martes, agosto 01, 2017

británico modo

Tras la irregular quinta temporada de House of Cards, consideré conveniente ver la homónima serie inglesa que la inspira. Lineal e hipnótica en su sencillez. Así califico la visita a sus tres temporadas (House of Cards, To Play The King y The Final Cut) de cuatro capítulos cada una.
Si para ejercer justicia es necesaria la exageración, pues seamos exagerados: la fuente que nutre a su exitosa versión norteamericana es una pequeña obra maestra de la actuación.
No es para menos, lo que brilla en los personajes principales y secundarios no es la obvia configuración moral de los mismos, sino la manera en que cada uno de ellos se desenvuelve a medida que se desarrollan las respectivas tramas y subtramas. Somos testigos de actuaciones pulcras, pero corrosivas, ajenas de efectismo, divorciadas de la escabrosidad, representadas en Frank Urquhart (Ian Richardson en un rol extraordinario, por decir lo menos), que aprovecha la crisis del Partido Conservador para llegar al poder, crisis agravada por la poca aceptación de la población inglesa, dividida entre aceptar o no un cambio de rumbo político y económico a razón de la dimisión de Margaret Thatcher. Urquhart, estimulado por la endeble muñeca política de los líderes de turno, usa todas sus fichas para conseguir su propósito. Del mismo modo presenciamos el toque distintivo de la actuación de Richardson, que a diferencia de Kevin Spacey como Frank Underwood en la versión norteamericana de HOC, no solo dirige su mirada a la cámara para mostrar la dimensión de su cinismo y ambición, sino también su fino humor e inteligencia, aspectos que en el curso de los capítulos terminan por seducir al espectador, que se entrega a la expectativa por ver cómo dice las cosas.
El ascenso, el apogeo y la caída, las metáforas de cada una de estas tres temporadas. Urquhart representa, a diferencia de Underwood, la ambición del poder por cuenta de alguien que siempre ha tenido poder y posicionamiento social. Por ello, hasta sus planes más oscuros por derrotar, o, dependiendo el caso, humillar, a sus enemigos, ponen en bandeja un respeto por formas estratégicas de aniquilamiento y desprestigio que podemos rastrear en una selecta y conocida tradición británica de novelas policiales, y en menor medida en las de espionaje. Saliendo un instante de la serie que nos convoca, indiquemos que la radiación de esta tradición policial también la podemos encontrar en series actuales como la adictiva, y mastodóntica, Hinterland.
En cada decisión de Urquhart, incluso en momentos cuando su imperio corre el riesgo de quebrarse, hace alarde de un detallado control de la situación, lo vemos en los recuerdos que lo acechan por un asesinato cometido años atrás en Chipre, aun en la existencia de una grabación de audio que lo delata como el asesino de la joven periodista Mattie Storin (Susannah Harker). Urquhart es un ser extremadamente peligroso, pero con refinado estilo de conducta.
Las mujeres cumplen un rol fundamental en cada una de las tres temporadas. Acabamos de mencionar a Storin, pero también incluyamos a las asesoras Sarah Harding (Kitty Aldridge) y Claire Carlsen (Isla Blair), aliadas de Urquhart, a quienes usa y, llegado el momento, deshecha. Caso contrario sucede con su esposa, Elizabeth (Diane Fletcher), que en la mayoría de capítulos funge como una especie de insoportable holograma, que no incomoda ni fastidia a su esposo, por el contrario, apoya cada uno de sus actos, a saber, estimula sus encuentros amatorios con Storin y Harding.
Esta serie de la BBC, emitida en 1990, es un tácito reflejo de la ambición política llevada sin escrúpulo alguno. En este sentido, el espectador no encontrará nada por descubrir, incluso en temas que en aquel entonces se pensaban a manera de remotas posibilidades, como la existencia de la Unión Europea. Sin embargo, es el señalado tratamiento histriónico lo que la hace diferente, ubicándola como una memorable comedia sobre el poder. Ya hablamos de Urquhart, de su esposa y amantes, pero también tengamos en el radar a su peligroso cómplice Tim Stamper (Colin Jeavons), El Rey (Michael Kitchen) y  Tom Makepeace (Paul Freeman), potencial enemigo que no solo quiere su puesto de Primer Ministro, sino también destruirlo. Esta galería de personajes secundarios es un rico crisol histriónico que no desentona ante la sombra que Urquhart proyecta sobre ellos y, por supuesto, en toda la serie.

… 

En SB

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

Vínculos a esta publicación:

Crear un vínculo

<< Página Principal