jueves, enero 19, 2017

601

Un día fructífero, desconectado y escuchando música, y por más de un momento barajo la idea de seguir así, pero no hacerlo es imposible. Me conecto para acceder a las redes sociales, pero también para revisar mi correo electrónico, que me entrega un par de mails excluyentes, positivos, por cierto.
Como estuve solo en casa, llegada la una de la tarde me enfrenté a la disyuntiva: o salía a almorzar o cocinaba algo para almorzar. Opté por la segunda opción. Varios platos se me presentaban como posibilidad, y estos debían seguir en la onda de lo que vengo comiendo, alimentación que cumple su noble propósito: bajar de peso, en especial destruir la alegre acumulación de grasa en mi panza.
Compré carne molida, fideos y salsa de tomate en lata, nada complicado. Sin embargo, un pequeño problema adquirió dimensiones no pensadas: tenía una botella de vino, la misma que me observa desde hace ya algunas semanas, entonces decidí que ya era hora de darle el curso respectivo, pero mis ganas por beber vino se interrumpieron porque no encontraba mi sacacorcho, de color guinda, el cual siempre cargaba conmigo. Me puse a buscarlo, y tal y como sucede con los ansiosos, la calma fue cediendo ante la desesperación, lo que me llevó a poner de vuelta y media mi habitación y desordenar vesánicamente cada espacio de mi casa en donde pude dejarlo. También recordaba lugares, potenciales espacios de olvido, pero por más que barajé algunas opciones, que devenían en un lugar, lo mejor fue darlo por perdido. Aceptar su pérdida. Esa sola sensación puede resultar dolorosa cuando has tenido tan cerca un objeto que deja de ser inane al saber que te acompañó por más de diez años.
Ahora que respondo los mails, aprovecho en ver el movimiento de información en Facebook.
¿Es cierto lo que estoy leyendo?
¿En realidad le pasa esto a la media de los escritores peruanos?
Con uno, lo entendería; con dos, lo pensaría sin seriedad; pero que más de quince adviertan a sus contactos de los peligros del sexo virtual ya me parece el grado supremo de la cojudez, que me pone en bandeja el material intelectual del que están hechos. Cuidado, dicen, con las mujeres de apellido extranjero que te envían una invitación de Facebook; las aceptas y comienzas a conversar con ellas. Luego de tres días conversar en el curso de cuatro días, estas mujeres de apellido extranjero te proponen una sesión de sexo virtual. Lo haces. Pero a los dos días esa mujer de apellido extranjero comienza a chantajearte. Pobre de ti que no cumplas con pagarle, porque tu performance a lo Dirk Diggler será vista por todos en Youtube.
O sea, y no es que peque de ingenuo, porque el problema no es si tienes o no sexo virtual, sino la advertencia de los escritores chantajeados, que no es más que la metáfora del arrecho puesto en evidencia. Para este tipo de experiencias, más de uno me demostró que tiene talento para autoparodia compasiva. Por allí podría transitar el futuro, la salvación de la narrativa del yo. Lo firmo.

miércoles, enero 18, 2017

Entrevista a Mike Wilson

"Para mí, Leñador no es una novela sobre la naturaleza, es una novela sobre el lenguaje, sobre los problemas existenciales que surgen del lenguaje y sobre cómo la codificación es paródica. Por eso quise huir de la narrativa en el libro. No buscaba glorificar la naturaleza ni me importaba el conocimiento descrito en sí, ni tengo un interés particular por el oficio del leñador."


