martes, agosto 30, 2016

bowie

El pasado 10 de enero falleció uno de los artistas más influyentes en el mundo, aunque para muchos: el mayor de los últimos cuarenta años. David Bowie fue una radiación de registros que descollaron mucho más allá de las parcelas musicales. No era para menos, en Bowie se manifestaba el sello en alto relieve la conceptualización de la experimentación con la que rubricaba cada uno de sus trabajos. Musicalmente, el cambio era el nervio que motivaba su poética, pero bien saben sus seguidores que ese cambio no se debía a los vientos de la moda musical o la tendencia artística en boga, sino más bien a su espíritu camaleónico que tenía el oscuro fin (y vaya que sí en un artista como él) de encontrarse a sí mismo como persona y en esa empresa no dudó en poner en el asador todas sus capacidades expresivas. En la música fue “el más”, pero tampoco fue “el menos” en las otras artes en las que incursionó.
Sobre su música y sus múltiples facetas artísticas se escribirá y, muy en lo personal, soy de la idea de que va a pasar muy buen tiempo para que se escriba una biografía definitiva sobre él. Obviamente, con Bowie la música era insuficiente. Bowie lo era todo: música, poesía, teatro, generación, sexo, aislamiento, política, alegría, tristeza, paz, violencia… Una biografía sobre un ser tan poliédrico como él requiere de un trabajo titánico de documentación e interpretación. Bowie creó y recreó más de una época, forjó una visión del mundo, nos dejó una filosofía de actitud sin escribirla. El proyecto biográfico tomará su tiempo, mientras tanto, qué decir de Bowie, bajo qué enfoque escribir de él sin caer en los recorridos lugares comunes.
El lector haría bien en preguntarse cuál era el factor que lo unía a este bizarro creador. La respuesta a la pregunta no debe limitarse a los razonamientos y esto es algo que sabe al detalle todo aquel que conectó alguna vez con su propuesta.
Hablemos pues de sensibilidad. Es decir, habría que acercarnos a su figura y obra por los senderos de la irracionalidad. Líneas atrás señalamos que Bowie cambiaba para encontrase. Bajo esa actitud camaleónica, nosotros pudimos apreciar/admirar la dimensión de su trabajo, por demás laberíntico. En la variedad, en esa renuncia a la “linealidad” temática y formal, apreciábamos una sensibilidad que en sus caminos experimentales, así gustasen o no, no era ajena a la indiferencia. En sus matices, nos seguíamos encontrando con el mismo Bowie, con la misma alma quebrada y rota, desde su homónimo álbum de 1967 hasta el Blackstar, lanzado al mercado dos días antes de su fallecimiento.
Contar y pensar a Bowie desde la sensibilidad. Esa es la ruta para escribir sobre Bowie, no desde el rigor disciplinario, sino desde la violencia interna emocional, tal y como lo hace el filósofo inglés Simon Critchley en Bowie (Sexto Piso, 2016).
Critchley transmite mucho más de lo que podría ofrecer un sabelotodo. No hay recursos ocultos para esta transmisión de sensaciones sobre la obra y vida de Bowie. Las circunstancias personales del filósofo (no spoiler) lo llevaron a realizar un concentrado repaso sobre si ídolo, haciendo uso de sus recuerdos y el análisis impresionista. Critchley nos sitúa en una perdida noche de 1972, cuando en compañía de su madre se encuentra viendo el popular programa de televisión Top Of The Pops (ver en Youtube las luminarias que pasaron por este programa). Entonces, aparece en la pantalla una figura andrógina, de rostro tieso por encanto y una mirada fija tanto en la nada y en todo lugar. Bowie/Ziggy, llámalo como gustes, cantando “Starman”…
Podríamos pensar que nuestro autor exagera, que su fanatismo por Bowie pudo más. Veamos un ejemplo: en sus palabras, escuchar “Starman” le significó una experiencia que superaba a la sexual, sea por su voz, dominio de escenario o por esa poesía oscura que proyectaban sus letras. Pues bien, en la extrañeza de esa propuesta, Critchley halló una identificación que le permitió superar los setenta, década infestada por los desencuentros ideológicos, en la que también exploró otros registros musicales como el punk y la semilla de lo que años después sería el New Wave.
Pero Critchley siempre volvía a Bowie, a su música y sus letras, y comenzó a llamarle la  atención su postura política, porque sin hacer política, Bowie era mucho más coherente que otros músicos y artistas que sí exhibían un abierto discurso político. En estos “regresos” a la poética del artista, el autor destaca la esencia del extrañamiento que recorre la vida y discografía de su ídolo, de la fidelidad a sus valores sobre la integridad artística y de los ecos que la misma alimentó en otros compañeros, a saber: Lou Reed e Iggy Pop.
Con Critchley recorremos la biografía y discografía del Duque Blanco, enfocándonos en las epifanías de sus letras, en las que una línea, una metáfora, le resultaban suficientes para conectar y desnudar a hombres y mujeres desesperados de sí mismos. En lo dicho y en el silencio de las palabras del Duque hallamos el secreto de su vida y la relación de esta con su trayectoria, tal y como lo manifiesta el filósofo en la radiografía que realiza de las letras de “Lazarus”, tema de su último álbum.
Podríamos sospechar que estamos ante un libro exclusivo para fanáticos de Bowie. Felizmente, no es así. Critchley nos escribe de Bowie para entenderse y, por extensión, para que nosotros nos entendamos. Eso era Bowie: él y todos nosotros.

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Publicado en El Virrey de Lima.

519

Nueve de la mañana y decido salir a correr.
Pero antes estuve releyendo algunos pasajes del libro de Barnechea, Perú, país de metal y melancolía.
Y también escuchando en atosigante y placentero repeat el “Glory” de Television, cosa que libro mi mente hacia instancias de sensación canábica luego de horas dedicadas a romperme la cabeza.
Cuando decido darme tres vueltas al parque, desisto de la intención a razón de la lluvia. Si corro, lo más probable es que me saque la mierda y le hago caso a mi instinto. Entonces, regreso a la casa y me dispongo a ordenar algunas carpetas virtuales. Se supone que los días adrenalínicos han pasado, pero no, lo que hay es una tregua con los mismos, y disfruto de esa tregua.
Ahora, más despejado, me pongo al día con algunas cuestiones a las que no he prestado la atención que merecían. De todas ellas, un par para subrayar, pero desarrollaré una aparte, en un post no numerado, por tratarse de un tema delicado, el cual abordé el año pasado en un artículo que fue muy polémico y por el que más de un huevonazo pidió que me denuncien por difamación y calumnia. Ajá, hablo de los chanchullos editoriales que se viene haciendo veladamente con la plata de los cusqueños… Lo que dije está sucediendo…
Me sirvo la primera taza de café del día mientras observo la reacción que por estos lares ha suscitado la reseña de Lorena Amaro sobre La distancia que nos separa de Cisneros.
Así es, dije reacción. De la reseña no tengo mucho que decir porque está bien sustentada. En más de tramo estoy de acuerdo con Amaro, en especial cuando se refiere a un determinado tipo de autoficción. Y en otros tramos no, obviamente.
Pues bien, si la reseña hubiera sido positiva, no se estaría hablando de la misma. Y no me sorprende que no pocos que la han rebotado sean escritores que la usan para reforzar el discurso contra el amiguismo que, para ellos, signa a la crítica local, cuando lo cierto es que esta suerte de indignados no son ajenos de esta práctica que con ahínco señalan. 
Claro que existe amiguismo en la crítica local, pero hay que tener la suficiente fuerza testicular para nombrar a los hacedores de ese amiguismo (un ejemplo de lucha contra el amiguismo, y sin falsa modestia, este pechito, que lo ha hecho más de una vez). Es que allí radica la gracia, nombrar, no jugar a lo fácil. A lo fácil juega cualquiera. 

