jueves, junio 30, 2016

486

Jueves que más parece viernes.
Me alisto para salir luego de algunas horas en Barranco, en donde estuve caminando y haciendo algunas inevitables gestiones comerciales. Lo bueno es que en el banco pude leer mientras esperaba el llamado de la ventanilla. En el televisor, se transmitía la lectura en vivo de la sentencia al ex alcalde del Callao Alex Kouri.
Pero antes de llegar al banco, me encontré con Salomón, editor y también miembro de la junta directiva de la CPL. Cuando me crucé con él, me encontraba hablando por el cel con mi mamá y le hice una seña para que me espere. Salomón esperó, cosa que agradezco, porque le quise preguntar por qué la CPL está como está, qué es lo que está pasando, por qué no son conscientes de la pésima imagen que vienen proyectando, que todo este asunto días previos a la FIL resulta contraproducente para los implicados directos e indirectos.
Prendí un Pall Mall rojo y escuché las palabras de Salomón. Y creí en lo que me decía, en su buena voluntad, pero también le señalé la pésima logística que está mostrando la CPL, una logística de información que solo puede ser superada por la de una primeriza junta vecinal. Eso es lo que está fallando: la comunicación. Y los únicos responsables al respecto son las cabezas de la CPL. Otra sería la historia si informaran lo que tienen que informar.
Muy en lo personal me jode escribir de estas cosas, en las que se mezclan los libros y las cuentas. Es cierto: el mundo del libro es un negocio, y por ser precisamente libro hay que saber diferenciarlo de una lavadora, un televisor, un paquete de jabones… Es decir, tener estilo. Nadie está en contra de que se gane dinero con el libro, lo que fastidia es la falta de estilo, el caballazo imperante, sin diálogo ni lazos con los entes que conforman la galaxia del libro. El estilo, la educación, la cultura, son características que diferencian al promotor cultural del más burdo de los comerciantes.
Me despedí de Salomón y confío en lo que hará en las próximas horas.
De regreso en casa, me puse a ver el partido entre Portugal y Polonia por la Euro.
Luego, me conecté a la red.
Saludo a mis hijos, los Zepitas. Respondo algunos mensajes y envío algunos mails. Antes de ponerme manos a la obra con algunos textos, reviso qué ha pasado en el mundillo virtual.
No lo niego, me río de las limitaciones de algunos contactos, y me admiro del arrojo de otros. Creo que ya es hora de escribir del arrojo de estos contactos, arrojo que, lo acepto, me gustaría también exhibir. Arrojo que los lleva a luchar por los otros, que vuelven en acto, verbo, lo que más de uno se refocila en el discurso.
Sin embargo, tocaron la puerta cuando me disponía a escuchar el Stanley Road del genial Paul Weller. Me acerco a la puerta y miro por el visor. Son dos vecinos mayores, parece que discuten. ¿De qué?, me pregunto. En fin, abro la puerta. Buscan a mi papá o mamá. Como no están, pueden hablar conmigo, obvio pues.
Pues bien, ambos vecinos, mayores, son dueños de perritas. Algunas veces los he visto pasear a sus perritas por el parque ubicado a la espalda de mi casa.
Escucho sus consultas y entendí la razón de su discusión.
Quieren que Onur ame a sus perritas y así ellas tengan cachorritos parecidos a mi falso pekinés.
Les digo que mi falso pekinés tiene poco más de un año, cumplió uno el pasado 13 de mayo.
El más canoso me dice que su perrita debe ser la primera, porque él es uno de los vecinos más antiguos. El otro dice que su perrita es más joven… Y este par de Matusalenes se ponen a discutir en mi presencia. 
Bueno, dos perritas, un camino: Onur.

miércoles, junio 29, 2016

485

Un día relativamente extraño.
Dormí cerca de ocho horas, repartidas en tres sesiones de sueño. Recién en la noche, cerca de las once, estabilizarme. Me pongo pues a trabajar en la máquina. Avanzando lo que puedo hasta las cinco de la madrugada, hora en la que decidiré si leo o veo una película hasta las siete de la mañana.
Así es. Mi vida se ha vuelto todo un desorden. El insomnio pasa la factura, pero lo de horas atrás fue una crueldad. Debí ser pues más honesto, no aceptar la reunión al mediodía sino proponerla para la tarde, bien descansado, bien almorzado, libre de ese zumbido en la cabeza, sin el ardor en los ojos, que marcaron mi mañana mientras iba a mi reunión en el centro.
La idea era regresar a casa y meterme al sobre. Pero aproveché en ir a la biblioteca del CC de España, en donde después de tiempo me puse a conversar con Yolanda, que dicho sea, es la persona que ha sido testigo de mi biografía lectora. Hablar de esa biblioteca es hablar de Yolanda, una persona abnegada y consagrada a su vocación de bibliotecaria. Ojalá, es mi deseo, que haya más personas como ella, que amen el universo de la biblioteca como espacio de interacción, discusión e intercambio de ideas y conocimiento.
Me quedé más de media hora viendo los títulos en los anaqueles de la biblioteca. Buscaba un libro de memorias del poeta español Antonio Martínez Sarrión. De paso, el tercer tomo de las memorias de Bob Dylan. Y también algo de poesía. Todo bien en el ambiente de la biblioteca, pero el problema vino al irme, en donde el sol amenazaba con salir, lo que sería fatal para mí porque usaba un blazer informal, pero no, el asunto no llegó a lo que temía, pero tampoco fue del todo un alivio, porque quedó el bochorno. Y por esas cosas extrañas, sentía una pesadez en la cabeza, el sueño que te llama y al que no me niego, entonces, fui tras un taxi, pero antes de levantar el brazo y detener uno, recibo la llamada de mi proveedor de Polvos Azules, que me dijo que tenía listas las setenteras películas gringas que le había pedido hacía no más de diez días.
Fueron segundos de decisión. Podía soportar ese ardor en los ojos y el zumbido en la cabeza, durante veinte minutos, que era el tiempo que en taxi llegaría a casa, pero también pesaba el afán por ver esas películas, y la inminente flojera que me causaba ir otro día (el tráfico sí es una prueba de fuego), entonces, fui donde mi proveedor, sin tener en cuenta lo que siempre tengo en cuenta cada vez que voy a PA: el calor dentro del centro comercial, sin importar el clima que reine en el mundo que lo rodea. En fin, ya estaba allí y había que recoger esas películas, pero al llegar mi pata estaba ocupado con otros clientes y tuve que esperar. Me quité el blazer y pensé también quitarme la cafarena. Después de veinte minutos mi pata pudo atenderme, le pagué y salí con las mismas, en pleno estado etéreo, con mi cuerpo amarihuaneado sin marihuana. El sueño lo tenía bloqueado. Sensación jodida, tener sueño y no poder cerrar los ojos a causa del ardor.
Llegué a casa y no había nadie. Mi madre me dejó una nota. Había salido con una tía. Me puse mi piyama y me metí al sobre, pero los sonidos del teléfono fijo interrumpieron más de una vez el sueño, entonces, desconecté el teléfono. Pero el descanso no duró mucho porque mi hermano llamó, tocando fuerte la puerta trasera. Y nos pusimos a conversar animadamente, más que nada él, porque yo asentía ante la tentación de las inminentes cabeceadas. A la hora llega mi madre y los dejé solos en la sala. 
Volví al sobre. Apagué el celular. Solo así pude dormir, habiendo dejado en retraso muchos textos por cerrar. Cerca de la medianoche, me pongo manos a la obra, sin conectarme a las redes sociales, sin macular mi mente con las bajezas de aquellos escribas que se cagan por el reconocimiento literario del otro, de la otra.

