viernes, septiembre 19, 2014



136


A eso de las cuatro de la tarde, le pedí al señor Quiñones, el encargado del otro local de Selecta Librería, que ocupara por un par de horas el 16. Necesitaba salir, respirar algo de aire y despejar mi mente mientras me perdía por ciertos recovecos del centro.
Caminé por Rufino Torrico hasta Ica, en donde compré agua mineral en una tienda. No sé por qué camino sin rumbo, pero me siento bien haciéndolo, de cuando en cuando me pierdo en estas calles, guiado por los caprichos canábicos del azar, o por el capricho que sea.
Una vez ubicado en la Plaza Mayor, tomo asiento en unas de las bancas de concreto y me dedico a ver a dos turistas que toman fotos a la Catedral. Prendo el primer cigarro luego de seis horas, porque bajo una promesa de amor he decidido dejar de fumar, pero sé también que dejaré de fumar de a pocos, no cometeré el craso error de dejar de fumar de sopetón, que es lo peor que uno puede hacer si es que quiere dejar una adicción.
Las bocanadas de humo se perdían en el aire y me puse a pensar, mientras mirada a las dos turistas, ahora tomándole fotos al Palacio de Gobierno, en los diarios de Jonas Mekas que vengo leyendo desde hace unos días. Me pongo a pensar en que de los muchos libros que leo, los diarios hacen sentir su presencia. Por ejemplo, de cada diez títulos, cinco son de diarios, dietarios, bitácoras, como gustes llamarlos.
Las turistas se me acercan, una de ellas me sonríe y me pregunta si les puedo tomar una foto. Les digo que sí, que se acomoden en el lugar que quieren salir.
Ambas hacen gestos, gestos vivaces, entonces disparo, disparo cuatro veces, al hilo, en cada disparo un nuevo gesto, otra postura, otro derroche de natural sensualidad. Les entrego la cámara y ven en la pantalla las fotos que les acabo de tomar. Me dicen que soy todo un profesional de la foto, y la verdad que no es la primera vez que me lo dicen, pero tampoco cometería la estupidez de ufanarme de ello, es solo un talento natural que nunca me ha interesado potenciar. Las turistas se despiden de mí y las veo alejarse mientras acabo el cigarro, cigarro que se me antoja inacabable.
Lamento no haber traído una novela corta en formato de bolsillo, que siempre me son tan útiles cada vez que camino por las calles. ¿cuántas novelitas habré terminado en las calles?, me pregunto. Lamento no haber llevado conmigo una novelita, porque seguía con ganas de permanecer sentado, durante una hora, leyendo, reprimiendo la tembladera, ansiedad, que me genera el no poder fumar como lo hacía.


