miércoles, noviembre 22, 2017


emoción y verguenza

Marco García Falcón es uno de los autores más destacados de la narrativa peruana del siglo XXI. A estas alturas, considero poco probable que se le arrebate la insignia representativa que lo posiciona como el mayor prosista de su generación, a ello habría que añadir la discusión que suscita el rumor que lo ubica como uno de los más destacados prosistas surgidos a partir de 1950. Bajo esa impresión, si tuviéramos que hermanar su poética, tranquilamente, a nivel de prosa, pensaríamos en Julio Ramón Ribeyro y Luis Loayza. Así es, palabras mayores, valoración sustentada en la sana y desinteresada experiencia de la lectura.
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Desde la publicación de su cuentario París personal (2002), García Falcón (GF) supo dejar la marca de su sello. Es decir, así nos hayan gustado o no los argumentos de aquel conjunto, teníamos la certeza de que estábamos ante una voz singular y una escritura que fluía sin problema alguno, distinguiéndose en sobriedad y ajena a lo que para no pocas plumas, entre debutantes y trajinadas, es todo un dolor de cabeza: el hechizo de la compleja sencillez. Estas dos características también las vimos cuando GF incursionó en novela, recordemos El cielo de Capri (2008) y Un olvidado asombro (2014), empresas en las que afianzó su cualidad de eximio prosista y eficiente contador de historias.
Si tuviéramos que elegir entre estos tres títulos aquel que sirva de puerta de entrada a la presente poética, no tendríamos que pensar mucho. Es su primer libro de cuentos el que nos brinda la marca en alto relieve de lo que fue/es/será la cartografía narrativa de GF. Al respecto, y a modo de ejemplo general, pensemos en el diálogo estilístico y temático entre las dimensiones metaliterarias y vitales que caracterizaron a la narrativa peruana que se dio a conocer en la década pasada, precisamente en sus años de apogeo (2004 – 2007). Esta característica inicial originó más de una discusión y no pocos autores y críticos perdieron la brújula al especular sobre su inmediato antecedente, cuando lo cierto era que en París personal se hallaba su origen de época. Pero este libro no solo quedó como documento, se alejó de la mención barata de los pie de página, puesto que el tiempo lo ha convertido en uno magisterial para autores en ciernes y del mismo modo para plumas fogueadas pero perdidas en los intereses temáticos de lo que se entiende como metaliteratura. Por esa razón, me pregunto: ¿Qué hubiese ocurrido si prestábamos más atención a este libro? Fácil: lo metaliterario no hubiese desaparecido como lo hizo, dejando una incómoda sensación de moda o mero interés editorial.
Tanto la crítica y los lectores destacaban el vuelo narrativo de GF, y en lo personal recuerdo la sentencia que sobre el autor diera el recordado Oswaldo Reynoso, nuestro estilista mayor luego de Martín Adán: “El mejor de todos”.
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Si algo podíamos objetar a este escritor, si un reparo consensuado se imponía como señalamiento, este no era otro que la falta de arrojo que exhibía en sus temas que abordaba. Es cierto que sus historias yacían en la arqueología emocional, pero a esta arqueología le faltaba tierra y barro, ensuciarse como debía, cosa que extrañaba a sus lectores, puesto que arsenal narrativo es lo que siempre le ha sobrado.
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Por ello, los saludos de la crítica y los genuinos aplausos de los lectores que viene generando su última novela, Esta casa vacía (Peisa, 2017), son más que justificados. Y sin exagerar, la presencia de esta novela justifica la producción novelística de este año. Cuando parecía que la irregularidad sería la pauta, GF nos entregó una novela en la que prima lo que no viene exhibiéndose en nuestros narradores: emoción y  vergüenza.
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Nuestro autor nos presenta a Giovanni Perleche, escritor y profesor universitario, entregado a todos los trabajos posibles que le permitan pagar las deudas generadas por la casa que construye en el inmenso jardín dentro de la casa de sus suegros, pero ante todo Perleche está preocupado por costear el tratamiento de la extraña enfermedad que sufre su pequeño hijo Tadeo. Perleche transita por la vida, derrotado por su situación familiar y sin pocas expectativas de futuro inmediato, pero en esta situación, Perleche refuerza su esperanza, la búsqueda de redención en la escritura. Mediante este acto de fe nos cuenta su descenso a los infiernos, en la que su autodestrucción a causa de las drogas es una de las perlas de su degradación. Perleche no es un mal tipo, por el contrario, podemos aplaudir su buena voluntad y es precisamente en este aspecto donde GF pone la carne en el asador: nos detalla la incoherente configuración moral de su protagonista. Perleche no quiere hacer daño, pero daña. Perleche quiere cambiar, pero no puede hacer nada ante el placer que encuentra en la zona oscura de su vicio.
Así es, somos testigos de un hombre que se dinamita solo. Y para tal fin, nuestro autor repotencia recursos que habíamos visto en sus novelas anteriores y que aquí brillan en excelencia: la fuerza del silencio narrativo. Lo que no se dice y que destruye. No es gratuita, por ello, la presencia de uno de los epígrafes de la publicación, como los siguientes versos del poeta Lizardo Cruzado: “Escribo / Porque / Me gusta el / Silencio / Si no, gritaría”. Y tampoco es gratuita la referencia a Blanca Varela durante el desarrollo de esta historia, alusión que refuerza la epifanía de la transmisión silente.
La novela es dueña de una estructura compleja que ampara a muchos personajes, situación que podría peligrar cuando hablamos de una novela aparentemente corta (no nos engañemos por la diagramación), mas esta complejidad se diluye a cuenta de la excelente prosa de GF, y cuando digo “excelente”, no lo hago destacándola como virtud de oficio, sino por simple descripción. Lo que puede pintarse de virtud para otras voces, en estas páginas es naturalidad.
Como ya indicamos, son los silencios que taladran los que llevan la novela a una radiactividad que agradecemos. Uno como lector se pregunta en qué momento Perleche empieza su autodestrucción, las inquietudes se suceden una tras otra con el claro objetivo de entender el origen de este viaje al agujero negro de la vergüenza. Una de ellas: ¿qué lo lleva a dejar por escrito su cataclismo personal? Para tener una inicial idea de ello, prestemos atención a los pasajes en los que Perleche detalla su reencuentro en su etapa de enamorados con Micaela, su esposa y madre de su hijo; en los lazos que halla entre su padre y su suegro, aspectos que lo debilitan y enfurecen; también en sus amigos Dante y Paco Mendizabal, que lo transportan a un pasado cuando la escritura y la vida eran razones suficientes para justificarse ante sí y los demás.
Aparte de entregarnos una muy buena novela, cuyas cimas narrativas nos resultan evidentes, GF nos presenta una íntima radiografía generacional, es decir, la puesta en escena de la resaca existencial que marcó a la juventud tras la dictadura fujimorista, juventud preocupada en sí misma, sin más horizonte que la supervivencia egoísta.
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Todas las reseñan coinciden en que este es el mejor libro de GF y quien esto escribe se une a ese veredicto. A este consenso sumaría su posicionamiento como una de las mayores novelas peruanas del presente siglo. Sin embargo, y esto es lo más interesante: la novela no solo es expresión literaria de otro lote, puesto que la experiencia estética que depara viene seguida de un cuestionamiento en el lector de turno, generando en él la posibilidad de un cambio de actitud. ¿Acaso todos somos Perleche o tenemos algo de su dañada sensibilidad? Lo dicho, queridos lectores, no se manifiesta tras la lectura de cualquier libro.
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Desde ya nos encontramos ante una novela que sobrevivirá por sí sola. Y es hora de manifestar lo siguiente: novelas como esta nos brindan la posibilidad de pensar en un buen momento de la narrativa peruana actual, pero uno real, sin trampa, ergo: lejos de las estrategias de posicionamiento feroz de sus autores y sin editoriales grandes e independientes que nos venden humo de orégano cada semana.