domingo, agosto 28, 2016

518

Domingo de sol y con muchas cosas que hacer por delante. La principal de ellas, seguir pasando a Word las 120 páginas, escritas a mano, que encontré en un folder escondido días atrás mientras ordenaba mi pequeño almacén. Esas páginas eran del 2006 y de las mismas se publicó un fragmento en un blog de aquel entonces. No esperaba encontrar ese folder, pero de poco o nada me servía tenerlo como un archivo guardado si no tenía su versión en Word. Entonces, le dedico una hora diaria a pasar las páginas a otro soporte, que imagino, tarde o temprano me servirá para algo, quizá para una reescritura y para saber qué es lo que puedo o no hacer con ese texto.
Me encuentro en viada, pero me doy cuenta de que me falta el elemento nocivo de la escritura. Me quedé sin cigarros y debo salir por una cajetilla, y lo hago mientras escucho por el móvil una clásica canción de Lou Reed, que me la ha pasado una guapa activista newyorkina.
En el trayecto me cruzo con algunas amigas del barrio, las hermanas Bernardo, que no conformes con mi saludo de lejos (aún andaba en sueños), se me acercan. Ellas ya no viven en el barrio pero sé que los domingos vienen a visitar a su mamá. Nelly y Paquita, lo recuerdo, eran la sensación todo Apolo, hasta recuerdo que varios jugadores profesionales venían desde Breña, el Rímac y, obviamente, de Matute, a buscarlas. Hablo pues de la primera mitad de la década del noventa, años en los que futbolísticamente destacamos por las cañas de sus protagonistas. Más de uno se moría por ellas, hasta hubo un jugador paraguayo que a nada estuvo de comprar un grifo para ponerlo a nombre de Paquita. Nelly y Paquita me preguntan qué ha sido de mi vida y les digo lo que estoy haciendo, algo que las sorprende porque jamás pensaron que me dedicaría a un oficio “interesante”. Sonrío y no me hago paltas de lo que opinan, porque esa es la amistad, no hacerse paltas, sin importar las galaxias en las que habitemos ahora, sabiendo que la galaxia que queda en uno, en mi caso, el de la adolescencia, tiene a las hermana Bernardo como protagonistas.
Me despido de ellas, pero me es imposible no pensar en ellas, en especial en un hecho que aún recuerdo bien, porque también se trataba de un domingo de sol como hoy, quizá el último domingo de agosto de 1996. Aquel domingo, y por aquel entonces, ¿Paquita o Nelly? salía con un patita abogado, a quien le gustaba hacer ruido con su caña cada vez que venía a recogerla o traerla. Ese domingo, Santiago, el Bernardo Brother, y yo, nos dirigíamos a la canchita ubicada al lado de la comisaría a jugar basket, íbamos medio fumados, por eso al llegar a la canchita nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado del elemento esencial del deporte: la pelota.
Al regresar a la casa de Santiago, encontramos a ¿Paquita o Nelly? llorando en la puerta. Nos acercamos corriendo y ella exhibía un par de moretones en la cara. Esa sola imagen hizo que Santiago entrara rápido a su casa a la búsqueda de un cuchillo o un pico, pero esa búsqueda tomó más tiempo del que pudo pensar. Escuché las razones de la hermana de mi pata, razones que solo obedecían a una sola: había decidido terminar con el patita abogado, quien no contento con ello, le dio un par de puñetes en el rostro de la tentación apolina. La escuchaba y sentía rabia contenida. Ella para mí era también como una hermana mayor (al menos, trataba de hacerme esa idea). Y el huevas triste de su hermano seguía sin salir de casa (recordé en ese instante que su padre había sido policía y se cruzó por mi mente la razonable posibilidad de que esté buscando un arma oculta, cosa que no debía sorprender, porque en cualquier casa de militar o policía, siempre hay armas ocultas).
Consolé hasta donde pude a ¿Nelly o Paquita? No podía hacer más. Lo único que ella pedía de la vida, en ese mismo instante, era justicia.
Y Santiago seguía sin salir de casa.
Cuando me dispuse a ir a mi casa por un vaso de agua para ¿Nelly o Paquita?, apareció el patita abogado en su cañaza. Bajó del auto, tenía el rostro desencajado, apagado por las lágrimas secas en la piel, sus dientes castañeteaban y no demoró en pedirle perdón a la mujer que en el último año y medio había sido su enamorada.
Por esos últimos días, el señor Maldonado, un buen vecino que se alucinaba fiscal, había estado techando su tercer piso, por ello, fuera de su casa e invadiendo la pista, había un montículo de arena, más pequeñas montañas de piedritas y, tácito, más de una torre de ladrillo. Entonces, cogí todos los ladrillos que pude y se los tiré al patita abogado, quien una vez en el suelo fue merecedor de mis patadas. No me conformé con ello y volví por más ladrillos, aunque se me pasó por la cabeza matarlo, tuve un momento de lucidez, y como este baboso había dejado abierta la puerta de su auto, decidí destruir el interior de esa cañaza con una lluvia de ladrillos.
Salieron los vecinos. Sin embargo, el señor Maldonado, en vez de preocuparse por la agredida, me exigió que le pagara los ladrillos que usé para la destrucción de la caña; otros, más cuerdos, tuvieron una lectura rápida de la situación y le pidieron al patita abogado que se largue del barrio y que, por su bien, no regresara jamás. El patita abogado se quitó sin antes amenazarme y a cada amenaza respondía con el ademán de tirarle otro ladrillo con toda la furia de mis catorce años. 
Esto es lo que recuerdo en líneas generales, no recuerdo quién fue la agredida, pero lo que sí recuerdo fue que Santiago se demoró en salir a razón de un resbalón en su cocina acabada de encerar, hecho que motivó la fractura del tobillo izquierdo y el brazo derecho roto. 

sábado, agosto 27, 2016

517


Me levanto más o menos tarde. Siento algo de malestar, pero nada que un duchazo no pueda solucionar.
Una vez bañadito me alisto para comenzar el día, pero antes, el café de rigor, que su solo hecho se ha convertido en un elemento central en cada jornada signada por la lectura, la escritura y la música.
Entonces, mientras bebo el café y preparo más café para mi termo, me pongo a leer las noticias, a la caza de un dato que me permita arrancarlo, teniendo para ello o una regla o una tijera. Las cosas siguen en su normalidad, sin embargo, lo que uno teme, pero es inevitable, puesto que laboralmente dependo de las llamadas que recibo en el celular, el cual debo tener prendido. Antes me sentía feliz con el celular apagado, y más allá de los meses transcurridos aún tengo que acostumbrarme a esta nueva rutina.
Cuando vibró el móvil, algo me decía que era “Mr. Chela”, y, efectivamente, era él, que me estaba animando a que vaya al Don Lucho por unas chelas. Pero le digo que no me interesa beber en estos fines de semana, que ando muy concentrado en varios textos y no pocas buenas lecturas que se me han juntado. Entonces, le sugiero que no pierda tanto el tiempo en los bares, que aún puede salir de las garras del alcoholismo y le pongo un ejemplo patético de innata estupidez reforzada por el alcohol, ajá, así es, solo me bastan dos palabras para graficarle el destino que solo él puede evitar: “Cachetada Nocturna”. Entonces, “Mr. Chela” queda en silencio y un aura de seriedad cubre nuestra conversación. Me jura que tratara de beber lo menos posible, y para ello, a modo de contribución, le sugiero que deje de chupar de a pocos, paso a paso, cachorro,  si la semana tiene 7 días, chupa 5 y así vas bajando la dosis. “Mr. Chela” promete hacerme caso, cosa que dudo, pero cumplí con decírselo. 
Hace tiempo Miguel me dijo que la bohemia no tenía nada de malo, por el contrario, la bohemia resultaba necesaria. El problema, y recuerdo su énfasis, era salirse de la bohemia. Eso era lo más jodido. Él pudo salir de la bohemia de joven, claro, jamás abandonó el trago, que tenía como un placer oculto, al punto que cada novela suya (y vaya que escribió muy buenas novelas) venía con el homenaje a una bebida alcohólica. Miguel sabía de los peligros del alcohol y la bohemia, que tienen ese poder de quitar tiempo. Anoche lo constaté una vez más, mientras caminaba por Quilca y Camaná, rumbo a Polvos Azules. En esas dos calles libreras, a golpe de 8 de la noche, la sazón nocturna estaba armándose y la tentación era más que patente, patas y flacas me llamaban, del mismo modo Richi Lakra, pero solo me limité a saludar al paso, dejando el camino libre a la cachorrada, para que viva lo que tenga que vivir y con la esperanza de que puedan zafarse de lo que deben vivir.

viernes, agosto 26, 2016


martes, agosto 23, 2016

516


Un día lleno de reuniones, día en el que estuve por más de un distrito, reuniones de cara a las próximas semanas que se me pintan de adrenalínicas.
Luego de la primera reunión en Barranco, con Walter, me dirigí a Miraflores, pero en el trayecto me detuve por una chelita y un sanguchón. De paso, maté algunos minutos viendo a la gente pasar por el parque Kennedy, algunos de ellos, ya desprovistos de la vergüenza, sumidos a la caza de bestias virtuales. Aprovecho en revisar mi correo y mis cuentas de Face e Insta. Nada del otro mundo, aunque la cachorrada viene discutiendo sobre un artículo de Iwasaki. Leo el artículo en cuestión y no me parece que era para tanto la discusión, pero eso es lo que signa a la realidad virtual: manifestar nuestra impresión primeriza que hay que tomar con buen humor, aunque no pocos lo hacen, porque así hay que jugar: no voy a matar mi hígado con el fugaz muestrario irreflexivo de los usuarios. Hay que pasar de ello y en lo que se pueda concentrarse en lo que en verdad importa y lo que en esos momentos más me importaba era otra chela.
Sigo en mi ruta y recibo algunas llamadas que dudo en contestar, porque no tengo grabado los números que me llaman y lo que no deseo es distraerme con promociones. Sin embargo, la insistencia me hace pensar en que podría tratarse de un asunto que hay que atender, así es que respondo al número más insistente. No era nada malo, porque era “Mr. Chela”, que me preguntó por una novela de la que estuve hablando días atrás en una reunión. Hice memoria y después de unos segundos supe a qué novela se refería. Eso es lo que me gusta de “Mr. Chela”, que podría ser un gran literato si no dependiera tanto de la chela, pero bueno, lo positivo de él es que siempre profundiza en sus intereses, es pues un lector obsesionado y bienintencionado, como tiene que ser un lector de verdad, que ve la lectura como un placer que hay que compartir. Sin duda, estaré atento a la publicación de su novela autobiográfica Buenos criollos
Luego de realizar los trámites me dispongo en la ruta de destinos inevitables y me invade la sensación de que ya debo regresar a casa cuanto antes, no sé a qué se debe esa sensación, seguramente al tráfico que bestializa más esta ciudad. Pero antes, me siento en la banca de un parque innominado y continuo la lectura de Bowie que, de no mediar inconveniente, acabaré en las próximas horas, durante esos tiempos muertos dignos de la espera.

