sábado, marzo 28, 2015

263


Me acuesto tarde y me levanto temprano. Hoy sábado me toca abrir el stand de Selecta en La Católica.
En mi cabeza aún retumba el vino de anoche.
No lo puedo negar, la primera sesión de Encuentros en El Virrey de Lima salió muy bien. Julio Villanueva Chang demostró por qué es el editor y cronista que es; de paso, puso las cosas en orden para los que creen que la escritura de crónicas y perfiles es un asunto fácil, de mera impresión y dependencia del gaseoso talento narrativo.
Salí de la librería a las 10 y 30 de la noche.
Una vez me dijeron que Lima (cuando hablo de Lima, me refiero al centro de la ciudad), se ve apetecible de noche. Y es cierto. Las calles por las que caminaba mostraban un aura mágica y peligrosa, predispuesta al azar. No es que sea nueva esta sensación, en realidad, siempre la tengo, pero esa nueva mirada, el renovado asombro, es lo que siempre puedo encontrar en estas calles.
Compro una botella de agua mineral sin gas y me siento en una banca del parquecito ubicado frente al Teatro Segura.
Hace años, muchos años, cuando era muy niño, antes de los diez, actué en ese teatro. Desde niño fui marcado por el destino, hice de malo en esa obra teatral infantil. Todos los niños del taller querían ser los buenos y me dieron el papel no por mis dotes histriónicas, sino porque pedí el rol del malvado, de aquel que se suponía aguaría la fiesta de los buenos.
Dejo de lado mi niñez y me pongo a pensar en las novelas peruanas que tienen a Lima como protagonista, cuya sola presencia justifica la lectura de la novela. No pienso demasiado al respecto porque no hay mucho que pensar. Nos hacen falta más novelas sobre lo que pasa en el centro de la ciudad. Novelas entregadas a sus calles y senderos oscuros, sin la carga de los ideales históricos, tener pues un retrato tal cual, sin afeites ni remilgos, que en el retrato de su honestidad tengamos una epifanía perdurable.


jueves, marzo 26, 2015

262


Lo que no pensaba que pudiera ocurrir, ocurre. Mi cuerpo y mi mente se han acostumbrado al calor. Hago cuenta que vivo en un país tropical, no me queda otra. En el trayecto al stand de Selecta en La Católica, ingreso a un restaurante y pido una Coca cola helada. De mi mochila saco la última edición de Etiqueta Negra y me pongo a leer el perfil que me recomendaron, sobre la bailarina de ballet Misty Copeland.
Extraño las épocas en las que bastaba preguntarle al  mozo o a la mesera si podía fumar. Casi siempre me decían que sí. Pero ahora las reglas han cambiado, así no haya gente en los lugares públicos, está prohibido fumar.
Leyes idiotas, a fin de cuentas. Leyes idiotas como esa ley contra el acoso callejero. Nos estamos llenando de mandatos idiotas y de gente idiota que honra esas leyes idiotas.
No me hago problemas. Llamo a la mesera. Son las once de la mañana. Le sonrío y le hablo bonito, le digo que voy a fumar, que si hay algún problema, yo me encargo de resolverlo.
Efectivamente, no hay nadie en el restaurante y prendo el primer cigarro en cinco horas. Las volutas se pierden en la imagen de Copeland.
Qué especiales son las bailarinas de ballet. Por lo que leo del perfil de Santiago Wills, intuyo que este tipo de mujeres entregadas a los sacrificios del cuerpo son personas de determinaciones férreas, como si la duda no tuviera espacio en el mundo de sus decisiones.
Copeland y todas las bailarinas de ballet son mujeres de temer. Pero también son necesarias.
Por cierto, nunca he sido muy adepto del ballet, pero siempre me han llamado la atención las mujeres que sacrifican su cuerpo, su cotidianidad en pos de la belleza en movimiento.
Cualquier mujer no puede dedicarse al ballet. Eso lo tengo muy claro.
Las volutas siguen perdiéndose en el aire y estrellándose en las páginas de la revista. Percibo que le mesera me mira, muy asustada. Si su jefe descubre que estoy fumando, de nada servirán mis disculpas. La puteará y, dependiendo de su reacción, hasta podría despedirla. Entonces, no me hago problemas, y no quiero que la mesera tenga problemas. Llevo el cigarro a la mitad y lo dejo caer en lo que queda de la Coca cola.
Pago la gaseosa en caja. El dueño tiene cara de pocos amigos y de ninguna mujer. Se ve que es un tipo resentido con la vida. Sobre la mesa que ocupaba, dejo una propina, que para lo que consumí, resulta generosa.