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600

No lo tenía pensado, pero tuve que ir al Centro Histórico. Había que hacer algunas gestiones, pero ante todo caminar y respirar sus calles, con mayor razón cuando las he recorrido buena parte de mi vida. La necesidad vital se imponía, solo caminar, tranquilo y sin apuros. En la manera de caminar puedo saber quién camina porque conoce estas calles, como aquel que lo hace incentivado por el apuro, y en este grupo he conocido a más de un mercachifle de libros, que caminan apurados, como si la vida se les fuera en cada paso.
Mi gestión no demoró más de lo que pensé en principio, y decidí caminar por las calles que pertenecen a mis ex costumbres inmediatas, como Quilca y Camaná, saludando a los libreros, cruzándome con conocidos, corroborando que ese par de calles siguen siendo tan mías como hasta hace más de un año.
Antes de llegar al Parque Francia, ingreso a un galpón de libros. Me puse a revisar sin revisar, y sin pensarlo, porque esa es la única manera de llegar a los buenos libros, que son los que te escogen, tú no a ellos. Desconfío pues de los que buscan entre rumas como si estuvieran haciendo un hueco en la arena, seña natural del mercachifle, que ahora abundan en las redes sociales, que de libros no saben más que su precio, sin mostrar el más mínimo interés por su contenido, mucho menos en formar lectores. Mientras miro los libros, recibo una llamada de “Mr. Chela”, indignado, airado por el post anterior. Dejo que suelte toda su furia, pero cuando le digo que estoy cerca de su chamba y que puedo ir si es que gusta, se pone como un gatito al que le acaban de retirar su tazón de lechecita. Entiendo su indignación, un borracho puro y digno no puede ser llamado “Mr. Chela”, aunque con ese apelativo se ha ganado un nombre, igual que “Frejolada”. Una pena: ambos vienen cumpliendo una noble función: son las guaripoleras oficiales del cachetadismo; defensores de lo indefendible, convertidos en siameses que exhiben una cualidad propia de ellos: la eximia práctica del peinapubismo a cambio de trago y pasajes. No les queda otra, la falta de carácter y personalidad en su máximo esplendor: juzgo las actitudes inmorales de “Cachetada” pero chupo con él, no importa si en mi cara le falta el respeto a mi enamorada. Desde esa trinchera, el borracho puro y digno y “Frejolada” juzgan a los perejiles de la narrativa peruana, juzgan a los gomeadores de mujeres, juzgan las pendejadas del mundo académico, juzgan a los profesores con fama de acosadores, solo les falta juzgar a los... Todo se sabe, pues. Pero bueno, si este par de huevas tristes exhibieran un poco de inteligencia, sabrían que les estoy haciendo un gran favor, el último rescate antes de que reviente el chupo en un semanario.
El borracho puro y digno queda en silencio. Y qué bueno que no hable más, porque acabo de ver un par de bellezas: la biografía de Sender a cargo de Jesús Vived Mairal y la novela El diario de Hamlet García de Paulino Masip. Esto es epifanía, pienso, y me sumerjo en un mutismo de cinco segundos. En primer lugar, y por interés no buscado, venía leyendo textos y relatos de Sender, y de alguna forma, recordaba lo que había leído de él en la biblioteca del Centro Cultural de España. No hablo de un autor que me fascine, pero sí de uno del que aprendí no pocas cosas. Ver su biografía no era una oportunidad, sino un obsequio del destino. La experiencia es el destino, ¿no? No importa cuánto tiempo el libro estuvo en esa ruma, lo que en verdad importa: ese libro me esperó. La novela de Masip la leí porque un pata me la prestó hace un par de años y desde que la leí la venía buscando, además, y hasta cierto punto, ya había tirado la toalla por encontrarla. Pero como se deduce: la novela también me estaba esperando.
Tenía que seguir mi camino, pero había que esperar porque la dueña del galpón discutía con un comprador, a quien reconocí. Lo poco que oí de la conversa fue más que suficiente, inconcebible cuando los libros están baratos: el regateo del mercachifle. El mercachifle se fue y le pagué a la señora lo que me pidió. Al llegar al Parque Francia me senté en una banca y prendí un pucho. Me puse a revisar la biografía de Sender. A menos de cinco metros de mí un grupo de chicas y chicos ensayaban una coreografía, cada uno de ellos llevaba una antorcha y la luminosidad que se desprendía de sus movimientos, en confluencia con la luz de los postes, irradiaba de un violeta-naranja la fachada de la iglesia del parque. Cuando quise tomar una foto de esa luminosidad que hechizaba, no pude hacerlo porque me había quedado sin batería. Entonces le pregunté a una de las chicas de aquel grupo si siempre ensayaban en el parque y me respondió que sí, todos los martes a partir de las ocho de la noche, siempre y cuando no vengan las camionetas de la municipalidad. Me quedé un rato más observando las coreografías.
Antes de retirarme, usé la poca energía de mi batería para llamar a casa y decirle a mi padre que posiblemente llegaría un poco más tarde. Esa es la costumbre que tengo desde hace años, no es necesario pedir permiso, solo hace falta decir que llegarás, ya sea más temprano o más tarde. Me despedí de la chica que me había dado la información de su grupo de coreografía. Camino hasta Wilson, entonces llamo a “Jeremy” de un teléfono público y le pregunto por ese lugar en donde días atrás había probado lo que, según él, era el mejor choripán de su vida. Dato importante que no podía dejar pasar, porque el choripán sí es una de mis debilidades. “Jeremy” me dio las señas. Había que caminar hasta la intersección de Wilson y 28 de Julio, por la recta de institutos y universidades. Y hacia ese destino me dirigí, pero antes pasé por una pastelería por un café y una leche asada, una pastelería de la que no sé su nombre, solo que está en la esquina de Wilson con Bolivia, pastelería a la que solía ir con mi amigo José Pancorvo, si es que la hora era propicia, y si en caso la hora no era la adecuada, matábamos la borrachera en uno de los chifas de Alfonso Ugarte. Imposible no recordar a José, muy buen poeta ajeno al circo del circuito, enfocado en estudiar y en leer con una voracidad que en lugar de intimidar, estimulaba. En esa pastelería fue la última vez que conversamos, a fines del 2015, meses antes de que muriera de cáncer.
A paso lento llegué a ese negocio de choripanes argentinos. El negocio era nuevo, mas no el local en el que se hallaba, que sí conocía. Ese local tiene su historia: a fines de los noventa sirvió de punto de reunión para los estudiantes de las universidades Agraria y De Lima, de donde partían a la Plaza San Martín. Hablo de una cochera en cuyo ingreso ahora se ubica el negocio de venta de choripanes argentinos, vendidos por una señora peruana, un joven colombiana y un patita que habla como argentino. Pedí un choripán. “Jeremy” me llamó y le dije que había llegado al lugar y este me dijo que el choripán era mucho más que esa estafa del Tip Top, entonces corté la llamada para poder degustar del choripán sin las interferencias del asombro. El choripán estaba muy bueno y si tuviera que ponerle nota, pues bien ganado su 6.5. La cochera era grande y se podía fumar sin molestar a los demás comensales, además, tuve curiosidad por reconocerlo bien, que suponía grande, pero no tanto. 
Pagué el choripán y tomé un taxi en Wilson. El chofer era un tío de cincuenta y pico y este escuchaba el Animals de Pink Floyd, que recién acababa de programar en su USB. No se podía pedir más.