lunes, agosto 22, 2016

"crónicas de un país que ya no existe"

Cuando uno acaba la lectura de Crónicas de un país que ya no existe (Sexto Piso, 2015), el recomendable libro del periodista estadounidense Jon Lee Anderson, uno entiende, ahora sí en serio y por fin (y una vez más), que es toda una pérdida de tiempo preguntarse si el periodismo y sus variantes de registro, a saber, la crónica, son o no literatura. Pese a títulos que tranquilamente pueden carpetear la pregunta, se sigue en ese círculo vicioso en el que se citan la ignorancia y el prejuicio, la estupidez y la altanería; pregunta innecesariamente recurrente que pone de relieve el temor de los que precisamente más dicen saber de los alcances expresivos de la escritura. Lo cierto es que el periodismo (llámese también No ficción) ya ha ingresado en el imaginario de los lectores sin necesidad de trámites y permisos académicos. Tanto un texto de ficción como uno de no ficción deben cumplir un solo propósito: conectar, transmitir. Pues bien, lo dicho no nos impide señalar que desde hace “algunos años” se viene forjando una peligrosa postura frívola precisamente en un oficio en donde la frivolidad (¿aburguesamiento?) debe ser visto como una peste y no como la marca en alto relieve en quienes se consideran protagonistas o simpatizantes de la aún joven tradición del Nuevo Periodismo (aunque un par de visitas a las bibliotecas bien nos puede indicar lo contrario a lo “nuevo”).
Lo sabemos: JLA es uno de los actuales referentes mundiales del periodismo, toda una leyenda viva que en este libro, publicado por entregas entre el 2011 y 2015 en la revista The New Yorker, y editado como tal primero en español antes que en inglés, brinda una cátedra que más de un amante de la crónica y entusiasta de la no ficción debe seguir como si tratara de un mandato bíblico. Veamos: JLA la tiene clara: así como escribir bien no es suficiente para hacer gran literatura, escribir bien tampoco es suficiente para escribir gran periodismo. Aunque esté demás señalarlo, por tratarse de una obviedad, la prosa de nuestro autor sigue exhibiendo los senderos estilísticos ya recorridos y que hemos celebrado en títulos como Ché Guevara. Una vida revolucionaria, La caída de BagdadLa tumba del león, La herencia colonial y otras maldiciones y El dictador, los demonios y otras crónicas.
Un libro como el que nos convoca no tendría razón de ser únicamente a cuenta de su muy buena prosa. Para JLA resulta insuficiente. Y como ya es un sello de la casa: nuestro autor escribe y reporta desde el lugar de los hechos. En el presente título nos narra los últimos meses de la dictadura de Gadafi y de los posteriores ecos que generó su muerte. Por más de cuarenta años este dictador hizo lo que quiso en Libia. Pero JLA no cae en los conceptos generales que podamos tener del dictador, sino que nos presenta a un peculiar hombre carismático y excesivamente atractivo que en 1969 derrocó al rey libio Idris I, hecho que supuso una esperanza para los libaneses que veían en aquel joven de 27 años al líder que los sacaría de la opresión y también de la pobreza, específicamente de la pobreza, siendo pues Libia uno de los países más ricos del mundo. Gadafi llegó al poder con un discurso premunido del aliento izquierdista y de enfrentamiento contra el abuso imperialista de Occidente. No por nada a Gadafi se le llamó el “Ché Guevara árabe”. Lo que nadie imaginó en ese entonces fue lo que haría ese joven militar en el poder y de lo capaz que era con tal de cuidar precisamente ese poder con el que configuró la identidad de toda una nación.
Sin juzgar y lejano de la mera descripción de sucesos, nuestro autor opina valiéndose de los recursos intelectuales que le brindan la sociología, la historia, la antropología y la filosofía. Solo de esta manera JLA puede escribir de Gadafi, de Libia, que a fin de cuentas son lo mismo. Desde el registro del periodismo es prácticamente imposible centrarse en esta figura protagónica de la historia política mundial. Gadafi es pues un personaje histórico fascinante al que no solo vale abordarlo desde una sola mirada, sino desde distintos ángulos por tratarse de un peculiar fresco individual y social. No es para menos, a razón de Gadafi Libia se ha convertido en un país destinado, entre varias perlas, a ser un espacio geográfico de descanso y entrenamiento para terroristas internacionales. Ocurrió en la década del setenta y ocurre hoy en día: Libia es un punto de paso para el Estado Islámico. Este es uno de los tantos legados del dictador.
En más de un pasaje uno se pregunta si Gadafi es una exageración del mito, pero no, no se nos presenta una exageración, sino una realidad que pauta los destinos de Libia aún sin su presencia. He allí pues el punto de quiebre de JLA con otros reportes sobre lo que ha venido y viene ocurriendo en Medio Oriente. JLA no nos muestra una realidad histórica inmediata caracterizada por la impresión informativa, lo que hace es mostrarnos una realidad histórica inmediata enfocada en la profunda reflexión y el sesudo análisis. JLA hace historia y también historia mínima, esa que no se ve, pero que tiene que consignarse para completar el fresco que nos quiere relatar. Por ejemplo, las dificultades de los colegas de oficio para enviar a sus medios de comunicación sus reportes y archivos visuales. En estas páginas jugarse la vida no es un cliché, sino un riesgo en pos de informar una verdad, sin importar si esta verdad sintoniza o no con las afinidades políticas e ideológicas de quien la reporta.
Solo una advertencia: el lector debe superar las primeras veinte páginas, maculadas de exceso de información y con una pesadez estilística no vista antes en los textos de JLA. Superado este óbice narrativo, el libro muda de piel hasta ser lo que es, un librazo, una joyita para apreciar y atesorar, pero ante todo, y con mayor razón en estos tiempos de estupideces informativas fugaces, muy necesario para todos aquellos que asumen el periodismo como una profesión, puesto que JLA nos subraya que el periodismo no es una profesión sino un oficio al que se debe honrar con el compromiso con la verdad y una constante formación plural, siendo sus principales armas el lenguaje y la actitud infatigable en el cultivo de la inteligencia, ergo, en el nivel cultural del que se hace llamar periodista.

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Publicado en El Virrey de Lima

viernes, agosto 19, 2016

515

En una inevitable caminata por Mesa Redonda, tras los pasos de unos cables para parlantes, sumergido en el inacabable mar de gente, deseando salir de la multitud de la que se huye, me topé con un lugar que bien puede justificar todos los sacrificios. Siempre he parado por estas calles, pero otra cosa muy distinta es ponerse a buscar, a preguntar, a explicar, como en mi caso, el tipo de cable para parlante que necesitaba. Allí cambia el panorama, la contemplación queda de lado, dando paso a una contenida desesperación.
Después de un par de llamadas en las que me proporcionaron los datos esenciales para el tipo de cable que buscaba (sin duda, estos adminículos encierran una ciencia oculta), compré el cable que requería. Me retiré sin más, pero antes de llegar a Abancay entré una galería innominada, porque quería saber el precio de una lámpara. El guachimán me indica que en el tercer piso hallaré lo que busco y me dirijo hacia ese tercer piso. Una vez allí, lo que veo son lámparas, pero muy distintas a las que busco, más bien son lámparas de estilo palaciego. En ese piso no encontraría el tipo de lámpara que busco, pero sigo caminando, como quien cumple con el recorrido, cuando encuentro un stand en el que termino quedándome cerca de cuarenta minutos. Espacio marcado por un buen gusto y un apego muy original por lo que podamos entender por el pop. Cuadros de 30 x 20 de bandas y películas inspirados en los referentes obvios de la cultura pop, dispuestos no solo en la pared, sino también en cajas como si se trataran de vinilos. En la hechura y diseño yacía el apasionamiento y conocimiento de su creador, llámalo estilo si quieres. Compré tres cuadros, de Television, Pink Floyd y Stealers Wheel.
Sin duda, volveré a este stand. 
Luego caminé al Virrey de Lima, en donde coordiné con José Luis sobre los detalles finales de la conversa que hoy viernes en la noche sostendré con Álvaro Portales sobre tu trabajo gráfico. Tomé algunas fotos de la librería, en especial a ese antiguo tablero de ajedrez que siempre ha llamado mi atención, el cual está en su mismo lugar desde hace más de 15 años. Un tablero legendario testigo de históricas disputas.

