viernes, diciembre 07, 2018

no recuento / reediciones



Ya estamos en diciembre y no son pocos los que se preguntan por los balances de los recuentos. Hay quienes curiosean por la mejor novela, el poemario menos malo, el cuentario más destacado y otras hierbas. De alguna u otra manera, esta especie de repaso resulta todo un acontecimiento para nuestro pueblito literario, siempre a la expectativa del desenlace y listo para la celebración farandulera de la que somos testigos, vaya novedad, en las redes. 
Conozco a varios que ya están armando sus selecciones y, como es de suponer, me preguntan por la mía. Al respecto, no sé qué decir porque no he barajado la idea de hacer uno. En este 2018 no le he dedicado el tiempo suficiente a la literatura peruana, por ello, considero que un balance mío sería insuficiente y sesgado, en comparación a mis balances anteriores, auténticos sabanones de 30 mil palabras. Lo que sí haré, algo que el lector del blog ya se dio cuenta, es comentar lo que vaya leyendo y merezca ser consignado en este espacio. Por ejemplo, me gustaron mucho las reediciones. Hay no pocas cosas para destacar, por ejemplo: Adiós, Ayacucho de Julio Ortega, La trampa de Magda Portal, Al final de la calle de Óscar Malca, ¿Qué tengo de malo? de María José Caro, En octubre no hay milagros de Oswaldo Reynoso, Nunca sabré lo que entiendo de Katya Adaui, Dichos de Luder de Ribeyro, El susurro de la mujer ballena de Alonso Cueto, El enano de Fernando Ampuero, París personal de Marco García Falcón, Maldita sea de Julie de Trazegnies, Este es mi cuerpo de Lizardo Cruzado… Visto de lejos, estamos ante una lista previa muy atractiva, entre títulos canónicos y aquellos que han sabido abrirse paso gracias a la legitimidad de los lectores, que es lo que importa. Las reseñas y entrevistas contribuyen a la difusión, pero son los verdaderos lectores, aquellos que no se dejan atarantar por las trampas de la promoción, los que deciden la vigencia de una publicación. Sin la coherencia entre difusión y lectores, nada existe, solo pura basura que transita por los saldos feriales.

jueves, diciembre 06, 2018

dos novelas y un cuentario


Dos novelas y un cuentario peruanos. Sus autores: Gustavo Faverón, Luis Hernán Castañeda y Juan Manuel Robles.
Comencemos por Robles, que tras el éxito crítico de Nuevos juguetes de la Guerra Fría tuvo la valla muy alta en relación a lo próximo a presentar. Ahora dejó las distancias largas para enfocarse en las medianas (el relato largo), que como tales demandan exigencia formal, es decir, dominio de los mecanismos internos de la relojería narrativa, que cumple con creces en No somos cazafantasmas (Seix Barral, 2018), en el que recurre a la piedra angular de su proyecto creativo: la memoria. Lo que no veremos del autor es un mal texto, los siete que componen la presente publicación son testimonios de su pericia narrativa (a saber, “Memorias de la China”, el homónimo del libro y “Constelación nostalgia”), pero también un reflejo de sus límites. Los cuentos satisfacen a medias, puesto que el lector queda con una sensación semivacía, como si hubiese preferido un mayor desarrollo, impresión que nos lleva a aseverar que el autor transita a placer en maratones, certeza a la que arribamos al desmenuzar sus estructuras para saber que estamos ante novelas encapsuladas.
Con Gustavo Faverón esperábamos un salto de garrocha en cuanto a su primera novela El anticuario, que fue un muy buen debut para un autor no tan joven. Sin embargo, las expectativas para Vivir abajo (Peisa, 2018) no superan el entusiasmo de los excesos que condimentan a las innumerables reseñas delivery que acompañan a la publicación. Cualquiera que las lea creerá que está ante una obra significativa. Faverón nos entrega una novela con pretensiones sobre el tema y el discurso de la violencia. Para tal fin se vale de todos los recursos discursivos que nos permitan entender al protagonista George Bennett, un cineasta norteamericano que carga un desarraigo existencial. No vamos a desconocer la inteligencia con la que se realizó el andamiaje estructural. Faverón, al igual que en su libro de ficción precedente, demuestra inteligencia narrativa, pero lamentablemente esta no asegura experiencia literaria. Hace falto algo y ese “algo” no es otra cosa que nervio narrativo, no solo en los hechos de las tramas y subtramas, sino también en la misma narración. Bien lo decía Cortázar: el estilo debe captar la esencia lo real. Demasiadas páginas sin luz, puro cartón adornado. Hay que escribir desde la sencillez anímica, esa es la única manera en la que cualquier escritor siempre tendrá algo que decir. 
No tengo la más mínima duda de que Castañeda es uno de los autores más relevantes de la camada de narradores peruanos del nuevo siglo. A estas alturas, no cometeremos el error de mezquinar su oficio, menos la construcción de su prestigio. Su última novela, Mi madre soñaba en francés (Alfaguara, 2018), está catalogada como la mejor de su producción, que en lo personal veo como un craso error porque su mejor novela aún no la escribe (publica). En esta entrega Castañeda nos ofrece un viaje interior a la memoria y los vericuetos emocionales de Juan, un peruano que ve en el aprendizaje de idiomas el medio para hallarse en su mundo, la geografía emocional que lo ha posicionado como un no contactado de sí mismo. Este tránsito por la geografía lleva a nuestro narrador a una ambición que como tal solo genera revelación por momentos. De esta empresa, aplaudimos las páginas (felizmente no pocas) dedicadas a la configuración de Stephanie, prima de Juan. El problema con la novela yace en su innecesaria extensión, que resiente algunas dimensiones que nos presenta (lo metaliterario, lo político y la identidad), dejándolas en un injusto vacío, en una falta de cierre que no solo afecta las situaciones, también las parcelas éticas y morales de sus personajes. Tampoco pensamos que la solución haya sido la brevedad, solo hizo falta una condensación y crecer en ella.


