sábado, abril 18, 2015

275

No son días en los que me sienta bien anímicamente. Me siento en el suelo, destrozado, pero con una esperanza, al menos es lo que prefiero creer. 
Para ello, hay que cuidarse. Si estás con la depre, se debe luchar para llegar a un estado de equilibrio, solo eso, llegas al estado de equilibrio y lo demás sucede por ritmo natural. 
Me sirvo un poco de café y pienso en si es factible que salga por una salchipapa a estas horas de la noche. Desde hace tiempo que barajo la idea de ir a Mirones, en donde un restaurante prepara la mejor salchipapa que he probado en mi vida, la misma que le gana por puntos a las salchipapas del bar Munich. Pero esta idea no prospera, puesto que tengo un poco de sueño y no creo que jale hasta Mirones. Quizá en los próximos días, aunque ese “quizá” pueda que se desmorone por los golpes del desgano. 
Cerca de las once de la noche, me conecto al Face para confirmar a los dos próximos escritores invitados a Encuentros en El Virrey de Lima. Ambos me dicen que estarán y eso me deja tranquilo. Empero, cometo el error de quedarme más del tiempo pensado en el Face, porque me veo en la obligación de contestar algunos mensajes que no pensaba contestar, ese “visto” en cada mensaje me obliga a no quedar como un patán y empiezo a odiar lo que suponía odiar desde la creación del Face, ese “visto” que me aturde y que me compromete a responder cuando lo no quiero hacer es precisamente responder. 
Después de un cuarto de hora, cuando pienso que ahora sí iré a la cama, me escribe el buen Juan Diego, que me pregunta si me gusta la lucha libre de la WWE. Le digo que sí, que de niño y adolescente era muy fanático de ellas. Veía esas luchas religiosamente con mis hermanos. Aunque Juan Diego haya empezado con una generación de luchadores que privilegia la acrobacia y el riesgo, le explico y detallo sobre los luchadores que cimentaron la tradición de la lucha de entretenimiento. Le hablo de luchadores que él considera leyendas lejanas, de oídas, que no los ha visto y a quienes no quiere buscar en Youtube porque lo suyo es el efectismo de la acrobacia. El pata no entiende, le hablo del nacimiento de la tradición de la lucha de entretenimiento, de esas batallas épicas, que lo fueron, así hayan sido tan falsas como las de ahora.


viernes, abril 17, 2015

274

Felizmente, esta semana se acaba. 
He tenido semanas muy agitadas, pero los días de esta han sido de adrenalina, como si hubiese estado en un viaje psicodélico. 
Se deduce, pues, que he estado durmiendo muy poco. Por lo general, duermo poco, pero ahora mi poca predisposición para el sueño quedó a la nada, al punto que en una madrugada pegué los ojos por media hora. 
Pero bueno, la culpa no ha sido de los trabajos que me llegan, sino de mi mala costumbre de juntar las cosas para el final. Mala costumbre que no sé si voy a erradicar, quizá a mi apego por sentir las velocidad de mis dedos en la laptop, ahora, con mayor razón, que la he estado desvirgando en estos días. 
Ayer en la tarde terminé el último texto que me faltaba. 
Caminé pues despejado por el Jirón de la Unión, fumando un pucho. Siempre hago una ligera caminata por este espacio de la ciudad, siempre que salgo de los embates de la escritura endemoniada. Lo que me gusta es que te encuentras con una variopinta gama de personajes, como si estos suelos tuvieran el poder de convocarlos, tal y como ocurre con la chica de veintipocos que se porta como una niña malcriada con su mamá que le dice que no le comprará el short rosado que la adolescente de veintipocos ve en la vitrina de una tienda de ropa. 
Me compadezco de la señora y pienso que habría que hacer algo con esta juventud embrutecida de frivolidad. 
Pero detengo mis pasos, siento el golpe de la parálisis de sueño. Mis pies caminan sin hacer caso de los mandatos de mi cabeza. Hace años que no sentía la parálisis de sueño, no con la fuerza de ayer. Cuando sentí por primera vez esta parálisis, tuve mucho miedo, pero ahora no, sé cómo aliviar el desbalance de descanso que hay en mi cuerpo. Tomo asiento en una banca de Emancipación. Segundos antes de hacerlo compré una botella de agua mineral sin gas. Empiezo a beber y mirar a la gente que espera el Metropolinato. Esa es la cura, ver pasar la vida.

