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A veces las explicaciones de los
misterios de la vida vienen por cuenta de las personas más sencillas, aquellas
que no son tomadas en cuenta por los hacedores de pensamientos, guachimanes de
lo correcto, guardaespaldas de la opinión zurda con tintes de vanguardia.
En los últimos he venido escuchando
hasta el hartazgo sobre la desaparición de los murales del Centro Histórico.
Todos opinan, hay quienes están en contra de lo que se asume como una
manifestación artística, del mismo modo tenemos a los que sí están de acuerdo
con la medida municipal. En este segundo grupo hay muchísima gente de vida
pragmática, harto tecnócrata, ninguneados por los dizque pensadores adelantados
y superados.
A mí me gustaban muchos de los murales,
decir que me gustaban todos supondría, y con razón, un gran acto de hipocresía
de mi parte. Algunos me gustaban tanto que a propósito caminaba por ciertas
calles, me bastaba contemplarlos, sentir pues esa sensación de que me decían
mucho o poco sin necesidad de interpretar el mural.
No pensaba en la venganza política ni
bien se dio esta ordenanza municipal del borrado de los murales. Pero ahora lo
pienso gracias al taxista que me llevó a la librería hace algunos días. El
taxista, un señor moreno de canas plomas, hizo que viera las cosas más allá de los
límites del pensamiento. Me bastaba escuchar el timbre de su voz para constatar
su autoridad, la veracidad con la que hablaba, de su sabiduría forjada en la
mirada y el sufrimiento.
Cuando le hice el comentario de los
murales, el señor me dio la razón, pero que no había que juzgar apuradamente a
Castañeda, ya que no podemos esperar mucho de un profesional al que le cuesta
expresar sus ideas con claridad. Para esto, el moreno me había dicho más de lo
que esperaba escuchar. Redondeó su idea con la cuestión del resentimiento
permanente del peruano, peor: si a este
resentimiento le sumamos la venganza, el ojo por ojo, bien podemos entender por
qué el alcalde obra de la manera que obra.
A la gente, a la gran mayoría, solo a un
grupo de privilegiados que saben apreciar el arte, pero en especial a la gran
mayoría, el arte le interesa poco o nada. Ni les va, ni les viene. Esa gran
mayoría aprueba a Castañeda, su gestión. Esa gran mayoría no se hace problemas
con el borrado de murales. Más bien, a esa mayoría le parece bien que lo haga,
que desaparezca todo rastro visible de la gestión de Villarán, de la misma
manera que esta señora de buenas intenciones y de escasa inteligencia hizo al
desaparecer los Hospitales de la Solidaridad, cambiándoles de nombre, también
de color.
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