miércoles, agosto 17, 2011

La cámara lúcida



Sé que cuando se habla de generación, más de uno realiza alguna mueca. Algunos pueden estar de acuerdo, previo reparo para no ser menos interesantes; y otros, sencillamente, reniegan del término sin más. Creo que hasta que no encontremos otro término que nos ayude a ubicarnos en un contexto específico, tendremos que seguir apelando a los criterios que encierra de generación. Además, no hay nada de malo, muy buenos trabajos se han realizado bajo esta palabra tan injustamente maltratada, y casi siempre con muchísima ignorancia.
El poemario Punctum, del Martín Gambarotta, nos ayuda a entender lo que fue la generación poética argentina en los noventa. Pues bien, Punctum acaba de ser reeditado y al respecto Mauro Libertella aborda a Gambarotta. Vía Revista Ñ.

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La postal es la siguiente: 1996, pleno menemismo, el país se retuerce por dentro. Un pibe de unos veintipico, que asiste al taller de poesía de Arturo Carrera y García Helder y lee con escepticismo lo que le ofrece el mercado editorial, escribe un poema largo, rapsódico, intenso, y gana el Primer Premio del Diario de Poesía. El libro lo publica el mítico sello de Mangieri, Tierra Firme, se titula Punctum, y rápidamente se convierte en un secreto a voces y en un catalizador de la generación de los noventa; suerte de punctum neurálgico donde confluye la crítica social y las bellas artes, la generación y la tradición, la desesperación y el rock. Con una mezcla de registros, de lo elusivo a lo palpable, Punctum incorporó para la poesía, junto a un puñado de libros centrales que el autor menciona en esta entrevista, varios elementos satelitales, impuros, que la alta lírica y las poéticas mas conservadoras no se animaban a abordar. Quince años después, Mansalva y Vox reeditan el libro, y es para festejar.

-¿Cómo arrancó la escritura del libro, qué edad tenías?
-Tenía 24, 25 años. Se puede tomar como punto de partida, la idea de destruir y reciclar lo anterior. Esas cosas que yo veía o intuía que estaban tratando de quedar bien o tener que ver con lo que se estaba escribiendo en la época. En algún momento empecé a entender que eso no me satisfacía, y ese punto de insatisfacción me funcionó para ponerme a escribir. Si yo voy a hacer esto, si yo quiero escribir, hay un lado por el que no quiero ir. Lo que realmente pesaba era esa insatisfacción. Me parecía que había algo que faltaba, que no se estaba diciendo.

-¿Qué era lo que no se estaba diciendo?
-Es una pregunta difícil. Para dar un ejemplo, te puedo nombrar las novelas de Saer. Me parecían buenísimas, pero cuando leo Glosa me da la impresión de que el tipo está mirando las cosas desde un lugar que no me incluía. Era un mundo en el que yo no estaba. Y en cuanto a mi camada, había cosas muy interesantes pero otras que parecían pasteurizadas, y que tomaban elementos ya procesados. No había, por decirlo de algún modo, una visión política.

-Quizás en Saer no veías lo que le pasaban a pibes de tu edad, de tu entorno, de tu mundo…
-Sí, pero tampoco veía una degeneración que se iba produciendo muy rápido en la Argentina. Saer tiene una visión muy estructurada a la hora de presentar las cosas, y esas estructuras se estaban degenerando con mucha velocidad.

-¿Y los narradores de tu generación?
-Yo tenía una visión muy crítica de lo que veía en la vidriera narrativa de los suplementos. Saer me parece un grande, pero me generaba esos conflictos que te menciono. Fresán, Soriano, lo que estaba pasando en ese momento directamente no me gustaba. Lo que empezaba a descubrir es a Lamborghini, los libros que editaba Mangieri, algunos contemporáneos en poesía, la revista 18 Whiskies.

