jueves, diciembre 05, 2013

Aceitunas y libros

Llevaba casi un año buscando Manual de Literatura para caníbales de Rafael Reig. 
Tenía muy buenas referencias de esta publicación y, como es de suponer, mis ganas por leerla fueron acrecentándose. Sin embargo, pronto empecé a darme cuenta de que ningún librero de Lima sabía de su existencia, y para colmo de males, averigüé que ya estaba descatalogado de su editorial. Pese a ello, decidí seguir. Busqué entonces en las webs de algunas librerías latinoamericanas, pero en todas o el libro estaba agotado o nunca había llegado a ellas. Las cosas empeoraron cuando ni siquiera la pude conseguir en Metales Pesados, aprovechando un viaje que hice a Santiago el año pasado. Si no lo puedo encontrar en Metales pesados, pensé, imposible en otro lugar. Lo que me sorprendía: no se trataba de un título caleta. 
Opté por no afanarme. Total, el libro llegaría a mis manos en su tiempo, no en el mío. Mientras tanto leía todos los títulos que tenía pendientes y mis búsquedas se centraban en otros que tenía tasados y seguía la ruta. 
Pasaron meses, quizá un año. 
Y seguía en lo mío, es decir, escribiendo y escuchando rock setentero en la librería, lugar de donde salen todos mis textos que pueden leerse en la red. 
De entre los amigos/lectores que vienen a Selecta Librería, hay uno llamado Stevie Sánchez, uno de los lectores más voraces que conozco. Un día Stevie vino a buscarme y, aprovechando que estaba solo, me preguntó si le podía acompañar con un par de pomos en el Don  Lucho. Como era viernes e iba por mi segunda semana sin alcohol, cerré la librería y fui a darle el encuentro en el bar. 
Ni bien nos trajeron las Cusqueñas heladas, y sin mediar preámbulo, Stevie me contó que hacía una semana se había agarrado a trompadas con un joven editor de poesía peruana. Por lo que me relataba, deduje que en la contienda no hubo ganador, pero sí un par de abollados. Según él, se trató de una pelea de gladiadores, pelea en la que “pude morir”. En un momento de la gresca, Stevie se encontró rodeado por el editor y dos de sus poetas publicados, que lo estaban moliendo a patadas y botellazos. “Así como te cuento, en este preciso lugar”, señalándome el espacio que ocupaba mi silla. “Me estaban sacando la rechucha, hermano”. Simplemente escuchaba y, al igual que hago con todos los amantes de los tragos, le demostraba mi interés por la historia. “Pero sabes, G, apareció mi pata El Buda, El Buda, pes, que se metió a la bronca y a punta de puñete despejó a los chuchas”. 
No era la primera vez que Stevie me hablaba de su pata El Buda, pero ahora lo hacía como si fuera un héroe. Por Stevie sabía que El Buda era un muy buen lector y que tenía muchísimo dinero. 
Esa noche me propuse indagar un poco más sobre este personaje. “El Buda, G, puta, mi pata, se caga en plata, compadre, y lo que me vacila de mi hermano es que invierte en libros. Tiene una biblioteca de la reputa. Al año viaja a Europa y Buenos Aires un culo de veces y se trae sus buenos libros. Ese es mi pata El Buda. Mira, G, el Buda tiene una cuenta en Facebook, pero esa cuenta es para elegidos, cualquiera no puede ser su contacto, allí vende sus libros al mismo precio que le costaron. Ponte que el huevón se traiga huevadas de Michon, pues de cada título trae dos ejemplares. Eso es compartir, carajo.” 
El Don Lucho empezaba a llenarse. Además tenía hambre y le pregunté a Stevie si me podía acompañar al Barrio Chino. Stevie asintió. 
Nos disponíamos a salir del bar, pero Stevie de la nada, a lo mejor movido por un resorte interior, saludó efusivamente a un patita que, para mi buena suerte, resultó ser El Buda. Efectivamente, El Buda era un buda. Un tipo macetón, bajo, de rostro ovalado y ojos rasgados. Pues bien, lo que llamó mi atención fue su olor, olor a mar y perfume, pero en proceso de descomposición. 
A simple vista, El Buda no estaba sucio. 
Luego de los arrumacos de rigor, El Buda propuso que fuéramos a La Carcochita de Lince. 
No era una mala idea. Y hacia La Carcochita nos dirijimos. 
Mientras íbamos en el taxi, El Buda me miraba con recelo, pero esa desconfianza desapareció, pues vio que era merecedor de la confianza de su mejor amigo. 
Ya sea en el taxi, como en la misma Carcochita, no hicimos otra cosa que hablar de libros y autores. El Buda sabía de lo que hablaba y, para probarlo, le hacía preguntas precisas, las cuales respondía con certeza. 
Regresé a mi casa a la una de la madrugada y me quedé leyendo hasta las cuatro. 
Horas después, ya desayunado, veo en mi Facebook una solicitud de amistad del Buda. 
¿Quién más podía responder a la cuenta de Libros del Buda?        Revisé al vuelo los títulos que ofrecía. 
Stevie tenía razón. Sus libros no eran para el lector común. A saber, ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría leer la recopilación de ensayos literarios de Robert Bly? 
Horas después, en Selecta, me conecté a Internet y me puse a revisar el Facebook de Libros del Buda. 
En una hoja apuntaba lo que me interesaba. 
Llamé a Stevie y le pregunté por el próximo viaje de su pata. 
“El Buda se va a Barcelona la próxima semana, si quieres, pídele nomás, el hombre recorre todas las librerías, huaquea rico y si no encuentra, le compra a sus patas los libros de sus bibliotecas personales. El Buda es un chacal”. 
Le pedí el celular del Buda, de paso le mandé un Inbox con una lista de cuatro títulos, entre los que figuraba Manual de Literatura para caníbales. Pero el Buda no contestó mi Inbox y las llamadas a su cel morían en la voz de la contestadora. 
Llamé a Stevie y le dije que no lo podía ubicar. 
“G, El Buda se desconecta de todo cuando está por viajar, hasta cierra su cuenta de Face”. 
Efectivamente, actualicé la cuenta y el Buda había cerrado su cuenta. “Pero búscalo en su chamba y le das tu lista”. 
Curioso. La dirección del Buda no estaba del todo lejos de mi casa. 
Luego de un par de minutos de análisis de la situación, cerré la librería y tomé un taxi a Isabel La Católica, en La Victoria. En realidad, a la primera cuadra de la avenida, es decir, a no más de dos cuadras de La Parada. 
Me bajé en el Parque Cánepa y caminé a la dirección indicada. 
