viernes, julio 16, 2010

Rafael Inocente sobre la novela RETABLO, de Julián Pérez

Días atrás recibí un mail del narrador Rafael Inocente, en el que me pedía que posteara su reseña sobre la novela RETABLO, de Julián Pérez.
Como conozco la novela, a decir verdad una gran novela, accedí a publicarla. Sin embargo, le comuniqué a Inocente que iba a editar la reseña, ya que en ella había frases que podían ser chocantes o incomodas para terceros, a uno de ellos lo admiro mucho como escritor. Inocente me dijo que no había problema y que editara todo lo que creyera conveniente.
Ahora, si alguien quiere ver publicada su reseña en este blog, adelante, pero eso sí, solo dos condiciones: 1) que el texto sea exclusivamente del libro (no tengo tiempo para estar editando lo que no debería) y 2) el texto debo conocerlo, ya que en lfdls posteo lo que me gusta o me parece interesante, aquí no se difunde sebo de culebra.
Pienso que todo aquel que se precie de buen lector, debe leer sí o sí RETABLO. No sintonizo con las ideas políticas desplegadas en la novela; pero en realidad qué importa eso, lo que me queda claro es que se trata de una estupenda proeza narrativa.

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Quizá para algunos el vocablo retablo evoque nada más —pero nada menos— a las famosas artesanías ayacuchanas representativas de la complejidad de un mundo hoy casi inexistente en el Ande peruano. Para cualquier muchacho desnutrido en los tugurios húmedos de Lima, el término retablo le hará añorar seguramente la zona más nórdica de Comas, aquel garbanzal de discotecas, pubs y chiquillas aligeradas de ropa y modales que deforman sustantivos con el sufijo ex (Jorgex, Carlex, Retablex, amix) y se revuelcan con chiquillos alfondohaysitio al ritmo de la ortocumbia (de Tarapotooo, Peerúuu) mientras bailan por un sueño, ribeteado de celulares chinos, autos relucientes y estadísticas mandraqueadas. Pero pocos, muy pocos, sabrán que Retablo es el título de una de las mejores novelas escritas en el Perú en los últimos años, concebida por el ayacuchano Julián Pérez Huarancca (1954).
Empecé a leer Retablo en el baño, a mucha honra. Y ya veo las sonrisas cachacientas. No es el consuelo intelectual del constipado, esto de leer en el baño. Es en el excusado en donde quienes disponemos de escaso tiempo enriquecemos el espíritu. Además, como que resulta gratificante intercambiar el producto del catabolismo, por uno de carácter intelectual, mucho más valioso y etéreo si se quiere, que la acumulación nitrogenada que nos encantaría faxear a Alan García. Imposible leer de un tirón novela tan dolorosa y multiforme. Tal vez un cuento pueda leerse de un empellón sentado en el inodoro. El tirón que puede permitirte aliviar el rumen en diez minutos, no más, por las almorranas. Pero no fue así. Abstraído como estaba con las deliciosas narraciones que intercala Julián Pérez en Retablo, mi abstracción fue tal, que no reparé en que otros, urgidos por la opresión del cuajar golpeaban la puerta del sanitario, notablemente incómodos ante mi involuntaria demora. Proseguí con mi lectura en una combi asesina del Callao. Sucedió lo mismo. Tanta fue mi concentración en las múltiples historias que se cuentan, que incluso no increpé al chófer de la Colonial por la atroz tortura con la que estos humanoides maltratan a los pasajeros: el infame reggaetón de la hez centroamericana que florece en Yankilandia, pasó inadvertido en esta ocasión a mis oídos. Por la noche, convertido en un zombie silencioso, mi lectura continuó, ahora sí en paz, más allá de la medianoche, al filo del lecho conyugal.
Bien. Leer Retablo es reconocer el Ayacucho que sangra hasta hoy y es también recordar por qué Ayacucho es el pueblo heroico, paradigma de identidad nacional, cuna de centenares de rebeliones de comunidades campesinas contra un sistema de castas, que hoy, charolado con tintes neoliberales, sigue enseñoreado en el país en plena época republicana.
