sábado, agosto 18, 2018

mirada fanática


Mientras llevo a cabo un rastrillaje de documentación en la Hemeroteca de la BNP, también aprovecho para revisar diarios y revistas más “actuales”, tipo cosas de los setenta u ochenta.
Por ejemplo, ayer viernes, busqué El caballo rojo, el suplemento cultural de El Diario Marka. Me concentré en el segundo semestre de 1984, para ver cómo terminaba el gobierno de Belaunde. Entonces, mientras recorría las páginas que me llenaban la cara de ácaros y polvillo (se acabaron las mascarillas y guantes), di con una crítica de cine de Christian Wiener a la última película de Brian de Palma, Scarface (1983).
Obviamente, me llamó la atención y la leí dos veces, cosa que me aseguraba cierta objetividad. Wiener demolía la película de De Palma, pero sus criterios valorativos obedecían a los azotes de las espuelas ideológicas. No esperaba menos, este diario era rojazo, y más allá de condenables excesos, en su mejor momento llegó a cumplir una labor disidente en comparación a otros medios ligados al derechismo.
Un perla: “Las fascistonas Expreso de medianoche y Conan”. 
Claro, un texto así obedecía a una fiebre de contexto y a una actitud ciega, digamos fanática, de muchos izquierdistas peruanos radicales de esos años. El tiempo calló a Wiener, del mismo modo a muchos. A la fecha, Scarface es una obra maestra más allá de los supuestos circuitos que la animaron.
La mirada ideologizada ha hecho mucho daño a la valoración de nuestras manifestaciones artísticas contemporáneas. Veamos, por ejemplo, lo que sucede con la producción narrativa que aborda los años de la violencia terrorista (para quien escribe, cojudeces nominales como violencia política tienen peso nulo por inmorales y mentirosas). Hay mucha academia ligada a la izquierda, lo cual no me fastidia. Lo que sí, su inclinación por el tema y el punto de vista ideológico del autor, que se anteponen a lo que importa: la calidad literaria. 
En ese sentido, me alegra mucho que mi amigo Miguel Gutiérrez no haya sido víctima de esos dislates. Era un hombre que amaba la lectura y esta la defendía en su sola experiencia, dejando su convicción de izquierda en donde debía quedar. Si ese ejemplo siguieran nuestros maravillosos académicos de la zurda (cucarachas de la inconsecuencia en comparación a M.G.), no estaríamos echando a la basura los cilindros de sebo de culebra que vienen con el cintillo de la superioridad moral, no se sería tan evidente el filtro que ejecutan con narrativas escritas desde la otra ribera ideológica.

viernes, agosto 17, 2018

a. f.


En estas semanas venía escuchando religiosamente toda la discografía de Aretha Franklin, hasta programé en mi lista de Spotify algunas canciones de esta mágica intérprete, la que, según me arroja la información cruzada, nunca sufrió de la atorrantez de la soberbia.
Me enteré de su muerte mientras la escuchaba en el taxi, atrapado en un tráfico de sanputa en la Canadá, lo que me dio tiempo para una reflexión fugaz, o quizá el pertinente cuestionamiento a mis costumbres escanciadas por la proyección de anuncio aciago: cada vez que escucho o vuelvo, metódicamente, a un cantante, este muere. Pero bueno, tampoco es para lamentarse, es el destino, el azar, o simplemente su penosa confluencia.
En las próximas horas mis conversas estuvieron pautadas por Franklin. A mis pocas amigas y contados amigos, con los que felizmente compartimos gustos básicos, les pregunté por los temas que más les gustaban de la artista. Casi todos señalaban a “Say a little prayer” como uno de sus predilectos. Faltaba más. Esta canción vendría a ser la metáfora (temática y rítmica) de la cantera que influenció su trayectoria: la religión protestante.
A diferencia de otros músicos, Franklin no estaba en mi altar personal, hasta podría decir que no sintonizaba con su propuesta, pero tenía un par de canciones (la que acabo de citar es una de ellas) que aparecían en los momentos precisos, que asocio al ánimo bajoneado o exaltado, cosa jodida para los que no conocemos el punto medio de las emociones. 
No la escuchaba por encontrarme en el subsuelo, sino todo lo contrario, me sentía muy bien. Franklin me preparó, prefiero pensar en positivo, para los cambios radicales de los últimos días. La otra canción: “Son of a preacher man”, que más de uno debe conocer en la voz de Dusty Springfield gracias a Pulp Fiction. D. S. la grabó en 1968 tras ser rechazada por Franklin por considerarla irrespetuosa, pero al cabo de un par de años se le pasó la moralina e hizo su propia versión de la misma.

