jueves, agosto 21, 2014



miércoles, agosto 20, 2014

116


Hábitos de lectura. Escucho, o quizá leo, en los últimos días de los hábitos de lectura. Presto atención a los especialistas que hablan del asunto, analizo al vuelo sus palabras, escruto en la entonación de sus vocecitas, me fijo en los movimientos de sus manos.
Llego a una conclusión: estos huevas a las justas han leído veinte libros en su vida. Como buenos hablan de los hábitos de lectura.
Como todo en la vida, el hábito, en este caso el de la lectura, se aprende del ejemplo, del copiar. Aunque no es una ley, al menos se trata de un principio que podríamos calificar de general. Conozco amigos, grandes lectores, que han forjado su gusto por la lectura sin los inmediatos ejemplos caseros, motivados frecuentemente por la pasión lectora de un profesor. Pero claro, hablo de ejemplos contados, ejemplos que reunidos son nada en comparación al ejército de bestias que pueblan la ciudad, el país, el mundo, el universo.
Los hábitos de lectura se forman y potencian en la niñez. Vaya novedad. Los verdaderos lectores no están sujetos a horarios dedicados a la lectura, los verdaderos lectores leen todo el tiempo, en cualquier lugar, no programan las horas de lectura. Simplemente leen, juntan minutos y horas muertas, repartidos a lo largo del día. El verdadero lector no es el que se pasa horas de horas inmerso en un texto, que lee porque tiene que hacerlo, sino aquel que en estos tiempos de apuros tiene la maña de sacarle la vuelta precisamente a esos apuros y lo lleva a cabo no por saber más o mejorar su culturita, no. El verdadero lector lee por placer, le es imposible ver y entender la vida estando ajeno a la lectura.


martes, agosto 19, 2014

115


Llego a casa.
Busco entre los discos compactos uno de la banda setentera Television. Television tiene una obra maestra, para qué más: Marquee Moon.
Si alguna vez hiciéramos una antología de las grandes bandas menores, sin duda tendríamos que incluir a Television.
Y tal y como lo he prometido cada vez que escribo de ellos, me es imposible no referirme a Erika Miranda, que fue la primera persona que me habló de ellos hace muchos años en la desaparecida librería La casa verde. Esta banda tiene un mágico poder, me inyecta una oscura vitalidad que me lleva a desafiarlo todo, aún en momentos en los que la persona más importante de mi vida no se encuentra bien de salud, pero que sé muy pronto se recuperará, de a pocos. Por ello, me concentro en lo que debo concentrarme, desechando algunas invitaciones y presentaciones. Ocurre que tengo problemas para hablar en público y siempre he reprimido esos problemas con lo mucho o poco que pueda saber del libro o tema en cuestión. Ahora, las cosas cambian cuando los puntos son emocionales, hasta el sonido más inane y desapercibido puede reconfigurar la realidad que pensaba tener bajo control.
Antes de echarme a la cama y terminar los dos libros que vengo leyendo a la vez desde hace unos días, leo un artículo de Juan Gabriel Vásquez en El Espectador. Allí el narrador nos indica que le hará una entrevista pública al Premio Nobel de Literatura, Coetzee, en el marco de la Feria del Libro de Bucaramanga. Averiguo un poco más al respecto y, como me lo suponía, la logística de la feria corre por cuenta de la UNAB, una de las universidades más serias y competentes de Colombia.
Entonces me transporto en el tiempo. Al 2008. Año en que visité esa ciudad moderna y verde, pequeña y bella. Fue precisamente en el auditorio de la UNAB donde ofrecí una conferencia sobre narrativa de no ficción, conferencia titulada “Los hijos bastardos de Hunter Thompson”. En esos meses leía muchísima narrativa de no ficción y durante un breve tiempo barajé la idea de dedicarme exclusivamente a este registro narrativo.
De esa experiencia conocí personas que llevo en mi mente y en mi corazón, como Gina Jaimes, Dora Montoya, Eduardo Martínez y mi tercera madre, Janet Lizarazo, una de las mujeres por las que sí cruzaría montañas si estuviera mal. En los días que pasé en Bucaramanga, Janet me comentaba de la apuesta de la UNAB por la difusión de la cultura y la lectura. Y por lo que vengo notando en estos años, el discurso de la apuesta cultural se justifica en la coherencia amparada en hechos concretos, coherencia que también debería aplicar más de una universidad local, pero cuando hablo de coherencia, me refiero a una de verdad, porque si nos ponemos idealistas, y vemos en frío la realidad peruana, esta verdad apunta a la lectura como único canal de salvación ante tanta bestialidad celebrada, basta ver a los nuevos universitarios de hoy para darnos cuenta de que este país se irá muy pronto a la mierda.
Pues bien, la UNAB tiene un pequeño hostal, llamado Hostal UNAB, el mejor de toda la ciudad, ubicado en las alturas de los cerros arropados de intenso verde, a pocos metros del campus universitario. Hostal acogedor, moderno, de arquitectura colonial y campestre, cuyas habitaciones te ofrecen una vista panorámica de la privilegiada ceja de selva colocha. Tuve la suerte de estar por varios días en la habitación más grande, habitación que también ocuparon en su momento el entrenador Jorge Luis Pinto, el ex presidente Álvaro Uribe, Carlos Monsiváis, el mismo Vásquez y ahora Coetzee.


