lunes, septiembre 24, 2018

kloaka / borrado con lija


Un fin de semana en que me recuperé de una gripe fulminante. Lo que hice fue releer, a saber, Pago de Letras de Víctor Hurtado Oviedo. Esta publicación viene dorándose como un librito de culto, al menos esa es la impresión que tengo. Podría decirse que VH es de los autores que cincelan, no de los que escriben, de los que pertenecen al magisterio de Francisco Umbral, basta esta seña para que aparezca el interesado, o todo lo contrario: el desdén inmediato.
Vi también algunas películas, pero también fui testigo de la destrucción moral del grupo Kloaka.
La historia de este borrado con lija comenzó cuando uno de sus poetas insignia, Domingo de Ramos, es acusado de intento de violación por la artista Ale Wendorff. Ante la gravedad de los hechos, DDR tuvo la oportunidad de pedir disculpas (lo que AW le exigía en lugar de denunciarlo penalmente), mas su descargo resultó vomitivo, exhibiendo la bajeza de los que se cagan en los principios que juran defender y en el dolor/incomodidad/malestar de los agraviados. Claro, todo este histrionismo vino con la sazón del pacoyunquismo, que como era de esperar, fue celebrado por gentuza. Horas después AW demostró con pruebas lo que DDR negaba: la intentó violar.
Cuando pensábamos que el silencio era lo mejor y así  dejar que la condena social se encargue de DDR y del sinuoso discurso moralista de los poetas y simpatizantes de Kloaka, el poeta más representativo de la agrupación terminó por rubricar la catástrofe. El post de Roger Santiváñez en el que brinda su apoyo a AW y a DDR es, bajo todo punto de vista, de una inmoral asquerosidad, la que termina ubicándolo en la acequia de los acomodaticios, de los que no tienen bandera, de los que hacen de la hipocresía su modo de vida.
El grupo Kloaka, y esto lo digo en base a la experiencia de la lectura, está conformado por poetas de evidente medianía, por uno que hizo solo un buen poema (DDR) y otro extraordinario (RS). El aparato crítico que se ha formado en base a la agrupación encuentra su justificación en las resonancias de la primera etapa poética de RS, más el aditivo de la denuncia contra las injusticias sociales de los años (80) en que se dieron a conocer. Hemos visto cómo funciona la alianza académica, que encierra una trampa: exaltar a Kloaka para meter de contrabando otras propuestas para que de esta manera encuentren la legitimidad en el testimonio de época.
Los promotores de Kloaka, como el crítico José Antonio Mazzotti, saben que todo discurso debe guardar coherencia con una postura ética. Si mi discurso es deudor del ánimo de denuncia, no puedo cerrar el hocico y conformarme con ser testigo de una inmoralidad. Por ejemplo, ¿de qué me vale señalar los atentados a los derechos humanos de los comandos paramilitares de la dictadura fujimorista si me cobijo en el mutismo cuando uno de mis amigos viene representando públicamente lo que más detesto? 
¿O es que para Mazzotti y compañía la defensa de los principios es aplicada dependiendo de la lejanía ideológica y amical con el perpetrador? El silencio cómplice es lo que ha primado en este destilado de sinverguenzería a causa de la denuncia de AW, silencio ante un intento de violación que ha terminado por evidenciar el doble rasero ético de absolutamente todos los poetas e “intelectuales” que han hecho carrera valiéndose de la década más sangrienta en la historia del país.

viernes, septiembre 21, 2018

remolino


De los directores que sigo con atención, el canadiense Denis Villeneuve es uno de los que encabeza la lista. Hace poco volví a su segundo largometraje, Maelström de 1999, del que podemos desprender algunos lazos que veremos en el futuro, como en la injustamente subvalorada Enemy, de 2013 y basada en la novela El hombre duplicado José Saramago.
Si tuviéramos que señalar reparos a Maelström, estos no pasarían de la dimensión caprichosa. La película es protagonizada por una joven Marie-Josée Croze (la vimos en el rol de seductora asesina a sueldo en Munich de Spielberg), que interpreta a Bibiane Champagne, supuesta empresaria de un negocio que no es más que la fachada de una red de narcotráfico conducido por su familia. Pero es también alcohólica y según los datos brindados, como que su suerte en el amor es no menos que nefasta (la historia empieza con ella abortando). Cierta noche arrolla a un hombre que labora en una pescadería y no lo auxilia. Este acontecimiento acelera el descuido del “negocio”, del que es despedida por su hermano. Bibiane asume esta situación como unas forzadas vacaciones, en las que intentará encausar su vida. Sin embargo, conoce a Evain, el hijo del hombre atropellado, iniciando con él un romance. 
Hasta aquí, una descripción lineal del argumento, que en realidad es lo de menos, porque lo que brilla es la disposición de Villeneuve de los recursos oníricos y surreales. Prestemos atención a la voz en off, la que “ordena” la narración, un pescado que es troceado una y otra vez por un adiposo ejecutor, del mismo modo pensemos en la aparición del gordo solitario que en distintos momentos resulta clave en las decisiones de Bibiane y Evain. Y claro, el conocido remolino noruego, del que se sirve el director para titular su película, suerte de representación de lo que es la vida, un vaivén de posibilidades a elegir.