jueves, agosto 16, 2018

pasarla bien


De los libros peruanos que se presentaron en la pasada FIL, el último de Fernando Ampuero, Lobos solitarios y otros cuentos (Peisa).
No, no es lo que piensas, tú lector altivo y amargado, que levanta la ceja cuando lees o escuchas de Ampuero: es y no es el libro homónimo del año pasado, el cual, como se recuerda, recibió merecidos saludos.
De la presente publicación no me interesaba el texto conocido, sino los “otros cuentos”, cosa que veía qué tan bien acompañado estaba ese relato que ya debe figurar entre lo más destacado de la narrativa breve del autor.
Lo que siempre me ha llamado la atención del tío es el tono festivo (no necesariamente feliz) con el que ha conducido su propuesta. En ese tono, proveniente de la tradición oral, a saber, las primeras historias que escuchamos cuando niños, Ampuero ha sabido edificar una poética en diálogo cómplice con el lector, lo que a los ojitos legañosos de los puristas resultará inadmisible, siempre estos en la fijación de las tribulaciones del hombre, entre otras hierbas.
La lectura también va de esto, a ver si nos ponemos en onda: hallar el punto de encuentro en una propuesta y justificarla o condenarla en esa coordenada. En este sentido, y más allá de lo desfasados que puedan ser los temas de Ampuero, asistimos a una proyección vital vigente, la cual, supongo, más de un joven narrador que escribe como si tuviera noventa años ya quisiera tener.
En esta ocasión tenemos cuatro cuentos más, de los cuales el primero me pareció flojo, que peca en el trámite discursivo, pero los otros son otra cosa: “Aplausos” y “Una chica aventurera y un poco loca” (no consigno el entrañable “Largos de piscina con Julio Ramón”, que está incluido en la antología Íntimos y salvajes, publicada en 2017 por Tusquets), que en su sencillez muestran no pocos pasajes para atesorar en la memoria, que confirman una vez más a Ampuero como un excelente cazador de instantes, pensemos en los gestos del loco de la Vía Expresa en el primero y en el segundo: el encuentro en una mañana cusqueña entre la pelirroja y el narrador protagonista que acaba de ser echado a la calle por su pareja de viaje. Obvio, no me puedo permitir spoilers, pero lo que sí puedo afirmar es que a ritmo de entrenamiento nuestro escritor se impone por goleada a las novelas y los cuentarios publicados este año. Claro, no faltará quien me tilde de exagerado, cosa que sería cierta porque me esperan más libros por leer, o que me llamen irresponsable. Quizá sea un exagerado e irresponsable, pero uno satisfecho: nadie me quitará lo bien que la pasé leyendo este librito.

sábado, agosto 11, 2018

violación


Las condenas sociales no forman parte de la conducta de los preclaros nombres del circuito literario local, cosa que no extraña, porque no pocos tienen hipotecada la opinión. Así, cualquiera huevonazo se convierte en el faro de la moral en este bosque de intereses cruzados.
Días atrás se publicó en el portal Ojo Público un reportaje de Gabriela Wiener y Diego Salazar, conocidos periodistas del medio que trabajaron sobre una información que recogieron meses atrás, esta concernía al poeta Reynaldo Naranjo, acusado de haber violado hace cuarenta años a su hija y su hijastra en París.
Poeta menor y ducho en el relacionismo, Naranjo no tendrá que responder ante la justicia (creo que poco nada se podrá hacer contra un anciano de 82 años), sino vivir escondido. El reportaje, bajo todo punto de vista, es objetivo y letal. No se hizo con el fin de formalizar una denuncia, por el contrario, fue una catarsis para las víctimas, a las que los lameculos de este poetastro vienen poniendo en duda, la muestra más risible: ¿por qué no lo denunciaron ante la justicia? O la excusa perfecta, con tufillo a complicidad: “yo no sabía nada”.
Roxana Naranjo y Nadia Paredes son mujeres íntegras, brindaron su testimonio sabiendo que ni siquiera tendrían garantía de paz interior al dar a conocer esta historia de terror, cerraron un círculo: exponer el dolor, desechar la vergüenza y dar un ejemplo que solo el tiempo y muchas mujeres identificadas con el caso van a agradecer. 
Naranjo ha  amenazado con denunciar a los periodistas y R. Naranjo. ¿Conchudez?, preguntó alguien. Miserable, piensan todos.

martes, agosto 07, 2018

xenofobia


Desde hace varios días escucho sobre una ola de odio, y creciente, a los miles de venezolanos que trabajan en Lima. No es que me sienta privilegiado, y eso que vivo en un barrio que ya se ha convertido en colonia venezolana, pero hasta el momento no soy testigo de expresiones xenófobas, a lo mejor tengo una coraza mental que me impide ser partícipe de la conchudez que significa ser xenófobo en un país como Perú, de todas las sangres, de todas las taras.
Lo que sí es cierto: la presencia de los amigos del norte ha dinamizado la economía, hecho que no podemos negar, como tampoco podemos hacernos los desentendidos en cuanto a lo que esta significa: el fracaso del socialismo del siglo XXI. Pregunto: ¿merece Venezuela estar en la miseria siendo uno de los países más ricos del mundo? ¿Qué sistema político e ideológico podría ser tan bestia/inútil para lograr lo impensado? La respuesta está cantada y las justificaciones son una pérdida de tiempo.
Volviendo al tema, que lo comento con la señora que me vende ricos tamales de chancho: ¿detesta a los venezolanos?, le pregunto mientras cuenta sus monedas para mi vuelto. Ella me dice que no, por el contrario: es gente trabajadora. Criterio básico, es lo que vemos todos los días. Y aquí otra vez la elementalidad de criterio, a la que tenemos que apelar para entender a una sociedad tan gratuitamente rencorosa como la nuestra: ¿acaso por algunos energúmenos, como aquellos que pretendieron asaltar una agencia bancaria en Plaza Norte, vamos a tildarlos de delincuentes? 
En estas dos últimas décadas de supuesto crecimiento económico, los peruanos hemos llenado nuestros bolsillos, hemos accedido a beneficios que considerábamos inimaginables en los decenios del ochenta y noventa. Solo nos faltó nutrir la mente, aún hay tiempo.

