martes, mayo 23, 2017


subirats, el pensador incómodo

Ser dueño de una opinión propia es un privilegio que muy pocos pueden ostentar. Hoy, esta cualidad se ha visto repotenciada a causa de una plaga que afecta no solo los senderos de la vida cotidiana, sino también los circuitos del mundo académico y cultural. Triste, pero cierto: muchísimos intelectuales, pensadores, artistas y literatos cuidan mucho sus palabras, temerosos de no ver afectadas sus trayectorias a razón de opiniones contrarias de lo correctamente establecido por el poder que detenta el discurso dominante.
Por ello, habría que prestar atención a la obra del pensador español Eduardo Subirats. Nos referimos a una obra marcada por la apasionada polémica, y cuya bibliografía está conformada por más de cincuenta títulos, en los que el carácter multidisciplinario le ha permitido abordar sus temas de interés, como la literatura, la filosofía, el arte, la historia y la política. Subirats no solo es consciente de la fuerza expresiva de la palabra, sino que esta no es nada si no se honra en la actitud coherente. Palabra, pensamiento y actitud hacen de este intelectual una figura incómoda y necesaria.
Si no cuestionas, no sirves, nos dice implícitamente en El continente vacío, uno de sus títulos mayores, que sigue despertando odios y pasiones en la academia. En este ensayo que debería reeditarse, Subirats radiografía lo que para él son las mentiras discursivas en cuanto a la conquista y fundación del continente americano, tarea que lleva a cabo mediante las crónicas de sus testigos directos, no solo destacándolas por su valor documental, sino también sometiéndolas a cuestionamiento y relacionándolas con textos fundacionales de otras culturas. Podemos estar o no de acuerdo con los postulados de Subirats, pero habría que ser un suicida si los cuestionas sin haberte preparado. Y lo digo porque lo he visto polemizar, y en esta faena no duda en hacer uso de sus recursos intelectivos en pos de lo que considera la médula de la verdad. Citemos otros títulos suyos, igual de inquietantes, como Las poéticas colonizadas de América Latina, El final de las vanguardias, El universo dividido y Una edad de destrucción. Subirats ha hecho de la disidencia crítica su marca registrada. Y no es casual que la academia se encuentre dividida por su causa: por un lado, las nuevas generaciones lo consideran un Rock Star del pensamiento, y por otro, como un Lucifer al que habría que cerrar todas las puertas, condenándolo al ninguneo y silenciamiento, aunque esta intención resulte difícil: ¿cómo lograrlo con una bibliografía tan vasta y multitemática?
Conocedor de la cultura latinoamericana y admirador de José María Arguedas, Subirats se encuentra en Lima, junto a un grupo de destacados intelectuales peruanos y extranjeros, con los que ofrecerá el Coloquio El ensayo como problema en La Casa de la Literatura Peruana. Imposible no asistir.

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En SB

desconectado

Luego de una semana sin celular, vuelvo a conectarme con el mundo. No sé si celebrarlo, pero por más de un momento creí que la caída del celular y la explosión de la pantalla fueron lo mejor que me pudo pasar. Tampoco hay que hacerse dramas, quien quiera comunicarse conmigo sabe que lo puede hacer por otros medios, como el correo electrónico.
Esta desconexión la aproveché en lecturas y relecturas. Veamos: estoy por acabar la excelente novela Mac y su contratiempo de Enrique Vila-Matas, que comentaré en los próximos días. Acabo de empezar la antología Drogadictos, editada por Demipage; del mismo modo la reedición de Los ilegítimos de Hildebrando Pérez Huarancca. Pero ante todo relecturas marcaron la pauta, como De eso se trata de Villoro, El continente vacío de Eduardo Subirats, Bonsái de Zambra y La obra maestra desconocida y El primo Pons de Balzac.  
Mas todo gusto termina, puesto que acabó cuando recibí mi celular arreglado. Cuando lo prendí vi muchísimas llamadas perdidas, no pocos mensajes de textos y la numeración de mensajes de wasap me dejó sorprendido. De estos últimos, solo uno, proveniente de Zúrich, me importó. La cantidad de personas que intentaron comunicarse conmigo, me conmovió, hasta llegué a creer esa mentira de que puedo ser importante para gente que no sean mis padres y mi falso pekinés. A lo mejor estaba siendo presa de una falsa impresión primeriza. Nunca antes se me había malogrado un celular, y más allá del placer que me significó la desconexión, mi lado racional me indicaba que debía estar atento a lo que se me podía estar comunicando por medio de él. Sin embargo, una vez ya conectado y ver lo que me espera en los próximos días, la tentación adquiere intención, el oculto deseo de que se me vuelva a caer el aparato y ver en la pantalla rota una vesánica muestra psicotrópica de colores.

