jueves, marzo 23, 2017


el estilo del cronista

Creo que ya es hora de no perder el tiempo en cuanto a la cualidad genérica de la crónica. Al respecto, y desde que tengo uso serio de razón, no he dejado de escuchar y leer sobre la esencia de su bastardía, que en su momento despertó alterados debates entre dos bandos, cada cual con sus argumentos y caprichos ridículos. Esta suerte de batalla discursiva entre puristas y los llamados heterodoxos nos ha impedido apreciar en su real dimensión las posibilidades que nos pueden ofrecer los registros insertados en lo que ahora se llama narrativa de no ficción, aunque la misma, como bien puede atestiguar el lector recurrente, siempre ha existido.
Tal y como indiqué, no hay que perder el tiempo. La experiencia literaria es la misma, así hablemos de ficción o no. En este sentido, así como hay malos escritores de ficción, también los tenemos en la otra ribera. Por ello, sería saludable, en cuanto a la no ficción que se escribe en español, comenzar a detectar a los maestros, a aquellos que en el curso de la narración nos hacen partícipes de la revelación narrativa y que solo puede ser generada por auténticos escritores de raza sin importar su registro de preferencia.
Por ello, ni bien ingresamos a las páginas del imprescindible Viaje al Macondo real y otras crónicas (Pepitas de calabaza, 2016) del colombiano Alberto Salcedo Ramos, somos testigos de una diferencia, o mejor dicho, de una marca de agua en alto relieve que lo ubica como un escritor distinto, mucho más verosímil que los dedicados a la ficción y muy artificioso en cuanto a los que ejercitan la no ficción. Esta suerte de falsa ambigüedad no es más que el canal que garantiza la viabilidad temática de sus crónicas, las que descansan en el crisol del que se alimenta la marca de la casa: el estilo.
A los buenos escritores los conocemos por su estilo. Y esta última entrega confirma una vez más el prestigio de ASR. Hablamos de un estilo potenciado en las lecturas, aunque lo dicho es una obviedad, porque se supone que todo escritor debe ser un lector irredento, mas este estilo parte de una base que debería más frecuentada por cualquier escritor, sin importar el registro de elección, base que nos lleva al asombro de la oralidad de la que nos alimentamos, principalmente, en la primera infancia. Eso: de la conjunción entre oralidad y lecturas, accedemos al ASR Style.
Textos como el homónimo que titula la presente publicación, en donde se nos dinamita el ideal que tenemos de uno de los espacios capitales para el imaginario literario universal para entregarnos uno mucho más real y atractivo; o aquel que nos hace parte de la resurrección existencial del futbolista uruguayo Darío Silva; o ese par de textos dedicados a la madre y a una amiga de infancia, en los que podríamos especular sobre la procedencia de la apuesta del autor por las historias reales, textos, por cierto, que solo nos puede entregar una pluma con autoridad. Nuestro autor nos relata de personajes signados por su peculiar cotidianidad, como también por la tragedia. En la mayoría de los diecinueve textos nos habla de la realidad colombiana, pero gracias a su estilo y mirada, nos situamos en un contexto mayor, el latinoamericano. Esa es pues la trascendencia en la escritura que consigue ASR.

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Publicado en SB

miércoles, marzo 22, 2017

escritores lacayos

Venía leyendo intercaladamente dos novelas que tranquilamente puedo recomendar, La séptima función del lenguaje de Laurent Binet y Basada en hechos reales de Delphine de Vigan, cuando sentí la necesidad de sumergirme de una buena vez en las memorias del siempre estupendo John Le Carré, Volar en círculos. Entonces, ya no eran dos, sino tres novelas que leía turnándome cada hora.
Me encontraba en esta actividad cuando recibo la llamada de mi pata Jeremy, quien me pregunta por el título de una novela que recomendé hace tiempo en este blog, novela de un escritor español que en los años noventa publicó una novela monumental. No lo pensé mucho, porque ese escritor que publicó una noventa monumental en los noventa fue Juan Manuel de Prada, quien con Las máscaras del héroe se ubicó como la voz narrativa con mayor proyección de su país. Por cierto, esta novela opacó a otros autores generacionales, la mayoría sin las dotes que sí exhibía De Prada, como también a autores con mucho talento, en este sentido pienso en Antonio Orejudo y su maravillosa novela Fabulosas narraciones por historias. Ambas novelas guardan más de un vínculo temático en común, pero cuando salió la del primero poco o nada pudo hacer la de Orejudo para generar la atención que merecía. Y para cerrar esta digresión: el tiempo ha ubicado a Orejudo como un autor digno de atención y a quien siempre leo con interés.
Pero algo ocurrió con De Prada. Luego de ganar en 1997 el Premio Planeta con La tempestad no volvió a ser el mismo, dejó de ser el autor que leía con admiración, y eso que le di más de una oportunidad a más de un título posterior. Por ello, motivado por la pregunta de Jeremy me puse a averiguar sobre De Prada, cuando encuentro esta entrevista en Youtube a razón de su última novela, Mirlo blanco, cisne negro (Espasa, 2016).
De la entrevista se deduce que en esta novela De Prada ha dejado la piel en el asador, porque la historia que cuenta tiene mucho de aquel joven de provincia que llegó a Madrid con una legitimidad literaria a cuestas. Y también se desprende de la entrevista que esta novela es un férreo ataque al mundo editorial español y a la función que cumple el escritor en esta industria capaz de no solo matar convicciones creativas, sino también la personalidad de los autores.
Así guste o no, las palabras del autor me hicieron pensar en la actitud que vengo percibiendo en más de un escritor local no necesariamente joven. No es para menos, las dos casas editoriales más fuertes han salido a la caza de nuevas voces, hecho que refleja el patente relevo que viene experimentando la narrativa peruana, si es que entendemos este contexto bajo los criterios de las poderosas casas editoriales, que en lo personal jamás los asumiré como norma valorativa, pero que sí me permiten ver de qué están hechos nuestro escritores, cada día más seditas, incapaces de mostrar una opinión discordante del implícito mandato común: no quedar mal con nadie.
Por ello, lo que cuenta De Prada no solo es la radiografía del sistema literario español, sino que también puede aplicarse esa misma radiografía en provincias editoriales como la peruana. Y como bien indica, solo sobreviven los fuertes, los que creen en la epifanía de su propuesta, aunque la tentación sea muy grande.  
Luego de ver la entrevista, hice un par de llamadas para saber si Mirlo blanco, cisne negro ya estaba en librerías limeñas, pero nada. Esperemos que algún día el Grupo Planeta traiga la novela.