Cuando llegué y vi a un grupo de hombres formando un círculo, estaban en silencio y concentrados en las órdenes que recibían. El patrón, a quien los hombres doblaban en tamaño, era pues El Buda. Por lo que involuntariamente escuchaba, la cosa era seria. “Hay que ser huevones para que nos hayan robado un camioneta, desahuévense mierdas, nos quieren cagar”. El Buda miraba al pata que se suponía era el mandamás de los choferes y cargadores. “Oe, imbécil, si te quieren robar el camión, mete balazo pes, hacemos las entregas y listo”. 
Los hombres rompieron el círculo. 
El Buda me vio. 
“Hola, G, ¿cómo estás, bro? ¿Stevie te dijo que aquí me podías encontrar? Los causas de Stevie son mis patas. Espera un toque”. 
El Buda entró a su local. 
Y yo entré por mi cuenta, sin que me lo pidiera. 
Me encontraba en una suerte de hangar, gigantesco, lleno de barriles de plástico de color azul oscuro. Al fondo, una puerta de metal que, para mi buena suerte, estaba siendo abierta por una señora. Me acerqué a la puerta de metal y entonces pude ver a más de cincuenta mujeres trabajando en largas mesas, seleccionando granos oscuros. Todas usaban guantes y gorritas del mismo modelo y color. Quise ver de cerca y caminé hacia donde ellas trabajaban. No se percataron de mi presencia. Yo no existía para ellas. En la pared del fondo había otra puerta de metal. Puerta de metal abierta que no estaba cerrada. Abrí más esa puerta y no tardé en deducir que las cincuenta mujeres que acababa de ver eran solo una tercera parte de todas las mujeres que seleccionaban aceitunas, aceitunas que depositaban en los barriles de plástico de color azul oscuro. 
El Buda me llama alzando la voz. 
“G” 
“G” 
“G” 
Levanté la mirada y él estaba en el corredor del segundo piso de su inmenso local. 
Le doy el encuentro y me invita a pasar a su oficina. 
Su oficina era sencilla, con un televisor plasma empotrado, un teléfono fijo, un escritorio, una computadora y una refrigeradora mediana, de la que sacó un par de Pilsen en lata. 
El Buda abrió su lata y me miraba, por un instante pensé que no tenía ojos, era más achinado a la luz natural de lo que le recordaba. 
Detrás de él, su pared estaba cubierta por posters de vedettes y modelos peruanas. 
Me quedé algunos segundos viendo los posters. 
El Buda volteó para contemplarlas. 
“¿G, ves a esa?” 
Ajá. 
“Ella es mi mujer. La otra también. Todas han pasado por mis armas”.  
No dije nada al respecto. Hice lo que había venido a hacer. Puse sobre el escritorio mi lista de libros. 
Cogió la hoja y leyó los títulos. 
Se quedó varios segundos viendo lo que quería que me trajera de Barcelona. 
Sus ojos se achinaron más y por un instante creí que estaba durmiendo. 
“Mira. Ahora estoy en un asunto jodido, pero algo podemos hacer. Es probable que tenga algunos de estos libritos en mi casa”. 
Me alcanzó una tarjeta. 
“Llámame más tarde a este número y te doy mis señas. Ahora tienes que irte. Unos chuchas de la competencia me están atrasando y no puedo irme sin dejar el negocio en orden. ¿Stevie te contó a lo que me dedico, no?”. 
No regresé a la librería, sino que fui a mi casa. 
Dormí hasta las ocho de la noche. Tomé una ducha para desperezarme y marqué al número de la tarjeta. Era una numeración de teléfono fijo. Me contestó una mujer cuya voz era jadeante y sexual. “Sí, amor. Espera un toquecito, papacito”. 
A los dos minutos El Buda se pone al teléfono y me da la dirección de una discoteca en San Borja, también un número de celular. 
“Te recomiendo que vayas. Mañana me voy y no regreso en un mes”. 
Llegué puntual. 
El Buda apareció diez minutos después en una camioneta. 
Subí. 
Aceitunas. 
La camioneta, El Buda y el chofer olían a aceitunas. 
“Pasamos de la disco, tengo un plancito con una ecuatoriana que me la aprieta bien rico”. 
La camioneta iba a alta velocidad. Del equipo de sonido un estridente hip hop. Para hablar, se debía gritar. 
Le dije al chofer que bajara la ventana. El olor a aceituna era no menos que insoportable. Un olor que llegaba desde la misma piel del Buda, un olor que llegaba desde las moléculas más insignificantes del vehículo. 
Bajamos por Javier Prado hasta Pettit Thouars. Volteamos en dirección a Canevaro, en donde colegí estaría la ecuatoriana esperando a su alimentado galán. 
Pero mis esfuerzos por contener en la garganta la espesura del vómito comenzaban a ser insuficientes. Cerré los ojos y me prometía que nunca más volvería a comer aceitunas. Ese olor me estaba enfermando el alma. 
Respiraba hondo y lo peor que me podía pasar era que vomitara en los asientos de la camioneta. 
“¿Te pasa algo, bro? Te computo pálido”. 
Necesito respirar, lo necesitaba, pero no dije nada hasta que el Buda ordenó detener la camioneta. 
Bajé y corrí hacia un tacho de basura. Los residuos del almuerzo no demoraron en estrellarse en los bordes de un tacho metálico de color verde. 
Vomité cerca de un minuto. 
Me puse de pie. 
“Lo sé, bro, lo sé, apesto, pero hay gente más apestosa que yo. Soy distribuidor y exportador de mis aceitunas. Así me gano la vida y así, apestando a podrido, tengo la vida que quiero tener. No me interesa ser un hombre de cultura, no soy un hombre de letras, solo soy un puto lector”. 
El chofer me alcanzó una botella de agua mineral. La abrí y me remojé la cara. 
Ambos me miraban. 
“Bro”, la voz del Buda, ahora meliflua y paciente, me transmitía paz. “Pensaba llevarte donde mi hembrita. Fácil ella llamaba a una de sus amigas para ti, si vieras esos culitos que parecen corazoncitos, pero mejor lo dejamos aquí”. 
El Buda le hace una seña a su chofer, que se dirige a la maletera de la camioneta, de donde saca una bolsa negra. 
“Esto es lo que tenía en mi biblioteca. Cuando regrese me pagas. ¿Está bien que te deje aquí o quieres que te llevemos a tu jato?” 
Preferí quedarme. 
Prefería morir en la calle. 
Me despedí del Buda. 
La camioneta desapareció. 
Abrí la bolsa y vi los libros. 
La biografía de Panero. 
Los colores de la infamia de Cossery. 
Incendios de Ford. 
Llámalo sueño de Roth. 
Y Manual de Literatura para caníbales
Buscas tanto uno o varios libros. Pero el que más buscabas languidece ante los otros que también venías meses y años buscando. El libro de Reig no era más que producto y capricho de tu literatosis. 
Al fin lo tenía. Lo tenías. 
El viento se estrellaba en mi cara. 
Iba a parar un taxi, pero antes debía deshacerme de la bolsa negra. Llevaría los libros en la mano. 
Hasta la bolsa, que no era nueva, no era libre de despedir un fortísimo olor a aceituna.

