viernes, enero 20, 2017

603

Todo el día fuera, caminando la mayor parte, y sudando. Creo que habré perdido diez kilos. A lo mejor ese sea el secreto para bajar de peso: caminar y caminar, desafiando la inclemencia del sol, porque calor, y mucho, sentí, pese a que el cielo mostraba su recurrente grisura triste. A las 10 y 30 de la mañana me encontré con JC en la puerta de la BNP. De allí caminamos por San Borja, conversando de los temas importantes y excluyentes de la literatura peruana. No siempre estamos de acuerdo, pero en los principios, sí. Esa sola caminata de hora y media nos habrá quitado al menos cinco kilos. El duchazo se imponía y mi amigo tomó un taxi a su casa. Por mi parte, sudaba como un chancho y me unté más bloqueador que lo normal. El duchazo era una necesidad, pero no tenía tiempo. Debía ir al centro para encontrarme con Jaime en la Casa de la Literatura Peruana. Me detuve en una tienda y compré una botella de agua mineral. Una amiga me llamó para hacerme una consulta y le dije que la ayudaría en todo lo que pudiera, se lo dije mientras miraba a una chica de no más de un cuarto de siglo, sentada en la banca del paradero entre las avenidas Guardia Civil y Canadá. Tenía las piernas cruzadas y con la rodilla izquierda sostenía un libro, que en principio se me hizo conocido, y para salir de dudas, me acerqué. La chica de no más de un cuarto de siglo leía la obra completa anotada de Conan Doyle en una gigantesca edición de papel cuasi biblia en Cátedra. Por algunos segundos me enamoré. Leer a Conan Doyle en pleno sol, con el ruido de los autos y micros, leyendo cuando la media de personas mira sus pantallas móviles, es un genuino acto de amor por la lectura. Muchas veces he leído en paraderos, pero nunca con este calor de mierda, y cuando lo hacía, siempre en una edición de bolsillo debido a la comodidad. Estuve a punto de hablarle. Pero decidí no hacerlo. No me gustan que me interrumpan y no me gusta interrumpir cuando alguien lee, menos aún en estas circunstancias climatológicas.
Paré un taxi y me bajé en la Estación Canadá del Metropolitano. Para mi buena suerte, pasaba la Línea C ni bien acabada de bajar las escaleras.
Caminé por Carabaylla hasta la Casa de la Literatura, e imposible no encontrarte con amigos y conocidos, con los que intercambié algunas palabras al paso y que se sorprendían al verme, porque saben bien que yo durante el día no salgo. Seguí mi ruta y en la Plaza Mayor inmortalicé algunas fotos en mi Instagram. En la Casa de la Literatura me ubiqué en la zona de bancas y mesas que me ofrecen la vista del río Rímac y esperé a Jaime, con quien fui a almorzar. Conversamos mientras mirábamos sin mirar el discurso de Trump.
Bajé por Camaná y pensé en si debía llamar a mi querida amiga Charlotte, pero no lo hice porque me encontraba cansado, además, nuestras conversas son maratónicas. Al llegar a la esquina de Quilca y Camaná, me cercioré de la catástrofe que embarga al pueblo quilquense, a sus habituales y turistas que se la quieren dar de malditos los fines de semana. Así es, vi cerrado el bar Don Lucho. De ese bar tengo muy buenos recuerdos y no creo que desaparezca, será el mismo bar pero con diferente dueño. Pero antes de cruzar la esquina de Quilca y Camaná, vi un nuevo local de venta de libros, que antes fue una cafetería-restaurante. Regresé y me puse a observar sus libros, que puedo calificar de interesantes y no dudé en comprar tres. Pero antes de comprarlos, me cercioré en su librero. Fernando. Me alegró ver a un pata como él desempeñándose como librero. Y lo digo porque lo conocí en mi etapa de librero y lo formé en lecturas. Pero lo admirable: es un joven que se ha hecho solo. Sé que a ese negocio le irá bien porque hay un librero allí. No me cansaré de decirlo: no es lo mismo un librero que un vendedor de libros. Si él se lo propone, con el tiempo podrá ser el mejor librero del Perú, uno que te hable de lecturas y que su mundo no esté infestado de cuentas, ventas y reventas, signos ineludibles del mercachifle. Felicité a Fernando y seguí mi camino por Camaná, en dirección al Parque Francia, pero antes de llegar al parque, entré a un galpón de libros con el fin de saludar a una amiga. Sin embargo, ella discutía con su esposo, y para pasarla me puse a revisar sin revisar las rumas de libros. Mi idea era saludarla y conversar un toque con ella y regresar a casa lo antes posible para el segundo duchazo del día. Pero la discusión entre ellos hacía imposible mi espera, porque no me gusta esperar. Pasaba los libros de las rumas, hasta que encuentro una edición de Miami y el sitio de Chicago de Mailer. Conozco el libro, hasta tengo una edición de este título en Capitán Zwing, pero siempre seré un apasionado de las páginas teñidas de sepia, de la historia que exhiben a la fecha ediciones como las de Tiempo Contemporáneo de Argentina. Compré el libro. Y me retiré del galpón, en donde ocurriría una matanza más entre mi amiga y su esposo. 
Llego a casa y me recibe Onur con endemoniados saltos. Me arrodillo, cojo su cabeza y lo miró bien para llegar a la conclusión de siempre: es un falso pekinés.

