jueves, mayo 21, 2015

293

Y el cielo limeño se pone gris, aunque para que todo sea perfecto, esa grisura tendría que adquirir su equivalencia climática. Aún siento calor y no tengo la más mínima gana de usar chompa o casaca. A lo mucho una camisa abierta para no andar solo en polo y a la contra de los que se abrigan. 
Las horas en la librería fluyen sin más, hago lo que tengo que hacer y me pongo a leer un buen libro de ensayos, al menos esa es la impresión ahora que voy en la página 50, además, me gusta mucho el título del libro, que bien podría funcionar para una novela o un cuentario, quizá en una crónica negra. Disparos en la oscuridad de Edgardo Cozarinsky. 
Del mismo haré una reseña, aunque no sé cuándo, pero allí voy llevando a cabo los apuntes respectivos de un libro del que ruego no se me vaya a caer. Eso es lo que me pasa últimamente: empiezo a leer y me gusta lo que leo, pero dado un momento, la fuerza de la escritura va menguando hasta llegar a niveles de simple carreteo, como si el autor ya hubiera cumplido el cometido de arrebatar al lector de su realidad. Mis sospechas tienen asidero y estas sospechas las aplico al libro en cuestión, por más bueno que me parezca, porque si logra sobrevivir al filtro, mucho mejor, su legitimidad será redonda en todo sentido. 
Escucho algo de música, sintonizo una estación radial en la que solo pasan clásicos ochenteros, al menos en la franja que anuncian de tres a seis de la tarde. De paso, mientras escucho esos clásicos ochenteros, ingreso a los tramos finales del ensayo que llevo escribiendo de Henry Miller, un ensayo que ha vivido en mi mente en los últimos meses, en los que he releído todo Miller, activando los mecanismos de mi memoria, memoria que me llevaba a esos años noventeros en los que no hacía nada, solo leer como una bestia que no tenía la más mínima de las curas, violentado por alguna causa extraña que me llevaba a ser un peligro público, una chispa que rogaba para que le echen kerosene para activarse y de esta manera justificarse en el mundo. En ese contexto fue que leí a Miller. A carencia de héroes, Miller se convirtió en mi héroe, a manera de una metáfora de la resistencia contra un contexto que me significaba muy apático, que no hacía nada para salir del marasmo. 
Lo bueno, y lo supe después, fue que no era el único que leía a Miller. Otros contempos también lo hacían, quizá azuzados por su leyenda de obsceno y pornógrafo, para recalar, felizmente, en lo que sí interesaba de Miller, en lo que quedaba y de sobra, lo suficiente para rescatar a muchos de una muerte en vida.


¿y el hijo?

No soy de los que opinan de la vida privada de los demás. No me gusta y no lo haré, pero lo hago en esta ocasión en base a la información que ha aparecido en los medios. 
Ajá, eso: la cuestión de Cabrejos y Thays. 
Cabrejos ya había dado un anuncio velado sobre su romance con un escritor peruano, ese anuncio pasó desapercibido hasta que su testimonio fue grabado por lo bajo. 
Entonces, empezaron las especulaciones. 
Las especulaciones no duraron mucho porque la misma Cabrejos se encargó de decir el nombre del escritor que la embarazó y la dejó sin más ni bien se enteró de que ella esperaba un hijo suyo. 
Lo que pasó no me sorprende: las feministas a favor de Cabrejos y algunos cuantos respaldando a Thays. 
Thays no demora en brindar su versión de los hechos, que viéndola en frío, tenía una lógica, un sentido. Una lógica y sentido que amainó el apanado virtual por parte de sus detractores y naturales enemigos literarios. 
Ahora, es bueno decir que Thays no es una persona de mi devoción. No es mi enemigo porque no le guste la comida peruana, argumento por demás idiota. 
Pues bien, más de una vez lo he dicho: Thays tiene el alma chiquita. Y en lo literario, en su momento lo valoré, pero a la fecha no porque lo que escribe no solo no me gusta, sino porque su poética se ha contaminado de un facilismo literario marcado por una onda moralista que me causa urticaria. 
No soy absolutamente nadie para exhortar a las personas, pero la imagen que está dejando Cabrejos es de por sí lamentable y me apena porque se frivoliza el drama que sufren miles de mujeres en este país, mujeres a las que admiro porque solas se encargan de sacar adelante a sus hijos sin depender de un hombre. 
En la edición de Caretas de hoy se pone de manifiesto la verdad: Cabrejos aprovecha el escándalo para promocionar su próximo libro. 
Las sospechas razonables se convierten en preguntas implacables. Cada una de estas preguntas contradice la imagen de mujer dolida y vejada que Cabrejos estuvo proyectando hasta hace unos días. 
Nadie está libre de perder un hijo. No conozco mujer que haya superado una pérdida como esta de forma tranquila. Más bien, la experiencia marca y se instala como un dolor permanente que ataca cuando quiere, al más mínimo detalle que activa ese dolor que se lucha por reprimir.

