domingo, febrero 19, 2012
Hace dos años tuve la oportunidad de moderar un conversatorio entre los destacados escritores Carlos Calderón Fajardo (Perú) y Leonardo Valencia (Ecuador). El evento tuvo lugar en una de las salas de La Casa de la Literatura Peruana. Y en honor de la verdad, salí muy enriquecido del cruce de opiniones entre estos autores.
Poco tiempo después llegó a mis manos el libro de ensayos de Valencia, del que ya tenía muy buenas referencias. Se trataba de El síndrome de Falcón (Paradiso Editores, 2008), que leí en un fin de semana.
Hace algunos días ordené mi biblioteca y encontré El síndrome de Falcón. Lo que comenzó como una curiosidad devino en una relectura gratificante y edificante. Valencia es un escritor inteligente y un prosista cuidadoso. Bajo ningún punto es un vendedor de sebo de culebra, uno aprende, y toma nota incluso, leyendo los ensayos reunidos en este volumen. Valencia conoce de lo que escribe y lo transmite sin necesidad de hacer uso de una insoportable jerigonza académica. Lo “profundo” no tiene que ser asumido como una retahíla de forzados conceptos.
Pues bien, la publicación se divide en tres secciones: “Sobre escritores”, “Sobre literatura ecuatoriana” y “Sobre la escritura”.
Si un espíritu viaja por estas páginas, impregnando presencia hasta en su ausencia, es el de la búsqueda, el relato invisible que nos testimonia sobre los años germinales del autor hacia su poética como creador y su discurso como literato. Es decir: el magisterio del aliento autobiográfico de un entonces joven que empezó a armar su radiografía literaria gracias a los maestros alejados de la estela del realismo del siglo XX (en especial de los machos de la literatura social), refugiándose, y amparándose, en los que formaron una tradición paralela, como Borges, Aira, Vila-Matas, Buzzati y Lampedusa.
Y también un saludable afán desmedido, vástago de la relectura llevada por la admiración, contra la lectura “oficial” (el acercamiento a Vargas Llosa resulta de antología, por decir lo menos). Afán visto también en semblanzas (Westphalen y Juarroz) dignas de consideración. Lo mismo se podría decir de las páginas dedicadas al Ribeyro de los diarios y aforismos, sin desmerecer, en ningún sentido, su escuela cuentística y en menor medida la novelística.
Ahora, para un lector no habituado a la literatura ecuatoriana, podría resultar un poco difícil entrar en onda (en mi caso, no he leído algunos libros que se consignan), pero a medida que avanzamos, el panorama se nos aclara, llegamos a caminar por más de un puente comunicante con otras tradiciones no emparentadas con la realista, que ha castrado a no pocas generaciones de plumíferos del norte (Valencia no lo dice textualmente, pero es implícito). En el ensayo homónimo que titula la publicación tenemos los puntos centrales que configuran la “tara realista” de la narrativa ecuatoriana, la que recién ha empezado a despertar en las últimas décadas, con autores nada temerosos en no formar parte de un canon establecido, irguiendo como ejemplo mayor la obra del siempre estupendo Pablo Palacio, pluma redescubierta luego de decenios de calculado silencio y que goza hoy en día de un prestigio que no deja de crecer.
Valencia no es un autor ajeno para el seguidor del quehacer literario peruano. Él estuvo viviendo en Lima entre 1993 y 1998. Los motivos que lo llevaron fuera de su país pudieron ser laborales, pero tratándose de un artista carcomido por una sensibilidad que no encontraba lugar en su país natal, entonces vale la posibilidad de especular sobre una desesperada intención de escape hacia cualquier lugar, el que sea, uno en el que pudiera desarrollar lo que ya venía cimentando contra la “tara” que calcinaba las poéticas de sus compañeros generacionales. Me aventuro a decirlo porque Valencia sabe golpear con estilo, sin necesidad de conceptos rubricados por el resentimiento, ni adjetivaciones ramplonas ni poses a lo bestia contra ciertos nombres capitales de la narrativa ecuatoriana.
Todo escritor que se asuma como tal no tiene otro norte que buscar y formar su propia poética. Eso lo sabemos bien. Lo que me deja esta relectura de El síndrome de Falcón es su parricidio, pero, eso sí, aquel nutrido del conocimiento de causa de la tradición a la que se pertenece, no aquel parricidio ignorante, mismo salto de garrocha, que leemos últimamente. Ningún escritor escribe desde la nada.
Solidaridad con el escritor Rafael Inocente
Llega a mi mail un archivo adjunto.
Averiguo al respecto, cruzo información y llego a conclusión de que tengo que apoyar a Rafael Inocente. La gente del diario Correo ha llevado a cabo una lectura torcida de una entrevista que le hicieron hace algunos años.
Ahora, nada me separa más de Rafael que nuestras posturas políticas. No comparto su izquierdismo, pero siempre he valorado su grado de compromiso y consecuencia con lo que piensa. Ojalá todos los escritores peruanos, los de tendencia de izquierda en especial, lo apoyen, se unan contra lo que a todas luces es un abuso, una patente campaña de desprestigio. Ya pues, señores, un poco de desahuevina y a apoyar, como se debe, a Rafael Inocente.
...
SENDERO, LA PESCA Y LOS ESCRITORES
LA SATANIZACIÓN A LA MEDIDA DE LA DERECHA FRONTERIZA: DEFIENDEN EL STATUS QUO EN EL SECTOR PESQUERO
En solidaridad con el escritor Rafael Inocente
El doble rasero de la derecha
En los años ochenta, un historiador con fama de oráculo declaró: “El fenómeno Sendero Luminoso no puede ser dejado de lado como si se tratase de unos cuantos fanáticos, porque revela toda una tendencia del movimiento popular aunque pueda estar incorrectamente expresada y representada en esa agrupación”. En el libro “Las furias y las penas”, también se recoge otra de sus afirmaciones controversiales: “Si alguien me pidiera una condena a Sendero Luminoso hoy en día, yo actuaría del mismo modo que en 1780 actuó Baquíjano y Carrillo, negándose a condenar a Túpac Amaru”.
¿Quién dio estas declaraciones: acaso un filosenderista, un resentido social, un peligroso comunista, como deberíamos pensar si tomáramos a pie juntillas los discursos inquisitoriales del pasquín Correo? Nada de eso, las dio un historiador que en el año 2000 postuló al Congreso en la lista del fujimorismo. Nos referimos, claro está, a Pablo Macera. Ni esa vez ni luego los medios que ahora han desatado una campaña (cual “caza de brujas”) contra los que denominan “ultras” se rasgaron las vestiduras por la postulación de un intelectual que se autocalificaba de “senderista luminoso honorario”. Hubiera sido bueno y esclarecedor que en esa época la prensa de la derecha objetara la candidatura al Parlamento de un historiador con una opinión tan complaciente sobre el fenómeno subversivo. Pero la moral del fujimorismo mediático nunca dio para tanto y lo que nos ofrecieron fueron las continuas lisonjas de Martha Hildebrandt y la bancada de Fuerza 2000 a Pablo Macera en los escaños del Legislativo. Cuando el año pasado la revista Caretas le preguntó si creía que Keiko pasaría a la segunda vuelta en las elecciones, Macera respondió casi suspirando: “Ojalá”. No es difícil de imaginar que en un hipotético gobierno de Keiko Fujimori los mismos que ahora buscan “rojos” en el Gobierno de Humala hubieran celebrado con frenesí la juramentación de Macera como ministro de Cultura.
