viernes, diciembre 15, 2017

realidad gris

Mientras esperaba a que trajeran un par de botellas de vino, y acomodado en una zona segura de la muchísima gente del Wong de Dos de mayo, leía lo que siempre leo en esta época del año, solo que ayer me di cuenta de que regreso a Dirección única de Walter Benjamin, en esa edición de colores plomo y morado de Alfaguara. No vale la pena preguntarse por la razón de esta recurrente relectura de fin de año, al menos no quise pensar en sus motivos, más aún cuando ni tu zona segura es tal, espacio ahora invadido por adorables seres de menos de un metro de altura.
Es decir, para qué inquietarse por lo que es, ante lo evidente. Me gusta ese libro de Benjamin y me importa poco la razón de su relectura en estos días de tráfico, estrés y apuros. Sobre la realidad, o sus golpes, o quizá su poder de manifestar la incoherencia que lamentablemente no pocos asumen de la vida virtual, recordé la pregunta que un buen amigo me hizo días atrás en cuanto a la imagen que no pocos quieren proyectar en las redes sociales y la gris percepción que experimentan al salir de ellas.
En esa suerte de divorcio, y cada día me convenzo de ello, hallamos las más encendidas bajezas. Veamos el origen, algunas perlas: el narrador likeado hasta por el Papa y que no vende ni trescientos ejemplares; el lector fijón sin voz, hecho que lo desespera; el aspirante a escritor que se causea en msn con el narrador/poeta del momento, al que aprecia por sus cualidades humanas pero al que no demora en odiar porque esta luminaria no lo saluda en los saraos literarios, no con el entusiasmo mientras comparten memes y emoticones; el individuo que espera más de un año a que acepten su solicitud de amistad de Facebook y que una vez consumado el clic, el sobrado pasa a ser un aliado en la lucha contra los centros de poder cultural, al menos eso es lo que alucina el individuo. 
Acontecimientos maravillosos de la aldea líquida, y por tales, divertidos. Al menos yo la paso bien ante tanta muestra histriónica de doble vida, pero no a esos niveles celestiales cuando escucho los chistes del maestro Melcochita.

jueves, diciembre 14, 2017


dos novelas

Este 2017 va llegando a su fin y ya podemos especular sobre cómo nos ha ido en cuanto a la producción novelística local. Hemos tenido novelas que cumplían contando historias truculentas y atractivas, como La segunda amante del rey de Alonso Cueto; las que nos brindan un recorrido temático por la obra forjada, pienso en Las orillas del aire de Karina Pacheco y Destierro de Alina Gadea, tampoco pasemos por alto el riesgo verbal de La sinfonía de la destrucción de Pedro Novoa, destaquemos también la primera parte de Sustitución de Jack Martínez y el esperado destape de Alejandro Neyra con El espía innoble. E imposible no consignar los títulos enfrentados en un acalorado repechaje para erigirse como la peor novela del año: No tengo nada que ver con eso de Juan Carlos Ubilluz y No somos nosotros de Ricardo Sumalavia.
En estos últimos meses, en especial durante las semanas de la FIL, fuimos testigo de una ausencia: la del narrador serio. Pero lo que sí vimos fue al narrador entregado a la autopromoción y a la mentira de su éxito. Lo que el narrador peruano tiene que saber es que el verdadero lector es muy intuitivo para detectar la atorrantada, por eso es implacable en su castigo: sus libros no se venden. Además, si cada Like fuera un comprador potencial, estaríamos ante epígonos de Renato Cisneros, quien cumple con Dejarás la tierra, pero a la que no podemos equiparar con su novela precedente.
Dos novelas que me entusiasman: Esta casa vacía de Marco García Falcón y Quién es D´Ancourt de Carlos Arámbulo. La primera apela a la tersura narrativa y a la linealidad argumental, mientras que la segunda a la densidad en la prosa y a la complejidad temática. Transitan distintos caminos pero convergen en la parcela del dolor generacional. Nos hallamos ante novelas escritas desde la vergüenza anímica y la autodestrucción, en franco testimonio de que si se pretende narrar, no hay que guardarse nada. Léanlas.

