domingo, febrero 01, 2015



235

Mientras instalamos el nuevo local de Selecta en Quilca, un local que tiene una ubicación estratégica frente a la mesa de partes de la literatura peruana contemporánea, es decir, el bar Don Lucho, hago un alto y pienso en su ubicación, puesto que más cerca de la tradición, no podía estar. 
Luego de algunas horas de estar acomodando algunos libros, decido pues salir a fumar y contemplar la calle, pero contemplarla bajo esa extraña lluvia de verano y ver que sus habituales se resisten a abandonarla. A pesar de que cada día hay poco espacio para la reunión, los nuevos habituales se las ingenian e invaden el espacio que siempre estará allí: la vereda. 
Qué bestia. Cerca de medio centenar de puntas, dispuestas en islotes a lo largo de toda la calle. 
Uno que siempre recorre este lugar, pero que debido al apuro diario no se da cuenta de lo que acaece en él todas las noches. Al menos uno tiene una idea al respecto. En algún momento se ha sido más joven y más idealista y se tiene la imagen de lo que se vivió, pero esa imagen se ve alterada gracias a una mirada calmada e involuntariamente actual, que nota esa rebeldía y ganas de tragarse el mundo sin pensarlo, en exprimir la noche y entregarse a ella en búsqueda de una especie de justificación ante la vida. Porque eso es lo que percibí hace algunas horas: una rebeldía festiva, de la que me animé a ser parte ni bien percibí el aroma de la maravilla verde.

viernes, enero 30, 2015



jueves, enero 29, 2015

234


Me aíslo, al menos durante tres cuartos de hora, para tomar las notas y escarbar en mi memoria inmediata, porque solo de esta manera podré armar la reseña de la que quizá haya sido la mejor novela publicada el año pasado.
En lugar de irme al Don Lucho o el Queirolo, opto por guarecerme en el Don Juan, quizá mi restaurante favorito del Centro Histórico. Camino despreocupado, despejando mi mente y poder hacer en media hora lo que pienso hacer. El Don Juan queda a media cuadra de la Plaza Mayor. Me dirijo por la sombra, como todo hombre pensante. Por un momento me dejo invadir por la envidia hacia los hombres y mujeres que no tienen problemas con el sol. Mi llegada al restaurante se hace larga, de la nada, los policías cercan algunas calles. Los policías hablan y a algunos les escucho decir que han recibido una alerta de una manifestación sorpresa y que tienen órdenes de arriba de no permitir ningún tipo de manifestación a metros del Palacio de Gobierno.
En el restaurante tengo una mesa favorita, en donde suelo consumir mi café y Cheesecake de fresa. Me alucino sentado, esperando la llegada de mi pedido de siempre. Pero ni bien entro al local, me topo con una imagen que me descuadra, que hace que me olvide de la reseña de la que quizá sea la mejor novela publicada el año pasado, como también del café y el Cheesecake de fresa.
Tengo una debilidad por los platos marinos. Intento controlar esa debilidad que me ha llevado a la realidad de tener un inusitado sobrepeso. Al menos para mí, el sobrepeso me significa una maldición, con mayor razón en verano. La culpa es mía, mi apego a las comidas marinas es más fuerte que mi voluntad.
Lo primero que veo al entrar al Don Juan es a un adiposo señor, a quien le están sirviendo un espectacular chupe de camarones. Miro el plato y me cuesta detectar aquello que se mueve en el plato, el vapor bañando los mofletes del individuo que con justa razón se siente la persona más privilegiada de la tierra.
Ocupo mi mesa. A la mierda todo. Le pido a la mesera lo mismo que devora el adiposo señor. No hay mucho que pensar: uno también tiene derecho a sentirse el hombre más privilegiado de la tierra.

