sábado, agosto 01, 2015

331

Se habla de la inseguridad. Uno la ve en los diarios y en los noticieros, también en los testimonios recogidos por conocidos y amigos. 
Pero otra cosa es cuando ves la inseguridad tan cerca de ti, inseguridad que a nada estuvo de convertirme en una estadística. 
Acababa de llegar a casa. Me serví la cena y café. Dispuse sobre la mesa los libros que estaba leyendo, también los que reseñaré en las próximas semanas, de paso, acomodé las notas que vengo haciendo sobre Saul Bellow, notas que me servirán para un ensayo-río que tendré que presentar en la quincena de setiembre. En esas iba y me disponía a acostarme luego seleccionar la película que vería en la mañana. 
Cerca de las once de la noche, recibo la llamada de mi hermano, que me dice que pasaría con el taxi para dejar a mi mamá. Me alegré, porque ya estaba extrañando bastante a mi mamá, así que esperaría la llegada del taxi para cargar las maletas, porque para eso me estaba llamando, para cargar las maletas. Esa era mi idea. Pero a los segundos, mi hermano vuelve a llamar. Me dice que el taxi se estacionará por el parque, no en la cuadra porque a esa hora esta se encuentra enrejada en sus dos entradas. 
Voy hacia el parque y veo la llegada del taxi. Abro la reja posterior, cosa que el taxi pueda estacionarse y me sea fácil descargar las maletas. Saludo a mi madre y a mi sobrina. Mi madre y hermano bajan del taxi. Entre mi hermano y yo descargamos las maletas de mi madre. Intercambiamos algunas palabras, palabras para el olvido. 
No me percato de la presencia de tres huevones que caminan por la vereda del frente. Mi hermano me apura y yo le digo que se calle, porque esos tres huevones vienen en diagonal hacia nosotros. Los taso al vuelo y me parecen inofensivos, a quienes puedes domesticar con algunas carajadas y lapos. Sin embargo, las cosas cambian drásticamente cuando de dos esquinas aparece una camioneta policial, que a toda velocidad se nos acerca, estacionándose al costado del taxi que trajo a mi madre. 
La balacera entre los tres huevones y los policías. 
El taxista se refugió detrás de su vehículo, mi sobrina Gianella se guareció en el asiento, mi hermano se lanzó sobre mi madre y yo, estupefacto, me quedé parado. ¿Cuántas balas? Las conté: quince. Doce por cuenta de los policías y tres de uno de los huevones. Cuando a este se le acabaron las balas, empezó a correr. Dos policías fueron tras ellos. Uno de los huevones escapó y cada policía trajo a uno cogido del cuello. El policía que conducía comenzó a grabar el arresto. Las amenazas de los huevones a los policías estaban libres de eufemismos, amenazas que eran respondidas con patadas en la espalda y codazos en la nuca mientras los esposaban. 
Terminamos por bajar las cosas. Mi hermano y mi sobrina se retiraron rápido. Mi madre me decía que no me quedara mirando. Pero no le hice caso. Quería seguir mirando. Al cabo de unos minutos crucé el parque con las cosas de mi madre y regresé al lugar de los hechos. No sé para qué, pero al cabo de media hora, luego de haber visto la balacera a menos de siete metros de distancia, tuve conciencia de mi vida, de la esencia de las cosas, de la suerte que tuvimos en medio de ese fuego cruzado, de las no pensadas oportunidades que a uno le brinda un hecho que bien pudo ser el más aciago, pero que gracias a Dios no lo fue.


