lunes, junio 11, 2012

Sueños de Perec



Te despiertas, sudando y temblando. No sientes cansancio, sino una pasajera y brutal curiosidad por lo que acabas de soñar e intentas dar con los detalles irracionales de los interminables segundos que terminaron sumiéndote en una ambarina perplejidad. Pero la inquietud dura poco, el día empieza y las prisas son más importantes que los vericuetos del sueño que a nada estuvo de matarte. Quieres escribir, aunque sea anotar, sobre lo que has vivido en la realidad paralela, pero no lo haces; te espera la ducha, el desayuno, los planes del día. En fin, culpa de los distractores y de nosotros mismos, consolándonos con relatar el sueño con amigos y conocidos frecuentes.

La cámara oscura (Impedimenta, 2010) no es el mejor libro del celebrado e influyente creador francés George Perec (1936 – 1982). Pero en lo personal, es el que más se acerca a su mundo, a la mente, a esa cocina canábica en la que se cuecen las cimientes de su poética, no solo proyectada en la literatura, sino también en el cine y la pintura. Documento inquieto, nada racional; suprema cólera para los realistas y amantes del 2 más 2. Por momentos cada uno de los 124 sueños resulta pesado. Hasta el más fanático de su obra se tomaría un merecido respiro, pero entiéndase la mentada pesadez como una suerte de crisol de violencia canalizada en esa morosidad poética capaz tumbar al lector más entrenado, puesto que la fuerza de los sueños se justifica en las descripciones excesivamente detalladas de los mismos. Poesía, pues, pura, en donde no hay lugar para los senderos lógicos y lecturas corridas en media hora, que nos presenta más de un lazo que delinea la radiografía de sus celebradas novelas, hallando más de un punto con la irregular El secuestro, W o recuerdo de infancia, Las cosas y la contundente Un hombre que duerme.

Las preguntas se me imponen por sí solas. ¿Me habría gustado La cámara oscura siendo un lector casto sobre la literatura de este francés? Lo más probable que no. Leí la publicación acuciado por el espíritu del fisgón, tengo el malsano vicio de ubicar los fluidos motivacionales de los creadores que admiro y este libro cumplió con expandir mi ignorancia sobre el trabajo de Perec. De lo contrario, de haber salido con inquietudes satisfechas, con respuestas redondas, mi ánimo sería otro. Los autores que idolatramos, o empezamos a idolatrar, tienen el poder de hacernos más ignorantes sobre ellos en cada acercamiento. Su fuerza centrípeta, siempre lo he creído, se solaza hasta en títulos que no gozan del saludo unánime.

La cámara oscura no es más que una estela ectoplasmática que nos impele a seguir adelante, es decir, a continuar (re)leyendo más a Perec.

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