jueves, septiembre 18, 2014

135


Un par de personas, uno muy amigo mío y el otro a quien aprecio por su generosidad e inteligencia, discuten por el Face.
Me apeno y deseo que solucionen sus diferencias.
Como no quiero deprimirme por cuestiones relativamente ajenas a mí, me desconecto del Face sin antes rescatar la idea que originó esa lamentable discusión.
La idea: después de algunos años, estamos siendo testigos de una eclosión narrativa que no debemos dejar de prestar atención.
La única manera de aprovechar esta eclosión es leyendo precisamente los libros que dan vida a esta eclosión. No hay otra, no debemos dejar de pasar la oportunidad, porque esta ola de buena racha volverá a la nada más temprano que tarde.
Como bien señalé en algunos posts anteriores, por lo que se viene publicando en cuanto a narrativa, bien podríamos tener más de un entusiasta y justificado balance literario de fin de año, que como tal, no nos debe emocionar más de lo normal. Por eso hago hincapié en que hay que aprovechar el contexto, ganarle la partida a las mentiras que seguramente nos traerán los grandes sellos y los círculos de poder literario en los próximos meses.
Hasta hace no poco no sentíamos este inusitado entusiasmo por lo que se viene publicando, en donde tenemos a los narradores llamados mayores como Ampuero (Tambores invisibles), Cueto (La piel de un escritor) y Gutiérrez (Hacia una narrativa sin fronteras: narrativa peruana del Siglo XXI) que literalmente brindan cátedra sobre los entresijos del oficio narrativo y de lo clave que es para este la pasión por la lectura; como también el afianzamiento de narradores provenientes de la década pasada como Yushimito, Ángeles, Gamboa, Thorndike, Pimentel, Roldán, Pacheco, Mazeyra y García Falcón, que, sin exageración, vienen marcando la hora con lo que vienen publicando (sin duda, con más de uno de los mencionados tengo discrepancias, discrepancias que yacen en el parecer literario, en gustos de poéticas).
Claro, hay otras voces del decenio anterior que persisten y que aún no la hacen, no consiguen la legitimidad literaria porque equivocaron el camino, pues el relacionismo/lustrabotismo/besamanismo jamás será el camino en el sendero literario, sendero literario que resulta ser toda una mierda al momento de poner las cosas en su lugar. El poder académico, la foto histórica, la influencia en prensa y el sobonismo en las reseñas no son parcelas del sendero literario, sino de la Otra Literatura, que por ratos es engañosa, porque así esta se presente como la ricura de la fiesta a la que todos quieren sacar a bailar y flirtear en pos de una noche de sexo salvaje, pronto será puesta en evidencia por el lector, sea entrenado, entusiasta y hasta primerizo, que no se obnubila con el ruquerío.

miércoles, septiembre 17, 2014



134


En mucho tiempo no leía un libro de cuentos de semejante contundencia. Un cuentario epifánico que nos revela a un autor al que, sin duda, haríamos bien en comenzar a rastrear.
Me refiero a Flores nuevas (Montacerdos, 2014) del narrador argentino Federico Falco.
A Falco lo ubicaba por haber sido uno de los seleccionados por la revista Granta como uno de los mejores narradores en lengua española menores de 35 años. Pero esa discutible selección no hizo que le prestara atención, de haber sido así, habría cometido un acto de soberana irresponsabilidad, patentizado en un trepadismo literario que lamentablemente vienen llevando a cabo no pocos narradores y narradoras aquí en el sur, que buscan congraciarse con cada con uno de los Granta Boys, callando lo que verdaderamente piensan de ellos, en cuanto a lo literario, claro está.
A César lo que es del César. Sí. Sin esa selección de Granta no habría tenido idea de la existencia de Falco, a quien empecé a seguir de forma intermitente, quizá no muy animado, porque no me resultaba posible tener una idea cabal de su poética partiendo de antologías y relatos publicados en revistas, pero de quién sí podía percibir una poética peculiar, tan peculiar que lo diferenciaba de casi todos sus compañeros generacionales latinoamericanos, puesto que en esa poética sí era posible detectar una atmósfera cargada, medio a lo Far West, que teñía su escritura, es decir, su estilo y mirada.
Felizmente, la oportunidad llegó y ahora sí puedo decir que Falco es un narrador que bien puede jactarse de tres relatos, de los seis que nos presenta, que le asegurarán un lugar en el imaginario de la narrativa en español por un par de generaciones más. Me refiero a “Asiático”, “El cementerio perfecto” y el homónimo que titula la publicación.
Tres cuentos de largo aliento, pero como tales no regidos bajo las inalterables leyes de la relojería, sino que el autor demuestra que conoce la tradición de esta relojería, pero la conoce no para depender de ella, sino para darle vuelta y sacar adelante una propuesta personal que conmueve y aturde al lector mediante universos alejados de la ciudad y con personajes que traspasan las fronteras de la lógica, sumidos en algunos casos en la pasividad del azar.
Espacios y sensibilidades en constante conflicto. Es que Falco no se hace problemas, no va contra lo inalterable, por ahí no es el camino de la originalidad y la verdad, sino en que consigue no poco repotenciando la consabida idea de que el hombre no puede ser ajeno a su contexto, sin importar si este hombre haya crecido en él o no. Es por ello que en cada página de los seis relatos tenemos la sensación de que algo va a pasar, pero ese algo no viene asociado a los meandros de la trama, sino, por ejemplo, a la conducta repentina, por demás violenta, como bien apreciamos en “Asiático”.
Con narradores como Falco, podemos estar tranquilos. No todo es mentira ni globos inflados, ni lustrabotismo estratégico, ni besamanos vergonzantes, en la narrativa latinoamericana actual. Por eso, querido lector, no demores ni bien termines de leer esta reseña, corre ya a leer a este tremendo narrador.
 