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Publicado en Caretas

miércoles, diciembre 13, 2017

tragedia y verdad

En estas últimas semanas no he podido ser ajeno a las resonancias emocionales e intelectuales a causa de la lectura de El meteorólogo (2017) del escritor francés Olivier Rolin.
Quizá la referencia al autor no sea del todo cercana para el lector de estos lares, pero si me animé a leer el libro fue a cuenta de la editorial que lo publica. No es para menos, puesto que el catálogo de la editorial española Libros del Asteroide me ha brindado no pocas experiencias que termino atesorando. Lo mismo podría decir de otros sellos que marcan una saludable diferencia con la oferta de editoriales más poderosas.
Como señalo en el primer párrafo, aún persiste el impacto del libro, lo que me lleva a preguntarme en qué consiste su radiactividad. Al respecto, podemos especular sobre sus senderos, sean estilísticos, estructurales y temáticos. Igualmente podríamos inquirir sobre su naturaleza genérica y, en lo que a mí respecta, no me preocupa su linaje. Si es novela o testimonio, poco o nada suma en la valoración que habría que dar a Rolin como escritor, que no solo nos ha entregado un ejemplo de su calidad literaria, sino también una historia que tiene el suficiente poder de ir más allá de la experiencia de la lectura, en otras palabras, no solo nos quedamos con un perfil configurado para sus evidentes fines narrativos, sino con una sensación que obliga al lector a cuestionarse existencialmente y también a pensar en el otro, el prójimo.
Así es, estamos hablando de un pequeño acontecimiento. Y se lo debemos a Rolin, porque si algo identifica a la narrativa actual en el mundo, es precisamente la ausencia de libros que vayan más allá de su condición de tales. Pero este acontecimiento no sería lo que es si su hacedor no fuera dueño de convicciones políticas e ideológicas, según su hoja de vida, pautadas por la militancia. Cuando joven, Rolin fue un creyente en la revolución comunista, pero antes de hipotecarse a partido alguno, se mantuvo aferrado a los principios en los que se nutría la revolución, principios que sabemos, hasta para quienes no sintonizamos con la seña política, descansan principalmente en la protección del hombre y la igualdad social. Rolin no tardó en decepcionarse de la revolución por culpa de sus sátrapas y dictadores, que hicieron que esta trajera hambre, miseria, muerte y humillación. Su mayor ejemplo trágico: lo ocurrido con la URSS.
Consignamos esta postura del autor con el fin de entender el ánimo del proyecto narrativo que nos cita. Sin esa creencia en los principios de izquierda, no tendríamos en manos la joyita narrativa El meteorólogo, que nos presenta a quien ya debemos tener en el radar: Alekséi Feodósievich Vangengheim, un destacado hombre de ciencia que se desempeñó como jefe del Servicio Meteorológico de la URSS, Vangenheim era un convencido de la importancia de su labor, asumida como piedra angular para los fines de la revolución del Partido dirigido por Stalin. Vangenheim sabía que estaba siendo parte de un cambio que podía extenderse por todo el planeta, sentía la revolución en la piel, al punto que llamó Eleonora a su hija porque ese era el nombre de la hija de Lenin. En otras palabras, Vangenheim era uno de los aliados de la revolución comunista.
Como todo Estado totalitario, la URSS comenzó a sacar a flote sus lados especulativos y conspirativos, condimentados con irrefrenable paranoia. Había que cuidar la transformación social y en este cuidado absolutamente todos eran sospechosos. En 1934, el reputado meteorólogo es acusado de traición a la causa revolucionaria y sin más explicación fue enviado a las islas Solovkí, que conformaban la cárcel geográfica del Gulag. Nuestro hombre de ciencias no sabía de qué clase de traición se le acusaba, y como era tan bienpensado, llegó a creer que su situación partía de un malentendido. En los días y noches de carcelería, y debido a sus ataques de nervios que lo hacían ineficaz para el trabajo físico, Vangenheim se dedicó a la lectura y el estudio. Tengamos en cuenta que no era la única persona con conocimiento, también se encontraban músicos, científicos, escritores y filósofos en su misma situación. Por ello, cuando eran intervenidos, estos no dudaban en llevar consigo todo su material de trabajo. El personaje de Rolin leía mucho, pero también dedicaba las horas a la escritura de cartas, en este orden de destino: su hija, su esposa y el dictador Stalin, a quien rogaba que viera por su situación, ya que no entendía el porqué de su encierro cuando la revolución que él comandaba era también la suya.
Como padre ausente de la crianza de su hija de tres años, las misivas a su pequeña exhibían un contenido pedagógico sobre las maravillas naturales, como los amaneceres, y también la flora y fauna que veía a diario. Estas cartas venían acompañadas de dibujos y pequeños textos que los explicaban.
En este punto, no es nada gratuita la información de las cartas a su hija. Gracias a estas misivas es que la historia del meteorólogo llega a las manos de Rolin, que arriba a ella tras una invitación en 2010 a la Universidad de Arjánguelsk. No era la primera vez que Rolin prestaba servicios académicos, y como ya conocía el lugar, decidió hacer otros viajes cortos, quedando fascinado por el paisaje de Solovkí, lo que hizo que germinara en él la intención de hacer una película. Para ver las locaciones de su posible proyecto cinematográfico, Rolin regresó a Solovkí en 2012. En este nuevo viaje que el autor se topa con la historia secreta de Vangenheim, de quien tiene conocimiento gracias a un álbum no venal preparado por la hija de un desaparecido llamado, precisamente, Vangenheim.
Las intenciones de hacer una película quedaron de lado porque el llamado sobre la vida del meteorólogo ejerció en nuestro autor una obsesión complicada de eludir. La fascinación por saber más de este hombre bueno y común fue el impulso que llevó a Rolin a elaborar un rompecabezas informativo, labor que de por sí se pintaba de imposible. Tengamos en cuenta que han pasado muchas décadas desde la desaparición del meteorólogo y que lo más probable era que existieran contadas posibilidades de encontrar testigos directos que pudieran explicar lo que pudo pasar con él.
Rolin empieza a recoger material, todo el disponible para reconstruir la noción de un hombre injustamente acusado por el Partido y condenado a muerte. El autor se vale de las cartas, como también del testimonio de historiadores y la voraz lectura de libros que abordaran las secuelas de la dictadura de Stalin. Es precisamente en este armado de información en donde encontramos la médula de este proyecto. Nos enfrentamos, más que a una inteligencia, a una sensibilidad que en la administración de información es capaz de indignar y conmover. Esta ambivalencia sensorial se la debemos a la autocrítica de Rolin que señalamos líneas arriba. Rolin cree en los principios del comunismo, pero no en la desgracia que hicieron de él sus asesinos.
Lo ideal es calificar a El meteorólogo como un extraño artefacto narrativo. La decepción de Rolin del sistema comunista le permite ejercer una libertad discursiva, que vemos en la exposición de los materiales a disposición, y en este curso el autor no es ajeno a sus opiniones sobre Vangenheim, tal y como podemos ver en los párrafos en los que resalta la ingenuidad del científico al creer que su situación partía de un mal entendido o de un mero error burocrático, cuando lo cierto era que ya estaba condenado a muerte.
¿Una historia real? Por supuesto. ¿Hay algo de ficción en esta publicación? Lo más probable, y de ser así, poco o nada importan las fijaciones sobre las gotas de ficción capaces de teñir un texto de no ficción. Rolin tuvo que especular y así llenar los vacíos en la tragedia humana que nos presenta. Además, lleva a cabo esta empresa mediante una prosa aséptica, que nos revela su grado de compromiso con la palabra escrita en función a su tema, o sea, una ética discursiva contra el ego creador, esa criatura maligna capaz de resentir cualquier proyecto literario gracias a los caprichos de la prosa adornada. En la aparente facilidad de la palabra, Rolin nos obsequia una historia de vida con el poder de hacernos mejores personas. Hay que agradecer.

