miércoles, febrero 10, 2016

415

A las 11 de la mañana me despierto sin la natural pesadez del sueño. Salgo al parque a estirarme un poco y al rato me meto a la ducha. A las 12 me siento listo para comenzar un día lleno de ajetreos y actividades, algunas placenteras y otras que inevitablemente tienes que cumplir. Comienzo por las inevitables, que en cuestión de tiempo no va a demandarme más de media hora y prefiero hacerlas con todos los sentidos frescos.
Felizmente, acabo lo que tenía que acabar en el tiempo que pensaba.
Me sirvo café y reviso los diarios.
En la última encuesta electoral, aparece Guzmán en segundo lugar de la intención de voto.
A diferencia de otras etapas electorales, esta no la he seguido con interés. El desinterés no ha tenido que ver en esto, sino una buena dosis de obviedad en el discurso de los candidatos a la presidencia, que percibo sinuosos, poco claros y carentes de elementales cuotas de verdad y buena intención.
Pero algunos amigos me sugirieron que le preste atención a la candidatura de Barnechea. De Barnechea he escuchado comentarios de todo tipo, ninguno de ellos pone en tela de juicio su capacidad intelectual y su evidente nivel cultural. Por allí, creo, que no va el problema con el candidato del PPC.
El problema, ahora que lo analizo desapasionadamente, es su nula conexión con las masas populares. No tiene la identificación con el peruano de a pie.
No es suficiente con haber recorrido el Perú para sentirse conectado con la realidad nacional. Conozco a muchos intelectuales y artistas peruanos que han recorrido este país, se sienten comprometidos, con ganas de cambiar el estado de las cosas, mas su compromiso es percibido desde una distancia por el poblador, que siente las palabras del iluminado y educado hombre de bien como una promesa bienintencionada pero falsa, promesa que es asumida como una pastillita de autoayuda. 
No es solo el caso del tío Barnechea, también ocurre con Mendoza. En realidad, esto es algo con lo que debe cargar esa clase letrada y educada a los que les viene uno que otro chispazo de vocación de servicio. A veces liga para ganar una elección, pero la verdadera personalidad del privilegiado de la vida sale a flote ni bien toma el poder. A saber, Villarán.

lunes, febrero 08, 2016

la cuchara de Martín Adán

Me la venían recomendando, pero no tenía el tiempo necesario, y eso que estoy a pocas cuadras de la Casa de la Literatura Peruana. 
Por fin, ayer domingo 7 tuve el tiempo para ir, pero no niego que lo hice con apuro, puesto que era el último día de la exposición Todo, menos morir. Soledad y genio de Martín Adán. 
Para los que aún no lo saben, este blogger siente una debilidad por la poesía de Adán, lo mismo por su pensamiento literario que plasmó en De lo Barroco en el Perú. 
Claro, se impone el Adán poeta. En cuanto a mí, la tengo muy clara, a saber, este es el orden de mis cinco poetas peruanos favoritos, a los que siempre vuelo, a los que ponen en orden no solo mi mundo interior, sino también mi percepción de la poesía peruana; en orden de jerarquía impresionista: Adán, Vallejo, Eguren, Westphalen e Hinostroza. 
Obvio, más de uno acaba de alarmarse porque he nombrado a Hinostroza. No me hago problemas: a Hinostroza prefiero leerlo antes que hacerme su causa, como sí lo hacen otros poetas, entre tíos y chibolos. 
Pero no me desvío del asunto. 
Hablaba de la exposición sobre Adán en la CASLIT. 
Fui a una hora ideal, hora en la que sol comenzaba a despedirse de una puta vez. Creí que sería una de las pocas personas en la exposición, mas no. Estuve en compañía de patas y flacas que salieron del Cordano a eso de las 5 de la tarde, a lo mejor bien sazonados en chelas heladas. 
Tampoco pensaba estar solo, pero no esperaba tener la compañía de más de diez puntas. Lo bueno, en principio, era que estaban en silencio. 
Comencé mi recorrido por los textos pegados en los muros cerca de la sala de exposición. Uno de ellos, llamó mi atención, decía algo o menos así: “En Perú se lee poco a Adán, su leyenda es más fuerte que su obra”. Luego seguí su línea cronológica que hizo que corrigiera algunos datos erróneos que manejaba en cuanto a la publicación de La mano desasida
Una vez en la sala, me quedé buen rato contemplándola. 
Sin recorrerla en detalle, el diseño de la sala le hacía justicia a la figura de uno de nuestros más grandes poetas peruanos del Siglo XX. El paso entre las zonas de exhibición era muy natural, como si la disposición de las mismas hubiese sido planificada al milímetro. No es poca cosa, hasta en las galerías más pintadas de la ciudad, con tal de exhibir, no se respeta el libre paso del visitante entre los espacios de las salas. 
Pero a diferencia de otras exposiciones, a las que se asiste más en busca de un rótulo cultural, esta sobre Martín Adán sí conectaba con el visitante y el conocedor fetiche. Esta conexión no guardaba ningún secreto, sino una virtud que partía de la elección del buen material textual que sostenía una exhibición que iba de ilustraciones, bibliografía, audiovisuales y fotografía. Por donde posaras la mirada había un texto de Adán, no me importaba si conocías ese texto, lo que valía era que el sustento de la exposición era el verbo del poeta, un verbo escrito, que sostenía también el material de los recortes de prensa que abordaban tanto su leyenda urbana como su muerte. 
A medida que se avanzaba, uno no encontraba nada nuevo, la experiencia era sencillamente un gratísimo reencuentro. Al respecto, en una de las pantallas se podía ver al fisioterapeuta del poeta, que estuvo con él hasta el último momento de su muerte. Sin embargo, no creo que su testimonio sirva de mucho. Si en caso alguna utilidad tuviera lo que dice el fisioterapeuta, la hubiera tenido poco tiempo después de la muerte del poeta. No ahora, que ya nada asombra en el descuido que prodigamos a nuestros artistas y creadores de valía. 
En algunas mesas se podían ver algunos adminículos de uso diario del poeta, como su máquina de escribir y sus lentes, pero llamó poderosamente mi atención su cuchara, una cuchara de cobre que el tiempo ha malgastado, mucho más grande que las cucharas que vemos hoy en día, una cuchara de hospital y que quizá haya sido el elemento que más acompañó a Adán en sus últimos años. 
Sin duda, hablamos de un objeto fetiche, y no es para menos, Adán se ha convertido en una marca, que por un lado veo positivo tratándose también de un poeta de versos herméticos pero a la vez mágicos, pero también negativo porque nos alejamos de su poesía, prefiriendo su leyenda. Un sinsentido, sí. Pero este tipo de contradicción sobre la recepción de imagen y obra que tenemos de un artista, solo es exclusivo de los grandes, de los verdaderos, a quienes admiramos y de quienes no dejamos de aprender, tal y como ocurrió ayer a todos los que fuimos al último día de esta perdurable exposición.

