lunes, junio 17, 2013

No escribe, cincela



Publicado en El último lector – Lee por gusto, Perú 21

 


 

Empecemos:

Otras disquisiciones (Lápix Editores, 2012), del reconocido periodista Víctor Hurtado, es una publicación esencial, digamos un libro fascinante, un digno expatriado de la sección Chauchilla que toda biblioteca, así se precie de exquisita y ecléctica, no es libre de tener. Se trata de uno que hay que tener a la mano, pero no cerca, su uso se justifica una vez se hayan agotado todas nuestras referencias bibliográficas previas. Aquí hay seriedad, pero también mucho relajo. Aquí no hay información, sino estilo del bueno. Hay sabiduría, pero ante todo ironía.

Basta leer un par de líneas para llegar a la certeza de que el autor ha leído y lee, al punto que podríamos especular que le es imposible ver la vida sino es por medio de la lectura. A esto podríamos añadir una patente sensibilidad de cascarrabias y un jodiente ánimo festivo. Hurtado eleva la fugacidad del texto periodístico a un nivel literario que se agradece. Algo así no veía desde Mal menor de Jaime Bedoya.

La presente selección de artículos y ensayos fueron publicados en diarios y revistas de Costa Rica, en donde el autor reside desde hace muchos años. A medida que los leía, pensaba, barajaba la idea, primero a manera de especulación, sobre la continuidad de este tipo de textos en la prensa peruana, principalmente en el periodismo de opinión. Leía, pasaba páginas y en principio dije que sí, a lo mejor llevado por un incierto entusiasmo, pero luego acepté la realidad, que no. Esta clase de textos no tienen lugar en nuestra prensa, y si tuvieran un nicho, su publicación sería esporádica, a lo mucho tres en un semestre.

Basta ver nuestra cartera de columnistas, la mayoría de los mismos obligados a usar un lenguaje funcional, porque eso es lo que exige en teoría el discurso periodístico. En esta cartera, sumemos también a uno que otro blogger, podemos encontrar a no pocos escritores, para quienes su práctica significa un partido de entrenamiento (o en todo caso, una pichanga), o sea, un descanso de las hechuras mayores, de esos proyectos narrativos llamados a cambiar el devenir de nuestra patética actualidad literaria. En apariencia, el periodismo frente a la literatura, es, por donde se le mire, un oficio menor.

Por otra parte, y quien lo niegue es porque es un habitante de Saturno, una columna de opinión es una tribuna de autopromoción, en especial para las plumas de cierto reconocimiento, atados a la obligación de presentar cualquier libro, sea el mamarracho que sea, cada dos años; estos espacios les ayuda a no desaparecer del todo ante el pueblo letrado. Están ahí sin estar, y eso es lo que les importa. Más de uno anhela sus centímetros cuadrados. Allí está el poder. El periodismo como medio, no como fin. He leído y leo los artículos de más de un destacado narrador local en diarios, pero pocos, realmente pocos textos, van a quedar. La mayoría de esos artículos mueren a las horas, sufren un letal envejecimiento prematuro. Solo los capos pueden inyectar chispazos literarios en este mentado discurso funcional. Se puede y para hacerlo hay que tener maña, tal y como lo hizo Fernando Ampuero con Viaje de ida.

Es por ello que Hurtado sorprende. Aunque no debería sorprender. Más de uno aún guarda en la memoria lectora Pago de letras, pero esta nueva publicación la supera en todo sentido. Vemos a un Hurtado más universal, por decirlo de algún modo; ambicioso, y debido a esa ambición constatamos su alcance, como también sus falencias, falencias no ligadas al defecto, por cierto.

Si estuviéramos en un partido de fulbito, Hurtado haría diabluras. Su prosa y su mirada ingeniosa, ni hablar de su tendencia natural a la adjetivación, y si esta es zahiriente, tanto mejor, hacen de él un 10 a la antigua, preocupado en las huachitas y los autopases, siempre atento, pero sin prestar atención, al aplauso de la platea, que sin duda lo aplaude, porque debido a su capacidad para los vericuetos verbales, puede convertir el tópico más anodino en uno para recordar, brindarnos otra mirada de los grandes clásicos de la literatura, de cómo es que se debe leer en estos tiempos de prisas, de lo difícil que es ser uno mismo en el baile de máscaras en que vivimos. Pues bien, en estas páginas también hay un risueño mensaje subliminal que las recorre: leamos y no seamos estúpidos es su consigna, su cruzada personal.

Pero las siete secciones de OD pueden llegar a cansar. 391 páginas en total. A todos nos gusta el ingenio, las huachitas, los autopases, o lo que el talento pueda generar, pero en el exhibicionismo se pierde demasiada esencia. Debió haber una selección y no una recopilación. Tanto muestreo estilístico hizo que terminara extenuado y un tanto amargado de la vida. Este libro hay que disfrutarlo como el vino, beberlo de a pocos; no asumirlo como un vaso de chela. Este trago es otra cosa, una experiencia que debemos conocer, pero no en un solo viaje, sino en visitas espaciadas.

miércoles, junio 12, 2013



martes, junio 11, 2013

"Manguera"



Novena entrega para Lecturas de Madrugada – Lee por Gusto, Perú 21.

 


 

Si me preguntan por algún olvidado gran narrador peruano, yo no lo pienso dos veces. Porque la respuesta no sería uno, sino dos. Este par proviene de las canteras del periodismo, uno mucho más prolífico que el otro, pero ambos grandes entre grandes, que deberían ser desde ya referentes ineludibles.

Jorge Salazar (1940 – 2008) y Guillermo Thorndike (1940 – 2009), señores.

Quien se precie de conocedor de la narrativa peruana contemporánea y no conozca la obra de estos titanes, caería sin más en un serio entredicho. Claro, no faltarán los idiotas que digan que no deberíamos incluirlos en el ámbito literario porque lo suyo fue sencillamente la práctica periodística. No me sorprende. Aún hay dizque sensibilidades que leen bajo parámetros caducos, a quienes les importa ubicarse bien entre los límites de lo real y la ficción. Estos parámetros, sencillamente, imposibilitan el goce de la literatura, ¿o es que la literatura tiene que ser solo ficción? Al respecto, lo mejor sería explicarlo de la siguiente manera: si un hombre y una mujer se encuentran teniendo el mejor sexo de sus vidas y lo único que desean es que este encuentro sexual no termine, sino que se extienda todo lo posible, de seguro no perderían el tiempo preguntándose por la marca del reloj y la calidad del collar que usan. Lo mismo pasa con la ficción y la no ficción. Si te gusta lo que lees, si te estremece lo que lees, si te incomoda lo que lees, si te saca la mierda lo que lees… No lo dudes: estás leyendo literatura.

