sábado, mayo 28, 2016


biblioteca e inéditos

Días atrás decidí comprar un par de estantes más. Razón no faltaba, los libros ya me estaban botando de mi cuarto y los que meses atrás había colocado en la que fue la habitación de mi abuela tampoco daban para almacenar más títulos. Todos mis estantes tienen una base generosa por anaquel, que llegado el caso cobijan dos filas de libros.
Compré los dos estantes y los coloqué en el recibidor de la casa. Así que, cuando mi madre recibas sus inevitables visitas, lo primero que verán será libros, algo que no me gusta, porque eso no es lo que pretendo mostrar, pero el recibidor es el único espacio en donde podía colocar ambos estantes, anchos y altos.
Los estantes estuvieron en el recibidor toda la semana, sin ser llenados ni ubicados en su posición final.
Pues bien, ayer viernes me dediqué a acomodarlos y a seleccionar los libros que los ocuparían. Quienes han arreglado bibliotecas personales saben bien que hablo de un asunto serio y en cierto sentido frustrante. Para empezar, tenía nociones de cierto criterio para disponerlos en su nueva guarida, pero estas nociones eran nada ante lo que imponía la realidad. Los libros salían de la nada. Y seguían saliendo y mis temores se concretaron cuando supe que los dos anaqueles resultarían insuficientes y que tendría que comprar dos más. Son miles de libros, y a medida que revisaba los ejemplares, los recuerdos me llegaban tales luces canábicas, porque cada ejemplar tenía su historia, y lo que más llamaba mi atención, recordaba la procedencia de cada uno, del año y mes en que lo compré, en dónde, e incluso de la persona que me lo mostró o sugirió.
Dado el momento, tomé un descanso. Prendí un pucho  y me puse a pensar en qué podía hacer con tantos ejemplares, al final opté por usar el mismo criterio, aprovechar las bases de los anaqueles, formar dos filas por cada uno y colocar los libros que pudiera encima de estas dos filas por anaquel. Era la única manera. Y eso, ajá, eso, que no digo aún nada de los muchos libros que he separado para regalar, casi 300. Sé que estos libros le servirán a otro lector, mucho más que a mí. Estoy pensando en regalárselos a mi pata “Don Ramón”, y esta idea me convence cada vez más. Por su parte, Onur me miraba, sorprendido de los muchos libros que salían de no se sabe dónde. Y hablaba con el perrito, o el perrito me hablaba, como sea, porque lo que interesa es que el perrito y yo nos hablamos sin hablarnos. De alguna manera, estábamos aprendiendo, y esto es lo que trae la experiencia de ordenar una biblioteca, aprendes de ti mismo, de lo desordenado que uno puede ser, y de lo feliz que uno se siente en ese desorden.
La disposición adquirió un orden saludable. Pero la sorpresa vino cuando me topé con una caja grande para galletas, es decir, de cartón fuerte y pesado. Esta caja era el pedestal de mi carro de carreras a control remoto, pero lo que había dentro me generó una ligera conmoción. Lo que encontré me hizo  pensar y también me llenó de sensaciones encontradas, ya que en esa caja estaban los inéditos de novelas y cuentarios de no pocos escritores peruanos, inéditos que en su momento me confiaban para su lectura apreciativa y su respectiva sugerencia de cambio. Me encontraba ante una historia de la narrativa peruana de los últimos ocho años, a ojo de buen cubero. Pensé en mi responsabilidad y sentí satisfacción porque muchos de esos textos cuando se convirtieron en libros editados tuvieron una buena recepción en crítica. No puedo decir lo mismo sobre su destino en ventas, pero eso es lo que menos me importa. Me sentí partícipe del buen destino literario de estos títulos, pero también me pregunté qué tenían que hacer sus autores para no ser opacados por la fuerza del relacionismo que ostentan los figurones (bueno, entre los inéditos había más de un figurón con talento, valgan verdades), pero bueno, hablamos de una habilidad de la que no quiero reflexionar más allá del tiempo que merece. 
Puse todos esos inéditos en una bolsa de color negro. Ya no tenían que estar cerca de mí.

jueves, mayo 26, 2016

Los indecisos

En los últimos días he venido escuchando sobre la zamaqueada de Keiko a PPK en el debate del pasado domingo.
No sé qué debate vi.
Lo que sí vi fue a un tipo sin carácter y una mujer que asumió el debate como si estuviera en una pelea de callejón, pelea en la que imperan las bajezas y mentiras, el adjetivo barato antes que la argumentación de ideas.
Obvio, a PPK le faltó más carácter. Ser más enérgico, si es que nos ponemos al nivel de los que creen que un debate debe ser un intercambio de bajezas.
Sin ofender, pero las bajeza es lo que le gusta a la mayoría de peruanos. La criollada, nuestra marca mayor de nuestra identidad nacional, el cochineo como sucedáneo de la inteligencia.
No es que uno quiera ser ofensivo, pero los estudios de campo y la experiencia personal lo demuestran.
Basta ver a los seguidores de Keiko para saber qué tipo de personas son las que apuestan por ella.
¿Acaso culpa del sistema? ¿Acaso culpa de una derecha preocupada en el bolsillo y una izquierda demagógica y racista? ¿Acaso la implosión de todas estas cosas que ha impedido que en quince años no se haya hecho nada contra el pragmatismo del discurso fujimorista, que viéndolo en objetividad, es muy fácil de taladrar, pero con tiempo y paulatinamente, no en un mes ni en dos semanas?
Ajá. El apoyo a Keiko viene por cuenta de la población más ignorante. ¿Cómo se combate ese apoyo?, me lo preguntó una amiga ayer en la tarde. La respuesta es muy fácil: con educación y cultura. Con eso. No hay más secreto que buscar o inventar.
Nos enfrentamos a un fenómeno que espero quiebre la demagogia de los que ostentan una supuesta superioridad moral, fenómeno que a todos juntos nos motive a la acción: a creer, pero en serio y en la práctica, en el poder de la cultura y educación para curar y sanar a una nación. Uno no puede dejar de sorprenderse por la sarta de mentiras de la señora Fujimori, obviamente, no nos sorprenden las mentiras del fujimorismo, pero ese escepticismo, ahora lo vemos, poco o nada ha hecho para detener este putrefacto sentimiento naranja. La realidad política actual es una patada en los huevos a la dejadez de los llamados peruanos pensantes.
Pero en estos momentos no vale pensar en esta dejadez.
Menos en esperar el desahuevamiento de PPK.
Lo que sí interesa, y ahora, es apuntar a los indecisos, que forman un voto a considerar teniendo en cuenta la corta diferencia entre Keiko y PPK. Los  indecisos sí contribuirían a salvar, y por última vez, a este país. Mas ese convencimiento a los indecisos no debe venir por vía del equipo de Peruanos por el Kambio, ni hablar, sino por todos aquellos que no queremos que el fujimorato se instale por segunda vez, es decir, llevando adelante una tarea de convencimiento en nuestras familias, amigos y compañeros de trabajo.
Por lo general, suelo ser muy pesimista. 
Y en contra de la sensación común de los peruanos que atisban el regreso del horror, guardo mucha esperanza en que las cosas vayan a cambiar por el bien de este país, que pese a hacer los suficientes méritos para tener los presidentes que merece, no merece convertirse en un narcoestado. 