jueves, agosto 18, 2016


voltaje emocional

Muchos lo intentan, pero son contados los que logran pasar de la actuación a la dirección (y viceversa), y de estos contados, poquísimos muestran algo más que cierta competencia en ambos terrenos.
 Esos pocos son gente tocada, poseedores de la gracia de no verse eclipsados por el reconocimiento obtenido en su profesión cinematográfica inicial. Antes de clasificarlos como actores y directores, lo que deberíamos hacer es reconocerlos como creadores inquietos que, como tales, se lo piensan más de diez veces –o no lo piensan demasiado– antes de llevar a cabo un proyecto.
 Pues bien, esto es lo que ocurre con el francés Guillaume Canet, a quien conocemos en su faceta de actor –harto más cumplidor que descollante– pero con los suficientes méritos para seguirle la ruta. Y esto porque en Canet percibimos un toque distinto, llamémosle carácter, o ímpetu, que te dejaba la sensación de que podía entregar más de lo que parecía a simple vista. No, no pienses que te hablo de un actor de medio pelo. Te hablo de un artista que no conseguía explotar su potencial por los más diversos motivos. Quizá debido a una película que no se le ajustaba del todo, seguramente por un personaje que le impedía exhibir su real dimensión actoral.

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Canet ha actuado en más de treinta películas. El gran público lo ubica por su participación en The Beach (2000), de Danny Boyle, y Jeux D’Enfants (2003) de Yann Samuell. Ha actuado en otras cintas tan comerciales como las nombradas, pero también en otras que no, lo que nos brinda la sospecha razonable de una constante búsqueda expresiva. Esta búsqueda le ha llevado también a dirigir cortometrajes desde los comienzos de su carrera actoral, y con todo el bagaje adquirido en esos ámbitos finalmente se animó a realizar largometrajes. Por este motivo, sus dos primeros largos Ne Le Dis A Personne (2006) y Les Petits Mouchoirs (2010), reflejaban bastante madurez e inteligencia, las que sin embargo no impidieron ciertas caídas formales.
Entre estas dos películas protagonizó Les Liens Du Sang (2008), bajo la batuta de Jacques Maillot, cinta a la que podríamos ubicar en la tradición del cine negro y el cine policial (polar, como le dicen en Francia), o una mixtura de ambas. Pues bien, digamos que no supera el apelativo de interesante, a razón de cierto apuro en el desarrollo de las acciones medulares de la historia, la que no solo se suscribía al antagonismo de los dos hermanos signados por una supuesta barrera entre el bien y el mal.

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Es así que pocos años después Canet vuelve a colocarse detrás de cámaras y nos trae una versión más desarrollada de esta película, pero ahora lo hace de la mano de James Gray, quien deja por un momento la dirección y reescribe el guión con Canet para ofrecernos la versión estadounidense de la original, pero sin perder la esencia setentera que la inspira. La presencia de Gray en el guión no es antojadiza sino estratégica. Qué mejor guionista que uno que conoce los secretos del cine negro y que en su faceta de director ha demostrado que es un capo en lo suyo, aun cuando haya tropezado con la olvidable The Yards (2000). Pues bien, la hechura de este guión podría verse de la siguiente manera: Canet pone el aliento, mientras que Gray la verosimilitud.
 Ahora, al menos para quien escribe, me queda claro que se trata de dos películas distintas. No hablemos de remake ni menos de versión gringa, aunque se la venda como tal y nos resulte imposible no caer en esta designación: lo cierto es que Blood Ties (2013) es una película que se defiende sola y que no necesita ser remitida a su versión original, ni menos aún compararla con ella.

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Canet –y los directores como él– le hacen bien al cine contemporáneo porque no son poseros ni elitistas, sino que forjan un buen producto y lo venden bien. No resulta gratuito que haya logrado convocar a Gray y también a Marion Cotillard, Clive Owen, Billy Crudup, Lily Taylor y el inacabable James Caan. Actores famosos y reconocidos, sin duda. Ni hablar de los secundarios, como el ex The Wire Domenik Lombardozzi y Noah Emmerich, quienes nos demuestran, una vez más, que el cine estadounidense es una fuente inagotable de buenos actores de reparto. Tan serio es Canet que bajo su dirección dejamos de pensar frívolamente en Mila Kunis y Zoe Saldana: somos atraídos por su explosivo carácter y no por sus ceñidos atuendos setenteros.

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Sí, estamos ante una historia de dos hermanos en apariencia antagónicos. El mayor, en el lado del mal; y el menor, en las huestes del bien y del orden.
Uno ladrón y asesino, y el otro un agente policial. El primero sale de la cárcel e intenta rehacer su vida con la ayuda de su hermano menor, pero por más que se esfuerza le es imposible ajustarse a una vida honrada y alejada de los pleitos. Mientras tanto, el hermanito ejemplar se vale de su poder para quedarse con la mujer y la hijita de un delincuente al que manda a la cárcel.
 Presenciamos una película sobre el resentimiento y la ausencia del perdón entre dos hermanos que se profesan un abierto desinterés y una admiración silente. En este punto yace la fuerza del presente trabajo de Canet. Supo sacarle el jugo a la tierna bestialidad de Owen y elevar el sublime patetismo de Crudup. Los desnuda en toda la magnificencia de sus miserias y entendemos, de esta cruda manera, quién es realmente más honesto y coherente con sus códigos de vida.
 En el tira y afloja de los hermanos, presenciamos la riqueza de esta más que llamativa película de Canet, película que no está libre de contados horrores estructurales, horrores que le impiden ser una obra maestra para los diletantes de la perfección. Sin embargo, esto es lo que menos importa puesto que aquí hay una intensidad salvaje que se agradece, al punto que empuja al espectador a desear intensamente ser parte de esta historia. Es decir, Blood Ties genera en quien la ve una impotencia, una incomodidad y un fastidio que pocas veces vemos en el cine de hoy, y que nos transportan a una forzada reflexión que nos cuestiona y que nos reconcilia con nosotros mismos.
 Siempre he sido de la idea de que el cine no solo se sostiene y justifica por sus obras maestras, sino también por esas películas que sin serlo, se quedan en uno por su voltaje emocional; y esta película de Canet está definitivamente entre ellas.

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Publicado en Blog Sur.

414

Pienso en esta pregunta: ¿por qué en los cines del norte, centro y sur de Lima las películas se proyectan dobladas y por qué no en los cines de ese triángulo conformado por Miraflores, Surco y San Miguel?
Bueno, se deduce que me gusta mucho el cine, y en el caso de las películas extranjeras, sin importar su estatus categórico, me interesa verlas subtituladas. No es posería, ni eclecticismo, como podría pensar algún despistado, sino una preferencia/modo en que he sido educado y formado al ver películas. A partir de esta gracia del doblaje/subtitulado bien podríamos forjar una cartografía interior de lo que viene pasando en el país y que muy poca gente toma en cuenta, aunque más de una especulación habrá al respecto, especulación que podría partir de cualquier tema, no necesariamente de lo que acabo de señalar en cuanto al cine. Lo pensaré y veré qué hago en los próximos días.
Ayer estuve por San Miguel, distrito en el que siempre me he sentido perdido, desde niño prácticamente, quizá a la anchura de sus calles y la extensión de sus parques, lo que me lleva a preguntarme si en este distrito hay o no parques medianos o pequeños. En unas horas vería Jason Bourne en Cinemark, pero mi idea inicial era ver esta película en algún cine del centro, cosa que aprovechaba en buscar libros o música, hasta la misma hora de la proyección, y así quería que fuera, pero lo que supe ese mismo martes fue que en todas las salas de los multicines del centro las películas en idioma extranjero (o sea, inglés) no iban subtituladas, sino dobladas. Entonces, fui hacia el sur, como quien cambia el circuito de costumbre.
Como no había donde buscar libros, decidí hacer hora por allí. En ese fugaz trayecto me encuentro de casualidad con ND, mi impetuosa y salvaje amiga fotógrafa.
Con ella no hay huevadas, ni vainas con respecto al nivel del periodismo peruano y para reforzar nuestras impresiones, nos fuimos por un café, a uno de esos locales imperialistas en donde también se puede picar los periódicos del día. ND, para reforzar lo que me decía, me mostraba la frivolidad argumentativa, la visión plástica, de nuestros maravillosos nuevos periodistas. No hay que pensarlo mucho, algo está ocurriendo en el periodismo peruano, y no hay que hurgar más de lo que supondría, como tampoco negar la evidencia: hay pues buenas plumas, gente comprometida con la verdad de una vocación como el periodismo, que han aprendido lo que han tenido que aprender, pero que no han llevado el curso que en algunas maestrías extranjeras de escritura creativa se imparte: relaciones públicas.
Escuchaba las palabras de mi buena y aguerrida amiga, tenía razón en todo lo que decía, y no escribo de ella por tratarse de mi amiga, sino porque la he visto en la práctica, he sido testigo de su coherencia con un oficio cada vez más emputecido, que informa y se indigna de acuerdo a los intereses de los patrocinadores. ND no es la única, felizmente hay mucha más gente como ella, que conozco directa e indirectamente. 
Los minutos avanzan y ya era hora de ir a ver la película y le pregunto a ND si me puede acompañar. La idea le parece y no niego que me siento un poco raro, porque después de varios años que entré a una sala de cine. Consumo mucho cine, sí, pero en casa. Lo único que esperaba de ayer: no experimentar la situación que me alejó de los cines, discutir y masacrar a un inevitable huevón que en plena película hablaba por nextel.