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En SB

martes, diciembre 12, 2017


hombres que cambiaron

Días atrás terminé El origen de la hidra, de Charlie Becerra. Al respecto, hice una breve alusión al libro en un post anterior, destacando la valentía del autor para abordar un tema delicado, como lo es el crimen organizado en el norte del país. Obviamente, recomiendo su lectura (pese a que las últimas treinta páginas parecen un texto volteado de la transcripción de una entrevista de Larry King), en especial para no pocos de nuestros maravillosos escritores locales, a ver si se animan y van a la caza de historias, sin esperar a que lleguen mediante el inbox o el wasap.
Entre los personajes que abundan en esta historia real de sangre, indignación y llanto, llama mi atención Óscar Narro. Un personaje redondo que Becerra perfila sin que le tiemblen los dedos. Narro pudo apelar al silencio, pasar de largo cuando se le habló del proyecto, o, en el peor de los casos, pedir un código para aparecer en la narración. Felizmente no fue así. Narro tiene confianza en sí mismo, específicamente en la protección que le brinda su creencia en Dios. En Narro está la sal de este tremendo trabajo de compromiso e investigación. Los escritores, sin importar que sean de ficción o no ficción, no siempre encuentran la presencia, o idea de noción, de un personaje con tantos puntos de desencuentro, con la suficiente resonancia para calibrar las páginas y elevarlas más allá de lo “bien escrito”, que las conviertan en candidatas, en principio, a una mediana perdurabilidad. 
En mi vida he conocido a dos tipos como Narro. Ambos tienen ahora una calidad de vida basada en el trabajo y la firme intención de enmendar a otros criminales por medio del testimonio de vida. Asesinos y mafiosos que pagaron su deuda con la sociedad, creyentes de Dios y respetados como hombres de bien. 

emoción y verguenza

Marco García Falcón es uno de los autores más destacados de la narrativa peruana del siglo XXI. A estas alturas, considero poco probable que se le arrebate la insignia representativa que lo posiciona como el mayor prosista de su generación, a ello habría que añadir la discusión que suscita el rumor que lo ubica como uno de los más destacados prosistas surgidos a partir de 1950. Bajo esa impresión, si tuviéramos que hermanar su poética, tranquilamente, a nivel de prosa, pensaríamos en Julio Ramón Ribeyro y Luis Loayza. Así es, palabras mayores, valoración sustentada en la sana y desinteresada experiencia de la lectura.
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Desde la publicación de su cuentario París personal (2002), García Falcón (GF) supo dejar la marca de su sello. Es decir, así nos hayan gustado o no los argumentos de aquel conjunto, teníamos la certeza de que estábamos ante una voz singular y una escritura que fluía sin problema alguno, distinguiéndose en sobriedad y ajena a lo que para no pocas plumas, entre debutantes y trajinadas, es todo un dolor de cabeza: el hechizo de la compleja sencillez. Estas dos características también las vimos cuando GF incursionó en novela, recordemos El cielo de Capri (2008) y Un olvidado asombro (2014), empresas en las que afianzó su cualidad de eximio prosista y eficiente contador de historias.
Si tuviéramos que elegir entre estos tres títulos aquel que sirva de puerta de entrada a la presente poética, no tendríamos que pensar mucho. Es su primer libro de cuentos el que nos brinda la marca en alto relieve de lo que fue/es/será la cartografía narrativa de GF. Al respecto, y a modo de ejemplo general, pensemos en el diálogo estilístico y temático entre las dimensiones metaliterarias y vitales que caracterizaron a la narrativa peruana que se dio a conocer en la década pasada, precisamente en sus años de apogeo (2004 – 2007). Esta característica inicial originó más de una discusión y no pocos autores y críticos perdieron la brújula al especular sobre su inmediato antecedente, cuando lo cierto era que en París personal se hallaba su origen de época. Pero este libro no solo quedó como documento, se alejó de la mención barata de los pie de página, puesto que el tiempo lo ha convertido en uno magisterial para autores en ciernes y del mismo modo para plumas fogueadas pero perdidas en los intereses temáticos de lo que se entiende como metaliteratura. Por esa razón, me pregunto: ¿Qué hubiese ocurrido si prestábamos más atención a este libro? Fácil: lo metaliterario no hubiese desaparecido como lo hizo, dejando una incómoda sensación de moda o mero interés editorial.
Tanto la crítica y los lectores destacaban el vuelo narrativo de GF, y en lo personal recuerdo la sentencia que sobre el autor diera el recordado Oswaldo Reynoso, nuestro estilista mayor luego de Martín Adán: “El mejor de todos”.
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Si algo podíamos objetar a este escritor, si un reparo consensuado se imponía como señalamiento, este no era otro que la falta de arrojo que exhibía en sus temas que abordaba. Es cierto que sus historias yacían en la arqueología emocional, pero a esta arqueología le faltaba tierra y barro, ensuciarse como debía, cosa que extrañaba a sus lectores, puesto que arsenal narrativo es lo que siempre le ha sobrado.
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Por ello, los saludos de la crítica y los genuinos aplausos de los lectores que viene generando su última novela, Esta casa vacía (Peisa, 2017), son más que justificados. Y sin exagerar, la presencia de esta novela justifica la producción novelística de este año. Cuando parecía que la irregularidad sería la pauta, GF nos entregó una novela en la que prima lo que no viene exhibiéndose en nuestros narradores: emoción y  vergüenza.
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Nuestro autor nos presenta a Giovanni Perleche, escritor y profesor universitario, entregado a todos los trabajos posibles que le permitan pagar las deudas generadas por la casa que construye en el inmenso jardín dentro de la casa de sus suegros, pero ante todo Perleche está preocupado por costear el tratamiento de la extraña enfermedad que sufre su pequeño hijo Tadeo. Perleche transita por la vida, derrotado por su situación familiar y sin pocas expectativas de futuro inmediato, pero en esta situación, Perleche refuerza su esperanza, la búsqueda de redención en la escritura. Mediante este acto de fe nos cuenta su descenso a los infiernos, en la que su autodestrucción a causa de las drogas es una de las perlas de su degradación. Perleche no es un mal tipo, por el contrario, podemos aplaudir su buena voluntad y es precisamente en este aspecto donde GF pone la carne en el asador: nos detalla la incoherente configuración moral de su protagonista. Perleche no quiere hacer daño, pero daña. Perleche quiere cambiar, pero no puede hacer nada ante el placer que encuentra en la zona oscura de su vicio.
Así es, somos testigos de un hombre que se dinamita solo. Y para tal fin, nuestro autor repotencia recursos que habíamos visto en sus novelas anteriores y que aquí brillan en excelencia: la fuerza del silencio narrativo. Lo que no se dice y que destruye. No es gratuita, por ello, la presencia de uno de los epígrafes de la publicación, como los siguientes versos del poeta Lizardo Cruzado: “Escribo / Porque / Me gusta el / Silencio / Si no, gritaría”. Y tampoco es gratuita la referencia a Blanca Varela durante el desarrollo de esta historia, alusión que refuerza la epifanía de la transmisión silente.
La novela es dueña de una estructura compleja que ampara a muchos personajes, situación que podría peligrar cuando hablamos de una novela aparentemente corta (no nos engañemos por la diagramación), mas esta complejidad se diluye a cuenta de la excelente prosa de GF, y cuando digo “excelente”, no lo hago destacándola como virtud de oficio, sino por simple descripción. Lo que puede pintarse de virtud para otras voces, en estas páginas es naturalidad.
Como ya indicamos, son los silencios que taladran los que llevan la novela a una radiactividad que agradecemos. Uno como lector se pregunta en qué momento Perleche empieza su autodestrucción, las inquietudes se suceden una tras otra con el claro objetivo de entender el origen de este viaje al agujero negro de la vergüenza. Una de ellas: ¿qué lo lleva a dejar por escrito su cataclismo personal? Para tener una inicial idea de ello, prestemos atención a los pasajes en los que Perleche detalla su reencuentro en su etapa de enamorados con Micaela, su esposa y madre de su hijo; en los lazos que halla entre su padre y su suegro, aspectos que lo debilitan y enfurecen; también en sus amigos Dante y Paco Mendizabal, que lo transportan a un pasado cuando la escritura y la vida eran razones suficientes para justificarse ante sí y los demás.
Aparte de entregarnos una muy buena novela, cuyas cimas narrativas nos resultan evidentes, GF nos presenta una íntima radiografía generacional, es decir, la puesta en escena de la resaca existencial que marcó a la juventud tras la dictadura fujimorista, juventud preocupada en sí misma, sin más horizonte que la supervivencia egoísta.
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Todas las reseñan coinciden en que este es el mejor libro de GF y quien esto escribe se une a ese veredicto. A este consenso sumaría su posicionamiento como una de las mayores novelas peruanas del presente siglo. Sin embargo, y esto es lo más interesante: la novela no solo es expresión literaria de otro lote, puesto que la experiencia estética que depara viene seguida de un cuestionamiento en el lector de turno, generando en él la posibilidad de un cambio de actitud. ¿Acaso todos somos Perleche o tenemos algo de su dañada sensibilidad? Lo dicho, queridos lectores, no se manifiesta tras la lectura de cualquier libro.
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Desde ya nos encontramos ante una novela que sobrevivirá por sí sola. Y es hora de manifestar lo siguiente: novelas como esta nos brindan la posibilidad de pensar en un buen momento de la narrativa peruana actual, pero uno real, sin trampa, ergo: lejos de las estrategias de posicionamiento feroz de sus autores y sin editoriales grandes e independientes que nos venden humo de orégano cada semana.