martes, mayo 24, 2016

Reynoso, el escritor más joven

Sin duda alguna, la muerte de Oswaldo Reynoso (1931 – 2016) deja un profundo vacío en la literatura peruana.
No solo parte un escritor sin el que sería muy complicado explicar el proceso de la historia de la narrativa peruana contemporánea, sino que también desaparece una actitud de vida cada día más escasa entre los escritores peruanos de hoy: la de acercar la obra a los lectores, sea buscándolos o encontrándolos por azar. No importa si en esta empresa haya que recorrer todo el Perú. Reynoso iba tras ellos. Reynoso, hasta en sus últimas semanas de vida, se mostró como un trabajador de las letras. No se hacía problemas, los achaques de la edad los superaba con ánimo. Es por ello que no nos debe extrañar que con frecuencia asistiera a universidades, colegios e institutos en los que brindaba conferencias y presentaba sus libros.
Por otro lado, la consagración nunca lo alejó de los jóvenes escritores. A la fecha es imposible saber con exactitud el grado de influencia que tuvo entre las nuevas voces de la narrativa peruana contemporánea. “Nuevas voces” que tranquilamente podríamos rastrear desde la década del setenta. ¿De dónde sacaba fuerzas? La respuesta es muy sencilla: como escritor su tópico literario era precisamente el mundo de los jóvenes, además, Reynoso fue profesor. Es decir, tanto el tópico de su mundo literario como su vocación por la enseñanza lo convirtieron en un hombre idóneo para todo aquel con intención de formarse como escritor.
Se suele decir que la obra de los escritores es la imagen de ellos como personas. En el caso de Reynoso, esta suerte de ley no era la excepción. Si algo podemos decir de su poética, y más allá del tópico indicado, y del reconocido logro de su lenguaje literario (sin exagerar, después de Martín Adán, el de La casa de cartón, se ubica como el mayor estilista peruano), su obra exhibía, hacía patente, una rebeldía, una inconformidad con el mundo, una disidencia en contra de la solemnidad del conservadurismo ultramontano.
Marxista sin reparo. Orgulloso hombre de ideología. “El hombre, sin una ideología, sería una bestia”, le dijo a quien esto escribe en un perdido día del mes de agosto del 2001. Esa ideología, unida a la rebeldía de su poética, significa un coctel Molotov para todo joven con ganas de comerse el mundo, con la firme intención de alzar una voz de protesta ante contextos opresivos. Reynoso se convertía en el ídolo humano, en el maldito capaz de cimentar una vocación literaria. Y esto hay que subrayarlo: podemos encontrar muchos escritores atendibles y muy buenos, pero solo pocos, contados con los dedos de la mano, son capaces de reforzar y concretar una vocación. Reynoso fue la epifanía que necesitaban los indecisos, es decir, la mayoría de los escritores peruanos que he leído, cada uno, en distinto nivel de asimilación, tiene algo de Reynoso, algo de esa rabia, de esa poesía, de ese trabajo formal que desplegaba, de ese irrespeto por la ley estructural que vimos en sus últimas publicaciones. Sin exagerar, y ahora que Reynoso no está, apena constatar lo siguiente: Reynoso era una erupción volcánica de referencias vitales y literarias.
Esta historia comienza en 1961 con Los inocentes. Años atrás había publicado un poemario, Luzbel, pero fue con este libro de relatos con el que entró a la literatura peruana con una patada violenta, y lo hizo por la puerta trasera. Este libro no pasó desapercibido, pese a que más de un señorón de la crítica intentó blanquearlo del firmamento. En este sentido, no debemos pasar por alto el apoyo que le brindó José María Arguedas, quien fue capaz de detectar las frescura y proyección que encerraba ese libro escanciado de poesía y sexualidad. Fue capaz de ver más allá de la lectura común. Arguedas vio en los personajes de Los inocentes el sufrimiento y el trauma de sus personajes de ficción. No fue gratuito ese espaldarazo. Era no solo un inicial reconocimiento a su valía literaria, sino un aviso de rescate del mundo adolescente como crisol temático a explotar.
Bien pudo quedarse en estos iniciales laurales. Pero no lo hizo. Y no lo hizo porque era un escritor con hambre de denuncia. Era un ferviente convencido de que en la literatura podía poner en el tapete las desigualdades y la doble moral de la sociedad encorsetada y racista de la época. Por eso, si los cuchillos de la crítica quedaron afilados luego de Los inocentes, con la novela En octubre no hay milagros (1965) estos cuchillos funcionaron bajo una estrategia, porque el  objetivo de esta crítica era opacarlo de una vez por todas. Basta una visita a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional para verificar que se armó una cadena estratégica de críticas que no solo se ceñían a lo literario. Encontramos en esos diarios un andamiaje discursivo para desaparecerlo, este andamiaje no solo tenía sentencias literarias, sino que apelaba también a los discursos morales por cuenta de intelectuales líderes de opinión. Esta estrategia por desaparecerlo vio sus frutos cuando en 1970 publica su segunda novela, El escarabajo y el hombre, a la fecha, una de las novelas breves más perfectas de la narrativa latinoamericana del Siglo XX. El escarabajo… es un canto poético y formal, su perfección no desentona con los tres hilos argumentativos (ajá, sumemos la voz del narrador) encadenados, en las que vamos constatando un detalle que veíamos rastreando en sus títulos anteriores: la crítica al mismo discursivo ideológico que venía alimentando su poética. Reynoso se manifestaba totalmente renuente a la incoherencia ideológica de quienes se llenaban la boca criticando el maléfico discurso de la derecha. Si la crítica oficial ya le había puesto la cruz, ahora esta cruz era cargada por ciertos escritores que años antes lo habían apoyado.
A inicios de la década del setenta, Reynoso se fue a vivir a China. Estuvo más de diez años, en el mismo corazón del mundo que consideraba el ideal socialista. No se supo mucho de él, y esta etapa es más bien un hiato vital que los estudiosos de la obra de Reynoso tienen ahora como tarea a cumplir. A su regreso, nos entrega en 1993 el relato breve En busca de Aladino, delicioso texto en el que Reynoso se afianza como un fino estilista, o sea, un Reynoso recargado en la belleza del lenguaje. Sin embargo, fruto de su experiencia en el gigante país asiático, publica en 1995 la que es su obra maestra, una obra que a la fecha deber ser más leída y rescatada de la justa luminosidad de Los inocentes. Nos referimos a Los eunucos inmortales. Al respecto, no puede haber existir hincha de Reynoso que no haya leído esta novela en el que participamos del mejor Reynoso: del Reynoso ambicioso, del Reynoso estilista y del Reynoso formal. Una novela con ecos y epifanías que nos presenta a un escritor que es testigo del desastre ocurrido en la Plaza de Tiananmén en 1989. Nuestro escritor, bajo la mirada de su narrador protagonista, no solo nos brinda un fastidiado recuento de los sucesos ocurridos, días previos y durante, a la masacre de estudiantes en la plaza, sino que también por medio de él accedemos a una postura del autor con respecto al socialismo, a una convicción en el socialismo como ideal a alcanzar por el hombre, sin importar las barbaridades que hagan los hombres con este ideal. Por testimonio del propio autor, cuando se le preguntaba por esta novela, él declaraba con orgullo que había sido la que más tiempo le demandó escribir. Por cierto, en una ocasión le escuché decir que de Los eunucos… tenía más de veinte versiones.
Las relecturas de esta novela nos revelan lo que Reynoso terminó haciendo en los últimos años. A nuestro autor, de a pocos, le interesaban cada vez menos los cotos impuestos por los géneros literarios. Una lectura atenta de El goce de la piel (2005), En busca de la sonrisa encontrada (2012) y Arequipa, lámpara incandescente (2014), son una proyección de esa actitud de Reynoso hacia los géneros. Tengamos en cuenta que desde hace ya varios años se perfilaba como un escritor ajeno a las reglas narrativas. Lo que le interesaba ante todo era escribir, y en ese proceso de escritura patentizar todavía más el placer erótico que le generaba precisamente la escritura. Ese aparente desorden que a más de un entendido en narratología le generaría patatús, resultaba en Reynoso una virtud, una suerte de profecía de lo que años después se haría pasar como nuevo en la narrativa peruana última, puesto que en estos libros breves asistíamos a una poética más descansada, pero no menos letal en trasmisión. Por esta razón, ahora podemos entender su sonrisa e ironía, viendo sentado, con una vaso de cerveza en la mano, lo que otros realizan denodadamente con esfuerzo lo que él ya había hecho años atrás.
No lo pensemos mucho. Reynoso era una escuela viviente. Se había convertido en la Historia de la Literatura Peruana desde 1950 en adelante. Y pese a que él siempre renegó de un aislamiento literario, este aislamiento no fue del todo cierto, al menos no en la última década, en la que hubo tiempo para rescatar títulos como Las tres estaciones y El gallo gallina, en la que más de un interesado decidió trabajar su obra desde la academia, pero ante todo, fue una década en la que los lectores se conectaron mucho más con Reynoso, incluso estos lectores no necesariamente eran peruanos. Pensemos en las ediciones extranjeras de sus títulos más emblemáticos. Es decir, nuestro escritor sí llegó a sentir el reconocimiento, ya sea por los diletantes y los entendidos. Razones sobran para explicar esta situación, había en su obra calidad, furia, demonios, discurso político polémico, o sea, toda una mezcla que le permitía sintonizar con quien sea, los lectores encontraban en su escritura frescura, una parcela vital. 
No te engañes, querido lector: Oswaldo Reynoso era nuestro escritor peruano más joven. Sus libros son la mejor prueba de ello. 




