domingo, enero 19, 2020

«las noches hundidas »


En estos primeros días del año me pongo a ordenar algunas zonas intangibles de mi biblioteca, hecho que en principio parece fácil, pero que va mostrando su real cariz a medida que uno dispone de los libros que va encontrando. No sé cuántos libros tengo, pero cada vez que me sumerjo en estos quehaceres veraniegos, encuentro una que otra sorpresa, como la novela corta Las noches hundidas (editorialuz sesenta,1968) de José Antonio Bravo. No recordaba si la había leído y no me hice problemas, me puse a leerla y no pude ser ajeno a la extraña satisfacción que me dejó la novela.
Para los que aún no lo saben: Bravo fue un destacado autor peruano, dueño de una novela muy saludada en su tiempo, Barrio de broncas (1971), responsable también de una pequeña biografía de Martín Adán, varias antologías de narrativa peruana, obras teatrales y poemas publicados en revistas literarias.
Sin embargo, a Bravo se le conoce más por ser uno de los mejores profesores de talleres de narrativa que haya tenido este país. Al respecto, pienso en la dedicatoria de Guillermo Niño de Guzmán en su antología de narradores En el camino (1985), lo que nos permite tener una idea de lo importante que Bravo resultó para la formación de narradores en ciernes y el fortalecimiento de aquellos que ya tenían años en el oficio.
En su brevedad, Las noches hundidas proyecta un fervoroso deseo: el de su narrador protagonista, que anhela dedicarse a la creación literaria. Bajo esta intención, el autor presenta un grupo de personajes que comparten los mismos deseos que el narrador. Entonces, se entiende que hay no pocas referencias a la literatura, del mismo modo a la intensidad vital que esta motiva. Sin embargo, no estamos ante una historia lineal, por el contrario, es evidente su premeditado desorden que se sostiene en pasajes muy interesantes en la morfología del fraseo, característica que no la libra de algunos baches en cuanto a la repetición de sucesos. Bravo abre la narración hacia supuestos y ensoñaciones, lo que me lleva a pensar en la influencia de la pintura y la poesía, en especial esta última, porque se puede apreciar una permanente luz poética, en especial durante las intervenciones de un personaje que recordaré, Ambrac. 
Bravo tenía 31 años cuando publicó esta novela, es decir, no era un autor tan joven. Pienso en este detalle a razón del homenaje mayor presente en la novela. A las posibles influencias señaladas arriba, Bravo no duda en homenajear al cuento. Hay pues una mirada madura sobre un género que exige cuidada ejecución, y además, esta loa al cuento puede servir para entender la consigna de Bravo en sus ya históricos talleres: leer y narrar con símbolos.

jueves, enero 09, 2020

listas (poesía peruana última)


Hace algunos días algunos amigos me enviaron un par de listas que daban cuenta de los poemarios/poemas peruanos más destacados de la década. Hay que reconocer  la ambición, del mismo modo el arrojo, más cuando nos presentan el lisérgico número de 50 (y pico).
Para algunos, este asunto puede parecer una pérdida de tiempo o una tremenda cojudez, en cambio para otros, como este servidor, sí se trata de una chambaza más allá de si haya trampa o no, o sobre cuáles sean las verdaderas intenciones en esta clase de selecciones en las que encontramos carne y hueso, o llámese también tráfico de intereses. En las parcelas de la especulación todas las sospechas resultan razonables y más cuando se habla de poesía peruana última.
Imagino pues el ejercicio de memoria del colectivo Sub 25 (1 y 2) y el poeta Julio Barco (1). La relevancia de sus listas la dirá, apelando al lugar común, el tiempo. Ahora, me gratifica haber encontrado más de una voz atractiva (yo hice mi tarea, salí a la búsqueda de muchos poemarios/poemas (no pude encontrar todos) para dejar atrás algunos vacíos, además, lo bueno es que aparecieron en días de encierro forzado por las fiestas de fin de año, es decir, hubo tiempo extra para leer lo no planificado). 
Más que Likes, la poesía peruana reciente urge de lectores y no voy a negar que estas antologías al vuelo pueden ayudar a un debate o un seguimiento, o sea, brindar la sugerencia de una cartografía para el eventual lector. Bien sabemos que el circuito poético (al igual que en todos lados) es muy pequeño. Podemos ver las reyertas y olímpicas payasadas de la mayoría de sus integrantes, a los que habría que agradecer por alegrarnos durante la digestión, pero subrayo: lo más importante es recoger la recomendación y de esta manera saber quién es quién en poesía peruana última mediante la experiencia del texto. En cuanto a mí, lo agradezco.

sábado, enero 04, 2020

«palabras de otro lado»