digna de su tradición

Luego de la presentación de Batalla al borde de una catarata (Esdrújula) de Eduardo Chirinos (1960 - 2016), me puse a pensar en algunas impresiones que señalé durante la misma, como también en otras que pensé después. Mientras escuchaba a los presentadores, una sensación incómoda se apoderó de mí, puesto que es un libro que leí a destiempo y que de haberlo hecho cuando debí, sin duda hubiera figurado en mi recuento. Pero también esa incomodidad es una oportunidad para poder recomendarlo, sin necesidad de consignarlo en conjunto.
Por un lado, no sé si llamarlo antología, aunque tenga ese espíritu. Y como bien dicen lo que saben, pienso en Pere Gimferrer, las antologías se leen por sus prólogos. En apariencia, el prólogo de Chirinos podría parecer descriptivo debido a su brevedad (4 páginas), pero sus páginas son tramposas, mentirosas, que de cumplidoras no tienen nada. Por el contrario, en el prólogo se cuestiona la lectura que hacemos de nuestra tradición poética. Estamos pues ante el texto de un auténtico amante de la poesía peruana, que propone leerla con riesgo y creatividad, y vaya que lo hace al considerar a Martín Adán junto a Vallejo y Eguren, de los que parte para armar su selección. Sabemos que Adán, y desde hace tiempo, debe figurar como una de las médulas de nuestra tradición, siendo este un convencimiento en nuestra condición de lectores, pero cosa distinta es plasmar ese convencimiento por escrito, algo de lo que muy pocos se atreven porque ese solo arrojo nos invita a realizar otras (nuevas) lecturas de esa catarata de palabras e imágenes que configuran a la historia de la poesía peruana.
(109 poemas de 47 poetas peruanos.)
Siguiendo con Gimferrer, las antologías, las verdaderas, están llamadas a descubrir y rescatar. Chirinos camina sobre seguro en su selección y bien pudo cerrar su proyecto en este sendero. Pero qué pensar cuando encuentras a poetas como Juan Ojeda, Antonio Claros, Jorge Wiesse y Raúl Deustua en una selección. Claro, con algo de esfuerzo los puedes hallar en otras antologías, uno por aquí, otro por allá… ¿Pero juntos? Ni hablar. Me bastan esos cuatro nombres para saber que Chirinos no armó su selección para el escrutinio académico, sino que lo hizo pensando en el interés del potencial lector de poesía, en manifiesto de su amor a la tradición en la que también se inscribe como poeta. Por otra parte, la selección destaca por su limpieza, y cuando hablo de limpieza me refiero a que el poeta privilegió la experiencia de la lectura, manteniéndose ajeno de los intereses académicos e ideológicos, y carente de sentimientos menores, que inevitablemente hemos visto en otras antologías direccionadas, que al final acaban como empiezan: en el olvido. Y no exagero: en muchísimos años no he leído una antología de poesía peruana que exhiba tanta coherencia, digna de su tradición. 
Como toda antología, podemos quedar satisfechos o no con el arco cronológico empleado por Chirinos para escoger a los poetas, del mismo modo repararemos en la ausencia de uno que otro nombre (el contentamiento no genera antologías llamadas a perdurar), pero están los que tienen que estar y los Poemas seleccionados se justifican en lo que importa: su calidad.

jueves, enero 19, 2017


602

Imposible que no te joda el archivamiento del caso Figari, e imposible que no te joda más el pacto entre el Poder Legislativo y la Iglesia, que cuando se lo proponen, son capaces de limpiar a los suyos sin necesidad de guardar las formas discursivas, haciendo patente una conchudez cuyo objetivo es la provocación: “no se puede probar que esos muchachos fueron abusados sexualmente, no se puede, pasó hace mucho tiempo, además, ahora son hombres profesionales de éxito”, dice el abogado del pedófilo.
Este es el país de los conchudos. La conchudez como postura de vida. La vemos en todas las manifestaciones, avalando injusticias, no necesariamente ligadas al espectro legal, sino también social y cultural. No es muy difícil analizar esta conchudez, el mensaje y su enseñanza no pueden ser más claros: si los padres de la patria son un conchudos, ¿por qué no los hombres y las mujeres de a pie?
Para calmar la furia, tomo el primer duchazo del día. Al salir de la ducha prendo mi celular y encuentro más mensajes de lo que suponía que iba a encontrar. Selecciono los mensajes más importantes, pero esa selección no es más que una criba antojadiza, entonces decido responder todos en el curso de diez minutos. En uno de los mensajes me preguntan si me refiero a Gómez en el post 596. Claro, respondo. Y se lo merece por bajo, huachafo y sucio. Gómez, en lugar de estar tragando y soboneando, debería comenzar a leer, a cumplir lo que Harold Bloom exige de los académicos: formarse en las lecturas de los clásicos. Es decir, el maestro ya sentenció: no puedes considerarte teórico, por ejemplo, no puedes ser un especialista en Lacan, Foucault y Derrida si no has leído los cuentos de Chaucer, si has pasado por alto la literatura medieval, si solo sabes por resúmenes El Quijote, si no tienes idea de Rabelais… Grande Bloom, ese sí es un gordo bueno, admirado, polémico, respetado hasta por sus adversarios, en otras palabras: un gordo bueno con legitimidad. Leer a los clásicos, releerlos, frecuentarlos; lo otro, la teoría, vale, sin duda, pero esta sin la base de la experiencia de la lectura no es nada. Sino, fijémonos en Gómez, que usa la teoría, en un grado supremo de demagogia y aburrimiento, para tapar inútilmente lo que su prosa exhibe: el código efectista del ignorante. 
Ya seco y listo para ponerme a trabajar, una entrañable amiga me pregunta qué película he visto en los últimos días. He visto varias, pero en la madrugada de hoy vi una que me gustó. No es la gran cosa, pero es buena. Cumple en su sencillez: God´s Pocket (2014) de John Slattery. Actúan Christina Hendricks (ajá, ella, la de Mad Men), John Turturro y Philip Seymour Hoffman.

601

Un día fructífero, desconectado y escuchando música, y por más de un momento barajo la idea de seguir así, pero no hacerlo es imposible. Me conecto para acceder a las redes sociales, pero también para revisar mi correo electrónico, que me entrega un par de mails excluyentes, positivos, por cierto.
Como estuve solo en casa, llegada la una de la tarde me enfrenté a la disyuntiva: o salía a almorzar o cocinaba algo para almorzar. Opté por la segunda opción. Varios platos se me presentaban como posibilidad, y estos debían seguir en la onda de lo que vengo comiendo, alimentación que cumple su noble propósito: bajar de peso, en especial destruir la alegre acumulación de grasa en mi panza.
Compré carne molida, fideos y salsa de tomate en lata, nada complicado. Sin embargo, un pequeño problema adquirió dimensiones no pensadas: tenía una botella de vino, la misma que me observa desde hace ya algunas semanas, entonces decidí que ya era hora de darle el curso respectivo, pero mis ganas por beber vino se interrumpieron porque no encontraba mi sacacorcho, de color guinda, el cual siempre cargaba conmigo. Me puse a buscarlo, y tal y como sucede con los ansiosos, la calma fue cediendo ante la desesperación, lo que me llevó a poner de vuelta y media mi habitación y desordenar vesánicamente cada espacio de mi casa en donde pude dejarlo. También recordaba lugares, potenciales espacios de olvido, pero por más que barajé algunas opciones, que devenían en un lugar, lo mejor fue darlo por perdido. Aceptar su pérdida. Esa sola sensación puede resultar dolorosa cuando has tenido tan cerca un objeto que deja de ser inane al saber que te acompañó por más de diez años.
Ahora que respondo los mails, aprovecho en ver el movimiento de información en Facebook.
¿Es cierto lo que estoy leyendo?
¿En realidad le pasa esto a la media de los escritores peruanos?
Con uno, lo entendería; con dos, lo pensaría sin seriedad; pero que más de quince adviertan a sus contactos de los peligros del sexo virtual ya me parece el grado supremo de la cojudez, que me pone en bandeja el material intelectual del que están hechos. Cuidado, dicen, con las mujeres de apellido extranjero que te envían una invitación de Facebook; las aceptas y comienzas a conversar con ellas. Luego de tres días conversar en el curso de cuatro días, estas mujeres de apellido extranjero te proponen una sesión de sexo virtual. Lo haces. Pero a los dos días esa mujer de apellido extranjero comienza a chantajearte. Pobre de ti que no cumplas con pagarle, porque tu performance a lo Dirk Diggler será vista por todos en Youtube.
O sea, y no es que peque de ingenuo, porque el problema no es si tienes o no sexo virtual, sino la advertencia de los escritores chantajeados, que no es más que la metáfora del arrecho puesto en evidencia. Para este tipo de experiencias, más de uno me demostró que tiene talento para autoparodia compasiva. Por allí podría transitar el futuro, la salvación de la narrativa del yo. Lo firmo.

miércoles, enero 18, 2017

Entrevista a Mike Wilson

"Para mí, Leñador no es una novela sobre la naturaleza, es una novela sobre el lenguaje, sobre los problemas existenciales que surgen del lenguaje y sobre cómo la codificación es paródica. Por eso quise huir de la narrativa en el libro. No buscaba glorificar la naturaleza ni me importaba el conocimiento descrito en sí, ni tengo un interés particular por el oficio del leñador."