domingo, mayo 21, 2017


mujer que emociona

Hace un par de días, mientras conversaba con Francisco, amigo librero y declarado izquierdista, este me comentó que pese a lo que viene ocurriendo con la izquierda en Latinoamérica, sigue creyendo en sus principios y postulados, a lo que no pude refutar, porque sus piedras angulares no deben mancillarse por las malas acciones de sus “líderes” de ocasión. Pero también sabe que poco o nada puede argüir sobre lo que la izquierda es hoy cuando vemos a miles de amigos venezolanos en las calles limeñas, sobreviviendo en cuanta actividad se puedan desempeñar. Y claro, compartimos la indignación cuando vemos a chavistas de café, chavistas de redes, defender lo indefendible en cuanto a la dictadura que se vive en Venezuela. Sería ideal que esos trasnochados de la ideología tomen la decisión de ir a ese país y vivan lo que sus ciudadanos viven día a día, a ver si luego de esa experiencia siguen manteniendo las barbaridades que destilan desde la comodidad que les depara la parcela virtual.
En este sentido, resulta no menos que emocionante lo que viene haciendo Lilian Tintori, convertida a la fecha en la metáfora de la lucha contra del régimen opresor de Maduro. Tintori no solo busca la liberación de su esposo Leopoldo López, sino también el rescate de su país en manos de un tirano, que no duda en matar de hambre a su pueblo y en cortar toda clase de manifestación haciendo uso de la fuerza. 
Decir lo contrario de la realidad venezolana no es más que un desesperado acto discursivo. El poder ataranta, el poder genera despotismo, no importa el bando ideológico en el que se encuentre arrimado. Sin libertad toda democracia es remedo de sí misma.

