viernes, octubre 19, 2018

carácter


Trato de recordar y dar con las circunstancias que me llevaron a dejar de seguir la filmografía de Jean Luc Godard. Mi memoria es frágil, pero generosa en detalles. Lo que recuerdo más son los momentos de asombro, como la magia de una secuencia, el diálogo inteligente y con humor o escena naranja. Cada quien, imagino, debe tener por ahí su Godard personal, y por consiguiente la respectiva razón que consiguió lo que en principio parecía imposible: el alejamiento del cineasta.
No son pocos los que huyeron del francés a cuenta de su opción ideológica, que comenzó a infectar la poética visual con la que se dio a conocer, la misma que también le deparó un prestigio desde temprano. Otros se mantuvieron leales hasta que también se hartaron de esta recurrencia. En lo personal, dejé de seguirlo y solo me limité a lo esporádico de su producción. Me aboqué a la caza de otras propuestas, algunas de las cuales me sedujeron, muchas otras no, sin embargo, de alguna u otra manera todas estas se nutren directamente/indirectamente de la obra de JLG.
Días atrás volví a una película de Godard, la busqué porque me comentaron que Juan Goytisolo aparecía en ella, detalle que me pareció justificable (estoy revisando su obra) en la dimensión de la magia del azar. Para mi buena suerte la tenía cerca, no tuve que perder tiempo hallándola.
Si tuviera que definir con una palabra Nuestra música (2004), sería esta: carácter. En esta película-ensayo, Godard se despoja del espíritu pontificador que hemos visto en sus trabajos políticos más duros y simplemente se aboca a reflexionar sobre las causas y secuelas que dejan los enfrentamientos bélicos. Para este ejercicio de reflexión, divide el proyecto en tres partes (guiño a Dante): Infierno, Purgatorio y Paraíso. Me concentré en Purgatorio, la sección más discursiva y, por ello, polémica. Su intención no fue la de cerrar la reflexión, sino la de dejar abierta la interrogante. Capo es: solo en la incertidumbre se ahonda en un conflicto innato a la viscosa esencia humana. Mírala.

miércoles, octubre 17, 2018

saludable vigencia


El sábado pasado decidí ordenar algunos segmentos de mi biblioteca. En realidad, mi intención fue la de cambiar de ubicación “algunos” conjuntos. Como cada espacio de los estantes los aprovecho hasta su más mínimo detalle, encontré en la tercera hilera de uno de los anaqueles un libro especial, que ha sabido resistir con estilo el peso del tiempo. Me refiero a El pez que aprendió a caminar de Claudia Ulloa Donoso. No era la primera edición de 2006, sino la de 2013.
Mi intención inicial fue la de picar algunos cuentos/relatos de manera desordenada. Pero al tercer texto opté por leerlo en su integridad, que asumo como un acierto, porque constaté que el tiempo no ha sido nada duro con esta publicación que sigue manteniendo no solo frescura poética, sino también mentiroso desenfado.
Hay pues un componente extraño en la propuesta de CUD, que obedece más al ánimo con el que se pergeña la escritura. Este “componente” no tiene nada que guarda relación alguna con  el acervo literario, sino más bien con una actitud, la de “no creérsela”. Recuerdo cuando leí el libro por primera vez y ese factor nada forzado no solo era evidente, sino que sustentaba su dimensión emocional. Eso nos explica lo que estas páginas proyectan: un diáfano mestizaje de temperamentos, que, por ejemplo, pueden ir de lo risueño a lo trágico, sin afectar la sensibilidad poética que descansa en la fijación por el gesto y el detalle, que revela el recurso mayor de la autora: la capacidad de observación.
Entre los cuentos/relatos que me gustaron más: “Piscina”, “Documental”, “Pajarito”, “Yo solo quería un cigarrillo” y “Pasatiempos de escritor”. Nos encontramos ante un artefacto de escritura muy privilegiado por el cual CUD cobija el voltaje de sus insumos temáticos y estilísticos.
Por lo general, los primeros libros de autor no son ajenos a los señalamientos y este no es libre de ello, pero llevar a cabo el respectivo puntillazo sería un acto de innecesario rigor (cuestiones muy menores que se las regalo a los guachimanes del gazapo). Estas páginas aseguran una epifanía: el talento natural en estado de gracia, que firma a la fecha el prestigio actual de su autora. 
El recordado Miguel Gutiérrez me decía que era raro ver el talento natural que fuera descollante en una entrega inicial. Pues bien, este es el caso.

domingo, octubre 14, 2018

"la coca nostra"


