martes, enero 08, 2013

No envejece




No recuerdo bien el momento en que escuché por primera vez de la antología McOndo, pero sí recuerdo la segunda: en un perdido día del segundo semestre de 1997, en San Marcos. Aquel día se presentaba en el auditorio de la facultad de letras el primer número de la revista-libro Ajos y Zafiros. Minutos antes de la presentación como tal, una sensibilidad perversa empezó a repartir un volante, en donde se atacaba al director de la revista. Uno de los puntos de ataque tenía que ver con la antología que motiva este post, decía más o menos así: “hay que ser un ignorante para calificar a McOndo de antología valiosa”.

A partir de ese momento apunté en mi agenda mental la lectura de McOndo (Mondadori, 1996), de los narradores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez. No era la Lectura y distaba de serme obligatoria. Aún así, sabía que tarde o temprano ese libro pasaría por mis armas.

Los años pasaban y aún no me sumergía en sus páginas. No leía McOndo pero a la vez sí, ya que comenzaba a devorar los cuentarios y novelas de los autores que la integraban, como Edmundo Paz Soldán y su excelente Amores imperfectos, a Leonardo Valencia, Juan Forn, Ray Lóriga, José Ángel Mañas, Rodrigo Fresán, Jordi Soler y Jaime Bayly. Recién a mediados de 2003 pude enfrentarme al libro en cuestión.

Pues bien, en esa época atravesaba una etapa de posería intelectual; creía que para ser un buen lector, había que ser lo menos impresionista posible. Era pues un insoportable opinólogo, un esforzado especialista en libros caletas, que sin razón alguna descalificaba a las publicaciones literarias de tendencia comercial. Bajo ese espíritu leí McOndo.

El prólogo ‘Presentación del País McOndo’ me “pareció” demasiado jalado de los cabellos, sus ataques al Boom latinoamericano, específicamente al realismo mágico, me resultaban gratuitos. Era la frivolidad, una autocelebrada frivolidad en estado de gracia… Cuando lo cierto era que había que estar en onda, los hijos de la escuela del resentimiento decían que esta antología era una porquería y yo no podía ir a la contra.

Un tiempo después, y a lo mejor cansado de tanta narrativa inflada, y sobre todo de tanto florilegio de narrativa hispanoemaricana cuyos prólogos hacían alarde de un excesivo conocimiento inútil, los cuales no transmitían ni mierda, y para colmo, sí, para colmo, se llegaba a justificar bajo ese registro la elección de soberanos bodrios narrativos disfrazados de “cuentos significativos”, fui volviendo a mi primera condición de lector, la del salvaje lector, aquel que buscaba algo más, algo más que bonitas palabras juntas.

 Con este regreso me reconcilié con muchos libros que en su momento ninguneé y vilipendié. En este sentido, McOndo me significó un grato redescubrimiento.

Esta antología marcó una pauta, puso en la mesa ciertos senderos temáticos y estilísticos que, guste o no, marcan el devenir actual de la narrativa escrita en castellano. Hasta el momento de su publicación, no existía un discurso frontal contra la presencia del realismo mágico. Como bien puede deducirse del prólogo: se esperaba que los entonces chibolos narradores latinoamericanos siguieran esos senderos. Por ejemplo, los programas de escritura creativa de USA y las grandes editoriales querían secuelas de El amor en los tiempos del cólera. Había pues un encajonamiento en cuanto a la imagen de lo que tenía que ser el plumífero que escribía en castellano, cuando lo cierto era que más de uno ya había empezado a forjar su crisol creativo, no necesariamente deudor de su tradición literaria, el cual repotenciaba con otros discursos de la cultura popular, el cine, la series de televisión…

Una antología debe ser siempre una respuesta. No puede quedarse en un inofensivo espíritu conciliador, de castrado muestreo. Una antología tiene que ser frontal. Es una respuesta a algo, una antología no es un tono al que se va a chupar y bailar. Las antologías valen por sus prólogos, se leen por sus prólogos. Y por más punto de desencuentro que tenga con el escrito por Fuguet y Gómez, debo resaltar su valentía. Fácil ese prólogo les habrá valido más de una puteada a lo largo de los años. Y en estas puteadas contribuía mucho Fuguet, como cuando declaró en una entrevista que se había escogido por Perú a Bayly porque era el peruano más conocido en el exterior… No obstante, resulta admirable el trabajo de escogencia. En este tipo de trabajos la escogencia es tan importante como el prólogo. Además, estoy seguro de que más de un seleccionado no se sintió, ni se siente, ni se sentirá identificado con los puntos argumentativos de la dupla chilena. Por otra parte, esta dupla tuvo buen ojo en la convocatoria, más de uno, empezando por el propio Fuguet que, junto a Gómez, se autoconvocó por Chile, es hoy en día una voz referencial –todos han pasado la base cuatro− de la narrativa escrita en castellano. Pienso en Lóriga, Paz Soldán, Fresán, Forn y Valencia.

A las antologías, así estas nos gusten o no, las legitima el tiempo. McOndo, a comparación de otras antologías de narrativa latinoamericana e hispanoamericana que nacieron y nacen muertas, mantiene una frescura que no hay que dejar de celebrar.


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