miércoles, abril 23, 2014

44

Cuando hablamos de los principales referentes de la narrativa fantástica en castellano, el nombre de David Roas se impone por mérito propio y partida doble. Por un lado, tenemos al Roas ensayista y teórico, pero uno raro, ya que su discurso carece del oscurantismo de la jerigonza académica, porque antes que conocedor y de dominante de las abstractas definiciones teóricas, tenemos a un voraz lector que conoce bien la tradición en la que ha ido formando su discurso sobre lo fantástico. Es decir, Roas es un buen disidente de la Escuela del Resentimiento. Y por esa razón se le lee y admira. Conozco a más de un estudioso de lo fantástico que ha mandado a enmarcar su imagen, imagen que colocan en un punto visual estratégico del estudio o la habitación. No es para menos, en su faceta de ensayista tiene una biblia de consulta obligada: Tras los límites de lo real. Por otro lado, tenemos al Roas escritor de ficción, en donde ha destacado en cuento, sin importarle las distancias del mismo. 
Imagino que nuestro autor bien pudo sentirse servido con los reconocimientos que ha recibido en los últimos años. Pero no, no se conformó con lo logrado y decidió incursionar en las distancias largas, que por largas son también peligrosas, en donde nos topamos con lo mejor y lo peor de los autores, por algo la novela no requiere de la perfección milimétrica del cuento, por algo la novela se vale de esa imperfección para dar paso a la libertad que la caracteriza. 
Bien lo dijo Cortázar: “Las novelas se ganan por puntos”. Valiéndonos de este principio, podemos aseverar que la novela La estrategia del Koala (Candaya, 2013) se impone con no pocos puntos de ventaja, la misma que ratifica a su autor como un escritor que le da valía a la narrativa fantástica en castellano, que hoy por hoy tiene miles de adeptos que no solo escarban en su oceánica tradición, sino también en lo nuevo que hacen sus más dotados exponentes. 
Lo que siempre me ha llamado la atención de este escritor es esa aparente facilidad para hilvanar sus historias. No se hace problemas, lo suyo es la claridad de la prosa, prosa que huye del lugar común; lo suyo es también el despliegue de inteligencia al momento de estructurar sus relatos, tal y como lo vimos en Horrores cotidianos y Distorsiones, inteligencia estructural que ahora ratifica en el terreno de las distancias largas. Como buen narrador, hace uso de lo que conoce, de una fisonomía moral cercana, en este sentido no es gratuito que su protagonista sea un escritor, Marcos Fontana, quien recibe el encargo de escribir un libro sobre los faros de la costa gallega. Fontana accede porque se trata de un trabajo que le permitirá viajar y ganar algo de dinero, pero lo que parece ser un viaje en el que solamente se dedicará a tomar notas y redactar, se convierte en un oscuro viaje hacia su memoria, a su primera infancia, juventud y adultez. Es precisamente en el hecho de anotar lo que ve y piensa en donde encontramos las caídas de Roas. Algunas reflexiones y descripciones se ven afectadas por innecesarios forzamientos en la prosa y la mirada, como si por momentos el autor batallara con la relojería del cuentista que lleva dentro, sin embargo, estamos ante un autor ducho en secretos narrativos y que sabe salir airoso de esos escollos, como privilegiando la voz personal de Fontana, de ese Fontana descreído y de visión fatalista de la realidad. Este fatalismo lo vemos al inicio de la novela, no es gratuito que esta empiece en el entierro de un familiar, con el narrador protagonista viendo las cosas de lejos y tratando de evitar a sus primos. Es decir: sus faros quedan de lado y el discurso del narrador protagonista se sumerge en los recuerdos y en la reformulación de sus pajizas impresiones. Durante todo su periplo tras los faros, Fontana no deja de emitir juicios cítricos sobre lo que ve de los demás, sobre el franquismo, sobre su familia, de lo aburrida en que se ha convertido su vida. Pero ese discurso también podría ser visto como un cuestionamiento a su condición de escritor, porque aunque no lo exprese, deducimos que sufre una especie bloqueo creativo. Por esta razón, Fontana no nos relata sobre los faros que visita, lo que nos relata es su vida interior y en esta intención no se pinta como lo que no es, y de esta manera es que logra transfigurar su realidad, sacándola de su realismo en pos de una realidad paralela, en pos de un mundo en el que todo es posible, aunque esa posibilidad no necesariamente sea una garantía de redención. 