domingo, febrero 07, 2016

414

A las 3 de la madrugada me levanto para un duchazo. El calor y la humedad se tornan insoportables. Cuando llegué a casa me puse a leer la novela póstuma de Don Carpenter, que dejó inconclusa y que Jonathan Lethem terminó. El duchazo fue breve, pero lo suficientemente relajante para poner en orden en el escritorio y la música desperdigaba. Aproveché también en leer y ver las noticias que marcaron el viernes, como las denuncias de plagio contra el chato Acuña. 
No lo niego, aparte de indignación y fastidio, Acuña me genera algo de gracia, pero una gracia nada festiva, sino que la veo así para tratar de entender la postura y verbo timadores con los que no solo se presenta a sus electores, sino con los que también ha usado en toda su vida. Eso: la del provinciano esforzado que ha hecho plata y al que se le tiene que atacar por el hecho de ser provinciano. A lo largo de mi vida he conocido a muchos Acuñas, personajillos que te hablan bien, inclinados a la lástima propia, positivos y chocheras de medio mundo. Cuando menos te lo imaginas, comienzan las cosas extrañas. Cuando se las comentas, estos Acuñas no dudan en hacer suyo el discurso de la lástima, echándole la culpa a terceros y a la envidia de estos. 
Llegado el momento, los presionas. Como estos Acuñas se creen los dueños del mundo, no vacilan en optar por la prepotencia y la amenaza, siempre y cuando su caso no traspase el ámbito amical o diplomático, pero si ese no fuera el caso, vuelven a la estrategia inicial, la de la víctima a la que medio mundo busca apanar. En el mundo cultural he conocido a varios Acuñas, la mayoría ociosos que sabían a quién sobar en el momento adecuado. También los he nombrado una que otra vez en este blog. 
Los Acuñas saben rodearse de lamebotas y pusilánimes, expertos en el arte del lustrabotismo. Son un plaga, los ves ya sea en el mundo de la política, como en el mundillo cultural, y con mayor razón si es que hay dinero de por medio. 
Decido no ir a dormir y me sirvo un café. El sueño y cansancio se han ido. Y veo la defensa de Acuña, escoltado por supuestos defensores de la moral y buenas costumbres, como Luis, Anel y Humberto, sin duda, aún más podridos que el chato.