librerías virtuales

Semanas atrás, o quizá dos meses, comenté al vuelo lo que pudo ser una batalla campal entre dos personajes peculiares. Esta suerte de posible batalla campal tuvo lugar en la Feria del Libro Amazonas, en un sábado marcado por el inclemente sol. La bronca en cuestión la protagonizaban dos tipos de llamativas cualidades: uno gordo y apestoso y el otro flaco y también apestoso, Javier A. y Manuel A., respectivamente. Seguramente ambos estuvieron caminando toda esa tarde de sábado, cargando pesadas bolsas de libros, cada quien por su lado, hasta que se encontraron cara a cara en Amazonas, en donde decidieron aclarar sus problemas comerciales, porque la pelea que estuvo a punto de protagonizar la doble A, y que fue disipada por el carajazo de un heladero de imprescindibles helados Donofrio, obedecía a una razón, la manzana de la discordia, o llámese cliente, o lector, o interesado, que requiere de los servicios de alguien que encuentre el libro descatalogado que desea leer y que quiere hacerlo, como ocurre la mayoría de las veces, sin tener que abandonar la comodidad del hogar. Javier y Manuel vieron el lomo brilloso que exhibía restos de camote reseco de un estofado de 1985,  el libro que justo les había pedido un potencial cliente, quizá el mismo para los dos. Ante ello no dudaron en comprarlo como sea, manifestando para tal propósito la labia digna del maleante, la pechada del piraña, el roce del cabezazo, con mayor razón cuando decenas de personas los miraban, hasta que los largó el heladero de Donofrio, porque semejante comportamiento barrial atentaba contra su interés inmediato: la venta de su peziduri.
Y meses atrás, y esto no lo consigné porque se me olvidó, fui testigo de cómo un patita, cuyo nombre es Luis J., era atrapado con las manos en la masa en una conocida librería, cuando este metía dentro de su casaca un par de libros. El encargado de esta conocida librería cogió del pescuezo al ladrón y lo llevó al cuarto de tortura de la librería, en donde no solo recuperó los dos libros dentro de su casaca, sino también rescató libros camuflados en su pantalón, como también libros de bolsillo sujetados por el elástico de sus medias Adidas, tal y como indicaba el bordado de estas.
Estos tres personajes son la metáfora peruana de las librerías virtuales peruanas. Harto mercachifle y delincuente. Harto supuesto conocedor que, previo repaso intensivo en Wikipedia, brinda cátedras virtuales sobre la importancia de determinado libro de la tradición anglosajona del Congo (¿?). Imposible no pensar en mi causa Jorgito G., el ideólogo de los Stupibabies, experto lector de contratapas y eximio representante de la malhabladuría, inolvidable personaje que robó libros de las librerías donde trabajó y de las que lo botaron, dedicado a la autofelación de su sabiduría plástica cuando lo cierto es que sus ex compañeros de trabajo tuvieron que pagar, bajo descuento del sueldo, los libros robados, entre los que se hallaban los de sus autores preferidos, sus debilidades que no se atreve a vender porque están destinados para su placer personal: Paulo Coelho y Sergio Bambarén.
Pues bien, desde hace algunas semanas vengo recibiendo quejas de no pocos lectores sobre las librerías virtuales que se promocionan como tales en las redes sociales. “Mucho posero, Gabriel”, “Mentirosos y acomplejados”, “Ya se parecen a los vendedores de cilindros de agua”… Lamentablemente, no me queda otra opción que aceptar este descrédito en el que han caído las librerías virtuales peruanas, en las que también han aparecido los supuestos conocedores de primeras ediciones, conocedores que se delatan como meros comerciantes ni bien abren la boca.
Es una lástima. Se impone el criterio de hacer dinero a lo bestia. Tiempo atrás, cuando fui testigo de la consecutiva aparición de las librerías virtuales, creí que estaba ante una alternativa, nueva por cierto, de extender la comunidad de lectores más allá del circuito de librerías. Para ello, era necesaria una toma de conciencia del oficio, partiendo de su esencia: la lectura como configuración moral del librero. Si en la mayoría de librerías formales impera la presencia del vendedor que se hace llamar librero, esta presencia se magnifica en las librerías virtuales. Obviamente, en este circuito virtual tenemos grandes excepciones, como Álvaro P. y Jesús Jara, que antes de ser libreros, son lectores que han sabido construir una legitimidad lectora en base a la recomendación honesta, la discusión argumentada y ajena de la ley comercial del “cliente siempre tiene la razón.” Si una cualidad ofrece una librería virtual es que se puede hacer (mucho y con harta paciencia) dinero, pero con estilo (buen gusto y decencia), estilo en sintonía con la nobleza natural del oficio, cuyo objetivo implícito es la formación de lectores. 
Los casos que he mencionado líneas arriba son una pequeña muestra de una geografía emocional mucho más grande. Estos vendedores se conducen en la mentira discursiva adornada por la imagen del falso lector. Cada cual va por su camino tras la presa y en esta empresa no existen los modales, sin embargo, confluyen los fines de semana en el común centro de operaciones: el bar Don Lucho, que los alberga, del mismo modo que cobija otras almas más nobles y honestas.

martes, marzo 21, 2017


lunes, marzo 20, 2017

"geografía de las nubes"

Lo ideal, en especial cuando de reseñas hablamos, sería brindar una cartografía del autor abordado. En esta ocasión, la cartografía se limita a dos libros suyos (incluido el que motiva este texto), que muestran una hermandad común, si pudiéramos llamarlo de algún modo: la diferencia. Diferencia, aunque deberíamos subrayar que con la otra novela leída, La imaginación del padre, guarda un relativo lazo temático: la figura del poeta peruano José Santos Chocano, que protagoniza Geografía de las nubes (Santuario Editorial, 2016), del narrador chileno Luis López-Aliaga.
Si hay una figura, a la que podríamos catalogar de imprescindible en los potenciales afanes narrativos, esa figura es precisamente Chocano. Para quien escribe, Chocano es un poeta sobrevalorado y no hay día en que me pregunte por qué figura como una de las voces importantes de la tradición poética peruana. Sé que esta apreciación puede ser confrontada, y seguramente con argumentos, por los chocanófilos de la academia. Pero en lo que algo sí estamos de acuerdo es que nos enfrentamos ante una vida exquisita y literaria, aventurera y circense, ante una inevitable parodia de las consecuencias que trae consigo la actitud de un ego sobredimensionado. Por ello, escribir sobre Chocano, así sea en un registro de ficción o de no ficción, siempre parecerá ficción. En vida, Chocano se superó a sí mismo, y por ese solo detalle, los hacedores de ficción deben estar más que agradecidos. Sobre este poeta peruano hay mucha bibliografía, de la que aprovechamos en recomendar Aladino o vida y obra de José Santos Chocano de Luis Alberto Sánchez.
Sin embargo, para esta novela Chocano es solo un pretexto, un canal de ingreso para que se nos hable de ese otro poeta capital para el proceso de la tradición poética latinoamericana, el nicaragüense Rubén Darío. Darío es el eje ausente y también presente del proyecto de López-Aliaga, puesto que el Chocano que recrea se justifica en función a su admirado Darío, de quien solo esperaba el reconocimiento, el primer paso para la realización de su proyecto mayor: ser el Poeta en español de su tiempo.
Podríamos estar ante una historia marcada por las aventuras y los deslices de Chocano, el desdén de Darío por este, como también del contexto revolucionario que pautó la transición entre los siglos XIX y XX, época en la que muchos países latinoamericanos definían su futuro como también su estabilidad. Felizmente, López-Aliaga no es presa de un recuento de hechos condimentados con los favores de la ficción, menos deudor de la fidelidad que demanda la novela histórica. Lo que nos presenta el autor es la narración sobre una obsesión, una cirugía de la enajenación por la gloria literaria. Eso: narración, no una historia sobre Chocano y Darío. Y en esta narración López-Aliaga cambia de registro, si pensamos en La imaginación…, prefiriendo para este proyecto una prosa pautada por la descripción y la reflexión, haciendo uso de algunas cuotas de humor (en realidad, el humor es un recurso ineludible si se tiene a Chocano), pero este cambio de registro supone riesgos, que en novelas cortas suelen mostrarse como no en las de largo aliento. Por un lado, para ser una novela corta, esta exhibe más personajes de lo que hubiéramos estimado, varios de ellos quedan “flotando”, pero hablamos de un riesgo presupuestado, porque como indicamos, la fuerza de la novela yace en el cauce de su narración. Entonces, en su carácter fallido como novela corta encontramos su epifanía, de haberse inscrito en las espartanas leyes de la novela corta, no tendríamos la novela que nos convoca en esta ocasión.
Geografía de las nubes exigía de quiebres que atentaban contra su naturaleza de novela corta. En este tipo de toma de decisiones podemos conocer a los autores que transitan senderos seguros, como también aquellos que apuestan por lo distinto, pero nos referimos a una diferencia que parte del oficio, del conocimiento de causa de lo que se quiere hacer. En este sentido, López-Aliaga confirma lo que suponíamos de él: un autor dueño de una ética creativa, ajeno a los vaivenes de la moda editorial, que como nunca antes viene arrojando paquetes a los lectores latinoamericanos. En la ética creativa nuestro autor ha conseguido lo que muchos no: legitimidad.

