lunes, junio 17, 2013
Publicado en El último
lector – Lee por gusto, Perú 21
…
Empecemos:
Otras
disquisiciones (Lápix Editores, 2012), del reconocido
periodista Víctor Hurtado, es una publicación esencial,
digamos un libro fascinante, un digno expatriado de la sección Chauchilla que
toda biblioteca, así se precie de exquisita y ecléctica, no es libre de tener.
Se trata de uno que hay que tener a la mano, pero no cerca, su uso se justifica
una vez se hayan agotado todas nuestras referencias bibliográficas previas.
Aquí hay seriedad, pero también mucho relajo. Aquí no hay información, sino
estilo del bueno. Hay sabiduría, pero ante todo ironía.
Basta leer un par de
líneas para llegar a la certeza de que el autor ha leído y lee, al punto que podríamos
especular que le es imposible ver la vida sino es por medio de la lectura. A
esto podríamos añadir una patente sensibilidad de cascarrabias y un jodiente
ánimo festivo. Hurtado eleva la fugacidad del texto periodístico a un nivel literario
que se agradece. Algo así no veía desde Mal
menor de Jaime Bedoya.
La presente selección
de artículos y ensayos fueron publicados en diarios y revistas de Costa Rica,
en donde el autor reside desde hace muchos años. A medida que los leía,
pensaba, barajaba la idea, primero a manera de especulación, sobre la
continuidad de este tipo de textos en la prensa peruana, principalmente en el
periodismo de opinión. Leía, pasaba páginas y en principio dije que sí, a lo
mejor llevado por un incierto entusiasmo, pero luego acepté la realidad, que
no. Esta clase de textos no tienen lugar en nuestra prensa, y si tuvieran un
nicho, su publicación sería esporádica, a lo mucho tres en un semestre.
Basta ver nuestra
cartera de columnistas, la mayoría de los mismos obligados a usar un lenguaje
funcional, porque eso es lo que exige en teoría el discurso periodístico. En
esta cartera, sumemos también a uno que otro blogger, podemos encontrar a no
pocos escritores, para quienes su práctica significa un partido de
entrenamiento (o en todo caso, una pichanga), o sea, un descanso de las
hechuras mayores, de esos proyectos narrativos llamados a cambiar el devenir de
nuestra patética actualidad literaria. En apariencia, el periodismo frente a la
literatura, es, por donde se le mire, un oficio menor.
Por otra parte, y quien
lo niegue es porque es un habitante de Saturno, una columna de opinión es una
tribuna de autopromoción, en especial para las plumas de cierto reconocimiento,
atados a la obligación de presentar cualquier libro, sea el mamarracho que sea,
cada dos años; estos espacios les ayuda a no desaparecer del todo ante el
pueblo letrado. Están ahí sin estar, y eso es lo que les importa. Más de uno
anhela sus centímetros cuadrados. Allí está el poder. El periodismo como medio,
no como fin. He leído y leo los artículos de más de un destacado narrador local
en diarios, pero pocos, realmente pocos textos, van a quedar. La mayoría de esos
artículos mueren a las horas, sufren un letal envejecimiento prematuro. Solo
los capos pueden inyectar chispazos literarios en este mentado discurso
funcional. Se puede y para hacerlo hay que tener maña, tal y como lo hizo
Fernando Ampuero con Viaje de ida.
Es por ello que Hurtado
sorprende. Aunque no debería sorprender. Más de uno aún guarda en la memoria
lectora Pago de letras, pero esta
nueva publicación la supera en todo sentido. Vemos a un Hurtado más universal,
por decirlo de algún modo; ambicioso, y debido a esa ambición constatamos su
alcance, como también sus falencias, falencias no ligadas al defecto, por
cierto.
Si estuviéramos en un
partido de fulbito, Hurtado haría diabluras. Su prosa y su mirada ingeniosa, ni
hablar de su tendencia natural a la adjetivación, y si esta es zahiriente,
tanto mejor, hacen de él un 10 a la antigua, preocupado en las huachitas y los
autopases, siempre atento, pero sin prestar atención, al aplauso de la platea,
que sin duda lo aplaude, porque debido a su capacidad para los vericuetos
verbales, puede convertir el tópico más anodino en uno para recordar,
brindarnos otra mirada de los grandes clásicos de la literatura, de cómo es que
se debe leer en estos tiempos de prisas, de lo difícil que es ser uno mismo en
el baile de máscaras en que vivimos. Pues bien, en estas páginas también hay un
risueño mensaje subliminal que las recorre: leamos y no seamos estúpidos es su
consigna, su cruzada personal.
Pero las siete
secciones de OD pueden llegar a
cansar. 391 páginas en total. A todos nos gusta el ingenio, las huachitas, los
autopases, o lo que el talento pueda generar, pero en el exhibicionismo se
pierde demasiada esencia. Debió haber una selección y no una recopilación.
Tanto muestreo estilístico hizo que terminara extenuado y un tanto amargado de
la vida. Este libro hay que disfrutarlo como el vino, beberlo de a pocos; no
asumirlo como un vaso de chela. Este trago es otra cosa, una experiencia que
debemos conocer, pero no en un solo viaje, sino en visitas espaciadas.
miércoles, junio 12, 2013
martes, junio 11, 2013
"Manguera"
Novena entrega para
Lecturas de Madrugada – Lee por Gusto, Perú 21.
…
Si me preguntan por
algún olvidado gran narrador peruano, yo no lo pienso dos veces. Porque la
respuesta no sería uno, sino dos. Este par proviene de las canteras del
periodismo, uno mucho más prolífico que el otro, pero ambos grandes entre
grandes, que deberían ser desde ya referentes ineludibles.
Jorge Salazar (1940 –
2008) y Guillermo Thorndike (1940 – 2009), señores.
Quien se precie de
conocedor de la narrativa peruana contemporánea y no conozca la obra de estos titanes,
caería sin más en un serio entredicho. Claro, no faltarán los idiotas que digan
que no deberíamos incluirlos en el ámbito literario porque lo suyo fue
sencillamente la práctica periodística. No me sorprende. Aún hay dizque sensibilidades
que leen bajo parámetros caducos, a quienes les importa ubicarse bien entre los
límites de lo real y la ficción. Estos parámetros, sencillamente, imposibilitan
el goce de la literatura, ¿o es que la literatura tiene que ser solo ficción?
Al respecto, lo mejor sería explicarlo de la siguiente manera: si un hombre y
una mujer se encuentran teniendo el mejor sexo de sus vidas y lo único que
desean es que este encuentro sexual no termine, sino que se extienda todo lo
posible, de seguro no perderían el tiempo preguntándose por la marca del reloj
y la calidad del collar que usan. Lo mismo pasa con la ficción y la no ficción.