Una de las quejas que leo y escucho es la siguiente: la poca atención que el circuito literario de la capital le presta a los escritores del interior. En parte este reclamo es válido, pero también del mismo se desprenden las más alucinantes demagogias, tipo “los narradores/poetas de provincias son mejores”.
Desde que administro este blog he tenido la suerte de recibir publicaciones de distintas partes del país, incluso he presentado libros de algunos autores, sin traicionar mi principio de comentar títulos que sean buenos o, en todo caso, interesantes. Ahora, no olvidemos que en las provincias sucede lo mismo que en estos lares: hay escritores buenos, regulares, mediocres, malos e innombrables.
Hace algunas semanas consigné en un post la lectura de una novela, su mención no fue valorativa, solo una seña de que la había leído y que trataría de decir algunas cosas de ella cuando tuviera tiempo, y tiempo es lo que me ha faltado en estas semanas en las que cerré el rescaté de dos libros de un narrador peruano canónico.
*
Desde Chanchamayo, la editorial Alejo publicó en mayo La coca nostra de Wilfredo Silva, que según las coordenadas de la solapa, es periodista de oficio. Lo que nos presenta Silva es la historia de Diego Escobar, Chato, en el mundo del narcotráfico, mas su periplo criminal no está ambientado en Perú, sino que parte de Estados Unidos hacia un tránsito intercontinental, el cual nos depara una serie de personajes entre los que hallamos al mismo Chapo Guzmán y mandamases de mafias de toda laya. Se entiende que el Chato ha adquirido el bienestar económico que una vida decente jamás le iba a brindar, pero su vida cambia tras el asesinato de su familia y a partir de entonces su existencia no tiene otro objetivo que no sea la venganza. Uno de los méritos de Silva es la confección de un personaje que por podrido moralmente no deja de exhibir humanidad. Es decir, se nos ofrece un personaje dueño de una ética forjada en el crimen y que se enfrenta a una desgracia que lo lleva a pensarse y también a recordar su país de origen, Perú, metáfora del retorno añorado tras perder lo que más quería. A él solo le queda el consuelo de un hijo que pide proteger antes de culminar sus últimas comisiones.
A lo dicho, sumemos el ritmo narrativo, recurso clave que ayuda al lector a obviar los alarmantes descuidos de edición, sea en lo formal y en el contenido. Bache de lado, Silva se impone como un ducho contador de historias. Además, la novela no tiene otra pretensión que la de entretener al lector con una historia que en la generalidad de su argumento avanza con buen pie sin que uno sienta que está malgastando el tiempo, cosa que en lo personal agradezco mucho, más en tiempos en los que la chancaca narrativa y el amaneramiento estilístico son asumidos como mérito en nuestro insuperable pueblito literario. 
Tengo entendido que hay autores que vienen desarrollando propuestas ligadas al tópico del narcotráfico. No sé cuán verosímiles puedan ser esos proyectos teniendo en cuenta que la realidad nos indica que estamos lejos de la desgracia de tener un cartel. Seguramente esta situación fue lo que convenció a Silva de ambientar LCN fuera del país. Más allá de esta impresión, me agrada bastante que la novela esté inscrita en la pureza del género del divertimento, una veta que podría marcar una interesante tendencia si más autores locales se atrevieran a creer en él, lo que propiciaría lo inaudito: conocer la calle.

jueves, octubre 11, 2018

fujimorismo


En un país normal, un personaje cuestionado como Pedro Chávarry no existiría, y si en caso sí, este no dudaría en renunciar. En un país normal, un personaje procaz como Héctor Becerril tendría acto de presencia solo en las más tétricas pesadillas. Pero bueno, nos encontramos en Perú, espacio-tiempo histórico en el que todo puede suceder.
El partido de mayoría congresal, Fuerza Popular, acaba de blindar al fiscal de la Nación y al congresista. Las pruebas sobraban, la inhabilitación era una cuestión cantada no por ordenanza legal, sino por sentido común. Es una prueba más del matrimonio de la esencia fujimorista con la corrupción, hecho que tira por los suelos el rollo indignado que vimos ayer tras la detención de Keiko Fujimori. Es decir, el ladrón condenando el hurto para luego proteger a delincuentes allegados, cómplices. Ese es pues el fujimorismo: achorado y provocador.
Lo penoso es que las evidencias y las pruebas de este comportamiento político gustan a cierta facción de la población. La filiación y simpatía hacia el fujimorismo tiene raíces fuertes, nada intelectivas, solo emocionales. Sus simpatizantes no buscan el convencimiento mediante la razón, su fe se asienta en la memoria de lo que vieron (tránsito oral de padres a hijos) durante el primer gobierno de Alberto Fujimori. A esta gente no le importa si el plan económico perteneció al Fredemo de Mario Vargas Llosa, mucho menos que el plan antiterrorista haya sido desarrollado por un pujante y entonces olvidado grupo de inteligencia. Nada, para ellos es así: Fujimori rescató al país del desastre económico y acabó con el terrorismo. 
Es cierto que el fujimorismo está atravesando su peor crisis desde la salida de los vladivideos en 2000. En lo personal, ruego para que desaparezca, pero estos deseos no son nada si el Estado y los políticos de buena voluntad no empiezan a trabajar en lo que importa: en los menos favorecidos.