Pues bien, quedemos, por ahora, en la figura de Thorndike. El solo hecho de nombrarlo nos remite a uno de los más grandes nombres de la crónica en castellano. Por ejemplo, junto a Operación masacre de Rodolfo Walsh, El caso Banchero es una de las piedras angulares de la tradición de la literatura de no ficción. A veces me sorprende que se lea más A sangre fría de Capote que estos títulos de Walsh y Thorndike.

Años atrás decidí leer y releer todo Thorndike. Hice un plan de lectura de su obra y le dediqué todo el verano del 2006, pero por más esfuerzo que hice no pude completar la tarea de aquel “Verano Thorndike”. Obviamente, alguien que publicó tanto como él, no quedó libre de entregas irregulares, como el olvidable El hermanón.

No sé cuánto tiempo tenga que pasar para valorarlo en justa medida. A lo mejor demore más de la cuenta, lo cual es una lástima, puesto que es uno de los contados escritores peruanos que sí pudo mantener un proyecto narrativo coherente. Pues sí, fue un escritor coherente y es con este Thorndike con el que nos debemos quedar. No con el Thorndike hueleguiso, no con el Thorndike adulador sin reparos, mucho menos con ese Thorndike que hacía gala de una vergonzante carencia de ética que le hizo abrazar los más sucios intereses del poder político.

Las cosas claras: Thorndike tenía un gran ojo para el periodismo. Revisemos los diarios y suplementos que editó en los setenta, que no es más que una duro puntapié al periodismo cultural y de investigación que se hace hoy en día. Uno lee esos diarios y suplementos y ve que está ante periodistas; uno lee los diarios y suplementos de ahora y uno no sabe ante qué se encuentra. Este escritor poesía un envidiable talento natural. Pero como acabo de señalar, Thorndike no tenía ética y el periodismo sin ética es lo mismo que nada.

Por el momento, la obra de Thorndike recibe un reconocimiento silente. Su discutida imagen se impone a la valoración de su obra. Y más de uno aún recuerda las duras palabras que Vargas Llosa le propinó en El pez en el agua. Marito quiso desaparecerlo y por poco lo logra.

Para admirar a Thorndike, hay que hacer un esfuerzo de objetividad. No queda otra.

De cuando en cuando, Thorndike le pedía mínimas licencias a la ficción. Sin estas licencias, que le ayudaban a dotar de mayor verosimilitud un hecho real, no hubiera escrito un pequeño libro que, aparte de ser en esencia una delicia, a lo mejor sea el mayor aporte del autor a la historia del fútbol peruano, Manguera (1975).

Los que hemos vivido nuestros años adolescentes en el primer lustro de los noventa, sabemos que no fueron muy propicios para los blanquiazules. En este sentido, no tengo reparo alguno en admitirlo: no tuve plenitud futbolera porque nunca vi a Alianza Lima campeonar en los años que se supone tenía que verlo campeón. Sin embargo, jamás me arrepentí de ser azul y blanco, ni puse en tela de juicio mi abandono de la crema, abandono que llevé a cabo a los doce años, cansado pues de ser parte del ritual familiar.

Pues bien, ¿por qué ser hincha de un club que representa todo lo que detesto? No hay que ser adivino. Alianza Lima es también la cultura de la criollada, la viveza, la pichanga y la informalidad. Un ejemplo insoslayable: la historia deportiva peruana consigna que el vestuario blanquiazul es el más difícil de todos. El más jodido. El más traidor. O como bien se ha dicho, Alianza Lima es la metáfora de las taras peruanas. No hay que escandalizarnos con estas verdades, porque estas verdades son lo que hacen de Alianza Lima el club más grande de Perú. Revisemos sus campañas, sus campeonatos, sus tragedias, las vidas de sus jugadores más representativos…

No sé si Thorndike era hincha de Alianza Lima. En realidad no interesa si lo fue o no. Él era un escritor que buscaba historias, o sea, personajes. Manguera es pues la recreación de la vida del mayor ídolo del club, Alejandro Villanueva. Qué gran personaje Villanueva. Especulo sobre las otras opciones que Thorndike haya podido tener. A lo mejor Valeriano López del Boys. Ni hablar de Lolo Fernández, a quien los hinchas cremas han pintado como santo, capaz Lolo nunca se emborrachó, jamás salió de putas y seguramente murió casto. Lolo Fernández es la perfección, el ejemplo, la virtud, ergo: el aburrimiento para cualquier proyecto narrativo. Los personajes sosos no sirven para la narrativa, pues. Entre una biografía novelada entre Teófilo Cubillas y Hugo Sotil, yo prefiero la del “Cholo”, sin duda.

Busqué el libro por buen tiempo. Sabía que Mosca Azul lo tenía en su catálogo. Es que buscaba Manguera, como tal. Pues bien, no recuerdo la fecha, pero sí sé que fue a fines de 1999 cuando conseguí El revés de morir (Mosca Azul, 1978), en donde encontré seis textos, de los que llamaron mi atención el homónimo que titulaba la publicación, toda una joya de arte poética, y el primero: “Manguera”, que leí en un par de horas de una tarde dominguera y lo volví a releer en la madrugada. Literalmente devoré el extenso relato, lo devoré bajo la mirada del hincha, desde la más caprichosa subjetividad.

En “Manguera” no solo se habla de Alejandro Villanueva. No. Aquí desfilan las glorias aliancistas: Juan Valdivieso, Alberto Moncada, José María Lavalle, Adelfo Magallanes, José Montellanos, Julio Iturrizaga, Kochoy Sarmiento. Aquí están en detalle las legendarias broncas que cimentaron la rivalidad con Universitario de Deportes. Los clásicos, las goleadas, hazañas como las Olimpiadas de Berlín 1936 y el llanto de la derrota. Gracias a la pluma del “gordo” somos partícipes de la historia íntima, es tan convincente que podemos saborear el ají de gallina, la carapulcra, la chicha, los panes con huevo; reírnos de la mojigatería de las mujeres bien; hasta nos asqueamos con la pestilencia de las medias, que no se cambiaba nunca, de Magallanes.