Si te gusta lo que lees, si te estremece lo que lees, si te incomoda lo que
lees, si te saca la mierda lo que lees… No lo dudes: estás leyendo literatura.
Pues bien, quedemos,
por ahora, en la figura de Thorndike. El solo hecho de nombrarlo nos remite a
uno de los más grandes nombres de la crónica en castellano. Por ejemplo, junto
a Operación masacre de Rodolfo Walsh,
El caso Banchero es una de las
piedras angulares de la tradición de la literatura de no ficción. A veces me
sorprende que se lea más A sangre fría
de Capote que estos títulos de Walsh y Thorndike.
Años atrás decidí leer
y releer todo Thorndike. Hice un plan de lectura de su obra y le dediqué todo
el verano del 2006, pero por más esfuerzo que hice no pude completar la tarea
de aquel “Verano Thorndike”. Obviamente, alguien que publicó tanto como él, no
quedó libre de entregas irregulares, como el olvidable El hermanón.
No sé cuánto tiempo
tenga que pasar para valorarlo en justa medida. A lo mejor demore más de la
cuenta, lo cual es una lástima, puesto que es uno de los contados escritores
peruanos que sí pudo mantener un proyecto narrativo coherente. Pues sí, fue un
escritor coherente y es con este Thorndike con el que nos debemos quedar. No
con el Thorndike hueleguiso, no con el Thorndike adulador sin reparos, mucho
menos con ese Thorndike que hacía gala de una vergonzante carencia de ética que
le hizo abrazar los más sucios intereses del poder político.
Las cosas claras: Thorndike
tenía un gran ojo para el periodismo. Revisemos los diarios y suplementos que
editó en los setenta, que no es más que una duro puntapié al periodismo
cultural y de investigación que se hace hoy en día. Uno lee esos diarios y
suplementos y ve que está ante periodistas; uno lee los diarios y suplementos
de ahora y uno no sabe ante qué se encuentra. Este escritor poesía un
envidiable talento natural. Pero como acabo de señalar, Thorndike no tenía
ética y el periodismo sin ética es lo mismo que nada.
Por el momento, la obra
de Thorndike recibe un reconocimiento silente. Su discutida imagen se impone a
la valoración de su obra. Y más de uno aún recuerda las duras palabras que
Vargas Llosa le propinó en El pez en el
agua. Marito quiso desaparecerlo y por poco lo logra.
Para admirar a
Thorndike, hay que hacer un esfuerzo de objetividad. No queda otra.
De cuando en cuando,
Thorndike le pedía mínimas licencias a la ficción. Sin estas licencias, que le
ayudaban a dotar de mayor verosimilitud un hecho real, no hubiera escrito un
pequeño libro que, aparte de ser en esencia una delicia, a lo mejor sea el
mayor aporte del autor a la historia del fútbol peruano, Manguera (1975).
Los que hemos vivido
nuestros años adolescentes en el primer lustro de los noventa, sabemos que no
fueron muy propicios para los blanquiazules. En este sentido, no tengo reparo
alguno en admitirlo: no tuve plenitud futbolera porque nunca vi a Alianza Lima
campeonar en los años que se supone tenía que verlo campeón. Sin embargo, jamás
me arrepentí de ser azul y blanco, ni puse en tela de juicio mi abandono de la
crema, abandono que llevé a cabo a los doce años, cansado pues de ser parte del
ritual familiar.
Pues bien, ¿por qué ser
hincha de un club que representa todo lo que detesto? No hay que ser adivino.
Alianza Lima es también la cultura de la criollada, la viveza, la pichanga y la
informalidad. Un ejemplo insoslayable: la historia deportiva peruana consigna
que el vestuario blanquiazul es el más difícil de todos. El más jodido. El más
traidor. O como bien se ha dicho, Alianza Lima es la metáfora de las taras
peruanas. No hay que escandalizarnos con estas verdades, porque estas verdades
son lo que hacen de Alianza Lima el club más grande de Perú. Revisemos sus
campañas, sus campeonatos, sus tragedias, las vidas de sus jugadores más
representativos…
No sé si Thorndike era
hincha de Alianza Lima. En realidad no interesa si lo fue o no. Él era un
escritor que buscaba historias, o sea, personajes. Manguera es pues la recreación de la vida del mayor ídolo del club,
Alejandro Villanueva. Qué gran personaje Villanueva. Especulo sobre las otras
opciones que Thorndike haya podido tener. A lo mejor Valeriano López del Boys.
Ni hablar de Lolo Fernández, a quien los hinchas cremas han pintado como santo,
capaz Lolo nunca se emborrachó, jamás salió de putas y seguramente murió casto.
Lolo Fernández es la perfección, el ejemplo, la virtud, ergo: el aburrimiento
para cualquier proyecto narrativo. Los personajes sosos no sirven para la
narrativa, pues. Entre una biografía novelada entre Teófilo Cubillas y Hugo
Sotil, yo prefiero la del “Cholo”, sin duda.
Busqué el libro por
buen tiempo. Sabía que Mosca Azul lo tenía en su catálogo. Es que buscaba Manguera, como tal. Pues bien, no
recuerdo la fecha, pero sí sé que fue a fines de 1999 cuando conseguí El revés de morir (Mosca Azul, 1978), en
donde encontré seis textos, de los que llamaron mi atención el homónimo que
titulaba la publicación, toda una joya de arte poética, y el primero:
“Manguera”, que leí en un par de horas de una tarde dominguera y lo volví a
releer en la madrugada. Literalmente devoré el extenso relato, lo devoré bajo
la mirada del hincha, desde la más caprichosa subjetividad.
En “Manguera” no solo
se habla de Alejandro Villanueva. No. Aquí desfilan las glorias aliancistas:
Juan Valdivieso, Alberto Moncada, José María Lavalle, Adelfo Magallanes, José
Montellanos, Julio Iturrizaga, Kochoy Sarmiento. Aquí están en detalle las
legendarias broncas que cimentaron la rivalidad con Universitario de Deportes.
Los clásicos, las goleadas, hazañas como las Olimpiadas de Berlín 1936 y el
llanto de la derrota. Gracias a la pluma del “gordo” somos partícipes de la
historia íntima, es tan convincente que podemos saborear el ají de gallina, la
carapulcra, la chicha, los panes con huevo; reírnos de la mojigatería de las
mujeres bien; hasta nos asqueamos con la pestilencia de las medias, que no se
cambiaba nunca, de Magallanes.