domingo, agosto 17, 2014

114


A lo mejor uno de los libros que suscito la atención del lector recurrente, en los días de la FIL, fue la reedición de la antología Vox Horrísona de Luis Hernández.
Con esta reedición, PetroPerú inaugura la línea de poesía de su serie “Libros Peruanos”, serie que espero se convierta en un archivo de referencia obligada.
Pues bien, he leído la presente reedición de la antología y, aparte de recomendarla, he sentido que nos enfrentamos al mejor Hernández, ese Hernández que nos hace pensar más en su poesía, dejando de lado la leyenda que bien le ha generado muchísimos seguidores.
En lo personal, nunca he podido entender por qué el poeta tiene tantos seguidores si su obra es no menos que irregular. Para ningún lector competente de poesía peruana, es evidente que Hernández es un poeta menor. Entonces, ¿en qué radica ese encanto por la figura de Hernández, encanto que no hace sino generar que muchos se lancen a la búsqueda de su obra, búsqueda que los lleva a explorar los rincones más ocultos y peligrosos de la ciudad, búsqueda que los lleva a querer saber todo lo posible de él?
No voy a negarlo, durante un tiempo me interesó en demasía la vida de Hernández, como también el misterio sobre su trágica muerte. Hablábamos de Hernández sin haberlo leído en integridad. Pero el tiempo no pasa en vano, uno va madurando como lector y cuando somete se somete su poesía a la prueba, no tardamos en llegar a la conclusión, rápida por cierto, de que se trata de una poesía que languidece. Lo mismo podríamos decir del poeta Javier Heraud. Debido a esta irregularidad, ni Heraud ni Hernández tienen grandes puertas de acceso como sí tienen los poetas referenciales y canónicos.
Con los importantes poetas menores necesitamos antologías.
Hernández murió joven, no tuvo tiempo de afianzar su poética, pero ello no fue obstáculo para que escribiera poemas de gran alcance, poemas perdurables que nos llevan a sentir la poesía en la médula. En este sentido, el trabajo de Mirko Lauer resulta clave, se adentra en la hojarasca de la irregularidad y nos rescata lo destacable del poeta, los poemas que van a quedar, los poemas que son su verdadero legado, los poemas que lo posicionan como una de las voces más epifánicas de la poesía peruana de la segunda mitad del siglo pasado.
Homenajes, una película, una biografía, hasta polos y llaveros. De todo ha inspirado el recorrido Luis Hernández y ya es tiempo que nos inspire su poesía.


sábado, agosto 16, 2014

113


En una noche de trabajo en la pasada FIL, aproveché en asistir a la presentación de la nueva asociación de editores peruanos independientes. Más o menos quería saber de qué iba a ir este nuevo intento grupal de los editores, intento grupal que ha conocido tantos fracasos como la selección peruana de fútbol en las últimas eliminatorias.
Al respecto, alguna que otra vez he dicho en este blog cosas que no han gustado a los editores independientes, algunos de ellos hasta me han quitado el habla, acto que me sume en la más profunda de las depresiones, en la infelicidad total.
Pero bueno, ese es el precio que hay que pagar por decir verdades sustentadas en la realidad. Para nadie es un secreto que lo que veíamos antes era todo un ejemplo de ineptitud, un canto a la demagogia y al oportunismo por hacerse un poquito más conocido. Por eso es que esos intentos terminaron como terminaron, en la nada, hasta en la justificada risa entre los que promovían esos intentos.
Ahora, lo que vi esa noche ferial, hizo que creyera en el proyecto, en la seriedad del mismo y en las claras intenciones de conseguir lo que importa: hacer sólida la industria editorial peruana, descentralizarla.
O sea, no percibí el tufillo de la demagogia.
Y la razón es sencilla: hay gente idónea que comanda esta asociación, gente que trabajará de verdad, gente a la que le espera un largo y tortuoso camino, gente a la que tenemos que apoyar, y en lo personal los apoyaré espiritualmente, pese a que en la mesa de presentación había un patita del ministerio de cultura que hasta el momento no hace nada por la difusión de la lectura, dedicado principalmente al argollerismo servil. Ni hablar de la fotito, en la que se coló uno que otro impresor cabecero que solo sirve para lo que vive: salir en la fotito.
Además, y destacando lo positivo, siempre he creído en la capacidad de gestión de las mujeres. Para nuestra suerte, ahora tenemos un par que timoneará los destinos inmediatos de este proyecto que bien vale la pena seguir. Las mujeres marcarán la diferencia. Acuérdate.