miércoles, diciembre 05, 2018

moda: agredir mujeres



Vengo recorriendo la discografía de Queen en orden cronológico. Ayer martes fue el turno de Jazz (1978), en donde encontramos un par de maravillas: “Fat Bottomed Girls” y “Don´t Stope Me Now”. Claro, estas dos canciones no justifican el álbum, que tiene otras igual de conocidas, como “Bicycle Race”. Lo escuché cuatro veces, para la última ocasión me disponía a hacer algunas anotaciones del álbum cuando me entero de un suceso que, bajo todo punto de vista, debió generar una inmediata condena social, en especial en aquellos representantes de la superioridad moral local, tan atentos al señalamiento ético siempre y cuando el infractor sea un derechista ultramontano.
El video que verás a continuación (aquí) es protagonizado por el Rector de la PUCP Marcial Rubio. Como no tengo del todo claro a qué se debe la razón de la protesta llevada (exceso en el cobro de pensiones, se dice) a cabo en la rectoría de esta universidad, poco o nada puedo decir. Sin embargo, somos testigos de cómo un hombre pierde los papeles, que en fugaz estado de vesania empuja a dos mujeres.
Una actitud condenable, por supuesto. Pero más condenable es el silencio que al respecto manifiestan nuestros conspicuos representantes de la izquierda local. Pregunto: ¿qué hubiese ocurrido si quien agredía a las estudiantes fuera un símbolo de la derecha? Fácil: lluvia de azufre sobre el desgraciado. Pero eso no ha ocurrido, porque el agresor es nada menos que un zurdo relacionado y con poder, uno de mentón alzado y “valentía” cobarde. No es la primera vez que el silencio cómplice de nuestros maravillosos pensadores se hace presente, tampoco será la última en que uno de ellos agreda físicamente y verbalmente a una mujer. 
Han pasado suficientes horas para que el rector pida disculpas. Pedir disculpas, reza el dicho, no hace menos a cualquiera. Lamentablemente, ofender y violentar mujeres se ha convertido en una moda.

martes, diciembre 04, 2018

cuento


Hace unos días recibí un mail en el que se me preguntaba si podía participar en una encuesta sobre los mejores cuentos en español de los últimos cuarenta años. Esta encuesta corría a cuenta de una entidad costarricense. No lo pensé mucho, solo tenía que consignar el título del texto y el nombre del autor. Debía escoger cinco. Obvio, número pequeño para lo mucho que uno tiene que mencionar.
Imposible no recordar una encuesta literaria que se hizo años atrás a razón de una antología consultada sobre poesía peruana. Más allá de la metodología empleada por sus autores, quedó claro que el resultado de la encuesta trajo muchos sinsabores a los poetas que no fueron incluidos en esta o que no lograron el puesto que creían merecer. Sobre esa antología dije lo que pensaba, pero también aprendí algo a usar en mi vida personal: no volver a hacer selecciones de ningún tipo en base a autores (y personas) vivos.
Trato de mantener ese principio, además, me he dado cuenta de que no solo los limito al ámbito literario. Sumas y restas, esta opción me ha llevado a evitar muchos problemas. Pues bien, una breve mirada a mis cinco textos seleccionados para la encuesta sobre cuento me arroja una situación a considerar: ¿qué pasa si entre los seleccionados hay uno que está vivo, además de joven?
En mi pequeña lista hay un autor vivo. Debía sacarlo, pero volví a releer su cuento. La contundencia fue mayor a cuando lo leí por primera vez, es un cuentazo. Apunta, carnal: “Asiático” de Federico Falco de Argentina. 
A nadie que lea y guste del cuento le va a sorprender que la tradición argentina en cuento es rica en grandes autores. Sobre esta tradición conversé años atrás con Luciano Lamberti, estupendo escritor argentino con el que participé en un conversatorio en la Feria del Libro de Los Olivos (¿o Lima Norte?, no recuerdo bien). De lo mucho que dijo, ante un auditorio a reventar: el autor argentino siempre está en permanente estado de negación. Pensé en Ribeyro. ¿Ves? Por ahí debe andar nuestra solución.

lunes, diciembre 03, 2018

"una ciudad para perderse"


De las publicaciones peruanas recientes que la vienen rompiendo, sin duda alguna: la novela Una ciudad para perderse (Animal de Invierno, 2018) de Mayte Mujica.
La leí hace algunas semanas y decidí mantener silencio a manera de estrategia: no podía perderme el show de la envidia contenida de no pocos chancateclas locales, atribulados testigos de lo que a duras penas pueden conseguir mediante el lustrabotismo y la edificación de una imagen impoluta en redes sociales: lectores.
A ese objetivo al que debe aspirar todo escritor. Quien crea que por firmar en un sello grande, por ganar algún premio o por aparecer cuantas veces sea posible en las fotos de los saraos literarios, ya tendrá lectores, pues está fumando un dedo de momia de orégano y culantro. Lamentablemente, muchos creen que ese es el camino y no podemos hacer nada (salvo reír) cuando somos involuntarios testigos de sus berrinches (post moralistas en Facebook, por ejemplo) ante las irrefutables pruebas de la realidad de sus libros (9.90 soles / 40 % de descuento / ¡A mitad de precio! / 19.90 soles…). 
En Una ciudad para perderse notamos la tersa administración de los registros y temas que la autora aborda. No solo asistimos a la historia de una pareja que atraviesa el sendero de la separación, también a la del abuelo de la narradora protagonista. Es precisamente en este cruce de dimensiones temporales que Mujica demuestra su raza de escritora: la facilidad para relatar un presente emocionalmente convulsivo y ligarlo a un pasado familiar que incluso nos proyecta a frescos históricos y políticos que transitan principalmente por el siglo XX peruano. (En otras plumas, y vaya que ya lo hemos visto, un cruce de registros devenía en zafarrancho expositivo, ni hablar de su huachafa impostura.) En lo que sí tenemos que subrayar el señalamiento: la poca verosimilitud de la crisis de la pareja, allí el silencio frustrante no cumple su cometido: la conmoción. Mujica contuvo más de la cuenta y no supera la mera descripción de gestos. Esperemos que en el futuro pueda dinamitar ese bache. De hacerlo, muchos escribirán y publicarán para ser segundos.

contra la conchudez


No hay nada mejor que empezar un lunes con noticias que nos reconcilien con el sentido común.
Para variar, me levanté tarde y lo primero que hice fue prepararme café y saludar a Onur, mi falso pekinés. Leí un rato el libro de una poeta chilena, el cual me gusta. Después me conecté a Internet para ponerme al día con los vaivenes nacionales e internacionales. La noticia excluyente, la que marcará el discurso de las redes y la vida real: el gobierno uruguayo negó el pedido de asilo al ex presidente peruano Alan García.
Lo que pretendió García fue tomar el pelo a la comunidad internacional, hacerse pasar como un perseguido político cuando lo cierto es que existen atendibles sospechas razonables sobre su participación y conocimiento de los actos de corrupción durante su segundo gobierno.
Más allá de estar o no de acuerdo con el accionar de la Fiscalía, dice mucho lo que vemos: ex presidentes y recientes dueños políticos del país en la cárcel. Alivia, pues, saber que tarde o temprano la justicia ejerce autoridad contra quienes se aprovecharon de su situación de poder para lucrar por encima de los intereses del país. 
García era la metáfora de la impunidad. A saber, mi generación creció con un criterio putrefacto, y encima celebrado por millones de idiotas: para destacar y avanzar en la vida había que ser un gran pendejo, un vivazo, forjar contactos y cagarse en la decencia. Es decir, había que ser conchudo. Esta cultura de la conchudez ha hecho más daño de lo podemos imaginar. Será difícil erradicarla en el corto plazo, pero ejemplos como este, en donde vemos contra las cuerdas a un intocable, un poderoso de las relaciones, es saludable. Un pequeño mensaje de justicia, sí, pero por algo se empieza.



flojera


Mañana de domingo, la previa al partido de la primera semifinal entre Alianza Lima y Melgar (épico empate). Me pongo a leer todos los artículos y notas sobre el estupendo escritor español Manuel Vázquez Montalbán, textos que aparecen a razón de los quince años de su muerte. En más de una ocasión le he dedicado a MVM posts en este blog y como no podía ser de otra manera, repiqué algunas páginas de una de sus novelas más conocidas, Los mares del Sur.
La impresión y el asombro siguen siendo los mismos de cuando lo leí por primera vez, pero también me resulta inevitable no someter lo leído al vuelo a la comparación, de paso preguntarnos una vez más por qué aunque sea no tenemos un amago de tradición de novela policial y negra.
Como lector y aficionado a este género narrativo, cada vez estoy más convencido de que mediante el mismo es posible “explicar” la actualidad de una sociedad, porque su recreación genera también una reflexión sobre la misma. No es para menos, el policial es tan plástico que permite el tránsito de recursos ortodoxos y mestizos, es decir, deviene en riqueza interpretativa. Claro, no es que pretendamos tener otro MVM, menos esperar la aparición de un Richard Price. A lo mejor el futuro de este género no esté en la narrativa, seguramente en el cine, las series, incluso el teatro. 
Sobre este vacío conversé hace un par de semanas con un amigo que escribe. No hizo falta que diéramos muchas vueltas sobre el asunto, la razón es tan cantada y evidente como una novela que pasa como bien escrita gracias a la mariconería verbal y la recurrencia por tópicos ajenos al realismo (solo aquí: el aburrimiento como epifanía): el escritor peruano anda muy ahuevado en el “parecer”, por eso es ocioso. Tal y como señalamos en un post pasado, ¿no les sorprende, entre no pocas barbaridades, que muchos de nuestros personajes sean escritores sin dimensión humana, sin complejos ni mierda emocional y otras hierbas de la pose gandul? La petición de entonces, y también de ahora: salir a la calle, basta con mirarla y escucharla. Algo saldrá si en verdad lo tuyo es la escritura como fin en sí misma.