La gloria y la caída de
Villanueva. El negro lo tenía todo. Fuerza. Talento. Olfato goleador. Voz de
mando. Pero a Villanueva también le gustaba la noche y todo lo que ella le
pudiera deparar, es decir, el alcohol, el baile, en especial las mujeres que lo
veían como un semental, un irresistible símbolo sexual. Villanueva pudo ser el
mayor jugador peruano de todos los tiempos, pero no le dio la gana. Creía que
el fútbol sería para siempre y en esa idea no hizo otra cosa que destrozar su
cuerpo. Por eso murió pobre y olvidado, como los grandes.
lunes, junio 10, 2013
viernes, junio 07, 2013
El ojo, la lengua
No sé qué había pasado
aquella perdida noche de octubre del 2001. Nunca he sido de tomar, no al punto
de terminar toreando autos, tal y como he visto hacerlo a más de un poeta por
Wilson. Pero esa noche caminaba borracho, aunque algo temprano, en realidad muy
temprano: a las nueve. Recuerdo que comencé en el centro, a lo mejor en el
Queirolo, la seguí en algún punto de Bolívar y la rematé en la Universitaria,
en la vereda de la Católica, rumbo a La Marina.
La buena hierba, que seguía
haciéndome efecto aún después de muchas horas de haberla fumado, era la que
guiaba mis pasos. De pronto, me encontré en una feria de libro. Así es: una
feria de libro.
Entré y varios stands
ya estaban cerrados y algunos otros en vías de estarlo. Caminé, como quien
busca disipar la pesadez mental. Llegué al stand El Aleph. De alguna u otra
manera, y debido a la experiencia de haber encontrado buenas cosas allí en
distintas ediciones feriales, me puse a revisar los lomos y portadas de libros.
Luego de diez minutos de intenso y fugaz miramiento, me disponía a irme. Sin
embargo, reparé en un lomo que había pasado por alto. En principio lo cogí
creyendo que se trataba de un libro sobre The Rolling Stones, pero no, se
trataba de una antología de las mejores crónicas de la mítica revista fundada
por Jann Wenner.
Llegué a casa y la leí
de un tirón Lo mejor de Rolling Stone (Ediciones B, 1995). Y qué bestia. Qué colaboradores. Qué buen ojo del chato Wenner
para seleccionarlos y qué buena disposición para cuidarlos, porque los cuidada
pagándoles bien. En estas páginas, más de quinientas, desfilan las plumas que renovaron,
o que en todo caso inyectaron de nuevos aires, el periodismo, dinamitando la
anquilosada ortodoxia discursiva, fundando, quizá sin proponérselo, en el
ejercicio de la escritura lo que hoy todos conocemos como Nuevo Periodismo. Aquí
está la historia de la crónica, algunos pilares de su tradición. Veamos: Hunter S. Thompson, Ken Kesey, Tom Wolfe, Joe
Eszterhas, David Fricke, Michael Thomas, Chet Flippo, Anthony de Curtis, David
Harris, Kurt Loder, Grel Marcus, Eric Ehrmann, Joe Klein, Robert Palmer, Mike
Sager…
Pervive en mi memoria
la crónica “En búsqueda de la pirámide secreta” de Kesey. Mientras la leía
recordaba este aforismo del siempre genial Wallace Stevens: “La lengua es un
ojo.” Y lo recordaba para alterarlo, no era para menos. En el caso del autor de
Alguien voló sobre el nido del cuco,
el aforismo debía ser “El ojo es una lengua.” No hay que quemar cerebro al
respecto, aún más que el escritor de ficción, el de no ficción tiene que
escribir con el ojo, debe escribir mirando, radiografiando cada detalle, en él
no está permitido la tentación del ripio. Y Kesey no se pierde en el ripio ni
en la trivia posera, Kesey abre sendero, escribe e informa sin atosigar.
También permanece en mi memoria “El rey de la chusma” de Joe Eszterhas. Ni en
sus más entendibles aspiraciones como escritor, el futuro guionista de Flashdance creyó que su texto estaba
destinado a dar cuenta de toda una generación que había hecho suya la
innominada filosofía del discurso filosófico-marihuanero. En más de un tramo
uno se pregunta qué es lo que está narrando, pero en esa aparente no lógica,
bajo un tono muy risueño, vamos siendo testigos de una brutal disección de las
emociones encontradas, confundidas y solapadamente aburridas de toda una
generación. De la misma manera con el ya clásico “Enrollándome con MC5” de Ehrmann
y los avances de lo que sería la obra maestra de Thompson, Miedo y asco en Las Vegas.
Me resulta imposible
obviar uno de mis textos favoritos del volumen, de uno de los más balzacianos
narradores de hoy en día, el inacabable Tom Wolfe, quien desde sus inicios dio
muestra de que estaba destinado a ser un grande. Wolfe poseía una mirada
especial y una curiosidad animal, tal y como lo leemos en Todo un hombre y La hoguera
de las vanidades. En “Remordimiento postorbital” Wolfe dicta cátedra. Así de
simple. Mediante un magistral contrapunto estilístico, por el que luce su
mirada busquera, el autor pone de relieve un tema por demás anodino: la reunión
anual de los vendedores de discos en USA. Venner encargó a Wolfe la hechura de
esta crónica bajo la sospecha de que había infiltrados de la CIA, que veía como
peligro social la crecida e influencia del rock en las púberes mentes de los chicos
bien norteamericanos, en estas “asambleas” de vendedores de discos. El texto
data de 1969, año, o años en los que la agencia operaba en constante paranoia
ante un posible avance silente de un pensamiento y una actitud disidentes que,
por cierto, recreó muy bien Philip Roth en Pastoral
Americana.
A lo largo de los años
he leído esta antología más de una vez y la habré picado en miles de ocasiones.
Podría parecer un poco exagerado, pero en estas páginas yacen las semillas de
lo que con los años se ha llamado el Nuevo Periodismo, término que a la fecha
no sé qué cosa es. Se habla mucho y por demás sobre su carácter, al punto que más
de uno, sin conocer su tradición, niega su aura literaria. En ese sentido, yo
no me hago problemas. Por medio de la no ficción también se puede llegar al
estremecimiento de la genuina literatura.
jueves, junio 06, 2013
domingo, junio 02, 2013
sábado, junio 01, 2013
viernes, mayo 31, 2013
Joven sensación
Hoy día inauguro mi
columna El último lector en Lee por
gusto de Perú 21. ¿Qué es lo que haré allí? Fácil: todos los viernes publicaré
reseñas de publicaciones peruanas recientes. Como bien ya lo he dicho antes, yo
leo libros, no personas.
…
No hay escritor
peruano, o al menos muy pocos, que no haya participado alguna vez en el Premio
Copé de Cuento. Este premio seduce, mucho, en especial por su generoso monto
pecuniario. En este sentido, no hay que dejar de saludar la vigencia del mismo
por cuenta de Petroperú.
Sin exagerar, ganar o
quedar finalista de un Copé, sea en la categoría que sea, te convierte en “alguien”
en nuestro siempre tan cerrado y circense espectro literario. Puedes ser un
narrador de perfil bajo, hasta te pueden decir que no eres nadie, pero si
tienes tu Copé, podrás decir lo que te venga en gana. Quedé en segundo lugar.