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con Oswaldo Reynoso (1931 - 2016)


En la madrugada de hoy martes 24, falleció, a la edad de 85 años, el narrador peruano Oswaldo Reynoso.
Obviamente, sentimos una tristeza profunda por su partida. Sin embargo, Reynoso estará presente en nuestra memoria, y por partida doble. Por un lado, recordaremos al Reynoso escritor, dueño de una obra que no ha envejecido para nada con el paso de los años. Hablamos de una poética que durante décadas ha oxigenado la narrativa peruana, que la ha rescatado del marasmo temático y formal que más de una vez ha amenazado con hundirla. No es para menos, y no hay secreto por descubrir para explicarlo. Esta vigencia en la obra de Reynoso obedeció a su declarado respeto por la escritura literaria, no por nada, él siempre se consideró un estilista, un orfebre de la palabra, un hacedor de atmósferas que privilegiaba el aliento poético. Cómo olvidar, pues, las inolvidables centellas verbales en los relatos de Los inocentes, que a más de un lector, sea de cualquier edad, lo sumergía en una epifanía pautada por la aventura del descubrimiento de la calle. Cómo ser pues ajeno al erotismo contenido y golpeado de sus personajes, cómo quedar sano después de tanta sensualidad verbal que, en unión con su lenguaje, nos aplastaba para ofrecernos otra visión de la vida.
Reynoso fue dueño de una obra breve, pero contundente. No le interesaba ser prolífico. Si algo podemos destacar de él es que con lo escrito le bastaba y sobraba para ser considerado no solo como uno de los más grandes estilistas de la literatura peruana, sino también latinoamericana. Literariamente, había cumplido. Pero ello no le fue suficiente. Lo que hizo fue lo que pocos se atreven: recorrer el Perú, llevando sus libros a colegios, institutos y universidades. Es por ello que ahora entendemos lo que más de una vez decía: “Yo escribo para el Perú”.
Hasta aquí, el Reynoso escritor.
Ahora, el Reynoso persona.
Los lectores de la librería recordarán que Reynoso fue este 2016 el primer escritor invitado de nuestro ciclo de charlas Encuentros en El Virrey de Lima. Los que estuvimos esa noche del 15 de enero, recordamos a un Reynoso lozano y firme como escritor, pero no como un escritor que cumplía con el discurso honesto del escritor luchador, sino como uno en franca lucha contra la frivolidad que viene maculando el ejercicio del oficio literario, un crítico abierto de las mafias editoriales que pretenden “mostrarnos un Perú que yo no he recorrido, un falso Perú”, un indignado de lo que pasa en el mundo de hoy en relación a la explotación del “hombre por el hombre”. Obviamente, hasta aquí, vimos a un Reynoso político, pero también presenciamos a un Reynoso risueño, lleno de anécdotas, de experiencias vitales que estoy seguro a más de uno le hubiera gustado vivir. Reynoso terminó la charla leyendo el fragmento de CAPRICHO. Antes de la lectura, nuestro escritor se encargó de remarcar que no se trataba de una novela, menos de una memoria, sino simplemente de literatura. Al terminar la lectura de ese fragmento un silencio mágico se impuso en la librería, un silencio que no era más que la celebración de la experiencia literaria. No lo pensamos demasiado: habíamos asistido a una pequeña muestra de su compromiso con la realidad sin traicionar su postura literaria.
Terminada la charla, nos dirigimos al bar Don Lucho de Quilca. Cuando bajamos del taxi, nos dimos cuenta que nosotros sobrábamos en el trayecto al bar. Por ello, decidimos que Reynoso camine solo. No era para menos, ya que los jóvenes que reían y bebían en las veredas, al percatarse de su presencia, se le acercaron para saludarlo y abrazarlo. Reynoso fue recíproco con los saludos y palabras de admiración, además, los animaba a escribir, a no venderse, a ser ellos mismos. Estos jóvenes proyectaban en Reynoso la espontaneidad del cariño y amor genuinos. 
Esto, amigas y amigos, es la posteridad.

lunes, mayo 23, 2016

474

En el jardín de mi madre, ubicado en nuestra sección del parque que tenemos exactamente detrás de nuestra casa, han salido rosas que exhiben un mágico brillo, seguramente a cuenta del sol tibio y generoso en luminosidad.
 Mi madre me pide que saque las rosas, porque esas son las rosas que le gustaban a mi abuelita, a quien visitaremos en las próximas horas. Entonces, cojo la tijera para plantas y flores, y me dispongo a cortarlas, siempre respetando los 30 centímetros de rigor del tallo. A mi lado, Onur mira tranquilo lo que hago, no hay perros ni perras a la vista, y mejor así. Mejor porque de esta manera acabo rápido y mientras más rápido lo haga, comienzo a trabajar en los textos que me tendrán muy al límite esta semana.
Y sigo con el tema de Charly García desde ayer, “Nuevos trapos”. De las ejecuciones musicales, me vacila mucho lo que se puede hacer con el bajo y si no me equivoco, en la época de la canción, el bajista de García era pues Pedro Aznar. Además, de toda banda que escucho, me fijo en especial en la ejecución del bajo, instrumento más importante, a lo mejor el más importante, el que dirige el ritmo y la armonía. Más allá de su talento para el canto y las letras de canciones, Aznar es más que un eficiente bajista, y, seguro peco de exceso especulativo, fue quien ordenó musicalmente más de una canción en su época que integraba la banda de su endiablado compatriota.
Al par de horas me conecto al Face. Lo que veo es deprimente. El debate de anoche es la metáfora de la desgracia por excelencia.
Sin embargo, más de uno le exige a PPK lo que este tío no puede hacer, ponerse al nivel de La rata naranja, llevar el debate a una pelea escolar. Prestarse a eso es perder, es como si yo discutiera con un escritor al que jamás reseñé porque su libro es una porquería y que en su reclamo me exhibe más de un complejo producto de su fealdad. No, así no va: la guerra contra la mafia naranja debe ir por otro lado, y eso va a depender de aquellos que no quieren devuelta a la mafia en Palacio, de los que no quieren que este país se convierta en un narcoestado. 
No, PPK no debe convencer a la masa. La masa está con La rata naranja. Lo que debe hacer este tío es convencer a los indecisos. La diferencia es corta, no hablamos de diferencias aplastantes como para pensar en convencer a una mayoría que siempre ha apoyado al fujimorismo. Claro, la tarea es ardua y parece imposible, pero paso a paso, comienza convenciendo/comprometiendo a tus allegados. Así, de a pocos…