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En SB

lunes, diciembre 11, 2017

reencontrar

El sábado en la noche, dos horas después de la presentación del cuentario de una amiga en la Feria Ricardo Palma, caminaba por las calles del Centro, en donde me encontraría con un grupo de amistades y conocidos, con los que asistiría a dos conciertos. Aunque yo solo pensaba ir a uno.
Sea como fuere, llegué al bar y más de un integrante del grupo ya estaba sazonado, según supe, desde las seis de la tarde. El ambiente del bar estaba en un creciente punto de ebullición, voces pautadas por la alegría, la motivación líquida como permanente acicate.
Compartí tres chelas pero sentía hambre. La obligada dieta en base a ensaladas y carnes a la plancha resultaba insuficiente para mi estómago. Me puse de pie y dije que volvería luego, el pretexto: comprar una cajetilla de Pall Mall rojo.
Había necesidad de grasa, pero ante todo de sabor. En cierta ocasión, mi pata Abelardo me llevó a un chifa en el Rímac. Quizá el chifa con el servicio más rápido de Lima. En menos de dos minutos el cliente tiene en su mesa el plato seleccionado, además, no tienes la sensación de que te apuran.  
No estaba decidido del todo, ir a ese chifa me alejaría del grupo, pero no de los destinos que justificaban la noche. Se trataba de un capricho, lo que más abunda en esta ciudad, no son pollerías y cevicherías, sino chifas. ¿O quizá era solo el deseo de caminar? En lugar de hacerlo por Camaná, me abrí de la ruta con la idea de dirigirme al chifa rimense por la plaza Mayor.
Sin embargo, me detuve un rato en la plaza San Martín. Allí encontré a los eternos polemistas, distribuidos en cuatro grupos. Hablaban de la actualidad política, como también de las cualidades de la cultura incaica. A pocos metros de uno de ellos, un pata de lentes gruesos vendía en el suelo una serie de separatas políticas y también algunos libros. Mi celular comenzó a vibrar y cuando lo vi, quien llamaba era uno de los patas con los que iría a uno de los conciertos. Como ya sabía las direcciones de los destinos, no contesté la llamada. Me concentré en los libros, y valió la pena, sirvió no apurarse ante las joyitas que uno encuentra por segunda vez, porque un par de libros no los veía en tiempo. Esos títulos los tengo en casa, resistiendo al tiempo en cada relectura fragmentada. La novela de una novela de Thomas Mann, en Sur; y Lo mejor de Rolling Stone, en Ediciones B. El segundo título no tenía la falsa carátula, pero era un detalle menor. Los compré y fue inevitable no ser invadido por una grata y calmada satisfacción. 
Olvidé la caminata hacia el chifa y fui por un cuarto de pollo a la brasa en Kachito, antes de ir a los conciertos del Jr. Moquegua.

sábado, diciembre 09, 2017


subvalorado

Ayer, mientras me encontraba en el  LUM a la espera de realizar algunas fotos, a la espera porque había más gente de la que había supuesto. Como lo que más detesto es tener la sensación de no hacer nada y estar perdiendo el tiempo, me puse a leer en calma, mirando al mar y con un café a mi costado, el último número de la revista Lucerna, que en su décimo número trae un libro adicional (claro, los números anteriores de la revista también traían uno, pero el de esta ocasión es otra cosa), la antología El bosque de las plumas de Li Tai Po. La impresión queda corta ante la impecable edición realizada por el director de la revista y editor del sello homónimo, Julio Isla Jiménez.
En principio, me interesaba leer la entrevista a Jorge Ninapayta, el texto crítico sobre una exposición de vanguardia surrealista llevado a cabo en Lima en 1935 y las traducciones de diez poemas de Cummings. Me puse en ello, pero la lectura se vio interrumpida ante el intempestivo saludo de Juan, un joven lector al que no veía en más de tres años, y de quien guardo un buen recuerdo. Juan estaba con su enamorada y luego de las puestas al día de rigor, me contó de la labor social que viene realizando para una ONG, institución con la siente muy comprometido, cosa que me alegró porque esa era la sensación que siempre he tenido de Juan, quien sabiendo que me había interrumpido, siguió visitando las salas de exposición permanente del museo. 
Seguí en la lectura, prestando especial atención a uno de los conceptos de Ninapayta sobre el cuento. Punto de vista interesante sobre la intención pedagógica del género, que estoy seguro hará saltar a más de un sabelotodo. Bien puedo estar o no de acuerdo con Ninapayta, hay pues un peligro en lo que dice, pero también, y dejando de lado los posibles desacuerdos, un concepto como este adquiere relevancia gracias a su autoridad, al reflejo de aquella idea en sus cuentos, la mayoría de ellos dueños de una alta calidad. Ninapayta es uno de los escritores peruanos más subvalorados y su muerte no solo refuerza esa penosa condición, sino también un magro destino: el olvido.