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Publicado en Revista Lecturas

que sabe

Como ya lo indicamos en su momento, el presente de Antonio Gálvez Ronceros no puede ser más perfecto. Pues me alegra que sea así, además, nuestro narrador es dueño de aquella sabiduría, sana y nada toxica, que solo puede deparar la experiencia de vida.
De alguna manera, venimos siendo testigos de las notas de prensa y entrevistas a razón de su obra. En cuanto a las entrevistas que le vienen  realizando, me alegra saber que sus respuestas se alejan de la mera información banal sobre los circuitos interiores del ego, detalle que hemos visto en plumas mayores y también “jóvenes” en los últimos años. Por ello, las respuestas del autor adquieren un carácter perdurable, aunque sea en su inmediatez, por paradójico que parezca.
En una nota de José Miguel Silva, GR brinda algunos consejos a los que “sueñan con escribir”. La pueden ver aquí.
Aunque suene a lugar común, no deja de tener razón cuando el autor indica que no debe haber apuro alguno por publicar. Sus palabras tendrían que ser tomadas en cuenta, ahora que no pocos viven ansiosos por hacerlo inmediatamente, ansias proyectadas hasta en las iniciales punzadas de la intención de escritura, sin tener en cuenta que ese fuego creativo iniciático tiene el poder suficiente para configurar una mentira: creer que se es cuando no se es nada.
Si algo he notado en la producción narrativa última ha sido un apuro que se percibe en donde no debiera: el libro publicado. Novelas, poemarios y cuentarios con buenas propuestas, tanto en lo temático y el estilo, se han visto traicionados por la velocidad que signa estos tiempos en los que parecer es mucho más importante que ser. La paciencia, se deduce, no es lo que rubrica la ética creativa del escritor actual, y si extiendo el imaginario, no solo me refiero al peruano. Por el momento, no brindaré una lista de los libros que se han visto afectados por este lastre, y bien sabe el lector del blog que no tengo problema alguno en hacerlo.
Por ello, es una lástima que se pierdan propuestas llamativas, sea por la demanda editorial, aunque esta no es nada contra la verdadera demanda que traiciona al creador: el apuro del ego, potenciado como nunca en las redes sociales, terreno en los que el Like es asumido como un punto a favor que no necesariamente se traduce en ventas, menos en lectores.
No dejemos tener en cuenta que GR se refiere a la paciencia que el escritor debe tener con su trabajo, y en esta sentencia, no podemos dejar de señalar que su opinión guarda relación con su propia obra. GR es un narrador de flujo lento, demasiado espaciado en la aparición de sus libros, según sus lectores. En este sentido, GR nos habla de su propia verdad creativa, que no tendría que ser una regla que asegure la elaboración de un libro destinado a la efervescencia literaria, no obstante, no deja de tener muchísima razón en lo que dice. Hay que hacer caso a los que saben.

domingo, marzo 19, 2017

cuando quejarse es la estrategia

Felizmente Lima no es el Perú. Este país es mucho más grande que el capricho de los limeños, que ayer vivimos tal cual la escena del agua de Mad Max: Fury Road. Aunque en lo personal no me gusta aferrarme a la memoria personal, pero lo acabado de vivir a más de uno nos regresó a los años de cortes de los servicios básicos, muchas veces ocasionados por las detonaciones de torres de alta tensión. En esos años ochenteros, y algunos de inicios de los noventa, los cortes de servicios de agua y luz sucedían a la par. O sea, cuando en un atentado terrorista se derrumbaba una torre, no solo nos quedábamos sin luz, sino también sin agua. Estábamos fregados.
Algo parecido se vivió ayer sábado. Casi toda Lima se quedó sin agua y no faltaba nada para que esta ciudad comenzará a despertar a la mala. El servicio de agua comenzó a llegar a las casas paulatinamente a las dos de la tarde. A mi casa a las cuatro y de inmediato me puse a trabajar en la recolección, como también a contenerme ante la usura de algunos vecinos que alquilan cuartos, a cuyos inquilinos les quisieron cobrar por el servicio de agua que por falta de presión no subía a sus pisos. No lo pensé mucho, aunque de la puteada esos usureros e insensibles no se van a salvar en estos días: encerré a Onur en mi cuarto, para que no se escapara, puesto que abrí las dos puertas de mi casa, la delantera y la que da al parque. En los caños de los lavaderos y de los baños se conectaron mangueras y en esa tarea estuve hasta las diez de la noche. Felizmente, más de un vecino consciente también ayudó a la muchísima gente que venía de otros barrios de La Victoria.
Por el momento, las quejas sirven de poco. La realidad se impone en la obviedad: los estragos de estas lluvias no podían evitarse, menos en una ciudad como Lima que ha crecido muy mal, al ritmo de la improvisación asumida como progreso. En este sentido, y así no guste, este gobierno viene respondiendo a las necesidades, no con la prontitud deseada, pero confío en que a medida que pasen los días esa prontitud en soluciones se concrete. Mientras tanto, todos, desde nuestras posiciones de influencia, tenemos que poner el hombro. Hay hermanos peruanos, como los del norte y sur, que la están pasando muchísimo peor que en Lima. 
En parte, este post obedece también a las quejas fuera de lugar que vienen esgrimiendo los hermanos Fujimori y la ex candidata presidencial Verónika Mendoza. Para nadie es un secreto que los hermanos naranjas y Mendoza están aprovechando este contexto para sacar réditos políticos. Los primeros, en algo que no me sorprende de estos ociosos que jamás han trabajado, criticando la falta de celeridad del gobierno, sin tener en cuenta que en los dos gobiernos de su padre, ante desastres naturales similares pero de menor intensidad que el de ahora, no solo reaccionaban tarde, sino que también se robaban las donaciones (hagamos memoria de la denuncia que al respecto hizo Susana Higuchi, ex esposa de Fujimori y madre de este par de tarados que creen que hacen mucho ensuciándose en el lodo para el momento Kodak). Y la segunda, que en lugar de liderar la formación de una gran brigada voluntaria de ayuda, desliza la idea de que estos desastres pudieron afrontarse si en el país no existiera el modelo económico imperante. Tamaña estupidez refleja su cada vez menos oculta ansia política. En lo personal, no me esperaba esta reacción de Mendoza. De una mujer inteligente como ella espero soluciones, alternativas, sobre todo en tiempos de crisis, no cachina discursiva que una vez más enloda lo que no debe: los principios de izquierda que dice honrar, como la preocupación por el otro caído en desgracia.