La gloria y la caída de Villanueva. El negro lo tenía todo. Fuerza. Talento. Olfato goleador. Voz de mando. Pero a Villanueva también le gustaba la noche y todo lo que ella le pudiera deparar, es decir, el alcohol, el baile, en especial las mujeres que lo veían como un semental, un irresistible símbolo sexual. Villanueva pudo ser el mayor jugador peruano de todos los tiempos, pero no le dio la gana. Creía que el fútbol sería para siempre y en esa idea no hizo otra cosa que destrozar su cuerpo. Por eso murió pobre y olvidado, como los grandes.

lunes, junio 10, 2013


viernes, junio 07, 2013

El ojo, la lengua



No sé qué había pasado aquella perdida noche de octubre del 2001. Nunca he sido de tomar, no al punto de terminar toreando autos, tal y como he visto hacerlo a más de un poeta por Wilson. Pero esa noche caminaba borracho, aunque algo temprano, en realidad muy temprano: a las nueve. Recuerdo que comencé en el centro, a lo mejor en el Queirolo, la seguí en algún punto de Bolívar y la rematé en la Universitaria, en la vereda de la Católica, rumbo a La Marina.

La buena hierba, que seguía haciéndome efecto aún después de muchas horas de haberla fumado, era la que guiaba mis pasos. De pronto, me encontré en una feria de libro. Así es: una feria de libro.

Entré y varios stands ya estaban cerrados y algunos otros en vías de estarlo. Caminé, como quien busca disipar la pesadez mental. Llegué al stand El Aleph. De alguna u otra manera, y debido a la experiencia de haber encontrado buenas cosas allí en distintas ediciones feriales, me puse a revisar los lomos y portadas de libros. Luego de diez minutos de intenso y fugaz miramiento, me disponía a irme. Sin embargo, reparé en un lomo que había pasado por alto. En principio lo cogí creyendo que se trataba de un libro sobre The Rolling Stones, pero no, se trataba de una antología de las mejores crónicas de la mítica revista fundada por Jann Wenner.

Llegué a casa y la leí de un tirón Lo mejor de Rolling Stone (Ediciones B, 1995). Y qué bestia. Qué colaboradores. Qué buen ojo del chato Wenner para seleccionarlos y qué buena disposición para cuidarlos, porque los cuidada pagándoles bien. En estas páginas, más de quinientas, desfilan las plumas que renovaron, o que en todo caso inyectaron de nuevos aires, el periodismo, dinamitando la anquilosada ortodoxia discursiva, fundando, quizá sin proponérselo, en el ejercicio de la escritura lo que hoy todos conocemos como Nuevo Periodismo. Aquí está la historia de la crónica, algunos pilares de su tradición. Veamos: Hunter S. Thompson, Ken Kesey, Tom Wolfe, Joe Eszterhas, David Fricke, Michael Thomas, Chet Flippo, Anthony de Curtis, David Harris, Kurt Loder, Grel Marcus, Eric Ehrmann, Joe Klein, Robert Palmer, Mike Sager…

Pervive en mi memoria la crónica “En búsqueda de la pirámide secreta” de Kesey. Mientras la leía recordaba este aforismo del siempre genial Wallace Stevens: “La lengua es un ojo.” Y lo recordaba para alterarlo, no era para menos. En el caso del autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, el aforismo debía ser “El ojo es una lengua.” No hay que quemar cerebro al respecto, aún más que el escritor de ficción, el de no ficción tiene que escribir con el ojo, debe escribir mirando, radiografiando cada detalle, en él no está permitido la tentación del ripio. Y Kesey no se pierde en el ripio ni en la trivia posera, Kesey abre sendero, escribe e informa sin atosigar. También permanece en mi memoria “El rey de la chusma” de Joe Eszterhas. Ni en sus más entendibles aspiraciones como escritor, el futuro guionista de Flashdance creyó que su texto estaba destinado a dar cuenta de toda una generación que había hecho suya la innominada filosofía del discurso filosófico-marihuanero. En más de un tramo uno se pregunta qué es lo que está narrando, pero en esa aparente no lógica, bajo un tono muy risueño, vamos siendo testigos de una brutal disección de las emociones encontradas, confundidas y solapadamente aburridas de toda una generación. De la misma manera con el ya clásico “Enrollándome con MC5” de Ehrmann y los avances de lo que sería la obra maestra de Thompson, Miedo y asco en Las Vegas.

Me resulta imposible obviar uno de mis textos favoritos del volumen, de uno de los más balzacianos narradores de hoy en día, el inacabable Tom Wolfe, quien desde sus inicios dio muestra de que estaba destinado a ser un grande. Wolfe poseía una mirada especial y una curiosidad animal, tal y como lo leemos en Todo un hombre y La hoguera de las vanidades. En “Remordimiento postorbital” Wolfe dicta cátedra. Así de simple. Mediante un magistral contrapunto estilístico, por el que luce su mirada busquera, el autor pone de relieve un tema por demás anodino: la reunión anual de los vendedores de discos en USA. Venner encargó a Wolfe la hechura de esta crónica bajo la sospecha de que había infiltrados de la CIA, que veía como peligro social la crecida e influencia del rock en las púberes mentes de los chicos bien norteamericanos, en estas “asambleas” de vendedores de discos. El texto data de 1969, año, o años en los que la agencia operaba en constante paranoia ante un posible avance silente de un pensamiento y una actitud disidentes que, por cierto, recreó muy bien Philip Roth en Pastoral Americana.

A lo largo de los años he leído esta antología más de una vez y la habré picado en miles de ocasiones. Podría parecer un poco exagerado, pero en estas páginas yacen las semillas de lo que con los años se ha llamado el Nuevo Periodismo, término que a la fecha no sé qué cosa es. Se habla mucho y por demás sobre su carácter, al punto que más de uno, sin conocer su tradición, niega su aura literaria. En ese sentido, yo no me hago problemas. Por medio de la no ficción también se puede llegar al estremecimiento de la genuina literatura.

jueves, junio 06, 2013


domingo, junio 02, 2013

E V-M

sábado, junio 01, 2013


viernes, mayo 31, 2013

Joven sensación

 


Hoy día inauguro mi columna El último lector en Lee por gusto de Perú 21. ¿Qué es lo que haré allí? Fácil: todos los viernes publicaré reseñas de publicaciones peruanas recientes. Como bien ya lo he dicho antes, yo leo libros, no personas.

 


 

No hay escritor peruano, o al menos muy pocos, que no haya participado alguna vez en el Premio Copé de Cuento. Este premio seduce, mucho, en especial por su generoso monto pecuniario. En este sentido, no hay que dejar de saludar la vigencia del mismo por cuenta de Petroperú.

