miércoles, diciembre 07, 2016

"el espíritu de la ciencia ficción"

La publicación de la novela póstuma de Roberto Bolaño, El espíritu de la ciencia ficción (Alfaguara, 2016), ha generado más de una discusión y pocas tomas de posición en relación a lo vertido por sus protagonistas. Por un lado, la viuda del escritor, Carolina López, y por otro, el crítico literario Ignacio Echevarría, que ha señalado la intención de López por blanquear el pasado inmediato de Bolaño, en pos de la construcción de una memoria literaria, en la que tendría que forjarse un nuevo discurso sobre el escritor, ahora que la obra de este ha migrado de sello editorial.
Consignemos también que la presente novela viene con un prólogo del crítico Christopher Domínguez Michael. Quien esto escribe es admirador del trabajo del mexicano, pero también debo señalar que su prólogo es un texto forzado, uno que intenta cumplir un objetivo: que Bolaño dio por cerrado el proyecto que ahora se nos presenta entre manos. Sumemos también los anexos que nos brindan luces sobre el proceso de composición de la novela, que serán de la delicia de los seguidores del chileno. Sin embargo, ni el prólogo ni los anexos aportan en la apreciación que ante todo nos debe interesar: la novela como novela.
La lectura de El espíritu… nos arroja varias preguntas y una sola certeza. No estamos ante una novela acabada, en absoluto, sino ante una novela cuya escritura se hizo necesaria para su autor, con el objetivo de encausar y expandir los tópicos que desarrollaría en las cinco novelas que componen 2666, como también en la proyección del universo que veríamos en Los detectives salvajes.
Cuando nos referimos a la novela como proyección trunca, tenemos que subrayar su debilidad mayor, asociada a la configuración moral de sus protagonistas, los aspirantes a escritores Remo Morán y Jan Schrella, que contra todo persiguen el objetivo de dedicarse exclusivamente a la literatura, habitando una galaxia dependiente de las referencias literarias. Hasta cierto punto (uno muy remoto) podríamos barajar la idea de que estamos ante una novela insertada en la tradición de Las novelas de aprendizaje, pero cartografiarla en dicha tradición, aparte de demagógico, vendría a ser una mentira contraria a los postulados que Bolaño cultivó en vida. A Morán y Schrella les falta un componente vital que los libre de la plasticidad que los divorcia de la verosimilitud, ese componente que hemos sabido apreciar y admirar en los personajes de las novelas y cuentos más celebrados del autor. Este par, y del mismo modo que los demás personajes que los acompañan, adolecen de oscuro malditismo y emocionalidad quebrada. La configuración moral no pasa del mero enunciado, se resiente en fibra. Nos basta y sobre esta característica para entender por qué Bolaño mantuvo oculta la novela durante muchos años, y tengamos presente esta especulación: cuando la escribe, Bolaño era un narrador encaminado en su formación, no se consideraba un narrador cuajado, pero su decisión de no publicarla no obedeció a olfato de oficio, sino a su condición de voraz lector. Y de haberse dado el caso de que haya podido publicarla, estaríamos hablando de la novela más floja de toda su producción. Entonces, las preguntas se imponen para explicarnos por la existencia actual de esta novela que hemos recibido con mucho ánimo, pero intuyendo que no se trataba de lo mejor, ni de lo regular, del autor. Una respuesta potencial se yergue en su potencial justificación: el cambio de casa editorial debía estrenarse con un título nuevo, no con uno emblemático. Esta determinación, en esencia muy discutible, es lo que nos permite entender su presencia, pero más allá de los móviles comerciales, nos arroja una certeza que los lectores del chileno estamos llamados a agradecer.
En El espíritu… encontramos la ética de registro inicial que el autor potenciaría en los títulos que lo consagraron. Bien podríamos calificar esta novela como un documento de lujo sobre el fuego de la poética de Bolaño: el zurcido de su estilo. El estilo que vemos en estas páginas es lo mejor que nos regala Bolaño desde el más allá. Por eso, su riqueza la hallamos en los silencios, en la diafanidad de su prosa. Fijémonos en el año en que la termina, 1984. Y hagamos memoria sobre lo que era la prosa en español en esos años, revisemos el pastoso lastre que la signaba.  
Más allá de las falencias de construcción emocional de sus personajes y de la ligera estructura de la que hace uso, Bolaño triunfa en la ética de su estilo. Sabiendo de lo que hacía, desde el borrador se propuso (¿involuntariamente?), o dio señales de rescatar la prosa en español de la ciénaga, de la sonaja, del florido artificio sin sustancia, y en esta gesta, que a otro hubiera intimidado, terminó legitimando su estilo años después. Un estilo que en las páginas de El espíritu… le permite administrar la vitalidad juvenil al borde del colapso de sus personajes. Seguramente no sintonicemos con Morán y Schrella, pero eso poco o nada le importa al lector de Bolaño (ajá, resaltemos en negrita), puesto que su celebrada vitalidad refulge en ellos, lo que nos testimonia lo siguiente: a Bolaño jamás se le ocurrió hipotecar su escritura. Peleó y venció.