miércoles, octubre 10, 2018

que no sea un espejismo


Lo obvio, son muy pocos los que olvidarán este día miércoles 10 de octubre de 2018.
Entiendo la algarabía que suscita la prisión preliminar que el juez Richard Concepción Carhuancho dicto en contra de la líder de Fuerza Popular Keiko Fujimori. No es para menos, el fujimorismo, el de antes como el de hoy, le sigue haciendo mucho daño moral al país. Keiko se había convertido en la simbología no solo de una manera de hacer política, sino también de una actitud matonesca ante la vida. El poco crédito popular que le quedaba terminó por borrarse ante el histrionismo de su llanto, suplicando misericordia por su padre, que debía volver a prisión. Millones de peruanos asimilaron ese show como un supremo acto de conchudez, puesto que esta Fujimori es responsable de la situación de su progenitor. Olvidó, pues, que fue una de las artífices que terminaron por demostrar que el indulto de PPK había obedecido a un trato bajo la mesa.
Ver en prisión a Keiko Fujimori es un mensaje claro, una especie de manifestación onírica que anuncia lo que parecía improbable: en este país todos somos iguales ante la ley. Ojalá no estemos ante un espejismo, porque lo que necesita este país es precisamente una profilaxis de sus nefastos actores políticos, mandar la señal, en especial a los más pequeños, que todo acto pendejo, vil y delincuencial no deviene en premio. Es menester que las nuevas generaciones crezcan viendo a los delincuentes con esposas y conducidos a sus celdas. Lo que no puede hacer el discurso de la superioridad moral, lo hará la imagen. 
Me enteré de la detención gracias al aviso de una gran amiga. Sintonicé el noticiero y me encuentro con las declaraciones de la fujimorista Martha Moyano. Presté atención a su discurso, que se basaba en el respeto legal y en la actitud colaboracionista de Keiko durante las investigaciones, y claro, su coro de indignación: Keiko es víctima de una persecución política por parte de R. Concepción Carhuancho y de otros poderes oscuros que la quieren borrar políticamente. Mordía una manzana cuando presenciaba el berrinche de Moyano. Analicé al vuelo su argumentación y la comparé con la de los defensores de Ollanta Humala y Nadine Heredia, a la caza de similitudes, pero no encontré parecidos, sino copias exactas en la intención del discurso. En la defensa de lo indefendible, en pasar por alto los principios éticos y morales, Moyano, Gustavo Faverón y el senderista del inbox Chiboliné Du France son la misma huevada.

derrotas


Lo del pasado domingo no solo fue un triunfo del sentido común, también de la decencia, la cual es reforzada por el hartazgo que tiene la ciudadanía de la corrupción, que este año se ha manifestado en todas sus variedades líquidas posibles.
Jorge Muñoz no es, para muchos, la opción ideal para la Alcaldía de Lima. En estas últimas horas he estado recibiendo información que compromete seriamente su vocación de servicio, pero a pesar de ello, si nos ceñimos a la “objetividad” de la hoja de vida, esta no está maculada de corrupción, menos de actos inmorales. Para otros, Muñoz representaba la alternativa correcta, más aún cuando teníamos como potenciales candidatos a Daniel Urresti, Renzo Reggiardo y Ricardo Belmont.
En lo que sí estamos de acuerdo, al menos aquellos que creemos que puede haber una política decente libre de intereses de contrabando, es que a todos nos hace bien la derrota del fujimorismo. No había mejor castigo que el chicote de realidad recibido, puesto que la jornada electoral evidenció su desconexión con sus simpatizantes que, entre otras impresiones, asocian la vuelta a la cárcel del patriarca al poco tacto de la ya dos veces candidata presidencial Keiko Fujimori. Su llanto de lamento estratégico, como tal, no convenció a nadie. A ello sumemos la corroboración de la sospecha: más allá de algunas arengas populacheras, el partido Fuerza Popular carece de un plan de gobierno integral que recorra todas las dimensiones de la gestión pública. Si a esta ensalada le añadimos la impresentabilidad de todos sus candidatos y líderes políticos, como que el fracaso electoral caía de maduro. 
Pero lo del domingo reveló también otro fracaso, no tan sucio como el del lado naranja, pero no menos importante: la nula sintonía de la izquierda con la población. La tara de esta no es su discurso, sino la falsedad del mismo, que no calza con las prioridades que urgen. Así como la población se hartó de la corrupción, también esta está cansada de la superioridad moral, de la mirada acusadora, del verbo rebuscado, de la indignación virtual, peor cuando esta serie de actitudes no es nada ajena a la tradición de la ineficiencia.

lunes, octubre 08, 2018

cortázar / los libros


Para mi buena suerte, estuve desconectado de los acontecimientos electorales de las últimas horas. Ahora tenemos a Jorge Muñoz como Alcalde de Lima y solo nos queda mantener una actitud vigilante con su gestión. No diré más al respecto, porque la idea del post es dar cuenta de una breve maravilla que leí en la mañana de ayer domingo, que lo es por su sencillez expositiva y porque en ella se manifiesta también el compromiso mayor que debemos tener en la literatura: con los autores/libros que nos gustan.
Tenía el libro en el radar desde hace mucho tiempo y por fin me animé a leerlo. Jugaron varios factores a favor, el mayor: asumí su lectura como una cuestión pasajera de las llamadas lecturas “mayores”, impresión que no tardó en quedar de lado gracias a la pasión, cariño, admiración y paciencia que el español Jesús Marchamalo despliega en Cortázar y los libros (Fórcola Ediciones, 2011).
Se trata, pues, de una publicación que solo puede ser concebida en la mente de un admirador, que al examinar la biblioteca de Julio Cortázar nos ofrece un acercamiento a su biografía de lector. Marchamalo tuvo acceso a los libros de Cortázar, mas esta ventaja no sería tal por este detalle: jamás lo pudo conocer en persona. Esta suerte de carencia, que en otros proyectos sería fatal para su proceso, es finalmente su punto a favor, puesto que le permite ejercer una serie de especulaciones sobre las reacciones que Cortázar tenía con los libros de su biblioteca, que podemos ver en el comentario apurado, o pausado, hecho, casi siempre, a lápiz. Del mismo las dedicatorias, en especial las ligadas con algunos autores como José Lezama Lima y Alejandra Pizarnik, entre otros. 
Escribir sobre la posibilidad de una impresión, la imaginación del gesto y la baraja valorativa. Esa es la licencia de Marchamalo, que no solo convierte el texto en uno para el conocedor, sino también en una adictiva guía para los interesados en Cortázar.