Una de las novelas que debería figurar más en nuestros apurados recuentos literarios es Palabras de otro lado (Galaxia Gutenberg) de Alonso Cueto. La novela, para más señas, resultó también ganadora del II Premio de Narrativa Alcobendas Juan Goytisolo.
Cueto vuelve sobre sus marcas creativas, como la exposición de hombres y mujeres cuestionados por una revelación de último momento. Esto es lo que sucede con Aurora Carhuana, cuya madre antes de morir le confiesa que no es hija del padre que ella siempre creyó. Partiendo de este suceso, el autor comienza a armar una trama atractiva, lo que para sus (no pocos) lectores no es novedad, incluso es posible intuir cómo sería su desarrollo, sin embargo, lo que ofrece la novela no es una trama cerrada, sino un despliegue humano en la interacción de los personajes. En este sentido, la lectura depara no pocos sucesos en la búsqueda de Aurora de su padre, los cuales están enhebrados por los encuentros y la empatía entre estos, lo que lleva a Cueto a descollar en la introspección de los mismos y, en especial, en la sensibilidad de Aurora. Este ingreso a las zonas de lo dicho y lo no dicho, a los circuitos de la especulación, es lo mejor de Palabras de otro lado, novela en la que cada acción viene sustentada por una carga reflexiva que sabe detenerse a tiempo y en la que sus personajes quedan expuestos en sus más escondidas vergüenzas, pero esta exhibición de atrocidades anímicas no depende de la dimensión descriptiva del discurso, sino de la capacidad de Cueto para llevar el orgullo dinamitado a la galaxia emocional e intelectiva del lector. Esta luz deformada está presente en muchas páginas y tiene el poder suficiente para rescatarnos aún de las falencias de la novela (diálogos).
Palabras de otro lado ya se ubica entre las mejores novelas del autor, junto a Grandes miradas, La hora azul, El susurro de la mujer ballena y La Perricholi
Otro aspecto que me atrajo del libro es su frescura, la actualidad temática convertida en protagonista alterna. Imposible no pensar en nuestros nuevos o no tan nuevos escritores, que han hecho del chancaquismo discursivo, de los horrores superfluos y del aburrimiento, las marcas del prestigio sin lectores (o sea, doblemente hasta las huevas), del triunfo de la otra literatura legitimada por el lobby y otras maravillas parecidas. Uno no piensa así porque sospecha mal y cree que todo está hasta las patas. No qué va. No hay motivo para pensar así.


lunes, diciembre 30, 2019

germán marín


En la mañana de ayer domingo me entero de la muerte del escritor chileno Germán Marín. A lo largo del día recorrí algunas webs de diarios chilenos que daban cuenta del fallecimiento de uno de los autores referenciales de la literatura chilena contemporánea. Por esas cosas del azar, desde el día viernes había separado para releer la novela más conocida de este autor: El palacio de la risa, publicada en principio en 1995, aunque mi ejemplar pertenecía a Ediciones UDP, de 2014.
Separé esta novela de Marín movido por la curiosidad de retorno a los densos recovecos de su prosa. El argumento de la novela, metáfora brutal de Villa Grimaldi, conocido centro de torturas de la dictadura pinochetista, no era lo que en esta ocasión llamó mi atención. Me interesó, en principio, volver a la mezcla de registros que llevó a cabo Marín en este proyecto. Hay, pues, lo que llamamos narrativa del yo pero sin ser yo, y mediante esta incertidumbre discursiva Marín brinda un relato social sobre el periodo más oscuro de Chile en el siglo pasado. En lugar de discurrir por la exposición de atrocidades, el autor opta por lo no dicho, abocado a la sugerencia, extraña y que corrompe la prosa y, por ende, la sensación del lector. Es precisamente esta sensación, la búsqueda de esta, lo que me llevó a buscar el libro.
Marín es diáfano pero a la vez complejo, pero ante todo veraz en lo que cuenta, y cuando me refiero a veraz no pienso en verosimilitud, sino a una inmersión en la desazón personal y (como ya indiqué líneas atrás) colectiva de la sociedad de su país. A medida que se avanza en este artefacto rotulado de novela, resulta inevitable no caer presa de un extrañamiento presente en todas sus páginas: la sombra del peligro por medio del recuerdo y la correspondiente reflexión mientras se transita por los interiores y exteriores de Villa Grimaldi. 
Sobre la vida y obra de Marín se escribirá mucho en los próximos días. Marín llevaba una vida de perfil bajo y pertenecía a ese selecto crisol de autores que muchos consideramos perennes. Lo es ya en su literatura, El palacio de la risa es una irrefutable prueba de ello.

viernes, diciembre 27, 2019

listas


No esperaba postear nada hasta el próximo año, pero la conmoción que suscitan los Premios Luces me obliga a salir de mi zona de confort (relecturas) para brindar algunas palabras esclarecedoras al respecto, si es que a alguien le interese mis palabras, como siempre tan saludadas y denostadas. Pero bueno, a lo que iba y para ello me valgo de la pregunta que me hizo el joven narrador Bebé Sinclair en la mañana, mientras disfrutaba de un sabroso pan con chicharrón en el local Palermo de Balconcillo: «¿cuán serios son estos premios del Comercio?».
Los Premios Luces, lo sabemos, son una tremenda cojudez, pero como tal no menos atractivos para sus protagonistas. No importa lo imbécil que pueda ser la metodología del galardón, lo que seduce es el lucro emocional y eventualmente económico que se pueda sacar ni bien el autor lee su nombre entre los nominados. Urge madurez para manejar los vaivenes del fugaz estrellato, una gotita de desahuevina sería ideal en esos momentos que sientes tocar las nubes y, en tal posición de privilegio, ver a la recua que la suda para sobrevivir. Pero ya vemos que las artes del buen comportamiento sucumben ante las redes de la huachafada bienintencionada (prefiero pensar que es así), detalle del que son conscientes nuestros autores, que sabiendo de los peligros del mal gusto, son suicidas y se hipotecan sin más al ruego de votos, a las dádivas de Likes y los oscuros misterios del rebote. 
No hay que ser un dotado de la deducción: nos hallamos ante una mentira. Sin embargo, en esta ocasión la farsa, a diferencia de años anteriores, está delatada por el apuro en la confección de las listas, porque eso es lo que prefiero pensar y no (me aferro a la ingenuidad) en negociados llevados por lo bajo. En la confección de listas resulta imposible dejar contentos a todos, no hay suficientes presas para tan alta demanda, pero al menos un poco de responsabilidad (repaso al vuelo de lo más destacado, tiempo que no demanda más de tres bocados de pan con chicharrón del Chinito) podría suscitar el acontecimiento: que estén los que merecen estar, al menos hacer el intento.