martes, diciembre 06, 2016


569

En estos dos días he estado por Barranco, pero han sido días extraños porque me he cruzado con personas a las que, en situaciones normales, evitas, sin más y sin cargo de culpa. Por eso, cuando vi a “Chancho infame” en dirección a La Espiga, tuve la secreta esperanza de que no entraría a ese café, mi punto de encuentro y reflexión cuando voy a Barranco. “Chancho infame”, un pésimo poeta y argollero por excelencia, tiene un deporte favorito: hablar mal de mí, con mayor razón cuando sus alumnos de la San Marcos no dejan de mostrarme su buena onda y consideración. “Chancho infame” me desprecia y en parte es muy bueno que te desprecie gente como él, que en materia literaria goza de lo que merece y que humanamente tiene lo que ha construído: la lástima de sus amigos.
Pero lo que sí no estaba dispuesto a tolerar de “Chancho infame” era que se apodere del espacio, quizá el único en ese distrito, en el que me siento cómodo, con mayor razón cuando había llegado más temprano de lo debido a una reunión. Me detuve un rato, a ver si este ser amorfo, colorado y con barba, no terminaba seducido por las butifarras de La Espiga. Felizmente, no se quedó y siguió avanzando, seguramente en dirección a la pollería más cercana.
Entré a La espiga y pedí un espresso y un pastel de pasto, tal y como suelo llamar al pastel de acelga. Mientras esperaba mi pedido, puse sobre la mesa una novela que se me antoja atractiva, que me significará un viaje a los años sesenta y setenta, una novela de la que he escuchado buenos comentarios. Las chicas de Emma Cline.
Me sumergí en esas páginas, con la idea de que el tiempo se detuviera. Si la reunión no se realizaba no era el problema, el problema era el tráfico, que en estas épocas del año se torna por demás insoportable, entonces debía esperar a que este se ponga decente en un lugar en el que pudiera leer, y si lo hacía comiendo o bebiendo algo, pues tanto mejor.
Cuando iba por la página 40, me llaman y me dicen que la reunión se iba a realizar y que me estaban esperando. Llamo al mozo y pago mi consumo y salgo del café. Sin embargo, para mi mala suerte, me cruzo con “Chancho infame”.
Nuestras miradas se cruzan, pero dejo que siga su camino, porque se le veía apurado, y como lo supe minutos después, se dirigía con desesperación a una sanguchería, desesperado por un acto de canibalismo, es decir, su pan con chancho. 
Para seguir evitando estos cruces, decidí cambiar de acera y crucé la pista. Mantenerme alejado de ese tipo era lo mejor que le podía pasar a él. Prendo mi celular y busco en Spotify un álbum de 1993 de Billy Joel, el River of Dreams, que aparte de la canción homónima, sin duda una de mis favoritas, tiene un par de canciones más que bien valdría la pena escuchar: “A Minor Variation” y “No Man´s Land”. Esas tres canciones lo valen, no importa mucho la irregularidad de este trabajo.

Entrevista a Marco Avilés

Hay una sensación que contagia en estas crónicas, una suerte de intención: nos hacen pensar en la posibilidad de conocer los lugares que has visitado. En este sentido, hablamos de un triunfo. El libro seduce a viajar hacia una realidad, que con sus problemas, traumas y desgracias, también reflejan un mundo seguro para quienes lo habitan, no necesariamente un mundo feliz.

Un amigo novelista me dijo que le había gustado un fragmento en especial. Es la parte en que tres agricultores de Andahuaylas llegan a Lima por primera vez y, en el momento en que lo hacen, yo describo lo que ven: un desierto lleno de basura y de granjas de pollos, avenidas llenas de humo y gente apagada, gente comiendo como si esa fuera la única forma de felicidad. La ciudad vista por el hombre rural es un lugar desolador. Lo raro es que pocas veces tenemos oportunidad de leer ese punto de vista.


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lunes, diciembre 05, 2016

568

Cuando me despierto, me pongo leer lo que tenga a la mano, o lo que mi brazo alcance de mi sillón, que tengo al lado de mi cama. Anoche me acosté tarde, estuve editando y viendo algunas películas en Neftlix, lo que en todo sentido desdice la rutina de sueño que he venido teniendo en los últimos días, en los que me despertaba como una persona normal, siempre y cuando respete este criterio de acciones: no beber más café después de las 7 de la noche, y si bebo algo, que sea chela o anís. Por cuestiones de trabajo, cuando a veces este se te extiende más de la cuenta, abuso del café hasta avanzada la noche, lo que refuerza aún más mi incapacidad para conciliar el sueño.
Pero bueno, sigo en mis cosas y me entero de lo que ya medio Perú sabe: la designación de Salvador del Solar como el nuevo Ministro de Cultura. Al respecto, no dudo para nada en la preparación de SDS, además, me consta, es un lector muy atento y constante. Por allí no va mi preocupación, y pueda que esté siendo prejuicioso, pero sí deseo que exhiba una dimensión de servicio más allá, mucho más, de la que han venido demostrando sus antecesores, pero que ante todo, ponga a trabajar a toda esa masa de ociosos y lobistas que pueblan este ministerio, el más huevero de los ministerios que hay en Perú, el que más ha demostrado una desconexión con los problemas esenciales que necesita este país en cuestiones culturales. 
Entonces, me pongo de pie y me sirvo la primera taza de café del día, la primera de una drogadicción que llevaré al límite hasta las 6 de la tarde, y de allí, me pondré a hacer cosas también importantes, como averiguar la verdadera razón que llevó a Gillian Gilbert a alejarse definitivamente de New Order, del mismo modo, tener lista mi dieta que seguiré durante los próximos meses, porque si algo he hecho últimamente, es comer sin control, claro, la gordura no se me nota mucho porque soy alto, pero de todas maneras, ya llegó la hora del deshueve con uno mismo, por eso, seré ajeno a las tentaciones culinarias, y en consecuencia a estas determinaciones, rechazaré el chaufón que está organizando DK, en prueba tajante de su responsable asimilación de los programas de cocina de Plus TV.

