viernes, enero 21, 2011

CHRONIC CITY

Como ya lo sabrán, decidí administrar un blog minutos después de leer la novela LA FORTALEZA DE LA SOLEDAD de Jonathan Lethem.
He leído casi todos los libros de Lethem, por eso, estaré a la expectativa de la llegada a Lima de su última novela, CHRONIC CITY. Dicen que es lo mejor que ha escrito.

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Chase Insteadman, un apuesto e inofensivo producto de la escena social de Manhattan lleva una vida ociosa gracias a las rentas que recibe de su breve carrera como actor infantil. Además, últimamente ha vuelto a la vida pública por una tragedia que los medios no se cansan de cubrir: su amor de la adolescencia y prometida, Janice Trumbull, está atrapada en la Estación Espacial Internacional, desde donde le envía arrebatadas cartas de amor. La vida de Chase cambia radicalmente cuando conoce a Perkus Tooth, un ermitaño virtual y enigmático que es adorado en los círculos más modernos por su arte callejero de vanguardia y sus caústicos comentarios. Su labia incendiaria y su voraz paranoia arrastran a Chase a un Manhattan completamente diferente, un Manhattan distópico y sesgado en el que la verdad es a gusto del consumidor.
Un árbol de marihuana ancestral y poderoso llamado Chronic, una espesa niebla gris que cubre Manhattan y un tigre mecánico que tiene aterrorizados a los habitantes de Nueva York son otros de los personajes de la nueva novela de Jonathan Lethem.
«La obra más ambiciosa de Jonathan Lethem hasta la fecha.» Kirkus Review
«Me recuerda a la archiconocida sentencia de Kafka: "Un libro tiene que ser el hacha con la que rompamos el mar helado que llevamos dentro." El libro de Lethem, cargado de una furia increíble, aspira a eso. Su mejor novela. » David Shields
«Un placer de la primera página a la última. » Gary Shteyngart

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Conocí a Perkus Tooth en una oficina. No en una oficina donde él trabajara, aunque entonces yo estuviera equivocado al respecto. (Una situación nada insólita en mí.)
Fue en las oficinas centrales de Criterion Collection, en la calle Cincuenta y dos con la Tercera Avenida, una tarde entre semana a finales de verano. Yo había ido a grabar una serie de voces en off para una de las lujosas reediciones en DVD de Criterion, un film noir «perdido» de los años cincuenta titulado La ciudad es un laberinto. Mi papel consistía en interpretar la voz del director de dicha película, el difunto realizador emigrado Von Tropen Zollner. Leería varias declaraciones seleccionadas de las entrevistas y artículos de Zollner como parte del documental complementario que estaban preparando los genios conservadores de Criterion, una pareja a la que había conocido en una cena. Al involucrarme en el proyecto me habían suministrado una muestra de los materiales de investigación, que yo había revisado muy por encima, así como una versión provisional de su reconstrucción de la película para que dedujera a qué venía tanto entusiasmo. Era la primera vez que oía hablar de Zollner, de modo que no se trataba de un encargo que acometiera con pasión. Pero el entusiasmo de los cinéfilos es contagioso y la película me gustó. Yo ya no me consideraba un actor en activo. Ahora solo hacía cosas así, aprovecharme de los ecos de mi antigua y menguante fama en la gris mediana edad de un niño prodigio. Un favor excéntrico, en realidad. Y sentía curiosidad por conocer los entresijos del tinglado de Criterion. Era la primera semana de septiembre: el ambiente de vuelta al cole de la ciudad siempre me inspiraba a ocupar en algo mis ociosas manos. En esa época, con Janice lejos, vivía demasiado en la superficie de las cosas, fiestas, cotilleos, citas en las que era el alcahuete o el amigo del amigo. Los lugares de trabajo me fascinaban, las zonas donde el barniz de Manhattan dejaba paso al mundo práctico.
Grabé las palabras de Zollner en una sala insonorizada del ala técnica de las atestadas y desastradas oficinas de Criterion. En la habitación de enfrente de la sala, desde donde el técnico de sonido me daba pie a través de unos auriculares, había también un restaurador con la vista clavada en una pantalla que iba moviendo un cursor con el ratón, borrando diligentemente arañazos y manchas, un fotograma digital tras otro, de los cuerpos desnudos de unos hippies retozando en el barro. Me dijeron que estaba restaurando Soy curioso (Amarillo). Después pasó a recogerme la productora que me había contratado, Susan Eldred. Había conocido a Susan y su colega en una cena, eran gente amigable y abierta, apasionada por las minucias cinematográficas, que me despertaron un afecto instantáneo. Susan me condujo a su despacho, una caverna con un mísero ventanuco y estanterías repletas de cintas de VHS: más películas suplicando el rescate de Criterion. Por lo visto, compartía el despacho. No con el colega de la fiesta, sino con otra persona. Se sentó debajo de las cargadas estanterías libreta en mano, con la mirada perdida. El despacho parecía demasiado pequeño para compartirlo. El glamour de la marca Criterion no casaba con las escenas de ahorro e improvisación que había atisbado entre bambalinas, pero ¿por qué tendría que hacerlo? En cuanto Susan me presentó a Perkus Tooth y me pidió que firmara un formulario, tuvo que salir a atender alguna consulta.

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