El caso Rafael Inocente
A tono con esta campaña en busca de “comunistas” infiltrados en el Estado, Correo hace unos días atacó de modo difamatorio al destacado escritor y experto ingeniero zootecnista Rafael Inocente, extrayendo declaraciones fuera de contexto y presentándolo prácticamente como un advenedizo “burócrata antisistema” simpatizante del terrorismo. Una de las frases supuestamente “apologéticas”, que figuró como titular de la nota, fue ésta: “Abimael es un intelectual”. En pocos días el cargamontón desde ese pasquín del fascismo iletrado, secundado por sus corifeos de la Tv Rey con Barba, consiguió su objetivo sobre la base del chantaje ideológico: el escritor Rafael Inocente fue primero sometido a una kafkiana investigación administrativa por el órgano de control interno del Instituto Tecnológico Pesquero (por su opinión política y su novela) y finalmente le enviaron una carta de despido (sin causal legal y de forma ilegítima, por orden verbal del Ministro de la Producción, José Urquizo) de su cargo de director general técnico en el Instituto Tecnológico Pesquero, para el cual no solo estaba calificado –como lo acreditan sus quince años de experiencia en el sector y el haber formado parte de la Comisión de Transferencia del actual Gobierno en el sector Pesquería–, sino al que había accedido a través de un concurso público, evaluado por un comité nombrado antes de su ingreso a la Institución.
Huelga decir que en el poco tiempo que Rafael Inocente se desempeñó en el Instituto Tecnológico Pesquero planteó audaces propuestas como la implementación de un Plan Nacional de Consumo Masivo de Productos Hidrobiológicos bautizado “A comer pescao”, el cual contemplaba el canje de la multimillonaria deuda que mantienen las diez principales empresas pesqueras del país, por pescado. Esta deuda que los asesores del ex Ministro Kurt Burneo calcularon en por lo menos 890 millones de soles, permanece impaga desde hace diez años y se debe a infracciones sistemáticas a la normatividad pesquera, entre otros motivos, por depredar el recurso anchoveta, defraudar en el peso de las descargas de la pesca y contaminar el mar y el litoral. Sabemos además que otras propuestas de cambio sostenidas por Rafael Inocente y las nuevas gestiones que dirigen el Imarpe y el ITP, han sido motivo de rechazo absoluto por quienes defienden el status quo en el sector pesquero. Dichos cambios están referidos a modificaciones y/o derogatorias de la Ley General de Pesca, la Ley de Cuotas de Pesca, la modificación de la Ley del Imarpe, el apoyo expreso a los empresarios conserveros y a los pescadores artesanales así como el fomento real del consumo humano directo de pescado, entre otras, todo lo cual implicaría un cambio de la madre de todos los entuertos, ergo, la Constitución Política de 1993.
Nos preguntamos entonces: ¿Cuál es el trasfondo de la difamación a Rafael Inocente?¿hay delito de opinión en el Perú del Gobierno del señor Ollanta Humala? ¿Se puede despedir a un destacado funcionario por haber declarado en calidad de escritor sobre el tema de la violencia política dos años antes de asumir el cargo? ¿Quiénes se benefician con la abrupta salida de Rafael Inocente?¿Se puede, en concreto, acusar de apologista y de "infiltrado en el Estado" a quien reconoce simplemente que Abimael Guzmán es un intelectual, como pretendió el libelo Correo?
En un país con un alto índice de semianalfabetismo funcional y donde se suele sacralizar a las profesiones académicas, es muy posible que el acto de calificar a una persona de intelectual sea visto efectivamente como un elogio, cuando en estricto es solo una descripción de un estatus académico y no una loa de una cualidad ética o moral. Precisamente en la entrevista que brindara hace un par de años al blog “Literatura y Guerra” del poeta Niko Velita, a propósito de su novela “La ciudad de los culpables”, Rafael Inocente criticó muy ácidamente a Guzmán por el lado de la ética. No solo lo considera “equivocado” y “arrugón” (cobarde), sino que describe así la reacción de Guzmán ante su captura: “Solo atinó a decir, me tocó perder. Rodeado de mujeres en una cómoda mansión rodhesiana, se dejó coger como un minino viejo”. Frases que no solamente no son elogiosas, sino que establecen un deslinde claro de carácter ético con el líder de Sendero. Por tanto, la calificación de “intelectual” por parte de Inocente es solo descriptiva, nunca apologética.
Aunque al oscurantismo fascista le interese ocultar la verdad, lo cierto es que Rafael Inocente no ha dicho nada sobre Guzmán que no figure en cualquier libro especializado sobre el tema. Cualquier biografía mínima sobre el líder senderista tendría que consignar que se doctoró en Filosofía y Derecho y fue catedrático principal y director académico del Departamento de Filosofía de la Universidad de Huamanga. Es más, el antropólogo Carlos Iván Degregori incluyó a Abimael Guzmán dentro de los “intelectuales disidentes de provincias”. Por otro lado, el periodista británico Simon Strong, autor del best-seller mundial “Sendero Luminoso, el movimiento subversivo más letal del mundo”, impensable de cualquier simpatía con terrorismo alguno, nos ofrece esta descripción de Guzmán en su época de estudiante: “Guzmán fue el mejor alumno del tercer grado, el tercero en el cuarto grado, y el segundo en el quinto grado. Sacaba siempre las mejores notas en conducta y orden”. Luego nos refiere que en la universidad fue “alumno estrella” del filósofo kantiano Miguel Ángel Rodríguez Rivas, quien lo recuerda así: “Abimael era un hombre realmente notable y siempre bien informado”. Es el testimonio de Rodríguez Rivas, un filósofo muy lejano del marxismo y de manifiesta aversión a Stalin. En el mismo libro de Strong, se recoge la opinión del erudito británico Bill Tupman –estudioso del marxismo, experto en China, conferencista ocasional en el Colegio de Oficiales de la Real Escuela de Infantería y director del Centro para Estudios Policiales y de Justicia Criminal de la Universidad de Exeter, entre otras distinciones–, quien “confesó estar ‘impresionado e intrigado’ por la erudición comunista de Abimael Guzmán, por algunas sofisticadas originalidades suyas y por la coherencia interna general revelada en su entrevista con El Diario”.
Una guerra conceptual
Sin embargo, el fascismo con caperuza liberal tiene una opinión diferente. Aldo Mariátegui y otros polichinelas del pensamiento retrógrado nos dicen que quienes consideran un intelectual a Abimael Guzmán y una organización política a Sendero Luminoso son cómplices encubiertos o simpatizantes flagrantes del terrorismo y deben ser denunciados. Cualquier afirmación en sentido contrario es para el ala dura de la derecha una “farsa” o una “infamia”. Eso explica los sambenitos que han merecido algunos comisionados de la CVR por declarar, por ejemplo, que en el Perú de los años ochenta hubo un “conflicto armado interno” o que SL no era una simple gavilla de delincuentes sino una organización política. Se ha hablado de “sesgo ideológico”, e incluso (como la dupla inefable de Rey con Barba) de “traición a la patria”.
Pero la ignorancia de la derecha fronteriza es notoria. No sabe que uno de los primeros en calificar de “guerra” y no de “terrorismo” lo sucedido a partir de mayo de 1980 en el Perú, no fue un dirigente de izquierda “sesgado” sino un representante de la derecha señorial como Patricio Ricketts Rey de Castro, quien escribió en 1981: “Por mucho que sorprenda decirlo, los jóvenes de la dinamita no son, rigurosamente hablando, terroristas. (…) El Perú, querámoslo o no, vive desde hace seis meses en estado de guerra abierta. De guerra maoísta, campesina, artesanal y homeopática. (…) Pero guerra al fin.” (del artículo “Zonas liberadas” publicado en Caretas el 26 de enero de 1981, citado por Gustavo Gorriti Ellenbongen en el libro “Sendero. Historia de la guerra milenaria en el Perú”). ¿Hablarán ahora del “sesgo ideológico” de Ricketts Rey de Castro? Por otro lado, los propios manuales militares que utilizaron las FFAA para combatir a Sendero Luminoso calificaron el conflicto armado como una “guerra no convencional”, según testimonio de algunos generales ante la CVR, como el del ex del presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas (CCFFAA), Arnaldo Velarde Ramírez, general de la Fuerza Aérea en situación de retiro.