domingo, diciembre 04, 2016


567

Ayer, sábado, ciertas calles de Lima me parecieron por demás extrañas. Parecía que había pasado algo en la ciudad, como si ese sábado hubiese sido invadido por el hálito de los domingos: poca gente, contados carros, silencio sepulcral, ¿o es que estuvimos caminando por las calles más aburridas de toda la ciudad?
Caminaba con ND, a quien acompañaba a un evento que tendría que cubrir, la acompañaba mientras me contaba sobre su viaje a Santiago, ciudad en la que pudo asistir a un histórico concierto de Black Sabbath. En parte, las calles por las que caminábamos tenían toda la pinta de ese Santiago que puede resultar muy desolador los domingos. Por otra parte, no había nada y el calor me estaba pasando factura, porque al tener toda mi ropa secándose, no tuve otra opción que usar una camisa que se me pegaba en la espalda a causa del sudor. En otras circunstancias, me hubiese quedado en casa, anulado por los caprichos de la comodidad, pero también sabía que solo podía ver a ND un par de horas, entonces al guerrazo, salí con la camisa sabiendo la incomodidad que también me generaría su uso, para colmo, no tenía ni un bividí a la mano. No importa, había mucho que hablar con ND, quien me contó de su periplo santiaguino, y lo hacía mientras fracasábamos en la búsqueda de un café, conformándonos al final con unos sanguchitos de un Minimarket de Canaval y Moreyra.
Cerca de las siete de la noche, regresé a casa, sabía que a las ocho de la noche se transmitiría uno de los partidos de la Copa Perú. Aún recuerdo las jornadas de los partidos de la Copa Perú a los que mi papá nos llevaba a mi hermano y a mí, en inacabables tripletes en el Estadio Nacional. Mi papá no era fanático de ninguno de los equipos que disputaban esta copa, sino que hacía lo mismo que todos los asistentes que llenaban el coloso deportivo: ser testigos de las patadas y juego brusco, de esa poesía seca pero hilarante, de la que niños ochenteros como mi hermano y yo no éramos ajenos. La Copa Perú era el Circo Romano del limeño ochentero. Quizá ese recuerdo fue lo que hizo que regrese a casa, pero no para ver la transmisión del partido, sino para escuchar el mismo en Radio Ovación y teletransportarme en el tiempo, a esos fines de semana de diciembre que íbamos al estadio para ver esas batallas deportivas que se nos quedaban en la memoria, al menos para mí, hasta el día de hoy. 
Ya avanzada la noche, busqué en Youtube un concierto de ballet, pero uno de movimientos salvajes y epifánicos, como para despejar la mente de las inevitables bajezas de las últimas semanas, de la podredumbre moral de los otros.

sábado, diciembre 03, 2016

¿ya leíste a miluska benavides?

Desde hace un tiempo me vienen preguntando por una narradora peruana, a la que ubicamos entre las últimas que han aparecido, una narradora que en su primer cuentario nos revela no solo solvencia de oficio, sino también una mirada peculiar del mundo, pero ante todo, y esto es algo que habría que subrayar: ambición narrativa, que en su caso no se expresa en la extensión, sino en la fuerza de su contención.
Me refiero, pues, a la traductora y escritora Miluska Benavides y su libro La caza espiritual (Celacanto, 2015). Hablamos de una publicación que ha pasado desapercibida gracias a nuestros maravillosos periodistas culturales, que solo reseñan lo que les llega o lo que el relacionismo estratégico obliga a que reseñen, sin tener en cuenta que su función es también salir a buscar publicaciones. Felizmente, en este circuito aún quedan lectores que no se tragan las mentiras del buffet dietético del periodismo cultural, porque si algo ha generado LCE es precisamente formar una pequeña pero respetable comunidad de lectores que, señalando virtudes y reparos, posicionan a Benavides como lo mejor que le ha podido pasar a la narrativa peruana en estos tiempos de celebraciones y canonizaciones apuradas. 
No es hora de cuestionar estas celebraciones y canonizaciones, que más de un herido arrojará el análisis, sino es hora de destacar la legitimidad que consigue Benavides con un cuentario ajeno a las tendencias literarias y mandatos (modas) editoriales, de los que no se libran ni los grandes ni pequeños sellos. Lo que consigue Benavides no es más que el simple triunfo de aquello que debemos conocer como artificio narrativo, que constatamos en cuentos como “Los cuerpos celestes”, “El panteón de los próceres”, “El condenado”, “Las cuatro estaciones” y “Las ceremonias”. En estos cinco cuentos, de los ocho que conforman la publicación, somos testigos de la formación narrativa de la autora, de su innegable talento, como también de sus excesos en cuanto a densidad narrativa (que de seguro aliviará en sus próximas entregas), pero ante todo somos actuantes privilegiados (el lector debe poner lo suyo, aquí no hay cucharaditas) de una voz quebrada que la autora cubre con mantos metafóricos, puesto que la sola exposición de miserias no es lo suyo, y no tiene por qué serlo, porque si algo demuestran estos cuentos, es una propuesta sólida encausada en la ambición por representar un mundo, es decir, la verosimilitud literaria divorciada del barato efectismo.