miércoles, marzo 25, 2015



martes, marzo 24, 2015

261

Llegará el día en que tendremos que cambiar a la fuerza nuestro horario laboral, al menos durante el verano. 
El calor ha estado insoportable. 
Sin duda, no hemos hecho otra cosa que malograr el clima, asesinarlo y burlarnos de él. Ahora es el clima el que nos asesina y se burla de nosotros. 
De todas las ferias de libro a las que he ido, esta ha sido la más desalmada. Ya sea por el calor, o la lluvia, como la del último sábado, casi lograron que abrace la rebeldía y mande todo a la mierda. No sé cómo terminé la instalación del stand de Selecta en la feria de La Católica. 
Pero misión cumplida a fin de cuentas. 
Me la pasé durmiendo, o tratando de dormir luego de cada duchazo, el último domingo, con la idea de empezar con todo la Feria del Libro de la PUCP. 
Empecé con todo y creo que resistí el calor. No sé cuántas botellas de agua mineral habré terminado, pero bien que las botellas de agua mineral me ayudaron a avanzar mi libro de polémicas literarias, como el hecho de terminar el cronograma de actividades que realizaré cada quince días en la librería El Virrey de Lima, en donde, según mis aspiraciones, trataré de mostrar lo mucho o poco que aprendí de las entrevistas de The Paris Review que devoré y sigo devorando. 
A eso de las seis de la tarde, dejé de hacer lo que estaba haciendo y me puse a leer el último cuento de Reinos de la chilena Romina Reyes. Esta lectura me hizo pensar, una vez más, en la posibilidad de ver más hacia el sur, ver más a sus nuevas voces para tratar de hallar el secreto que impulsa poéticas como la de esta chica.

domingo, marzo 22, 2015



sábado, marzo 21, 2015

260


A veces las explicaciones de los misterios de la vida vienen por cuenta de las personas más sencillas, aquellas que no son tomadas en cuenta por los hacedores de pensamientos, guachimanes de lo correcto, guardaespaldas de la opinión zurda con tintes de vanguardia.
En los últimos he venido escuchando hasta el hartazgo sobre la desaparición de los murales del Centro Histórico. Todos opinan, hay quienes están en contra de lo que se asume como una manifestación artística, del mismo modo tenemos a los que sí están de acuerdo con la medida municipal. En este segundo grupo hay muchísima gente de vida pragmática, harto tecnócrata, ninguneados por los dizque pensadores adelantados y superados.
A mí me gustaban muchos de los murales, decir que me gustaban todos supondría, y con razón, un gran acto de hipocresía de mi parte. Algunos me gustaban tanto que a propósito caminaba por ciertas calles, me bastaba contemplarlos, sentir pues esa sensación de que me decían mucho o poco sin necesidad de interpretar el mural.
No pensaba en la venganza política ni bien se dio esta ordenanza municipal del borrado de los murales. Pero ahora lo pienso gracias al taxista que me llevó a la librería hace algunos días. El taxista, un señor moreno de canas plomas, hizo que viera las cosas más allá de los límites del pensamiento. Me bastaba escuchar el timbre de su voz para constatar su autoridad, la veracidad con la que hablaba, de su sabiduría forjada en la mirada y el sufrimiento.
Cuando le hice el comentario de los murales, el señor me dio la razón, pero que no había que juzgar apuradamente a Castañeda, ya que no podemos esperar mucho de un profesional al que le cuesta expresar sus ideas con claridad. Para esto, el moreno me había dicho más de lo que esperaba escuchar. Redondeó su idea con la cuestión del resentimiento permanente del peruano,  peor: si a este resentimiento le sumamos la venganza, el ojo por ojo, bien podemos entender por qué el alcalde obra de la manera que obra.
A la gente, a la gran mayoría, solo a un grupo de privilegiados que saben apreciar el arte, pero en especial a la gran mayoría, el arte le interesa poco o nada. Ni les va, ni les viene. Esa gran mayoría aprueba a Castañeda, su gestión. Esa gran mayoría no se hace problemas con el borrado de murales. Más bien, a esa mayoría le parece bien que lo haga, que desaparezca todo rastro visible de la gestión de Villarán, de la misma manera que esta señora de buenas intenciones y de escasa inteligencia hizo al desaparecer los Hospitales de la Solidaridad, cambiándoles de nombre, también de color.