viernes, febrero 05, 2016


jueves, febrero 04, 2016

413

Ayer me dijo “Hombre sabio” que hoy tenía algunos compromisos ineludibles que atender. Entonces le dije que no se preocupara, que me haría cargo de la otra de tienda de Selecta. Lo malo, sí, era que debía levantarme temprano, ya que se empieza a atender a partir de 11 de la mañana. Era pues un problema que debía solucionar porque me levanto tarde a cuenta de que me acuesto muy tarde, sumado a que me cuesta dormir, el sueño lo tengo muy sensible. 
Programé tres despertadores para levantarme temprano. Por más que intenté descansar lo mínimo, se me hizo imposible, debido a que ayer fui testigo de una de las enseñanzas de vida que uno las recibe sin merecerlo. El miércoles en la tarde tuvimos una edición secreta de “Encuentros en El Virrey de Lima”, en donde sin público, pero con un grupo de filmación, conversé con Teresa, una estupenda poeta peruana que radica en Argentina. Esta filmación se transmitirá para cuando ella presente su poemario en Buenos Aires. No lo pienso mucho, es la entrevista más sentida que he hecho en toda mi vida y me alegra que yo haya sido quien hablase con ella de su poesía y de su vida. Cuando te enteras de las razones que justificaba la entrevista, todo encaja y sientes que eres tú el que ha ganado, porque por más que lo pienses a manera de esbozo literario, esta vez la realidad, y su magia, se imponen. 
Los despertadores sonaron. A las justas había dormido tres horas. Me serví café y sin más me metí a la ducha. 
Tomé un taxi a la librería. 
Al llegar encuentro a “Hombre sabio”, que estaba recogiendo algunas cosas que se le olvidaron anoche. Es decir, la librería ya se encontraba abierta. Me dirijo al depósito y saco los ventiladores. No confío en el techo alto de la librería. Despejé la mesa para acomodar mis discos y la portátil. Lo bueno, es que tengo una tienda al frente y en especial un bar, Don Lucho, de donde pedí que me trajeran una Cusqueña helada. Me serví un vaso de chela, prendí un pucho, cuando suena mi celular. 
El día no podía ser más perfecto: Selecta ya tiene un nuevo local.

miércoles, febrero 03, 2016


"Lihn. ensayos biográficos"


Quizá este sea uno de los libros que ansiaba leer desde el anuncio de su publicación. 
Por un lado, en el libro se aborda a uno de los más grandes poetas chilenos del Siglo XX. Al respecto, cuando hablamos de la tradición poética chilena, debemos hacerla con respeto y, en cierta medida, con excesiva atención. La razón es muy sencilla: esta tradición aún conserva frescura y fuerza, documentado en un legado de influencia en la poesía escrita en español durante el siglo anterior, como también en una proyección epifánica e invisible en los nuevos poetas iberoamericanos de los últimos quince años. A diferencia de otras tradiciones poéticas, la chilena se resiste a envejecer gracias a sus lectores que sí saben leer a sus poetas referenciales, o de culto, asumiendo el legado de su médula escrita. 
De los poetas chilenos que frecuento, Enrique Lihn es uno de ellos. No lo pienso mucho, es pues el poeta que, en lo personal, más sintoniza conmigo. Además, Lihn es una presencia estratégica en no pocos poetas latinoamericanos, bueno, esas son las ventajas de tener una librería y recibir la visita de poetas de muchísimos lugares del mundo, con los que hablas de poesía y cruzas información de poetas satélites, siendo Lihn uno de los satélites más mencionados. La poesía de Lihn habla y transmite hacia adelante, su poética exhibe un desenfado y frescura sólidos que estimulan y no solo a los poetas jóvenes, sino también a los más trajinados. 
Eso, por un lado, Lihn. 
Por el otro, Roberto Merino. 
Sigo a Merino desde hace varios años, quizá en silencio, un silencio injusto porque he debido promocionarlo más entre los lectores peruanos, pese a que en su momento reseñé su imprescindible Pista resbaladiza. Merino, algunas señas, es poeta, rockero, editor y un atento y crítico observador de la realidad. A la fecha es un maestro de la crónica de opinión. Merino ha hecho del híbrido un lisérgico cóctel de revelaciones en donde todos los tópicos sobrepasan la inmediatez de la publicación periódica para asentarse en una tentativa de trascendencia. De lo que mira, lee, escucha y habla, el chileno dicta cátedra de escritura literaria de alta y contundente calidad. 
En Lihn. Ensayos biográficos (Ediciones UDP, 2016), Merino nos entrega un acercamiento al autor de La pieza oscura, o llámalo también un perfil fragmentado. No estamos ante una biografía exhaustiva que recorre el sendero vital y poético de Lihn, sino ante un texto que nos permite entender a la persona detrás de la obra, a la leyenda que amenaza con imponerse en el imaginario de los lectores. Ese es el peligro que corren los poetas como Lihn, ser presos de sus leyendas, mientras más grande es el poeta, su leyenda es más llamativa. Merino no quiso reforzar la leyenda, por ello se aboca a los pasajes y estaciones vitales más importantes de su vida. Merino nos cuenta que a Lihn le gustaba caminar durante horas por Santiago, casi siempre sin rumbo específico, sencillamente se dejaba llevar por la intuición, también nos relata sobre la especial relación que el poeta tenía con su abuela, sus padres, su hija Andrea, sus mujeres y con otros escritores. Esta cadena de relaciones, pautadas por cambios que iban de la tranquilidad a la exaltación, nos configura un hombre excesivamente volado. Lo suponemos en principio, pero luego arribamos a la certeza, porque los ensayos “Familia”, “Habla”, “Animales” y “Vida doméstica” conforman una galaxia minada de asteroides Lihn y meteoritos Lihn que se estrellan entre sí. Entonces no nos sorprende su forma de ser, y vamos entendiendo de a pocos su rebeldía festiva con la vida. Para comprender lo que digo, sugiero la lectura del ensayo “Peleas”, que entre líneas es mucho más que su truncado duelo con el no menos grande Jorge Teillier. 
Merino no lo cuenta todo, solo sugiere, consignando datos y testimonios de algunas personas que conocieron a Lihn, sus testimonios no son muchos, solo hablan y participan los que sí tienen algo que decir, sin caer en el lugar común y la anécdota idiota, a saber, uno: el muy buen narrador Germán Marín. En cada una de estas páginas nos hechiza una luz, por demás extraña pero mágica. Lihn se erige como una figura inigualable, como uno de esos tocados que aparecen cada cincuenta años, cuyo paso por el mundo marcó definitivamente a más de uno, a Merino, por ejemplo, que está a la altura de este proyecto. Sus ensayos debemos disfrutarlos como pequeñas y peligrosas dosis de literatura y vida, pero eso sí, nos hubiese gustado tres dosis más, es decir, un coqueteo arriesgado de la peligrosa sobredosis Lihn. 