sábado, marzo 18, 2017


"cortes intensivos"

Publicado a fines de 2015, Cortes intensivos. Entrevistas y crónicas (posición.Editores) del poeta y crítico César Ángeles, ha tenido un tránsito por demás curioso. A menos que esté equivocado, su presencia en medios ha sido a las justas modesta, pero bueno, tampoco hagamos un drama de ello. Muchos libros pueden darse por bien servidos si consiguen cierta presencia en medios. Sea cual sea su visibilidad, es lo que menos debe importar. Lo que sí importaría del libro publicado es que este pueda generar una comunidad de lectores, solo así su existencia estaría por demás justificada.
La presente publicación no es una maravilla y por no serlo es que me gusta. En estas páginas Ángeles nos ofrece una selección de sus entrevistas y crónicas publicados entre 1986 y 2014, en las que es posible percibir su mayor cualidad en prácticamente todos los textos: personalidad en el punto vista. Del mismo modo asistimos a su mayor defecto: un egocentrismo que en más de un tramo le juega una mala pasada.
Tengamos en cuenta los años en los que aparecieron estos textos, en especial en el punto de partida que indica la cronología de la selección. La segunda mitad de los ochenta. En las entrevistas el autor nos entrega acercamientos llamativos, buenos e irregulares a personalidades de la literatura, el arte y el pensamiento peruanos. Pensemos en las realizadas a José Tola, Juan Javier Salazar, Enrique Polanco, Blanca Varela, Eduardo Chirinos, Washington Delgado, Antonio Cornejo Polar, Rodolfo Hinostroza, Alberto Flores Galindo, Martha Hildebrandt y Luis Lumbreras, y claro, imposible pasar por alto la excelente entrevista al poeta chileno Enrique Lihn.
Como indiqué líneas arriba, nos enfrentamos a un entrevistador con personalidad, y la sustancia de esta característica descansa en que Ángeles sí era un hijo de su tiempo, porque antes que periodista (y seguramente antes que poeta) era un entonces joven configurado por la convicción ideológica de izquierda, o por lo que podamos entender de esta. Por esa razón, su voz y puntos de vista potencian sus acechos. Sus entrevistados no se hubieran sentido en confianza sin esa especie de irreverencia, sueltos de las buenas formas al momento de responder, o reforzando y refutando una opinión del entrevistador. A saber, pienso en lo que dicen Varela y Chirinos.
En el prólogo, el autor nos indica que ha preferido mantener el carácter de las entrevistas, no ajustarlas a la perspectiva del tiempo, y presentarlas como testimonio de época. En este sentido, quedarme en la mera descripción atentaría contra un punto de vista contrario a lo que propone. Pienso en el prólogo de Miguel Gutiérrez a la segunda edición de La generación del 50: un mundo dividido. En el texto Gutiérrez lleva a cabo una autocrítica con ciertas posturas de su pasado político, mas esta autocrítica no alteró el contenido de su ensayo como tal. Nos hubiera gustado una actitud similar en Ángeles. Pues bien, así nos guste o no, sería mezquino no destacar la coherencia que la publicación exhibe en su prólogo y el contenido de sus entrevistas y crónicas. Además, si en el gran futuro la publicación llegara a generar un debate, y si este eventual debate se diera en relación a su prólogo, el autor quedaría despellejado.  
Entre los textos no suscritos a las entrevistas, prestemos atención a los dedicados a Antonio Cisneros, Víctor Humareda y Emilio Adolfo Westphalen, que cumplen su cometido: revisitar el legado cultural de estos artistas. Y para terminar, subrayemos que la lectura de Cortes intensivos resulta mucho más que interesante, no solo porque nos satisface, sino también porque incomoda. Eso: solo los libros que incomodan merecen leerse.

ochentera

Lo venía percibiendo desde hace un buen tiempo, suerte de vuelta a una de las décadas más turbulentas de la historia peruana contemporánea, pero este año esa vuelta se ha manifestado en toda su fuerza discursiva. No es para menos, si una década engloba toda la desgracia que le pudo pasar a este país, esa fue precisamente la del ochenta: dos gobiernos, uno más nefasto que el otro; crisis económica; terrorismo; corrupción y un éxodo de peruanos nunca antes visto.
Haber sido joven en los ochenta, ni hablar, no es lo mismo que haberlo sido en los noventa, mucho menos en los supuestos años de prosperidad. Quien vivió su juventud en los ochenta es una persona partida. En lo personal, no conozco persona que guarde un grato recuerdo de esos años.
En cuanto a la literatura de esos años, no mucho podemos decir. Publicar en esos años era prácticamente una empresa imposible e imagino que ese contexto habrá desanimado a más de un narrador con talento y proyección. Esta impresión la podemos reforzar con la antología En el camino de Guillermo Niño de Guzmán, en la que haríamos bien en fijarnos en los nombres que se desanimaron en seguir en el ejercicio de la escritura.
Por otra parte, este interés por los ochenta en cuanto a su expresión discursiva intelectual y creativa, viene de la mano de un aparato crítico que ha sido muy bien trabajado y que ya ha conseguido afianzar un círculo de poder en la academia y que despliega cierta presencia temática de cuando en cuando en los medios. Claro, este interés académico tiene sus puntos de alcance, es decir, en este se aplica un filtro, porque no basta la calidad o la propuesta interesante para llamar su atención, puesto que esta mirada debe ajustarse a lo que este aparato busca: elevar la presencia de los autores que vivieron esos años, por ello tenemos lo que vemos: la manipulación de los años de la violencia, que más de un despistado/ahuevonado llama Guerra interna. Por ejemplo: este aparato crítico jamás tendrá en cuenta una de las novelas que mejor recrea esos años, novela publicada en el 2008 y que tuvo muy buena crítica, pero que por cosas extrañas no ha despertado el entusiasmo de los lectores. Esta novela, aparte de divertida y arrecha (harto buen sexo en sus páginas), es una de las mejores novelas peruanas del nuevo siglo. Este aparato crítico jamás la tomará en cuenta porque en sus páginas literalmente se sodomiza ideológicamente a los patrones ocultos de este aparato crítico, que de portarse con seriedad, no tendría problema alguno en considerarla como material de estudio, con mayor razón cuando este aparato estudia novelas, poemarios y cuentarios no solo avasallados en discurso, sino también aplastados por su escasa/nula llegada literaria. Me refiero pues a la novela Sueños bárbaros de Rodrigo Núñez Carvallo. 
En otras palabras: no hay explicación razonable para no estudiar o tener en cuenta esta novela que mejor retrata desde la ficción esa década privilegiada en su horror. Claro, la recreación de estos años es un intento, y como tal no estamos ante una novela total, en lo que supondríamos un mural de época, pero vaya que como intento sí deja satisfecho al lector de turno, y por esa sola razón, por ser un intento que exhibe arrojo y nervio literarios, o sea, experiencia de lectura, vale la pena leerla para los que aún no lo han hecho, y para los que sí, su relectura adquiere una actualidad de la que estamos no más que agradecidos.