viernes, julio 31, 2015

330

Llego a casa, no tan cansado como en días anteriores. Además, barajo algunas ideas que he estado pensando en los últimos meses, como el volver a la rutina de hace unos años, rutina en la que hacía todas mis cosas en casa. Quizá esta impresión se deba a que el contacto permanente con el público ha sobrepasado todo mi límite personal. Me gusta mucho la interacción, poder recomendar y discutir con los lectores sobre libros, como también de música y cine. Pero también experimentas la urgencia de querer pasar más tiempo contigo y los tuyos, específicamente con mis padres. Mi cabeza vuela cuando barajo estas cosas, y me gusta que vuele porque así me desconecto de ciertas miserias, reforzando pues lo leído, visto y escuchado en estos días que han sido de total adrenalina. 
A lo mejor es la adrenalina lo que me lleva a pensar así. La actividad permanente acicateada por los días feriales, que felizmente ya están llegando a su fin. 
En las horas en las que hay menos cantidad de personas, me pongo a deambular por los ambientes de la feria, también salgo de la misma para poder fumar mientras recorro Canevaro y así, como hoy, recordar mis años escolares, porque estudié en Lince, exactamente en un colegio ubicado en la cuadra 23 de la Av. Arequipa, que ahora es una gigantesca iglesia protestante, aunque siempre esa cuadra ha sido una iglesia protestante, pero no tan gigante como lo es ahora. La caminata de hoy, porque me he propuesto caminar una hora diaria, me llevó al parque Castilla. Veo sus cambios, que imagino que son para bien. Sin embargo, este parque ya no tiene el aura salvaje de mis años adolescentes, su aura lo ha perdido. Al llegar al parque me pregunté cuándo fue la última vez que viví su aura salvaje. Sin duda, fue después del 2000, en una noche en la que cumplía no sé cuántos años, quizá era de madrugada, pero recuerdo los detalles y lo que pasó,como la extraña lluvia que sorprendió a este escorpio, que llevaba en su mochila los libros que ese día había adquirido en Camaná y El Virrey de Lima. Esta lluvia de noviembre fue tan fuerte que ni siquiera los frondosos árboles podían contenerla. Encontré refugio bajo uno de ellos y esperé, fácil un cuarto de hora. Una vez acabada la lluvia, me puse a revisar los libros adquiridos, leyéndolos sin leerlos. No era el único a quien había sorprendido la lluvia, de a pocos empezaron a aparecer los habituales del parque y la vida volvió a la normalidad.


jueves, julio 30, 2015

"marginalia"