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En SB

gonzo reposado

Cuando se habla de periodismo, no pocas tonterías conceptuales se dicen al respecto. Por ejemplo, pensemos en lo que se piensa cuando se habla de periodismo gonzo, cuyo lugar común orbita en la experiencia del escritor y su historia narrada. Tremenda tontería la he venido escuchando en más de un periodista de oficio y en no pocos lectores que sobredimensionan sus lecturas. Pues bien, tendré que cumplir una necesaria y a la vez generosa acción pinchaglobista. Gonzo nace y muere con su creador, el desaparecido escritor norteamericano Hunter S. Thompson. Lo demás no son más que viles palabrejas que denotan lagunas de lecturas y una escasa visión de la no ficción… Hay que tener cuidado, porque al ritmo de esas ligerezas hasta Victor Hugo podría ser considerado gonzo por su monumental Historia de un crimen.
Ocurre que la leyenda de Thompson es una infatigable generadora de no pocas redes de adeptos, cosa que no sorprende, porque cualquiera puede tener el derecho de parecerse a Thompson, pero eso sí: no todos pueden ser Thompson. Para ser como este escritor, no solo basta el talento para la escritura, sino también una franca actitud de enfrentamiento que revele un carácter, una personalidad que convierte al discípulo en un kamikaze. Bien lo sabemos, ya sea en el mundo de periodismo, y con mayor razón en las esferas literarias, muy pocos están dispuestos a decir lo que piensan y actuar en base a esta línea de independencia. No existen los periodistas gonzos, menos los escritores gonzos, lo que sí, y en variedad a escoger, es la presencia del minigonzo, pero esta es otra materia que seguramente desarrollaremos en un artículo especial.
Hunter S. Thompson fue un contestatario hasta el último día de su vida, hizo lo que quiso y dijo lo que le vino en gana. Sabía, y mucho más que sus centenares de detractores, que podía darse ciertos caprichos, por la sencilla razón de que tenía una obra legitimada por el lector y la crítica. Basta con traer a colación su obra más conocida, Miedo y asco en Las Vegas, y en menor medida Los Ángeles del infierno y La gran caza del tiburón, satélites que fungen como puertas de entrada a su poética. Sin embargo, no dejemos de lado los centenares de artículos y crónicas aún no traducidos. Felizmente, de a pocos viene cubriéndose ese vacío, tanto por su innegable valor literario y su radiactividad para transmitir.
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Obra menor, sí, pero también un claro ejemplo del enorme talento narrativo de Thompson para el tratamiento del tema encomendado. La historia de esta publicación es un calco del espíritu que signo cada uno de sus proyectos de largo aliento: el encargo. La revista Running le propone cubrir la maratón de Honolulú y para tal fin el autor convoca a su amigo Ralph Steadman, reconocido dibujante que comparte con el gonzo el apego por las drogas y la aventura espontánea. Y como bien ya supone el fan enterado, Thompson no está dispuesto a cubrir la maratón como si fuera un reportero, en realidad no quiere realizar el encargo, pero sabe que el dinero le aliviará en sus problemas inmediatos, que imaginamos muchísimos dada su tendencia al escándalo escanciado de matonería. Entonces, Thompson, fiel a la inteligencia espontánea del vividor, decide cubrir el evento a su manera, brindando no solo su versión de la maratón, sino también la historia existencial que configura, para él, el alucinado encanto de Hawaii.
Nuestro escritor no se conforma con el alardeo técnico, menos en la fuerza de su intuición, que hemos visto en todo esplendor en sus libros más conocidos, sino que también recoge información sobre Hawaii, documentándose sobre la historia/leyenda del capitán inglés James Cook, el histórico explorador y navegante, que al llegar por primera vez a Hawaii fue considerado un dios, o ser privilegiado, a quien los nativos trataron como tal. Mas en su segundo regreso, los nativos, creyendo que era un farsante que tarde o temprano los esclavizaría, no dudaron en tratarlo con suma hostilidad. Cook y sus hombres se defienden de los aborígenes y tras días de sangrienta batalla, el explorador es asesinado. Esta historia del capitán Cook es lo que confiere a La maldición de Lono (Sexto Piso, 2016) de una atmósfera cargada de ensueño tanático. En su locura, ya estimulado en drogas y alcohol, Thompson cree ser la encarnación de Cook y en esta lúdica condición debe superar los óbices que le presente el espíritu de Lono. Además, el gonzo, en coherencia con sus postulados vitales, considera que la autodestrucción es la única manera de enfrentarse a esta divinidad.
Obvio: estamos ante una actitud ya conocida en la poética del autor. No obstante, en estas páginas no hallamos la negra prosodia lírica que sí en Miedo y asco, somos más bien partícipes de su nervio narrativo reposado. Aquí encontramos exceso (vaya novedad), mas este no yace en el verbo alterado, sino en la mirada que conduce el discurso. Esta mirada es la sal que nos transporta a una suerte de involuntaria clase magistral para escritores que ya pueden escribir de la putamadre, pero que aún no transmiten (o sea, lo mismo que nada), y claro, es también un taller de lectura que nos pone en bandeja la fuente del instinto del escritor más visceral de los últimos cincuenta años en la narrativa mundial. Eso.