jueves, septiembre 20, 2018

lectura torcida


En su momento no hacía caso de lo que se decía que podría ser una catástrofe para la literatura. Creí que se trataría de una moda pasajera. Ahora veo que no es así, va en serio y con el peligro de instaurarse en la libertad de la lectura.
Siendo la lectura un acto placentero, causa pavor que ciertos grupos feministas estén promoviendo la lectura de capirote, aquella que encuentra su justificación en las buenas costumbres, es decir, la moral creativa bajo cotos.
Resulta positivo que los grupos feministas estén alzando la voz de protesta en el circuito literario peruano. Pero mucho más es que se estén organizando en pos de un objetivo común: protegerse del miserable que abusa de las mujeres exhibiendo el distintivo de “escritor”.
Lo sé. El lector no habituado a estas aberrancias creerá que el circuito literario y cultural está poblado de huevones con un elemental nivel cultural. No están muy lejos de la verdad.
Sintonizo con las acciones que han llevado a cabo las feministas locales, sea en presentaciones y en las redes. Sin embargo, lo que sí me fastidia es que ese ánimo vigilante venga atentando contra la experiencia de la lectura, que se justifica en el gozo de la estética y de lo que esta es capaz de transmitir. Juzgar a la persona por encima de la obra hace que perdamos la perspectiva de lo que es apreciar una obra de arte y el solo hecho de enunciarlo me brinda un panorama por demás degradante, un claro retroceso a los avances que el feminismo peruano ha venido mostrando. 
Llámalo intolerancia. Del mismo modo fanatismo.

"la uruguaya"


Comenzó como un rumor, hasta convertirse en un tsunami, un franco testimonio que honra la sintonía con lo que vemos pocas veces: coherencia entre el saludo del público y la valoración crítica.
Bien reza el título del post, me refiero a la novela La uruguaya (Emecé, 2018), del escritor argentino Pedro Mairal.
He leído algunas cosas del autor. Si bien reconozco talento y oficio, no hallaba en su poética una conexión más allá de lo atendible. Obviamente, es una opinión personal, tan válida como la de sus muchos seguidores.
No solo me parece, de lo leído, el mejor libro de Mairal (aclaración: mejor como mejor, no mejor como menos malo), que tiene los elementos que justifican su éxito arrollador mediante un argumento atractivo y un lenguaje parco que como tal no deja de proyectar una extraña sensibilidad poética. Si a estas dos columnas las barnizamos con el aderezo del humor, la temática sexual, el discurso de la crisis de pareja y algunos párrafos situacionales que cumplen el objetivo de dar respiro a la historia, el resultado no puede ser menos que adictivo.
Lucas Pereyra, su pareja Catalina, Maiko, el hijo de ambos, y Magali Guerra, son los personajes centrales en los que el primero sostiene su narración. Él viaja a Uruguay a cobrar el anticipo de un par de libros, en donde espera encontrarse con Guerra, a la que conoció meses antes en un evento literario. Lucas no solo anhela una aventura, sino también aliviar su relación con Catalina y de esta manera dar un sentido a su proyecto de vida.
Se deduce que muchas cosas suceden en Uruguay.
Ese es precisamente el problema. Demasiada información para tan pocas páginas, que arroja un descuido inaceptable: la laxa configuración moral del narrador protagonista. Por eso su discurso personal muestra demasiada ingenuidad y no lo que se supone, los quiebres anímicos que nos permitan tratar de entenderlo. 
Nos enfrentamos a una buena novela, pero esta no es magistral.

miércoles, septiembre 19, 2018

artista / política


Luego de una mañana acabando un ensayo sobre un querido autor mexicano, me alisté para los partidos de la Champions. Mi atención, como la de muchos, estaba en el encuentro entre el Real Madrid y la Roma. No me considero seguidor de los blancos, pero no creo ser el único que tenga curiosidad por saber cómo jugará este equipo sin la hoy estrella de la Juventus.
Tres golazos.
Luego, el forzoso aterrizaje en la realidad. Ver de qué va la política nacional, tratar de dar con la médula del concierto reguetonero en que se ha convertido el contexto político. Sin duda, más de un congresista está nervioso ante la no reelección parlamentaria o, peor, la posibilidad razonable de que se cierre el Congreso, que bajo ningún motivo debemos comparar con lo sucedido en 1992.
Si en caso suceda lo segundo, los planes de vida de los congresistas quedarían truncos, todos han presupuestado sus gastos en función a su labor congresal, además, de aprobarse la no reelección, esto daría pie a la aparición de pulpines improvisados y cosas peores.
Por eso, estos ociosos vienen mostrando impensadas virtudes laborales. El país ya los vio, pero también ya decidió. Sin embargo, qué clase de gente será la que postule a un cargo público. Me adelanto al futuro e imagino a las pequeñas bestias del izquierdismo local, haciendo loas por los Humala y cerrando el hocico ante la masacre de Maduro en Venezuela, senderistas de cantina en pleno hueleguisismo.
Ahora, las cosas se calmaron cerca de las siete de la noche, luego de recibir una llamada provechosa, cuando revisando una edición de Caretas de 1995, doy con una noticia que me sacó de la información que buscaba. En el semanario se daba cuenta de los ataques que recibió Alfredo Bryce cuando este rechazó la condecoración la Orden del Sol que pretendió otorgarle el gobierno de Fujimori. Bryce se hallaba en el balneario chiclayano de Pimentel, rodeado de amigos, y no se prestó a la jugarreta del dictador. Razones atendibles, pero una excluyente: la nefasta ley de amnistía militar, con la que se benefició al Grupo Colina.
Bryce le escribe una carta abierta al Presidente, un cachito: “Señor Presidente, yo soy feliz en Pimentel y usted ha envejecido en palacio”… “Ayer me infligí la tortura personal de verlo en televisión en vez de mirar al mar. Cámbiese de gorra, señor Presidente, o cambie de asesor de imagen. Su visera no puede contra lo visceral. Lo visceral es mi rechazo contra su autoritarismo y prepotencia”.
En lo personal, esa es la imagen de Bryce que prefiero, y claro, la del autor de extraordinarias novelas. La nota venía a cuenta de la salida de su entonces último título, en lo personal el mejor de todos: No me esperen en abril.
Pero hay más, esto dice de los artistas que ingresan a la política: “Cuando un artista, sea este escritor o lo que fuere, se acerca al poder, es para ser bufón. El hombre de poder siempre va a querer que el artista lo divierta”. 
Claro, esta sentencia puede estar sujeta a cuestionamiento. No es una regla, porque hay creadores de buena voluntad y con vocación de servicio, que desempeñan su labor lejos de la aceptación de las redes, comprometidos con la educación de los menos favorecidos, por ejemplo. Eso es hacer Política de verdad.