Sin exagerar, ganar o quedar finalista de un Copé, sea en la categoría que sea, te convierte en “alguien” en nuestro siempre tan cerrado y circense espectro literario. Puedes ser un narrador de perfil bajo, hasta te pueden decir que no eres nadie, pero si tienes tu Copé, podrás decir lo que te venga en gana. Quedé en segundo lugar. Me robaron el Premio. Uno de los jurados me tenía hambre y por eso no me dieron los chibilines que merecía. Es decir, si eres de lo que piensan que el oficio literario es como una carrera literaria, el Copé tiene que figurar como sea en tu CV.

De sus muchos ganadores en las distancias cortas, dos en mi memoria: Fernando Iwasaki con “El derby de los penúltimos” y Óscar Colchado con “Cordillera negra.” Pues bien, desde hace algún tiempo, el Copé de Cuento me resulta repetitivo, regularon. Me cansan pues los relatos políticamente correctos, bien escritos (no faltaba más), los cuales alimentan sospechas razonables de que han sido escritos bajo los gustos literarios de los miembros del jurado, que por más que se diga que es un secreto hasta el día de la publicación del veredicto, sabemos quiénes lo integran.

Los caminantes de Sonora reúne los cuentos ganadores y finalistas de la edición 2012. Se trata pues de una publicación con un evidente nuevo aire, cuya lectura me ha dejado muy entusiasmado, pero no por su contundencia narrativa, sino por su lectura a futuro, por su carácter documental cuasi profético. Mientras la leía sentía que estaba enfrentándome a una antología de lo que sería la narrativa peruana del 2010 al 2020. No me sorprendería que de esta cantera salgan las voces medulares que nos ayudarán a superar las mentiras de los senderos metaliterarios que imperaron en el decenio anterior, cosa que así despertaremos de una buena vez de esa resaca sin alcohol signada por “lo muy bien escrito” y la nula transmisión.

La mayoría de los autores entre ganadores y finalistas son desconocidos. Tampoco faltan los caseritos del concurso. Pedro Llosa y Miguel Ruiz Effio, ambos muy talentosos y persistentes. Tanto “El juglar de feria” y “Lo que sabemos de Neri” reflejan madurez y pericia en el arte de contar. Como idea, este par de textos eran como para ganar por unanimidad. Ahora fueron mucho más ambiciosos que en sus otras participaciones “coperas”, sin embargo, esa ambición yace en una falta de originalidad discursiva que atenta contra lo que precisamente cuentan, o sea, no se podía ser más cantado y previsible. Por ejemplo, lo que pudieron hacer en cinco páginas, lo forzaron innecesariamente hasta la abulia. Aquí confundieron cantidad con calidad, como si el “tamaño” fuera lo más importante en cuento.

Mi interés se fija en los relatos de Mariano Vargas y Richard Parra, que no son autores nuevos, más bien han sido víctimas de la mezquindad de nuestro medio literario, sus libros publicados no generaron lecturas responsables, a las justas una mínima difusión en prensa. “Sala de espera” y “La pasión de Enrique Lynch” están lejos de ser cuentos inolvidables, pero sí son lo suficientemente buenos como para tener una expectativa quieta de lo que vayan a presentar en los próximos años. Lo mismo podría decir de la sorpresa del volumen: el crítico y editor Juan Francisco Ugarte, que se estrena en los campos de la ficción con “Navidad”. A Ugarte le sugeriría, si es que algo le puedo sugerir a un novel plumífero, que suelte su prosa, que de haberlo hecho, definitivamente no estaría entre los finalistas, pero tampoco con el primer lugar.

Leyendo a los otros finalistas, me doy cuenta de que (casi) todos son hijos de talleres de narrativa. Y si no lo son, pues parecen. Me arriesgo a decirlo debido a lo extremadamente correctos que son, realmente temerosos de ir más allá de los parámetros clásicos del cuento. Esta impresión adquiere más sentido con lo que dije líneas arriba, al hecho de que se escribe para agradar al jurado en vez de apostar por la originalidad. Está bien conocer las leyes del cuento, es pajita ir a un taller de narrativa, pero mucho más importante es el parricidio, siempre y cuando este sea un parricidio con conocimiento de causa de lo que se aprende.

Y ahora, los Fab Four.

Del bronce al oro.

El tercer lugar recayó en el arequipeño Goyo Torres. Su relato “¡Hierbasanta, hierbasanta!” se inscribe en los sinuosos ríos de la narrativa de la violencia política. En principio promete algo, pero de a pocos este se va diluyendo debido a la poca pericia del autor a la hora de administrar las voces de sus personajes, que, dicho sea, son demasiados para un universo tan relojero como lo es el cuento. Por (contados) instantes pensaba que estaba leía el resumen de una novela. No obstante, se destaca el soplo de originalidad en cuanto al desarrollo de su argumento, guiado por el punto de vista de una niña. Sin duda, hay mejores relatos entre los finalistas que este de aquí.

Lo recuerdo muy bien: era una tarde calurosa. Me encontraba tirado, agotado. Era el día más pesado de la Feria del Libro Ricardo Palma 2012: el de la desinstalación del stand. Acababa de fumar y beber un jugo de granadilla. Y cerré los ojos con la idea de aprovechar los pocos minutos de relajo que me impuse. Pero este escenario de relajo se vio interrumpido por la llegada de un periodista amigo mío. Él tenía el rostro desencajado y no era difícil deducir que acababa de enterarse de una tragedia. Dentro de mí rogaba para que esta tragedia no fuera familiar. ¿Qué te pasa?, le pregunté. Mi amigo periodista me miró, sus labios temblaban.

Habla carajo, ¿qué ha pasado?, volví a preguntarle.

Mi amigo periodista respiró hondo y se armó de valor.

Esto fue lo que dijo:

“¡Pierre Castro ganó el Copé de Plata… Pierre Castro… ¿Qué nos pasa? Dime, Gabriel, qué significa esto. Estamos hasta las huevas!”

Imagino que esta sorpresa, indignación y pena de mi amigo periodista no solo era suya, pero tampoco era para tanto. Que a Castro se le haya dado el Copé de Plata ratifica mi teoría de que la literatura es como el fútbol, puesto que ella te ofrece más de una revancha. Es de subnormales pensar que un bodrio como Un hombre feo haya sido el debut y la despedida definitiva de Castro del mundo de la literatura. El premio que se le concedió podría servir de estímulo para todos aquellos que pasaron desapercibidos en sus inicios literarios, de la misma manera para los que recibieron únicamente machetazos en sus primeras entregas. Obviamente, esto lo digo en cuanto a la imagen de escritor. No hablo desde el punto de vista literario, porque de ser así, no tengo mucho que decir del relato “El río”, que está muy bien estructurado y aceptablemente bien escrito. Pero de allí no más. Es olvidable, su supuesto final feliz es tan ridículo y digno del discurso vacío que lo sustenta. También sirve de motivo de especulación porque un jurado más atento, a menos que uno de ellos haya estado durmiendo durante la deliberación y que al momento de despertar haya creído que “El río” era un cuento de Monterroso, no lo hubiera premiado. Así de simple. Estamos hablando del Copé, señores. “El río” no está mal, pero sin duda hay muchos mejores entre los finalistas.

