lunes, enero 08, 2018

gf, el escritor oculto

Una de las actividades que más disfruto es ordenar mis libros cada cierto tiempo. Esa sola actividad suele traer consigo más de una revelación, suerte de descubrimiento del texto escondido, al que se regresa para cuestionarlo y ver su vigencia. En este premeditado ordenamiento he tenido sorpresas, del mismo modo decepciones, pero esa es la gracia de la relectura: no saber qué hallaras, no tener la más mínima idea de tu reacción.
Dicho esto, son varias las preguntas que deja la relectura de relatos aparentes (more ferarum 9/10, 2002) de Gastón Fernández (Lima, 1940 – Bruselas, 1997). Estas inquietudes se dividen en diferentes parcelas de impresión. La que interesa: el lector queda satisfecho, es testigo de lo mucho que la poética de Fernández aún puede transmitir, también es partícipe de una ética creativa, de lo que ya no se ve en la narrativa peruana: la sola comunión con la palabra.
Fernández pertenece a esa selecta galería de autores ocultos de la literatura peruana, llámalo, si prefieres, autores para lectoescritores. Sin embargo, no caigamos en la confusión puesto que solo los elegidos pueden ser ocultos. El escritor oculto se justifica en una actitud que yace en su propia voluntad de ser tal, para quien lo mostrado resulta más que suficiente, quedando a la espera sin esperar del lector que haga suyo su puñado de palabras. En este sentido, si tendríamos que hermanar a Fernández, lo haríamos con Luis Loayza y José Cerna.
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El caso de Fernández viene marcado por la extrañeza. Queda claro que no nos enfrentamos a una poética a la búsqueda de la referencialidad del gusto mayoritario. No. La propuesta de este escritor tiene coordenadas fijas e innegociables: el lector con lecturas / el lector con formación / el lector ecléctico. En estas fronteras, Fernández destaca como pocos: una tramposa sencillez narrativa propia del que se sabe un muy buen escritor pero al que no le interesa que se le reconozca como tal. Claro, no le interesa ese reconocimiento, porque esa es tarea del admirador, del cazador de la sensibilidad de la escritura.
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Relatos aparentes. Cuestión genérica que no es ni será. He allí su fuerza actual.
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Cuando se publicó relatos aparentes, en edición del crítico José-Ignacio Padilla (incluyamos también Breviario aparente (2006), bajo el cuidado del poeta y músico Renato Gómez), supuso un acontecimiento. Padilla rescató los relatos del escritor, al que nos presentó como un autor que no era dueño solo de contados textos cartografiados en revistas. Esta publicación fue muy saludada por algunos críticos de medios y, según reza la leyenda, no demoró en agotar su edición.
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¿En qué se sustentaba la radiactividad de Fernández? Tal y como señalamos, su propuesta orbitaba en objetivos fijos. El lector de raza es muy intuitivo, detecta sin mucho despliegue intelectual la mentira de la pose. Contra él no sirve la promoción editorial, por ejemplo. Solo la conexión. En este sentido, los «relatos aparentes» incluidos en este libro de poco más de medio millar de páginas, muestran un mestizaje de registros que transitan en su naturalidad, ajenos al coto genérico.
Cualquier asunto es pretexto para Fernández. Más allá de respetar o no linealidades narrativas o criterios básicos argumentales, se impone en el lector la mirada de un autor que sabe observar y, en especial, la cualidad de su escritura nerviosa. Es precisamente esa confluencia la que permite un diálogo con el lector, a quien, dicho sea, le importa poco o nada la dirección que tomará lo relatado, fijando su atención en la pulsión armónica e incómoda que exhibe el autor.
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Podemos especular sobre las razones que hicieron de Fernández un autor secreto. Pero ahora que releemos este libro a más de una década de salir publicado, las sospechas de entonces ahora se convierten en especulaciones razonables, jamás certezas. Fernández ofreció destellos de lo que tendría que ser el viaje interior de la escritura como medio de expresión, nunca un fin celebratorio. Es decir, Fernández supo que su poética no tendría lugar de atención, a lo mucho una casual recepción, pero ello no le impidió ordenar lo escrito en décadas, tal y como señala Padilla en el prólogo, en donde, además, explica los criterios de edición, respetando el impacto textual antes que su mero orden. A saber, los premeditados espacios en blanco como cuerpo de lo narrado.
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No son pocos lectores los que desconocen a Fernández. Entre quienes hicieron esfuerzos por visibilizarlo, es justo consignar a Padilla, Gómez, Iván Thays y Carlos Calderón Fajardo. En su momento, Carlos me habló de la necesidad de difundir la obra de este autor con el que mantuvo intercambio epistolar. Escuché con atención lo que dijo al respecto, pero también creí que tarde o temprano esta obra insular generaría los lectores que merecía. Craso error, pésima lectura de proyección, porque no pude vislumbrar lo que serían las redes sociales, consagradas al encumbramiento de plumas que arriban al olvido antes de la veintena de páginas leídas, y si ello no fuera suficiente, condenan al ninguneo a autores de valía.
Una publicación como esta es fruto de la admiración y la voluntad encausadas por sobredosis de locura. Hay que estar algo loco para editar un libro como este. Lo que ahora parece sorpresa tendría que ser lo normal si es que hablamos de editores independientes de verdad, que a la fecha no existen en el circuito editorial peruano, seducidos por el impacto comercial y no por la apuesta literaria y estética.
Este libro es también un artefacto, un objeto que se nutre de buen gusto y que no es menos a razón de la modestia de su material. Su concepto y diseño, a cargo de Padilla y Rodolfo Loyola, tendrían que ser escuela o, en el último de los casos, motivación. Ni hablar de la portada: Cuadro negro y cuadro rojo de Kazimir Malevich. Vale la pena buscarlo.

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En SB

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