viernes, marzo 17, 2017

safety check

Lo curioso que viene ocurriendo en estos días en los que la naturaleza se manifiesta con toda su furia, furia que no estaba para nada prevista, calificada por las instituciones medioambientales pertinentes como histórica, es que más de uno no utiliza las redes sociales a la altura de las circunstancias. En una situación como esta la comunicación resulta no menos que importante, por medio de estas podemos hacer cosas muy útiles, como coordinar ayuda para nuestros hermanos peruanos que sí están sufriendo las inclemencias que generan las inundaciones.
Me explico: desperté temprano para seguir avanzando la edición de tres textos. Aunque algo vi la noche anterior, creí que lo visto no era más que una alucinación producida por el cansancio y la preocupación. Sin embargo, esa alucinación resultó ser real y potenciada como tal en la dimensión de lo que puede generar la poca reflexión y las desmedidas ansias de figuración, ansias que exponen la radiografía frívola de aquellos/aquellas que de sentido común tienen tanto como de mal gusto.
La única calamidad que viene sufriendo la ciudad de Lima es la falta de agua potable. La institución encargada de suministrarla, Sedapal, ha impuesto un horario de suministro, horario que puede darse de baja como también extendiendo el corte de agua, ello dependiendo del lodo que traiga el río Rímac. Esa es la calamidad que vive la ciudad de Lima, salvo algunas excepciones distritales como San Juan de Lurigancho, Chosica, Chaclacayo, ubicados cerca del río capitalino. Lo mismo podríamos decir de los distritos del sur de la capital. Ayer vimos cómo una mujer sobrevive en Punta Hermosa mientras es arrastrada por el huaico, la gesta de esta valiente mujer es ahora la imagen que la prensa internacional usa para dar cuenta de lo que viene ocurriendo en el país.  
Cuando la tragedia llega a Lima, el Perú despierta. Esa es nuestra tara. Pero lo que ha estado sucediendo en el norte, centro y sur del país, y desde hace semanas, es una tragedia incomparable a las pequeñeces capitalinas. No hay agua potable y ese es el mayor drama de la chibolada pulpín, como de los cuarentones burgueses que se portan como pulpines. Gracias a esta pulpinada intergeneracional he visto el mayor acto de estupidez en aquellos que se autoerigen como privilegiados del pensamiento crítico y el activismo: hicieron uso del Safety Check de Facebook. Puedo entender el Safety Check si vivieran en las zonas afectadas, pero no, la mayoría vive en distritos como La Molina, San Miguel, Miraflores, Barranco, Jesús María, Surco, Cercado, Los Olivos, La Victoria, San Luis, San Borja, Magdalena, San Isidro, San Martín de Porres… En fin. El furor de la estupidez.

jueves, marzo 16, 2017


cuando el río se desborda

Acabo de llegar del Centro de Lima, algo cansado porque tuve que caminar más de lo acostumbrado para recién poder tomar mi taxi de regreso. La demora se debió al desborde del río Rímac, hecho del que fui testigo ya que se desbordó a menos de cincuenta metros de donde me encontraba.
La historia del miércoles 15 empieza el miércoles 8, cuando en la tarde recibo un mensaje de Dante, quien me pregunta si puedo presentar el poemario de su amigo el poeta Carlos. Le pedí a Dante que me pasara el pdf del libro. Lo leí y le dije que sí, y que me diga con tiempo el lugar y la hora de la presentación.
No pude estar más que contento. En este inevitable tránsito de presentaciones, he hablado de libros de autores mayores peruanos y extranjeros, como también de los nuevos. Si la memoria no me traiciona, lo he hecho en todos los espacios oficiales posibles y en los que no lo son, siempre en buena onda, porque soy fiel a mi principio de aceptación: que el libro a presentar me impulse a tener algo que decir. Como dije, no pude estar más que satisfecho, porque la presentación del poemario Dios se tragará la muerte se daría en la Feria del Libro Amazonas. Si hay un lugar en Lima al que le tengo mucho cariño, ese lugar es precisamente esta feria permanente de libros, en la que también trabaja mi amigo, mi hermano a la fuerza, Abelardo, el metalero fanático de Air Supply.
Lo malo, lo que sí me fastidió, la hora de la presentación: 4 de la tarde.
No sé si ya lo he dicho en este blog, pero tengo un serio problema de insolación. Hasta de noche debo usar bloqueador, de no ser así, mi cara se llenaría de ronchas y otras manifestaciones cutáneas. Eso, por un lado. Por otro, el sol cada día está más insoportable, sobre todo el calor que viene horas después de una intensa noche de lluvia.
Me dirigí a Amazonas, siempre avanzando por el lado de la sombra, y por más que me cuidada, me achicharré y mi cuerpo se convirtió en una melcocha, aún más que la media común porque soy de los sudan demasiado. Cuando llegué no demoré en encontrar a Dante y Carlos. El evento ya había empezado y antes de participar en la presentación, me dirigí a saludar al metalero fanático de Air Supply, a quien encontré en su segundo puesto. Todo un hombre de cultura mi causita. Conversamos lo de siempre, pero en lo que hablamos la preocupación latente no podía dejar de ser abordada, porque el río Rímac estaba a nada de desbordarse, no con el peligro de llegar a la feria (¿o sí?), pero no era para confiarse porque en nada las lodosas aguas invadirían los rieles del tren.
Antes de hablar de las virtudes del poemario de Carlos, expresé mi alegría por estar presentando por primera vez un libro en Amazonas. También saludé a los organizadores por esta iniciativa, por promover estas actividades culturales, en fiel convicción de que estas son parte de todo circuito libresco que se asuma como tal, sin depender de su posible rentabilidad. Además, contra lo que puedan pensar algunos burgueses y trepas de nuestra literatura actual, en este campo ferial también han presentado sus libros Mario Vargas Llosa, Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso y demás plumas de importancia.
Tampoco voy a negar que mientras hablaba sentía una preocupación, porque el olor a tierra húmeda era fuerte, hecho que reforzaba lo que ya no se decía: el río terminaría por invadir los rieles y que la fuerza del mismo se repotencie con la presión con el muro de contención. Más allá de este temor, hablé bien y creo que los asistentes lo sintieron así.
Quedé con Dante y Carlos en que iríamos por el chifazo de rigor. Pero antes, y aprovechando que Carlos firmaba algunos ejemplares, fui a despedirme de Abelardo, quien me acompañó a grabar la furia del río, furia que inmortalicé en mi Instagram. También salí del campo ferial y me dirigí al puente de piedra que, para mi vergüenza, no sé su nombre. La situación ya estaba jodida, porque un cordón policial impedía que la gente lo cruce. Más de uno se quedó atónito ante el lodazal que traía más de un centenar de cilindros de plástico de múltiples colores.
Media hora después me enteré de que el río había invadido las instalaciones de la Casa de la Literatura Peruana. Entonces, le mandé un mensaje a mi pata Jaime y le pregunté si necesitaba ayuda, porque si existía un peligro, ese peligro era la destrucción del material bibliográfico ubicado en la primera planta de la Casa. Jaime me dijo que los libros estaban a salvo porque todos pusieron el hombro para salvar los libros, además contaron con la ayuda de los soldados del Palacio de Gobierno.
Nos despedimos de Dante y Carlos me acompañó a Polvos Azules. La hora: 8 de la noche. Tenía tiempo suficiente para abastecerme de películas, con mayor razón ahora que me encuentro en una maratónica revisión de toda la filmografía de Cassavetes. Por lo general, las tiendas del centro comercial cierran a partir de las 9, pero mientras nos dirigíamos al Pasaje 18, muchísimos puestos estaban cerrados. Y en el pasaje cinéfilo solo una tienda estaba abierta. Cuando le pregunté al encargado de esa única tienda abierta por el cierre masivo de tiendas, su respuesta reflejó mi nula lectura de la realidad: los encargados se habían retirado temprano, ya sea porque estaban preocupados, o porque tendrían problemas para llegar a sus casas a causa del desborde del Rímac. 
En alguna ocasión leí que el clima se vengaría de cómo lo hemos estado tratando en estos últimos veinte años. Pues la venganza ya es realidad. El desborde del Rímac no solo afecta a los que viven cerca de él, sino también a los que nos alucinamos seguros de sus aguas.