 
Publicado en Siglo XXI


martes, septiembre 16, 2014

133

Acababa de abrir la librería. Hacía frío y pedí que me trajeran un café sin azúcar. 
Mientras esperaba, me puse a leer una novela que vengo releyendo desde ayer y que seguramente acabaría en las próximas horas. 
Encendí la radio, bajé el volumen, y de no sé qué estación radial salían cuatro temas al hilo de Kool and the Gang. 
La novela iba bien. 
La música también. 
Pero vino Don Marcelo. Don Marcelo es el señor que me trae los periódicos. Como era martes, compré La República. 
Me puse a leer el diario a medida que terminaba el café. 
Entonces llegué a Puente Aéreo, la columna del escritor y crítico literario Gustavo Faverón. 
El artículo de Faverón tenía el siguiente título: Los toreros metafísicos. 
Terminé de leer el texto y lo primero que hice fue preguntarme cómo una persona inteligente y con talento para escribir puede presentar un artículo tan ahuevado como este. 
Tenía sospechas, que como tales, personales, no tenían mucho asidero, porque no conozco a Faverón, pero el artículo en cuestión me reveló a un soberano patán (peor que su enemigo Aldo Mariátegui, para ser más preciso), que quiso dárselas de gracioso, de aventajado intelectual y de estadista pop a costa de una realidad que no conoce (prefiero pensar que no la conoce). 
O sea, este señor se burla de la gente, de la gente de a pie. Entre esta gente de a pie, hay un inmenso grupo que se ha visto perjudicado seriamente en su economía. Y para hablar de la gente de a pie no necesito pertenecer a la putrefacta izquierda local. No. Solo hace falta cierto sentido común, algo de sensibilidad, para darme cuenta de que la Reforma del Transporte no es el problema, sino su pésima ejecución, cuya logística no tuvo en cuenta a los menos favorecidos. Menos favorecidos, dicho sea, que venían reclamando una revolución en el transporte que los dignifique desde mucho antes que saltaran a opinar sobre el tema tipos como Faverón, que hablan como buenos, como si tuvieran la razón, defendiendo la mediocridad y la improvisación de un plan municipal hecho a lo bestia. 
Espero que Faverón recapacite de su porquería de artículo de hoy martes.  
Ahora, lo que yo espero de un intelectual como Faverón es que toda esa mala leche que lo llevó a pergeñar este artículo, se convierta en voluntad activa, voluntad activa que lo aleje de la demagogia, voluntad activa que lo lleve a reimpulsar proyectos literarios como Quipu (¿o lo hizo para pavonearse?), que sí era necesario, pero si su voluntad activa ya no da para tanto, aunque sea un sencillo club de lectura, que también es necesario.

