martes, mayo 03, 2016


464

En la mañana me dirigí al Virrey de Lima. Había quedado en conversar con Carola. Cuando llego, Dio y Dajo me dicen que acababa de salir con José Luis, pero que regresarían en una hora. Me quedé un toque hablando con ellos, inevitable no hablar del partido de ayer entre celestes y cremas. Un partido que debieron ganar los celestes, pero ese gol de Flores, no solo es de otro partido, sino también de otro jugador, suficiente para ganar un torneo local como el Apertura.
Salí un rato, caminé hacia el Puente Trujillo, en el Rímac, en donde visité a los libreros de Quilca ubicados en el Parque de la Integración. No estaban todos, pero me quedé un toque conversando, con los que se encontraban, de los planes culturales que se tendrían que hacer en los siguientes días.
Regresé a la librería y me puse a conversar con Carola, que estaba reorganizando toda la librería. Y la ayudé un poco acomodando algunos libros en los anaqueles. De paso, aproveché en recoger el libro de Celacanto que me faltaba, el poemario de Julia Wong.
Estuve media hora más y me despedí.
Hacía calor, pero no me gustó del todo, pese a que soy fanático del sol de otoño.
En el cruce de Carabaya e Ica, me encuentro con “El caminante”, que cargaba una olla gigante.
No le quise preguntar qué había en esa olla, aunque me lo imaginaba. Ese es “El caminante”, académico, lector, librero y narrador. No le quise quitar más tiempo, pero le pregunté qué es lo que hicieron “Los Zepitas Boys” el viernes, porque pensé que los iba a ver en San Borja.
Quedé sorprendido por lo que me contó. ¿Puede haber tanta coherencia e incoherencia en los “ZB”?
El pasado viernes los “ZB” se reunieron, como siempre, recorrieron las calles del centro a la búsqueda de joyitas librescas en los huecos en donde nadie más, y solo ellos, ingresan. Tuvieron suerte en su cacería de libros, y para celebrar la jornada, se fueron a dar cuenta de un potente choripán que venden en Metro de Alfonso Ugarte. Más de un vez he comido ese choripán y puedo dar fe de su espectacularidad. Compraron cervezas en lata y cada uno repitió el gusto con el choripán. Me los imaginaba al “Niño aguaruna”, “El Caminante”, “Mr. Chela”, “Cachetada nocturna”, “Paganini” y “Mr. Paramonga”, discutiendo de literatura, de sus proyectos narrativos, lo cual está bien, porque son muy buenos lectores, y bastante airados en sus opiniones literarios, a saber, “Chalina suicida” tiembla con el también llamado “Bolaño de Ñaña”, según se mire; y bajo la admiración que les despierta Miguel Gutiérrez, al que consideran el modelo a escritor a seguir, cartografían la narrativa peruana. Los “ZB”, no se vienen con huevadas. Para ellos, Gutiérrez es el “Taita” de la narrativa peruana, así “Reseña Delivery” Aquino diga lo contrario sin haberlo leído. Los “ZB” han leído, releído, estudiado, como pocos, a Gutiérrez, y cada vez que pueden, asisten a cada una de sus charlas, que son contadas. 
“El caminante” me seguía contando de lo buenazo que estaba el choripán, pero no tardé en decirle que mientras ellos estaba deglutiendo choripanes en Alfonso Ugarte, yo me encontraba en una charla de Gutiérrez en San Borja, en la que Dio lo entrevistó. Una charla-entrevista pública que salió de la putamadre. Gutiérrez risueño mezclando pasión libresca con sabrosas anécdotas de su vida en Piura, y rescatando nombres, al menos para mí, que no he leído nada de Pepe Durand.

lunes, mayo 02, 2016

"los niños muertos"

