miércoles, junio 13, 2018

extrañez


Hace algunos días, mientras ordenaba algunos libros, en especial de poesía, encontré uno de los muchos que no aún no he leído: Alameda tras las rejas (2010) del chileno Rodrigo Olavarría. Publicación de la editorial santiaguina La Calabaza del diablo.
En 2014, si la memoria no me falla, presenté en la FIL la traducción que Olavarría hizo de Kaddish de Ginsberg, para Anagrama. Fue una presentación que salió mejor de lo que se esperaba, que tuvo lugar en el auditorio César Vallejo, el más grande del recinto ferial.
Con este buen recuerdo, me acerqué a estas páginas que significaron un fogonazo, sea por la furia lírica y a la vez pausada, por su despliegue de sensibilidad y conocimiento que pautan el ritmo de los textos, pero más que nada por la extrañez de su registro, el híbrido que signa los poemas y la escritura bajo el formato de diario, que le permite a nuestro autor exhibir un recorrido vital por los elementos que identifican los recovecos y espacios de su ciudad, del mismo modo el viaje interior (reflexivo) que supone el acto de escribir, pero no nos referimos a una pontificación del mismo, sino al encuentro medular de su acto: la voz, que espera la revelación sin necesidad de esperarla, la luz que la viste de naturalidad. Es por ello que en este proyecto nada suena a impostado, falso o efectista, taras que por lo general vemos en los primeros libros de autor, con mayor razón si hablamos de poemarios. 
Sin duda, ayuda mucho el registro del diario, que permite quebrar la señalización discursiva para adquirir una libertad de escritura que Olavarría aprovecha, pero siempre en los cauces temáticos en los que puede ser fuerte. Esa es la gracia en este ejercicio, el cual no admite mentiras y los resultados no pudieron ser menos que auspiciosos.

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