sábado, diciembre 31, 2016

588

Ultimo día del año, solo un respiro más para que la vida regrese a su normalidad. La verdad que en mucho tiempo mi paciencia no se ponía a prueba como en estas semanas de diciembre. No quiero imaginar qué hubiera ocurrido si las fiestas hubieran estado enmarcadas en días laborables, la extensión del hueveo celebratorio habría durado cuatro días como mínimo. Felizmente todos vuelven a trabajar el lunes.
En cuanto a mí, creo que mi recuento literario se está haciendo esperar más de la cuenta, pero me he demorado y creo que para bien, porque lo tuve que recomenzar cuatro veces desde que me dispuse a elaborarlo. Ahora me encuentro en la versión final del recuento, dorando lo que hay que dorar y reforzando algunos conceptos. Entonces busco un álbum de Echo & The Bunnymen y escojo el clásico Crocodiles, pero, y pienso que a razón de la tonada, un adormecimiento comienza a apoderarse de mi cabeza. Debo solucionar esa tentación, por ello voy a la cocina por otra taza de café y lo cargo más que de costumbre. Mientras diluyo el café, pienso en las tonterías que se piensan, en las promesas prácticas y morales que haría bien en cumplir el próximo año, aunque esas promesas no pasen de las meras intenciones, dejar en descanso mi talento para los apodos, todos ellos muy graciosos y celebrados; este intento de decisión parte del principio de respeto hacia las personas que han recibido mis apodos, al punto que, y no solo yo, los conocen por sus apelativos, pero lo curioso de la situación es que los receptores de mis apodos han comenzado a forjar una nueva identidad a partir de los mismos, bueno, bien por ellos, pero lo que sí me preocupa es que yo he olvidado los verdaderos nombres de muchos. Por ejemplo, el miércoles me encontré con un pata, este me pasó la voz mientras cruzaba la intersección de Javier Prado y Aviación. Era un pata a quien no veía en mucho tiempo, pero al parecer él guardaba un buen recuerdo de mí y en los minutos que duró la conversa al vuelo, me preguntaba por su nombre. Al final, cuando nos despedíamos, él se dio cuenta de que me había olvidado su nombre y que lo recordaba por su chaplín.
Me animo por un sándwich ya que estoy en la cocina. Preparo mi sándwich de jamón y queso y aprovecho en ver los últimos recuentos de año, entonces me pregunto hasta qué punto llega mi pesimismo hacia la narrativa peruana, ¿o es que he estado viviendo en un mundo paralelo?, pero nada de mundos paralelos, no fumo hierba desde hace mucho, así que mi percepción se ajusta a una limpieza mental, ajena a las alteraciones. Regreso a mi habitación y abro los archivos respectivos en Word, cinco en total, bueno, así trabajo, con la mente partida en múltiples intereses simultáneos. Sorbo un poco de café y en un mal movimiento con el brazo izquierdo tiro al suelo mi cubo de Rubik. Recojo el cubo y al querer darle la segunda a mi sándwich me percato de su ausencia. Me pongo de pie y busco a Onur, pero este duerme, estirado y descaradamente, en medio de la sala. Regreso a mi cuarto y me fijo en la ventana, quizá haya entrado por allí un gato, pero no hay señales de pisadas gatunas ni en mi cama ni en mi sillón de lectura. 
Después de tres minutos de reflexión sobre la desaparición del sándwich, encuentro el motivo de su desaparición, ubicado en el nido de uno de mis árboles. Solo tuve que levantar la mirada.

viernes, diciembre 30, 2016


587

Bueno, ayer sí me mandé una desaparecida salvaje todo el día. Sales de tu casa, golpe de 10, con la idea de regresar a las dos horas, pero nada en tus planes, ni en sus alteraciones, te hubiera hecho pensar que regresarías en la madrugada de hoy viernes, golpe de 3, cargado de libros, impregnado de revelaciones, pero también con muchas ganas de dormir, lo cual es un hecho inaudito a aprovechar, con mayor razón si tienes problemas para conciliar el sueño, sueño que obedecía a la caminata que me di por varios distritos, sin importarme la inclemencia del sol, que ha dejado su marca en mi nariz.
Pero la caminata valió la pena, no se puede sudar tanto como ayer, y algo me dice que seguiré en esa práctica, la que hará que baje algo de peso; la caminata valió la pena porque un buen amigo me regaló la poesía completa de Lezama Lima, en la edición de Sexto Piso. Librazo, pues. Mi caminata me llevó también a conocer una librería, que me costó ubicarla. Como estaba en Barranco, me encaminé hacia ella, aunque la naturalidad de mis pasos me llevó en principio a La Libre, hecho que me di cuenta en la puerta de la librería, a menos de medio paso para entrar. Conozco la librería, pero la idea era conocer la otra, ubicada en la misma calle que esta y me lancé a su búsqueda. De lo que no me dijeron es que la nueva librería se ubicaba dentro de otro local, pero una vez solucionada la confusión pude conocer Babel.
No estuve mucho tiempo, pero volveré a pasar con más calma. Pero lo que sí noté es que Babel, al igual que La Libre, es una librería con personalidad. Últimamente vengo usando esa palabra, y salvo excepciones en el mundo del comercio del libro, pocos parecen o quieren entender la resonancia de lo que se quiere decir con personalidad, que no es más que compromiso con el libro, compromiso que forja el perfil del librero. Aunque claro, la personalidad tampoco es garantía de éxito, pero la personalidad es el factor que diferencia y diferencia es lo que se necesita a gritos en el mundillo peruano del libro. Por ejemplo: ¿llamaríamos librero al chancho mercachifle que dirige la librería Época? 
Ya más despejado, me pongo a escuchar el Bloodflowers de The Cure, que no escuchaba en mucho tiempo. Al ritmo de las primeras canciones me pierdo en esta mañana frente a una página en Word, en la que paso a limpio las páginas escritas en una de mis libretas, páginas que dan cuenta de una experiencia límite vivida en 2008, que decidí consignar por escrito a pedido de algunos amigos que han conocido la historia de lo que casi me pasa en esos días en la ciudad más bonita de Colombia. Bueno, a veces las experiencias de uno se ven distintas, y sobredimensionadas para uno, ante los demás.

jueves, diciembre 29, 2016

586

Anoche, mientras me dirigía a librería Sur, con algo de apuro por no haber calculado bien el tiempo, en plena Av. México por demás infernal, paré un taxi, el primero que pasara y así guiar al chofer por los recovecos, la Ruta G, el secreto mejor guardado que tengo para llegar a mi destino en menos de un cuarto de hora. Pues bien, antes de levantar el brazo, tuve dudas, porque el taxi era un Tico y por comodidad no suelo tomar este tipo de autos, pero en esos instantes no estaba para exquisiteces, claro, la Ruta G sirve, pero sé también que no debo abusar de mi ventaja. Entonces detuve el taxi, viejo, al ojo maltratado por más de quince choques. Negocié rápido la carrera. Una vez sentado, me di cuenta del detalle que hacía diferente ese viaje en taxi, ya tenía que ocurrirme, las había visto pero era la primera vez que tenía a una mujer como taxista, una mujer en cuyo rostro se reflejaban los años de trabajo, una mujer que no dudó en prender en dirección a mí su ventilador colgante ni bien prendí el primer pucho del viaje. El taxi ni siquiera tenía luz para poder leer, fue este un viaje en penumbra, iluminado por las luces artificiales; a pesar de ello, el viaje fue iluminador, porque pude hablar con la mujer, teniendo como primera impresión que era una mujer de armas tomar, imaginando las no pocas peleas y discusiones que tendría durante el día, luchando contra la matonería del macho al volante. 
Cuando llegué a mi destino, y como suponía, la taxista no sabía cómo salir de San Isidro. Había tráfico en Pardo y Aliaga y el tráfico limeño, sea en donde sea, tiene el poder de huevear al más pintado. Por ello, antes de bajar le indiqué tres posibles rutas para llegar a Javier Prado. Sentí muy sincero su agradecimiento.