jueves, agosto 02, 2018

exponerse


Aunque lo tenía en el radar, tarde más de la cuenta en leer este título de Lolita Bosch: Ahora, escribo, (Periférica, 2011).
Quizá la demora se deba a que lo leído de la autora española no me había entusiasmado lo suficiente, como Japón escrito y La familia de mi padre, no porque fueran proyectos fallidos, sino a razón de falta de conexión con ellos. Suele ocurrir y pienso que ya es hora que comience a subrayarse la diferencia entre lo que no te gusta de aquello que te parece deficiente. 
En este pequeño librito, Bosch traza una línea discursiva delgada y gaseosa mediante la autobiografía y el ensayo. La autora parte de un hecho triste: recordar la muerte de su padre. A partir de aquí, Bosch enhebra una serie de conceptos pautados por la pena y la memoria, que le sirven para presentarnos la trastienda que ha ido nutriendo su obra, el ánimo que la ha impulsado. En este sentido, se destaca la mesurada reflexión en relación a su escritura calmada, pero no libre de furia contenida. Por medio de esta actitud hayamos la primera riqueza de la publicación: la exposición de la sensibilidad quebrada. Sin duda, Bosch es de las autoras a las que algo le ha ocurrido y lo dice sin enunciar, siendo el propio discurso el eje protagónico de esta sensación. La segunda, la cadena de circunstancias que la llevaron a luchar contra el bloqueo creativo, que no es más que la falta de ideas (o cuando el cerebro se seca, dicen) para echar a andar una empresa narrativa. Es precisamente en estas líneas en las que se hayan los momentos más reveladores del híbrido: quebrar la no escritura valiéndose de una confrontación despiadada con la misma. Hay que ser muy valiente para haber escrito un libro así, cosa que nos satisface en estos tiempos narrativos con autores entregados a la payasada y la floritura verbal, o peor: a la narrativa de compensación.

viernes, julio 27, 2018

policial / salle


En la parrilla de Neftlix se puede encontrar una película que sugiero ver por su capacidad de divertimento sin que te estén tomando el pelo. Operación Zulú (2013) del director francés Jérome Salle, que puedes apreciar, por ejemplo, luego de una jornada cargada de actividades.
No es una obra maestra, pero sí tiene todos los elementos para ser considerada en el curso de los años una muy buena película. En su aparente ligereza deudora del género policial, es capaz de brindar el retrato de todo un contexto cultural y político ajeno al nuestro.
Dos policías: el bueno, Ali Sokhela (Forrest Whitaker) y el malo, Brian Epkeen (Orlando Bloom), tienen que investigar el asesinato de una joven encontrada en una playa. Los policías realizan las pesquisas respectivas y se dan cuenta de que ese crimen no es más que el eslabón secundario de una larga cadena de muertes, la consecuencia de un plan de experimentación de productos médicos, que para comprobar su funcionalidad en el mercado europeo y norteamericano, debe ser puesto a prueba previamente en los sectores más pobres de la sociedad Sudafricana.
Hay lo que el registro demanda: sangre, tiros y mutilaciones (por demás impactante la tortura al inspector Fletcher), pero está también lo que saca a la propuesta de su coto natural: el conflicto de los hombres de ley. Sokhela es una persona proba que no puede ser precisamente un hombre a causa de un ataque que sufrió de niño; en cambio, Epkeen es un seductor empedernido que ha perdido a su mujer y que sufre el desprecio de su hijo. 
El mérito de Salle es que sabe encabalgar estas situaciones sin perder la tensión narrativa, para lograrlo se requiere de mucho oficio, con mayor razón cuando se abordan un par de aristas (el conflicto personal y el social) que no deben ser tratadas como si en estas existiera una dependencia, sino un protagonismo independiente. Hay que seguirle la pista, apúntalo: Salle.