Tampoco se salva de reparos el otro relato que ocupa el segundo lugar, “El libro de la sabiduría” de Alejandro Neyra. En cierta ocasión compartí con el autor una mesa de presentación y dije que él era un muy buen ensayista. Quizá uno de los mejores de los últimos años, me basta leer sus excelentes colaboraciones que durante buen tiempo estuvo publicando en la web literaria El hablador, colaboraciones que, para beneplácito de los que lo apreciamos por su buena prosa, publicará este año en formato de libro. Pues bien, su relato encapsula los óbices que también pueden notarse en su novela CIA Perú, 1985. Neyra tenía una historia difícil y por ello sumamente funcional, si quería inyectar humor e ironía, debió hilar fino. El personaje Treviño y el narrador protagonista no son más que meras caricaturas de desarraigados existenciales. Tampoco se pedía un tono trágico, esa no era la idea, pero una de las características del humor y la ironía es el divorcio tajante con el ingenuo lugar común.

Ahora, el ganador: Christ Gutiérrez-Rodríguez. Se sabe que estudió humanidades en la Villarreal y administración en la Universidad del Callao. Nada más, aunque se consigne en la solapa biográfica que es autor de un libro de relatos, el cual nunca escuché. Su cuento “Los caminantes de Sonora” es, por donde se le mire, un justo ganador, pero irregular, con cimas narrativas que aseveran su serio oficio narrativo. El tema que aborda es no menos que atendible: un par de jóvenes peruanos, José y Félix, intentarán cruzar el infernal desierto mexicano de Sonora hacia Estados Unidos, llevando una “mercancía” en sus mochilas. En el trayecto recuerdan y cuestionan la decisión que los tiene sorteando coyotes, serpientes e insectos. Empero, el autor nos brinda una laxa configuración moral de estos dos personajes. ¿Qué hacían en Perú? ¿A qué se dedicaban? Preguntas que adquieren sentido ante el forzado tributo a Bolaño, tributo a lo bestia más bien.

Veamos:

“Dime Félix, tú que estás más loco que una cabra, dime, ¿qué es el desierto? El desierto, amigo mío, es un escritor sin talento. Sus historias son retorcidas, absurdas, complicadas, fatales, infelices. Acaban siempre empolvadas. Mejor te hablo del mar. Sé un verso de Watanabe, el poeta trujillano: “El pelícano herido se alejó del mar y vino a morir sobre esta breve piedra del desierto”. El mar es para soñadores y valientes, José.”

En ningún momento se nos brinda el más mínimo dato que nos dé luces sobre una posible sensibilidad artística de este par de tipos que nunca han cogido un libro en sus vidas. Este cuento se sostiene por su verosimilitud, pero ese recurso bolañero es peor que una bomba de tiempo. Derrumba en una todo el cuento, le quita peso, le arrebata el nervio, lo idiotiza, le quita sabor.

Como dije líneas arriba, estamos ante un documento que tiene el involuntario gran mérito de ofrecernos novísimas y nuevas voces, las suficientes como para hacer del Copé de Cuento 2012 el más fresco de todos en su categoría y, obviamente, uno de los más irregulares. Su verdadero valor se verá justificado en los próximos años, cuando sus autores publiquen muy buenos cuentarios y estimables novelas. De eso no tengo la más mínima duda.

martes, mayo 28, 2013


lunes, mayo 27, 2013

"La maravillosa vida breve de Óscar Wao" de Junot Díaz



Publicado en Lecturas de Madrugada 8 – Lee por Gusto de Perú 21

 


 

En febrero del 2009 fui a la Feria del Libro de Trujillo. Como el director de Revuelta Editores, David Ballardo, no podía ir, me pidió que vaya en representación de la editorial, ya que en el marco de dicha feria se presentarían dos libros del sello: El orden de la soledad de Aldo Vivar y La línea en medio del cielo de Francisco Ángeles.

En mi mochila llevaba la novela que acababa de comprar: La maravilosa vida breve de Óscar Wao del dominicano-americano Junot Díaz. Sobre el libro tenía no menos que excelentes referencias y recomendaciones. Pensé leerlo en el curso del viaje, el cual sería muy corto, puesto que solo estaría en Trujillo únicamente para cumplir con las presentaciones. Sin embargo, en las horas que estuve en esa soleada ciudad, no pude leer ni una sola página de la novela. Entonces, creí que lo haría durante mi regreso. Pues bien, mientras estábamos en el taxi que nos llevaba a la agencia de Cruz del Sur, Francisco y yo conversábamos mucho sobre la continuidad de su web literaria Porta 9.  Yo estaba algo preocupado, debíamos llegar cuanto antes y comprar los pasajes de regreso. Faltaban diez minutos para las once de la noche. Al llegar a la agencia, bajé del taxi lo más rápido que pude. Mientras pagaba los pasajes, me di cuenta de que no tenía en la mano el objeto que cargué durante las horas que anduve por Trujillo. Sentí una inmensa desazón. Además, ya se había hecho la llamada para abordar el bus y no veía a Francisco por ningún lado. Luego de dos minutos de búsqueda, él apareció por la puerta de entrada, con el ejemplar de La maravillosa vida breve de Óscar Wao. “Cuando saliste del taxi, se te cayó el libro y el taxi lo arrastró media cuadra”. Efectivamente, el libro había sido arrollado, tenía manchas negras y un manto de polvo impregnado a lo bestia.

A mediados de la semana pasada encontré este ejemplar entre los anaqueles de mi biblioteca. Necesitaba releer algunos de sus capítulos, puesto que me encuentro elaborando un texto sobre el humor en la novela contemporánea. El ejemplar aún evidenciaba las marcas de las llantas de ese taxi. Y comencé a releer los capítulos que me interesaban. Pero no tardé en releerla completa, aprovechando que no había ido a trabajar a causa de una gripe fulminante.

Y la verdad, la verdad de todas las verdades, qué novela de la putamadre se mandó Junot Díaz.

Sigue fresca y lozana. No ha envejecido nada. Su existencia es todo un puntapié a aquellos santones que pontifican sobre la inutilidad del humor en la novela, aconsejando a los escritores a huir de él como si se tratara de una peste.