… 

Publicado en EBL

412

En estos días de calor, estoy caminando más de la cuenta. Mi cuerpo se convierte en una melcocha y lo único que deseo es meterme a la ducha todas las veces posibles. En verano, si hago caminatas largas, trato de hacerlas en las noches, pero no voy a negar que las que sin pensar vengo haciendo últimamente están marcadas por el entusiasmo y la buena onda de querer hacer las cosas, y eso es lo que al final cuenta y vale la pena. 
Cerca de las tres de la tarde tuve una reunión con un amigo librero, con quien estaba definiendo algunas cosas que emprenderemos en los próximos días. Lo que me gusta es que se trata de un proyecto que me tendrá escribiendo, aún más de lo vengo haciéndolo. Se trata de una etapa nueva, aunque bien debo llamarla una etapa portátil, en la que voy a tener que reinventarme todas las veces que me dé la gana. Hablábamos y tomábamos chicha helada, que estaba buenaza, cuando recibo una llamada en el cel, llamada de la que sabía, pero que no hacía ruido ya que tengo el cel en vibrador. Cuando vi quién me llamaba, supe que era la llamada más importante de mi vida y en vano traté de devolver la llamada, por más que lo intenté, no pude comunicarme y me quedé pensando en qué hubiera sido de mí si respondía esa llamada de las 3 y 42. 
Regreso caminando al paradero del Metropolitano de Arámburu. Apuro el paso porque debía llegar antes de las 5 de la tarde. No tenía que pensarlo mucho, estaba a nada del inicio de la hora punta. Ahora las horas punta se han convertido en genuinos martirios en esos buses que saunas, en los que más vale mantener la mente en blanco y un forzado buen ánimo si es que se quiere salir vivo en el viaje. A esas horas hay que tener todas las alertas encendidas, puesto que vengo escuchando de muchas grescas en el metropolitano últimamente, y por lo que deduzco, sé que el calor y la humedad son los grandes responsables de que los buses se conviertan en temporales campos de batalla. 
Me bajo en el paradero Lampa y compro una botella de agua mineral. La Plaza San Martín es el gran escenario de los grupos políticos que se reúnen. Si algo nunca le faltará a esta plaza, ese algo será precisamente este grupo humano que veo desde la adolescencia. Decido ir a uno de ellos para cerciorarme si siguen las mismas caras, y claro que siguen, aunque ahora más pajizos y canosos. Permanezco más tiempo del que pensaba y por un momento pienso que una revolución es lo que necesita este país.

martes, febrero 02, 2016


lunes, febrero 01, 2016

"sucedió entre dos párpados"

Algunos lectores del blog me piden que escriba de algunos títulos que incluí en mi recuento literario del 2015. Lo ideal sería escribir de cada uno de ellos, pasar a la pantalla los apuntes o impresiones que te han generado los libros que has leído y que te han gustado. 
En principio decidí hacer una suerte de sorteo de los títulos por los que me preguntaban más, pero me di cuenta de que era una total pérdida de tiempo. Por un lado, lo del sorteo era una frivolidad de mal gusto, y por otro, no había mucho que pensar en los títulos, puesto que la novela Sucedió entre dos párpados (Planeta) de Fernando Ampuero era la que encabezaba la lista. 
Pues bien, el hecho que me preguntaran por el libro, no necesariamente significaba que me hablaran bien de la publicación. A muchos les gustaba, a otros no, y en ello radica la valía literaria de un libro, de cualquiera, es decir, en su encuentro de opiniones. 
Los que seguimos la obra narrativa de Ampuero podemos afirmar lo siguiente de esta su última entrega: es su libro más personal, como también el que nos ofrece su incursión en un registro lírico, muy distinto al lenguaje funcional que signa toda su obra de ficción. Al respecto, algunos señalan que la mirada puesta en el mundo andino es lo que eleva la novela, algo que me parece por demás falso, cuando lo que eleva a la misma es precisamente el aliento lírico que nos permite conocer a Gustavo, joven veinteañero, por quien podemos ingresar a un rasgo social de la sensibilidad setentera de la juventud peruana, por demás rebelde e inconforme con la situación política de la dictadura de Velasco. 
Gustavo decide ir como voluntario al Callejón de Huaylas, en donde el terremoto de 1970 causó mayores daños, dejando más de cuarenta mil muertos. A partir de esta incursión voluntaria de Gustavo, la novela se abre en distintos niveles narrativos, tenemos pues las cuitas del protagonista, también al niño Leonardo, sumido en la mudez luego del terremoto y que se comunica escribiendo en papeles, el par de muchachos que sostienen un diálogo existencial mientras están atrapados bajo escombros, a la espera de ser rescatados y el payaso que salvó a muchísimos niños que asistían al circo. Ampuero no descuida ninguno de estos niveles, obviamente, no todos podrían gustar al lector, pero en su interacción vemos la maestría de un autor que se preocupa por contar una historia que comprometa al lector. 
Eso. Compromiso. 
Bien puedo asegurar que estamos ante una novela moral, uno no puede sentirse ajeno a lo que se cuenta en estas páginas, es decir, accedemos a una actitud de vida, a la solidaridad por el otro, y accedemos a esta actitud por medio de una gran experiencia literaria que debemos agradecer.