jueves, abril 16, 2015



273

Salgo relativamente tarde de Selecta, en el trayecto al Don Lucho me cruzo con “Hombre sabio”. Le pregunto cómo le ha ido en el día, prendo un cigarro y sigo mi camino hacia no sé dónde. No quiero caminar mucho, no quiero confiarme de esta súbita desaparición del dolor en la espalda, porque algo tengo en la espalda, un músculo inflamado que se inflama cuando quiere. Además, me siento medio somnoliento. No he dormido bien. 
No llevaba muchas horas de estar durmiendo en la madrugada, cuando recibo la llamada de una lectora del blog, que lee este blog desde muy lejos, que me pregunta a qué me refería en uno de mis posts anteriores, porque ella está segura de que mando mensajes cifrados en cada uno de los posts, lo cual puede ser cierto, como también lo contrario. Sin embargo, lo mismo me pasa en la tarde, cuando viene un integrante de los Zepita Boys, que también me hace la misma pregunta: si mis posts contienen mensajes cifrados, si solo deben leerlos personas que conozcan la evolución de esta obra en proceso. 
Entro al Don Lucho, noto algarabía, y me pregunto a qué se debe esa algarabía. El bar no está lleno, pero tampoco vacío. Veo a patas exultantes y a mujeres de frentes sudorosas. Un editor independiente con el que me encuentro al paso, me dice que toda esta gente ha estado en la marcha a favor del Proyecto Río Verde. Ahora entiendo la razón de los ánimos exaltados del bar, de la necesidad de desfogue de los patas y flacas congregados. No lo pensé mucho, me llamaban desde dos mesas y solo hice una seña de volver en un rato, pero no volví, más bien seguí mi camino hacia la Plaza San Martín, que me gusta caminarla y verla de noche, caminando solo, sin que suene el celular, deteniéndome en los islotes humanos que se forman y en donde hablan de la gran conspiración para salvar este país. En realidad, desde que tengo uso de razón se conversa en esos islotes de la gran conspiración que salvará a este país. 
Cruzo la plaza e ingreso a la cafetería en la que venden quizá el mejor turrón de la ciudad. 
No, no pido turrón, sino un café. 
Mientras espero a que me sirvan el café, me pongo a responder algunos mensajes de texto, algunos son de hace varias semanas, pero me detengo en uno, en el que se me pregunta si mis posts contienen mensajes ocultos, como si fueran escritos para ciertas personas. 
Iba a responder, pero el café llegó justo a tiempo.

miércoles, abril 15, 2015



272

Recién hoy martes en la tarde me entero del precio de las entradas para el partido de vuelta de las semifinales de la Copa Inca. 
Los barristas blanquiazules tendrán que pagar ochenta mangos si quieren ir a la tribuna sur del Miguel Grau del Callao. Los barristas, la gran mayoría gente de barrio y eternos adolescentes de base cuatro, se quejan con justa razón. Hay razones para protestar contra lo que es un atropello, pero tampoco es para tanto. 
Prefiero que Alianza pase a la final con el estadio en contra, o en todo caso vacío. Así es más épica la cosa, así se podrá hablar con autoridad en el futuro. 
Por ejemplo, recuerdo la final del campeonato del 2001, el año del centenario. Alianza campeonó en Cusco con todo el estadio en contra, también el clima le jugó mal al equipo de Herráez. 
Ocurre que yo creo y respeto la tradición, en todos los ámbitos. De paso, soy un convencido de la trayectoria. Alianza la tiene y no entiendo el por qué de estas campañas de sus barristas. Si un barrista puede ir, que vaya y aliente. Si no, que aliente desde fuera del estadio. 
Alianza, en los momentos más crudos, ha sabido sacar esas cosas que llamamos sangre y corazón. Lo que mejor sabe es jugar en contra, y no lo digo yo, lo dice la historia, muchacho. 
¿Por qué preocuparnos por la jugarreta de la San Martín? 
Este equipo, del que alguna vez escribí un pequeño libro de su historia institucional, hace pues cuatro o cinco años atrás, no tiene historia porque los cagones no hacen historia, así de simple. 
¿Qué le puedo decir a un potencial hincha de la San Martín sobre la génesis de su equipo? ¿Acaso que compró la categoría? ¿Que ganó su derecho de estar en primera porque le compró la categoría a un equipo que había ascendido? ¿De qué épica le puedo hablar? ¿De qué historia cuando no tiene historia?

martes, abril 14, 2015



lunes, abril 13, 2015

271

No hay mucho que pensar. Me quedaré el domingo en casa. Debo presentar para mañana lunes diez páginas sobre la influencia del surrealismo en la poesía latinoamericana. Confieso que no me gusta mucho el asunto, pero lo manejo, además, hay que abrigar todas las vías necesarias, las labores alimenticias se vuelven impostergables, así tengas que sacrificar el descanso y el hueveo al que me dedico todos los domingos. 
He mandado a resetear mi laptop y me cuesta no tener la música que escuchaba vía Spotify o en Accuradio. Desde hace tiempo no escucho música por Youtube, solo me limito a ver los goles de la jornada, recorrer todos los diarios deportivos y buscar páginas de crítica de cine. Claro, podría solucionar el asunto de la música descargando los programas, pero la flojera, la flojera por hacer las pequeñas cosas se imponen. 
La laptop se ha vuelto un aparato virgen. Me siento una especie de desvirgador virtual de una máquina de la que sabía cada uno de sus secretos, a la que leía de antemano, porque sabía a lo que iba antes de preguntarme por qué parpadeaba, por qué aparecía la señal de alerta del antivirus. He llegado a ser uno con esta máquina. Pero ahora no la reconozco y en ese proceso, como volver a pensar, o recordar y descubrir sus nuevos secretos, porque los de antes, los que conocía y eran míos, han desaparecido.

domingo, abril 12, 2015



sábado, abril 11, 2015

270

Ayer llegué a casa un poco tarde. 
Me quedé bebiendo un poco con José Luis y José Carlos luego de terminar la segunda sesión de Encuentros en El Virrey de Lima. Para esta segunda sesión invité a Victoria Guerrero. 
Estuvo muy buena la sesión. Guerrero es una poeta de armas tomar. 
Más bien, he estado pensando en la posibilidad de escribir artículos sobre mis impresiones que me depara cada sesión. Realmente, preguntar y opinar, ver a los ojos a mis invitados, me hace repensar en sus obras, en los secretos de sus procesos, en sus demonios, en esa mierdita que los lleva a escribir. 
Pensaré lo de los artículos, debo pues encontrarles una estrategia, un sentido, sin caer en la repetición de tópicos. 
Al regresar a casa, bajé por Camaná. Era cerca de la medianoche. No era una viernes/sábado violento, más bien uno de alegría contenida. Las calles alumbradas por una natural luz naranja que las gaseaba. Fumaba por fumar y me zambullía en mis pensamientos y sentimientos, en ese dolor que siento porque en estos días he estado recordando a mi abuelita. Bien nos dijo mi papá, que en los primeros meses íbamos a tener la idea de que mi abuelita estaba de viaje, que el dolor era muy parecido a cuando extrañas a alguien que está de viaje, pero desde hace algunas semanas he asimilado la certeza de que mi abuelita no está de viaje. 
Llego al cruce de Quilca y Camaná. El Queirolo está lleno, paso de frente, aunque logro ver a Karina y Victoria en una mesa ubicada cerca de la puerta. Por un momento pienso entrar y saludarlas otra vez. Pero en mi mente bulle la fuerza del vino. Además, quiero llegar a casa y dormir de una buena vez. 
Camino sin dirección, aunque sé por dónde pisar. Hago el trayecto más largo. 
Decido tomar el taxi en Bolognesi. 
Durante un tiempo, cuando tenía veintitantos, hacia la ruta nocturna libresca: de Quilca me iba a Bolgnesi, en donde encontraba a “Bigotes”, que junto a otros patas, se ubicaba con su costal de libros a golpe de diez de la noche. Nunca le compré la cantidad de libros que a él le hubiese gustado, pero creo que se sentía bien de que le hablara y escuchara. Algunas veces, cuando la noche anunciaba el fin de la jornada laboral, íbamos a un chifa cercano a dar cuenta de un arroz chaufa con su sopita wantán. 
Ahora los vendedores ambulantes de libros han desaparecido de Bolognesi. Es pues el tiempo de los vendedores de ropa y fierros. 
Me animo por un arroz chaufa y su sopita wantán. Algo para pasar el rato y asentar mi cabeza. 
Como despacio, mientras veo en el televisor del chifa los mejores goles de los clásicos de Calcio.