La poética del narrador peruano Carlos Yushimito, desde que leí su primer relato en una revista sanmarquina hace más de diez años, exige de un lector entrenado, no menos que cuajado. Eso fue lo primero que llamó mi atención de la misma: su relativa complejidad temática alimentada por la densidad y el apego por la digresión. Años después Yushimito publicó Las islas, cuentario que confirmó mis impresiones: estaba ante un (muy) buen narrador. En esas páginas fui testigo de una luz oscura y de una voz insegura, pero a veces arrebatada, que nos entregaron cuentos de la talla de “Seltz” y “La isla”, a la fecha obras maestras del cuento latinoamericano contemporáneo. De a pocos, este cuentario, al que deberíamos calificar de culto, se fue imponiendo en la comunidad letrada, generando una silenciosa legitimidad literaria que, digamos en un modo frívolo, hizo que en el 2010 Yushimito sea seleccionado por la revista Granta como uno de los mejores escritores en español. 
A partir de este acontecimiento que más de uno saludó de pie porque Yushimito alcanzó ese sitial en buena lid, empezaron los problemas. 
Me explico: Yushimito dejó de ser Yushimito y se convirtió en un “Granta Boy”. 
En lo personal, y a partir de aquí me ciño a una sana especulación, pienso que Yushimito no tuvo la calma y el tiempo necesarios para redondear otro cuentario de la talla de Las islas. A razón de la selección de Granta, hubo una expectativa tribunera que pedía ya otro libro suyo. Esa exigencia tribunera hizo que nos entregara un par de cuentarios a los que les faltaba algo, que no era más que esa luz oscura y esa voz insegura y por momentos arrebatada que sí presenciamos y celebramos en Las islas. El problema no era la escritura. Al respecto, tengamos en cuenta lo siguiente: hasta el último día de su vida, Yushimito escribirá bien, tremendamente bien, será un fino orfebre de la palabra escrita, como se viene señalando con toda razón desde hace buen tiempo. 
Ahora el autor nos entrega Marginalia (odradek, 2015), que no es un libro de ficción, sino una serie de apuntes sobre distintos tópicos, apuntes que nos presentan a un Yushimito en un estado de gracia que nos hace testigos de su gran talento. En este registro sin patria podemos ubicar a un Yushimito que se desata y si la memoria no me falla, es el primero de su generación en ingresar a un registro que debería ser más abordado, siempre y cuando se exhiba una sabiduría generosa y se goce de legitimidad literaria y que el autor interesado tenga, por lo menos, el ego dinamitado en el oficio literario. Con estas condiciones, uno puede alcanzar genuinas cimas de perdurabilidad en este registro etéreo del que Marcel Proust y, posteriormente, su discípulo Henry Miller, vaticinaron para la narrativa del Siglo XXI. 
En su aparente sencillez, encontramos el punto de quiebre que sostiene Marginalia: la escritura despreocupada que le permite al autor escribir de lo que le venga en gana. Esta actitud hace que el lector de turno sea partícipe del mundo interior del autor. O sea, Yushimito comunica, tienta y seduce al lector con su mirada y pensamiento. Sin embargo, este lazo con el lector no siempre sucede en buenos términos. Para nada. Yushimito lanza dardos y lleva a cabo ajustes de cuentas, sin importarle a quienes hieran sus críticas. Hablamos pues de literatura insertada en la tradición de los retazos. Es decir, textos escritos en paralelo al trabajo mayor, que como tales, gozan de una frescura en su proceso, que se maceran sin apuros tribuneros. La tradición de los retazos tiene grandes exponentes en la tradición literaria en español, entre nosotros podemos citar Prosas apátridas de Ribeyro. Con esto no quiero decir que Marginalia vendría a ser nuestra Prosas apátridas de este siglo. Marginalia es una publicación que debe ser saludada en este presente por todos los amantes de la lectura y espero que su resonancia se mantenga en varias generaciones. En sus líneas y en sus silencios accedemos a lo que nos debe importar. 

… 

Publicado en LPG.

miércoles, julio 29, 2015



martes, julio 28, 2015

329

Mañana miércoles me espera un día largo, seguramente pesado, para el que estoy preparando todas las armas musicales posible, puesto que abriré y cerraré mi stand en la FIL. No me quejo de estos días, más bien estoy agradecido y para que todo siga yendo bien, me seguiré sacando la mierda. 
Pienso en la música que llevaré mañana mientras converso y fumo un pucho con mi amigo Paul. Paul me acaba de entregar un poemario de un autor al que le he estado agarrando de hijo en estos últimos días. Este autor, que también es un editor cabecero, es un mal poeta, pero también sé que debo leer libros y no personas, me lo recalca más de una vez este editor psicodélico. Y le doy la razón. Hay que leer libros y no personas. Además, la literatura es como el fútbol, cada poemario es un nuevo partido, uno nuevo contra el lector prejuicioso y el tiempo. Es así como debe verse el oficio literario, como un partido, una suerte de ajuste de cuentas con uno mismo. Es allí, en esa instancia, en que puedo reconocer a un autor, si este es un escritor/poeta o un mero aspirante a creador en el uso de la palabra, llámale posero. 
Nuestra conversa se interrumpe por el paso de veinte tanques que circulan por la Salaverry. Algo pueril como la muestra de la fuerza castrense, se convierte en un efímero espectáculo que llama la atención de todos los que estamos fuera de los ambientes de la feria. Los tanques, en especial, con su paso de acero, seguramente han malogrado la pista y malograrán más la de Brasil. A muchos peruanos les gusta este tipo de manifestaciones armamentísticas, imagino que les hace sentirse poderosos, olvidando sin olvidar que nuestras fuerzas armadas han perdido todas las guerras inimaginables. 
Volvemos a lo que estábamos hablando. Lo que me gusta de Paul, y de José Miguel, que no estaba, es que editan libros para una comunidad de lectores. A eso hay que aspirar, editar libros para una comunidad de lectores y regalar esos mismos libros. Lo demás no solo es negocio, sino también pura demagogia.