martes, diciembre 24, 2019

cuentarios peruanos 2019


Ya cerrada la temporada editorial 2019, debo decir que, en lo literario, ha sido un año mucho mejor que el anterior. En este sentido, pienso en el género que ha sido protagónico, el cual suscitó interés y anuencia en los lectores: el cuento.
Me alegra, y mucho, por tratarse de un género no pocas veces maltratado, mirado de reojo, que no despierta esa algarabía que sí la novela, al punto que se piensa (y mal) que cuando se habla de narrativa peruana actual se hace referencia a la novela.
Curiosamente, los títulos más destacados han sido publicados por editoriales grandes. Hasta hace un tiempo se solía creer que si algún refugio tenía el cuento, este se lo podía brindar el espectro de las editoriales independientes, que dicho sea, han demostrado un año más su evidente crisis de catálogo, al menos antes los independientes salían a buscar.
El libro de cuentos del año se reparte entre tres títulos: Resina (Seix Barral) de Richard Parra, Todo es demasiado (Emecé) de Christian Briceño y Algunos cuerpos celestes (Peisa) de Augusto Effio Ordóñez. Hasta hace algunos meses, ubicaba lo de Briceño como el cuentario más sólido (que a decir de muchos buenos lectores lo es), pero no voy a negar que lo de Parra y Effio sí me generan razones para expandir el entusiasmo por este género tan difícil y a la vez muy incomprendido, usado por varios autores como puente a la novela. El cuentario, lamentablemente, es una especie de tarjeta de presentación en sociedad, requisito indispensable para seducir a los editores de turno con el proyecto de novela. En estos tres títulos hallamos no solo oficio, sino también una mirada del mundo de los autores, la cual no se resiente por efectismos y amaneramientos verbales con inclinación al bostezo. Además, mediante la configuración moral de sus personajes es posible conocer los circuitos anímicos y temáticos de los que se nutren sus autores. No hay satisfacción más saludable que encontrarse con plumas con personalidad, que no dudan en exponer la vergüenza interna, la humillación silenciosa y caprichosa, y en especial, ese afán por querer comunicar algo a los lectores.
También subrayo la aparición de Los ríos de marte de Yeniva Fernández, Nunca seremos tan jóvenes como hoy de Carlos Arámbulo, La otra orilla de Alejandro Susti y Jamás en la vida de Fernando Ampuero. Estos tres libros han tenido rebote desigual en prensa, del mismo modo saludos críticos encontrados. Pero esa es la idea, suscitar diversas opiniones. En el caso de Fernández, su libro (que contiene una novelita y cuentos de su primer libro Trampas para incautos) ayuda a visibilizar una propuesta que transita entre el detallismo y el registro fantástico. En el caso de Arámbulo, su cuentario lo asumí como un eslabón más de la cadena de intereses que lo configuran como autor de ficción. Basta leer su producción para darnos cuenta de que como creador no se queda en un solo estilo; sus dos cuentarios y la novela que lleva publicados son prueba de este braceo, el cual realiza con oficio y fidelidad a su tema: la intensidad de la vida. Si hay un autor peruano a quien debemos leer íntegramente, ese es Arámbulo. En cuanto a Susti, no podemos dejar de destacar que su cuentario (ganador del Premio José Watanabe 2018 de la APJ) derrocha una transparente fineza estilística. Para Susti no existen las reglas clásicas del cuento, para él lo que importa es el cómo, el tejido narrativo y la exposición de sensaciones no dichas de sus personajes, como en los cuentos «El balneario» y «Después de la batalla». No es un autor que tienda a lo comercial, más bien, su poética exige de un lector entrenado. Susti es dueño de una obra con variados intereses (también es editor, ensayista y músico) y en el plano de la escritura de ficción este es su título más importante. Si bien es cierto que el último cuentario de Ampuero no está como conjunto entre lo mejor de su rica producción, hay que indicar que estos cuentos exhiben un estado de gracia que solo se adquiere en años de experiencia, pero lo que me fascina más es la proyección de la vitalidad que se cuestiona y que impone revelación y hechizo en la irregularidad, detalle que no puede ser obviado por los perfeccionistas. Sin embargo, en esta irregularidad, hay una joya del cuento peruano del presente siglo: el homónimo de la publicación. Este cuentario se inscribe en un contexto estelar para el autor, que desde hace algunos años viene siendo testigo de un unánime reconocimiento literario, local e internacional.
Me gustaron mucho dos cuentarios reeditados: el primero pertenece a la narradora Mariela Sala, Desde el exilio, y el segundo a Antonio Gálvez Ronceros, Los ermitaños. Se trata de una excelente oportunidad para los nuevos lectores de literatura peruana de conocer a una narradora con mucho por decir como lo es Sala; en el caso de Gálvez, no podemos dejar de saludar los esfuerzos que se hacen para que su obra llegue a todos los lectores posibles. Si hay un autor al que debemos considerar ya un clásico viviente, ese es AGR.
Aunque podría ser una reedición, pienso en la magia de Pajarito de Claudia Ulloa Donoso. Esta es uno los libros que transmite la luz natural del talento. Aquí hay relatos de la autora que pudimos leer en el celebrado El pez que aprendió a caminar más otros de reciente aparición. 
Y para terminar, el título de uno de los nuevos narradores peruanos más representativos: El que golpea primero golpea dos veces de J.J.Maldonado. Maldonado ya nos había dado luces de su talento en su primer cuentario Los Buguis y en esta ocasión refuerza con ventaja las impresiones que se tenían (y se esperaban) de él. Asistimos pues a la marca de agua de Maldonado, la nervura del estilo y personajes ensimismados en la oscuridad. Para Maldonado, el asunto/argumento es importante, pero más lo es el cómo, en este caso, creer sin reservas en el protagonismo del lenguaje (no es lugar común, y hay que subrayar la cualidad porque no me refiero a si el lenguaje es correcto o trabajado, sino a su dimensional moral en su configuración).


