viernes, marzo 03, 2017

el libro de "feliciano"

Más de una vez practico el arte de la transformación mental. Al menos, hago el intento. Y me veo en esta situación cada vez que escucho, veo o leo lo inevitable, la mayoría de las veces el concepto que alimenta lo inevitable  parte o bien de una supuesta convicción, o bien de una añoranza romántica, pero hablamos de una añoranza por demás extraña, porque solo se justifica en su ideología sin estudio, en una aspiración construida en las espumas de las cervezas, de los tragos baratos y la conversa que no admite la opinión disidente.
Lo inevitable, ¿a qué me refiero con ello?
Aunque esta situación se presenta -y eso que trato de evitar contaminarme de su estolidez- cada vez que algún perdido intelectual se atreve a defender y justificar, con valentía estratégica, los caprichos del cabecilla de Sendero Luminoso, que cumple cadena perpetua en la Base Naval del Callao.
Días atrás Abimael Guzmán solicitó ser atendido por un médico particular porque no confiaba en los médicos penitenciarios. Su pedido lo hizo mientras afrontaba un nuevo juicio, esta vez por el caso Tarata, atentado que en 1992 dejó 25 muertos.
No me sorprende esta petición. No me sorprende porque viene de Guzmán. En realidad, no debería sorprender el pedido de un cobarde, de un asesino que jamás honró la aberrante causa que motivó su baño de sangre, siendo otros los que se sacaban la mierda en el interior del país, la mayoría de estos jóvenes sin recursos, captados a la fuerza para pelear por aquellos que les ofrecieron la posibilidad de un país más justo y con mayores oportunidades.
Lo he dicho más de una vez. En este país nos topamos con hartos senderistas de cantina, a los que en la borrachera la virilidad se les presenta como una alternativa para soltar lo que jamás harían en la sobriedad, porque atenta contra la imagen de impoluto socialista que proyectan en las redes sociales. En este sentido, cada quien tiene derecho a vivir su vida como le parezca, si hay intelectuales de izquierda que son felices en su doble discurso, pues bien, hasta allí no habría problemas, pero que no me vengan con justificaciones, lavadas de cara, que quieren poner a Guzmán como un héroe revolucionario al que la prensa y las instancias del poder político vienen haciendo mala fama cada vez que la atención se posa en él.
Sobre Guzmán leí hace no más de tres días un libro inhallable. Al menos yo no lo he visto antes y este libro llegó a mis manos gracias a una amiga. Un libro, imagino, que debería ser leído en las universidades y en los últimos años de la educación secundaria.
Apunten: El megajuicio de sendero (2006) de Óscar Ramírez Durand, alias “Feliciano”. En estas páginas se consignan los dos juicios que enfrentaron “Feliciano” y Guzmán, en abril y setiembre del 2005, respectivamente.
Si encuentran el libro, sáquenle todas las fotocopias posibles y repártanlas entre las personas que consideren aún perdidas en los sueños de una revolución que fue en verdad una matanza, atarantados en el tiempo por un anhelo revolucionario que quiso cambiar la realidad sin fijarse en el contexto que precisamente anhelaba cambiar.
Obviamente, “Feliciano” no es garantía de virtud. Es un miserable. Era un terrorista como sus líderes Guzmán y Elena Iparraguirre. Pero a diferencia de toda la cúpula juzgada, este se atrevió a hablar y relatar en los juicios lo que Guzmán era en realidad.
Guzmán, entre otras perlas, vivía cómodamente en Lima, en casas alquiladas a militares, mientras jóvenes engañados, y reclutados contra su voluntad, peleaban en el interior en extremas condiciones. Para su estancia en Lima, el llamado Presidente Gonzalo aducía todas las enfermedades posibles, recuperándose con buena comida, excelentes vinos y rodeado de mujeres. Siempre le gustó vivir cómodamente en su tiempo de guerra, jamás se atrevió a estar con sus seguidores, ni sufrir lo que ellos sí. 
El libro adolece de muchas fallas de edición, pero más allá de ello, deja una sensación por demás indignante sobre un sujeto al que algunos imbéciles de bar y academia siguen considerando un iluminado, cuando siempre ha sido y seguirá siendo un hueleguiso que tuvo a la ideología y la revolución como pretextos, ya que su objetivo era conseguir un estupendo nivel de vida y la crítica a este no era más que una estrategia, generando de esta manera un discurso que causó la muerte de decenas de miles de peruanos.

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