Me robaron el Premio. Uno de los jurados me tenía hambre y por eso no me dieron
los chibilines que merecía. Es decir, si eres de lo que piensan que el oficio
literario es como una carrera literaria, el Copé tiene que figurar como sea en
tu CV.
De sus muchos ganadores
en las distancias cortas, dos en mi memoria: Fernando Iwasaki con “El derby de
los penúltimos” y Óscar Colchado con “Cordillera negra.” Pues bien, desde hace
algún tiempo, el Copé de Cuento me resulta repetitivo, regularon. Me cansan
pues los relatos políticamente correctos, bien escritos (no faltaba más), los
cuales alimentan sospechas razonables de que han sido escritos bajo los gustos
literarios de los miembros del jurado, que por más que se diga que es un
secreto hasta el día de la publicación del veredicto, sabemos quiénes lo
integran.
Los
caminantes de Sonora reúne los cuentos ganadores y finalistas
de la edición 2012. Se trata pues de una publicación con un evidente nuevo aire,
cuya lectura me ha dejado muy entusiasmado, pero no por su contundencia
narrativa, sino por su lectura a futuro, por su carácter documental cuasi profético.
Mientras la leía sentía que estaba enfrentándome a una antología de lo que
sería la narrativa peruana del 2010 al 2020. No me sorprendería que de esta
cantera salgan las voces medulares que nos ayudarán a superar las mentiras de
los senderos metaliterarios que imperaron en el decenio anterior, cosa que así
despertaremos de una buena vez de esa resaca sin alcohol signada por “lo muy
bien escrito” y la nula transmisión.
La mayoría de los
autores entre ganadores y finalistas son desconocidos. Tampoco faltan los
caseritos del concurso. Pedro Llosa y Miguel Ruiz Effio, ambos muy talentosos y
persistentes. Tanto “El juglar de feria” y “Lo que sabemos de Neri” reflejan
madurez y pericia en el arte de contar. Como idea, este par de textos eran como
para ganar por unanimidad. Ahora fueron mucho más ambiciosos que en sus otras
participaciones “coperas”, sin embargo, esa ambición yace en una falta de originalidad
discursiva que atenta contra lo que precisamente cuentan, o sea, no se podía
ser más cantado y previsible. Por ejemplo, lo que pudieron hacer en cinco
páginas, lo forzaron innecesariamente hasta la abulia. Aquí confundieron
cantidad con calidad, como si el “tamaño” fuera lo más importante en cuento.
Mi interés se fija en
los relatos de Mariano Vargas y Richard Parra, que no son autores nuevos, más
bien han sido víctimas de la mezquindad de nuestro medio literario, sus libros
publicados no generaron lecturas responsables, a las justas una mínima difusión
en prensa. “Sala de espera” y “La pasión de Enrique Lynch” están lejos de ser
cuentos inolvidables, pero sí son lo suficientemente buenos como para tener una
expectativa quieta de lo que vayan a presentar en los próximos años. Lo mismo
podría decir de la sorpresa del volumen: el crítico y editor Juan Francisco
Ugarte, que se estrena en los campos de la ficción con “Navidad”. A Ugarte le
sugeriría, si es que algo le puedo sugerir a un novel plumífero, que suelte su
prosa, que de haberlo hecho, definitivamente no estaría entre los finalistas,
pero tampoco con el primer lugar.
Leyendo a los otros
finalistas, me doy cuenta de que (casi) todos son hijos de talleres de
narrativa. Y si no lo son, pues parecen. Me arriesgo a decirlo debido a lo
extremadamente correctos que son, realmente temerosos de ir más allá de los
parámetros clásicos del cuento. Esta impresión adquiere más sentido con lo que
dije líneas arriba, al hecho de que se escribe para agradar al jurado en vez de
apostar por la originalidad. Está bien conocer las leyes del cuento, es pajita
ir a un taller de narrativa, pero mucho más importante es el parricidio,
siempre y cuando este sea un parricidio con conocimiento de causa de lo que se
aprende.
Y ahora, los Fab Four.
Del bronce al oro.
El tercer lugar recayó
en el arequipeño Goyo Torres. Su relato “¡Hierbasanta, hierbasanta!” se inscribe
en los sinuosos ríos de la narrativa de la violencia política. En principio
promete algo, pero de a pocos este se va diluyendo debido a la poca pericia del
autor a la hora de administrar las voces de sus personajes, que, dicho sea, son
demasiados para un universo tan relojero como lo es el cuento. Por (contados)
instantes pensaba que estaba leía el resumen de una novela. No obstante, se
destaca el soplo de originalidad en cuanto al desarrollo de su argumento,
guiado por el punto de vista de una niña. Sin duda, hay mejores relatos entre
los finalistas que este de aquí.
Lo recuerdo muy bien:
era una tarde calurosa. Me encontraba tirado, agotado. Era el día más pesado de
la Feria del Libro Ricardo Palma 2012: el de la desinstalación del stand.
Acababa de fumar y beber un jugo de granadilla. Y cerré los ojos con la idea de
aprovechar los pocos minutos de relajo que me impuse. Pero este escenario de relajo
se vio interrumpido por la llegada de un periodista amigo mío. Él tenía el
rostro desencajado y no era difícil deducir que acababa de enterarse de una
tragedia. Dentro de mí rogaba para que esta tragedia no fuera familiar. ¿Qué te
pasa?, le pregunté. Mi amigo periodista me miró, sus labios temblaban.
Habla carajo, ¿qué ha
pasado?, volví a preguntarle.
Mi amigo periodista
respiró hondo y se armó de valor.
Esto fue lo que dijo:
“¡Pierre Castro ganó el
Copé de Plata… Pierre Castro… ¿Qué nos pasa? Dime, Gabriel, qué significa esto.
Estamos hasta las huevas!”
Imagino que esta
sorpresa, indignación y pena de mi amigo periodista no solo era suya, pero
tampoco era para tanto. Que a Castro se le haya dado el Copé de Plata ratifica
mi teoría de que la literatura es como el fútbol, puesto que ella te ofrece más
de una revancha. Es de subnormales pensar que un bodrio como Un hombre feo haya sido el debut y la
despedida definitiva de Castro del mundo de la literatura. El premio que se le
concedió podría servir de estímulo para todos aquellos que pasaron
desapercibidos en sus inicios literarios, de la misma manera para los que
recibieron únicamente machetazos en sus primeras entregas. Obviamente, esto lo
digo en cuanto a la imagen de escritor. No hablo desde el punto de vista
literario, porque de ser así, no tengo mucho que decir del relato “El río”, que
está muy bien estructurado y aceptablemente bien escrito. Pero de allí no más.
