domingo, abril 02, 2017

monumento de biografía

En estos años he conocido toda clase de escritores, cada cual con sus manías y costumbres a la hora de escribir, y cada cual también con sus aspiraciones naturales, muchos de ellos con el objetivo de lograr fama y reconocimiento, que me parecen fines lícitos siempre y cuando haya una obra atendible que los justifique. Entre los autores que llegué a conocer, tres pretendieron escribir novelas sobre el surf. Se entiende que estos escritores eran practicantes irredentos de este deporte y la pasión que sentían los motivo a escribir en clave de ficción sobre el mismo. De estos proyectos solo pude leer dos en su calidad de manuscritos. Y, en cierta medida, creo que soy responsable de que nunca se hayan publicado. Ambos proyectos compartían una tara: exhibían el lugar común que la cultura audiovisual nos ha ofrecido del surf, al extremo que el argumento de la película Punto de quiebre de la maravillosa Kathryn Bigelow era considerado como una referencia temática ineludible. Al poco tiempo de la nefasta experiencia que me trajo la lectura de este par de manuscritos, me dediqué a buscar fuentes bibliográficas en español sobre el surf. No encontré algo que valiera la pena resaltar y, muy en lo personal, me alegra que esa búsqueda no me haya demandado mucho tiempo.
Pero ahora las cosas han cambiado gracias a Libros del Asteroide, que ha publicado Años salvajes, el celebrado libro del escritor y periodista  William Finnegan, con el que obtuvo el Premio Pulitzer de Biografía 2016.
Obviamente, para escribir semejante proeza el autor ha tenido que sudar surf como nadie. En este sentido, su relación con la tabla y la búsqueda olas son los imprescindibles pretextos para hablarnos de su vida y de todas las aristas posibles que puedan desprenderse de ella. Para tal empresa, nuestro escritor se enfoca en sí mismo como punto de crítica, puesto que de esta manera Finnegan nos puede graficar su asombro, a saber, como un adolescente que llega con su familia a Hawaii a razón de un trabajo temporal en la industria de la televisión que consigue su padre. Su contacto con los lugareños y la relación de estos con la tabla reconfiguran el concepto que tenía sobre la práctica del surf. No era para menos, para los lugareños el surf no era asumido como un deporte en ciernes, sino más bien como una actividad natural de la vida.
Para encausar el proyecto, Finnegan, demostrando por qué es un aprovechadísimo discípulo de la revista The New Yorker, supo que poco o nada podía conseguir apelando al recuento (exagerado) de anécdotas. De haber sido así, ni siquiera estaríamos comentando este libro. No es gratuito que el autor emprendiera su escritura bordeando una edad venerable, lo que le permitió contar con una escritura cuajada y, en especial, con una mirada reposada y reflexiva. Este crisol de recursos narrativos le permitieron no solo dar cuenta de su relación con el surf, su familia y sus amigos, sino también brindarnos un mural detallado de toda una época: un arco cronológico desde 1966 hasta 2015. Es decir, casi medio siglo en franca relación con el surf. Pero también es justo destacar la pericia y el oficio de su autor porque consigue generar interés en todo aquel no familiarizado con este deporte, por llamarlo de alguna manera, porque colegimos que al igual que el box, el surf no es un deporte, sino la vida misma. En otras palabras, Finnegan transmite un mundo del que la mayoría conoce sus elementos comunes. Para ello se vale de una prosa que descansa en la descripción, en principio cauta, y que no es más que una estrategia en pos de su objetivo implícito: el nervio narrativo. Tarde o temprano el autor sabía que abordaría los elementos comunes del surf, pero antes de hacerlo, optó por preparar al lector, y esto es un gesto que los no conocedores deben agradecer.
Mediante el surf el joven Finnegan no solo aprendió a pelear y valerse por sí mismo, también reforzó su inquietud oculta por la aventura, decidiendo recorrer el mundo tras la ola perfecta. En este recorrido, no solo vive la anhelada experiencia, también interactúa con la gente y estudia sin estudiar las culturas de los lugares visitados, como Fiji, Java, Australia, Indonesia, Samoa, Madeira, Sudáfrica, etc. Como en la juventud se piensa en todo menos en la seguridad propia, la cual es dinamitada por el galope vital, en más de una ocasión el joven Finnegan se vio al borde de la muerte, tal y como lo testimonia en las páginas sobre su internamiento en una clínica de Tailandia a causa de una fiebre que sufre por un brote de malaria. En cama y ajeno al ardor del momento que guiaba su periplo aventurero, Finnegan se muestra preocupado porque no sabe cómo pagará el internamiento, pero un amigo, de los muchísimos que aparecen en estas páginas, llamado Bryan, no tarda en solucionar este problema de pago por el servicio médico, puesto que ha realizado una transacción delictiva que el mismo Finnegan estuvo tentado de realizar poco antes de ser víctima de la fiebre.
El joven Finnegan no solo estaba ávido de aventuras, en las mismas también quería emular el trajín vital de sus escritores favoritos. Por ejemplo, no es nada gratuita la referencia a un párrafo de Lord Jim, la extraordinaria novela de Joseph Conrad: “Por millares nos contamos los que, ilustres o de oscuro nombre, andamos errantes sobre la faz de la tierra ganando del otro lado de los mares nuestra fama, nuestro dinero o solo una corteza de pan…” A la par de hallar olas en los confines del mundo, Finnegan iba formando su carácter de escritor. Prestemos atención a sus asociaciones entre las olas con la página en blanco, en cómo una decisión de último momento puede alterar su destino antes de cabalgar sobre una ola peligrosa. Claro, estas asociaciones las utiliza para ilustrar una actitud, además, bien deducimos que no es lo mismo una ola en Fiji que puede matarte y una frase mal escrita, de la que te das cuenta que está mal escrita antes de cerrar un documento y que puedes borrar presionando una tecla. Pero es precisamente en ese tipo de relaciones y asociaciones que teje Finnegan las que nos demuestran de qué está hecho como escritor. No tendría que sorprendernos que Finnegan se haya desempeñado en más de una ocasión como como reportero de guerra y periodista político en países en conflicto interno. No hay que pensarlo mucho: nuestro autor ama el peligro y con el paso de los años ha sabido controlar su temeridad, administrándola no por él, sino por la tranquilidad de su familia.
La adrenalina sigue conduciendo su vida, ya sea como periodista experimentado y como viajero a la caza de la ola perfecta, de la misma manera que guía el voltaje narrativo que erige este monumento de biografía.


… 

Publicado en SB

2 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Interesante recomendación, Gabriel. Buscaré el libro.

Cecilia H

12:54 p.m.  
Anonymous Alfredo dijo...

Dando en el clavo, G. No he leído el libro pero debe ser muy bueno. Yo te creo todo.
Abrazos!!!!!

11:43 a.m.  

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