miércoles, mayo 27, 2015

295

Yesenia me llama a primera hora y me despierta. Si no fuera por su llamada, seguiría durmiendo hasta el mediodía. Me acosté tarde, haciendo no precisamente lo que me hubiera gustado hacer. Siempre me acuesto tarde, ya sea porque me quedo leyendo o escribiendo o viendo una película. Cuando me disponía a leer el cuentario de una narradora argentina que la viene rompiendo, me di cuenta de que flotaba una pluma en mi cuarto, esa pluma flotante me hizo recordar a la escena final de Forrest Gump. Me quedé mirando esa pequeña pluma, estudiando su lento y caprichoso vaivén. 
De dónde venía esa pluma, o afinando la inquietud: adónde iba. 
Seguí la ruta aérea de la pluma. Esta se dirigía a mi ropero. 
Debajo del ropero descubrí la tragedia de la madrugada. 
Silvestre es un gato muy cariñoso, pero también uno muy salvaje. Es un cazador de palomas y esa pluma que seguía y me recordaba a la escena final de Forrest Gump era la de una inocente paloma que fue descuartizada debajo de mi ropero. No sabía cuánto tiempo llevaban esas plumas, pero tampoco perdí el tiempo lamentándome o pensando en cómo castigar a Silvestre. Fui al almacén y me alisté para hacer una limpieza general de mi cuarto. 
Desde hace un tiempo mi cuarto dejó de ser mi cuarto. Los libros, discos y películas me están echando de allí. Al punto que ahora me voy a otros lugares de la casa a escribir y leer. 
La limpieza tenía que ser una limpieza total y hacia ese fin me aboqué. Me quedé más de una hora limpiando. Pero al momento de botar la basura, la cual pondría en uno de los tachos del parque ubicado detrás de mi casa, cuando creí que la tarea ya estaba hecha, sentí una pesada mucosidad en mi zapatilla, en la del pie izquierdo. No me cuidé de las trampas que deparan el verdor engañoso de los jardines. 
Pisé caca. Y no pensé, sino que lo pensé después, en que voy a tener más dinero, tal y como lo manda la leyenda urbana. No podía entrar a mi casa con una zapatilla con caca. Para colmo, hacía frío. Pero había que sacrificarme. Entré descalzo a casa y me puse a lavar las zapatillas. 
Me acosté cerca de las cuatro de la madrugada, esperando una señal, a lo mejor una llamada en el celular que me diera ánimos. 
En la mañana, veo que mi papá ha amanecido algo mejor. Anoche estaba con fiebre y tuve que ir a casa para verlo. Sé que no es nada del otro mundo, pero conozco a mi padre, que peca de muy autosuficiente, y debo cuidarlo más porque mi mamá se encuentra de viaje y quiero que cuando llame no se preocupe más de la cuenta. 
Yesenia me llamó para preguntarme cómo había amanecido mi papá. Le preguntó cómo ha amanecido y me dice que bien. Le toco la frente y ya no tiene la fiebre de anoche. Le digo que haré las cosas de la casa y que me encargaré de él hasta que se sienta mejor. Salgo a comprar los diarios y el pan para el desayuno. No niego que me siento extraño comprando las cosas del desayuno a las once de la mañana.

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