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600

No lo tenía pensado, pero tuve que ir al Centro Histórico. Había que hacer algunas gestiones, pero ante todo caminar y respirar sus calles, con mayor razón cuando las he recorrido buena parte de mi vida. La necesidad vital se imponía, solo caminar, tranquilo y sin apuros. En la manera de caminar puedo saber quién camina porque conoce estas calles, como aquel que lo hace incentivado por el apuro, y en este grupo he conocido a más de un mercachifle de libros, que caminan apurados, como si la vida se les fuera en cada paso.
Mi gestión no demoró más de lo que pensé en principio, y decidí caminar por las calles que pertenecen a mis ex costumbres inmediatas, como Quilca y Camaná, saludando a los libreros, cruzándome con conocidos, corroborando que ese par de calles siguen siendo tan mías como hasta hace más de un año.
Antes de llegar al Parque Francia, ingreso a un galpón de libros. Me puse a revisar sin revisar, y sin pensarlo, porque esa es la única manera de llegar a los buenos libros, que son los que te escogen, tú no a ellos. Desconfío pues de los que buscan entre rumas como si estuvieran haciendo un hueco en la arena, seña natural del mercachifle, que ahora abundan en las redes sociales, que de libros no saben más que su precio, sin mostrar el más mínimo interés por su contenido, mucho menos en formar lectores. Mientras miro los libros, recibo una llamada de “Mr. Chela”, indignado, airado por el post anterior. Dejo que suelte toda su furia, pero cuando le digo que estoy cerca de su chamba y que puedo ir si es que gusta, se pone como un gatito al que le acaban de retirar su tazón de lechecita. Entiendo su indignación, un borracho puro y digno no puede ser llamado “Mr. Chela”, aunque con ese apelativo se ha ganado un nombre, igual que “Frejolada”. Una pena: ambos vienen cumpliendo una noble función: son las guaripoleras oficiales del cachetadismo; defensores de lo indefendible, convertidos en siameses que exhiben una cualidad propia de ellos: la eximia práctica del peinapubismo a cambio de trago y pasajes. No les queda otra, la falta de carácter y personalidad en su máximo esplendor: juzgo las actitudes inmorales de “Cachetada” pero chupo con él, no importa si en mi cara le falta el respeto a mi enamorada. Desde esa trinchera, el borracho puro y digno y “Frejolada” juzgan a los perejiles de la narrativa peruana, juzgan a los gomeadores de mujeres, juzgan las pendejadas del mundo académico, juzgan a los profesores con fama de acosadores, solo les falta juzgar a los... Todo se sabe, pues. Pero bueno, si este par de huevas tristes exhibieran un poco de inteligencia, sabrían que les estoy haciendo un gran favor, el último rescate antes de que reviente el chupo en un semanario.
El borracho puro y digno queda en silencio. Y qué bueno que no hable más, porque acabo de ver un par de bellezas: la biografía de Sender a cargo de Jesús Vived Mairal y la novela El diario de Hamlet García de Paulino Masip. Esto es epifanía, pienso, y me sumerjo en un mutismo de cinco segundos. En primer lugar, y por interés no buscado, venía leyendo textos y relatos de Sender, y de alguna forma, recordaba lo que había leído de él en la biblioteca del Centro Cultural de España. No hablo de un autor que me fascine, pero sí de uno del que aprendí no pocas cosas. Ver su biografía no era una oportunidad, sino un obsequio del destino. La experiencia es el destino, ¿no? No importa cuánto tiempo el libro estuvo en esa ruma, lo que en verdad importa: ese libro me esperó. La novela de Masip la leí porque un pata me la prestó hace un par de años y desde que la leí la venía buscando, además, y hasta cierto punto, ya había tirado la toalla por encontrarla. Pero como se deduce: la novela también me estaba esperando.
Tenía que seguir mi camino, pero había que esperar porque la dueña del galpón discutía con un comprador, a quien reconocí. Lo poco que oí de la conversa fue más que suficiente, inconcebible cuando los libros están baratos: el regateo del mercachifle. El mercachifle se fue y le pagué a la señora lo que me pidió. Al llegar al Parque Francia me senté en una banca y prendí un pucho. Me puse a revisar la biografía de Sender. A menos de cinco metros de mí un grupo de chicas y chicos ensayaban una coreografía, cada uno de ellos llevaba una antorcha y la luminosidad que se desprendía de sus movimientos, en confluencia con la luz de los postes, irradiaba de un violeta-naranja la fachada de la iglesia del parque. Cuando quise tomar una foto de esa luminosidad que hechizaba, no pude hacerlo porque me había quedado sin batería. Entonces le pregunté a una de las chicas de aquel grupo si siempre ensayaban en el parque y me respondió que sí, todos los martes a partir de las ocho de la noche, siempre y cuando no vengan las camionetas de la municipalidad. Me quedé un rato más observando las coreografías.
Antes de retirarme, usé la poca energía de mi batería para llamar a casa y decirle a mi padre que posiblemente llegaría un poco más tarde. Esa es la costumbre que tengo desde hace años, no es necesario pedir permiso, solo hace falta decir que llegarás, ya sea más temprano o más tarde. Me despedí de la chica que me había dado la información de su grupo de coreografía. Camino hasta Wilson, entonces llamo a “Jeremy” de un teléfono público y le pregunto por ese lugar en donde días atrás había probado lo que, según él, era el mejor choripán de su vida. Dato importante que no podía dejar pasar, porque el choripán sí es una de mis debilidades. “Jeremy” me dio las señas. Había que caminar hasta la intersección de Wilson y 28 de Julio, por la recta de institutos y universidades. Y hacia ese destino me dirigí, pero antes pasé por una pastelería por un café y una leche asada, una pastelería de la que no sé su nombre, solo que está en la esquina de Wilson con Bolivia, pastelería a la que solía ir con mi amigo José Pancorvo, si es que la hora era propicia, y si en caso la hora no era la adecuada, matábamos la borrachera en uno de los chifas de Alfonso Ugarte. Imposible no recordar a José, muy buen poeta ajeno al circo del circuito, enfocado en estudiar y en leer con una voracidad que en lugar de intimidar, estimulaba. En esa pastelería fue la última vez que conversamos, a fines del 2015, meses antes de que muriera de cáncer.
A paso lento llegué a ese negocio de choripanes argentinos. El negocio era nuevo, mas no el local en el que se hallaba, que sí conocía. Ese local tiene su historia: a fines de los noventa sirvió de punto de reunión para los estudiantes de las universidades Agraria y De Lima, de donde partían a la Plaza San Martín. Hablo de una cochera en cuyo ingreso ahora se ubica el negocio de venta de choripanes argentinos, vendidos por una señora peruana, un joven colombiana y un patita que habla como argentino. Pedí un choripán. “Jeremy” me llamó y le dije que había llegado al lugar y este me dijo que el choripán era mucho más que esa estafa del Tip Top, entonces corté la llamada para poder degustar del choripán sin las interferencias del asombro. El choripán estaba muy bueno y si tuviera que ponerle nota, pues bien ganado su 6.5. La cochera era grande y se podía fumar sin molestar a los demás comensales, además, tuve curiosidad por reconocerlo bien, que suponía grande, pero no tanto. 
Pagué el choripán y tomé un taxi en Wilson. El chofer era un tío de cincuenta y pico y este escuchaba el Animals de Pink Floyd, que recién acababa de programar en su USB. No se podía pedir más.