viernes, diciembre 02, 2016

566

Mientras me dirijo a la cocina, Onur me persigue, cada cuatro pasos y medio da un salto, sin duda, el falso pekinés me está pidiendo su desayuno, puesto que la hora del mismo, no tiene que ser la hora en que yo tome el mío. Entonces, Onur se convierte en prioridad en esta mañana gris, pero húmeda, y sumamente tibia.
Una vez que el perro colma su hambre, me preparo una taza de café y licuó las frutas que me han dejado. En Spotify ubico el último álbum de los Rolling Stones, Blue & Lonesome, y al parecer, en lo que poco que voy escuchando, la banda inglesa regresa a la esencia de sus orígenes musicales, pero sé también que es muy pronto para decir algo al respecto, algo contundente.
Prendo la Laptop y hago una anotación en mi cuaderno de una película que volví a ver anoche, Super Cool/Superbad de Greg Mottola.
Si hacemos una encuesta al paso sobre esta película, más de uno me dirá que es una película muy divertida, pero esa valoración no es más que un eufemismo de lo que no se quiere decir, porque no solo los conocedores son infectados por la posería, también los cinemeros. Existe pues un pudor que nos impide dictaminar su valor, que no es más que la parodia de nuestra adolescencia, al menos yo sí me siento identificado en esas largas noches de juerga adolescente en las que recorría toda la ciudad por el trago idóneo que me justificara ante las flacas que me interesaban en un tono.
En este sentido, las poserías no van conmigo, Super Cool es una obra maestra que nos ayudara a entender y valorar más a esa generación noventera que sí tiene mucho más que decir, ya sea de su antecesora y de las que la siguen, una generación muy privilegiada en términos creativos, en cuanto a su contexto inmediato. 
Comienzo a revisar mis correos e Inbox de Facebook. En uno de ellos me dicen que han recibido mi reseña de Cuba Stone y que la publican este lunes. DK me manda una foto de su almuerzo de ayer, esa es la costumbre que viene exhibiendo este Zepita, me adjunta las fotos de sus almuerzos, entonces decido desahuevarlo, porque esos platos no generan la más mínima provocación culinaria, eso ocurre cuando crees que la comida peruana pasa por los programas de cocina de Plus TV.

jueves, diciembre 01, 2016


565

Me despierto despejado y programo en Spotify un temón de Radiohead, “No Surprises”, que me basta para sentir que mi pecho es una pista, una pista en el que tiene lugar la manifestación de un endiablado ballet. Pienso avanzar la lectura del libro de Thompson, pero lo haré en las siguientes horas, porque antes, debo concluir la edición del cuento de un joven narrador que publicaré en Sur Blog, y también un ensayo sobre uno de los escritores franceses más controversiales de las últimas décadas.
Para mi buena suerte, y si algo bueno trae el mes de diciembre, es que me ensimismo más y trato de evitar a todas las personas posibles, ni hablar del tráfico de la ciudad, que se vuelve no menos que enfermizo y espantoso, representándome una prueba de paciencia, y no hay prueba peor, para mí, que las pruebas en las que brota tu ansiedad. Por eso, lo mejor es salir lo menos posible, solo mantener el contacto con las personas que realmente importan, es decir, sumar a ti mismo.
Termino de preparar mi primera taza de café. Mientras lo hago, pienso en cómo haré lo que tengo que hacer en las próximas horas: lavar los colmillos de Onur.
Ayer compré, en una veterinaria, cepillo y pasta dental para canes. Pero no sé cómo lavar los colmillos de un perro, busco entonces en Youtube algunas indicaciones. Igual, mi carácter nervioso me libra de una actividad en la que el pulso resulta esencial. Debo practicar o ver cómo otros practican. No lo pienso mucho, llamo a “Cachetada Nocturna” y “Frejolada” Arnao, que están juntos caminando por La Colmena a la busca de tracas (pero es mediodía), a quienes les explico lo que tienen que hacer. Ambos me dicen que sí, que vendrán a casa y que harán una puesta en escena de cómo lavar los colmillos a un perro, y pienso pues en el juego de roles, quién será quién, si “Cachetada” el amo o “Frejolada” la mascota, o viceversa. Aunque es una pérdida de tiempo, porque “Cachetada Nocturna” y “Frejolada” Arnao son prácticamente lo mismo.
Pero antes de colgar, “Cachetada” me hace una consulta, muy a su estilo: “¿es cierto que me caché al canon literario peruano con mi Copé de Novela?” Así es, esa era la pregunta de “Cachetada”, pregunta que arrojaba una respuesta inmediata por su obviedad, pregunta que bien podría ser la metáfora de la sarta de payasadas y bajezas que hace a nombre del Copé. Un Copé mal otorgado, un Copé que en términos literarios no se justifica. Si “Cachetada” piensa que se ha cachado al canon literario peruano con su novela, pues tendría que pensar bien su slogan de difusión, puesto que novelas como la suya son las que necesita el canon para fortalecer sus espesas y grasosas aguas estancadas. “No, “Cachetada”, es el canon el que te ha cachado”, le digo. 
“Cachetada Nocturna” no lo puede creer, y no entiendo lo que me dice, a lo mejor alguna amenaza, pero hago el esfuerzo por entender, pero por más que intento no entiendo nada, ahora escucho que “Frejolada” Arnao lo anima con una buena porción de frejoles con lonjas de chancho…

miércoles, noviembre 30, 2016

alejandra basualdo - "para dominar el silencio"

En mi época de librero pude conocer a mucha gente, como a la artista chilena Alejandra Basualdo.
Viajera y lectora, cuyo talento para la pintura va acorde con su calidad como persona. Podría decir que, a su modo, Alejandra es una peruana más, puesto que conoce muchos lugares del interior del país. Su conexión con la realidad peruana es pues una marca registrada.
Pero Alejandra es también una viajera del mundo. Así es, viajera, lejana de las mentiras burguesas del turismo. En su andar por el mundo, ha llegado a exponer en muchos lugares y en estos días expone por primera vez en Perú, en una exposición llamada Para dominar el silencio, en la sala Víctor Humareda del Museo de la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Apunten su nombre, Alejandra Basualdo dará que hablar.
Ahora, y muy en lo personal, me siento honrado de que un texto mío aparezca en esta exposición de Alejandra. Un texto que ocupa toda una pared.
No, no es que vaya a dedicarme a la curaduría. Nada que ver. Y si así fuera, se trata de un debut y despedida, pero con estilo.


Basta una primera mirada a la presente obra plástica de Alejandra Basualdo para darnos cuenta de que estamos ante una artista que domina como pocos la técnica. En realidad, cualquier persona, con pujanza y compromiso, lo puede hacer.
Obviamente, este dominio técnico no es lo que distingue a Basualdo, sino su mirada y su férrea sensibilidad que nos hace creer en algo de lo que, hoy en día, no podemos ser testigos: la experiencia plástica, esa experiencia que nos lleva a la Verdad (en mayúscula), es decir, esa experiencia que nos hace partícipes de una conexión, ya sea por medio de la contemplación, en este caso mentirosa por la aparente quietud que despierta su plástica, contemplación que a paso firme se revela en un peligroso encuentro sensorial con la cruda esencia de la aparente levedad de las cosas.
Basualdo no se viene con remilgos estilísticos. En la aparente sencillez de sus trazos, es posible detectar su discurso plástico, un discurso que se patentiza en la coherencia que exhibe en esta muestra. Y seamos francos, no todos los artistas están en condiciones de mostrar una coherencia plástica, para lograrlo, hace falta respirar y sudar colores, tal y como nuestra artista lo hace, por medio de colores secos: grises, sepias y naranjas oscuros, colores apagados individualmente, pero que en el trazo y concepto de la artista, se elevan a la perdurabilidad de la vida que genera la desengañada contemplación y la turbulencia del recuerdo, ese recuerdo que viaja en la intimidad y proyectada en la aridez de la tierra, pero de no de cualquier tierra, sino de la tierra que proviene la autora. Tierra como metáfora de la vida, vida en su comienzo, viraje y final.
En cada uno de estos trabajos es posible detectar, en principio, una refocilación por la nada, apostando por el desierto como geografía a invadir; pero hablamos de un desierto peculiar, un desierto que no es tal, puesto que en la mirada de Basualdo se vuelve un crisol de posibilidades en los que sus colores recurrentes lo nutren de vida, haciendo de este el camino por el que la artista no solo lee su vida, sino también las vidas de quienes lo presenciamos.
Suele decirse y escribirse sobre la odiosidad de las comparaciones, pero no es nuestra intención la provocación. En absoluto. La comparación es menester para entender la propuesta de Basualdo, en especial, en tiempos en los que los artistas plásticos se decantan por el efectismo y la No-Transmisión, o sea, elijen la involuntaria desconexión con el potencial espectador, sea este conocedor, curioso, o simplemente alguien que pasaba y se topa con una muestra. En este sentido, Basualdo ejerce una saludable y subversiva diferencia, es su obra la que nos habla por ella y en ese diálogo visual no hay espacio para la indiferencia, menos guarida para el golpe sensorial que nos proyecta su poética plástica, haciendo de los improbables espectadores seres más golpeados de lo que creíamos estar. 

Gabriel Ruiz Ortega. 

...

martes, noviembre 29, 2016

Entrevista a Laura Sandoval Borràs (Hoja de Lata Editorial)

Llama mi atención la colección Mecanoclastia de la editorial. De esta he leído un librazo: Días de fuga de Bill Ayers. ¿Qué los animó a publicar esta suerte de crónica generacional? Esta es pues una apuesta editorial, en todo sentido.

Para ser sinceros, Días de fuga, de Bill Ayers es el libro que Daniel, mi compañero en la editorial, tuvo claro que quería publicar antes incluso de que existiera Hoja de Lata. Podemos decir que es el libro 0 de nuestra editorial, y que ya estaba en la lista de deseos antes que ningún otro título. Un librazo, como bien dices, del que ambos nos sentimos muy orgullosos de haber publicado, a pesar de ser conscientes de que no iba a resultar especialmente sencillo darlo a conocer. Una apuesta editorial con todas las letras, como la mayoría de nuestros títulos no obstante.



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564

Tras una caminata por un desértico Miraflores (me resisto a creer que transite poca gente a cuenta del cierre de Larcomar, lo que revelaría una metáfora de la frivolidad, que en sí a nadie sorprendería), luego de haber conversado con mi amigo Luis en el café de la librería del FCE, que estuvo hace unos días en la Feria del Libro de Trujillo presentando su última novela, decidí regresar a casa, pero mis planes inmediatos cambian, porque recibo la llamada de DK, que trabaja cerca y entonces quedo para encontrarme con él y así se ponga el día con el sanguchón que me debía. Le digo que lo esperaré en el café de la librería en la que estuve hasta hacía un rato.
Mientras lo esperaba, pedí un capuccino y me puse a revisar lo que podría, y tiene la pinta, de ser un delicioso libro de ensayo: Música prosaica (Cuatro piezas sobre traducción) de Marcelo Cohen. Pero como DK demoraba, entonces la revisión se transformó en una lectura atenta que se alimentaba con mi droga social, que ahora cambiaba de nombres, en espressos y americanos.
Yo era el único en la cafetería de la librería y aprovechaba ese relativo silencio para seguir leyendo el ensayo de Cohen, deseando que DK no se apareciera y así disfrutar un poco más la lectura. Si regresaba a casa, tendría que ser dentro de varias horas, con un tránsito más acorde a mi ánimo, porque si algo me he prometido, es que mi ánimo no tiene que verse alterado por el espectáculo surreal de las horas punta, que me alteren pues otras huevadas, no la bestialidad de los conductores limeños.
Cuando DK entró a la librería, lo hizo hablando por el celular. Me pasó el cel y me puse a hablar con Jeremy, que me comunicó que acababa de quedar finalista en la presente edición del Copé de Cuento. Entonces lo felicité y me alegré, porque de a pocos y a paso firme viene demostrando talento en este circuito que bien podríamos calificar de drenatrolista. A este paso, sin crítica, ni criterio, ni independencia, todos nuestros escritores serán calificados de maravillosos, ajenos a la falencia literaria y con derecho a reclamar posteridad sin demostrar nada. 
Al respecto, y lo que sí me preocupa, y ya lo señalé en un post pasado, es el auge por la brevedad que viene imponiéndose en nuestra narrativa, al menos, es lo que ha pautado este año nuestra producción literaria. No me refiero a la calidad, sino que subrayo una opción que no solo proviene de un mandato editorial mayor o menor, sino una opción creativa de los mismos autores. Caminar sobre senderos seguros termina matando la propuesta, limita el grado de resonancia del nervio creador.

lunes, noviembre 28, 2016

563

Me despierto temprano y cometo el error de sintonizar Canal N. Mario Ghibellini entrevista a Marisa Glave. Veo y escucho la entrevista sin verla ni escucharla, pero sí presto atención cuando se le pregunta a Glave qué opina de la muerte de Castro. En este sentido, Glave hace alarde de una mescolanza de lugares comunes y tibiezas conceptuales que me arrojan una triste realidad: a esta lideresa de izquierda le falta leer un montón, forjar un discurso fuerte que motive un intercambio de ideas basadas en principios y no en creencias ideológicas canalizadas en una periclitada sabiduría oral.
Pero bueno, dejo ahí la entrevista, no voy a dinamitar mi mañana con semejantes actos de soberbia. Y es una pena decirlo, porque Glave me cae bien, pero cuando defiende lo indefendible, y encima haciéndolo con altanería, uno pone en duda si esos grandes principios que dice defender descansan en la responsabilidad intelectual y en las parcelas de la ética.
Me concentro en lo mío, que es lo me importa en estas horas. Abro los archivos que estoy trabajando, pero creo uno nuevo, en donde escribiré la reseña de Cuba Stone de Sinay, Joselo y Gamboa. No adelantaré nada de esta reseña, quiero plasmar a mano las primeras impresiones que me dejó esta lectura, luego ordenaré estas impresiones y las pasaré a la pantalla.
Ahora, desde hace algunos días algunos lectores me preguntan qué ha pasado con la plantilla del blog, cosa que me alegra, porque eso quiere decir que también miran mi perfil y la barra de enlaces. Y en realidad no sé qué responder, no sé a razón de qué mi perfil y la barra de enlaces aparecen al final de la página. Quise solucionar ese problema, que en verdad es una cuestión de estética visual, pero poco o nada puedo hacer, ya que la plantilla del blog y su codificación pertenecen a la protohistoria de los blogs. El hecho que lleve muchos años con este blog, no quiere decir que sea un experto en webs, lo mío siempre ha sido lo básico, y en lo básico he hecho lo que he podido, que no es poco, dicho sea.
Por otra parte, el viernes en la noche, golpe de nueve, mientras caminaba por las calles del centro, más de una punta me llama y me escribe al Inbox. Los mensajes y las cuatro llamadas me anunciaban a los ganadores del Premio Copé, tanto en Cuento y Ensayo.
Bueno, no nos vamos a sorprender, la irresponsabilidad con la se maneja la información en Petroperú es muy conocida por todos. Y la manera como esta se anuncia en las redes, antes de su pronunciamiento oficial, es parte de una criollada que ya vemos que se está haciendo costumbre. Pero más allá de estas peculiaridades locales, me alegra saber que un par de lectores que conozco lograron menciones en Cuento, como el buen narrador Carlos Zambrano, a quien felicito. Del mismo modo felicito a Diego Trelles por obtener el Copé de Ensayo, con lo que parece ser un trabajo que dará nuevos aires a lo que suele premiarse en los terrenos copistas. El tema de su ensayo me interesa y lo leeré cuando se publique. Además, ya le hice llegar mis felicitaciones por medio de su siamés “Kevin Arnold” Víctor Ruiz. Solo por esta vez, dejaré de llamar a Trelles “Chiboliné du France” o “ChDF”. Y le pido, en buena onda, que deje de odiarme y que no me indisponga con mis amigos. No me gusta la idea de ser la obsesión de alguien a quien medio mundo en Lima llama “Chibolín” y en París “Chiboliné du France” o “ChDF”. 
Eso.

domingo, noviembre 27, 2016

562

Una taza de café para comenzar lo que se supone tiene que ser un buen día y, de esta manera, analizar lo que han sido estas últimas semanas, que califico de peculiares, tanto en el ámbito personal como social. En lo personal porque he tomado decisiones correctas, aunque no por ello difíciles, en pos de aquello que se llama equilibrio interior y coherencia con uno mismo. En lo social, el espectáculo sobre el afecto y el rechazo a razón de la muerte de Fidel Castro.
De Castro ya dije lo que tuve que decir y no me voy a retractar al respecto, pero ese solo espectáculo de adhesiones del que vengo siendo testigo desde la medianoche del sábado, me hace pensar en el daño que le hacen a las personas los fanatismos, muy en especial los religiosos y políticos. Muestras de ceguera que hemos visto en estas últimas semanas, primero con Trump (¿o me van a decir que el voto protestante no fue determinante para que este troglodita gane las elecciones en USA?) y ahora con Castro.
Los fanatismos religiosos y políticos son dos pestes que siempre he combatido e intentado que no me contagie, quizá el único fanatismo que me ha contagiado ha sido el de la música, ni siquiera el fanatismo literario me ha carcomido la visión del mundo, pero con la música he sentido otro contacto, que se ha reforzado con mi estado irracional, que para buena suerte mía, se ha carcomido con estilo y consecuenia dentro de mi ilimitada fijación setentera. Por eso, me siento agradecido por no ser parte de ese fanatismo colectivo que motiva la muerte de una persona, fanatismo político en supremo grado, que impide ver que hay gobernantes sátrapas, ya sea de izquierda y derecha.  
Reviso algunos correos y descargo algunos archivos que tendré que editar, uno de ellos es kilométrico, pero normal, le entro con todo, aunque barajo la idea de imprimirlo para trabajarlo a lápiz. Antes de salir de mi cuenta, un amigo me dice que ayer compró Trilogía de la memoria, entonces le digo que es lo mejor que ha podido hacer, puesto que se trata de un libro necesario, que en lo personal no me canso de frecuentar. No importa quién se lo haya vendido, así haya sido el ideólogo de los Stupibabies, el popular "Libros robados". Cuando uno se sumerge en estas páginas, hay que ser una soberana bestia para revenderlo. Regalarlo sí, a una persona especial, como testimonio de la nobleza del genuino lector. Me alegra que mi amigo tenga en su poder ese libro, sé que estará en buenas manos, porque su anterior dueño lo robó de Ibero pensando que se trataba de un título que le faltaba y que venía buscando con anhelo: el tercer tomo de las memorias de Chopra. Sin embargo, cuando "Libros robados" llegó a la página 15, casi le da un ataque cerebral, sufrió un pánico ayahuasquero. Esa es la razón por la que desde hace meses andaba como loquito tratando de rematarlo por ahí.

sábado, noviembre 26, 2016

castro: el poder sobre la libertad

Me despierto algo tarde, aunque cuando me acosté ya me había enterado de la muerte de Fidel Castro. Supuse lo que vendría en las próximas horas, pero no imaginé, ingenuidad de parte, en lo que se iban a convertir las redes sociales, en un gran mural de estupidez y lugares comunes, con protagonistas jóvenes y tíos, exaltando las virtudes del dictador cubano.
Lo que veo demuestra una vez más lo que pienso: la ideología sin letra, no es nada. La ideología sin discurso es menos que boñiga. La ideología sin coherencia, lo que es: posería, que en casos como este, no conoce barreras cronológicas.
Como a muchos, de muy joven fui fanático de la Revolución Cubana. ¿A quién no con todo lo que se ha dicho y escrito de esta? ¿Cómo no me iba a llamar la atención el aura de leyenda de sus líderes, esos barbudos machos y mujeriegos que recorrían Latinoamérica llevando el mensaje revolucionario con el noble objetivo de independizarnos del imperialismo gringo?
Por eso, doy gracias, en primer lugar, a Castro. Si no fuera por esa inicial admiración juvenil, porque solo lo que admiro lo consumo en su totalidad, no me hubiera sumergido en las aguas del marxismo y en los recovecos de aquella gesta revolucionaria que construyó una inicial legitimidad gracias al apoyo popular.
Así es, con cuaderno de notas y botellas de agua, pasé parte de mi juventud leyendo, aparte de lo habitual, historia y política, siempre bajo la admiración que tenía hacia Castro. Una admiración que me hizo estudiar lo que muchos aprendían en los bares o en los parques, o en lo inimaginable pero real, sin exagerar: por medio del resumen oral de separatas sobre marxismo y Revolución Cubana de, a lo mucho, 5 páginas.
Fui testigo de ello, así es que nadie me va a venir con poserías revolucionarias, ni baratas vinculaciones ideológicas.
Sin duda, Castro fue uno de los más grandes líderes políticos y sociales del Siglo XX. Pero lo fue hasta el momento que atentó contra el derecho esencial de aquellos a los que profesaba defender: la libertad de los cubanos.
A Castro no le interesó respetar la libertad de los cubanos. A Castro lo sedujo el poder. El poder es la metáfora erótica del despotismo. Y lo cuidó para sí a costa de un pueblo al que privó de libertad. 
Justificar su dictadura, aparte de soberbio acto de ignorancia, es un reflejo de degradación moral, degradación moral alimentada por la ceguera ideológica, de la que debemos estar libres para apreciar en su justa medida lo que nos deja un personaje como Fidel Castro.

