miércoles, septiembre 02, 2015



martes, septiembre 01, 2015

349

Al mediodía fui con mi madre al cementerio Parque del Recuerdo, en Lurín, a visitar a mi abuela. Ha pasado un año sin mi abuelita y al respecto, no lo pienso mucho: doy gracias a Dios por haber permitido que una mujer como ella me haya querido tanto. Me gustó pasar este tiempo con mi madre, quien, al igual que mi abuelita, no dejaba de darme consejos mientras acomodábamos las flores que más le gustaban a mi abuelita. También me gustó que hayamos sido las únicas almas en todo ese inmenso campo verde del cementerio, viendo desde nuestra posición el mar y sintiendo, de cuando en cuando, el aroma proveniente de las olas. 
Regresamos a casa y almorzamos. 
Se supone que no iría hoy a la feria de la PUCP. En realidad, no quería ir, mi idea era quedarme todo el día con mi madre, pero debía ir porque tenía que presentar el poemario Lección de las aves de Eduardo Reyme. Para desperezarme, tomé otro duchazo y salí sin más a la feria. La presentación era a las cinco de la tarde. Tomé un taxi, pero el taxista, de pinta canchera, tomó la vía más larga. Estuve a punto de llamarle la atención, pero cuando le pregunté si se podía fumar (algo que hago siempre con los taxistas), su respuesta afirmativa hizo que dejara para después la queja sobre su pésima elección rutera. 
Llegué diez minutos tarde y llamé a Eduardo para decirle que me espere si en caso la presentación ya hubiera empezado. Me dijo que me podía esperar cinco minutos y caminé tranquilo, repasando lo que había anotado en mi libreta. Con las ideas frescas me ubiqué en el asiento que se me había asignado y dije lo tenía que decir del poemario de Eduardo. 
En líneas generales, su poemario es una confirmación de la evolución de su talento. Lección de las aves tiene lo que busco en poesía: quiebre emocional y verdad. La voz que ha encontrado Eduardo es una voz rota que refleja una sensibilidad que se nutre de la nostalgia crítica. Quizá pueda sonar exagerado, pero Eduardo es una estimulante confirmación que me permite pensar en que no todo está perdido en la poesía peruana que se viene escribiendo en estos últimos años. Esto es lo que me gusta de estas cosas: presentar poemarios genuinos en donde sí es posible encontrar una verdad. 
Tampoco puedo pasar por alto las palabras de Eduardo, quien no quiere estancarse en un género literario. Vale. Esa es la actitud.


lunes, agosto 31, 2015

348

Desde hace un tiempo me despierto ajeno a las noticias del día. Prefiero saber de estas en el curso de las horas o en todo caso en la noche. En vez de ello, sintonizo Fox Classics o escucho un cd. Hoy preferí lo segundo, puse en la lectora a The Kinks, una compilación personal de sus mejores canciones. No hay mejor manera que empezar un lunes que escuchando a The Kinks. Más de una vez lo he dicho: hay que hacerle justicia a The Kinks, sacarlo de esa parcela para caletas en la que se alaba a las bandas de culto. 
A lo mejor, la aparición de esta banda se dio en un contexto en donde se podía encontrar bandas con mayor arraigo en publicidad, más una exhibición de necesario escándalo. Tampoco digo que The Kinks haya sido una banda de zanahorias. A diferencia de las otras, esta banda hacía sus travesuras detrás de la puerta. Sé que esta impresión poco o nada ayuda en una valoración musical, pero también nos puede ayudar a comprender la situación de una banda que musicalmente sigue fresca, una banda de la que podríamos decir que respeta la pureza del rock. No hablamos de una poética musical anquilosada, ya que ha sabido abrirse a nuevas tendencias, sin abandonar la luz de sus raíces. 
Desde que escucho a The Kinks, mis lunes son mejores. Lo hago segundos después de ver la película diaria, la misma que pongo en la lectora del dvd a las 5 de la madrugada. En este sentido, y sin darme cuenta, he llegado a la conclusión de que me he convertido en un animal de costumbres, extrañando las épocas en las que hacía mis cosas a mi regalada gana. Pero en estas nuevas costumbres, me siento, no lo niego, más productivo. A saber, la lucha contra la depresión se me hace mucho más fácil, ya no me es tan jodida como sí lo era antes. En eso reconozco su valía. Sé también que esta impresión es temporal, lo sé por experiencia, mis estados de ánimo suelen cambiar muy rápido, soy como un río que en una hora puede experimentar cuatro cambios de corriente, es decir, nada más alejado de uno que el odio o la alegría sostenidos. 
Hablando de odios y alegrías. Ni bien llego a la feria de PUCP, me conecto a Internet para revisar mis correos y mi cuenta de Face. Encuentro en ellos alegría y resentimiento a causa del texto de Ampuero sobre narrativa peruana última, publicado ayer en El Dominical. Iba a responderle al más iracundo de todos, pero a los segundos pensé para qué, hice lo mismo con los más felices que se sienten canonizados. Más bien, lo que sí haré será comentar el texto de Ampuero, porque si algo tengo que decir, prefiero dejarlo por escrito y de esta manera me evito tener que responder esta avalancha de mensajes virtuales de los felices y resentidos.