martes, enero 17, 2017

599

Me pongo a revisar la edición de La República del último domingo y encuentro una reseña positiva del reconocido crítico Federico de Cárdenas a la última película de Oliver Stone, Snowden.
Si había una película que quería ver, quizá una de las pocas que me llamen la atención de la empobrecida oferta de películas de las multisalas limeñas, esa era precisamente el biopic de este ex agente de la CIA y la NSA. Leo la reseña a la vez que doy cuenta de una ensalada de frutas y reviso la nueva novela del “Jeremy”, que anda embalado, escribiendo como un poseso día y noche, algo que me satisface porque de los Zepitas es quien más talento mostraba para la escritura en comparación a “Mr. Chela” y “Frejolada”, que a la fecha andan entregados a la promoción del Cachetada´s Fans Club. Una pena, mientras haya necesidad de tragos y pasajes para la semana, “Cachetada” tendrá poder en almas sin talento y sin principios que justifiquen cada una de sus cojudeces, como el haberse burlado de Miguel Gutiérrez en su velorio. E imaginar que más de un Cachetada Kid se alucinaba seguidor del autor de La violencia del tiempo, cosas pues de nuestra fauna literaria. 
Fui a ver Snowden con mucha ilusión, pero ni bien pasaron diez minutos, supe que estaba ante un paquete, ante un desperdicio de lo que pudo ser una muy buena película y vaya que tenía motivos para sea así. Personaje héroe perseguido por el Imperio tras revelar los métodos de espionaje de sus servicios de inteligencia, métodos que no solo invaden las instituciones de los países enemigos del Imperio, sino que también se inmiscuyen en las vidas privadas de las personas. Entonces, ¿en qué falla la película? ¿Por qué esta no despega? Por ello, luego de pensarlo, teniendo la respuesta, pero a la que no quieres recurrir para no caer en el prejuicio, te das cuenta de que Stone ha perdido la inspiración creativa. Hubo un tiempo en que las películas del director norteamericano me entusiasmaban, pero sus últimos trabajos han manifestado una constante destrucción de su nervio narrativo, aniquilados por la ideología y el afán de denuncia.

lunes, enero 16, 2017

598

Me sirvo un jugo de plátano con leche y me aboco a ver las noticias antes de sentarme a trabajar.
Y ahora que escribo el post, barajaré la idea de no ver noticias, al menos no después de mi primera sesión de pesas. Porque lo que acabo de ver, y de ser cierto, se pondría en tela de juicio el discurso de todos aquellos intelectuales y líderes de opinión de izquierda que apoyaron la candidatura de Ollanta Humala en el 2011. En lo personal nunca me convenció la candidatura de Humala, porque me resultaba imposible apoyar a alguien de quien se sospechaba como violador de derechos humanos. Apoyar a un personaje como este fue el mayor error de la izquierda en su historia. Aplaudir a un cachaco ignorante, de quien se decía que era un violador de derechos humanos, no fue más que el reflejo de la verdadera crisis moral de la izquierda. Ahora el discurso de la izquierda peruana se socava más, porque las informaciones provenientes de Brasil señalan que Lula Da Silva dio el visto para que Odebrecht donara 3 millones de dólares a la campaña de Humala, campaña que recuerdo como millonaria. Sin duda, la derecha es lo que es en este país porque tiene ante sí a la izquierda que necesita. 
Entonces, hago lo que debí: apagar el televisor y me pongo a escuchar a John Coltrane. Subo el volumen y en ese ritmo comienzo a desplegar las fichas y el cuaderno sobre el escritorio, debo ordenar los apuntes que hice mucho tiempo atrás, pensando ahora en el ensayo que me han pedido sobre poesía peruana contemporánea. Algunas de estas fichas ya tienen sus años, la amenaza sepia puede verse en sus bordes y, en algunas, en sus centros. Como se supone, me encuentro ante un enfrentamiento con la memoria, me pregunto en qué pensaba cuando escribí sobre un poemario que años después dejó de gustarme. Esas fichas reflejan mi estado impresionista, pero lo que me deja tranquilo es que sí he acertado en la valoración de la mayoría de títulos, algunos han sobrevivido con gallardía, otros resisten gracias al figuretismo de sus autores… Bueno, imagino que más de uno saltará cuando se publique el ensayo, y solo espero que esas reacciones no se parezcan a las reacciones circenses del gordo Gómez.

domingo, enero 15, 2017

597

Mañana de domingo dedicada a ordenar mi cuarto y lo hago mientras escucho The Way de Buzzcocks. De los álbumes de esta banda inglesa, sin duda este es uno de los irregulares, pero también el que resulta ideal para escuchar en el verano. Esa es la fuerza oculta de ciertos álbumes, que pueden permanecer en silencio durante los demás meses del año, pero que adquieren inusitada y mágica importancia en los días y semanas de calor.
Acomodo mis cosas y pienso también en lo que haré el día de hoy. Recoger a mi mamá de la iglesia es un hecho, como también sacar a pasear a Onur, que cada día exige más paseos nocturnos, tres por jornada. De entre los libros que acomodo doy con uno que me viene acompañando en las últimas horas: La ciudad como utopía, publicación en la que se reúne los artículos periodísticos de Sebastián Salazar Bondy sobre Lima. Inevitable no pensar en la tradición literaria de los retazos cuando te topas con libros así, una tradición literaria que ahora nos trae a un Bondy en estado de gracia, y que a uno lo reafirman sobre el poder oculto de esta tradición en paralelo a la supuesta obra mayor.
Sigo ordenando mi cuarto y a medida que pasan los minutos me doy cuenta que mi apuro por tenerlo en orden obedece a que debo tener todo despejado para seguir leyendo, sea este libro de SB, como también Nicotina de Gregor Hens y pegar con la relectura de Diario de Moscú de Walter Benjamin. Entonces, este domingo se pinta de lecturas ajenas a la ficción, pero solo hasta las siete de la noche, hora en la que saldré a recoger a mi mamá. 
Cerca de la una de la tarde salgo a fumar al parque y soy testigo de un hecho peculiar. Veo a una chica y a un pata recolectando firmas entre las puntas que esperan su turno para el partido de fulbito de rigor. La chica con polo blanco y el pata con uno de color morado. Son los recolectores de firmas de Veronika Mendoza y Julio Guzmán, respectivamente. La chica de polo blanco, una morena muy simpática, entregaba una gaseosa por firma conseguida. Pero con el morado, un pata con cara de tapir, la cosa era distinta, los aspirantes a futbolistas y vecinos se acercaban a firmar nomás. Allí está la verdadera radiografía de la realidad, una realidad que debería ser tomada en cuenta por los analistas. Claro, en lo personal, ninguna de estas opciones me genera confianza, pero quien sobreviva a la caldera electoral, cualquiera menos la rata naranja.