miércoles, diciembre 28, 2016


585

Ayer, mientras conversaba con un amigo en una banca del jardín de la librería Blanca Varela – FCE, fui testigo del desfile de una variopinta gama de personajes, y lo más curioso, es que no pocos de ellos me saludaban con cariño, cosa que me hace sentir bien puesto que soy de poco de hacerme ver por las calles, y cuando converso con alguien, trato de no hacerlo en lugares abiertos. Lo de ayer fue una buena ocasión para quebrar la costumbre mientras hablaba de ediciones, autores peruanos, tendencias literarias… Claro, entre esos personajes no faltaron los inefables que no solo pasean su mediocridad existencial, sino que también son costales de sal que contagian su mala fortuna, tal el caso de “El asustado”. Lo vimos entrar y el sol desapareció, las ventas en la librería se detuvieron, el servicio de agua se cortó en Miraflores, tres perros se perdieron, ocho niños se deprimieron al verlo, sucedió un temblor...
“El asustado” es como Hurley de Lost, pero la diferencia es que Hurley tiene gracia, es sabedor de su malafortuna contagiante y trata de que esta solo le perjudique él. O sea, Hurley sabe que es un salado y se cuida de no contagiar saladera a los demás. En cambio, “El asustado” sala todo lo que pisa, todo lo que mira, sus poderes paranormales no conocen límites, hasta cuando trabaja en ferias, pero allí cambia de razón social, deja de ser “El asustado” para convertirse en el popular “Librerobestia”, bueno, así lo bautizaron en la pasada feria Ricardo Palma. Pienso que sus patas deben hacerle un favor y sumergirlo de cabeza en un cilindro de con hojas de yantén, floripondios y baba de chamán, solo así se le podría erradicar la saladera. Minutos después me enteré que su radiación salada había sido mucho más fuerte, todo el comercio miraflorino cayó, cerró a la baja.
Luego del ceviche de mediodía, se me antoja el cigarrito de rigor. Entonces salgo al parque, pero no prendo el cigarro porque a quince metros de mí vi a una chica de no más de 20 años, pegada a la pared, con las manos cubriéndose el rostro, puesto que Pinky, la novia de Onur, la estaba ladrando. Los ladridos de Pinky no eran de temer, pero esa es mi percepción personal, no la de esta chica veinteañera que temblaba y contenía las lágrimas. Entonces me acerco donde ella y le pregunto si vive en el barrio, si está buscando a alguien. En ambas preguntas su respuesta es temblorosa, moviendo la cabeza. Ahuyento a la perra y recojo su casaca y mochila. Se las entrego y camino con ella hacia una banca cercana. Le pregunto si tiene fobia a los perros y ella, ahora sí, me responde, la contundencia de su “estoy traumada con los perros” cala en mi corazón, porque en parte sé que lo es tener un trauma. Por ejemplo, hasta el día de hoy evito presenciar los sacrificios de pollos en los mercados, y no es gratuita esta actitud, puesto la misma obedece a una experiencia que el lector común podría entender: tenía cuatro años cuando Clara, la joven que nos ayudaba en la casa, me lleva al mercado a hacer las compras del día. Era un niño inquieto, algo autista según muchos. Esa mañana, como muchas mañana, había mucha gente, y ocurrió lo que no: me desprendí de la mano de Clara y fui a explorar el mercado, en esa exploración llegué a los puestos de venta de pollos. Me acerqué para ver a los señores que sacrificaban a los pollos, un espectáculo revelador para un niño de cuatro años, pero por esa misma razón, en ese estado de asombro y descubrimiento de que había un mundo más allá de la isla de cristal que nos construyeron mis padres, no estaba para nada preparado para lo que en minutos acaeció. A uno de los señores que sacrificaba pollos se le escapó uno, es decir, un pollo sin cabeza, pollo sin cabeza que corría moviendo las alas pardas y blancas, y lo hacía en dirección a ese niño de cuatro años, que no tuvo opción que huir entre ese mundo de gigantes, perseguido por más de diez metros por un pollo sin cabeza que dejó de perseguirme cuando la sangre se le acabó.
En mi huida desesperara, me resbalé, me saqué la mierda al voltear el pollo sin cabeza a menos de veinte centímetros de mí. 
No quise saber en detalle la circunstancia del trauma de esta chica con los perros, pero entendía su tembladera, su incapacidad para articular ideas. Me quedé un rato más con ella, sin decirle nada, mirando de lejos a la novia de Onur y fumando mi cigarro. Mi compañía duró lo que el cigarro. Le dije que tuviera cuidado cuando caminara por los parques y ella me dio las gracias.

martes, diciembre 27, 2016

584

Me doy cuenta de ello, pero no con la atención que debería, pero no digo nada porque quiero saber hasta qué punto se llega. Desde hace algunas semanas, más o menos desde la quincena de noviembre, mis cuentas de correo electrónico, Face y Twitter, vienen siendo amenazadas por hackeadores, que en el mundillo literario y cultural los hay a raudales, lo cual me lleva a sustentar más la idea que dijera un escritor con quien tuve una charla pública sobre su novela en la última edición de la Feria del Libro Ricardo Palma: “el escritor peruano tiene que empezar a trabajar”.
Cierto.
No todos, pero buena parte de ellos se dedica a malgastar su vida, el cuerpo, el cerebro y el ingenio en el hueveo permanente, hueveo atento a la captación de impresiones que deviene en buitreos que vendrían a ser la metáfora, aparte de su existencia, también de su obra. Entonces, estos literatosos ociosos que no trabajan, y no lo hacen porque les gusta vivir de prestado y de la beneficencia literaria, son actores idóneos, empleados en potencia, para los que regentan el oscuro poder del tráfico editorial, eso, por un lado, como también para los que solo viven para joder a los demás.
Pero claro. Tan culpable como el hacker es también el perjudicado. En ese sentido, es prácticamente imposible que se pueda acceder a cualquier de mis cuentas, y lo más gracioso es que los ociosos dejan rastros de su procedencia, pero tampoco voy a perder el tiempo, porque no me interesan estos ociosos con evidentes complejos de fealdad, sino sus potenciales patrones.
Me sirvo café y me pregunto qué pasaría si me hackean. También me lo pregunté ayer mientras conocía un nuevo café en Jesús María. Conozco bien las calles de ese distrito, pero me cuesta ubicar por nombre sus calles, ese es quizá mi eterno problema de ubicación con los distritos que más conozco de Lima, si a las justas sé el nombre de mi cuadra. Pensaba en la posibilidad del ataque virtual mientras esperaba mi pastel de acelga y espresso, y por extraño que parezca en estos tiempos de paranoias virtuales, no me preocupa el hackeo, sino en quienes estarían detrás de esos ataques virtuales, de quienes me ocuparé en los próximos días.  
El sol se muestra generoso, impregnando de naranja mi habitación, y por un momento, mi habitación parece una locación cerrada de El último tango en París. Entonces aprovecho el calor y me dirijo al lavadero, ubico lo necesario para la misión del día: bañar a Onur, el falso pekinés.