viernes, diciembre 08, 2017

denuncia / vigencia

Así sea un deseo en vano: tengo esperanza de que en las próximas semanas se proyecte en algunas salas limeñas Detroit (2017) de Kathryn Bigelow.
Si una característica vemos en la directora norteamericana, es que no solo ha crecido exponencialmente como narradora visual, sino que desde hace algún tiempo sus trabajos vienen exhibiendo un férreo y genuino compromiso político e ideológico. Lo que muchos cineastas no denuncian bajo el discurso del “amparo”, o pretexto, de la integridad artística, Bigelow lo lleva a cabo, sabiendo que su postura le puede generar no pocos problemas, sean legales e incluso comerciales en la industria a la que pertenece. Al respecto, recordemos lo que ocurrió con sus películas Zero Dark Thirty y The Hurt Locker.
Si bien Detroit cursa el mismo sendero crítico de sus dos últimos trabajos, se diferencia de ellos en cuanto a su representación inmediata, puesto que está ambientado a fines de los sesenta, en un contexto convulso que hundió a la ciudad de Detroit en un fuego cruzado que yacía en la violación de derechos civiles que sufría la comunidad negra a cuenta de las fuerzas del orden (policía y ejército, ergo los blancos). En este sentido, Bigelow nos ofrece en los primeros minutos de su trabajo una presentación histórica de la situación de los negros en Estados Unidos hasta ubicar al espectador en el argumento a desarrollar.
En principio, se nos muestran todos los insumos que nos permiten especular sobre una película coral, impresión inevitable a cuenta del desorden urbano originado por una comunidad indignada por los abusos y la falta de empleo, situación que se agrava cuando se declara a la ciudad en estado de emergencia. En este laberinto social, Bigelow enfoca su historia en los integrantes de la agrupación The Dramatics, que encuentran su esperada oportunidad de grabación al enterarse que los productores/busca talentos de Motown estarán en el espectáculo musical en el que participarán. El más entusiasmado con este trampolín a la fama es su cantante principal, Larry Reed (Algee Smith), sin embargo, la organización del evento es avisada de que los desmanes se vienen desarrollando cerca del teatro y que por orden policial los asistentes deben regresar a sus casas.
Con los ánimos por los suelos, The Dramatics acepta su destino. Sin embargo, Reed junto a su amigo Fred Temple (Jacob Latimore) deciden compensar en algo la frustración, buscando un consuelo al paso ante lo evidente: no volverán a tener semejante oportunidad. En este sendero a la caza de mujeres, Reed y Temple se ven envueltos en un confuso incidente en Algiers Motel, el espacio en donde se funden todas las críticas y metáforas que Bigelow busca con su película. Hasta el momento, la directora tenía la mirada puesta en el conflicto de la ciudad, riesgo que la llevó a una ineludible relación de hombre blanco malo y hombre/mujer negro víctima, y ahora, con los protagonistas ya definidos como Reed y Temple, a los que se suman el guardia privado negro Melvin Dismukes (John Boyega) y los oficiales policiales comandados por Philip Krauss (Will Poulter), Bigelow eleva la metáfora de su denuncia. No solo asistimos a una serie de atropellos hacia los negros que estaban en el motel, sino que la insania de los policías se enciende en el momento en que estos encuentran a dos chicas blancas con un negro en una de las habitaciones. Los policías asumen el escenario como un atentado a su masculinidad.
La tortura y humillación que viven los desafortunados huéspedes del motel pone en bandeja los circuitos emocionales que le interesaba mostrar a Bigelow: los niveles de degradación del que puede ser capaz el hombre déspota. Estos son los momentos mayores de la película, en los que no solo vemos las ya indicadas cuotas de crueldad, sino también ironía y humor, en una mezcla de recursos que la directora administra con cuidada perfección, sabiendo del riesgo que supone su puesta en escena en secuencias marcadas precisamente por la violencia.
Gracias al guion de Mark Boal, con quien Bigelow trabajó para THL y ZDT, no solo se testimonia de los vejámenes racistas de hace medio siglo en esta referente ciudad industrial de Estados Unidos, sino que su lectura se justifica a la fecha, mediante la vigencia de su señalamiento principal: el fracaso de los discursos contra el racismo, más cuando la justicia deviene en colaboradora de ese fracaso.
Si bien los tramos finales resienten la película a causa de un obligado orden de cosas, por ejemplo, la decisión de Reed de cambiar su vida, que edulcoran el mensaje de Bigelow, Detroit es desde ya un documento imprescindible, no solo para fines analíticos como aparato estético, sino también como punto de discusión sobre un tema que tendría que combatirse con todas las armas discursivas y legales posibles. 
La crítica ha indicado el lazo de la película con Malcolm X (1992) de Spike Lee. Estamos de acuerdo, pero no olvidemos otro trabajo, también de época, que consideramos una obra maestra, que Bigelow pudo tener en su radar: Mississippi Burning (1988) de Alan Parker.