miércoles, agosto 17, 2016


martes, agosto 16, 2016

513

Luego de desayunar, salí un toque a fumar al parque. Sin embargo, me confié. No cerré bien la puerta.
En el parque, paseando, toda coqueta cerca del árbol plantado por mi abuela paterna, Pinky, una perra cuya obsesión es mi falso pekinés que responde al nombre de Onur.
Onur, imagino, despierta de su sueño mañanero y con su pata derecha abre la puerta que comunica al parque. No lo piensa mucho, corre tras Pinky. Me doy cuenta de lo que pasa y no me preocupo mucho. Onur está en mi ángulo de visión, pero lo que no calculé fueron las ansias de correr de Pinky, y Pinky, a diferencia de mi falso pekinés, tiene más calle, más mundo. La perra no duda en correr por todo el parque, Onur detrás como lo que es, un perro, y no “el niño peludo de la casa”.
Apago el cigarro cuando me percato que los perros están muy cerca de las rejas que colindan con la calle Fortis. Pinky, como si nada, pero mi perro no conoce esa calle. Ni mi padre ni yo no tenemos la costumbre de pasearlo por allí.
Lo que temía ocurrió. Pinky sale por la puerta de Fortis y Onur también. Entonces allí comenzó mi mañana. Tuve que correr como no lo hacía en años. Pinky y Onur toreando autos y uno que otro camión. No pues, mi perro no estaba para esas huevadas, no tenía el sentido de realidad que sí tiene la perra, que sabe en dónde y cuándo alejarse de los seres motorizados. En cambio Onur, como si nada, creyendo que esos seres motorizados son perros con armadura.
Tuve que detener hasta tres autos y un camión de mudanza. Entonces, supe la verdad de la situación, Onur se movía al capricho de Pinky y a Pinky me dirigí e hice que entrara al parque y Onur se fue tras ella, pero ahora dentro del parque. ¿Problema solucionado? Pues no. Ahora la perra corría en dirección a la otra puerta, la que conecta con Tres de Febrero, calle que sí conoce mi perro, pero que poco o nada le importaba conocer, porque ya estaba obnubilado en su salvaje estado hormonal.
Corrí tras los perros y, para mi buena suerte, una pareja entraba por la puerta de Tres de febrero. No conocía a la flaca, pero sí al pata, a quien he visto crecer. Le pedí que le obstruyera el paso del falso pekinés, cosa que hizo con eficiencia ante la mirada amorosa de su flaca por Onur. 
Cargué al perro y este, como si siguiera jugando, me lamió la cara.

lunes, agosto 15, 2016

512

Sin pensarlo, y qué mejor cuando haces las cosas sin planificarlas, me sumergí en una maratón de películas de Woody Allen.
Acababa de ordenar mi estudio y me dispuse a leer una novela de Escanlar, pero antes de hacerlo, me percaté de que mis películas en DVD estaban desordenadas, con una fila a punto de caer como fichas de dominó, pero al vacío. Entonces, me puse de pie para ordenar y prevenir esa posible tragedia. No me imagino el ruido que harían de caer las películas, y lo más jodido, mi molestia sin atisbo de calma, porque me cuesta muchísimo dormir, tengo el sueño muy sensible, detalle y gracia del insomnio. Mientras acomodaba esa fila de películas, dos de Woody Allen llamaron mi atención: Deconstructing Harry y Celebrity.
Esas dos películas fueron el inicio de una maratón que se extendió por cerca de ocho horas, en las que repasé las películas que más me gustan de este director, en una suerte de limpia del alma o del gusto, no pocas veces amenazado por la inevitable realidad, pero de inevitable realidad no es de lo que quiero hablar por el momento, puesto que los ecos de la marcha del sábado seguían su curso, marcando la pauta temática de las conversas e impresiones, y eso me parece de la putamadre, porque fue un suceso histórico, ajeno a la utilización que del mismo hace más de uno viene realizando en las redes sociales, a saber, las fotos de su participación. Un pata me hizo su comentario al respecto, resaltando, tan propio en él, un tono de burla hacia las participantes del sábado, las que a como de lugar quieren manifestar ante los demás que estuvieron allí
Capté su idea y entendí al instante su disparate interpretativo. Que más de una haya querido manifestar su participación en la marcha, no es el punto de discusión. Los patas somos peores al momento de figurar, sino, y para reforzar lo dicho, veamos lo que son capaces de hacer nuestros escritores con tal de aparecer así sea del estribo en los saraos literarios. En fin, lo que mi pata no entendía a causa de su inteligencia horadada por una oligofrénica vehemencia para lanzar conceptos y críticas, es que para miles de mujeres se trataba de la primera marcha que hacían en sus vidas. Si la marcha fue lo que fue, si significó lo que significó, se debió a esas mujeres que veían esto de las marchas y protestas por tv o internet. Eso es lo que hace de la marcha del sábado un suceso histórico, que como tal, merece ser promocionado y registrado todas las veces posibles, porque solo así, con la llama del fuego temático, evitaremos uno de nuestros más peligrosos lastres: el olvido rápido.

domingo, agosto 14, 2016

511

Luego de la euforia, con los ánimos más calmados, me retiro del grupo y me dedico a caminar, a seguir caminando por las calles del centro. En ese trayecto sin rumbo, se me antoja una chela en lata e ingreso a una tienda. Al igual que en otras marchas, sucede un hecho que no me gusta del todo: me topo y cruzo con más de un conocido y esta vez doy gracias porque todos fueron conocidos, de haber encontrado gente amiga, la situación hubiese sido distinta, y muy fastidiosa para mí, porque así esté mal de ánimo, o cansado, me muestro pata, al menos en la conversa protocolar sin hipocresía antes de abrirme.
El Paseo de los Héroes fue el destino final de lo que sin duda se había convertido en el País de las mujeres. Soy de la idea de que este país debe ser gobernado por mujeres de buena voluntad, eso, buena voluntad, dejando de lado sus posturas políticas y discursos ideológicos. Solo con ellas nuestros problemas serían otros, al menos imperaría el criterio esencial en las soluciones. Lo de ayer fue el grito de las mujeres, grito que ha marcado hito en la historia peruana reciente.
Mis pasos me llevaron a Alfonso Ugarte. Mientras caminaba, me llamaron al cel y me dijeron que me estaban esperando en una chupeta en un galpón de Camaná. Conozco ese galpón, que todos los sábados lo cierran a las nueve de la noche para dar rienda suelta a un festín alcohólico del que solo se sale en camilla. Ya he escuchado de las muchas leyendas sobre ese espacio, de lo que suele ocurrir bajo los efectos festivos del trago y las anécdotas contadas. No lo niego, lo pensé por un momento, pero al final decidí seguir el camino sin rumbo, reconociendo las calles de las que he estado ausente en las últimas semanas a causa de un malestar que no le deseo a nadie.
Aproveché en comprar una cajetilla de cigarros en una tienda de Bolivia. En la tienda, más de treinta mujeres jóvenes, comprando agua mineral y cervezas. Habían estado en la marcha. Compraban y cantaban a la vez. Me hice a un lado, esperando a que terminen de hacer lo que tenían que hacer. Cuando compré la cajetilla, también me animé por una chela en lata. La chela ligera en mi garganta, ahora sí totalmente recuperado, sin los estragos del malestar que por más de un instante me hizo pensar en la posibilidad de internarme. La gracia me deja una enseñanza de vida: al menos, por muy buen tiempo, no comeré nada en la calle. Si tengo hambre, me aguanto hasta llegar  casa.
En las noches suelo ser tentado por los antojos, pero anoche esa tentación no se presentó, y qué bueno que haya sido así, porque solo me concentré recorrer sin recorrer calles, algunas recorridas horas antes. Cuando me encontré con los libreros de Alfonso Ugarte, me puse a conversar con ellos y, de paso, reviso qué es lo que tienen. Por lo general, suelo quedarme más tiempo del que pensaba en principio. Y vaya que más de una vez me he quedado hasta altas horas de la noche conversando con los libreros de Alfonso Ugarte, a veces, al final de la jornada, esperaba a que ordenen sus cosas y e iba con ellos por un chifa, y ahora que lo recuerdo, durante un tiempo fuimos a ese chifa de la muñequita china que asesinó a los chinos del Dragón rojo. 
Compré un par de libros y me perdí en la noche, que recién comenzaba.