En SB

premio nacional de literatura 2017

El pasado viernes 17 se dieron a conocer los nombres de los autores que obtuvieron el Premio Nacional de Literatura 2017.
Desde aquí, hago público lo que hice en privado: felicitar a Susanne Noltenius y Miguel Ildefonso, que ganaron en las categorías Cuento y Poesía, con Tres mujeres y El hombre elefante y otros poemas, respectivamente. Como no conozco al ganador de Literatura Infantil/Juvenil, Gerónimo Chuquicaña, solo me limito al saludo público a cuenta de Taca-Taca.
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Estamos ante un premio que pretende erigirse como uno de los más representativos del país, que tiene una ligera ventaja si lo comparamos con los otros galardones literarios del medio, sea el Copé, el de la Asociación Peruano Japonesa y el BCR de Novela, entre los más conocidos: el carácter público de las obras presentadas.
Es decir, esta vez no nos vamos a topar con sorpresas bajo la mesa ni deliberaciones caprichosas que justifiquen una premiación. Lo mismo que leen los jurados de sendas categorías también es escrutado por el lector atento de la producción literaria peruana en el periodo comprendido entre 2015 y 2016. Por ese solo motivo, guardaba cierta esperanza de no ver los horrores cometidos en los otros premios literarios, y de algún modo se cumple esa esperanza a cuenta de las obras premiadas de los dos ganadores a quienes conozco.
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Sin embargo, haríamos bien en fijarnos en los títulos finalistas en cada categoría, en Cuento: Relámpago inmóvil de Pedro Ugarte Valdivia, Las visitaciones de Pedro Llosa y El arte verdadero y otros cuentos de Jorge Ninapayta; en Poesía: Victoriosos vencidos de Antonio Cillóniz, Se vende poesía de Jorge Díaz Untiveros y Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) de Mario Montalbetti; y en Literatura Infantil/Juvenil: La venganza de los dioses moches de Luis Nieto Degregori, Cholito y el oro de la selva de Óscar Colchado y El barco de San Martín de Juan Manuel Chávez.
Cada quien es libre de expresar su conformidad o desacuerdo con las obras ganadoras. Y más allá del señalado respeto por la obra de Noltenius y la trayectoria de Ildefonso, manifiesto mi extrañeza por el destino que tuvieron los libros de Ninapayta y Montalbetti. El primero, un narrador que debimos leer más, y cuyo cuentario en competencia conoció saludos unánimes de la crítica y el reconocimiento de buenos lectores; el segundo, un poeta que viene ejerciendo (involuntariamente) lo que ningún poeta peruano a la fecha: magisterio entre las nuevas voces poéticas iberoamericanas. Ahora, imposible no levantar la ceja izquierda cuando vemos en la categoría Infantil/Juvenil a plumas como Nieto y Colchado, este último uno de nuestros narradores más importantes en actividad, que es también un clásico en la literatura infantil/juvenil peruana.
Entonces, he aquí la tara que este premio comparte con otros del medio, que nuevamente ha hecho de las suyas: el jurado.
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Más allá de algunos nombres de radiación canónica y ubicable, como Carlos Germán Belli y Carmen Ollé, y en menor medida Marcela Robles y Rosina Valcárcel, uno no acierta en la frecuencia de los demás. Se entiende, porque sucede en otras latitudes, que cualquier integrante de un jurado de un Premio Nacional tiene que ser alguien sintonizado y justificado más allá de los microcosmos de la academia. Y si el anhelo fue contar con académicos, pues tuvo que convocarse a lo mejor de lo mejor de la misma, con hombres y mujeres reconocidos más allá de su parcela de acción, que hay.
A saber, los jurados que integran las categorías de los premios Copé gozan de una mayor legitimidad por parte de los lectores (sus desaciertos son capítulos de otra historia). Y eso es lo que esperábamos para esta primera edición del Premio Nacional de Literatura. Claro, se podrá argumentar que se buscó descentralizar la elección de los miembros del jurado, pero ese criterio no es más que un saludo para la platea, una pirueta al paso que refuerza la demagogia, que en esta ocasión nos presenta una triste realidad, su gracia: la razonable sospecha de una payasada programada.
Por ello, este premio patrocinado por el Ministerio de Cultura debe cumplir un requisito ético que no está cumpliendo a la fecha, y si en caso es así, pues debe mejorar su clamoroso problema de comunicación. Lo mínimo que podemos esperar es la publicación de la lista de todos los autores participantes, del mismo modo la lista de títulos alcanzados a los miembros de los jurados (es obvio que no leyeron la totalidad de libros enviados, cosa que nos daría una idea de cómo se manejó la clasificación de libros) en aras de la transparencia, que tendrá beneficiados directos, de menor a mayor: el Ministerio de Cultura, los ganadores y, especialmente, los lectores.

