jueves, abril 17, 2014



miércoles, abril 16, 2014

40

Quedarse callado para no parecer el primo malcriado del almuerzo familiar se ha vuelto una norma. Felizmente, no suelo quedarme callado. Pero no quedarse callado también trae sus consecuencias, se puede ser víctima del apuro y por ello protagonizar verdaderos papelones. Varias veces se me ha ido la mano cuando he abordado ciertos temas y como si las huevas he afrontado algún (posible) error, no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano, tengo suficiente autoestima como caer en esas payasadas. 
En esta mañana de miércoles, me debato entre dos acciones a tomar, o bien empiezo un texto sobre nueva poesía peruana que me han pedido para una revista o comento en un solo post el artículo de Ignacio Echevarría sobre la I Bienal Vargas Llosa y de paso el zafarrancho en que se ha convertido la delegación peruana que participará en la FILBO. Mirando bien los nombre que integran la delegación, más parece una de promotores turísticos que una literaria, y viendo algunos de sus nombres me causa vergüenza ajena que más de un pistolero contra la Marca Perú aparezca como si nada, en clara muestra de su incoherencia ética y discursiva. 
Mientras decido, y aprovechando que hoy entraré tarde a la librería, me pondré a leer Proyecto de obras completas (Ediciones UDP, 2013) de Rodrigo Lira. De este poeta chileno he escuchado y leído mucho en Internet. De alguna manera se trata de uno que ejerce un magisterio silente entre los vates latinoamericanos últimos. Magisterio silente porque es de aquellos a quien lees sin leerlo, lo lees por intermedio de otra voz, de otra poética obnubilada con este sureño que se suicidó a los 32 años. Pues bien, me esperan horas de lectura, no de leyendas.


martes, abril 15, 2014

39


Imagino que algún día deberá escribirse un libro sobre los grandes grupos y cantantes menores de la historia del rock. Por lo general estos grupos y cantantes son dueños de contados éxitos, tan contados que podría darse por bien servidos si logran un par. Los escuchamos siempre involuntariamente en los taxis, en las custers o en el café de ocasión, con mucha suerte en la rockola del bar.
Cada quien tiene sus preferidos. La mayoría de mis patas y amigas prefieren esa cantera de éxitos solitarios y fugaces de los ochenta, que vuelven con fuerza en la memoria emocional y sentimental durante los fines de semanas. Una amiga, por ejemplo, sale exclusivamente los sábados para encontrarse con los temas con los que se enamoró y vaciló en los ochenta. Esta amiga, obviamente, es mayor que yo y cada vez que me encuentro con ella no deja de decirme que mi generación no supo lo que es vacilarse con esos temas fugaces, olvidables, que no resisten el más flojo filtro musical pero que ostentan el poder de instalarse en la “galaxia sensorial del goce”. Su lema, con el que piensa que me fastidia, es la frase de Mickey Rourke (¿o Marisa Tomei?) en El luchador: “En los ochenta disfrutamos con la música, hasta que vino Kurt Cobain en los noventa y lo arruinó todo”.
En lo personal no me hago problemas. Gocé lo que tuve que vivir, pero mis preferencias musicales van un poco más atrás, hacia los setenta, década generosa en bandas. Algunas de ellas se resistieron a desaparecer y pese a que hoy en día gozan de inminente reconocimiento, no figuran como piedras angulares de la tradición rockera. No se las escucha como se supondría. Pienso en The Kinks, pero muy en especial en la canadiense The Guess Who, cuyos integrantes alguna vez fueron catalogados de geniales borrachos que hacían muy buen rock. The Guess Who es una de mis bandas favoritas, pero tampoco es mi droga recurrente, pero cuando regresan sin pensarla, lo hacen de forma brutal, como hoy en la mañana, y en seguidilla de cinco temas, mientras leía la novela inédita de un pata en el taxi.

