viernes, agosto 22, 2014

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Gracias a un comentarista anónimo, que tan anónimo no es, porque sé quién es, aunque él crea que yo no sé, me entero de un texto del poeta/ensayista José Carlos Yrigoyen.
El texto lo pueden leer aquí.
Allí, Yrigoyen habla sobre la venta de libros viejos por Face, en especial sobre esos libros de poesía peruana a la fecha inubicables, los cuales son vendidos como si se trataran de papiros bíblicos.
Bien sabemos que la tradición de la poesía peruana es la que más ha contribuido al prestigio de la poesía escrita en castellano durante el Siglo XX. En lo personal, pienso que la poesía en castellano del siglo pasado poco o nada se puede justificar sin las voces de Vallejo, Adán, Eguren, Westphalen, Eielson, Hinostroza, y últimamente sin Verástegui y Pimentel, por citar solo a los más conocidos, y también los más requeridos.
No me sorprende que haya gente que busque por coleccionismo o fetichismo esas primeras ediciones, las primeras manifestaciones de conexión con un determinado universo poético que a lo mejor les haya salvado la vida, o que en el mejor de los casos les ofreció un sentido vital. Como sea, entiendo esa pulsión, y entiendo también pulsiones que me cuesta mucho trabajo entender, como el que suscita el irregular poeta Luis Hernández. Si se tiene los medios para comprar una primera edición, adelante, tenla, consérvala, disfruta con buen gusto de tu poder de adquisición.
Pueden decirse muchas cosas de los que administran esas páginas de venta de libros viejos por Face.
Podemos hablar de libre mercado.
También de la usura al momento de sobrevalorar los precios.
Quien decide es quien compra, el cliente, el lector de poesía.
Ahora, lo que nunca ha dejado de llamar mi atención de estas páginas de Face, y lo mismo podría decir del circuito de librerías físicas y virtuales, salvo contadísimas excepciones, es el casi nulo compromiso con la literatura de quien vende, o mejor dicho, su abierto asco a la lectura.
Para bien o para mal, he tenido la nefasta experiencia de hablar con no pocos vendedores de libros y arribé a la triste conclusión de su precario nivel cultural, de saber que lo único que los motiva es el lucro, el vender a lo bestia. Por eso, en este país hay muchos vendedores de libros, pero contados libreros.
Volviendo a la sobrevaloración de precios que señala Yrigoyen, soy de la idea de que hay que exterminar a esas cucarachas que se aprovechan de la pasión lectora del seguidor de poesía peruana, bueno fuera que exhibieran un conocimiento apasionado de los poemarios que encuentran y venden, pero no es así, porque si fuera así, uno podría entrar en una discusión y quizá quitarse la venda de los ojos y entender por qué un poemario cuesta lo que cuesta, el por qué se le sobrevalora, pero claro, esa sería la realidad ideal, que no es para nada el caso de este triste contexto que nos concierne.

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