miércoles, abril 28, 2010

Cuento de Susanne Noltenius: "La manzana de Blancanieves"


Cuando me preguntan por los nuevos escritores peruanos –entre hombres y mujeres- que han aparecido del 2000 en adelante, no tengo dudas en mencionar a la estupenda narradora Susanne Noltenius, autora del libro de relatos CRISIS RESPIRATORIA, agotado en sus dos ediciones, que no es para nada poca cosa.
“La manzana de Blancanieves” apareció en el primer número de la revista Contrapoder. Huelga decir que el cuento, aparte de efectivo, muestra la poética que le ha valido a Noltenius ganar, en buena lid, muchísimos lectores.


"La manzana de Blancanieves"

Como todos los recuerdos de la primera infancia, el que Blancanieves guarda de su padre es una serie de imágenes deshilvanadas, como páginas descosidas e incompletas de un libro desparramadas sobre la mesa: papá reparando el caballito de madera en el dormitorio que ella ocupó de niña hasta antes de que él desapareciese; su voz ronca entonando una canción cuya letra casi ha olvidado; el olor de su ropa cuando regresaba de cabalgar, mezcla de bosque y sudor de caballo, algo parecido al aroma que flotaba en el establo y que tal vez era la razón por la que ella pasaba varios minutos cepillando la yegua, absorta en ideas, pisando la paja e impregnándose de aquel olor.
Ella irá a Nueva York a buscarlo.
La reina se aferró a la única versión que circuló en palacio sobre su partida: murió en combate. La historia del reino carece de guerras, riñas o disputas, así que pocos o ningún detalle le dieron jamás sobre una batalla que ahora juzga inexistente. Mientras camina hacia el viejo Roble, Blancanieves cree recordar miradas que se desviaron cuando ella preguntó por su padre, ojos que no pudieron sostener los suyos ante preguntas tan simples como la comida que más le gustaba o el nombre del caballo sobre el que partió la última vez.
Ella lo buscará en Nueva York.
Las piezas se juntaron durante la noche anterior. Fueron los animales del bosque quienes le confesaron que ya habían cuidado de alguien en el pasado, un hombre a quien también la reina habría querido matar, un hombre de voz muy ronca. Ayer Tontín trató de explicarle con gestos alborotados y trazos nerviosos sobre la tierra seca quién había sido aquel hombre. Entonces Gruñón y Feliz discutieron sobre la conveniencia de contarle, de revelarle aquello sucedido años atrás. Finalmente, Doc se rindió ante su insistencia y admitió que el padre de Blancanieves se refugió en esa misma cabaña donde ella ahora se escondía de la Reina. En ese momento su mente arremolinó los recuerdos, las frases no dichas y la versión repetida de memoria por los miembros de la corte, las miradas desviadas, las preguntas sin responder.
Ella lo encontrará en Nueva York.
Lo que más le inquieta es la frase del paje el día en que éste le perdonó la vida y permitió que ella se perdiese en el bosque para escapar de la sentencia real. “Juré a mi señor cuidarla de la Reina, porque él nunca podría regresar”. Blancanieves no había pedido explicaciones, pues apenas se vio libre del brazo que empuñaba la daga corrió a ser devorada por los árboles y la oscuridad. Ahora esa frase la golpea una y otra vez, suave e insistente, como el tic tac de un reloj en el silencio nocturno. Su padre había pensado en ella antes de partir. Pero, ¿por qué dijo que no podría regresar? ¿Por qué no podría volver por ella? Y, además, ¿por qué Nueva York?
Lo encontrará y él responderá a sus preguntas.
Doc le habló de Nueva York, una ciudad embrujada, roja y redonda como una manzana, que ella conocía sólo por los mitos que le narraban las doncellas del palacio. Una ciudad a la que se llega a través del tronco grueso del viejo Roble, cuyo hechizo es inmune a la magia del Espejo. Doc le advirtió de los peligros de Nueva York, de lo que se dice sobre las bestias que la pueblan, la comida podrida y las bebidas envenenadas, la música nocturna que enajena y las luces multicolores que hipnotizan, los hombres que devoran niñas como ella. Aunque nada de esto es seguro, pues no se sabe de nadie que haya regresado, le asusta la incertidumbre de poder enfrentar Nueva York.
El viejo Roble se eleva hacia el cielo, trenza sus ramas y atraviesa las copas más altas de los árboles. El agujero en su tronco se abre grande y ovalado como una inmensa boca dispuesta a engullirla. Se detiene ante el Roble, no pestañea mientras lo mira, mientras lo mide. Está pálida y su expresión es rígida, como una faz de yeso. Piensa en los días y noches que pasó en el bosque antes de que los enanos la encontrasen. Entonces se sobresaltaba con cada sonido súbito, con cada sombra de las aves que volaban sobre ella, con cada cosquilleo de los insectos trepando por sus piernas, con cada par de luciérnagas que, como ojos en la oscuridad, la observaban acurrucarse contra un árbol. Tal vez ésa fue la preparación para enfrentar Nueva York y sus peligros, el entrenamiento para ir a buscar a su padre.
Ella lo encontrará y lo traerá de vuelta al reino.
Está sola. Nadie sabe que hará este viaje. Un paso, otro más. Las hojas secas crujen bajo sus pies, derecho, izquierdo. Los recuerdos. La historia no contada. El canto repentino de un gorrión. La frase del paje. Una flor roja a los pies del Roble. Más recuerdos que emergen, más páginas descosidas. Papá riendo, papá abrazándola, papá limpiando un raspón sobre su rodilla en el traspatio de palacio. Tal vez son inventos de su mente, ilusiones tejidas en imágenes superpuestas. ¿Y si no fue papá quien reparó el caballito de madera?
Abril de 2009

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

La mejor narradora peruana. Gracias Gaby por difundir el cuento

12:48 p.m.  

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