Es olvidable, su supuesto final feliz es tan ridículo y digno del discurso
vacío que lo sustenta. También sirve de motivo de especulación porque un jurado
más atento, a menos que uno de ellos haya estado durmiendo durante la
deliberación y que al momento de despertar haya creído que “El río” era un
cuento de Monterroso, no lo hubiera premiado. Así de simple. Estamos hablando
del Copé, señores. “El río” no está mal, pero sin duda hay muchos mejores entre
los finalistas.
Tampoco se salva de
reparos el otro relato que ocupa el segundo lugar, “El libro de la sabiduría”
de Alejandro Neyra. En cierta ocasión compartí con el autor una mesa de presentación
y dije que él era un muy buen ensayista. Quizá uno de los mejores de los
últimos años, me basta leer sus excelentes colaboraciones que durante buen
tiempo estuvo publicando en la web literaria El hablador, colaboraciones que,
para beneplácito de los que lo apreciamos por su buena prosa, publicará este
año en formato de libro. Pues bien, su relato encapsula los óbices que también
pueden notarse en su novela CIA Perú,
1985. Neyra tenía una historia difícil y por ello sumamente funcional, si
quería inyectar humor e ironía, debió hilar fino. El personaje Treviño y el
narrador protagonista no son más que meras caricaturas de desarraigados
existenciales. Tampoco se pedía un tono trágico, esa no era la idea, pero una
de las características del humor y la ironía es el divorcio tajante con el ingenuo
lugar común.
Ahora, el ganador:
Christ Gutiérrez-Rodríguez. Se sabe que estudió humanidades en la Villarreal y
administración en la Universidad del Callao. Nada más, aunque se consigne en la
solapa biográfica que es autor de un libro de relatos, el cual nunca escuché.
Su cuento “Los caminantes de Sonora” es, por donde se le mire, un justo
ganador, pero irregular, con cimas narrativas que aseveran su serio oficio
narrativo. El tema que aborda es no menos que atendible: un par de jóvenes
peruanos, José y Félix, intentarán cruzar el infernal desierto mexicano de
Sonora hacia Estados Unidos, llevando una “mercancía” en sus mochilas. En el
trayecto recuerdan y cuestionan la decisión que los tiene sorteando coyotes,
serpientes e insectos. Empero, el autor nos brinda una laxa configuración moral
de estos dos personajes. ¿Qué hacían en Perú? ¿A qué se dedicaban? Preguntas
que adquieren sentido ante el forzado tributo a Bolaño, tributo a lo bestia más
bien.
Veamos:
“Dime Félix, tú que
estás más loco que una cabra, dime, ¿qué es el desierto? El desierto, amigo
mío, es un escritor sin talento. Sus historias son retorcidas, absurdas,
complicadas, fatales, infelices. Acaban siempre empolvadas. Mejor te hablo del
mar. Sé un verso de Watanabe, el poeta trujillano: “El pelícano herido se alejó
del mar y vino a morir sobre esta breve piedra del desierto”. El mar es para
soñadores y valientes, José.”
En ningún momento se
nos brinda el más mínimo dato que nos dé luces sobre una posible sensibilidad artística
de este par de tipos que nunca han cogido un libro en sus vidas. Este cuento se
sostiene por su verosimilitud, pero ese recurso bolañero es peor que una bomba
de tiempo. Derrumba en una todo el cuento, le quita peso, le arrebata el
nervio, lo idiotiza, le quita sabor.
Como dije líneas
arriba, estamos ante un documento que tiene el involuntario gran mérito de
ofrecernos novísimas y nuevas voces, las suficientes como para hacer del Copé
de Cuento 2012 el más fresco de todos en su categoría y, obviamente, uno de
los más irregulares. Su verdadero valor se verá justificado en los próximos
años, cuando sus autores publiquen muy buenos cuentarios y estimables novelas.
De eso no tengo la más mínima duda.
martes, mayo 28, 2013
lunes, mayo 27, 2013
"La maravillosa vida breve de Óscar Wao" de Junot Díaz
Publicado en Lecturas
de Madrugada 8 – Lee por Gusto de Perú 21
…
En febrero del 2009 fui
a la Feria del Libro de Trujillo. Como el director de Revuelta Editores, David
Ballardo, no podía ir, me pidió que vaya en representación de la editorial, ya
que en el marco de dicha feria se presentarían dos libros del sello: El orden de la soledad de Aldo Vivar y La línea en medio del cielo de Francisco
Ángeles.
En mi mochila llevaba
la novela que acababa de comprar: La
maravilosa vida breve de Óscar Wao del dominicano-americano Junot Díaz.
Sobre el libro tenía no menos que excelentes referencias y recomendaciones.
Pensé leerlo en el curso del viaje, el cual sería muy corto, puesto que solo
estaría en Trujillo únicamente para cumplir con las presentaciones. Sin
embargo, en las horas que estuve en esa soleada ciudad, no pude leer ni una
sola página de la novela. Entonces, creí que lo haría durante mi regreso. Pues
bien, mientras estábamos en el taxi que nos llevaba a la agencia de Cruz del
Sur, Francisco y yo conversábamos mucho sobre la continuidad de su web
literaria Porta 9. Yo estaba algo preocupado, debíamos llegar
cuanto antes y comprar los pasajes de regreso. Faltaban diez minutos para las
once de la noche. Al llegar a la agencia, bajé del taxi lo más rápido que pude.
Mientras pagaba los pasajes, me di cuenta de que no tenía en la mano el objeto
que cargué durante las horas que anduve por Trujillo. Sentí una inmensa
desazón. Además, ya se había hecho la llamada para abordar el bus y no veía a
Francisco por ningún lado. Luego de dos minutos de búsqueda, él apareció por la
puerta de entrada, con el ejemplar de La
maravillosa vida breve de Óscar Wao. “Cuando saliste del taxi, se te cayó
el libro y el taxi lo arrastró media cuadra”. Efectivamente, el libro había
sido arrollado, tenía manchas negras y un manto de polvo impregnado a lo
bestia.
A mediados de la semana
pasada encontré este ejemplar entre los anaqueles de mi biblioteca. Necesitaba
releer algunos de sus capítulos, puesto que me encuentro elaborando un texto
sobre el humor en la novela contemporánea. El ejemplar aún evidenciaba las
marcas de las llantas de ese taxi. Y comencé a releer los capítulos que me
interesaban. Pero no tardé en releerla completa, aprovechando que no había ido
a trabajar a causa de una gripe fulminante.
Y la verdad, la verdad
de todas las verdades, qué novela de la putamadre se mandó Junot Díaz.
Sigue fresca y lozana.
No ha envejecido nada. Su existencia es todo un puntapié a aquellos santones
que pontifican sobre la inutilidad del humor en la novela, aconsejando a los
escritores a huir de él como si se tratara de una peste.
Esta novela remece y
hace reír, me he carcajeado mucho más, y perdonarán la recurrente exageración,
que con La conjura de los necios de
John Kennedy Toole.