viernes, marzo 20, 2015



jueves, marzo 19, 2015

259

Cerré la librería y salí de las veredas de Quilca. Me esperaba una noche agitada, agitada porque quería regresar a mi casa y descansar y recuperarme del dolor en el hombro que no me permite levantar el brazo. Seguramente debido a un descuido al momento de dormir, ya que he estado durmiendo destapado y duchándome en las madrugadas ni bien sentía mi cuerpo como una melcocha. 
Debía buscar un minicajón para Valentina, la sobrina de tres años de Yesenia. En principio no sabía dónde comprar un minicajón, pero no me hice muchos problemas. Solo hizo falta respirar hondo, dejar de lado el cansancio e ir tras este instrumento musical para bebitos. Felizmente, la solución estaba a la mano, en las cuadras de La Colmena cerca a la Plaza Dos de Mayo, en donde hay varias tiendas especializadas en instrumentos musicales. 
Por un momento, pensé optar por el camino más largo, subir por Rufino Torrico, pero deseché la idea, porque Wilson era la voz. 
Y ahora que lo pienso bien, fue un error ir por Wilson. 
Lo que más me gustaba de caminar por esta cuadra de Wilson era ver los murales, en especial el de una niña negrita, quizá el mejor mural de todos los que habían en el Centro Histórico. Se trataba de un mural imponente, que desde el ángulo que lo vieras llamaba tu atención. 
Supe de ese mural por mi amiga Pamela, que me contó que su enamorado le tomó una foto con ese mural de fondo en una noche de algarabía y protesta. Esa foto fue durante mucho tiempo su imagen de perfil en Facebook y confieso que miraba regularmente esa imagen de perfil por su aura mágica que me generaba. La niña negrita no solo te miraba, sino que escrutaba tu alma. Como mural, como manifestación artística, cumplía su función si en caso tenía alguna. No me dejaba indiferente. Además, nunca he sido indiferente a lo que me remueve, por eso, cada vez que caminaba por Wilson, me quedaba mirando ese mural de la niña negrita. 
Por eso, recién, aunque algo tarde, sentí desazón porque ese mural ya no estaba. En su lugar un brochazo chusco de pintura de color anaranjado oscuro. Prendí un Pall Mall rojo, el primero en quince horas. Era el momento de la autodestrucción.


miércoles, marzo 18, 2015

258

Estos últimos días han sido los más calurosos, los más en años. Qué bestia. Por un momento barajé la idea de tirar la toalla, regresar a mi casa y no salir de la ducha hasta la noche. Llegará el día en que las horas laborables se realizarán en dos tandas, dejando un buen espacio libre para el hueveo y el ocio. 
A lo mejor, eso es lo que necesitamos, más tiempo para el hueveo y el ocio. Pero a la fuerza. 
Si en Lima, el ciudadano promedio es una bestia, impresión que tengo cada día al ver su comportamiento, desde cuando mira o cuando saluda, peor en estos meses en los que el calor eleva los ánimos, anula la inteligencia, mata la tolerancia y reprime los buenos modales. Entonces, gracias al calor uno podrá tener tiempo para sí mismo, pero en la quietud, adquiriendo una calma a la mala, viendo pasar las horas y en ese transcurso del tiempo podría llegar el milagro: el cuestionamiento de sí mismo, el lavado mental y emocional, la limpia de la suciedad ectoplasmática que nos regalan el apuro y la prisa. 
El apuro y la prisa, como también la ausencia de silencio, hacen del limeño promedio una bestia en potencia. Si a esta bestia en potencia le sumas capacidad adquisitiva, como que poco o nada se puede esperar para el futuro hombre/mujer de la ciudad. 
Si me pidieran un ejemplo de lo que estoy hablando, bien podría valerme de uno irrefutable, de un ser que bien puede reflejar al limeño del siglo XXI en todo su esplendor. Hombre de mentalidad tecnócrata, profesional con honores, carente de verbo, esclavo del inmediatismo, enemigo de las ideas, conservador ultramontano. Claro, hablo del mandamás de la ciudad, involuntario obsequio de Susana Villarán. Esa es la verdad.