martes, septiembre 18, 2018

egos golpeados



Me despierto relativamente temprano, el motivo: los partidos de la Champions. No serán disputados, pero al menos hay un par de encuentros que podrían resultar interesantes. De paso, reviso los diarios, del mismo modo las redes. Ahora todos se han vuelto especialistas constitucionales, en atalayas de la catástrofe que relacionan el último mensaje del presidente Vizcarra con lo perpetrado por Fujimori en 1992.
En mis manos, una novela que acabo de terminar, Perro con poeta en la taberna (Escuela de Edición) de Antonio Gálvez Ronceros. Por donde la leas, una maravilla, la orfebrería en la prosa, no esperábamos menos del autor. No me refiero a preciosismo narrativo, sino a un código trabajado, que no carece de sustancia vital, esa festiva maña tan ausente en la mayoría de nuestros escritores, ya hipotecados al discurso literario (y extra) de lo políticamente correcto.
La brevedad basta y sobra para AGR. En lo poco dice demasiado gracias a las metáforas que encierran otras metáforas. Al respecto, pensemos en los egos de los escritores, que en estas páginas son ultrajados y con justa razón. Esto sucede a cuenta de la mirada del autor, que sabe cuándo cargar la cacerina de sus recursos, es decir, no cae en el ánimo sentencioso, menos en la sustentación de una verdad para exponerla desde una aparente superioridad moral, tal y como sucede en la valoración de la narrativa sobre los años de la violencia terrorista. El autor hace la del maestro: administra su voltaje verbal y su crisol temático. 
Perro con poeta en la taberna va más allá del deleite de la lectura, puesto que podría servir como un provechoso manual sobre cómo se construye una novela corta sin depender de la olvidable plasticidad formal. No sé cuál sea el futuro de este librito, lo que sí espero es que con los años pueda inscribirse como un clásico de la narrativa peruana.

lunes, septiembre 17, 2018

murdoch


Desperté temprano y busqué las novelas de Iris Murdoch. Alguna vez lo dije en una reseña en la desaparecida revista Buensalvaje, más o menos así: Murdoch es una de las mayores plumas del siglo XX.
Con ella no me pasó lo que sí con otros autores que me gustaron, que luego de leerlos sentía el temor de la posible decepción ante la lectura de otro título. Simplemente, con ella nació en mí una adicción, repotenciaba ante la poca disponibilidad de sus libros en librerías limeñas.
Con mi ejemplar de El mar, el mar, ahora con tintes y huellas sepias, y muy cerca el de Henry y Cato, piqué segmentos por azar, ejercicio de ocio que me duró hora y media, acabado con el bocinazo del panadero. ¿A qué se debe esta vuelta? Fácil: días atrás pude ver Iris (2002), por fin. No es que la llevara buscando por años, en realidad siempre estuvo al alcance, solo que las distracciones me llevaron por otros intereses, quizá el descubrimiento de nuevos directores. Sea como fuere, la visión de este trabajo de Richard Eyre, en el que Kate Winslet y Judi Dench interpretan a la escritora irlandesa, cumple en la medida de ofrecernos el apretado perfil de una mujer que vivió como quiso y que en el tramo final de sus días sufrió de Alzheimer, enfermedad que le impidió seguir haciendo lo que validaba su vida: escribir.
Se nos muestra a una creadora que racionalizaba festivamente la “experiencia”, pero que al momento de plasmarla en literatura, abría las compuertas del impresionismo, seguramente adrede, a la caza del conflicto que deparaba una carga extra a la prosa, aderezándola con esa extraña sensualidad vista hasta en la descripción de la situación obediente del mero trámite narrativo. 
Por estos pagos, Murdoch merece tener más lectores. Ojalá sea así.