martes, junio 28, 2016


lunes, junio 27, 2016

484

Termino de ver la final y sintonizo Fox Sports.
Por un momento, pienso que los periodistas deportivos argentinos bien podrían ser periodistas peruanos. Hablan igual, desde la frustración y la indignación.
Lo cierto es que al finalizar los 90 de juego, me convencí de que Chile se llevaba la copa. Confianza, garra y solidaridad de equipo. Ajá, lo que no tuvieron los argentinos.
Después, salí un toque por un cuarto de pollo a la leña. La pollería queda a no más de dos cuadras de mi casa. Pensé que iba a ser el único pata en el local, pero no, era uno de los ocho. Total, la pollería no es del todo grande, pero sí es acogedora, al menos la he sentido así las pocas veces que la he frecuentado, tan pocas que ni siquiera recuerdo su nombre. Se acercó el mozo y le pedí el cuarto de pollo a la leña más una Coca Cola personal helada, y después, para bajar la grasa, un anís, que, pensándolo bien, se me ha convertido en una bebida caliente por demás extraña, puesto que no la pedía en muchísimo tiempo, entonces, el antojo del pollo a la leña quedó desplazado por el reencuentro con el anís. Y me puse a pensar en cuándo fue la última vez que tomé anís, en qué circunstancia y lugar y con quién. 2015, descartado, 2014 también, así en ese blanqueo hasta el 2008.
Recuerdo, porque mi memoria es salvaje, tan salvaje que me siento orgulloso de ella, como también temeroso porque me devuelve sensaciones e imágenes que rehúyo, pero que en esta ocasión me remiten a ocho años atrás, a una tarde de julio, en quincena, para variar, en pleno Centro Histórico, en uno de los pocos cafés que aún quedan en el centro. No me refiero a los tradicionales Queirolo, Carbone, Huerfanitos, Domino´s, ni a los que se ubican en Caraballa, en los que se venden quesos, rosquillas y café, sino a uno ubicado a media cuadra de Emancipación, desde Camaná, al que asistí porque un amigo pintor me invitó en cierta ocasión un alucinante pan con salchicha huachana. Esa tarde llegué a ese innominado café a razón de un fuerte dolor de estómago. Mi memoria no da para tanto para recordar qué había estado comiendo en esos días, lo que sí recuerdo fue ese dolor de estómago, que me estuvo destruyendo toda esa tarde, entonces, pedí un anís muy caliente, que al final, como suponía, alivió mi estómago, deparándome una agradecida sensación de paz, de reconciliación inmediata con el mundo. 
Cuando hube acabado el pollo a la leña y dado cuenta de la Coca Cola helada mientras veía por el televisor del local el dolor de Messi una y otra vez, no creyéndole que su renuncia a su selección vaya a ser definitiva, me sirvieron el anís. Para ese entonces, prácticamente era el único en la pollería. Los meseros y las meseras me miraban, exigiéndome en silencio que acabe de una vez el anís, porque, imagino, que se encontraban cansados luego de una larga y agitada jornada, puesto que los domingos son tediosos para los que trabajan en restaurantes y pollerías, ni hablar de los chifas. Entonces, les hice una seña, en buena onda, porque no iba a demorar en terminar mi anís. Lo entendieron y se pusieron a acomodar las sillas y a limpiar las mesas.

domingo, junio 26, 2016

"asociación ilícita"

Publicada a fines del año pasado y con un tránsito a nivel de reseñas por demás positivo en los últimos meses: Asociación ilícita (Animal de Invierno) de Leonardo Aguirre. Esperé los meses necesarios para opinar sobre esta publicación que marca su retorno después de años de silencio narrativo y de la que aún no sabemos cuánto podría sumar o restar en su poética.
O sea, lector, no hay que dejarnos llevar por la bulla y la alharaca que precedió a AI, a la que puedo calificar en más de un género, hasta en los que se vienen usando y pasando como nuevos, cuando lo cierto es que de novela no tiene absolutamente nada. Y lo digo a razón de algunas declaraciones de Aguirre, en las que califica este título como novela. Cosa suya, cada quien tiene el derecho de vender su libro como bien le plazca, pero eso sí, cosas peores he escuchado de otros plumíferos locales cuando hablan de sus propios libros.
Un breve repaso a la obra de Aguirre nos brinda una certeza: Aguirre no es de los escritores lineales, para nada, lo suyo siempre ha sido (y al parecer será) la experimentación estructural y un trabajado lenguaje hasta la plasticidad etérea. En otras palabras: Aguirre está muy lejos de escribir para los lectores. Lo suyo, su objetivo: los letraheridos de la comunidad local, y eso. Hablamos pues de una poética peculiar, muy bien saludada por la crítica pero que ha fracasado, como se puede deducir, en el imaginario del lector, o sea, poquísimas ventas, a excepción de su primera entrega, Manual para cazar plumíferos, el cuentario que nos ofrecía las vetas formales y sotos temáticos que exploraría en sus siguientes títulos, pero, paradójicamente, también el cuentario que más se acercaba a esa “linealidad” de la que tanto huye.
Sabiendo de los peligros comerciales de su propuesta, Aguirre, a diferencia de muchos compañeros generacionales, ha demostrado honestidad creativa. No se ha vendido literariamente al demonio editorial, hecho que nos habla bien de él como creador. Y no olvidemos consignar lo siguiente: es también el escritor más valiente, puesto que hay ser dueño de una fuerza testicular pornográfica para firmar un libro como este, plagado de chismes y sentimientos menores. Así es, el chisme como universo temático, la gran sustancia de la literatura que perdura.
¿No lo sabías, lector purista? Tranquilo: ahora lo sabes. El chisme es más importante de lo que se piensa y si lo dudas, por allí está Flaubert.
Hasta aquí, todo pajita.
Pero ser el más honesto o consagrado en la esencia de la poética personal no siempre será garantía de valía literaria. Y no me refiero a la valía de las reseñas, tampoco al valor que puedan dar los lectores interesados en los laberintos motivacionales que encienden las ansias de gloria de los escritores dispuestos a lo inimaginable con tal de trascender. Me refiero a quedar más allá de las obsesiones y los afanes de denuncia.
Estamos pues ante un libro sumamente arriesgado. Imagino que Aguirre sabía a lo que se exponía cuando lo escribió y, con mayor razón, cuando decidió publicarlo. AI es un ejemplo sin objeciones de perfección formal, un saludable crisol de cruces de registros y un ineludible documento socioantropológico que será frecuentado por los escritores del mañana. 
Artefacto literario, sí. Novela, ni hablar. Aguirre sacrificó su capacidad inventiva y depositó su fuerza creadora en el endemoniado armado de estos 24 perfiles de escritores peruanos que tuvieron roces con la legalidad, haciendo uso de un cruce de referencias informativas que a más de un lector habrá dejado en el borde de la literatosis.
Lo que sí me sorprende y fastidia es que esperaba más de Aguirre. Está bien, no hablamos de una novela. Pero sus lectores esperaban un mayor compromiso de la voz narrativa que nos guía por este laberinto informativo. Y hay que decirlo: Aguirre cuida muchísimo sus palabras, solo se dedica a consignar las sabrosas bajezas y actitudes circenses de sus retratados e involuntarios cómplices. Claro, se podrá argumentar que en este libro valían la verdad y la objetividad, lo que es cierto, pero es precisamente en estas instancias cuando el autor tiene que demostrar que es más que las convenciones de la transgresión (ajá), que su actitud de riesgo no solo se limita a la forma y a la parcela de la experimentación estructural. En otras palabras: Aguirre pasó de largo del nervio narrativo, nervio que no es propiedad de la novela ni de los registros de no ficción. El nervio narrativo es la sal, el condimento, de absolutamente todo proceso de escritura. Y esto lo sabe el autor, de quien puedo decir que no es para nada un primerizo.
Y lo que no me sorprende: las buenas reseñas y la única mala reseña no han reparado en este detalle. No me sorprende porque se ha leído este artefacto/documento literario bajo las luces de los chismes y la polémica figura de su autor. En ningún momento se fijaron en que Aguirre caía en la cualidad que ha sostenido no solo sus libros de ficción precedentes, incluso también sus reseñas y crónicas que escribió en su momento.
Eso es lo que faltó en AI, nervio narrativo.
Solo eso. 
Lamentablemente, este libro solo trascenderá como artefacto/documento literario (a nivel formal, estructural y en aliento de ambición informativa, de lejos, lo mejor de Aguirre), no como experiencia literaria.

