jueves, diciembre 18, 2014



miércoles, diciembre 17, 2014

207


 

A las ocho y media de la noche de ayer, me encontraba en el parque del triple cruce: Quilca-Wilson-Rufino Torrico.
Prendí un pucho, el primero en cinco horas.
No sabía cuál de las siete opciones elegir para ir a casa. Pensaba en los dos textos que debo entregar en las próximas horas, como la reseña de un libro de Mailer. Pensaba en cómo abordar la reseña, en cómo calibrar mi verdad emocional, en no desbordarme como me desbordo cada vez que comento un libro que me ha gustado mucho.
Caminando en dirección a Quilca, me encuentro con un joven editor, que tres minutos antes había estado en Selecta para dejar el último libro de su sello. No me había encontrado y estaba dirigiéndose a su casa.
Nos saludamos y le pregunté si tenía tiempo, porque no demandaría mucho tiempo que vayamos a Selecta y de esta manera dejarme los cinco ejemplares de su último libro editado.
Regresamos a la librería y nos quedamos conversando un rato.
Es cierto que en las últimas semanas, le he dedicado más de un párrafo ácido a no pocos de los editores peruanos, llamándoles iletrados, carteristas solapas, amantes de la foto histórica, en fin. Pienso en los calificativos y cada vez más estoy seguro de mis palabras, no me arrepiento de lo que digo porque se merecen ese trato, un trato suave, hasta amable, si vemos el asunto en frío.
Sin embargo, así como existen esa clase de editores, también los hay en la otra orilla, que quieren ganar el reconocimiento, cuestión totalmente lícita, pero ganarlo en buena lid, lejos del carterismo solapa, por ejemplo, práctica que en los últimos meses se está volviendo una costumbres entre los que practican el lustrabotismo y el llamado decentismo estratégico.
Presto atención a las palabras del joven editor, analizo sus proyectos y puedo decir que va por buen camino, aunque el camino será difícil; también analizo su catálogo, que poco a poco y a paso firme lo viene reforzando. No lo pienso mucho, converso con un editor que lee y eso me hace sentir bien. Sé que el reconocimiento que merece su sello llegará, no sé si tarde o temprano, pero cuando llegue, cuando la gente se dé cuenta de las cosas que hace, el reconocimiento tendrá el aura de la legitimidad y la credibilidad. Esto no es poca cosa, señores.



martes, diciembre 16, 2014

206


Una de las películas que no me canso de ver es The American Friend de Wim Wenders.
Esta película, junto a otras como The Conversation de Coppola, figura entre las que vuelvo a ver, de manera religiosa y sin importarme otra clase de actividades, durante los últimos días de cada año. Vuelvo a las películas que me gustaron, a las que aún siguen transmitiendo “algo”, sea esa sudoración de vergüenza e incomodidad, que bien se justifican en determinadas escenas.
Hubo un tiempo en que me gustaban todas las películas de Wenders. Absolutamente todas. Pero hoy en día me pregunto por qué me gustaban todas sus películas, a qué se debía ese apego desmedido por su trabajo, como si una fuerza externa al gusto por el cine se hubiera apoderado de mí. Obvio, Wenders puede jactarse de un par de obras maestras y otras que tranquilamente rozan la maestría, aunque claro, todo seguidor de Wenders sabe que este cineasta no es lo que van preocupados por la vida tras la obra maestra. No, lo suyo ha sido la búsqueda de la expresión de su poética, o sea, muy lejos del fin comercial y del cliché temático imperante.
De manera intermitente he visto todas sus películas en los últimos meses. Tenía que superar esa extrañeza de no saber por qué ya no conectaba con sus películas, por qué ya no las recordaba como antes. Debía ir pues al meollo del misterio. No solo había que recordar las películas, también pensarlas, pensar en qué momento y circunstancia las miraba, qué era lo que ocupaba mi mente y corazón para haber estado muy apegado a este director que en más de una ocasión me salvó de la catástrofe.
Encontré esa revelación que buscaba en una de las escenas de The American Friend, en las previas al abordaje del tren en donde Jonathan Zimmermann (Bruno Ganz) debía matar a un mafioso, sin esperar, ni imaginar, que tendría la providencial ayuda de Tom Ripley (Dennis Hopper, ajá, el siempre psicodélico Dennis Hopper).
Conozco esta película al derecho y al revés, es la que más veces he visto de Wenders. Y sabía, sin saber, por qué la estaba dejando para el final. Anoche me di cuenta de que pasaría parte de la madrugada viéndola, lo que no imaginé fue verla dos veces. Claro, se trata de una película que bien puede jactarse de su lozanía, pero la vi y la dejé para el final porque intuía el hallazgo del posible secreto de mi inmediato y pasado fanatismo por el director. Descubrir por azar el secreto que encerraba la escena, escena que muy bien lo podría hermanar con la revelación de los versos perdidos de un buen poema.