Lo que tampoco entiende por conveniencia la derecha “bruta” (Tafur dixit) es que el reconocimiento del carácter político de una organización no la exculpa de su práctica criminal. Como si en la historia no hubiera habido (y aún hay) crímenes políticos. En el Perú, sin ir muy lejos, el Apra es un partido político responsable por lo menos de la masacre de 26 policías en la rebelión de Trujillo en 1932, el asesinato de Sánchez Cerro en 1933 y los crímenes del grupo paramilitar Rodrigo Franco bajo el mando de Agustín Mantilla (para no hablar de los asesinatos, desapariciones y torturas a nombre del Estado en el primer Gobierno de Alan García). ¿O eran simples delincuentes los apristas que perpetraron esos crímenes?
Pero, cuidado, la denuncia contra Rafael Inocente no solo ha sido ridícula y burda, sino sobre todo peligrosa por el clima inquisitorial que se pretende crear para luego perseguir, reprimir y consecuentemente anular política y laboralmente a cualquier persona que se ubique en una línea de pensamiento crítico. La campaña de satanización contra la CVR, las ONG derechohumanistas y los dirigentes que encabezan la protesta social, contra los funcionarios de cierta tendencia izquierdista, y contra los escritores e intelectuales no alineados políticamente con la globalización neoliberal, está en esa dirección.
César Moro, varias veces maldito
En Gatopardo encuentro un adelanto de Los malditos, libro de perfiles de la crónista argentina -no española, tal y como se consignó en la estafeta de Libros de la última edición de Somos.
A continuación el perfil de Marco Aviles sobre el inagotable César Moro.
...
César Moro existe. Hay que alimentar esta teoría después de salir de las librerías de Lima donde los vendedores dicen lo contrario.
—¿Tiene algún libro de César Moro?
—No, señor, no hay.
Algunos poetas mueren y entonces sus libros comienzan a venderse por montones. Con César Moro ocurre lo contrario. Sus libros no se encuentran por ninguna parte, a pesar de que él ha muerto hace más de medio siglo y las reseñas de los eruditos dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro es un fantasma. El célebre poeta que no existe en los anaqueles.
Es una típica tarde de verano limeño, en el cementerio Presbítero Maestro, el más antiguo de la ciudad, y el sol agresivo le confiere un halo tortuoso a la simple tarea de encontrar un nicho.
—Moro, Moro, Moro, Moro, Moro… —susurra el panteonero Carlos Izaguirre, con la concentración de quien busca entre los estantes de una inmensa biblioteca.
Lleva quince minutos murmurando entre pabellones descalabrados a cuya sombra se guarecen algunos perros flacos. Es un cincuentón de rostro colorado, marcado por arrugas profundas, y cada tanto se pasa una mano por la frente. Las pocas palmeras que salpican el cementerio parecen a punto de arder, y se podría pensar que el sol es el culpable de las grietas en los mausoleos y no los ladrones de las barriadas cercanas que cada tanto entran para llevarse algo de valor: una escultura, una placa, una lápida. El cementerio tiene categoría de museo, y cada piedra es una reliquia.
—Nada más venden las lápidas, les borran el nombre y las vuelven a usar para otros muertitos —explica Izaguirre.
César Moro escribía en francés, y fue el poeta surrealista más exótico de París, a donde llegó en 1925, a los veintitrés años, cuando los surrealistas —André Breton, Paul Éluard, Louis Aragon— eran una guerrilla que se enfrentaba a la religión, al arte y a la política y agitaban la ciudad con sus versos de escritura automática, exposiciones escandalosas y panfletos agresivos. París era la capital del mundo para los poetas, y varios países de Latinoamérica tuvieron al menos un poeta exiliado allí. El chileno Vicente Huidobro. El ecuatoriano Alfredo Gangotena. César Moro, el primer poeta latinoamericano que formó parte del grupo surrealista, vivió ocho años en Francia, y cuando regresó al Perú, en 1933, llevó consigo la ola de esa revolución. Luego, en 1938, se mudó a México y ayudó a sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que lectores —explica el crítico peruano José Miguel Oviedo—, tenía víctimas.
Cuando dejes de estar muerto serás una brújula borracha
Un cabestro sobre el lecho esperando un caballero moribundo de las islas del Pacífico que navega en una tortuga musical cretina y divina
Serás un mausoleo a las víctimas de la peste o un equilibrio pasajero entre dos trenes que se chocan.
Moro publicaba poemas y artículos en Francia, Perú, México. Traducía al español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era el gran agitador surrealista. Pero él, que había logrado un enorme prestigio en México, volvió al Perú un día de 1948 como quien busca un último refugio, llevando consigo una maleta, un perro y una rara enfermedad. Pesaba menos de cincuenta kilos. No tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. Le decían maricón. Le escupían en la espalda. Murió en un hospital público en 1956, cuando tenía cincuenta y tres años. Al velorio asistieron su madre, algunos sobrinos y pocos amigos. Había publicado tres libros. Todos escritos en francés.
El final de la historia podría ser ése.
Un final de reseña literaria.
Llamo por teléfono a una librería de Lima.
—¿Tiene en venta algún libro de César Moro?
—No, pero sí tenemos de Tomás Moro.
Tomás Moro fue un sacerdote inglés que imaginó una isla donde se le rendía culto a la filosofía. En el cementerio de Lima, el panteonero Izaguirre no conoce esa historia pero sabe que Moro era un poeta importante: durante la década que lleva trabajando en el Presbítero Maestro, al menos media docena de veces estudiantes u hombres con aspecto de intelectuales le han pedido ayuda para encontrarlo. Todos se paran frente a la tumba con fervor, leen algo, quizás un poema. Y tocan el nicho. Siempre tocan el nicho. Seis visitas en una década es una estadística importante en este lugar donde a otros muertos —ex presidentes, sacerdotes, militares o artistas— no los visita nadie.
—Malditos hijos de puta —dice ahora Izaguirre.
Sobre una piedra se ve la huella de una placa ausente. Allí está enterrado Abraham Valdelomar, un famoso escritor de principios del siglo XX al que se lee mucho en las escuelas del Perú. Izaguirre habla con la amargura de quien ha perdido una batalla importante.
—¿Ya ve lo olvidado que está todo esto?, ¿ya ve?
Es imposible saber en qué estado se encuentra la tumba que buscamos.
—¿Tiene algún libro de César Moro?
—No, señor, no hay.
Algunos poetas mueren y entonces sus libros comienzan a venderse por montones. Con César Moro ocurre lo contrario. Sus libros no se encuentran por ninguna parte, a pesar de que él ha muerto hace más de medio siglo y las reseñas de los eruditos dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro es un fantasma. El célebre poeta que no existe en los anaqueles.
Es una típica tarde de verano limeño, en el cementerio Presbítero Maestro, el más antiguo de la ciudad, y el sol agresivo le confiere un halo tortuoso a la simple tarea de encontrar un nicho.
—Moro, Moro, Moro, Moro, Moro… —susurra el panteonero Carlos Izaguirre, con la concentración de quien busca entre los estantes de una inmensa biblioteca.
Lleva quince minutos murmurando entre pabellones descalabrados a cuya sombra se guarecen algunos perros flacos. Es un cincuentón de rostro colorado, marcado por arrugas profundas, y cada tanto se pasa una mano por la frente. Las pocas palmeras que salpican el cementerio parecen a punto de arder, y se podría pensar que el sol es el culpable de las grietas en los mausoleos y no los ladrones de las barriadas cercanas que cada tanto entran para llevarse algo de valor: una escultura, una placa, una lápida. El cementerio tiene categoría de museo, y cada piedra es una reliquia.