miércoles, marzo 15, 2017

volver a carrère


Un comentario al vuelo de un lector que escribe en Facebook me hizo pensar en la seria posibilidad de volver a leer uno de los libros más brutales de los que guardo recuerdo. No demoré en decidirme, porque me lancé en la que sería su cuarta relectura en esta madrugada pautada por una lluvia de goteo fuerte.
Tengo todos los libros del escritor francés Emmanuel Carrère, pero es uno el que sigue transmitiendo resonancias de aturdimiento en la tramposa memoria lectora.
El libro en cuestión, El adversario.
Alguna que otra vez he mencionado esta suerte de crónica-novela en mi blog personal, y lamento no haberle dedicado un post que dé cuenta de los enormes alcances de la no ficción en primera persona vistos en EA. El presente post no intenta recuperar el tiempo perdido, mas sí poner algunas cosas en orden, primero en mi cabeza para luego lanzar el dato para el potencial lector que muestre algún interés.
Para mi buena suerte, no me demandó mucho tiempo encontrarlo en los desordenados anaqueles de mi biblioteca. El ejemplar estaba en buena compañía, además, a este ejemplar le tengo un cariño especial, porque muy contadas veces he visto la edición en tapa dura de EA en Círculo de lectores. Con algo de paciencia, pueden hallarse en librerías locales las ediciones de Anagrama, tanto en sus colecciones Panorama de narrativas y Compactos.

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A medida que veía los títulos de Carrère, me preguntaba de dónde salió esa malsana y ociosa idea que pretende ubicar a la literatura francesa contemporánea en una crisis. Supuesta crisis que ataranta a toda clase de lectores; ataranta incluso a los lectores-poseros dependientes de los dictados de la novedad editorial.
Cualquier libro de Carrère no solo te pone en la mesa una voz ubicable, sino también una apuesta por un registro del que más de uno pretende sacar provecho sin conocer antes sus referentes de los que se ha valido para construir su poética.

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Limónov es la obra maestra del francés, obra maestra en todo el sentido de la palabra, que merece todos los elogios que ha recibido. Sin embargo, a diferencia de EA, esta no muestra un viaje descarnado a la suciedad de la moral y ética de los seres humanos. Sus lectores extrañamos este no tan pequeño detalle, porque en Limónov lo que hace Carrère es hablarle a toda una generación, nos cuenta el lado oscuro de la historia europea de los últimos 25 años, nos radiografía la trastienda de la política internacional, nos habla de las ideologías revolucionarias ahora truncas; pero en EA nos transporta al hombre común y corriente, es decir, a ti, a tus complejos, traumas, anhelos y miedos.

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Como ya indiqué, acabo de releer el libro en esta madrugada al ritmo de incesantes goteos de lluvia. Lo terminé de la misma manera en que Antonio Muñoz Molina acababa los cuentos de Onetti: sudando, convertido en un despojo, en un ser incompleto.

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¿Hasta qué punto pueden llegar tus mentiras? Bien sabemos que la mentira es parte fundamental de nuestra esencia. ¿Pero qué pasa cuando has hecho de tu vida toda una mentira? Peor: ¿qué pasa cuando los más cercanos a ti asumen como verdad esa mentira?
Durante más de quince años Jean-Claude Romand le hizo creer a su familia que era un reputado médico que trabajaba para la Organización Mundial de la Salud. El tipo se levantaba temprano, ayudaba a su mujer a preparar el desayuno y llevaba a sus hijos al colegio. Esas horas de la mañana eran lo único real de su vida. Su falsa vida comenzaba cuando se despedía de su mujer y conducía su auto hasta un lugar alejado, ya sea un parque, un estacionamiento o el simple campo, allí se ponía a leer los periódicos y a mirar de lejos la vida de los demás. Cumplidas sus horas de “trabajo”, regresaba a casa a desempeñarse como un esposo amoroso y padre de familia.
Transcurren los años y Romand llega al punto de no retorno: no tiene la más mínima ida de cómo seguir cubriendo esa vida que proyecta a los demás. Piensa mucho al respecto y decide, sin más, asesinar a su esposa, hijos y padres.
Así empieza esta proeza de la experiencia literaria, para que tengan una idea de lo que les cuento:
“La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a la casa de los suyos, a los que mató después de la comida. Pasé solo en mi estudio la tarde del sábado y el domingo, normalmente dedicados a la vida en común, porque estaba terminando un libro en el que trabajaba desde hacía un año: la biografía del novelista de ciencia ficción Philip K. Dick. El último capítulo contaba los días que había pasado en coma antes de morir. Terminé el martes por la tarde y el miércoles por la mañana leí el primer artículo de Libération dedicado al asunto Romand.”

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Carrère supo del caso Romand y se propuso contar su historia. No era para menos, el escritor estaba ante un personaje irresistible. Intentó escribir una novela sobre él, pero en lo que escribía no encontraba la fuerza y el nervio narrativos que necesitaba. Entonces optó por contar la historia tal cual, sin los afeites de la ficción.
A medida que escribía e investigaba sobre el asesino fue presa de la epifanía que le confería el proyecto. Carrère escribía no con el objetivo de explicarse quién era Romand, sino quién era él mismo. Por ello, en las páginas de EA percibimos una inevitable pesadez existencial que canaliza en una prosa cargada que inevitablemente punza la piel del lector. Resulta imposible no avanzar con lentitud, pensando si es factible parar y así continuar al día siguiente, o, simplemente, no continuar. Aunque barajé esta posibilidad, no me despegué de sus páginas, lo que hizo que cayera, como en otras ocasiones, a la sima de la sucia condición humana.
Cierras el libro y das gracias por no ser Jean-Claude Romand. Cierras el libro y sientes que has vuelto a leer a uno de los más grandes narradores contemporáneos. Cierras el libro y, aparte de ya no ser la persona que pensabas que eras, quedas con un aterrador e interminable dolor de cabeza.