viernes, mayo 19, 2017

furia ochentera

Si hablamos de una de las décadas más complicadas y riesgosas de la historia peruana contemporánea, tendríamos que referirnos, sin duda alguna, a la del ochenta del siglo pasado. A las pruebas nos remitimos: dos gobiernos desastrosos, uno que peor que el otro; una crisis económica que hacía perder la percepción de la moneda para comprar adminículos de primera necesidad (a saber, 3 millones de Intis para un cuarto de kilo de azúcar); un éxodo de peruanos a la busca de un mejor futuro; y la tragedia mayor, como para coronar esta sinfonía de espanto: el azote del MRTA y Sendero Luminoso, grupos terroristas que originaron una masacre de decenas de miles de peruanos.
Este contexto resintió la producción artística. Por ejemplo, pensemos en lo complicado que era publicar un libro, y quienes lograban hacerlo no tenían la más mínima seguridad de poder continuar un proyecto literario. Haber sido joven en los ochenta fue una desgracia, pero esta reforzaba su dimensión con los hombres y las mujeres que sí tenían algo que decir, sea desde la literatura, el arte y la música.
Por ello, la publicación Desborde subterráneo 1983 -1992 (MAC, 2017) de Fabiola Bazo, es una justa radiografía de época y también una cirugía emocional de los entonces protagonistas que vivieron en su justo derecho su verano de la anarquía. Dicho esto, subrayemos el carácter de gueto que signa a toda la movida cultural subterránea, puesto que esta no irradió en la mayoría de jóvenes peruanos ochenteros (afirmar tal cosa, es mentir con descaro, y es menester decirlo porque de la nada vienen apareciendo remedos de subtes que jamás asistieron a un concierto subte), pero a la pequeña gran minoría que influyó, esta supo hacer sentir su voz, pergeñando una postura vital y un discurso de libertad ausentes en la mayoría de jóvenes que al menos compartieron un rasgo común con los verdaderos subtes: sobrevivir.
En este sentido, el libro de Bazo nos acerca a los discursos mayores e íntimos de los protagonistas de la movida subterránea. Para tal fin, la autora hace uso de una lograda mezcla de registros como el ensayo, la crónica, el reportaje y la crónica. Gracias a la bastardía del registro textual, Bazo cumple con el objetivo implícito de su publicación: la difusión. Pero no hablamos de una difusión amable, la autora sabe que lo suyo no es la idealización, sino la representación de una moral rebelde, la puesta al  día de una ética creativa contra un sistema opresor.
Por este motivo, y yendo más allá de lo discutible que puede ser el legado musical de esta movida, DS se yergue como un documento imprescindible para entender esos años de horror por medio de la sensibilidad de sus protagonistas, que supieron hacer sentir su postura crítica y anárquica, no solo en la identificación y proyección de las letras de las canciones de las bandas de la movida, también en una estética visual (extraordinario trabajo gráfico que acompaña al texto de Bazo) que reflejó el sentimiento de agitación hasta de sus actores de reparto. Un par de aspectos, de entre varios, que nos hacen partícipes de una actitud vital y coherente con una furia interna nada contenida.
Los subtes fueron minoría, pero hicieron mucho más que la mayoría de jóvenes que los miraban por encima del hombro. La realidad de su legado cultural y artístico la vemos periódicamente en publicaciones que seducen a las nuevas generaciones. Pensemos en las novelas, cuentos, ensayos y crónicas que inspira. Y claro, pensemos en un librazo como este.

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En SB

jueves, mayo 18, 2017


bestias al volante

Ayer, mientras daba cuenta de un espresso en un café de San Borja, en donde suelo reunirme con amigos, fui testigo, en el lapso de media hora, de tres posibles tragedias. Tres bestias al volante casi matan a 2 mujeres jóvenes y un señor de avanzada edad. ¿Qué rasgo común tenían estos energúmenos? Al parecer, entre los testigos, fui el único que se percató del uso del celular por parte de los conductores. Una mano en el timón y la otra sosteniendo el celular, con lo útil que es el Hand Free.
Los incidentes no pasaron de algunos cruces de palabras, aunque de haber podido, algo hubiese hecho, pero poco o nada puedes hacer cuando te encuentras a más de cuarenta metros. Esas tres camionetas provenían de La Rambla, a una velocidad mayor de la permitida, en una suerte de piques de niños-bien, o ex niños pobres-ahora bien, dispuestos a mostrar la superioridad que deparan los fierros con ruedas, patentizando la metáfora de la prepotencia que vemos a diario en las calles. 
Mi reunión se tuvo que postergar, no me reuní con nadie, pero pedí otro espresso y seguí releyendo algunas páginas de De eso se trata de Juan Villoro, librazo que recomiendo, además, aún pueden encontrarse algunos ejemplares del mismo en librerías locales. Cuando disponía regresar a casa, un movimiento apurado al pararme de la mesa hizo que mi celular cayera al suelo. En principio, no me preocupé, mi celular tiene fuertes capas protectoras, se ha caído muchas veces. Pero al recogerlo, vi que la pantalla interior proyectaba luces intermitentes, psicodélicas. Podía recibir llamadas, sentir la vibración de los Inboxs y el Wasap, mas no responder. Por un momento sentí un contenido pánico, pero solo por unos segundos, porque comencé a experimentar un estado de libertad, un privilegio que poca gente tiene hoy en día.