viernes, octubre 05, 2018

metáfora de lo peor


Así es, un potencial asesino podría ser el próximo alcalde de Lima. No sorprende, no es la primera vez que la decencia y el sentido común son dejados de lado. Ya ocurrió con Humala, apoyado por toda la izquierda peruana, que sabía de las serias sospechas de asesinato mientras se desempeñó en las zonas de emergencia durante los años del terror. No les importó, los principios se los pasaron por los huevos.
Un indignante desenlace: el Poder Judicial absuelve a Urresti y declara culpables a todos sus subalternos en el caso del periodista Hugo Bustíos. Se libra del encierro por falta de pruebas, no porque fuera inocente, pequeña diferencia que en una sociedad normal marcaría una tajante diferencia, un filtro, para todos aquellos que postulen a un cargo público. Como este es el país de los pendejos, todo sucede: un violador puede ser una autoridad política, un asesino tiene chances de llegar a la presidencia, un empresario ducho en lavanderías solidifica posibilidades de convertirse en referente de la educación y así esta seguidilla de atrocidades no conoce fin porque estamos en un país en donde lo imposible es posible siempre y cuando tengas los medios y los contactos a la mano. 
A esta maravilla sumamos la criollada y la insensibilidad. Por ejemplo, ayer las huestes de Urresti se burlaron del dolor de la hija de Bustíos. Hay algo torcido/podrido en las almas que conforman esa portátil del hoy candidato a la Alcaldía de Lima, pero uno quisiera que solo sea en ese minúsculo grupo, pero no, es solo la metáfora de una podredumbre mayor. Hasta las huevas.

jueves, octubre 04, 2018

fujimori / velasco


Lo que comienza mal, termina mal, es la sentencia. No se necesita ser un experto en política para tener una noción de lo sucedido con la anulación del indulto a Fujimori.
Como era de esperar, las especulaciones brotan, desde las que señalan la treta que tiene a Keiko Fujimori como autora intelectual. Razones no faltarían, la popularidad de esta ociosa anda por los suelos. Había, pues, que despertar al fenómeno, a la masa durmiente y satisfecha que veía al patriarca descansando y sembrando legumbres en su jardín.
Fujimori regresa a la cárcel y los moralistas de las redes expresan su alegría. Fujimori tenía que regresar al lugar del que jamás debió salir, su indulto exhibió todo el tufo del negociado, del acuerdo bajo la mesa. Pero esta misma gente que celebra lo que a todas luces es un acto de justicia, celebra también los 50 años de la dictadura de Velasco.
Y es aquí en donde la nebulosa me impide entender la situación, no me deja ver más allá de la sinapsis de la inconsecuencia de principios, y no hablo de los infaltables moralistas de izquierda (senderólogos de cantina) del mundo virtual, que ahí quedan nomás, sino de gente que muestra un criterio a respetar pero que no pueden con el corazoncito, porque Velasco es lo que les queda como último bastión de autoridad moral. 
Aplauden la Revolución Peruana que dejó nefastas consecuencias económicas hasta el día de hoy, pero quedan callados ante lo que sucede en otras sociedades igual de “revolucionarias” como las de Cuba y Venezuela. Se busca la justificación del discurso, pero este no es tal sin “acción” que lo honre, a saber, no estarían dispuestos a vivir una semana en esas maravillosas sociedades. El izquierdismo actual vive del sistema neoliberal y ese privilegio no lo van a cambiar jamás, esa es la prueba mayor de que ahora estamos mejor que antes.

ingenuidad


Cosa rara y estimulante la de vivir en Perú: en menos de dos años cambiamos de presidente, liberamos a un dictador para luego regresarlo a su celda, el presidente en funciones amenaza con cerrar el Congreso, los congresistas reclaman justicia mientras que la población los detesta. La cereza la puso Keiko Fujimori, a la que felizmente vi llorar luego de almorzar. 
Sobre estas cosas conversaba con un amigo hace algunas horas, que sentenció lo siguiente: “aquí está la literatura, en lo que pasa”. Cierto, más allá de las preferencias que cada quien tenga para con su poética, no pocas manifestaciones narrativas carecen de verosimilitud, evidenciando falta de trabajo de campo (llámalo flojera) en el tema, que es visto desde la cátedra de la pantalla líquida. Claro, no faltará quien diga que lo suyo está fuera de la realidad inmediata o de la realidad como tal, cosa que no tendría que cuestionar. Sin embargo, si una propuesta en ese coto me significa como lector enfrentarme a textos sin sustancia, signados por la pirotecnia de lenguaje incapaz de transmitir y estimulados por el amaneramiento barato que se asume como sensibilidad, pues algo no está funcionando bien. Ese engranaje de preciosas oraciones necesita su aceite Castrol. Con esto no sugiero que el escritor de ocasión deba entregarse a las esquinas del vitalismo (autodestrucción y maravillas derivadas) e enriquecer con este su poética. Sea cual fuere la opción creativa, esta debe nutrirse de la mirada y el oído, no buscando el fin de la representación de la experiencia, sino en pos de una maña anímica que se mostrará en el acto de escribir. Ya cansa tanta pose de autor cuando lo que ofrece como tal es harta ingenuidad en donde no tendría que haber: el texto.