martes, enero 17, 2017

599

Me pongo a revisar la edición de La República del último domingo y encuentro una reseña positiva del reconocido crítico Federico de Cárdenas a la última película de Oliver Stone, Snowden.
Si había una película que quería ver, quizá una de las pocas que me llamen la atención de la empobrecida oferta de películas de las multisalas limeñas, esa era precisamente el biopic de este ex agente de la CIA y la NSA. Leo la reseña a la vez que doy cuenta de una ensalada de frutas y reviso la nueva novela del “Jeremy”, que anda embalado, escribiendo como un poseso día y noche, algo que me satisface porque de los Zepitas es quien más talento mostraba para la escritura en comparación a “Mr. Chela” y “Frejolada”, que a la fecha andan entregados a la promoción del Cachetada´s Fans Club. Una pena, mientras haya necesidad de tragos y pasajes para la semana, “Cachetada” tendrá poder en almas sin talento y sin principios que justifiquen cada una de sus cojudeces, como el haberse burlado de Miguel Gutiérrez en su velorio. E imaginar que más de un Cachetada Kid se alucinaba seguidor del autor de La violencia del tiempo, cosas pues de nuestra fauna literaria. 
Fui a ver Snowden con mucha ilusión, pero ni bien pasaron diez minutos, supe que estaba ante un paquete, ante un desperdicio de lo que pudo ser una muy buena película y vaya que tenía motivos para sea así. Personaje héroe perseguido por el Imperio tras revelar los métodos de espionaje de sus servicios de inteligencia, métodos que no solo invaden las instituciones de los países enemigos del Imperio, sino que también se inmiscuyen en las vidas privadas de las personas. Entonces, ¿en qué falla la película? ¿Por qué esta no despega? Por ello, luego de pensarlo, teniendo la respuesta, pero a la que no quieres recurrir para no caer en el prejuicio, te das cuenta de que Stone ha perdido la inspiración creativa. Hubo un tiempo en que las películas del director norteamericano me entusiasmaban, pero sus últimos trabajos han manifestado una constante destrucción de su nervio narrativo, aniquilados por la ideología y el afán de denuncia.

lunes, enero 16, 2017

598

Me sirvo un jugo de plátano con leche y me aboco a ver las noticias antes de sentarme a trabajar.
Y ahora que escribo el post, barajaré la idea de no ver noticias, al menos no después de mi primera sesión de pesas. Porque lo que acabo de ver, y de ser cierto, se pondría en tela de juicio el discurso de todos aquellos intelectuales y líderes de opinión de izquierda que apoyaron la candidatura de Ollanta Humala en el 2011. En lo personal nunca me convenció la candidatura de Humala, porque me resultaba imposible apoyar a alguien de quien se sospechaba como violador de derechos humanos. Apoyar a un personaje como este fue el mayor error de la izquierda en su historia. Aplaudir a un cachaco ignorante, de quien se decía que era un violador de derechos humanos, no fue más que el reflejo de la verdadera crisis moral de la izquierda. Ahora el discurso de la izquierda peruana se socava más, porque las informaciones provenientes de Brasil señalan que Lula Da Silva dio el visto para que Odebrecht donara 3 millones de dólares a la campaña de Humala, campaña que recuerdo como millonaria. Sin duda, la derecha es lo que es en este país porque tiene ante sí a la izquierda que necesita. 
Entonces, hago lo que debí: apagar el televisor y me pongo a escuchar a John Coltrane. Subo el volumen y en ese ritmo comienzo a desplegar las fichas y el cuaderno sobre el escritorio, debo ordenar los apuntes que hice mucho tiempo atrás, pensando ahora en el ensayo que me han pedido sobre poesía peruana contemporánea. Algunas de estas fichas ya tienen sus años, la amenaza sepia puede verse en sus bordes y, en algunas, en sus centros. Como se supone, me encuentro ante un enfrentamiento con la memoria, me pregunto en qué pensaba cuando escribí sobre un poemario que años después dejó de gustarme. Esas fichas reflejan mi estado impresionista, pero lo que me deja tranquilo es que sí he acertado en la valoración de la mayoría de títulos, algunos han sobrevivido con gallardía, otros resisten gracias al figuretismo de sus autores… Bueno, imagino que más de uno saltará cuando se publique el ensayo, y solo espero que esas reacciones no se parezcan a las reacciones circenses del gordo Gómez.