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Publicado en Siglo XXI


martes, abril 22, 2014

43


Íbamos en el taxi. Ella leía una revista cuyo nombre no recuerdo, pero que robé del avión que nos trajo a la capital. Por mi parte, leía también, leía un extraño libro de Douglas Coupland, La vida después de Dios. Me parecía extraño estar leyendo un libro suyo y más extraño aún que me gustara.
Se suponía que el trayecto debía terminar en diez minutos. Estábamos a menos de dos kilómetros de nuestro destino. Aunque no se lo dije, no quería que terminara el viaje, sentía pues una extraña levitación sensorial que provenía de mi pecho. Conocía esa sensación, la conocía desde mi adolescencia, en la que se presentaba de manera continua, pero a lo largo de los años esta fue desapareciendo, aunque no de golpe. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la sentí.
Pasamos un grifo y caí en la cuenta de que debía pagarle al taxista. Pero ella me dijo que sería mejor que nos bajáramos antes, puesto que conocía un restaurante ubicado en nuestra ruta. De niña solía ir a ese restaurante con sus padres, un restaurante que se caracterizaba por sus carnes a la parrilla.
El taxi se detuvo y pagué la carrera.
Me puse la mochila al hombro y caminamos cerca de cincuenta metros por un sendero de piedras.
Llegamos al restaurante y ocupamos una de las mesas al aire libre. Nos atendió un anciano que usaba muletas, además, reparamos en su mano izquierda, que no dejaba de temblar. Quizá en otro momento, en otra vida, nos hubiese llamado la atención esa tembladera.
Esperamos el pedido. Mientras tanto, nos dedicamos a observar las montañas y la lejana hilera plateada escanciada por el sol. De uno de los bolsillos de la mochila extraje la bolsita con hierba y también papel biblia. Me concentré para armar el cigarrillo, solo escuchaba el sonido de la tierra y el susurro caliente de ella, que me decía que sería mejor fumarlo después de comer.

lunes, abril 21, 2014



domingo, abril 20, 2014

42


Sin duda, a García Márquez le debemos más de lo que podamos pensar. Si bien es cierto que su influencia es casi nula hoy en día, o invisible, no vamos a negar que sus novelas Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera fortalecieron nuestra iniciática pasión por la lectura. Quien esto escribe las leyó en su adolescencia y recuerda bien que el desarrollo de su lectura fue parecida a un estado de trance.
A lo largo de los años he podido leer toda su obra, a excepción del libro que dejé a medias: Memorias de mis putas tristes, olvidable novelita, refrito estilístico de su poética, como para llorar. Aún pervive en mi memoria la maestría de sus novelas breves, como Crónica de una muerte anunciada, El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba, obras maestras que nos ponen en bandeja su cocina literaria en cuanto a estructura. Lo último que me gustó fueron sus memorias Vivir para contarla, librazo cuyas páginas son dosis vitamínicas para todo aquel interesado en el ejercicio de la escritura, un agradable martillazo en la cabeza sobre la genuina convicción literaria.
García Márquez se fue en un momento en el que no me apetecía releerlo. No se encontraba en mi galaxia próxima a revisitar. En esto jugaron varios aspectos, en los que no figuraba su discutida preferencia política, sino lo gastada que se me hacía su poética, aunque en este punto, quizá mi impresión se encuentre escanciada de prejuicios que me suscitaban sus patéticos epígonos.
No tengo la más mínima duda de que volveré a frecuentarlo, seguramente en quince o veinte años, no sé. Y cuando ello ocurra, seré nuevamente presa del hechizo verbal de cuando lo conocí por primera vez.