Esta novela remece y hace reír, me he carcajeado mucho más, y perdonarán la recurrente exageración, que con La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

Junot Díaz nació en República Dominicana, en 1968, y desde los tres años vive en Estados Unidos. En otras palabras, queridos y queridas, estamos hablando de un autor que ha crecido bajo la influencia de la cultura norteamericana. Pero La maravillosa vida breve de Óscar Wao, galardonada con el Pulitzer 2008 y el National Critics Circle Award 2007, para más señas, no es del todo una novela gringa, al punto que esta no sería lo que es si su hacedor hubiera pasado por alto el influjo de su cultura natal, que a fin de cuentas, es la que pone el condimento, la sal, es decir, el sabor que nos hace quererla y hacerla nuestra.

Las grandes novelas se sustentan en grandes personajes. Sin personaje, no hay novela. Y aquí tenemos a un inolvidable y peculiar Óscar de León (rebautizado como Óscar Wao debido a un giro fonético en el nombre del autor de El retrato de Dorian Gray), un obeso y feo americano-dominicano que vive en Paterson (New Jersey), cuyo sueño no es otro que convertirse en el Tolkien tropical. Nunca ha gozado del favor de las mujeres, y peor aún para sus naturales ansias hormonales: en su código moral no figura ni siquiera pagar por afecto y sexo. Su trauma, su temor, su karma, es morir virgen.

Ahora, no solo se nos cuenta la historia de este desdichado pero talentoso ser, también las vicisitudes de su madre Beli y su hermana Lola, como también las de su abuelo Abelard Luis Cabral, respetado médico dominicano que vivió en plena dictadura de Rafael Leonidas Trujillo.

Como todo un capo, digno heredero de la novelística gringa, un aplicado alumno del cómo armar una historia, Díaz se vale de un narrador que va recopilando datos de la familia de Óscar. En este sentido, Yunior es quien implícitamente nos descubre la gran virtud de la novela: la acertada fusión entre humor y tragedia, expandida en la ancestral maldición del Fukú, maldición que durante decenios lleva arrastrando la familia del aspirante a Tolkien tropical.

Si no fuera por el humor, esta novela vendría a ocupar un lugar más entre las que se han escrito sobre el trujillato. Y en mi opinión, esta sea quizá una de las novelas más logradas sobre las dictaduras latinoamericanas. A comparación de otras, como La fiesta del Chivo de Vargas Llosa, somos testigos de una suerte de exorcismo, pero uno no visto desde la tragedia, sino desde la festividad. Un exorcismo festivo, un canto a la supervivencia. Por otra parte, asistimos a la consolidación de una vocación literaria, la de Yunior. El hecho de que Yunior relate la historia familiar de su amigo, lo lleva a sentirse escritor. Entre Yunior y Óscar hay pues mucha complicidad y generosidad, pese a las burlas del primero con el segundo. En este sentido, cabe la posibilidad de que estemos también ante una novela de aprendizaje. A lo mejor vaya a tener que pasar algún tiempo para darle esta lectura.

Son pocos los casos, contados, en los que podemos ver una buena hermandad entre calidad literaria y éxito comercial. Esta novela de Díaz no es un enlatado, no es un producto sobrevalorado. Esta novela de Díaz es, simplemente, literatura. A lo mejor, seguro que sí, una de las más grandes novelas contemporáneas de los últimos años, muchos años…

sábado, mayo 25, 2013

El mejor "Buensalvaje"

 


En mis manos, desde hace algunos días, el último número, el quinto, de la revista peruana Buensalvaje.

Tengo la costumbre de leer las revistas partiendo de la última página. De atrás hacia adelante.

Pero hice una excepción y la abordé siguiendo su curso natural.

En portada: Alberto Fuguet, uno de los mejores narradores de su generación, de hoy mejor dicho. Aunque si a alguien no le venga bien lo de “mejor”, menos aún lo de “generación”, este alguien no podrá negar que a la fecha es uno de los que más transmite, el que va a quedar entre tanto inflado generacional que el día que mueran serán enterrados con todos sus libros.

Empiezo a leer el contenido y encuentro en “Habla, librero” a Daniel Aparco. De los cinco libreros que he visto desfilar por esta sección, Aparco y Fernando Wong pertenecen a una especie en extinción: la del librero que lee y que no solo se dedica a llenar facturas y boletas, o lo que es peor: buscar en Google Images la portada del libro que le pide el sufrido cliente de turno, tal y como suele verse en Crisol y Época. Pues bien, no me llama la atención lo que dice Aparco, pero verlo me lleva a recomendar su más que interesante novela, posiblemente buena, Trampa para jóvenes escritores.

Llego a la tercera página y a nada estoy de cerrar la revista.

Me invade el sueño, y eso que no soy nada dormilón, me cuesta dormir, a las justas llego a las cuatro horas de sueño ininterrumpido.

Mi aprecio por el oficio literario de José Donayre es insuficiente, me es imposible resistir esa invitación al bostezo, al sueño por aburrimiento, de su texto “El espacio es un mal momento”. Tampoco pido que sea divertido, menos aún que esté bien escrito, porque indefectiblemente lo está, sino lo que pido, quizá lo único que pido como lector, como ser humano, es que se me comunique algo, así esté o no de acuerdo con lo que lea.

Entonces vuelvo a la costumbre de siempre, costumbre que nunca más volveré a traicionar.

Voy a la última página y en el trayecto me desoriento. Y así la leo en integridad y disfruto, primeramente de los cuentazos de Juan Manuel Robles (“Marcas”) y Mariana Enríquez (“Arde”), de las reseñas de Jerónimo Pimentel, Paloma Reaño, Juan Francisco Ugarte, Carlos Cabanillas, Armando Bustamante y Alexis Iparraguirre. Pero en estas reseñas parto con cierta ventaja, porque a excepción del libro que aborda Pimentel, los demás los conozco y doy fe de su evidente vuelo literario. Van a la fija.

Ahora, hay algo que sorprende, pero a lo mejor esté equivocado. La novela que reseña Jorge Castillo, El traductor de Salvador Benesdra, que, dicho sea, vengo buscando desde hace un buen tiempo. Ingenuamente pensé que ya estaba en Lima, respiré aliviado, ya que cuando me interesa un libro y no lo leo caigo en una malsana ansiedad. Llamé a las librerías La casa verde, El Virrey, Ibero y Sur y en todas me dijeron que nunca han tenido la referida novela. Entonces, lo aconsejable sería que si se consigna un libro, este pueda estar a la mano del pueblo. Aunque claro, me faltó llamar a Época, a lo mejor allí la encontraba entre los libros de empresa o plan lector, o de hecho en Crisol, seguramente ubicada entre los títulos de autoayuda previa asesoría de Google Images.

