miércoles, noviembre 22, 2017

gonzo reposado

Cuando se habla de periodismo, no pocas tonterías conceptuales se dicen al respecto. Por ejemplo, pensemos en lo que se piensa cuando se habla de periodismo gonzo, cuyo lugar común orbita en la experiencia del escritor y su historia narrada. Tremenda tontería la he venido escuchando en más de un periodista de oficio y en no pocos lectores que sobredimensionan sus lecturas. Pues bien, tendré que cumplir una necesaria y a la vez generosa acción pinchaglobista. Gonzo nace y muere con su creador, el desaparecido escritor norteamericano Hunter S. Thompson. Lo demás no son más que viles palabrejas que denotan lagunas de lecturas y una escasa visión de la no ficción… Hay que tener cuidado, porque al ritmo de esas ligerezas hasta Victor Hugo podría ser considerado gonzo por su monumental Historia de un crimen.
Ocurre que la leyenda de Thompson es una infatigable generadora de no pocas redes de adeptos, cosa que no sorprende, porque cualquiera puede tener el derecho de parecerse a Thompson, pero eso sí: no todos pueden ser Thompson. Para ser como este escritor, no solo basta el talento para la escritura, sino también una franca actitud de enfrentamiento que revele un carácter, una personalidad que convierte al discípulo en un kamikaze. Bien lo sabemos, ya sea en el mundo de periodismo, y con mayor razón en las esferas literarias, muy pocos están dispuestos a decir lo que piensan y actuar en base a esta línea de independencia. No existen los periodistas gonzos, menos los escritores gonzos, lo que sí, y en variedad a escoger, es la presencia del minigonzo, pero esta es otra materia que seguramente desarrollaremos en un artículo especial.
Hunter S. Thompson fue un contestatario hasta el último día de su vida, hizo lo que quiso y dijo lo que le vino en gana. Sabía, y mucho más que sus centenares de detractores, que podía darse ciertos caprichos, por la sencilla razón de que tenía una obra legitimada por el lector y la crítica. Basta con traer a colación su obra más conocida, Miedo y asco en Las Vegas, y en menor medida Los Ángeles del infierno y La gran caza del tiburón, satélites que fungen como puertas de entrada a su poética. Sin embargo, no dejemos de lado los centenares de artículos y crónicas aún no traducidos. Felizmente, de a pocos viene cubriéndose ese vacío, tanto por su innegable valor literario y su radiactividad para transmitir.
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Obra menor, sí, pero también un claro ejemplo del enorme talento narrativo de Thompson para el tratamiento del tema encomendado. La historia de esta publicación es un calco del espíritu que signo cada uno de sus proyectos de largo aliento: el encargo. La revista Running le propone cubrir la maratón de Honolulú y para tal fin el autor convoca a su amigo Ralph Steadman, reconocido dibujante que comparte con el gonzo el apego por las drogas y la aventura espontánea. Y como bien ya supone el fan enterado, Thompson no está dispuesto a cubrir la maratón como si fuera un reportero, en realidad no quiere realizar el encargo, pero sabe que el dinero le aliviará en sus problemas inmediatos, que imaginamos muchísimos dada su tendencia al escándalo escanciado de matonería. Entonces, Thompson, fiel a la inteligencia espontánea del vividor, decide cubrir el evento a su manera, brindando no solo su versión de la maratón, sino también la historia existencial que configura, para él, el alucinado encanto de Hawaii.
Nuestro escritor no se conforma con el alardeo técnico, menos en la fuerza de su intuición, que hemos visto en todo esplendor en sus libros más conocidos, sino que también recoge información sobre Hawaii, documentándose sobre la historia/leyenda del capitán inglés James Cook, el histórico explorador y navegante, que al llegar por primera vez a Hawaii fue considerado un dios, o ser privilegiado, a quien los nativos trataron como tal. Mas en su segundo regreso, los nativos, creyendo que era un farsante que tarde o temprano los esclavizaría, no dudaron en tratarlo con suma hostilidad. Cook y sus hombres se defienden de los aborígenes y tras días de sangrienta batalla, el explorador es asesinado. Esta historia del capitán Cook es lo que confiere a La maldición de Lono (Sexto Piso, 2016) de una atmósfera cargada de ensueño tanático. En su locura, ya estimulado en drogas y alcohol, Thompson cree ser la encarnación de Cook y en esta lúdica condición debe superar los óbices que le presente el espíritu de Lono. Además, el gonzo, en coherencia con sus postulados vitales, considera que la autodestrucción es la única manera de enfrentarse a esta divinidad.
Obvio: estamos ante una actitud ya conocida en la poética del autor. No obstante, en estas páginas no hallamos la negra prosodia lírica que sí en Miedo y asco, somos más bien partícipes de su nervio narrativo reposado. Aquí encontramos exceso (vaya novedad), mas este no yace en el verbo alterado, sino en la mirada que conduce el discurso. Esta mirada es la sal que nos transporta a una suerte de involuntaria clase magistral para escritores que ya pueden escribir de la putamadre, pero que aún no transmiten (o sea, lo mismo que nada), y claro, es también un taller de lectura que nos pone en bandeja la fuente del instinto del escritor más visceral de los últimos cincuenta años en la narrativa mundial. Eso.



En SB

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