domingo, enero 31, 2016

411

Me levanto tarde. Tengo ganas de seguir durmiendo, pero los  llantos de Onur me preocupan. Ha quedado encerrado en el patio de atrás, entonces me paro y voy a abrirle la puerta de vidrio. 
Abro la puerta y el perro se va corriendo a la puerta delantera de la casa, que está abierta porque mi padre está comprando los diarios del domingo. Se me paraliza el corazón, la velocidad del perro lo puede llevar hasta la pista misma, como es cachorrito, aún no se ubica bien. Entonces voy tras él. 
De vuelta en casa, me sirvo jugo de naranja, café y me sirvo un tamalito de chancho. Me pongo a revisar los periódicos, me quedo leyendo durante más de media hora. Mi desayuno es interrumpido por una llamada de un amigo, que me dice que a algunas autoridades municipales nos les ha gustado una nota sobre Quilca publicado en un semanario local. Le han dicho que si no mandamos una carta notarial negando el contenido de la nota, no solo nos quitarán el apoyo, sino que también me van a denunciar. 
No me hago problemas. No haré ni mandaré ninguna carta notarial, tampoco negaré lo que se dice en la nota de la revista, una nota equilibrada, que ante todo dice la verdad para ambos lados del conflicto. Esa es la única nota que ha cubierto el desalojo de los libreros de Quilca. El único medio que vino y se atrevió a investigar e informar, fue ese. Los otros medios, en los que tenemos muchos amigos, no se atrevieron a hacer nada, algunos limitándose a la redacción de notas descriptivas que no se ajustan a la verdadera causa de los hechos. La razón es muy sencilla y debemos aceptarla como una verdad contra la que hay que luchar si es que se pretende informar: mucha publicidad en los medios de comunicación viene con el aval moral de la iglesia. 
Hago algunas llamadas para contar lo sucedido, pero también para expresar mi postura al respecto, que no voy a mandar ninguna carta notarial a la revista, negando lo que es verdad, solo porque un alcalde no quiere verse perjudicado en su propuesta inicial que en sí equivaldría a una metáfora por demás lacerante: nuestras autoridades políticas no tienen la más mínima noción de lo que es política cultural. 
Termino de hacer la última llamada y me alisto para el primer duchazo del día. En Spotify busco una seguidilla de canciones de Yes, me ubico en la etapa más progresiva de la banda. Comienzo a escuchar. La electricidad circular es lo que uno más necesita en estos momentos, sea para olvidarse de las cosas o para seguir firme en las decisiones que se han tomado, no necesariamente en relación a lo de la carta notarial, sino en que se tiene hacer algo contra lo que uno ve todos los días, la conchudez de ciertos candidatos como ese pigmeo diabólico, dueño de no sé cuántas universidades.

miércoles, enero 27, 2016

410

Me quedé hasta tarde leyendo los ensayos biográficos de Roberto Merino sobre Enrique Lihn. La lectura fue rápida y provechosa. Cuando acabé el libro salí a fumar al parque. Eran las dos de la madrugada, la temperatura no era alta ni baja, digamos que tibia, como para prescindir del uso del polo. Prendí el pucho y pensé en el tronco poético que une a la tradición poética peruana con la chilena y traté de recordar si se había escrito sobre esa relación poética invisible y llena de riqueza. 
En esas me encontraba, con ganas también de una chela en lata, cuando Onur abre la puerta con sus patas delanteras y se va a inspeccionar el parque. Fui detrás del perro, como es cachorrito, lo peor que le puede pasar es que traspase las rejas del parque. El perro corría por el parque persiguiendo a los gatos, que lo miraban con odio porque les arruinaba el encuentro amoroso. Me acerqué con cuidado para cogerlo por el lomo, pero al momento de hacerlo, se abría la puerta de la casa vecina a la mía, de donde salió Motta, una perra siberiana gigante que llamó la atención olfativa de Onur, que sin chistar fue tras ella. 
Los problemas serían más jodidos, porque Motta si podía dañar al perro, aún más que unos gatos en celo. Prendí otro cigarro. Y me calmé, Motta y  Onur se entendían, cuando mi perro se ponía muy fastidioso, la perra lo situaba lejos con un ladrido que retumbaba en todo el parque. Tomé asiento en una de las bancas y miré al cielo, en donde la luna llena hacía que la madrugada tenga un toque mágico, esa luna que en sus costuras de color plateado era el escenario de un salvaje movimiento de ballet. 
Después de veinte minutos, el perro entró a la casa. Yo me quedé un rato más, fumando y observando el movimiento sospechoso de una camioneta, era una camioneta de la comisaría de Apolo, es decir, muy sospechoso.