domingo, enero 15, 2017

597

Mañana de domingo dedicada a ordenar mi cuarto y lo hago mientras escucho The Way de Buzzcocks. De los álbumes de esta banda inglesa, sin duda este es uno de los irregulares, pero también el que resulta ideal para escuchar en el verano. Esa es la fuerza oculta de ciertos álbumes, que pueden permanecer en silencio durante los demás meses del año, pero que adquieren inusitada y mágica importancia en los días y semanas de calor.
Acomodo mis cosas y pienso también en lo que haré el día de hoy. Recoger a mi mamá de la iglesia es un hecho, como también sacar a pasear a Onur, que cada día exige más paseos nocturnos, tres por jornada. De entre los libros que acomodo doy con uno que me viene acompañando en las últimas horas: La ciudad como utopía, publicación en la que se reúne los artículos periodísticos de Sebastián Salazar Bondy sobre Lima. Inevitable no pensar en la tradición literaria de los retazos cuando te topas con libros así, una tradición literaria que ahora nos trae a un Bondy en estado de gracia, y que a uno lo reafirman sobre el poder oculto de esta tradición en paralelo a la supuesta obra mayor.
Sigo ordenando mi cuarto y a medida que pasan los minutos me doy cuenta que mi apuro por tenerlo en orden obedece a que debo tener todo despejado para seguir leyendo, sea este libro de SB, como también Nicotina de Gregor Hens y pegar con la relectura de Diario de Moscú de Walter Benjamin. Entonces, este domingo se pinta de lecturas ajenas a la ficción, pero solo hasta las siete de la noche, hora en la que saldré a recoger a mi mamá. 
Cerca de la una de la tarde salgo a fumar al parque y soy testigo de un hecho peculiar. Veo a una chica y a un pata recolectando firmas entre las puntas que esperan su turno para el partido de fulbito de rigor. La chica con polo blanco y el pata con uno de color morado. Son los recolectores de firmas de Veronika Mendoza y Julio Guzmán, respectivamente. La chica de polo blanco, una morena muy simpática, entregaba una gaseosa por firma conseguida. Pero con el morado, un pata con cara de tapir, la cosa era distinta, los aspirantes a futbolistas y vecinos se acercaban a firmar nomás. Allí está la verdadera radiografía de la realidad, una realidad que debería ser tomada en cuenta por los analistas. Claro, en lo personal, ninguna de estas opciones me genera confianza, pero quien sobreviva a la caldera electoral, cualquiera menos la rata naranja.

596

Me dirigía a San Isidro, en la noche, caminando lento mientras fumaba un pucho. Pensaba en lo pequeña que se me vuelve esta ciudad, no hay día en que no me cruce con amigos, conocidos y uno que otro ser amorfo y contrahecho. Pues bien, mientras negociaba la carrera de un taxi a Arenales, un amigo del barrio, de esos que ya no viven en el barrio pero que regresan al cabo de cierto tiempo, de preferencia los sábados en la noche a visitar a la familia, me pasa la voz. La visita a su familia era solo el primer punto de ese largo camino de desenfreno que significaría su noche. Dejé pasar el taxi y me puse a conversar con John. No había mucho que hablar, pero nuestros silencios compartían un lazo en común: los clásicos de fulbito en los que, literalmente, nos sacábamos la mierda. John jugaba en el equipo crema, lo hacía de delantero, y yo lo hacía en la defensa, de donde organizaba el juego de los blanquiazules de la cuadra. John maneja una teoría, y me la dice cada vez que nos encontramos, que en vez de aburrirme, me hace pensar en mi talento natural que exploté a destiempo. John hizo referencia a lo de siempre: muy tarde me enteré de que era zurdo de pie, mi pie zurdo privilegiado para el fútbol, ajeno de las limitaciones de mi pie derecho y a años luz de mi movimiento natural de la mano derecha. Supe que era zurdo de pie a los 14 años y a partir de esa edad marqué historia. No gané muchos campeonatos, pero sí los suficientes para sentirme satisfecho de lo jugado y disfrutado. Además, me ayudaba la talla, la misma que tengo hasta el día de hoy, porque después de los 14 dejé de crecer. John y yo nos mandábamos campales encontronazos, más de una vez nos sacamos la mierda producto del calor del partido. Nunca pensé que con el pata del barrio que me hablaría más, en síntoma de perenne amistad, fuera con quien más me he trompeado en la vida. No conversamos mucho, cada uno tenía otros rumbos inmediatos. Tomé mi taxi a Arenales y de allí abordé una custer, en donde al bajar en Dasso, recibo el saludo del “Cigala”, que me dijo al vuelo que mi recuento estuvo muy bueno.
Pasan los días y recibo opiniones unánimes por el recuento, y en cierto sentido esperaba las reacciones. Como dijo Bolaño, “si dices lo que quieres, tienes que escuchar lo que no te gusta”, y en ese sentido soy coherente, o intento serlo. Prendí otro pucho, lo hice después de usar el cajero del BCP ubicado en la esquina de Pardo y Aliaga y Camino Real. Caminaba rumbo a mi destino y la cuadra estaba despejada, hasta podría decir que era un espacio poético en su vacío, pero ese espacio vacío y poético se quiebra a razón de un chancho que caminaba en dos patas.
Saqué mi cel para tomarle una foto y publicarla en mi cuenta de Instagram, bajo una leyenda que reflejara mi asombro ante lo que caminaba en dirección a mí. Cuando tuve cerca al chancho, fui testigo de lo inaudito: el chancho no solo caminaba en dos patas, sino también hablaba.
El chancho me reconoció y comenzó a pedirme perdón. Me quedé en silencio, puesto que a lo mejor estaba siendo preso de una alucinación. Pero entré en onda y le dije que no tenía nada de qué perdonarle y así tuviera que hacerlo, no habría problema. Pero el chancho seguía pidiéndome perdón, que lo que dijo debió decírmelo a mí, como se debe, en mi cara, y no a terceras personas. “¡No soy un cobarde, pero no puedo evitarlo!”, me decía.
 Me compadecí del chancho y le pedí que se sentara en las gradas del BCP. Había que hablar, en calma y sin alteraciones. Pero el chancho seguía pidiéndome perdón, como si creyera que lo fuera a sacrificar. Y lo puse en vereda por medio de un electroshock verbal: a mí no tienes que pedirme perdón, sino a las personas que ofendiste, ensuciando sus honras, cuando tenías tu blog en los años de apogeo de la blogosfera literaria, por eso terminaste como terminaste: expectorado por sucio, por chancho, por mal chancho, ahora, por tu culpa no voy a pensar mal de los chanchos. ¿Tan difícil es portarte como un chancho bueno?
Acuérdate, no pases piola. Lo que haces ahora hablando de mí a terceros es lo mismo, prácticamente lo mismo, que hacías en esos años con otras personas, pero lo de ahora no es nada, las bajezas de esos años sí eran cosa seria, porque pudiste terminar denunciado por difamación y calumnia. De esta manera, querido chancho, no se consigue la legitimidad. Tienes que curarte de esas costumbres y abocarte a leer, a ponerte serio. Tienes 46 años y nadie te respeta, ni como poeta, ni como académico, ni…
 Entonces el chancho quedó sumergido en el mutismo de la revelación de su verdad.
Y después de cinco segundos me miró y me preguntó si podía escuchar los poemas que venía escribiendo. 
Para ese momento el cansancio ya me había invadido. Pero le dije que ya. Había que darle una oportunidad y pasar del cansancio. Y el chancho me leyó sus poemas…

