jueves, agosto 14, 2014

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No es que uno se haga más viejo, simplemente los tiempos cambian. O es que mi percepción siempre ha estado atrofiada en cuanto a los concursos literarios, por la sencilla razón de que jamás he participado en ninguno.
En uno de estos días se vence el plazo del Copé de Cuento, quizá el premio de más prestigio, sea en lo literario y en lo pecuniario, de la maravillosa literatura peruana contemporánea.
Para el lector no atento a los vaivenes locales, el asunto lo podríamos graficar de esta manera: basta ganar el Copé (en Cuento, Poesía, Novela y Ensayo), quedar en mención honrosa o finalista, para asegurarte un espacio en el imaginario local durante muchísimo tiempo, así publiques o no. El carné del Copé te brinda pues una identidad y hay quienes han sabido sacarle provecho a esa distinción. Pienso en el Copé de Novela, que vendría a ser una suerte de Pulitzer.
Ahora no pienso hablar de la calidad literaria en la historia del Copé, que bien daría para un post extenso, de esos que merecen notas a pie de página. Lo que me hace pensar en el Copé en esta mañana de jueves, es el efecto que genera en sus participantes. Antes, digamos en la protohistoria de las velocidades mediáticas actuales, los que participaban en el Copé mostraban un perfil bajo, no le comentaban ni a la trampa o el amante sobre el relato/cuento/poemario enviado al prestigioso premio nacional. Ni una sola palabra, durante meses, hasta el dictamen del jurado, pasando sus días y noches entregados a la reflexión existencial que les producía la lectura de la poesía abstracta.
En cambio, hoy en día, no deja de llamar mi atención la alegría de los participantes, y no solo hablo de las plumas jóvenes, también algunas con cierta trayectoria, que anuncian con bombos y platillos que acaban de entregar el sobre con el relato que posiblemente gane el próximo Copé de Cuento. Lo veo y no me molesto. Mucho menos con el grupo de narradores jóvenes que felices pasan un toque por Selecta, narradores jóvenes que me dicen que han ido a PetroPerú. “Qué chucha, lo que vale es participar”, dice uno. “Si gano, gano, si no, no pasa nasa”. El más entusiasta: “Le he pedido a mi viejita que nos prepare un potente ají de gallina, para celebrar”.
Prendo un Pall Mall rojo. Ellos esperan que diga algo, pero no digo nada. Solo pienso en que los tiempos cambian. No dudo en sumarme a los festejos.

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