lunes, septiembre 14, 2015

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Me levanto temprano, con la idea de ver una película que me saqué del sinsabor de la noche del domingo. Creo que lo dije más de una vez, soy una persona de cábalas y cuando menos caso le hago a estas, no me va bien. Cada vez que le he hecho caso a la voz interior, así sea peligroso lo que esta me diga, me ha ido bien. Aunque siempre queda latente lo que escuchas o lees por ahí, sea una opinión o una recomendación, que se cuela en tu mente como un virus. 
Quienes me leen, saben que me gusta mucho el cine, además, no me considero un posero que solo ve cine independiente, de autor y de tantas y variopintas nomenclaturas que puedan aparecer. Me gusta pasarla bien, así de simple. Miro sin problemas una de Godard como una que la viene rompiendo en la cartelera. Preparo mi sensibilidad para estas experiencias y la verdad es que no pocas veces he salido muy contento, sin importar si la película sea buena o mala. 
Mi domingo fue algo ajetreado. Visité algunas librerías y recogí a mi madre del aniversario de la iglesia a la que asiste desde hace más de quince años. Llegamos a casa cansados y lo único que deseé era ver una película que me desconecte del cansancio mental. En la sección de estrenos había varias potenciales, entre las que se encontraba San Andreas o La falla de San Andrés. También tenía otros caminos, pero recordé que en cierta ocasión un pata me habló tremendamente entusiasmado de la película. Según él, había salido conmocionado del cine. En realidad, nunca confío en sus opiniones, mucho menos en sus sugerencias, pero como suelo ser benigno, quise darle una nueva oportunidad y de esta manera, ahora sí, pensar que no es un salado. Es que todo le sale mal a este compadre. 
Sin embargo, mi voz interior me decía que me desperece y vuelva a la etapa muda de Hitchcock con The Lodger (1927), o El enemigo de las rubias. Mi voz, esa voz que tantas satisfacciones me ha deparado, fue traicionada por darle una oportunidad a estos 90 kilos de sal. 
No dormí bien. La falla de San Andrés es una porquería. Si algo tiene de interesante, es la actuación de Paul Giamatti y las presencias de dos mujeres a las que deberíamos seguir sin importar en qué sonseras decidan participar, un par de mujerones, para ser más justo: Carla Gugino y Alexandra Daddario. 
La culpa era totalmente mía. No haberle hecho caso a mi voz hizo que me despertara con dolor de cabeza, algo que solucioné con café bien cargado, que ayudó a que pudiera contemplar el paisaje de mi parque y que permitió ver la amistad ente mi perro y mi gato. Entonces vi la película muda de Hitchcock. Solo así las cosas se pusieron en orden.

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