viernes, abril 18, 2014

41


En realidad no sorprende el silencio de no pocos escritores peruanos en relación a este artículo de Ignacio Echevarría. Es preferible no decir nada a ser delatados en la abierta vergüenza de la incoherencia.
Como bien se viene diciendo, lo que importa hoy por hoy es parecer y no ser escritor.
Lo que me apena de la I Bienal Vargas Llosa -exitosa en todo el sentido de la palabra- es que muchos escritores locales han hipotecado su opinión sobre la obra de nuestro novelista mayor, cuyos últimos títulos han sido no menos que lamentables y celebrados por su conocida soldadesca, integrada por narradores y críticos, narradores que la elevan más de la cuenta y críticos que la avalan con el silencio estratégico. Les importa más salir en las fotos para el Face y así acrecentar una trivial nombradía virtual. Un poco de verdad no creo que le mueva el piso a Vargas Llosa, acostumbrado también a recibir críticas negativas. Por ello, sigo sin entender el miedo a decir lo que verdaderamente piensan de sus últimas novelas. En fin, cada quien forja su camino como bien le convenga, no importa si la empresa dinamite la honestidad de su discurso.
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De lo que se deduce del texto de Echevarría, un par de puntos llaman mi atención: 1) La evidente intención política de la Bienal y su respectivo premio, que provienen del lado derecho y en franca competencia con el Rómulo Gallegos. En lo personal, no me hago problemas por preferencias políticas, por el contrario, busco la fuerza y el alcance de la literatura como tal, en la que se muestre la riqueza de las expresiones narrativas no dependientes de los mandatos de las grandes editoriales y que no estén limitadas por cotos ideológicos. Por ejemplo, como para tener una idea del cariz político del evento que nos concierne: una ligera mirada a las plumas participantes nos indica que la gran mayoría de estas fueron de primer nivel, pero me seguiré preguntando por la ausencia de uno de nuestros escritores mayores, que publica en una editorial importante y al que no se le invitó. ¿Acaso pesó el factor político para no convocar a Miguel Gutiérrez? Gutiérrez debe ser uno de los escritores que más lee en este país y a quien por cosas ajenas a la razón vemos poco en conferencias y presentaciones, pero cuando lo hace somos testigos de su vasto conocimiento literario, y no solo peruano. Y 2) El premio mismo. Los 100 mil dólares. No hay que ser un superdotado cerebral para no darse cuenta de que se debió premiar una novela que rozara con la maestría. Tanto Las reputaciones de Juan Gabriel Vásquez y Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla estaban lejos de esa maestría, eran buenas novelas pero a miles de kilómetros de distancia de la novela de Rafael Chirbes, En la orilla. En su artículo, Echevarría sugiere que el valenciano no acudió a la Bienal debido a su abierta convicción comunista, lo cual contradice la información oficial: que no vino por encontrarse mal de salud. De ser cierto, pues habría que quitarse el sombrero ante Chirbes, que prefirió mantenerse íntegro en sus convicciones y no hipotecarlas como sí lo han hecho otros por tan poco, como innecesarias devoluciones de favores (¿un cintillo de Vargas Llosa?).
En su momento, Vargas Llosa ganó el primer Rómulo Gallegos con una excepcional novela: La casa verde. Ahora, en esta primera edición del Premio de Novela VLL, tenemos sospechas razonables de que el jurado –de lujo (entre ellos, uno que sigo: Christopher Domínguez Michael)-, fue preso de un sucio juego ideológico. O sea, ¿cómo premiar a un escritor de izquierdas, y encima ausente? Apostaron y jugaron al descarte. Por otro lado, también nos queda la sensación de que no se premió a Bonilla bajo el filtro literario, tampoco ideológico, sencillamente pesó una inesperada improvisación porque se tenía preparado el terreno para que lo ganara Chirbes. Si Chirbes no podía/no quiso venir, igual se le debía premiar, aunque sea vía Skype, y si no aceptaba, pues cosa del tío, su problema. Se cerraba sesión virtual pero con la convicción de haber premiado una muy buena novela.
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En fin, cosas que suceden.
Pidan perdón por sus pecados mientras almuerzan un rico pescadito.

jueves, abril 17, 2014



miércoles, abril 16, 2014

40

Quedarse callado para no parecer el primo malcriado del almuerzo familiar se ha vuelto una norma. Felizmente, no suelo quedarme callado. Pero no quedarse callado también trae sus consecuencias, se puede ser víctima del apuro y por ello protagonizar verdaderos papelones. Varias veces se me ha ido la mano cuando he abordado ciertos temas y como si las huevas he afrontado algún (posible) error, no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano, tengo suficiente autoestima como caer en esas payasadas. 
En esta mañana de miércoles, me debato entre dos acciones a tomar, o bien empiezo un texto sobre nueva poesía peruana que me han pedido para una revista o comento en un solo post el artículo de Ignacio Echevarría sobre la I Bienal Vargas Llosa y de paso el zafarrancho en que se ha convertido la delegación peruana que participará en la FILBO. Mirando bien los nombre que integran la delegación, más parece una de promotores turísticos que una literaria, y viendo algunos de sus nombres me causa vergüenza ajena que más de un pistolero contra la Marca Perú aparezca como si nada, en clara muestra de su incoherencia ética y discursiva. 
Mientras decido, y aprovechando que hoy entraré tarde a la librería, me pondré a leer Proyecto de obras completas (Ediciones UDP, 2013) de Rodrigo Lira. De este poeta chileno he escuchado y leído mucho en Internet. De alguna manera se trata de uno que ejerce un magisterio silente entre los vates latinoamericanos últimos. Magisterio silente porque es de aquellos a quien lees sin leerlo, lo lees por intermedio de otra voz, de otra poética obnubilada con este sureño que se suicidó a los 32 años. Pues bien, me esperan horas de lectura, no de leyendas.