viernes, julio 20, 2018

ifm


En la madrugada terminé de leer un maravilloso libro de entrevistas escogidas a Hunter S. Thompson, Antigua sabiduría Gonzo, editado por Sexto Piso, título que sin lugar a dudas comentaré en los próximos días.
A la par de la lectura, me resultaba imposible no recordar los disparates que uno ha escuchado en estos años sobre el concepto gonzo, el más trillado: “este tipo de periodismo es aquel que tiene a su narrador como protagonista de la historia”. Bajo esa elementalidad, fruto del facilismo asociativo, escanciado de pocas lecturas, podríamos ubicar a Isaac Felipe Montoro como un involuntario gonzo a razón de Yo fui mendigo, su libro más conocido, que carga con la leyenda de haber vendido millones de ejemplares en China.
He leído algunas novelas suyas, en esos años en los que bucear entre libros te premiaba con algún tesoro y sí con mucha basura que después de lustros terminabas botando a la calle. Helicópteros, momias, naves espaciales tipo El Halcón de SW, seres mutantes a lo Walking Dead, altas mujeres incaicas de generosas grupas y demás manifestaciones de la hipérbole imaginativa, el sello de agua de la poética de este escritor a quien siempre le faltó un editor que ordene su producción. Hablamos de casi cuarenta de libros. 
La primera vez que supe de él fue mediante un reportaje en un programa televisivo de C. Hildebrandt, en 1997 si  la memoria no me falla. No fue un reportaje feliz y muchos autores locales se vieron reflejados en las condiciones de vida de Montoro. Lo comprobé días después cuando me topé con varios jóvenes y experimentados de entonces, negando que dicha situación sea también la suya. Por lo visto en el reportaje, me quedó claro que Montoro no quería ser un escritor reconocido, solo le interesaba escribir y publicar. En ese aspecto, cumplió su propósito.

jurado de novela irregular


Los Premios Nacionales de Literatura del Ministerio de Cultura tienen todo a su favor para convertirse en los más importantes del país. A diferencia de los Copé, en estos compiten obras que ya han transitado por el escrutinio de los lectores.
Para este 2018 las categorías varían, tenemos las de Literatura en lenguas originarias, No ficción y Novela. Es precisamente el jurado de esta última, de lejos la más llamativa de esta edición, el que acrisola atendibles sospechas razonables.
Como se lee en la resolución ministerial, los miembros fueron propuestos por escuelas profesionales, facultades e instituciones humanísticas, sin embargo, los comisarios no deberían limitarse al acuso de recibo, sino también a investigar lo sugerido. Descontando a Pollarolo y en menor medida a García y Fernández, resulta inconcebible sintonizar con Vargas y Del Águila. El primero no tiene legitimidad y la segunda es una autora eficiente pero sin obra mayor. Si la nómina carecía de referencialidad, había que convocar a quienes la ostentan, comunicándoles previamente que decidirían sobre novelas publicadas: Garayar, Mudarra, Hopkins y González Vigil.
Lo que se supone que no debe suceder en este ministerio en cuanto a materia literaria, acaece con una frecuencia que espanta. No olvidemos a los ganadores del PNL del año pasado, que a excepción de Noltenius, no entusiasmaron a nadie debido a la falta de objetividad y distancia de sus jurados con algunos premiados. Tampoco pasemos por alto la lista de escritores que participarán en la próxima Filsa, la mayoría elegidos por discutibles criterios como la “cuota” en lugar de la pertinente calidad.
Esta serie de inaceptables dislates nos lleva a afirmar lo siguiente: la existencia de una argolla que parasita gracias a nuestros impuestos. El mensaje es muy claro: para cualquier autor, publicar un buen libro es insuficiente para ser tomado en cuenta. 



jueves, julio 19, 2018

mujeres


Entre los libros que he leído en estos últimos días, me gustaría recomendar Género y conflicto armado en el Perú (La Plaza Editores), que recoge estudios de Anouk Guiné, Maritza Felices-Luna, Luisa Dietrich, Antonio Zapata, Marita Romero-Delado, Camille Boutron, Pilar Meneses, Óscar Gilbonio y Pablo Malek. La publicación cuenta con prólogo de José Luis Rénique, introducción de A. Guiné y M. Felices Luna, más un epílogo de Milena Justo y Jimmy Flores.
No hay mucho que describir, no porque no llame la atención, puesto que basta y sobra su diferencia de la sarta de imbecilidades que se vienen publicando cada vez que se habla de “violencia política” (las comillas son adrede) y violencia de género. Su esencia distintiva viene a cuenta de una actitud con el que se aborda el tema de la mujer en los años de la guerra interna en los siete acercamientos que exhiben rigor académico pero a la vez una verdad moral que no se regodea ni en la jerigonza ni en el oscurantismo del código teórico.
Entre los textos, sugiero Encrucijada de guerra en mujeres peruanas: Augusta La Torre y el Movimiento Femenino Popular de Guiné, La cuestión de género en situación de conflicto armado: la experiencia de las mujeres combatientes de Boutron y Voces, memorias y realidades de las mujeres excombatientes en los documentales  sobre el conflicto armado de Malek. 
Hablo pues de una publicación con la que ideológicamente jamás podría estar de acuerdo, pero esa es la gracia cuando tenemos que disertar de esos años que aún duelen: no llegar al punto medio, sino discutir con argumentación lo que sucedió y qué solución se puede conseguir para las mujeres víctimas no solo de las fuerzas militares, sino también de sus propios correligionarios. “Entenderse es una miseria”, dijo Borges en cierta ocasión. Tenía razón.

martes, julio 17, 2018

¿la marcha?