viernes, noviembre 30, 2018

pueril efectismo


Hace un par de años, una gran amiga me dijo lo siguiente: “el mayor privilegio que puede tener una persona es decir lo que piensa”. No puedo estar más que de acuerdo con dicha sentencia, más en estos tiempos en los que el pensamiento correcto es lo que marca la pauta en el circuito literario local. Claro, para que esta sentencia tenga sentido y no caiga en las ciénagas de la malcriadez, posería e idiotez, se hace necesario tener legitimidad. También coherencia.
Dicho esto, no dejó de llamar mi atención la entrevista que le hacen a Bruno Polack en un diario local (ver aquí), en donde el poeta dice precisamente lo que piensa, cosa que saludo porque siempre es bueno encontrar voces con actitud, pero qué pasa cuando la actitud se confunde con malcriadez.
Me queda claro que el problema de la entrevista (potenciada por un entrevistador al que le falta leer) es su intención. Si determinadas poéticas te parecen una mierda, paja, pero si eres autor y hablas de colegas de oficio, hay que tener cuidado en la valoración, empezando por la pregunta tácita, el ejercicio de autocrítica: ¿qué tan importante es mi obra? ¿Acaso Fe es mi mejor libro, o es el menos malo? Polack es un buen escritor pero su última entrega, el poemario ¡Ars fascinatoria!, es un soberano mamarracho discursivo que ni siquiera proyecta humor (yo imagino que la apertura del signo de exclamación en el título obedece a una pensada transgresión con respecto al latín, ¿será?).
Me gusta que Polack haya querido generar un debate, pero no puede haber tal si adjetivamos y disparamos gratuitamente. A saber, habla de lo que buscan las transnacionales (vender, ¡vaya novedad!), consigna nombres (Jeremías Gamboa y Renato Cisneros) y compara. ¿No crees, Bruno, que hubiese sido más digno contar que también eres autor de una transnacional? Otra, de varias: me cuesta entender cómo puedes soslayar una obra interesante (no gustar no es lo mismo a que esta sea mala) como la de Luis Hernán Castañeda y celebrar bodrios como Interruptus de Leonardo Aguirre (¿o es que la amistad pesa cuando hablas de narrativa peruana?).
No lo vamos a negar: hay argollas, hay una guerra editorial, hay un arribismo entre nuestros autores, hay un periodismo cultural rastrero, hay una lucha por el posicionamiento, hay editores estafadores, hay autores de conocida incapacidad moral, hay putrefactas camarillas poéticas, hay poetas que intentan violar y son protegidos por sus patrones, hay mafias académicas que ahuevan con los Estudios Culturales, hay miserables que hacen carrera con la sangre de peruanos víctimas de la violencia terrorista, hay liliputienses senderistas de cantina que se pintan de indignados izquierdistas mientras le mentan la madre a una mujer, hay poetas castos menores de 25 años que agreden (empujan) a feministas, hay gestores ladrones y otras cosas peores. Hay que señalar estas prácticas, pero con inteligencia para generar una real discusión que nos lleve a pensar en el contenido de la crítica y no en el pueril efectismo de su forma. 
En lo que sí estamos de acuerdo: las tradiciones poéticas de Chile y Perú son las más importantes de Latinoamérica.


martes, noviembre 27, 2018

testimonio de una adicción


El sábado pasado me reuní con un amigo. Estábamos a la espera de lo que se suponía la Superfinal del mundo, tal y como fue bautizado el encuentro definitorio de La Libertadores entre River y Boca. Más allá de ser toda una vergüenza el desenlace que conocemos, me resulta evidente que así como el argentino es un gran anfitrión, este no es ajeno a su innata capacidad para destrozar lo que ha organizado.
Cuando nos enteramos que el partido se jugaría al día siguiente, no nos quedó otra que pedir la cuenta y salir a caminar. En ese trayecto hacia el destino indefinido mi pata me preguntó por lo que estaba leyendo, “¿qué título me recomiendas?” En verdad, no supe qué contestar, mi racha de buenas lecturas no es tan buena, tampoco es algo de lo que deba traumarme, pero ese es uno de los peligros cuando abandonas el placer de las relecturas en pos de novedades a sugerir.
En principio no supe bien de qué título hablarle, pero recordé que días atrás había presentado en Escena Libre la reedición de la novela El copista de Teresa Ruiz Rosas, que no se la recomendé porque él la leyó a los dieciocho años. Pues bien, en la noche de la presentación recibí un pequeño paquete del editor de Surnumérica. Entre los títulos, cada cual con su singular atractivo, hallé el testimonio sobre su paso por las drogas del narrador mexicano Carlos Velázquez, El pericazo sarniento (selfie con cocaína)
Si mal no recuerdo, Velázquez participó a razón de esta publicación en la última edición de La Independiente. Tuvo un fugaz rebote en medios peruanos y no volví a saber de él hasta que leí este título en donde nos cuenta su experiencia con la cocaína. El lector no tarda en ser partícipe de sus peripecias, pero no por lo que Velázquez cuenta (obviedad temática), sino por la manera risueña en que lo hace. He ahí su mérito, narrar con desparpajo sin descuidar la carga reflexiva que algunos confunden por estos lares con aburrimiento y mariconada soporífera. El peligro de este tipo de proyectos es el riesgo de ser episódico (de lo ya contado) y el autor cae en ello. Para contrarrestar recurre al atavío anecdótico, estrategia que ayuda pero que no garantiza la llegada a buen puerto. En su caso lo consigue mediante oficio y maña narrativa (llámalo experiencia). Así es: estamos ante un libro irregular pero que transmite, y mucho, que deja cosas para reflexionar y cagarse de risa. Ojalá el diez por ciento de lo que se produce en materia narrativa local tuviera dosis de este fuego festivo-trágico.