miércoles, septiembre 12, 2018

las otras víctimas


Ayer martes 11 fue un día especial para la historia peruana contemporánea. Primó el sentido común y se condenó a cadena perpetua a la cúpula de Sendero Luminoso por el atentado de Tarata de 1992. Cosas del destino, desde hace algunos meses Osmán Morote y Margot Liendo venían cumpliendo arresto domiciliario, hecho que había desencadenado no pocas críticas al sistema judicial. Ahora regresarán a la cárcel, de donde jamás debieron salir.
No soy el único que lo ha dicho: esta gente no debe esperar nada bueno de la sociedad, jamás ha brindado las señas mínimas de arrepentimiento, menos se ha dignado a pedir disculpas públicas. Siguen con la mente torcida, espueleados por la ideología mal asimilada, sin la base de la legitimidad popular.
En todos estos años hemos sido testigos del aberrante descuido del Estado ante las víctimas del terror. Me refiero a las otras víctimas, esas que no son tomadas en cuenta por los nostálgicos del terror, ni la ociosidad oenegenera, mucho menos por los senderistas de cantina que pueblan el circuito cultural local.
Para esta recua, los policías y militares mutilados y los hijos huérfanos de los mismos, por ejemplo, no califican de víctimas, debido a esa delgada línea que divide lo prioritario de lo que no lo es: la ideología. 
En este sentido, la lectura de la sentencia que escuchamos ayer es también una condena para la izquierda peruana que sigue mostrando una postura laxa ante las atrocidades de sus homúnculos políticos. No hemos visto en estas últimas horas ningún tipo de declaración de sus representantes al respecto, el mutismo ha sido total. Más allá de este rabopajismo, llama la atención la insensibilidad, esa que tanto direccionan a la derecha cada vez que se piensa en el otro, el menos favorecido.

martes, septiembre 11, 2018

"archivo de recortes"


El fin de semana terminé de leer Archivo de recortes (Escuela de Edición, 2018) del escritor y crítico Alonso Rabí.
Como bien reza el subtítulo, nos hallamos ante crónicas literarias en tono menor, seña que vemos reflejada en una prosa pausada y, en no pocos momentos, cautelosa, estrategia que termina rescatando del olvido a todos los textos que fueron escritos para la prensa cultural.
A diferencia de su anterior entrega, Animales literarios (2016), ahora el autor navega con más comodidad y seguridad. En este sentido, la selección que hizo de su producción exhibe una genuina pasión por sus autores favoritos y temas de interés, cosa que agradecemos porque en nuestro periodismo cultural urge la pasión generosa por compartir.
Rabí establece un diálogo cómplice con el lector, no importa si este es informado o no. Ahí lo del "tono menor", que asumimos en su dimensión íntima, como lo podemos ver en Y al comienzo fue un libro, Padre del periodismo gonzo, Un Beatnik en la Ciudad de los Reyes, El viejo lobo de mar, El periodismo latinoamericano, El desenfreno de Levrero, La ciudad de los cafés, De cómo Don Quijote llegó al Perú y Amor por correspondencia. No solo nos enfrentamos a una ética valorativa, sino también a un ánimo aleccionador, aquel que teje la información sin que esta se pierda en el mero efectismo del escueleo ni en el dato superfluo. 
Ahora, no sé si esta selección haya estado sometida a una nueva revisión por parte de Rabí, pero algunos textos debieron recortarse, a saber, el final de En busca del crimen perdido. Más allá del señalamiento, ADR se erige como el testimonio de una época en que el periodismo cultural cumplía una noble función, que con sus yerros y aciertos, transmitía un amor por la lectura. No como el que se viene practicando últimamente, tan entregado a la fiebre de la novedad y a los chabacanos pases del relacionismo.

lunes, septiembre 10, 2018

"ip"


En la última edición del semanario Hildebrandt en sus trece, el reconocido director firma un artículo que seguramente habrá sacado roncha a más de un intelectual peruano, o lo que entendamos por “intelectual peruano” a estas alturas.
Pondría el link de Dónde están los intelectuales, pero no es posible. Si lo buscan en redes, lo encontrarán.
Es cierto: este país se está yendo a la mierda y muchos de los que se cobijan en la superioridad moral no se están portando a la altura de las circunstancias. El “ip” exhibe ahora una tendencia: trabajar con esmero su imagen, dorar el verso de la indignación (mejor si hay lisurita), que brinda frutos inmediatos, no lo vamos a negar. Lo estamos viendo desde hace algunos años: pseudo matones virtuales justificando lo inmoral, sin posición clara en cuanto a las serias acusaciones (asesinatos de por medio) contra la ex pareja presidencial, pienso en Faverón, en el guerrillero del inbox Chiboliné du France y otros especímenes parecidos. Lo acabamos de ver días atrás, con la acusación por intento de violación al acabado poeta ochentero Domingo de Ramos, que en lugar de recibir un serio llamado de atención de su grupete de poetas igual de acabados y comandados por Mazzotti, recepciona su apoyo, hecho que dinamita el discurso social del grupete, tan inclinado en teoría a la protección por el menos favorecido y otras hierbas similares. 
La lista podría ser larga, pero solo me he limitado, por esta vez, a los representantes más estrafalarios de la fauna literaria, que asumen los principios como medio, no como fin a proteger con todos los recursos intelectivos posibles. A todos ellos, les sugiero la dosis de desahuevina de El intelectual barato de El pez en el agua de Vargas Llosa.