domingo, agosto 30, 2015



sábado, agosto 29, 2015

347

Mañana de relativo sol, el pasto me obsequia un aroma a tierra húmeda, tierra blanda, como si toda la noche hubiese habido ballet sobre él. Me gusta el olor de la tierra y pasto húmedos. Por un momento barajo la idea de no abrir el stand de Selecta y sentarme como un Buda para ponerme a leer. Anoche, mientras regresaba a casa, se me dio por releer Los caminos a Roma de Fernando Vallejo. No sé cómo llegó ese libro a mi mochila, no recordaba haberlo puesto cuando salí de casa en la mañana, lo más probable es que lo haya confundido, porque salí tarde, con mucho apuro. 
Después de tiempo que no volvía a la narrativa del colombiano. Una narrativa que pone contra la pared a toda esa prosa funcional que ya ha conquistado a muchos lectores en Hispanoamérica. La funcionalidad de la prosa es la norma, ya no es la protagonista. En los tiempos que corren resulta difícil encontrar una prosa tan sinuosa y afilada como la de Vallejo. En este sentido, no deja de fastidiarme cuando se habla más de lo que dice que de aquello que sustenta lo que dice, y contra lo que muchos puedan pensar, tengo una adicción por la prosa de este escritor, no tanto por lo que dice, que más bien me parece conservador y digno de un efectismo superfluo, aunque claro, en lo que dice habría que subrayar la rabia, el resentimiento. 
Bajé en la comisaría de Apolo y me puse a caminar por el barrio. Las pocas páginas releídas de Vallejo me dejaron pensando, con inquietudes que pensaba saldar en la breve caminata que daría antes de llegar a casa y ponerme a ver las dos películas que me estaban esperando. De lo que me preguntaba, una pregunta quedó más tiempo en mi cabeza: ¿Qué pensarán los babosos que llaman resentidos, rabiosos y frustrados a aquellos escritores en los que es posible detectar una indignación que alimenta y personaliza su prosa? Cada vez que escucho/leo esos descalificativos, no puedo dejar de sentir una enorme lástima por ellos, la mayoría en ascendente reconocimiento, preocupados por la aceptación incluso de quienes desprecian. Descalificar a un escritor a cuenta de una prosa que canaliza una denuncia, prosa nutrida por el odio, es no más que un síntoma de aberrante ignorancia que me presenta una realidad: lo poco que han leído. O sea, estos sonajeros no tienen idea de qué va La guerra y la paz, La cartuja de Parma, Meridiano de sangre, El lobo estepario, La montaña mágica, La broma infinita… 
Sin duda, estas características han sido llevadas a la cima por Vallejo, en cuya obra no hay lugar para la sugerencia ni la alegoría, claro, si es que hablamos de resentidos que escriben en español; podría buscarle un hermano literario en inglés, pienso en James Ellroy, en quién más. 
Termino mi caminata, lenta y tranquila, encontrando la plenitud en lo que otros descalifican: el placer de huevear.


