viernes, junio 20, 2014

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Confieso que segundos antes de leer Una locura razonable (Aguilar, 2014), tenía no pocos conceptos encontrados sobre su autor el crítico literario peruano José Miguel Oviedo.
No estaba ante un trabajo ensayístico. No. Me enfrentaba a las memorias de un crítico por demás polémico, que se ha encargado de investigar y escribir del devenir literario no solo peruano, sino también latinoamericano. Seguramente, estos conceptos encontrados sobre sus criterios y métodos obedecían a sus últimos trabajos, algunos de los cuales motivaron a que los cuestione en mi blog.
Pero bueno, ya con la cabeza fría me animé a leerlo, porque no hay cosa más malsana que explorar un libro, como este, que de todas maneras tienes que comentar, con prejuicios sobre su hacedor. Y para reforzar esta intención, me llevé las memorias a Arequipa, en donde las leí con calma, bajo el amparo del esplendoroso sol de esta ciudad del sur.
Mientras leía, mantenía una lectura paralela. Me preguntaba lo mucho que le debemos los lectores. Recordé el artículo escribió sobre Bolaño, en donde daba cuenta de Los detectives salvajes y Llamadas telefónicas. Este artículo significó un punto de despegue para no pocos, porque fue la primera vez que se escribía del escritor chileno en un medio peruano. Aún tengo conmigo ese artículo publicado en el suplemento El Dominical, artículo hoy convertido en una especie de papiro, que en esos años, a fines de los noventa, llevaba en la billetera. Cuento esta anécdota porque muchas reseñas de Oviedo me ayudaron a descubrir autores que no demoraban en gozar de mi rendida admiración. Es que esa es una de las funciones del crítico: conectar autores con los potenciales lectores.
Y claro, también he leído reseñas suyas en extremo negativas, en algunas de estas podía notar un sentimiento de animadversión hacia el autor, y de haber sido este el caso, hablaríamos pues de una animadversión con conocimiento de causa, porque si algo se puede decir de Oviedo, es que siempre ha sido un crítico que leía íntegramente el libro a desmenuzar, algo que últimamente otros críticos no tienen la costumbre de hacer.
En Una locura razonable tenemos a Oviedo en estado de gracia. Pero no se trata de un estado de gracia producto de la paz interior y del descanso, no, se trata de un estado de gracia luego de haber sufrido mucho en los últimos años.
Me explico: nuestro autor empieza sus memorias hablándonos de su entorno familiar, de sus días pautados por la tranquilidad, para luego contarnos sobre su etapa escolar en el colegio La Salle de Breña, en donde conocería a Vargas Llosa, de quien décadas después sería su mayor especialista. Hasta este punto, Oviedo no pretende pintarnos un periodo de su vida que no fue, solo se limita a detallar lo que considera determinante, y es por esa razón que hasta aquí las memorias resultan no menos que aburridas, predecibles.
Pero la narración cambia cuando nos cuenta de sus años universitarios, de la infinidad de trabajos que realizaba a la par que estudiaba en la Universidad Católica. De esta manera, somos testigos del Oviedo hombre, en pleno dominio de su despliegue mental y hormonal. Su vida ya estaba encausada hacia la pasión literaria y en relación a esa pasión conoce a los escritores más representativos de la Generación del 50. Digamos que desde muy joven fue una persona muy relacionada, pero más allá de este guiño del destino, se deduce que también era muy capaz. Y es gracias a esa capacidad para desmembrar textos que empieza a hacerse conocido no solo en el circuito literario, también en el cultural. Esta doble recepción hace de él un testigo de excepción de más de un connotado artista peruano de la época y que hoy en día resultan medulares cuando tenemos que hablar de tradición cultural.
Felizmente, Oviedo no nos quiere hacer creer que ha sido un protagonista estelar en la vida de los demás, al menos no lo hace de sopetón, sino que nos prepara para las primicias, que serían los condimentos que refuerzan las leyendas de más de tótem de la literatura latinoamericana. En este camino, encontramos a Borges, Cortázar, Octavio Paz, Lezama Lima et al. En ello tuvo que ver su designación durante los setentas como director del Instituto Nacional de Cultura de Perú, cargo que le trajo, sin proponérselo y sin abusar de él, un omnímodo poder. Ahora, como hombre inteligente, supo salir de esa carrera burocrática y consagrarse de esta manera a la crítica literaria.
Su paso por la academia gringa, y no así su recorrido de sigiloso Don Juan, son lo mejor de estas memorias. Y lo son por el simple hecho de que, y más allá de sus problemas personales, nunca dejó de ser un intelectual que trabajaba, en donde podemos constatar su genuino amor por la literatura, a la que jamás vio como un medio sino como un fin. Producto de este amor es ese monumento de cuatro tomos, monumento que se lee como una saga de novelas aventuras, Historia de la Literatura Hispanoamericana.
Líneas atrás dije que Oviedo escribió estas memorias en estado de gracia, en un tipo de estado de gracia que proviene del sufrimiento. Me aventuro a decir que ha sido así por lo que se detalla de la pérdida de su visión, hecho que acepta, en buen decir, deportivamente, pero que no le impide seguir trabajando. Por otro lado, se decía que Oviedo venía escribiendo estas memorias desde hace poco más de dos décadas, y no soy quién para poner en duda ello. Sin embargo, de lo que no tengo duda es en el cambio de tono y sentido de la prosa, como también de la intención final de estas memorias, que no pudieron mantener la misma intención desde el momento de su concepción. Percibo una reescritura, pero llevada desde la distancia emocional, asumiendo sus miserias y virtudes, características que elevan estas páginas hacia un estado de epifanía, epifanía que muy pocos consiguen.
 
 
Publicado en Siglo XXI.

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