Sigamos un toque más en las reseñas, puesto que a estas se las ha visto como el Talón de Aquiles de la revista.

Semanas atrás le escuché más o menos lo siguiente a Dante Trujillo: “Buensalvaje es una revista de difusión, no es una revista de crítica”. Totalmente de acuerdo. BS es una revista de difusión. BS es una revista para el lector de a pie, para el lector hedonista. Los chavetazos no van con BS. Todo bien hasta allí. Muchos de los libros que se reseñan, en especial los extranjeros, no tienen pierde, pero el problema, a mi parecer, está en el filtro de las publicaciones nacionales, que no necesariamente deben ser obras maestras, pero que al menos cumplan con un requisito: que sean muy buenas. De hecho hay publicaciones nacionales que lo son, solo hace falta buscar, hurgar y evitar así el abismal desbalance con los títulos de autores foráneos. De esta manera podría aplicarse un justificado rigor generoso y así nos evitamos reseñas que parecen textos volteados de contratapas, como la de Julio Meza sobre Los caminantes de Sonora, o reseñas que exhiben un innecesario esfuerzo de objetividad, tal el caso de Bruno Polack al momento de señalar los reparos a Los discutibles cuadernos de Carlos Quenaya o la excesiva valoración de Victoria Guerrero al poemario Sobre mi almohada una cabeza de Micaela Chirif. Dicho esto en buena onda, pero lo cierto es que no me creo tanto bombo para con estas tres publicaciones.

 De la reseña-semblanza-memoria de Gabriela Wiener al libro de Mariana de Althaus, Dramas de familia, no puedo decir nada porque aún no lo leo, pero según la narradora y cronista, el asunto pinta muy bien. Ojalá sea así.

“El estupor del ángel esquizofrénico” de Carlos Torres Rotondo es un gran tributo a la memoria y obra de un gran poeta peruano: Guillermo Chirinos Cúneo, el maldito de malditos. A la fecha, es harto difícil encontrar la plaqueta Idiota del apocalipsis, hallarla es una proeza. Algunos años atrás tuvimos un rescate de la misma, incluida en Los otros de Carlos Carnero, Gonzalo Portals y Rubén Quiroz, pero el tiraje fue muy limitado, destinado a los amigos. Ojalá esta nota de Buco, en la que se incluyen un par de poemas de la legendaria plaqueta, anime a uno de nuestros editores de poesía a realizar los esfuerzos necesarios para darlo a conocer como se debe.

Siguiendo en las parcelas de la poesía, imposible pasar por alto “Los otros, los mismos” de Maurizio Medo. Medo nos ofrece una cartografía del neobarraco en castellano de los últimos lustros. Empieza muy bien, hablando de los otros pero termina hablando de sí mismo, en testimonio patente de autocherry solapado. No obstante, me alegra que la obra y el proyecto de Medo empiece a abrirse paso fuera del país. No es novedad, ni falto a la verdad: cada vez que Medo publica un poemario o antología, se lee al Medo persona.

Presa del desorden, llego a una de las colaboraciones más esperadas: “La tradición y el precipicio” de Gustavo Faverón. Aquí el connotado crítico y buen narrador nos ofrece una relectura de Entre paréntesis de Roberto Bolaño. Sin embargo, mis ánimos no tardan en desmoronarse, el texto de Faverón no ofrece las luces, las nuevas luces que tenemos que esperar de él. No dice nada nuevo, y, sorprende, que se entregue a una lista de lugares de comunes sobre la ensayística y artículos del detective salvaje. Pero lo justo: hasta en textos tan telarañas como este, Faverón no se cansa de exhibir una estimable inteligencia.

Manuel Bonilla desarrolla una muy buena entrevista a la excelente cronista argentina Leila Guerriero. Aún no la leo como se debe, es decir, solo he picado artículos y crónicas sueltas, pero sé bien de su gran calidad de editora. Guerriero sabe escoger, sabe editar, sabe mirar, prueba de estos buenos oficios los tenemos en Los malditos y Temas lentos de Alan Pauls. Se trata de una maestra en todo el sentido de la palabra y algo muy dentro de mí me dice que también es una bellísima persona, que se siente una grande pero que a la vez no se la cree, demostrando una nada impostada sencillez. Esta es la impresión que me dejan sus respuestas que le brinda a Bonilla a razón, principalmente, de su libro de perfiles Plano Americano. Me queda claro que Guerriero es una escritora que basa su trabajo en lo que escribe y no en la imagen que proyecta. Aprendamos, pues.

Definitivamente, la traducción de Guillermo Niño de Guzmán del cuento “El disco rayado” de J. D. Salinger, es el punto más alto del presente número. Aparte de ser uno de nuestros más grandes cuentistas, Niño de Guzmán es también uno de los más grandes lectores que conozco, a lo mejor debido a ello es que lo admiro tanto. Un grande traducido por otro grande, porque aparte de la novedad que significa tener un cuento desconocido de Salinger circulando entre nosotros, la traducción es demasiado buena, no impera esa voz oculta del traductor que Octavio Paz pedía evitar. Para  Paz una buena traducción de ficción no era más que la nulidad total de la voz  de quien traduce. Basta leer las páginas de este cuento para cerrar la revista y darnos por bien servidos, y, claro, guardarla en los cajones dedicados a las publicaciones periódicas de colección. Pero no, aún hay más.

Cuando recibí los ejemplares de este Buensalvaje, me encontraba con un amigo en la librería. Este amigo es un joven crítico literario bastante analítico. Nos pusimos a revisarlo a la volada, pero fuimos incapaces de no emitir un prejuicio ni bien vimos la portada. Es decir, si comparamos las portadas de los números anteriores, en donde teníamos a todo color a Enrique Vila-Matas, Javier Marías y Rodrigo Fresán, lo ideal era que se siguiera con un autor de esa línea. Como señalé líneas arriba, no solo para mí Fuguet es uno de los mejores narradores latinoamericanos de hoy, pero no podemos negar que le conocemos más de “cien” entrevistas ofrecidas a medios peruanos. Entonces, tener a Fuguet en portada no era, bajo ningún sentido, una novedad.

“A Buensalvaje se le está acabando la gente”, dijo mi amigo el joven crítico literario bastante analítico.