no harás historia

Aunque mi silencio haya sido un tanto estratégico, no lo ha sido del todo porque al respecto no he callado. Me refiero al revuelo que causó mi artículo sobre dos antologías de narrativa peruana, texto publicado en LPG. 
No hay día en que no se me acerque gente a mi stand de la FIL a hablarme de ese texto. Claro, no se me acercan para decirme que están totalmente de acuerdo conmigo, puesto que debí expresarme de otra manera, no ser tan salvaje como suelo ser; pero dejar de ser salvaje, pienso, es renunciar ser yo mismo. Si los textos que escribo no tienen mi esencia, estos no tienen ninguna razón de ser. Bueno, esa es la manera en que asumo la escritura, así sea en posts como este. 
A lo que iba. Se me acercan a hablarme de esas dos antologías. Una de ellas acaba de ser lanzada y los nombres que manejaba en su momento (que usé para mi artículo en cuestión) son los mismos que aparecen en el libro como tal, a excepción de Dante, que no figuraba en ninguna de las listas preliminares que me pasaron. 
Pese a que sus responsables sean un par de huevones que no merecen mi respeto, hay que reconocer que su antología es mucho más fuerte que la del supuesto decente Ricardo. A uno de ellos lo puedo llamar tranquilamente cabecero y al otro un cobarde que se aprovecha de la valentía virtual del Facebook, a quien espero cruzármelo en las calles limeñas para agarrarlo a patadas y así comience a portarse como hombre, pues este chato amorfo tendrá que aprender a las malas. 
Como todavía no puedo leer la antología del cabecero y del senderista de cantina, no diré nada al respecto. Con lo que veo en la selección, puedo decir que es mil veces mejor que la de Ricardo, y espero que también funcione en lo literario. 
En mi texto de la polémica, hice hincapié en que me sorprendía que un académico al que muchos calificaban de serio se haya prestado a la jugada de su editor, pero gracias a una respuesta que brinda en una entrevista, no solo sé que se prestó a una jugada, sino que él también es un lector limitado, justificando literariamente lo injustificable, dejándose llevar por los sentimientos menores, como si una presencia externa lo hubiese guiado. Obvio, son mis especulaciones, pero sustentadas en los comentarios de no pocos lectores que, al igual que yo, han leído su antología, que despide el tufillo del negociado, con un prólogo que se dinamita solo, buscando a la fuerza razones que eviten convocar a narradores que no son de su agrado personal, sin ver su valía literaria. 
Recuerdo las palabras del ex DT crema Comizzo: “Los cagones no hacen historia”. 
Por eso, tú, Richi, no la harás.