-Lo que no me queda muy en claro de tu generación, la poesía de los 90, es si hay dos camadas, una primera y una segunda, que serían muy inmediatas.
-Esa visión tiene algunos problemas. Como mencionás, son muy próximos para hablar de dos momentos. La etiqueta “poesía de los noventa” es posterior a los textos. Y si miramos los textos, no quiero sonar canónico, pero hay una sola lista, no hay dos. Hay entonces para mí una lista de textos muy importantes, casi grandilocuentes, que redefinen algunas líneas de la literatura argentina. Veo La zanjita de Juan Desiderio, Música mala de Alejandro Rubio, Segovia de Daniel Durand, Tuca de Fabián Casas, Hacer sapito de Viola Fischer, Poesía civil de Sergio Raimondi, La máquina de hacer paraguayitos de Washington Cucurto. Una de las primeras críticas que empieza a ver que ahí hay algo, y trabajar desde la academia con eso, es Ana Porrua. Me interesa también lo que dijo Ana Mazzoni en una encuesta, que además de no cortar la generación de los noventa en dos, daba textos que no sólo eran los “centrales” de cada autor. Los libros más de culto y rebuscados, más satelitales. Y aunque suene pretencioso o criticable, yo veo en esos textos un nuevo punto de partida para la poesía argentina.

-¿Había dentro de la generación una puja estética entre neobarroco y objetivismo?
-Me parece que eso es anterior, de los ochenta. Los textos de los noventa vienen a redefinir eso. En un principio, los noventa se definen como antibarrocos; vuelve el “realismo” y el barroco es una boludez. Pero después empezás a confrontarte con los textos y aparece “Cadáveres” de Perlongher. Y lees Austria-Hungría de él y en esencia está lo que después pasó en la poesía de los noventa. En ese sentido, no hubo una negación del neobarroco en su conjunto.

-Y con Diario de Poesía, ¿cómo era tu relación?
-Bueno, yo someto el texto al juicio de ese jurado, y ahí ya hay un reconocimiento a ese laburo. Después hay un montón de sutilezas, por supuesto. Yo en ese comienzo de insatisfacción veo en el Diario de Poesía algo que está bueno, y que no encuentro en los suplementos literarios grandes. En Diario de poesía publicaban poesía contemporánea, hacían laburos de traducción. Era una presencia suficientemente fuerte como para mandar mi primer libro.

-¿“Punctum” es un libro de poemas o un poema largo?
-Yo lo veo como un único texto. Un poema desarmable, en todo caso. Como dijo Damián Ríos, es como un artefacto. Y si es artefacto es objeto, y esa es la visión objetivista que me interesa. El texto concreto, como objeto. Se podrían hacer muchas reescrituras o rearmes de ese texto único, por otro lado. Y sería otro artefacto. Punctum es un objeto hecho con palabras.

-Es además un libro literario, pero no lírico, y que cada tanto incorpora palabras orales. ¿Cómo manejas el lenguaje?
-Eso es complicado. No está bueno si lo literario no incluye palabras o modos que lo hagan real, y no está bueno cuando lo oral es totalmente plano. Y el chiste de la literatura es que al principio te tenés que salir de lo literario para luego volver e incorporar territorios nuevos a la literatura. Si te salís de lo estrictamente literario, están apropiando territorios para la literatura. En Shakespeare, sin ir más lejos, está eso: el tipo está chocando con el mundo.

-Hay también muchas referencias al mundo del rock...
-Ese es uno de los elementos que faltaba, de los que hablábamos. Seguramente habían cosas, pero tenía que ser más natural, como lo es ahora. ¿Por qué no podés escribir un poema sobre un pibe que no lo dejan entrar a una discoteca por rockero? Eso es un tema de un texto, no solamente lo “alto” o lo literario, que es muchas veces un embole.

-¿De dónde sale el título del libro?
-Fue una combinación de la falsa pretenciosidad que va con el noventismo y esta cosa de “yo quiero probar un punto”. Punctum quiere probar un punto.

-Y de acá al futuro, ¿sentís la necesidad de probar nuevos puntos en lo que escribís?
-Trato de que se mantenga esa idea de probar algo. Quizás con menos fanatismo o intensidad, pero esa es una condición: qué se está tratando de decir.

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