El inicio
Aunque no es contado al principio de la novela, sensu strictu, uno de los primeros capítulos de Retablo comienza con el arribo de un foráneo al pueblo de Pumaranra. El foráneo es un hombre en plena madurez y con voluntad de acero, lleva una mochila al hombro como único equipaje y responde al nombre de Antonio Fernández. Alcanza las cercanías de Pumaranra “en un trepidante y agónico 350, una noche empozada bajo el cielo infinito tachonado de luceros (…)” y empieza “(…) la caminata aún al amparo de la oscuridad, como si huyera de siniestros perseguidores (…)”, para realizar labores de agrimensura y veterinaria en la época de la Reforma Agraria de Velasco, motivo por el cual es convenientemente confundido con un diablo comunista alfabetizador por los notables del pueblo encabezados por Faustino Melgar. Apresado, azotado y amarrado fuertemente a lomos de un burro chúcaro repleto de cohetecillos, Fernández es enviado a la muerte por los abismados senderos de Pumaranra, como quién sabe sucedió con otro fuereño por aquellos años, el agrónomo cajamarquino Antonio Díaz Martínez, quien luego habría de escribir el imprescindible Ayacucho, Hambre y Esperanza.
Pero volvamos a la novela. La suerte no le ha abandonado del todo a Fernández. Antes de su encuentro con los notables del pueblo, en el puente sobre el río Pampas, Fernández se ha topado con un inocente niño de diez u once años y con su padre, quienes amablemente le ceden el paso y le orientan en su camino y que son quienes al día siguiente rescatarán su cuerpo moribundo y sangrante, desbarrancado por el burro matrero. El providencial encuentro de Fernández con los Medina será determinante en la vida del pueblo de Pumaranra, de Ayacucho y del país entero. Más aún, este encuentro marcaría particularmente la vida de los hermanos Medina Huarcaya, Manuel Jesús y Grimaldo.
Así más o menos inicia esta magnífica novela. Manuel Jesús, ya adulto, víctima de un trance existencial provocado por la separación de su esposa e hija, decide retornar a Huamanga, último bastión de resistencia en contra de la ignominia y la aldea global, “porque en casa aún reinan la sencillez y el decoro” (…) “…, elegido por el espíritu de los ausentes…” (…) porque “por suerte tengo a mi madre y a mi hermana que me han de guiar de aquí a la quebrada andina de mi niñez, al crepúsculo serrano de bueyes, becerros, alfalfares y sobre todo, a comprender el cataclismo que me arrancó de mi comarca”. Manuel Jesús regresa a Ayacucho en busca del cadáver insepulto de Grimaldo y en busca de paz y respuestas que tal vez no hallaría.
Este retorno al origen sirve para iniciar con la saga familiar de los Medina, con la historia del pueblo de Pumaranra (provincia de Víctor Fajardo) y para contar los inicios de la guerra insurgente en Ayacucho, en la que participa activamente Grimaldo Medina Huarcaya, hermano mayor de Mañuco Chiwaco. De esta manera, los conflictos que ocurren en Pumaranra se convierten en representativos de los problemas típicos de cualquier pueblo del Perú, agobiado y saqueado por militares, ensotanados y autoridades de todo pelaje. Entonces, la polifonía de Retablo encierra preguntas absolutamente válidas hoy en día.
¿Qué sucede en el país?
Si uno recorre nuestra patria con ojo avizor y como recomiendan los orientalistas, en busca de la vía, reparará rápidamente en tres cosas: la pobreza, la dura geografía y el racismo embustero que impera en todas las esferas de la vida pública y privada. En la costa predominan mestizos blanqueados y un exclusivo ghetto endogámico de gente de piel blanca ligada a los mecanismos de poder. Se habla un castellano cada vez más quechuizado, producto de las oleadas inmigratorias de la sierra, se profesa la religión cristiana en sus distintas variantes sectarias y la tradición social es más o menos, aunque cada vez menos, europea o la que viene del norte. En la sierra se concentra la población indígena, aunque existen bolsones de mestizos producto de la cruza con los primeros españoles, se practica un catolicismo borrachiento y totémico, repleto de idolatrías, que ha justificado el acceso de las sectas evangélicas, horrorizadas por el ritual idólatra medieval que persiste en pleno siglo veintiuno. La selva es el origen y es el futuro del Perú. La matanza de Bagua ordenada por el propio Estado criollo-burgués demuestra que la Amazonía es un conjunto de naciones indígenas marginadas, más allá de los grupos de mestizos de las ciudades que han mediatizado sus bailes, con su propia cosmovisión y legítimas aspiraciones, completamente desintegrada del resto del país.