lunes, noviembre 26, 2018

jara


Hace unos días se publicó en mi columna (En la yugular) de Caretas un artículo titulado Parricidio literario. En él me hubiese gustado también abordar otro aspecto, que primero me generó, como a muchos, risa, pero luego esta transmutó en pena.
No solo leímos posts de Facebook sobre la foto de Vargas Llosa con los cinco autores con los que participó en una conversa en el Hay (al respecto, ya sabemos que los quejones moralistas estuvieron hasta el final rogando para que se les invitara. De haber sido considerados, no hay duda alguna de que tomaban el primer jet al Misti. Por otro lado, varios puntos de sus quejas son atendibles, pero las mismas carecen de autoridad moral para sustentar el señalamiento, en fin, cosas de intelectuales baratos), a las horas circuló otra foto, en la que el narrador Cronwell Jara posaba con algunos autores peruanos en Filsa.
Jara es un buen escritor, autor de un puñado de cuentos que han marcado a no pocos autores peruanos. Uno de los más conocidos motivó a tres editores chilenos a llamar así a su proyecto editorial, por ejemplo. Nos referimos a un autor querido, pero siendo objetivos, y en respeto a la trayectoria, la difusión de su obra experimenta un estancamiento, no por falta de talento, menos de oficio, sino por factores extraliterarios (con esto no me refiero a la existencia de mafias y argollas, que sabemos que las hay pero a las que no hay que echarles la culpa hasta por el tsunami de Singapur), que asocio a la ligereza de aquellos que abogan por un sitial de Jara. Basta analizar al vuelo sus discursos para saber que poco o nada han leído de él, para no tardar en darnos cuenta de lo siguiente: hablar de él es el pretexto para el ataque a terceros. 
Como no soy nadie, me permito una imprudencia en buena onda: Jara debe enfocarse en lo que importa, en escribir en total silencio (alejarse de la frivolidad de las redes) y de esta manera admirarlo en la dimensión que nos interesa: la de sus libros.

miércoles, noviembre 21, 2018

sacudirse


Desde que un poetastro noventero peruano pidiera asilo político al gobierno español, no había vuelto a ver otra petición similar hasta Alan García. Obviamente, las diferencias son abismales, el primero estafó a muchos ahuevados aspirantes a poetas mediante antologías que solo se veían en las presentaciones, en cambio el segundo se valió de su investidura presidencial para lucrar, más cuando el partido al que pertenece, el APRA, ostenta una impresionante telaraña de contactos en todos los poderes del Estado.
Si algo bueno trae la petición de asilo político de García al gobierno uruguayo, es que por fin se dinamita su imagen de politiquero canchero, pendejazo, la cual ha venido construyendo y ventilando a lo largo de toda su carrera política, proyección que ha conseguido ahuevar a una considerable cantidad de peruanos. En todo este trajín mediático de las últimas horas, el expresidente ha brindado involuntarias muestras de nerviosidad, la más alucinante: comparar su situación con la que vivió Víctor Raúl Haya de la Torre en 1949 al solicitar asilo político en la Embajada de Colombia. 
No queda otra que salir a las calles a protestar en la embajada uruguaya y hacer sentir desde todas las plataformas posibles el desencanto moral al oficialismo oriental. Me refiero pues a una manifestación por cuenta de gente proba y libre de señalamiento, no como lo hizo Ollanta Humala en su carta pública a Tabaré Vázquez. Un pobre diablo no puede erigirse como un baluarte moral, menos colgarse del esfuerzo de mujeres y hombres peruanos que sí se han esforzado por sacar a la luz toda esta cadena de podredumbre que nos permite diferenciar quién es quién en este país. Necesitábamos esta profilaxis, tener la oportunidad de sacudirnos al menos.


viernes, noviembre 16, 2018

reacción


De alguna manera, estamos viendo un milagro gracias a Bohemian Rhapsody, en especial si pensamos en las nuevas generaciones, aunque bien sabemos que la huachafada no conoce ni respeta edades… En fin, gratifica que una película comercial, hecha con responsabilidad y criterio básico consiga proyectar, o en todo caso rescatar, la música de una de las bandas más generosas en hits en la historia del rock. La poética musical de Queen se basaba en el entretenimiento y en ese coto lo hizo lo mejor posible. Alivia que se venga hablando, aunque sea al vuelo, de sus temas en lugar de las porquerías idiotizantes y hacedoras de oligofrenismo que son, a saber, las canciones de reguetón, por más que haya algún perdido/sabido que les quiera ofrecer un valor discursivo forzado, gracia acorde con esa estafa académica de los Estudios Culturales. 
Así como hay que luchar contra la no lectura, tendría que hacerse lo mismo contra el mal gusto y sus inevitables variantes. En lo que sí creo que hemos avanzado, siquiera algo en medio de tanta podredumbre, es en nuestra capacidad de indignación, esa reacción de última hora que nos ha salvado dos veces seguidas del regreso del fujimorismo. Si existe una mínima capacidad de reacción, se debe a que hay gente proba en el lugar que debe estar, pensemos en los que están en el Poder Judicial, esa facción dentro del ministerio que ha sabido diferenciarse de la corrupción, creyendo en la administración de justicia y no en la búsqueda de favores (no olvidemos los audios de hasta hace unas semanas), compuesta por jóvenes que a sus valores éticos suman un conocimiento tecnológico que les permite agilizar las investigaciones. Lo que estamos viendo ahora es fruto de años de trabajo silencioso. Ojalá sigan yendo a la cárcel más mujeres y hombres corruptos. De momento, entraré un rato a las redes a ver qué dicen nuestros maravillosos guachimanes de la moral.

