba la espalda, por otra parte, sus inquietudes por escribir no eran del todo claras. Quería ser escritor, pero no sabía cómo encaminarse hacia ese fin. No se veía cómodo escribiendo como los demás y si no escribía como los demás no le iban a publicar. Algo que podría parecer muy sencillo, se convirtió en una disyuntiva existencial para el joven irreverente que vivía de esporádicos trabajos mal pagados. Había que irse, salir del contexto. Su propuesta literaria, si es que la tenía, iba más allá de la ortodoxia. Es cierto que tuvo una fugaz formación académica, pero fue ante todo un autodidacta, un lector voraz, sus lecturas venían pautadas por un irrefrenable desorden, sus intereses pasaban por la filosofía, poesía, ensayo y memorias. 
La crisis económica de la Gran Depresión fue motivo más que suficiente para que en 1930 abandonara New York y emigrara a París. París era la ciudad de sus héroes de las novelas decimonónicas, la ciudad de sus poetas favoritos, la ciudad en la que los ensayistas que leía escribieron sus libros. Había pues una actitud romántica en su huida a esta ciudad, pero las cosas no estuvieron marcadas por la buenaventura. 
Miller sufrió en París. Sufrió una pobreza peor de la que pasó en su ciudad natal. Sufrió de amor, puesto que conoció a Anaïs Nin, quien sería su amante y por quien dinamitaría el poco ego que le quedaba. Pero también conoció el circuito literario de la época, frecuentó los círculos poéticos y culturales, aplicando un filtro con el que guiaría sus preferencias, la comodidad de su sensibilidad, la que encontró en el discurso del surrealismo. 
En el surrealismo Miller halló el cauce que tanto necesitaba no solo para potenciar su estilo y sus temas, sino también la justificación de los mismos. No quería ser un remedo de los maestros de la época, sino encontrar su voz y, a partir de ese encuentro, empezar a forjar su poética. No demoró mucho. Los folios que venía escribiendo durante años no eran sino el ejercicio inconsciente de lo que haría después. Lo que llevaba escrito le sirvió para pulir su prosa y en el surrealismo, en el libre flujo de la conciencia, el aún joven Miller encontró el camino. Por eso, si leemos cualquiera de sus libros, en estos Miller escribe de sí mismo, no desde las parcelas de la imaginación, al punto que cada desgracia contada, cada instante de felicidad de relativa duración, eran experiencias que él había vivido. No fue un hombre que proyectara su vida por proyectarla, se dio cuenta, a lo mejor desde los años en que trabajaba en empleos fugaces y en los que era rechazado por todo tipo de editoriales, de que en el registro narrativo del “yo” iba a poder encontrar el sendero que le permitiera escribir libros que con el paso de tiempo recibirían el saludo que él consideraba justo. No exageramos si decimos que los libros de Miller dan cuenta del sufrimiento humano, que critican las convenciones morales y muestran una manera de llegar a la libertad del individuo a través de la confrontación del miedo. Miller, como gran lector de filosofía y religión, tenía la idea de que la mejor manera en que una persona puede llegar a conocerse era a través del miedo y su consecuencia natural, el sufrimiento. A excepción de un libro suyo, todos los demás radiografían su sufrimiento. Sin embargo, es en El coloso de Marusi donde Miller alcanza la cima artística. En este libro Miller relata su amistad con Lawrence Durrell, quien lo invita a Grecia a pasar una temporada, una temporada que lo equilibra emocionalmente y es precisamente ese equilibro el que también conduce su prosa hacia grados de transparencia que contradicen lo que leemos en otros de sus libros. Somos testigos de un Miller en estado de paz, sus descripciones de los paisajes son genuinos pincelazos narrativos, su trato con la gente del lugar destila una bonhomía casi ausente en su obra. En muchos pasajes, Miller parece entregado a querer seguir viviendo en Grecia, como también a morir allí. No es gratuita la referencia al Coloso, por medio de esta llegamos a una cuasi verdad: Miller escribía de acuerdo a su estado de ánimo, no escribía bajo un plan, lo suyo era la espontaneidad que recibió del registro surrealista. No pocos lectores se preguntan qué pasó después, por qué Miller no siguió en la senda del Coloso, sus libros posteriores siguieron nutriéndose del aire escéptico y escandaloso de su obra anterior. Vino la Segunda Guerra Mundial. Esa fue la razón. La Segunda Guerra terminó por matar la poca esperanza de paz que Miller había transmitido en su libro ambientado en Grecia. Por una cuestión natural, Miller regresó al discurso transgresor, desordenado. La paz emocional que encontró en Grecia jamás la volvió a plasmar en ninguno de sus textos. Más aún, Miller se hizo más virulento. Pero esta virulencia ya no la escribió en Europa, sino ahora en su país, asentándose en Big Sur, en donde construyó su cuartel que con los años se convertiría en punto de encuentro de sus lectores que venían desde distintas partes del mundo. 