lunes, diciembre 02, 2019

juego de favores


Un artículo de Ignacio Echevarría me lleva a uno que escribí para Caretas (edición impresa 2616). Ambos textos muestran una inquietud en común: la conformación de los jurados de los premios nacionales de literatura.
Como ya sabrá el lector atento, el Premio Nacional de Literatura de España lo ganó Lectura fácil de Cristina Morales. Esta es una novela que se alzó también con el Herralde 2018 y que confirma no solo el constante buen momento de la autora, sino también un proyecto que, en mi opinión personal, es uno de los más sólidos del imaginario narrativo hispanoamericano actual. Echevarría incide en que habría que mejorar los mecanismos de selección de los jurados en cuanto a su preparación para los textos escritos en catalán y euskera.
Imposible, entonces, no pensar en los ganadores del último PNL peruano en sus tres categorías (Literatura Infantil y Juvenil, Cuento y Poesía), que no han despertado el entusiasmo de nadie. Este galardón del Ministerio de Cultura tiene todo para convertirse en el más importante del país, por la sencilla razón de que transita por títulos ya valorados por la crítica y los lectores. Pero claro, si hablamos de este ministerio, no podemos dejar de pensar en su dejadez cíclica, la cual viene condimentada con una soberbia burocrática, que nos lleva a un despilfarro de dinero y a una mentira: que sus libros premiados son los mejores en sus respectivas categorías. 
Al Mincul no le interesa trabajar en pos de una claridad, le importa poco (o nada) filtrar los nombres recomendados por las instituciones académicas y culturales que proponen a sus representantes para la conformación del jurado del PNL. Todo indica que su labor es servir chizitos, gaseosas y panes con atún. En otras palabras, sus funcionarios creen que están en su chacra y pasan por alto el evidente juego de favores que llevan a cabo las instituciones al proponer a sus «especialistas». Se entiende, pues, que el problema de los jurados es doble: su escaso conocimiento de las publicaciones y su ética. Ante esto, ¿los funcionarios del Mincul deben hacer algo? Por supuesto, porque para eso se les paga de nuestros impuestos, para que protejan los intereses de los lectores peruanos, o en todo caso, hacer menos vergonzoso el juego de argolla institucional que sugiere al causa como jurado.

miércoles, noviembre 20, 2019

clásicos


Hace varios meses tuve la oportunidad de entrevistar al literato italiano Nuccio Ordine a razón de su ya referencial Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal (Acantilado).
Ordine es un defensor de la educación tradicional, aquella que se justifica en la memoria y la reflexión, que para ser eficiente requiere de la participación de un maestro apasionado en la formación del alumno, al que tiene que guiar y estimular en la lectura de los clásicos. Para Ordine no hay otro camino para la educación de calidad que no sea por medio de la lectura de los clásicos. En este sentido, es un defensor acérrimo de la importancia de los mismos, ya que son fuentes inagotables de respuestas.
Hasta aquí, lo dicho no podría pasar del lugar común. Sin embargo, habría que preguntarnos cuánto estamos leyendo a los clásicos. Claro, se trata de una inquietud ingenua. Por ejemplo, los clásicos vienen siendo ninguneados de los programas escolares de lectura (o llámese Plan Lector) que, literalmente, han convertido en millonarios a no pocos mercachifles impresores mediante textos que son axiomática basura. Estos mercachifles han diseñado un plan de promoción y posicionamiento (con la ayuda de mafiosos burocráticos del Ministerio de Educación) en los colegios, el cual les permite excluir todo programa que aborde a los clásicos como se debería, es decir, desterrando los manuales y resúmenes. 
No niego que leer a los clásicos requiere de un esfuerzo, no importa si se tiene experiencia o no como lector. Ingresar a los clásicos puede significar en principio una ardua tarea, pero no hay otra que cumplirla. Como todo en la vida que vale la pena, en este caso el esfuerzo deviene en conocimiento real.

jueves, noviembre 14, 2019

tres decepciones


Este año se han publicado algunas buenas novelas, como Cementerio de barcos de Ulises Gutiérrez, Adiós a la revolución de Francisco Ángeles, Balada para los arcángeles de Luis Fernando Cueto y La Perricholi de Alonso Cueto. Pero también de las otras, de las que en principio tenía expectativas por lo que venía «leyendo», cuándo no, en la redes. Me sumergí en ellas, con toda la buena intención, pero la decepción se impuso como un inesperado tacle en una pichanga nocturna. Lo curioso es que son novelas que pudieron funcionar mejor, tener otro destino y no la desazón que me invadió tras leerlas.
Solo vine para que ella me mate (Planeta) de Charlie Becerra, quien había brindado algunas luces de su talento narrativo en su libro de no ficción El origen de la hidra, comete el craso error de caer en un efectismo discursivo que plastifica la dimensión humana que creemos nos propone: el autorreconocimiento de sus personajes. El argumento es atractivo, pero se impone el desconocimiento de los géneros que se funden en un proyecto que descuida precisamente la densidad que le da sentido a la configuración moral de los personajes, los que a fin de cuentas nos llevan a la verdad textual, inexistente en estas páginas.
Compórtense como señoritas (Paracaídas), de Karen Luy de Aliaga, tenía todo para imponerse como una publicación por demás importante. Sin embargo, el tema de la orientación sexual en un contexto represivo no es suficiente para alterar los sentidos del lector. La autora trastabilla en el tratamiento y no nos referimos a la furia anímica de su narrativa, sino a la ausencia de metáforas que representen la molestia en pos de la libertad (revisar a Marosa Di Giorgio y Alda Merini, a saber). Si en futuras incursiones, Luy de Aliaga deja de abusar de la enunciación literal, podría llegar a marcar un magisterio que no dudaremos celebrar. 
Algo sucede con Raúl Tola. Lo digo con pesar por tratarse de un autor experimentado. En La favorita del Inca (Alfaguara) no solo tropieza con la inverosimilitud (vista también en La noche sin ventanas), sino que es evidente una caída que un escritor de su trayectoria no debería tener a estas alturas: el apuro, pues.