viernes, agosto 28, 2015

Verónika

Sé que a muchos lectores del blog no les gusta que escriba de política. Más de uno, y a lo mejor con justa razón, deja de leer el post sobre política porque en este, la mayoría de las veces, señalo las incongruencias de nuestros maravillosos intelectuales/artistas de izquierda peruanos. No es para menos, uno no quiere subrayar sus burradas, pero llegamos a un punto en que callar es complicidad. Debemos estar mucho más atentos y de esta manera erradicar el silencio cómplice para no repetir los horrores que se cometieron en la campaña presidencial anterior, que dejó en Palacio a Ollanta Humala. 
Verónika Mendoza me cae muy bien. También pienso que es muy joven para hacerse cargo de los destinos de un país tan complicado como Perú. Sin embargo, la juventud no debe ser vista como un obstáculo, algo en mí, el lado ingenuo, me dice que hemos aprendido a detectar la mentira, a descubrir la criollada en los discursos pintados de buenas intenciones. Hemos aprendido, al menos sí lo puedo decir en relación a la nueva generación de peruanos, esa generación de espíritu crítico y loable actitud salvaje que no se deja mangonear por cuanto decreto legislativo consideren injusto. 
Felizmente, Mendoza no pertenece a esos grupos de izquierda en los que impera la viveza, la mentira y la criollada. La he estudiado como he tenido que estudiarla y pese a algunos pecados de incoherencia (ejemplo: haber llegado al congreso sin decir nada sobre las sospechas razonables de violación de derechos humanos por parte de Humala), pecados de incoherencia, flagrantes, que espero algún día los artistas/intelectuales de izquierda, los decentes que hay, sin duda, sepan reconocer y no ampararse en el olvido presupuestado. Puedo reconocer transparentes intenciones en Mendoza, es decir, en luchar por una sociedad más justa, en donde la riqueza se reparta y llegue primero a los que menos tienen, etc. Aunque se debe señalar que estos fines los puede tener cualquier persona sensible y con algo de criterio, sin necesidad que seas de izquierda o derecha, pero en Mendoza adquiere una relevancia puesto que estamos ante una política en actividad y políticos en actividad con buenas intenciones e ideas claras es lo que menos tenemos. 
Lo que sí me fastidia de Mendoza es su falta de carácter. Para unas cosas se puede ser leona, pero si exhibe un discurso como el que ella exhibe, no se puede ser una leona para lo que le conviene, se tiene que ser leona en todo. Eso es lo que ocurre con esta potencial candidata presidencial por parte de la izquierda peruana. Mendoza no tiene carácter y lamento que no tenga carácter contra lo que es obvio y, si nos préstamos a cálculos políticos y practicamos un poco de cinismo, la poca lectura política del asunto que bien le podría deparar una postura firme, la que generaría una aceptación a su figura en vistas a una campaña que se anuncia como una carnicería. 
Mendoza no tiene carácter, además es torpe políticamente. Sin embargo, prefiero creer en su falta de carácter y torpeza en vez de pensar en anticuchos políticos y económicos que la obliguen a callar para con la dictadura de Maduro en Venezuela, que como sabemos, está demás detallar, a menos que haya por allí algún subnormal que piense que en Venezuela no se atenta contra la democracia y se viole, a cada manifestación disidente, los derechos humanos. A este punto de ingenuidad estoy llegando por una representante de la izquierda peruana (esto es histórico para los seguidores del blog). 
Por eso, querida Verónika. Me pareces decente. Pero déjate de cojudeces.  
Está en ti hacer la diferencia, pero si tus balas van con teleobjetivo tarde a temprano tus buenas intenciones van a desaparecer. Haz pues la diferencia, no seas igual a los Humala, a la racista Villarán y a todos esos babosos de izquierda que nos quieren dar clases de moralidad cuando ellos son los primeros inmorales. Estás a tiempo, Verónica, deslinda con Venezuela (incluye a Cuba en el pack) y aléjate en una de todo aquello que atente el libre curso de la democracia. Si lo haces, pues con convicción. Si lo haces bajo cálculo político, tarde o temprano ese cálculo reventará en tu rostro.