lunes, abril 14, 2014



domingo, abril 13, 2014

38


Quizá sea Cabrera Infante el narrador que he leído con no mucho compromiso. Y ahora que lo pienso bien, no sé qué tuvo que ocurrirme para tomar semejante determinación con este cubano que fácil podría pasar como uno de los más grandes estilistas de la narrativa en castellano del Siglo XX.
A lo mejor este post obedezca a la relectura de Puro Humo, relectura que ha marcado mis recientes madrugadas entre los descansos de mi maratón de todas las temporadas de Los Soprano.  Hay que regresar/frecuentar a este escritor y así estar atentos contra las mentiras de los estilistas que se hacen pasar como descubridores de la pólvora. Me sorprende que más de un narrador latinoamericano, en especial aquellos preocupados en la forma y el tan manoseado concepto del trabajo con el lenguaje, no haga la más mínima referencia de su legado. Mezquindad, suprema ignorancia, llámalo como gustes. En esa no referencia podría intuirse el desconocimiento de una tradición, en esa no referencia podríamos encontrar más de un motivo del por qué la mayoría de los estilistas de ahora nos dejan con la idea/certeza de que no tienen nada qué decir. Antes del estilo, está la rabia, la huevadita que retuerce el ánimo y la visión del mundo, la rabia que hace que sientas esa urgencia de sentarte a escribir, porque eso es la escritura: una urgencia.
Para los especialistas, Puro humo no figura entre lo mejor del autor, pero sin duda es su título que me gusta más. Escrito en estilo claro pero a la vez bulboso, que transmite y enseña.

viernes, abril 11, 2014



37

Releía algunos relatos de La niña del pelo ralo de Foster Wallace. 
También terminaba la reseña de la muy buena novela de David Roas, La estrategia del Koala
Escuchaba a Pixies en Spotify. 
Aprovechaba las benditas horas muertas en la librería. De tanto en tanto me servía café y prendía un pucho. No hay combinación más perfecta que el tabaco con el café. 
Cuando estoy en estas horas muertas, deseo no ser interrumpido por nadie, pero ayer en la tarde este deseo se vio interrumpido, y para bien, debido a la visita de Nicole, a quien le tenía que dar mi opinión de su cuaderno de poemas. 
Nicole tiene 18 años y anhela leer la mejor poesía que se haya escrito. 
Entonces, le hablo de sus poemas, le digo lo que me parece bien, de lo que me parece mal, pero ante todo, y en lo mucho o poco que sé, le sugiero la poesía que tiene que leer. Nicole me escucha con atención, pero a diferencia de otras ocasiones, en sus ojos se refleja una inquietud, una inquietud que guarda una pregunta que no se atreve a decirme. 
Como fiel lectora de este blog, me pregunta por qué pocas veces escribo de política. Su pregunta me hace pensar en los últimos mails que estoy recibiendo, en ellos se me hace la misma pregunta y no siento otra cosa que no sea perplejidad. Me dicen que muchos escritores peruanos hablan de política, que alzan su voz contra lo que consideran fallas del sistema. Sé entonces a quiénes se refieren. 
Nicole y los demás se refieren a los rabiosos, a esos que alzan la voz. 
Para mi felicidad, conozco bien a los rabiosos, de ambas riberas, a los de las izquierdas y a los de la derecha. Todos me parecen patéticos, risibles en su incoherencia e inmorales en su discurso. 
No hablar de política es también una actitud política, reflexiono mientras cierro la ventana del texto que trabajo. 
No hablar de política es también una manera de protestar, reflexiono mientras cierro mi sesión en Spotify. 
No hablar de política es también no ser parte de ese circo que protesta contra los grandes atropellos que se cometen en el país y que cierra el hocico ante los pequeños, pequeños males en apariencia pero inmensos en interés, puesto que de esos pequeños males se alimenta su intercambio de favores, cuya sola práctica es una patada en la entrepierna a su protesta contra los grandes atropellos que se cometen en el país, sentencio para mí mientras prendo otro pucho. 
Los escritores más políticos que conozco y admiro son aquellos que en apariencia menos escriben de política. Escriben de política sin caer en la dizque claridad conceptual, dizque claridad conceptual que emplean los rabiosos y las rabiosas. 
Hasta para escribir de política hay que saber hacerlo. ¿Un par de títulos que recuerde? Fácil: Perder teorías de Vila-Matas y Continuación de ideas diversas de Aira.

