jueves, agosto 29, 2013

La ruta salvaje



Texto que debí leer en el Homenaje a Roberto Bolaño, en Petroperú.


 

Supe de Roberto Bolaño a razón de un artículo de José Miguel Oviedo en El Dominical. Si no equivoco, aquel texto en el que se daba cuenta de Los detectives salvaje y Llamadas telefónicas, salió a fines del siglo pasado o a inicios del presente. En realidad, este dato es lo de menos. Lo que importa es que en ese artículo Oviedo dio muestras de ser un gran crítico, pero no por lo que detallaba de los libros en cuestión, sino por la pasión exacerbada que exhibía cada frase suya, una pasión de lector que muy contadas veces he podido leer y que me remitió a ese estado cuasi celestial de la verdad emocional, verdad emocional de quien escribe sobre un libro que lo ha sacudido, que lo ha zarandeado hasta dejarlo en el piso.
Recorté el referido texto y lo tuve durante mucho tiempo en uno de los bolsillos de mi mochila. ¿Es verdad todo lo que dice el tío Oviedo?, me preguntaba. No era para menos, todo hacía prometer que ese libro de título cinematográfico encerraba una fuerza radiactiva. Iba a las librerías y preguntaba por Los detectives salvajes y el precio que marcaba me llevaba a barajar dos posibilidades inmediatas: o ponerme a trabajar para comprarlo o robármelo. Bolaño era de esos autores a los que quieres leer cuanto antes, de esos en los que tienes un espejo personal, más aún cuando has dedicado buena parte de tu vida a recorrer las calles, a escuchar rock, a ver todo el cine que pudieras, a leer como un soberano vesánico en todas las bibliotecas a las que te afiliabas.
Finalmente pude leer Los detectives gracias a un préstamo que me hizo una amiga. Lo leí con suma lentitud en cuatro días, apuntando y disfrutando e intentando descubrir el secreto de esa poesía narrativa plasmada en un desorden estructural que elevaba la novela a una voz coral que te metía en el mundo de la literatura y sus actores inmediatos. Aquí hablaban todos y decían lo que les venía en gana. En estas páginas yacen esos dos componentes que todos los lectores que escribimos buscamos: literatura y vida. Pero vida entendida desde los extremos del desamor, la desgracia, el sexo cínico, pero ante todo del amor, mucho amor en pos de un ideal. O sea, hay que ser genial para hacer de un argumento en teoría trivial toda una explosión abrigadora. Solo a un tocado, a un elegido, se le ocurrió hacer de algo tan sencillo, como lo es la búsqueda de una poeta de la que poco se sabe y de la que casi nada se ha leído, un viaje hacia el centro mismo de la tradición literaria. Por esta razón, siempre he sido de la idea de que la mejor manera de acercarse a la obra de Bolaño es con Los detectives salvajes.
Luego de este primer acercamiento, me puse a buscar más cosas del chileno. Pero no lo hacía con el apuro del nuevo fanático, sino con la paciencia del diletante. Algo en mí me decía que no debía leerlo de inmediato, sus libros tenían que llegar a mis manos en su momento, no apurados por mi deseo. Y efectivamente, sus libros llegaban a mis manos, ya sea porque me los regalaban o me los robaba, o porque me los prestaban, tal y como ocurrió con Llamadas telefónicas, gracias a una amiga mía que trabajaba en La casa verde. No digo que todos los títulos que leí después de Los detectives fueran una maravilla, imprescindibles de la narrativa contemporánea. Para admirar hay que saber pisar pelota. Bolaño tiene cosas que no me gustan para nada, por ejemplo: no me entusiasma su poesía, tampoco La pista de hielo, Amberes, Amuleto y Una novelita lumpen. Pero qué importa, si el chileno es también dueño de imperecederos viajes canábicos como La literatura nazi en América (no puedo entender que aún haya gente que se haga llamar escritor/escritora y no haya leído aún este semejante canto a la mentira), Estrella distante, Putas asesinas, Monsieur Pain, Llamadas telefónicas, 2666 y Nocturno de Chile.
Hace un tiempo una joven lectora me preguntó cómo definiría a Bolaño. Ella aún no había leído nada de él, así que le di una definición que pudiera acentuar su interés. No recuerdo las palabras exactas, pero fue más o menos así: Mira, niña, me dices que has leído a Borges, ¿no? Pues bien, Bolaño es parte de la cofradía del argentino, pero es un cófrade malcriado, no del todo fiel, que ha enriquecido las enseñanzas del maestro. Por ejemplo, en Bolaño está repotenciado el humor de Borges, humor del que pocos parecen darse cuenta. Bolaño es como Borges, pero con más humor. Pero no solo eso, Bolaño ha hecho lo que nunca Borges: ha tenido sexo.
Este tipo de explicaciones al vuelo solo contribuían y contribuyen a reforzar más la imagen del escritor. Y espero que las mismas desaparezcan más temprano que tarde. Me explico: desde su muerte no se ha hecho otra cosa que no sea la de hablar hasta por los codos del Bolaño mito. Bolaño, como bien sabemos, es hoy por hoy una leyenda institucionalizada. Tiene ese inevitable destino de los ídolos: ser mencionados sin que se les lea. Se habla más de la vida de Bolaño y no de los libros de Bolaño. Por eso lamento su muerte, porque lo que vino después de esta fue la canonización de la imagen, la del escritor lengua suelta, la del escritor que tiraba su mecha, la del patán, en otras palabras, la del maldito entre malditos. Si moría, que muriera, por ejemplo, como Carver. ¿Acaso hay alguien que quiera ser como Carver persona? No conozco a nadie que quiera imitarlo, por el contrario, Carver es un referente porque se le sigue leyendo y se habla de él partiendo de lo que se le lee. Pero con Bolaño nos distraemos en cojudeces, en aspectos que no tienen la más mínima importancia. Es que ser como Bolaño persona es sumamente fácil. Pero como Bolaño escritor/actor de sí mismo es otra cosa. Son pocos los que pueden sobrevivir a la marginalidad de toda casi toda una vida, no todos están dispuestos a soportar el continuo ninguneo en el mundillo literario como lo vivió él. No todos pueden decir las cosas como son y escuchar lo que no se quiere escuchar. Por ello nos abocamos a lo más fácil de asimilar de Bolaño, a la posería y el figuretismo que se delatan a la primera  incoherencia. Así pues entendemos la proliferación de Bolañitos y de tipejos/tipejas que hacen trayectoria con el cuento Bolaño. Si Bolaño los viera, estoy seguro de que los sodomizaría en el acto. No solo eso, sino que a patada limpia los mandaría a leer.
Leer.
Leer.
Leer.
Si hay algo que Bolaño nos transmite en su literatura, ese algo es precisamente leer, leer con voracidad. No es gratuito que en su poética encontremos innumerables referencias librescas, demasiados lazos literarios en pos de una tradición personal. Leemos a Bolaño y leemos lo que Bolaño leía. El pata escuelea, pues. Es un maestro generoso. Y desde el punto de vista personal, fue muy generoso conmigo. Bolaño me enseñó a leer.

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