lunes, noviembre 20, 2017

trr

En la última edición de la revista Domingo de LR, encontré una entrevista de Gabriela Wiener a la narradora y traductora Teresa Ruiz Rosas, cosa que me alegró porque si hay una autora peruana que merece toda la visibilidad posible, esa es precisamente Ruiz Rosas (RR), de quien puedo sugerir, entre varios títulos, la lectura de tres novelas suyas: El copista, La mujer cambiada y Nada que declarar.
Cosa curiosa, la entrevista se publica días después de que me preguntaran por una narradora peruana en actividad que considerara mayor. Al respecto, no lo pensé mucho, puesto que la poética de RR siempre me ha parecido coherente en cuanto a su interno diálogo temático, además, lo suyo, aparte del evidente vuelo de su escritura, siempre ha sido narrar, característica que podría parecer extraña al ocasional lector del blog a cuenta de su obviedad, pero lo digo incidiendo en su cualidad de cazadora de historias. En cada novela, RR ha sabido hallar el tono narrativo adecuado para el asunto asumido, que encierra también un compromiso ético, como lo podemos ver en Nada que declarar. No siempre nos hallamos ante la confluencia de la buena prosa y el tema que prevalece por su fuerte carga moral, para nuestra suerte, eso sí lo podemos ver en la poética de nuestra autora.
Ahora, me gustaría centrarme en un aspecto de la entrevista de GW a RR: el desdén/ninguneo a la obra de RR, sea por parte de la crítica y los gamonales en medios, detalle tan maravilloso, digno de esta provincia literaria en la que reina la mezquindad y el loco afán de nuestros autores y autoras por un metro cuadrado de posicionamiento.
Como señala la GW, “deberíamos saber más” de esta escritora cuyos libros han merecido saludos de la crítica en el extranjero y el genuino reconocimiento de los lectores. Por ello, la pregunta/inquietud se impone en su propio peso: ¿a qué se debe esta situación?
En más de una ocasión he señalado que en este país una mujer que escribe la tiene mucho más difícil en comparación a un hombre que escribe, peor  cuando la mujer que escribe no solo exhibe fuerza narrativa y discurso. Entonces, sí se justifica el eco que vemos en las redes contra esa extraña manera de arrinconar voces de valía, entendiendo de antemano que la calidad literaria va más allá si quien la escribe es mujer u hombre. Al respecto, pensemos en la escasa atención que sigue recibiendo la publicación de los cuentos completos de Pilar Dughi.
Uno podría pensar muchas cosas que traten explicar lo que ocurre, pero hacerlo no es más que un acto de mero buenagentismo, porque se impone su cruda verdad: hay pues un atroz silenciamiento hacia autoras peruanas que merecen ser leídas, dueñas de una obra edificada en la más absoluta seriedad. Lo de RR es un caso que nos podría ayudar a entender esta tara, que aparte de combatirse desde el justificado reclamo, también habría que hacerlo desde la sana recomendación de sus libros. 
Tal y como dije líneas atrás, para mí Teresa Ruiz Rosas es nuestra narradora mayor en actividad. Sé que esta afirmación incomodará en nuestro pueblerino circuito literario, pero no hay mejor manera que refrendar lo dicho, o cuestionarlo, que conociendo esta poética que desde hace muchos años viene construyendo su legitimidad.

jueves, noviembre 16, 2017


miércoles, noviembre 15, 2017

historia

A medida que pasan las horas, la ciudad se despeja. Parece un forzado domingo y no hay mejor día para mí que el domingo. Calles vacías, transporte rápido y, al menos en mi caso, la posibilidad de encontrarme con gente interesante. Los domingos son pues una experiencia para la vagancia, la caminata perdida e interminable.
Luego de un espresso de rigor en La espiga de oro, me dispongo a tomar un taxi. Todas las gestiones en Barranco las he realizado en el menor tiempo imaginado y mi plan es ver el partido en casa, en tranquilidad, o lo que podamos entender por esta cuestión anpimica. Además, me he desconectado del mundillo virtual, decisión que considero acertada. Basta ver las redes sociales y ser testigo del consultorio psiquiátrico en que se ha convertido desde el lunes. El tópico que excluye a los otros: el partido de esta noche.
Mucho se viene diciendo, y no tengo duda de que lo más sensato que se ha dicho sobre este partido lo he escuchado en la última persona a la que habría hecho caso: César González, “Chalaca”. Pero todos tienen su momento de iluminación y el conocido entrenador de menores supo dar en el clavo sobre la situación de la selección nacional: esta debe creérsela y practicar su evidente superioridad sobre el combinado kiwii. La obviedad, el sentido común, quedan relegados cuando más de un “entendido” nos viene con posibles variantes tácticas y tentativos cambios de jugadores. Con cambios o no, la selección peruana es más línea por línea, pero el lastre, la “arruga”, la furia pasiva, es lo que debe aniquilarse en el jugador peruano, no en proyección al mediano plazo, sino esta misma noche. 
En la historia de las selecciones peruanas no ha habido una definición como esta. No puede compararse este partido con las clasificaciones a otros mundiales (México 70, Argentina 78 y España 82). Este no es un partido importante, es pues el Partido. Es hacer Historia o no. 

