jueves, diciembre 13, 2012

Todos leímos a Mo Yan




Acaba de salir el cuarto número de la revista Lima Gris, dirigida por el pujante Edwin Cavello Limas. En esta publicación aparece un artículo mío sobre Mo Yan. Al respecto debo decir que me siento raro ya que es la primera vez que escribo de un autor sin haber leído un solo libro suyo. Seguramente lo leeré el próximo año. Por otra parte, el texto fue escrito días después de que al autor se le concediera el Premio Nobel de Literatura.

 


 

A estas alturas no debería sorprendernos los criterios que manejan los abuelitos de la academia sueca. Me los imagino con problemas de próstata, bebiendo tecito y leyendo a las justas las informativas páginas impresas, sacadas de Wikipedia, de los candidatos al Nobel de Literatura. En lo personal, el Nobel de Literatura ya no despierta mi entusiasmo, son tantos los yerros que han cometido estos abuelitos, que llama mi atención cómo es que, a la fecha, la galaxia del mundo literario, más sus barras bravas de Facebook, pueda caer en una algarabía infestada de lugares comunes ante la designación de un nuevo condecorado.

Ahora, se supone que deberíamos pasar revista a la tradición del premio. Aunque viéndolo bien, no hay mucho que decir, solo que se trata de uno signado por el más ultramontano conservadurismo. Sabemos de sobra de sus beneficios, y más allá de los pecuniarios, el principal: la difusión del autor y su obra. Miles de lectores en todo el mundo se acercan a las librerías en pos de algún título del último condecorado. Constatamos así lo bueno, lo malo y lo cuestionable. Hasta nos llenamos de esperanzas, al menos esto sentí cuando descubrí la prosa de Coetzee, a quien no hubiera llegado si no fuera por estos réditos promocionales.

Para la última edición del Nobel de Literatura, se barajaron los nombres de siempre, volvieron a resonar Roth, Adonis, McCarthy, Ashbery, Parra, Dylan, a quienes ahora se les sumaron los españoles Marsé y Vila-Matas. Las casas de apuestas hacían lo que mejor saben: especular, y más de uno cayó en el atarantamiento. Conozco a patitas que, de acuerdo a sus posibilidades, lanzaron sus apuestas. Pues bien, reconozco que, en alguna que otra ocasión, también me presté al juego. Total, a todos nos gusta la frivolidad. Nos gusta barajar, mandamos al ruedo a nuestros escritores favoritos y después que cumplimos nuestra parte en el cronometrado rol de estupideces fugaces, seguimos cruzando los dedos, ya en silencio, y esperando sí o sí que los prostáticos abuelos nos demuestren que no son tan vacuos y vacíos como pensábamos.

“¿Y este quién mierda es?”, fue lo primero que me pregunté cuando en las redes sociales empezaron a rebotar la noticia del último Premio Nobel de Literatura, el chino Mo Yan. Al respecto debo emitir un reparo personal, asentado en el más duro de los prejuicios hacia la literatura oriental. He leído lo que he tenido que leer de esta tradición, sean japoneses, coreanos y chinos. Desde siempre me ha parecido una literatura rica en símbolos y en miradas reposadas que se refocilan en los detalles. Y al momento de escribir estas líneas, no he encontrado obra alguna que se acerque a mi canon personal, a lo mejor esto se deba a que mi sensibilidad de lector se encuentre cercenada debido a ciertas lagunas provenientes de mis años formativos de lector, cuando me significan todo las novelas de Dumas, Salgari, Balzac y el ciclo artúrico.

A mediados de julio pasaba por la librería El Virrey de Lima. Tenía que hacer algunas gestiones y aproveché en ver las novedades. Reviso la sección de libros, en especial la de Impedimenta. Leo la solapas de algunas novelas. Como ninguna llamaba mi atención, me puse a hablar con Jorge “Juan Carlos Onetti” Giraldo, quien entonces trabajaba en dicha librería. Le cuento de mis últimas lecturas, le hago énfasis en mi desmedido afán por las biografías de escritores. Y él me dice que acaba de reafirmar su gusto por la narrativa oriental, que acababa de leer a Mo Yan, la novela Grandes pechos, amplias caderas. Y fui yo quien empezó la discusión. Y creo que salí perdiendo. Pero no puedo hacer nada, y eso que a la narrativa oriental le he dado muchas oportunidades y por más que he puesto todo de mí, detalle que deviene en un punto en contra, con mayor razón cuando pregono desde todos los espacios posibles el hecho de que nuestra relación con la literatura debe basarse precisamente con los libros que nos gustan, no he podido hacerla mía, ni siquiera con esa imitación de Thomas Mann en onda pop y onanista, Haruki Murakami. Me acerqué a la mesa en donde estaba la novela en cuestión, le pedí a Jorge que guardara silencio y me sumergí en sus páginas. Pude notar desde las primeras líneas que estaba ante un narrador mágico instalado en un realismo cotidiano. Pero más no puedo decir. Desconfío de los inicios. Dejé la referida novela en su sitio. Hice lo que vine a hacer a la librería y me quité. Y de allí en adelante me olvidé de Mo Yan, hasta que lo designaron Nobel de Literatura 2012.

La frivolidad, la posería y la estupidez disfrazada de originalidad marcan la línea de los usuarios de Facebook. Prácticamente todos habían leído a Mo Yan. Llamé al Virrey del Centro y pregunté por el ejemplar del autor que había visto meses atrás. La encargada me respondió lo siguiente: “Ese libro no se movía, pero hace una hora un cliente lo ha separado. Era el único que teníamos”. Volví a Facebook y casi todos mis contactos demostraban su entusiasmo por ir a la librería más próxima para leerlo ya, cuando lo cierto era que iban a llevarse una mayúscula sorpresa, si es que se le lograba encontrar en alguna librería, y no solo por el precio, sino porque los libros de este chinito son ladrillos casi de mil páginas. Es decir: Mo Yan desde el saque te dice que no es apto para poseros. Además, el mundo no se acaba si no has leído a este chinito que, por un momento, confundí con un emprendedor chifero de nuestro Chinatown.

Los días transcurren y empezamos a tener noticias sobre sus lazos políticos con el gobierno chino. Imagino que habría que ser un habitante de Neptuno para no saber que estamos ante un estado represor y dictatorial. Entonces, la pregunta flotante para los suecos vendría a tener más de una rama cuestionadora sobre esas miras paralelas alejadas de las parcelas literarias. No existe indicio contrario que nos indique que Mo Yan no haya sido beneficiado por el gobierno de su país, lo cual implica una aceptación, en la práctica, de lo que tanto ha cuidado en preservar la academia sueca: el respeto a la libertad del ser humano. Revisando en la red podemos constatar que la fama y prestigio de Yan como escritor es justificada. Empero, tampoco podemos pasar por alto los reclamos que vienen de otros escritores chinos exiliados, que no han dudado en calificarlo de miserable y convenido. Bajo este sentido, entonces la academia ha cometido un error de costumbre y que a la vez nos permite abrigar la esperanza de estar ante una posibilidad de cambio: que de ahora en adelante prevalezca el juicio eminentemente literario, que podría generar más de una polémica sin duda, ya que también resulta atendible la dicotomía creación-ética, que para estos menesteres es lo que nos debería importar.

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