Junot Díaz nació en
República Dominicana, en 1968, y desde los tres años vive en Estados Unidos. En
otras palabras, queridos y queridas, estamos hablando de un autor que ha
crecido bajo la influencia de la cultura norteamericana. Pero La maravillosa vida breve de Óscar Wao,
galardonada con el Pulitzer 2008 y el National Critics Circle Award 2007, para
más señas, no es del todo una novela gringa, al punto que esta no sería lo que
es si su hacedor hubiera pasado por alto el influjo de su cultura natal, que a
fin de cuentas, es la que pone el condimento, la sal, es decir, el sabor que
nos hace quererla y hacerla nuestra.
Las grandes novelas se
sustentan en grandes personajes. Sin personaje, no hay novela. Y aquí tenemos a
un inolvidable y peculiar Óscar de León (rebautizado como Óscar Wao debido a un
giro fonético en el nombre del autor de El
retrato de Dorian Gray), un obeso y feo americano-dominicano que vive en
Paterson (New Jersey), cuyo sueño no es otro que convertirse en el Tolkien
tropical. Nunca ha gozado del favor de las mujeres, y peor aún para sus
naturales ansias hormonales: en su código moral no figura ni siquiera pagar por
afecto y sexo. Su trauma, su temor, su karma, es morir virgen.
Ahora, no solo se nos
cuenta la historia de este desdichado pero talentoso ser, también las
vicisitudes de su madre Beli y su hermana Lola, como también las de su abuelo
Abelard Luis Cabral, respetado médico dominicano que vivió en plena dictadura
de Rafael Leonidas Trujillo.
Como todo un capo, digno
heredero de la novelística gringa, un aplicado alumno del cómo armar una
historia, Díaz se vale de un narrador que va recopilando datos de la familia de
Óscar. En este sentido, Yunior es quien implícitamente nos descubre la gran
virtud de la novela: la acertada fusión entre humor y tragedia, expandida en la
ancestral maldición del Fukú, maldición que durante decenios lleva arrastrando
la familia del aspirante a Tolkien tropical.
Si no fuera por el
humor, esta novela vendría a ocupar un lugar más entre las que se han escrito
sobre el trujillato. Y en mi opinión, esta sea quizá una de las novelas más
logradas sobre las dictaduras latinoamericanas. A comparación de otras, como La fiesta del Chivo de Vargas Llosa, somos
testigos de una suerte de exorcismo, pero uno no visto desde la tragedia, sino
desde la festividad. Un exorcismo festivo, un canto a la supervivencia. Por
otra parte, asistimos a la consolidación de una vocación literaria, la de
Yunior. El hecho de que Yunior relate la historia familiar de su amigo, lo
lleva a sentirse escritor. Entre Yunior y Óscar hay pues mucha complicidad y
generosidad, pese a las burlas del primero con el segundo. En este sentido,
cabe la posibilidad de que estemos también ante una novela de aprendizaje. A lo
mejor vaya a tener que pasar algún tiempo para darle esta lectura.
Son pocos los casos,
contados, en los que podemos ver una buena hermandad entre calidad literaria y
éxito comercial. Esta novela de Díaz no es un enlatado, no es un producto
sobrevalorado. Esta novela de Díaz es, simplemente, literatura. A lo mejor,
seguro que sí, una de las más grandes novelas contemporáneas de los últimos
años, muchos años…
sábado, mayo 25, 2013
El mejor "Buensalvaje"
En mis manos, desde
hace algunos días, el último número, el quinto, de la revista peruana Buensalvaje.
Tengo la costumbre de
leer las revistas partiendo de la última página. De atrás hacia adelante.
Pero hice una excepción
y la abordé siguiendo su curso natural.
En portada: Alberto
Fuguet, uno de los mejores narradores de su generación, de hoy mejor dicho. Aunque
si a alguien no le venga bien lo de “mejor”, menos aún lo de “generación”, este
alguien no podrá negar que a la fecha es uno de los que más transmite, el que va
a quedar entre tanto inflado generacional que el día que mueran serán
enterrados con todos sus libros.
Empiezo a leer el
contenido y encuentro en “Habla, librero” a Daniel Aparco. De los cinco
libreros que he visto desfilar por esta sección, Aparco y Fernando Wong
pertenecen a una especie en extinción: la del librero que lee y que no solo se
dedica a llenar facturas y boletas, o lo que es peor: buscar en Google Images
la portada del libro que le pide el sufrido cliente de turno, tal y como suele
verse en Crisol y Época. Pues bien, no me llama la atención lo que dice Aparco,
pero verlo me lleva a recomendar su más que interesante novela, posiblemente
buena, Trampa para jóvenes escritores.
Llego a la tercera
página y a nada estoy de cerrar la revista.
Me invade el sueño, y
eso que no soy nada dormilón, me cuesta dormir, a las justas llego a las cuatro
horas de sueño ininterrumpido.
Mi aprecio por el
oficio literario de José Donayre es insuficiente, me es imposible resistir esa
invitación al bostezo, al sueño por aburrimiento, de su texto “El espacio es un
mal momento”. Tampoco pido que sea divertido, menos aún que esté bien escrito,
porque indefectiblemente lo está, sino lo que pido, quizá lo único que pido
como lector, como ser humano, es que se me comunique algo, así esté o no de
acuerdo con lo que lea.
Entonces vuelvo a la
costumbre de siempre, costumbre que nunca más volveré a traicionar.
Voy a la última página
y en el trayecto me desoriento. Y así la leo en integridad y disfruto,
primeramente de los cuentazos de Juan Manuel Robles (“Marcas”) y Mariana
Enríquez (“Arde”), de las reseñas de Jerónimo Pimentel, Paloma Reaño, Juan Francisco
Ugarte, Carlos Cabanillas, Armando Bustamante y Alexis Iparraguirre. Pero en
estas reseñas parto con cierta ventaja, porque a excepción del libro que aborda
Pimentel, los demás los conozco y doy fe de su evidente vuelo literario. Van a
la fija.
Ahora, hay algo que
sorprende, pero a lo mejor esté equivocado. La novela que reseña Jorge
Castillo, El traductor de Salvador
Benesdra, que, dicho sea, vengo buscando desde hace un buen tiempo.
Ingenuamente pensé que ya estaba en Lima, respiré aliviado, ya que cuando me
interesa un libro y no lo leo caigo en una malsana ansiedad. Llamé a las
librerías La casa verde, El Virrey, Ibero y Sur y en todas me dijeron que nunca
han tenido la referida novela. Entonces, lo aconsejable sería que si se
consigna un libro, este pueda estar a la mano del pueblo. Aunque claro, me
faltó llamar a Época, a lo mejor allí la encontraba entre los libros de empresa
o plan lector, o de hecho en Crisol, seguramente ubicada entre los títulos de
autoayuda previa asesoría de Google Images.