jueves, septiembre 06, 2018

ansiedad de poder


Un libro que me gustaría recomendar en esta mañana de jueves, minutos antes de salir a una reunión: H & H. Escenas de la vida conyugal de Ollanta Humala y Nadine Heredia (Planeta) de Marco Sifuentes.
En apariencia, se trataría de una empresa fácil: el tema que lo conduce es muy conocido por los lectores informados de la realidad política actual. Sin embargo, no es así: ¿Qué sabemos y qué no de Humala y Heredia? ¿Qué más podemos decir de esta pareja de sinvergüenzas para algunos y de perseguidos políticos para otros? ¿Qué hacer para que este mounstro sea interesante?
Para retratar a esta bestia de dos cabezas, Sifuentes se sirve de la radiografía de los torcidos circuitos que conforman y justifican la moral de quienes hasta hace algunos años dirigieron los destinos del país. Para entender la descomposición, primero hay que escarbar la materia en su estado de gracia, es decir, durante el llamado “mejor momento”. Esta estrategia no es novedosa, ya la hemos visto en una obra maestra de Norman Mailer, la madre referente de la intoxicación del alma: La canción del verdugo. Entonces: ¿en qué yace el mérito de Sifuentes? No vamos a destacar la dimensión de la investigación y documentación, por tratarse de un tácito principio que dirige este tipo de trabajos, sino subrayemos la fluidez de la prosa, que ha encontrado un punto de equilibrio entre la fugacidad de la escritura periodística y la densidad narrativa, que nos arroja lo que pocas veces vemos: retener información en el ritmo. 
Sifuentes ofrece un fresco letal de la perdición a la que pueden llegar mujeres y hombres ante la peor de las adicciones: la ansiedad de poder. El periodista cumple su propósito con los lectores, pero en esta empresa hubiésemos deseado un mayor riesgo opinativo, el condimento que dora la voz. Reparo importante, pero que no desmerece lo que H & H es: una de las mejores publicaciones de no ficción del año.

miércoles, septiembre 05, 2018

armar el caso / condena social


Si tienes cuenta de Facebook, aquí puedes ver el último comunicado del Comando Plath.
Felizmente, no tuvieron que pasar muchos meses para que se digan algunas cosas claras en cuanto al señalamiento de los acosadores del mundo letrado peruano, que aprovechan su condición de creador / intelectual / académico / literato para justificar sus fechorías contra mujeres del circuito cultural.
Se trata de un texto histórico que servirá de precedente para visibilizar futuras denuncias de acoso. El objetivo, infiero, es que las acusaciones tengan una solidez y que en base a esta se pueda proteger a la mujer denunciante. En este sentido, lo acaecido con el poestastro y pedófilo Reynaldo Naranjo resultó aleccionador, porque partiendo de la información de las agraviadas se formó un caso para su exposición. Construirlo tomó tiempo y su impacto no pudo ser más que efectivo.
Ese es pues el camino. Forjar una narrativa sustentada y de esta manera reafirmar la denuncia del maltrato o desechar lo que solo pertenece a un asunto doméstico.
Poner en evidencia un acoso es un asunto muy complicado y lo peor es caer en las trampas del apuro, en la demanda de la indignación que en toda razón requiere de justicia. Sabemos que los mecanismos legales no cuidan a las mujeres, basta ver los ejemplos más sonados fuera del ámbito cultural para darnos cuenta del lugar que ellas ocupan.
Queda la condena social, que no es poco: lo acabamos de ver días atrás con Domingo de Ramos y la artista Ale Wendorff, que lo acusó de intento de violación. Ante esta gravedad, DDR reaccionó como todo un imbécil, actitud celebrada por algunos autodenominados representantes de la superioridad moral de izquierda, cuando lo lógico, ya que lo consideran su amigo, era conversar con él y hacerle ver la importancia de pedir disculpas. DDR tuvo la oportunidad de hacerlo y prefirió la victimización racial, el pacoyunquismo. 
El silencio cómplice de los defensores de DDR grafica en dónde están sus principios. Ya los quiero ver hablando pestes del sistema neoliberal, para esas cojudeces sí son campeones, maravillosos guerrilleros del verso.

martes, septiembre 04, 2018

"lcn" / ws


Más de una vez lo he dicho, sea en este espacio, en Caretas y en alguna entrevista, seguramente a manera de queja: los escritores peruanos desaprovechan su privilegiado contexto temático. Claro, en esta sentencia hay mucho de preferencia personal, de ordenanza caprichosa que como tal no es justa, puesto que cada creador es dueño de forjar su poética de acuerdo a sus intereses.
Dicho esto, no puedo ser ajeno al entusiasmo que me dejó La coca nostra (Alejo, 2018) de Wilfredo Silva Mudarra.
Esta novela merece un post especial, que haré en los próximos días. Mientras tanto, un par de preguntas se imponen, más sus inmediatas respuestas: ¿Qué hacer para que circule en librerías limeñas, al menos en las que no pidan tanto papeleo para la exhibición? No puedo asegurar que su presencia en el circuito librero genere un impacto, pero sí podría concitar la atención de algunos lectores que gustan del tópico del narcotráfico. La segunda: ¿los escritores que escriben fuera de Lima son mejores? No lo creo. En todos lados hay espantos narrativos, la diferencia radica en que los de acá saben maquillar sus deficiencias gracias al relacionismo (pensemos en las reseñas a pedido). En este sentido, WS ha forjado su trayectoria desde Chanchamayo, lejos de este antro de frivolidades, es decir, de la distracción. Por momentos, siento curiosidad por leer lo que ha publicado antes de LCN, cuya lectura me ha presentado a un escritor maduro en oficio y que escribe con conocimiento de causa; además, me revela su conocimiento del género de divertimento, pero  aquel pautado por el trabajo en la verosimilitud, sea en la voz narrativa, los personajes y la trama. 
Ojalá, sí, ojalá, algún maravilloso distribuidor se ponga en contacto con WS y vea la posibilidad de que su libro pueda estar por estos lares.