Al igual que muchos, observo pasmado lo que viene ocurriendo con  el Consejo Nacional de la Magistratura.
No sorprende el mecanismo de corrupción que lo ha conducido, es cosa de toda la vida, en nuestra memoria emocional hay espacio para los tratos bajo la mesa en cuanto a la administración de justicia en el país, solo que en esta ocasión somos testigos de la coherencia. Pasamos de la verdad imaginada a la verdad real, con sabor criollo y uno que otro putamadre en el negociado de favores.
Ante una situación como esta, el presidente Vizcarra no está demostrando lo que debería: fuerza testicular para enfrentarse a toda esa corrupción, que en el colmo de su dimensión circense nos arroja un personaje salido de una zanja bien sucia: Iván Noguera, a quien vemos en el Congreso alzando una bolsa negra con supuestas pruebas contra jueces y fiscales corruptos. Noguera es ya un personaje literario, de esos que solo puede ofrecer este territorio de maravillosas montañas.
Pero lo que esperamos más es la aparición de los líderes anónimos que puedan congregar y movilizar a todas las personas indignadas del país, eso pues: realizar una gran marcha, desproporcionada y violenta que insulte a un poder justicial que jamás nos ha representado. 
Como bien sabemos, y mal: desde hace varios meses la molestia no pasa de un estado de Facebook, de un tuit con aires pendejos o de alguna redacción al vuelo en la web de un diario local. Nadie habla de posibles marchas. Nadie quiere comprarse este pleito. Veamos a los “líderes” de las nuevas generaciones, esa chibolada menor de treinta años que no consigue calzar la indignación virtual, o la destilada en el bar de ocasión, con la molestia de la vida, es decir, carencia de compromiso.

lunes, julio 16, 2018

ms / tm


Aunque en esta época del año la dedico a la caza de novedades cinematográficas, suerte de puesta al día de lo que se me pudo haber escapado, y no solo de los últimos meses; por lo general, absorbo lo no visto en dos años y la empresa la mayoría de las veces me resulta insuficiente.
Días atrás revisaba algunos catálogos de cine independiente y escuché al vuelo la conversación de una pareja de jóvenes, no sé si eran enamorados, lo que sí es que difícilmente vaya a poder olvidar en las próximas horas la voz chillona de la señorita, que le pedía a la vendedora todas las películas con Martin Sheen.
MS no es mi actor predilecto, pero sí ha actuado en un par de pelas que me gustan mucho. La primera es una obra maestra, la otra no tanto, aunque quién sabe: Apocalypse Now y The Departed.
A los interesados se les alcanzó todas las películas en las que el actor salía. Estoy seguro de que tuvieron más de lo esperaban. Al llegar a casa, seguramente motivado por una oscura curiosidad, comencé a buscar una película con MS, la cual ya tiene sus años. No es la primera película que vi del conocido actor, pero sí es la primera de su director, con quien guardo una suerte de relación que transita de la admiración a la subestimación, y viceversa.
De Terrence Malick me “gustan” todas sus películas, pero es precisamente en Badlands (1973) en donde hallo las semillas que desarrollaría en trabajos posteriores. En ella nos topamos con una suerte de remedo barrial de James Dean, llamado Kit Carruthers (MS) y Holly Sargis, adolescente de lindas piernas a cuenta de Sissy Spacek, que queda arrobada por el atractivo de Carruthers, obnubilada por su lado salvaje y por el descubrimiento de su dimensión pasional que este le despierta. Holly se enamora y en ese estado idealiza al joven, al punto que no duda fugarse con él, sin importarle que este haya asesinado a su padre. La pareja emprende la fuga por los desiertos y bosques cobrizos de Dakota. En este tránsito, Malick juega con el tedio de los jóvenes, explora sus quiebres intelectivos que les depara los espacios en los que a las justas hay sombra y no poca sed.
Para quienes han seguido la filmografía de TM, no demoramos en señalar la cualidad que ha signado su cine: la postura moral del personaje ante el entorno. Ellos siempre tienen la potestad de decidir: la autodestrucción o la posibilidad de cambiar el destino inmediato. 
Muchas veces he pensado en las escenas rodadas y adrede desestimadas, no porque estas fueran deficientes, sino porque no se hallaban en sincronía con la revelación del momento. Ese momento es lo que persigue y en esta su primera película tiene varios tramos en los que Kit y Holly están ante la disyuntiva, seguir o no.