lunes, diciembre 26, 2016

583

Con algo de tardanza, aunque esa cuestión sea solo de días, me dispuse a escuchar los primeros trabajos de Pink Floyd, del periodo 1967 – 1972, dl que no es necesario señalar, o hacer hincapié, sobre su carácter seminal, para muchos, pues, la mejor etapa de la banda británica. Claro, soy hincha de Pink Floyd, de algunos álbumes, pero conecto más con el periodo setentero, y aunque estos trabajos iniciales no sean tan setenteros, bien lo valen, en su sentido progresivo y como testimonio de época.
A los veinte minutos de sumergimiento psicodélico, el hechizo musical se quiebra, a razón del viral que significó la muerte de George Michael, cuyos últimos años estuvieron signados por la inactividad, pero de quien podemos señalar que hizo lo suyo, a lo mejor no dejando una escuela o magisterio musical, pero sí tres o cuatro canciones que serán escuchadas, sea por su epifanía, pero ante todo por el hechizo de su voz, puesto que la voz de GM debe ser una de las más privilegiadas en la tradición del pop, voz alimentada de las resonancias del soul y de la estela de la música protestante negra. Recuerdo que a mediados de los noventa, en la protohistoria del Youtube, había un programa musical en RBC, programa del que no recuerdo su nombre, pero en el que pasaron un especial de hora y media sobre la trayectoria musical de GM, en donde declaraba que admiraba la música negra estadounidense.
Regresé a Pink Floyd, pero el cansancio causado por lo comido el domingo, me comenzó a pasar factura, el sueño sin sueño se imponía, y me puse a leer, a terminar la lectura de dos libros, uno de ellos, las memorias de Fernando de Szyszlo, que pese a algunos prejuicios iniciales, lo que cuenta y reflexiona el pintor me arroja una certeza: la iluminación de la apuesta por la libertad en la vida. Si hay algún interesado, estas memorias bien valen su tiempo de lectura.
Al despertar en este lunes de sol y ruido de taladros puesto que Sedapal viene haciendo algunas refacciones en las tuberías de mi cuadra, lo que me obliga a preguntar a los trabajadores si cortarían o no el agua, pregunta algo matonesca de mi parte, pero que solo duró no más de veinte segundos, ya que los trabajos no afectarían el servicio de agua potable. Entonces, aliviado, me pongo a trabajar, prendo la portátil, me sirvo café y prendo el primer cigarro del día, quizá no prenderé otro hasta las cinco de la tarde. 
Vuelvo a la música de Pink Floyd, a esos años de búsqueda. Hay que ser genial para que en plena búsqueda de la identificación creativa te muestres precisamente genial.

domingo, diciembre 25, 2016

582

El silencio se impone en este día de celebración familiar, al menos, destaco de este el silencio, que felizmente es también social. Todo indica que el barrio duerme y dormirá hasta tarde. Los rayos solares imponen su presencia, mi cuarto y mi sala configurados de un naranja disipado. Me instalo en la mesa y Onur se posa a mis pies, me basta verlo para percatarme de que necesita un corte de pelo, pese a que no tiene el pelambre corto, empero la temperatura animal es distinta, más caliente que la aquel animal que se desplaza en dos extremidades.
Busco en Spotify un álbum ideal para este día de recogimiento mental, pero tampoco pienso mucho, ya que se impone el Cerulean de The Ocean Blue. Si existe un día ideal, al menos para mí, para volver a este álbum, ese es precisamente un día como navidad. Ciertos álbumes se ajustan a sus días, en especial cuando estos son de recogimiento, o algo que se le parezca, siempre y cuando el hueveo sea lo que se imponga. Entonces presiono Play, programo la opción Repeat y en compañía del primer café del día, me lanzo a los remansos armónicos del álbum, mientras doy el primer sorbo y abro los archivos que venía trabajando, sea escribiendo o editando, pensando en lo que hablaba con mi sobrina Gianella el día de ayer, que mañana cumple quince años, y como sobrina mía, inteligente, ha decidido no celebrar con una olvidable fiesta, sino con un viaje que realizará en un par de meses cruzando el charco. 
Sin duda, uno de los archivos que vengo trabajando es el recuento, y sé lo no poco que “algunos” esperan de mis recuentos literarios, de este salvaje ejercicio de memoria, pero su escritura es también una batalla contra los bloqueos, y no es que un recuento me bloquee, solo que tengo que estar en onda con mis sentidos activados, y cuando los sentidos no están activados, como bien anotó un poeta peruano ochentero, y con acierto: “en estado de poesía”. Entonces, me dispongo a activar sentidos, en especial memoria, en pos de avanzar 1000 palabras más del texto y tenerlo acabado en los próximos días y así poner orden en este corral de chanchos literarios, bueno, en un corral de chanchos se ha convertido la literatura peruana actual.

sábado, diciembre 24, 2016


acomodaticio

Entre las muchas cosas que no entiendo, una se erige como la que jamás entenderé: la práctica del periodismo.
No la entenderé porque hoy en día hace falta un cartoncito que te sindique como tal, “soy periodista”, repite más de un alucinado de pésimo nivel cultural. Al respecto, no me hago problemas sobre la esencia que debe existir en el ejercicio del periodismo: la búsqueda de la verdad por medio del espíritu crítico. Lo demás, sus métodos, su logística, las paso de largo. Se aprenden, sea en las aulas o en las calles. Quien piense que es al revés (primero la formación y después la convicción), quizá deba preguntarse si es un periodista o un comunicador. Me resisto a creer a que haya tanto ahuevamiento.
La triste realidad nos revela un síntoma atroz: el periodista peruano está alineado. Bueno fuera que ese alineamiento sea con la verdad, mas no es así, cachorro, el periodismo peruano viene alineado con sus intereses, como uno tan “noble”, llámalo la nobleza económica. Y podemos seguir sindicando toda clase de noblezas, que de darse, tendríamos que agotar un par de párrafos para empezar.
Esta reflexión que interrumpe mi desesperada espera de la Noche Buena, viene a cuenta de un artículo de Víctor Andrés Ponce en El Montonero,  Terremoto Odebrecht.
¿Qué nos dice VAP?, o mejor formulado: ¿cuál es su lectura de este destape de corrupción mundial?
Su lectura nos arroja dos certezas: 1) su incapacidad para leer el contexto y magnitud de ese caso y 2) su evidente alineamiento con el fujimorismo.
Sobre lo primero, y en vista que la reflexionología nos lleva a la rapidez opinativa, uno puede equivocarse, y los horrores son más vergonzosos cuando detrás del opinante existen años, muchos, de experiencia. Pero lo segundo sí es más condenable, porque su artículo es un intento por destacar la pureza naranja, sin tener en cuenta datos que de haberlos usado (a saber, la presencia de Odebrecht por más de veinte años en territorio peruano y sus evidentes nexos con la dictadura de Fujimori) su texto sí hubiese perdido resonancia.
La intención de este señor fue la siguiente: servirnos un apestoso estofado condimentado con corrupción e hipocresía ideológica, y presentarnos en la mesa de al lado un plato delicioso, sano y nutritivo. 
Se pueden decir muchas cosas de los periodistas, y como humanos que son, ellos no están libres de errores, como también tienen derecho a abrigar la oportunidad de enmienda (de burradas). Nadie es perfecto. Pero un artículo como el de Ponce nos transmite lo peor que se le puede decir a un periodista, que más allá de su alineamiento naranja, nos revela a un tipo acomodaticio, con principios obedientes a los vaivenes del poder político.