lunes, noviembre 05, 2018

fallido pero con vuelo


Mientras realizaba una caminata con unos amigos, actividad semanal en la que nos ponemos al día sobre los acontecimientos del mundo, surgió una pregunta sobre los autores de la Beat Generation y esta hizo que recordara una novelita que leí el verano antepasado, la cual disfruté mucho pese a su imperfección.
De los nombres de la BG, me quedo con Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Sin embargo, no puedo ser ajeno al interés que sigue suscitando el ya inacabable Lawrence Ferlinghetti, fundador de la librería City Lights, en cuyo sello publicó a varios de sus compañeros generacionales. Como poeta no me entusiasma mucho y puedo entender la fascinación de otros. Ferlinghetti es toda una leyenda, no solo por ser el único sobreviviente de la BG, sino porque gracias a él esta pudo conseguir difusión a nivel mundial. Entre tantos excesos, alguien debía poner “orden” y esa parece ser la tarea (involuntaria claro está) de Ferlinghetti. 
Publicada en inglés en 1988 y en castellano en 2014 por Román Y Bueno Editores, Amor en los días de furia proyecta el salvaje nervio emocional que identificamos en la poética de los escritores Beats. Como se anuncia en su título, nos hallamos ante una historia de amor bajo el contexto de la revuelta, en este caso a lo acaecido en París en el idealizado Mayo del 68. Julian Mendes y Annie se conocen y se enamoran, ambos tienen visiones encontradas de la vida: el primero más práctico y la segunda más idealista. Ferlinghetti no peca en el detallismo sobre sus puntos de vista, sino que privilegia la reflexión del amor, del mismo modo en cuanto al suculento contexto en pos de una clara metáfora sobre las batallas a librar en contra de todos los totalitarismos. Por más que los ideales parezcan perdidos, no sirve de nada no creer en ellos, nos parece decir. Eso es lo que me gusta y lo que quedará por encima de sus clamorosos problemas discursivos. Lo que faltó en pericia, le sobra en intensidad. Se lo agradecemos.

escritor


Los domingos los dedico, la mayoría de las veces, a la relectura. Entre los títulos a escoger, uno al que venía echándole ojo desde hace varias semanas. Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby, que no es una obra maestra y no tiene que serlo para sintonizar con ella. Lo mismo pasa con ciertas películas y algunos álbumes, que serían brutales atentados contra los figones de la exquisitez estética, infaltables en la vida.
La novela me acompañó en las gestiones del día, que creí que durarían hasta las dos de la tarde, pero no, las mismas se extendieron hasta avanzada la noche. Terminé agotado pero satisfecho porque la relectura no solo me dio luces de la vigencia de la novela, sino también me hizo pensar en las taras de la narrativa peruana, potenciadas en el presente siglo, como el hecho de que tengamos demasiados personajes signados por la literatosis. Sus autores creen que la epifanía va asociada al bostezo, consecuencia natural del abuso estilístico, confundiendo “mariconada” verbal con sensibilidad. Así es: ¿no se cansan que en la narrativa peruana abunde la figura del escritor como eje temático? En lo personal, no tengo nada contra esta recurrencia, por el contrario, me gusta mucho. Sin embargo, ¿no sería saludable que a esta opción la doren con algo de humanidad y que los personajes escritores no solo muestren el alma de una lavadora comprada a crédito? 
Incomoda decirlo por su obviedad, está en los manuales y en el sentido común: toda narrativa parte de la configuración del personaje. Claro, se puede escoger otra estrategia, mas esta debe valer en su epifanía, no en su extrañamiento formal. La figura del escritor está muy desgastada, encima mal elaborada. Podría citar títulos locales, pero mi idea no es hacer de este post una masacre. Habría que salir de este bache, empezando con vivir un poco y aprendiendo a mirar.

sábado, noviembre 03, 2018

9.90


Casi todos gustan de los feriados largos, a otros, como quien escribe, no. Igual, le pongo onda y me dedicó a aprovechar el tiempo. A saber, respondo algunas inquietudes que me hacen llegar algunos lectores del blog. Casi todas tienen que ver con libros a recomendar, entonces hago un fugaz ejercicio de memoria y comparto (muy) buenas lecturas. Sin embargo, nunca falta aquel espécimen que busca mi oscuro lado discursivo, que tantas “gratificaciones” me ha traído. Este espécimen me pregunta lo siguiente: ¿qué piensas de los libros publicados el año pasado y este, que están a mitad de precio y en remate?
No hay mucho que desgranar al respecto. No veo ese asunto como algo traumático para los autores (siempre y cuando dejemos de lado la sobredimensión del ego), por el contrario, es una estrategia que permite tejer una seducción con los lectores. No me refiero a la calidad, puesto que entre los libros que ahora podemos ver bajo rótulos de 9.90 soles hay los que exhiben calidad literaria. Claro, el autor, en su fuero interno, alucina que es víctima de una injusticia comercial, pero también debería tener en cuenta el mandato de la realidad: si un libro gusta a los celadores, eso no significa que entusiasme a los lectores. Las editoriales (grandes) deben buscar los medios para recuperar su inversión, fin que me parece lícito porque no son beneficencias. El problema yace en que muchos creen que por llegar a una editorial grande ya han cumplido el anhelo: el posicionamiento. Impresión por demás errada, puesto que el posicionamiento (fama inmediata) es algo gaseoso. 
En estos últimos años hemos podido ver que los lectores no se dejan engañar por la algarabía de las redes (en verdad, hay que ser un tremendo imbécil para asumir como cierto que lo que se dice y proyecta en ellas guarda relación con la vida real). Por eso, queridos amigos, no sirve de nada traumarse, menos echarle la culpa a los departamentos de prensa de las editoriales que apostaron por ustedes. Hay que tener actitud, recobrarse de la bajoneada y sacarle la vuelta a esta cachetada. Si tu libro está a mitad de precio, si está maculado por un cartelito de 40 por ciento de descuento y si es deshonrado con el remate a 9.90, no patalees. Lo peor que le podría suceder a ese título en el que has invertido meses de tu vida es que vaya a parar a la trituradora, aunque su fin podría ser más útil: vender sus páginas al peso para apoyar al Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú.

miércoles, octubre 31, 2018

había una vez...