martes, octubre 02, 2018

conchudez


Una de las cosas que menos me gustan, y seguramente a miles, es ir a votar. Ya sé por quién votaré y no precisamente por el menos malo. Solo espero que la próxima autoridad edil sepa llevar su plan de trabajo sin atentar contra los que menos tienen. Puede sonar a demagogia, pero no, es cierto: lo más perjudicados no dejan de ser las peruanas y los peruanos de a pie, en especial los que viven en los conos, que día a día tienen que atravesar la ciudad para trabajar (empleos formales, informales), en un trayecto que aparte de perder tiempo, también destrozan su alma.
Lo que he visto en casi todos los candidatos es su poca atención en la dimensión social de sus propuestas. Nadie niega que esta ciudad necesita cambios a gritos, pero hay que tener en cuenta al otro, pues.
Algunos amigos y conocidos me preguntan por mis señalamientos a Susana Villarán, si es que acaso tengo una fijación ideológica. Ninguna fijación. En lo personal, hasta creo que en su honestidad, pero ello no me libra de la obviedad: no solo su gestión fue la peor en la historia municipal, sino que sus proyectos afectaron directamente a los menos favorecidos. No olvidemos los fracasos de la reforma de transporte y el corredor azul. 
Ahora que estamos a pocos días de las elecciones, aparecen los cantamañanas que nos dictan lo que debería hacerse para salir del caos. En este sentido, Augusto Rey en su columna de Perú 21 “habla” como bueno de esta gesta electoral, cuando en realidad no tiene la más mínima autoridad moral para pronunciarse al respecto. Rey fue parte del equipo de Villarán, integrante de ese fiasco de gestión. Una autocrítica antes de pontificar no estaría nada mal. No hay que ser conchudo.

viernes, septiembre 28, 2018

muñoz


Un comentario escuchado en el taxi: “Si ya nos gobernó un asesino, ¿qué importa otro para Lima?”
Hasta ese momento creía que había sido un error iniciar una conversación con el taxista. Me quedé chico en la sospecha. Es solo la constatación de la degradación moral en la que vive la población peruana, que en un par de semanas tendrá que elegir a sus alcaldes. En el caso de Lima, el horror no solo se centra en Urresti, quien es investigado por el asesinato del periodista Hugo Bustíos (si no tuviera este anticuchazo, sería un candidato potencial, aunque sí tengo serias reservas en cuanto a lo que haga en el plano cultural, que en varias ocasiones ha demostrado que no le interesa en lo más mínimo), también en las otras dos alternativas: Belmont y Reggiardo. El primero, que apela a lo peor de nuestra idiosincrasia a la caza del favor popular: la labia que sobredimensiona el logro de sus dos gestiones ediles, ahora condimentada con el verbo xenófobo contra los venezolanos, que halla recepción en mujeres y hombres de escaso nivel cultural y elemental desarrollo cerebral. Ni hablar del tercero, el representante del fujimorismo, la improvisación en mágico estado de putrefacción.
A lo mejor de estos saldrá el próximo alcalde de la capital. Y saben qué: nos lo merecemos por pusilánimes. Por no haber sabido hacer la diferencia cuando se tuvo la oportunidad: el gobierno municipal de Susana Villarán, que como tal fue el peor en la historia de la capital, cosa penosa porque Villarán tuvo todo a su favor para realizar una gestión que condicione a las siguientes en bienestar de la población. 
Nos queda pues ser partícipes de la puesta en escena de un bacanal en el que el improperio y la estolidez anunciarán al próximo mandamás municipal. Tan ahuevados estamos que no nos damos cuenta de la participación de un buen candidato: Jorge Muñoz.

miércoles, septiembre 26, 2018

a. kristof


La tengo en el radar pero nunca me animé a leer a la escritora húngara Agota Kristof. Son varias las razones, pero una se impone como la principal: creía (y mal) que la conocería en algún momento, siendo ese aplazamiento un burdo pretexto. De sus títulos, a la mano un par: Claus y Lucas y Ayer, en El Aleph.
Sin embargo, ninguno de ellos me significó el primer acercamiento, sino uno que a primera impresión puede parecer por demás extraño, hasta superfluo. Claro, dicho esto por la brevedad que anuncia a La analfabeta (2004 / Alpha Decay, 2015) como un “relato autobiográfico”.
Como tenía que hacer algunas gestiones en la mañana de ayer y para sentirme liviano de la gripe que creía superada, decidí llevarlo conmigo. De paso, lo último de Richard Ford si en caso me demoraba más de la cuenta (al final de la jornada fue por las puras).
Efectivamente, Kristof pasa revista a los avatares de su vida en once capítulos, que como tales no caen en la menudencia del dato (información inútil), menos en las trampas del desborde emocional que contamina a la prosa, que algunos confundidos asumen como el “barroquismo de la experiencia”. Lo primero que se destaca es la poesía silente que apreciamos en un registro narrativo diáfano, pero que como tal encierra un conflicto que percibimos en lo no dicho.
La autora testimonia su voracidad por los libros de todo tipo y su capacidad para la fabulación que comenzó a germinar desde una temprana edad. Sin embargo, tras la muerte de Stalin, su situación cambia en su país. Junto a su hija pequeña huye a Austria, en donde trabajará en una fábrica y desarrollaría su trayectoria como dramaturga, novelista y poeta.
Como ya sugerimos, asistimos a un conflicto en la escritura. Precisamente los parsimoniosos silencios violentos obedecen al tránsito del húngaro al francés, que será su lengua literaria oficial, en la encapsulará las tres vetas de escritura de preferencia. En su aparente “pequeñez” hay tanto de tensión, historia y sensibilidad, que consiguen un efecto que no depende de la árida belleza verbal, sino de la administración de las fisuras emocionales. 
Kristof fue una mujer que en vida no la pasó nada bien y a pesar de ello este título es ajeno a la cólera entendible/justificable, reflejando una actitud ante la vida, o llámalo, si gustas, esperanza. Por ejemplo, veamos lo que dice del acto de escribir: “uno se hace escritor escribiendo con paciencia y obstinación, sin perder nunca la fe en lo que se escribe”.

