martes, enero 10, 2012

Fresán: "Un escritor muere en el campo de batalla"



En el Informador de México encuentro esta interesante entrevista a Rodrigo Fresán, que, entre otras cosas, prepara su nuevo libro La parte inventada.

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GUADALAJARA, JALISCO (08/ENE/2012).- Desconfía de todos los nombres que se convierten en adjetivo, como lo austeriano, lo kafkiano, lo felliniano, lo beatlesco, porque con ello parece que los artistas se preocupan por construir un mundo que responde a la estructura de su propio ADN. Pues no es así, piensa Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), para quien el riesgo es caer en la tentación de convertirse en una caricatura de sí mismo. Si “Fresán” se convirtiera en adjetivo, el escritor argentino probablemente intentaría desaparecer o hacer como su amigo Enrique Vila-Matas, quien busca desvilamatizarse a como dé lugar. Aun así, Rodrigo Fresán no se ha escapado de las etiquetas; por ejemplo, hace 10 años titularon una crítica sobre él con el nombre de “Un Borges pop”.

Sí, en su obra hay referentes de canciones de Bob Dylan, del clásico de Kubrick 2001: Odisea en el espacio y de otros tantos elementos pop, “pero siento que está muy magnificado el binomio Fresán-pop… con el correr de los años, de los siglos, si alguien me sigue leyendo, esos elementos tendrán el mismo valor que el que aparezca el jazz en una novela o el tango en un relato. Son solamente señales del tiempo donde transcurren los libros… y todo eso no tiene ningún intento de causar novedad; actualmente nada es novedoso”.

Él lo comprende: además de escritor es periodista y sabe que en las redacciones se necesitan las etiquetas; “además prefiero que digan que soy pop a que soy un escritor de mierda”, se burla.

Rodrigo Fresán vive en Barcelona desde hace más de una década y visita Guadalajara de vez en cuando por dos razones: por la Feria Internacional del Libro y porque su esposa es jalisciense. El día de la entrevista, en un café de Providencia, leía Doktor Faustus de Thomas Mann. Junto a él tenía una libreta abierta en una página con anotaciones esquemáticas, un diagrama de flujo en el que apenas se podían leer palabras como “trance”, “comandante, “mucho más fuerte”, “militancia”. Probablemente volverá a finales de 2012, pero a presentar en la FIL La parte inventada, que no es una novela, sino algo similar a La velocidad de las cosas, “una compilación de cuentos que van contando una historia y que trata sobre el proceso de la escritura o sobre cómo piensan los escritores, o cómo uno decide contar algo que sucedió y a lo que en ese momento se le agregan pequeñas partículas de invención o de interpretación de la realidad”.

En La parte inventada tal vez aparezcan de nuevo elementos pop, pero son alusiones a una época y no lo que más le interesa de la escritura. En textos que aparecen en la página web de Vila-Matas, Fresán hace referencias al estilo, como algo “que no es a lo que se llega, sino lo que se va quedando”, o una cita de Nabokov: “La mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras sino la historia de su estilo”.

—Dice Justo Navarro que un escritor tiene que traducirse a sí mismo. ¿Usted qué ha traducido de sí mismo?

—Pues siento que tenía muchísimas más certezas cuando empecé a escribir que ahora. Por un lado, es lo intrigante del oficio: a medida que todo se vuelve más complejo, pienso que las certezas que tenía entonces, cuando empecé, eran sobre cuestiones más simples y más limitadas. Y me parece que, si crees que alcanzaste certezas absolutas, tal vez ya no tiene ningún caso escribir… Y en la literatura, como en todas las artes, sucede como cuando vas a un espectáculo de magia: están los espectadores a los que sólo les preocupa averiguar cómo se hizo el truco y los que van para verse fascinados y subyugados por la magia y no quieren saber cómo se hizo. Yo pertenezco más a estos últimos.

—¿Qué nuevas preguntas tiene?


—No son preguntas; cuando hablo de certezas iniciales tiene que ver con que yo empezaba a escribir a partir de la trama. Y últimamente se me ocurren sensaciones, ideas sueltas, frases, cosas por el estilo. Siempre digo que era como estar parado en el borde de un muelle al que llegaba un barco: la gente bajaba y yo me tenía que sentar a tomar notas de lo que hablaban. Ahora la sensación, no sé si más grata pero sí con un mayor desafío, es ir al muelle, ver que no llega el barco, rentar un bote y remar hasta un océano donde hipotéticamente se hundió el barco, ponerme un traje de buzo y ver qué encuentro. Y lo que saco son fragmentos del naufragio (…) es un ejercicio más detectivesco y me devuelve un poco más a la idea de lector… cuando empezaba a escribir era más escritor, ahora soy más lector.

—¿Andar por el camino de la intuición es partir del caos?

—Sí, hay una sensación de meterte en una fiesta, en una casa sin luces, y tienes que ver qué pasa. Pero tiene que ver con una preocupación que puedes llegar a tener con el correr de los años o no: el estilo. Alguna vez le pregunté a John Banville, escritor irlandés que admiro mucho: ¿qué te parece más importante, la trama o el estilo? Me respondió: “El estilo avanza por delante dando pasos triunfales y la trama va atrás arrastrando los pies”. Llegar a esta preocupación tiene que ver con diferentes etapas que también pasas como lector: empiezas por identificarte con algún personaje —muchos lectores de best seller se quedan aquí—, luego te atraen las sagas; el siguiente paso es más profesional, la preocupación por el autor, por su historia dentro de la historia; y finalmente, por el estilo, por cómo escribe el autor. Es el mismo camino para los escritores y me interesan los que se preocupan por esto: Banville, Proust, Nabokov, Onetti, Rulfo, Beckett, Harold Brodkey….