domingo, noviembre 10, 2019

«carta al teniente shogún»


Una de las publicaciones peruanas que quería leer y leí hace un mes (cuánto tiempo ha pasado): Carta al teniente Shogún (Debate, 2019) de Lurgio Gavilán.
Desde hace un tiempo vengo señalando que, al menos este año, la producción libresca local viene mostrando una media de calidad relativamente estimable. De lejos, este 2019 es muy superior a temporadas editoriales pasadas. Esta última entrega de Gavilán confirmaría la impresión, pero ahora hablamos de las parcelas de la no ficción, y en este caso que nos cita, la que se relaciona con la memoria.
Gavilán se hizo conocido por Memorias de un soldado desconocido (2012), publicación a la fecha icónica, no solo como documento sobre los años de la llamada violencia política, sino también como muestra de las grandes posibilidades de la literatura testimonial. En este libro, el autor nos contó su paso por las huestes terroristas, el ejército peruano y la Iglesia. Bajo todo punto de vista, Gavilán es un personaje excepcional.
En su último libro, Gavilán vuelve a transitar por los caminos de la autobiografía. En estas páginas nos habla del teniente que lo rescató de la trampa senderista, pero aquí aplica un registro rico en posibilidades pero a la vez peligros en la administración de sus alcances expresivos: la epístola, como aliento, no como forma.
Hablamos de narrativa del yo. Pero de un «yo» de verdad, sin melindro discursivo y lejano de efectismo ramplón como lamentablemente exhiben (por confusión e ignorancia) algunos autores de esta aldea.
Gavilán nos lleva a sus orígenes. Escribir de estos lo motiva a brindarnos una radiografía ontológica del militar que lo rescató. Para ello, se vale de las armas de la especulación, porque más allá del hecho que significa Shogún para Gavilán, este último no llegó a conocerlo del todo. La prosa es tersa y diáfana, no libre de cierto barniz lírico, que siempre se agradece. Sin embargo, nuestro autor tropieza en las peligrosas aguas del impresionismo, convirtiendo, por momentos, su relato en un insoportable reguero sentimental (que no es igual a sensibilidad), que nos revela una ingenuidad que no podemos justificar en un autor maduro. Gavilán debió aprovechar otras licencias del registro, como la reflexión. 
Más allá de este reparo, CTSH es un documento necesario, una inmersión en la barbarie que a Gavilán le tocó vivir.

sábado, noviembre 02, 2019

reseñismo de competencia


Después de un tiempo, regreso a las redes literarias del lindo Perú. No son pocas las sorpresas que uno encuentra, pero una de ellas llama mi atención, no por ser sorpresa positiva, sino por su evidente lastre, es decir, la negatividad que pocos asumen como rigor.
Así es, el reseñismo.
Si existe el reseñismo amical (el que domina por estos pagos), del mismo modo el argollero y el infaltable vengativo, no podemos dejar de pensar en el reseñismo de competencia.
Aquí el celador aborda la obra de turno desde el ánimo destructor y no tiene la más mínima intención de brindar luces sobre el título que escribe. Lo que le importa al celador es dinamitar para lucirse. No veo nada de malo en el lucimiento de la tradición personal, menos cuando esta se relaciona con la dinámica del estilo en la reseña; tampoco subrayo el hecho de que un escritor desgrane la obra de otro. Sin embargo, para que estos criterios se cumplan, urge dinamitar el lugar de competencia desde el que se escribe. Con mayor razón cuando la obra del celador irradia una prosa amaneradamente imbécil con evidente inclinación al aburrimiento. 
Lamentablemente, esta práctica inmoral desestima el ejercicio de la reseña, proyectando una injusta idea de la misma. Y claro, nos dice mucho de quien se lanza a destruir una obra cuando la suya propia es una mierda al lado de esta.


miércoles, octubre 16, 2019

h. bloom


Mientras disfruto del Centro en la madrugada, en pleno día de semana, ajeno a la algarabía de los viernes y sábados, leo sobre la muerte de Harold Bloom, que ya venía padeciendo de serios problemas de salud. Su deceso no deja de causar extrañeza, porque lo asumíamos como una especie de maestro incombustible más allá de la dependencia bibliográfica.
Bloom fue un gran difusor y enemigo declarado del oscurantismo teórico, a cuyos representantes llamó integrantes de la Escuela del Resentimiento, gracia que le valió cantados odios infinitos. No vamos a negar su desdén por determinadas tradiciones literarias, pero tampoco tenía que saberlo todo. En este sentido, Bloom guio su trabajo en una determinada galaxia de autores y en base a estos forjó una bibliografía monumental, de la que algunos títulos ya son de consulta obligada, pienso en Anatomía de la influencia, mi favorito.
Mi acercamiento a su obra vino a cuenta de la entrevista que le hacen en The Paris Review. Sus respuestas revelaban adicción por la lectura. Había en su discurso una violencia festiva nutrida de impresión pero sin bracear en el lugar común. Después de ese acercamiento, lo leí fuera de la sombra que algunos alocados maestros locales hacían de él.
Leer a Bloom dejaba una marca que no pocos teóricos quisieran transmitir: el lector anhelaba leer absolutamente todo lo que había leído.
Esa es la magia de los maestros: incentivar curiosidad y contagiar pasión.
Bloom sabía que el conocimiento no podía quedarse en los claustros de la academia y que de nada servía dominar las últimas tendencias teóricas si se tenía lagunas formativas. Muchos de sus críticos eran eminencias de la teoría, a los que Bloom enrostraba su desconocimiento de los clásicos. “No puedes hablar de teoría si has pasado por alto las obras completas de Shakespeare y Chaucer”. 
Caprichoso, sí, pero genial.