581

Despertar temprano y cometer un error involuntario: prender la radio y no cambiar de estación, RPP. La última vez que la escuché, hace más de un mes, mientras escuchaba un partido de Alianza Lima. Pero prender la radio y escuchar RPP no es el problema, sino dejar que Cipriani se despache a sus anchas, cuando bien puedo cambiar de estación radial, pero no lo hago, a cuenta de que debo atender una llamada, en la que solo cumplo con escuchar y sentenciar con “sí” y “no”, la primera llamada de una serie llamadas inevitables, llamadas de navidad, que tienes que aguantar un día como hoy, día que asumo como un pago por mis involuntarias maldades cometidas durante el año. Así es, atender a la familia que llama a casa, que a excepción de la familia que vive fuera del país, es preferible atenderla por teléfono a que vengan a casa a alterar el orden, aunque ese deseo no siempre se cumpla.
Al cabo de media hora, me encargué de tres llamadas; me acomodo en la mesa de la sala, con el inalámbrico, y la portátil prendida, atento a la puerta porque en mí quedará recibir a los que se atrevan a venir el día de hoy. Pero no, no es que me considere un “Grinch”, solo que la aglomeración de emociones uniformes me aturde, y me resulta inevitable no pensar en Orwell, en los postulados de su ficción y ensayo. No siempre he pensado en Orwell, aunque sí lo pensaba, desde niño, solo que de niño no sabía quién chucha era Orwell, pero ahora que lo sé, y solo esta mañana me doy cuenta de por qué vengo leyendo a Orwell en estos días del año, en principio como un mero repaso, pero luego como relectura paulatina y meditaba que, no exagerando, ya tiene muy buen tiempo. 
No hay nadie en casa, mis padres han salido a ultimar compras de la Noche Buena. Mi perro está durmiendo en el sillón. La sala invadida por una atmósfera naranja, solo falta asomarme a la ventana y percatarme de que me encuentro en Saigón, I Still Only in Saigon.

viernes, diciembre 23, 2016

580

La algarabía de los días de fin de año, las calles invadidas, el tráfico en su estado más mierda que nunca, me obligan a refugiarme en mi casa. Ahora sí, viendo más que nunca la vida desde una burbuja, en compañía de mi perro y realizando algunas compras por Internet. Solo salgo en las noches, mientras más tarde, mejor. A saber, anoche me perdí por los laberínticos parques de San Borja, caminé tanto que llegué hasta Surco. En Primavera y Evitamiento entré al Minimarket de un grifo, en donde compré una Peroni y me surtí de cigarros. La ciudad se veía en un inusitado estado de calma, solo un susurro recorría la noche, el susurro quebrado de los claxons.
Paré un taxi y regresé a casa. Me bajé en el cruce de 3 de Febrero con Arriola. Pero allí me tentó la idea de ir al Centro Histórico. ¿Qué de interesante puedes encontrar allí, en la madrugada de un viernes? La gente que conozco debe estar durmiendo y no las voy a despertar por mis desvelos, pero me haría bien caminar por esas calles que no recorro desde hace una semana, exactamente una semana. Prendí un pucho. Esas decisiones se toman en cuestión de segundos, no es más que una batalla contra los impulsos. Entonces me dirigí al Centro Histórico, directo a la Plaza San Martín.
Di un par de vueltas por Carabaylla. La ciudad vacía y una que otra flaca que salía de trabajar de los tragamonedas, caminando rápido, con los hombros elevados y tiesos, y el rostro en dirección a un punto fijo y en diagonal del suelo. A ellas solo les basta llegar a la Plaza San Martín en donde las espera el taxista de turno o el amante que espera porque ama. En el cruce de Emancipación con Jirón de la Unión, prendí otro cigarro. La Peroni bebida en Surco se manifestaba con solvencia y ventaja.
Había que miccionar y no había lugar cercano para hacerlo, es decir, ningún local abierto. La distancia del tragamonedas más cercano era corta, pero insuficiente para el chorro que contenía, entonces, sabiendo que las cámaras de seguridad me grabarían, a riesgo de que me manden una camioneta de Serenazgo, me bajé el cierre del short y regué el arbolito ubicado frente al Ministerio de la Mujer. Mientras orinaba, abría y cerraba los ojos, porque el riego del arbolito estaba durando más tiempo del que normalmente demoro, además, sentía que mi panza bajaba de nivel de gordura, y por un momento tuve miedo, miedo de diluirme en el líquido que salía de mí. Al cabo de cinco minutos, bajé tranquilo por el Jirón de la Unión. Entré al baño de un tragamonedas para lavarme las manos.
Una vez en La Colmena, mis pasos me llevan hacia el único local abierto las 24 horas del día. Un local que ya debe aparecer en la documentación de la narrativa peruana actual. El local que a más de uno le ha repuesto las energías tras una noche de juerga. Así es, Pollos Begui.  
No sé cuál sea el secreto de sus pollos a la brasa. Seguramente el pollo, ¿o las cremas?, ¿las papas fritas?, ¿la ensalada? Me pongo a pensar en ello mientras espero el cuartito de pollo, lo último que hago antes de regresar a casa.

jueves, diciembre 22, 2016

auge por la brevedad

Un artículo de Óscar Gallegos Santiago sobre la tradición del microrrelato peruano llama mi atención, con mayor razón ahora que la práctica de la escritura de microrrelatos se ha vuelto por demás imperante, como la aparición repentina de una adicción. Es decir: si no escribes microrrelatos, eres nada.
A esta impresión se suma la certeza a que desde un tiempo la narrativa peruana se ha dejado seducir por la brevedad. Basta ver las publicaciones en narrativa, en especial de novelas signadas por su corta distancia, a lo mejor porque eso es lo manda el criterio editorial, hecho que no solo compete a los grandes sellos, sino también a los independientes. A este paso, el encapsulamiento será el rasgo común de la narrativa peruana actual, que estaría bien si se privilegiara la sustancia en la escritura, el rizo de la prosa y no el recuento lineal, como si su objetivo fuera una noble forma de llenar currículo. En cierta medida, esta tendencia la percibo como una subestimación hacia el lector, que también quiere leer novelas de largo aliento, tal y como lo hace con las novelas de autores extranjeros.
Pero volvamos, y cerremos, sobre lo que tengo que decir del texto de Gallegos, con el puedo estar muy de acuerdo, sin entender, y no creo que entienda, la inclusión de Prosas apátridas de Ribeyro en su artículo, que no es más que una medida de fuerza por dorar innecesariamente lo que fundamenta tan bien. Los guindones no van con los estofados, pues.
El artículo en cuestión es una especie de prólogo a la selección de los microrrelatos ganadores y finalistas convocados por el suplemento El Dominical. Me quedo con el artículo como documento de guía y referencia. Pero basta ver los textos ganadores y finalistas para detectar en segundos su característica común: la mediocridad. Si algo arrojó este concurso fue mediocridad literaria. Pero ello no se debe a la falencia de un registro como el microrrelato, que exhibe buenos exponentes en nuestra tradición, sino a la frivolización de su ejercicio. ¿O acaso alguien en su sano juicio va a creer que miles se lanzaron a escribir microrrelatos por una convicción en el registro? No. Lo que motivó fue el dinero. Y esta frivolización sedujo a más de un escritor con libro publicado, escritor que ahora debe estar muy agradecido por no figurar entre los ganadores. 
Lo ideal, y lo sano: que el microrrelato cuaje, que tome su tiempo de maceración. Su práctica tiene que avanzar de forma lenta, pero segura, con exponentes serios que conozcan en verdad su rica tradición. No impongamos su ejercicio a la mala. Por su naturaleza, el microrrelato es hermano de la poesía (pensemos en esta relación). Mientras tanto, enfoquémonos en otras vertientes que vienen reclamando una promoción justificada, vertientes legitimadas en el logro literario. Pienso en la narrativa fantástica, a saber.