596

Me dirigía a San Isidro, en la noche, caminando lento mientras fumaba un pucho. Pensaba en lo pequeña que se me vuelve esta ciudad, no hay día en que no me cruce con amigos, conocidos y uno que otro ser amorfo y contrahecho. Pues bien, mientras negociaba la carrera de un taxi a Arenales, un amigo del barrio, de esos que ya no viven en el barrio pero que regresan al cabo de cierto tiempo, de preferencia los sábados en la noche a visitar a la familia, me pasa la voz. La visita a su familia era solo el primer punto de ese largo camino de desenfreno que significaría su noche. Dejé pasar el taxi y me puse a conversar con John. No había mucho que hablar, pero nuestros silencios compartían un lazo en común: los clásicos de fulbito en los que, literalmente, nos sacábamos la mierda. John jugaba en el equipo crema, lo hacía de delantero, y yo lo hacía en la defensa, de donde organizaba el juego de los blanquiazules de la cuadra. John maneja una teoría, y me la dice cada vez que nos encontramos, que en vez de aburrirme, me hace pensar en mi talento natural que exploté a destiempo. John hizo referencia a lo de siempre: muy tarde me enteré de que era zurdo de pie, mi pie zurdo privilegiado para el fútbol, ajeno de las limitaciones de mi pie derecho y a años luz de mi movimiento natural de la mano derecha. Supe que era zurdo de pie a los 14 años y a partir de esa edad marqué historia. No gané muchos campeonatos, pero sí los suficientes para sentirme satisfecho de lo jugado y disfrutado. Además, me ayudaba la talla, la misma que tengo hasta el día de hoy, porque después de los 14 dejé de crecer. John y yo nos mandábamos campales encontronazos, más de una vez nos sacamos la mierda producto del calor del partido. Nunca pensé que con el pata del barrio que me hablaría más, en síntoma de perenne amistad, fuera con quien más me he trompeado en la vida. No conversamos mucho, cada uno tenía otros rumbos inmediatos. Tomé mi taxi a Arenales y de allí abordé una custer, en donde al bajar en Dasso, recibo el saludo del “Cigala”, que me dijo al vuelo que mi recuento estuvo muy bueno.
Pasan los días y recibo opiniones unánimes por el recuento, y en cierto sentido esperaba las reacciones. Como dijo Bolaño, “si dices lo que quieres, tienes que escuchar lo que no te gusta”, y en ese sentido soy coherente, o intento serlo. Prendí otro pucho, lo hice después de usar el cajero del BCP ubicado en la esquina de Pardo y Aliaga y Camino Real. Caminaba rumbo a mi destino y la cuadra estaba despejada, hasta podría decir que era un espacio poético en su vacío, pero ese espacio vacío y poético se quiebra a razón de un chancho que caminaba en dos patas.
Saqué mi cel para tomarle una foto y publicarla en mi cuenta de Instagram, bajo una leyenda que reflejara mi asombro ante lo que caminaba en dirección a mí. Cuando tuve cerca al chancho, fui testigo de lo inaudito: el chancho no solo caminaba en dos patas, sino también hablaba.
El chancho me reconoció y comenzó a pedirme perdón. Me quedé en silencio, puesto que a lo mejor estaba siendo preso de una alucinación. Pero entré en onda y le dije que no tenía nada de qué perdonarle y así tuviera que hacerlo, no habría problema. Pero el chancho seguía pidiéndome perdón, que lo que dijo debió decírmelo a mí, como se debe, en mi cara, y no a terceras personas. “¡No soy un cobarde, pero no puedo evitarlo!”, me decía.
 Me compadecí del chancho y le pedí que se sentara en las gradas del BCP. Había que hablar, en calma y sin alteraciones. Pero el chancho seguía pidiéndome perdón, como si creyera que lo fuera a sacrificar. Y lo puse en vereda por medio de un electroshock verbal: a mí no tienes que pedirme perdón, sino a las personas que ofendiste, ensuciando sus honras, cuando tenías tu blog en los años de apogeo de la blogosfera literaria, por eso terminaste como terminaste: expectorado por sucio, por chancho, por mal chancho, ahora, por tu culpa no voy a pensar mal de los chanchos. ¿Tan difícil es portarte como un chancho bueno?
Acuérdate, no pases piola. Lo que haces ahora hablando de mí a terceros es lo mismo, prácticamente lo mismo, que hacías en esos años con otras personas, pero lo de ahora no es nada, las bajezas de esos años sí eran cosa seria, porque pudiste terminar denunciado por difamación y calumnia. De esta manera, querido chancho, no se consigue la legitimidad. Tienes que curarte de esas costumbres y abocarte a leer, a ponerte serio. Tienes 46 años y nadie te respeta, ni como poeta, ni como académico, ni…
 Entonces el chancho quedó sumergido en el mutismo de la revelación de su verdad.
Y después de cinco segundos me miró y me preguntó si podía escuchar los poemas que venía escribiendo. 
Para ese momento el cansancio ya me había invadido. Pero le dije que ya. Había que darle una oportunidad y pasar del cansancio. Y el chancho me leyó sus poemas…

sábado, enero 14, 2017

sobre tonterías y mentiras (marthans)