domingo, octubre 13, 2019

bs18


El día de ayer leí el último número de Buensalvaje, el 18.
Una revista como BS resulta necesaria. Es un medio adicional para compartir lecturas y, en especial, saber en qué van creativamente algunas plumas locales e internacionales.
Desde su inicio, BS se impuso como una revista de difusión y en esa línea cristalizó su prestigio. BS se lee de un tirón, pero también con esa mágica cualidad de la retención de información, que me alegra (y no me sorprende) porque hay textos de celebrada factura y entrevistas que recomiendo (a Patricio Pron (autor de portada) y Rita Segato).
Todo muy pajita/excelente en BS18.
Solo un reparo: el ensayo de Jorge Frisancho sobre la novela Vivir abajo de Gustavo Faverón.
Frisancho, al igual que los muchos o pocos que hemos leído la novela en cuestión, tiene el legítimo derecho de transmitir su impresión que le deparó la misma. Ese no es el problema, sino la forma oscura en que proyecta sus conceptos, a la que habría que sumar una suerte de subestimación al lector (me refiero a la primera parte que tranquilamente pudo quedar a la mitad), del mismo modo un desconocimiento de la verdadera promoción del libro, la cual no se resiente por determinado escándalo, menos por una mala logística. La verdadera promoción nace de la genuina recomendación de los lectores. Hizo falta “calle literaria”, pero este es un punto menor. El lastre mayor, como ya señalé, es el oscurantismo en código abierto que aburre y quiebra el tenor discursivo de toda la revista.
Un texto como este lo puedo justificar en otro medio de distribución limitada, no en BS. Pero hay más, lamentablemente: demasiado espacio (2 páginas) en donde el ensayo pudo ser reseña y así compartir parcela con otras publicaciones no incluidas en este BS18, las cuales han suscitado entusiasmo y, en algunos casos, debate. Pienso en Todo es demasiado de Christian Briceño, La máquina de hacer poesía de Luis Alberto Castillo, Los ríos de Marte de Yeniva Fernández, Algunos cuerpos celestes de Augusto Effio, Resina de Richard Parra, Adiós a la revolución de Francisco Ángeles y La comedia literaria de Julio Ortega.


viernes, octubre 11, 2019

batalla ganada


Tras algunos días de tensión, el gobierno peruano publicó un decreto de urgencia que extiende los beneficios tributarios a la importación y venta de libros por un año más. Hay, pues, tiempo suficiente para que el próximo congreso trate La ley del Libro y esta sea, de una buena vez, permanente y que no esté sujeta a los pesares de la última hora.
Al menos yo la tengo muy clara y no me subo a carro alguno, como sí pretende hacerlo la galaxia de funcionarios públicos que en estos últimos años ha hecho gala de un discurso timorato y amanerado al momento de hablar políticamente de los beneficios culturales de una potencial ley de libro. El verbo de estos sujetos ha estado pautado por el interés personal, aquel que no enfrenta, sino que circula por los márgenes, siguiendo el juego porcentual del MEF. Nos referimos a una actitud digna de cobardes a los que nunca les importó la lectura, solo cuidar sus puestos de trabajo en el Estado. 
Si un mérito hay en esta batalla ganada, se lo debemos a los privados, como la CPL, libreros, editores, distribuidores y gestores culturales. En ellos he visto un discurso más frontal, el cual ha generado una identificación en todos los interesados en promover la lectura en el país, no solo como hábito, también como la única vía para salir del subdesarrollo. He ahí la bulla política que suscitó la posible caducidad de la exoneración, se necesitaba levantar la voz y se logró despertar una preocupación que no solo correspondía a los actores naturales del mundo del libro.



sábado, octubre 05, 2019

prioridad absoluta


Disuelto el Congreso, hecho que millones celebramos por haber puesto fin a una cacerola de gaznápiros y sinvergüenzas a los que nunca les importó el avance del país, muchos se preguntan por el futuro de la Ley del Libro.
Alegría por un lado y angustia por el otro, aunque es justo señalar que el “otro” pertenece a una facción de la élite del país, entiéndase por aquellos que no solo leen libros, sino que también los compran, además, muchos de ellos pueden decir que son peruanos medianamente informados, entre otras alucinaciones de la actitud poseril.
En las últimas semanas estaba viendo en redes un avance al respecto, una postura más firme, como si las entidades interesadas en la ley estuvieran contra el reloj. Lamentablemente, esta suerte de disposición emocional la veía más en los privados (CPL, a saber) que en los llamados naturales a luchar por ella. Así es, los del Mincul.
Sobre el Mincul hay muchas cosas que decir. Sé que más de un intelectual, escritor y artista no quiere meterse con esta institución de la que en algún momento de su existencia espera recibir una que otra migaja. Sabemos de sobra que en el Mincul no solo existe una corrupción burocrática, también una argollaza entre sus oficinas ministeriales.
Si los ministros de Cultura del actual gobierno hubieran demostrado otra actitud, si los integrantes de las oficinas ministeriales relacionadas a la lectura no hubieran exhibido una entrega tan bufonesca, quizá otra sería la historia, a lo mejor sin ley aún pero no tan angustiante como en  la que se halla ahora el circuito libresco y editorial.
Sucede que el discurso empleado fue suave, digno del pecho frío. Desde un principio no se pensó en un discurso político, sino que siguieron la jugada del MEF, que estuvo meciendo a los minculistas con tablas porcentuales y estudios de mercado, cuando lo que urgía era una disposición más frontal que hiciera ver a los del MEF que el valor de un libro no es igual al de un jabón. 
En estas últimas horas, el nuevo ministro de Cultura, Francesco Petrozzi, ha mostrado mayor carácter en este asunto importante. Ojalá, espero, que encuentre el apoyo que necesita. No importa si ha pertenecido a la bancada naranja. Aquí hay un tema que debe ser atendido, es prioridad absoluta.