Así, Retablo, desde la ficción refleja una verdad que se resisten a aceptar quienes pregonan el mestizaje ideal, la democracia representativa y la paz de los cementerios. En el Perú nos encontramos ante una nacionalidad fallida, una nación inexistente en donde los muertos regresan a recoger sus pasos, a pesar de la gastronomía, la cumbia, las CVR y las estadísticas. La invasión europea resquebrajó los cimientos prehispánicos, rompió un equilibrio biológico-emocional que no se ha vuelto a recuperar y que, más tarde, liberados de la metrópoli ibérica, el Estado criollo ha persistido tercamente en rematar mediante la implantación de un régimen de castas en plena República, un apartheid astuto a todo un pueblo, quién sabe peor en consecuencias que el sistema de segregación sudafricano.
Para cualquier extranjero que desconozca la historia del país, lo más llamativo en las principales ciudades del Perú resulta su triple fisonomía étnica, inocultablemente expresada en los rasgos, el modo de andar y de vestir y el tipo de trabajo que realiza la gente. Y es en este último aspecto, en donde la correlación es directa y significativa: cuánto más oscuro el pigmento que se lleva en la piel, más relegada queda la persona a labores inferiores.
A costa de las hipótesis oligofrénicamente optimistas de los Arellano I.M., es sabido que los grupos de poder económico en el Perú han sido desplazados de una patada en el poto por las multinacionales (te quiebro o te compro) y el porcentaje de familias poderosas, ese puñado de linajes incestuosos que conformaron los grupos de poder económico, se ha estrechado —sea porque sucumbieron ante el capital extranjero por su propia incapacidad dirigencial, sea porque no resistieron las ofertas de absorción o porque se aliaron abiertamente con éste para poder competir—, en comparación a años anteriores. A despecho de quienes ven en los Añaños, empresarios ayacuchanos exitosos (han logrado captar el 20% del mercado de aguas gaseosas por sus precios bajos) tan internacionales como Los Shapis, motivo de regocijo democrático e incluyente, debemos repetir que una golondrina no hace verano: es el propio modelo económico el que impide el surgimiento de una burguesía nacional de base amplia y boyante. A propósito, en 1923, en La Mar-Ayacucho, se produjo un gran movimiento que se llevó a cabo fundamentalmente contra la familia Añaños que durante decenios detentó el poder mediante sus vástagos repartidos como jueces, diputados y hacendados. No, señores, ayer hacendados de horca y zurriago, hoy florecientes burgueses orgullosos de un liberalismo pelágico que apenas si comprenden. El caso es que esa triple fisonomía etnoclasista pervive en el Perú del 2010, aunada a la desnacionalización absoluta de la economía (las familias otrora poderosas hoy tienen menos y son menos) en aras del predominio absoluto de las multinacionales.
Entonces, ¿la pirámide social se determina en el Perú republicano por una lucha racial? ¿O es al revés? Cuando uno lee Retablo, las cosas parecen invertirse. Ese conflicto inmemorial en las comunidades de la sierra (pero no sólo de la sierra), entre notables y “chutos”, se magnifica a un nivel macro en todas las esferas de la vida nacional. Las razas ocupan los niveles asignados por la lucha de clases. Los invasores españoles se apoderaron por la fuerza o mediante estratégicas alianzas con las panacas poderosas del mando del país, eliminando mediante una aniquilación selectiva, meticulosa y despiadada, a los líderes indígenas, guerreros, amautas, agrimensores e ingenieros de todo tipo, confinando a los vencidos a la mina, la mita y la encomienda, envilecidos en alcohol, catolicismo y desnutrición crónica. La República criolla no ha hecho más que conservar, corregida y aumentada por las taras de la democracia representativa y la globoidiotización capitalista, esta estructura social instaurada hace siglos.