Sigamos un toque más en
las reseñas, puesto que a estas se las ha visto como el Talón de Aquiles de la
revista.
Semanas atrás le
escuché más o menos lo siguiente a Dante Trujillo: “Buensalvaje es una revista de difusión, no es una revista de
crítica”. Totalmente de acuerdo. BS es
una revista de difusión. BS es una
revista para el lector de a pie, para el lector hedonista. Los chavetazos no
van con BS. Todo bien hasta allí. Muchos
de los libros que se reseñan, en especial los extranjeros, no tienen pierde,
pero el problema, a mi parecer, está en el filtro de las publicaciones
nacionales, que no necesariamente deben ser obras maestras, pero que al menos
cumplan con un requisito: que sean muy buenas. De hecho hay publicaciones
nacionales que lo son, solo hace falta buscar, hurgar y evitar así el abismal
desbalance con los títulos de autores foráneos. De esta manera podría aplicarse
un justificado rigor generoso y así nos evitamos reseñas que parecen textos
volteados de contratapas, como la de Julio Meza sobre Los caminantes de Sonora, o reseñas que exhiben un innecesario
esfuerzo de objetividad, tal el caso de Bruno Polack al momento de señalar los reparos
a Los discutibles cuadernos de Carlos
Quenaya o la excesiva valoración de Victoria Guerrero al poemario Sobre mi almohada una cabeza de Micaela
Chirif. Dicho esto en buena onda, pero lo cierto es que no me creo tanto bombo
para con estas tres publicaciones.
De la reseña-semblanza-memoria de Gabriela
Wiener al libro de Mariana de Althaus, Dramas
de familia, no puedo decir nada porque aún no lo leo, pero según la
narradora y cronista, el asunto pinta muy bien. Ojalá sea así.
“El estupor del ángel
esquizofrénico” de Carlos Torres Rotondo es un gran tributo a la memoria y obra
de un gran poeta peruano: Guillermo Chirinos Cúneo, el maldito de malditos. A
la fecha, es harto difícil encontrar la plaqueta Idiota del apocalipsis, hallarla es una proeza. Algunos años atrás
tuvimos un rescate de la misma, incluida en Los
otros de Carlos Carnero, Gonzalo Portals y Rubén Quiroz, pero el tiraje fue
muy limitado, destinado a los amigos. Ojalá esta nota de Buco, en la que se
incluyen un par de poemas de la legendaria plaqueta, anime a uno de nuestros
editores de poesía a realizar los esfuerzos necesarios para darlo a conocer
como se debe.
Siguiendo en las
parcelas de la poesía, imposible pasar por alto “Los otros, los mismos” de
Maurizio Medo. Medo nos ofrece una cartografía del neobarraco en castellano de
los últimos lustros. Empieza muy bien, hablando de los otros pero termina
hablando de sí mismo, en testimonio patente de autocherry solapado. No
obstante, me alegra que la obra y el proyecto de Medo empiece a abrirse paso
fuera del país. No es novedad, ni falto a la verdad: cada vez que Medo publica
un poemario o antología, se lee al Medo persona.
Presa del desorden,
llego a una de las colaboraciones más esperadas: “La tradición y el precipicio”
de Gustavo Faverón. Aquí el connotado crítico y buen narrador nos ofrece una
relectura de Entre paréntesis de
Roberto Bolaño. Sin embargo, mis ánimos no tardan en desmoronarse, el texto de
Faverón no ofrece las luces, las nuevas luces que tenemos que esperar de él. No
dice nada nuevo, y, sorprende, que se entregue a una lista de lugares de
comunes sobre la ensayística y artículos del detective salvaje. Pero lo justo:
hasta en textos tan telarañas como este, Faverón no se cansa de exhibir una
estimable inteligencia.
Manuel Bonilla
desarrolla una muy buena entrevista a la excelente cronista argentina Leila
Guerriero. Aún no la leo como se debe, es decir, solo he picado artículos y
crónicas sueltas, pero sé bien de su gran calidad de editora. Guerriero sabe
escoger, sabe editar, sabe mirar, prueba de estos buenos oficios los tenemos en
Los malditos y Temas lentos de Alan Pauls. Se trata de una maestra en todo el
sentido de la palabra y algo muy dentro de mí me dice que también es una
bellísima persona, que se siente una grande pero que a la vez no se la cree, demostrando
una nada impostada sencillez. Esta es la impresión que me dejan sus respuestas
que le brinda a Bonilla a razón, principalmente, de su libro de perfiles Plano Americano. Me queda claro que Guerriero
es una escritora que basa su trabajo en lo que escribe y no en la imagen que
proyecta. Aprendamos, pues.
Definitivamente, la
traducción de Guillermo Niño de Guzmán del cuento “El disco rayado” de J. D.
Salinger, es el punto más alto del presente número. Aparte de ser uno de
nuestros más grandes cuentistas, Niño de Guzmán es también uno de los más grandes
lectores que conozco, a lo mejor debido a ello es que lo admiro tanto. Un
grande traducido por otro grande, porque aparte de la novedad que significa
tener un cuento desconocido de Salinger circulando entre nosotros, la
traducción es demasiado buena, no impera esa voz oculta del traductor que Octavio
Paz pedía evitar. Para Paz una buena
traducción de ficción no era más que la nulidad total de la voz de quien traduce. Basta leer las páginas de
este cuento para cerrar la revista y darnos por bien servidos, y, claro,
guardarla en los cajones dedicados a las publicaciones periódicas de colección.
Pero no, aún hay más.
Cuando recibí los ejemplares
de este Buensalvaje, me encontraba
con un amigo en la librería. Este amigo es un joven crítico literario bastante
analítico. Nos pusimos a revisarlo a la volada, pero fuimos incapaces de no emitir
un prejuicio ni bien vimos la portada. Es decir, si comparamos las portadas de
los números anteriores, en donde teníamos a todo color a Enrique Vila-Matas,
Javier Marías y Rodrigo Fresán, lo ideal era que se siguiera con un autor de esa
línea. Como señalé líneas arriba, no solo para mí Fuguet es uno de los mejores
narradores latinoamericanos de hoy, pero no podemos negar que le conocemos más
de “cien” entrevistas ofrecidas a medios peruanos. Entonces, tener a Fuguet en
portada no era, bajo ningún sentido, una novedad.
“A Buensalvaje se le está acabando la gente”, dijo mi amigo el joven
crítico literario bastante analítico.
