domingo, enero 26, 2014

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Más de una vez he dicho que la literatura es como el fútbol. En la literatura no hay lógica, una derrota no te puede dejar de lado si crees en lo que haces. Los partidos no necesariamente son iguales.
No son pocas las veces en las que he discutido con amigos escritores, amigos escritores saludados por la prensa y la crítica, que me afirmaban lo medular que resulta una primera publicación, en donde te juegas el todo y nada. La idea es más o menos la siguiente: si tu primer libro no es bueno o relativamente interesante, mejor piensa en otra cosa.
En lo personal, no comparto para nada esta idea. La literatura es persistencia y es en el mismo camino del ejercicio de la escritura en que te das cuenta si lo tuyo es o no la literatura.
Por eso tenemos en la historia de la literatura innumerables casos de debuts y despedidas. Los autores no soportaron las malas críticas, los tomaron como mensajes de los dioses que les ordenaban realizar actividades más productivas, como buscar un trabajo, cimentar una familia, o sea, ser hombres y mujeres de bien. En fin, como sea la figura. Lo que sí es cierto es que si persistes puedes superar las falencias de tu primer libro. ¿Autocrítica a la fuerza? Como gustes llamarlo.
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A fines del año pasado leí un par de libros que llamaron mi atención. Libros de nuevos autores peruanos, nuevos autores peruanos que en la segunda entrega superaron las clamorosas caídas de sus libros iniciales. Me refiero a Fernando Sarmiento con Todos los días son de ceniza (La travesía) y a Aldo Pancorvo con La falsa despedida (Paracaídas). Cuentario y novela, respectivamente.
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Una de las interrogantes que tuve luego de leer el cuentario de Sarmiento fue la de por qué no apareció literiamente con este libro. ¿Por qué se apuró con su novela Clash City Loose? Los cuatro relatos que conforman el presente cuentario nos presentan a otro narrador, de prosa cuidadosa y mundo imaginativo peculiar. Demasiado arriesgado hasta cierto punto. Pese a que sus argumentos pueden ser muy jalados de los cabellos, el lector es presa de ellos y la razón la veo en que su incursión en la vertiente fantástica la ha realizado conociendo primeramente sus límites como autor, en donde encontramos demasiada información encapsulada, encapsulada al servicio de sus historias, sin pretensión de hacer un muestreo de inteligencia y referencias, tal y como vemos en varios autores locales que han puesto pie en lo fantástico, que, aparte de aburrir, suenan extremadamente falsos, inverosímiles. Por ello, los relatos de Sarmiento se dejan leer y apreciar, lo que quiso fue contar, nada más, ese es el mérito, al punto que uno no siente como baches las claras falencias de estructura que vemos principalmente en el cuento “Feriado con la reina”.
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Si la memoria no me falla, a Aldo Pancorbo se le criticó con fundamento la floja configuración moral de los personajes de su primera novela Un duro despertar. Bien sabemos que la base de toda novela, antes que la estructura y el estilo, es la hechura del personaje y su interrelación con el mundo representado. Ahora, en La falsa despedida Pancorbo no repite errores y nos entrega un personaje que imagino irá creciendo en el tiempo: Fabio Correa.
Lo primero que percibimos es la influencia que ha recibido el autor. Aquí hay mucha música rock, en especial. Nos queda claro que ha bebido de la cultura popular y en base a esta cantera nos entrega una historia a la que no debemos clasificar bajo los criterios de la novela realista, sino de la novela que parodia, en la onda de lo que en el cine realizan Tarantino y los hermanos Coen. Porque eso es lo que hace el novelista: parodiar la realidad. Y es en esta intención paródica en que entendemos a Correa y su inusitada búsqueda de supervivencia. Correa es un escritor, cuya novia Zoe es asesinada, hecho que lo lleva a hacerse cargo de la hija de esta, Malena. Es bajo el cuidado de la niña que empieza a recibir amenazas anónimas y, como todo escritor curioso, no se arredra, por el contrario, empieza a investigar por su cuenta el asesinato de su novia, lo que lo lleva a descubrir una conspiración que proviene desde los más altos estratos del poder político.
Obviamente, estamos ante un policial, pero ante un policial permeable que no debemos encorsetar bajo las leyes clásicas del género. El policial es quizá el género más libre de la novela y el éxito de su uso descansa en la lealtad a los registros que utilice el autor. Por ello, no deberíamos leer La falsa despedida bajo la mirada del realismo-mimético, pecaríamos de injusticia por apuro y poco conocimiento de la tradición narrativa. Pues bien, el gran problema de Pancorbo es que su historia no demora en desgastarse, debió pues quedarse con la carne y olvidarse del hueso. Con 120 páginas la hacía linda.

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