lunes, septiembre 24, 2018

kloaka / borrado con lija


Un fin de semana en que me recuperé de una gripe fulminante. Lo que hice fue releer, a saber, Pago de Letras de Víctor Hurtado Oviedo. Esta publicación viene dorándose como un librito de culto, al menos esa es la impresión que tengo. Podría decirse que VH es de los autores que cincelan, no de los que escriben, de los que pertenecen al magisterio de Francisco Umbral, basta esta seña para que aparezca el interesado, o todo lo contrario: el desdén inmediato.
Vi también algunas películas, pero también fui testigo de la destrucción moral del grupo Kloaka.
La historia de este borrado con lija comenzó cuando uno de sus poetas insignia, Domingo de Ramos, es acusado de intento de violación por la artista Ale Wendorff. Ante la gravedad de los hechos, DDR tuvo la oportunidad de pedir disculpas (lo que AW le exigía en lugar de denunciarlo penalmente), mas su descargo resultó vomitivo, exhibiendo la bajeza de los que se cagan en los principios que juran defender y en el dolor/incomodidad/malestar de los agraviados. Claro, todo este histrionismo vino con la sazón del pacoyunquismo, que como era de esperar, fue celebrado por gentuza. Horas después AW demostró con pruebas lo que DDR negaba: la intentó violar.
Cuando pensábamos que el silencio era lo mejor y así  dejar que la condena social se encargue de DDR y del sinuoso discurso moralista de los poetas y simpatizantes de Kloaka, el poeta más representativo de la agrupación terminó por rubricar la catástrofe. El post de Roger Santiváñez en el que brinda su apoyo a AW y a DDR es, bajo todo punto de vista, de una inmoral asquerosidad, la que termina ubicándolo en la acequia de los acomodaticios, de los que no tienen bandera, de los que hacen de la hipocresía su modo de vida.
El grupo Kloaka, y esto lo digo en base a la experiencia de la lectura, está conformado por poetas de evidente medianía, por uno que hizo solo un buen poema (DDR) y otro extraordinario (RS). El aparato crítico que se ha formado en base a la agrupación encuentra su justificación en las resonancias de la primera etapa poética de RS, más el aditivo de la denuncia contra las injusticias sociales de los años (80) en que se dieron a conocer. Hemos visto cómo funciona la alianza académica, que encierra una trampa: exaltar a Kloaka para meter de contrabando otras propuestas para que de esta manera encuentren la legitimidad en el testimonio de época.
Los promotores de Kloaka, como el crítico José Antonio Mazzotti, saben que todo discurso debe guardar coherencia con una postura ética. Si mi discurso es deudor del ánimo de denuncia, no puedo cerrar el hocico y conformarme con ser testigo de una inmoralidad. Por ejemplo, ¿de qué me vale señalar los atentados a los derechos humanos de los comandos paramilitares de la dictadura fujimorista si me cobijo en el mutismo cuando uno de mis amigos viene representando públicamente lo que más detesto? 
¿O es que para Mazzotti y compañía la defensa de los principios es aplicada dependiendo de la lejanía ideológica y amical con el perpetrador? El silencio cómplice es lo que ha primado en este destilado de sinverguenzería a causa de la denuncia de AW, silencio ante un intento de violación que ha terminado por evidenciar el doble rasero ético de absolutamente todos los poetas e “intelectuales” que han hecho carrera valiéndose de la década más sangrienta en la historia del país.

viernes, septiembre 21, 2018

remolino


De los directores que sigo con atención, el canadiense Denis Villeneuve es uno de los que encabeza la lista. Hace poco volví a su segundo largometraje, Maelström de 1999, del que podemos desprender algunos lazos que veremos en el futuro, como en la injustamente subvalorada Enemy, de 2013 y basada en la novela El hombre duplicado José Saramago.
Si tuviéramos que señalar reparos a Maelström, estos no pasarían de la dimensión caprichosa. La película es protagonizada por una joven Marie-Josée Croze (la vimos en el rol de seductora asesina a sueldo en Munich de Spielberg), que interpreta a Bibiane Champagne, supuesta empresaria de un negocio que no es más que la fachada de una red de narcotráfico conducido por su familia. Pero es también alcohólica y según los datos brindados, como que su suerte en el amor es no menos que nefasta (la historia empieza con ella abortando). Cierta noche arrolla a un hombre que labora en una pescadería y no lo auxilia. Este acontecimiento acelera el descuido del “negocio”, del que es despedida por su hermano. Bibiane asume esta situación como unas forzadas vacaciones, en las que intentará encausar su vida. Sin embargo, conoce a Evain, el hijo del hombre atropellado, iniciando con él un romance. 
Hasta aquí, una descripción lineal del argumento, que en realidad es lo de menos, porque lo que brilla es la disposición de Villeneuve de los recursos oníricos y surreales. Prestemos atención a la voz en off, la que “ordena” la narración, un pescado que es troceado una y otra vez por un adiposo ejecutor, del mismo modo pensemos en la aparición del gordo solitario que en distintos momentos resulta clave en las decisiones de Bibiane y Evain. Y claro, el conocido remolino noruego, del que se sirve el director para titular su película, suerte de representación de lo que es la vida, un vaivén de posibilidades a elegir.