copé de cuento 2016 en deuda

El premio Copé es el máximo galardón literario y cultural al que puede aspirar todo escritor peruano, al menos en teoría. Así es, en teoría, porque en la experiencia de la lectura ingresamos a una dimensión por demás decepcionante y ello se debe a que el organismo estatal que lo patrocina en sus categorías de Ensayo, Novela, Cuento y Poesía, no ha sabido construir su prestigio en base a la calidad, sino en el monto pecuniario con el que premia. Monto que seduce a todos los participantes, cosa que no suscita señalamiento por la sencilla razón de que el dinero es importante, ya que  brinda a los ganadores la posibilidad de dedicarse a su labor creativa e intelectual sin apuros durante un tiempo.
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Si hacemos una revisión fugaz a los textos ganadores y finalistas, encontramos pocas deliciosas uvas en el racimo. Pensemos en la categoría  Cuento, que junto a la de Poesía, es la más antigua del codiciado premio. Esta revisión viene a cuenta de la lectura del último libro que reúne a los ganadores y finalistas de 2016, El cuadro de Marilyn (2017).
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En esta larga historia del Copé de Cuento, no todo ha sido oscuridad, aburrimiento y barata antropología, tenemos textos ganadores que han estado a la altura, como “Cordillera negra” (1983) de Óscar Colchado, “Cuando las últimas luces se hayan apagado” (1994) de Yuri Vásquez, “El derby de los penúltimos” (1998) de Fernando Iwasaki, “Guitarra de palisandro” (2002) de Gregorio Martínez y “Los caminantes de Sonora” (2012) de Christ Gutiérrez.
Así es, muy pocos títulos ganadores de valía para tanta luz. Al respecto se ha especulado sobre los criterios de los jurados para designar a los ganadores y finalistas en cada edición bienal. Mas el motivo del presente artículo no es indagar en esta racha de desaciertos que no solo atentan contra la imagen del Copé y que horadan las trayectorias de sus autores. Para nadie es un secreto el poco interés que la prensa cultural, críticos literarios de medios y los lectores muestran hacia los ganadores. En otras palabras, y resulta penoso decirlo si vemos el Copé de Cuento en conjunto: la concursografía no garantiza calidad, menos conduce al reconocimiento literario, a lo mucho a contados saludos oficiales, y de allí la infatigable lucha contra el inmediato olvido.
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De los cuentos ganadores y finalistas del año pasado se viene erigiendo una mentira sobre la buena salud del Copé. Aparte de tratarse de una mentira rastrera, se impone la obviedad de su realidad: estamos ante el peor Copé de Cuento de la historia.
Pero seamos justos, si una característica identifica a los cuentos de su último volumen, es el anuncio de una renuncia a lo que configuraba a la mayoría de cuentos de otras ediciones: el quiebre de la bandeja de vidrio en la que se sazonaba un explosivo potaje, toda una experiencia culinaria que hacía explotar los estómagos más recios, cuyos ingredientes se imponían por su condición de tema y no por epifanía literaria.
Este quiebre con el tema ya lo podíamos rastrear en los cuentos que conforman el precedente conjunto, Patrimonio (2014), pero en esta ocasión el tópico viene encausado por un flojísimo tratamiento narrativo, o, en todo caso, por una narración excesivamente segura, que constatamos en los tres primeros puestos: el cuento que titula la publicación de Santiago Merino Acevedo, “Santeros” de María Lourdes Torres y “Esa pequeña luz en la ventana” de Miguel Ángel Torres Vitolas. Técnicamente irreprochables, pero a los que les falta nervio y arrojo en su desarrollo, por eso no emocionan ni comunican, solo transcurren en sus respectivas tramas. Los he vuelto a leer y me queda muy claro que estamos ante textos pautados por el cumplimiento estructural, me pregunto: ¿acaso fueron escritos para agradar?
Sin embargo, las gratas sorpresas las encontramos fuera del trío de ganadores, en este sentido, habría que prestar atención a lo que en el futuro haga Carlos Zambrano, cuyo cuento “Se llevan todo” dejó una buena impresión, además, le sugeriría al autor escribir más con el corazón, que de ser así, podría sorprendernos. Destaquemos también el destape de Jorge Casilla, su cuento “De lo que le sucedió a don Quijote en el bosque de Roque Guinart” mereció, sin lugar a dudas, una mejor ubicación si es que nos ceñimos a la frivolidad de los puestos. En lo personal considero que fue un error mandar este cuento al concurso, puesto que al Copé todavía le falta desarrollar la sensibilidad idónea para detectar lo mucho que transmiten textos como los de Casilla. Y Joe Iljimae confirma su proyección narrativa con el mejor cuento del volumen. Golazo de otro partido: “El hijo de las sombras”, en el que no solo hallamos destreza técnica, sino que asistimos a la unión discursiva del tema y la prosa, unidas en un propósito denso, aunque por momentos abusa de ello, que nos lleva a pensar en la violencia emocional digna del Onetti más alucinado. Nos encontramos ante un cuento que es un fiel reflejo de la creciente madurez narrativa del joven autor.