miércoles, enero 28, 2015



233


El sol me obliga a tener que buscar una chela. Llamo al señor Quiñones, “Hombre sabio”, para que se haga cargo de la librería en mi ausencia. Mientras lo espero, me pongo a releer algunas páginas de Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone de Jonathan Colt.
Una vez ubicado en el Salón Hora Zero en el Queirolo, pido una Cusqueña y una butifarra. A mi lado, mi cuaderno loro de apuntes. Me gusta este salón, porque a las once de la mañana no hay mucha gente. No hay nada peor para el disfrute de una chela que el ruido de la conversa alegre de los demás. Hago algunos apuntes, refresco mi memoria, de lo que más tengo presente de Susan Sontag. Como se puede deducir, haré una reseña de este libro y me es imposible no consignar en mi cuaderno Loro el hecho de que Sontag fue quizá mi primer gran amor platónico intelectual. Y pienso en si sería válido poner este dato en el archivo de la reseña, dato que considero esencial, aunque para algunos puristas y celadores de las buenas costumbres sea toda una provocación. 
Supe de Sontag en San Marcos, mucho antes de que las canas en la barba delataran mi verdadera edad. Veía a patas y flacas con su fotocopia de  Contra la interpretación, que cuidaban como si fuera un texto que solo podía ser por leído por los elegidos del pensamiento académico. Me fastidiaba esa actitud y me vengaba de ellos vacilándolos por su desconocimiento que tenían de los clásicos. Se me salía pues el Harold Bloom que habita en mí hasta el día de hoy.
Gracias a mi amiga Verónica pude leer a Sontag. Me convenció de hacerlo luego de que me hablara de su ensayo sobre la fotografía, debido a que ella durante esos meses tenía un interés por la fotografía, o llámale foto documental.
En esos años nos encontrábamos en la protohistoria de Internet. Así que me aboqué a la búsqueda de todos sus libros y de sus datos biográficos que pudiera conseguir. Creí que la tarea sería fácil, pero no, no fue nada fácil. No encontraba ni sus libros ni datos biográficos. Ni siquiera sabía cómo era físicamente.
Cuando vi su foto en una revista mexicana, fue un amor a primera vista.
Sontag era una mujer bella, pero su belleza era extraña, esa extrañeza que irradiaba fue lo que más me gustó. A pesar de no haber leído ni una sola línea de ella, tuve más ganas de leerla, había quedado prendido de su aura. Ocurre que siempre he tenido debilidad por las mujeres de carácter. Confío en ellas.
No por nada una inigualable bella mujer de carácter es la que ha puesto en orden mi vida.
Hice de todo, cumplí al pie de la letra todos los favores en pos de sus libros. Su ficción fue lo primero que llegó a mis manos, luego su ensayística. Había más de un punto en su faceta de pensadora que me impedía estar de acuerdo con ella y ese desacuerdo se mantuvo por mucho tiempo, hasta que leí sus diarios, el primer tomo de título Renacida, en donde entendí la génesis y pulsión que encendían su pensamiento, como también su compromiso y coherencia.


martes, enero 27, 2015

232

Ayer me dediqué a mirar la celebración de los jóvenes en la Plaza San Martín. 
Horas antes, muchos de ellos se organizaban para marchar hacia el Congreso, en donde se debatiría la derogatoria de la Ley Laboral Juvenil, o Ley Pulpín, como se la ha estado llamando. 
Me acomodé en mi mesa de siempre, o casi siempre, del Domino´s. Pedí un jugo de granadilla y una hamburguesa clásica. Sobre la mesa, el ejemplar de Juntos y solos, la antología de relatos de Alberto Fuguet. 
Iba por el cuento “Prueba de aptitud” y fácil terminaría el relato en los minutos que demorara llegar mi pedido. 
De cuando en cuando, levantaba la cabeza y miraba la manera en que los jóvenes se organizaban para marchar. Había pues expectativa, entre violenta y festiva. A pesar de que los jóvenes no conformaban el número de las otras marchas, marcha que metía miedo a los cientos de efectivos policiales que como pocas veces se reunía, con la actitud de estar resguardando una ciudad en vistas de una invasión, cada joven expresaba la furia y esperanza de cuatro ausentes. 
Tomé un sorbo de mi jugo de granadilla. Paulatinamente, la organización tornaba en una desorganización, pero festiva, en una especie de Woodstock limeño del nuevo siglo. El aroma a maravilla verde adquiría una mágica complicidad con la tibieza que deparaba la generosidad del sol. Los patas y las flacas bailando, cantando, calentándose para la eclosión: la Ley Pulpín no iba y eso justificaba todos los excesos. 
Pedí otro jugo, pero uno más terrenal, de piña. Y seguí leyendo la antología de relatos de Fuguet. Los patas y las flacas seguían festejando, pero el sol hacía sentir su presencia, con mayor razón porque se trataba de la hora del almuerzo. 
Me gusta que esta juventud no se dejé meter el dedo. 
Y en lo personal, poco o nada sabía de la Ley Pulpín. No sé si era correcta. No opiné de la causa, sino que saludé su efecto, ese efecto que me extrañaba no ver en la juventud de hoy. 
Entonces, llamo a mi amigo Richard, ex arquero de las juveniles celestes, que se desempeña como periodista económico. Mi pregunta era clara: ¿era o era dable esa ley? Me dijo lo que pensaba. También llamé a una amiga, Martha, una economista de carrera, a quien le hice la misma pregunta que a Richard. Me dijo casi lo mismo. 
Por un momento, me aterré ante la posibilidad de estar viviendo una mentira. 
Antes, en otra situación, me hubiese puesto a discutir, a ser el contreras del grupo. Hoy por hoy solo me limito a ser un testigo, un mero observador de la realidad.


lunes, enero 26, 2015

"un golpe de dados"

No tenemos muchos poetas, de los buenos y referentes, que demuestren consistencia y alcance cada vez que hacen su ingreso en los terrenos de la narrativa. En lo personal, estas incursiones siempre llamarán mi atención. Si algo distinto, original, espero de la narrativa, en especial de la narrativa peruana, lo espero de sus poetas, pero de sus verdaderos poetas, que me brindan la seguridad, esa garantía, de que algo se hará con el lenguaje, que no solo será coraza, disfraz para los que no tienen nada que decir. 
Ahora, subrayemos un detalle: el discurso narrativo es un imán. Basta leer los poemarios, no solo de los nuevos poetas peruanos, sino también de los más trajinados, para darnos cuenta de que es una presencia que tienta y seduce a más de uno. Al respecto, cada poeta tiene el derecho de escribir en el registro que bien le venga en gana, no importa si esa tentación obedezca a una apuesta artística, genuina, o al facilismo más ramplón. Si vemos con objetividad esos poemarios invadidos por un subterráneo registro narrativo, entenderemos, en algo, el por qué estamos como estamos. 
En los últimos años hemos tenido poetas que se han desempeñado por igual tanto en poesía y narrativa. Sin embargo, los resultados no siempre han sido de los más auspiciosos e imagino que ello se debe a una alarmante carencia de lecturas previas, a un desconocimiento de los registros poéticos y narrativos, que les impide cuajar una propuesta, apelando a justificaciones jaladas de los cabellos, vendiendo el producto como “Artefacto”, “Escritura de vanguardia”, “Narrativa Siglo XXI”, o lo que es inadmisible: como algo novedoso, cuando lo cierto es que no hay nada novedoso al respecto. Hacemos mal, muy mal, cuando hablamos de “Novela de poeta”, “Novela de lenguaje”, definiciones poseras que nos distraen de la verdadera discusión, del punto que no deberíamos desaprovechar: de las grandes ventajas para fundir registros que nos ofrece la novela como género. 
A la fecha, bien podemos asegurar que Victoria Guerrero es una de las voces poéticas más sólidas del actual panorama literario peruano. Hablamos de una poeta dueña de una propuesta literaria coherente, que ahora nos entrega su primera incursión en las parcelas narrativas: la novelita Un golpe de dados (Kodama Cartonera, 2014). 
Seguramente, más de un purista de las buenas costumbres literarias se escandalice por el descuido estructural que vemos en estas páginas, y, sin duda, harán más de un mohín al percatarse de la presencia de varios personajes que prometen un mayor desarrollo pero que no pasan del enunciado. Lo que parece un defecto, yo lo veo como una alternativa, un camino hecho adrede que privilegia el fuego que hay en estas páginas, esa luz que acompaña a la narradora protagonista Nadja. O sea, se sacrifica la estructura y se privilegia la voz del personaje, a lo mejor uno de los más desgarradores que haya podido leer en la narrativa peruana en los últimos veinte años. Nadja puede ser tierna y salvaje, amar y odiar, como también indignarse. Hablamos de un personaje que no encuentra su lugar en el mundo y para superar/reprimir ese no-encuentro hace uso de sus recuerdos y de sus sensaciones inmediatas de contexto para poder explicarse y justificarse ante la vida. Este recorrido nos permite acceder a dos tipos de dolores en Nadja: el individual y el colectivo. Pues bien, ese estado de ánimo se corresponde con el estilo que emplea la autora, un estilo seco y que corta a manera de estilete, incomodando, tal y como lo hemos visto en sus poemarios El mar, ese oscuro porvenir y Berlín
No me hago problemas: prefiero una novela imperfecta en lo estructural, pero redonda en cuanto a nervio narrativo que transmita. Lo diré una y otra vez, así se moleste más de un fan del extrañamiento y seguidor de las acrobacias formales: la literatura tiene que transmitir. Guerrero ha sabido configurar un personaje real, un personaje que deja la piel en lo que nos cuenta. 