No es necesario ser especialista para percibir lo más resaltante de la pirámide social en las ciudades: la clase terrateniente feudal (hoy remozada, con el cutis polveado de neoliberalismo), en alianza con la burguesía propia de un país colonial, está integrada por un núcleo duro de blancos (blancos PPC, puros por cruce, categoría zootécnica aplicable al ser humano); la piccola borghesia, esa facción cada vez más escueta y vapuleada, está conformada por gente mestiza asombrosamente acomplejada y fluctuante que teme perder lo poco que tiene y, finalmente, las masas trabajadoras (la breve clase proletaria, el subproletariado, los campesinos, los microempresarios, ambulantes y desempleados) por la masa mestiza y la gran masa indígena. ¿Burguesía nacional? ¿Industria nacional? ¿Producción nacional? Si en algún momento la burguesía nativa quiso ser progresista aliándose a las clases populares y enfrentar a la gran burguesía monopolista de los países imperialistas, por lo menos conformando un poderoso mercado interno, yo no tengo memoria de ello. Obviamente, esta clasificación no quiere ser rigurosa, sobre todo en la categorización étnica. En la sierra y la selva, los grandes gamonales, los gamonalillos, “los señores autoridades”, notables y mandones están integrados en su mayoría por mestizos blanqueados, con inocultables vicios cromosómicos, consecuencia de la endogamia de siglos. Pero el hecho fundamental sigue siendo el mismo: el predominio económico y social en el Perú de las gentes de piel más o menos blanca, cuyo poder, aunque ha decrecido cuantitativamente, sigue vigente en su influencia que es igual o superior, desde un punto de vista cualitativo, en todo el espectro de la vida nacional.
Esta estructura semifeudal se consolida con la dependencia económica de los países imperialistas. Esta armazón perversa en la que el blanco cholea a todo el mundo, niega absolutamente alguna gota de sangre india y demuestra repugnancia hacia el indígena y el mestizo, que a su vez siente un odio protervo pero disimulado contra el blanco, pero abierto y teñido de crueldad contra el indio, que recíprocamente anida odio manifiesto hacia los dos anteriores, configura el país que Julián Pérez Huarancca ha simbolizado magistralmente en el pueblo andino de Pumaranra.
Lo central de la novela
A diferencia de lo que sucede en La Violencia del Tiempo con el linaje fundado en el norte por el derrotado soldado godo Miguel Francisco Villar, en la historia de los Medina del sur, aunque no transcurre en la paz de una aldea lejana, no se vislumbra desprecio hacia la raza doblegada. En la colosal ficción de Miguel Gutiérrez, el soldado desertor del ejército de La Serna, abandona a la india Sacramento Chira y a los hijos heterocigotos, atormentados desde entonces por el rencor, la furia y la nostalgia en el perdido caserío de Congará-Piura. En la historia de Julián Pérez, el linaje de los Medina ayacuchanos entronca voluntariamente con hembras indígenas, “mujeres andinas de alto pensamiento pero de bajo destino” y crea un liderazgo que irá tomando forma y sustancia en aquella zona de la sierra sur del país.
La vida en Pumaranra se desarrolla ancestralmente en medio de dos conflictos: el enfrentamiento entre los “uqis” (blancos o mestizos blanqueados) y los “chutos” (indios o mestizos aindiados), sea por la tierra, sea por el odio étnico o de clase, sea por linderos, “ganados” o broncas intestinas. El narrador historia la vieja rivalidad entre las comunidades de Lucanamarca y Pumaranra, cuya existencia transcurre en medio de emboscadas, enfrentamientos y desconfianza perpetua. Los ricos del pueblo establecen acuerdos transitorios con los “uqis” de Lucanamarca, para apoderarse de las tierras y de las rojas minas de sal de Urankancha, orgullo de los pumaranrinos. Los Medina, cuya alianza carnal reiterativa con mujeres andinas de sangre y apellidos indígenas, los ha hecho despreciables y “chutos” a los ojos de los Amorín (los señores feudales de Lucanamarca) son protagonistas de estas luchas, hasta que la rivalidad entre ambas familias se agudiza con el asesinato de Gregorio Medina Sacsara (padre de Néstor Medina), por lucanamarquinos disfrazados sirvientes de Fausto Amorín, en presencia del niño Néstor.