Cuando se nos habla de la narrativa peruana última, se suele decir que atravesamos un buen momento. Por lo general, más de uno, y si es escritor, tanto mejor, opta por callar lo que en verdad piensa y se suma al coro de los campeones, o reyes, de la diplomacia literaria, tan concentrados y enfocados en hacernos creer que somos partícipes de ese ya señalado buen momento. En este juego de máscaras, especie de fiestita de egos sensibles, fiestita de ánimo tenso siempre y cuando no se cuestione ese buen momento, no pocos, por no decir todos, cumplen una función, un libreto a seguir. De no ser así, el escritor, sin importar si eres consagrado o no, se verá en el ostracismo, asumiendo el involuntario rol de resentido ante el avasallador éxito de los reyes de la diplomacia literaria.
Esta fugaz reflexión viene a cuenta de la lectura del último libro del narrador y ensayista peruano Richard Parra, la novela Los niños muertos (Demipage, 2015). Felizmente, esta novela es muchísimo más que esta fugaz reflexión. En primer lugar, nos pone en bandeja a un escritor que en obra ha conseguido una legitimidad literaria que nadie en su sano juicio puede atreverse a cuestionar. Hagamos memoria: Parra es autor del cuentario Contemplación del abismo, de las novelas cortas La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker, y también del ensayo La tiranía del Inca, con el que ganó el Copé de Ensayo 2014. Una breve mirada a su obra de ficción nos manifiesta a un escritor que ha sabido ser honesto con su tema y que ha afinado su estilo en el tránsito de sus publicaciones, que calificaríamos de acero y heredero de una poesía seca que en su brevedad trasmite al punto de lograr la experiencia literaria: incomodar y joder al lector. Es decir, estamos ante un escritor que se ha posicionado como uno de los más atendibles de la narrativa peruana y latinoamericana de los últimos años, teniendo en cuenta que su mejor propaganda ha sido la impresión que despierta su poética y que no es producto del lobbismo literario.
En segundo lugar, lo que importa: la novela que nos reúne, LNM. Novela consagratoria para su autor y que se ubica desde ya como la mejor novela peruana del 2015. Sé que esta impresión puede ser antojadiza, sabiendo que aún faltan muchos meses por delante para acabar el año, pero la verdad es que la valla que deja LNM es demasiado alta. Si buscamos una palabra para definirla, una palabra que nos brinde una idea general, como puerta de acceso, esa palabra es violencia. Violencia que se respira en cada una de sus páginas, tema en alto relieve también presente en los demás libros de ficción de Parra, pero que en esta ocasión se pone a prueba en una historia compleja que dialoga entre un presente signado por el contexto convulsionado de la década del ochenta y el contexto de un pueblo de la sierra quince años antes. La barriada de Lima y el pueblo de adobe de Celendín. Un niño llamado Daniel descubre el mundo de la peor manera, por medio de heridas emocionales que nunca van a cicatrizar, es parte de la pobreza, la desconfianza de los seres cercanos a él, su ingenuidad infantil es trastocada paulatinamente, y no es para menos, él parece ser la única sensibilidad pura en un ambiente en el que hay espacio para todo, menos para la inocencia. Parra no solo se vale de un estilo cortante, sino también hace uso de una técnica deudora del montaje cinematográfico. Mediante este montaje narrativo somos receptores de inagotables chorros de violencia, que nos muestran el hastío y violencia ochentera como la violencia y miseria de tres lustros atrás, en un diálogo permanente en el que no hay espacio para la búsqueda de justicia, sino para la supervivencia. Esta es la única manera en que pudo contarse LNM. Mostrando, describiendo, ajeno a toda sentencia y afán de denuncia discursivo, porque la sentencia y la denuncia están presentes en precisamente lo que nos ofrece la pesada atmósfera de estas páginas.
Hablamos pues de una novela política. De una novela que denuncia. De una novela violenta en todo el sentido de la palabra. De una novela de genuina calidad literaria que habría que celebrar y que merece todas las reseñas positivas que viene recibiendo. Hay pues una ideología, la del autor, con la que no sintonizo, pero que reconozco para bien debido a su silencio, o sea, lejana del panfleto, y que como tal, presente en ausencia, nutre la atmósfera narrativa. Para lograrlo, para llevarla a buen puerto, es menester exhibir oficio. Por otro lado, LNM abre el panorama de lo que viene escribiéndose últimamente en nuestro país, pone un orden, jerarquiza la fuerza de la tradición realista peruana, últimamente tan atacada y ninguneada, o vista por encima del hombro, por cultores de otros registros a los que conviene blanquearla con la ayuda de reseñistas que cumplen la noble función del guaripolerismo. Pero este panorama no solo se limita a los nuevos registros (que de nuevos no tienen nada, la verdad), también es un llamado de atención al abuso temático que se ha estado ejerciendo sobre la violencia política, tópico por demás delicado, del que se ha “lucrado” como moda y del que se han beneficiado incluso los menos talentosos. LNM nos brinda la oportunidad de observar en serio la realidad inmediata, como también la realidad histórica, en su violencia emocional y cotidiana, rescatando ese verbo oral que hiere, verbo protagónico en esta novela, verbo de la rutina que viene siendo descuidado en nuestra narrativa actual, pasando por alto su enorme riqueza. 
LNM es también una radiografía de la poética de Parra. Una poética que supo ser honesta y coherente consigo misma, que resistió desde su inicio y que ahora brinda frutos que agradecemos los lectores de buenas ficciones.  Necesitamos más narradores como Parra, no necesariamente para que se escriba de violencia, sino para que se escriba del tema que sea, en el registro que se ajuste a la voz del autor, pero eso sí, con sangre, venas y nervio.

domingo, mayo 01, 2016

463

Domingo de sol. 2 de mayo. Día del trabajador.
Salgo a hacer las compras para el desayuno y veo a muchísima gente trabajando, desde el pata que vende espectaculares tamales de pollo y chancho, hasta la señora que desde hace más de treinta años despacha chicharrón con camote frito.
A diferencia del verano, disfruto del sol de otoño. El brillo del sol en la pista convierte a esta en una de ballet. Me detengo frente al quiosco y compro, aparte de los diarios de siempre, un par de diarios deportivos, porque anoche ganó Alianza, pero no los compro por eso, sino porque me gustaría leer qué dicen los llamados especialistas de Mosquera.
El equipo juega a nada.
Mosquera ha tenido el tiempo suficiente para plasmar aunque sea la noción de un estilo de juego. Es un pecho frío.
Lo que me molesta de la vida es toparme con gente pecho frío, sin temperamento, alucinados de conformismo. Se deduce pues que trato de abrirme de este tipo de personas y más de una vez lo he hecho con mucha pena, sabiendo que entre tanto pecho frío hay muy buenas personas, seres humanos redondos a los que puedes recurrir cuando necesites ser escuchado, pero la modorra, el conformismo, son peligrosas plagas que se pegan en uno, y sin darte cuenta te conviertes en un pecho frío.
Que me digan de todo, menos pecho frío.
Una señora vende jugo de naranja en una carretilla. Me acerco y pido un jugo de naranja. Observo a la gente, y ubico a más de uno, pero no me saludan, quizá se preguntaran si soy el que soy, a qué se debe que mi rostro no de visos de arrugas y surcos, porque si algo he notado, es el peso de la vida en muchos de ellos. 
Se supone que ya debo regresar a casa, pero me quedo caminando un rato más. Disfruto del sol del otoño, del único sol que puedo disfrutar.

sábado, abril 30, 2016

462

Ocho de la mañana.
Pongo una película en la lectora de DVD. Una película de la que no recuerdo mucho, solo sé que es la última película de Alfred Hitchcock.
Family Plot.
No es una obra maestra, hasta podría decir que tiene más de un defecto narrativo, pero lo que nadie que me quitará de la cabeza es que el inglés era una genuina máquina de narrar y aquí una muestra más de esta certeza. Fácil una película como esta nos podría ayudar a comprender el porqué de la crisis narrativa del cine actual, que ha descuidado tanto el sentido de la narración, ese respeto que se debe tener por la fuerza troncal del argumento, de esa trama que sucumbe a otra clase de interés que no necesariamente son los cinematográficos.
Y claro, pienso en Hitchcock, ajá, un director muy popular, al nivel, y en caso más, que los nombres actuales.
Termino la película y me preparo una taza de café.
Cojo el celular y reviso mis mensajes de texto, Inboxs y mails. No hay algo que llame mi atención, todo corre por su cuenta, pero un Inbox de último momento, de esos inevitables, aparece en la pantalla. Es un Inbox de “Mr. Chela”, que me comunica que varias editoriales se han puesto en contacto con él por el revuelo que viene causando entre los lectores su novela inédita. Tenía una inquietud, esta: si debía cambiar el título original por el de El arcoíris de la ebriedad. En lo personal, creo que es un error optar por ese título, le dije. Y él también me dijo lo mismo, que los siete sellos le han pedido que no haga cambie el título, que quede con el primer título, o sea, Buenos criollos.
Me despido de “Mr. Chela”.
Le pongo la correa a Onur y salimos a comprar los diarios.
Antes de comprar los tres diarios de los sábados, me detengo a ver las portadas de los otros diarios. Cada portada más espantosa que la otra, ni hablar de la redacción que condimenta a cada portada. Onur también se siente espantado, pero no niego que lo me jode más no es el espanto de las portadas, sino el avance de La rata naranja. 
Sin duda, se vienen días y semanas de harta lucha. Y pensar que había gente ilusa y sin criterio político que juraba que Verónika Mendoza podía derrotar a la hija del dictador. 

