lunes, marzo 18, 2013

'En la cárcel de Falconer' de John Cheever





Días atrás decidí ordenar mi biblioteca. Mientras colocaba los libros en los nuevos anaqueles, encontré una novela que compré en una perdida y lejana noche del segundo lustro de los noventa. Por aquella época devoraba todas las películas de La Filmoteca de Lima, cuando esta quedaba en el lugar que nunca debió abandonar: El Museo de Arte. Estaba desconcertado, la película, la tercera del día, La noche, de Michelangelo Antonioni, me había dejado con más preguntas que certezas.

Cada vez que salía de la filmoteca, casi siempre pasadas las diez de la noche, o bien me dirigía al centro o a mi casa. Esa vez me decidí por la segunda opción. Y cuando eso ocurría, caminaba hacia el paradero de la Av. Wilson con Paseo Colón. Allí, en un espacio de treinta metros de vereda, se ubicaban algunos vendedores de libros. Me ponía a ver someramente los títulos, la mayoría de los cuales no despertaban mi interés. Pero lo hacía, ya que abrigaba la esperanza de encontrarme con el “Gordo” Padilla, que sabía de títulos, y bastante, pese a no tener una voraz costumbre lectora. Nunca fuimos amigos, pero sintonizábamos en ciertos temas y cuando me lo encontraba le pedía que me consiguiera algunos libros. El tipo prestaba atención a lo que le decía, como la vez que le hablé de mi creciente interés por la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, o sea, Malamud, Bashevis Singer, Bellow, Himes, Kerouac, Wolfe y demás.

Cada vez que lo hallaba sabía que algo bueno, o quizá muy bueno, me llevaría a casa. Y esa noche de tentadora lluvia y creciente frío y salvadores cigarros, él me alcanzó, como si hubiese estado esperando mi llegada, En la cárcel de Falconer de John Cheever (1912 – 1982).

“Este es norteamericano. Parece que es bueno”, dijo.

La novela venía en formato de bolsillo, por cuenta de Ultramar Editores, 1980. No tuve necesidad de revisar sus páginas. Me bastaba con que estas no se desprendieran. Compré ese ejemplar y otros más. Al rato le hablé al “Gordo” de la película de Antonioni. Él también la había visto, muchos años atrás.

Al llegar a casa, me puse a escuchar música. Me tendí en la cama con la idea de picar algunas páginas de la novela de ese autor que desconocía por completo. No sé desde cuándo soy un animal de costumbres, me recuerdo leyendo tres o cuatro libros a la vez, turnándome, como quien busca un respiro inquieto entre título y título, pero me mantuve en las páginas de Cheever hasta bien avanzada la mañana, y no porque estuvieran muy bien escritas, que indefectiblemente lo están, sino debido a una extraña sensación que me transmitían, sensación, digamos, de acelerado hastío existencial, que despertaban en mí la frustrada intención de grito, grito de odio y rabia, experiencia que hasta esos instantes solo me habían deparado los cuentos de Onetti.

Cheever nos presenta la disección de la fisonomía moral de Ezekiel Farragut. Farragut es bisexual, es profesor, es sumamente inteligente, está casado con Marcia, con quien tiene un hijo llamado Peter; Farragut se encuentra en la cárcel de Falconer, condenado a diez años, por haber asesinado a su hermano.

En el presidio nuestro protagonista pasará revista a su vida, una vida marcada por la depresión y la carencia de plenitud vital, que aprendió a combatir en la guerra, en cuyo contexto empezó su adicción a las drogas, siendo su desaforado consumo lo que lo mantenía en un nivel aceptable de interacción social, logrando de esta manera lo que sin ellas: ser un individuo más.  Lo peor de la condena de Farragut no es perder el amor, si es que alguna vez lo hubo, de Marcia; ni el cariño de su hijo que sencillamente no lo quiere ver; ni el constante abuso de los carceleros; ni conformarse con los romances ocasionales que pueda tener con otros presos; ni la suciedad presente en cada centímetro de las paredes de Falconer, sin contar a la población de gatos que doblega a la de los reclusos, gatos que ahuyentan ratas y ratones, pero que a cambio del favor, dejan el asfixiante hedor de sus orines… Lo peor de la condena de Farragut es su forzado alejamiento de las drogas, no tenerlas como instrumento de adaptación. Sin embargo, este personaje, desde ya emblemático y que tranquilamente podríamos situar con el Bob Arctor de Una mirada a la oscuridad de Philip K. Dick y el Alexei Ivanóvich de El jugador de Dostoievski, y gracias a la maestría narrativa de Cheever, que aquí recoge lo mejor en estilo de Chéjov y Fitzgerald, se abre de ese cerco para convertirse en metáfora de la ansiedad.

Por eso, no estamos ante una novela sobre la experiencia carcelaria, menos sobre la abstinencia de las drogas, que bien pudo ser, y hasta cierto punto parecer. La abstinencia de las drogas es un pretexto, una estrategia narrativa que le permitió al autor calar en lo que le interesaba: la ansiedad como tópico universal, ansiedad que desmenuza y destruye el ADN emocional de cualquiera.

Durante años busqué más títulos de Cheever. Además, había averiguado de su prestigio de cuentista formado en las canteras de The New Yorker. Y por más que lo intentaba, no encontraba nada, lo cual me exasperaba porque siempre me he considerado un eficiente “busquero” de libros. Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar desde inicios de la década anterior. Hoy en día sus libros están a la mano y no hay justificación alguna para no leerlos. No leer sus novelas, no leer sus cuentos, no leer sus diarios es, sencillamente, darle la espalda a la gran literatura.

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