sábado, junio 25, 2016

483

Mientras cruzaba la Plaza Mayor, otra vez un escenario gigante. El viernes último fue igual, pero se entendía a razón del Perú-Colombia. Ahora no sabía a qué se debía el escenario, igual de gigante, pero no tan colorido como el de la semana pasada.
Era poco más de las 5 de la tarde cuando llegué al Virrey de Lima. Me puse a conversar con José Luis, Dajo y Dío, como siempre y cerramos las fechas de las próximas ediciones de “EVL”. Lo que tenía que hacer por el centro ya lo había hecho, entonces, estaba en la librería de paso, haciendo hora, picando fragmentos de libros, esperando a que pasaran las horas y salir a recorrer las calles del centro, esas calles conocidas de las que no sabes sus nombres, pero que allí están, inamovibles, más fuertes y perdurables que uno.
Pero a medida que se acercaba la 7 de la noche, me di cuenta de que entraba más gente de la habitual a la librería, lectores que conocía, pero ellos no me veían porque estaba sentado en el sillón, leyendo detrás del piano. Por un momento, pensé en pararme y saludarlos, pero desistí de la intención. Pero también me pregunté por la presencia de estos lectores, conocedores y entusiastas de poesía peruana. No me quedaba clara la figura, y no había extrañeza en esta percepción. Obviamente, a una librería como esta van lectores, pero los que estaban en ese momento eran lectores de poesía peruana, a una misma hora y en un mismo lugar. Justo, en ese instante de curiosidad, recibo un chat de Face. El cel vibra y desbloqueo el cel. Era “Mr Chela”, que me preguntó si iría al recital de Hora Zero en la Caslit.
Entonces, eso era. Estos lectores de poesía peruana se dirigían al recital de Hora Zero. Averiguo al respecto en Internet la hora y, finalmente, me animé a ir al recital. Además, desde hace mucho que no voy a un recital de poesía. Y caminé hacia la Caslit. Previamente, me compré un café y una cajetilla de cigarros.
En el camino me cruzo con “Mr. Chela”. ¿No se suponía que ibas al recital? Se suponía, pero tengo un deber ineludible en la Plaza San Martín. Vaya nomás, hijo, le dije.
Como me lo imaginaba.
Había gente. Mucha gente.
Es que era Hora Zero. Pimentel, Verástegui, Ruiz Rosas, “El pirata del Mantaro”…
Me quedé fuera del salón en donde se estaba realizando el recital, pero me puse a conversar con Jaime, de LPG. Así la pasé, conversando con él y escuchando el eco de los versos que provenían del salón. Igual que yo, sin poder ingresar, o pasando por los pasadizos, saludé a Edwin, Ybarra, Milagros (directora de la Caslit), “Mero loco”, “Osito Yogui”, “Margarito chato”, Mito, “La chica de humo” y algunas puntas más.
El recital acabó con la lectura de Pimentel.
Como ya no tenía nada que hacer, me disponía a retirarme. Pero distingo la presencia de ND entre los asistentes. Entonces, me abro paso entre la gente para saludarla. Hace tiempo que no la veía y nos dedicamos, aparte de conversar, a ver las fotos literarias de los salones.
Al rato, fuimos a recoger a Ariana. Y los tres caminamos por Camaná. En el trayecto me animé por un pan con jamón del país en el Don Lucho, y un par de chelas.
Pero antes de entrar al bar, dejamos a Ariana en la Plaza San Martín.
Cuando entramos al Don Lucho, me topo con los Zepita Boys. “Mr. Paramonga”, “Mr. Chela”, “Dante Kid”, “El niño aguaruna”, el confundido, enamorado y silencioso “Caminante” y el ya pasado de vueltas “Cachetada nocturna”, que cantaba a viva voz un tema de Village People con el que se identifica, todos ellos apoderados de dos mesas juntas, en las que había más de siete chelas. Los Zepi Kids estaban borrachazos. Saludaron como se debe a su fundador y los dejé en su estado de festiva ebriedad.
ND me contó que pensaba ver un ciclo de sine peruano sobre la violencia política. Tomé nota de más de una película, con la idea de verlas o verlas otra vez en los siguientes días. Nos sirvieron los panes con jamón del país y las chelas heladas. Y seguimos conversando, no por mucho rato, porque ella tenía un taller de fotografía hoy sábado en la mañana y yo debía avanzar muchos textos y acabar la lectura de dos libros de ensayo que debo cerrar a más tardar mañana domingo.
En las dos veces que fui al baño y entre las puntas con las que inevitablemente te cruzas en un bar, fui testigo de un fenómeno que me ha estado pasando en los últimos días. O sea, los que leen el blog saben que no soy adepto de los saraos literarios, pero esta semana se me han juntado algunas actividades en las que me he encontrado con lectores y escritores, también con libreros, periodistas y gente ligada a la promoción cultural. Absolutamente todas estas personas me comentaban del artículo que escribí sobre el incremento del precio de las entradas para la FIL, artículo que fue publicado en La conjura de los libros.
Sabía que un texto así se iba leer y sabía también que generaría polémica. Lo que no imaginé fue su rebote. Lo acepto, me sentí por un rato El búho del Trome. Y me alegra que haya sido a cuenta de una buena causa, además, aún mantengo la esperanza de que Germán Coronado enmiende esa medida que le señaló en el artículo.
Cuando salimos del bar, me topé con Gino, que me entregó su primer poemario, el cual leeré en las siguientes horas. No somos amigos, mas sí lo ubico como un exigente lector y con ese detalle me basta y sobra para revisar este poemario.
Durante los segundos que avanzábamos a la Plaza San Martín, una sensación se apoderaba de mí. ¿Y si Ariana no estaba donde la habíamos dejado? Rogaba para que este pensamiento no fuera más que eso: un pensamiento oscuro. Felizmente, Ariana estaba en el mismo lugar, acompañada de un par de motos que la miraban con envidia. Me despedí de ND y Ariana y las perdí de vista por Belén.
Me disponía a parar un taxi pero vibra mi cel. Era “El niño aguaruna”, su voz ansiosa y feliz, como si estuviese siendo parte de una hazaña. Pero no, me equivoqué, porque no estaba ni feliz ni ansioso de felicidad, más bien, muy preocupado. Los Zepitas se encontraban en el Puente del Ejército, enfrentándose a una pandilla del mercado de Caquetá. No te preocupes, hijo, solo pelea como te enseñé y todo saldrá bien, pero, por si acaso, iré a ver cómo está la situación. 
Y fui hacia el Puente del Ejército, caminando a paso lento y fumando, contemplando el cielo, que pese a la noche, adquiría un tenue color naranja, reforzando las turgencias de las nubes, como un par de piernas de mujer dispuestas en forma de corazón, dispuestas a dominar toda la ciudad.