un director comprometido

No hay nada mejor que enterarse en una noche de domingo, luego de la posible debacle que sufra el país en las urnas dentro de unos días, de una noticia que, definitivamente, alegrará a todos los cinéfilos, a todos aquellos convencidos de que el cine es un arte integral que va mucho más allá del fin comercial pautado por el entretenimiento.
No lo pensemos más, sí hay mucho que celebrar: el director británico Ken Loach acaba de ganar La Palma de Oro de la última edición del Festival de Cannes por su película I, Daniel Blake.
Obviamente, no hemos visto esta película, pero no pasará demasiado tiempo para hacerlo. Mientras tanto, sepamos quién es Loach, al menos de qué está hecho este hombre que dirige y filma, cosa que tienen una idea quienes recién estén comenzando a forjar una cultura cinéfila, cultura placentera en todo sentido, pero no por ello, no menos difícil de cimentarla.
Son pocos los directores capaces de oxigenar el cine hoy en día. Son muchos los que se encandilan por las formas, por las nuevas vías tecnológicas que permiten que la realización de películas no necesariamente dependan de siderales cantidades de dinero, tal y como ocurría hasta hace no más de veinte años. Hoy en día, con mucha voluntad y, sin duda, trabajo y talento, se puede hacer una película aceptable en términos de soporte. Prueba de ello es la proliferación de importantes festivales de cine en el mundo. Ese es pues el gran aporte de la tecnología, ha permitido que el cine se democratice, la “posibilidad de filmar está”, y solo falta la voluntad, empero, por más facilidades que brinde la tecnología, el camino sigue siendo duro y hay que recorrerlo si es que el cine es lo tuyo.
Desde sus inicios como cineasta, Loach no ha sido nada ajeno al discurso político, sus años de formación estaban signados por la influencia de los Angry Young Men ingleses, movimiento político literario que tuvo como referentes a narradores como Kingsley Amis (el padre de Martin) y Alan Sillitoe. Este movimiento rompió fuegos en la década del cincuenta, pero el discurso y su respectiva propuesta cayeron en un relativo olvido a partir de los sesentas. Sin embargo, no había estudiante o artista que no alimentara su indignación, a razón un sistema que empobrecía más a los pobres, por medio del legado discursivo de los AYM. Loach era uno de esos jóvenes indignados, su sensibilidad hacia lo que veía no era ajena a su inquietud creativa. Esta postura política, que algunos críticos calificaban de “rabiosa”, se reforzó en discurso y consecuencia en los años ochenta, en pleno mandato de Margaret Thatcher, llevando al límite su propuesta. Para aquel entonces, su poética cinematográfica venía con la marca de agua del cine político, pero en esa década ochentera de crecimiento a costa de la clase media, motivó que su cine sea más de denuncia de lo que ya era, más visceral en propuesta, alejándose del sentido metafórico de la narración, para hacer de la narración un canal premunido de tersura al servicio del mensaje, pero sin dejar el componente estético, que a fin de cuentas es el componente que sostiene toda obra de arte, y eso, mejor que nadie, lo sabía y sabe Loach.
Se dice, y bajo atendibles y justas razones, que los discursos políticos e ideológicos no deben elevar el proyecto de una obra de arte, y en este sentido, no se salva ninguna parcela creativa. Pero siempre nos topamos con casos únicos, en los que no solo el afán de denuncia va de la mano con el logro estético. Pensemos en los iraníes Jafar Panahi y Abbas Kierostami, revolucionarios cuyas películas vienen estimulando a los nuevos y experimentados directores del mundo. En esa onda, pero mucho más agresivo, ubicamos a Loach, con películas que son un muestrario no solo de su espíritu denunciante, sino también de compromiso con las causas que defiende. Del mismo modo, en la manera de filmar, accedemos a una intención de carácter documental, abocado en una apuesta por el realismo, filmando en el límite de los géneros, hallando y potenciando los nervios de los contextos, de las tramas y los de sus personajes.
Además, no es la primera vez que se reconoce su trabajo. En 2006 se le otorgó el mismo premio de hoy por The Wind That Shakes The Barley y en su haber figuran varios premios del jurado del mentado certamen. ¿Qué nos dice esto? Primero, y lo que importa: que no solo es uno de los más grandes directores del cine de hoy, sino también uno que no nunca ha transigido en su compromiso, ni se ha dejado tentar por un ablandamiento de su discurso Trotskista. En otras palabras, escribir/hablar de Loach es referirnos a un director que ha llevado durante toda su trayectoria, y patentizada en sus películas y documentales, un compromiso político, enfocado en los oprobios de los hombres y mujeres más débiles, y alzando la voz a favor de las clases sociales carcomidas por el dictatorial sistema neoliberal imperante. Prueba de su poética, la podemos encontrar en su subliminal e iluminador libro Desafiar el relato de los poderosos, una suerte de biografía política de su cine. Agrio por momentos, pero ante todo ofreciendo soluciones a los nuevos cineastas. Estas soluciones nos reflejan también la esperanza de Loach en la formación de un cine político, aquel que nunca deje de testimoniar con crudeza y realidad el oprobio del hombre en el mundo de hoy. Al respecto, son suculentas las páginas en las que nos transmite la idea de encontrar una estética que madure en contextos que en apariencia niegan toda clase de crítica y señalamiento, por ello, no solo nos habla de una postura política, sino que en base a esta se puede llevar armar un método de trabajo que le saque provecho, a manera de identidad creativa, al uso de la cámara, a saber.
Como se indicó líneas arriba. Los cinéfilos deben estar más que satisfechos. La obra de Loach es una consistente luz en pos de un cine que ahora más que nunca debe producir más, no cejar, y en especial, esta Palma de Oro es un reconocimiento a la coherencia artística. Al menos este año, el Cannes se ha salvado del bochorno. No ha sido nada bueno, más bien ha sido muy irregular según la crítica, pero por el momento eso no importa, lo que interesa en verdad es aplaudir de pie a Loach. 
¿Cómo? Pues viendo/descubriendo, o volviendo a ver/descubrir sus películas y series, que, felizmente para los cinéfilos limeños, no son difíciles de encontrar. 



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domingo, mayo 22, 2016

473

Me levanto algo tarde.
El sol ilumina de naranja toda mi habitación.
Me dirijo a la cocina y me sirvo un vaso con agua. Al parecer estamos Onur y yo en la casa. Mis padres me han dejado una nota, en donde me dicen que han ido a la casa de mi hermano. O sea, yo mismo seré en casa. De la refrigeradora saco las cosas que almorzaré. No lo pienso mucho, almorzaré algo rápido. Busco en Youtube la receta de Peter Clemenza, que nunca me falla, y pese a ser una receta memorizable, me olvido de algunos detalles de la misma.
Dejo las cosas del almuerzo en la cocina, listas para cuando vuelva a ellas en un par de horas. Y me aboco a revisar los mensajes del celular, que prendo, del mismo modo prendo la Laptop, y vaya que son muchos mensajes. A diferencia de otras ocasiones, de otros domingos, no hay propaganda basura, ni recordatorios, casi todos son de personas que ubico. Al lado de la portátil, una edición en Debolsillo de Manual del distraído de Alejandro Rossi, que vengo releyendo, con pensada y premeditada lentitud. También prendo la radio, algo que me asombra, porque desde hace semanas que no escucho ninguna estación radial, ni prendo mi radio, que me ha sido fiel durante años y que ahora parece más un artefacto de museo. Ese asombro de la radio no es casual, lo veo como una señal, un aviso, una especie de recuperación de las oportunidades perdidas. Sintonizo Doble Nueve y me doy con una seguidilla de temas de The Guess Who.
Onur me acompaña. Más de una persona me ha expresado la ternura que generan sus ojos. Es cierto, este falso pequinés destila harta ternura, pero no es más que una estrategia para su objetivo mayor: destrozar todos mis calzados. Pese a ello, este perrito se ha vuelto un infatigable amigo que me acompaña en mis caminatas no solo por el barrio, sino también cuando me invade la sensación de caminar, y los que me conocen saben bien que soy muy bravo al momento de caminar, y Onur se muestra como un buen pata, pero como todo ser viviente, también se cansa, y me detengo para que tome aire, y me detengo también cuando deja su marca canina en las esquinas.
Apago la radio. Acabó el especial de The Guess Who. 
En uno de los mensajes, me pasan el enlace en Youtube de una canción de Charly García, “Nuevos trapos”. Hace tiempo que no escucho al argentino y esta vez será motivo. No hay mucho que decir, el tema tiene está de la putamadre. Lo conocía pero no había descubierto su epifanía hasta esta tarde. Entonces me dispongo a hacer lo que siempre hago cuando una canción me gusta, o sea, la escucharé hasta agotarla, hasta el hartazgo. Solo así me la podré sacar de la mente. Y mientras tanto, abro los archivos en Word que trabajaré este domingo. Aunque no podré empezar como quisiera, el comienzo del trabajo será intermitente, porque tendré que preparar mi almuerzo y la tentación de los partidos de fútbol se presenta desde la pantalla del televisor apagado.

