lunes, julio 12, 2010

La Primera Dama

No con la frecuencia de antes, pero sí reconozco que de cuando en cuando vuelvo a las novelas de Agatha Christie, al magnetismo negro de la primera vez que la leí, a ser parte del hechizo de sus novelas de crimen y misterio. Es por ello que me es imposible pasar por alto la generosa nota de Alicia Plante La Primera Dama –publicada en Revista Ñ- sobre LOS CUADERNOS SECRETOS de John Curran.
En la publicación, Curran aborda las “historias secretas” que dieron pie a las novelas de Christie, a raíz del hallazgo de 73 cuadernos personales en los que esta inacabable contadora de historias anotaba paso a paso los vericuetos de su proceso creativo, en otras palabras: el backstage al desnudo de sus novelas.


Es fácil imaginar al irlandés John Curran, un apasionado experto en la obra de Agatha Christie, cuando aquel día de noviembre de 2005 descubrió el tesoro insospechado que lo impulsó a preparar este libro: una caja con 73 cuadernos escolares y libretas comunes conteniendo anotaciones manuscritas de Agatha Christie, en ciertos momentos consignando una intención o una trama en desarrollo, en otros como en diálogo consigo misma. Y Curran fue abriéndolos uno a uno, numerados al azar por alguien que no había sido ella, alguien que no tomó conciencia de la trascendencia del material y lo relegó a una caja que a su vez fue a dar a un rincón de la habitación donde se conservaban documentos, así como ejemplares de todos los títulos en sus diferentes ediciones y traducciones, publicadas en más de cien países y vendidas en cifras billonarias, jamás superadas por nadie.
Había sido recién en 2004, veintiocho años después de la muerte de Christie, que su nieto, Mathew Prichard, hizo accesibles a los investigadores la documentación y los objetos personales de su abuela, hasta entonces celosamente guardados bajo siete llaves por Rosalind, la hija de la escritora. Prichard también levantó el cerco de misterio que volvía inaccesible la residencia de la familia, Greenway House, una bella y amplia mansión que Christie había adquirido en Devon. Invitado especialmente por Prichard a hospedarse en la casa y revisar libremente la documentación, Curran descubrió la caja, los cuadernos y el corazón de su amada Agatha Christie.
Pero antes de avanzar en sus cotejos entre anotaciones y obras publicadas, Curran nos ofrece un interesante estudio de las claves del éxito de Christie. Primero, dice, en todas y cada una de sus obras está presente una legibilidad extraordinaria que permite que jamás decaiga el interés del lector. Destaca luego la escrupulosidad con que Christie compuso sus historias, el equilibrio que lograba entre fantasía y factibilidad. En casi todas sus tramas, subraya, instala el crimen en una situación que limita el número de sospechosos (una casa de campo, un tren, un barco, una isla), lo cual, además de acotar los alcances de la investigación, estimula y activa los mecanismos deductivos del lector. Simultáneamente, la autora jamás lo defrauda: cada historia es un ejemplo de juego limpio.
Por mi parte, considero que su infalible respeto de estas premisas lleva al público amante del género de misterio a meterse de cabeza, desde la primera página de una historia suya, en el siempre renovado duelo autor/ lector. Así, cuando cerremos el libro, será sabiendo quién ganó, quién fue más hábil, si el autor para ocultar e inducir legítimamente a error, o el error para no dejarse despistar y descubrir la verdad por su cuenta, antes de que el autor se la revelara. El libro de Curran muestra numerosos ejemplos de la malicia de Christie en el manejo de esta pulseada. Por ejemplo, en la página 24, encontramos esta cita suya: “...Si le damos un aire de misterio, los lectores pensarán que ya han dado en el clavo... Las mujeres de avanzada edad siempre funcionan bien como sospechosas; o en la 457 a El misterio de Pale Horse, uno de los títulos más potentes de sus últimos quince años según Curran, donde agrega: “...como sucede en muchos de sus títulos, lo que uno cree ver no es exactamente lo que hay; o en la 415, en relación con Los Trabajos de Hércules, otro comentario suyo: “Una vez más, Christie juega con nuestros errores de apreciación y percepción”.
Cabe suponer que detrás de ese duelo, cuyo sustrato evidente es la lucha entre dos extremos representados por el criminal y el investigador, está la eterna oposición bien/mal, vida/muerte. No es extraño, entonces, que el lector se apasione con un juego que compromete aspectos tan básicos de su psiquismo.