jueves, junio 23, 2016

"la quinta esquina"

Muy pocas veces me veo en la situación de controlar la euforia que me despierta un libro que al acabarlo me genera una doble sensación: la primera, que te has sentido identificado y has sido partícipe en las páginas recorridas. Por tramos, has optado por una lenta lectura, y no es para menos, no estabas solo consumiendo palabras, sino también saboreándolas, es decir, fuiste presa de un hechizo que renueva la pasión, el gusto, por la lectura. Lo dicho no es poca cosa en tiempos en los que se pretende hacer de la experiencia de la lectura una suerte de licuadora sensorial. Y lo segundo, te pones de pie para celebrar (a la mierda el control de la euforia) porque has descubierto una joyita narrativa a la que tranquilamente puedes calificar como “pequeña” obra maestra, todo un canto sublime a la memoria y al devenir existencial.
Desde Stoner, de John Williams, no leía una novela no solo brutal, sino epifánica, que nos refuerza la fe en la novela como género, en sus posibilidades aún vigentes y muy lejos de la crisis que más de uno pretende adjudicarla por medio del mestizaje de registros llamados no solo a enriquecerla, sino también a rescatarla. Tamaña tontería queda por los suelos cuando nos sumergimos en La quinta esquina (Libros del Asteroide, 2015) de Izraíl Métter.
No podía ser de otra manera. Izraíl Métter (1909 – 1996) fue todo un hijo de la tradición a la que pertenece, esa tradición que, para los entendidos, alberga la sustancia y proyección del cuento y de la novela como géneros literarios. Así es, nos referimos a la narrativa rusa, una tradición de la que conocemos sus columnas, mas pocos, por no decir contados, epígonos, lo que nos debe llevar a una tarea de placentero rastreo de sus nombres que han escrito a la sombra de los árboles mayores que plasmaron en experiencia literaria la vida y el contexto social e histórico, teniendo como escenario la presencia de la tierra, presencia que no solo nos ayudaría entender lo conocido y por conocer de esta tradición, porque también es un factor axial en manifestaciones artísticas como el cine, la música y el teatro. Hasta el momento, sabemos, o en todo caso tenemos nociones, de la novelística norteamericana más allá de sus autores referentes, hasta podríamos hacer una provechosa cartografía de la misma con lo publicado en los últimos cincuenta años. Por este motivo, nos encontramos ante una deuda monumental con la narrativa rusa, deuda que tiene que ser cumplida por lectores, críticos y editores.
No hay que pensarlo mucho. LQE es un incuestionable motivo de celebración. No solo hablamos de una cima literaria, sino también del descubrimiento de un autor que en vida lo tuvo todo para pasar desapercibido y que en base a pujanza supo forjar una obra que a la fecha motiva no solo interpretaciones literarias, sino que también ha servido de estímulo para los registros históricos, sociológicos y antropológicos. Bien lo señaló Mario Vargas Llosa sobre la ventaja de la novela para retratar periodos históricos, en especial de aquellos signados por la represión de las libertades individuales y colectivas. La novela, para estos fines, es la trastienda de la gran escenificación que nos presentan los discursos ajenos de la ficción.
Métter, pese a las limitaciones impuestas por la Rusia comunista, sacó adelante una obra saludada en la clandestinidad y tardíamente reconocida cuando el comunismo soviético entró en crisis debido a la Perestroika. Durante los años de censura, Métter escribía en clave, en franca proyección hacia un pasado que también se podía interpretar en un presente, y de esta manera sorteó a los celadores de las libertades de expresión. Esta suerte de escritura en clave le permitió relatar uno de los periodos más dramáticos en la historia del siglo XX, haciendo uso de la memoria, pero no de una memoria social, ni mucho menos de una que denuncia, sino de la memoria íntima, esa que repasa las cotidianas vicisitudes que nos reflejan la gesta permanente de los desarraigados.
El desarraigo nos permite entender al alter ego de Métter, Boria, un hombre bueno que quiso servir en la educación superior, pero a la que no pudo acceder a razón de sus orígenes sociales ligados al mercantilismo, característica opuesta la política igualitaria del régimen soviético. Sin embargo, Boria no cejó en sus intenciones y se convirtió en un gran autodidacta, en un eficiente profesor de matemáticas. Pero ante todo, en un hombre generoso más allá de su personalidad hosca, visto por los demás como alguien amargado por la vida. Empero, esa amargura no solo se debe a las limitaciones del régimen que le han impedido desarrollarse, sino a la falta de un amor que no es correspondido, tal y como lo esperaba de Katia, que hace con Boria lo que le viene en gana a lo largo de su vida, ilusionándolo y dejándolo en ascuas. Sin más, Boria vendría a ser la metáfora del desamor, la presencia andante de la desazón, que canaliza su experiencia por medio de recuerdos sueltos, en otras palabras, haciendo uso de un ejercicio de memoria libre de la linealidad, en la que impera su estado de ánimo, pautado por la tranquilidad y exaltación emocional. De esta manera ingresamos a los pasillos de una dictadura que terminó por destruir el alma y la moral de todo un pueblo, de allí pues el título de la novela, en lazo conceptual con los métodos de tortura de los agentes de Stalin. Boria es un personaje que describe, en pocos momentos juzga, pero basta y sobra su descripción de su vida íntima y de los personajes que conoció, caudal de testimonios que le ofrece a Zinaída Borísovna, la viuda de su amigo de infancia Sasha Beliavski, que a diferencia suya, sí pudo acceder a los favores del sistema a razón de su condición social. Las palabras de Boria no son solo suyas, sino las palabras contenidas de una generación que vivió bajo la férula de Stalin, generación castrada de libertades.
LQE nos ofrece el fresco de toda una época, Métter no podía ser ajeno al mandato del legado de sus maestros rusos. En esta intención por recrear una época se hace patente la presencia específica de Tolstói, en la intención de ser político sin serlo. En realidad, suponemos que ningún escritor ruso que se respete no puede escribir sin la sombra de Tolstói, sin embargo, no nos quedemos en este aliento, subrayemos la fuerza de la novela: el estilo.
Leer LQE puede ser una experiencia extraña y a la vez placentera. Leerla es volar, pero se vuela en sus páginas sin olvidar, reteniendo datos, personajes, diálogos, descripciones. La conexión entre el texto y el lector es inmediata. Al respecto no hay secreto por descubrir: la influencia yace en el escritor ruso del estilo por excelencia: Aleksandr Pushkin. Solo un reparo con LQE: nos hubiese gustado cien páginas más. Pero es un reparo personal, con lo leído basta y sobra, y no tengo más que recomendar esta sobredosis de perdurable literatura. 