sábado, agosto 13, 2016

"interrupciones"

Me acerqué con mucha expectativa a Interrupciones (Hueders, 2016), del poeta y editor chileno Matías Rivas. Pues bien, estas expectativas quedaron más que justificadas, al punto que por más de un tramo deseé que sus páginas fueran interminables. Y ojalá, eso es lo que espero de nuestros distribuidores, este libro no demore toda una vida en exhibirse en nuestras contadas librerías librescas.
Sigo…
No era para menos, en estos textos, a los que Rivas llama ensayos (Nota del autor), proyectan una cualidad que cada vez vemos poco en los artículos de opinión cultural en los diarios. No solo hablamos de gusto y exigencia literarios por parte del autor que nos cita, sino ante todo de un carácter que le permite escribir desde el respeto y el conocimiento de causa de todos los temas y circunstancias que rodean el acto de la lectura. A partir del ocio tan asociado al acto de la lectura, podemos entender el título de la presente publicación.
La lectura como evasión.
La lectura como un alejamiento de la rutina.
La lectura como única manera de entender la vida.
Sus secciones: Variaciones y Digresiones; Apuntes sobre literatura chilena; y Lecturas parciales.
En cada uno de estos tres apartados, Rivas deja constancia de una voracidad por la letra impresa, que como tal, no es ajena a su espíritu crítico, pautado por un tono íntimo, el mismo que lo lleva a transgredir con el fin de enriquecer los cotos de un registro como el ensayo. En este caso, entendamos transgresión como una oxigenación que quiebra el discurso señorial del ensayo, estrategia que le brinda al autor los suficientes senderos para que no solo nos hable de los libros que lo han configurado como lector, sino de esos otros aspectos que acompañan a la experiencia lectora, es decir, Rivas nos habla también de su vida, de su trayectoria literaria y de Santiago como espacio de encuentros y desencuentros emocionales y librescos. Esa suerte de mestizaje discursivo es lo que eleva a la publicación, la que lo que extrae de su inevitable condición ensayística, encausándola por los pasadizos del diario, pero no del diario del escritor, sino del lector. Es por ello que los textos reunidos en esta publicación, tranquilamente no pueden depender de su segmentación temática, puesto que esta no ejerce ningún divorcio con la luz de la mirada de su hacedor, mirada presente en cada de estas páginas.
Claro, hablamos de amor por la lectura, mas no de un amor que alecciona, sino de uno que cuestiona todo tipo de tópico a partir de ella. Por ello, la obvia presencia de libros y autores no es solo lo que caracteriza a Interrupciones, sino también la recurrencia sobre la política, la historia y la filosofía. O sea, nos enfrentamos a un libro que bien podríamos calificar como un peligroso y estimulante abanico temático. Valiéndose de esta fundición de saberes, Rivas consigue lo que pocos ensayistas actuales: proyectar en los lectores un crisol de intereses, canalizado en nuevos puntos de vista sobre los temas ya recorridos por el lector entrenado y el lector con formación, que a fin de cuentas son prácticamente lo mismo para Rivas. A saber, y pensando en el lector local, traigo a colación el ensayo “Luis Loayza y el Perú exquisito”, un texto que comienza con dardos de Rivas a la actitud y postura de sus compatriotas para con la cultura peruana, para luego, y con una prosa pausada, enfocarse en las revelaciones que le suscitan los libros del Salinger peruano. Este es solo uno de los muchos ejemplos que podría citar sobre la actitud de este poeta y editor, que antes de quedar bien con los relacionados y poderosos del circuito cultural, prefiere quedar estar bien consigo mismo, en franco testimonio de entereza intelectual y actitud moral. No nos equivocamos en destacar esta actitud, porque en esta ética vemos también una crítica abierta al intelectual latinoamericano promedio actual, que para parecer más interesante mina su discurso, por ejemplo, con referencias pop con las que pretende cubrir su tara mayor: su inclinación por el servilismo y el lustrabotismo con el poder cultural y político de turno, ergo, haciendo alarde de una nulidad crítica o, lo que es peor, una crítica estratégica.
Pues bien, si hasta aquí te sientes satisfecho con las sensaciones que despierta este libro marcado por el espíritu del diario, te sugiero un respiro más, porque a sus cualidades señaladas, sumemos la más reveladora: la experiencia de la lectura para ser compartida, compartir libros y autores no para alardear superioridad, ni mucho menos sabiduría plástica, que no son más que las marcas de la ignorancia disfrazada y la inseguridad vergonzante. 
Rivas comparte lecturas y opiniones, y lo hace con rigor generoso.

viernes, agosto 12, 2016

510

A razón de la entrevista a Parra en SB, me han llovido mails y mensajes de Inbox de Face. Contra lo que pudiera pensar, las opiniones y preguntas poco o nada tenían que ver con la referencia final que en la entrevista se hace de “Cachetada Nocturna”, sino a la fuerza argumentativa de Parra, a su posición que él tiene como escritor, si es que tuviéramos que llamarlo de alguna manera, porque sí sintonizo con la idea que él despliega: no ser escritor para que, irremediablemente, lo seas.
Eso, pues: no ser escritor.
Y eso es lo que viene ocurriendo no solo en la narrativa peruana, también en la latinoamericana. Hay mucho que se alucina escritor y que pontifica desde esa posición alucinada. Claro, para reforzar la idea, podría invitarlos a que revisen las cuentas virtuales de nuestros preclaros protagonistas, tan duchos en la opinología; no hay tema que no puedan abordar, pero al momento de argumentar, o bien se aferran al mutismo o a los lugares comunes, o al insulto artero que solo puede ser comunicado en las redes sociales, porque en persona, más de un payaso se te presenta como pata, diciendo que no, que no quise decir lo que dije, la culpa fue de la conexión, del Frente Amplio. En fin, entiendo a estos huevas, es por ello que las respuestas de Parra sí nos brindan la esperanza de encontrar más personas que escriban y que sepan argumentar con rigor, en autoexigencia.
Cerca de las dos de la tarde, me dirijo a Chorrillos a recoger a mis padres de la casa de mi hermano. En el taxi, sigo leyendo un libro de Lee Anderson, concentrado en lo que pueda estarlo en medio del inevitable tráfico, pero avanzando contento entre las páginas. El taxista me pregunta si puede salirse de la Vía Expresa, ya que hay un grifo cerca, cosa que aprovecha no solo en llenar el tanque, sino también en cambiarme el billete duro con el que le pagaría la carrera. Le digo que no hay problema.
El taxi subió por Canaval y Moreyra. O sea, por la esquina con la Vía Expresa, en donde se encuentra el edificio de estilo brutalista de Petroperú.
No lo niego, ni exagero: una cola de cuadra y media, de hombres y mujeres, con sobres manila en la mano, y más de uno con varios sobres. Pensé, en principio, que eran postulantes a una vacante en Petroperú, y hubiese pensando así si no fuera por el tráfico, que obligó a mi taxista a apagar el motor, hecho que me ayudó a mirar con detenimiento esa larga fila de personas con sobres manila.
No puede ser.
¿Todos los escritores peruanos en busca de trabajo, desde consagrados, medios y jóvenes por un puesto burocrático en Petroperú?
Pero no. No demoré en saber la verdad.
Hoy viernes 12 es el último día de la entrega de cuentos para el Copé de Cuento de este año. Como dije, más de uno cargaba más de un sobre manila, todos exhibiendo cara de molestia, como si estuviera prohibido hablar con el colega de al lado, también miraban las pantallas de sus móviles, leyendo, o quizá descargando el App para cazar pokemones. Miré a todos mientras el taxista encendía el motor, cosa que avanzábamos algunos metros, pero uno llamó mi atención. En principio no le vi la cara, porque estaba recogiendo sobres manila del suelo, que seguro se desparramaron de la maleta con rueditas con la que los trajo. Conté los sobres, o sea, los cuentos. Conté quince, aunque dentro de la maleta había más sobres.
Sin duda, este concursante quiere ganar el Copé como sea. Ya sea por prestigio, si es que somos ingenuos, o lo que manda: la plata. Me dio risa cómo recogía los sobres manila, las babas goteando debido a los nervios, porque la cola comenzó a avanzar rápido. Sin embargo, el patita de los sobres detenía el avance. Me dio pena, porque más de uno que iba detrás le pedía que avanzara ya. Entonces, metió los sobres como pudo y se acomodó los lentes.
Nada del otro mundo, a no ser por el detalle de que el patita que estaba por enviar más de quince cuentos al Copé de este año no era otro que “Cachetada Nocturna”, el ganador del Copé de Novela 2015. “Cachetada”, el personaje de la semana.
Mi taxi avanzó y lo último que vi fue a “Cachetada” gritando a los patas y flacas que iban detrás de él. “Ustedes no son ni mierda, yo soy ganador del Copé de Novela del 2015, carajo, no me apuren, bestias”, les dijo.
“Avanza nomás huevón”, le gritó un guachimán de Petroperú. 
Tamare, “Cachetada” es una vergüenza pública.