Curran avanzó en su intensa lectura de los cuadernos, y nos muestra cómo en breves frases crípticas, apenas recordatorios que seguramente a ella le disparaban mil imágenes, Christie traza las ideas para los tres o cuatro próximos misterios –algunos materializados recién décadas más tarde– que surgían incontenibles en medio del trabajo con un libro en curso. El experto percibió que aquellos cuadernos develaban retroactivamente el secreto del “cómo” en el trabajo de la escritora, lo cual lo convertía a él en el primer testigo de una creatividad en pleno funcionamiento. Aquello, concluyó, le permitiría comprender, imaginar y apreciar con mayor profundidad ese especial cuidado de Christie en la elaboración siempre verosímil de sus argumentos y la creación de sus personajes. Para alguien que se había dedicado al estudio académico de su obra, era asombroso tener acceso a un número importante de borradores, muchos de ellos los iniciales; otros, evidentemente, los últimos –lo cual sugería el extravío de numerosos cuadernos–; poder meterse en los pliegues ocultos de su inagotable y frondosa fantasía y compartir la inquietud de su férrea exigencia consigo misma; tener ante los ojos, como en una charla con ella, los laberintos de su pensamiento, reconocer escenarios de sus novelas en la propia casa, en aquel jardín, en el mirador sobre el río en el cual algún personaje había trepado al parapeto, se había reído y había paseado por donde él lo hacía ahora. Como si las hubiese necesitado para el mejor desarrollo de una trama, Christie también había consignado en los cuadernos los bocetos y mapas de aquellas imágenes mentales sobreimpuestas a su entorno doméstico, delicados diseños que más parecen apuntes para una escenografía.
La huella dejada en su espíritu por los viajes en que acompañó al primer marido aparece asimismo en los argumentos de numerosas novelas ubicadas en el extranjero, cuyas notas revelan el ansia y la inquietud de una viajera nunca saciada.
De un modo que las obras terminadas no permiten sospechar, Curran se topó con la insatisfacción y la duda en Christie, sentimientos ante los cuales ella recurrió una vez más a sus cuadernos, consignando allí, de manera sólo aparentemente anárquica (abría un cuaderno, encontraba una página en blanco, y allí escribía lo que ocupaba su mente en el momento), las soluciones alternativas para la trama o el mecanismo problemático. Enumeradas meticulosamente e identificadas por medio de letras mayúsculas –cuyo ordenamiento a veces no seguía el alfabeto sino lo que su intuición ya la predisponía a decidir–, en cada caso el experto reconoció en inmediato cotejo mental y casi con el placer de un cómplice, la finalmente elegida. O, en cambio, descubrió que una escena del borrador había sido eliminada, o que al fin Poirot había reemplazado a Miss Marple o viceversa.
Estas anotaciones, que Christie jamás pensó en compartir con otros ojos, proporcionaron a Curran –y, a través de sus abundantes transcripciones, a nosotros– el paisaje ficcional contra el cual surgió y se desarrolló su obra entre 1929 y 1976, año de su muerte. Esta carrera suya, que abarcó cincuenta y cinco años, se dio a caballo de dos guerras mundiales y resultó en una producción prolija y sistemática de una novela por año, que remitía a Collins, su editor, cada Navidad. Aparte estaban los relatos breves y las obras de teatro que estrenó en el West End londinense a lo largo de veinte años, logrando en cada género el mismo enorme éxito comercial.
Merece una mención aparte el tema de su caligrafía, que curiosamente la edad volvió más clara. Era casi indescifrable, y lo logrado por Curran en esa tarea merecería ser equiparado con una de las investigaciones de Poirot.
En este inesperado regalo del destino Curran había entrado en contacto personal con la intimidad –literaria pero también doméstica y social– de la escritora a la que llevaba años estudiando. La decisión a tomar era ¿cómo organizar sus observaciones a fin de comunicarlas? Decidió no hacerlo por orden alfabético ni cronológico sino por tema, comenzando por uno que, a través de los años, fascinó a Christie, el de las canciones de cuna y los cuentos infantiles, “siempre tan trágicos y macabros, por eso encantan a los niños”. A esta categoría, que abarca diez obras, pertenecen algunos de sus relatos más célebres, como Cinco cerditos y Diez negritos. Sigue la sección dedicada a los asesinatos en forma de juego, luego los crímenes realmente ocurridos y nunca resueltos, y lo que Curran llamó “asesinatos previa cita”. Finalmente, siguen los casos ubicados en países extranjeros. Por supuesto, dadas las dimensiones del libro, Curran no se ocupa de la totalidad de las obras de Christie, pero confía en poder remediarlo mediante una posterior edición ampliada.
Los dos relatos inéditos incluidos son excelentes. “La captura de Cerbero” nos sorprende con una historia que en 1940 la revista The Strand, su habitual editor de cuentos cortos, no se animó a publicar debido al retrato apenas disimulado de Hitler. La otra, “El incidente de la pelota del perro”, es asimismo un alarde de ingenio. Fue escrita en 1933 pero no se publicó porque Christie decidió convertirla en una novela, El testigo mudo y nunca la ofreció a su editor.
En síntesis, Los cuadernos secretos es un libro de consulta para bibliófilos del género, y seguramente un placer para el lector que siempre amó a Dame Agatha.

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