lunes, julio 27, 2015



domingo, julio 26, 2015

328

Contra lo que puedan creen mis amigas y patas, estoy madrugando desde hace un mes. Quizá el motivo obedezca a que me es más fácil empezar a ver una película a partir de las cinco de la mañana, sabiendo que el día se me presentará complicado, y que pese a esa complicación, me doy maña para leer y escribir en las horas muertas. Sin embargo, en las horas muertas no puedes ver una película. Me resisto a ser parte de esa tendencia de los que ven películas por partes. Por eso, he elegido las mañanas para ver películas y las noches las consagro íntegramente a la lectura y el rock. 
Después de la película de la mañana, me pongo a escribir. Siento pues la mente más despejada y llena de imágenes, obviamente, bajo la influencia de las películas vistas. Estás imágenes son una presencia mucho más fuerte de lo que pudiera pensar, hasta por momentos tengo la sensación de que tras las palabras escritas en la pantalla se encuentran las escenas vistas, las mismas que mi mente deforma, jugando con las situaciones y, claro, también con los personajes. 
En estos últimos días he estado viendo policiales, por decirlo de alguna manera, porque que no he estado a la busca del género, sino que esta seguidilla de policiales viene marcada por el interés no pensado, el azar y el placer de volver a ver algunos títulos que me gustaron o llamaron mi atención en los últimos años, cosa que sí debo subrayar porque son pocas las películas que valen la pena en estos últimos años. No me refiero a clásicos, ni a películas noventeras y ochenteras, sino a las exhibidas en un arco de no más de tres lustros. 
Aunque con algunos reparos, bien podría recomendar estas dos películas del 2007, de menos a más para ordenar el asunto: Waz de Tom Shankland y Anamorph de Henry Miller. En ellas tenemos a policías quebrados, en cierta medida retorcidos por actos cometidos en el pasado y que creyeron superar. Es decir, es el enfrentamiento contra su presente que no los aprueba a menos que no salden sus deudas con lo que se hizo, habiendo estado viviendo una mentira que les explota en la cara, eso es: la mentira que les explota en la cara.


327

Hasta que por fin pude dar fe de la cerveza artesanal de la que tanto me hablan. A lo mejor, a razón de esa cerveza artesanal es que vi a mucha gente alegre y contenta que se me acercaba a conversarme de cualquier huevada, siempre con una sonrisa y un tufo alcohólico de satisfacción. Todo indica que esa cerveza artesanal es la verdadera protagonista de esta FIL. 
No sé cuánta gente hubo, pero sí la suficiente para decir que este día las cosas estuvieron tan adrenalínicas como el sábado pasado, por momentos delirante, delirio que esperaba que pase y así pedirle a “Hombre sabio”, que fue a ayudarme, a que me reemplace mientras me iba por allí a buscar a la chica del café o en todo caso para despejar mi mente con un pucho o la breve lectura de alguna publicación de corte ligero, pero sin ser banal, tal y como lo vengo haciendo con la recomendable novela Qué fue de Sophie Wilder de Christopher R. Beha. Esta novela se me presenta como idónea en estos días de inevitable movimiento. De paso, también leo poesía, pienso en la reedición de Symbol de Santiváñez, en Las islas aladas de Hernández. En realidad, cuando estoy en ferias, lo que hago es leer mucha poesía, me desconecto de la realidad, hasta tengo la impresión de estar en una película de cine mudo. 
Pero no todo es desconexión, me doy cuenta de que mi tolerancia tiene un límite. Esa falta de tolerancia se debe a que no soy un vendedor. Me gustan los libros y recomendar lecturas y hacer dinero en base a ello, pero las ferias me someten a una prueba porque no todos son como los lectores que uno espera. A veces tienes que responder lo que no te gusta, pero cuando esas respuestas conforman una seguidilla, es posible detectar una costumbre malsana que tienes que erradicar. No soy un asesino en serie, pero para evitar esa realidad, me abro y empiezo a hacer las cosas que me sacan de la situación, como el hecho de irme a caminar por los parques de Jesús María, al menos durante una hora; simplemente caminar, encontrando en el camino la señal de la maravilla verde que alguien fuma en su casa, olor que se escapa de la ventana y que me subyuga, imaginando quién o quiénes la estarían fumando, barajando la posibilidad de tocar el timbre y preguntar si puedo ser parte de esa sesión, pero hacerlo sería desentenderme de las responsabilidades inmediatas. ¿Qué haría “Hombre sabio” sin mí? Tengo que regresar, no tengo otra salida, pero antes de irme, anoto las señas de la calle y de la casa de donde proviene el aroma de la maravilla verde.

sábado, julio 25, 2015