—Nada más venden las lápidas, les borran el nombre y las vuelven a usar para otros muertitos —explica Izaguirre.
César Moro escribía en francés, y fue el poeta surrealista más exótico de París, a donde llegó en 1925, a los veintitrés años, cuando los surrealistas —André Breton, Paul Éluard, Louis Aragon— eran una guerrilla que se enfrentaba a la religión, al arte y a la política y agitaban la ciudad con sus versos de escritura automática, exposiciones escandalosas y panfletos agresivos. París era la capital del mundo para los poetas, y varios países de Latinoamérica tuvieron al menos un poeta exiliado allí. El chileno Vicente Huidobro. El ecuatoriano Alfredo Gangotena. César Moro, el primer poeta latinoamericano que formó parte del grupo surrealista, vivió ocho años en Francia, y cuando regresó al Perú, en 1933, llevó consigo la ola de esa revolución. Luego, en 1938, se mudó a México y ayudó a sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que lectores —explica el crítico peruano José Miguel Oviedo—, tenía víctimas.
Cuando dejes de estar muerto serás una brújula borracha
Un cabestro sobre el lecho esperando un caballero moribundo de las islas del Pacífico que navega en una tortuga musical cretina y divina
Serás un mausoleo a las víctimas de la peste o un equilibrio pasajero entre dos trenes que se chocan.
Moro publicaba poemas y artículos en Francia, Perú, México. Traducía al español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era el gran agitador surrealista. Pero él, que había logrado un enorme prestigio en México, volvió al Perú un día de 1948 como quien busca un último refugio, llevando consigo una maleta, un perro y una rara enfermedad. Pesaba menos de cincuenta kilos. No tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. Le decían maricón. Le escupían en la espalda. Murió en un hospital público en 1956, cuando tenía cincuenta y tres años. Al velorio asistieron su madre, algunos sobrinos y pocos amigos. Había publicado tres libros. Todos escritos en francés.
El final de la historia podría ser ése.
Un final de reseña literaria.
Llamo por teléfono a una librería de Lima.
—¿Tiene en venta algún libro de César Moro?
—No, pero sí tenemos de Tomás Moro.
Tomás Moro fue un sacerdote inglés que imaginó una isla donde se le rendía culto a la filosofía. En el cementerio de Lima, el panteonero Izaguirre no conoce esa historia pero sabe que Moro era un poeta importante: durante la década que lleva trabajando en el Presbítero Maestro, al menos media docena de veces estudiantes u hombres con aspecto de intelectuales le han pedido ayuda para encontrarlo. Todos se paran frente a la tumba con fervor, leen algo, quizás un poema. Y tocan el nicho. Siempre tocan el nicho. Seis visitas en una década es una estadística importante en este lugar donde a otros muertos —ex presidentes, sacerdotes, militares o artistas— no los visita nadie.
—Malditos hijos de puta —dice ahora Izaguirre.
Sobre una piedra se ve la huella de una placa ausente. Allí está enterrado Abraham Valdelomar, un famoso escritor de principios del siglo XX al que se lee mucho en las escuelas del Perú. Izaguirre habla con la amargura de quien ha perdido una batalla importante.
—¿Ya ve lo olvidado que está todo esto?, ¿ya ve?
Es imposible saber en qué estado se encuentra la tumba que buscamos.
sábado, febrero 18, 2012
viernes, febrero 17, 2012
Rosina Valcárcel sobre 'Piedralaventanaelcielo' de Pablo Salazar Calderón
Un poemario interesante que recomiendo conocer: Piedralaventanaelcielo de Pablo Salazar Calderón (Paracaídas Editores). He estado buscando comentarios sobre esta publicación y lo que he encontrado son cruces de opiniones, a algunos les gusta, a otros no. Y me parece bien ya que esta segunda entrega de PSC se está moviendo limpiamente, sin tratos bajo la mesa en pos de un texto positivo ni otras artimañas tan comunes en nuestra aldea literaria.
Revisando mi cuenta de Gmail, encuentro este comentario de la poesta Rosina Valcárcel sobre el libro en cuestión.
...
El novísimo poeta Pablo Salazar Calderón (París, 1978, hijo de madre ecuatoriana y padre peruano*) alguna vez afirmó que su arte nacía libremente y que su poesía lo salvaba de sí mismo. Él, viento en popa, indaga las imágenes que no ha percibido ni leído pero que siente en sí, aguardando forjarse, penetrando más allá de lo compasivo y lo ruin.
piedralaventanaelcielo (Lima, paracaídas, 2011), es un libro breve, que enuncia con expresión singular y que rastrea en sus proposiciones un ardiente modo de capturar lo real y sus circunstancias. El lector y lectora que se avecinen a estos versos podrán verificar que la praxis y/o experiencia, toda práctica humana, son susceptibles de transferirse hacia el filtro del arte, de la pasión, del hechizo de la palabra.
El segundo libro de Pedro Salazar Calderón, nada convencional, lleva un significativo epígrafe del español Leopoldo María Panero (1948): “Hoy las arañas me hacen cálidas señas desde/ Las esquinas de mi cuarto, y la luz titubea, / y empiezo a dudar que sea cierta/ la inmensa tragedia/ de la literatura”.
Miguel Ildefonso, poeta y crítico literario peruano, con ojo zahorí advierte que el autor agrupa poemas de disímiles temas como la naturaleza, el erotismo, las remembranzas herméticas, la memoria familiar, la no-identidad, el existencialismo, la urbe. Tal como la cohesión sonora, sinfónica, del título, los versos circulan en las páginas con una grácil música capaz de ordenar la esfera de una piedra con la esfera del cielo, a través de la ventana, que es imagen de la portada del libro (de Marcel Duchamp, 1920, francés nacionalizado estadounidense) y que es el umbral por donde nos mostramos a esta doble dimensión de la realidad, el temporal perentorio y el sublime de las eternas esferas. Vale enfatizar asimismo la forma proyectiva de los textos, como un conjunto de figuraciones y efectos en persistente expansión y contracción: el multiverso, la composición por campos. Aquí Ildefonso cita el denso y complejo poema: “Yute”. (C/f: Nido de palabras, 29 diciembre 2011)
Poeta a contrapelo, nuestro autor emplea ironía y aspereza, pero también nos manda señales de sublimación y leve ternura. Veamos:
Las ratas juntan la arena de mi playa, / forman un cerrito negro con mis verdades. (p. 11)
Acaso por ello el inclasificable Henri Michaux (belga, nacionalizado francés, quien exploró los conceptos de límite y de frontera, para ir más lejos...), es un eje paradigmático en la poesía de Pablo.
Leamos un fragmento del texto “La mosca” donde escapa, de alguna manera, de lo cotidiano:
El peso enfermo de mi cabeza/ gobierna la podredumbre de volar en este insecto/
La uña duerme/ la brisa es negra/ su vaivén devora mi angustia/ jadeo sudo enfebrezco
muerdo/ me poso en tus hombros / te lamo la nuca… (p.13)
Pablo Salazar Calderón traza la ciudad o escribe sobre su ciudad interior que brota instantáneamente bajo la percepción del que ha asimilado la tradición, como sostiene con solidez el poeta Domingo De Ramos.
Hay poemas donde palpamos la belleza surrealista como en “Videamos en Fitzcarraldo” y en “Pasó un poema”, que nos remite, en cierta forma, a la voz del agobiado francés Antonin Artaud, hechizado pero ya peruanizado para asombro de la nueva poesía peruana.
-------
*Hijo del reconocido escritor Carlos Calderón Fajardo, integrante de la Generación del 70.