sábado, mayo 21, 2016


472

Llego a casa.
Me dispongo a ver el documental sobre Amy Winehouse, Amy, de Asif Kapadia. Este documental me lo ha recomendado una buena amiga, quizá lo que me llamó la atención fue su sentencia sobre lo que le generó el documental: “te haces fan de Amy sin que necesariamente te guste la música de Amy”.
Bueno, lo cierto es que no me gusta la música de Amy. Y doblemente cierto es que siempre llego tarde, demoro más de la cuenta en asimilar determinadas propuestas musicales, pero cuando ocurre, las agoto hasta hartarme de las mismas.
Mientras me acomodo, pienso también en lo que fue la conversa con Fernando en El Virrey de Lima, en los conceptos que ofreció cuando le pregunté por la persistencia en los tópicos que definen su poética, que vi como un ejemplo de honestidad consigo mismo, es decir, lejano a hipotecarse a los mandatos de las tendencias, que vienen seduciendo a más de uno.
Luego de la conversa, “Jeremy” nos invitó a comer a Los mil continentes, un restaurante ubicado a dos cuadras de Alfonso Ugarte, en una calle de la que no recuerdo su nombre, en verdad tengo dificultades para recordar nombres de calles. Este restaurante, en su momento, fue el descubrimiento de “Cachetada nocturna”. “Cachetada” concurría todos los días de la semana, hasta por gusto, hasta que cierto día se olvidó de llevar efectivo para pagar y los dueños del restaurante lo tuvieron toda la madrugada lavando platos y trapeando el baño. Desde esa vez no va y en más de una ocasión le he dicho que no se haga paltas, pero “Cachetada” prefiere mantenerse fiel a la contemplación de mujeres imposibles en Don Lucho, adonde fuimos un toque luego de comer.
Me gusta el bar, pero por alguna extraña razón, sentía que me asfixiaba, no sé si haya sido el calor, que no era para tanto, o quizá haya sido la incomodidad de verme entre tanta gente, pese a que el bar no estaba lleno. Pero bueno, siempre le pongo onda y ocupé una mesa, en donde estaban los amigos de Fernando, y allí estuve hablando de todo, desde la última novela publicada de Gaddis hasta de los complejos de fealdad de un patita que me miraba detenidamente, de esos que se guardan toda la mierdita durante meses y a quien le di la oportunidad de soltar toda su mierdita, total, el mundo es así: dices lo que quieres y escuchas la opinión contraria, algunos tienen su estilo, sus formas, aunque la bajeza no va conmigo y sé bien cómo manejar estas situaciones, porque no es ni será la última vez que alguien me suelte su mierdita emocional, total, uno escribe de libros y autores, y si gustan mis opiniones, bacán, si en caso no, el mundo no se acaba, ni a mí, ni al receptor, pero eso, y aunque me odien de por vida, no reseño porquerías, aunque es bueno indicar que hay gente especializada en esa noble labor.
Saliendo del Don Lucho, me encuentro con Karina. Y ahora que lo pienso bien, es Karina la que me pasa la voz. Ella acababa de salir de un concierto en Caylloma y la percibí en una peligrosa euforia en ascenso, euforia que volvía insuficiente la energía gastada en el tácito pogueo. No sé si llamarla amiga o conocida, pero da igual. Es de esas personas a las que no tienes que frecuentar mucho para saber que hay una conexión, una suerte de complicidad, en donde bastan algunos gestos, palabras o simples miradas, y de esta forma ser partícipe de un estado de ánimo, en este caso, el ánimo del “otro”, y esa percepción de ánimo me presentaba un drama personal del que no podía desentenderme.
Las veces que la he visto en Quilca, paraba con un grupo de chicos y chicas que se adueñaban de la vereda. Me pasaban la voz para preguntarme qué película estaba viendo o qué libro estaba leyendo, algo que volvía curioso el asunto, ya que no me preguntaban qué película o libro les podía recomendar. La más entusiasta con lo que les contaba era precisamente Karina, que no tardó en pedirme que la acompañe a tomar su taxi en La Colmena. En ese corto trayecto, Karina me contó que desde hace un mes venía asistiendo a un grupo de AA, ajá, Alcohólicos Anónimos, y que por decisión propia había decidido no beber más, pero el no beber no significaba que dejara de hacer su vida social, según ella, o sea, el no beber no le impedía ir a los conciertos de rock de garaje que se desarrollan en las calles aledañas a Quilca.
Me llamó la atención lo que me contaba. En los últimos días, ND, una amiga a la que quiero mucho, me había contado un problema similar. Eran los mismos casos y la única variante de los mismos era la locación del grupo de AA. Bueno, tampoco me iba a sorprender si ambas asistían al mismo grupo de AA, además, he aprendido a enfrentarme a las inevitables coincidencias de la vida, algunas mágicas y otras no menos que penosas, y esta era una situación penosa, porque entendí lo que pasaba con Karina, entendía su lucha interna contra la ansiedad, ese llamado proveniente del pecho que te pide un trago cuanto antes y que manda a la mierda todo lo que has venido avanzando en los días de abstinencia.
Los mismos síntomas que vi en ND los veía en Karina. La falsa euforia, pues. Le pregunté en dónde vivía y me respondió que por el Campo de Marte. Entonces le propuse caminar y que pasara del taxi. Y eso hicimos, caminamos hasta El Campo de Marte. En el camino nos topábamos con una variopinta gama de personajes que solo puedes ver en el centro durante la madrugada, a saber, en Belén, en donde encuentras a una gringa adiposa que en inglés te cuenta que acaba de ser asaltada y que necesita dinero para el taxi que la lleve a la embajada americana. Todo bien, el drama muy bien pintado, solo niégate para que no dude en mentarte la madre en un impecable castellano. Este personaje sale todas las madrugadas, de una a tres, según calculo, y vaya que la historia le funciona bien, lleva más de una década haciendo lo mismo y sea quien sea la persona detrás de ese personaje, sí le reconozco su capacidad histriónica.
Bajamos por Bolivia, doblamos hacia la izquierda por Wilson y llegamos a Paseo Colón. En este punto había que tomar bien una decisión. O seguir hasta 28 de Julio o bajar hasta Guzmán Blanco. Ya era un territorio que, por la cercanía a su casa, Karina conocía mejor. Obviamente, estaba la posibilidad del taxi, pero era ridículo tomar un taxi cuando estábamos a menos de siete cuadras del Campo de Marte. Ella decidió que lo mejor era bajar hasta la Plaza Bolognesi y caminar por Guzmán Blanco, pero recordé que hacía algunos meses tres putas asaltaron a “Mr.Chela” y “El Caminante”, al primero le robaron su iPhone y al segundo su mochila y zapatillas. Había que tener cuidado con las putas de Guzmán Blanco, pero mucho más con los cafichos que las cuidan. Por ello, tomamos la ruta más larga y más segura, 28 de Julio.
Deje a Karina cerca de su casa. 
Detuve un taxi y subí. Solo al llegar a casa me percaté de lo siguiente: olvidé comprarme una nueva cajetilla de cigarros. La ansiedad, la falsa euforia, se hacía presente, pero se trata de una ansiedad o falda euforia que sí puedo manejar, en fin.

jueves, mayo 19, 2016

"un vaso de cólera"

Más de una vez he pensado en la seria responsabilidad que existe entre los lectores, editores, escritores, literatos, agentes, libreros, distribuidores y demás partícipe del circuito de aquello que llamamos Mundo del libro en relación a lo poco o casi nada que conocemos de la cultura brasileña, en especial, ya que estamos en el tópico que nos reúne, de lo poco que hemos hecho para saber en qué va su literatura más allá de lo que conocemos de ella. Este pensamiento, no lo vamos a negar, por momentos demagógico, no ha sido ajeno a un espíritu de indignación que se refocila en la queja sin brindar la más mínima solución. Claro, podría decirse que hay una separación lingüística que hace imposible que podamos conocer más de lo que ya conocemos, que nos imposibilita saber más allá de su fútbol y sus carnavales.
Esta dejadez no solo afecta a la difusión de los discursos literarios de dicho país, sino también se manifiesta en sus artes plásticas, su cine y demás expresión de su galaxia cultural. Por ello, si desconocemos lo “mayor”, resulta casi imposible conocer lo “escondido”, y centrándonos en el espectro literario, nos encontramos muy alejados de aquellos autores que gozan del reconocimiento de los llamados entendidos, o, mejor dicho, de los lectores que van a la búsqueda de poéticas que requieren de lectores no solo informados, sino también muy cuajados en la experiencia de la lectura.
Por esta razón, no es menos gratificante leer a uno de los más grandes narradores brasileños del Siglo XX, a quien solo le bastó tres libros para ser considerado como uno de los pilares de la tradición narrativa a la que pertenece. Nos referimos pues a Raduan Nassar (Pindorama, 1935), nombre que a más de uno le debe sonar por primera vez, o por la sonoridad de su apellido, como una voz árabe, que en la brevedad de su propuesta ha podido desplegar una serie de epifanías que se descansan en la fuerza poética de su prosa como en el tratamiento de sus temas, tal y como lo podemos ver en esta novela corta que nos reúne: Un vaso de cólera (Sexto Piso, 2016; y publicada en 1978), que también deberíamos considerar como un triunfo editorial, que nos fortalece la esperanza de saber que aún existen estupendos lectores que editan y que salen a buscar/rescatar autores de otras tradiciones literarias.
Esta es la primera novela a la que tenemos acceso y no podemos dejar de sentirnos más que satisfechos por el viaje que nos ofrece Nassar. En estas páginas se impone la médula que sustenta y justifica el prestigio del autor en la crítica literaria brasileña. Como toda novela corta que se precie de tal, se perenniza desde sus primeras frases, no hallamos elementos temáticos que queden en el aire, pero la perfección formal no es su mérito. Un narrador como Nassar no se puede conformar con las leyes de la relojería narrativa, o sea, la contención temática al servicio de la historia. Al respecto, debemos señalar que estas reglas clásicas de la novela corta han sido y vienen siendo pésimamente asumidas por más de un escritor latinoamericano actual al considerar a la novela corta como una aventura fácil, cuando de fácil no tiene absolutamente nada.
Nassar, en primer lugar, se vale de una prosa que se alimenta de un aliento poético que corre en densidad, aliento denso que erotiza la atmósfera de lo que nos relata: la crisis de una pareja en el marco de un par de días, una crisis que deviene en una violencia esencialmente verbal en la que el objetivo es destruir a la mujer. El hombre, que ha guardado su furia durante un tiempo no especificado, aprovecha los momentos de la cotidianidad, arremetiendo en los espacios de interacción de las parejas, como en la cama y en la ducha; sin embargo la mujer, en su aparente debilidad como receptora de las invectivas, se hace fuerte en la provocación, en la palabra o el gesto que alteran al hombre que la quiere desvanecer en la humillación.
Pero Nassar no se conforma con este nivel temático. La crisis sentimental de esta pareja no es suficiente. En los discursos cruzados de los amantes, pone en bandeja otros discursos en patente diálogo con la historia, la actualidad el mundo y la identidad existencial. Nassar nos presenta por medio de esta pareja una metáfora de su visión del mundo, un mundo que persigue la adoración a costa de la desaparición del “otro”. 
Un vaso de cólera no solo es una obra maestra en la tradición de la novela corta, es también un ejemplo tajante de las posibilidades que depara el género siempre y cuando se le asuma con respeto y riesgo. Pero ante todo, y lo que nos interesa destacar, es que estamos ante una imprescindible puerta de ingreso a la poética de un extraordinario narrador que todo aquel que se precie de lector cuajado debe leer. Además, es la primera vez que se traduce la novela al castellano y la traducción viene por cuenta del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos, que ha sabido recoger el ánimo literario de Nassar y esto, bajo ninguna circunstancia, es poca cosa. Hay que ser dueño de un inquebrantable oficio y poseer un conocimiento de las posibilidades de la lengua madre para traducir a Nassar. 