viernes, agosto 15, 2014



jueves, agosto 14, 2014

112


No es que uno se haga más viejo, simplemente los tiempos cambian. O es que mi percepción siempre ha estado atrofiada en cuanto a los concursos literarios, por la sencilla razón de que jamás he participado en ninguno.
En uno de estos días se vence el plazo del Copé de Cuento, quizá el premio de más prestigio, sea en lo literario y en lo pecuniario, de la maravillosa literatura peruana contemporánea.
Para el lector no atento a los vaivenes locales, el asunto lo podríamos graficar de esta manera: basta ganar el Copé (en Cuento, Poesía, Novela y Ensayo), quedar en mención honrosa o finalista, para asegurarte un espacio en el imaginario local durante muchísimo tiempo, así publiques o no. El carné del Copé te brinda pues una identidad y hay quienes han sabido sacarle provecho a esa distinción. Pienso en el Copé de Novela, que vendría a ser una suerte de Pulitzer.
Ahora no pienso hablar de la calidad literaria en la historia del Copé, que bien daría para un post extenso, de esos que merecen notas a pie de página. Lo que me hace pensar en el Copé en esta mañana de jueves, es el efecto que genera en sus participantes. Antes, digamos en la protohistoria de las velocidades mediáticas actuales, los que participaban en el Copé mostraban un perfil bajo, no le comentaban ni a la trampa o el amante sobre el relato/cuento/poemario enviado al prestigioso premio nacional. Ni una sola palabra, durante meses, hasta el dictamen del jurado, pasando sus días y noches entregados a la reflexión existencial que les producía la lectura de la poesía abstracta.
En cambio, hoy en día, no deja de llamar mi atención la alegría de los participantes, y no solo hablo de las plumas jóvenes, también algunas con cierta trayectoria, que anuncian con bombos y platillos que acaban de entregar el sobre con el relato que posiblemente gane el próximo Copé de Cuento. Lo veo y no me molesto. Mucho menos con el grupo de narradores jóvenes que felices pasan un toque por Selecta, narradores jóvenes que me dicen que han ido a PetroPerú. “Qué chucha, lo que vale es participar”, dice uno. “Si gano, gano, si no, no pasa nasa”. El más entusiasta: “Le he pedido a mi viejita que nos prepare un potente ají de gallina, para celebrar”.
Prendo un Pall Mall rojo. Ellos esperan que diga algo, pero no digo nada. Solo pienso en que los tiempos cambian. No dudo en sumarme a los festejos.

miércoles, agosto 13, 2014



martes, agosto 12, 2014

111


Creo que fue un error releer no pocos pasajes de Diarios de John Cheever el día de ayer. La verdad, no pensé que fuera a arrepentirme de la decisión, más de una vez, a lo largo del día.
Llevaba media hora de retraso y antes de salir de mi casa, hice lo que siempre hago, cojo un libro, no importa si aún me falta leerlo o si ya lo he leído, y me lo llevo para leerlo en el taxi y en las benditas horas muertas de la chamba.
Iba pues a la fija. Aún siento los brotes emocionales de la lectura de estos diarios, que bien deben figurar en la cantera de todo lector. Una experiencia que nos testimonia del corazón destrozado de uno de los más grandes narradores del siglo XX, narrador que a la fecha goza de frescura y juventud, el más llamado a sobrevivir de los llamados a sobrevivir.
Me interesaba, no sé a cuenta de qué, releer sus diarios. A lo mejor se deba a que en las últimas semanas he estado releyendo no pocos de sus cuentos emblemáticos. Bajo esta idea cogí Diarios pero lo que no tenía presupuestado era que desde el taxi iba a ser presa de toda la tristeza, frustración y hastío vital de Cheever. Abrí la librería con una pesadez, pesadez que sentí en todo el día, y para colmo, seguía releyendo los diarios, como si me gustara el golpe.
En más de un momento cerré el libro y me dije que no lo abriría hasta horas después, decisión que no cumplí, porque no pasaba ni un cuarto de hora para volver a esas páginas. No sé cómo terminé el día. Para colmo, de regreso a casa me había olvidado de hacer las cosas que tenía que hacer luego de cerrar la librería, había pensado en darme una vuelta por Polvos Azules para comprarme algunas películas que tenía en agenda.
Sin duda, Cheever me cagó el lunes.
Una vez en casa no quería hacer nada, solo escuchar música y dormirme lo más temprano posible y de esta manera empezar con otras vibras el martes.
Busqué bandas sesenteras y setenteras en Spotify y encontré una maravilla que me rescató del hastío del día, de Cheever, que no es poca cosa. Toma nota: el álbum Let´s go de The Guess Who.

domingo, agosto 10, 2014