sábado, enero 14, 2017

sobre tonterías y mentiras (marthans)

Una entrevista de Zejo Cortez al editor Juan Miguel Marthans, en La República, llama mi atención en esta calurosa tarde de sábado.
La pueden leer aquí.
Primero, y al vuelo, pongamos en orden el carácter de la entrevista, que podríamos ubicar en la tradición de entrevistas tan caras del periodismo peruano: las entrevistas Delivery. En estas entrevistas el periodista de turno no fórmula pregunta ni opinión de relevancia, lo que permite el lucimiento del entrevistado. A esto sumemos el guindón de la entrevista que nos convoca: entre el periodista Cortez y el editor Marthans ha existido una relación editorial.
Dejo de lado las preguntas y me centro en las respuestas y opiniones de Marthans, que coge la posta discursiva de Álvaro Lasso para seguir en la demagogia de la supuesta catástrofe: la crisis de las editoriales independientes.
Felizmente, Marthans no convoca a una pollada, aunque poco le faltó para dicho fin. Pero más allá de ello, sus respuestas me revelan a un tipo que carece de discurso cultural, porque si tuviera un poco de discurso cultural sería más sensato y sincero en sus opiniones y respuestas sobre la verdadera problemática del mundo editorial independiente en Perú: este nunca/jamás se ha interesado en formar lectores. Ese es el punto sensible de la crisis, la no formación de una comunidad de lectores que se identifique con los libros que producen las editoriales independientes. Esa es la tarea no cumplida por prácticamente todos los sellos independientes peruanos desde que aparecieron a mediados de la década pasada. Además, Marthans no dice lo que éticamente debió señalar: el 98 % de las editoriales independientes peruanas no va a pérdida cuando publica un libro porque este es financiado por el bolsillo de su autor. Por ejemplo: su ex sello, Mesa Redonda, es muy conocido por cobrar a diestra y siniestra a sus autores.
 Para quien esto escribe, el cobrar a un autor por publicar su libro es una práctica inadmisible, pero si relajamos un poco la postura, nos encontramos con una característica que refuerza más la dejadez de las editoriales independientes en la formación lectores: el negocio editorial a lo bestia, que nos arroja una presencia de espanto: el fenicio con el rótulo de editor, el fenicio travestido en promotor cultural.
A todos nos gusta el dinero, pero hay que hacerlo en coherencia con los principios, ideales y espíritu crítico que tienen que identificar y configurar a la labor editorial, y con mayor razón cuando te haces llamar editor independiente, y con mucha mayor razón cuando se ha construido una imagen en base a tal. 
Ese es el problema, y lo sabe Marthans. No la sarta de tonterías y mentiras que dice en la entrevista.

viernes, enero 13, 2017

"el pudor del pornógrafo"


