viernes, abril 21, 2017

de cantamañanas y feministas

Luego de desayunar dos panes con chicharrón en La Rocca, aprovecho en pedir otra taza de café, ahora un americano. Necesito, pues, de las suficientes dosis para hablar, en principio, de una persona de la que no quería hablar, pero hay que hacerlo, puesto que sus últimas actitudes son un reflejo de las taras escondidas, y puestas en evidencia en momentos de tensión, de muchísimos peruanos que se autodenominan intelectuales, cultos, elegidos y dueños de un criterio a admirar por el que consideran el vulgo iletrado que debe cumplir su noble función: la anuencia.
No hay que pensarlo mucho, me refiero a la periodista Patricia del Río, quien por no saber controlar sus emociones en una entrevista realizada a los argentinos Agustín Laja y Nicolás Márquez, par de cantamañanas y autores de El libro negro de la nueva izquierda. Ideología de género o subversión cultural, los hizo salir airosos de un debate que prometía un interesante cruce de opiniones.
Después de esa vergonzosa entrevista, PDR dio su versión de los hechos, aquí. Y a raíz de este artículo, los cantamañanas dieron la suya, aquí. ¿Qué quedo de ese cruce textual? Pues los fachos cantamañanas se impusieron, más por errores de la rival que por fuerza argumentativa.
Parto de la idea de que todas las polémicas son útiles. Puedo estar de acuerdo o no con posturas o discursos. Si en caso un discurso me parece jalado de los cabellos y siento que el mismo me afecta, pues lo enfrento con todos mis recursos culturales e intelectivos. En otras palabras, me aúno al debate. Porque eso es lo que tiene que hacer todo intelectual: ingresar al campo de las opiniones encontradas. Pero de debates no podemos decir mucho en cuanto a nuestras mentes iluminadas. Recordemos la postura de muchos de ellos en los días de la marcha convocada por el colectivo Conmishijosnotemetas, denostando, con burla incluida a manera de condimento, a los cientos de miles de personas que pedían una revisión sobre las páginas de ideología de género del Currículo Nacional de Educación.
Al intelectual peruano promedio no le gusta debatir. Por lo general, suele mirar por encima a su contrincante y lo ataca con la peor herramienta de la tara cultural peruana: el fraseo criollo, la labia barrial. Esto, pues, lo vimos en el trato de Del Río a los cantamañanas. Y es penoso, porque hablamos de una periodista culta y preparada, pero víctima de sus emociones. No tuvo idea de cómo defender su activismo feminista, no le interesó en lo absoluto y se propuso humillar a sus contrincantes en lugar de destrozarlos con argumentos, y vaya que hay argumentos para enfrentar lo que decían, como también aristas morales que cuestionan la integridad de uno de ellos.
Si un cantamañana, sea de donde fuera, me viene con una postura moral, pues lo mínimo que este tendría que mostrar es ser dueño precisamente de una moral ajena al cuestionamiento. Si no lo sabes, todo discurso intelectual debe sintonizar con una actitud moral y coherente. Por ejemplo: a mí no me va a venir hablar de pedofilia un pedófilo.
Pero lo de PDR también me hizo pensar en la actitud de muchísimas feministas peruanas, que no dudan en hacer alarde de indignación con lo que es políticamente correcto indignarse, con lo más fácil (Conmishijosnotemetas y estos cantamañanas), así cualquiera, y más en estos tiempos de plataformas virtuales, donde somos espectadores de los discursos que parecen estar dirigidos para el aplauso, sin capacidad argumentativa y a años luz de la coherencia ética.
En este sentido, no justifico la actitud de PDR, pero la entendería (y la hubiese aplaudido) si esa misma indignación con los cantamañanas la mostrara en situaciones locales, específicamente en los casos del circuito cultural peruano, en los que vemos paulatinos acosos a mujeres. Además, ella tiene los medios para expresar esa indignación con argumentación y, si gusta, con nervio emocional. Es decir, en una legítima postura consecuente, no como la que vimos en el colectivo Niunamenos el año pasado, colectivo que hizo alarde de una insalvable hipocresía cuando uno de sus principales defensores era sindicado como un recurrente acosador virtual.

1 Comentarios:

Anonymous Lucía Ramírez dijo...

Muy cierto estimado Gabriel. En el caso Faverón muchas feministas se quedaron calladas. Vergguenzaaaa

10:32 p.m.  

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