lunes, septiembre 30, 2019

falta de educación


Me había prometido no escribir por un tiempo de otros temas que no fueran literarios. Ando, pues, en obsesiones muy personales, terminando planes de lectura de la obra de algunos autores y viendo, en el mejor de los casos, hasta dos películas por día. Y claro, escuchando mucha música, descubriendo, revalorando.
Pero poco o nada puedes hacer cuando te topas con el espectáculo deprimente y sucio que ves en el Congreso en una mañana en la que se suponía disfrutarías de un buen desayuno.
Congresistas defendiendo lo indefendible. La repartija evidente en la conformación de los magistrados del Tribunal Constitucional.
Se veía venir. No sorprende.
Pero tampoco hay que quedarse callados.
¿En qué momento se malogró el inodoro?, ¿qué tuvo que suceder para que gentuza como Héctor Becerril, Rosa Bartra y demás representantes del fujimorismo tengan la legitimidad de la población para estar en el Poder Legislativo? O sea, no es normal. Pero ya sabemos que este país forja su identidad, incluso la democrática, en la anormalidad, en la sorpresa teñida de mal gusto.
La solución a esta cadena de impases, de insultos al sentido común, tiene un origen, que deducimos y que ya debemos manifestar en nuestros círculos, con los más próximos: la falta de educación.
Que tengamos que aguantar las agendas politiqueras de los naranjas y los apegos al cargo de algunos caseritos congresales, no es más que un férreo ejemplo de que a este país le falta espíritu crítico. No me quejo ante algo que no me guste, total, las diferencias en el punto de vista enriquecen la discusión, siempre y cuando exista una intención por el bien del país. Este no ha sido el caso. A los naranjas jamás les interesó el país, solo imponer la voluntad de una lideresa, ahora en la cárcel tras algunos meses en los que marcó el devenir político a regalada gana. 
Hay que trabajar en las nuevas generaciones, en especial hay que incentivarlos a leer, no para que solo sean de mayores personas cultas, sino para que desarrollen un espíritu crítico. Con el espíritu crítico otros serían los problemas, no los que estamos viendo en estos momentos, a todas luces provenientes de la matonería y la viveza.




viernes, septiembre 27, 2019

festividad ante todo


Acabo de leer el reciente libro del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez: Estoico y frugal (Anagrama, 2019).
Hay lecturas que son propicias, con mayor razón cuando tu dimensión de lecturas incluye el seguimiento de la narrativa hispanoamericana contemporánea, que al igual que la peruana, tiene de todo.
PJG es un autor fiel a sus circunstancias como persona. Supo hacerse fuerte en lo que podía y bajo ese sendero ha construido una obra con seguidores e hinchas, al punto que basta con que se haga una promoción básica de sus entregas para que el “boca a boca” fluya. Mientras que muchos colegas dependen de las entrevistas en las que se juegan la vida (situación que los convierte en hacedores de estupideces) y la vigencia (no importa si es de temporada) de sus libros, a PJG solo le basta la complicidad de los lectores.
No todos los autores llegan a la galaxia desinteresada de los lectores, identificación tan válida como el escrutinio crítico. PJG es pues una marca que se nutre de sí misma. Lo digo porque considero toda una cojudez que se le pretenda ubicar en el imaginario hispanoamericano como una suerte de “Bukowski tropical”. En lo personal, PJG ya no tiene nada que ver con el entrañable norteamericano. Es más festivo, característica que podemos ver mediante sus personajes, que a pesar del contexto aciago que atraviesan en la cotidianidad cubana, no pierden el afán de vivir, llevando a cabo esa tarea sin importar si se saldrá airoso o no. Ahí el secreto de la poética del cubano.
En Estoico y frugal, PJG nos presenta a su homónimo personaje Pedro Juan, un joven escritor que llega a Madrid con un libro recién publicado. La narración de sus peripecias vitales no son ajenas a las ya relatadas por el autor en anteriores entregas, solo que en esta ocasión el nervio narrativo se direcciona al cuestionamiento de la vocación literaria. El narrador protagonista escribe, actividad que desea cumplir en contra de las oportunidades y desgracias que experimenta. La festividad por la vida es la marca de agua de sus acciones encontradas. 
EyF no es lo mejor de PJG, pero es el título que un autor como él puede darse el gustazo de escribir.