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En SB

lunes, noviembre 13, 2017


banda sonora

Aunque la serie no me entusiasma como a otros, debo confesar que si algo interesante encuentro en Mindhunter es precisamente su banda sonora. No solo me pasa con esta serie, también con muchas otras, que no me han convencido como historia ni tratamiento, pero sí con su música, lo que para mí ha ejercido una fascinación traducida en fidelidad, acabando sus temporadas.
Entonces, mientras luchaba con una tentación de gripe en la tarde noche del domingo, decidí armar una lista de canciones a escuchar en la semana, que se me anuncia de ocupada, con un intervalo el miércoles por el partido. Anotaba canciones de las series que he podido ver en estos últimos meses. En principio creí que a lo mucho serían quince, pero a medida que recordaba las series vistas, entre las que me agradaron y decepcionaron, las canciones iban creciendo en número, el universo se resistía a ser menos.
Para despejar un poco la no planificada faena dominical, releí el poemario La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Visor - Sur Librería Anticuaria), de la española Elvira Sastre. Curioso, porque haciendo memoria, lo leí el lunes pasado. Poemario dueño de una sensibilidad que descansa en el tópico del amor, pero también, como bien anuncia el título, en el de la soledad. Esta propuesta transita por una escritura diáfana, que me hace pensar que, en ciertos casos, lo que es sencillo demanda más trabajo que lo presentado como acrobático, tendencia esta última que parece estar marcando la ruta de buena parte de los nuevos poetas iberoamericanos. En la sencillez de estos poemas asistimos a una sensibilidad que agrieta la zona emocional. 
A la hora regresé a la selección de canciones y no pocas las escuchaba en repeat en Spotify. Debía hacer la mejor selección posible. Lo sabes, una buena selección de temas ayuda a enfrentar lo que vendrá, claro.

domingo, noviembre 12, 2017

una mochila pesada

En la madrugada, al llegar a casa luego de algunas horas escuchando música en Koca Kinto, el sueño hacía acto de presencia, entonces releí algunas páginas al vuelo de un par de libros, Libro del desasosiego y Dietario voluble, tan necesarios para mí cuando el ánimo está al borde, así es, al tope por la pasión futbolera. Bien lo sabe el lector del blog, es muy difícil reprimir una pasión, puedes estar concentrado en otras cosas, pero hasta el más mínimo elemento relacionado con esa pasión tiene el suficiente poder de extraerte de tu órbita. Ese es el poder canábico del fútbol, a veces perjudicial, que me lleva a desear la desfutbolización anímica que muestran algunas amistades privilegiadas.
No poco se dice del trascendental encuentro del miércoles ante Nueva Zelanda. Como muchos, soy de la idea de que la selección pudo ganar en el partido de ida en Wellington, pero también sé que el equipo no viene jugando en su mejor forma desde su histórico triunfo ante Ecuador en Quito. La consternación se afianza todavía más cuando los jugadores emblemáticos vienen exponiendo un alto nivel de juego en sus respectivos clubes. Entonces, ¿qué está pasando?, ¿por qué no aseguramos en Lima la clasificación ante Colombia?, ¿qué pasó con una selección oceánica a todas luces inferior a la nuestra? Preguntas que flotan en la zona de miedo del futbolero promedio, en esa esquina de nuestras mayores frustraciones deportivas.
Salvando las evidentes distancias, a la selección peruana de fútbol le ocurre lo que a Brasil en los últimos Juegos Olímpicos de Río. Es decir, el peso de una carga emocional por conseguir un objetivo, lastre que se repotencia a medida que se acerca a la recta final. Esta mochila pesada la cargan todos los integrantes de nuestra selección, y claro, el hincha no es ajeno a esa realidad, que también carga la suya propia. 
No hay antídoto secreto para la ansiedad. El problema no es el juego, sino la actitud: el destierro del miedo y presionar el acelerador emocional que nos hará conseguir un objetivo anhelado por millones de peruanos. No hay término medio, a la ansiedad deportiva se la destituye con violencia anímica e inteligencia táctica, desahuevamiento total.

sábado, noviembre 11, 2017


cuando el comando patina

La mañana de ayer, como también en algunas horas de la tarde, a manera de antesala al partido de la selección peruana en el repechaje con Nueva Zelanda, algunas cosas ocurrieron en nuestra fauna literaria, cada cual en franca competencia para consolidarse como la más curiosa. Pero una de ellas me pareció no solo atendible por su contenido, sino también peligrosa por su radiación.
Como ya se ha hecho notar en algunos medios, más de un centenar de mujeres ligadas al mundo literario peruano han formado un colectivo llamado Comando Plath. La existencia de este colectivo feminista obedece a una coyuntura, a lo que considero un momento histórico en el que la Mujer está haciendo valer sus derechos y, en consecuencia, exigir respeto a los mismos. En este sentido, se hace necesaria la presencia de este colectivo. Por ejemplo, no es moco de pavo el ninguneo hacia la mujer que escribe y que exhibe una propuesta sólida, y tampoco es cosa secreta sobre los abusos y acosos sexuales que la mayoría sufre. Obviamente, solo estoy haciendo referencia a un aspecto de lo que es un problema mayor, pero si comento de ello es debido a su cercanía como suceso.
Aunque no fue un texto escrito por el CP, no pocas integrantes del colectivo hicieron eco de la denuncia (que pueden leer aquí si tienen cuenta en Facebook) de una señorita contra el poeta y activista Rodolfo Ybarra. O sea, avalaron lo dicho por mera cuestión de género y no por el contenido de la denuncia, la cual no solo exhibía efectismo, sino también una frivolidad innecesaria, que no viene y no pinta en un texto que pretende poner en bandeja una bajeza, como citar una canción de José Luis Perales, entre otras maravillas.
En parte resulta positivo ver que las mujeres no están solas en lo que consideran un atropello, pero por otro lado genera decepción ver a varias escritoras con visibilidad mostrando su condena contra alguien a quien pueden condenar en público, prefiriendo el silencio cuando se tiene que señalar a sujetos en situaciones similares, a saber, no olvidemos el mutismo que más de una abanderada del feminismo tuvo en el caso de Gustavo Faverón. Lo visto ayer me hizo pensar en la tara mayor de nuestra llamada clase intelectual: sacrificar la convicción con tal de no chocar con una red de poder.
Ybarra reaccionó, ver aquí.
Aunque no estoy de acuerdo con la manera en que se defendió, lo hizo a pocas horas de la denuncia. Guste o no: su defensa es más consistente que la acusación.
Ybarra no es un santito. Si es responsable de lo que se le acusa, tendrá que asumir las consecuencias sociales de sus actos. Puedo entender los saludos y críticas que suscitan sus posturas, posturas que detesto la mayoría de las veces, en especial cuando ataca innecesariamente a gente decente, jugando en pared con la recua de resentidos a la caza de una posición en el medio (y todavía en este “medio”).
Lo visto ayer perjudica al CP. A más de uno le ha dejado la sensación de que el cargamontón contra Ybarra es parte de un plan de aniquilamiento moral por las últimas críticas de este a los líderes de los colectivos feministas y grupos de izquierda que tienen la “cualidad” de ser redomados pegamujeres. 
Más cuidado, pues.