lunes, julio 09, 2018

temperamento jrr


El último viernes participé en un homenaje a Julio Ramón Ribeyro en Petroperú. Este evento, por lo que he podido ver en la prensa cultural, no tuvo la suficiente difusión, pero poco o nada importó: bastaron algunos rebotes en las redes para dar a conocer la actividad, lo que terminó reflejándose en más de trescientas personas que desde temprano se acercaron al auditorio de organismo estatal en pos de un lugar a ocupar.
Fue una noche que tuvo de todo, que salió bien gracias al espíritu amical que despierta la figura y obra de Ribeyro. Los participantes hablaron de sus cuentos, de sus recuerdos que tenían de él como persona y quien escribe sobre La tentación del fracaso, el libro de Ribeyro que me gusta más y que no paro de frecuentar.
Hace unas horas terminé de releer Dichos de Luder bajo el sello de Revuelta. No recuerdo dónde quedó mi edición de Campodónico, pero en verdad poco o nada importa, porque lo que sigue prevaleciendo es el hechizo que sigue suscitando la escritura del autor, en estado de aparente facilidad. Esa es su gracia, proyectar dinamismo y naturalidad en tópicos que en otras voces hubiesen recaído en el exhibicionismo críptico. Además, el humor sigue intacto, lo que termina diferenciándolo de otras plumas latinoamericanas a las que precisamente se les pajiza el humor, ni hablar de la ironía. 
Hubo mucho público joven en el homenaje. En más de una ocasión me pregunté por la razón del apego, y la respuesta no es otra: simplemente no creérsela. Ribeyro sabía que ya era un grande, pero nunca asumió del todo esa condición, debía pues cuidar su temperamento creativo, el cual vemos en sus cuentos, artículos, ensayos, piezas teatrales, novelas y registros híbridos, en los que no pasa nada, pero sucede todo.

viernes, julio 06, 2018

ficción en deuda


En la columna del pasado 14 de junio hablamos del buen momento de la industria editorial a razón de las publicaciones de no ficción. Ahora toca preguntarnos por los libros de ficción. Y no nos equivocamos al dictaminar que atraviesan por una severa crisis. Razones sobran pero una se impone: no llaman la atención de nadie. Esta realidad se contrapone con la imagen de éxito que proyectan sus autores en las redes, terruños que deberían ser usados para la sana difusión y no para ahuevarse en modo consagración. Por eso somos testigos de históricas pataletas protagonizadas por inevitables plumas alucinadas, incapaces de aceptar que 1000 likes nunca será lo mismo a 40 libros vendidos.
Este desinterés por la ficción es consecuencia del conservadurismo con el que muchos conducen sus proyectos. A nuestros creadores les falta empaparse de mugre, dolor, humor, semen, indignación. No tienen conchudez para narrar porque andan desconectados de la vida, por eso los vemos en agendadas improvisaciones para el olvido, la payasada diaria: condenar el cabello de Trump, filosofar sobre los damnificados sirios, celebrar a López Obrador y otras maravillas de lo políticamente correcto.
Con esto no quiero decir que deba cometerse la imbecilidad de hipotecar la propuesta narrativa a las pasajeras modas que impone el mercado. Por el contrario, un escritor serio muere en su registro de coordenadas propias, propiciando con base en ellas el esperado milagro: la aparición de su lector.
Esta fiesta no sería tal sin su anfitrión: los editores, que en estos dos últimos años han venido subestimando a los lectores. Absolutamente todos prestan más atención a los “nombres” recomendados que a la riqueza de los textos a publicarse en las mejores condiciones posibles. Aún pueden esquivar la resaca.

… 


jueves, junio 28, 2018

tlm, de culto


Ahora que las cosas parecen estar volviendo a la normalidad tras la participación de la selección en el Mundial de Rusia, me gustaría compartir a partir de ahora algunas impresiones sobre lecturas (y relecturas) que he estado realizando en estas últimas semanas, del mismo modo pasar revista a los redescubrimientos de películas a las que vuelves por gracia del azar, ya sea por una señal vista en algún texto o por fogonazos de la memoria.
Si en caso no lo haya dicho antes: aparte de mi apego por las cábalas, siento mucho interés por toda clase de manifestación artística, musical cultural, social, política e histórica que haya sucedido en el mundo en las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado. En ese orden de cosas, me considero un fetichista temático. Gracias a esta pulsión, volví a ver horas atrás una película que ya no es tan difícil de hallar en estos lares, cosa que me alegra porque recuerdo que tuve que esperar en su momento no pocos meses para tenerla gracias a los proveedores del Pasaje 18 de Polvos Azules.
Durante décadas fue calificada de rareza. No era para menos, teniendo en cuenta que su director fue uno de los actores más frikeados del cine gringo: así es, Dennis Hopper, quien en 1971 presentó The Last Movie, rodada en el distrito cusqueño de Chincheros, con Peter Fonda, Kris Kristofferson, Sylvia Miles, Tomas Milian y Dean Stockwell, nombres que a excepción del músico Kristofferson, son ubicados en el imaginario del fagocitador de películas para cine y televisión.
Si habría que subrayar una trama, esta brilla por ausente. Por el contrario, nos hallamos ante un proyecto que carga con siete subtramas que obedecen a un común denominador: el estado de la mente alterada de sus protagonistas, mediante el cual son impelidos a una libertad de acción en pos del obvio homenaje: hacer cine pese a las circunstancias (he ahí el guiño con el título). 
Es precisamente ese estado de locura lo que sustenta la estructura fallida de TLM, también sus pocos pero refulgentes taras de guion. Si algo claro tenía Hopper al dirigirla y protagonizarla, era la de proyectar la misma sensación alienante de su trabajo anterior, Easy Rider (1961), cosa que cumplió en cierta medida, pero lo que jamás pensó fue en la dificultad que le supondría filmar bajo un montañoso paisaje que por hermoso no lo hacía menos peligroso en cuanto a su fuerza telúrica: esas mismas escenas las hemos visto cientos de veces en westerns, pero en esta ocasión existe un hechizo degradante del escenario capaz de trastocar todos los protocolos narrativos,  dorando la epifanía de los roles protagónicos y secundarios: la revelación más allá de su imperfección.