Si hablamos de una verdadera generación del relevo en la narrativa latinoamericana, tendríamos que pensar en quien capitaneó este relevo en la década del ochenta del siglo pasado: el escritor, ensayista, traductor y guionista argentino Alan Pauls. Con los años Pauls ha desarrollado una trayectoria por demás atractiva, llamando la atención del público y la crítica con su obra maestra en ficción, El pasado, novela de la que el crítico Ignacio Echevarría dijo lo siguiente: “En el río revuelto de las letras latinoamericanas, del que los editores españoles, cuando van de pesca, no es raro que traigan latas, neumáticos, botas y zapatos chorreantes, el Premio Herralde ha sacado esta vez un escritor auténtico, un pez gordo, reluciente y plateado”. A la par del éxito de esta novela, Pauls venía (y continúa) desarrollando una labor ensayística que se impone a sus proyectos narrativos últimos, como la trilogía de la historia argentina del setenta, conformada por las novelas Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero, que, en lo personal, no me entusiasmaron mucho, prefiriendo al Pauls que piensa y escribe, al punto que si tuviéramos que definirlo como ensayista, nos quedaríamos cortos si lo calificamos como la Escritura. No es para menos, pensemos en dos títulos excluyentes: El factor Borges y Temas lentos.
Tal y como señalamos líneas arriba, Pauls se dio a conocer en la década del ochenta, y lo hizo con una novela breve que se ha mantenido fresca y lozana, a la que el tiempo no le ha dejado surcos en la piel. Hablamos de El pudor del pornógrafo, publicada en 1984 por Sudamericana y reeditada en 2014 por Anagrama en una edición conmemorativa por sus treinta años y que incluye un posfacio del autor.
¿Por qué, a diferencia de otras primeras novelas, esta de Pauls no ha experimentado los embates del tiempo?, sería la pregunta que motiva que el presente texto. Asistimos a más de tres décadas que nos revelan la legitimidad de la escritura del autor, del mismo modo su mirada, privilegiada, potenciada cada vez que enfrenta a sus personajes entre sí.
Podríamos especular que El pudor fue una novela difícil de ejecutar en su proceso de escritura, a ello sumemos su argumento, jalado a más de los cabellos. Una novela como esta requirió de una pluma de oficio, la que le permitió salir airosa de las sombras de la inverosimilitud. Y Pauls lo consiguió a los 25 años.
Nos encontramos con un pornógrafo innominado que se gana la vida brindando placer a hombres y mujeres por medio de la escritura de cartas, ensimismado en una burbuja (su departamento), de donde observa la realidad. Pero esta realidad se representa principalmente en Úrsula, una joven que esporádicamente aparece sentada en una banca del parque, a la que contempla desde su balcón. Participamos de la complicidad de sus intercambios de miradas, que nos recuerda al flirteo decimonónico, mas este contacto se quiebra cuando Úrsula deja de aparecer en el parque, lo que genera en los amantes platónicos un intercambio epistolar. En este intercambio epistolar, el pornógrafo no puede emplear el tono lujurioso que signa sus cartas a hombres y mujeres, más bien apela a la naturaleza íntima del registro y de esta forma abre su corazón a la joven. Ese el problema: el pornógrafo abre demasiado su corazón y sus “exigencias” conllevan a que paulatinamente abandone la inicial intención amorosa para revelar lo que tanto cuidó en ocultar.
Para ser la primera novela de nuestro autor, nos enfrentamos a un artefacto narrativo que se alimenta de géneros que en los años de su aparición no eran tan frecuentados, no como ahora, que en nombre del híbrido se llevan a cabo todo tipo de “proezas narrativas” vendidas como novedad. La naturalidad con la que Pauls funde registros puestos al servicio de la tensión moral de su personaje, lo que deviene en una tensión de la propia escritura, escritura que transita por la invisible frontera entre la escritura contenida y la escritura desatada, tensión que por partida doble genera un impacto no menos letal en el lector de turno, tensión que tiempo después vimos en agraciada luz en El pasado. Gracias a esa tensión del lenguaje hacemos nuestra esta historia inverosímil, y entendemos también la razón de la vigencia de El pudor, vigencia que supera las contadas caídas del aliento cursi, tan propias cuando se escribe de un personaje enamorado en base a la idealización.
En estas páginas nos encontramos con los inicios narrativos de un autor considerado referente cuando se nos habla de narrativa latinoamericana de entre siglos, somos testigos de su actualidad, y lo somos porque desde el principio estaba destinado a ser tal.


… 

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jueves, enero 12, 2017

595

Me sirvo un café cargado y no demoro en sintonizar Canal N. Se tiene que ver lo que se tiene que ver: la protestas en Puente Piedra por el abusivo cobro del peaje, porque este peaje, herencia de Castañeda y Villarán, es una metáfora de la cólera de un esforzado pueblo hartado de cojudeces. Por lo visto, y recalco que lo hago desde la comodidad de mi casa, hubo intromisión de personas ajenas a la protesta, que son las que convirtieron a la misma en un campo de batalla, escenario cubierto por el periodismo local, que cumple su natural función de informar. Pero pienso también en la estupenda oportunidad que un evento como este ayudaría a un potencial narrador, pero ya vemos que nuestros narradores andan más preocupados en eventos más importantes: su convulsionado mundo interior.
Si no me equivoco, el gran Gay Talese señaló que al periodista de hoy le falta la formación discursiva del escritor, pero este carece –por flojera- del afán documentalista, detalle que le impide salir a la calle y respirar ese condimento medular para la prosa: vida. Pero en lo que Talese también incide, y no puedo estar más que de acuerdo, sindicando como el mayor lastre del periodista y del escritor hoy en día: su aburguesamiento. El aburguesamiento aniquila el compromiso interior que se expresa al momento de informar, crear y, como vemos últimamente, en la articulación del pensamiento. Veamos el show: el periodista promedio se saca la mierda pensando en ser contratado por El Comercio; miremos al escritor peruano, escribiendo con el único fin de ser fichado por Planeta o Random, buscando una mesita de participación en el Hay Festival. Hablo pues de un aburguesamiento a la mala…
Volveré sobre el tema en otro post. 
Por el momento debo realizar una actividad excluyente: bañar a mi perro.