Pues bien, de todas las
entrevistas que conozco sobre este artista chileno, esta quizá sea en la que
dispara y patea más, pero no ciegamente, cada una de sus balas y puntapiés
tienen nombre y apellido, y argumento. En sus respuestas, Fuguet arremete
contra la mediocridad creativa, contra el lustrabotismo, contra la dependencia
foránea como único medio de realización artística, contra la hipócrita
diplomacia tan cara en el gremio literario. Estamos ante un tipo que no le debe
nada a nadie y si hoy es lo que es, lo es debido a su persistencia. Si hacemos
un breve repaso a su obra, y obviando que desde sus inicios haya sido publicado
por editoriales grandes, nos daremos cuenta de que las pasó putas, no la tuvo nada
fácil. Pasaron muchos años (y muchos libros) para que se le aceptara como una
de las principales voces latinoamericanas. Fuguet no cambió, siempre fuel el
mismo, pero hoy en día es más maduro, atraviesa una etapa de gracia, etapa de
gracia patente en las respuestas a las buenas y precisas preguntas de José
Tsang. Aquí Fuguet motiva y eso es lo que hace que esta entrevista sea distinta
y mil veces superior a las más de “cien” que se le han hecho en estos terruños.
De todos los BS, este quizá sea el más logrado. Claro,
los que leen este blog podrían pensar que estoy cayendo en una recurrencia
valorativa, no es la primera vez que digo que el último número de ocasión es el
mejor. Pero este BS es especial, aquí
se percibe la mano del director y su equipo de trabajo. Sin que se note, se
lucieron como grandes. Así de simple.
miércoles, mayo 15, 2013
lunes, mayo 13, 2013
"The Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión"
Publicado
en Lee por Gusto – Perú 21
…
Este es uno de los
libros que durante muchos meses –a lo mejor año y medio-- esperé que llegara a
Lima. Cualquiera que haya devorado las cinco temporadas de la serie de HBO The Wire, me entenderá sin más. Y si hay
alguien que aún no la ve, pues le sugiero que termine de leer esta columna y
vaya tras la serie. Así de simple. Su existencia no es más que un motivo
adicional que refuerza una verdad: el extraordinario momento --el mejor, a
secas-- de la series de televisión.
Atrás, en el olvido,
quedaron las series ochenteras y setenteras, que aparte de exhibir olvidables
actuaciones, también hacían gala de un trabajo guionístico soberanamente
insultante. No por nada, se dice que los guionistas de hoy son los hijos
aprovechados de Dumas, que aprendieron los secretos de las novelas de folletín.
Basta revisar los guiones de Mad Men,
24, Breaking Bad, Lost, Los Soprano y, sin ir muy al norte, de la
primera temporada de la argentina Epitafios,
para quedar absortos con el andamiaje estructural, la documentación enfermiza,
en otras palabras: lo medular que resulta la logística narrativa.
The
Wire
jamás fue concebida para el mero deleite del espectador medio. Para
disfrutarla, hay pues que dejar la piel en cada uno de sus episodios, casi del
mismo modo de cuando nos enfrentábamos, por ejemplo, a las más crípticas
películas de Godard, o para graficarlo mejor: como cuando ingresábamos en los
laberintos de Paradiso de Lezama
Lima.
Desde que empiezas a
ver el primer capítulo de la primera temporada, el asunto tiene todos los visos
de ser una empresa imposible de superar. ¿De qué hablan? Para colmo en jerga… Pero
al final de la batalla uno queda con la sensación de que ha valido la pena
invertir paciencia y sudor, puesto que terminas aprendiendo, y mucho. Sabes por
fin cómo se movían las fichas de los sistemas representados, teniendo como
única salida la de aferrarte a tus valores para no terminar emputecido. La
locación: Baltimore, Baltimore para el mundo entero, en donde no hay personajes
buenos, ni personajes malos, todos son iguales.
Eres, sencillamente,
otra persona luego de cada temporada. No te confundas, no te sientes una mejor
persona. Eres otra persona, muy zarandeada, para ser precisos.
En lo personal, y por
más que a un purista le suene a herejía libresca, mis temporadas de The Wire las tengo en los anaqueles de
mi biblioteca, al lado de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, Moby
Dick, Mientras agonizo, El cuarteto de Alejandría, de las obras
completas de Chandler, Las ilusiones
perdidas… O sea, en las filas de los más grandes.
The
Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión
(Errata Naturae, 2010), es a todas luces un invalorable regalo para los fieles
y sufridos fanáticos de la serie. Cada dosis viene por cuenta de escritores e
intelectuales que también fueron fieles, es decir, hechizados y zarandeados por
la podredumbre moral, incoherencia y chispazos de redención de sus recordados
personajes, como Lester Freamon, Jimmy McNulty, Avon Barksdale, Omar Little
(por cierto, antihéroe favorito de Barack Obama), Stringer Bell, Kima Greggs y
demás. Las plumas convocadas para la presente publicación, todas ellas
bendecidas por una suerte de fuerza sobrenatural protectora y a la vez
amenazante, fueron las de: David Simon, George Pelecanos (imperdible su relato
‘El confidente’), Rodrigo Fresán, Nick Hornby, Jorge Carrión, Iván de Los Ríos,
Marc Pastor, Margaret Talbot, Marc Caellasy y Sophie Fuggle. Cada uno de ellos
--sin contar a Pelecanos-- de a pocos y sin pudor alguno, va dejando de lado la
fría acuciosidad, la objetividad de su discurso, para dar lugar a uno
impresionista que ya no puede contener al hincha y seguidor que lleva dentro.
Es que no se puede ser objetivo si escribes de esta serie. Ellos lo saben bien,
escribir sobre ella es ser parte de la historia de la narrativa visual, es
colaborar en su tradición, se sienten importantes, porque se la creen, como
tiene que ser.
Me es imposible pasar
por alto la introducción de David Simon, el hacedor de la perdurable y gran bestia.
“Y, siendo sinceros, The Wire no
intentó solamente contar un par de buenas historias; sobre todo, buscó… pelea”.
O sea, catalogar a The Wire como una simple
serie de policías y ladrones, no es más que una mezquina reducción de su
verdadero alcance: The Wire fue
política, historia, sociología, antropología, psicología, economía... The Wire se fue por la puerta grande,
llegó a la quinta temporada. Simon no cometió los horrores de los creadores de Lost y 24, que por dinero las extendieron cuando ya no tenían más que
decir.
Después de cada emisión
de los episodios, en especial los de la primera temporada, más de una
institución del sistema de Baltimore se sentía contra la pared y con los
pantalones en las rodillas. Por ende, no extraña que los productores hayan
barajado, en más de quinientas ocasiones, cancelar el proyecto de Simon. Pero
de a pocos la serie se fue forjando de una gran minoría de televidentes que
encontraba en ella cosas que nunca antes había visto. No era para menos: esta
gran minoría tenía en las pantallas de sus televisores una sugerente y adictiva
novela visual. En otras palabras, fue la calidad del producto la que terminó
imponiéndose a las tácitas presiones del rating y la publicidad.
“A la mierda el
espectador medio”, dice Simon. Y le doy toda la razón.