lunes, septiembre 03, 2018

lozanía / envejecimiento


2016 fue calificado por los críticos como el año de la poesía.
2017 como el de las reediciones.
Y todo indica que este 2018 será el de la no ficción.
Me centro en las publicaciones del año pasado. Es cierto: tuvimos reediciones muy importantes, como Un único desierto de Enrique Prochazka.
No sé, ni me interesa, cuál es el presente comercial del libro. De lo que sí estoy convencido es que su circulación no debe descuidarse, siempre aparecerá el lector curioso, al acecho por saber cuánta verdad hay en aquel autor al que muchos catalogan de raro y que es dueño de un inquebrantable reconocimiento entre los letraheridos entrenados. Desde este pequeño espacio me sumo (una vez más) a lo obviedad: UUD es un alucinógeno para la lectura y haríamos bien en recomendarlo todas las veces que sea posible.
*
El gordo Javier me pregunta por la reedición de Las fotografías de Frances Farmer de Iván Thays. Entonces, ingreso a los terrenos de la duda existencial: la franqueza o el buenagentismo. ¿Qué camino elegir? Escojo lo más sano: me despido del gordo Javier y voy tras la butifarra y el espresso de los lunes.
No lo voy a negar: este libro fue importante en la década del noventa. Hagamos memoria: en esa era signada por el ahuevamiento fujimorista no teníamos lo que hoy: alternativas editoriales que propicien la aparición de nuevas voces narrativas. El circuito editorial era como un pueblo de tierra, adobe y paja que veía interrumpido su inutilidad ante la huida de un cuy de un perro. En esas duras circunstancias aparece Thays y este cuentario gozó de muy buenos comentarios, del que se destacó la fuerza poética en textos como “Nosotros hubiéramos querido que ella fuera eterna” (primera y segunda parte), “Los hombres al viento”, “No necesariamente rubia”, entre otros. Cuando lo leí, mostré también el mismo ánimo. Thays escribía/escribe bien. Pero también sabemos que la experiencia de la lectura no se ajusta a la factura del momento, esta es sometida a escrutinio y en esta vía nos podemos dar cuenta si un libro de ficción queda o no.
La relectura (en mi caso, en dos ocasiones más) nos indica que LFDFF ha envejecido muy mal. El problema no radica en una posible deficiencia de la pericia narrativa, sino en la ausencia que potencia incluso a los textos imperfectos: la dimensión humana. Cuando me refiero a esta dimensión, no estoy pensando en el vitalismo barato, sino en la esencia espiritual y emocional que sostiene todo proyecto literario. Líneas atrás mencioné a Prochazka, cuyo libro podría exhibir más de un punto en común con el de Thays, pero en lo de Prochazka es posible detectar una extrañeza que no solo contribuye a la arquitectura de la prosa, también a la configuración moral de sus personajes y a las atmósferas en las que se amparan sus cuentos, por eso es que UUD se mantiene vigente, lozano, del mismo modo los títulos noventeros Orquídeas del paraíso de Enrique Planas y Al final de la calle / Ciudad de M de Óscar Malca. 
En la primera entrega de Thays todo es cartón, plástico, papel bulky y bolsita de marciano. No hay incomodidad, ni cuestionamiento, ni corazón, solo olvidable belleza verbal. Vacío.

domingo, septiembre 02, 2018

cosas del método


Mañana de domingo. Me sirvo café y dos panes con palta. Pienso leer hasta las tres de la tarde, porque a las cuatro saldré a recorrer las vacías calles que solo puedes disfrutar en este día.
Antes de terminar algunos libros ya muy avanzados, veo los suplementos y revistas. Entre estas últimas cojo Somos. La recorro de la última a la primera página. Como suele ocurrir, hay notas que me gustan y otras no.
Llama mi atención la sección de reseñas de libros, a cargo de Dante Trujillo. Como publicación principal, aparece la última novela de Luis Hernán Castañeda, Mi madre soñaba en francés, que goza del entusiasmo valorativo del reseñista. Sin embargo, el sábado pasado, en esa misma sección, comentó No somos cazafantasmas de Juan Manuel Robles. Aquí también hubo bendición, pero en su discurso mostró más de un reparo. 
Ya leí ambas publicaciones y no quiero apurarme en el veredicto (los que me conocen, saben que una de las cosas que detesto más es estar apurado, y me refiero a estarlo en todos los aspectos de la vida). No me sorprendería si sintonizo con Trujillo, pero ese no es el punto, sino este: la falta de coherencia en el método valorativo. ¿Por qué con uno sacó la guadaña y con el otro no? Hay que tener mucho cuidado en ese aspecto, ese desliz alimenta habladurías que vienen cuestionando al reseñismo local. En la valoración de un libro puede haber errores, pero lo que no debe existir es fisura en el método. Hablamos de la página de libros más leída del país, no de Don Lucho Review of Books que Pedro Escribano conduce con festiva irresponsabilidad en La República, en donde hemos encontrado hasta inmorales reseñas de desagravio.