Entre las publicaciones peruanas que se presentaron en la última FIL, la siguiente: Había una vez una peruana (Xilófono, sello de librerías Crisol).
A quien se le haya ocurrido la idea de un proyecto como este, así sea una copia editorial de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes de Elena Favilli, va toda nuestro saludo, porque hubo una acertada lectura comercial sobre un tópico que obedece a una coyuntura histórica en la que vienen debatiéndose los derechos de la Mujer.
Como objeto, nos hallamos ante un libro soberbio en diseño, diagramación e ilustración. Sin embargo, los yerros provienen de donde no deberían y callar ante ellos no sería más que una evidente falta de respeto a los lectores.
Entre las autoras convocadas, tenemos un abanico de voces que van desde las consagradas a las noveles, lo que nos permite poner a prueba su oficio al enfrentarse a textos signados por el encargo. Al respecto, hagamos memoria, hasta hace un tiempo tuvimos una serie de libros de fútbol a razón de la participación de la selección peruana en el Mundial de Rusia. Todos escritos contra el tiempo y los resultados fueron, en líneas generales, aceptables en discurso. Obviamente, contados quedarán en la memoria y la mayoría ya tiene un lugar de privilegio en el nicho del olvido. 
El problema mayor de Había una vez… es la falta de maceración de los relatos. En parte es responsabilidad de las autoras, pero la dejadez mayor viene a cuenta de los editores, que debieron cumplir su función y no limitarse solo a la presentación material. Absolutamente todos sufren de apuro en su desarrollo y las buenas intenciones que los alientan resultan insuficientes. Felizmente, hay solución a la vista: agotar esta primera edición e ir trabajando desde ya en lo que realmente importa. No hay que subestimar a los niños.

martes, octubre 30, 2018

erm


Hace un par de semanas falleció el escritor Edgardo Rivera Martínez, autor de importantes novelas de largo aliento como País de Jauja y Libro del amor y otras profecías. En lo personal, lo recordaré por su obra breve, de la que ostenta un puñado de cuentos que permanecerán en mi retina, uno en especial: “Ángel de Ocongate”, que en 1986 ganó la primera edición del premio de Las Mil Palabras de Caretas.
Mientras revisaba algunos lomos, durante la soleada tarde del domingo, encontré una publicación de ERM que se ubica en la tradición de los retazos, aquella conformada por textos en paralelo a la obra mayor, publicados la mayoría de las veces en diarios y revistas. Fue así que de una sentada leí (¿o releí?, en verdad no recuerdo) Estampas de ocio, buen humor y reflexión, que apareció en 2003 por el Fondo Editorial de la Unmsm. Por cierto, habría que revisar con atención los catálogos de los fondos universitarios, vale la pena esa aventura al paso porque en ellos puedes hallar una que otra sorpresa, de esas capaces de aliviar el día y reconciliarte con el placer de la lectura. Es, pues, una lástima que muchos de estos catálogos no lleguen a las librerías, además, ni hablemos de sus respectivas logísticas de promoción y distribución, que dan pena e indignación. La única entidad que lucha contra esta tara es la PUCP, y desde hace algunos años la Decana, cosa que nos alegra porque nos hace olvidar cuando el fondo editorial de esta era llevado por especímenes que a las justas han leído diez libros en la vida.
Quienes conocemos la obra de Rivera Martínez, no dejaremos de aplaudir el puntilloso cuidado en su prosa de ficción, esta especie de responsabilidad la vemos también en los presentes páginas, que si bien es cierto exhiben el apuro de la faena periodística, nos permiten también construir un mapa de intereses temáticos vistos en lo que acabamos de llamar obra mayor. En estos artículos nos encontramos con un observador que canibaliza la impresión bajo los cotos de su conocimiento, es decir, desarrolla los textos en base a la herramientas que domina, como el rigor idiomático, la música clásica, la historia y la literatura de viajes, siempre en una patente intención de analizar el presente desde la óptica del pasado, lo que nos revela que ERM sabía de sus límites: no era fuerte bajo el filtro de la actualidad. Hay, pues, textos que deberían figurar entre lo más destacado del articulismo sobre Perú. Veamos: “o Bajo el puente”, “Elogio y defensa de la quincha”, “Decadencia y ocaso de lo huachafo”, “Borricos en la plaza”, “La sopa teóloga” y “Oseanidas”. 
Para nada menos son los artículos que se nutren de las impresiones literarias y viajeras, que son las que sintonizan más conmigo, pienso en “Mallarmé y los sombreros de copa”, “Variaciones sobre un tema de Cortázar”, “Gatos literarios”, “Un afiebrado epistolario. Amor y erotismo en Joyce”, “Un pueblo llamado Sepultura”, “El Perú de Charles Wiener”, “los Andes” y Henri Michaux en Iquitos”. Aquí es posible detectar a un lector en estado de gracia, ajeno al lugar común, apasionado y controlado, y por ello perdurable, en su pontificación. Date un tiempo y ve a la caza de esta pequeña maravilla.

domingo, octubre 28, 2018

¿la culpable?