lo que viene

Se viene la noche, y en verdad me alegra que se le venga la noche a más de un político corrupto local, a más de un sinvergüenza que se llena el hocico con discursos de inclusión y justicia sociales. Tarde o temprano, la justicia pone las cosas en su lugar.
Tal y como suele suceder por estas tierras, cuando de justicia hablamos, y si hacemos memoria pensemos en el mandamás de la FPF Manuel Burga, la justicia o amago de la misma, como debería ser, y no como la huevada que es, viene por cuenta de procesos fiscalizadores foráneos, como la investigación llevada a cabo en Brasil, Estados Unidos y Suiza en el caso Odebrecht, investigación que compromete a 12 países en temas de transporte, energía e infraestructura; en lo que a Perú concierne, la investigación ha arrojado el dato que a más de uno le quita el sueño: 29 millones de dólares en sobornos a altos funcionares de los gobiernos de Toledo, García y Humala. Sobornos que le permitieron a la empresa brasileña ganar todas las licitaciones a las que se presentaba.
Que se descubra la verdad y que la justicia nos limpie de la lacra. La coraza legal está, y felizmente no es una coraza legal peruana, cosa que nos brinda una inicial garantía sobre el curso de las investigaciones, que no estarán sujetas a los vientos del capricho y el acontecer político local.
¿Tiemblan? No, no creo que tiemblen los posibles implicados en los sobornos.
Su temor es exponencial: se están cagando de miedo.
Pienso en muchos, pero en especial en Alan García, “El tío Bigotes” Cornejo (la esperanza aprista en las próximas elecciones municipales), Garrido Lecca y claro, Nadine Heredia. Ahora, no me vengan con huevadas con que ella no era funcionaria pública, aunque de la coherencia moral de la intelectualidad peruana se puede esperar absolutamente todo. Pero si nos sumergimos más en esa podredumbre de sobornos, y si analizamos las posibles rutas del dinero, esta gracia llegaría hasta la misma Susana Villarán… 
Es decir, todo funcionario público o personaje político de influencia, en funciones desde el 2005 al 2014, es un potencial sobornado. Cuidado con las apologías discursivas.

miércoles, diciembre 21, 2016

579

Me despierto a una hora prudente y comienzo a hacer mis cosas con tranquilidad.
Una taza de café para despejar el poco sueño que aún siento. En la madrugada me quedé hasta tarde escribiendo un extenso mail, y después me puse a leer un libro que no sé aún cómo calificar, ¿novela o aparato literario? Como sea, llevaba tiempo buscando algo de Stewart Home, hasta que por fin di con Memphis Underground, y en sus páginas me sumergí, aún más interés con lo que señala Kiko Amat en su prólogo. Entonces, era natural que despertara con una leve sensación de resaca. El duchazo se imponía, pero antes de entrar a la ducha, reviso el Inbox del Face y encuentro un mensaje del buen amigo “Salserín”, un lector total que no duda en sumergirse en los recovecos de la ciudad tras el libro que quiere leer. “Salserín” no conoce de clasismos, bien puede ir a la librería más reputada como a los espacios más pestilentes, siempre y cuando el libro hallar se encuentre allí.
Este amigo me envía una foto de sus adquisiciones de los últimos días, amplío la imagen y debo reconocer que ha conseguido muy buena cosas, como un libro descatalogado de Piglia, un par de Juan Filloy, un poemario de René Char, entre otros títulos de indudable valor literario. Y aprovecho en recomendarle algunas novelas que me han gustado mucho este año.
La comunicación se corta a razón de los silencios. Y al respecto tenía una idea, porque también me acababa de contar que en la noche de ayer se mandó una bombaza en un bar de Contumazá. Una bomba que duró hasta tres horas antes de nuestra comunicación.
Volví a lo mío. Al duchazo, aunque antes le di su desayuno a Onur.
Cuando salí de la ducha, vuelvo a ver otro Inbox de “Salserín”. Lo percibía palteado, confundido, taciturno. Algo había pasado con él en esa hora y media de desconexión. Entonces, le pregunté qué pasaba.
Y “Salserín” se sinceró.
Como estaba con los efectos de la resaca, él requería de un inmediato descanso de sueño profundo, pero decidió desafiar a la realidad y en estado Walking Dead se dirigió a la peluquería de su barrio por el corte de cabello mensual, del que se encargaría una señora que conoce mejor que nadie los misterios de su cabeza y cabellera. Pero esa señora no se encontraba. Entonces, “Salserín” barajó dos opciones: o regresar a casa para el descanso de sueño profundo o buscar otra peluquería.
Y “Salserín” desafió más a la realidad, a la que creía dominar.
Al mismo estilo Walking Dead se encaminó a otra peluquería, que no demoró encontrar. No había nadie en esta otra peluquería, solo la señora encargada de cortar el cabello. Además, el ambiente del lugar no le brindaba la comodidad suficiente, y la comodidad es un elemento clave en estas cuestiones de estética masculina. Prendió un Hamilton, pensando por última vez si disponía o no del servicio de esta peluquería.
La peluquera, según lo que me contó “Salserín, era “igualita” a Babs de Pink Flamingos.
En lo personal, jamás pondría mi cabeza y mi cabello en manos de una mujer que me recuerde a Babs.
Pero como dije, “Salserín” gusta de desafiar a la realidad.
Tomó asiento como pudo, porque la falta de sueño adquiría posesión de su cuerpo.
No tuvo tiempo de explicarle a Babs cómo deseaba su corte. Simplemente se quedó dormido. Lo último que sintió fue una garra que llevaba hacia atrás su cabeza, teniendo como imagen difusa las hélices del ventilador del techo.
“Estimado, ¿cómo quedó tu cabeza?”, le pregunté.
“Putamadre, Gabriel. Ese mounstro cagó mi cabeza…”
“Habla, ¿cómo quedó la mitra? Dame un ejemplo visual”
“Acuérdate de “El Boa” de La ciudad y los perros, la película. Así quedé”. 
Sin comentarios, pensé.

martes, diciembre 20, 2016

"leñador"