miércoles, mayo 20, 2015



292

Nos encontrábamos almorzando. Pese a la ausencia del sol, sentía calor y me decía a mí mismo que había sido un error llevar chompa. Felizmente, tenía un polo más si en caso empezara a sudar, porque, si aún no lo sabes, soy un hombre que suda mucho, ni hablar de mi piel grasosa a la que unto más grasa porque debo usar hasta el resto de mis días bloqueador. 
El sábado pasado salió el sol, hizo un calor cuasi veraniego. Estuve expuesto al sol porque tuve que salir varias veces de la librería. No me di cuenta hasta el domingo, cuando vi en mi frente una pequeña herida, una rayita roja que empezó a sangrar ni bien me pasé el jabón por la cara mientras me duchaba. 
Busqué curita y me la puse en la frente. Antes de salir de casa, le comenté a mi papá sobre la herida en la frente y él empezó a hablarme sin detallar de los peligros del cáncer de piel, puesto que debía estar atento a si esa herida cambiaba de color y textura. 
Esa advertencia limitó mi día. 
No estuve pues del todo concentrado en las cosas que hacía, me sentía ido y las personas a mi lado también me percibían así, como si mi concentración estuviera en otro lugar, mis ojos en un punto fijo del aire, quizá siguiendo sin seguir el vuelo de una mosca. Cuando me preguntaban qué me pasaba, respondía lo mismo, y de distintas maneras, que estaba preocupado por los textos que he ido atrasando en estas semanas y no pocos meses. Pero se trataba de una mentira. No hay nada más fácil y que me guste más que escribir. Bueno, sí, hay algo que me gusta más que escribir, que es leer. Pero a lo que voy: me gusta escribir, me gusta llegar al trance de la escritura, a ese estado canábico en que no que te importa más que el tecleo y aquel seseo que generas cuando escribes a mano. Pero de esto se sabe, al menos en este blog, porque más de una vez he escrito de ello. 
Estaba preocupado por el futuro inmediato de esa herida. ¿Y si esta crecía y se apoderaba de mi cabeza llenándola de puntos negros y lunares amorfos? 
Preguntas inanes, quizá producto de una mente paranoica, pero que en mi experiencia tenían una ligera legitimidad. 
Recién el lunes supe que se trataba de una herida común y corriente. No respiré tranquilo, tampoco me encontraba tan preocupado como sí horas antes. De todas maneras, tomé una decisión en la tarde, iré en los próximos días al dermatólogo para quitarme por las buenas todas las dudas que tenga.