jueves, agosto 27, 2015

"los vivos y los muertos"

Desde hace un tiempo le vengo prestando atención a los libros de la editorial española Alpha Decay. Como quien pierde el tiempo, pienso en cómo serían sus responsables, en lo que han tenido que leer para definir el perfil que no solo buscan en su editorial, sino también el de sus lectores. En el catálogo de una editorial, al menos en teoría, puedes darte cuenta de aquellos que sustentan su proyecto. 
Hace no más de un mes me encontraba en la librería El Virrey de Lima y me puse a revisar las novedades. Entre los títulos del sello uno llamó mi atención, no sé si por el título o el sonido que me despertaba el nombre de su autora. Lo importante es que me llevé el libro, haría con él lo que hago con todo libro que no ubico del todo: ofrecerle ciento cincuenta páginas de tolerancia. Si es que hablamos de novelas de largo aliento. 
No pasó mucho para que esa tolerancia se vaya, felizmente, a la mierda. 
Apúntalo en donde sea y no demores mucho en leerla. Estamos pues ante una novela que nos revela a una autora que nos deja con más preguntas que certezas. Será nueva entre nosotros, pero con una presencia más que importante en la narrativa norteamericana contemporánea. A eso se debían las ideas iniciales sobre los editores de esta editorial, porque hay que ser lectores que editan para haber apostado por una autora que muy poca gente en hispanoamericana ubicaba en la cartografía de la narrativa contemporánea. Estos lectores que editan se anotan un gol desde el mediocampo con esta novela de Williams. Hay que ser lector y tener la sensibilidad desarrollada para publicar una novela que debimos conocer hace ya muchos años, pero no es el momento para lamentarnos, sino es el momento de la celebración; porque esta novela es más que una gran novela, es también una cátedra abierta de la riqueza de la novela como género literario. 
Lo que nos enseña Williams es algo tan simple y tan de genuino de los grandes, como lo es narrar. Con esto no hablamos de una novela que sea fácil de leer, en absoluto. Los vivos y los muertos se nutre de la agilidad y densidad narrativas de la tradición norteamericana (pensemos en Faulkner, Steinbeck y McCarthy como faros para Williams) y de lo mejor de la escuela rusa decimonónica sobre la configuración de los personajes (Tolstoi y Pushkin). Así de salvaje es Williams, cuyas sombras de influencia son tan patentes, pero que a la vez ha sabido asimilar, rehuyendo de la mera imitación, construyendo así una poética propia que ha enriquecido con el aliento de la locura desértica/lisérgica del cine de David Lynch. Williams se impone como una eximia hacedora de personajes, prueba de ello lo vemos en las protagonistas de su novela, las tres adolescentes huérfanas: Alice, Annabel y Corvus, quienes en su árido pueblito de Arizona ven pasar los días y en esa actitud intentan conocerse a sí mismas, como también a las personas que las rodean. 
Somos testigos, en primer lugar, de un asombro por partida triple y mediante el asombro asistimos donde el talento de Williams, que no es otro que el saber mirar y escuchar. Estas tres adolescentes pueden tener intereses comunes propios de la edad, pero son tan diferentes entre sí, hasta en el modo de emplear sus registros verbales accedemos a un monumental trabajo de albañilería verbal. Es precisamente en este trabajo de albañilería en el que descansa el prestigio de Williams (se la conoce como una “fábrica de sensibilidades”), y este prestigio narrativo lo vemos en una paulatina secuencia de configuración de sus personajes, ya sea en los principales y en los que vienen después. En el caso de las huérfanas, nos encontramos ante mujeres quebradas, pero cada quien a su modo, se las arregla para no ser absorbidas por una realidad que, aparte de llenarles de tierra, no les brinda la más mínima oportunidad de salir adelante. Por esta razón, a manera de resistencia, las tres hacen lo que les viene en gana con las personas que las conocen. Esta interacción se refuerza con la estrategia de Williams de desordenar la estructura de la narración, lo que confiere de verosimilitud a la galería de personajes que desfilan sin cesar en estas páginas. Por momentos, podemos tener la idea de estar ante un mosaico de gente desadaptada, pero no, no hablamos de una locura premeditada, sino de una locura que se asume sin pensar, como una forma de sobrevivir en este lugar árido y caluroso que es toda una invitación a la muerte en vida. 
Los vivos y los muertos bien puede ser calificada de obra maestra, una novela no de trama, ni de estructura, sino de personajes. Sin embargo, así el lector de turno sea muy cuajado, debemos advertirle que tiene que poner a prueba su paciencia, aunque sea en las cien primeras páginas. Como señalé líneas atrás, nos enfrentamos a un trabajo de albañilería de Williams para con sus personajes, que puede llegar a ser lento y pesado. La paciencia es pues un requisito, y pasado este óbice, uno ya está en la novela, con la firme intención de no querer abandonarla jamás. 