jueves, noviembre 09, 2017

de editores y leyes

Llama mi atención una mesa de diálogo que se realizará en las próximas horas en el Hay Festival de Arequipa. El tema, necesario y por demás interesante, va sobre cómo debería ser una nueva ley del libro. Para tal fin, se cuenta con la participación de los editores Arthur Zeballos, Víctor Ruiz, Gabriela Olivo de Alba y Ezio Neyra, quienes conversarán con Álvaro Lasso.
Los asiduos del blog saben que a tres de ellos los he llamado cabeceros y mucho barullo no ha habido al respecto porque, imagino, son los primeros en asumir esa triste condición, obviamente, no con orgullo. Al respecto, albergo la esperanza de que puedan cambiar, todo acto que motive una perestroika ética siempre será más que bienvenido. Sin embargo, esto no impide revelar la ausencia de un requisito indispensable para esta clase de debates: la autoridad moral para llevarlo a cabo. En otras palabras: ¿cómo puedo hablar de la ley del libro si en mi hoja de ruta tengo a varias decenas de autores estafados y descontentos con mi trabajo? No hay mucho que pensar, somos testigos de los frutos del relacionismo más extremo, pienso en Lasso y Zeballos, que repiten plato en mesas editoriales en este nuevo Hay. Objetivo cumplido: estrechar lazos comerciales. Bien por ellos, por haber armado una suculenta red de poder que los lleva a erigirse como los más puros representantes locales del activismo editorial. Pero no se confundan, muchachones, la contactología depara luz inmediata, pero no respeto (así te mandes con un catálogo de lujo que esconde un condenable costo humano), menos en un tema en el que se hace necesario contar con voces inmaculadas de cabecismo y semejanzas, pienso en el causa de Ruiz y Neyra, Paul Forsyht, en Julio Isla Jiménez, en Pablo Cotrina, pero en especial en Milagros Saldarriaga, que ha puesto en funcionamiento efectivo una institución del Estado, interesada en la difusión de la lectura a través de todos los niveles generacionales y educativos. Forsyth, Isla, Cotrina y Saldarriaga sí nos pueden decir cosas sobre la difusión del libro y especular sobre leyes que favorezcan precisamente esa difusión. Lo que veo en estos editores y promotores son dos aspectos felizmente divorciados: el trabajo por difundir la lectura y la carencia de contactos festivaleros. Lo primero salta a la vista, pero lo segundo no está en su radar y en verdad no tiene que estarlo. A este cuarteto, sumemos el de Leonardo Dolores, amigo de todos, pero que en esa gaseosa condición jamás ha estafado a nadie y ha posicionado su grupo editorial sin realizar una tierra arrasada de autores.
Por ello, se pudo tener una mesa interesante y libre de cuestionamientos si es que los organizadores no hubiesen sido tan vagonetas, supongo que informarse debe ser parte de los cerebros del Hay: G. Olivo de Alba, E. Neyra, P. Forsyth, J. Isla Jiménez, P. Cotrina y M. Saldarriaga, en conversación con L. Dolores. Aunque parezca, no tengo nada personal contra los excluidos de mi mesa potencial. La figura es así: si has cabeceado y no te ha pasado nada hasta el momento, eso no te libra de la consecuencia social de las ya conocidas acciones cometidas. Hay pues que trabajar mucho para limpiar la imagen y cumplir con los perjudicados, no todos hacemos eco de los sucesos de la contactología.
En cuanto a Neyra, separo los niveles, su trayectoria como escritor no tiene nada que ver con su cuestionada labor como encargado de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura. Más allá de algunos éxitos, como la pasada Feria del Libro de Editoriales Independientes, no pocos se preguntan hacia dónde va la oficina que encabeza. Su gestión lleva poco más de dos años y poca claridad hemos visto en la misma. A lo mejor el problema sea la falta de comunicación y ruego que sea así, de lo contrario estaríamos ante la crítica mayor: su poca disponibilidad de servicio cuando se trabaja para el Estado. De ser así, tendría que renunciar. Su cargo demanda voluntad de servicio, no  autoservicio. No hablamos de una institución privada, así de simple.
Dicho esto, espero el milagro, el triunfo del criterio, como el de la buena voluntad para enhebrar ideas en pos de una ley del libro fija, y no periódica. Eso.