Es cierto que su poética viene marcada por una prosa que puede aturdir al lector. Hay en ella una densidad y ramificación discursiva que exige al lector entrenado una concentración mayor. No hay que ser ligeros al respecto. Leer a Miller puede ser una experiencia iluminadora, pero llegar a ella se torna difícil y es en esa dificultad donde descansa la fuerza y riqueza de su literatura. El aserto de Lezama Lima sirve para entender la poética del norteamericano: “solo lo difícil es estimulante”. Es pues la prosa de Miller la que ha venido imponiéndose en las últimas décadas, y guarda el secreto de su epifanía y revelación. Ya no más fama de obsceno y provocador. En el silencio, Miller ha ido asentando un magisterio del que inexplicablemente no se está hablando. Hay que tener mucha fuerza y arrojo para decirlo, pienso, en estos tiempos en que poco se señala a los maestros que ejercen una presencia latente. Sumemos también la cantera de la que él se nutría. Ya mencionamos la importancia del surrealismo en su poética, pero es hora que se reconozca la otra gran influencia que empleó en su discurso incendiario. 
Su paso por Francia marcó su compromiso con el surrealismo. Sin embargo, este compromiso no sería lo que es sin la presencia de la sombra a la que se cobijó, es decir, el proyecto A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Más de una vez lo he dicho: Proust está en las alturas, en los cielos, y en la tierra quedan Faulkner, Hemingway, Céline, Malraux, Durrell, García Márquez et al. Miller encontró a Proust e hizo suyo lo mejor del maestro: la digresión y el flujo de los recuerdos. No solo eso, Miller mató al maestro, puesto que abordó la herencia del francés desde la calamidad de su vida, quitándole el refinamiento del gurú, no siendo pues una copia barata, tal y como muchos intentaban al querer imitarlo. 
No exageramos al decir que Proust es el padre de Miller y Miller su discípulo más aplicado. Miller no solo elevó la memoria, también la puso en bandeja para que las posteriores generaciones de escritores escribieran en confianza desde la memoria y el yo. El grado de radiación del norteamericano lo podemos percibir en los registros del diario, la memoria, el ensayo, el híbrido, el testimonio y la novelística del yo. Estos registros se vienen vendiendo como novedad, pero no caigamos en las mentiras de las etiquetas editoriales. Nada nace de la nada. Miller es el padre del híbrido que signa a la narrativa contemporánea. Se ha leído a Miller sin necesidad de leerlo. Se lee a Miller sin leerlo desde Bukowski a Karl Ove Knausgård, desde John Fante a Emmanuel Carrère, por citar algunas relaciones. Obviamente, esa radiación también la vemos en lo que se viene leyendo en la narrativa peruana contemporánea. Otra cosa es que no se reconozca esa influencia. En realidad son muy pocos los que la reconocen y no lo hacen por un aberrante desconocimiento. Paradójicamente, Miller es reconocido por los lectores y, es justo señalarlo, porque él escribía pensando en los lectores y no en los escritores o aspirantes a escritores, tampoco escribía pensando en el reconocimiento inmediato, se asumía como un gran escritor y escribía de acuerdo a ello. Tampoco olvidemos que las desgracias que vivió, el sino que dirigió su vida, le confirió una libertad que reforzó su estilo y le dio el impulso para escribir lo que le vino en gana. No tenía nada que ganar, mucho menos nada que perder. Su intención fue legar un proyecto que lo sobreviva, más de medio centenar de títulos en los que hablaba de sí mismo, del asombro que le provocaba el mundo y las personas que conocía. Hablamos, pues, de una esponja humana dispuesta a macerar la experiencia y el dolor. Para Miller, absolutamente todo era literatura.



Publicado en la revista Lucerna # 7
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