… 

Publicado en El Virrey de Lima

482

Noche de fútbol.
Antes de ver el Colombia-Chile, me conecto un toque al Face. Esperaba el envío de algunos archivos, los mismos que recibo y descargo.
En un mensaje de Inbox, una amiga, Verónica, me dice que compró Canciones desentonadas y alegres aterrizajes para evitar el suicidio, el poemario rescatado de Óscar Málaga, a razón de la reseña que escribí. Hace tiempo que no veo a Verónica, pero sé que sigue siendo una gran lectora de poesía.
En el caso de los poemas de lo que sería el primer poemario de Málaga, muchas cosas se dicen sobre el tiempo que permaneció perdido, se ha tejido pues una leyenda, oscura y enigmática de ese libro que de haber salido en el momento que debió, hubiera contribuido mucho más a la historia de la poesía peruana contemporánea.
En fin, por algo suceden las cosas, por algo los libros salen cuando tienen que salir. Eso es lo paja de la poesía y es también lo paja de los poetas de verdad.
Es decir:
El poemario es poesía y Málaga es un poeta de verdad, que en sus veintes escribió bajo el mandato de la furia hormonal y el asombro que le proyectaban las calles del centro. A los lectores de poesía nos hace bien leer a un poeta como él, nos regresa a ese pasado no lejano en el que solo importaba caminar y perderse en las calles del centro, a la busca de culos, tetas y piernas cruzadas en forma de corazón, tras la insania del alcohol barato y el inevitable tabaco y la rica María para fumarla, en muestra de tajante rebeldía con una realidad solapadamente represiva. Había pues una actitud política. No interesaba nada, solo matar el aburrimiento en gozo e intensidad. Gozo e intensidad, lo que nos propone este poemario de Málaga.
Como bien se señaló: Reynoso era el narrador peruano más joven, lo mismo podríamos decir tranquilamente de Málaga, el poeta más joven, sin las poses discursivas de los nuevos y no tan nuevos poetas, carcomidos en la posería discursiva y el sobadismo estratégico.
Lo dejo ahí, por el momento. 
Ahora veré el partido.

miércoles, junio 22, 2016

cruces

Días atrás, más de una punta me pasó el enlace de un blog, era pues la carta abierta de Heriberto Yépez a Christopher Domínguez Michael.
Emisor y receptor mexicanos. Pueden leer lo de Yépez aquí.
Y días después, las mismas puntas que celebraban la contrasueleada de Yépez a DM, quedaron en silencio. Entonces, busqué al respecto y encontré la respuesta de DM a Yépez. Aquí.
No lo pienso mucho, lo de DM es mucho más contundente y pulcro que la verbosidad y adjetivación del primero.
Sé que más de uno ha leído ese cruce, quizá los hinchas de la matonería y partícipes de bajezas consideren la respuesta de DM una muestra de debilidad de carácter, impresión que no me sorprendería sabiendo lo muy deseducados que son muchos de nuestros escritores locales, contenidos en su naturaleza y esforzados en sus maneras, y que sueltan su pútrida esencia ante la primera amenaza que socave su (relativo) prestigio. Por eso, celebran y bombardean la red una carta como la de Yépez, de quien, es justo decirlo, tengo muy buenas referencias y que las mismas no van a cambiar a razón de una carta abierta en la que apeló a lo peor del espíritu latinoamericano cuando es ubicado en tensión: la bajeza.
Leyendo la respuesta del llamado “crítico literario de la derecha”, vemos que se pueden decir muchas cosas desde el estilo y la franqueza, es decir, desde la valentía natural de decir las cosas cara a cara cuando tienen que decirse y no desde la celebración tribunera que se regodea en el adjetivo y el efectismo. 
Pero no solo ocurre en las esferas literarias y del pensamiento de México, es prácticamente un calco que carcome a los circuitos literarios y culturales de Latinoamérica, una crisis de callejón al momento de argumentar, crisis a la que podríamos sumar un aliento matonesco, también una inevitable incoherencia de sus actores con los sensibles temas que les dan de comer. Lamentablemente, estas muestras de bajezas provienen, la mayoría de las veces, desde los terrenos de la supuesta superioridad moral, de los reinos celestes del pensamiento vanguardista y revolucionario, y una que otra vez desde la diestra que satanizan.

481

Cerca del mediodía abro los ojos y sigo en la lectura de un novelón: La quinta esquina de Izraíl Métter, que me la recomendó “Luciano Lamberti”. Me sumerjo en la lectura y las ganas de levantarme de mi cama son totalmente nulas, sumemos también el poder del frío. Pero igual me levanto y voy a la cocina por un café. Mientras pongo agua a hervir, reviso algunos Inbox de Face. Uno de ellos es del “Niño aguaruna”, que está asado, iracundo, y no sé por qué. Los improperios van dirigidos al universo entero, ninguno a mí, porque sabe que me basta con una ligera zarandeada para ponerlo en vereda. En la refrigeradora, un generoso pedazo de torta que me envío mi cuñada Vanessa. Entonces, ese será mi desayuno, uno frugal, antes de meterme al sobre y seguir leyendo a Métter. Pero no puedo disfrutar de mi café, el cel no deja de vibrar: cuando al “Niño aguaruna” se le pierde la correa, no hay nadie que lo detenga, aprovecha como muchos la valentía virtual, le mando un mensaje de voz y le digo que salga un rato de la chamba, para que respire y se calme. Felizmente, se desconecta y me concentro en mi café y pedazo de torta.
Al rato vuelvo al sobre y sigo en la lectura de La quinta esquina. Siempre he creído que hay dos tipos de novelas, al menos en esa vertiente que llamamos “fragilidad narrativa”, es decir, las novelas con las que vuelas, que dependen mucho de la sensación del lector antes que en su raciocinio, quizá deberíamos llamarlas “novelas sentimentales”. Pues bien, esa fragilidad también se hace presente en el ritmo de la narración, que por más que vueles durante su lectura, no quiere decir que pases de largo de lo que te cuentan sin procesar lo que lees. Esa es la diferencia de estas novelas que vuelan con las llamadas novelas light, la transmisión, conexión con el lector.
Sigo leyendo la novela. 
No hago caso al berrinche del “Niño aguaruna”, que vuelve a la carga, luego escucharé las quejas existenciales de mi hijo literario. Más importante es esta novela, como tiene que ser, y claro, también la música que estuve escuchando el domingo pasado en la noche.

