domingo, enero 19, 2020

«las noches hundidas »


En estos primeros días del año me pongo a ordenar algunas zonas intangibles de mi biblioteca, hecho que en principio parece fácil, pero que va mostrando su real cariz a medida que uno dispone de los libros que va encontrando. No sé cuántos libros tengo, pero cada vez que me sumerjo en estos quehaceres veraniegos, encuentro una que otra sorpresa, como la novela corta Las noches hundidas (editorialuz sesenta,1968) de José Antonio Bravo. No recordaba si la había leído y no me hice problemas, me puse a leerla y no pude ser ajeno a la extraña satisfacción que me dejó la novela.
Para los que aún no lo saben: Bravo fue un destacado autor peruano, dueño de una novela muy saludada en su tiempo, Barrio de broncas (1971), responsable también de una pequeña biografía de Martín Adán, varias antologías de narrativa peruana, obras teatrales y poemas publicados en revistas literarias.
Sin embargo, a Bravo se le conoce más por ser uno de los mejores profesores de talleres de narrativa que haya tenido este país. Al respecto, pienso en la dedicatoria de Guillermo Niño de Guzmán en su antología de narradores En el camino (1985), lo que nos permite tener una idea de lo importante que Bravo resultó para la formación de narradores en ciernes y el fortalecimiento de aquellos que ya tenían años en el oficio.
En su brevedad, Las noches hundidas proyecta un fervoroso deseo: el de su narrador protagonista, que anhela dedicarse a la creación literaria. Bajo esta intención, el autor presenta un grupo de personajes que comparten los mismos deseos que el narrador. Entonces, se entiende que hay no pocas referencias a la literatura, del mismo modo a la intensidad vital que esta motiva. Sin embargo, no estamos ante una historia lineal, por el contrario, es evidente su premeditado desorden que se sostiene en pasajes muy interesantes en la morfología del fraseo, característica que no la libra de algunos baches en cuanto a la repetición de sucesos. Bravo abre la narración hacia supuestos y ensoñaciones, lo que me lleva a pensar en la influencia de la pintura y la poesía, en especial esta última, porque se puede apreciar una permanente luz poética, en especial durante las intervenciones de un personaje que recordaré, Ambrac. 
Bravo tenía 31 años cuando publicó esta novela, es decir, no era un autor tan joven. Pienso en este detalle a razón del homenaje mayor presente en la novela. A las posibles influencias señaladas arriba, Bravo no duda en homenajear al cuento. Hay pues una mirada madura sobre un género que exige cuidada ejecución, y además, esta loa al cuento puede servir para entender la consigna de Bravo en sus ya históricos talleres: leer y narrar con símbolos.

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