jueves, septiembre 20, 2018

lectura torcida


En su momento no hacía caso de lo que se decía que podría ser una catástrofe para la literatura. Creí que se trataría de una moda pasajera. Ahora veo que no es así, va en serio y con el peligro de instaurarse en la libertad de la lectura.
Siendo la lectura un acto placentero, causa pavor que ciertos grupos feministas estén promoviendo la lectura de capirote, aquella que encuentra su justificación en las buenas costumbres, es decir, la moral creativa bajo cotos.
Resulta positivo que los grupos feministas estén alzando la voz de protesta en el circuito literario peruano. Pero mucho más es que se estén organizando en pos de un objetivo común: protegerse del miserable que abusa de las mujeres exhibiendo el distintivo de “escritor”.
Lo sé. El lector no habituado a estas aberrancias creerá que el circuito literario y cultural está poblado de huevones con un elemental nivel cultural. No están muy lejos de la verdad.
Sintonizo con las acciones que han llevado a cabo las feministas locales, sea en presentaciones y en las redes. Sin embargo, lo que sí me fastidia es que ese ánimo vigilante venga atentando contra la experiencia de la lectura, que se justifica en el gozo de la estética y de lo que esta es capaz de transmitir. Juzgar a la persona por encima de la obra hace que perdamos la perspectiva de lo que es apreciar una obra de arte y el solo hecho de enunciarlo me brinda un panorama por demás degradante, un claro retroceso a los avances que el feminismo peruano ha venido mostrando. 
Llámalo intolerancia. Del mismo modo fanatismo.

"la uruguaya"


Comenzó como un rumor, hasta convertirse en un tsunami, un franco testimonio que honra la sintonía con lo que vemos pocas veces: coherencia entre el saludo del público y la valoración crítica.
Bien reza el título del post, me refiero a la novela La uruguaya (Emecé, 2018), del escritor argentino Pedro Mairal.
He leído algunas cosas del autor. Si bien reconozco talento y oficio, no hallaba en su poética una conexión más allá de lo atendible. Obviamente, es una opinión personal, tan válida como la de sus muchos seguidores.
No solo me parece, de lo leído, el mejor libro de Mairal (aclaración: mejor como mejor, no mejor como menos malo), que tiene los elementos que justifican su éxito arrollador mediante un argumento atractivo y un lenguaje parco que como tal no deja de proyectar una extraña sensibilidad poética. Si a estas dos columnas las barnizamos con el aderezo del humor, la temática sexual, el discurso de la crisis de pareja y algunos párrafos situacionales que cumplen el objetivo de dar respiro a la historia, el resultado no puede ser menos que adictivo.
Lucas Pereyra, su pareja Catalina, Maiko, el hijo de ambos, y Magali Guerra, son los personajes centrales en los que el primero sostiene su narración. Él viaja a Uruguay a cobrar el anticipo de un par de libros, en donde espera encontrarse con Guerra, a la que conoció meses antes en un evento literario. Lucas no solo anhela una aventura, sino también aliviar su relación con Catalina y de esta manera dar un sentido a su proyecto de vida.
Se deduce que muchas cosas suceden en Uruguay.
Ese es precisamente el problema. Demasiada información para tan pocas páginas, que arroja un descuido inaceptable: la laxa configuración moral del narrador protagonista. Por eso su discurso personal muestra demasiada ingenuidad y no lo que se supone, los quiebres anímicos que nos permitan tratar de entenderlo. 
Nos enfrentamos a una buena novela, pero esta no es magistral.