martes, mayo 19, 2015



lunes, mayo 18, 2015

291

Cuando piensas que los días seguirán su curso natural, que el sábado no será distinto del anterior, recibes la visita de un pata que no veías en mucho tiempo. Un buen pata, lector atento, ex dealer y ahora sucumbido en las garras laborales de este puto sistema neoliberal. 
“El Ninja”, como lo llaman desde niño, ha desplazado su verdadero nombre. Ya nadie le dice Daniel, o bien le pueden llamar “Chino”, pero “El Ninja” ha quedado en el imaginario, bajo ese apelativo ha sabido forjar su leyenda en estas sucias y apetecibles calles del centro. 
Gracias al “Ninja” tuve en mi poder el Golden Acapulco. Ajá, el mismo que fumaba Bolaño. Y a lo mejor, bajo esa casualidad canábica es que se encontraba releyendo los cuentos de Llamadas telefónicas. Me hablaba de varios cuentos del libro, seguía presa del entusiasmo, de ese asombro que te acompaña y más aún cuando vuelves a frecuentar un libro después de tiempo. 
Pero este pata también vino con palabras sabias, legitimadas por la experiencia de vida y porque también es padre. Su hijo Gabriel le cambió la vida, la ordenó cuando más necesitaba de un orden. 
Con él suelo hablar mucho de libros, pero también de cine. Y el sábado desmenuzamos las películas y series que nos gustaban. Radiografiamos la personalidad de Skyler, la esposa de Walter White en Breaking Bad. También hicimos lo mismo con Stringer Bell de The Wire. Pero ante todo, y como ahora que sospecho que la razón de su visita, me pidió que le comentará de la película Incendios de Denis Villeneuve. 
Tuve la oportunidad de escribir sobre tres películas de este director canadiense para Cinépata. Las tres me gustaron, claro, en distintos niveles. Una de ellas, la mencionada Incendios es un rico crisol de metáforas, con un discurso patente y latente sobre los estragos de la guerra y sobre nuestra función/destino como hijos y padres. 
No es una película para amantes de los estrenos de la semana. Hay que tener sensibilidad y temple para verla. Si las ves y lloras, normal, no te sientas menos, eso es lo que transmite la película.

viernes, mayo 15, 2015



jueves, mayo 14, 2015

290

Me recupero de la gripe, o eso es lo que creo, que me recupero de la gripe. Cuando pienso que ya me encuentro bien, vuelven los escalofríos, el dolor de cabeza, el moqueo y esa electricidad en todo el cuerpo. 
Aprovecho las horas de descanso obligado para terminar algunos textos y, obviamente, para ponerme al día con algunas series que estaba dejando para una maratón de la que no sé cuándo llevaría a cabo. 
No es lo mismo el tiempo que le dedico a las series que a las películas. Para las series necesito de cuatro horas como mínimo. Con las películas las tengo más fácil. Antes me ponía a verlas en las noches, pero desde hace unas semanas las veo en la mañana, ni bien me levanto. A eso de las ocho de la mañana recién me pongo a escribir. Si alguna sugerencia tuviera que dar a los amantes del cine, es que vean las películas en las mañanas, en el silencio que aún puede sentirse a las seis o minutos antes de la seis de la mañana. 
Acabé una serie y me disponía a ver el Real Madrid – Juventus, cuando una noticia amenazó con distraerme. Investigué fugazmente esa noticia y la dejé allí. Vi el partido con la esperanza de ver un partidazo, pero partidazo no fue lo que vi, sino un buen partido en donde el equipo blanco se mostró desgastado y víctima de la ansiedad. 
Luego del partido, tomé una siesta por un par de horas, ahora sí con el deseo de despertarme despejado, porque el jueves en la mañana tengo algunos compromisos. Empero, la salud me vuelve a traicionar. Los dolores se acrecientan, el malestar también se convierte en anímico. No tengo ganas de hacer nada. Me siento frente a la Laptop y mandó mails a las personas con las que pensaba reunirme para decirles que no iría a verme con ellas. Les hablo de la gripe y de los efectos que esta tiene en mí. 
Se han creado muchas pastillas que te curan de todo, pero contra la gripe no. La gripe se posesiona de uno y hay que dejar que esta haga su trabajo de destrucción para luego dejarte en paz, esa paz en la que tienes que reconstruirte.