miércoles, mayo 18, 2016

José Luis Rénique: "Imposible pensar en cómo construir una nación moderna en el Perú sin preguntarse por el 'indio' "

Una de las impresiones que tenemos al final de la lectura del libro es que somos el país de las oportunidades perdidas si hablamos de reivindicar a los peruanos del interior del país. Todas las luchas o revoluciones que han acaecido en nuestra historia han tenido un objetivo patente: sacarlos del ninguneo y rescatarlos de la injusticia. 

Por obvias razones históricas, demográficas, socioeconómicas, la idea de una revolución de base andina o agraria ha tenido gran arraigo en el Perú. Una gran dosis de ideología se requería para concebir una acción revolucionaria eficaz en un país tan fragmentado como el Perú.  Ahí están los resultados para demostrar las grandes limitaciones de que estos experimentos adolecían. Había que imaginar actores y escenarios articulando un guión insurgente sostenido a punta de voluntarismo. Hubo momentos de efectivo engarce entre militantes urbanos y masas rurales, nunca lo suficientemente efectivos como para sustentar algo remotamente similar a lo ocurrido en México 1910 o Bolivia 1952. Entre 1960 y 1990, se vivió una cuasi crónica agitación rural. A la par con ello, sin embargo, el Perú se urbanizaba y Lima se convertía en la megalópolis de hoy. Los hijos y nietos de los rebeldes agrarios imaginados por los militantes urbanos de los 60 y 70 protagonizaron el “desborde popular” y son quienes  eligen hoy a los gobernantes del país. Más que de “oportunidades perdidas” habría que referirse a una “modelo peruano” de transformación social de un país de grandes mayorías indígenas y con una “herencia colonial” singularísima, solo comparable con la de México. 

No se puede escribir o pensar en el Perú sin tener en cuenta al indio y su problemática. 

Imposible pensar en cómo construir una nación moderna en el Perú sin preguntarse por el “indio”. En mi libro Imaginar la nación: viajes en busca del “verdadero Perú”, 1881-1932 examino los esfuerzos en ese sentido de nueve intelectuales y políticos peruanos (González Prada, Matto de Turner, López Albújar, Ventura García Calderón, Riva Agüero, Valdelomar, Valcárcel, Mariátegui, Haya de la Torre), el “problema indígena” en cada uno de esos casos estaba al centro de sus preocupaciones. El fascinante despliegue de análisis, creatividad literaria, invención ideológica y  también utopía no alcanza, sin embargo, para desentrañar la gran complejidad del problema. Conocer sus trayectorias es todavía toda relevante lección de “peruanidad”. Sin caer en tremendismos, es importante no subestimar la distintiva complejidad del Perú. 

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martes, mayo 17, 2016

471

Mañana de sol. Sol tibio, naranja, como si una Prima ballerina se presentara solo para mí.
Voy a la cocina y me preparo café, jugo de granada y tres tostadas. Leo los diarios. Leo los putrefactos argumentos de los seguidores de la La rata naranja. La verdad que no puedo sino sentir indignación combinada con pena ante un eventual gobierno de una mafia que vendrá a hacer lo que le venga en gana y lo hará con el único objetivo de joder.
Los diarios dicen lo obvio, lo razonable: en ningún momento se ha dicho que la DEA investiga a Keiko por lavado. Ya veo a más de un fujimorista denunciando una guerra sucia contra su candidata, impoluta y decente, defensora de derechos humanos y luchadora por la dignidad de las mujeres. Pero igual, lo que Keiko representa, la suciedad moral en su estado más puro, ahora con una suerte de tesorero que ha hecho fortuna gracias a las rayas blancas.
Entonces caigo en la cuenta de que no debo malograr mi desayuno leyendo las notas sobre La rata naranja. Es lo mejor, entonces paso las páginas, directo a las secciones deportivas, para ver las idioteces que viene haciendo Gareca en la selección. No lo niego, en su momento llegué a tener esperanzas en el trabajo que haría el argentino, pero tampoco caí en la ingenuidad, porque quedó visto, una vez más, que los empresarios y representantes de jugadores son los que dirigen los destinos de la selección de fútbol. Se podría decir que se ha dejado de lado a los referentes, pero eso no es más que un pantallazo de objetividad en un proceso que desde su inicio no ha mostrado liderazgo, hecho que podemos comprobar en el nulo compromiso de la mayoría de los seleccionados en las convocatorias. 
Se supone que el comer es uno de los actos más placenteros de la vida. Y me prometo que a partir de mañana, en el desayuno, o mejor, desde ahora, durante las comidas, me alejaré de las noticias, hasta de las visuales y auditivas, para disfrutar como se debe mis comidas. El jugo de granada estaba buenazo, las tostadas y el café, ni hablar, pero aún sigue esa sensación de goce incompleto. 