Los escritores perdidos (1, 2 y 3)
En las últimas semanas el crítico español Ignacio Echevarría entregó tres artículos en El Cultural.es, cada uno bajo el título de Los escritores perdidos, que nos lleva a más de una reflexión sobre la fugacidad del anhelado prestigio literario. En los textos hay referencias, en mayoría, a autores españoles, mas eso no será inconveniente para entenderlo. Total, lo que dice Echevarría es aplicable a toda escena literaria.
...
No me jacto en absoluto, pero tampoco tengo empacho en admitir que, durante más años de la cuenta, el escritor del que llevaba yo leídas más páginas fue José María Gironella. Durante mi adolescencia devoré sus libros; no sólo novelas, también reportajes y libros de viajes. Cuesta mucho procurar a un lector de menos de cuarenta años una idea de la posición que ocupaba Gironella en la cultura española de los años sesenta. Su fenomenal éxito (¡más de dos millones de ejemplares vendidos de Los cipreses creen en Dios!) no tiene un correlato ni remotamente comparable al del éxito del que disfrutan en la actualidad autores como, por ejemplo, Arturo Pérez-Reverte o Carlos Ruiz Zafón. Habría que pensar más bien en una explosiva mezcla de Javier Cercas, Lorenzo Silva y Javier Reverte. Y ni por ésas. No hablo de semejanzas ni de escalafones literarios, válgame Dios. A mala hora se me ocurrió, años atrás, traer a colación el nombre de Gironella al hablar de una novela que, me pareció a mí, empleaba una estructura comparable a la de su afamada trilogía sobre la Guerra Civil. Aquello fue tomado como una ofensa imperdonable, sin yo proponérmelo. El caso es que, no habiendo cometido nunca la imprudencia de releerlos, guardo de los libros de Gironella (quien en su día obtuvo, cuando eso todavía significaba algo, el premio Nadal, y luego el Nacional, y el Planeta) un recuerdo respetuoso y agradecido, como el que casi todos conservamos de esos libros y autores que, mejores o peores, avivaron la voracidad de nuestros inicios como lectores.
José María Gironella murió en 2003, el mismo año que Roberto Bolaño. Lo digo porque me impresionó enterarme de que, durante cerca de un año, en 1999, los dos coincidían cada domingo en la página de opinión del Diari de Girona, para la que escribían sendas columnas. Ya es casualidad. Un escritor aún emergente, en camino de convertirse en un astro internacional, y cuya gloria no ha cesado de crecer tras su prematura muerte, al lado de un escritor que asistió con perplejidad y amargura indecibles al eclipse casi total de su renombre; al silencio cada vez más profundo que rodeaba a sus libros; a su proscripción de todo censo, de todo recordatorio, de todo acto o sarao. Al final, Gironella hasta riñó con José Manuel Lara, de quien había sido amigo fraternal, y cuya fortuna como editor estaba estrechamente ligada, en sus orígenes, al avasallador éxito de Los cipreses creen en Dios y sus continuaciones.
Los escritores olvidados, los escritores perdidos, los escritores nonatos son un tema recurrente en la narrativa de Bolaño, que ensaya con ellos todos los matices de la melancolía. De ahí que me llamara tanto la atención esa coincidencia que señalo.
Ignoro si tuvo alguna vez lugar -tiendo a pensar que no- pero resulta tentador fantasear un encuentro de Gironella y Bolaño en las oficinas del Diari de Girona, los dos saludándose con instintiva suspicacia, decidiéndose quizá, por pura cortesía, a irse a tomar algo juntos, tratando de evitar mediante el humor (¿lo conservaba aún Gironella?) el acabar sumidos en un llanto inconsolable. He recordado a Gironella porque, en mi nada sofisticada formación como lector, relevó a otro novelista de quien asimismo leí todos los libros a mi alcance, en aquellos desorientados años de mi adolescencia. Me refiero ahora a José Luis Martín Vigil, autor también de muchísimo éxito en los sesenta. Muchos nos enteramos hace poco, a través de un artículo publicado en El Mundo, de que falleció en febrero del año pasado, en el más completo de los olvidos.
El caso de Martín Vigil, cura además de escritor, es mucho más patético aún que el de Gironella. A su olvido hay que sumar el ostracismo a que fue condenado por su presunta pederastia, que lo apartó primero de la orden de los Jesuitas, y luego del sacerdocio.
Aunque etiquetado como autor juvenil, Martín Vigil tuvo sus puntas de narrador social y fue un escritor solvente a su manera, cuyas novelas, como las de Gironella, terminaron resintiéndose de la religiosidad católica que las impregna y que las vuelve tan rancias. Haber leído tan profusamente a uno y otro, pienso ahora, me vacunó a tiempo de una convencionalidad, de una sentimentalidad que, para mi sorpresa, reconocí luego vigente en algunas celebradas novelas de la llamada “nueva narrativa” española; novelas a las que, bien mirado, sólo un barniz de laicismo y de modernidad distingue de las de aquellos escritores olvidados.
José María Gironella murió en 2003, el mismo año que Roberto Bolaño. Lo digo porque me impresionó enterarme de que, durante cerca de un año, en 1999, los dos coincidían cada domingo en la página de opinión del Diari de Girona, para la que escribían sendas columnas. Ya es casualidad. Un escritor aún emergente, en camino de convertirse en un astro internacional, y cuya gloria no ha cesado de crecer tras su prematura muerte, al lado de un escritor que asistió con perplejidad y amargura indecibles al eclipse casi total de su renombre; al silencio cada vez más profundo que rodeaba a sus libros; a su proscripción de todo censo, de todo recordatorio, de todo acto o sarao. Al final, Gironella hasta riñó con José Manuel Lara, de quien había sido amigo fraternal, y cuya fortuna como editor estaba estrechamente ligada, en sus orígenes, al avasallador éxito de Los cipreses creen en Dios y sus continuaciones.
Los escritores olvidados, los escritores perdidos, los escritores nonatos son un tema recurrente en la narrativa de Bolaño, que ensaya con ellos todos los matices de la melancolía. De ahí que me llamara tanto la atención esa coincidencia que señalo.
Ignoro si tuvo alguna vez lugar -tiendo a pensar que no- pero resulta tentador fantasear un encuentro de Gironella y Bolaño en las oficinas del Diari de Girona, los dos saludándose con instintiva suspicacia, decidiéndose quizá, por pura cortesía, a irse a tomar algo juntos, tratando de evitar mediante el humor (¿lo conservaba aún Gironella?) el acabar sumidos en un llanto inconsolable. He recordado a Gironella porque, en mi nada sofisticada formación como lector, relevó a otro novelista de quien asimismo leí todos los libros a mi alcance, en aquellos desorientados años de mi adolescencia. Me refiero ahora a José Luis Martín Vigil, autor también de muchísimo éxito en los sesenta. Muchos nos enteramos hace poco, a través de un artículo publicado en El Mundo, de que falleció en febrero del año pasado, en el más completo de los olvidos.
El caso de Martín Vigil, cura además de escritor, es mucho más patético aún que el de Gironella. A su olvido hay que sumar el ostracismo a que fue condenado por su presunta pederastia, que lo apartó primero de la orden de los Jesuitas, y luego del sacerdocio.
Aunque etiquetado como autor juvenil, Martín Vigil tuvo sus puntas de narrador social y fue un escritor solvente a su manera, cuyas novelas, como las de Gironella, terminaron resintiéndose de la religiosidad católica que las impregna y que las vuelve tan rancias. Haber leído tan profusamente a uno y otro, pienso ahora, me vacunó a tiempo de una convencionalidad, de una sentimentalidad que, para mi sorpresa, reconocí luego vigente en algunas celebradas novelas de la llamada “nueva narrativa” española; novelas a las que, bien mirado, sólo un barniz de laicismo y de modernidad distingue de las de aquellos escritores olvidados.
jueves, febrero 16, 2012
miércoles, febrero 15, 2012
Enrique Verástegui: "He terminado con la poesía"
Vía algunos contactos de Facebook me entero de la existencia del semanario Siete. No he tenido el tiempo suficiente para revisarlo, pero al menos hay algunas cosas interesantes, como la entrevista de Cecilia Podestá al siempre polémico Enrique Verástegui, uno de los más grandes poetas contemporáneos en lengua castellana. Hace no mucho estuve leyendo algunas cosas suyas, como el imprescindible texto La máquina del poema, publicado en Lienzo 12, de 1991.