Una entrevista de Zejo Cortez al editor Juan Miguel Marthans, en La República, llama mi atención en esta calurosa tarde de sábado.
La pueden leer aquí.
Primero, y al vuelo, pongamos en orden el carácter de la entrevista, que podríamos ubicar en la tradición de entrevistas tan caras del periodismo peruano: las entrevistas Delivery. En estas entrevistas el periodista de turno no fórmula pregunta ni opinión de relevancia, lo que permite el lucimiento del entrevistado. A esto sumemos el guindón de la entrevista que nos convoca: entre el periodista Cortez y el editor Marthans ha existido una relación editorial.
Dejo de lado las preguntas y me centro en las respuestas y opiniones de Marthans, que coge la posta discursiva de Álvaro Lasso para seguir en la demagogia de la supuesta catástrofe: la crisis de las editoriales independientes.
Felizmente, Marthans no convoca a una pollada, aunque poco le faltó para dicho fin. Pero más allá de ello, sus respuestas me revelan a un tipo que carece de discurso cultural, porque si tuviera un poco de discurso cultural sería más sensato y sincero en sus opiniones y respuestas sobre la verdadera problemática del mundo editorial independiente en Perú: este nunca/jamás se ha interesado en formar lectores. Ese es el punto sensible de la crisis, la no formación de una comunidad de lectores que se identifique con los libros que producen las editoriales independientes. Esa es la tarea no cumplida por prácticamente todos los sellos independientes peruanos desde que aparecieron a mediados de la década pasada. Además, Marthans no dice lo que éticamente debió señalar: el 98 % de las editoriales independientes peruanas no va a pérdida cuando publica un libro porque este es financiado por el bolsillo de su autor. Por ejemplo: su ex sello, Mesa Redonda, es muy conocido por cobrar a diestra y siniestra a sus autores.
 Para quien esto escribe, el cobrar a un autor por publicar su libro es una práctica inadmisible, pero si relajamos un poco la postura, nos encontramos con una característica que refuerza más la dejadez de las editoriales independientes en la formación lectores: el negocio editorial a lo bestia, que nos arroja una presencia de espanto: el fenicio con el rótulo de editor, el fenicio travestido en promotor cultural.
A todos nos gusta el dinero, pero hay que hacerlo en coherencia con los principios, ideales y espíritu crítico que tienen que identificar y configurar a la labor editorial, y con mayor razón cuando te haces llamar editor independiente, y con mucha mayor razón cuando se ha construido una imagen en base a tal. 
Ese es el problema, y lo sabe Marthans. No la sarta de tonterías y mentiras que dice en la entrevista.

viernes, enero 13, 2017

"el pudor del pornógrafo"


Si hablamos de una verdadera generación del relevo en la narrativa latinoamericana, tendríamos que pensar en quien capitaneó este relevo en la década del ochenta del siglo pasado: el escritor, ensayista, traductor y guionista argentino Alan Pauls. Con los años Pauls ha desarrollado una trayectoria por demás atractiva, llamando la atención del público y la crítica con su obra maestra en ficción, El pasado, novela de la que el crítico Ignacio Echevarría dijo lo siguiente: “En el río revuelto de las letras latinoamericanas, del que los editores españoles, cuando van de pesca, no es raro que traigan latas, neumáticos, botas y zapatos chorreantes, el Premio Herralde ha sacado esta vez un escritor auténtico, un pez gordo, reluciente y plateado”. A la par del éxito de esta novela, Pauls venía (y continúa) desarrollando una labor ensayística que se impone a sus proyectos narrativos últimos, como la trilogía de la historia argentina del setenta, conformada por las novelas Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero, que, en lo personal, no me entusiasmaron mucho, prefiriendo al Pauls que piensa y escribe, al punto que si tuviéramos que definirlo como ensayista, nos quedaríamos cortos si lo calificamos como la Escritura. No es para menos, pensemos en dos títulos excluyentes: El factor Borges y Temas lentos.
Tal y como señalamos líneas arriba, Pauls se dio a conocer en la década del ochenta, y lo hizo con una novela breve que se ha mantenido fresca y lozana, a la que el tiempo no le ha dejado surcos en la piel. Hablamos de El pudor del pornógrafo, publicada en 1984 por Sudamericana y reeditada en 2014 por Anagrama en una edición conmemorativa por sus treinta años y que incluye un posfacio del autor.
¿Por qué, a diferencia de otras primeras novelas, esta de Pauls no ha experimentado los embates del tiempo?, sería la pregunta que motiva que el presente texto. Asistimos a más de tres décadas que nos revelan la legitimidad de la escritura del autor, del mismo modo su mirada, privilegiada, potenciada cada vez que enfrenta a sus personajes entre sí.
Podríamos especular que El pudor fue una novela difícil de ejecutar en su proceso de escritura, a ello sumemos su argumento, jalado a más de los cabellos. Una novela como esta requirió de una pluma de oficio, la que le permitió salir airosa de las sombras de la inverosimilitud. Y Pauls lo consiguió a los 25 años.
Nos encontramos con un pornógrafo innominado que se gana la vida brindando placer a hombres y mujeres por medio de la escritura de cartas, ensimismado en una burbuja (su departamento), de donde observa la realidad. Pero esta realidad se representa principalmente en Úrsula, una joven que esporádicamente aparece sentada en una banca del parque, a la que contempla desde su balcón. Participamos de la complicidad de sus intercambios de miradas, que nos recuerda al flirteo decimonónico, mas este contacto se quiebra cuando Úrsula deja de aparecer en el parque, lo que genera en los amantes platónicos un intercambio epistolar. En este intercambio epistolar, el pornógrafo no puede emplear el tono lujurioso que signa sus cartas a hombres y mujeres, más bien apela a la naturaleza íntima del registro y de esta forma abre su corazón a la joven. Ese el problema: el pornógrafo abre demasiado su corazón y sus “exigencias” conllevan a que paulatinamente abandone la inicial intención amorosa para revelar lo que tanto cuidó en ocultar.
Para ser la primera novela de nuestro autor, nos enfrentamos a un artefacto narrativo que se alimenta de géneros que en los años de su aparición no eran tan frecuentados, no como ahora, que en nombre del híbrido se llevan a cabo todo tipo de “proezas narrativas” vendidas como novedad. La naturalidad con la que Pauls funde registros puestos al servicio de la tensión moral de su personaje, lo que deviene en una tensión de la propia escritura, escritura que transita por la invisible frontera entre la escritura contenida y la escritura desatada, tensión que por partida doble genera un impacto no menos letal en el lector de turno, tensión que tiempo después vimos en agraciada luz en El pasado. Gracias a esa tensión del lenguaje hacemos nuestra esta historia inverosímil, y entendemos también la razón de la vigencia de El pudor, vigencia que supera las contadas caídas del aliento cursi, tan propias cuando se escribe de un personaje enamorado en base a la idealización.
En estas páginas nos encontramos con los inicios narrativos de un autor considerado referente cuando se nos habla de narrativa latinoamericana de entre siglos, somos testigos de su actualidad, y lo somos porque desde el principio estaba destinado a ser tal.