jueves, abril 10, 2014



miércoles, abril 09, 2014

36


Soy una persona que se enferma poco. Digamos, en el buen sentido del término, que tengo una buena salud, pese a que todos los días no dejo de botar humo. Pero cuando te viene el malestar, el que sea, te viene. Te tumba y no tienes otra opción que guardar cama y esperar.
Lo bueno de estar en cama es que tienes todo el tiempo disponible para leer. Solo leer. Echado no escribo, ni echado veo películas. La cama solo sirve para la lectura y el sexo, y claro, también para dormir. Durante mis días de recuperación leí un par de biografías voluminosas, de las que seguramente daré cuenta en los próximos días. De alguna manera, mi recuperación se dio de la manera más natural, repotenciada por el agua de membrillo que me dio mi mamá.
Ya recuperado, ayer volví a la librería, a poner todo de mí con las nuevas cajas de libros que nos han llegado. Pero había también que realizar gestiones y esta vez tuve que ir a Chorrillos y Miraflores, trayecto que cumplí en el curso de una hora y media. 
De regreso, lo hice por la ruta de siempre: por la Plaza San Martín.
*
Últimamente en esta plaza puede verse a más de un grupo de cantamañanas, con ellos también están los vendedores de libros de temática comunista y socialista. Como me gusta revisar todo, decidí hacer un fugaz paneo a los libros de uno de ellos. Pero esa intención fugaz dio lugar a una epifanía que me remontó a los últimos años de mi adolescencia.
Uno de los libros que guardo en la memoria con mucho cariño es Walden de Henry David Thoreau, que leí en inglés. En verdad se trata del primer libro que leí en inglés y lo leí, recuerdo bien, con un diccionario en la mano. Lo leí gracias a la sugerencia de un profesor del ICPNA, profesor que resultó ser el padre de una conocida narradora peruana, dato que lo supe muchos años después, en la previa a la presentación de un cuentario que presenté con ella.
Entre los libros que vendía el joven rojo estaba Walden. No me interesó preguntarle qué hacía ese título allí, lo que iluminaba el momento era su presencia, en la editorial mexicana La nave de los locos. Lo compré y regresé sin más a la librería. En el trayecto a casa lo empecé a leer, ahora en castellano. De esas páginas brotaba más de un instante de iluminación. Sin exagerar: cada página de Walden es una iluminación.

lunes, abril 07, 2014



domingo, abril 06, 2014

35


La relectura.
Releer es lo que estoy haciendo últimamente. Pensándolo bien, es lo único que voy a hacer de ahora en adelante.
Es que la narrativa en castellano hoy en día no intoxica. Salvo excepciones, es para llorar cada vez que uno se da una vuelta por las webs de las editoriales. Por otra parte, me generan envidia aquellos lectores atentos a las novedades. Pero no se trata de una envidia por lo que leen, sino por esa carencia de sentido común, capacidad analítica y ligera dosis de buen gusto.
Tampoco es que nunca haya leído ese tipo de literatura. Pero cada vez que iba tras una novedad, me aseguraba por todos los puntos de elegir bien. Aunque si alguien tiene inclinaciones literarias, lean malas novelas, que ayudan mucho (esta sola idea daría para otro post).
No sé desde cuándo empecé a releer. En realidad, siempre he releído, mas no con la frecuencia de estos últimos meses. No importa saber desde cuándo, lo que vale es seguir en esa estela de relecturas que te dieron tanto y que siguen cambiando la visión que tienes del mundo.
Ayer sábado, en la tarde, terminé de releer una obra maestra. Petersburgo de Andréi Biely.
Qué tal novelón Petersburgo.
La primera vez, la leí en una antigua edición de Alfaguara, de esa colección de colores plomo y morado. Y la que he releído viene por cuenta de Akal, que recoge la versión original de la novela. Este nuevo golpe sigue intoxicando. No diré más, quiero mantener las ideas frescas para la reseña que escribiré de ella.

viernes, abril 04, 2014