Mañana de domingo, en la que me pongo al corriente de algunas cosas luego de varios días en los que tuve que realizar inevitables gestiones a razón de un familiar que falleció. Reviso mi bandeja de correo, del mismo modo las redes, y hallo un artículo de Javier Marías y una entrevista al noruego Karl Ove Knausgard, que suscitan algarabía en el personal.
Lo de Marías, aquí; la entrevista a KON, acá.
Ambas posturas me parecen válidas, pero sí percibo en la del primero una suerte de prejuicio del que se cuelgan, vaya novedad, muchos autores carentes de lo que más quieren: fama inmediata. Eso es, fama y no el legítimo reconocimiento. 
Sobre estas reacciones infantiles, barajo algunas hipótesis, como creer que son merecedores de más de lo que ya han obtenido y que la culpa de su fracaso es de la autoficción. Este asunto de la familla es cosa seria, no respeta trayectoria ni sexo. El ansia por parecer es como una droga que transporta al ahuevamiento de la realidad paralela, aquel paraíso sicotrópico en donde lo imposible es real gracias a los esfuerzos de la voluntad onírica. Es, pues, un choque catastrófico: creer que la vida es igual a la que se percibe en las parcelas líquidas. El like jamás será comparable al saludo al paso de un lector que compró y leyó tu libro, el corazón se halla a años luz de tu celebrado título que ahora ostenta un cartelito de 40 % de descuento luego de que has informado (mentido) que estás por acabar el tiraje, o peor: alucinarte el indignado (buscando culpables en la mafia editorial y no en el bostezo del lector) y cerrar el hocico al ver que tu libro publicado en 2018 ha sido puesto a mitad de precio en la feria Ricardo Palma. Esos cracks del desastre son los que se cuelgan de la crítica a la autoficción, como si la “riqueza” de su tradición estuviera en sus últimos representantes. Lean (más).

miércoles, octubre 24, 2018

ojalá


No es que me guste ver gente en la cárcel, pero si algo deseo para este miércoles de octubre es precisamente que Keiko Fujimori sea condenada a 36 meses de prisión preventiva, tal y como pide el fiscal José Domingo Pérez, que ha decidido tener una postura frontal en contra de la corrupción, representado por el actual partido del fujimorismo, Fuerza Popular. A Pérez se le ha venido atacando a cuenta de ciertas veleidades discursivas, que sintonizan con su ideología de izquierda, mas no tendríamos que distraernos en ello, porque lo que importa es que de entre todos los fiscales que han venido investigando a esta red criminal, él es el más decidido en que se aplique justicia. 
Hace unas horas pude ver las últimas declaraciones de K. Fujimori. Su llamado a la tranquilidad y a la construcción de una política de paz es un estertor, manifestación de quien sabe que es muy difícil que pueda librarse ahora de la cárcel. La Fujimori y su partido han tenido todos los medios para sumar políticamente en estos dos años de gobierno, pero apostaron por el achoramiento sabiendo que en la interna de FP existían varios anticuchos y que tarde o temprano Fiscalía les caería con todas las armas legales posibles. Esto no es lo que ha puesto contra la pared a este grupo político. No es la primera vez que los fujimoristas enfrentan acusaciones de corrupción. Lo que los ha asustado es la impopularidad que han ganado a pulso, situación que no tenían calculada ni en sus más impensadas alucinaciones. El pueblo puede soportar todo, menos la conchudez, señal de que aún existe una reserva moral, a la que se recurre cuando las pruebas de lo obvio son más que letales. Lo ideal sería evitar este tipo de instancias, solo así nos ahorraríamos tiempo y estaríamos enfocados en los temas que realmente importan para la población, como la reactivación económica.

viernes, octubre 19, 2018

carácter


Trato de recordar y dar con las circunstancias que me llevaron a dejar de seguir la filmografía de Jean Luc Godard. Mi memoria es frágil, pero generosa en detalles. Lo que recuerdo más son los momentos de asombro, como la magia de una secuencia, el diálogo inteligente y con humor o escena naranja. Cada quien, imagino, debe tener por ahí su Godard personal, y por consiguiente la respectiva razón que consiguió lo que en principio parecía imposible: el alejamiento del cineasta.
No son pocos los que huyeron del francés a cuenta de su opción ideológica, que comenzó a infectar la poética visual con la que se dio a conocer, la misma que también le deparó un prestigio desde temprano. Otros se mantuvieron leales hasta que también se hartaron de esta recurrencia. En lo personal, dejé de seguirlo y solo me limité a lo esporádico de su producción. Me aboqué a la caza de otras propuestas, algunas de las cuales me sedujeron, muchas otras no, sin embargo, de alguna u otra manera todas estas se nutren directamente/indirectamente de la obra de JLG.
Días atrás volví a una película de Godard, la busqué porque me comentaron que Juan Goytisolo aparecía en ella, detalle que me pareció justificable (estoy revisando su obra) en la dimensión de la magia del azar. Para mi buena suerte la tenía cerca, no tuve que perder tiempo hallándola.
Si tuviera que definir con una palabra Nuestra música (2004), sería esta: carácter. En esta película-ensayo, Godard se despoja del espíritu pontificador que hemos visto en sus trabajos políticos más duros y simplemente se aboca a reflexionar sobre las causas y secuelas que dejan los enfrentamientos bélicos. Para este ejercicio de reflexión, divide el proyecto en tres partes (guiño a Dante): Infierno, Purgatorio y Paraíso. Me concentré en Purgatorio, la sección más discursiva y, por ello, polémica. Su intención no fue la de cerrar la reflexión, sino la de dejar abierta la interrogante. Capo es: solo en la incertidumbre se ahonda en un conflicto innato a la viscosa esencia humana. Mírala.