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Publicado en Sur Blog

jueves, enero 12, 2017

595

Me sirvo un café cargado y no demoro en sintonizar Canal N. Se tiene que ver lo que se tiene que ver: la protestas en Puente Piedra por el abusivo cobro del peaje, porque este peaje, herencia de Castañeda y Villarán, es una metáfora de la cólera de un esforzado pueblo hartado de cojudeces. Por lo visto, y recalco que lo hago desde la comodidad de mi casa, hubo intromisión de personas ajenas a la protesta, que son las que convirtieron a la misma en un campo de batalla, escenario cubierto por el periodismo local, que cumple su natural función de informar. Pero pienso también en la estupenda oportunidad que un evento como este ayudaría a un potencial narrador, pero ya vemos que nuestros narradores andan más preocupados en eventos más importantes: su convulsionado mundo interior.
Si no me equivoco, el gran Gay Talese señaló que al periodista de hoy le falta la formación discursiva del escritor, pero este carece –por flojera- del afán documentalista, detalle que le impide salir a la calle y respirar ese condimento medular para la prosa: vida. Pero en lo que Talese también incide, y no puedo estar más que de acuerdo, sindicando como el mayor lastre del periodista y del escritor hoy en día: su aburguesamiento. El aburguesamiento aniquila el compromiso interior que se expresa al momento de informar, crear y, como vemos últimamente, en la articulación del pensamiento. Veamos el show: el periodista promedio se saca la mierda pensando en ser contratado por El Comercio; miremos al escritor peruano, escribiendo con el único fin de ser fichado por Planeta o Random, buscando una mesita de participación en el Hay Festival. Hablo pues de un aburguesamiento a la mala…
Volveré sobre el tema en otro post. 
Por el momento debo realizar una actividad excluyente: bañar a mi perro.

miércoles, enero 11, 2017

594

Entonces llega el momento de volver a ciertas páginas de un libro que por casualidad encuentras, y en esa magia casual yace también su nueva importancia, porque lo que buscaba era otro título, pero cómo no te va a llamar la atención esas antiguas ediciones de Alfaguara, su extraña combinación de plomo y morado.
Su delgadez, entre tanto título de más de 400 páginas, destacaba. Así que lo saqué del anaquel y lo revisé. Entonces, recordé cómo fue que llegué a Botho Strauss, a Parejas, transeúntes.
El fragmento elevado a lo que deberíamos entender como experiencia literaria, ajeno, obviamente, del facilismo fragmentario del que somos testigos hoy. Fragmento en toda la amplitud de su indefinición genérica, es decir, textos que sudan riqueza de transmisión. Su brevedad es engañosa, y con libros como este poco o nada vale el apuro, sino la paciencia entendida como placer, pero del placer asumido en sus niveles masoquistas, nerviosos en su cuestionamiento. Solo así lo releeré en los próximos días. 
Cerca de las siete de la noche, me dirigí al Sarcletti tras el espresso de rigor. Desde hace días venía sintiendo la tentación de este café, además, había estado, como aún lo estoy, preso de varios textos que debo cumplir, porque como se entenderá, soy una persona que trabaja mucho, algo que también tendría que ser emulado por más de un escritor local que anda hueveando por la vida a la caza de un golpe de suerte. Me refiero a que se tiene que trabajar más allá del trabajo literario, si es que no se tiene la suerte de vivir de lo que se escribe. Pienso que así nos evitaríamos más de un berrinche, más de un engreimiento, exterminando esa plaga del artista metido a sicario.