domingo, diciembre 09, 2012

Una antología arbitraria



 

Con algo de tardanza llega a mis manos Espléndida iracundia. Antología consultada de la poesía peruana 1968 - 2008 (Fondo Editorial de La Universidad de Lima, 2012), de los escritores y críticos Carlos López Degregori, Luis Fernando Chueca, Alejandro Susti y José Guich.

Quizá sea la antología más sonada de las últimas décadas. No recuerdo otra que haya causado tanta bulla, incluso antes de su salida. En este sentido, y como bien recuerdan aquellos que siguen los tejes y manejes que ocurren en el mundillo literario peruano, se originó un duro debate, acaecido principalmente en el ciberespacio, sobre el método que usaron los antólogos en la conformación del universo de los poetas elegidos. Más o menos fue así: a más de un centenar de poetas y críticos se les preguntó por los poetas y poemarios más relevantes de los últimos cuarenta años. De las respuestas, se sacaba un balance y listo, una antología llamada a quedar, una antología canónica.

Pues bien, hasta aquí, las intenciones parecen puras, virginales, suavecitas, edulcoradas. Pero no, no es así. Y me apena decirlo porque guardo el mejor de los conceptos de López Degregori, Chueca, Guich y Susti. En especial de los dos primeros, y muy en especial del segundo, con quienes he podido conversar largo y tendido sobre poesía peruana contemporánea. Es decir, querido lector, quiero dejar en claro que no estamos ante un cuarteto de vivazos, pendejos y convenidos. Estamos ante letraheridos serios y responsables. Pero letraheridos serios y responsables que ahora fallaron y resbalaron.

No tengo su formación teórica, ni su experiencia académica, pero algo sé de antologías. Sé, y sé que ellos lo saben, que lo peor que se podría hacer, y que al final hicieron, es que se dependa la escogencia de autores en función a otros y no de los mismos responsables. Claro, si lo hacían de esta manera, no estaríamos ante un trabajo consultado. Sin embargo, debieron arriesgar, ser los verdugos, los hacedores de la criba, asumir su rol de inminentes odiados y no abocarse a sacar balances, porcentajes y presentar un prólogo, muy bien escrito para ser justos, en base a los resultados de la calculadora. Por eso esta especie ranking no le cuadra a nadie, a nadie que no sea amante y buen lector de poesía peruana.

Esta triste realidad es hija de la poca distancia de sus antólogos para con su universo poético en el que centraron este presente trabajo, universo poético, salvo excepciones, carcomido de envidias, de ajustes de cuentas, que tenía en la parcialidad de sus responsables una evidente directriz. Sumado al hecho, y esto no es ninguna novedad, que la gran mayoría de los poetas y críticos elegidos para responder las preguntas no son conocedores de la tradición poética peruana última. Obviamente, estoy siendo especulativo, pero se trata de una especulación que tiene apoyo de los lectores, del sentido común sobre todo, puesto que sorprende, principalmente, el orden de los poetas más “votados”. No es nada difícil constatar que en las respuestas imperó el afán de quedar bien con el cuarteto que con la calidad poética como tal; es por ello que no me explico la inclusión de autores sumamente malos, beneficiados por el amiguismo y el pago de favores. Sin duda, el método empleado resultó todo un festín para los orgasmos de los sentimientos menores, orgasmos muy bien repartidos, dicho sea. No pues, aquí no hubo consenso. Lo que hubo fue una involuntaria criollada que se pudo evitar.

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