viernes, abril 10, 2015



269

Son las nueve de la noche y sigo en el centro. Analizo las cosas que tengo que hacer en los próximos días, que serán muy adrenalínicos. Debo ordenar mi horario y finiquitar el trato con el editor interesado en publicar mi libro. Este texto lo vengo avanzando a buen ritmo, y en cualquier lugar, no importa en dónde me encuentre, sigo escribiendo ese libro, en esta laptop que me viene acompañando como una fiel compañera.
Hace una hora debí cerrar la librería, pero quiero seguir un buen rato más en ella, al menos eso es lo que siento en estos momentos, en otras ocasiones fácil no hubiese demorado nada en cerrar la librería. No hay gente a la vista que me interrumpa, cosa que me alegra mucho porque me permite seguir ensimismado en lo que tengo en mi cabeza, como también disfrutar del susurro de la noche.
Eso, disfrutar de los momentos.
Acabar la lectura del librito de entrevista a John Coltrane, toda una belleza y joyita para los seguidores del jazz.
Apunta: My Favorite Things.
Sé que a eso de las diez de la noche me dará hambre y pienso en quebrar mi ley de no comer fuera de casa. Se me antoja un taco, el que se prepara en un puesto rodante de Salaverry, al que no voy en casi dos años, algo que no entiendo porque siempre he sido fanático de ese puesto rodante, que si no fuera por sus colas de comensales, sería no menos que perfecto.
Me alisto a las diez y tomo un taxi a Salaverry.
No hay mucha gente, solo una pareja delante de mí. Se les ve felices, pero la felicidad se les acaba cuando el pata le dice a su flaca que se ha olvidado su billetera, o sea, ella tiene que pagar. Los ojos de la flaca, de felices pasaron a la desazón.
Se van y hago mi pedido, mi pedido descomunal.
Hay que decidir, o me quedo en el pequeño parque a terminar mi taco, o me voy caminando, acabando mi taco por Cuba.
Entre Salaverry por Cuba me detengo frente al grifo, que sigue allí, que resiste. Ese grifo se resiste a desaparecer, es parte de mi vida, es lo único que no ha desaparecido de Cuba. 
Últimamente recuerdo mucho los lugares a los que iba de niño. Durante un tiempo, en mi adolescencia, iba a jugar Basket a un colegio, generalmente los sábados. Ahora ese colegio es un hostal de puerta oculta que garantiza la comodidad de los amantes. Lo mismo ocurre con un garaje en donde una señora arequipeña vendía los mejores quesos helados, más ricos que los que he probado en Arequipa. Ahora ese localcito es un karaoke.