sábado, septiembre 01, 2018

discusión


Anoche revisaba la edición facsimilar de la revista Narración, editada por la Universidad Ricardo Palma, que al igual que muchas casas de estudios, a excepción de la PUCP, tienen una pésima red de distribución, y peor aún, de promoción. Frente a mí una vista nocturna, desordenada y erótica de La Colmena.
Me puse a leer el testimonio de Miguel Gutiérrez que acompaña a la publicación, pero la lectura se vio interrumpida por una súbita discusión entre dos chibolos sentados a varias mesas de donde me encontraba. Cuando llegué al Restaurante Bolívar, este se encontraba vacío, lo que terminó por animarme a quedarme, a dejar pasar el tiempo hasta que el tráfico se ponga más amable.
Esos chibolos (no más de veinticinco, en pleno fulgor de la posería),  mozos/meseras y yo. Es decir, imposible no escuchar el tema de su discusión, que por esas cosas de la vida, también me interesaba, pero hasta cierto punto. Este par de malditos que venían en plan turismo de aventura al Centro Históricos, obnubilados ante el paso raudo de una camioneta de serenazgo, estaban enfrascados en lo siguiente: ¿cuándo se hizo el mejor rock peruano: en los años de la llamada movida subte o en las dos décadas que precedieron a esta? 
La inquietud resulta idiota por donde la mires. A menos que carezcas de sentido común y sufras de sordera, es obvio que hubo un bajón en la calidad musical rockera en los ochenta. Basta y sobra comparar a las bandas de entonces con Los Belking´s para zanjar toda discusión. Lo que sí hay que reconocer de la movida subte es que supo enhebrar no solo un discurso, sino también una actitud, que podemos ver hasta el día de hoy, sea en manifestaciones gráficas, conversatorios y ensayos/estudios sobre el contexto del rock peruano durante los años del horror.

jueves, agosto 30, 2018

pacheco / quiñonez


Felizmente, la poesía (peruana) no está en las redes sociales. No hay que dejarnos llevar por lo que vemos en ellas: las payasadas de algunos personajes, la mentira relacionista de los recitales, los inútiles conversatorios de casi tres horas, el negocio de parecer de los colectivos/grupos/manchas, entre otras cosas peores. No, cachorro, allí no está la poesía, así te mueras por salir etiquetado en alguna lectura pública al lado de poetas que detestas en la valentía de tu privacidad o desde la trinchera de tu cuenta virtual, tú escoge nomás.
La vida real nos arroja otra experiencia “en poesía”, parafraseando a Santiváñez, que prefiero en lugar a la que sucede en las pantallas.
Por eso, voy a lo que me importa, aunque sé que esta actitud no me garantizará la revelación del instante poético: la lectura del texto, el poemario.
Como tengo una inevitable reunión en esta mañana de jueves, feriado para más señas, me gustaría sugerir la lectura de dos poemarios de autores (relativamente) jóvenes. Ojalá guste y no. De eso se trata: no encontrar el punto de encuentro, la zona de la miseria y del olvido. En las opiniones confrontadas descansa la riqueza de todo libro.
La arquitectura del humo de Jhonny Pacheco, voz a la que hay que prestar más atención. Su poética exige (vaya lujo en estos tiempos en que los poetas exhiben una cultura tallada por el mal gusto) un lector entrenado, que como tal no asegura su valoración positiva, pero sí un acercamiento honesto. Además, ya es hora de expresar la sentencia: la “crisis” de la poesía peruana del nuevo siglo es reflejo también de la deficiencia de su lector. Ya lo dijo Chus Visor: “cualquiera no puede leer poesía”. El otro poemario: Matacaballos de Ana Carolina Quiñonez. En esta ocasión la autora nos hace olvidar sus dos incursiones anteriores, pautadas por la búsqueda temática en estado de pasmosa ingenuidad. Ahora, con más seguridad en la dirección del tópico, Quiñonez entrega una propuesta que se erige hasta el momento como la más llamativa en lo que va del año. Madurez, nervio y sensibilidad, elementos potenciados en su aparente sencillez. 
Dos poemarios que se diferencian de las vacuidades discursivas con sabor a teoría que signan a las últimas publicaciones locales. Búsquenlas.