...

Texto publicado en el sexto número de la revista Altazor.

8 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Esta mierda es ilegible, ten más respeto por tus lectores y no te la des de pendejo, que tú sabes que con la cacería mancaste.

7:20 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz-Ortega dijo...

si tú lo dices, verdad ha de ser
:)
G

7:47 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

No hagas caso, hermano, la crónica está muy buena. Congrats!!!

8:55 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz-Ortega dijo...

narrativamente me vienen matando desde hace años, pero a la hora de los loros...
G

9:00 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Cuando no encuentres un libro que buscas, no descartes como ultima medida ver (no se por que medio)''La gran pulperia del libro'',en Caracas. Suelen tener lo inencontrable, nuevos y de 'second hand'

9:44 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz-Ortega dijo...

caracas... y eso que el año pasado estuve a nada de ir a esa ciudad... gracias por el dato
G

11:10 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Gabriel, cuándo te mandas de nuevo con una nota sobre el fantástico peruano, como lo tienes prometido. Hay muchos "psicópatas" que ya se están preparando para degollarte el día menos pensando, mientras estés achicando bomba en el baño de Don Lucho. Hablamos.

Jorge

10:24 a.m.  
Blogger Gabriel Ruiz-Ortega dijo...

jajaja
verdad, me había olvidado de ese tema.
G

12:31 p.m.  

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal