martes, agosto 20, 2019

magisterio mvll


Acabo de leer “El hombre de negro”, el cuento que Mario Vargas Llosa ha publicado en Letras Libres.
Si aún no lo has leído, entra aquí.
Imposible no entusiasmarse con la inquietud vital de este hombre de 83 años, que sigue produciendo, manteniendo una calidad y mostrando en el discurso de la ficción una maestría de la que cualquier interesado podría aprender sobre cómo contar una historia. Este tipo de gestos, alejados del escueleo imbécil, me dicen más de la persona de lo que se habla de ella. Hay pues una actitud de humildad a la hora de poner en bandeja los elementos creativos con los que se trabaja. Lo suyo no tiene nada que ver con el caletismo cojudo de aquellos que siendo jóvenes escriben con la arrogancia de quien anhela imponer a lo bestia una referencialidad.
La revelación es la otra seña de este cuento. No solo basta la maestría de la ejecución para ser parte de la experiencia de literaria, sino también es necesaria las dosis de verdad que pueda transmitir el texto. 
Vargas Llosa enseña.



cuando ni denunciar sirve


Algunos amigos piensan que en este país todo lo que sucede es una exageración. Viéndolo con esforzada distancia, pues no habría que estar en contra de aquello.
Pensemos en las mujeres peruanas y en las leyes llamadas a protegerlas.
Cuando una mujer es violentada, se la toma en cuenta si su denuncia está formalizada en los cauces legales. De lo contrario, el testimonio puede ser interpretado como una muestra de oscuro despecho que tiene el objetivo de destruir al hombre que, vaya uno a saber las circunstancias, ya no está con ella.
Esta es una historia conocida, que la vemos en todos los estratos sociales. Hemos visto sus variantes incluso en nuestro circuito literario, en cómo guachimanes virtuales de la moral siguen donjuaneando (con calateo en Skype de yapa) cuando hay pruebas de sobra de sus acosos, del mismo modo denuncias legales en proceso. Con o sin denuncias formales, los pipilépticos de la superioridad moral no bajan del estribo, porque saben que tienen el apoyo de seguidores que valoran a la figura pública, dejando de lado los principios con los que enjuagan su hocico. Por eso este circuito literario apesta.
La doble moral en su expresión más degenerada.
Regresemos al punto del post: ¿sorprende acaso que se haya suspendido la orden de captura contra el prófugo Adriano Pozo?
Uno no deja de creer en la esperanza, en el hecho de que algún día este país pueda ser mejor, pero la criollada peruana es tan fuerte que desafía el curso natural hasta de los procesos legales, como el que vimos esta mañana: si le daba la gana, Pozo podía salir de su escondite y caminar como si las huevas por las calles de la ciudad en donde se encontrara.
Ante lo ocurrido, no demoraron en aparecer los reclamos en contra de la medida que beneficiaba a esta cucaracha. La presión social hizo su trabajo y el Poder Judicial se vio obligado arreglar la chanchada.
Arlette Contreras hizo lo que muchos abanderados de la moral (de la cultura, la política, la sociedad et al) piden a las mujeres agraviadas. Presentó su denuncia en el Poder Judicial. Su denuncia estaba amparada en una prueba irrefutable: el video que muestra la manera en que Pozo la masacró en un hostal.
Ni las pruebas sirven, como se ve.
Si eso le sucede a Contreras, que a la fecha tiene un apoyo ciudadano importante, ¿se imaginan lo que pasará con una mujer que carezca de ese respaldo? 
La respuesta, ya la sabemos.

domingo, agosto 18, 2019

apuntes: mujeres


Sintonizo con la mayoría de los artículos de Javier Marías, como el de hoy domingo, ¿Evitar a las mujeres a toda costa?, en donde el autor español critica los niveles de intolerancia a los que están llegando los movimientos feministas como el Mee Too.
Sobre MT, tanto sobre su sucursal local y las extranjeras, ya he dicho en más de una ocasión lo que pienso y, en gran medida, apoyo sus acciones, no porque me considere feminista, sino por sentido común y principio de justicia. MT cumple lo que la justicia formal no, pero sí debería reforzar (en discurso sustentado en pruebas y respetando la voluntad de la mujer agraviada de consignar su identidad) algunas denuncias antes de exponerlas.
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Resulta innegable el radicalismo en los movimientos feministas, la presencia de una intolerancia cotidiana que los puede convertir en lo que más critican, sin embargo, este radicalismo podría ser la medida extrema para que a partir de esta se llegue a un punto medio de entendimiento.
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Con o sin radicalismo, hay tener kilos comprimidos de aserrín en la cabeza para negar la realidad: el constante maltrato a la mujer, práctica natural ya institucionalizada en el imaginario y no solo latinoamericano. Al respecto, en el pasado Hay Festival de Arequipa conversé con la escritora colombiana Silvana Paternostro, para quien esta violencia del hombre a la mujer viene a cuenta de la independencia económica y sexual de esta. La mujer, al menos en estas dos últimas décadas, y en mérito a sus esfuerzos, ya no depende del hombre. Esta emancipación horada el orgullo masculino y suscita una violencia no solo macabra, también “teatral”.
En nuestro país, y enfocándonos en el circuito cultural, vemos la presencia de hordas de payasos que dicen estar a favor de las mujeres, mas su histrionismo moral cae en las acequias del cuestionamiento cuando el apoyo a la mujer es condicionado por una peligrosa postura emocional: la cercanía o lejanía con el agresor. Entonces, todo, pero absolutamente todo, se relativiza. El agresor deviene en víctima. La víctima (mujer) es una exagerada, una despechada que no parará hasta destruir al hombre que le arruinó la vida. Esta práctica inmoral se dio hace unos días cuando a un editor local se le denunció por maltrato y abuso sexual (5 testimonios, de los cuales 3 están identificados). El espanto en primera fila: el apoyo al editor, luego el apoyo a las víctimas por parte de quienes apoyaban al editor, es decir, el tictac sabroso del oportunismo. Este espectáculo virtual nos brindó luces de la ética y moral de nuestros llamados artistas e intelectuales. Claro, se podrá decir que no había nada comprobado (nombre y apellido de la víctima) y por eso “me la jugué por el editor”, para luego jugármela por la agraviada. “Oh, cuánto lo siento, no sabía que era un mounstro, para lo que necesites, aquí estoy”. “Mi apoyo, hermano, que se sepa la verdad”. “Te quiero, hermana”… Ante esto, ¿cómo los movimientos feministas de aquí no se van a exacerbar? Hay, pues, razones de sobra para entender los reclamos, aunque uno no sintonice con sus extremos.



jueves, agosto 15, 2019

5ta 24


De las temporadas de 24, soy fanático de la quinta. Y lo soy más ahora que la he vuelto a ver (en dos tandas) después de algunos años. En este sentido, me resulta imposible no condenar la mezquindad de los “seriólogos” que no reconocen la dimensión humana que sostiene a la serie. Además, en la complejidad estructural al servicio del divertimento, asistimos también al despliegue de un principio de la tradición de la ficción: la configuración moral del personaje. Jack Bauer, personaje redondo por donde se aborde, ya figura en la geografía emocional de millones de espectadores. No pudo tener mayor suerte Kiefer Sutherland, que hasta antes de interpretar al agente Bauer, era dueño de una preocupante trayectoria histriónica marcada por la irregularidad.
La decisión de regresar a esta temporada 24 no fue gratuita, no nació del mero capricho. Todo tiene un porqué: estaba terminando de leer la publicación de la primera novela de Iris Murdoch, Bajo la red (Impedimenta, 2019), y hacía los apuntes respectivos para una reseña a entregar en los próximos días, cuando cometí el error de abrir un par de sobres que estaban en el recibidor de mi casa. En ellos encontré algunas nuevas publicaciones locales y me puse a revisarlas, en especial un par de poemarios y una novela histórica. Me quedé cerca de cuarenta minutos en ese trance, que en su desarrollo se convirtió en un impensado viaje a la zona oscura del desaliento.
No podía regresar a Murdoch de esta manera, debía hacerlo con las suficientes luces, es decir, desahuevado. Murdoch merece todas las atenciones y más cuando estaba por corroborar una sospecha razonable: desde su primer libro de ficción apuntaba para ser una de las más grandes autoras del siglo XX. 
Busqué una película de mi colección. No hallé una digna de la ocasión, pero el estuche de la quinta temporada de 24 sí. La idea era ver los discos de manera salteada, repasando escenas de episodios que recordara, pero a la tercera búsqueda opté por recorrer esa temporada desde el principio. Valió la pena. Esta quinta temporada no es solo acción.




domingo, agosto 11, 2019

miguel gutiérrez x 2


Luego de ver pero sin mirar Following (1998), la primera película de Christopher Nolan, releo algunos pasajes de la tercera edición edición de La generación del 50: Un mundo dividido de Miguel Gutiérrez. La publicación viene a cuenta de Revuelta Editores. Como lector me siento muy feliz por la circulación de un libro tan polémico como este, que ha tenido un tránsito peculiar, ninguneado por el oficialismo desde su aparición en 1988, pero que ha venido abriéndose paso entre los lectores, y no necesariamente porque guste su contenido.
De la ensayística peruana, este es uno de los contados títulos que suscita discusión.
En 2008 la publicación gozó de una segunda aparición, el cual tuvo poco eco en prensa, destacando la reseña de Iván Thays en El Dominical. No sorprende que Thays haya descalificado el libro (gustar o no gustar es derecho de cada quien), tampoco sorprende que haya hecho un juicio de valor sin haber leído el prólogo de esa segunda edición. De haberlo leído, su reseña no tendría la fetidez del sentimiento menor, llámalo también alma chiquita.
En este ensayo hay una actitud, una personalidad y un carácter. Gutiérrez era un ferviente lector de ensayos, de la escuela de Montaigne, de la que aprovechó el punto de vista impresionista, manteniéndose lejos de la dependencia de la cita forzada y el tramposo pie de página (algunos confunden ensayos con papers, hay que leer, pues señores). Podemos o no estar de acuerdo con sus postulados, pero vaya que Gutiérrez tenía huevos para decir lo que pensaba y más: no se corría de las consecuencias que le traerían sus conceptos. En este libro, Gutiérrez firma su referencialidad como gran ensayista y como intelectual comprometido. En el prólogo de la segunda edición, que aparece también en esta tercera, Gutiérrez critica la ideología que lo llevó a escribir el libro, pero decidió mantener su esencia (incluso el nefasto desliz sobre Abimael Guzmán) como muestra de testimonio de época. Es que eso es ser un intelectual: no borrar el pasado, sino mantenerlo para criticarlo.
Pero Revuelta no solo publicó G50, hizo lo propio con Poderes secretos. Desde su salida en 1995, se impuso como la novela más polémica de Gutiérrez, transitando por las parcelas de la leyenda. Los saludos de la crítica no sintonizaron con el impacto que debió tener en los lectores. El libro voló. Al respecto, se barajaron muchas hipótesis, la más verosímil: ciertos personajes-mandamases de la oficialidad peruana ordenaron comprar los ejemplares hasta agotar edición. No es para menos, Gutiérrez no solo fue incómodo como intelectual, lo fue también en la ficción. En Poderes secretos cuestionó las columnas discursivas de la identidad cultural peruana mediante una estructura digna del mejor policial enigma y un ánimo narrativo que nos recuerda a lo más selecto de la tradición metaliteraria. Literatura y vida. Discusión y reflexión. Eso y mucho más hacen de PS un pequeño clásico. 
Y para evitar habladurías, las cosas claras: ambos títulos son golazos de Revuelta. Los recomiendo. Pero como nunca faltan los pequeños canallas malpensados, ociosos inmorales que ven en cada post teledirigidos mensajes subliminales, debo decir que este servidor propició la salida de estas publicaciones. Con Gutiérrez compartía una lejanía política y una inmensa pasión por la lectura. Y claro, también una edificante y sólida amistad. No estar contento con este par de librazos, imposible.



jueves, agosto 08, 2019

mejora


Me he puesto al día con algunas publicaciones peruanas de este año. Espero no equivocarme, pero lo leído me arroja una certeza que habría que celebrar: hay varios libros de ficción a recomendar, algunos de ellos con justificado entusiasmo. Esta situación me alegra, porque uno ya se aterra de estar bajando el dedo a ciertas publicaciones que jamás debieron abandonar la dimensión del archivo en Word.
Llegué a esta convicción hoy en la tarde mientras cruzaba una calle sanisidrina fumando maravilla verde, rumbo a inevitables papeleos que vengo realizando, actividad que les detallaré en los próximos días. La aparición de algunos cuentarios y novelas nos hacen pensar en un genuino buen momento de la narrativa peruana o, siendo menos entusiastas para así pintarnos de objetivos, en un instante expectante y atendible de la misma. Lástima que no pueda extender este entusiasmo a las parcelas de la poesía, en la que el relacionismo y el espíritu grupal la vienen asesinando a vista y paciencia de los lectores. Los actuales poetas peruanos son los sicarios de su tradición. Están tremendamente ahuevados, distraídos y desenfocados de lo que en realidad importa, pero eso sí, los vemos muy activos en redes, en causas frívolas, imbéciles e inmorales. 
Pero bueno, de poesía no iba el post, sino de algunos libros de ficción que sería bueno que busquen y corroboren, no mi entusiasmo pero sí la certeza de que se ha mejorado y eso es suficiente a estas alturas de la segunda década del nuevo siglo, y más cuando muchos pensaban que el aburguesamiento y la intoxicación ególatra había aniquilado a nuestros narradores. Abordaré cada libro en los próximos días, bueno, esa es la idea, aquí los títulos, para que los busquen: Todo es demasiado de Christian Briceño (ya comentado en el blog), Adiós a la revolución de Francisco Ángeles, Cementerio de barcos de Ulises Gutiérrez, Nunca seremos tan jóvenes como hoy de Carlos Arámbulo, Resina de Richard Parra, Los ríos de Marte de Yeniva Fernández, Algunos cuerpos celestes de Augusto Effio y Tiene que haber otro final de Susanne Noltenius.



miércoles, agosto 07, 2019

¿exitosa fil?


Me encontraba releyendo la segunda edición de Testimonio de un fracaso: Huando (IEP) de Charlotte Burenius, el cual recomiendo a todos los interesados en saber la historia no contada, el detrás de escena, de la Reforma Agraria de Velasco, cuando un amigo me manda por wsp un enlace en donde se informa del éxito comercial de la última FIL de Lima. Ver aquí.
Ya sea por interés, o por trabajo, estuve casi todos los días feriales y pude hablar con muchos expositores que se lamentaban de las pocas ventas en comparación a años anteriores. Tampoco es que hayan perdido en inversión, pero más de uno tenía la expectativa de que les iría muy bien. También se informa de que asistió más gente, lo cual es la mentira mayor. Un ejemplo de varios: en las presentaciones del año pasado, incluso en las que empezaban en horarios no muy atractivos, uno tenía que hacer cola para entrar a las salas, desde la más minúscula a la más grande. En esta ocasión podías ingresar a ellas en cualquier momento, sin tener que esperar a que un asistente salga para ocupar su lugar. Hubo, sí, una desbordante asistencia en los tres primeros días, en los que estuvo Mario Vargas Llosa. Se fue Vargas Llosa y también la algarabía de la FIL. 
Razones a la vista: feriado largo, Panamericanos y varios eventos en la ciudad que no solían darse durante las fechas de la FIL. La CPL debió subrayar su verdadero éxito histórico (se les escapó la tortuga, una vez más): el compromiso político del gobierno en pos de la Ley del Libro.




lunes, agosto 05, 2019

antifil


Ayer domingo, en la Antifil, presenté el cuentario Todo no es demasiado (Emecé) de Christian Briceño y la novela Esta casa vacía (Peisa) de Marco García Falcón. Como bien saben, son libros muy saludados por la crítica, ambos de autores que respeto y califico de serios. Si aún no los has leído, hazlo, y si ya conoces los textos, recomiéndalos. La primera presentación comenzó a las 5 de la tarde y la segunda una hora y media después. Era el último día de la anti y el primero al que iba.
Desde hace un tiempo vengo escuchando algunos comentarios sobre cómo se estaba conduciendo la Antifil, las opiniones más duras indicaban que era un remedo de la FIL, evento cultural que la justifica incluso en el nombre.
Al respecto, tendríamos que pensar en la anti no solo desde el punto de vista bibliográfico, sino como una alternativa cultural en la que se dan cita variadas expresiones artísticas que no serían aceptadas por el llamado oficialismo cultural. Son estas las que sustentan la fuerza de la Antifil y su derivado natural: el creciente interés de los asistentes que se identifican con lo que propone el proyecto. Si a este interés le sumas buena vibra e irreverentes ganas de hacer cosas y pasarla bien mientras las haces, como que se va por buen camino hacia la morfología de una identidad.
Los errores e involuntarios remedos de la Antifil se pueden enmendar y ajustar en el camino (recién van por la tercera edición); ahora, lo que sí recomendaría es dinamitar el sesgo ideológico y esa silenciosa filiación chavista que, aparte de dejarlos mal parados ante el sentido común, no permite que artistas y autores venezolanos participen en la feria.
En lo personal, la pasé bien, además vi gente de la que no sabía en años y probé el anticafé, que me dicen fue el suceso de los días feriales. No lo niego, fui feliz.





domingo, agosto 04, 2019

la mirada de dc


Uno de los libros que pensaba encontrar en estos días de feria no estaba en la categoría “de culto”, o como quieran llamarlo los amantes del caletismo, sino uno que ya tenía y que deseaba regalar. Sin embargo, por más que lo intenté (incluso armé un pequeño ejército para tal función), no hallé La vida después de Dios de Douglas Coupland.
Así es, del autor de la conocida novela Generación X.
La obra de Coupland viene envejeciendo a cuenta del óxido de su novela más famosa y de las que dialogaban con los tópicos desarrollados en ella (a saber, Planeta Champú). Sin embargo, LVD luce una cualidad que deberíamos conocer de este autor: la libertad de palabra (no confundir con efectismo y afines). En principio se trataría de un libro de cuentos, algunos más arriesgados podrían calificarlo de compendio de microrrelatos. Más allá de definiciones genéricas, aquí hay una belleza epifánica que sumerge al lector en la fugaz reflexión de la cotidianidad, Coupland se entrega a la libertad discursiva que asocio más a las licencias de la anotación y el espíritu del diario, pero aquel que se alimenta de la rápida impresión del detalle (pensemos en Renacida, el primer tomo de los diarios de Susan Sontag). Esta especulación la puedo reforzar con la tradición del retazo, es decir, aquella obra que el autor confecciona sin proponérselo, ya sea como ejercicio de prosa o solo por mera urgencia de escribir. Los textos de LVD rehúyen de la relojería cuentística, pero a la vez proyectan una tentativa de perfección formal. Es precisamente en ese límite donde Coupland revela una mirada que disecciona el suceso y el asombro. 
No es un libro difícil de hallar, a lo mejor no he tenido la paciencia para dar con él. Pero no importa, el dato ya está, que es lo que importa a fin de cuentas.


sábado, agosto 03, 2019

doble moral


Un par de testimonios de agresión sexual agitan el circuito literario limeño. Lo agitan porque el protagonista es Juan Pablo Mejía de Paracaídas Editores. Cualquier lector informado sabe de la contribución bibliográfica de esta editorial a la poesía peruana del nuevo siglo. Esto, creo, está fuera de discusión.
Lo que sí sorprende es la súbita muestra de apoyo a Mejía por parte de una corte que condena el maltrato a la mujer siempre y cuando el acusado no sea de los suyos. En lo personal, pensé que ya estaban reprimiéndose estas prácticas. Más cantado no puede estar: la asquerosa fuerza de la doble moral. Gracias, señores.
Esperaba, sí, un descargo más contundente de Mejía ante una acusación tan delicada. Al respecto, podrá decirse que es víctima de una patraña, incluso cuestionar el espacio en donde se realiza la denuncia, pero lo que "pocos" no quieren percatarse es que una denuncia anónima es a lo que muchas mujeres se ven obligadas con tal de obtener lo que consideran justo: la condena social. Cuando un autor/editor/gestor relativamente conocido es acusado de estos hechos aparece el fétido discurso de la formalización de la queja para dar peso a las palabras de la denunciante. Un modo tan primitivo de pensamiento no solo revela cojudez de quienes lo exponen, también desconexión con lo que le sucede a la mujer en este país. Para que una mujer agraviada tenga justicia pasan años y no siempre la condena es la adecuada. Y esto es para todas, veamos pues los ejemplos de Arlette Contreras y Lorena Álvarez, tampoco olvidemos lo que sucede con Melissa Peschiera. Ni el poder mediático y las pruebas mostradas son garantía de vigilancia durante el proceso formal de denuncia, igual son humilladas por ser mujeres.
Mee Too Perú es una página que deberá mejorar su método de exposición de casos (hay cuatro que están fuera de lugar) si pretende ser considerado un espacio ajeno a la ventilación de sentimientos menores, pero su existencia es necesaria porque cumple lo que los canales formales no: justicia social para la mujer agraviada. 
Ojalá aprendamos algunas cosas del caso Mejía y de otros que hemos visto: pensar en principios antes que en la persona.


domingo, julio 28, 2019

"mton"


Una novela interesante en lo que va del año es Mañana tendremos otros nombres (Premio Alfaguara, 2019) del narrador argentino Patricio Pron.
De Pron sabemos lo que debemos saber, creo que resulta gratuito ofrecer un paneo bibliográfico para el lector relativamente informado. Pron es ya una referencia obligada en el imaginario narrativo hispanoamericano y no por haber ganado uno de los galardones más codiciados, sino por la construcción de una obra que exhibe algunos títulos a considerar en el radar, a saber, la que antecede a la presente publicación, Lo que está y no se usa nos fulminará (2018).
Pron relata las consecuencias de la separación de una pareja. No es el primero, ni será el último, que aborde el tópico amoroso en conflicto. El autor no apela a la configuración específica de los personajes, al menos no nominalmente. Esa es la razón por la que esta “historia” nos presenta a Él y Ella, los ejes metafóricos que le permiten universalizar sus vicisitudes emocionales, que devienen en una radiografía contemporánea del desamor. Para tal fin, no cae en el recuento de experiencias de sus protagonistas (algo que vemos a raudales en otras novelas contemporáneas, sin importar latitud), sino que escoge la mejor de las estrategias: la especulación sobre lo que pasó y pudo pasar.
Esta no certeza de los hechos se convierte desde sus páginas iniciales en un rico crisol de interpretaciones. Se colige entonces que para estos fines haya sido necesario un registro idóneo, como aquel que se nutre del ensayo (no olvidemos que Pron es también un apreciadísimo ensayista), lo que entendemos del mismo en toda la magnitud de su proyección: la no verdad. Es por eso que en Mton sus personajes piensan para curarse y también para herirse. No se tienen consideración/piedad y están dispuestos a hurgar hasta las últimas consecuencias en la incomodidad de la inseguridad emocional (el orgullo dinamitado). 
Algunos dicen que la novela tiene más páginas de las necesarias. Es pues una opinión atendible, felizmente no determinante. Con páginas menos o más, Mton se impone (y no solo en la experiencia literaria) como un mural visceral de la situación amorosa actual. Chécala.



jueves, julio 25, 2019

pluralidad


Pico y placa, la provisional medida de restricción vehicular, que creí que no me iba a afectar, terminó siendo toda una pesadilla. Me tocó vivir la ordenanza en la noche de ayer, justo cuando me dirigía a la FIL. Lo que supone un viaje de veinte minutos de mi casa a recinto ferial, terminó siendo uno de casi una hora. A duras penas llegué a la charla sobre los cincuenta años de la novela El viejo saurio se retira (Debolsillo) de Miguel Gutiérrez, en la que participaron también Dimitri Gutiérrez y Ricardo González Vigil.
Hablé de la novela, pero resultó imposible no ofrecer una pequeña semblanza de la vida y obra de Gutiérrez. Una visión personal del amigo y maestro, a quien extrañamos y por quien aún falta hacer una tarea crucial: recomendar sus libros a los nuevos lectores.
De lo que dije, hay algo que sí me gustaría subrayar, cosa que así comenzamos a dinamitar ciertas versiones mentirosas y sucias, como aquella que indicaba que Miguel era un sectario y que asumía la apreciación literaria desde su visión de militante de izquierda. No sé de dónde nació esa leyenda, seguramente de algún enemigo ocioso, que Miguel los tuvo hasta para regalar.
Aparte de gran escritor, Miguel Gutiérrez fue también un voraz lector, una bestia de la lectura, maestro que aplicaba el rigor generoso, ese que contagia pasión por lo leído y por lo que no pero que goza de la entusiasta recomendación. En este sentido, no se privaba del placer de la lectura, le importaba muy poco la preferencia ideológica del autor de turno, no venía con esa cojudez que sí he escuchado innumerables veces en académicos y autores de izquierda: “¿es de derecha, no?” 
La última vez que hablé con él, diez antes de morir, me preguntó si Luis Hernán Castañeda estaba escribiendo algo nuevo y me dijo que estaba leyendo Los niños muertos de Richard Parra. Estéticas distintas, no me sorprende. A Miguel le gustaba la pluralidad y nunca se mostró desinteresado de lo que estaban escribiendo los autores más jóvenes.



sábado, julio 20, 2019

casi un papelón


“Exitosa” la inauguración de la FIL.
A más de uno agradó que se haya abordado con firmeza el tema de la Ley del Libro. Nos queda claro que su posible logro se debe más a los esfuerzos privados que a los de los llamados naturales a luchar por ella. No sorprende, sabemos de sobra que este es un país poblado de gente tibia e indecisa, valiente en el relacionismo pero cobarde en llevar a cabo aquella cualidad llamada vocación de servició. Pienso en la entidad estatal que representa este horror: el Ministerio de Cultura, que seguramente reclamará un pedacito de la torta del reconocimiento, cuando lo cierto es que durante este tiempo el Ministerio de Economía y Finanzas se ha paseado con sus representantes ante su discurso endeble, el cual no incidía en lo que debían hacer: mostrar un fuerte discurso político sobre la importancia de la lectura.
La presión mediática de las últimas semanas ha sido medular para comprometer al presidente Vizcarra con la Ley del Libro. Al respecto, no podemos negar el protagonismo de la CPL, que pudo redondear una noche histórica a no ser por la torpeza de no incluir a ninguna mujer en la mesa oficial de presentación de la FIL. Se pueden decir muchas cosas a favor y en contra, de si las cuotas se justifican o no, pero tratándose de un evento cultural relacionado a la lectura y la educación, el sentido común exigía la presencia de Maria Emma Mannarelli, directora de la Biblioteca Nacional, y Flor Pablo Medina, ministra de Educación. 
Ante la presión, la CPL entró en razón y evitó el papelón. Emitió un comunicado oficial en el que pedía disculpas del caso. En esta ocasión, la reacción fue inmediata.



viernes, julio 19, 2019

interés por la novela histórica


Llego de la inauguración de la FIL, algo cansado por la impensada caminata que hice con un catedrático y crítico sanmarquino. El tiempo invertido valió la pena. Hablamos de muchas cosas, desde la desconexión de la academia y la intelectualidad con el sentir de la población hasta los últimos libros que estamos leyendo. Precisamente en este segundo punto disertamos de algunas novelas de corte histórico, sobre las olas temáticas que vienen “marcando” cierto interés editorial en base a él.
Imposible no pensar en El espía del Inca (Lluvia) de Rafael Dumett, La Perricholi (PRH) de Alonso Cueto y en estas últimas semanas Los Túpac Amaru 1572 – 1827 (Sinco) de Omar Aramayo. Si mal no recuerdo, lo nuevo de Raúl Tola sigue este corte.
Hay pues interés en el sendero histórico, el cual no solo se suscribe a las editoriales grandes, lo vemos también en los sellos independientes y proyectos estatales.
Mi amigo tiene su favorita, la de Dumett. De esa novela hice un artículo en Caretas y creo que es lo mejor que le pudo pasar, generar discusión literaria y no valorarla únicamente mediante discursos sociológicos, antropológicos y, cómo no, históricos. La de Cueto me gusta. Considero que fue muy inteligente al insuflar peso lírico a la prosa, el cual permite al lector navegar a placer. Quizá no haya tanta truculencia argumentativa (marca de la poética del autor), pero sí una atmósfera que coloca al lector en la época representada.
No puedo compartir el mismo entusiasmo por el proyecto de Aramayo, el cual ha sido beneficiado por el programa de Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura. Seguramente el jurado calificador quedó extasiado con las dimensiones históricas, las cuales son complejas y atractivas, hay que decir. Pero hay un bache presente en estas páginas, la ausencia del ánimo que debe lucir toda novela más allá de su logro o fracaso: persuasión. Por “momentos”, tenemos la impresión de estar ante una suerte de tratado con pretensiones poéticas, un ánimo que impone y no seduce.
Impresiones de lado, con las que el lector puede o no sintonizar, me agrada que lo histórico venga suscitando interés en los autores peruanos. Como bien señaló Dumett en una entrevista, más o menos así: resultaba inquietante que no haya novelas históricas peruanas teniendo precisamente una historia inquietante que pueda contribuir a la ficción de la misma.





miércoles, julio 17, 2019

recomendaciones



Faltan pocos días para la Feria Internacional del Libro de Lima, sin duda, el evento cultural más importante del año en Perú. Lo que sobrará en la FIL serán las novedades, cada cual con su cuota histriónica dependiendo del gusto o huachafada de los autores. Tengo el presentimiento que cosas muy curiosas ocurrirán en los días feriales.
Pero de esto no va el post, sino de un par de preguntas que aprovecho responder por aquí y no por mensajes en las redes, menos en mi cada vez más saturado mail. Las preguntas: ¿qué nuevo libro leer? y ¿qué libro recomendar? Aunque parezcan, no son preguntas que guarden relación.
En la primera, hasta el momento, no tengo dudas en esta recomendación: La comedia literaria (PUCP), las memorias de Julio Ortega. Sugiero que la busquen. Por más que la editorial pertenezca al fondo de una de las universidades más prestigiosas del país, esta no es ajena al mal de todas las editoriales universitarias del medio: la pésima distribución. Es cierto que por estos días la publicación ya está en las principales librerías limeñas, pero es casi un hecho que habrá demora en las respectivas reposiciones. Por eso, en el stand de la PUCP de la FIL la podrán encontrar sin problema alguno. Pasión, amistad, ajustes de cuenta, lecturas, autores favoritos y chisme del bueno, están más que garantizados en el que para mí es el libro peruano que me gusta más en lo que va del año. 
En cuanto a la segunda, la respuesta resulta más personal y por tanto caprichosa. En las ferias voy a la caza de algunos clásicos en ediciones preferentemente anotadas y con diseños atractivos (tapa dura, buena traducción, etc.). Pienso en El Conde de Montecristo de Dumas, que releí en el verano pasado tras cinco años de la última relectura. Quizá sea exagerado lo que vaya a decir, pero este nuevo acercamiento me dio la seguridad de avalar la sospecha íntima. No soy el único convencido de que es la mayor Novela de la Historia. (Imagino a los haters y lectores sin voz enarcando cejas en estos instantes, calma bestias.) Creo que si alguien pretende quedarse enganchado a la experiencia de la lectura (o proyectarlo en otra persona), ser parte de la misma por medio del goce argumental y estilístico, este libro puede significar un antes y un después, y en ello la edad no juega un rol, tal y como lo testimonió Miguel Gutiérrez en ese título cada vez más imprescindible: Celebración de la novela.

sábado, julio 13, 2019

mafia abierta


Días agitados para el mundo editorial y librero, razón a la vista: la próxima Feria Internacional del Libro de Lima, que en esta edición tendrá a Mario Vargas Llosa como eje central. Es decir, veremos charlas, conferencias, besamanos y demás actividades sobre la vida y obra de nuestro Nobel.
En este sentido, resulta imposible no pensar en lo que VLl significa para uno. Me gustan muchas novelas suyas, pero ninguna como Conversación en La Catedral, que en mi opinión es una de las cumbres de la novelística mundial del siglo XX. Pero lo que más tengo presente en estos momentos es su dimensión de trabajo. No olvidemos que la escribió a los 33 años, ya casado y con responsabilidad familiar, situación que a más de uno desanimaría en cualquier proyecto narrativo de envergadura. VLl lo hizo y esa es precisamente una virtud a destacar.
Ese debe ser el VLl que nos debe interesar, bueno, el que me interesa. No el autor engreído que estamos viendo desde hace un tiempo, con actitudes y, en especial, las de sus allegados, que transportan la sospecha a la certeza: la existencia de una argolla con la que no puedes disentir, a menos que tengas huevos o seas un kamikaze. La actitud intolerante, tanto suya como la de sus escuderos, flaco favor le hace a su trayectoria, signada precisamente por la discusión ante la opinión contraria. 
Anoche un joven lector, protagonista de su propia y salvaje experiencia literatosa, me preguntó si en la figura de VLl hay una mafia literaria. Saludé su ingenuidad, que como tal no es menos. No tuvo sentido explicar lo obvio.

martes, julio 09, 2019

dossier i. m.


De las muchas cosas que agradezco a la Literatura, una de ellas es haber conocido en su momento la propuesta literaria de Iris Murdoch. Cuando la leí, sus novelas no eran fáciles de conseguir, es por ello que cada vez que adquiría alguna de ellas, no solo sentía alegría por la compra, también me alucinaba un vencedor épico. Los lectores de a pie saben muy bien a qué me refiero. Existe un sentimiento de plenitud cuando das con un libro del escritor al que has comenzado a seguir con admiración y lo único que quieres es devorar lo que este ha escrito, pero no hablamos de una actitud ligada al apuro, sino más bien a una que se disfraza de lentitud. No sorprende: quieres leer todo del autor pero a la vez deseas no acabar su obra.
Eso es lo que me pasa con Murdoch. En mi época de librero la recomendaba mucho, además, hice una reseña sobre su novela Henry y Cato para Buensalvaje. Toda promoción resulta insuficiente. Creo que si más escritores locales leyeran a Murdoch aprenderían, aparte de narrar, a no tener miedo a exponer las pulsiones internas a la hora de construir personajes (Murdoch es la hacedora mayor de los cuestionamientos que destruyen identidades). No puedo decir lo mismo de los lectores, a los que nunca hay que mirar por debajo de “escritores” que leen poco o casi nada. Los lectores ubican a Murdoch y están más allá del bien y del mal, hay que decirlo.
Este entusiasmo por la irlandesa no es gratuito (y no habría problemas si fuera así), se debe principalmente al dossier sobre su vida y obra que acabo de leer en El Cultural. En el dossier podrán encontrar colaboraciones de Ignacio Echevarría, Alvaro Pombo, Gonzalo Torné y Andreu Jaume. Si existiera la admiración oscura, esta sería la línea anímica que conduce cada uno de estos artículos, que tienen el propósito de visibilizar la obra de esta tremenda escritora de la que en este 2019 se cumplen 100 años de su nacimiento. 
Chequen aquí y vayan tras los libros de Iris Murdoch.


lunes, julio 08, 2019

lo que viene



Pasada la tensión y la ilusión, al menos quien escribe solo tiene palabras de agradecimiento para la selección peruana de fútbol, me puse a ordenar algunos libros que tenía sobre el escritorio. Presté atención a las publicaciones peruanas de este año, separando las leídas, las avanzadas y aquellas que me faltan leer. Un amigo, periodista cultural, me preguntó si ya tengo una idea de lo más destacado del año. No me sorprende su pregunta, me la suelen hacer semanas previas a la FIL, evento en el que se presentan los libros más llamativos (al menos, eso es lo que indica la teoría).
En cuento, hasta el momento, sigue capitaneando Todo es demasiado (Emecé) de Christian Briceño, también me gusta mucho Jamás en la vida (Planeta) de Fernando Ampuero (sugiero que nuestros jóvenes-viejos narradores lean este título que tranquilamente puede ser un manual de cómo escribir un cuento sin caer en las trampas del aburrimiento, como si este fuera mérito literario).
(Por cierto, presentaré lo de Briceño en la Antifil el domingo 4 de agosto, a las 5 de la tarde; del mismo modo, en el mismo lugar pero una hora después, la novela Esta casa vacía (Peisa / Premio Nacional de Literatura 2018 y muchos reconocimientos más) de Marco García Falcón. Será un domingo especial, por lo que veo. No siempre tienes la oportunidad de comentar buenos libros y eso es algo que agradezco muchísimo, ya sea a la vida, el azar, lo que fuere.)
Pienso en las novelas peruanas de estos meses (satisfecho con La Perricholi (Literatura Random House) de Alonso Cueto, que espero reseñar en los próximos días) y guardo expectativa en dos que leeré en las siguientes semanas. Tengo mucha esperanza en ellas, porque conozco a los autores y los valoro narrativamente más allá de distancias y acercamientos: Cementerio de barcos (Planeta) de Ulises Gutiérrez y Adiós a la revolución (Alfaguara) de Francisco Ángeles. A la fecha, dos narradores importantes (esto me alegra porque en calidad de editor propicié sus primeros libros), de esos a los que tienes que leer. Sé que lo dicho jode a los haters del segundo, pero esa es la verdad, Ángeles es un autor al que se debe seguir sin importar las simpatías personales (esto es literatura, no es un tono). 
Ya les contaré.