lunes, junio 25, 2018

belgas


Aunque resulte precipitado vaticinar qué selección ganará el Mundial, como que algunas cosas van quedando claras en cuanto a ciertas selecciones. En este sentido, gratifica la fuerza Inglaterra, del mismo modo la de Bélgica, aunque huelga decir que ambos combinados están en uno de los grupos más asequibles, razones a la vista: con Panamá y Túnez, a los que se han impuesto a ritmo de entrenamiento.
Habría que prestar atención a lo que puedan hacer los dirigidos por Gareth Southgate y Roberto Martínez. Pero me refiero a una fijación diligente, en especial si hablamos de los belgas, recurrentes participantes de mundiales de fútbol, sin obviar uno que otro hiato.
La primera vez que vi a esta selección fue en el Mundial de México 86, en donde frenaron a la URSS, que no solo venía mostrando firmeza dinámica en cada partido, sino también generosidad goleadora (ahí están los húngaros, que recibieron media docena). Para el partido de octavos de final, los soviéticos perdieron por cuatro goles a tres pese a haber estado encima del marcador en un par de ocasiones. El juego belga, pautado y estratégico, puso en entredicho la marcación y exhibición correlona de la entonces CCCP. Eliminó a uno de los equipos más duros del certamen y se erigieron como la sorpresa esperada, porque si algo había demostrado esta selección era una alarante incoherencia entre la identidad de juego y su resultado respectivo, que se pudo ver en el mundial y las eurocopas precedentes en los que participó. En aquella ocasión, el técnico Guy Thys tenía en su mejor momento a jugadores medulares como el guardameta Jean-Marie Pfaff y el mediocampista Enzo Scifo. El segundo no solo fue la manija, sino que pudo proyectar en sus compañeros la calma necesaria luego del primer golazo de Igor Belanov. 
Bélgica cumplió un papel digno en México, consiguiendo el cuarto puesto. A partir de entonces, el fútbol belga reforzó la buena impresión dejada en el mundial de España y gozó de una seguidilla de irregulares participaciones hasta Japón-Corea 2002. Si un lazo comparte aquel combinado de 1986 con el actual que compite en Rusia, es que posee nombres que vienen atravesando su mejor momento, pensemos en Eden Hazard, Thibaut Courtois, Kevin de Bruyne, Mousa Dembélé y Romelu Lukaku. Hasta podríamos afirmar que es superior al grupo humano que tuvo a su cargo Thys. Además, Martínez ha podido calibrarlo en un par de encuentros signados por el trámite y en las siguientes semanas veremos si es verdad tanta maravilla, a ver si así deja de ser considerada como la sucedánea de Holanda.

viernes, junio 22, 2018

mi plata, tu plata, nuestra plata


Ya conocida la lista de 32 autores que conforman la delegación peruana que irá en octubre a la Feria Internacional del Libro de Santiago, no pocas inquietudes y satisfacciones se presentan. En cuanto a lo segundo, saludamos la inclusión de Teresa Ruiz Rosas, de quien esperamos la reedición de su novela breve El copista. Como en su momento indicamos en esta columna, RR es nuestra narradora mayor, certeza avalada por la calidad y no por el servilismo. También nos gratifica ver a Higa, Arámbulo, Jara, Vásquez y Vega, voces que merecían una mayor visibilidad.
Vista de lejos, se trata de una selección que cumple con ser plural y que no solo se limita al espectro literario, sino también humanístico. Sabemos que las listas jamás contentan a nadie y esta no ha sido la excepción. Sin embargo, levita una sensación de turbiedad informal en cuanto a los cinco criterios empleados para el filtro (diversidad regional y cultural, diversidad temática, diversidad de géneros literarios, equidad de género y trayectoria y equidad generacional), que refleja un traspié ético: a los encargados de escoger no les dio la gana de investigar a profundidad en pos de la legitimidad de la comitiva. ¿En realidad está yendo lo “mejor”? ¿Acaso se está privilegiando la calidad literaria y referencia cultural? ¿Plumas caseritas, no?
A diferencia de los convocados del Hay Festival y la CPL, el Ministerio de Cultura está en la obligación de ser transparente en todos los aspectos, por la sencilla razón de que no es una entidad privada que tiene el derecho de disponer de su plata como crea conveniente. Por ello, la publicación de los nombres de quienes hicieron esta chocolateada es un deber a no esquivarse en el trámite ni en el verso barato, como sí ocurre en otros ministerios. 