205


La pregunta se hace presente de cuando en cuando, más de uno la ha escuchado y, por qué no, también la ha pensado en vistas de una posible respuesta que deje satisfecho al intelecto de quien se la formula.
Por supuesto, escuché la pregunta en un recital, en una lejana noche en el local La Noche de Lima, que quedaba en la esquina de Camaná con Quilca.
Me encontraba medio sazonado a razón de la maravilla verde y había llegado al lugar sorteando autos particulares y taxis, al menos es así como quiero pensar que llegué allí, y no por motivos asociados al desarraigo, aunque más de una vez he pensado que esa noche llegué a La Noche de Lima guiado por un impulso de perdición existencial, a lo mejor cumpliendo bien mi rol de actor de reparto del circuito literario limeño.
Era muy joven y no tenía la barba como la tengo ahora, cubierta por líneas de incipientes canas que delatan mi verdadera edad, aunque si me afeitara totalmente, y tal como me ocurre desde hace algunos años, más de una persona podría creer que tengo ocho años menos. Pero en fin, este no es el asunto, sino lo que escuché esa noche, en la que más de un poeta reconocido, que hoy en día se muere porque le haga una reseña o lo mencione de refilón en el blog, me negaba el saludo o se hacía el huevón ni bien me presentaba como un entusiasta aficionado de la poesía peruana.
Me acomodé en una mesa esquinada, que también estaba ocupada por un par de chicas con aspiraciones literarias, que me conocían no sé de dónde, pero que con el curso de los años una de ellas se convirtió en una amiga que quiero, aprecio y admiro, una poeta talentosa, y seguramente la poeta más atractiva de la poesía peruana, si es que nos ponemos un poco frívolos, aunque resulte inevitable ponerse frívolo, más aún cuando hablamos de poesía.
Para variar, esa noche todos los poetas que iban a leer estaban borrachos.
Era una noche de una serie de noches especiales. Cada una de ellas se alimentaba del ambiente con aroma a revolución, no había ser que no quisiera cambiar el devenir de este país de mierda.
Pero esa noche de la que les hablo, los poetas que leerían ya estaban borrachos, uno de ellos lloraba de amor, otros temblaban por falta de afecto y más de uno con la mirada fija, puesta, mirada de obsesión, hacia mi buena amiga que también era poeta pero que en esa época era igual que yo: alguien entusiasmado con la poesía peruana.
Leía uno y vomitaba.
Leía otro y vomitaba el doble.
Los concurrentes aplaudían, aplaudían como si fueran testigos de un acto contracultural.
Quizá en esos momentos cimenté mi gusto por la lectura de poesía peruana, mas no como poeta, no podía ser poeta, no podía malgastar mi juventud leyendo poesía y vomitar a la vez, no tenía ese talento; a partir de entonces renuncié a la posibilidad de ser un poeta maldito, ya no quise ser el heredero de Martín Adán. Me dediqué a ser un hombre de bien, o sea, a leer y dormir y fumar maravilla verde.
Me disponía a retirarme del local, tanta perdición, falta de higiene y violencia verbal no pertenecían a mi mundo. Me iría a drogarme y emborracharme a otro lugar, en otro lugar más auténtico y con gente más auténtica.
Sin embargo, me quedé en La Noche de Lima, me quedé pensando a razón de una pregunta que no sé a cuento de qué un poeta en ese entonces ochentero se preguntó segundos antes de su lectura: “¿Para qué sirve la poesía?”
Fui el último en abandonar ese local. Cuando lo hice era las seis y media de la mañana. Había bebido y no sé qué cosas había hecho, y no quise saber qué había hecho, aunque mi polo estuviera manchado de gotas de sangre que no eran las mías.
Años después me enteré que en esa noche de poesía había agarrado a golpes al poeta ochentero que se había hecho esa pregunta antes de su lectura. Según mi amigo, un destacado poeta noventero, testigo de cómo pegué al poeta ochentero, yo no había quedado del todo satisfecho con su respuesta a su pregunta. Mi amigo poeta noventero me dijo que había pecado de intolerante, faltoso, puesto que no estaba respetando a uno de los ídolos de la poesía peruana contemporánea, porque a los ídolos de la poesía peruana contemporánea se les respeta, no importa si estos sean unos insalvables imbéciles. Le pregunté a mi amigo poeta noventero por qué le pegué al reconocido poeta ochentero.
“Es que no te gustó su respuesta. Te tomaste demasiado en serio su estupidez. Bueno, eras más chibolo, más díscolo”.
“¿Y qué es lo que dijo? Puta, debió haber sido una gran estupidez para que haya entrado en cólera”.
“Nada del otro mundo. Clásica estupidez de poeta peruano”.
“Ya, pero qué dijo”.
“Así fue: ¿Para qué sirve la poesía? Su respuesta: la poesía no sirve para nada”.
Me quedé pensando/recordando durante algunos segundos.


