viernes, mayo 14, 2010

Levantad, críticos

Levantad, críticos es el excelente artículo de Rodrigo Fresán –vía Radar Libros- sobre la reedición de SALINGER: THE CLASSIC CRITICAL AND PERSONAL PORTRAID.


La muerte de los grandes suele poner en marcha la maquinaria de los minúsculos vivos. Así, de pronto salen a la luz sombríos y apresurados productos póstumos. Ya lo dije varias veces: se cierran los ataúdes para que se abran los cajones. En el caso de Jerome David Salinger, sin embargo, la cosa parece estar siendo manejada con la elegancia obsesiva y top secret que supo tener el hombre en cuestión. De acuerdo, salieron a la luz unas cuantas fotos muy lindas (en las que Salinger aparece muy parecido a Dan “Mad Men” Draper), se han expuesto unas cartas que no revelan mucho más que nuevas y agudas aristas de su conocida y grave misantropía, y se anuncia un inminente documental que venía preparándose (con más amor que sordidez) desde mucho tiempo antes del fallecimiento del esquivo “Jerry”. Nada, por el momento, de inéditos y de un posible retorno de la familia Glass. Tampoco hay rumores de una cercana publicación de sus relatos tempranos o de The Inverted Forest –esa magnífica nouvelle– que se pudieron leer en revistas a las que los fans arrancaban páginas en las bibliotecas. Así, la obra completa de Salinger continúa cabiendo en un bolsillo del abrigo de Holden Caulfield y se consume y se disfruta en menos de los tres días que el expulsado vagó por una Nueva York sin patos, pero con muchos buitres.
Por lo que resulta especialmente agradecible la resurrección justo antes del adiós (el libro no llega a reconocer la muerte del autor de The Catcher in the Rye) de este Salinger: The Classic Critical and Personal Portrait. El “retrato” bosquejado por Henry Anatole Grunwald en 1962 –previo a una de las desapariciones más comentadas, criticadas y admiradas en la historia de la literatura, o en la historia y punto– era muy difícil de encontrar desde entonces y aquí lo tenemos de nuevo entre nosotros, con una portada inequívocamente salingeriana en la que una mano anónima nos ofrece un libro envuelto en papel madera.
Lo que hizo Grunwald (1922-2005, alguna vez editor en jefe de Time) fue convocar a veintiséis pares, colegas y enemigos de Salinger para que dieran su versión del asunto y ofrecieran una posible explicación a un fenómeno siempre apasionante: aquello que sucede cuando un escritor de calidad se convierte en best seller y, además, en gurú orientador de juventudes desorientadas. Así son llamados a declarar testigos de renombre como Arthur Mizener, Alfred Kazin, John Updike, Leslie Fidler, Seymour Krim, Joan Didion, George Steiner, Donald Wakefield y siguen las firmas. Y hay que decirlo: la mayoría de ellos son testigos por la fiscalía (Steiner es especialmente agresivo con “La Industria Salinger”) y a más de uno se le nota la envidia por debajo de tanto pedido de explicaciones cuando, en realidad, lo que se piensa es un “por qué a él sí y a mí no, ¿eh?”.
Y resulta fascinante detectar –en los documentos de aquella época– cómo ya se proponían varias de las críticas y reparos que persiguieron no a Salinger pero sí a lo suyo a lo largo de su vida. A saber: Holden es un “inmaduro” y “madera de ventrílocuo”, Salinger aleja a los jóvenes de la gran literatura occidental ofreciéndoles en cambio una versión cómoda y diluida de zen oriental, sus fans son poco menos que analfabetos y –last but not least– su prosa y trama son tan cute, y no está bien visto eso de “amar tanto a los propios personajes”. A esto último –en su tan ejemplar como imparcial introducción– Grunwald comenta que Fitzgerald también ama mucho a sus personajes y nadie parece tener mucho problema con ello. Y agrega: “Resulta revelador el que todos los colaboradores aquí reunidos no puedan sustraerse a citar largos párrafos de Salinger. No lo hacen para llenar espacio, está claro, sino porque no resulta sencillo describir lo que hace Salinger. Con cierta desesperación, los críticos parecen empujar al lector contra esos párrafos, como diciéndoles: “Aquí velo por ti mismo. Así es como es”. Y el método, por lo general, falla. En lo que escribe Salinger, las personas y los objetos, aunque sean parte del mundo tal como lo conocemos, asumen un cierto resplandor que no puede ser percibido en largas citas fuera de contexto. Y Grunwald concluye con la palabra delight como único posible término para expresar el efecto producido por Salinger: “No es un término crítico, pero es lo que tiene Salinger para darnos. Al final, la única crítica que se le puede hacer es que escribe demasiado poco, que sus Canciones de Inocencia son muy poco frecuentes y que no nos llegan más seguido. Lo que necesitamos son más ficciones de Salinger, no sólo para alimentar la maquinaria crítica y poder juzgarlo con mayor precisión sino, también, para tener la excusa para celebrar más fiestas”.
Sea. Y a ver qué pasa.
Mientras tanto y hasta entonces, uno de los ensayos aquí reunidos –The Salinger Myth, de David Leitch– empieza así: “Una noche, en Roma, más o menos hace doce meses, un amigo norteamericano, bien conocido por su sobriedad y su equilibrio mental, me llamó por teléfono en un estado de gran excitación para comunicarme que había conocido en un bar al hermano de la viuda de Seymour Glass y preguntarme si quería conocerlo. Sintiendo que el mito de Salinger se estaba escapando de las manos, respondí que no”.
No sé ustedes, pero yo sí hubiera ido.

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