—Y en su caso, ¿cómo va definiendo el estilo?


—Es lo más divertido, realmente. Es una especie de lucha cuerpo a cuerpo, de frase por frase, oración por oración, adjetivo por adjetivo; con eso, también los criterios de calidad son cada vez mayores, entonces es una relación sadomasoquista en la que el placer está bordeando todo el tiempo con el sufrimiento. Tengo la sensación de para quién escribo y por qué… En ese sentido, vivimos una época bastante mala para cierto tipo de literatura, no porque esa literatura esté en crisis, sino porque vivimos una crisis de los best seller, y a mí lo que me interesa como lector, y que intento alcanzar como escritor, es la literatura de alto rango. (...) Siempre hubo best seller, pero era más bonito cuando eran de Charles Dickens, el primer autor multimediático que aparece en público. Que existan, está bien, pero deberían tener más calidad. Además, en una lógica editorial, los best seller son los que permiten que existan escritores como yo: a mí me da gusto estar en la misma editorial que Isabel Allende.
—¿Escribe cuidando las palabras, las ideas, las sensaciones…?


—No sé, podría inventarte cuatro teorías ya, si quieres, pero no pienso mucho en el aspecto teórico de cómo lo hago. Me parece que el modo en que escribes es el modo en que piensas y no hay un gran misterio. Soy un desconfiado de cuando se habla de lo típico de un escritor, como el azar de Paul Auster, pues se tiende a pensar que ese artista se preocupó en construir un mundo que responde a su flujo eléctrico neuronal; creo que no es así. Kafka y Fellini pensaban que eran realistas y hacían las cosas del modo que las veían. Y los autores pueden caer en la tentación del culto, como en el caso de Pedro Almodóvar. Cuando los fans te machacan, tienes tres opciones: desaparecer, cambiar radicalmente o convertirte en un personaje o una caricatura de ti mismo (…) A nadie se le da un diploma de “eres escritor”. Mueres siempre en el campo de batalla.

—Como lector-escritor, ¿qué lecturas acompañan la escritura de su nuevo libro?

—Leo mucho y estoy entrando a una etapa interesante que es la relectura de clásicos. La busco no como gesto de madurez crepuscular, sino para volver a ciertos libros que no se acaban nunca. Por razones profesionales leo mucha literatura norteamericana: es mi área de especialización crítica, para la colección policiaca que dirijo para Mondadori, y también tengo que leer a muchos autores nuevos.

—Cuando entrevista autores, ¿qué le interesa de ellos?

—Que me cuenten historias; me gusta que sean escritores en la entrevista. El modelo es preguntar por la metodología, la vida, cómo se te ocurrió tal cosa. Y yo, al ser parte involucrada del asunto, soy consciente de que no dejan de ser ficción este tipo de entrevistas, porque te preguntan cosas en las que nunca habías pensado y las inventas en el momento. Quiero decir, mucho de lo que me has preguntado puede ser ficción; si me preguntas lo mismo mañana, tal ve te diría otra cosa y es por deformación profesional. Creo que no somos animales con certezas… por eso la cita famosa de Henry James: trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos y el resto es la locura del arte.

—¿Cómo prepara su trabajo periodístico?

—La preparación a la hora de haber entrevistado a un autor es haberlo leído, pero no voy con idea preconcebido. Mi preocupación es la de un escritor, contar con cierta fluidez de cuento; odio las entrevistas que se acaban en cualquier sitio, sin remate. Pero ya tengo muchos años, ya lo hago en automático; me gustaría dejar de hacerlo por un tiempo, dedicarme más a mi hijo, a escribir. Porque llega un punto en el que te repites. Antes, para pasar de periodista a escritor era como cambiarme de sombrero, y ahora siento que tengo que cambiarme un traje de astronauta. No sé si lo dejaría, pero sí, un par de años de desintoxicación, sería interesante.

—Tiene una idea particular de la memoria…

—Sí, es de esas injusticias… porque puedo entender la muerte, pero no la desaparición de todo lo que la persona pensó. Cuando los católicos hablan del alma, creo que hablan de la memoria: esto no se va a ninguna parte, se pudre y desaparece. Si todos fuéramos buenos escritores, tendríamos que escribir una autobiografía antes de morir; debería ser obligatorio, ir de lo superficial a lo profundo, para que la gente supiese qué pensaste, leíste y cómo te cambió o no un autor.

PERFIL
La velocidad de una obra


Nacido en Buenos Aires en 1963, Rodrigo Fresán vive en Barcelona y es colaborador habitual de la revista Letras Libres y periódicos como Página 12 (Argentina).

Se dio a conocer con los cuentos de Historia argentina (Planeta) en 1991 y su primera novela fue Esperanto (1995), pero uno de los títulos que llamó más la atención fue La velocidad de las cosas (Tusquets, 1999), que, dijo él mismo, “se ocupa de la manera en que los vivos intuyen a los muertos”.

Su libro más reciente es El fondo del cielo (Mondadori, 2009).

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