… 

Publicado en SB

martes, marzo 14, 2017

aventura

Meses atrás una amiga me recomendó una serie, The Affair. Sin ser un prodigio de historia, esta producción de Sarah Treem y Hagai Levi ha exhibido los suficientes recursos narrativos para que la vea cuando con una fidelidad a prueba de burdos remilgos de primerizo, con mayor razón cuando en la mitad de su segunda temporada ya le resulta imposible salir de su círculo vicioso temático y discursivo. Tendría que ocurrir un milagro argumental para que esta historia vuelva a levantar vuelo en la tercera temporada.
Como su nombre lo indica, estamos ante una aventura pasional, en la que tenemos al escritor, esposo y padre de cuatro hijos Noah Solloway (Dominic West) y la camarera Alison Lockhart (Ruth Wilson), ambos con problemas en sus respectivas relaciones sentimentales. El primero víctima del aburrimiento y de sus pocas perspectivas como escritor, y la segunda, en duelo por la muerte de su pequeño hijo Gabriel.
Nos encontramos en un pueblo llamado Mountauk en Long Island, adonde Noah y su familia van a pasar las vacaciones de verano en la casa de sus suegros. En este sentido, el encuentro entre un hombre aburrido y una mujer que carga con el dolor está por demás presupuestado en el guion, pero lo que diferencia este encuentro de uno pautado por el melodrama barato es precisamente la estructura que sostiene lo que este encuentro depara. A lo largo de los episodios la narración se parte en las versiones (media hora para cada uno) de Noah y Alison. En principio, sus encuentros vienen signados por el furor de la atracción física, los cuales se manifiestan en rigurosos despliegues hormonales. Pero de a pocos entre ellos nace una dependencia emocional, como también espiritual, que los compromete más allá de sus meros encuentros. Hablamos de una dependencia emocional que atañe, principalmente, a las familias de Noah y Alison.
Gracias a esta estructura The Affair escapa de lo que podría suponer un entuerto pasional. Por medio de los puntos de vista de sus dos protagonistas, la serie aborda otras dimensiones temáticas, como la crisis matrimonial, el salvaje afán de supervivencia comercial, la rebeldía de los hijos adolescentes y para redondear su alcance: la investigación de un asesinato presente desde los primeros episodios de la primera temporada.
Como es de esperarse, la irregularidad discursiva se impone como una férrea marca de agua en las voces conductoras. No existe en la serie un argumento general, sino pequeñas historias, y estas por separado y en conjunto son las que dotan de sentido a la misma. La irregularidad en The Affair es su fuerza central, siendo Alison quien termina imponiéndose como el eje en quien descansa la narración, en ella los personajes, hasta los antagónicos, consiguen su configuración moral, desde el mismo Noah, su esposa Helen, Cole Lockhart (esposo de Alison), hasta el Detective Jefrries…
En más de una ocasión somos testigos de un proyecto que se les va de las manos a los productores. ¿En qué momento cerrar esta aventura y sus consecuencias? Como ya indiqué, las dos versiones que dirigen los avatares de los amantes, resultan no solo llamativos como propuesta narrativa, sino también cumplen la (involuntaria) función de oxigenar y rescatar de los lugares comunes a las historias que nos presentan. 
La serie se justifica en su primera temporada, y es más que suficiente para que uno se convierta en seguidor de la misma. No hay motivo para buscar una posible explicación, esta fulgura en su obviedad: el desencuentro y lazos en común entre Noah y Alison no son más que las metáforas de la condición humana, tanto en su innata incoherencia y en su tácita explosión pasional.

lunes, marzo 13, 2017


domingo, marzo 12, 2017

sobre librerías

Como ya lo he indicado más de una vez, los domingos son los días ideales para recorrer librerías. En realidad, no hay actividad más gustosa y este gusto obedece a un detalle excluyente: los domingos la gente está en sus casas.
Entonces salgo a la expectativa de lo que me deparará el periplo. A veces encuentras cosas interesantes y a veces no, la gracia es el recorrido. Esto lo sé porque consumo muchos libros. Sin embargo, como ya lo saben los seguidores del blog, un tiempo atrás estuve del otro lado, es decir, como librero. Entonces, la experiencia me ha enseñado sobre la relación existente entre el librero y el lector (o viceversa). Obviamente, cuando me refiero a librero, no lo hago en función del vendedor de libros, idea que viene generando más de una confusión que en esta ocasión no diferenciaré.
Mientras caminaba por El Olívar, calculando el tiempo porque a las cuatro jugaba Alianza Lima, opté por sentarme en el pasto, prendí un pucho, tomé algo de agua mineral y me puse a revisar algunos mensajes. De paso, navegué por algunas páginas culturales, encontrando una nota (no aparece el nombre de quien la firma) en El Dominical, Librerías: ciudades de papel.
Como se anuncia en el título, el texto va sobre las librerías, en cuanto a su importancia como espacio y también como negocio. Se trata de una comparación en principio abusiva, si es que somos maliciosos, pero de la que podríamos sacar algunas conclusiones sobre la realidad librera entre Argentina y Perú.
Por el lado de los argentinos, los testimonios de los libreros y editores Lucio Aquilanti (por cierto, hace un tiempo le hice una entrevista sobre Julio Cortázar) y Facundo Barisani. Ambos señalan la importancia de las librerías como espacios de discusión y formación de lectores. Brindan diferencias entre las librerías y las cadenas de librerías, pero ante todo, nos hablan de una política cultural que propicia la difusión de la lectura que lleva muchas décadas en el imaginario argentino. Sin esta cultura por la lectura, no estaríamos ante uno de los circuitos libreros más fuertes del mundo, que ha sabido sortear las crisis que en los últimos años han marcado al vecino país sureño.
Por otra parte, nos extraña, es que el encargado de la nota haya pasado por alto un libro de ensayo fundamental publicado en este nuevo siglo, su título: Librerías de Jorge Carrión. Se hacía necesaria esta referencia a modo de refuerzo de la gran verdad que dicen Aquilanti y Barisano. Las librerías se harán fuertes y podrían sobrevivir a toda clase de tormentas en función a la personalidad que construyan y a la proyección que vaya más allá de la rentabilidad de sus actividades. Aquilanti y Barisano son hijos de una tradición librera y en base a esa tradición buscan renovar y fortalecer su circuito librero.
Pues bien, la nota se desdibuja por completo cuando para hablar de la situación de las librerías locales se cita a Patricia Arévalo, vicepresidenta de La Cámara Peruana del Libro. No pongo en duda las capacidades intelectivas de Arévalo, pero su visión de la situación de las librerías peruanas sí me hace sospechar sobre su nulo conocimiento de la dimensión de la problemática librera en Perú. Cualquier persona que conozca de librerías no puede reducir su perspectiva de las mismas a lo que pasó con la cadena Crisol, menos arriesgarse a aseverar que hay un interés por el consumo de libros a razón del éxito de la última edición de la FIL y el “ánimo creciente” por esporádicas ferias. Pensar así es pensar en función a números y no en base a la solución: la formación de lectores. La no formación de lectores, la ausencia de políticas estatales y privadas que fomenten en todos sus niveles el hábito por la lectura es el verdadero lastre que en el caso de las librerías peruanas impide que estas no se puedan consolidar, ni como espacio cultural, ni como negocio que aspire a ser rentable. La tradición lectora genera tradición librera, la tradición librera genera soluciones en los tiempos de crisis.
Soy consciente de que a Arévalo se le consultó por un tema por demás complejo, pero en esa complejidad esperaba que haya hecho hincapié en lo que importaba, no en cuestiones signadas por la inmediatez.