lunes, marzo 16, 2015



poetas del asfalto (100)


A lo mejor más de uno se sorprenda por el contenido de la presente columna, columna dedicada, como bien saben, al comentario de libros peruanos y, cuando la situación lo permita, a otros asuntos de las idas y vueltas tan características de nuestro maravilloso circuito literario.
Si me preguntaran qué es lo más honesto que podemos encontrar en la literatura peruana hoy en día, o por aquella manifestación ajena a los intereses comerciales y académicos que ensucian las almas de muchos letraheridos, otrora escritores idealistas convertidos en mercenarios, capaces de hacer de todo con tal de poner el primer ladrillo de esa pared que jamás llegarán a terminar: la canonización. A algunos ni siquiera les interesa la canonización, solo figurar, figurar bien, sintiéndose bien servidos si salen a media página en Somos, Caretas, Cosas… Hasta aparecer en el crucigrama de un diario de medio sol es todo un logro, un acontecimiento que debe ser celebrado por la portátil del Face.
Más de uno se preguntará por qué jodo tanto con este tema. Lo peor es que seguiré jodiendo hasta encontrar al menos cinco escritores, grupos y colectivos literarios honestos en su discurso. La tarea será ardua, me resisto a creer que nuestro círculo literario merezca el fin de Sodoma y Gomorra, circuito tan proclive al figuretismo, sin ningún escritor al que podamos catalogar de admirable, con pocos editores a quienes podamos calificar de decentes (sin contar su aberrante carencia de lecturas) y con reseñistas temerosos de decir lo que piensan de los libros que les mandan a celebrar, saliéndoseles la verdad de lo que piensan ante un gerente de una cadena de librerías que les paga la cerveza, la canchita, el cau cau y la coca, o peor, en una conversa con un sabido lector que les pregunta si en verdad ese libro encierra tanta belleza, si es tan bueno como aseguraron en la reseña.
Por esta razón, y sin pasar por alto sus múltiples defectos, debemos celebrar la aparición del fanzine número 100 de Los poetas del Asfalto, los verdaderos detectives salvajes de la literatura peruana contemporánea. Aquí no vale celebrar el talento. La celebración del talento, si lo hay o no en esta agrupación, es lo de menos. Debemos celebrar la perseverancia, la coherencia entre el discurso poético y la actitud para con ese discurso, que se ha mantenido por veinte años. Ajá: veinte años. Es decir, hablamos de una postura poética, de un compromiso que honra la poesía y narrativa de los satélites de esta agrupación fundada por Ricardo Vega Jaime, o mejor conocido como “Richi Lakra”, quien, para los interesados, y lo consigno como dato anecdótico, aparece como personaje en Saber matar, saber morir, la poética y brutal novela callejera de Augusto Higa.
Basta leer los números anteriores de los fanzines para darnos cuenta de los satélites que direccionan a los Poetas del Asfalto. No serán ni los primeros ni los últimos en admirar a Bukowski, Kerouac, Burroughs y Ginsberg. Seguramente hay puntas que con mayor autoridad literaria nos pueden hablar de estos artistas que han cimentado la vocación literaria de más de uno a lo largo de décadas, pero en lo que los Poetas del Asfalto se diferencian, en lo que se despuntan y sacan ventaja de los culturosos, es precisamente en su dimensión de trabajo por querer hacer las cosas, en llevar a los hechos los postulados de sus satélites/mentores, sin depender de padrinos literarios, mucho menos haciéndole la corte a los mandamases de las ferias internacionales. Sin querer, sin esperarlo, estos poetas de las calles del Centro Histórico han conseguido lo que muchos no han podido: legitimidad.
 
 
Publicado en LPG