miércoles, enero 11, 2017

594

Entonces llega el momento de volver a ciertas páginas de un libro que por casualidad encuentras, y en esa magia casual yace también su nueva importancia, porque lo que buscaba era otro título, pero cómo no te va a llamar la atención esas antiguas ediciones de Alfaguara, su extraña combinación de plomo y morado.
Su delgadez, entre tanto título de más de 400 páginas, destacaba. Así que lo saqué del anaquel y lo revisé. Entonces, recordé cómo fue que llegué a Botho Strauss, a Parejas, transeúntes.
El fragmento elevado a lo que deberíamos entender como experiencia literaria, ajeno, obviamente, del facilismo fragmentario del que somos testigos hoy. Fragmento en toda la amplitud de su indefinición genérica, es decir, textos que sudan riqueza de transmisión. Su brevedad es engañosa, y con libros como este poco o nada vale el apuro, sino la paciencia entendida como placer, pero del placer asumido en sus niveles masoquistas, nerviosos en su cuestionamiento. Solo así lo releeré en los próximos días. 
Cerca de las siete de la noche, me dirigí al Sarcletti tras el espresso de rigor. Desde hace días venía sintiendo la tentación de este café, además, había estado, como aún lo estoy, preso de varios textos que debo cumplir, porque como se entenderá, soy una persona que trabaja mucho, algo que también tendría que ser emulado por más de un escritor local que anda hueveando por la vida a la caza de un golpe de suerte. Me refiero a que se tiene que trabajar más allá del trabajo literario, si es que no se tiene la suerte de vivir de lo que se escribe. Pienso que así nos evitaríamos más de un berrinche, más de un engreimiento, exterminando esa plaga del artista metido a sicario.

martes, enero 10, 2017

593

Me quedé hasta tarde viendo una película de espionaje y también releyendo algunos cuentos de Cortázar. Bueno, eso es lo que suelo hacer los veranos, la relectura como actividad casi excluyente, lo que sí no imaginé fue volver a las páginas de este escritor de quien suponía saberlo absolutamente todo, al menos esa es la sensación que tenemos con los clásicos. Aunque Cortázar sea un clásico joven, la no frecuencia de sus obras lo convierte injustamente en un clásico añejo, impresión por demás injusta, posera, digna de la chibolada lectora de estos de tiempos de velocidades informativas y análisis al vuelo, porque en los relatos de Cortázar aún destacan las cuotas de irracionalidad que bien podrían refrescar la cuentística sin vida, sin riesgos temáticos y formales, de la que somos testigos, no solo en referencia a la que se escribe en Perú, sino más allá de nuestras hermosas fronteras. ¿En qué momento se comenzó a envejecer a Cortázar? ¿Acaso hablamos de una conspiración cultural proveniente desde las entrañas de la rancia academia de derechas? Preguntas antojadizas porque de desgaste de propuesta no hablamos. 
Como me acosté tarde, me levanté tarde. Y me pongo a trabajar. Lo hago mientras miro involuntariamente una conferencia de prensa de Castañeda en Canal N. Entonces decido cambiar de canal, en el acto, no por cuestiones morales, sino estéticas. Pero la intención se frustra porque mi madre me llama para que la ayude. Onur acaba de escaparse. Salgo tras el falso pekinés, que corre vesánicamente por los jardines del parque, buscando a Pinky y Mota, sus eventuales novias. Como ya tengo experiencia en estas lides persecutorias, decido no hacer nada, solo llamarlo, para que el perro ubique mi posición, y me desentiendo del perro, eso: que haga lo que tenga que hacer, porque se pone más inquieto si es que me lanzo tras su persecución. Y perseguir a Onur, créanme, puede llegar a ser una experiencia no solo frustrante, sino también ridícula. Me cobijé en la sombra de un árbol, prendí un pucho, viendo la desazón del falso pekinés al no encontrar a ninguna de sus dos novias, las firmes. Por eso, el perro se me acerca, con su lengua que cuelga hacia el lado derecho y como bueno se posa junto a mí. Entonces lo cargo y regreso a casa con él. Lleno con agua su tazón y lo seca en menos de 30 segundos.

lunes, enero 09, 2017

592

En la madrugada volví a una película que me gustó mucho durante los primeros años de mi adolescencia. En aquellos años había cable y teníamos que estar pendiente de la programación de los pocos canales disponibles. Y lo que recordaba de esta, la sensación recurrente: su visión se mostraba agraciada e ideal en la tarde noche. Sin duda, se programaba en ese horario por tratarse de una película apta para todos, en donde los humanos, a cuenta de nuestro abuso y natural miserabilismo, tenían que enfrentar la rebelión de los simios sometidos y esclavizados. La conquista del planeta de los simios (1972) de J. Lee Thompson. No vi una obra maestra, pero cumplió con regresarme a mis años de impresiones primerizas.
Y ahora al levantarme, y después de desayunar, recibo el mail de una periodista, que quiere hacerme una entrevista, pero le digo que no tengo nada que decir sobre el recuento. Al rato, recibo su invitación de Facebook. Y comenzamos a hablar un rato por allí. Sigue insistiendo, pero le digo que no. Pero me pide el favor que le responda al menos una pregunta. Accedo a responderle esa pregunta: ¿Cómo calificas tu blog en el panorama de la literatura peruana contemporánea? No lo pienso mucho, en parte porque sé de la importancia de este blog, pero lucubro mejor la respuesta, una más iluminadora: le digo que este blog es como la isla de Lost, es el corcho en la botella de vino, un corcho que eleva su importancia cuando se voltea la botella, que impide que el vino se desparrame. Y allí termina mi fugaz conversación con esta periodista, que a juzgar por sus fotos es una niña que tarde o temprano se decepcionará del periodismo, solo espero que sobreviva a la realidad. 
Antes de ponerme a trabajar, regreso a las páginas de una novela que en su relectura me muestra su lozanía, su digna resistencia al paso del tiempo, El pudor del pornógrafo de Alan Pauls. Fácil escribo de ella en los próximos días.