lunes, mayo 16, 2016

volver a Cela, aunque pese

Al parecer, una especie de ley divina define los criterios de los celadores de la literatura. Hablamos de una ley con síntomas de tara que no permite que las malas costumbres personales de los escritores tiñan lo que se pretende destacar y, en algunos casos, canonizar, es decir, la obra.
Pensemos en ejemplos, cercanos, como Jorge Luis Borges, a quien se le negó el Nobel de Literatura a causa de sus pecados políticos. Aunque seamos sinceros, la grandeza literaria de Borges nunca se vio opacada por sus deslices morales. Pensemos también en Ezra Pound y Louis-Ferdinand Celine, cuyas obras tuvieron que esperar varias décadas para ser valoradas como lo que son a la fecha, obras que se sustentan en férreas poéticas que generan más de una discusión entre los llamados conocedores de literatura, como también entre los lectores ocasionales, y que conforman esa galaxia de lecturas obligadas para todo aquel que pretenda dedicarse al ejercicio de la escritura literaria.
Ahora.
Sin duda alguna, Camilo José Cela es uno de los más extraordinarios escritores en lengua castellana del Siglo XX.
A la fecha, y lamentablemente no pocos, rehúyen de la obra de Cela como si se tratara de la peste. Los motivos de esta huida no son literarios, sino más bien políticos, quizá morales, a lo mejor porque los lectores, al igual que cualquier persona con criterio, puede aguantar todo lo imaginable de la condición humana, menos el soplonaje.
Cela colaboró con el franquismo, se convirtió en una suerte de espía, de datero, que enviaba listas sobre autores, intelectuales y artistas a los entonces servicios de inteligencia de la dictadura española. Si buscamos una palabra para definir esta manera de proceder, la “bajeza” quedaría chica. Durante décadas se rumoreaba de esta relación entre Cela y el soplonaje, pero esta se confirmó años después de su muerte.
La noticia horadó a paso firme la referencialidad de la que gozaba su obra. La noticia corrió como un río de pólvora por todas las redacciones periodísticas, las aulas de la academia e instituciones culturales.
Como dato menor, sumemos también que Cela nunca exhibió un comportamiento que contentara a la platea, tranquilamente podemos decir que era todo un antipático, sus opiniones más de una vez hirieron susceptibilidades, hasta de los poderosos. No se guardaba nada, era un deslenguado con estilo, un dandy que miraba a los demás con superioridad. Bien podríamos decir que no fue un buen tipo, y para ser sincero, un escritor no tiene que ser necesariamente una buena persona que derroche bonhomía. Cela no lo era, no era pura sonrisita. Pero este detalle de su personalidad, más su coqueteo con el franquismo siendo un aplicado soplón, fueron mezclas que potenciaron el bombardeo hacia su obra, que, como ya se indicó, cobija a una de las poéticas en castellano más peculiares del siglo pasado. 
Cela no será ni el primer ni el último escritor a quien le pasen factura sus pecados políticos. Pero ¿cuántos años tendrán que pasar para que se le lea como se debe, sin tener en cuenta sus taras morales? No lo sabemos. Es pues una incógnita. Pero lo que sí sabemos es que mientras más tiempo pase, más de una generación de lectores dejará de conocer a uno de los escritores que hizo de la palabra escrita una genuina experiencia literaria de resonancias, premunidas de imágenes y conceptos. Esto es lo que debería quedar de los grandes escritores, el aporte, no sus bajezas morales. Estamos hablando de libros, no de personas.




Publicado en SB

guerrilleros morales

En los últimos años he tenido la oportunidad de conocer a varios amigos y amigas de Venezuela. Por medio de ellos he podido saber un poco más de la tradición literaria del país llanero, o sea, más allá de los textos canónicos que más de uno ha leído en su etapa formativa.
No solo pienso en ellos cuando reviso las noticias, más el respectivo cruce de info de las mismas, sino también en los no pocos intelectuales y escritores peruanos que no sé a cuenta de qué siguen defendiendo lo que a todas luces es una dictadura, que a punta de testarudez viene hundiendo a uno de los países más ricos del mundo, porque eso es lo que es Venezuela, un país rico, que no merece estar en la situación en la que se encuentra. En realidad, en pleno siglo XXI me resulta inconcebible que se siga violando la democracia por medio de la tortura, asesinato y violación a todo aquel que luche por la democracia.
Por ello, no sé qué espera nuestra maravillosa intelectualidad y creatividad de izquierda para deslindar del atropello de Maduro, fiel padawan de la política de Chávez. ¿Acaso más muertos? ¿Acaso una verdadera hecatombe social para que recién se desahueven? ¿Qué esperan nuestras maravillosas Mendoza y Glave para dar ese paso que las diferencie de esa izquierda petrificada peruana? 
A menos, eso sí, que nuestras joyas de izquierda estén alistando maletas y dispuestos a reportar desde los lugares de los hechos esa gran mentira que nos comunican los medios de información del imperialismo. Claro, eso es lo que están haciendo, la coherencia es el pequeño gran detalle que los define. No seamos malhablados, esperamos las acciones de nuestros guerrilleros morales. Ajá.

domingo, mayo 15, 2016

470

Días ajetreados que se manifiestan en un cansancio sin parangón en los últimos meses.
Presentación en Sur.
Conferencia en San Marcos en el día de su aniversario.
Y conversatorio en El Virrey de Lima.
Para alguien al que no le gusta salir de su casa, hacerlo en tres ocasiones seguidas sí genera un desgaste mental, bueno, es así como me siento después de una participación ante el público, en la que debes pensar más tus ideas, escoger tus palabras y sustentar con argumentos. Si eso no es desgaste mental, no sé qué cosa podría ser.
Lo bueno es que las tres actividades salieron muy bien.
El miércoles, antes y después de la presentación del libro-homenaje a Alfonso Cisneros Cox, estuve conversando con Luis Hernán, que estuvo de viaje relámpago por Lima,  y aprovechamos en hablar de su última novela. Mientras me hablaba de los diálogos de esta última entrega con otras suyas anteriores, pensaba en su poética,  que se sostiene en más de cinco títulos, y no solo bien recibidos por la crítica, sino que han sabido forjar una comunidad de lectores alrededor de la misma, pero comunidad que más parece un gueto, porque los nuevos lectores interesados en la narrativa peruana andan más concentrados en las nuevas voces de los grandes sellos y, en algunos casos, en las de ciertos sellos independientes, que terminan opacando voces sólidas como las de Luis Hernán. No sé, ni le pregunté, qué pensaba él al respecto, pero si llamó mi atención que a él no le preocupara tanto parecer escritor, con serlo le bastaba y sobraba. Aunque claro, esto es más que nada responsabilidad de la crítica que no ha sabido cartografiar la narrativa peruana última para los nuevos entusiasmados en la misma, una crítica que cada día me recuerda más a ciertas respuestas en Escritores peruanos. Que piensan, Que dicen de Luchting, respuestas relacionadas a la crítica y el juego sucio de esta, que cuando se propone ser sucia, bien puede competir con el basural de los sentimientos menores.
Y el jueves, bendito jueves. Mi conferencia en San Marcos sobre la novísima poesía peruana y el compromiso político de los poetas del 2010 en adelante. Creo que esa tarde saqué más balas de las que pensé que podía usar. Le he prometido a Roberto, uno de los organizadores, que publicaría mi texto de varias miles de palabras, obvio, en este blog, aunque antes en una plataforma ajena a la mía. Quizá en LPG, pero lo veré en los próximos días que regrese al texto en cuestión para insertar algunos conceptos que no tuve presente, pero que podrían ofrecer más luces, muchas más de las que supongo. Después de la conferencia, tuve que hacer algunas cosas por el centro, en donde me encontré con Miguel en el Domino´s, para luego ir a los jueves culturales de los libreros quilquenses ubicados en el Parque de la Integración en el Rímac.
Llegué cansado a casa ese jueves, o lo que quedaba del día, y al día siguiente, tenía la conversa con Christian en El Virrey de Lima, la misma que salió excelente y que no solo me hace pensar en la proyección de este autor, sino en algo que vemos entre tanto chancateclas, es decir, convicción por el oficio de la escritura, que tarde o temprano se convierte en legitimidad literaria. 
Y este sábado, me dediqué en dormir, leer y pasear a Onur, que cada día anda más hiperactivo, razón no le falta, ayer viernes 13 cumplió un año.

sábado, mayo 14, 2016

viernes, mayo 13, 2016

469

Ayer jueves, día agitado. Pero cumplí las actividades que había pactado.
El punto central de las actividades de ayer: la charla que ofrecí sobre poesía peruana última y compromiso político de los poetas, en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM.
Un dato, no sabía que el mismo día de mi charla era también el aniversario de la universidad.
Y creo que estuve a la altura de la tradición de la universidad, porque dije lo que me dio la gana. Para ello me había preparado, leyendo lo que había que leer de la producción poética de los últimos años, señalando, por cierto, las trampas de la academia actual, que vive una fiebre actual por el contexto ochentero que le permite construir un aparato crítico que eleva cualquier producción poética que obedezca a los tópicos de la ideología, que podemos constatar en definiciones tipo “Guerra interna” y demás idiotez.
Luego de la charla, me dirigí a la Plaza San Martín, en donde me encontraría con Miguel en el Domino´s. Siempre es un placer hablar con Miguel. No solo es un autor canónico, también un estupendo lector, y como pocos consagrados, muy atento a lo que últimamente se viene escribiendo en narrativa. La conversa no fue larga, como en otras ocasiones, ya que Miguel había estado fuera de casa todo el día, y se había quedado un rato más en el Domino´s solo para esperarme.
Nos despedimos.
Y con las mismas, me dirigí a la feria de libreros quilquenses ubicados en el Rímac, en donde iba a celebrarse la actividad cultural de los jueves. Para esa hora, andaba algo cansado, pero nada que no ayudara una cerveza en lata mientras Cachuca y su grupo Los mojarras rompían fuegos musicales que retumbaron en el Parque de la Integración. Me acerqué a Pedro para preguntarle por las actividades culturales de los jueves, y la noticia no pudo ser mejor, ya que Pedro me dijo que Cachuca y su grupo tocarían gratis todos los jueves culturales.
Bueno, eso, aparte de compromiso de este grupo de rock del Agustino con los libreros de la Asociación Cultural Nuevo Quilca, es también un incuestionable acto político, que debemos celebrar. 
Nada está perdido.

