lunes, octubre 14, 2013

Una mujer peligrosa


No hay nada mejor que despertarte en la mañana luego de una larga y sufrida noche de esporádicos dolores en los oídos, conectarte a Internet para responder algunos mensajes de Facebook y correos electrónicos, y enterarte de que la escritora canadiense Alice Munro ganó El Premio Nobel de Literatura 2013. Una noticia como esta no solo puede curarte; también te hace creer en la justicia literaria, que cuando llega, lo hace de la mejor manera.
Munro, hasta hace poco recurrente candidata al galardón sueco, ha mantenido una obra coherente con sus principios narrativos. No es una narradora de grandes temas: lo suyo siempre ha sido el individuo y su periplo existencial enfocado en detalles que reconoce como señales, las cuales les impele a huir con el único objetivo de no ser transmutados en lo que más temen. Munro es, pues, la maestra de la violencia emocional; además, es tan dueña de sus recursos narrativos que nos adentra en los escenarios, situaciones y descripciones que refuerzan ese viaje hacia el infierno del sí mismo. En apariencia no pasa nada, pero sus personajes van siendo destrozados, de la misma en que lo es el lector de turno.
Las lunas de Júpiter fue el primer libro suyo que leí y más allá de reconocer y admirar su pericia narrativa, que brotaba en cada uno de los cuentos premunidos de frases trabajabas, en los que el lenguaje resultaba tensado hasta no dar más, quedó en mí la mirada y la voz de la escritora, distintas y epifánicas a la vez. Había pues que ir con cuidado con ella. Es una mujer peligrosa. ¿A qué se debe este impacto, que también vemos en Secretos a voces, El amor de una mujer generosa, Demasiada felicidad, Escapada y otros? Es que Munro es ante todo una cuentista, una heredera y renegada con conocimiento de causa de las poéticas de Poe y Chéjov. Para ella, saber mirar no es suficiente. Quiere más, y gracias a ese deseo es que se vale de toda una tradición narrativa que esconde y camufla, depositándola en un registro en el que sí tiene el poder, el mando total. No es gratuito que lo más endeble de su envidiable producción sea su única incursión en la parcela de las distancias largas, la novela La vida de las mujeres.
No importa si haya optado por la jubilación de la escritura, pues lo hizo en pleno uso de sus facultades y por la puerta grande, que es por donde deben retirarse los genuinos hechiceros de la palabra. ¿Si estamos ante un justo premio Nobel? Lo es, porque Alice Munro representa al cuento cuando nadie apuesta por el cuento.

Publicado en la edición 33 de Velaverde.

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