miércoles, mayo 17, 2017

declaraciones fatuas

Después de varios días desconectado, me pongo al corriente con algunas noticias aparecidas en las últimas horas. En ese trance, mientras me sirvo un jugo de fresa, leo el cuento ganador de las 1000 palabras, concurso convocado por la revista Caretas.
Lo cierto es que estamos ante un cuento débil, predecible, que alardea de su ingenuidad temática y que se deshace en la escritura temerosa. 
Pero llaman mi atención las declaraciones de su autor, Julio César Buitrón, de 27 años. 
A veces, la juventud suele jugar muy malas pasadas, y se pueden superar si aplicamos la virtud que la chibolada de hoy no suele practicar: la inteligencia. Lo digo en buena onda, y con la esperanza de que Buitrón se salve de la posería y de un inminente destino lustrabotista.
Podríamos entender sus declaraciones si estas parten de una revelación no vista en este caso: que su cuento sea un cuentazo. Es decir, la manifestación de la calidad literaria que brinda crédito para la tontera verbal y la ejecución del rol de infante terrible, así seas chato.
Recordemos el muy buen cuento Solo quería un cigarrillo, de Claudia Ulloa Donoso. Con este cuento la autora ganó en 1998 las 1000 palabras de Caretas, a los 18 años. De quererlo, pudo ser posera, y ella sí tuvo motivos suficientes para tal fin, puesto que la calidad de su cuento le brindaba ese crédito. 
Para mover el balón, primero hay que saber pararlo.

martes, mayo 16, 2017


lunes, mayo 15, 2017

sin narradoras chilenas

Luego de la algarabía que supuso la nómina de los integrantes de la edición de Bogotá 39-2017, me pongo a analizar con calma la trayectoria de los seleccionados no peruanos. Para mi grata sorpresa, he leído a muchos de ellos y en verdad no tengo mucho que objetar, como tampoco celebrar, puesto que toda selección, y sobre todo una de esta dimensión, jamás contentará a la platea. Están los que tienen que estar, pero también hallamos voces consolidadas, que no necesitan de la participación de un festival como este para sustentar el prestigio alcanzado. Veamos, hasta donde la memoria me sea propicia: Valeria Luiselli (México), Diego Zúñiga (Chile), Daniel Saldaña París (México), Samanta Schweblin (Argentina) y Daniel Ferreira (Colombia).
Algunos países cuentan con un solo representante y otros con más. Tampoco vamos a caer en la demagogia de que debió establecerse una cantidad determinada de autores por países, puesto que la calidad literaria no debe estar sujeta a cupos. En este sentido, no deja de llamar mi atención lo que ha pasado con la delegación chilena, compuesta por talentosos autores, pero en la que sí nos hubiese gustado encontrar algunas mujeres.
He seguido con mucha atención la producción narrativa chilena del presente siglo. Y siendo justos, nos encontramos con un imaginario narrativo que, salvo excepciones, ha demostrado muy buen nivel, seguramente a causa de la fuerza de su circuito editorial independiente y a los premios nacionales que incentivan a sus noveles autores. Esto en cuanto a posibles explicaciones racionales, aunque yo que prefiero justificar esta producción en el capricho de la sospecha, es decir, en el quiebre emocional, la mochila pesada de las secuelas de la memoria dictatorial que cargan sus autores, aunque esto no quiera decir que la aborden directamente, sino que se manifiesta en la tensión de su escritura. 
Después de tradiciones narrativas latinoamericanas contemporáneas como las de Argentina y México, la de Chile ha crecido no solo en cantidad, también en fuerza expresiva. Y protagonistas medulares de este auge han sido y son sus mujeres. Podría mencionar a cinco que tranquilamente pudieron estar en el bolo de selección del festival (en lo personal, consideraba fijas a dos), pero sabemos también que la postulación dependió exclusivamente de sus casas editoras, entonces por allí podría hallarse la razón del llamado ninguneo de narradoras chilenas en este B39. Si una delegación merecía estar representada en la pluralidad de su calidad, esa era precisamente la chilena.
Cosas de la otra literatura. El B39 es un festival más, solo asegura una mayor difusión para sus autores, pero de ningún modo la referencia, que corre por cuenta de los verdaderos lectores, que no se dejan atarantar por la falsa consagración de los festivales. Los festivales no consagran a nadie.