Como lector a la búsqueda de lo nuevo, y cuando hablo de nuevo no necesariamente me refiero a la novedad editorial, uno no puede dejar de expresar su satisfacción cuando encuentra un libro que podríamos catalogar de novedoso, pero no en el sentido de referirnos a la naturaleza de su significado, sino a la tradición de la que se alimenta y de lo que es capaz de hacer contra ella. Porque eso es lo que tenemos que hacer con la tradición, enfrentarla con conocimiento de causa. Solo así sabremos de dónde proviene lo nuevo, qué características exhibe y qué epifanías guarda.
La narrativa latinoamericana actual viene atravesando un momento signado por la variedad, hija engreída de la búsqueda. Estamos pues en momentos de recambios y relevos, y al respecto, sabemos que más de uno quiere ser parte de ese momento estelar, de la consagración por la que se lucha, y si eres joven, mucho mejor. Es lícito que se quiera buscar un espacio en el relevo, el reconocimiento es el destino natural de los buenos escritores. Por ello, ante tantas luces y saraos literarios testimoniados en las redes sociales, la crítica debe mantenerse atenta y ver más allá de la neblina discotequera. Dicho esto, ¿qué sensación guardar cuando encuentras y devoras una novela como Leñador (Fiordo, 2016) de Mike Wilson?
Hay que cuidarnos de ligerezas informativas. La biografía del autor podría confundir. Wilson nació en Estados Unidos, se crio en Argentina, Chile y Paraguay. Volvió a Estados Unidos, en donde estudió Literatura, doctorándose en Cornell. Y regresó a Chile, en donde vive en la actualidad. Es decir, no hablamos de un autor latinoamericano cuya primera lengua haya sido el español, pero Wilson es tan latinoamericano como cualquier otro, porque su lengua literaria es el español, y en esa lengua literaria (viaje lisérgico entre la prosa argentina y el aliento poético chileno, a primera impresión) ha construido una novela que con toda justicia podemos calificar como la novela latinoamericana más ambiciosa y cargada de epifanías en lo que va del presente siglo.
En Leñador se cuenta todo, pero se cuenta de una manera distinta; novela ajena y divorciada de la linealidad narrativa, huidiza de la aparente sencillez del fragmento, la onda micro no va con la poética que la conduce. Y podría sonar a lugar común, pero estamos ante una novela de lenguaje, pero entendamos lenguaje en su sentido más amplio, en su tradición de las grandes novelas de lenguaje, amparada en cualidades difíciles de confluir: sensibilidad y sabiduría.
Su protagonista, un exsoldado y boxeador argentino, abandona su vida de ciudad para adentrarse en el bosque del Yukón, en Canadá. Lo que le espera es una nueva vida y hacia esa vida se entrega, relatando esa vida asimilándola en la revelación de sus costumbres, partiendo de los detalles, como la forma de las hachas y sus componentes, la diferencia existente entre los árboles, del mismo modo sobre la comida, la vestimenta, el uso de la barba, la preparación de la cerveza, sobre los animales que pueblan el bosque y hasta los adminículos de uso diario… Wilson nos presenta una enciclopedia vital, que descansa en el discurso descriptivo, mas su enfoque no yace en el objeto, sino en la expresividad del lenguaje; sumemos también la radiografía emocional de su protagonista, un hombre quebrado y que lucha por no exponer su dolor emocional, como también su hartazgo existencial, encontrando en el día a día con los leñadores una suerte de salvación de lo que viene huyendo, quizá de un pasado, o sencillamente de sí mismo.
La existencia de Leñador es motivo de celebración, pero una celebración en varias partidas. Por un lado, que haya editoriales independientes que apuesten por una novela como esta, hecho que refleja valentía y convicción, en especial en tiempos identificados por la dictadura de la cuentas. También porque su complejidad será del placer de los lectores entrenados, porque hay que estar entrenado en la lectura, no solo para enfrentarla en sus casi 500 páginas, sino para disfrutar de sus muchas capas literarias y filosóficas. Y por último, lo más importante: Leñador visibiliza a un escritor de quien tenemos que leer lo que ha escrito y a quien seguiremos leyendo con expectativa en lo que vaya a publicar.





Publicado en Sur Blog.

ingreso a la realidad

Cada vez que me levanto, y luego de un café (el primero) al vuelo, de reforzar el brazo con pesas y conversar con Onur, me sumerjo durante media hora en Jurassic Park, es decir, en el mundo de las redes sociales. Hay que estar informado y también cerrar una que otra comunicación dejada a medias. Entonces, resulta inevitable no toparse con la visión limitada de nuestros intelectuales, activistas y creadores, cuyos discursos, aparte de evidenciar una carencia de formación (llámale lecturas), no desaprovechan la ocasión para dimensionar su desconexión con aquella realidad que anhelan rescatar de la bestialidad.
Sabemos bien que una de las características de este mundo pautado por la velocidad y los apuros, característica que viene siendo señalada, es la falta de reflexión y análisis de los hechos que el sujeto y el colectivo que integra pretenden opinar. Mente y enunciado en una sola carne, es decir: estupidez de pensamiento en lenguaje elemental. Pero en este caso, pensando en la prioridad de contexto, me centro en el pensamiento, no en el lenguaje.
Un ejemplo: ¿qué pasaría si PPK hace eco del sentir de quienes le demandan una mayor actitud contra el embiste naranja? ¿Qué solución plantearían ante la crisis social que se desataría? ¿Cómo legitiman ante el pueblo la rebelión que buscan ante cada capricho de la Sra. Fujimori?
Soy testigo inevitable de las quejas y medidas que de aplicarse pondrían en jaque al país, y para colmo de males tengo que escuchar y ver las ligerezas de opinión de Indira Huilca, puesto que sus apreciaciones sobre la reunión de PPK con Keiko, a este paso, la ubicarían al nivel de la mayor lectora naranja de la realidad política nacional: Carmen Lozada de Gamboa.
Cultura es diálogo.
Cultura es convivencia.
Cultura es responsabilidad.
Cultura es autocrítica. 
La situación no es de las mejores, pero el alarmismo sobre los caprichos de la mafia naranja es no menos que irresponsable. No estamos en 1997, año en que la dictadura de Fujimori se mostró en toda su desfachatez, año en que muchos peruanos se desengañaron, año en el que los contados que se mostraron contrarios al autogolpe de 1992 vieron cumplidas sus pesadillas. Lo que nuestra intelectualidad debe entender ya sobre el fujimorismo no es su carácter mafioso, sino lanzar sus recursos contra el núcleo de la mafia: su apoyo popular. Obviamente, esta guerra se gana en la geografía del discurso, que tendrá que descansar en la paciencia. Sin apoyo popular la mafia naranja queda expuesta. Además, ya es hora de que nuestros intelectuales, creadores y activistas dejen de mirar por encima a los simpatizantes naranjas, ya es hora de que echen al tacho la superioridad moral y se pongan a mirar/estudiar la realidad, ergo: mirarla con los recursos intelectivos, porque ya vemos lo que ocurre cuando la asumimos con irreflexión e inmediatez.