"la conciencia del límite ultimo"

En la pasada FIL de Lima tuve la oportunidad de presentar, junto a Francisco Ángeles y Pablo Salazar Calderón, la nueva edición de la novela La conciencia del límite último (Tusquets) de Carlos Calderón Fajardo (1946 - 2015).
De lo dicho en la noche de presentación, tengo algunos apuntes, los mismos que me sirven para ilustrar las impresiones que me suscita esta edición, del mismo modo la figura de Calderón Fajardo, a quien conocí, aprecié y admiré por su ánimo infatigable para contar historias.
Si algo recordaré de este escritor es precisamente su aparente facilidad para escribir libros, sin importar los registros ni los géneros, lo que me lleva a corroborar la sospecha que siempre tuve de él: CCF era toda una máquina de narrar. Al respecto, le pregunté, en una tarde mientras dábamos cuenta de varias tazas de café, por su método de trabajo, a lo que me respondió que él escribía en cuadernos, puesto que la escritura a mano le brindaba esa necesaria lentitud que le permitía, “en lo que yo creo”, ejercer una escritura inteligente.
La relectura de esta novela me hace pensar en esa lejana respuesta: la escritura inteligente. ¿A qué se refería CFF con eso? O sea, repasando su obra, y más allá del nervio narrativo que sus textos mostraban, y también más allá de la sensibilidad los mismos, había una actitud narrativa por tensar el proceso de su escritura de ficción, que traduzco como una estrategia por salirse del camino seguro y apostar por una intención narrativa instalada en la peligrosa frontera de la indefinición genérica. Una vez instalado en esa frontera, CCF podía, y vaya que lo consiguió, escribir de todo lo que le vino en gana. Si analizamos someramente su obra, este fugaz análisis nos lleva a una pregunta por demás retórica y reveladora: ¿de qué no escribió nuestro autor?
En todos los registros y géneros que abordó, la solvencia fue la marca de agua, aunque esta solvencia convivió en algunos títulos con la irregularidad. A CCF le importaba poco si ingresaba a los terrenos de la irregularidad, hasta pienso que lo hacía con el propósito de conocer su pulsión narrativa y el alcance que podía ejercer en ciertos tópicos, que, para ser sinceros, no fueron contados.
Hablamos de un narrador por demás raro, extraño para los celadores literarios, y también extraño y sugerente para los lectores. Al respecto, nos ahorraríamos mucho si llevamos a la práctica la sana costumbre de catalogarlo como un epifánico narrador multigenérico. Al menos, de esta manera pienso asumirlo de ahora en adelante y no hacerme problemas con la extrañeza que más de uno le adjudica cada vez que intentan referirse a él.
Para hacernos una idea de la obra de este contador de historias, haríamos bien en pensar en un laberinto minado con sorpresas.
¿Cómo entrar y cómo salir de este laberinto? No lo pienso mucho y menos lo tiene que hacer el lector que aún no lo conoce. Bien dicen los que saben: los buenos y grandes escritores tienen ventanas de entradas. Al respecto qué mejor ventana/puerta que La conciencia del límite último, a la fecha, una de las joyitas breves de la tradición de la narrativa peruana, compartiendo espacio con La casa de cartón de Adán y La iluminación de Katzuo Nakamatsu de Higa.
En su brevedad, La conciencia… exhibe el suficiente poder de obnubilar, cuestionar y confundir al lector. Esta experiencia de la lectura no es gratuita, puesto que siendo uno de los primeros libros del autor, este ya sabía a lo que iba, qué era lo que anhelaba proyectar más allá de una historia enraizada en la tradición de la novela enigma, es decir, partiendo de esa base genérica se permitió más de una licencia para literalmente transitar por los registros realistas y fantásticos, valiéndose de un personaje de mente endemoniada que debía inventar historias, en principio por necesidad económica y poco después por el oscuro placer de inventarlas.
Así es:
Novela de novelas (entendiendo la sobredosis de su encapsulamiento).
Novela germen.
Novela seminal.
Novela que en sí sola se erige como una de las mejores de su autor, novela sin la que no nos podríamos explicar el proceso de la narrativa peruana desde 1990. Novela que tuvo un eco peculiar en la década noventera y que a partir del 2000 comenzó a formar lectores, a fortalecer convicciones en quienes sentían la pulsión por la escritura. Novela que en su brevedad no dejaba de ser total, novela de una brutal riqueza interpretativa que no ha envejecido. 
Si había algo que detestaba Carlos (ahora sí lo llamo por su nombre), era que se le catalogue como autor de culto. Un escritor con tantos libros publicados (llegó a publicar hasta tres títulos en algunos años), no podía ser catalogado de culto, puesto que la seguidilla de títulos que entregó a las editoriales demostraba en los hechos una tajante intención de ser leído y no confinado a un estrecho círculo de lectores. Carlos escribió novelas complejas y a la vez atractivas en su desarrollo con el objetivo de compartir experiencias literarias con los lectores.