martes, enero 26, 2016

"el río"

Como lector tengo una fijación especial por aquellos escritores que en principio no las tenían todas consigo para forjar una obra que genere atención, ya sea en la crítica como en los lectores. Por lo general, estos escritores andan en la ribera del oficialismo cultural, aunque decir ribera es mucho, lo adecuado sería dejar sentada su implícita lejanía, ubicándolos en los extramuros de los circuitos culturales de poder, sin la más mínima chance de poder ser valorados en esos circuitos. 
Pero estos escritores, vistos como damnificados, no se hacían tanto problema. Lo suyo no era encontrar y disfrutar del reconocimiento literario, sino que asumían la escritura de ficción como una vía más de supervivencia, o sea, les interesaba vender, ver el dinero cuanto antes y así paliar necesidades y, en muchos casos, vicios. Por ello, se infiere que la calidad del material usado en la publicación no era para nada de la mejor calidad. Por lo general, estas publicaciones se vendían en el comercio ambulatorio, especialmente en puestos de periódicos, a precios irrisorios. Con el tiempo, este tipo de literatura forjó una tradición, que en diferentes partes del mundo adquirió diversos nombres, siendo el más conocido el calificativo de “Pulp”. Durante mucho tiempo la literatura “Pulp” no fue bien vista, pero desde mediados de los ochenta se le comenzó a prestar más atención debido a la riqueza temática y genérica que esta encerraba y al diálogo que exhibía con otros registros como el cine. A la fecha, la literatura “Pulp” comienza a ser estudiada por especialistas de la academia y los lectores cultos no tienen problema alguno en referirse a ella. La razón es sencilla: de esta tradición tenemos nombres que a la fecha nos resultan no solo medulares, sino también vigentes. A saber, no podemos entender la ciencia ficción de hoy sin el legado de Philip K. Dick. 
En Latinoamérica también hemos tenido una tradición similar, una narrativa que veíamos en puestos de periódicos y en galpones de puestos de libros. De nuestros narradores “Pulp”, uno destacó entre muchos, uno que es mi preferido, para más señas. Me refiero al chileno Alfredo Gómez Morel y su novela El Río (Tajamar Editores, 2014), publicada en 1962. 
Gómez Morel fue un escritor por demás extraño. Es imposible entender esta novela si pasamos por alto su vida. Hijo de una prostituta que lo abandonó, vivió en muchos orfanatos e hizo de la calle su hábitat natural, deviniendo en un desalmado delincuente infantil, juvenil, siendo de adulto un experto ladrón que recorrió muchísimos países de Latinoamérica, incluyendo Perú. No es exageración si lo catalogamos como el Jean Genet del sur y tampoco sería una exageración calificar a El Río como una de las novelas más crudas y, sobretodo, sinceras que se hayan escrito desde la más abyecta esquina de la crisis existencial. 
El escenario de la escritura de la novela se dio en la cárcel de Valparaíso, en donde Gómez Morel cumplía condena. A sugerencia del psiquiatra de la cárcel, Gómez Morel quiso dejar testimonio de su cruda/dura vida, detallando su complicada niñez, describiendo los bajos fondos que frecuentaba, presentándonos personajes que abusaban de su inocencia, convirtiéndolo en un adulto preso en el cuerpo de un niño. No estamos ante un malabarista de la lengua, menos ante un acróbata de la técnica, sino ante una pluma que dejó la piel en lo que contaba, es decir, proyectando una verdad. Es gracias a esa proyección de la verdad, a la sinceridad que transmitían las palabras del autor, que esta novela autobiográfica consiguió una popularidad entre los lectores chilenos. Esa verdad literaria se imponía y era más ante el desorden estructural, tan caros en las novelas de aprendizaje, que como tal, y más allá de la abyección del mundo representado, no dejaba de mostrar una sensibilidad en la voz del narrador protagonista: una ingenuidad y ternura en tensión en pos de una apuesta por una actitud salvaje, la única que le permitiría sobrevivir. 
Desde su publicación El Río conoció el favor de los lectores y pese a que llegó a ser traducida a varios idiomas e incluida, por ejemplo, en el prestigioso catálogo de Gallimard, con prólogo de Pablo Neruda, su legitimidad entre los entendidos tardó más de lo debido. Felizmente, a estas alturas nadie puede poner en tela de juicio su alcance literario, que vemos hoy en un rescate editorial que los lectores de grandes y ambiciosas novelas debemos celebrar por todo lo alto. No lo pienses: El Río es una proeza sin límite del arte de narrar, una prueba vigente de los insondables caminos que ofrece la novela como género literario.