lunes, diciembre 19, 2016

reseñismo cachina

Me encontraba en La espiga, bebía una chicha helada y me cuidaba del sol, cuando se me ocurre revisar en el cel algunas notas en Internet. Entre lo que leía, destaca la reseña de José Guich sobre Aspavientos, el último libro del poeta, músico, editor, ensayista y narrador Alejandro Susti.
Termino la chicha y pido otra. Y también vuelvo a leer la reseña de Guich. Había que salir de dudas.
Entonces, algunas aclaraciones se hacen necesarias: conozco la obra de Susti y lo saludo como ensayista y editor (un capo). Puesto que su libro en cuestión acaba de salir, no puedo decir nada del mismo.
Pero a Guich sí lo “conozco”, cuyo deporte es hablar mal de este servidor cada vez que puede y, al respecto, espero que algún día podamos discutir en persona ese asunto, con mayor razón cuando más de una amistad en común lo califica de buen tipo.
Dicho esto, debo señalar que hablamos de un literato preparado. 
Pues bien, en los años que vengo leyendo sus reseñas, he percibido tres características recurrentes, en este orden: prosa aburrida, demagogia discursiva y amiguismo. En algunas de sus reseñas es posible notar su enorme esfuerzo por hacer confluir estas tres características, pero en la mayoría vienen repartidas en dosis al gusto, aunque la prosa aburrida es la que termina imponiéndose.
Resulta penoso señalarlo: Guich es un representante del argollerismo crítico. No importa cuán bueno pueda ser el libro del escritor de turno, lo que importa es que el autor “le caiga bien” o sea su amigo. Esta reseña de hoy lunes viene rubricada por el aliento de la maravillosa amistad, porque Susti, y esto es conocido en el medio, es muy amigo suyo.
Así es: estamos ante una reseña amiguera, de entre las no pocas que exhibe en su haber. 
Claro. ¿Qué pasa si tu pata es un buen escritor, acaso no debo reseñarlo?, me preguntará algún lector. Ante la posibilidad de esta inquietud, indiquemos que el problema no es la reseña, sino en cómo la presentas al lector interesado, que merece respeto y toda la información posible sobre el libro que se le pretende recomendar. A saber, el lector tiene derecho a conocer la relación existente entre el reseñista y el autor reseñado. De lo contrario, nos enfrentamos a la falsa objetividad digna del reseñismo cachina, a una potencial mentira, detalles de los que Guich ha denunciado, haciendo uso del discurso demagógico, siendo un insigne practicante de lo que denuncia.

domingo, diciembre 18, 2016

"the idiot"

The Idiot de Iggy Pop quizá sea el álbum más perfecto que haya escuchado. Sin duda alguna, este álbum figura entre mis cinco favoritos, de esos que llevarías a un búnker en caso de una explosión nuclear. Al igual que Rob Fleming, el recordado protagonista de la novela Alta fidelidad de Nick Hornby, los álbumes los recuerdas a razón de determinados factores biográficos que con el tiempo terminan impregnándose en tu imaginario físico y sensorial, al igual que un órgano vital, como el riñón.
En mi caso, puedo estar haciendo una variedad de cosas en el día y no faltan los minutos en el que no broten de mi corazón y mi memoria la desconcertante y desgarradora voz de Iggy Pop con “Sister Midnight”, “Fun Time”, “Nightclubbing”, “China Girl”, “Tiny Girls”, “Baby”, “Dum Dum Boys” y “Mass Production”, canciones que conforman esta cohesionada y coherente geografía musical. Habría que ser desorejado, o un posero primerizo, o carecer de elemental buen gusto, o ser un expuesto Kamikaze inculto, para afirmar que alguna de las canciones del álbum es floja. Sin exagerar, aunque parezca, este álbum es lo más cercano a la perfección en la historia del rock.
Cualquiera de sus canciones puede ser considerada como la más representativa en toda la discografía de Iggy Pop…
Hablar de Iggy Pop no es poca cosa si es que te gusta el rock… Menos si te consideras conocedor…
Hablar de Iggy Pop no es poca cosa si es que te gusta la música...
Pero lamentablemente ocurre lo insólito, la manifestación de la ciencia oculta, como para tirarse de cabeza de un puente: estamos ante el álbum menos escuchado del artista.
No faltan los contreras, los inevitables embajadores del caletismo ilustrado, que repitiendo como nobles papagayos las leyendas que privilegian la ociosidad de pensamiento, y por ende, la exhibición del conocimiento inútil, afirman que este álbum es lo que es gracias a David Bowie.
Vayamos a la historia de The Idiot.
La historia nos relata que Bowie y Pop se encerraron durante meses, en 1976, en un departamento de Berlín para trabajar sus propios proyectos musicales. Entendamos el encierro en su sentido más amplio, puesto que ese departamento de Berlín se convirtió en la burbuja por la que este par de artistas se dedicaron a ver e interpretar el mundo. El inglés, infatigable desde 1967, sabía cómo controlar su contumaz consumo de drogas, cosa contraria con Iggy, que desde 1973, con la salida de Raw Power de The Stooges, había caído en un “bloqueo” creativo que quiso subsanar de la manera más imbécil: metiéndose en el cuerpo todas las drogas inimaginables, pensando que así conectaría otra vez con la sensibilidad que creía apagada, cuando lo cierto era que ese desbande emocional y neuronal lo estaba conduciendo hacia una cantada autodestrucción.
Bien lo sabemos gracias a la historia oral del arte: en la vida de los genuinos creadores las cosas suceden por algo (Pop llegó a vivir en las calles, comía con indigentes, vendía su cuerpo y dignidad por heroína, al punto que llegó a barajarse la sospecha razonable de que ya estaba muerto), puesto que siempre aparece una luz al final de un interminable túnel de horror y atrocidad. Iggy Pop tuvo que conocer la mierda y la absoluta soledad, elementos que posteriormente fueron las piedras angulares del recambio estilístico y temático que canibalizaría en su álbum debut, The Idiot.
Fue David Bowie quien se lo llevó a Alemania. En otras palabras, el autor de “Fame” fue el principal responsable de salvarlo de la muerte, no dudó en retirarlo de la clínica para enfermos mentales a la que había ido a parar. Pop pasaba sus días haciendo garabatos en el suelo y viendo programas de televisión por más de diez horas seguidas. No había que pensarlo mucho, Iggy Pop se había convertido en menos que un despojo humano.
¿Bowie lo hizo de buena gente?
A lo mejor.
Pero ante todo lo hizo por admiración.
Fueron meses de auténtica eclosión creativa. Pasaban horas de horas escribiendo y componiendo. Los días y las noches no existían, solo la realidad del iluminado departamento. En el cerebro de Bowie, la lucubración de lo que sería “Heroes”. Bowie era una máquina creativa. Mientras tanto, Iggy observaba el techo, preguntándose de dónde su amigo obtenía todo su arsenal imaginativo, que comparándolo con el suyo, solo dependía del entusiasmo. Intentaba escribir y escribía, pero por más que lo hacía, le era complicado avanzar en su cuaderno espiral de páginas amarillas, arrojando al tacho lo mucho o poco que había avanzado. Iggy se percata de que no refulgía en él ese hechizo de la fuerza verbal que sí mostraba en The Stooges.
Sin embargo, en las noches, Bowie se levantaba de su cama y revisaba las hojas amarillas arrojadas al techo. Leía lo escrito por Iggy y no entendía por qué se deshacía de aquel material, que mejor trabajado, podría arrojar una mayor luz en su resultado. Por eso, mientras desayunaban, Bowie no dejaba de animarlo a que siga escribiendo, a no deshacerse rápido de sus borradores, pero en especial, le sugería que aguantara la ansiedad, puesto que la escritura de una canción también requería del proceso de maceración de un buen poeta.
Cierta noche en la que el frío alemán hacía sentir su fuerza, los músicos se dispusieron a dormir más temprano de lo acostumbrado. Bowie releía un tomo empastado de la poesía completa de John Donne. Para su encierro creativo, Bowie había dispuesto de más de cien libros, de clásicos de la literatura y del pensamiento. Leía todas las noches. En todos los días que llevaban en el departamento, Iggy no había mostrado interés por leer, la desintoxicación de la ansiedad no le permitía la concentración básica para hacerlo. Sin embargo, esa noche le preguntó a Bowie si podía recomendarle un libro. Como gran y voraz lector, Bowie se dirige hacia las cajas en las que estaban sus libros y extrae de una de ellas El idiota de Dostoievsky.
Iggy lee y relee la novela durante toda la madrugada.
Al despertar Bowie encuentra a su amigo escribiendo en un cuaderno.
Así es: Iggy Pop escribiendo como un poseído.
Su mundo, oscuro y salvaje, seguía siendo el mismo, pero a diferencia de años atrás, ahora sentía que podía controlar su depresión y autodestrucción naturales. Él, mejor que nadie, sabía que jamás iba a curarse, pero aquello no le impediría crear y lo haría a partir de ahora desde la administración de su depresión. La lectura de la novela de Dostoievsky había conectado con el músico. En los silencios de la novela, Iggy descubrió una luz y no fue renuente a esta luz.
Dos meses después, los creadores dieron por finalizada su encierro. Iggy tenía más de quince canciones escritas. Y venía lo más difícil: seleccionar las canciones y en esta empresa no había lugar a la equivocación.
Lou Reed se encontraba de paso por Berlín y decidió visitar a sus amigos, pero sin avisar. La encerrona de Bowie e Iggy había alimentado más de una leyenda, sobre esta se venía tejiendo las más alucinadas versiones. Y Reed no quería ser ajeno a esa leyenda. Los visitó y sin consultar se quedó cinco días con ellos.
En esos cinco días los tres amigos revisaron las letras de las canciones e intercambiaron opiniones sobre los arreglos musicales. Lou Reed puso orden en el festín creativo de Iggy, quien tenía claro el panorama desde el primer momento que Bowie lo rescató del hospital psiquiátrico: su debut como solista no tenía que parecerse en nada a lo que había hecho en The Stooges.
La grabación se llevó a cabo durante los últimos meses de 1976. A los músicos invitados les sorprendió encontrar a un Iggy más tranquilo y en franco dominio de sus ataques vesánicos. Ellos entendieron rápidamente lo que el músico les estaba proponiendo.
Uno de los más sorprendidos por el cambio musical de Iggy fue el legendario guitarrista Ron Asheton, quien en más de una ocasión le preguntó a qué se debía esa nueva ruta musical que proponía. Iggy, mejor que nadie, sabía que en los dedos de Asheton yacía la atmósfera de todas las canciones de su álbum debut. La tétrica pesadez del álbum dependía de la ejecución del guitarrista e Iggy le permitió más de una gollería. 
Bowie estuvo presente en todas las sesiones de grabación, pero sin participar, porque su amigo tenía que trabajar como pez en el agua. Mientras menos intervenía, Iggy se sentía más seguro de sí mismo, además, Bowie era para él una inspiración alimentada en la sola contemplación. Por otra parte, cada cierto tiempo el recordado Martin Hannet se daba una vuelta desde Manchester, que cumplía una involuntaria función: corroborar los chismes de la encerrona, en otras palabras: que Iggy Pop estaba haciendo algo distinto, único.
Al terminar las sesiones de grabación, un aspecto empezó a preocupar a Iggy: la portada. Lo lógico hubiera sido que la producción se encargue de ella. Pero en una noche de salvaje intensidad con Bowie, Iggy le cuenta esta preocupación, una preocupación que amenazaba con descontrolarlo, capaz de quebrar las barreras que reprimían su depresión y euforia contenida. Tenemos que saber que toda persona en proceso de desintoxicación es candidata privilegiada a caer a la más mínima preocupación.
Entonces Bowie recordó que semanas atrás había estado caminando con Hannet y Vinny Reilly. Los tres buscaban un bar, no solo para beber, sino también para llevarse a la cama a alguna beldad africana, presentes en las ciudades alemanas a causa del contexto de las Fronteras Abiertas. En esa búsqueda del bar, encontraron uno ubicado en el sótano de un edificio. Sin embargo, en la puerta de entrada del edificio vieron una placa bañada en oro que dada cuenta del ilustre invitado del departamento 977. En este departamento, en 1917, el pintor favorito de Bowie, Erich Heckel, hizo el Roquairol, en tributo a su amigo Ernst Ludwig Kirchner, herido de gravedad en La Primera Guerra Mundial.
Bowie no fue ajeno a la epifanía y él mismo se encargó de la portada del álbum. Dirigió con desmesurado compromiso la sesión de fotos. Más de quince mil fotografías (no por nada, la portada de The Idiot es la mejor de la década del setenta.)
El álbum salió en 1977.
Los seguidores del artista lo recibieron con aprobación y extrañamiento, y muchos críticos calificaron el álbum como un gran paso en su carrera, pero a la vez se mostraron excesivamente cautelosos con lo que Iggy haría después. Sin embargo, fue el crítico Lester Bangs quien señaló que el músico volvería, en un futuro cercano, por las vetas ya recorridas en The Stooges, y que la real valía de The Idiot se vería en el tiempo, el cual haría de este el mejor trabajo de Iggy Pop, a quien todos ya creían devorado por los gusanos.