miércoles, mayo 11, 2016

"new order, joy division y yo"

Hagámonos esta pregunta: ¿tenemos idea alguna de un grupo/banda con proyección que haya sobrevivido a la muerte de su cantante principal? Lo más probable es que la repuesta sea negativa y en ello tendrá mucho que ver la inmediatez por brindar una fugaz respuesta, con mayor razón cuando no se quiere quedar como un mero ignorante, o en el último de los casos, como todo un desinformado. Lo cierto es que la historia del rock se ramifica cada día más, al punto que a más se ha formulado una pregunta aplastante: ¿habrá un suicida que se considere especialista en la historia del rock como tal?
De los libros leídos sobre la historia del rock, y por muy bien que hayan sido escritos, siempre quedamos con la sensación de que la lectura no logró colmar las expectativas. Cosa distinta ocurre con los libros sobre rock que abordan periodos específicos, del mismo modo con los que repasan la historia de grupos y de cantantes, sumemos las biografías y, tal y como viene ocurriendo desde hace ya un tiempo, las memorias. En estas pequeñas parcelas sí podemos ingresar a un concepto más abierto y sustentado. Al menos este método es el que más se adecua a la realización y éxito de proyectos narrativos que brinden más luces, aunque sea en teleobjetivo, de determinados sucesos y protagonistas esenciales en la historia del rock.
Abundan las biografías, ensayos y estudios sobre cantantes y bandas, varios de ellos genuinas biblias. En estos momentos, escogiendo ejemplos al azar, pensamos en la más completa biografía de Elvis Presley Último tren a Memphis / Amores que matan de Peter Guralnick; en los ensayos de Simon Reynolds, quizá el pensador que no solo mejor analiza el rock, sino quien mejor escribe de él; en las memorias de Bob Dylan; y cómo pasar por alto la labor monumental de Mariano Muniesa, cuyos ensayos y artículos vienen signados por el sello de agua de la erudición y la pasión que le despierta precisamente el rock; y en el ámbito local, a manera de salto de garrocha, destacan la difusión de Pedro Cornejo y su inhallable Alta tensión y, por supuesto, la biblia del rock peruano, Demoler, de Carlos Torres Rotondo. Es decir, el enfoque en los cotos, y en sus respectivas variables temáticas, ha permitido la aparición de discursos que han funcionado mejor que cuando se ha visto al rock en conjunto. Tampoco pasemos por alto el aporte del cine, rico en biopics e híbridos como 24 Hour Party People de Michael Winterbottom, si es que nos ceñimos a una indiscutible muestra de los últimos años.
Sin duda, de la variedad de registros, las memorias han sido las preferidas para sus protagonistas. Al parecer, este es el formato que a no pocos les permite asegurarse en las parcelas de la perdurabilidad, como una extensión de la legitimidad lograda en la trayectoria musical.
Pues bien, se colige que cualquiera no puede lanzarse a la escritura de memorias, es decir, una memoria que ponga en orden lo vivido y lo que se pudo vivir. Hay memorias, y son muchas, que obedecen a la orden del mito desgastado, que abusa y eleva exponencialmente lo ya documentado, ejemplo: Vida  de Keith Richards, que solo nos introduce en el túnel por el que fluyen litros de alcohol y cocaína, sin ofrecernos mayores aportes de lo que significó ser parte de la legendaria banda a la que pertenece.
La escritura de memorias es el medio soñado, a lo mejor el fin, de todo músico de relevancia. Pero por ser soñado, no quiere decir que su desarrollo sea fácil. Las memorias requieren de una gran dosis de honestidad, pero ante todo de ambición, de creérsela para sustentar la leyenda, en pos de la justificación de los mitos los orales que se ciernen sobre bandas o cantantes que han marcado una era y cuyos ecos aún pueden sentirse en los registros musicales que se practican a la fecha. En este sentido, las memorias de Bernard Sumner no solo están a la altura no solo de sus seguidores, sino también de todo aquel interesado en un periodo clave en la historia del rock.
New Order, Joy Division  y yo (Sexto Piso, 2015) vendría a ser la trastienda de los grandes sucesos que signaron el devenir del punk y el wave, o la sal que nos permite disfrutar del sabor de una época dorada en talento, tragedia y exceso, inscrita, en principio, en un contexto político y económico, y que rescata para su reflexión la sensibilidad de una generación que ha gozado de la mala prensa que la calificó como la generación del nihilismo-drogo. Pero ante todo, la presente publicación es el testimonio visceral de Bernard Sumner, que nos ofrece su legado sin guardarse nada, característica que la podemos ver desde sus primeras páginas cuando nos habla de la relación con su madre paralítica, hecho que no solo marcaría su niñez y adolescencia, sino también la música que emprendería con Peter Hook y, posteriormente, con Ian Curtis, de quien nos dice, y haciendo hincapié en más de un tramo, que no era en absoluto el hombre deprimido y atribulado que la leyenda nos quiere seguir vendiendo para reforzar aún más el aura de oscuridad presente en los dos primeros álbumes de Joy Division. Curtis era un joven alegre, leía mucho y no hacía gala de su cultura libresca, además, su sueño era tener una librería de viejo en Manchester, pero a Curtis se le descubre la epilepsia, que a la postre fue su fin a causa de los medicamentos que debía tomar para controlarla. Al respecto, resulta reveladora la transcripción de la grabación de la sesión de hipnosis a la que somete Sumner a Curtis dos semanas antes de su suicidio.
Sumner no se refocila en la dependencia creativa de la banda con Curtis, por el contrario, destruye ese mito para enfocarse en la poética de la banda como conjunto, en la cada integrante era una sensibilidad creadora que sumaba. El guitarrista no rehúye de los problemas personales que cargaría desde entonces con el bajista Peter Hook, a quien califica de “Mr. Ego”. Empero, estos problemas no impidieron que la banda siga produciendo, incluso en el proceso de cambio obligado, en el cual la banda optó por llamarse New Order. En todo momento, Sumner huye de la indulgencia. La autocrítica reina en cada una de estas páginas, pero el autor es muy cuidadoso en no caer en la exposición gratuita de atrocidades.
Sumner no quiere cometer los errores de otros, por ello, cada anécdota o perfil al paso, como los de Tony Wilson, Martin Hannet, Rob Gretton, Johnny Marr y demás, viene precedido por un respeto a la trayectoria, un mirada seria a la tradición musical que representan. Y lo hace muy bien, sin caer en la solemnidad, siendo irónico en más de un trecho. No es poca cosa, en todo momento Sumner cruza por el borde invisible de la barrera que divide la trascendencia del chisme de pasquín. Nuestro autor no solo se asume como uno de los artífices de un proyecto musical que resistió y triunfó, sino que se asume como un privilegiado protagonista de un periodo de la historia de la música del siglo pasado. 
En ese maravilloso juego de novela y biografía, inclasificable en verdad, de Max Aub, Jusep Torres Campalans, somos partícipes de una sentencia que nos ayudaría a entender un poco más estas imprescindibles memorias: “vender es venderse”. Si algo más, algo importante y excluyente, podemos decir de Sumner, un detalle que sobrevivirá en estas memorias que han asegurado su espacio en el gran futuro, es que ha sido un artista íntegro, leal a sí mismo como creador. Ya sea en su etapa gris y reflexiva en Joy Division, como en la era más “alegre” en New Order, nunca se dejó vencer ni tentar por el poderío de la industria discográfica que en más de una ocasión le sugirió flexibilizar la propuesta de la banda para captar y aprovechar la sensibilidad de las nuevas generaciones. Sus seguidores ahora lo saben: Joy Division y New Order no son un producto. Son un sentimiento. He allí la epifánica respuesta a la pregunta con la que empezamos este texto.