miércoles, abril 27, 2016


martes, abril 26, 2016

461

Después de algunos días desconectado y felizmente alejado de los inevitables trabajos, regreso este martes, día de (mismo) sol radiante y  tibio.
La pasé leyendo algunos libros de ensayo, cuyos tópicos imagino que me ayudarán en la investigación que estoy haciendo para un ensayo que me está saliendo más largo de lo que pensaba. Siempre hago lo mismo cada vez que me encuentro escribiendo un ensayo, largos como este, es decir, voy a la busca de fuentes que refuten lo que pienso decir, no para acomodar mi versión, como no pocos hacen, sino para reforzarla como argumento, de paso, también me sirven de acicate al estilo, que en mi caso, va unido a mi estado de ánimo.
Pero este martes de sol generoso, se me anuncia algo adrenalínico. Abro los archivos que debo acabar y mis dedos se desplazan por el teclado como si recorrieran una piel tersa o una pista de ballet sobre hielo. El apuro es atendible, porque mi deseo es ver la semifinal de la Champions sin nada más que hacer durante una hora o el tiempo que dure el Real Madrid con el City. Antes, me dispongo a almorzar. Han hecho pescado al horno, con vegetales y papas cocidas.
Buenazo.
Luego de almorzar, me dispongo a alistarme para ver el partido. Apago el celular, que últimamente viene sonando más de lo acostumbrado. Luego del partido leeré la novela inédita de “Mr. Chela”, Buenos criollos, aunque vengo pensando en que también serviría el título El arcoíris de la ebriedad. En fin, eso lo dejo para después. “Bolaño de Ñaña”, “Cachetada nocturna”, “El caminante” y “Dante Kid” están muy entusiasmados con ella, juran (y rejuran) que es lo más contundente desde la publicación de Bajo el volcán. Sé que los zepitas a veces exageran, pero confío en su capacidad de lectura.  
El partido no fue el que me esperaba, pero todo indica que el Madrid llega a la final. Al rato, me pongo a buscar en Youtube los goles de Johan Neeskens, principalmente los de su etapa en el Barcelona. Jugadorazo, que desde hace unos días se encuentra en Perú, recorriendo ciudades del interior capacitando a entrenadores de menores. La prensa ha informado lo suficiente de él, pero me extraña que algunos jugadores del 70, a excepción de Sotil, no digan nada del paso del colorado. Para muchos de ellos, al menos es lo que sabemos de la boca de Miflin, fue Neeskens quien imposibilitó la continuidad de Sotil con los azulgranas, pero ese silencio de nuestros peloteros setenteros y ochenteros quizá se deba a esa broncaza con el Cosmos, en un partido amistoso en el que corrió harta patada y no poco puñete, broncaza iniciada por el holandés, que recibió un puñetón solapa de Cueto.

lunes, abril 25, 2016

"tres crímenes rituales"

Hay dos clases de narradores: los que apuestan por la brevedad y los que solo se justifican en la abundancia de títulos, a los que también podemos llamar prolíficos. Por lo general, y aunque no se haya escrito como se debiera de ello, el primer bloque de narradores está conformado por aquellas voces que privilegian ante todo la belleza verbal, entendida esta en su concepto más amplio, y cuidándonos de no ser presas de demagogias, ya que se supone que todo narrador debe apostar por la buena escritura, pero la buena escritura no necesariamente es experiencia literaria, sino mandato mínimo/esencial de todo aquel que se considere escritor como tal.
Cuando nos referimos al concepto más amplio de la escritura, nos enfocamos en la palabra como la verdadera protagonista del proyecto narrativo, al punto que el tópico que lo conduce no es más que un mero pretexto, al menos un sendero, por el que transita la fuerza y magia verbal. A la fecha, no hay mucho que discutir sobre el exponente mayor de esta vertiente: Flaubert. En la otra orilla tenemos a los narradores de asunto, a los bien llamados hijos de Dumas, para quienes el lenguaje es solo un eje funcional. En este segundo grupo se ubican los narradores que exhiben una producción por demás rica en número de títulos, además, y es justo sentenciar: esta vertiente ha permitido el desarrollo de géneros, a saber, como el policial y la ciencia ficción; por otra parte, su influencia ha resultado capital en la potencialidad de un registro como el periodístico, elevándolo a la categoría de género literario.
Se deduce pues que en ambos bandos encontramos no menos que grandes aportes, o mejor dicho, obras maestras que pertenecen al Siglo de la Novela, el XIX, siglo novelístico que ha cimentado la narrativa en el XX y que ingresa a este nuevo siglo con aparentes aires de renovación, aires que son toda una mentira de la empresa editorial y asumida como tal por los escritores a quienes benefician los supuestos nuevos registros, manifestando la actitud en una conmovedora postura nutrida de ignorancia. De este fenómeno, nos ocuparemos en otra ocasión.
Podríamos pensar que entre ambas orillas no existiera una confluencia. Si bien es cierto que la tradición nos indica que no siempre se puede ser un virtuoso del verbo y a la vez un hacedor de títulos a granel, es bueno y gratificante señalar las diferencias, que por contadas que sean, no son menos que atendibles; esa búsqueda en las diferencia nos ofrece la posibilidad de conocer y acercarnos a autores que han llevado a buen puerto la confluencia entre los rizos del verbo y la explotación/exploración temática. En otras palabras, un digno hijo de Flaubert y Dumas en el ejercicio de la escritura.
Como lectores, habría que sentirnos satisfechos con obras como las del francés Marcel Jouhandeau (1888 – 1979).
Verbo y tema. Oído y mirada. Demonios y actitud narrativa. Eso es lo que podemos pensar de este autor que en vida publicó ciento treinta libros. Así, no hay que quemar mucho cerebro: estamos ante una de las poéticas más productivas del siglo pasado. En su propuesta cabían en dosis plasmadas en justa balanza, el protagonismo del verbo y el tópico que yacía en un ineludible espíritu crítico. Verbo y actitud narrativa que descansaban en una patente declaración de principios que exhibía por la digresión, la cual le permitía poner en el tapete lo que sobrevivirá de la casa Jouhandeau: la reflexión discursiva. Reflexión discursiva admirada por plumas de la talla de Gide y Sartre.
No es para menos, este sello de la casa se hace presente en novelas, cuentarios, artículos, crónicas y estampas. No había género que no le llamara la atención. El autor se inmiscuía en ellos con la curiosidad que le despertaba su alma partida. Ocurre que Jouhandeau era eso: una sensibilidad partida, reprimida, que abrazó el catolicismo desde muy joven para luchar contra sus pulsiones carnales, que lo llevó a tener una vida por demás errante en lo emocional. O sea, y dejando de lado datos biográficos, hablamos de un autor con la suficiente oscuridad en el alma, con la que pudo escribir de lo en verdad le venía en gana.
La crónica y el articulismo llamaron su atención. No era un cazador de sucesos. Más bien, era un observador de la realidad, los detalles de los sucesos avivaban su curiosidad, el comportamiento humano, las incoherencias que encerraba, su diabólica puesta en escena. Por este motivo, no dudó en escribir de los tres de los crímenes más horrendos que acaecieron en Francia, en 1954, 1956 y 1957. Crímenes que ya habían sido abordados por reconocidas voces, como Marguerite Duras.
Bajo los títulos de “Los amantes de Vendome”, “El proceso Évenou- Deschamps” y “El crimen del cura de Uruffe”, reunidos en Tres crímenes rituales (Impedimenta, 2014), accedemos a la esencia de la poética de este tremendo narrador francés. 
La presente publicación es toda una puerta de entrada a su poética, una garantía a lo mejor de su fuerza narrativa. Jouhandeau coge al toro por las astas. Se sumerge en las razones, en la pasión retorcida de sus protagonistas y nos brinda su versión de lo que motivó a Denise Labbé a matar a su hija por hacerle caso a su novio, un sujeto llamado Jacques Algarron, quizá uno de los más grandes manipuladores de los que tengamos idea; nos brinda un repaso sobre el crimen del doctor Yves Évenou, personaje siniestro dado a las orgias, que con tal de saciar su placer, usa a la hija de un paciente suyo, Simone Deschamps, que asesina a su esposa Marie-Claire; y el texto más extenso, en el que Jouhandeau prácticamente se luce, el que nos topamos con un cura del pueblo llamado Uruffe. Guy Desnoyers es un cura que se ha dedicado a embarazar a muchachas adolescentes. Una de sus víctimas, Michelle Léonard, de quince años, no solo queda embarazada, sino que la instiga a dar en adopción a su bebé que tendrá en la clandestinidad. Lo mismo con Régine Fays. El autor se centra en la figura de Desnoyers, barajando más de una hipótesis que iluminen las razones que no solo lo llevaron a matar a Fays, sino también al niño que terminó sacándolo del vientre gestante de ocho meses, acuchillándolo y desfigurándolo. Desnoyers es todo un personaje retorcido que al igual que los demás personajes de estas tres historias, no conciben sus hechos sin el amparo de un ritual que los aleje del mero acto homicida. En cada uno de ellos es patente una suerte de un tácito acto malévolo que los trascienda, que los justifique ante los demás y de ello, como solo los cirujanos del alma saben, se encarga Jouhandeau.

sábado, abril 23, 2016

influencias / conceptos

Lamentamos la muerte de David Bowie el pasado 10 de enero. Sin duda, el inglés fue uno de los artistas más polifacéticos de nuestro tiempo, a las pruebas nos remitimos, y basta una mirada somera a su obra para darnos cuenta de que nos podríamos quedar muy cortos al tratar de calificarlo. Es que eso era Bowie, un camaleón del arte, una serpiente que mudaba de piel cuando asimilaba un nuevo discurso creativo, sin importarle el “divorcio” que pudiera existir en las parcelas artísticas que incursionaba. Ese era su detalle, pasar por alto el “divorcio” para enfocarse en la integración de los canales expresivos que le interesaban. Obviamente, la mayoría nos quedaremos por siempre con el Bowie músico, ese Bowie que fue cambiando de estilos e imagen a lo largo de poco más de cuatro décadas, ese Bowie que se convirtió en la luz y sombra de generaciones de jóvenes que no encontraban su lugar en el mundo y que gracias a su música pudo encontrarse, o por lo menos saber cuál era su lugar en el mundo, sabiendo que (tan) solos no estaban, pues había alguien que les cantaba y no necesariamente en canales encriptados, sino que lo hacía abiertamente, muy ajeno a la pertenencia de gueto alguno de conocedores.
Tampoco pasemos por alto su grado de influencia.
En este punto hay que ser justos. Y por más exagerada que parezca la exageración, una verdad se impone a cuenta de los hechos: no podríamos entender la música rock/pop de hoy y sus inevitables variantes sino observamos con detenimiento su magisterio.
Así es, el magisterio Bowie.
A saber, uno de tantos: sin esta escuela ni el punk rock, ni el post-punk, no tendrían uno de sus álbumes emblemas, hasta carecerían de semilla. El álbum, de esos capaces de cimentar convicciones, sin cuya existencia otra sería la historia del pr y el pp, sin duda. Nos referimos a The Idiot de Iggy Pop. Maravilla de álbum en la que Bowie sí tuvo injerencia capital. No especularemos en los grados de hechura, en si es más Bowie o más Pop, pero basta apreciar el álbum no solo en sus nuevos aires no escuchados antes en Iggy, como en las letras de los temas que nos transmiten otra sensación no ubicada antes en la poética del frenético cantante.
Bowie generó muchos hijos musicales.
Pero Bowie no solo era música.
Bowie era un crisol de creación en sí mismo. Más una actitud. Es decir, una consecuencia.
De sus hijos musicales, quizá el más parricida: Prince, que acaba de fallecer hace algunas horas.
No deja de llamar nuestra atención que dos de los músicos en los que no solo veíamos/admirábamos un tácito talento, sino una actitud coherente, nos hayan dejado en tan pocos meses, en el mismo 2016, que para no pocos ya se nos antoja de fatídico.
Prince fue un parricida musical. Bowie no solo fue el único en su parcela de influencias. El norteamericano se nutrió de todos los géneros musicales con los que creció, pensemos en el rock, el jazz, el blues, el folk y la música de cámara. Si tuviéramos que calificar la poética de Prince, esta sería la misma del inglés: la integración.
El autor de “Purple Rain” agotaba hasta secar cada uno de estos géneros musicales asimilados en la infancia y adolescencia, los agotaba para luego crear una música que hacía gala de su sello en alto relieve. Prince sonaba a todo, pero especialmente sonaba a Prince. A esto sumemos su destreza natural para ejecutar los instrumentos musicales. No por nada, era considerado como uno de los mayores instrumentistas de todos los tiempos. Hasta su fisonomía era la adecuada, entre plástica y tiesa, por ello, los instrumentos no eran más que una extensión de su cuerpo.
Pudo hacer una carrera mucho más comercial de la que fue. Pudo ser el músico-icono con lo que más de uno sueña ser, pero no. Prince hizo llorar y bailar a muchísimos de sus seguidores, mas nunca por los senderos del facilismo. Sus temas eran Hits sin ser Hits, se convertían en algo más, ligados a una transmisión/sensación que recorría por la sangre hasta arribar a la mente, o sea, una mágica trascendencia que solo percibimos en los que nacieron para quedar, y vaya que Prince quedó, convirtiéndose en una leyenda viva.
Si un lazo comparten Bowie y Prince, aparte de la actitud, aparte de no haber hipotecado su arte y música en la industria, hipoteca de la que no se ha salvado ni el más purista, esa ligadura es una sola: el concepto de sus influencias. 
Bowie y Prince. Ajá: esponjas que lo absorbieron absolutamente todo. Carnívoros y salvajes de la estética musical que supieron forjar conceptos que los podemos hallar en cada una de sus producciones. No solo encontrábamos en ellas fuerza y nervio, sino ante todo un canal que las justificaba y sobrevivía. Por eso, sus flujos creativos eran espaciados, se tomaban su tiempo, tanto para encontrar la tonalidad y armonía, la fuerza cuasi ventral de sus letras, pero sobre todo ese tiempo era invertido en forjar y reforzar un concepto, sea musical, o en todo caso, un concepto a manera de manifiesto, es decir, una declaración de principios que solo los genuinos creadores se pueden permitir para diferenciarse con la coherencia que requiere una postura política, por ello moral.



Publicado en Blog Sur

460

El sueño sin sueño. Despierto despejado, aunque en mi cabeza aún siento algo de cosquilleo, de esos que adormecen, presentes en las mañanas, tan característicos; la prueba, testimonio, de que la pasaste bien en la noche. En mi caso, fue así, la pasé bien con mis amigos libreros de Quilca, que ahora tendrán un espacio en donde puedan trabajar. Se ha avanzado un poco y se seguirá avanzando, pero lo de anoche fue una suerte de logro importante, de esos que animan a que se sigan haciendo las cosas sin la ayuda de las entidades del estado, que ya sabemos muy bien cuánto les importa la cultura.
Ahora todo dependerá de los heroicos libreros quilquenses que estuvieron en estos últimos meses rescatando un parque que se suponía tenía que ser un parque, en medio del sol y bregando contra los inevitables trámites burocráticos, que a más de uno desanimaría. Pero no, estos libreros no se desanimaron y en ello sí es menester reconocer su compromiso con el comercio de un producto tan noble como el libro.
Llegué al Parque de la Integración cerca de las 5 de la tarde. Minutos antes había estado conversando con Juan, de Páginas de Espuma, en El Virrey de Lima. Mientras me dirigía a la inauguración, llamaba a Milagros, directora de La Casa de la Literatura, para saber si ya se dirigía a la inauguración, puesto que ella era la madrina de los libreros quilquenses.
Más allá de los apuros naturales y espontaneidades que generan las inauguraciones, condimentadas en peruanidad, la inauguración no pudo salir mejor, con un concierto de cierre a cargo de Los Mojarras, con libreros, lectores, amigos y sapos cantando, moviéndose y brindando por la cultura, o por lo que les diera la gana de celebrar. 
Cuando me estaba retirando, recibí la llamada de “Mr. Chela”, que ya estaba en lo suyo y dirigiéndose a la inauguración que acababa de terminar. No le dije que la inauguración había terminado, mas bien, lo animé a que vaya porque la cosa recién comenzaba. Lo que parecía una conversa fugaz, amenazó con extenderse, aunque para bien, ya que “Mr. Chela” le puso punto final a una novela corta, de esto hace tres semanas, novela de la que según algunos escritores que ya la leyeron, le dijeron que estaba muy bien. El pata estaba contento, satisfecho en todo. Y sí, “Mr Chela” tiene talento, solo que a veces se tuerce en una oscura festividad etílica. Le pregunté por el título de su novela. Imaginaba pues un título a lo Lowry, Hemingway, pero no, el título me dejó pensando, y para pensar mejor, no dudé en cortar la llamada ni bien lo escuché, ajá, sí, Buenos criollos.