miércoles, junio 20, 2018

disfrutar


La desazón del sábado a causa de la derrota de la selección contra Dinamarca, combinado que nunca fue superior al nuestro… La furia de la hinchada hacia Christian Cueva, que no solo tuvo la presión de anotar en el penal, sino también la contenida carga emocional de millones de peruanos… El mismo hecho de pararse frente al balón y el posterior amague que obligó a Schmeichel a tirarse a la izquierda, fue el anunció de una algarabía que no fue… Sucedió y punto.
Estamos pues en medio de la impresión primeriza, convertidos en firmes creyentes de lograr hasta lo imposible: podemos arrasar en una competencia en la que mínimo tendríamos que llegar a Cuartos de Final. Entiendo esa “certeza”, la selección ha venido mostrando un ordenado despliegue de equipo, una solidaridad en la lucha por el balón perdido, además, ha sabido reponerse a los estragos, tanto en el proceso eliminatorio (lesión de Gallese para los partidos de Bolivia y Ecuador) como en los amistosos preparatorios para el Mundial (ausencia de Guerrero).
Hay, pues, un equipo que sabe a qué juega. Si gana lo que tiene que ganar, bien por todos. Si en caso no, no tendríamos que reprochar nada. Esta no es una idea conformista, como podría pensar algún alucinado, sino real, que se ajusta a la magnitud de nuestra condición futbolística, que viene brindando más de lo que esperábamos en Rusia, ¿acaso pensábamos en esta situación hace tres años? 
Por eso, no me hago problemas, ni me lamento. Solo disfruto de un grupo humano que demuestra compromiso, ganas de aprender y afán de trascendencia, el cual exhibe un fútbol en coherencia con su identidad. Eso: pasarla bien, lo demás es trámite.

mejor que ficción


El asesinato de Luis Banchero Rossi fue la tendencia temática de 1972. Esta revista y otros medios ofrecieron detallados y extensos reportajes sobre un crimen que brillaba por su complejidad. Hubo pues de todo: desde el informe objetivo hasta el alentado por el delirio sicotrópico. Atento a la epifanía de esta historia, Guillermo Thorndike publicó al año siguiente una obra maestra: El caso Banchero, que alguien debería rescatar ya (sobre todo ahora que Planeta reeditará Manguera, del mismo autor). Además, para quien escribe es superior a la de Capote, A sangre fría.
Un libro como el de Thorndike fue escrito en caliente, a contrarreloj. El crimen demandaba un desarrollo discursivo y felizmente el autor tuvo un editor, Barral, que supo acoger su propuesta. Esto me hace pensar en los muchísimos proyectos que nacieron del periodismo y que no encontraron cobijo debido a la precariedad del circuito editorial. A pesar de ello, pudimos leer títulos atractivos que sintonizaban con el interés del público, como Muerte en el Pentagonito de Uceda, Sendero de Gorriti y Ciudadano Fujimori de Jochamowitz. Los dos últimos ahora integran la colección Memoria Perú de Planeta.
Si hoy hablamos de una Edad de Oro en la industria editorial, se debe a que ha habido una acertada lectura de los tópicos pautados por la agenda periodística: racismo, feminicidio, crisis política, etc. Por ejemplo, veamos la flamante serie de libros sobre fútbol, acaso la cereza de la torta de este buen momento que nadie esperaba hace cuatro años. 
Los libros de no ficción están solventando a las grandes editoriales y también a algunas pequeñas. Ahora se puede contar con recursos para apostar por nuestra “electrizante” ficción, infestada de autores que la rompen únicamente en likes y que no despierta ánimo alguno por soporífera.



miércoles, junio 13, 2018

extrañez


Hace algunos días, mientras ordenaba algunos libros, en especial de poesía, encontré uno de los muchos que no aún no he leído: Alameda tras las rejas (2010) del chileno Rodrigo Olavarría. Publicación de la editorial santiaguina La Calabaza del diablo.
En 2014, si la memoria no me falla, presenté en la FIL la traducción que Olavarría hizo de Kaddish de Ginsberg, para Anagrama. Fue una presentación que salió mejor de lo que se esperaba, que tuvo lugar en el auditorio César Vallejo, el más grande del recinto ferial.
Con este buen recuerdo, me acerqué a estas páginas que significaron un fogonazo, sea por la furia lírica y a la vez pausada, por su despliegue de sensibilidad y conocimiento que pautan el ritmo de los textos, pero más que nada por la extrañez de su registro, el híbrido que signa los poemas y la escritura bajo el formato de diario, que le permite a nuestro autor exhibir un recorrido vital por los elementos que identifican los recovecos y espacios de su ciudad, del mismo modo el viaje interior (reflexivo) que supone el acto de escribir, pero no nos referimos a una pontificación del mismo, sino al encuentro medular de su acto: la voz, que espera la revelación sin necesidad de esperarla, la luz que la viste de naturalidad. Es por ello que en este proyecto nada suena a impostado, falso o efectista, taras que por lo general vemos en los primeros libros de autor, con mayor razón si hablamos de poemarios. 
Sin duda, ayuda mucho el registro del diario, que permite quebrar la señalización discursiva para adquirir una libertad de escritura que Olavarría aprovecha, pero siempre en los cauces temáticos en los que puede ser fuerte. Esa es la gracia en este ejercicio, el cual no admite mentiras y los resultados no pudieron ser menos que auspiciosos.