martes, diciembre 05, 2017


contra el apuro

Aunque sé que no gustará a algunos, lo cierto es que lo más interesante de la poesía peruana de los últimos tres años viene pasando por la editorial Celacanto. Claro, no todos sus títulos me entusiasman, pero un puñado de ellos ayudaría a sustentar la impresión: Bajo este cielo de cabeza y El sendero del irivenir de Paul Forsyth, Música para tarántulas de Diego Lino y Archipiélago de María Belén Milla.
Propuestas que también tendríamos que considerar de otros sellos editoriales: Un bosque ardiendo bajo un mar desnudo (Amarcord) de José Agustín Haya de la Torre, Diccionario elemental (Paracaídas) de Miguel Ángel Sanz Chung, Insomnio vocal (Alastor) de Ethel Barja, Apostrophe (Hipocampo) de Gino Roldán, El primer asombro (Animal de invierno / Paracaídas) de Denisse Vega, Feelback (Sub 25) de Valeria Román y Fe (Vallejo & Co.) de Bruno Polack.
Obviamente, la memoria puede fallarme una vez más, por ello, reconozco que me deben faltar tres o cuatro títulos para cerrar esta tentativa lista que testimonia lo que considero es la recuperación de la poesía peruana última, asunto del que estuve conversando con un buen amigo semanas atrás, en nuestras ya canónicas caminatas flotantes. No siempre estamos de acuerdo en nuestras ideas sobre poesía peruana, pero en lo que sí, en la mejora de esta  luego de su tiempo gris a partir de 2010.
¿A qué se debe la mejora? Se colige que no estamos ante una suerte de milagro. Basta revisar los títulos citados para darnos cuenta de que, a excepción de cuatro, sus autores ya saben de la experiencia que significa publicar. Sea en la proyección de los debutantes y en la trayectoria que se construye, una luz los une y justifica: no ha habido apuro para publicar y eso lo percibimos en la sustancial mejora (consagratoria para algunos) de sus entregas.
El apuro es la peor droga en la que puede caer un poeta. A lo largo de muchos años he sido testigo del naufragio de propuestas con talento y discurso, que ubica al poeta como víctima del ansia del reconocimiento inmediato, quedando en evidencia el daño que hacen, para variar, las redes sociales, escenario dañino y a la vez seductor, en donde se puede parecer sin ser, a kilómetros de distancia de lo que se cree ser.
Y claro, cuando hablamos de apuro, no nos estamos refiriendo únicamente a la sub 40, porque esa peste también ha infectado a vates de mayor trayectoria. En otras palabras, el apuro no conoce ninguna clase de barrera y en ello desempeñan un rol importante sus tentaciones, como los premios, los recitales y los benditos festivales. Basta ver, a manera de ejemplo, lo que ha ocurrido este año, al menos en lo que he podido ser testigo: la desazón ante la incoherencia entre el evento promocionado en redes y medios y su nula repercusión en asistencia. Ese es pues el desenlace cuando se alucina que todo se justifica mediante la realidad virtual. El poeta peruano anda preocupado en cuestiones baladíes, pensemos en la construcción de su imagen, cuando lo que tendría que llevar a cabo es una atenta guardia de su relación con la poesía, si es que esta en verdad es lo suyo.
El lector de poesía conoce de estas artimañas, no gastará lo más preciado que tiene, su tiempo, para ir a escuchar y mirar a expertos (as) de la recitación. A ello, prefiere quedarse en casa leyendo a un poeta que toma en serio su relación con la palabra. No es para menos, la exhibición del poema verde seguirá siendo verde así se le camufle con efectismo. Pero hablamos de una decepción con poder, porque el lector de poesía pasa la factura: corre la voz, formando un huracán de invectivas contra el poeta a razón de la inmadurez de su poema. Entonces, ¿se imaginan en qué se convierte ese huracán cuando el lector de poesía compra un poemario que no cumple con sus bienintencionadas expectativas?
Esta breve reflexión obedece a la lectura que hice un par de semanas atrás de Plaza mayor (Celacanto) de Braulio Muñoz. Muñoz no es para nada un poeta joven, mas sí es dueño de una bibliografía a tener en consideración. Precisamente en la lectura al vuelo de los títulos que conforman su hoja de vida, se puede especular sobre su interés en la palabra escrita. Y al igual que no pocos poetas peruanos que trabajan en la academia gringa, tranquilamente pudo publicar uno que otro poemario, cosa que de esta manera comenzaba a forjar un nombre, ingresando en el radar de Poetilandia.
Bajo el rótulo de novela-poema, Plaza mayor, felizmente, va más allá de la etiqueta. Muñoz no nos presenta un descubrimiento del discurso poético, felizmente no cae en el fango de la banalidad de las categorías, gracias conceptuales que intentan vender lo ya hecho con otro ropaje. En las páginas del libro hay tanto de narrativa y poesía, sin embargo, la verdad emocional del discurso se impone y uno como lector se entrega a esta fiesta hedonista que Muñoz brinda mediante un verbo que recuerda en estado de locura y que se expone en sus senderos de (auto) humillación, a saber, la crítica a la pose del oficio poético y el recurrente desamor que halla compensación en las ramas del más oloroso/sudoroso erotismo.
Imposible no preguntarse, así parezca capricho: ¿qué hubiera sido de este libro de publicarse en las décadas del setenta y ochenta? La sola formulación de la inquietud revela pues su transpiración juvenil, su tácita actualidad. Sin duda, a la fecha estaríamos ante un título importante. Para el beneplácito del lector, Muñoz supo macerar la voz, dejar que la sabiduría vital haga lo suyo con la palabra, que la ponga a punto en su voltaje lírico, que al leerla se transmita como verdad y trascendencia.
Tienes que leerlo.

domingo, diciembre 03, 2017

azul y blanco

Desperté algo tarde para lo que es mi costumbre. De la refrigeradora saqué una Inca Kola y llamé al Marino, quizá uno de los mejores restaurantes de comida marina de la ciudad. Pedí lo de siempre: arroz con mariscos y ceviche mixto.
Mientras esperaba, busqué en Spotify el Apostrophe de Frank Zappa. Este álbum se ajustaba mejor a lo que esperaba para este día de sol, pero me refiero a uno distinto, el sol de este domingo fue el anuncio de la inminente festividad de las próximas horas.
Así es, como ya intuye el lector del blog, de los que gustan de él como aquellos muchos que no, este blogger es un acérrimo hincha de Alianza Lima, club en el que brillaron Teófilo Cubillas, Hugo El Cholo Sotil, Jaime Duarte, José Velásquez, César Cueto, Víctor Pitín Zegarra y en el que se formó Paolo Guerrero. Solo un muestrario al vuelo de nombres que nos brindan una idea de la grandeza de este club, que es tal no por sus títulos conseguidos. Las pasiones no se sustentan en logros, muchachón, sino precisamente en esos arranques emocionales que, entre otras características, te hacen vivir al límite cada partido.
El éxito de la campaña aliancista de 2017 se debe a su entrenador Pablo Bengoechea. A muchos no les cuadró la contratación del uruguayo, lo recuerdo muy bien, pero esa resistencia yacía en un prejuicio que lo asociaba a la gestión de Manuel Burga en la FPF. Lo cierto es que Bengoechea, aparte de haber sido la manija de las selecciones uruguayas durante muchos años e ídolo indiscutible de Peñarol, es uno de los mejores lectores que tiene el fútbol sudamericano hoy en día. La lectura que hizo de su plantel, como de los partidos disputados en el presente campeonato, es lo que ha posibilitado que Alianza Lima consiga el título esta tarde. Bengoechea aniquiló el aliancismo, puso en modo avión lo peor de su tradición y conformó un esquema resultadista que se adecuaba a la necesidad inmediata del club: conseguir el título de campeón nacional tras once años. 
La alegría blanquiazul no se puede comparar con la de los hinchas de otros clubes. Al respecto, me imagino las amargas celebraciones de la fanática crema, del mismo modo el impostado placer celeste. No, pues. Imposible, Alianza Lima celebra, eso: celebra. Cuando Alianza Lima es, el Perú es.