miércoles, septiembre 18, 2019

effio


A estas alturas, ya no tengo dudas: el cuento es el género literario que ha destacado este año en Perú.
Son pocos los cuentarios los que me han parecidos irregulares o mediocres. Entre los que me han gustado, no he dudado en mostrar mis preferencias y simpatías (pueden revisar en los posts anteriores). Refuerzo más esta impresión tras la lectura de Algunos cuerpos celestes (Peisa) de Augusto Effio.
Seguramente, no pocos interesados en literatura peruana ubiquen a Effio. En lo personal, no me sorprende. Esta época de redes ha traído mucha información pero también un injusto olvido de voces más que atendibles. Es tan bestia este contexto que algunos despistados creen que la literatura peruana del nuevo siglo comienza a partir de 2010.
Effio se dio a conocer en 2006, con un cuentario de buena factura, imagino inubicable a la fecha: Lecciones de origami (Matalamanga).
Hablamos de un autor ajeno a las payasadas promocionales de muchos compañeros generacionales, que abrazaron el relacionismo, la guerra sucia, el lustrabotismo, el drenatrolismo, el terrorismo de chat y toda clase de maravillas del arrastrismo. Las consecuencias son incuestionables: la mayoría acabó en las mesas de remate.
Hemos tenido que esperar trece años para leer su nuevo cuentario. Effio no se ha desesperado por “estar”, pero la espera sirvió: estamos ahora ante un autor consolidado.
Uno de los logros de Effio en su primera entrega fue la densa morfología de su prosa, que revelaba oficio, aunque ello no lo libró de ciertas caídas, tan naturales en todo libro debut. En esta ocasión, Effio nos presenta 6 cuentos signados por la exploración en la violencia interna de sus personajes, no pocos de ellos capaces de lo que sea con tal de hacer suya la oportunidad que los saque de una vez de su condición de marginales de sí mismos. En cuanto al aspecto formal, Effio rubrica su referencia como el autor peruano que en la actualidad maneja a gusto (o mejor) los tan complicados circuitos del cuento. Pensemos en el homónimo del libro, en “Berisso y el Oso Maldonado”, “Sacaojos” y en “Si juegas el domingo te incendio la casa”.
Effio lleva a cabo una presión en las zonas incómodas de sus protagonistas, porque sabe que esa es la única manera de poner en alto relieve las sensaciones de vergüenza y humillación que los identifica y que por extensión las transmite, como tiene que ser, al lector. El autor cumple con creces ese propósito aunque en contados pasajes se le pase innecesariamente la mano, resintiendo la luz de los cuentos: la verosimilitud.
Otro factor a destacar es una cualidad casi ausente en nuestra narrativa actual. Los puristas pondrán el grito en el cielo, pero no me importa, en verdad no le debe importar a todo lector que no solo busca calidad, sino también divertimento. Los cuentos de Effio no aburren, no se pierden en la exhibición imbécil de traumas, menos en soliloquios barnizados de ingenuidad. Por el contrario, sus textos fluyen, están desprovistos de solemnidad, tienen vida. (¿Desde cuándo el chancaquismo narrativo es garantía de calidad?) 
Effio es un autor a seguir.

miércoles, septiembre 04, 2019

sin asombro


Como ya lo he indicado en algunos posts, esta temporada literaria peruana viene terminando con dignidad.
Es cierto que no nos hemos topado con obras maestras, pero estas no tienen que existir para firmar un entusiasmo.
Sin embargo, así como hay libros a considerar, están del mismo modo los que ofrecen poco, aquellos de los que esperábamos más y que nos significaron una profunda decepción.
Imposible no tener en cuenta Cuadernos de Obrajillo (Peisa) de Luis Hernan Castañeda, Paul Baudry y Félix Terrones.
El título promete. El cuaderno como espacio indeterminado y metáfora total para la escritura de cualquier registro, es decir, la seguridad de una libertad discursiva asociada, en este caso, a los periodos de mayor riqueza expresiva de José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro.
Como idea, pues estupendo.
Imagino a Castañeda, Baudry y Terrones rumbo al norte de Lima, dispuestos a recoger impresiones del lugar en el estuvieron Arguedas y Ribeyro. Nos referimos a autores reconocidos por su dominio de la prosa y por su conocimiento de la tradición literaria peruana. En otras palabras, son voces dueñas de recursos, pero vemos que estos son insuficientes porque lo que dinamita el proyecto es la actitud que lo construye, el fogonazo pirotécnico que se justifica en la seguridad de la escritura.
Uno cree, y ahora sé que con ingenuidad, que por tratarse de “cuadernos” se explotarían más las parcelas emocionales y las dudas intelectivas, pero no, en CO todo está en su lugar, y ya sabemos cómo se termina cuando no hay una actitud de riesgo y no la hay por la falta de asombro. 
Sin asombro no se llega a nada. No importa si sabes o no. El asombro es la sal en este tipo de proyectos. CO es un libro olvidable.





miércoles, agosto 28, 2019

actitud


A estas alturas de la temporada literaria peruana, no me equivoco si me adelanto a los balances anuales: es un buen año literario. Hemos podido leer  novelas y cuentarios prometedores. Lamentablemente, no puedo mostrar ese mismo entusiasmo por nuestra producción poética, pero más allá de esta impresión, gratifica la aparición de nuevos poemarios, lo que me brinda una esperanza: aún estoy a tiempo de toparme con poemarios que valgan la pena o, en todo caso, que sean la constatación de un futuro seguimiento.
En cuanto a nuestra narrativa, ya he mostrado mi entusiasmo por Cementerio de barcos de Ulises Gutiérrez, Todo es demasiado de Christian Briceño, Nunca seremos tan jóvenes como hoy de Carlos Arámbulo, Nadie nos extrañará de Luis Palomino, Adiós a la revolución de Francisco Ángeles, Jamás en la vida de Fernando Ampuero, Los ríos de Marte / Trampa para incautos de Yeniva Fernández, La perricholi de Alonso Cueto, Balada para los arcángeles de Luis Fernando Cueto… Quizá me esté olvidando de alguno, de ser así, lo consignaré después.
Hace una semana leí lo último de Richard Parra, el cuentario Resina (Seix Barral).
En alguna ocasión escribí algo más o menos así: la situación de la narrativa peruana pasa por cómo sean los libros de Parra.
No es exageración.
La furia de Parra no se la he visto a ninguno de sus compañeros generacionales, que escriben como si una oscura presencia los estuviera vigilando por detrás, ni hablar de conservadurismo (qué dirá mi esposo(a), qué pensará mi madre, ¿si salgo del closet y a nadie le importa?, ¿lo digo o no?).
Como fuere, de Resina hay cuentos que me gustan (los que recuerdo: “Resina”, “Chevy del 64”, “Camposanto”, “Royal Burger” y “En el río Culebra”), otros no tanto. Pero lo que me importa subrayar es el “cable a tierra” que ofrece el autor, que no solo se conforma con la plástica perfección formal. Vemos pues una honestidad, ese nivel de verdad, o verdad emocional, que debe exhibir todo texto más allá del andamiaje de su ejecución. No me refiero, cachorro, a la carga vital, sino a una actitud en la escritura. Lo sé: más de uno ya debe estar quemando cerebro y rascándose los sobacos con este delicado asunto de la actitud.
Nunca hemos tenido tantos escritores, y la mayoría tan cobardes.