lunes, septiembre 15, 2014



domingo, septiembre 14, 2014

132


Luego de una mañana placenteramente laboriosa, me puse a buscar películas en cable. Recorría la parrilla de canales y me quedé cerca de siete horas en Moviecity Classics. El motivo para mí era no menos que poderoso. No, no se trataba de un ciclo dedicado a Godard, Lynch, Coppola, Scorsese, Anderson… Más bien, el motivo era frívolo, lo único que quería era divertirme, pasar varias horas en blanco, viendo a Sean Conney como el Agente 007 James Bond y, por supuesto, el verdadero pulso de la sentada de la maratón dedicada al agente, el desfile de las Chicas Bond.
Vi las películas y me olvidé por completo del partido de Alianza Lima en Cusco. El día anterior había hecho planes para ver el partido, pensaba dar curso a las latas de Cusqueña que tengo en la refrigeradora, pero no fue posible, la jarra de jugo de naranja y los cigarros fueron más que suficientes en la maratón.
Acabada la maratón, puse en el CD Player los mejores éxitos de Stevie Wonder. Hace unos días le dije a una amiga, que sabe mucho más de música que yo, que lo bueno que nos ha entregado el Imperio es precisamente Stevie Wonder. Escuchando su música uno sí tiene la posibilidad de ser otro, por lo menos durante algunos minutos, de ser otro en una realidad signada por el fulgor de los arcoíris canábicos.
Desde hace unos días necesitaba de una seguidilla de horas dedicadas al más extremo de los relajos. Necesitaba desentenderme de los problemas y enfocarme en un asunto que más de una amistad me venía hablando desde hace buen tiempo. Entonces pensaba en el asunto durante la maratón de estas películas a las que puedes seguir con atención sin descuidar el análisis de otras cosas que rondan por allí y que tienes que potenciar con esa cuota llamada voluntad.
En donde otros escritores ven la felicidad, es decir, la publicación, yo me encuentro con la infelicidad. Lo que importa, pienso, de la escritura es precisamente su estado de trance, el proceso de desentendimiento que experimentas. Para mí la escritura es el trance, ese vuelo que te regala precisamente esa levitación demoniaca. Quien diga que la escritura termina en la publicación es un huevas. Lamentablemente, conozco muchos huevas que asumen de esa forma la escritura literaria. No hay momento más deprimente que el punto final. Por eso, desconfío de los huevas que escriben apurados la novela o cuentario que les pide una editorial grande, aunque esta costumbre también se está extendiendo entre las editoriales emergentes.
Algunos editores quieren publicarme. Felizmente, los veo muy serios, sé que han leído. Sus propuestas se las he comentado con las personas más cercanas a mí y estas personas cercanas me dicen que sí las tome en cuenta. Entonces pasé las últimas horas pensando en esas propuestas. Sin embargo, a la menor sensación de estar cayendo en el apuro, o peor aún, que me apuran, mando todo a la mierda, porque este Blogger no se muere por entrar al canon, ni a que los entrevisten, ni a que le tomen fotos... A este Blogger solo le importan el sexo, la lectura, el cine y el rock.
En los próximos días me levantaré más temprano y me pondré a buscar en los archivos del disco duro externo y en los USB los textos que debo ordenar. Muchos de esos textos serán reescritos, tendré que adecuar impresiones y autocriticarme. De esa tarea saldrán dos libros, distintos, que es todo lo que puedo decir hasta el momento.


131


Termino de leer Flores nuevas (Montacerdos, 2014) de Federico Falco. Por un momento pienso en la posibilidad de poder conocerlo y así abrirle la cabeza a martillazos. Solo de esa manera llegaré a conocer los secretos de su poética. En mucho tiempo un libro de cuentos no me abstraía. Falco no se hace problemas, al pata no le basta con escribir bien, ante todo es un escritor que sí tiene mucho que decir.
Guardo el libro.
Prendo un Pall Mall rojo y contengo las ansias de secar la Cusqueña en lata que tengo frente a mí. No sé por qué, pero últimamente más de un concurrente de Selecta me regala una Cusqueña en lata. Tomo cada una de estas cervezas en lata como un gesto de agradecimiento, algo que me hace sentir bien, porque imagino que ellos ya se han dado cuenta de que lo mío no es vender por vender, sino discutir, recomendar los libros que valen la pena leer.
Llego a casa y guardo la chela del día, a este paso no me faltará cerveza nunca. A lo mejor llegaré a ser un alcohólico involuntario, pero agradecido. Seré entonces un borrachín risueño, viviré desconectado de las nimiedades del mundo. Todo será felicidad, mente positiva para con la literatura peruana, pediré perdón a los capos de los carteles de Brown y Boston por haberlos tratado mal en este blog. Y solo me dedicaré a resaltar todos los libros que se publiquen, así algunos dizque lectores entrenados digan que no vale la pena leerlos.

sábado, septiembre 13, 2014