...
Entre la novela y el ensayo, nos deja en los extramuros. Busca además editor para su novela.
Y el musgo creció como un verso clarísimo en tus ojos.
tú querías leer mis poemas aferrarte a ese instante de dulzura donde jamás hubo límites entre uno y otro ser
y fuiste sólo una muchacha que pasó por mis ojos silenciosamente pegada a mí a mi
tú querías leer mis poemas aferrarte a ese instante de dulzura donde jamás hubo límites entre uno y otro ser
y fuiste sólo una muchacha que pasó por mis ojos silenciosamente pegada a mí a mi
De Datsibao.
El poeta peruano que remeció los setenta hace esta sorprendente revelación y nos confiesa una escritura desesperada, en una conversación marcada por su siempre intensa y muy propia lucidez, en momentos que se espera la reedición de En los Extramuros del Mundo por Caja Negra Ediciones, para variar, una editorial independiente.
Por: Cecilia Podestá cpodesta@siete.pe
¿Abandonar la poesía es optar por de exilio?
No. He estado alejado de los periódicos y las revistas que no es lo mismo. He asumido de la crítica o de la novedad literaria un hecho de incomprensión hacia mi trabajo. Me siento leído y admirado por Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique, sin embargo poco reconocido por los comentadores de libros, que no son la crítica peruana. Pero el paso al costado lo dan ellos. Yo sigo en el mismo sitio y haciendo lo de siempre, escribiendo.
¿Cómo ves en retrospectiva tu obra poética?
Se acabó. Ya termine de escribir mi obra poética, que en la parte conformada por la tetralogía ha dejado de llamarse Ética para adquirir el nombre definitivo de Splendor. Ahora me interesa publicar el resto de mi obra, novela y ensayo. La poesía ya cumplió.
¿Cómo se llama tu novela? ¿Y qué nos puedes decir sobre tu ensayística?
Una primavera de occidente. Pensamiento, acción, intriga, sexo y sobre todo libertad. Si de algún modo hay un argumento, planteo la teoría de Mijaíl Bajtín o al mismo Bajtin desarrollándose como personaje múltiple dentro de mi narrativa. Es el crítico de moda o lo era durante una época. Ahora es parte de mi novela. La ensayística tiene como tema el amor, la libertad y el objeto de ésta.
¿Dónde te sitúas ahora después de tanto lenguaje y tanto tiempo?
Estoy viejo en mi locura. Tendré un fin parecido al de Dante, Lucrecio, Georg Cantor. Rocé la locura, sigo haciéndolo. Pero ya cumplí mi destino, me falta gozar la vida. Olvidé vivir por escribir poesía. Mi lucidez está en mis textos, ¿para qué más? Y he tenido momentos importantes a través de mi obra completa en poesía. Para escribir mi novela y ensayo uso la misma energía que tenía a los diecinueve años.
Trae un recuerdo grato
Paris. Llegue en la navidad del 76 con mis amigos, todos poetas peruanos. San Marcos y los bares del Centro de Lima se habían mudado a Paris, era increíble. Todos habíamos jurado llegar a Paris en algún momento de nuestras carreras. Y ahí estábamos pasando la navidad juntos: José Rosas Ribeyro, Elqui Burgos, Elías Durand, Yulino Dávila, Vladimir Herrera, Cármen Ollé. Tomé el tren desde Barcelona para llegar. Acababa de ganar la beca Guggenheim, por un proyecto de escritura que no se dio y Europa estaba ahí.
¿Qué puedes decir de los extramuros del mundo, 41 años después?
Los extramuros fueron escritos entre las calles y el Centro federado de la Facultad de Ciencias económicas de San Marcos. Yo era un universitario que solo leía y puedo decir que hasta ahora no he salido de San Marcos. Los extramuros pertenecen a San Marcos, es un libro además que no leía hace cuarenta años, pero al volver a hacerlo encontré algo interesante y es la presencia absoluta del mar en mi obra poética. Eso me causa asombro porque lo escribí a los diecinueve años y creo que recién ahora me reconozco sin quererlo como un costeño ya que también soy el primero en la poesía peruana en tener referentes de la sierra.
¿Qué dejó tu paso por Hora Zero?
Actualmente Hora Zero se considera vigente y lo está. Yo entré al mes de estar fundado y es el único grupo al que pertenecí. Creo que he sido un militante consecuente de la poesía y por eso creo que falta teoría para enrumbar a nuevas generaciones. Falta preparación de los que vienen. Yo si la tuve.
¿Y el amor?
Reconozco una debilidad por las mujeres inteligentes, admiro mucho eso, pero me vasta el amor de mi hija y el de mis hermanas.
¿Cuándo el miedo y tu lenguaje fueron juntos?
Temí a pocas cosas o quizá a ninguna. Pero siempre asumí que moriría joven y llevé la vida de esa manera. Me quedaba únicamente escribir con locura, con desesperación. Pero no he muerto joven y sigo escribiendo, solo que ya cerré mis asuntos con la poesía.
martes, febrero 14, 2012
lunes, febrero 13, 2012
domingo, febrero 12, 2012
'La invención de Hugo Cabret', el libro
Llega a mis manos una publicación excepcional, bajo todo punto de vista: La invención de Hugo Cabret de Brian Selznick, gracias a SM.
Como bien sabrá el lector atento, la adaptación de este libro, a cargo del siempre genial Martin Scorsese, ha sido nominada a 11 premios Oscar (Mejor Película y Mejor Director, por demás).
Por el momento, no es de la cinta de Scorsese de la que deseo hablar, puesto que la novela vale por sí misma el justificado acercamiento de todo aquel que sepa apreciar la buena literatura y no tenga problemas con dejarse llevar por su sensación de agraciada perdurabilidad.
En primer lugar, confieso que me adentré con mucho escepticismo a estas páginas, ya que no soy asiduo de libros de tendencia infantil y juvenil… Felizmente me equivoqué, mis prejuicios quedaron de lado, ya que cada una de sus páginas exuda un poder mágico que nos redescubre los valores de la amistad, nos afianza en nuestra complicidad con nuestros gustos creativos (la hechura de un mundo paralelo personal), nos cimenta en nuestro primer amor por el cine y nos arroba con el hechizo de la literatura por la literatura.
Me queda claro que Selznick se valió de dos tradiciones para la escritura de su novela. Su protagonista, el niño Hugo Cabret, no es un hijo único de su cabeza, sino que su fisonomía moral es también un tributo a los niños y adolescentes aventureros que recorren la tradición de la gran literatura. Se me vienen a la memoria David Copperfield, Tom Sawyer y también, por qué no, Holden Caulfield. Cabret es ingenuo pero también listo, cada una de sus acciones queda signada por la ternura y la curiosidad. Un niño de la calle, por decirlo de alguna manera, que todos los días mantiene la sincronización de los relojes de la estación de trenes en donde vive. Lo hace por mera diversión, pero esta actividad, he allí la trampa, le permite medir los tiempos de funcionamiento de los negocios de la estación, como los de comida y, en especial, las tiendas de juguetes, de donde sustrae piezas para acabar la obra dejada a medias por su fallecido padre: el arreglo de un autómata. Las cosas parecen irle de maravilla, pero un día es descubierto por un viejo juguetero. Este inesperado encuentro refunda la vida de Cabret, quien comienza a toparse con una interesante galería de personajes, que a fin de cuentas son los verdaderos sustentos (es decir: más que el niño protagonista) del eje narrativo de la entrega de Selznick.