Pues bien, de todas las entrevistas que conozco sobre este artista chileno, esta quizá sea en la que dispara y patea más, pero no ciegamente, cada una de sus balas y puntapiés tienen nombre y apellido, y argumento. En sus respuestas, Fuguet arremete contra la mediocridad creativa, contra el lustrabotismo, contra la dependencia foránea como único medio de realización artística, contra la hipócrita diplomacia tan cara en el gremio literario. Estamos ante un tipo que no le debe nada a nadie y si hoy es lo que es, lo es debido a su persistencia. Si hacemos un breve repaso a su obra, y obviando que desde sus inicios haya sido publicado por editoriales grandes, nos daremos cuenta de que las pasó putas, no la tuvo nada fácil. Pasaron muchos años (y muchos libros) para que se le aceptara como una de las principales voces latinoamericanas. Fuguet no cambió, siempre fuel el mismo, pero hoy en día es más maduro, atraviesa una etapa de gracia, etapa de gracia patente en las respuestas a las buenas y precisas preguntas de José Tsang. Aquí Fuguet motiva y eso es lo que hace que esta entrevista sea distinta y mil veces superior a las más de “cien” que se le han hecho en estos terruños.

De todos los BS, este quizá sea el más logrado. Claro, los que leen este blog podrían pensar que estoy cayendo en una recurrencia valorativa, no es la primera vez que digo que el último número de ocasión es el mejor. Pero este BS es especial, aquí se percibe la mano del director y su equipo de trabajo. Sin que se note, se lucieron como grandes. Así de simple.

miércoles, mayo 15, 2013


lunes, mayo 13, 2013

"The Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión"





 

Este es uno de los libros que durante muchos meses –a lo mejor año y medio-- esperé que llegara a Lima. Cualquiera que haya devorado las cinco temporadas de la serie de HBO The Wire, me entenderá sin más. Y si hay alguien que aún no la ve, pues le sugiero que termine de leer esta columna y vaya tras la serie. Así de simple. Su existencia no es más que un motivo adicional que refuerza una verdad: el extraordinario momento --el mejor, a secas-- de la series de televisión.

Atrás, en el olvido, quedaron las series ochenteras y setenteras, que aparte de exhibir olvidables actuaciones, también hacían gala de un trabajo guionístico soberanamente insultante. No por nada, se dice que los guionistas de hoy son los hijos aprovechados de Dumas, que aprendieron los secretos de las novelas de folletín. Basta revisar los guiones de Mad Men, 24, Breaking Bad, Lost, Los Soprano y, sin ir muy al norte, de la primera temporada de la argentina Epitafios, para quedar absortos con el andamiaje estructural, la documentación enfermiza, en otras palabras: lo medular que resulta la logística narrativa.

The Wire jamás fue concebida para el mero deleite del espectador medio. Para disfrutarla, hay pues que dejar la piel en cada uno de sus episodios, casi del mismo modo de cuando nos enfrentábamos, por ejemplo, a las más crípticas películas de Godard, o para graficarlo mejor: como cuando ingresábamos en los laberintos de Paradiso de Lezama Lima.

Desde que empiezas a ver el primer capítulo de la primera temporada, el asunto tiene todos los visos de ser una empresa imposible de superar. ¿De qué hablan? Para colmo en jerga… Pero al final de la batalla uno queda con la sensación de que ha valido la pena invertir paciencia y sudor, puesto que terminas aprendiendo, y mucho. Sabes por fin cómo se movían las fichas de los sistemas representados, teniendo como única salida la de aferrarte a tus valores para no terminar emputecido. La locación: Baltimore, Baltimore para el mundo entero, en donde no hay personajes buenos, ni personajes malos, todos son iguales.

Eres, sencillamente, otra persona luego de cada temporada. No te confundas, no te sientes una mejor persona. Eres otra persona, muy zarandeada, para ser precisos.

En lo personal, y por más que a un purista le suene a herejía libresca, mis temporadas de The Wire las tengo en los anaqueles de mi biblioteca, al lado de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, Moby Dick, Mientras agonizo, El cuarteto de Alejandría, de las obras completas de Chandler, Las ilusiones perdidas… O sea, en las filas de los más grandes.

The Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión (Errata Naturae, 2010), es a todas luces un invalorable regalo para los fieles y sufridos fanáticos de la serie. Cada dosis viene por cuenta de escritores e intelectuales que también fueron fieles, es decir, hechizados y zarandeados por la podredumbre moral, incoherencia y chispazos de redención de sus recordados personajes, como Lester Freamon, Jimmy McNulty, Avon Barksdale, Omar Little (por cierto, antihéroe favorito de Barack Obama), Stringer Bell, Kima Greggs y demás. Las plumas convocadas para la presente publicación, todas ellas bendecidas por una suerte de fuerza sobrenatural protectora y a la vez amenazante, fueron las de: David Simon, George Pelecanos (imperdible su relato ‘El confidente’), Rodrigo Fresán, Nick Hornby, Jorge Carrión, Iván de Los Ríos, Marc Pastor, Margaret Talbot, Marc Caellasy y Sophie Fuggle. Cada uno de ellos --sin contar a Pelecanos-- de a pocos y sin pudor alguno, va dejando de lado la fría acuciosidad, la objetividad de su discurso, para dar lugar a uno impresionista que ya no puede contener al hincha y seguidor que lleva dentro. Es que no se puede ser objetivo si escribes de esta serie. Ellos lo saben bien, escribir sobre ella es ser parte de la historia de la narrativa visual, es colaborar en su tradición, se sienten importantes, porque se la creen, como tiene que ser.

Me es imposible pasar por alto la introducción de David Simon, el hacedor de la perdurable y gran bestia. “Y, siendo sinceros, The Wire no intentó solamente contar un par de buenas historias; sobre todo, buscó… pelea”. O sea, catalogar a The Wire como una simple serie de policías y ladrones, no es más que una mezquina reducción de su verdadero alcance: The Wire fue política, historia, sociología, antropología, psicología, economía... The Wire se fue por la puerta grande, llegó a la quinta temporada. Simon no cometió los horrores de los creadores de Lost y 24, que por dinero las extendieron cuando ya no tenían más que decir.

Después de cada emisión de los episodios, en especial los de la primera temporada, más de una institución del sistema de Baltimore se sentía contra la pared y con los pantalones en las rodillas. Por ende, no extraña que los productores hayan barajado, en más de quinientas ocasiones, cancelar el proyecto de Simon. Pero de a pocos la serie se fue forjando de una gran minoría de televidentes que encontraba en ella cosas que nunca antes había visto. No era para menos: esta gran minoría tenía en las pantallas de sus televisores una sugerente y adictiva novela visual. En otras palabras, fue la calidad del producto la que terminó imponiéndose a las tácitas presiones del rating y la publicidad.

“A la mierda el espectador medio”, dice Simon. Y le doy toda la razón.