… 

Publicado en LPG.


231

Aunque lo he vivido contadas veces, la semana pasada lo volví a vivir. Perdí la total noción del tiempo durante dos días. Me di cuenta de ello el sábado, creyendo que era jueves, cuando le pregunté a mi madre, supuestamente con anticipación, a qué lugar quería ir a comer el domingo. Cuando ella me dijo que ya había hecho planes con su prima, fue que supe que no estaba en un soleado jueves, sino en un caluroso sábado. 
He estado pues muy desconcentrado del quehacer exterior. Esto no quiere decir que no haya hecho vida social, porque el trabajo me obliga a hacerlo. Ocurre que hemos estado en días de cambios. Por un lado, enfrentar los problemas que hay en Quilca, como también ver la remodelación del nuevo local de la librería, que seguirá en la misma recta del jirón, para mi buena suerte frente al bar Don Lucho. 
Me pongo a pensar, trato de recordar qué fue lo que hizo que perdiera la noción de dos días. A lo mejor fueron las reuniones que teníamos en las noches, siendo testigo del realismo trágico de los que no hacen nada por defenderse. Siempre he sido de la idea de que si voy a perder, dejo la piel, lo entrego todo. Me resulta nociva la derrota cuando esta viene por cuenta de la mediocridad y la dejadez. Hay que lucharla, hasta el final, sobrevivir pues con dignidad. 
No tenía tiempo que perder. Me había atrasado en varios textos y me puse manos a la obra. Mientras tecleaba, y por una especie de impulso, escribo la palabra “golpe”. No recordaba haber recibido un golpe en la cabeza, pero como soy muy paranoico, aún más que un amigo narrador que en estos días estampará su firma con un sello editorial grande, empecé a barajar en las posibles secuelas de la herida que tuve hace unos días al lado del ojo izquierdo, en lo que me pudo dejar el efecto del gas lacrimógeno durante la última marcha contra la Ley Pulpín. 
Obvio, no se trató de un golpe, pero me ha dejado muy ahuevado lo de la pérdida de la noción del tiempo, uno podría entender que no te percates de un día, pero con dos es una señal de que hay que dejarse de huevadas.

viernes, enero 23, 2015