sábado, marzo 11, 2017

cuando el dinero importa

La renuncia en serie de los ahora ex columnistas del diario Exitosa, circunstancia producida por la llegada de Phillip Butters a la radio homónima, ha generado una serie de adhesiones en las redes sociales para con los renunciantes, entre los que habría que subrayar una sustancial diferencia: los recurrentes y esporádicos.
Los esporádicos bien pueden quedar fuera del señalamiento del presente post. No así los recurrentes, más de uno con no pocos años de experiencia en el periodismo de opinión, los suficientes para saber que desde la aparición del diario este jamás dejó de exhibir una ética periodística por demás dudosa.
Si había un medio capaz de albergar a un conservador ultramontano, sin pedirle que este pida las disculpas pertinentes por la sarta de ofensas proferidas, por la incitación al odio que yace en la más rancia intolerancia, durante la marcha del pasado sábado 4, ese medio era precisamente el de la familia Capuñay.
Bien sabemos que los medios tradicionales de comunicación se encuentran atravesando una incómoda etapa de tinieblas, el entredicho en cualquier momento les puede explotar en la cara. En este sentido, la estrategia de defensa de muchos de ellos es no tocar como se debe ciertos temas que atenten contra sus intereses, sea económicos, o peor, los reñidos con la ética periodística, como ya lo hemos visto con algunos abanderados de la moral periodística que terminaron siendo beneficiados por Odebrecht. De los medios impresos, solo un par pueden salvarse de la crítica, por el momento, puesto que no existen ni indicios, ni pruebas, de que el aceite también haya recorrido sus venas. Aún hay pues un poco de decencia y coherencia en contados medios de comunicación peruanos.
Se colige entonces que los medios de comunicación de la familia Capuñay solo tienen un norte, un patente objetivo: el poder mediático cueste lo que cueste. Basta recorrer la manera en que han venido enfocando las noticias de interés nacional en Exitosa, sea en radio y diario. Pero ahora no es necesario hacer este recorrido virtual y físico, suficiente con el fichaje a Butters, fichaje que pone en relieve los valores que desde siempre han mostrado los Capuñay en cuestiones de comunicación y periodismo. Ya sabemos cuál es su prioridad, el dinero. Por ello, convierten en plastilina discursiva los principios de la libertad de expresión, principios que en los últimos días adecuan para justificar la contratación de Butters. 
El arribo de Butters no es más que el guindón que le faltaba a la torta de chantilly de la empresa de los Capuñay. Por ello, muy bien, palmas para los columnistas recurrentes que acaban de renunciar al diario Exitosa, pero desde este espacio les pido que se refresquen de la indignación, porque ellos sabían perfectamente para qué medio estaban escribiendo.

viernes, marzo 10, 2017

cuando el fútbol es

De todos los artículos que vengo leyendo sobre el histórico triunfo del Barcelona ante el Paris Saint Germain, el de Martín Caparrós es el que refleja su real dimensión. Lo que hace el cronista argentino es basarse en la esencia emotiva e irracional que depara el fútbol. Explicar, desmenuzar, aparte de quemar cerebro, es una pérdida de tiempo.
Como muchos, me dispuse a ver el partido. No soy hincha del Barza, ni del PSG, pero sabía que podía ver un muy buen encuentro o, en su defecto, estar ante la posibilidad de una gesta histórica, pero lo que también me animó a seguirlo con atención fue Gianella, mi sobrina, que acababa de llegar a Barcelona luego de una semana en París. Por mensaje de Instagram me dijo que en las calles podía sentirse una tensa tranquilidad. No era para menos, los dirigidos por Luis Enrique tenían que anotar 4 goles para igualar la serie.
Bien lo sugiere Caparrós: el fútbol es una cadena de circunstancias. Y ayer cada espectador vivió su propia circunstancia durante el partido. La irracionalidad se impuso, y esta se hizo presente luego del golazo del uruguayo Cavani que enmudeció a los hinchas azulgranas presentes en el estadio, como también a mis amigos hinchas del Barza. Para mí fue lo mejor del partido, que lo configuró a partir de ese momento en una épica contra el tiempo.
Si hubo robo o no, como lo vienen diciendo algunos periodistas deportivos, que si el árbitro cobró descaradamente a favor de los locales, es lo que menos importa, porque si hubo un equipo que no supo pararse como debía y que no supo aprovechar la enorme ventaja con la que llegaron al encuentro, ese equipo fue el PSG.
Triunfos como este son los que quedan en la memoria emocional, los triunfos contra lo imposible. A saber, aún recuerdo esa tarde de diciembre de 1993, mientras me dirigía al ICPNA del centro, escuchando en la radio del bus el partido que Alianza Lima disputaba contra Unión Minas en Cerro de Pasco. Hasta ese tarde, el UM era un equipo imbatible que aprovechaba como ninguno la altura de su localía (más de 5000 metros sobre el nivel del mar), hasta más de un periodista barajaba la posibilidad de que no sería del todo descabellado que la selección peruana juegue en Cerro de Pasco las eliminatorias al Mundial de USA 94. En la altura, el Unión Minas era imbatible, y esa tarde de miércoles de diciembre de 1993, los potrillos de Arrué debían ganar sí o sí su partido, porque de no ser así, la U se consagraría campeón. Para colmo de males, no solo hubo un aguacero, sino también granizada. Darío Muchotrigo y Waldir Sáenz en la delantera, el ecuatoriano Jacinto Espinoza en el arco, Frank Ruiz en la defensa, Jayo en la volante, entre otros.
No era el único que escuchaba el partido en el bus, sino también varios patas hinchas de Universitario, que estaban quedando para ir en la noche a celebrar el campeonato en Odriozola. Todo el trayecto tuve que escuchar las manifestaciones de su amarga alegría, característica medular de todo hincha crema.
Ya me había resignado. El empate de poco o nada servía. Pero apareció Waldir para marcar en los descuentos el único gol del partido. Elejalder Godos, el narrador de Radio Ovación, gritó el gol y se puso a llorar, porque lo que acababa de lograr Alianza Lima era un triunfo histórico en donde todos los equipos de la capital habían regresado con la canasta llena. 
Caparrós tiene razón, por momentos así es que uno se identifica con su club. Aquella tarde de diciembre fue no menos que gloriosa y el día no pudo terminar mejor, porque tras el gol de Waldir fui testigo de las corrosivas puteadas de los hinchas cremas con los que me crucé.