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En SB

viernes, mayo 12, 2017

luiselli y los niños

Terminamos de leer la última entrega de la escritora mexicana Valeria Luiselli y más de una impresión nos depara la experiencia. En primer lugar, asistimos, una vez más, a la confirmación de la poética de una de las plumas en español más importantes del presente siglo. No es para menos, hablar de Luiselli es remitirnos a su imprescindible ensayo Papeles falsos y a sus novelas, la muy saludada Los ingrávidos y la irregular La historia de mis dientes. En segundo lugar, la presente publicación es producto de circunstancias muy especiales en la vida de la autora, por ello, en estas páginas asistimos a su cruda verdad emocional, pero también somos testigos de su compromiso con los más débiles, las víctimas a las que los medios de comunicación comenzaron a prestar atención tras la crisis migratoria del 2014, en la que miles de niños cruzaban solos y desafiando toda clase de peligros la frontera entre México y Estados Unidos.
En este sentido, Los niños perdidos (Sexto Piso, 2017) es un documento de denuncia que transita en el ensayo, pero también es un crisol narrativo que descansa en el respiro de la crónica. Si una marca en alto relieve exhibe la escritura de la autora, esta es precisamente el diálogo entre registros, sin que se resientan en sus encuentros, convirtiéndolos en una sola fuerza que refulge en su invisibilidad.
En el prólogo, el reconocido periodista Jon Lee Anderson señala que las cuarenta preguntas (aplicada a los niños en la migra) en las que Luiselli conduce su ensayo, no solo generan “respuestas, sino más preguntas”. No nos sorprende, puesto que este aparato discursivo nos pone en el tapete no solo su tópico principal, sino también el contexto personal que atravesaba Luiselli al momento de conocer la situación de los niños que cruzaban la frontera. Gracias al carácter transgénico de no ficción el lector participa del nervio del rizo sensorial que signa la escritura de la autora, nervio que nos permite constatar la dimensión moral de la publicación.
Si LNP se hubiese encausado en la pureza del ensayo, estaríamos ante un proyecto ajeno de lo que ofrece, quizá ante uno relacionado con la frialdad sociológica o antropológica. En su premeditada bastardía textual hallamos la conexión anímica con los dramas que sufren los niños, muchos de los cuales provienen de Centro América y que una vez en México no dudan subirse a los techos de La Bestia, tal y como se conoce a la línea de tren de mercancía que recorre este país de sur a norte. En este trayecto muchas cosas ocurren con sus viajeros informales, pero son los niños los que se llevan la peor parte, y no solo del lado mexicano, puesto que al cruzar la frontera no pocos son confinados en esa especie de cárcel al paso conocida como La hielera.
Luiselli fue testigo de excepción de los engorrosos trámites legales que debían pasar los niños si pretendían quedarse en suelo americano. Por aquel entonces Luiselli y su sobrina trabajaban como intérpretes en la Corte Federal de Inmigración de Nueva York. La mexicana cuida su narración, no permite que esta se contamine de la jerigonza legal, le basta y le sobra con transmitirnos los miedos de los niños, de igual manera con el arduo trabajo que tiene llevar a cabo para que estos hablen y así pueda traducir sus testimonios a los jueces que ven sus casos.
No nos equivocamos. LNP es una lectura obligatoria para todo aquel comprometido con el bienestar del niño, pero es también un artefacto discursivo que en su brevedad es una irrefutable prueba de la evidente riqueza expresiva de la no ficción.

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jueves, mayo 11, 2017


talleres del entusiasmo

Cada cierto tiempo varios aspirantes a escritores me piden que les recomiende talleres literarios. En este sentido, la franqueza se impone. Jamás iría contra la naturaleza de la escritura: una actividad marcada por la urgencia y la constancia, que solo en la confluencia de estas podemos hallar su estado de gracia: el trance de su ejercicio.
Por ello, sugiero a los aspirantes a inscribirse en talleres impartidos por escritores no solo con reconocida capacidad para transmitir conocimiento, sino que los mismos también sean dueños de una legitimidad literaria. Me vienen a la memoria los talleres de escritura de ficción y no ficción de Marco García Falcón, Juan Manuel Robles y Jeremías Gamboa.
Sin embargo, desde hace un tiempo el concepto de taller ha adquirido una dimensión plástica que aturde, dimensión que en toda la amplitud de su confusión arroja un mensaje atroz: cualquiera puede impartir un taller. No es la primera vez que nos topamos con estos talleres en los que se persigue el lucro haciendo uso del discurso entusiasta, pero los de ahora se presentan en la plenitud de su frivolidad: cualquiera puede ser escritor, solo hace falta ganas y repetir como papagayo, y con el pulgar a lo Terminator, que escribir es posible si es que te lo propones.
En el imprescindible Mientras escribo de Stephen King, el maestro hace hincapié en que no se necesita de un talento excluyente para escribir, que a diferencia de artes como la música y la pintura, el aspirante no necesita ser un escogido por los dioses, sino que debe adecuarse a una disciplina excluyente, por demás aterradora, cuya sola práctica sirve de filtro para separar del saque a los entusiastas de la escritura. Y no solo esto: este filtro no le asegura al sobreviviente un lugar en el parnaso literario. Se entiende que la escritura se conduce por senderos empedrados y lodosos. Sumemos también el no menos imprescindible Leer y escribir del genial V.S. Naipaul, que considera a la lectura como una inseparable acompañante del escritor en formación. Entonces, se deduce de este cruce la esencia que todo taller debe exhibir: los talleres de escritura enseñan a leer y definen la mirada del potencial escritor.
No conozco personalmente a Leslie Guevara, ni a César Bedón, aunque con este último mantuve hace años una breve conversa telefónica a razón de un artículo para Velaverde, como para que se piense que el presente post es un ataque personal. Pues no. El presente post es un claro y abierto señalamiento a la política tallerista de su proyecto Machucabotones
A las pruebas me remito: me basta ver cómo promocionan sus talleres (1, 2, 3, 4, 5 y 6) para saber que lo suyo no es la perfección de la escritura mediante la exigencia y el rigor generoso, sino bajo el fraude del entusiasmo. Este discurso los perjudica, los hace ver ante los entendidos en talleres y los lectores como implícitas secuelas metafóricas de las universidades que se fundaron bajo el amparo del fujimorismo. Aún están a tiempo. ¿A tiempo para qué? Fácil: para no ser considerados como esforzados vendedores de sebo de culebra.