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578

Me sirvo café, lo suficiente para desperezarme y salir a comprar los diarios. Imposible no salir con Onur, que no para de saltar, exhibiendo una vez más el poder de su intuición, porque no he hecho nada que le demuestre que vaya a salir. Aunque parezca ridículo, ponerle la correa al falso pekinés se convierte en una tarea ardua, la electricidad se apodera de él y desde ya debo aprender a controlar sus arranques emocionales, porque lo pekineses, y peor cuando son falsos, suelen morir por paro cardiaco y no por vejez. Hay que saber controlar las ansias del perro, por eso, acaricio su cabeza, calmándolo. Solo así le coloco su correa y salimos a comprar el desayuno y los periódicos.
En lugar de salir por la puerta del parque, lo hacemos por la puerta de la calle. Sensación extraña, reveladora porque no suelo ni salir ni entrar por esa puerta, me he acostumbrado mucho a la entrada del parque, con jardines y árboles que me acompañan, en especial las madrugadas que las dedico a fumar, como quien despeja ideas y alivia tensiones.
Camino al ritmo de Onur, que va dejando su marca en los bordes de las veredas y pequeños jardines. Mira a todos lados, a la posible aparición de alguna perrita que en esos instantes debe estar durmiendo, pero Onur no cree en nada, y vaya que lo ha demostrado más de una vez.
Entramos a la panadería y hago las compras para el desayuno. Saliendo de la panadería, encuentro al pata que veo desde hace más de veinte años y su enorme canasta de tamales. Le compro varios tamales y por un momento barajo la posibilidad de preguntarle su nombre, pero si lo hago, el misterio se rompería, al menos eso es lo que me ha pasado con esos extraños conocidos que cumplen su función en la vida: ser extraños, pero también conocidos. 
Seguimos nuestro camino y compro cuatro diarios del día, de tendencias políticas e ideológicas distintas, pero no lo hago en pos de una pluralidad informativa, sino para constatar, una vez más, el alineamiento de la prensa nacional sin importar cuáles sean las tendencias ideológicas y los principios que dicen defender.