lunes, diciembre 15, 2014

204


Hace una semana terminé la lectura de Un hombre flaco (Ediciones UDP, 2014) del periodista peruano Daniel Titinger.
Se trata de una publicación que se deja leer con mucho placer y que nos brinda un retrato muy descarnado de uno de los mayores escritores latinoamericanos del siglo XX, Julio Ramón Ribeyro.
Como lector, me alegra que la figura de Ribeyro comience de a pocos, y a paso firme, a insertarse en el imaginario literario en castellano. Si hay un narrador que debe figurar entre las voces mayores de nuestra tradición literaria, esa voz es precisamente la de Ribeyro, que no solo llevó a una cima inalcanzable el registro del cuento, sino que fue un visionario en cuanto a las grandes posibilidades que nos brinda el registro del diario, en donde, a mi parecer, está el mejor Ribeyro.
Lo que se propone Titinger es acercarnos a la leyenda que tenemos del escritor. Para ello se vale de los testimonios de sus amigos cercanos, como también los de su viuda Alida y su hijo Julio Ramón. Viéndolo de lejos, como imagino que tienen que verse este tipo de perfiles, Titinger consigue documentar lo que se decía en voz baja de nuestro escritor, colocando sobre la mesa el chisme, el chisme que a fin de cuentas nos permite conocer a un hombre que lo único que quiso hacer en la vida fue sobrevivir y no necesariamente por medio de la escritura literaria.
En estas páginas, somos partícipes de un hombre sumamente depresivo, que se dio tiempo y se alimentó de fuerzas para escribir los cuentos que escribió. Si a esta depresión le sumamos su carácter tímido, pues accedemos a una sensibilidad marcada por el desarraigo, desarraigo que bien radiografían, por ejemplo, Alfredo Bryce, Fernando Ampuero, Guillermo Niño de Guzmán, como también Alida de Ribeyro, a quien el autor del libro junto a Jorge Coaguila entrevistaron en París. Con ella se tuvo que luchar un poco más, pues se nota que la sudaron para taladrar esa muralla de estoicismo selectivo. Leer lo que dice la viuda también nos permite ingresar a una instancia de un Ribeyro íntimo, un Ribeyro que sufría de sí mismo y que solo pudo conocer la plenitud en sus últimos años.
Si tenemos que hablar del personaje real de la presente publicación, ese personaje es, sin duda, Alida. Leemos su testimonio y una mujer como esta no hace sino generar en el lector una avalancha de sentimientos encontrados. Llegamos a entender, más no justificar, la razón de su negativa a permitir lo que falta publicar de los diarios de su esposo. Alida, en sus silencios, en sus frases cortantes, dice mucho, como si en su respiro contenido no quisiera revelar una verdad incómoda. Por otro lado, mientras ella y su hijo más se esfuerzan en desestimar lo no publicado de los diarios de Ribeyro, refuerzan, y la leyenda con relación a los diarios no publicados. Pero tampoco podríamos obviar las últimas horas de vida de Ribeyro y lo que Alida le decía en su agonía, párrafos que nos ponen en otra dimensión a la mujer que también sufrió como su esposo y que tomó la saludable decisión de permitir que él haga su vida sin ella.
Aunque nos hubiese gustado que Titinger se arriesgue más como autor, en muchos párrafos se muestra como un actor demasiado pasivo, temeroso de opinar, lejano a polemizar, dedicado solo a consignar. Sin embargo, ello no atenta contra el alcance de Un hombre flaco, un perfil que traerá más de una encendida polémica, puesto que más de un testimonio no son más que camufladas bombas Molotov, que cumplen su objetivo: que hablemos de Ribeyro para luego ir a sus libros.
Como bien se dijo líneas arriba. La obra y figura de Ribeyro comienzan de a pocos a dejar esa parcela de autor secreto (no para Perú, obviamente), de escritor de minorías y lo que es peor, de escritor para escritores. Esta suerte de renacimiento no nace de la nada, sino de una apuesta editorial y literaria no sujeta a meros intereses comerciales. Si bien es cierto que la UDP de Chile edita por primera vez un libro sobre Ribeyro, no se trata de un autor ajeno para este sello. Recordemos que hace un par de años publicó/rescató La caza sutil, el célebre (y casi inubicable hasta entonces) libro de ensayos literarios de nuestro escritor, edición que contó con doce textos más. No me sorprende que editores/lectores de otros países valoren a nuestros escritores referenciales. Aquí poco o nada hacemos por difundirlos. Claro, esta situación tiene que cambiar, a lo mejor a la fuerza. Imagino que las cosas empezarán a cambiar cuando nuestros editores locales se preocupen más en leer en lugar de ser ases de la calculadora, tiburones de presupuestos, maestros de las relaciones públicas, buscadores de invitaciones feriales, carteristas solapas, amantes de la foto histórica.
 