miércoles, septiembre 19, 2018

artista / política


Luego de una mañana acabando un ensayo sobre un querido autor mexicano, me alisté para los partidos de la Champions. Mi atención, como la de muchos, estaba en el encuentro entre el Real Madrid y la Roma. No me considero seguidor de los blancos, pero no creo ser el único que tenga curiosidad por saber cómo jugará este equipo sin la hoy estrella de la Juventus.
Tres golazos.
Luego, el forzoso aterrizaje en la realidad. Ver de qué va la política nacional, tratar de dar con la médula del concierto reguetonero en que se ha convertido el contexto político. Sin duda, más de un congresista está nervioso ante la no reelección parlamentaria o, peor, la posibilidad razonable de que se cierre el Congreso, que bajo ningún motivo debemos comparar con lo sucedido en 1992.
Si en caso suceda lo segundo, los planes de vida de los congresistas quedarían truncos, todos han presupuestado sus gastos en función a su labor congresal, además, de aprobarse la no reelección, esto daría pie a la aparición de pulpines improvisados y cosas peores.
Por eso, estos ociosos vienen mostrando impensadas virtudes laborales. El país ya los vio, pero también ya decidió. Sin embargo, qué clase de gente será la que postule a un cargo público. Me adelanto al futuro e imagino a las pequeñas bestias del izquierdismo local, haciendo loas por los Humala y cerrando el hocico ante la masacre de Maduro en Venezuela, senderistas de cantina en pleno hueleguisismo.
Ahora, las cosas se calmaron cerca de las siete de la noche, luego de recibir una llamada provechosa, cuando revisando una edición de Caretas de 1995, doy con una noticia que me sacó de la información que buscaba. En el semanario se daba cuenta de los ataques que recibió Alfredo Bryce cuando este rechazó la condecoración la Orden del Sol que pretendió otorgarle el gobierno de Fujimori. Bryce se hallaba en el balneario chiclayano de Pimentel, rodeado de amigos, y no se prestó a la jugarreta del dictador. Razones atendibles, pero una excluyente: la nefasta ley de amnistía militar, con la que se benefició al Grupo Colina.
Bryce le escribe una carta abierta al Presidente, un cachito: “Señor Presidente, yo soy feliz en Pimentel y usted ha envejecido en palacio”… “Ayer me infligí la tortura personal de verlo en televisión en vez de mirar al mar. Cámbiese de gorra, señor Presidente, o cambie de asesor de imagen. Su visera no puede contra lo visceral. Lo visceral es mi rechazo contra su autoritarismo y prepotencia”.
En lo personal, esa es la imagen de Bryce que prefiero, y claro, la del autor de extraordinarias novelas. La nota venía a cuenta de la salida de su entonces último título, en lo personal el mejor de todos: No me esperen en abril.
Pero hay más, esto dice de los artistas que ingresan a la política: “Cuando un artista, sea este escritor o lo que fuere, se acerca al poder, es para ser bufón. El hombre de poder siempre va a querer que el artista lo divierta”. 
Claro, esta sentencia puede estar sujeta a cuestionamiento. No es una regla, porque hay creadores de buena voluntad y con vocación de servicio, que desempeñan su labor lejos de la aceptación de las redes, comprometidos con la educación de los menos favorecidos, por ejemplo. Eso es hacer Política de verdad.

martes, septiembre 18, 2018

egos golpeados



Me despierto relativamente temprano, el motivo: los partidos de la Champions. No serán disputados, pero al menos hay un par de encuentros que podrían resultar interesantes. De paso, reviso los diarios, del mismo modo las redes. Ahora todos se han vuelto especialistas constitucionales, en atalayas de la catástrofe que relacionan el último mensaje del presidente Vizcarra con lo perpetrado por Fujimori en 1992.
En mis manos, una novela que acabo de terminar, Perro con poeta en la taberna (Escuela de Edición) de Antonio Gálvez Ronceros. Por donde la leas, una maravilla, la orfebrería en la prosa, no esperábamos menos del autor. No me refiero a preciosismo narrativo, sino a un código trabajado, que no carece de sustancia vital, esa festiva maña tan ausente en la mayoría de nuestros escritores, ya hipotecados al discurso literario (y extra) de lo políticamente correcto.
La brevedad basta y sobra para AGR. En lo poco dice demasiado gracias a las metáforas que encierran otras metáforas. Al respecto, pensemos en los egos de los escritores, que en estas páginas son ultrajados y con justa razón. Esto sucede a cuenta de la mirada del autor, que sabe cuándo cargar la cacerina de sus recursos, es decir, no cae en el ánimo sentencioso, menos en la sustentación de una verdad para exponerla desde una aparente superioridad moral, tal y como sucede en la valoración de la narrativa sobre los años de la violencia terrorista. El autor hace la del maestro: administra su voltaje verbal y su crisol temático. 
Perro con poeta en la taberna va más allá del deleite de la lectura, puesto que podría servir como un provechoso manual sobre cómo se construye una novela corta sin depender de la olvidable plasticidad formal. No sé cuál sea el futuro de este librito, lo que sí espero es que con los años pueda inscribirse como un clásico de la narrativa peruana.

lunes, septiembre 17, 2018

murdoch


Desperté temprano y busqué las novelas de Iris Murdoch. Alguna vez lo dije en una reseña en la desaparecida revista Buensalvaje, más o menos así: Murdoch es una de las mayores plumas del siglo XX.
Con ella no me pasó lo que sí con otros autores que me gustaron, que luego de leerlos sentía el temor de la posible decepción ante la lectura de otro título. Simplemente, con ella nació en mí una adicción, repotenciaba ante la poca disponibilidad de sus libros en librerías limeñas.
Con mi ejemplar de El mar, el mar, ahora con tintes y huellas sepias, y muy cerca el de Henry y Cato, piqué segmentos por azar, ejercicio de ocio que me duró hora y media, acabado con el bocinazo del panadero. ¿A qué se debe esta vuelta? Fácil: días atrás pude ver Iris (2002), por fin. No es que la llevara buscando por años, en realidad siempre estuvo al alcance, solo que las distracciones me llevaron por otros intereses, quizá el descubrimiento de nuevos directores. Sea como fuere, la visión de este trabajo de Richard Eyre, en el que Kate Winslet y Judi Dench interpretan a la escritora irlandesa, cumple en la medida de ofrecernos el apretado perfil de una mujer que vivió como quiso y que en el tramo final de sus días sufrió de Alzheimer, enfermedad que le impidió seguir haciendo lo que validaba su vida: escribir.
Se nos muestra a una creadora que racionalizaba festivamente la “experiencia”, pero que al momento de plasmarla en literatura, abría las compuertas del impresionismo, seguramente adrede, a la caza del conflicto que deparaba una carga extra a la prosa, aderezándola con esa extraña sensualidad vista hasta en la descripción de la situación obediente del mero trámite narrativo. 
Por estos pagos, Murdoch merece tener más lectores. Ojalá sea así.