viernes, abril 22, 2016


jueves, abril 21, 2016

459

Me despierto y prendo la radio. Creo que han pasado meses que no la prendo. Lo primero, y para bien, que escucho es una clásica canción de Roy Orbison, “You Got It”, que suena ideal para esta mañana de también de luminoso y tibio sol.
Me espera un día relativamente largo.
Desayuno. Café, jugo de naranja y salchicha huachana.
El olor de la salchicha seduce a Onur, que se pone a mis pies, ofreciéndome una de sus miradas más tiernas, pero no, no le hago caso, mi falso pequinés es todo un manipulador y destructor de calzados, aunque algo se ablanda mi corazón en los últimos bocados, porque son tres panes con salchicha huachana que vengo devorando.
Me dirijo a mi cuarto y respondo algunos mails, mensajes de texto e Inboxs. Nada del otro mundo. A saber, “Bolaño de Ñaña”, ex “PB” (“Pequeña bestia”) me dice para ir el sábado a un festival gastronómico en el Peruano Japonés, pero le digo que paso, porque llevo esperando con ansias la frejolada que organizará “El caminante”. Si algo puedo decir de “El caminante”, aparte de letraherido irredento, es que con pujanza se ha convertido en un excelente frejolero, al punto que si pone un guarique, la rompería, mereciendo la atención incluso de Anthony Bourdain. El secreto: las lonjas de chancho en los frejoles, que potencian el potaje de este nuevo valor de la comilona nacional.
Tomo un duchazo y me alisto para ir a la peluquería, los cabellos de los costados me están fastidiando en las orejas, lo cual se me hace insoportable no solo cuando escribo, sino en especial cuando leo. Pero antes, contesto un par de llamadas, que asumiremos de importantes, pero que en realidad lo son, porque tratan de la inauguración que mañana se hará en el Rímac con un grupo de 17 libreros de Quilca. Si algo puedo decir de estos libreros, es que se han sacado la mierda en estos meses de sol y de tan salvajes trámites burocráticos. Los apoyo, y no por la confianza que me siguen teniendo, sino por el solo hecho de que siempre me voy a considerar un librero de Quilca.
He dejado el mundo librero y lo que siempre recordaré de esa experiencia es que durante cinco años hice de esa calle de excesos y bohemia mi vida, una vida diaria que a diferencia de antes no estaba suscrita a los encuentros e interminables conversas en sus veredas y bares. No, Quilca fue una suerte de segundo hogar en la que pude conocer a gente perdurable. Una calle que hoy corre el riesgo de perderse tras la salida de su emblemático Boulevard, hecho que ha motivado el regreso de los ladrones y maleantes que ahora asaltan a plena luz del día, convirtiéndola en insegura. Pues bien, esos libreros del Boulevard, que ahora estarán en el Rímac, no solo rescataron una calle en lo comercial, sino que, lo más importante, rescataron una tradición literaria y cultural, que podría desaparecer gracias al afán comercial de Cipriani que no ha dudado en aliarse con traficantes de terrenos.
Antes de salir a que me corten el cabello, cierro las coordinaciones de la inauguración de mañana. 
Y para variar: “Bolaño de Ñaña” me escribe, insiste en que vaya el sábado al festival gastronómico del Peruano Japonés. Mi respuesta es no, la razón, obvia: la frejolada que organizará “El caminante”, para ello me preparo.

miércoles, abril 20, 2016

legado

Después de varias semanas vuelvo al último álbum de David Bowie, Blackstar.
Sentía una suerte de llamado, quizá debido a que mi despedida de Ziggy no había sido del todo justa, puesto que el apuro y mezquindad me impidieron agradecerle lo mucho que en lo personal su música hizo por uno, a saber, salvarnos de uno mismo, detalle con lo que nos sobraría y bastaría si es que nos conformamos con las cosas sencillas de la vida.
No importa, sean cuales sean los motivos, lo que sé, es que volver a este álbum, escucharlo sin la bulla, sentida o posera de su partida, es lo mejor que a uno le puede pasar en esta día de luminoso y tibio sol. Varios temas se convierten en mantras y la sensación de peligro se pone al acecho, ya que se es testigo de un DB atomizado, en un furioso estado de gracia, cuyos temas son un viaje lisérgico por toda su producción. Claro, el hombre sabía que se iba y no podía sucumbir a los malestares de la enfermedad, había que dejar algo, él era Bowie, una generación, una postura ante la vida, no era uno más en ese río que arrastra a los hacedores de hits. 
Eso es Blackstar, el testimonio/legado de un artista que se supo grande pero que jamás pecó de idiota, ni de frívolo. DB era un hombre entregado a los multiconceptos, de allí el universo rico y de raíces fuertes que sostenían sus álbumes (del mismo modo sus incursiones en otras parcelas de la creación), que nos podían gustar o no, esa no es la discusión, lo que nadie puede negar y no dejar de reconocer, es el mundo abierto y a la vez cerrado de la postura de DB como creador, una postura no solo ligada a la experiencia estética, sino que se justificaba en una coherencia en la vida como tal. Este álbum no solo nos entrega a un artista que se despide por la puerta grande, sino es también un testimonio político de vida asumida y llevada a su justificación en sí misma.

martes, abril 19, 2016

458

Me conecto algo tarde. Algunas sensaciones se presentan en esta tarde de sol luminoso, tibio, que ingresa a mi cuarto tiñéndolo de amarillo. Me gusta esa suerte de tibieza uterina, pues no es un sol que quema, sino que abriga. El sueño es una tentación, porque no he podido dormir bien durante la madrugada, a causa de los ladridos de Onur, pero no importa, no me quejo de los conciertos sinfónicos de los perros del barrio.
Prendo la portátil, la ubicada en la sala. Mientras enciende me sirvo jugo de naranja y café. No hay nadie en la casa, mis padres han salido y han dejado una nota que llegarán tarde. La razón: un tío, ya muy mayor, acaba de fallecer. Este tío era policía, un hombre recto, según lo que me contaba mi padre.
A mis pies, Onur. Mirándolo de arriba, Onur parece un murciélago, el falso pekinés levanta la mirada, porque su instinto le dice que estoy comiendo, cuando lo que en verdad hago es tomar café y jugo de naranja. Lo miro y juego con sus expectativas. Ingreso a las cuentas que debo ingresar.
No deja de sorprenderme la superioridad moral de la gente del FA.
Me preocupa que La rata naranja aventaje a PPK en la encuesta de CPI. Y me preocupa doblemente la estrechez de nuestra maravillosa izquierda peruana y de toda la posería que la conforma, salvo excepciones, porque en ella también hombres y mujeres coherentes, pero estos son los más silenciosos y a la vez los más autocríticos con la realidad de esta izquierda acostumbrada a apoyar a cualquier adefesio que les signifique una oportunidad de llegar al poder.
No pocos ponen el grito en el silencio por el editorial del Comercio, en donde se le pide a Mendoza que despeje las dudas sobre su relación con el chavismo. Eso, Vero, te desmarcas y verás cómo dejan de joderte, sugerencia que también debería ser hecha por su círculo más cercano. Lo de las agendas de su ex íntima amiga Nadine, tienen solución. Pero lo otro, ante un asunto tan delicado sobre los presos políticos venezolanos a los que calificó de golpistas, sí merecen un despeje de dudas. 
Me salgo de la alharaca virtual y me concentro en el cuento inédito de “Jeremy”, quizá lo mejor que ha escrito, aunque no quiero caer en la jugarreta de decir que es superior a los relatos publicados de otros escritores, sean generacionales o no. Siempre he sido de la idea que los textos de ficción deben ser sometidos a escrutinio una vez que salgan publicados, solo así se podría hablar con base, lo demás, como he visto por allí en un post de un pata influyente y dueño de un aparato crítico que más parece un grupete de guaripoleras, es solo purita demagogia.