tras bigelow

No sé cómo me enteré, pero lo cierto es que la tarde del sábado la reservé para ver la última película de Kathryn Bigelow, que hasta donde sé, y suponía también, jamás se estrenará en nuestras salas de cine, quizá por su contenido incómodo y polémico, que espanta a la masa ignorante que las frecuenta, de otro modo no se entendería el éxito de la porquería protagonizada por Jorge Benavides y dirigida por Adolfo Aguilar. Claro, sé que suena extraño desear una película como Detroit en las multisalas, pero el ánimo no es del todo descabellado porque de cuando en cuando se cuela en las mismas una que otra película de verdadero valor, con el poder suficiente para entretener y cuestionar.
Si hay una directora que sigo, esa es Bigelow. Para quienes no sepan de ella, tres títulos que ayudarían a cartografiarla: Point Break (1991), The Hurt Locker (2009) y Zero Dark Thirty (2012). Las tres me gustan y las vuelvo a ver cada vez que puedo. No solo hay nervio en la dirección, sino también un mensaje incómodo, una crítica que el espectador se lleva consigo luego de verlas. Por ello, desde que se anunció que Bigelow venía trabajando en un proyecto que abordaba las revueltas raciales acaecidas en Estados Unidos en los sesenta y setenta, estuve más que a la expectativa.
De cuando en vez llamaba y escribía a mis proveedores para preguntarles si ya tenían la película. A mayoría de las veces la respuesta era un vergonzante visto si es que apelaba al inbox, o, en contadas ocasiones, un arrebato de sinceramiento en que reconocían su incapacidad para tenerla. Sé que tarde o temprano la película llegará a Perú y que se estrenará en un circuito tipo el Centro Cultural PUCP, pero yo no estaba dispuesto a esperar tanto, en ese sentido reconozco una impaciencia, pero no la del cinéfilo, porque no me considero tal, solo un voraz espectador de lo que le gusta e interesa.
Por ello, para verla, había que ir al Centro Histórico, regresar a mis calles, pero sabía también que el Centro se convierte en una bestia de doce cabezas, con millones de mujeres y hombres que no saben por dónde caminar y animales de acero que te untan el rostro de esmog, ni hablar de la humedad habitual, repotenciada precisamente en esta zona citadina. Así es, el sublevado infierno céntrico de diciembre. Por eso, tras mi hora y media de sesión de investigación en la BNP, tomé un taxi hasta Polvos Azules y de allí me fui lateando hasta Carabaylla. Fue, pues, la mejor decisión, caminar y mostrarme ajeno a los bocinazos, mentadas de madre e inevitables conchudeces peatonales.
Llegué al cineclub con media hora de anticipación. El lugar estaba cerrado y un fuerte olor a cerveza pautaba la atmósfera del segundo piso de la casona. Como aún había tiempo, fui a un restaurante ubicado al lado de la casona, pedí una Coca Cola y me puse a leer, o mejor dicho, a terminar Los sesenta de Jenny Diski. Estaba ubicado en una mesa cercana a la calle y pude ver a más de un conocido, circunstancia inevitable en estas incursiones sabatinas. Así trates de evitar el espanto, este hace un esforzado acto de presencia. Si se me permite especular, no me queda otra: los conocidos que vi estaban apurados, o quizá perdidos en sus caminatas, el andar ahuevado los delataba, porque teniendo a disposición tantos lugares adonde ir y no saber a cuál, a lo mejor las opciones los sobrepasaban o, lo que sería fatal, sencillamente no conocían los lugares secretos del centro porque sencillamente tienen la costumbre de caminar por las puras huevas.  
Acabé mi Coca Cola y estaba más que feliz. Tenía el presentimiento que vería una gran película.
Detroit tiene tanto de The Hurt Locker como de Mississippi Burning (1988) de Alan Parker. Dura lo que tiene que durar, cada minuto de sus más de dos horas está más que justificado. Pero mi satisfacción no solo se nutría de la fuerza de la película, sino por la existencia de un cineclub dirigido por verdaderos amantes y conocedores de cine. 
Para terminar y antes de volver a los gratificantes ejercicios nocturnos, quien desee los datos de este espacio, me escribe a mi mail (que pueden ver en mi perfil y en el gorro del blog), cosa que se los proporciono con todo gusto.