miércoles, agosto 29, 2018

las mujeres están hablando


En la madrugada leí un artículo de Gabriela Wiener publicado en The New York Times en Español.
El texto me gustó por su postura. Wiener es una de las feministas más radicales en el ámbito hispanoamericano y su actitud la ha llevado a tener aciertos y desaciertos, destinos naturales a los que nos llevan la furia y la indignación. Muchas veces no he estado en sintonía con su discurso (obviamente sí con los principios de respeto a la Mujer), que me parecía motivado por el señalamiento estratégico. Felizmente, ya no tengo esa impresión y a las pruebas de sus últimos textos me remito.
Una de las pésimas costumbres del intelectual peruano promedio es la manifestación de su molestia a media voz. Su queja solo sirve en la generalidad, legitimada por el aplauso de la platea. Sin embargo, la médula de su crítica la deja para la libertad del inbox o la conversa en el bar con las amistades cercanas. No debe sorprender, si algo caracteriza al intelectual y creador de estos lares es el extremo cuidado de sus palabras.
Partiendo de la noción del “poeta maldito”, la escritora pasa revista a los casos más sonados de maltrato contra la Mujer por cuenta de los escritores peruanos, que valiéndose de su posicionamiento en nuestro cosmos letrado, han pretendido pasar por agua tibia sus acciones. El ejemplo mayor de esta bajeza lo representa Reynaldo Naranjo, que ya debe ser un miserable cadáver en vida y ojalá lo siga siendo por muchos años más por violador.
El artículo incide principalmente en la doble moral de los representantes más conocidos o visibles del mundillo literario. Wiener llama a esta situación complicidad machista y tiene toda la razón. A saber, lo que sucedió con Gustavo Faverón en la noche de la presentación de su última novela. Faverón dio muestras caradurismo cuando lo más sano para todos (y en especial para él) hubiese sido que pida disculpas si en “caso alguien se haya sentido ofendida” por su comportamiento. A las horas del apanado que le propinó el Comando Plath salieron voces referenciales a defenderlo, exhibiendo no solo frialdad hacia las víctimas, sino también viveza discursiva con el asunto del debido proceso legal, que nos refleja lo poco o nada que conocen de las mujeres peruanas acosadas/maltratadas que también son humilladas en las dependencias policiales y judiciales (Jorge Eduardo Benavides firmó lo que sospechábamos: es el campeón idóneo de la tontería, no olvidar: “si fuera cierto, GF ya tendría juicios”). Se consigna también lo sucedido con la periodista Claudia Cisneros, que en tres artículos en La República expuso los abusos que sufrió a cuenta del poeta Luis Enrique Mendoza. Mendoza tuvo la oportunidad de brindar su versión y no le dio la gana de hacerlo. ¿Acaso hubo condena social? No.
Hay una verdad instalada en el imaginario del circuito: las mujeres han sido maltratadas por hombres que tienen una presencia nominal gracias a la literatura. Entonces, cuando se nos dice que la persona no va ligada a su labor literaria, caemos en una inmoralidad: la literatura no puede ser el escudo de abusadores, acosadores, maltratadores, menos de violadores.

i. jacob / profilaxis


Entre las actrices y que sigo y de las que me he propuesto ver toda su filmografía, sin importar el peligro de hallarme con uno que otro bodrio en el camino: la francesa Irène Jacob.
Cada quien debe tener en mente la película con la que la conoció. En mi caso, esa película es Rojo (1994) del polaco Krzysztof Kieślowski. La vi en el cineclub del Banco de Reserva a fines de los noventa. Recuerdo bien la tarde de verano en que hice cola durante dos horas, el sol me daba en la cara, detalle que agravó mi problema de insolación, al menos me di cuenta de que el asunto cutáneo era más grave de lo que había pensado. Tenía en manos un ejemplar de Aullido de Ginsberg y repetía mentalmente, como si se tratara de un mantra, varios versos de aquel poema que asumí como un manifiesto personal.
No es una obra maestra, pero la película había conectado conmigo. A partir de entonces no dejé de verla aunque sea un par de veces por año, pero esa costumbre se quebró a mediados de la década pasada, simplemente la perdí del radar y me prometía que volvería a ella pero la ocasión no se daba. Tras una conversación en la noche de ayer, me animé a buscarla entre mis películas.
Conseguí encontrar las otras dos películas del director, Blanco y Azul, que completan su trilogía de los colores. En algún rincón, oculto, se ubicaba Rojo, pero mi paciencia había llegado a su límite. Por tal motivo, aproveché algunas horas libres de la tarde para comprarla en Polvos Azules. Se suponía que sería eso: tenerla y regresar con a casa para visionarla cuanto antes. Pero no, el tráfico me jugó la mala pasada de la hora punta. Ni el transporte público, menos el taxi, eran la solución. Entonces, regresé caminando.
Como toda película con nervio y hechizo, esta se presta a distintas interpretaciones. Pienso en la relación de paulatina dependencia entre la estudiante y modelo Valentine Dussaut (Jacob) y el juez jubilado Joseph Kern (Jean-Louis Trintignant). En apariencia, lo de Kern pinta de pasatiempo de retorcido por espiar telefónicamente a sus vecinos. Valentine pasa de la actitud moralista/condenatoria a la complicidad con ese hombre mayor, cuya acción no solo es edificante, sino también profiláctica. Me fue imposible no tener presente los audios que vienen marcando la agenda política y social del país. 
No spoiler. Ya lo sabes: tienes que verla si en caso aún no.

martes, agosto 28, 2018

lectura al paso


En la mañana de hoy, mientras regresaba a casa y revisaba mails al compás de la cabeceada, me percaté de la presencia de un adolescente que en diagonal a mí leía un libro. Me sorprendió, más aún en una era de millenials dependientes de los móviles. Incliné la cabeza para ver qué libro estaba leyendo. La sorpresa no solo fue grande, sino también cómplice: Nuestra Señora de París de Víctor Hugo, en Alianza Editorial.
No recuerdo a qué edad leí la novela por primera vez, solo sé que en la última tenía veintipocos. El adolescente no tenía la edad que yo al conocer a Victor Hugo. Me fijé en su concentración. Esta es una mala costumbre que arrastro, en la forma de leer puedo especular sobre el compromiso del ocasional lector con el texto, puesto a prueba, por ejemplo, a la más mínima puteada del chofer o cobrador en plena carrera con otra bestia al volante. 
Esta clase de imágenes son cada día menos. Lo que tendría que ser una impresión natural se ha convertido en una excepción en medio de tanta ignorancia, malgusto y huachafada. A lo mejor ese muchacho tiene la suerte de contar con padres que valoren el ocio de la lectura, seguramente un amigo algo mayor le está sugiriendo qué leer, lo más probable un profesor de literatura que ha visto en él un interés que no hay que descuidar. Claro, un muchacho que lee no es garantía de que sea una buena persona, pero sí alguien que tendrá una visión de la realidad menos limitada.