… 

Publicado en Revista Lecturas


miércoles, agosto 26, 2015

346

En la mañana tuve que hacer algunas gestiones fugaces, ir desde Lince a San Isidro y desde allí a la PUCP. Lo hice, felizmente, en tiempo record, con la ayuda de taxis, porque el tráfico se ha vuelto, aparte de infernal, en una generadora de pérdida de tiempo. Ni siquiera se puede leer bien en el transporte público, peor cuando tienes que hacer una distancia más o menos larga. Mientras leía lo que parece ser un buen cuentario de una narradora colombiana, pensaba en el libro de cuentos de otra colombiana, un libro que presenté en una anterior edición de la FIL y del que puedo decir que me gustó, pero que a la vez me apena no saber nada en lo literario de esta autora ya que se dedicó a los menesteres de la política en su país, siendo a la fecha una figura incómoda de la política colombiana. Eso es lo que me gusta: que los intelectuales y artistas sean participantes incómodos cuando ejercen una función política y no meros papagayos que repiten lo que la billetera les manda y que cuidan sus palabras debido a algún anticucho discursivo que tengan por allí. 
Sigo leyendo a la colombiana. Ahora el taxi atraviesa la Residencial San Felipe. El viaje está resultando más rápido de lo que podía pensar y por un momento me siento tentado en pedirle al taxista que aminore la velocidad, al menos quiero terminar de leer el tercer relato de la publicación, que ahora sí califico de muy buena, aunque dentro de mí haya una suerte de diablo rojo que me dice que mejor no vaya a la feria, que regrese a casa y haga las cosas que debo terminar en las próximas horas. 
Prendo un cigarro y me pongo a analizar la propuesta del diablo rojo. Los placeres intelectuales y carnales se imponen ante los deberes laborales, pero la decisión final se ve aplastada ante la inminente llegada del taxi a la universidad. Ya estoy a sus puertas y poco o nada puedo hacer, respiro hondo y vuelvo a prender otro cigarro. Eso era lo que me faltaba, respirar hondo y fumar otro pucho y así tener una mejor perspectiva de las cosas. De mi billetera extraigo mi carné y escucho una voz de mujer que me llama. Volteo y la miro. La reconozco aunque confieso que me he olvidado su nombre, últimamente me olvido de los nombres de los lectores y las lectoras de la librería, y eso que con todos ellos converso demasiado, siempre de libros, y no necesariamente porque estemos hablando de precios o negocios, simplemente conversando y dejando que el tiempo se vaya en el intercambio de impresiones, ya sea de una película, libro o de algún partido de fútbol. La mujer, de no más de veinticinco años, se me acerca y la saludo. Intercambiamos algunas palabras al vuelo y le digo que estoy con Selecta en la feria de la universidad. Antes de despedirnos, me dice que disfrutó mucho de la recomendación que le hice, y no fue necesario pensar en qué título le recomendé y me adelanto a lo que dirá, cosa que así no me siento tan mal por haberme olvidado su nombre: Qué fue de Sophie Wilder de Christopher R. Beha.

lunes, agosto 24, 2015