lunes, noviembre 06, 2017

valencia / milla / ferrari

Si alguna tara mayor exhibe la intelectualidad peruana, esa es, sin duda alguna, su doble moral.
A esta maravilla de la ética, sumemos ahora su conchudez, esa incapacidad para pedir disculpas, la ausencia de autocrítica que la equipara al nivel del lastre que más crítica.
Cuando pensaba que la izquierda local detendría su caída libre, esta nos sale con otra sorpresa. Peor cuando estos destapes vienen por cuenta de mujeres que han sufrido los maltratos de hombres y mujeres que han hecho suyo el indignado discurso de la violencia contra la mujer.
Estas denuncias públicas de las mujeres violentadas, física y psicológicamente, aparte de revelar el rasero de la intelectualidad zurda, ponen de manifiesto la inutilidad de las posturas de superioridad moral de las voces actuales del feminismo local, que ahora recibe una letal dosis de ubicaína, puesto que si pretendes señalar hacia el patio, primero debes hacerlo con los hombres y mujeres que conforman el colectivo con el que se construye una postura ante la sociedad.
Las denuncias contra Abraham Valencia, Ricardo Milla Toro y Verónica Ferrari, son axiomáticos reflejos de la gangrena que recorre por las venas emocionales del país. Esta gentuza creía que nunca se sabría de las agresiones verbales y físicas que cometían contra sus parejas. Claro, se alucinaban intocables porque sacaban provecho de una postura política basada en la defensa y el bienestar común, fungiendo de portavoces de esta cuando en la intimidad masacraban a sus parejas.
Todavía no leo el comunicado de Ferrari, y espero que piense lo que dirá, porque de lo que se le acusa, se sabía, corría como un rumor entre los gremios feministas, que no hacían nada para no afectar el bien mayor.
Pero sí he leído los comunicados del otro par de huevones. O sea, qué paja: masacro, ofendo y digo que me someteré a terapia. No, baboso, lo que debes es rehacerte, volver al grado cero de tu esencia, en un tacho de basura, por ejemplo, y permitir que hombres y mujeres más capaces y dignos sean los que prediquen y honren en coherencia lo que tú jamás. 
Mientras tanto, seguiré esperando las férreas condenas de los autodenominados representantes de la Ética de las redes sociales. No sentiré que estaré el tiempo, porque con ellos no existe la doble moral.

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