miércoles, agosto 10, 2016


la pequeña bestia

El 15 de junio de 1981 la prensa parisina sorprendió a la sociedad europea con una espeluznante noticia: entre la maleza del bosque Bois de Boulogne, los empleados de limpieza de la comuna encontraron una maleta, en cuyo interior estaban los restos ensangrentados del cuerpo de una mujer joven.
A estos restos le faltaban no pocas porciones de piel y carne.
Mientras los telediarios daban cuenta del suceso, la policía ya estaba embarcada, desde el día anterior, en la búsqueda de las primeras pesquisas de lo que en principio se suponía un descuartizamiento. Gracias a la llamada realizada por un taxista, que prestó su servicio en la noche del 14 de junio, los investigadores no demoraron en realizar el identikit de un ciudadano oriental. El taxista relató que le pareció sumamente extraño que alguien con equipaje le haya indicado que lo lleve al Bois de Boulogne, en lugar de una estación de tren o de bus. La policía cruzó información con los testigos que también vieron al sospechoso abordar el taxi. Es así que en la misma noche del 15 un fuerte contingente policial irrumpe en el departamento del japonés Issei Sagawa (Tokyo, 1949), estudiante de Literatura de La Sorbonne.
El sospechoso no mostró resistencia alguna. Cuando los oficiales comenzaron a revisar el departamento, hallaron dentro de la refrigeradora carne humana envuelta en bolsas de plástico. Revisaron un poco más y descubrieron un rifle debajo del sillón, más una grabadora con un cassette que confirmó lo que se temía: Sagawa no solo había asesinado a la holandesa Renée Hartevelt, quien al igual que él, estudiaba Literatura en La Sorbonne, sino que también tuvo relaciones sexuales con ella estando muerta, para después comerse gran parte de sus nalgas, muslos y senos.
Era el primer caso de canibalismo, de forma oficial, para la policía francesa. Sin embargo, lo que se pensaba debía tener un fin judicial, devino en una discutida resolución, a razón de que el gobierno japonés presionó a su par francés con el argumento de que el caníbal debía ser juzgado en su país de origen. No era para menos, el padre del criminal, Akira Sagawa, empresario multimillonario e influyente personaje en la vida política asiática, no dudó en contratar a los más prestigiosos abogados parisinos, que tenían la consigna de obtener, a como dé lugar y cueste lo que cueste, una solución política al caso de su vástago.
Desde que nació a los siete meses, Issei Sagawa vivió en una auténtica cuna de oro. Era débil y presa de muchas enfermedades (un resfrío mal llevado le podía resultar mortal) y por esa razón fue tremendamente sobreprotegido. Su infancia fue guiada por institutrices que le enseñaron a leer, a tocar el piano y la guitarra, a contemplar el arte, le enseñaron idiomas (inglés, francés, alemán, italiano y algo de español), etc… Recién en la adolescencia vivió su primera experiencia con el mundo exterior, y como era bajito, enclenque y con evidentes complejos de fealdad, fue el recurrente punto de burla de sus compañeros de colegio. Cuando los insultos sobrepasaban su resistencia anímica, solía hacer lo siguiente: se tiraba al suelo, cerraba los ojos y gritaba tapándose la boca con las manos. Tal y como lo confesaría años después, para el humillado adolescente esta postura era un mecanismo psicológico de defensa, que lo abstraía de la realidad hacia la infancia en la que fue feliz, puesto que hasta los diez años había sido amamantado ¡antes de cada comida!, lo que le llevó a afirmar que su gusto por la carne humana nació del irrefrenable impulso y placer que sentía mordiendo los pezones de sus institutrices.
De joven estudia Literatura en la Universidad de Tokyo. Sagawa tenía talento para el ensayo y la crítica, destacando por su conocimiento de la literatura alemana, de la que Thomas Mann, Rilke, Gunther Grass, Hölderlin (Hiperión era su biblia) y Kafka eran sus escritores favoritos. En esta etapa estudiantil también desarrolla un creciente apego por las mujeres occidentales, siendo Grace Kelly su ícono. Las paredes de su cuarto estaban tapadas con imágenes de damas caucásicas, exuberantes y, en especial, muy altas. Su sueño: no solo era tener relaciones sexuales con alguien así, sino que anhelaba morder y comer a este tipo de mujeres.
Como la naturaleza le había desprovisto del más mínimo atractivo, Sagawa frecuentaba muchos burdeles, compraba afecto, gastaba un dineral en prostitutas, a quienes obligaba a dejarse morder las nalgas y muslos. Y como es entendible en un enfermo como él, no pocas veces se pasaba de la raya con sus mordidas. Las prostitutas lo denunciaban pero los casos eran rápidamente archivados.
Una estudiante alemana de intercambio despertó su obsesión. Por primera vez en su vida tenía ante sí una encarnación de lo que él solía devorar en las películas porno: una mujer caucásica, exuberante y, en especial, muy alta. Sagawa estudiaba sus movimientos, la seguía y averiguaba sus intereses académicos. Ideaba pues un plan cómo hablarle y para lograrlo debía conocer sus gustos académicos.
Lo que terminó animándolo fue que ella era su vecina en el complejo habitacional de la casa de estudios. No pensó violarla, mucho menos comer su carne. Esas pulsiones todavía permanecían latentes en su alma. Pero sí formuló un plan: darle un buen susto y tantear su reacción para lo que podría ser su golpe mayor días después: comérsela. Con la alemana, las pulsiones dejaron de ser una intención latente, había que llevar el asunto a la práctica. Pero primero debía asustarla.
Cierta noche, el pequeño Sagawa alquiló un traje de Batman. Se las ingenió para que su cuerpo esquelético, y de no más de metro cincuenta, no tuviera inconveniente con la anchura de la vestimenta. Pues bien, durante la madrugada, pasando de balcón en balcón, llegó a la habitación de la germana, que dormía boca abajo y desnuda. En puntas de pie el pequeño Batman se acercó a la cama y contempló la monumental desnudez de la mujer. Se le ocurrió lamer sus compactas nalgas, pero cuando su lengua estaba a menos de un centímetro de la piel anhelada, la alemana abrió los ojos y en el acto lo cogió del cuello…
Lo remató a puñetes y con patadas de karate, y no contenta con eso, lo arrastró por los pasillos del edificio, ante la vista y paciencia de los mirones que se despertaron con los gritos de furia de quien juraba, en masticado pero entendible japonés, que el experto en literatura alemana había intentado violarla.
Sagawa es expulsado de la universidad, pero la alemana estaba decidida a llevarlo a los tribunales. Tenía todo para ganar. Sin embargo, el padre de la pequeña bestia compró el silencio de la mujer por un monto que le aseguró la vida. Este padre no demoró en internar a su hijo en una clínica psiquiátrica. Los expertos llegaron a la siguiente conclusión: el liliputiense necesitaba un ambiente de mayor interacción social, según ellos la sociedad japonesa no era la idónea para alguien de refinada sensibilidad e inteligencia cultivada; tenía que conocer a más personas, sentirse libre y no ser presa de sus complejos de inferioridad. Como ya se indicó, Sagawa dominaba, aparte de su idioma natal, el inglés, italiano, alemán, italiano, francés y algo de español. Leía a los autores en sus lenguas natales. Por ello, su solicitud para continuar sus estudios literarios en La Sorbonne fue aprobada en el acto.
En París, el conocedor de la poética de Holderlin enloqueció. No podía leer, ni escribir, ni pensar. Se enamoraba de cada chica que pasaba por su lado. Para variar, continuaba con sus visitas a los burdeles. En más de una ocasión pensó regresar a Japón, en sus primeros once meses lo único que hizo fue entregarse al onanismo y a las putas a tiempo completo.
Sin embargo, en una tarde de sol, vagando por la universidad, Sagawa conoció el amor. Una mujer, caucásica, exuberante y, en especial, muy alta, le habló.
Por primera vez en su vida una mujer le dirigía la palabra. Hasta ese instante, las únicas mujeres que le habían dirigido la palabra habían sido su madre, las institutrices y las prostitutas.
Issei Sagawa ayudó a la holandesa Renée Hartevelt a elegir los cursos de literatura que seguiría en los próximos dos años.
Obviamente, Hartevelt consideraba a Sagawa un pequeño amigo inteligente. Almorzaban y cenaban juntos. Como ella era muy risueña y sociable, integró a la pequeña bestia en su círculo de amigos, quienes, en principio, creyeron que se trataba de un nuevo estudiante cuando lo cierto era que Sagawa iba por su segundo año en la conocida universidad parisina.
La holandesa lo admiraba. Sagawa recuperó el tiempo perdido en el onanismo y las putas con el único fin de impresionarla cada vez más. Quería que se enamore de él por medio de su inteligencia y volcó todas sus fuerzas intelectivas a destacar académicamente. Sagawa se proyectaba como un académico de consideración, hasta llegó a ser voceado como un posible candidato para hacerse cargo de la cátedra de Literatura Alemana. Fueron meses felices para Sagawa, quien, entre otras cosas, no olvidaría nunca la noche de un viernes que bailó, en una discoteca, con Hartevelt el “You Sexy Thing” de Hot Chocolate.
Esa noche en la discoteca, pautada por la fiebre sensual de la música disco, fue determinante para Sagawa. Amar a Hartevelt, desear a Hartevelt, poseer a Hartevelt, no le eran suficientes. Sagawa nunca pudo explicar lo que le pasó. Hasta esa noche creía que sus pulsiones enfermizas estaban no solo controladas, sino también reprimidas. Esa noche, mientras contemplaba los movimientos de la holandesa en la pista de baile, supo que siempre sería una pequeña bestia con un solo objetivo en la vida.
A la mañana siguiente, despertó muy despejado, con la imagen de la silueta de Hartevelt contoneándose. Releyó muchas páginas de su novela favorita, La montaña mágica, hasta el mediodía.
Y mientras almorzaba sintió la necesidad vital y existencial de comerse a Hartevelt.
Como no quería repetir la nefasta experiencia que le ocurrió con la alemana, el futuro caníbal pensó las cosas al detalle. Compró un rifle, un silenciador y lucubró un motivo para que su amiga accediera ir a su departamento. La jovial muchacha tenía varios empleos: en la biblioteca de la universidad, en una librería y traducía textos en las oficinas de inmigración… La tarde del 11 de junio de 1981, Sagawa la llamó y le ofreció pagarle muy bien por la traducción de un poema de Holderlin, lo que la sorprendió ya que Sagawa sabía alemán, pero no puso reparo puesto que necesitaba el dinero.
Hartevelt llegó a las ocho en punto de la noche. Sagawa había ordenado el escritorio en el que ella traduciría, lo ubicó en dirección a la ventana, porque si iba a dispararle, tenía que hacerlo por detrás.
Ni bien Hertevelt se acomodó, empezó a traducir… Sagawa prendió la grabadora… Cogió el rifle… Apuntó… Y le voló la nuca…
Se la estuvo comiendo dos días…
Los policías escucharon una y otra vez la grabación. No tenían la más mínima duda de que la fiscalía exigiría la pena máxima. Pero la justicia tuvo a bien dictaminar que Sagawa sea sometido a tratamiento psiquiátrico en Japón, con la condición de que nunca más pisara suelo francés.
El padre de Sagawa armó una actuación ante el arribo a Tokyo de su hijo. Los periodistas habían colmado el aeropuerto, estaban ante la noticia del año, el caníbal japonés; sin embargo, la persona que fue recibida por un grupo de médicos y a quien llevaron a un psiquiátrico en las afueras de Tokyio, no fue Issei Sagawa, sino un actor contratado. El verdadero Sagawa fue conducido a un departamento en donde su padre le hizo firmar los documentos pertinentes para el cobro de su herencia y le hizo jurar que no vuelva a frecuentar a su familia en lo que quedara de vida.
La pequeña bestia estuvo algunos años en el más completo olvido, dedicado al proyecto que acrecentó su fama: escribiendo sus memorias caníbales. A la fecha lleva publicado más de veinte libros sobre el asesinato de Hartevelt. Es considerado una celebridad menor y se las pega también de crítico gastronómico, y por si no fuera poco, ha aparecido en películas, como The Bedroom de Hisayasu Sato e inspiró la canción “Too Much Blood” de The Rolling Stone.


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