409

En las tardes me doy una vuelta por el otro local de la librería para ver cómo va “Hombre sabio”. Ayer llegué poco después de las cuatro de la tarde y me puse a revisar la disposición de la librería. En la librería tenía acceso a Internet pero me había olvidado de llevar mi Laptop. “Hombre sabio” me dice que patas y flacas me han estado buscando en estos días, a quienes les ha dicho que me pueden encontrar en las tardes. 
Cerca de las cuatro de la tarde me dirijo al Don Lucho, en donde me encuentro con Jessica y Pedro. Hablamos del tema que nos compete, el futuro de la gente que integraba el Boulevard Quilca. Como en toda reunión, hay puntos de vista distintos, pero un solo fin, el cual es mantener la tradición que se generó en el Boulevard. 
Desde la mesa del Don Lucho puedo ver la tienda de Selecta y cuando “Hombre sabio” quiere hacerme una consulta, me llama, y ahora le respondo viéndolo sin que él se dé cuenta que lo estoy viendo, direcciono a la distancia algunas ventas y hago algunas recomendaciones de poesía para los lectores que buscan precisamente poesía. 
En unas horas tendremos una reunión con un abogado, porque lo que hay que hacer es registrar y formalizar al grupo. La reunión con el abogado es en una hora y media. Pero también esperamos a una joven periodista, que nos ha pedido algunas fotos más para reforzar su nota que nos hizo días atrás. 
La periodista se demoró en llegar a la hora acordada debido a una entrevista que se alargó, y cuando recibo su llamada me encontraba en la reunión con los demás expositores. El lugar en el que estábamos era cerrado y no recibía la señal del cel. A cuenta de uno de los expositores que llegó tarde a me entero que la periodista había llegado hacía veinte minutos. Entonces salgo a buscarla. Al llegar al portón del Boulevard, Jacqueline me dice que la periodista y su fotógrafo aprovecharon un momento de descuido del guardián interino, que abrió uno de los portones para recibir una bolsa, seguramente de comida. La periodista y su fotógrafo entraron corriendo, a la guerra. La llamé y las llamadas solo quedaban en el sonido de la intención. Me preocupé un poco porque lo más probable era que la gente dentro del Boulevard la haya estado amenazando. 
Después de cinco minutos salieron del Boulevard. Su fotógrafo hizo las fotos que estaban buscando para su nota. No necesité preguntarle cómo estaban las tiendas, su rostro de impresión y espanto manifestaban el saqueo que hicieron de las tiendas. Los que cuidaban el espacio, al ver que el fotógrafo y ella recorrían los pabellones, llamaron a la policía para denunciarlos como invasores. No se hicieron problemas, en sus rostros también se reflejaba la costumbre de este tipo de acciones propias de la actividad periodística. 
La acompañé hasta la otra tienda de Selecta. Le di un cigarro y barajaba la idea de preguntarle cómo estaba mi tienda, dudé, a veces es saludable no saber la verdad, pero la curiosidad es una punzada de mierda mucho más fuerte que la mera especulación. Ella me dijo que la puerta corrediza de metal de Selecta estaba en diagonal, esta puerta había sido forzada para sacarla, como no se pudo desprender de uno de sus extremos, quedó en diagonal. Ni hablar de las otras tiendas, todas destruidas por el saqueo. Cruce la pista, me compré una chela en lata y prendí un pucho.

domingo, enero 24, 2016

Contra la incultura

En los últimos cuatro años he sido librero. Antes de abocarme a este oficio era un comprador compulsivo de libros, un cazador de títulos que devoraba ni bien regresaba a casa. Más allá del pequeño circuito de librerías limeñas, me sentía más cómodo en el alternativo: pienso, pues, en los puestos libreros de Amazonas, pero muy en especial en aquellos de la segunda cuadra del jirón Quilca, en el Centro Histórico.  A los 18 años llegué al Boulevard de la Cultura Quilca y nunca dejé de frecuentarlo (nunca pensé que llegaría a tener allí una librería). Este boulevard era un espacio donde no solo podías comprar buenos libros, también eras partícipe de su oferta cultural. A saber. En su auditorio se llevaban a cabo presentaciones, recitales de poesía, obras teatrales, conciertos, ciclos de cine y exposiciones de pintura. Consignemos también que el boulevard revivió una calle histórica que hasta antes de su instalación era inviable para todo tipo de comercio. 
Por esto, la desaparición del Boulevard Quilca y el desalojo de sus libreros hace unos días es una cruda metáfora de lo que es el Perú hoy por hoy: no sabemos cuidar, ni promocionar los espacios dedicados a la difusión cultural. Quilca era un pulmón literario, cultural y artístico de Lima. La sociedad peruana se jacta de su progreso económico, pero no dice nada de su nulidad cultural. Lima, con sus más de diez millones de habitantes, tenía allí una alternativa para lectores de todos los estratos sociales que acudían a comprar libros, a encontrarse y conocerse. El espacio ya no existe y nadie en su sano juicio debería estar satisfecho por ello, sino avergonzado. 
Que la desaparición del Boulevard Quilca sea una oportunidad para que el Estado y sus organismos propicien la aparición de otro boulevard cultural en pleno centro de la capital. La ignorancia y la prepotencia ganaron una batalle, mas no la guerra contra la incultura. 