Por otra parte, la confección del libro obedece a la otra influencia del autor, la de la Imagen. De las cerca de media millar de páginas, casi más de la mitad obedecen a una variopinta gama de crisoles nutricios, como el cine mudo, la novela gráfica y la fotografía. De otra manera, o sea, en un formato harto conocido, este título de Selznick no sería el gran libro que es.
Rey de reyes
En Radar Libros esta excelente reseña de Rodrigo Fresán sobre la novela póstuma de David Foster Wallace, El rey pálido.
...
A la altura de la página 80 de El rey pálido sucede algo inesperado, extraordinario. Se nos anuncia un “Prefacio del autor” y, allí, el responsable de todo el asunto arranca con un “Aquí el autor” y –como jugando, como solía hacerlo para curtirse y fortalecerse, al tenis con el viento en contra– nos lanza una cantidad de advertencias que, tal vez, lleguen demasiado tarde, pero que son igualmente bienvenidas. Y, sí, el autor. Y literatura de autor. Y la firma y la afirmación como estilo y –entre notas al pie marca de la casa– la confesión de que El rey pálido es básicamente una autobiografía sin ficción, con elementos adicionales de periodismo reconstructivo, psicología organizativa, educación cívica elemental, teoría fiscal y demás, y una “memoria vocacional” donde todo es verdad sin serlo del todo. Y, a continuación, se enumera una cantidad de condiciones para un contrato mutuo entre autor y lector.
El autor es, se sabe, David Foster Wallace (1962-2008), acaso la mente más brillante e influyente de su generación (muchos apuntan ya que su influencia resultará nefasta y que su genio debería empezar y terminar en sí mismo; otros, como Zadie Smith en su reciente Cambiar de idea, en Salamandra, apuntan cosas más interesantes sobre su radiación) y, ahora, mito suicida en ascenso del que El rey pálido es la piedra fundamental de vida literaria después de la muerte física. El rey pálido –una década en el disco duro de su ordenador y cerebro, inconclusa y póstuma, ordenada por el editor Michael Pietsch a partir de cientos de páginas y archivos y anotaciones; se anuncian dos libros más de ficciones breves y de ensayos dispersos– es también una suerte de summa creativa donde confluyen todos los recursos y obsesiones de Wallace: la mirada macro para lo micro, descubriendo aquello que siempre estuvo allí pero que nadie se había detenido a observar (leyendo cómo Wallace mira el afuera comprendemos cómo Wallace piensa para sus adentros), la necesidad de saberlo y enseñarlo todo sobre el tema escogido, la estructura atomizada de capítulos/cuentos, el constante pendular entre la precisión científica y la emoción desatada, y entre lo deprimente y lo euforizante.
Coincidiendo ahora con la reedición de La chica del pelo raro (también en Mondadori y donde se incluye “Hacia el oeste, el imperio del avance continúa”, una de las escarpadas y vertiginosas cimas de su obra), puede entenderse a El rey pálido como contracara complementaria de La broma infinita, su magnum opus novelística (también recién reeditada). Otra novela única de ideas fijas, otro reparto numeroso, la inmersión en una atmósfera controlada y supuestamente “divertida”. Porque mientras El Tema –o uno de sus muchos temas– de La broma infinita es la adicción desenfrenada al mundo del entretenimiento, El rey pálido opta por ocuparse del aburrimiento como ética y estética, instalándose en una agencia tributaria de Peoria, Illinois, 1985. Oficina a la que un día llega un veinteañero de nombre David Foster Wallace, quien es y no es aquel que lo arma y desarma.
Así –al igual que títulos encomiables como Casa desolada de Charles Dickens, Moby Dick de Herman Melville, La pianola de Kurt Vonnegut, Algo ha sucedido de Joseph Heller, JR y Su pasatiempo favorito de William Gaddis o Y entonces llegamos al final de Joshua Ferris–, El rey pálido es otra trabajosa y muy trabajada gran novela sobre el trabajo que pone a trabajar a ese trabajador que es el lector.
Pero, por encima de todo, El rey pálido es una novela del lenguaje. O, mejor dicho, de David Foster Wallace como idioma más que como, apenas, estilo. Aquella instancia a la que sólo acceden los grandes y a la que –advertencia– cuesta seguirlos. Wallace creía que “la buena narrativa debe reconfortar a quien está alterado y alterar a quien se siente cómodo”.
Misión cumplida.
Digámoslo así: entrar a la alteradora y reconfortante El rey pálido equivale a sumirnos como becarios explotables, y a hacer horas extra a las órdenes de un jefe tan exigente como imprevisible. Pero, ah, de golpe todo hace clic y encaja, y el placer de poder contar que uno estuvo allí. El idioma impuesto al servicio de los impuestos como hasta hora impensable y torrencial motivo narrativo. La mecánica de la burocracia mutando a folletín zombi cuya conclusión prometía una conjura entrópica digna de Thomas Pynchon. Tal como están las cosas, El rey pálido es algo así como si el nabokoviano Charles Kinbote de Pálido fuego se hubiese sentado a escribir una temporada completa de The Office. Pero que a nadie espante o disuada la falta de final. Nada le interesaba o preocupaba menos a Wallace que la última página: “Las novelas son como matrimonios. Tienes que estar de ánimo para acometerlas no por lo que será la experiencia sino porque te sientes tan triste cuando se acaban”. Así, como en todo matrimonio perfecto, hay en El rey pálido momentos de irritación feroz y tedio casi estupidizante que –lo comprendemos enseguida– es el modus operandi de Wallace para enfrentarnos, de pronto, a instantes de una brillantez y gracia encandiladores en abismo. Otro chiste sin final, ni remate, sí; pero la ganancia aquí pasa por el viaje y no por el destino final, en las horas de escritorio y no en la vuelta a esa otra oficina llamada hogar.
En uno de los ensayos incluidos en Hablemos de langostas, Wallace definió los relatos de Kafka como “una especie de puerta”, y nos propuso “que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no sólo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre... y se abre hacia afuera: porque durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos”. Lo mismo, pienso, podría decirse e imaginarse de El rey pálido.
“Y estoy seguro, chicos, de que ahora ya saben lo extremadamente difícil que es mantenerse alerta y concentrado en lugar de ser hipnotizado por ese monólogo constante dentro de sus cabezas. Lo que todavía no saben es cuántos son los riesgos en esa lucha.” Así les habló Wallace, en 2005, a los graduados del Kenyon College. Sus tan inspiradoras como inquietantes y ominosas palabras pueden leerse y releerse ahora en el librito This is Water: Some Thoughts, Delivered on a Significant Occasion, about Living a Compassionate Life.
Años antes tuve el placer de cruzarme con él en otro campus made in USA.
No puedo decir que conocí a DFW porque estuve con él apenas por una hora o dos en un bar. Pero sí puedo afirmar que no voy a olvidarlo. Gracioso, simpático, tímido, inteligente, con ese look de Björn Borg grunge y ese pañuelo sobre la frente y anudado en la nuca, como queriendo mantener bajo control todo lo que burbujeaba y hervía ahí adentro.
“Es que sudo mucho”, me dijo, me acuerdo.
Nuestro turno ahora.
De sudar.
Es sano, hace bien, y se eliminan tantas toxinas.
Si no, claro, siempre se puede leer la muy bien refrigerada Libertad de Jonathan Franzen.
viernes, febrero 10, 2012
miércoles, febrero 08, 2012
Sinfonía de sentimientos
Ayer martes 7 se cumplieron 200 años del nacimiento de Charles Dickens. De las notas que he estado leyendo al respecto, me quedo con esta de Rodrigo Fresán en Radar Libros.