 
Publicado en LPG


203


Me resulta extraño comentar un libro por segunda vez. Hace algunos años, en este mismo espacio, reseñé el cuentario Punto de fuga, del narrador peruano Jeremías Gamboa. Y lo vuelvo a comentar por tratarse de una publicación que durante un tiempo corrió el riesgo de perderse y que gracias al éxito literario y comercial de su novela Contarlo todo, tenemos una segunda edición que, a diferencia de la anterior, bien puede leerse ahora en muchos países de habla hispana.
Pero no solo ese es el motivo que me lleva a escribir del libro en cuestión, sino también el hecho de someterlo a la prueba del tiempo, en ver cuánto ha envejecido, si es que hubiera envejecido, o cuán cierta es su vigencia.
Felizmente, a Punto de fuga no le han salido canas, ni arrugas, sigue mostrando los mismos fuegos de la primera vez y que bien nos puede brindar los senderos en los que Gamboa asienta su poética, una poética por demás realista y que, en parte, le ha suministrado de insumos temáticos claves para su saludada novela. Aunque no pasemos por alto la posibilidad, al menos barajar la sospecha razonable, sobre la influencia que pudieran ejercer algunos de estos cuentos en los futuros libros del autor.
Ningún primer libro, ya sea de cuentos o novela, está libre de falencias naturales. Este las tiene, en especial estructurales, pero lo estructural y formal son aspectos que bien pueden limarse en el ejercicio de la escritura. Lo que eleva a Punto de fuga, lo que hace que el libro postule a las parcelas de la perdurabilidad es precisamente la exhibición de complejos emocionales de sus personajes, complejos emocionales que refuerzan la marca de agua del estilo del autor, estilo que logra su cometido, tan difícil de redondear en el terreno de las distancias cortas: emocionar, fastidiar y corromper al lector, es decir, alejarlo de la indiferencia. Ese estilo, que algunos aventureros de la opinión literaria han catalogado de periodístico, cuida el secreto, el puente, con el lector, así este acepte o no los relatos. Logrados o no, hay pues en ellos una luz oscura, una presencia incómoda, un nervio en permanente tensión, que bien lo diferencian a Gamboa de otros autores del actual imaginario narrativo en español. En vez de explorar hacia lo desconocido, aliento siempre saludable para cualquier creador, aunque ese aliento casi siempre termina desgastando, Gamboa explora hacia dentro, moviéndose en su realidad inmediata, en lo que conoce o cree conocer de esa realidad inmediata, disposición que refleja una postura de su parte hacia el realismo, postura que lo convierte en un nato buscador de historias.
Como ya indiqué, los ocho relatos que conforman el cuentario siguen frescos, todavía alejados de la férula del tiempo. De estos un par que bien haríamos en calificar de descollantes: “La tierra prometida” y “La conquista del mundo”. En especial el segundo me gusta más, el que muestra y encapsula toda esa verdad incómoda que no quieren aceptar cada uno de los personajes de los cuentos, esa verdad que los lleva a huir, a ejercer un alejamiento no de los factores externos que los dañan (porque si algo se puede decir de estas sensibilidades, es que son guerreros de la insensibilidad/indiferencia de los demás, pese a las humillaciones, siguen en pie, mordiéndose los labios para soportar), sino de ellos mismos, enfrentándose contra su infierno personal.
 