viernes, julio 05, 2019

luis león


Hace unos días, un buen amigo, para mí uno de los potenciales conocedores de poesía peruana, me preguntó por los diez poemarios que consideraba estimables, aparecidos desde 2009. Por un momento, su pregunta me pareció tramposa porque sabe qué es lo que opino de la poesía peruana última, a la que ya no sigo como hace algún tiempo, y no sé si esa actitud sea la adecuada, porque a lo mejor me estoy perdiendo de una voz a la que debería prestar atención.
Igual, pasé a responderle, pero mientras lo hacía, recordé a un poeta que conocí a mediados de 2009. Lo conocí en un bar de Quilca, situación que me parece extraña porque no soy de asistir a bares, pero esa noche estaba en uno, del cual no sé su nombre, ubicado en la intersección de Quilca con Camaná, frente al Queirolo. En la mesa también estaba un autor de ciencia ficción, al que bauticé, en buena onda, como “El psicópata”, y seguramente, en una manifestación exagerada de mi parte, le dije que era el Philip K. Dick peruano, cosa que no me avergüenza, porque uno suele hablar huevadas en tragos, lo que sí me sorprendió fue que haya tomado en serio mis palabras, porque empezó a alucinarse el Philip K. Dick peruano. La mesa la completaba un pata estudiante de la Villarreal, de quien tampoco recuerdo su nombre, y a quien he visto activo en varios proyectos editoriales. Si no me equivoco, fue uno de los integrantes del comité consultivo de Colmena Editores de Armando Alzamora.
No sé de qué estábamos hablando, sin embargo, pocas veces me he cagado tanto de risa. Las anécdotas estaban en su punto mágico, festivas y con estilo, desde Puertoelhueco a las últimas payasadas de no pocos poepetizos locales. Al final hice mi retiro en modo automático, pero antes de abandonar el innominado bar, Luis León me entregó su poemario Absolutamente nada.
Lo leí y le escribí (su mail aparecía en la pequeña publicación) para felicitarlo por el libro, el cual puse como lo más destacado en poesía de 2009 en mi recuento. Tiempo después, cuando estuve de librero en Quilca, recibí su visita. Luis León estaba totalmente cambiado a como lo vi en el innominado bar, o más formal (supuse que la vida lo había puesto en otras responsabilidades). Me dejó los ejemplares de su segundo poemario Bástate alegría, publicado por Paracaídas. Me dedicó un ejemplar y me pidió que los demás los regale a los lectores, petición que hice con gusto.
He releído los poemarios de Luis León en estas últimas horas. Luis León ostenta un radar de lecturas suscritas al universo de los clásicos, el cual también se refleja en estos dos poemarios, específicamente en la administración de la métrica. No solo hay talento, también un mundo interior del cual el autor canibaliza a placer, exponiendo y disfrazando la verguenza (y todas las ramas que salgan de esta), lo no dicho. No es un dato menor teniendo en cuenta que en la nueva poesía peruana se entiende “vergüenza” y mundo interior por disfuerzo y una inimaginable lista de derivados idiotas. La situación empeora cuando en la forma se pretende estar en avanzada cuando esta no es más que un pálido eco de una expresión ya caduca o en entendible silencio. Por eso, la poesía actual no sabe cómo salir o encontrar atajos de este tráfico originado por el ansia de reconocimiento, sensación a la que contribuyen los colectivos poéticos que más parecen vientres de alquiler, cuando lo cierto es que ni siquiera pueden hacer eventos poéticos coherentes (recitales, homenajes, charlas), imperfectos quizá, delatados por el chanchuyo argolleril y la nula luz poética. Y para dorar más la costilla, hay puro huevonazo dándoselas de referente, que cuentan con una escuela integrada por gansos: reseñistas virtuales, la mayoría pavoneados con cartulinas sanmarquinas y católicas, que ponen su conocimiento al servicio del amiguismo, los intereses académicos, el tarjeteo ferial, la propuesta conceptual (cuando en la teoría se intenta justificar el discurso poético sin vuelo), la rifa festivalera y, obviamente, infaltable, la arrechura, maravillas con las que pretenden construir lo imposible: el respeto. 
Con un circuito así, poetas de valía y de verdad como Luis León están condenados a desaparecer. No le entran a la huevadita, es que resulta difícil creer o imaginar que un Poeta le esté dando a la huevadita, aunque en este pueblito todo puede pasar. A lo mejor Luis León ha decidido dar un paso al costado, dejar la práctica para siempre o regresar a ella muchos años después.






martes, julio 02, 2019

cable a tierra


En esta tarde de martes, mientras alisto algunas cosas que llevaré conmigo a la BNP, leo una entrevista al escritor español Juan Francisco Ferré. Debo decir que me gustan los libros de Ferré, al menos los que he podido leer, incluso, si la memoria no me falla, reseñé una novela suya, Karnaval, para Buensalvaje, y algunas veces he recomendado por aquí Providence.
Ferré habla de Revolución, su última novela. En el curso de la entrevista dice varias cosas a tomar en cuenta, pero una llama mi atención en estos momentos, como un eco que adquiere resonancia, porque no es la primera vez que la leo/escucho, y que podemos deducir como la crisis de la ficción, últimamente entregada a las digresiones temáticas de la autoficción, lejana de la esencia de aquello que ya parece rareza: la imaginación.
Me gusta la autoficción y considero que todos los registros están ligados a sus variantes, pero hemos llegado a un punto en que nos tropezamos con innumerables recuentos vitales, que para colmo están narrados con una soporífera densidad (contadas veces la “densidad” se ha visto tan cuestionada gracias a los autores de alma chiquita). En este sentido, cuando Ferré propone a la ciencia ficción como un camino para radiografiar la sensibilidad del mundo de hoy, lo hace acorde al impacto de la tecnología, tal y como lo vaticinaron referentes esenciales de la ciencia ficción, pero con un cable a tierra que permita configurar y enriquecer ese registro. 
Salvando las distancias, algo tendría que hacerse por estos pagos con nuestra ciencia ficción, que urge de ese cable a tierra que dore la prosa y el tema. Más allá de algunos chispazos (gratísimos, por cierto), esta no se instala en un imaginario mayor, condenada solo para el beneplácito de unos cuantos gatos (algunos de sus cultores la rompen en saldos feriales), manteniendo su interés bajo la propaganda de la extrañeza (y estúpidos gritos de guerra tipo “aquí murió el realismo”), que no siempre es el peaje para la revelación literaria.