jueves, noviembre 09, 2017

de editores y leyes

Llama mi atención una mesa de diálogo que se realizará en las próximas horas en el Hay Festival de Arequipa. El tema, necesario y por demás interesante, va sobre cómo debería ser una nueva ley del libro. Para tal fin, se cuenta con la participación de los editores Arthur Zeballos, Víctor Ruiz, Gabriela Olivo de Alba y Ezio Neyra, quienes conversarán con Álvaro Lasso.
Los asiduos del blog saben que a tres de ellos los he llamado cabeceros y mucho barullo no ha habido al respecto porque, imagino, son los primeros en asumir esa triste condición, obviamente, no con orgullo. Al respecto, albergo la esperanza de que puedan cambiar, todo acto que motive una perestroika ética siempre será más que bienvenido. Sin embargo, esto no impide revelar la ausencia de un requisito indispensable para esta clase de debates: la autoridad moral para llevarlo a cabo. En otras palabras: ¿cómo puedo hablar de la ley del libro si en mi hoja de ruta tengo a varias decenas de autores estafados y descontentos con mi trabajo? No hay mucho que pensar, somos testigos de los frutos del relacionismo más extremo, pienso en Lasso y Zeballos, que repiten plato en mesas editoriales en este nuevo Hay. Objetivo cumplido: estrechar lazos comerciales. Bien por ellos, por haber armado una suculenta red de poder que los lleva a erigirse como los más puros representantes locales del activismo editorial. Pero no se confundan, muchachones, la contactología depara luz inmediata, pero no respeto (así te mandes con un catálogo de lujo que esconde un condenable costo humano), menos en un tema en el que se hace necesario contar con voces inmaculadas de cabecismo y semejanzas, pienso en el causa de Ruiz y Neyra, Paul Forsyht, en Julio Isla Jiménez, en Pablo Cotrina, pero en especial en Milagros Saldarriaga, que ha puesto en funcionamiento efectivo una institución del Estado, interesada en la difusión de la lectura a través de todos los niveles generacionales y educativos. Forsyth, Isla, Cotrina y Saldarriaga sí nos pueden decir cosas sobre la difusión del libro y especular sobre leyes que favorezcan precisamente esa difusión. Lo que veo en estos editores y promotores son dos aspectos felizmente divorciados: el trabajo por difundir la lectura y la carencia de contactos festivaleros. Lo primero salta a la vista, pero lo segundo no está en su radar y en verdad no tiene que estarlo. A este cuarteto, sumemos el de Leonardo Dolores, amigo de todos, pero que en esa gaseosa condición jamás ha estafado a nadie y ha posicionado su grupo editorial sin realizar una tierra arrasada de autores.
Por ello, se pudo tener una mesa interesante y libre de cuestionamientos si es que los organizadores no hubiesen sido tan vagonetas, supongo que informarse debe ser parte de los cerebros del Hay: G. Olivo de Alba, E. Neyra, P. Forsyth, J. Isla Jiménez, P. Cotrina y M. Saldarriaga, en conversación con L. Dolores. Aunque parezca, no tengo nada personal contra los excluidos de mi mesa potencial. La figura es así: si has cabeceado y no te ha pasado nada hasta el momento, eso no te libra de la consecuencia social de las ya conocidas acciones cometidas. Hay pues que trabajar mucho para limpiar la imagen y cumplir con los perjudicados, no todos hacemos eco de los sucesos de la contactología.
En cuanto a Neyra, separo los niveles, su trayectoria como escritor no tiene nada que ver con su cuestionada labor como encargado de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura. Más allá de algunos éxitos, como la pasada Feria del Libro de Editoriales Independientes, no pocos se preguntan hacia dónde va la oficina que encabeza. Su gestión lleva poco más de dos años y poca claridad hemos visto en la misma. A lo mejor el problema sea la falta de comunicación y ruego que sea así, de lo contrario estaríamos ante la crítica mayor: su poca disponibilidad de servicio cuando se trabaja para el Estado. De ser así, tendría que renunciar. Su cargo demanda voluntad de servicio, no  autoservicio. No hablamos de una institución privada, así de simple.
Dicho esto, espero el milagro, el triunfo del criterio, como el de la buena voluntad para enhebrar ideas en pos de una ley del libro fija, y no periódica. Eso.



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