miércoles, mayo 13, 2015

289

Me recupero de una gripe que pudo ser letal. Un par de pastillas fuertes y un buen caldo de gallina hicieron que las fuerzas regresen a este cuerpo que ayer sintió varias ráfagas de electricidad de dolor. No hay mejor momento para la lectura que el malestar físico, mejor aún la enfermedad. Claro, lo lógico sería no enfermarse, pero a mal tiempo, buena cara, como se dice. Además, si vas a estar abrigado en cama, qué mejor que ver una película o ponerte a leer. 
Eso es lo que dice anoche, que en el lapso de cuatro horas terminé de leer cuatro libros. Una novela, dos ensayos y un cuentario. 
Muchos escritores hablan de una adolescencia atacada por malestares que los llevaron a leer en jornadas inacabables. No es para menos, el malestar te tumba y si tienes una sensibilidad desarrollada para la lectura, sin pensarlo mucho, uno se pone a leer, hasta el punto de ser agradecido por el malestar. 
A eso de la una de la madrugada, me dispuse a dormir, pero cometí el error de no apagar el celular, que empezó a sonar y como no reconocía el número, no contesté en primera instancia, pero volvió a sonar. ¿Contesto?, me pregunté. A la mierda, dije. 
Contesté la llamada. 
Era el editor de una publicación local, que me pedía que aumente el número de palabras que tenía la reseña que le envié el domingo. Tenía que ser ya porque a primera de hoy se estaría imprimiendo su publicación. 
Después de algunos segundos en los que aproveché para cabecear un toque, le dije que estaba con gripe y que me costaba levantarme de mi cama. Le dije también que estaba adolorido. Obviamente, se trataba de una mentira. Bien podía levantarme y aumentar el número de palabras de la reseña. Por el tono de su voz, percibí una angustia por una respuesta afirmativa e inmediata. Me hice de rogar. Y acepté aumentar la reseña. 
Casi apago el celular cuando me dijo que el aumento de palabras era un poco más que el número de palabras de la reseña que le mandé. Hablamos de dinero y allí la cosa cambió. 
Todos somos mercenarios.

martes, mayo 12, 2015



lunes, mayo 11, 2015

288

Me levanto temprano y me cuesta asumir que sea lunes. Por lo general, trato de levantarme los lunes lo más descansado que pueda. Pero ahora no es el caso, me levanto sintiendo más pesadez de la normal. 
Pongo un cd de The Velvet Underground en el CD Player y comienzo a revisar los correos electrónicos. Me doy cuenta de que llevo retrasado varios textos: dos ensayos y una reseña de un libro que no me ha gustado por su medianía. En este sentido hablo de una medianía hija de la mediocridad, puesto que sus autores no han sabido ir más allá en cuanto a sus textos. Obviamente, hablo de un libro de varios autores, un libro de cuentos demasiado correcto, que, paradójicamente, se defiende bien como conjunto, pero que se muestra incapaz de ofrecer un solo relato digno de recordar. 
Dejo para después la reseña. 
Voy a la cocina y les sirvo el desayuno a mis padres, que ayer se encontraban muy cansados cuando regresábamos a casa después de haber ido a almorzar a la casa de mi hermano. Previamente al amuerzo, habíamos ido a visitar a mi abuelita al Parque del Recuerdo de Lurín. El trayecto hacia el cementerio fue uno de los más arduos que haya hecho. Por lo general, los domingos la Panamericana Sur está despejada, pero ayer, por ser Día de la Madre, no fue así. Hubo un momento en que pensé que no íbamos a poder realizar lo que se había planeado. 
Permanecía en silencio en el taxi, ya que desde un día antes le había advertido a mi madre de lo jodida que iba a estar la carretera el domingo y que mejor sería visitar a mi abuelita el lunes en el curso de la mañana. Pero no, mi mamá había comprado hermosos ramos de flores para mi abuelita. Así nos demoráramos horas en llegar al cementerio, mi mamá estaba dispuesta a entregarle esas flores a mi abuelita. Para nuestra suerte, nuestro taxi aprovechó el espacio que dejó el camión que iba delante de nosotros. El camión dobló a la derecha para perderse por una calle de Surco. En nuestro nuevo carril, los autos empezaron a avanzar lentamente. Ahora es algo, me decía. Volteé para ver a mi madre, que no exhibía la preocupación que sí en las horas de la mañana, mientras alistaba las cosas para mi abuelita. No solo eran flores, también unos chales finamente bordados, que no sé para qué iban a servir. 
Llegamos al cementerio. Mientras caminamos por los campos verdes, veía el mar. Estuve a nada de prender un cigarro, pero mi madre me dijo que no fumara y no fumé. 
Un escalofrío empezó a apoderarse de mí, las imágenes de mi niñez aparecían nítidamente en mi memoria, como frases completas, dichas por mi abuelita, frases cuyas palabras tenían su amor. Era como si me estuviera hablando y ya no podía más, no podía sostenerme, necesitaba sentarme. Y me senté y sentado miré a mis padres que colocaban las flores y los chales en la lápida de mi abuelita.

sábado, mayo 09, 2015