lima

Minutos después de la conversa con Hernán Migoya en “EVL”, conversa en la que el autor español dejó para la posteridad más de un concepto a tomar en cuenta, pero bueno, como decía, minutos después de esta conversa, y aún con la cabeza algo alterada a cuenta de las cuatro chelas que me tomé, a sugerencia de un pata, antes de llegar a la librería, cosa que aprovechaba en matar algunas situaciones límite de los últimos días, y en olvidarme en algo la sensación de dolor que sigo sufriendo en el hombro izquierdo, me puse a pensar en algunas ideas que salieron en la misma conversa, como una idea que joderá a varios, en cuanto al sentido de pertenencia que más de uno tiene de Lima como espacio para sus ficciones, hecho que solo queda en su solo enunciado, o cuando es puesta en el terruño literario, sus resultados no suelen ser del todo logrados.
Si una cualidad, entre varias, nos deja La flor de la limeña es la presencia de la actualidad de Lima como espacio cambiante, peligroso y también sumamente provocativo. En otras palabras, la novela que ha intentado retratar a la ciudad de Lima, desde sus niveles sociológicos y antropológicos, descontando sus virtudes literarias y las naturales falencias de toda novela (en este caso contadas), es precisamente esta de Migoya.
Ocurre que viene ocurriendo algo por demás extraño en nuestra narrativa, a cuenta de lo que suponemos deberían retratar esta ciudad que lo tiene todo para convertirse en un gran personaje que fácilmente sostendría más de un proyecto de novela. Es decir, se viene descuidando a la ciudad, encausándola a un estado accesorio, como si no mereciera trabajarse más desde la experiencia de la escritura literaria, cuando lo cierto es que su configuración tendría que ser tan importante como la configuración de los personajes. 
Pues yo no le entro en vainas, huevadas conmigo no van. La novela que mejor ha retratado a la Lima de los últimos años, la ha escrito un español.

viernes, noviembre 25, 2016

apertura

El pasado martes 22 estuve en la Casa de la Literatura, en el marco de La semana de la Literatura que organiza el Celit de la Unmsm, es decir, en un evento organizado por los mismos alumnos de la universidad y eso es algo que me deja muy contento, porque de su profesorado, en realidad no espero nada, peor cuando hay un cuarentón chancho argollero de gorrita, y que camina en dos patas (y encima habla), dando vueltas por una de sus maestrías. El fin de los tiempos, le dicen, aunque yo tengo suficientes esperanzas para que las cosas cambien, confío en las nuevas generaciones.
Tenía que hablar de Bob Dylan, sobre la polémica desatada alrededor del Nobel de Literatura que se le otorgó, y no lo hice solo, puesto que aparte del moderador, estuve también acompañado del profesor Marcos Mondoñedo, un capo en teoría literaria y un polémico nato. Que Mondoñedo es un capo, lo sabía desde hace un tiempo, pero de su lado polémico no, eso lo supe medio minuto antes de ubicarme en la mesa de debate, cuando una guapa asistente me advirtió de su tendencia por la polémica y la discusión, entonces, caminé relajado al estrado, sintiendo la mirada del moderador y Mondoñedo. En una, y sin tanto melindro, supe cómo calmar el ansia polémica del teórico, si es que la hubiese tenido.
¿Había que polemizar por un Nobel de Literatura, ahora a la luz de las semanas, que no merecía Dylan, aunque sí? Comencé la charla, destacando lo que siempre me ha gustado de Dylan, en cómo fue que empecé a escuchar su música, o mejor dicho, sus letras, y ese reconocimiento de sus letras se debió a una clase sobre Poesía Peruana en San Marcos, a mediados de los noventa, tiempo de revolución silente ante una dictadura que poco a poco se quitaba la careta maquillada. Mondoñedo, por su parte, y abusando en algo del léxico académico, disertó de la tradición del Nobel de Literatura, lo que como premio genera, los discursos que podría motivar en la academia.
La charla se encausó por senderos distintos, pero cada quien en su postura, sin altanerías de por medio. Sin embargo, el profesor hizo un señalamiento importante, se adelantó a lo que pensaba decir en mi última intervención. Dijo que este Nobel debe motivar a la academia (la universidad) a una apertura hacia lo que se viene escribiendo, que no necesariamente viene ligado a la pureza de los registros ya conocidos. En líneas generales, eso fue lo que entendí, y en base a lo que entendí (algo que sintonizaba conmigo), fue que reforcé ese concepto de apertura. 
En este sentido, podría tomarse lo de Dylan como una metáfora de la apertura, pasar de la informalidad de la charla de café a la discusión seria en los terruños universitarios. Así, espacios de tradición como San Marcos comenzarían a sacudirse de su mirada anquilosada que desde hace rato les viene pasando la factura. Como bien lo dijo Gould, “si no cambias el agua del recipiente, el agua se pudre”.