martes, abril 15, 2014

39


Imagino que algún día deberá escribirse un libro sobre los grandes grupos y cantantes menores de la historia del rock. Por lo general estos grupos y cantantes son dueños de contados éxitos, tan contados que podría darse por bien servidos si logran un par. Los escuchamos siempre involuntariamente en los taxis, en las custers o en el café de ocasión, con mucha suerte en la rockola del bar.
Cada quien tiene sus preferidos. La mayoría de mis patas y amigas prefieren esa cantera de éxitos solitarios y fugaces de los ochenta, que vuelven con fuerza en la memoria emocional y sentimental durante los fines de semanas. Una amiga, por ejemplo, sale exclusivamente los sábados para encontrarse con los temas con los que se enamoró y vaciló en los ochenta. Esta amiga, obviamente, es mayor que yo y cada vez que me encuentro con ella no deja de decirme que mi generación no supo lo que es vacilarse con esos temas fugaces, olvidables, que no resisten el más flojo filtro musical pero que ostentan el poder de instalarse en la “galaxia sensorial del goce”. Su lema, con el que piensa que me fastidia, es la frase de Mickey Rourke (¿o Marisa Tomei?) en El luchador: “En los ochenta disfrutamos con la música, hasta que vino Kurt Cobain en los noventa y lo arruinó todo”.
En lo personal no me hago problemas. Gocé lo que tuve que vivir, pero mis preferencias musicales van un poco más atrás, hacia los setenta, década generosa en bandas. Algunas de ellas se resistieron a desaparecer y pese a que hoy en día gozan de inminente reconocimiento, no figuran como piedras angulares de la tradición rockera. No se las escucha como se supondría. Pienso en The Kinks, pero muy en especial en la canadiense The Guess Who, cuyos integrantes alguna vez fueron catalogados de geniales borrachos que hacían muy buen rock. The Guess Who es una de mis bandas favoritas, pero tampoco es mi droga recurrente, pero cuando regresan sin pensarla, lo hacen de forma brutal, como hoy en la mañana, y en seguidilla de cinco temas, mientras leía la novela inédita de un pata en el taxi.

lunes, abril 14, 2014



domingo, abril 13, 2014

38


Quizá sea Cabrera Infante el narrador que he leído con no mucho compromiso. Y ahora que lo pienso bien, no sé qué tuvo que ocurrirme para tomar semejante determinación con este cubano que fácil podría pasar como uno de los más grandes estilistas de la narrativa en castellano del Siglo XX.
A lo mejor este post obedezca a la relectura de Puro Humo, relectura que ha marcado mis recientes madrugadas entre los descansos de mi maratón de todas las temporadas de Los Soprano.  Hay que regresar/frecuentar a este escritor y así estar atentos contra las mentiras de los estilistas que se hacen pasar como descubridores de la pólvora. Me sorprende que más de un narrador latinoamericano, en especial aquellos preocupados en la forma y el tan manoseado concepto del trabajo con el lenguaje, no haga la más mínima referencia de su legado. Mezquindad, suprema ignorancia, llámalo como gustes. En esa no referencia podría intuirse el desconocimiento de una tradición, en esa no referencia podríamos encontrar más de un motivo del por qué la mayoría de los estilistas de ahora nos dejan con la idea/certeza de que no tienen nada qué decir. Antes del estilo, está la rabia, la huevadita que retuerce el ánimo y la visión del mundo, la rabia que hace que sientas esa urgencia de sentarte a escribir, porque eso es la escritura: una urgencia.
Para los especialistas, Puro humo no figura entre lo mejor del autor, pero sin duda es su título que me gusta más. Escrito en estilo claro pero a la vez bulboso, que transmite y enseña.

viernes, abril 11, 2014