martes, junio 21, 2016

medida criminal


No conozco como quisiera a Germán Coronado, el presidente en funciones de la Cámara Peruana del Libro (CPL), pero en las pocas veces que hemos hablado me ha parecido un buen tipo y en más de una ocasión lo he felicitado por su buena gestión al mando de la institución encargada de promocionar la lectura en el país.
Pues bien, se vienen diciendo muchas cosas sobre la próxima edición de la FIL. En realidad, la cantaleta de toda la vida. Por un lado, los snobs que se quejan de la poca nombradía de los escritores internacionales invitados (al menos, ahora se calmarán con la llegada de Le Clézio), por otro, los mismos expositores para los que toda gestión está hasta las patas, eso sí, siempre y cuando no pertenezcan a las esferas de decisión de la CPL.
Sin embargo, estas son cuestiones menores. En todas las ediciones de la FIL (y quien escribe ha participado en más de una edición, o sea, sé de qué va el asunto), todos han ganado de acuerdo a sus niveles de inversión. Quien diga lo contrario, miente, así de simple. Y la razón es muy simple: la FIL es un negocio que obedece al más llano espíritu comercial. Entonces, también es justo decirlo, salvo excepciones muy honrosas (faros librescos en una suerte de mercado persa), la mayoría de los participantes son comerciantes, a quienes les queda excesivamente grande llamarse libreros.
Ahora, vengo escuchando sobre algunas nuevas medidas que se tomarán en esta nueva edición de la FIL. En lo personal, no me afecta ni creo que sea de gran importancia el hecho de que se vaya a cobrar 250 nuevos soles a todas las editoriales que no pertenezcan a la CPL y que quieran presentar un libro. Esta medida solo afecta a los interesados en aparecer en la agenda oficial. Tampoco el incremento en los alquileres de los stands. Este par de puntos quedarán en donde tienen que quedar: en las entrañas de la CPL.
Pero lo que sí me fastidia es el poco tino que se ha tenido al momento de fijar el precio de las entradas para el público. Bajo todo punto de vista, estamos ante una medida que me revela dos cosas: por un lado, la bestialidad política de la dirigencia de la CPL. Claro, fácil podrán argumentar que los gastos para este año se han elevado, que con esa platita se implementarán varias mejoras en los servicios al interior del recinto ferial, mejoras que tienen el “noble” objetivo de reforzar la comodidad del público. Sea el argumento que planteen, queda en evidencia una triste realidad, que por triste no se libra del señalamiento: la expuesta esencia del fenicio cultural.
Esta medida no solo habla mal de Coronado, sino de todas las empresas y personas naturales que componen esa galaxia llamada CPL, como también de las instituciones oficiales y no oficiales que desde el poder cultural apoyan esta edición de la FIL de Lima. Una medida como esta tira por los suelos ese discursillo del que se pavonea la institución: promover la lectura por una institución sin fines de lucro.
Por otro lado, queda de manifiesto, y una vez más, el silencio generalizado de escritores, intelectuales, periodistas culturales y creadores peruanos. Se trata de un silencio estratégico puesto que ellos sí se pueden poner muy salsas con lo que es más fácil atacar, tal y como lo vimos en las últimas elecciones, a saber. Sin embargo, caen en el mutismo como tiernos gatitos ante su tazón de leche, y no hay que pensar mucho al respecto: la clase letrada peruana se derrite por no quedar mal ante el poder cultural. Y la CPL es un poder al que le dicen amén a la primera llamada, un poder que los convierte en sujetos serviciales ya que saben que por medio del lustrabotismo les puede chorrear un favorcito. Claro, la CPL no es el único poder cultural en este país, la figura servicial del escritor/intelectual/periodista cultural/creador peruano se repotencia hacia lo inimaginable con los poderes culturales oficiales.
Tampoco me voy a prestar a la demagogia que, motivada por una medida como esta, enciende a los que critican a la CPL. Sin embargo, tengamos en cuenta lo siguiente, la gracia que nos ofrece esta medida: siete soles no marcan una diferencia en los bolsillos de nadie. Gastar siete soles no hace pobre a ninguna persona. Así es. Esa es una verdad. Pero gastar siete soles en una entrada a una feria internacional del libro en Perú sí es percibida como un abuso y una medida por demás pendeja por las cientos de miles de personas que jamás han pisado una feria de libro, por las cientos de miles de personas que teniendo dinero no leen. Y arribando a la otra orilla: gastar siete soles en una entrada a una feria internacional del libro en Perú sí es percibida como un abuso y una medida por demás pendeja por las miles de personas que frecuentan las ediciones de esta feria, por las miles de personas que ahorran para gastar lo ahorrado en precisamente libros durante los días feriales. Ni hablar de las personas que no tienen los suficientes recursos económicos, ni hablar ni discutir al respecto, porque, aparte de ser la mayoría, son las que percibirán la feria como un espacio al que solo puede ingresar una élite, una clase privilegiada que sí puede acceder al consumo cultural. Sorprende para mal una medida como esta, pero también es un fiel reflejo, una radiografía sin afeites de las personas que componen el llamado poder cultural en Perú, quedando en evidencia su desconexión con la realidad social peruana, atarantados en gestiones para ser celebradas en cámaras y lejanos del discurso cultural que suelen predicar hasta el cansancio. Es decir, por donde se le mire, esta medida de comerciante a lo bestia hace quedar muy mal a toda la CPL y, de taquito, a las instituciones que apoyan esta edición de la FIL.
Como dije líneas arriba, tengo un buen concepto de Germán Coronado y de su gestión. Es un hombre inteligente y espero que el criterio le permita enmendar esta medida criminal. De no ser así, borrará con el codo lo mucho o poco que ha avanzado como cabeza de la CPL. Espero que se dé cuenta del impacto de esta (aparente) mínima medida, de lo que puede hacer en una página en blanco una gotita de tinta líquida si es que no la limpias a tiempo.

… 

lunes, junio 20, 2016

blindaje

Día del Padre. Para mí, todos los días son los días del padre porque sí me siento bendecido por tener el padre que tengo, bueno, generoso, noble e inteligente.
Mi padre y madre irán a la casa de mi hermano, a quien llamo para desearle también un feliz día. Pero me tengo que quedar en casa, se me han acumulado muchísimas cosas que debo terminar. Trabajar en casa tiene sus ventajas, pero cuando hay que pisar el acelerador, hay que hacerlo, sumergiéndote en un mundo paralelo en el que no importa si es de día o es de noche.
Se supone que íbamos a salir a desayunar, pero nos levantamos muy tarde, entonces, mis padres se fueron a la casa de mi hermano, en donde los recogería después.
Antes de sentarme frente a la pantalla y abrir los archivos en Word, me pongo a leer los diarios, acompañado de una humeante taza de café.
Sin duda, me enfoco en la entrevista de Mariella Balbi a Avelino Guillén, abogado en funciones y ex fiscal superior.
Del espectro legal peruano, Guillén es un tronco de integridad y un baluarte de la lucha contra la corrupción. Y quien mejor que él para que me explique mejor lo que viene ocurriendo con la aún primera dama Nadine Heredia y del inevitable aún presidente Ollanta Humala. O sea, sé del escabeche en el que están metidos, pero no he seguido de cerca el caso a profundidad. Entonces, para saber un poco más, no solo hay que escuchar a los que saben sino a los que exhiben una postura firme o una garantía moral sustentada en años de oficio profesional, libre de señalamientos.
Entonces, lo que dice Guillén sobre la pareja presidencial es no menos que grave. Hablamos de un par de aventureros a los que solo les ha interesado lucrar desde el poder, una pareja que ha recibido el apoyo sistemático de la izquierda hasta mediados del presente gobierno nacionalista, una pareja que recibe el blindaje moral de la clase letrada peruana. No me sorprende que haya este apoyo, puesto que es muy conocida la inclinación de la izquierda y clase letrada locales hacia el poder, además, hagamos memoria que en un principio la pareja presidencial se mostró abierta a los discursos y manifestaciones intelectuales y culturales, hecho, que no es menor, que ha alargado más de la cuenta el crédito de tolerancia de esta envidiable clase privilegiada del pensamiento y la mentada, y repetida, superioridad moral.
Los argumentos que expone Guillén son contundentes. Explica y refuerza aquello que se minimiza en las redes sociales, que empequeñecen toda clase de crítica dirigida a Heredia y Humala, aduciendo que no es más que una cortina de humo. Pues bien, si así lo fuera, se trataría de una cortina de humo que lleva más de cinco años. Lo que me apena de esta situación, de esta puesta de manos en el fuego por un par de sátrapas y mediocres es que por muy poco uno quema su credibilidad, cayendo en lo mismo que critican, ejerciendo involuntariamente la criollada culta que tarde o temprano les pasará la factura. 
Lo diría Melcochita: “nuestra intelectuales son la cagá