viernes, diciembre 01, 2017

valentía

Una taza de café.
Me conecto a las redes, abro un par de archivos en Word. En uno trabajaré la entrevista a uno de los mayores prosistas de la narrativa hispanoamericana contemporánea, en otro la reseña de una novela, aunque llamarla tal puede generar más de una confusión, que me ha gustado mucho.
Recién, luego de varios días de inmersión en los recovecos de la gripe, me pongo al día en algunas cosas.
Antes de seguir con las tareas, salgo a la panadería del barrio a comprar leche chocolatada. Mientras camino reviso las novedades del mundo virtual, esa cantera en donde el lugar común tiene un rol estelar, ni hablar del apuro de pensamiento y su necesidad de exponerlo lo antes posible.
La desazón domina el ánimo del peruano promedio, el que ahora veo en las redes sociales es el mismo en las calles. El tema recurrente, la frivolidad travestida de cuestión trascendente: los partidos que tendrá que jugar la selección peruana de fútbol en el Mundial de Rusia. Entonces, me inquieto ante tanta estupidez, o sea, ¿qué esperábamos, acaso enfrentarnos a Panamá, Corea del Sur, Islandia y Arabia Saudita? Nos iba a tocar un grupo complicado, además, somos un equipo chico que intentará recuperar los mágicos chispazos que la selección mostró en los mundiales de 1970, 1978 y 1982. Seguramente, y me aferro a esa esperanza, en las próximas horas el sentido común hará su labor, inyectará desahuevina en la vena del hincha preocupado, lloriqueando, a manera de tránsito a su mayor pesadilla: la posible humillación.
Una venezolana me atiende en la panadería, al final compro dos leches chocolatadas. Regreso a casa, quizá algo aturdido, pero hablo de un aturdimiento que se agradece, porque hay que ser agradecido cuando de entre lo que lees, hay cosas que sí valen recomendar, es como si lanzara un mensaje dentro de una botella al mar, con la idea de que alguien coja tu eco contenido. A eso se llama compartir, lo demás son huevadas discursivas.
De hecho, escribiré del libro en los próximos días. Mientras tanto, solo sus señas: El origen de la hidra. Crimen organizado en el norte del Perú de Charlie Becerra.
Hace unos meses hice un post sobre la confusión reinante entre nuestros pulpines, que creen que basta y sobra con estudiar comunicaciones para ser periodistas. Tamaña cojudez la podemos ver en las redacciones de los diarios capitalinos, poblados por esperpentos pautados por la arrechura exhibicionista, como testimoniar el proceso del “trabajo periodístico” en Instagram, que conduce a una impresión común en mujeres y hombres de a pie: cualquier huevón(a) puede hace ese trabajo. 
Por ello, no solo gratifica encontrar un periodista joven como Becerra, que asume el oficio con todos los peligros que su práctica demanda, en testimonio de tácita valentía. Aquí hay pues una ética.

miércoles, noviembre 29, 2017


(re)aparecen

Hay películas que cuando (re)aparecen, me quedo a verlas sin más, en franca renuncia a las supuestas prioridades, ventajas, pues, de trabajar en casa. No importa cuántas veces las haya visto. No las veo por la dimensión de su argumento, menos por sus actuaciones estelares, mucho menos por el despliegue técnico de su director de turno. Simplemente regreso a ellas porque conectan conmigo y ese es motivo suficiente.
De alguna manera, ordenar películas depara más de una sorpresa y esa es la razón por la que siempre estoy ordenando mi colección. En esta tarea me topé días atrás con algunos títulos. Seguramente para el posero del caletismo ilustrado, reencontrarse con Martín (Hache) de Adolfo Aristarain y Lucía y el sexo de Julio Medem no signifique mayor novedad que dato al paso. En ese sentido, nunca he tenido problemas con el caletismo ilustrado, además, quienes profesan esta suerte de religión, ataviados de orgullo y amarga superioridad, arrastran serias lagunas formativas, basta nombrar a Ophuls y Griffith para saber en qué base descansa su autopromocionada cinefilia, o peor, cuando mencionas títulos como The Wicker Man de Robin Hardy, ves la lodosa superficie en la que sustentan tanto “saber” que no gustan compartir, refocilándose en la fijonería, que los define.
Por ello, si el lector del blog aún no ha tenido la oportunidad de ver M (H) y LYS, pues que no se haga problemas. En su carácter cursi, en su forzada búsqueda del azar, respectivamente, estas películas mantienen el poder de conmover. No son obras maestras, aunque más de uno vaticinó en su momento ese futuro para la de Aristarain, pero son dueñas de una sensibilidad peculiar representada en sus inolvidables personajes secundarios, como el epicúreo Dante (Eusebio Poncela) y la condenada a sufrir de amor Elena (Najwa Nimri). 
Si me preguntaran qué filmografía elegiría, la de Medem se impone sin, pero en la etapa comprendida por los siguientes títulos: Vacas, La ardilla roja, Tierra y Los amantes del círculo polar, entre estas, un par se quedarán en tu memoria visual.

domingo, noviembre 26, 2017

deslealtad

Situación extraña y penosa la de la exalcaldesa de Lima Susana Villarán. Como bien dicen los opinólogos, esto no es más que un durísimo golpe a la izquierda peruana.
Recuerdo la campaña contra la revocatoria. Quien esto escribe votó por el NO, y no porque considerara eficiente la gestión de Villarán, sino porque el orden democrático no podía alterarse a cuenta de inmediatos intereses políticos. A lo dicho, siempre me mostré contrario a la manera en que condujo su gestión edil.
Aún sigo convencido de su incapacidad de gestión, pero también tenía la seguridad de que se trataba de una mujer que no había entrado al ruedo político para llenarse los bolsillos. Su problema, que sigo sosteniendo, fue ser dueña de la tara mayor de toda la izquierda peruana: desconexión con la realidad de la que dicen preocuparse. Solo así pueden entenderse los grandes desaciertos urbanos y en transporte que hasta el día de hoy siguen afectando a cientos de miles de limeños.
Ahora, lo que sí me ha sorprendido, y disculparán mi grado de ingenuidad, es la forma en que sus otroras colaboradores han zafado del asunto. No solo hablamos de silencios estratégicos, sino de una aberrante falta de lealtad hacia la persona por la que son lo que son en la política peruana. Sin Villarán, no tendríamos nuevas presencias políticas en nuestra izquierda. Sin ella, simplemente, no existiría esta sarta de desleales que han decidido proteger sus adiposos culos y no verse en el triste cuestionamiento de su exlíder.
Según ellos, nunca percibieron nada extraño en la campaña contra la revocatoria. Juraban que el dinero provenía de las cuentas de Lerner. Ahuevados, seudopendejos: para todos era evidente que esa campaña fue una de las más caras en la historia electoral de este país. Contrataron al mejor asesor electoral, el avieso y siniestro Luis Favre, y, tal y como se pudo ver, la puesta en escena de la campaña exhibió un patente derroche de dinero.
En este sentido, los fujimoristas y los apristas, así sea en su sectarismo y compartida inmoralidad, muestran una lealtad con sus también cuestionados líderes. En la vida, así en la política y en cualquier nivel de interacción social, la lealtad es un valor en sí mismo que no puede condicionarse de buenas a primeras. 
No sé cómo salga Villarán de este embrollo que la puede mandar a la cárcel, pero lo que es claro es que la izquierda ya no será la misma. La gente de a pie, aquella que se gana el pan día a día, y que poco o nada está pendiente de los discursos izquierdistas y derechistas, ve lo que ve en las calles: miles de hermanos venezolanos sobreviviendo como ambulantes en toda la ciudad de Lima, venezolanos que huyen de un sistema de izquierda que solo les ha traído hambre, miseria, muerte y violencia. Esa es la izquierda para millones de peruanos, a ello, habría que sumar que es tan corrupta como la derecha, y claro, también muy desleal.