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Publicado en El Dominical.

sábado, enero 23, 2016

408

Por alguna razón, he visto la transmisión de una película en varios canales de cable. Cuando me topaba con ella, la película en cuestión ya había empezado y en cada uno de estos encuentros miraba lo que quedaba. De esta manera, armé un rompecabezas de secuencias hasta tener un panorama completo de ella. Me gustó este método y sirve de mucho, en especial cuando sientes flojera de buscar esta película entre las miles de películas que tengo en mi casa, en especial las que he guardado en cajas de leche Gloria debajo de mi cama. 
No es una obra maestra, pero con los años se ha convertido en una película de culto. Razones varias, pero una se me viene a la mente: su epifanía que depende de nuestro recuerdo emocional asociado a nuestra primera juventud, en ese puente entre la adolescencia y la vida fuera del colegio, puente signado por un incontenible espíritu de arrechura y violencia. Hablo de una etapa en la que alguna vez nos hemos sentido un “guerrero”. Cada quien a su modo libraba una batalla, contra lo que sea, hasta con uno mismo. O también podrías asumir esa etapa como una metáfora callejera de la supervivencia. 
Es por ello que sin grandes actuaciones y con modestia en presupuesto, The Warriors (1979) de Roger Hill aún permanece en el imaginario de dos generaciones, al menos. El argumento es por demás sencillo. Los pandilleros son convocados por Cyrus, líder de los Riffs, a una reunión de pandillas para dar a conocer los planes que realizarían en conjunto. Cyrus es un orador que hipnotiza, las pandillas congregadas celebran los planes del líder, puesto que juntas serían un ejército de casi 90 mil soldados contra los 20 mil de la policía de la ciudad. 
Cyrus es un becerro de oro para los pandilleros reunidos, un becerro que cae al suelo gracias a un disparo que recibe en medio del pecho. Los Riffs y las demás pandillas buscan un chivo expiatorio y acusan a los Warriors. Los Riffs ordenan que los traigan vivos o en pedazos. Entonces comienza una cacería nocturna. Los Warriors solo estarán a salvo en Coney Island. El trayecto al refugio será no menos que duro y  no menos penoso. Hay que correr, caminar y aprovechar los tramos del subterráneo. Sortear las emboscadas y confiar en la suerte. 
En lo personal, también tengo presente esta película por su música. Imposible imaginarla/recordarla sin su banda sonora, que bien podría ser una de las últimas manifestaciones de la era disco con condimento psicodélico setentero.  

viernes, enero 22, 2016


407

Después de algunos días algo agitados a razón del desalojo que sufrió el Boulevard, vuelvo a las actividades de siempre, sin dejar de ayudar a los amigos y conocidos que aún no encuentran un lugar donde instalarse y así comiencen a trabajar. 
En la tarde me puse al día y pude ver Spotlight, película de la que venían hablándome bien y que daba cuenta del trabajo periodístico de The Boston Globe cuando puso en evidencia los abusos sexuales de los clérigos que durante décadas habían sido protegidos por la iglesia católica. 
No sé si esta película gane el premio de la Academia y la verdad que poco o nada me interesa si sucede o no. Se trata pues de una película moral y en su fin logró cumplir su cometido. Y claro, a más de uno le debió llamar la atención que en la lista de ciudades, que aparece al final de la película, lugares en donde la iglesia amparó y protegió a los sacerdotes violadores, figurará Chimbote. 
Terminé de ver la película y me serví un poco de helado. Lo hacía mientras conversaba por cel con una periodista que me llamó para preguntarme por el desalojo del Boulevard Quilca. La puse en contacto con las personas indicadas para que realice su nota. Ella quería hablar conmigo y le dije que no estaría a la hora que ella llegaría a Quilca, pero que podíamos hablar luego. Felizmente, terminé de hacer en Barranco lo que tenía que hacer y pude hablar con la periodista a las siete de la noche en la otra tienda de Selecta. Hablamos durante hora y media. Ella no se sorprendió de lo que le acababa de contar. Tenía en sus manos y grabadora la verdad, esa verdad que muchos medios han pasado por alto por la sencilla razón de que no pueden chocar con su majestad Cipriani. Ese es el poder de la iglesia, cuyos poderes sirven de avales amorales para muchas empresas privadas que contratan espacios de propaganda en los medios escritos, radiales, televisivos. Claro, para solapar el asunto, no pocos periodistas han publicado pequeñas notas en las que se indica que el desalojo se debió a que no se pagaba el alquiler desde hace tres años. De esta manera cumplían con informar en favor de Cipriani. 
Una vez listo para salir a Barranco, le echo una última mirada al Face, en especial a la cuenta de Yo soy Quilca. En esa cuenta estaba subiendo todas las notas de medios independientes que informaban de lo que realmente pasó el pasado 14 de enero. En poco tiempo, esta cuenta se disparó en lectoría y puedo dar fe del apoyo y el rebote que generaban los posts. La razón era sencilla: con pruebas se estaba demostrando que ese desalojo, aparte de abusivo, fue ilegal. Aunque claro, nunca faltaba un desinformado que se resistía a aceptar que su iglesia se haya portado como una apurada traficante de tierras. Los poderes en la iglesia en Perú son insondables. Cipriani tiene sus trolls que se encargaron de inhabilitar la cuenta Yo soy Quilca. Pero esto recién comienza, señores.