diferencias y señalamientos

Ayer miércoles, a la una de la tarde, me reuní con un par de estudiantes de periodismo de la UPC en la BNP. Ellas se contactaron conmigo a razón de un reportaje que venían realizando sobre el poco hábito de lectura de los peruanos. Acepté porque al respecto escribí hace unos días en un semanario local.
Había mucho que decir. Y en lo que diría pensé mientras me dirigía a la BNP. A una de las chicas la conocía por referencia y creí que la entrevista se realizaría en los ambientes de la BNP, pero no pudo realizarse a causa de la burocracia. Por ello, previa llamada, nos dirigimos a las instalaciones de una editorial independiente, ubicada muy cerca de la BNP. En ese trayecto, ayudé a una de las chicas a cargar el trípode, que era más pesado y grande que ella.
Conversamos sobre la logística de la entrevista. Y me enteré de que entrevistaron y entrevistarían a preclaros referentes locales, cosa que me alegró por ser considerado en tan selecto grupo del pensamiento peruano, o lo que pueda entenderse como tal.
Seguimos caminando y faltando poco para llegar, una de ellas, la que dirigiría la entrevista, me comentó sobre mi artículo de la semana pasada. Es cierto, disparé contra todos, pero cada bala estaba más que justificada. E hice una precisión, porque su inquietud también me la han manifestado otras: un intelectual que trabaja para el Estado no está libre de señalamientos por el solo hecho de ser intelectual. Las críticas y señalamientos al intelectual no deben ser vistas como algo personal, sino como una actitud natural. Ocurre que en nuestro circuito cultural solemos mezclar la calidad humana de este con su desempeño público. 
La entrevista salió muy bien. Las chicas hicieron un excelente trabajo. Y como tiene que ser: cargué el pesado trípode hasta embarcarlas en su taxi.

miércoles, mayo 10, 2017


martes, mayo 09, 2017

humala lovers

Grata tarde dedicada a la lectura de dos libros: Los niños perdidos de Valeria Luiselli y Desborde subterráneo de Fabiola Bazo. Están muy bien, aunque ciertos reparos se presentan en la publicación de Bazo, que comentaré a su debido tiempo.
Entonces, me pongo al día con las noticias. Una de ellas resulta excluyente. Y no vuelvo a ella por afán de humillación a los preclaros representantes de la izquierda peruana. Además, ya lo he dicho más de una vez, si esta izquierda fuera normal, no tendría problema alguno en considerarme izquierdista, porque lo soy, solo que no se nota.
Nuestra izquierda pretende pasar piola, los días corren y las pruebas contra el ex presidente Ollanta Humala son cada vez más contundentes. No no me hago problemas en la plenitud de la certeza, por catastrófica que sea esta: fuimos gobernados por un violador de derechos humanos, el cual fue apoyado por la superioridad moral de la zurda, sabiendo que su líder electoral cargaba una mochila por demás pesada. ¿A ella le importó este detalle? Pues no. Había que llegar al poder y en esa ambición no les importó pasar por alto uno de los tópicos sensibles que justifican sus principios. 
Los Humala Lovers, aquellos chicoteados por la ideología que apoyaban día y noche a este asesino, sea desde las redes y desde sus columnas de opinión en medios, deben ya hacer uso de esa cualidad que en Perú es vista como símbolo de debilidad: la autocrítica, más la disculpa respectiva a los seguidores y simpatizantes de la izquierda. No es poco de pavo. La izquierda no puede taladrar su tradición fiscalizadora a causa de líderes de opinión que haríamos bien en sindicar como esforzados hueleguisos.

lunes, mayo 08, 2017

descomposición

Cuando la ideología gana terreno sobre el criterio elemental, te convierte en idiota.
Los seguidores y simpatizantes de la izquierda me han demostrado que resulta insuficiente defender en discurso la ideología chavista. Por ello, no dudan en burlarse de los miles de venezolanos que están trabajando en Lima. Soy testigo de estas burlas a diario en las redes sociales, como también en los ocasionales saraos literarios a los que asisto porque no me queda de otra.
Puedo criticar y hasta condenar muchos aspectos de la conducta moral de la izquierda peruana, pero burlarse de gente que a causa de la desesperación huye de un régimen dictatorial, sí me resulta sintomático de su grado de degradación. Si algo ha ocurrido con las izquierdas en Latinoamérica es una descomposición que se alimenta de una fe ciega en lo que asumen como ideales. Su descomposición local la vemos en las defensas al chavismo y en su silencio ante violadores de derechos humanos como Ollanta Humala. Puedo entender el desconcierto de nuestra izquierda, no así su falta de humanidad para con los hermanos venezolanos que están mejor en Perú vendiendo arepas, lo que nos da una idea irrefutable de la situación de su país. 
Un poco de desahuevina no les vendría nada mal a nuestras “privilegiadas” mentes de la zurda.