lunes, abril 18, 2016

"el niño terrible y la escritora maldita"

De los autores peruanos que han sabido mantener una trayectoria narrativa signada por la constancia, el nombre de Jaime Bayly es a la fecha uno de sus más conocidos representantes. Cuando nos referimos a su poética, muchas impresiones vienen a la mente no solo de lectores, sino también del gran público, debido a su faceta como polémico hombre de televisión.
Por ello, se hace necesario marcar territorio cuando hablamos del Bayly escritor y del Bayly figura mediática. No pocas veces ambas parcelas se mezclan en una suerte de viaje lisérgico, deviniendo en juicios de valor por demás injustos, muchos de ellos pautados por la exageración y, muy en especial, el prejuicio.
No lo vamos a negar. Bayly ha sabido vender como pocos sus libros, haciendo uso de su llegada en medios, poniendo en el tapete de la discusión pública su vida personal, frivolizando incluso el curso de su obra, que mirada como tal y que sin esta ayuda/empujón de propaganda, bien puede valerse por sí sola. En su producción encontramos títulos no solo llamados a abrirse paso como muy buenas novelas, sino que bien pueden tentar una trascendencia en las siguientes generaciones, pensemos en No se lo digas a nadie, La noche es virgen, Yo amo a mi mami y Los últimos días de La Prensa.
Claro, nos referimos también a un autor prolífico, dueño de más de quince títulos, en los que ha imperado la novela como género conductor. Con tantos libros es (casi) imposible mantener una media de calidad literaria, que vimos sucumbir en la trilogía Morirás mañana y también en su incursión en la poesía con precisamente Aquí no hay poesía.
Visto en frío, estamos ante una poética que se nutre de la vida misma de su hacedor. Bayly no es el primero ni el último que siga ese curso. La tradición narrativa del Siglo XX ha sido generosa en autores que han optado por el sendero de la autorreferencialidad, pensemos, por ejemplo, en el norteamericano Henry Miller y en sus no pocos epígonos que han tomado por asalto la narrativa actual.
Lo que diferencia a Bayly de otros narradores contemporáneos que han escogido la autorreferencialidad como tópico, no solo yace en el poder de su tersura narrativa, que satisface tanto a los lectores omnívoros como a los lectores ocasionales. Es decir, Bayly hace fácil lo que parece difícil, logra conectar con el lector sin depender de los tópicos que las casas editoriales usan como cebo para captar a más lectores. Pues bien, lo cierto es que sus tópicos no serían nada sin la tersura de esa prosa por la que se canaliza lo mejor que exhibe Bayly, y que exhibe desde siempre y con mayor razón en estos tiempos en los que imperan la solemnidad y el aburrimiento como garantes de la calidad literaria: el humor.
Principalmente el humor, como también la ternura. Aspectos que nos permiten especular sobre una influencia literaria, mayor y a la vez silente, que podríamos ubicar en los terrenos de la narrativa de Alfredo Bryce, si es que cartografiamos la obra de Bayly en la tradición narrativa peruana. Pues bien, humor y ternura es lo que encontramos en su última novela El niño terrible y la escritora maldita (Ediciones B, 2016).
Nos enfrentamos a una novela que nos acerca a un Bayly sacudido de la furia de sus últimas entregas. Ahora, es cierto que  en esta novela encontramos no poca furia, mas esta furia se diferencia de la anterior a cuenta del estado de gracia por la que transita su escritura, una escritura que nos acerca a la mejor versión de Bayly (ver líneas arriba), en la que nos topamos con su alter ego, Jaime Baylys, un famoso presentador televisivo y escritor no menos famoso que se ve enfrentado con su familia a razón del romance que emprende con Lucía Santamaría, una joven que bien podría ser su hija y que sueña con convertirse en escritora.
Más allá de los lazos existentes con la realidad, la novela se abre paso de esta ligadura, erigiéndose como una historia por demás independiente y, hay que decirlo, muy divertida, pese a algunas repeticiones argumentativas y cierto abuso en el uso de las columnas periodísticas insertadas en la novela. Si bien es cierto que El niño terrible y la escritora maldita destaca por su fluidez narrativa, ello no nos distrae del saludo al valor del discurso reflexivo que Bayly emplea para Baylys, un discurso que notábamos a cuenta gotas en sus anteriores entregas, pero que en esta ocasión se muestra maduro, premunido de nervio, el cual dota al proyecto de un aliento literario extra y diferente que garantiza, a la postre, que sobreviva a las inevitables promociones editoriales. 
Imposible cerrar este texto sin señalar la mezquindad de la crítica literaria local con la obra de Bayly. Puede o no gustar su obra. Ese no es el problema. El problema es que se silencia a un escritor a cuenta de su figura mediática. La crítica literaria local tiene que leer libros y no personas. Por eso está como está. A saber, a manera de aliciente para desprendernos de sentimientos menores: recordemos lo que dijo Bolaño (antes de ser Bolaño) sobre la obra de Bayly.

457

Fin de semana dedicado a ver por segunda vez todas las temporadas de The House of Cards. Es lo mejor que he podido hacer luego de semanas signadas por el contexto político y sus cantadas mezquindades, aunque pensándolo bien, quizá haya sido contraproducente y recién pueda ver sus estragos en los próximos días. Como sea, me gustó mucho más la serie en esta nueva experiencia. Quedan en mi mente actuaciones redondas y mujeres, sí, mujerones en verdad, que son de temer. Pensemos en Claire Underwood, ¿cómo olvidarla? Para sacarse el sombrero con esta potencial bailarina de ballet.
De cuando en cuando detenía la visión de la serie para avanzar y terminar las novelas que vengo leyendo. De paso le daba un respiro a la lectora de DVD. Gran parte de esta maratón de THC se debe a que el viernes en la noche me compré una nueva lectora. Llevaba dos semanas viendo series y películas en las pantallas de las portátiles, a ese paso iba a matar mi vista, necesitaba pues la distancia de una pantalla normal. El viernes tuve tiempo y pude comprarme la lectora, pero hay un pensamiento/duda que me persigue, y este se debe a que mejor hubiese sido que me compre dos en lugar de una. Cuando se apagaron mis dos lectoras anteriores, lo hicieron con una diferencia de dos días. Todo indica que volveré a comprarme otra lectora. Al igual que las otras, a estas nuevas las voy a exigir al máximo. El ritmo era así y se supone que tiene que seguir sin alterarse: exigencia total a una durante la semana, y luego descanso de también una semana, semana en la que entra a actuar la otra lectora. Así estuve con las lectoras anteriores durante más de diez años. Pero bueno, hay que hacer algo, la modernidad llama, pero siempre llego tarde a la modernidad. Aún no me seduce del todo el Blu Ray, ni muchos adminículos de esta era digital y virtual. Bueno, no me sorprendo, si tarde más de ocho años en cambiar de teléfono móvil… 
Como sea, estas semanas se me antojan llenas de protestas, lo que me parece ideal, aunque ello no nos debe llevar a bajar la guardia, por más respiro que recién nos puedan ofrecer las encuestas, corremos el riesgo de ahuevarnos más de lo que ya estamos. Contra ese ahuevamiento hay que luchar.