Particularmente atrayente resulta la historia del Néstor Medina, líder comunal natural, trabajador incansable y hombre leído, un “soltero pasado de tiempo para el matrimonio (…) que entregaba sus mejores días y noches a su trabajo de arriero y a atender las diversas dificultades en la vida pueblerina” y que “por ese sacrificio se hizo el más mentado, el hombre que infundía respeto, el que era requerido por sus paisanos cada vez que la vida se les hacía atajo resbaloso”. Es un Néstor ya en la edad madura, quien emparienta su vida en la alianza germinal de la carne con Escolástica Huarcaya, “la mocita pareña que gusta llevar en sus trenzas flor de makuli”, huérfana de madre y con un padre dado al trago, cholita que a “su edad hacía de su existencia una continua preocupación por cumplir las obligaciones del hogar ”, “(…) aunque pobre era hacendosa en el hogar y maciza para los quehaceres”, al igual que su hermana Petronila. “Quién les iba a ganar ordeñando vacas matreras primerizas; en la cosecha, despancando maíz o escarbando papales. Levantaban las bastas de sus faldas de bayeta, las sujetaban a la cintura y recogían allí los frutos con las dos manos. Rápido las habas secas, la alverja, la achita, la quinua. Sudorosas, con los rostros encendidos por el ardor del sol”. “(…) Lampeaban como varones para las viudas, regaban alfalfares para las vecinas viajeras, cuidaban a los pequeños hijos de las negociantes, o se iban a Cachicachi, a recoger sal para canjear con cereales.”
Esa es la génesis de los padres de Manuel Jesús y Grimaldo, signada por la tragedia desde el día mismo en que sus padres se casan, luego de que en concurrida minka construyesen la casa de Néstor Medina en tan sólo siete días entre cánticos de alegría, en hervor de chicha, todo Pumaranra, a excepción de los notables. Durante una semana el pueblo levantó, en gratitud a Néstor, casa hermosa y desafiante, como casa de hacendado. Pero he aquí que el día mismo de la celebración del matrimonio, un grupo de “uqis” lucanamarcas acompañados por guardias civiles se acerca a Pumaranra, con deseos de venganza luego de haber perdido el juicio por linderos. Aquel día de junio los lucanamarcas y las autoridades encarnadas en la guardia civil desataron terrible carnicería en Pumaranra. Cayó abatido medio pueblo por las balas asesinas de los gendarmes. Cayó muerta Mama Auli, de una descarga a boca de jarro. Peleó valientemente la bella Clavelina Contreras, la muchacha de la voz hermosa del valle y por quien no esperó el impaciente amor de Néstor Medina, quien al final es capturado, atrozmente torturado durante varios días y obligado a firmar documento oprobioso mediante el cual el pueblo entrega las ricas tierras de Urankancha a los Amorín. En aquella desigual batalla, Clavelina, todavía virgen, fue ultrajada y muerta por los guardias civiles y los “uqis“, comandados por Fausto Amorín hijo.
Es en este contexto de luchas intestinas en que hace súbita aparición en Pumaranra, el extranjero. Delgado pero fuerte, Antonio Fernández ha enraizado sigilosamente su vida con la de la comunidad. Cual monje laico, sin dios ni mujer, ha establecido alianza con la memoria viva del pueblo, la anciana Mama Auli, prima hermana de Gregorio Medina Sacsara, y ha logrado hacer amistad con los jóvenes del pueblo, particularmente con el hijo mayor de Néstor Medina, Grimaldo. Los ricos desconfían de Fernández, lo hostigan y acosan a preguntas, pero ya nada puede hacerse.
El foráneo comenzó interesándose por los andenes y las técnicas de sembrío tradicionales de los antiguos pumaranrinos. Luego midió las alturas de las graderías y se aficionó a las chullpas y los entierros de las ruinas de los gentiles, ganándose la voluntad hasta de los más suspicaces. En las noches, siempre a solas, escribía con pasión de enamorado, bajo la luz de un mechero. Los sábados y domingos daba clases acerca de cómo sembrar, abonar y aporcar los cultivos para mejorar las cosechas. Parecía tener soluciones para todo. Divulgaba alternativas para mejorar el caudal del agua de regadío, para realizar obras de canalización y economizar agua de riego y en los momentos de éxtasis, afirmaba que “las comunidades son capaces de mover una montaña o cambiar el rumbo de los ríos si se lo proponen”, y casi al mismo tiempo enseñaba a los muchachos a construir cocinas solares, poleas para jalar agua de lejos, bombear agua del río y luego participar en campeonatos de fútbol con su chicha de molle incluida. Pero los viejos estaban asustados porque el extranjero enseñaba a los muchachos “…costumbres y hábitos tan raros como si se prepararan para soportar aluviones por venir (…)”, “corren subidas cargando piedras inútiles, andan de noche oscura por atajos inaccesibles, nadan en el río a las cuatro de la madrugada, se llenan de espinas punzantes el cuerpo como si quisieran curtirlo para soportar tajos de navaja filuda, en noches de lluvia andan sin poncho ni nada que les cubra bien el cuerpo.”