domingo, enero 08, 2017

el último lector (ricardo piglia )

¿Qué podemos decir de Ricardo Piglia? ¿Qué podemos destacar cuando voces más autorizadas se vienen ocupando de su vida y obra?
Creo que el mejor homenaje que le podemos rendir, este posible intento de tributo, lo tendríamos que realizar por medio de la memoria emocional, en sintonía con la franqueza de la que fuimos testigos en su ensayística. Solo así tiene que ser recordado un escritor, sin edulcorantes ni idealismos, devolviéndole el favor de lo enseñado y asimilado, en el carácter de su intento, por el que guio su magisterio.
Así es, con Piglia asistimos a dos tipos de magisterios, ambos guiados por la experiencia de la lectura. Tanto en su ficción y su ensayística percibimos la confluencia del vitalismo y el conocimiento humanista, esa confluencia que en otros escritores se presenta como una frontera que deviene en forzada impostura, en su poética adquiría una resonancia que hacía creer al que no podía en que sí era posible llevar adelante actitudes poéticas que se presentaban de divorciadas. Este agraciado matrimonio fue lo que hizo de Piglia un acontecimiento. Recordemos la suma de su búsqueda creativa con Respiración artificial, publicada en 1980. Novela que desde su aparición conoció la rendición de la crítica, pero que no tardó en desempeñarse como un catalizador para lectores con intenciones literarias que buscaban una ruta alterna a la linealidad narrativa imperante. Como se indicó, Respiración artificial fue un acontecimiento y en nombre de ella germinaron no pocos proyectos narrativos signados por el recurso metatextual y el nervio vital. Obviamente, pasaron varios años para que podamos leer novelas que estuvieran en sincronía con la novela que las motivaba, pero esta radiación no cuajó en obras que estuvieran a la altura de su maestría, más bien estas se construyeron bajo su aplastante sombra. Con RA Piglia aseguró un lugar de privilegio en la narrativa en español de entre siglos, además, sería el título faro con el que leeríamos lo que había publicado antes de este y, en especial, lo que haría  después en la resonancia del mismo. Pero Piglia no se conformó con la ficción.
En 1986 publica lo que podríamos llamar una bomba de hidrógeno. Un Piglia que piensa en Crítica y ficción. No solo rescató para las nuevas generaciones de lectores autores como Roberto Arlt y Macedonio Fernández, sino que puso de manifiesto una escuela: la escuela de la lectura. En lo personal, me quedó con el discurso del Piglia lector, ese mismo discurso que también reveló en Formas breves, El último lector, La forma inicial, entre otros.
Años atrás, mientras me desempeñaba como librero, un lector me formuló una pregunta aparentemente sencilla. La siguiente: ¿Cómo calificaría a Piglia? Creí tener la respuesta a la mano, pero no. Mi cabeza en contados segundos se disparó en más de una potencial respuesta. ¿Uno de los más grandes narradores latinoamericanos de la actualidad? ¿Un ensayista de primera línea? Preguntas retóricas que ocultaban una silenciosa respuesta. Al cabo de varios minutos, me ajusté a la idea que siempre me acompañó y que solo en la celeridad de la situación adquirió forma: Ricardo Piglia es el escritor que mejor lee la narrativa en español.
Este es su legado mayor: el autor argentino nos enseñó a leer, nos brindó los caminos para enfrentarnos a la tradición narrativa en nuestro idioma, para que a partir de este conocimiento podamos leer activamente en pos de un discurso ensayístico y creativo renovados. Somos partícipes de su formación de lector gracias a sus diarios. Los dos tomos de su legendario proyecto de vida, Los años de formación y Los años felices, no son más que el testimonio de un hombre que se hizo a sí mismo, un manifiesto de honestidad de aquel muchacho que llegó a la lectura y escritura porque ya no tenía nada más que hacer ni bien se le despojó del mundo de su barrio en Adrogué. Es decir, el joven Piglia llegó a la lectura y escritura por aburrimiento.
Piglia estudió Historia y esta no fue ajena en el enriquecimiento de su discurso literario, porque al igual que su admirado Roland Barhes, Piglia no solo nos hablaba de fenómenos, tendencias y tradiciones, sino también nos recreaba una época. A esto, habría que agregar que la ensayística de Piglia poseía una voz, una voz secular que se colaba en la inherente seriedad del ensayista y, obviamente, del conferenciante. Esta voz convertía en proximidad y cercanía el conocimiento del autor, que también podríamos señalar como la generosidad del maestro. En estos diarios somos también testigos de su formación ideológica. Piglia no fue un autor de compromiso político, sino ideológico, y leía al amparo de ese modo de ver la vida, pero sin traicionar la experiencia de su lectura vital. Piglia nos convirtió en lectores salvajes, y por esa sola razón le estamos mucho más que agradecidos.


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