sábado, abril 16, 2016


mirada y oportunismo

En cierta ocasión, en una noche de lluvia y guarecidos en el bar Queirolo de Lima, teníamos en una mesa vecina al maestro de la fotografía peruana Carlos “El Chino” Domínguez”.
“El Chino” se encontraba acompañado de otros colegas de oficio, parecía pues una reunión de promoción, reunida con el fin exclusivo de hacer un repaso de aquellos años en los que las fuerzas les permitían salir a las calles para, literalmente, enfrentarse al mundo.
Sabemos de sobra del legado de Domínguez, lo que aún falta por rescatar de su inmenso archivo fotográfico. De este rescate hablaba esa noche de lamento festivo en el Queirolo.
La timidez impidió que nos acercáramos al maestro, aunque sea para saludarlo, pero no demoramos en darnos cuenta de que esa timidez jugaba a nuestro favor, nuestro silencio nos permitía ser parte de esa cátedra que ofrecía a sus amigos, que reforzaban en algarabía los puntos sentenciados por el fotógrafo. En lo que logramos escuchar, no hablaba de técnicas, sino de vocación, aptitud por un oficio en los que vale más la mirada y un mágico sentido de oportunismo.
Pues eso, mirada y un mágico sentido de oportunismo, es lo que necesita un fotógrafo dedicado al periodismo. Además, como para rematar la jornada, “mientras más pequeña sea la cámara, mejor”. Y el maestro tenía razón, con una cámara pequeña se puede ingresar e inmiscuirse en donde sea, cosa que no podría hacer con una cámara como las que se usan hoy hoy, casi del tamaño de quienes la usan.
Este recuerdo nos lleva a averiguar un poco más del maestro, y por qué no, imaginar lo que haría en un contexto electoral como el que se viene experimentando en Perú.
Fijo en las marchas, en donde acaece la noticia. 
Preparado para el cumplimiento no solo de un placer fisiológico, como lo era el disparar con la cámara, sino listo para llevar a cabo un cumplimiento moral, social, testimoniando una época, elevando su poética fotográfica, no solo a los planos estéticos, sino también a la parcela de la perdurabilidad.



Publicado en Blog Sur

viernes, abril 15, 2016

456

Hoy viernes es cumpleaños de mi padre.
En la tarde saldrá con mi mamá a la casa de mi hermano. Hasta ese momento, tengo que agasajarlo como se merece, aunque lo hago siempre, ayudándolo y así vida sea más fácil, porque se lo merece, puesto que es un buen hombre, y con esa cualidad, me basta y sobra, mucho más importante que las otras cualidades que exhibe y que más de uno reconoce en él.
Salí a hacer las compras del desayuno. Con la mano izquierda respondiendo los mensajes del cel y con la derecha cogiendo la correa de Onur. 
Llega un momento en que debo arrastrar al perro. Sé que está lejos el día en que algún perro no tomará en cuenta que Onur solo quiere jugar y lo atacará. Mientras tanto, lo paseo, para que conozca cada uno de los recovecos del barrio. Me vuelto en un extraordinario paseador de perros y entiendo las curiosidades de Onur. 
Regresamos a casa. Onur se dirige a su platón de agua. Bebe durante 5 minutos y con las mismas se dirige donde mi padre, que en su sillón está leyendo los periódicos.

jueves, abril 14, 2016

455

Anoche, mientras regresaba a casa, luego de algunas gestiones inevitables en el Centro de Lima, recordé que era la inauguración del Festival Internacional de Poesía de Lima, en el El Parque de la Exposición.
Pese a que era un poco tarde, igual decidí ir. No perdía nada. Por un instante creí que la inauguración había terminado, pero no. El ruido del tráfico de la noche era interrumpido por ecos suaves, que provenían desde el auditorio del parque.
Mientras caminaba al auditorio, el “Niño aguaruna” me bombardeaba con mensajes de texto, a razón del post de ayer. Estaba molesto porque lo llamé mototaxista ñañense. Y sí, dentro de mí acepté la mezquindad, puesto que si te has comprado un Harley Davidson, no es para que hagas mototaxi, sino para movilizarte y llevar a cabo la revolución, quizá no literaria, pero sí en la carretera central. Ya me lo imagino al también llamado “Jeremy”, practicando caballitos, saltando sobre el río Rímac, mismo Chapulín Colorado, luchando contra la injusticia, a lo “Fonzie”, el “Fonz de Ñaña” o “Ñaña Fonz”, que ya quisieran ser “Chalina”, “Reseña Delivery” Aquino y tanto ser alucinado que anda por allí. 
Llegué al auditorio y me encuentro con el narrador José Dellepiane. Al respecto, no tengo duda: luego de Vargas Llosa, es el único escritor peruano que vive exclusivamente de lo que escribe. Mientras conversaba con él, buscaba en mi memoria un post, quizá de hace un par de años, en el que indiqué la necesidad de riesgo que deben tomar los escritores, una necesidad que sería saludable y así no beneficiar a los impresores mercachifles que aún pululan a la caza de autores inéditos. Claro, la autoedición no es solo ir a una imprenta y mediante Corel transformar tu archivo en Word. Felizmente, desde hace un tiempo se puede acceder a cursos de edición y de esta forma se puede formar una cadena de conocimiento que permita hacer un producto de calidad. José lo ha entendido así y la verdad que le está yendo muy bien. Siempre lo he visto en ferias, interactuando con los lectores, no solo hablando de sus libros, sino literatura en general. Ese es el contacto del autor con los lectores y lo bueno es que más de uno está siguiendo sus pasos.