sábado, junio 18, 2016

480

Aunque no era mi idea salir ayer viernes, día en que pensaba dedicarme a terminar algunos textos que me estaba teniendo muy cabezón, tuve que salir a cumplir algunas gestiones. A fin de cuentas, no me quejo, porque me reencontré con algunos amigos a los que nos veía en muchísimos meses.
Cerca de las seis de la tarde llego a la Plaza Mayor. La algarabía amenazaba con seguir creciendo porque se había colocado en el frontis de la Municipalidad de Lima un escenario con un par de pantallas gigantes en los que se proyectaría el Perú-Colombia. De a pocos la gente llenaba la plaza y me abrí paso entre ella, lo más rápido que pude antes de verme obligado a darme un vueltón para llegar al Virrey de Lima. Hice lo que tuve que hacer en la librería, que cada día la veo más bonita, aunque decirlo es una obviedad porque fácil es la más bonita del país, y en esta apreciación seguramente coincidirá más de uno.
Se supone que regresaría a casa. Estaba entre tomar un taxi en hora punta o quedarme en la plaza y ver el partido. Pero no hice ninguna de las dos cosas, porque, en un arranque ajeno a la pasión futbolera, decidí ir a la biblioteca del ICPNA y renovar mi carné de usuario, motivado sí por su excelente sección de poesía gringa que ocupan más de doce anaqueles. Conozco esa sección y no sé si logre leer todos los títulos de esos anaqueles, pero algo leeré. Además, se trata de un ambiente que frecuenté mucho entre siglos (fines de 90 e inicios de los 2000), cuando hacía mi vida prácticamente en las entonces sucias calles del centro, pero mucho más vitales que la frivolidad bullera de ahora. La renovación la hice al toque y tuve oportunidad de sacar dos libros a préstamo.
Ahora sí, a casa, me decía. Pero mi celular comienza a vibrar. Era Abelardo, mi pata librero de Amazonas, “el metalero fanático de Air Supply”, pero amigo de años ante todo. Me pregunta por dónde iba, su tonito de confianza, como si nos hubiésemos visto el día anterior cuando lo cierto es que nos veíamos en poco menos de un año. Le dije que estaba por el centro y le pregunté si verían el partido en su stand, y me dijo que sí, su gente estaba reunida para ver el partido. Entonces, compré una cajetilla de Pall Mall rojo y caminé tranquilo hasta Amazonas. 
Vimos el partido y también aproveché para ver las cosas que tenía en sus estantes. Conversé también con el buen Armando, que trabaja con Abelardo. Armando, quizá uno de los mayores conocedores de la tradición poética peruana, me comentaba del sancochado oculto del representante de futbolistas Carlos Delgado, “ajá, ese mismo, el del escándalo”. Puta, me costó saber a qué se refería, pero cuando lo supe ya estábamos en el chifa Ye en el Rímac, a dos cuadras del Puente Trujillo. El chifa, para más señas, paraba lleno, demasiado en comparación a los otros chifas del pasaje empedrado. No era para menos, ni muy caro, ni barato, el precio justo para platos muy bien servidos y con sabor a chifa. De esta manera, el buen Abelardo pagaba el chifa del viernes, se ponía al día porque la última vez fui yo quien lo invitó y ahora sé que no volverán a pasar tantos meses para recuperar esa costumbre que tenemos desde hace más de quince años.

miércoles, junio 15, 2016

479

Miércoles de frío y reconectándome al mundo luego de una noche sin luz eléctrica a razón de unos trabajos en el barrio. Lo bueno es que el corte estaba anunciado, así es que no me afectó tanto como pensé que podría afectarme. El corte vino a la hora indicada, pero no se reanudó la luz hasta cinco horas después de lo se indicó en el comunicado de hace unos días.
Como sea, salí a correr en la noche, por la Videna. Me gusta correr, pero si lo hice anoche fue por una actitud premeditada en pos de desgastarme y regresar lo más matado a casa, tomar un duchazo y sin más meterme al sobre hasta hoy en la mañana, que me levanté algo adolorido, pero despejado ante todo. 
Antes de alistarme para arrancar el día, reviso los mails y los mensajes del wsp y el chat de Facebook. Más allá de algunas cuestiones menores, solo un mensaje me importa. Con ese mensaje me basta y sobra. De paso apunto las series y películas que compraré en las próximas horas en Polvos Azules. Ya es momento de abastecerme y todo indica que hoy será el día, debí hacerlo hace dos fines de semana, pero algunos textos, lecturas y películas, impidieron que cumpla el cometido. Cuando voy a comprar, lo hago los domingos. Los domingos se ajustan mejor a mis ánimos, huyo pues del público, de la masa, del bullicio y de los humores concentrados. Pero tampoco los domingos son una maravilla. Atrás, muy atrás, quedaron esos domingos en los que podía comprar sin terminar anímicamente disminuido.

martes, junio 14, 2016

"sudor"