...
Pocos autores han tenido la satisfacción y el placer y el privilegio de contar con un retrato suyo a la altura de su vida y obra. Me refiero aquí a Dickens’s Dream, de Robert William Buss, pintado en 1870, y donde contemplamos a un coloso crepuscular, poco antes del adiós, sentado en su escritorio con aspecto entre meditabundo y agotado, envuelto en la espesa niebla de sus creaciones. Allí, un Charles Dickens prematuramente anciano y muy enfermo, consecuencia de una vida turbulenta repleta de grandes esperanzas y tiempos difíciles. Poco queda en ese rostro muy marcado del alguna vez joven angelical dispuesto a conquistar el mundo poniéndolo por escrito y, de paso, hacerlo suyo y a su manera.
Lo que me recuerda que –no hace mucho– leí de la apertura, en Kent, de un parque temático de nombre Dickens World. Una Dickenslandia –con una inversión de 62 millones de libras– que recrearía calles victorianas, arroyos pestilentes, sombras siniestras y espectros navideños. Recuerdo también que, entonces, me pregunté qué sentido podía tener viajar allí cuando, sin moverse de casa, a dos siglos de su nacimiento, resulta tanto más fácil y económico viajar a Dickenslandia abriendo otra vez, para ya no cerrar hasta la última página –y de ser posible ilustrados por sus casi coautores gráficos George Cruikshank o Hablot “Phiz” Browne– cualquiera de sus muchos libros.
Doscientos años después, Charles John Huffam Dickens (1812-1870) continúa siendo no sólo el primer narrador superstar de la historia sino, también, el más poderoso desde entonces. Cuesta pensar (tal vez Stephen King, –quien ha vuelto a maravillarnos con su reciente 11/22/63– en términos de permanencia, fecundidad e impacto mundial) en algún escritor contemporáneo que vaya a ser leído en el 2212 como Dickens es leído en el 2012.
Y (por favor, que nadie me interrumpa para aullar otra vez aquello de que de vivir Dickens hoy estaría escribiendo para la HBO; pero la HBO no ha adoptado ningún Dickens hasta la fecha, aunque Deadwood bien puede ser entendido como el más dickensiano de los westerns) también cuesta imaginar a alguien que haya tenido o vaya a tener una vida como la de Dickens. Una vida, sí, digna de miniserie en la que –como en un juego de espejos deformantes– aparecen como no-ficción todos los motivos de los que casi enseguida se nutrirán sus ficciones.
Así –antes de convertirse en el gran novelista de su era, el más eficiente gestor de sí mismo, el infatigable luchador contra la piratería de sus textos y el revolucionador del folletín elevándolo a forma de alta cultura–, va un breve recuento de capítulos: su infancia primero feliz, pero casi enseguida pobre y con padre en la cárcel (traumas de los que Dickens jamás se repondría y de ahí la abundancia de caídas en desgracia, niños hambreados y de robustos calabozos en sus historias); el pequeño trabajador en fábricas siniestras y esclavizadoras (cuyo recuerdo pesadillesco e inolvidable, una vez famoso, lo llevaría a involucrarse en numerosas causas benéficas sociales y reformistas en beneficio de la clase trabajadora); su efímero paso por un bufete de abogados; su veloz mutación a reportero inquieto (con el tiempo, varias de sus muchas crónicas de “viajero sin propósito” contendrían muchos recursos de lo que suele atribuirse recién al Nuevo Periodismo); su frustrada vocación actoral (que retomaría con pasión casi autodestructiva en sus últimos años, representando a sus personajes en lecturas públicas y, de paso, fundando los horrores y placeres de los actuales tours literarios); su primer amor imposible (no se lo consideró buen partido) por Mary Beadnell, a quien reescribió como la Dora de David Copperfield; su boda con Catherine Hogarth (a la que atormentó con dedicación y quien le dio diez hijos), sus viajes “de denuncia” al Nuevo Mundo y su estudio y mesa recibiendo a grandes entre los grandes (Alexandre Dumas, George Eliot, Ralph Waldo Emerson, Victor Hugo, Henry Wadsworth Longfellow, Alfred Tennyson, William Makepeace Thackeray, Thomas Adolphus Trollope y un largo etcétera lo frecuentaron o intercambiaron cartas con él); el turbulento fin de su matrimonio y su complicado y “prohibido” romance con la joven actriz Ellen “Nelly” Ternan; su interés en lo paranormal y su implicación en The Ghost Club; el accidente de tren al que sobrevivió milagrosamente en 1865 (recuperando de su vagón el manuscrito de Nuestro amigo común) y del que nunca se repuso del todo y fue inspirador de últimas y siniestras fantasías como “El señalero” y El misterio de Edwin Drood; sus cada vez más frecuentes desvanecimientos sobre el escenario por agotamiento; su muerte en casa luego de haber trabajado todo el día, pluma en mano; su deseo contrariado de un entierro humilde y privado y su tumba en la Poet’s Corner de Westminster Abbey; sus lectores llorándolo sin consuelo.
Después, claro, su inmortalidad altamente radiactiva (podría decirse que entre sus muchos alumnos los mejores incluyen al canadiense Robertson Davies y al norteamericano John Irving) y los habituales regaños a “Mr. Popular Sentiment”, casi siempre condenando las imposibilidades y casualidades de sus argumentos y el desatado sentimentalismo de sus héroes y heroínas. De acuerdo, algo de eso hay; pero también es cierto lo que se vio obligada a admitir Virginia Wolf –al igual que Henry James, muy crítica con Dickens– en cuanto a que “cuando lo leemos nos vemos obligados a remodelar nuestra geografía psicológica”.
Y, de nuevo, lo del principio: Dickens no fue y no es sólo un escritor. Dickens (“Dickens nos expande”, diagnosticó Vladimir Nabokov) es y fue un creador de todo un mundo, de otro mundo que está en éste.
Dickenslandia otra vez.
Y, una vez que viajamos y entramos allí, suyas son las reglas de etiqueta y las leyes físicas que la rigen y, enseguida, nos rigen a nosotros. Y somos tan pero tan felices.
¿Alguna queja más?
Aquí y ahora, en una reciente encuesta británica sobre los cien libros más importantes de todos los tiempos, Dickens se apuntó con cinco títulos, ha sido adaptado al cine más de ciento ochenta veces, fue billete de diez libras entre 1992 y 2003, y no hay Navidad en que alguien repita, alzando las copa, aquel “God Bless Us, Every One!” de Tiny Tim. Lo que equivale a exclamar –más allá de cuál sea, o no sea, nuestra fe religiosa, imposible no creer en él, en su eternidad que es la misma eternidad de Shakespeare– un “¡Dickens nos bendiga a todos!”.
Gilbert Keith Chesterton lo puso mejor que nadie: “El escritor inmortal, en mi opinión, es el que hace algo universal de una manera especial (...) Y Dickens es tan universal como el mar. Pero aún nos queda por andar un largo camino hasta que podamos agotar a Dickens (...) La posada no lleva al camino: es el camino el que conduce a la posada. Y todos los caminos conducen a una última posada, donde hemos de reunirnos con Dickens y con todos sus personajes y, cuando bebamos de nuevo, será el vino de las grandes garrafas en la taberna del fin del mundo”.
Mientras tanto y hasta entonces bienvenidos para siempre a esa inagotable posada que se llama Dickenslandia. Posada que se inauguró el 7 de febrero de 1812 y que no cerrará sus puertas hasta la última vuelta para todos del mundo tal como lo conocemos y como nos lo hizo conocer su fundador y patrón.
Muchas gracias por todo.
Y muy felices doscientos años.
Y que cumpla muchos más.










