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Se puede decir que anoche comí muy rico
en El rincón que no conoces, en donde se presentó el libro En familia, de la extraordinaria Teresa Izquierdo. Claro, un libro
de cocina en qué me podría interesar, cuando a esa misma hora se presentaba en
el centro cultural Carlos Oquendo de Amat la tercera edición de Generación Cochebomba, en donde también me
hubiese gustado estar. Pero la presentación del libro de cocina me interesaba
porque allí estaba mi mujer, hermana del editor del libro de Izquierdo.
Fue una noche exitosa, en todo sentido.
En cuanto a mí, no tuve otra opción que
entregarme al placer comer y beber, calmando la ansiedad al darme cuenta de que
en ese local no se podía fumar.
Mientras dada cuenta de los platos,
pensaba en lo que tenía que hacer en los próximos días, como la reseña de Un hombre flaco, el perfil de Daniel
Titinger sobre Ribeyro. Pensaba también en mi creencia en el azar. No sé si lo
he dicho antes: quien escribe atesora como nadie la magia que depara el azar.
Un día antes de empezar a leer el libro sobre Ribeyro, empecé a releer París no se acaba nunca de Vila-Matas.
Curiosa sorpresa, en Un hombre flaco
se consigna el encuentro en París entre el catalán y el limeño, cuando el
primero le lleva al segundo las galeradas de Prosas apátridas. Más allá del dato anecdótico, me puse a pensar en
la confluencia de estas sensibilidades tímidas. Es sabido, gracias a
entrevistas principalmente, que ambos eran y son tímidos, entonces uno lucubra
en aquello que pudieron decirse, seguramente no mucho, quizá nada. De lo que sí
estoy seguro es que ese encuentro no fue para nada gratuito, hasta podría decir
que fue epifánico, porque en ese momento ninguno de los dos pensaba en lo no
poco que le entregarían al registro del diario, como también en la
posibilidades de la escritura exenta de atadura y cotos, claro, no era para
menos, ese encuentro venía pautado por una maravilla, las prosas de Ribeyro.
Me servía un poco de ají gallina y
recibo la llamada de un editor, algo furioso, medio indignado, a quien calmo
con algunas verdades y posturas que él jamás tendrá. Le digo que no es para
tanto. Cierro la llamada y me concentro en el ají de gallina y pico al vuelo
una piña colada. Todo iba bien, cuando recibo otra llamada, de un pata, que me
pregunta si haré un recuento narrativo de este año tan maravilloso e
inolvidable para la literatura peruana. ¿Cómo?, le pregunto. El pata vuelve con
la cantaleta del recuento, que debo un recuento porque el año pasado no hice
uno por tratarse del peor año literario de los últimos tiempos. La verdad que
no supe qué hacer, por un instante lamenté no haber apagado el cel. Quería
disfrutar no solo del ají, sino también del chancho al palo que estaba a pocos
metros de mí. Pero si le colgaba iba a ser peor, porque seguiría llamando.
Le tuve que contestar, aunque no solo
eso, debía darle una respuesta positiva. Si le decía que no, que no haré un
recuento literario sujeto a la inmediatez, él seguiría con sus preguntas.
“Sí, haré un recuento literario. ¿Cómo
no hacerlo? Somos Marca Perú, hermano. La literatura peruana es lo máximo”.
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