martes, noviembre 07, 2017


sin secreto

Lo sabíamos desde hace un mes: por estos días el país estaría inmerso en una tensa cuenta regresiva dividida en dos paradas: el viernes 10 y el martes 14.
Al respecto, no hay mucho que pensar: el fútbol peruano es superior al de Nueva Zelanda. Entonces, en teoría estaríamos ante un trámite, una especie de puesta en escena de la verdad conocida.
Sin embargo, el problema del futbolista peruano, y vaya que lo vimos en el último partido con Colombia, es su natural tendencia al arrugamiento emocional en momentos límite. De estas pequeñeces anímicas tenemos muchísimos ejemplos, cada cual candidato a vergüenza deportiva nacional. En realidad, no hay peruano que no tenga un rosario personal de fracasos, muchos de los mismos relacionados al fútbol.
Por ello, ante la superioridad física del neozelandés, no queda otra que apelar al secreto nacional: la pelota al suelo, sin levantarla jamás. Esto es lo que piensa todo peruano de a pie, no por iluminación cultural, menos intelectual (no pidamos milagros, o, en todo caso, no abusemos), sino por criterio común. Criterio que proviene de la esencia básica del pistazo, aquel espacio que configura el contacto del niño con el balón, que en el tiempo somos testigos en el pelotero ya crecido pero que jamás dejará de ser niño, o sea, pelotero adulto irresponsable. A este juego al ras, se le sumará disciplina táctica, administración en los movimientos en el campo. Solo eso. 
La tradición del juego contra los fantasmas. Por eso somos la cultura del casi casi. Ejemplo: hombres y mujeres entran en trompo ante la ausencia de Paolo Guerrero en estos dos partidos del repechaje. Si hay algo, entre lo mucho, a reconocer en Gareca, es precisamente la conformación de una idea de juego dependiente del buen momento del obrero talentoso, no del capataz estrella. Este equipo no necesitó de Pizarro, ni de Vargas, ni de Zambrano, para estar en el lugar en que ahora se encuentra. La idea de juego hizo posible lo imposible.

lunes, noviembre 06, 2017

valencia / milla / ferrari

Si alguna tara mayor exhibe la intelectualidad peruana, esa es, sin duda alguna, su doble moral.
A esta maravilla de la ética, sumemos ahora su conchudez, esa incapacidad para pedir disculpas, la ausencia de autocrítica que la equipara al nivel del lastre que más crítica.
Cuando pensaba que la izquierda local detendría su caída libre, esta nos sale con otra sorpresa. Peor cuando estos destapes vienen por cuenta de mujeres que han sufrido los maltratos de hombres y mujeres que han hecho suyo el indignado discurso de la violencia contra la mujer.
Estas denuncias públicas de las mujeres violentadas, física y psicológicamente, aparte de revelar el rasero de la intelectualidad zurda, ponen de manifiesto la inutilidad de las posturas de superioridad moral de las voces actuales del feminismo local, que ahora recibe una letal dosis de ubicaína, puesto que si pretendes señalar hacia el patio, primero debes hacerlo con los hombres y mujeres que conforman el colectivo con el que se construye una postura ante la sociedad.
Las denuncias contra Abraham Valencia, Ricardo Milla Toro y Verónica Ferrari, son axiomáticos reflejos de la gangrena que recorre por las venas emocionales del país. Esta gentuza creía que nunca se sabría de las agresiones verbales y físicas que cometían contra sus parejas. Claro, se alucinaban intocables porque sacaban provecho de una postura política basada en la defensa y el bienestar común, fungiendo de portavoces de esta cuando en la intimidad masacraban a sus parejas.
Todavía no leo el comunicado de Ferrari, y espero que piense lo que dirá, porque de lo que se le acusa, se sabía, corría como un rumor entre los gremios feministas, que no hacían nada para no afectar el bien mayor.
Pero sí he leído los comunicados del otro par de huevones. O sea, qué paja: masacro, ofendo y digo que me someteré a terapia. No, baboso, lo que debes es rehacerte, volver al grado cero de tu esencia, en un tacho de basura, por ejemplo, y permitir que hombres y mujeres más capaces y dignos sean los que prediquen y honren en coherencia lo que tú jamás. 
Mientras tanto, seguiré esperando las férreas condenas de los autodenominados representantes de la Ética de las redes sociales. No sentiré que estaré el tiempo, porque con ellos no existe la doble moral.

sábado, noviembre 04, 2017


coherencia / tibieza

Mucho se dice de los principios que rigen las nobles y justas causas sociales, y hay quienes han hecho mucho dinero en base a ese discurso, cosa que no tiene nada de malo, siempre y cuando se muestre coherencia y un claro compromiso de servicio hacia el otro.
Pero no siempre vemos coherencia, porque los principios se ponen a prueba cuando se hallan en un entredicho con los intereses profesionales, políticos y económicos. Cuando ocurre ese enfrentamiento, que más que uno evita, es cuando vemos de qué están hechos los principios de hombres y mujeres que trabajan en pos de causas “sociales” o fines “nobles”.
En este sentido, gratifica ver actitudes como las del psicólogo Ernesto Reaño, que puso en evidencia las prácticas discriminatorias de un influyente colegio limeño contra niños con síndrome de Asperger. Reaño bien pudo callarse y seguir tranquilo en su vida profesional, construyendo un prestigio como psicólogo, es decir, pudo abocarse a la condena silenciosa, al señalamiento desde el escondite, haciendo suya la cobardía del bacán de las causas nobles. Así, pues cualquiera, hasta , y más en esta era líquida.
Quien escribe estas líneas no se hace problema alguno, en lugar de creer en el verbo tribunero, creo en la consecuencia de los principios.
En la otra margen, hallamos un caso para rabiar, sea por la acción cometida y el inmediato “silencio” que lo relativiza. 
Obvio: hay que combatir el maltrato a la mujer en este país, desde todos los frentes y sin filtrar las denuncias de acuerdo a la filiación política, ideológica y amical que se tenga con el maltratador. Lo digo en relación a Abraham Valencia, denunciado por sus exparejas por maltrato físico y psicológico. Valencia, asesor político de Nuevo Perú y de Veronika Mendoza, ve caer su carrera política a cuenta de un acto condenable que pretendió tapar con la postura de la superioridad moral del izquierdista. Y aunque las condenas zurdas a este sujeto han aparecido, estas exhiben tibieza ante el horror. La situación sería distinta, por supuesto, si el agresor fuera un fujimorista o un aprista, el enemigo político.