lunes, agosto 26, 2013

"Llámame Brooklyn"





 

Corría el año 2006. Había estrenado mi blog La fortaleza de la soledad. Estaba peleado con no pocos especímenes de la literatura peruana. Involuntariamente ella y yo habíamos puesto fin, de la peor de las maneras, a una intensa relación. Mi gato Nesho desapareció luego de casi diez años en los que no hizo otra cosa que ganarse el cariño de toda mi familia. Me encontraba pendiente y preocupado a razón de una antología –digamos el primer anuncio de Disidentes— programado a salir y que no salía por no sé qué razones. Vivía, y sin saber por qué, una absoluta paranoia, que me obligaba a ver a cada persona sobre la faz de la tierra como un potencial enemigo a destruir.
En el segundo semestre de aquel año, en el marco de Semana de Autor que organizaba el Centro Cultural de España, se presentó el escritor español Eduardo Lago, quien sostuvo un diálogo público con Guillermo Niño de Guzmán. Días previos a la presentación, más de uno me animaba a ir. Sin embargo, no fui, no porque tuviera otros compromisos, una agenda a cumplir o algo parecido. No fui porque nunca me han gustado las presentaciones, muy en especial cuando se trata de un autor al que literariamente no conocía. Lo único que sabía de él era lo que todos: Eduardo Lago era el hombre fuerte del Instituto Cervantes de Nueva York.
Como era de esperarse, el público llenó el auditorio del centro español, un público compuesto principalmente por escritores, críticos y demás espécimen habitual a este tipo de actividades culturales. Además, seamos francos, casi todos fueron a ver al “Cervantes Man”, no al escritor. No supe más de él hasta cierta noche del verano del 2007, mientras revisaba libros en la librería El Virrey de la calle Dasso, cuando esa librería era verdaderamente una librería, donde encontré un ejemplar, el único que había, de Llámame Brooklyn, novela con la que Lago ganó el Premio Nadal 2006.
Antes de leer una novela, sigo los siguientes pasos: reviso las primeras veinte páginas y luego empiezo a picar en desorden. Si lo que leo me entusiasma, compro o me robo el libro, dependiendo el caso. Esa noche no sé si compré o me robé el libro. Lo que sí sé es que llegué a casa temprano, en realidad lo que hacía desde el año anterior era llegar a casa temprano, de a pocos me recuperaba del destrozo emocional, y no suficiente con eso, no había día en que no me sintiera una persona alerta, era tal la paranoia que hasta creía que los integrantes del lado oscuro de la blogosfera literaria peruana me perseguían.
Al igual que ayer, más aún hoy, debemos tener cuidado, estar alerta en los predios literarios se ha vuelto una necesidad moral cuando de premios se habla. Los premios como tales no deben significar garantía de nada, hoy más que nunca se nos vende harta basura disfrazada de literatura. Contadas veces encontramos lo que llamamos calidad literaria en un libro premiado y esa idea/convencimiento fue lo que determinó que no leyera la presente novela con la celeridad por conocer una novedad. 
Cuando comencé Llámame Brooklyn noté el toque distinto en la voz narrativa, que fluía en estado de gracia en un argumento aparentemente sencillo: Néstor Oliver Chapman tiene que dar orden a los cuadernos que en vida escribiera su amigo Gal Ackerman, cuadernos que guardaban desordenados borradores de una novela que tenía a Nadia Orlov como única destinataria. Nos topamos entonces con dos narradores, uno que ordena y reflexiona y el otro que cuenta desde la inseguridad de quien ha amado demasiado. Pero Ackerman ha dejado muchos datos sueltos, entonces Néstor se ve obligado a completar esos sucesos apelando a su imaginación y a personajes reales. Esto eleva la novela a una polifonía brutal, convirtiéndola en un caleidoscopio de una presencia permanente: Brooklyn y las sensibilidades que recorren sus calles. Leerla fue recibir un martillazo en la cabeza, demoré en acabarla, en realidad nunca quise terminarla. No se podía transmitir tanto y tan bien entre tanto desorden, entre tanta sensibilidad representada, con personajes que perseguían ideales u objetivos sabiendo de antemano que la empresa sería un soberano fracaso, siendo el ahínco y la persistencia lo que los motivaba a seguir entre tragedia y tragedia. No podía haber tanta desazón, pensaba, pero a medida que avanzaba sentía una suerte de cura emocional, en realidad me identificaba con muchos de sus personajes, en especial con Gal y Ben Ackerman, con los que experimenté un irrefrenable descenso a mi infierno personal para luego salir airoso, limpio, pero no curado.
Desde mi punto de vista, Llámame Brooklyn es una novela de amor que no solo habla de amor. Uno de los puntos que podría llamar la atención del potencial lector yace en que es un vivo retrato de lo que es el mundo literario. No es gratuito que en esta novela haya homenajes abiertos a una serie de escritores que decidieron decirle no a la fama y quedar aislados, concentrados en la realización de una poética honesta, sin sentirse atrapados por el efecto del reconocimiento tardío o inmediato, escritores que en cierta medida resultan medulares, dueños del aliento de la influencia, como si fuera una marca de agua que se resiste a desaparecer, una marca de agua cada vez más férrea y proyectiva. Hoy por hoy no hay narrador trajinado o en ciernes que no escape a las sombras de Onetti, Pynchon y Salinger, y sin necesidad de haberlos leídos, porque los podemos leer sin leerlos, los leemos en esos hechizantes mensajes subliminales que encontramos entre las líneas de aquellos escritores que frecuentamos.
Llámame Brooklyn podría ser también un espejo de cómo Lago asume su escritura. Basta una breve mirada a su biografía para llegar a la conclusión de que muy bien pudo aprovechar su llegada a los grupos de poder editorial para hacerse de un nombre reconocido desde mucho antes de la publicación de esta novela, que vio la luz cuando el autor ya sobrepasó la barrera de los cuarenta. Lo que se lee aquí nos ayuda a conocerlo; esta novela nos pone en el tapete una ética de la que muy pocas veces podemos ser testigos: no asumir la literatura como si fuera una carrera de caballos, cuando lo que debería primar es la madurez de una propuesta. La madurez de una voz nos entrega libros sólidos que salen cuando ellos piden salir, no cuando se le ocurre al autor.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Nesho se fue precisamente urgido por el amor y si no ha regresado como todo gato, al cabo de un tiempo algo largo y lleno de heridas producto de sus amoríos felinos, es en verdad lamentable y de repente tuvo la desdicha de cruzarse con un fornido galán gatuno que le arrebató en ardorosa lid amorosa y en un solo round sus siete vidas. O de repente la cosa podría haber sido menos romántica y más digestiva por obra de alguien a quien le gustan los gatos en un sentido bastante menos bonito que a nosotros (hay bastantes ejemplares en el Perú). En todo caso, que no te extrañe si en el momento menos pensado reaparece Nesho todo magullado y enflaquecido. Confío en que lo trates con cariño si tal feliz acontecimiento se produce. Y que vuelva a ser bello hasta su no anunciada próxima exploración amatoria.

10:40 a.m.  

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