Una de las novelas más comentadas en estos últimos meses en el imaginario literario en español es, sin lugar a dudas, Sudor (Random House, 2016) del escritor chileno Alberto Fuguet.
Y Fuguet se ha encargado de que sea así. Gracias a sus declaraciones en entrevistas, no pocos hablan Sudor, ya sea por el retrato del mundo editorial, la temática gay, el miserabilismo de los escritores, la actitud parricida con la estela del Boom latinoamericano, etc. Es decir, se nos presenta la trastienda que esconde lo que jamás debe mostrar el oficialismo literario. Pues bien, la suma de estos factores me parece positiva, puesto que nos olvidamos de ese traspié que al autor le significó No ficción, el bajón luego de una seguidilla de títulos no menos que muy recomendables, y claro, por qué no decirlo, en esta seguidilla de Hits también se incluye su faceta de cineasta, que le ha permitido entregar más de una película llamada a ser referente del cine latinoamericano de inicios del presente siglo.
Nos enfrentamos a una novela provocadora, una novela-bisturí que corta la piel y las venas de la gran leyenda que se ha tejido en torno al mentado Boom latinoamericano. Fuguet destroza esa leyenda y lo hace valiéndose de un personaje inspirado en el escritor mexicano Carlos Fuentes, una de las máximas vacas sagradas de la narrativa latinoamericana del Siglo XX, a la que el chileno no dudó en horadar cuando falleció en el 2012 (para más detalle al respecto, chequear Tránsitos, cosa que así se dan una idea de la masacre que les comento).
Hagamos un breve viaje en el tiempo, hacia atrás: no sería una locura especular lo siguiente: en la figura de Fuentes se acrisolaba el discurso antagonista de Fuguet contra el abuso y dependencia que se tenía del Boom. Antologías como McOndo y Se habla español son las pruebas fehacientes de su discurso y postura antiboom. Pero tengamos en cuenta que en los años de ambas antologías, Fuguet no tenía la madurez que ahora sí y lo bueno es que supo parar a tiempo ese discurso, o, por lo menos, volverlo más solapado, consagrándose de esta manera a reforzar lo que tenía que reforzar: su poética narrativa, que a la fecha resulta ineludible esquivar si es que pretendemos tener una idea sobre la narrativa latinoamericana de entre siglos. De las poéticas de sus compañeros generacionales, y no solo de esta parte del charco, la suya es la que exhibe una mayor frescura, tanto temática y estilística, que le ha permitido en los últimos años imponer un magisterio involuntario: un magisterio cuya base es la confianza, pero no te confundas: hablo de una confianza que se nutre del espíritu de enfrentamiento contra el realismo mágico y en una medida que ha ido creciendo: la desacralización de la figura del señorón letrado.
Líneas arribas señalé que Sudor es una novela provocadora, una novela-bisturí, a esto sumemos su aliento en extremo divertido. Es que eso es también Sudor: una novela divertida, alejada de la intención indignada por alborotar el gallinero. Ahora, el gallinero literario es alborotado debido a la postura risueña de la narración, que corre por cuenta del editor Alfredo Garzón, que recibe una misión especial de su casa editorial Alfaguara: acompañar al hijo del escritor colombiano/mexicano Rafael Restrepo, una de las vacas sagradas de la editorial y voz viviente del llamado Boom, durante los días que se encuentren en Santiago promocionado el libro que exhibe todos los visos de los caprichos de un divo literario. Esa será la misión del también llamado Alf, andar y, sobre todo, cuidar al díscolo Rafa. Obviamente, Alf se considera un editor serio, al que no pueden maltratar asumiéndolo como un guardaespaldas momentáneo, pero al final acepta la orden. Más allá de la fama y reconocimiento mundial de Restrepo, él es también uno de los garantes de la viabilidad económica a nivel continental de su casa editorial. Entonces, se le debe tratar como si estuviera de visita un jefe de estado, una luminaria en estado de gracia a la que se le debe importunar con el comportamiento de su hijo.
Pero Fuguet se cuida en que la novela no solo vaya sobre Restrepo y su hijo, sino que la oxigena con las (muchísimas) páginas dedicadas a la insatisfacción personal de Alf, páginas en donde abunda el sexo y exceso vital en dosis que por momentos (eso) ponen en peligro a la novela. La fijación por el detalle de la calentura hormonal es descrita con excesivo compromiso por parte del chileno. Muchos de estos pasajes se abren demasiado del eje temático, lo que para algunos comentaristas ha sido un defecto narrativo, mas yo lo veo como un fortalecimiento discursivo que se ahogó en el efectismo de No ficción (tengamos presente que son pocos los autores que pueden darse el lujo de establecer un diálogo creativo consigo mismos, ya sea a nivel de poética, como también en fibra temática, a saber, la recurrencia de sus personajes, no apuntando solo a los literarios, también a los que pueblan su obra cinematográfica), tarea que al final redondea debido al espíritu risueño que sostiene a la narración. 
Uno se pregunta hasta qué punto el Restrepo de Fuguet es la “copia” de Carlos Fuentes, hasta qué niveles de pleitesía llega el mundillo literario (claro, en Sudor se nos presenta el lustrabotismo chileno, pero fácil podría ser un ejemplo casi cerrado del lustrabotismo literario por excelencia) por congraciarse con las vacas sagradas continentales que viven de lo logrado y que dominan desde el trono del prestigio. En este sentido, la novela resulta también una metáfora del poder cultural al que más de un arribista anhela pertenecer, aunque sea colgado del estribo. Alf lo deja en claro en muchísimas páginas, páginas que son lo mejor de la novela, páginas que sudan lo que deben sudar: indignada ironía.

lunes, junio 13, 2016

la entrevista

Días atrás Edwin Cavello de Lima Gris me preguntó si me podía hacer una entrevista en Radio Planicie. Le acepté la entrevista con el ánimo de siempre. Sin embargo, cuando el banner promocional comenzó a circular por las redes, más de uno me pidió que no vaya a la entrevista porque me iba a quemar a cuenta de lo tendencioso que a veces es Cavello en sus entrevistas. No me hice problemas, llamé a la calma a los buenos “amigos” que me advirtieron con las mejores intenciones. No me hacía problemas, si hay algo que me gusta de Cavello es precisamente el ají con el que condimenta sus entrevistas.
Obviamente, sabía a qué tipo de entrevista me dirigía. Lo que no sabía era que para llegar a Radio Planicie el trayecto me iba a tomar 25 años. 25 años en los que no volvía a San Juan Lurigancho y que pude ver desde mi asiento del tren eléctrico, que, dicho sea, abordaba por primera vez. Así es, parte de mi niñez la pasé entre Celima y San Silvestre, y sin duda, me embargó un vacío y un ligero temblor en el estómago al ver que el país de la niñez recorrido y disfrutado simplemente ya no existía. Este reencuentro con el país de la infancia lo veía desde poco más de 20 metros de altura. No había mucho por hacer, una parte de mí había terminado por desaparecer. Durante mucho tiempo me preguntaba por el día en que volvería a recorrer las calles de San Silvestre, el bosque de Caja de Agua, pero nada, ese país de infancia ya vivía en el capricho de mi imaginación.
Me bajé en la Estación San Carlos y tomé un mototaxi a Radio Planicie. Me habían dicho que la estación radial estaba cerca, pero no, esta quedaba justo detrás del penal. Ajá, el penal. Entonces mi ánimo cambió porque siempre quise conocer, aunque sea por fuera, el penal de SJL. Pasamos por el penal y la verdad es que no me sentí del todo impresionado. Le pregunté al mototaxista por el penal Castro Castro, quizá ese penal sí sería lo que se suponía para mí era un penal. El Castro Castro quedaba a diez minutos “más arriba”, y casi, lo pensé, sí, le propongo que cambie la ruta, pero ya estábamos en Radio Planicie.
La entrevista tuvo su respectivo ají. Cavello no estaba solo, también conducía el programa Luis Felipe Alpaca. Y no era el único entrevistado, me acompañaba también el joven poeta Franco Osorio-Antunez de Mayolo. Hablamos de todo, pese a que el inicio del Perú-Brasil se apoderaba del imaginario inmediato. Al menos en el mío sí, que no esperaba gran cosa del encuentro, pero siempre a todo fanático del fútbol le va a picar esa curiosidad por ver un partido que, lo más probable, es que vayas a perder.
Dije lo que pensaba y eso es lo paja, decir lo que se piensa sin guardarse nada. Tranquilo contigo mismo ante todo. Aunque a veces la cagas involuntariamente, en las que mezclas ideas sobre un escritor X para adjudicárselas a otro no merecedor de esas palabras. Eso fue lo que me pasó cuando quise recomendar, entre varios títulos, Un lugar como este de Carlos Arámbulo.
Si los lectores del blog quieren escuchar la entrevista, ingresen aquí.