domingo, mayo 07, 2017


cartas de amor

Un artículo de la escritora chilena Paulina Flores, en Babelia, obliga a que me pregunte cuándo fue la última vez que escribí una carta. En estos años de velocidades mediáticas e información instantánea, la escritura de cartas se ha convertido en una excentricidad, sin embargo, aún quedamos los que escribimos a mano, quizá por la nostalgia que supone la práctica o por el placer que produce el seseo de las palabras.
Pero recordar la última vez que escribí una carta no tiene mucho sentido. En cambio sí la primera, que me transporta a mis años de aprendizaje vital.
En 1994 era un escolar que en las noches estudiaba inglés en el ICPNA del Centro Histórico. Lo hice en mis tres últimos años de colegio y esta es una etapa que recuerdo y atesoro. Prácticamente, en todas las clases resulté siendo el más joven. Nadie sabía que asistía al colegio. Y no pocos compañeros y compañeras de aula, que trabajaban o estudiaban en academias o universidades, me alucinaban a lo mucho de 21 años de edad. No los culpo, dejé de crecer a los 14 y desde entonces no paso del metro 85.
Con esta gente conocí el mundo, la aceleración vital, cosa que agradezco porque me curó a futuro de la impresión primeriza y del alcoholismo como síntomas de felicidad. Pero me dejó un vicio, placentero: el tabaco. Las noches de los viernes eran las metáforas del exceso y me entregaba a ellas con toda la disposición del mundo. Pero bien lo señaló el sabio Miguel Gutiérrez: los excesos deben parar a tiempo.
Como era un pata que escondía su escolaridad en el ICPNA, vivía solo de propinas. Por un tiempo pensé cómo ganar algo de dinero y así pagarme ciertos gustos. También pensaba en que tenía que trabajar en algo que me gustara, de lo contrario me iba a la mierda.
Entonces, cierta noche que salía de clases, apurado por llegar a casa porque tenía hambre, un pata de estatura mediana, rostro quemado por el sol y que usaba una extraordinaria casaca de cuero, me cortó el paso. Me preguntó si le podía hacer un gran favor. Yo creí que era un ladrón, pero cuando me dijo que me podía decir su requerimiento en donde estábamos, en plena Emancipación, no me quedó otra que escucharlo.
El pata era un marino mercante y por su contextura deduje que desempeñaba labores de carga. Sin embargo, su favor no era tal, más bien un trabajo: debía traducirle una carta del castellano al inglés a su novia que vivía en una isla, en una colonia británica del mar africano. Me entregó su carta, fotocopiada. Quedamos en vernos al día siguiente, en el mismo lugar, para entregarle la carta traducida.
Una vez en casa traduje la carta en quince minutos.
Cuando se la entregué, no supe cuánto cobrarle, pero antes de decirle la cantidad que entonces te justificaban los pasajes, sánguches, gaseosas y cajetillas de la semana, vi su rostro encendido de alegría. Me pagó una millonada… para un adolescente noventero de dieciséis años: 40 soles.
A partir de entonces, el marino mercante aparecía, cada quince días, con otro colega, ambos con el mismo requerimiento: traducir una carta del castellano al inglés, obviamente, para una novia lejana. Y este otro marino mercante trajo a otro, al punto que a veces me buscaban en grupo. Solo una vez intentaron que les haga un precio especial por ser grupo. Pero esa intención no prosperó, porque les hice saber sobre la importancia emocional que significaba una carta de amor.