 
Publicado en Siglo XXI


domingo, diciembre 14, 2014

202


Una ligera garúa me sorprendió en la medianoche de ayer. Me encontraba en el cruce de Javier Prado con Aviación, o más preciso, a setenta metros de ese cruce, caminando desde Guardia Civil. Por alguna extraña razón, me gusta caminar de noche por esta ruta, no porque me ofrezca un gran paisaje urbano, que en parte lo ofrece, sino porque en ese paisaje me siento cómodo, en donde me permito pensarme y autocriticarme. Esta ruta, junto a algunas calles del Centro, son mis rutas salvajes.
Es cierto que escribo mucho del Centro Histórico, pero el lector atento del blog sabrá que solo me suscribo a algunas calles, no a todas las calles del centro. Hay calles que tienen su encanto y no necesariamente por su valor histórico, sino por esa cualidad llamada esencia, que permite que te sientas a gusto, precisamente no por lo que te pueden ofrecer, sino por el hecho de cómo tú te sientas mientras las recorres, con mayor razón cuando en esas calles forman parte de tu biografía, sea de lo mejor como de lo peor.
Días atrás conversaba con una amiga que vive por temporadas en el Centro, a pocos metros de la Plaza San Martín. Ella, mujer de mundo como pocas y con sensibilidad artística, me decía que se sentía cómoda en el edificio donde vivía. Aunque no solo eso, en estas calles y plazas podía ver y ser testigo de la vida en su sentido más pleno, en todos sus colores, defectos y virtudes, porque siempre pasa algo “por aquí”.
La escuchaba y le daba la razón, no hay día en que no me tope con personajes de todo tipo. De un instante a otro puedes pasar de la reconciliación contigo mismo al odio sostenido de querer hacer la revolución. Puedo ver a un padre de familia contento que pasea con su hija, como también a un grupo de hampones que esperas que te hagan/digan algo para así reaccionar y patentizar el pretexto que llevas esperando desde hace buen tiempo. Ni hablar de los personajes que pueblan la Plaza San Martín, tal y como ocurrió el sábado antepasado. Como nunca vi la plaza tan llena de exceso y rock, islotes humanos que se resisten a aceptar la ausencia de espacios de divertimento que nos deja este maravilloso gobierno municipal. Pero vi la plaza de pasada, no fui parte de ese divertimento, aunque al día siguiente volví a la plaza, a uno de los cafés de los portales, y todo indicaba que en la noche se había vivido una suerte de Woodstock, el aroma a la maravilla verde era no menos que intenso. Miré al cielo y me pregunté si acaso no había llovido hierbitas para todo el pueblo. Caminaba y me preguntaba a qué se debió esa inaudita concentración de manifestantes y de gente que solo quería pasarla, pregunta que viene acosando mi mente, dicho sea.
Lo peor que se puede hacer es ponerse a explicar a qué se deba esa suerte de magia negra que suscita caminar por las calles del Centro Histórico. Cada vez se escribe más de estas calles y lo que se escribe no hace sino ahondar más la incertidumbre, cuando lo real, lo que vale, es que solo se describa, que se registre la impresión. Craso error explicar la magia. Aunque si tuviera que ofrecer una posible explicación, esa explicación, o intento de la misma, la escuché muy bien de una amiga miraflorina, que me dio un ejemplo a modo de explicación, que solo dejará pensando a los tardos de pensamiento, ejemplo que ponía frente a frente a dos mujeres, bellas y alegres, que bien podrían ser Miraflores y el Centro de Lima. Las dos aman, odian, son calmadas y salvajes, inteligentes e irracionales, pero lo que las diferencia es lo siguiente, y según las palabras de mi amiga, para que no salte alguna infaltable feminista, porque a ella le debo el crédito: “La diferencia, Gabriel, es muy sencilla: Miraflores es una bella mujer, sí, que ostenta todo, además vive una vida tranquila, pero de qué te vale ser una bella mujer y tener una vida tranquila si eres frígida, si eres frígida no eres nada, no eres nada”.

sábado, diciembre 13, 2014