Como en Teorema, aquella bella parábola de Pasolini, el extranjero ha llegado para trastocar toda la existencia de un mundo que ya estaba por desplomarse y ha comenzado perturbando la vida de una familia burguesa del industrializado Milán, mediante lo más íntimo del individuo: el sexo. La tormenta pronto estallaría, pero Mañuco es niño todavía y su vida se inicia, tutelado en un primer momento por un Grimaldo voluntarioso y pendenciero que no para en mientes para hacerse de las más bonitas muchachas de Pumaranra, Lucanamarca y el propio Ayacucho, mozonadas que no impiden que ambos destaquen en los estudios universitarios y que Grimaldo logre un puesto de profesor universitario en Huamanga. Algo que ni siquiera los hijos de los principales habían logrado, era alcanzado por muchachos provenientes de cuna pobre. Mas sus vidas ya han sido trastocadas y la tempestad en los Andes está por estallar.
Coda
He querido pergeñar estas líneas, consciente de que la riqueza polifónica de Retablo va mucho más allá del extranjero que desordenó las vidas de los pumaranrinos. Ya otros han observado la multiplicidad de historias que se suceden cual retablo: el tratamiento de la sexualidad de la mujer andina, encarnada en diversos personajes que van desde Clavelina hasta Liz pasando por las sufridas mujeres engañadas por los Amorín, por mamá Escola y las tías malagente; la historia de los mundos degradados de víctimas y verdugos, como es el devenir de los diablos Amorín, padre e hijo, este último infamado por la traición de Mechita Untiveros; el ardiente encuentro entre Mañuco Chiwaco y una otoñal matrona ayacuchana, Liz Lara-Arriarán, viuda de un militar eliminado por los insurgentes y primer amor frustrado de Grimaldo Medina, el ajusticiamiento de Amorín hijo, dinamitado en la iglesia del Señor de Luren, luego que la guerrilla destruyera las minas Buena Nueva Urankancha, la propia eliminación y desaparición del cadáver de Grimaldo por tropas de infantería y helicópteros artillados del ejército en el fortín de Markaqasa; las innumerables fábulas tradicionales; el lirismo que impregna las descripciones regionales; los personajes matizados, antagónicos y tan humanos, en fin.
He escrito estas líneas porque cuando se lee una buena novela, una gran novela, como Retablo, uno se siente parte de ella y no quiere que la historia finalice, hay un deseo de que la historia, como la máquina de movimiento sinfín de los alquimistas, no deje de funcionar nunca. Sin darnos cuenta la máquina nos ha atrapado en su misteriosa estructura de movimiento perenne. Es lo que he experimentado al disfrutar Retablo. Lo que sucedió en Ayacucho y en el Perú en el último tercio del siglo anterior no es más que la consecuencia de siglos de violencia estructural y política, maquillada de múltiples formas de dominación, como la que se narra magistralmente en Retablo. Ahora que tanto se habla de literatura de la violencia, sería bueno preguntarse si existe también una literatura de la paz. Sí, carajo, todo lo que conocemos en este bello y terrible lugar que se pretende nación ha sido milenariamente parido por la violencia de un tiempo de dolor que todavía no termina.

1 Comentarios:

Anonymous http://zoilacapristan-poesia.blogspot.com/ dijo...

Interesante reseña que invita leer la novela.
Quisiera tener el correo del autor, pues un amigo periodista a quien reenvie el correo enviado por David Abanto, quiere una entrevista con él.

escribir a: zoilacapristan@hotmail.com

12:15 p.m.  

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